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viernes, 5 de marzo de 2010

Una historia de amor y desamor, la de Dios y la mía

Gén. 37, 3-4.12-13.17-28;
Sal. 104;
Mt. 21, 33-46

‘Los sumos sacerdotes al oír sus parábolas comprendieron que hablaba de ellos’, así lo corrobora el evangelista. ‘Y aunque buscaban echarle mano, temieron a la gente que tenía a Jesús por profeta’.
La parábola que llamamos de los viñadores homicidas es un buen reflejo de la historia de Israel, de la historia de la salvación, que es la historia de amor de Dios por su pueblo y de la respuesta de Israel. Tendríamos que preguntarnos ya ¿no será reflejo también de nuestra respuesta?
El inicio de la parábola de Jesús nos trae resonancias de la alegoría de la viña que nos narra el profeta Isaías. Nos plantea el amor de Dios por su pueblo, por nosotros; igual que aquel viñador había preparado con mimo su viña dotándola de todo lo necesario para que fuera una buena finca que pudiera producir abundantes frutos, así eligió Dios a su pueblo, lo cuidó y lo preparó, le hizo llegar profetas y reyes que lo guiaran en su nombre, pero ya sabemos cuál es la historia de la respuesta del pueblo de Dios, la historia de su pecado.
Envió profetas y nos envió a su propio Hijo. ‘Tanto amó Dios al mundo que entregó a su propio hijo, para que todo el que crea en El no perezca, sino que tenga vida eterna’. Allí estaba Jesús en medio de su pueblo; ‘vino a los suyos y los suyos no lo recibieron’ como ya decía Juan al principio del Evangelio. También como al hijo de la parábola sería arrojado fuera de la viña para darle muerte – ‘empujándolo fuera de la viña lo mataron’ -, Jesús será llevado también fuera de la ciudad santa, a las colinas del calvario para allí ser crucificado, mostrándonos la señal más hermosa y más grande de su amor por nosotros, ‘porque nadie tiene más amor que el que da la vida por el amado’. Así entregará su vida por nosotros y por nuestra salvación.
Creo que ya vamos haciendo una lectura de la parábola no sólo en la clave de lo que fue la historia de Israel, el antiguo pueblo de Dios, sino en la clave de nuestra propia historia. ¡Cuánto es lo que tenemos que reconocer que Dios ha hecho por nosotros, y tenemos que decir, por ti, por mí! Cada uno tiene que recordar y reconocer aunque sea a grandes rasgos lo que Dios ha hecho en la historia de su propia vida, cómo Dios ha actuado en su vida. Como María también nosotros tenemos que decir ‘el Señor ha hecho obras grandes en mí’. Por eso decíamos en el salmo: ‘recordad las maravillas que hizo el Señor’.
Es una hermosa historia de amor de Dios por mí. Pero una historia que he llenado de sombras y de muerte con mi pecado y mis infidelidades. Cada uno sabe donde está sus debilidades y tropiezos, y cuáles son las tentaciones que no he superado y cuál es mi historia de desamor.
Como aquello del evangelio hoy también tenemos que pensar que Jesús está hablando por nosotros, de nosotros. ¿Se nos quitará a nosotros esa viña que el Señor nos ha confiado, esa pertenencia al Reino de los cielos, para dársela a quien dé más fruto?
Una cosa es segura y es la paciencia infinita de Dios en su amor por mi, que está esperando siempre mi respuesta y mi vuelta a El. No se cansa de llamarme y de esperarme. Son tantas las señales de ese amor que va poniendo a la vera del camino de mi vida. Pero no abusemos nosotros de la esperanza y del amor divino y aprestémonos a dar respuesta en frutos de santidad.

jueves, 4 de marzo de 2010

¿Una vida infructuosa o llena de frutos?


Jer. 17, 5-10;
Sal. 1;
Lc. 16, 19-31

¡Qué infructuosa y estéril es la vida del avaro y egoísta, aunque aparentemente pudiera parecer lo contrario! Se engaña el que piensa sólo en sí mismo y en sus cosas, se encierra en su yo egoísta que lo convierte en dios de sí mismo. Aunque nos parezca que está rodeado de toda clase de bienes en su avaricia nunca se sentirá satisfecho y como sólo piensa en el gozo inmediato y efímero nunca alcanzará a vislumbrar lo que es una plenitud total que tampoco sabrá alcanzar.
Nos lo refleja la parábola del evangelio, la que llamamos del rico epulón y el pobre Lázaro; y nos lo enseña con gratificante sabiduría tanto Jeremías a quien hemos escuchado como el salmo que nos ha servido de oración y respuesta. ¿Quién será dichoso y lo será de verdad? Aquel que parecía dichoso porque ‘vivía rodeado de lujos y banqueteaba espléndidamente cada día’, pero que no tenía ojos para ver al pobre Lázaro que estaba a su puerta, lo veremos sumido en la angustia y la desesperación final.
‘Maldito quien confía en el hombre y en la carne busca su fuerza, apartando su corazón del Señor; será como un cardo en la estepa… habitará la aridez del desierto, tierra salobre e inhóspita…’
‘Bendito, sin embargo, quien confía en el Señor, y pone en el Señor su confianza; será un árbol plantado junto al agua, que junto a la corriente echa raíces… en año de sequía no se inquieta, no deja de dar fruto…’
Bien podían entender estas imágenes los judíos que vivían en tierra dura y difícil, pero que gracias al agua del Jordán podían hacer reverdecer.
Infructuosa y estéril, dijimos al principio, la vida del que sólo piensa en sí mismo y busca sólo su propia felicidad. Pensamos en el rico que se encierra en sus riqueza, que cierra los ojos para no ser capaz de ver la calamidad que puedan estar pasando los que viven a su lado. El rico de la parábola ni se enteraba de quien estaba a su puerta.
Pero no son sólo las riquezas o los bienes materiales los que nos ciegan o encierran en nosotros mismos. Muchas cosas pueden corroer nuestro corazón en los orgullos, envidias, desconfianzas, resentimientos que aíslan y que tan difícil nos pueden hacer la convivencia con los demás. Somos piedra de muchas aristas de manera que quienes se acerquen a nosotros se pueden sentir dañados o heridos por nuestras palabras, nuestros gestos, nuestras actitudes, nuestras violencias o nuestras desconfianzas.
Algunas veces, quizá, por los problemas que hayamos tenido en la vida, los malos momentos que hayamos pasado, los sufrimientos que hayamos tenido que soportar, han hecho que se haya llenado de amargura nuestro corazón; amarguras que crean barreras, nos encierran, nos hacen suspicaces y a la larga nos hacen daño a nosotros mismos además de hacerlo también a los demás. En lugar de aprender a madurar con esos sufrimientos o problemas, lo que han hecho es llenar de amargura el corazón.
Os digo que situaciones así las he palpado muchas veces en pueblos, comunidades y también en muchos individuos. Hace unos días una persona se desahogaba conmigo por las frustraciones que había tenido en su vida porque no había podido alcanzar las metas en que soñaba y no haber recibido la ayuda que necesitaba en determinados momentos. Yo notaba el dolor de su corazón que le seguía hiriendo por dentro. Le aconsejaba que no viviera la vida con amargura, que no se dejara arrastrar por esa amargura ni la dejara meterse en su corazón, sino que sacara a flote todo lo bueno que había en él para seguir luchando con esperanza, tratando de mirar la vida con optimismo a pesar de todo y poniendo su confianza por encima de todo en el Señor que no le abandonaría nunca.
Escuchemos nosotros la voz del Señor que nos quiere hablar en esta parábola que hemos escuchado. En muchas más cosas podríamos fijarnos porque el mensaje es muy rico. Pero tratemos de darle trascendencia a nuestra vida. Apoyados en el Señor no será nuestra vida infructuosa y estéril porque sepamos también abrir nuestro corazón a los demás. Seamos como árbol plantado junto a las aguas, porque hundamos nuestras raíces siempre en el Señor.

miércoles, 3 de marzo de 2010

Seguir a Jesús con entusiasmo pero entendiendo bien el camino de su Pascua

Jer. 18, 18-20;
Sal. 30;
Mt. 20, 17-28

No podemos decir que los apóstoles no estuvieran entusiasmados por Jesús. estaban siempre a su lado, le seguían por todas partes, a ellos Jesús de manera especial les explicaba las cosas, en Jesús habían renacido seguramente muchas esperanzas en su corazón sobre todo en relación a la venida del Mesías que todo buen judío esperaba. Pero eso no quitaba para que aparecieran en su mente o en su interior sus aspiraciones y sus sueños que muchas veces quizá no supieran bien cómo conjugar con lo que Jesús les enseñaba. Necesitarían pasar por la experiencia de la pascua y recibir finalmente su Espíritu para que pudieran comprenderlo todo, como Jesús mismo les diría un día.
Aunque Jesús en esta ocasión, como nos narra el evangelista, mientras iban subiendo a Jerusalén se los había llevado aparte para explicarles todo lo que había de suceder en Jerusalén, sin embargo por allá aparece la madre de los Zebedeos que hace patente lo que eran esas aspiraciones que aún llevaban en su corazón.
‘Se acercó a Jesús la madre de los Zebedeos con sus hijos y se postró para hacerle una petición…. Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y otro a tu izquierda…’
Podría desconcertar esta petición sobre todo teniendo en cuenta lo que Jesús inmediatamente antes les había anunciado. ‘Estamos subiendo a Jerusalén y el Hijo del Hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escriban y lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles para que se burlen de él, lo azoten y lo crucifiquen, y al tercer día resucitará…’
Qué difícil se nos hace entender las cosas por muy claras que se nos digan, cuando tenemos una idea metida en la cabeza. Nos sucede muchas veces. En muchos aspectos de la vida. Pero podemos pensar por ejemplo en nuestra vida religiosa y cristiana, cuantas cosas nos proponemos o cuanto sabemos de cómo realmente tendríamos que vivir para comportarnos realmente como cristianos, verdaderos seguidores de Jesús, y sin embargo no terminamos de hacer lo que deberíamos, parece que la mente se nos cierra y seguimos con nuestras mediocridades o nuestros vanos sueños.
Pero Jesús es claro con los discípulos. ‘¿Podéis, sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber?’ La respuesta está rápida y es entusiasta también. ‘Podemos, lo somos’. Y Jesús continuará: ‘Mi cáliz lo beberéis, pero el puesto a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mi concederlo, es para aquellos para quienes los tiene reservado mi Padre’.
¿Para quiénes puede estar reservado? Lo aclararemos fácilmente con lo que a continuación sucede. ‘Los otros diez, que lo habían oído, se indignaron contra los dos hermanos’. Allí están las pasiones humanas, los sueños y los deseos que algunas veces queremos ocultar y que otras veces afloran fácilmente. Pero allí está la respuesta de Jesús. El estilo que hemos de vivir entre nosotros no ha de ser a la manera de los poderosos de este mundo. Nuestro estilo tiene que ser distinto. ‘El que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo’.
Esos serán los primeros, a la derecho o a la izquierda que da igual, pero los que son verdaderamente importantes en el Reino de Dios. Los que saben ser servidores, los que no les importa ser los últimos, los que son capaces de amar hasta el final. Y esto sí que tenemos que entenderlo muy bien. Desmontar quizá muchas cosas que se nos hayan metido en la cabeza. Es la verdadera conversión, la vuelta verdadera que hemos de darle a nuestra vida.
Y el modelo lo tenemos en Jesús. ‘Igual que el Hijo del Hombre no ha venido para que le sirvan, sino para dar su vida en rescate por muchos’. Nos entusiasmamos por seguir a Jesús. Que tengamos claro que es lo que significa seguir a Jesús. Que no nos ceguemos con nuestras cosas, sino que veamos claramente cual es el camino que El está recorriendo en su subida a Jerusalén y cuál es el camino, el sentido de vida que nosotros hemos de vivir.

martes, 2 de marzo de 2010

Lavaos, purificaos… aprended a obrar el bien

Is. 1, 10.16-20;
Sal. 49;
Mt. 23, 1-12

Desde que iniciamos el tiempo de Cuaresma la invitación constante que hemos venido escuchando es la de la conversión. Hoy nos ha dicho el profeta Isaías: ‘Oíd la palabra del Señor… escucha la enseñanza de nuestro Dios… lavaos, purificaos, apartad de mi vista vuestras malas acciones, cesad de obrar mal, aprended a obrar el bien…’
Miramos nuestra vida y contemplamos el pecado y la maldad de nuestro corazón. Pero hemos de volvernos al Señor. Nos volvemos a Dios porque queremos apartar de nosotros el mal y el pecado, y nos encontramos con la misericordia del Señor. Hemos de purificarnos, pero es El quien nos purifica; nos queremos lavar de nuestro mal, pero es su sangre redentora la que va a lavar y borrar nuestro pecado. Queremos dar pasos para arrancarnos del pecado, pero viene el Señor a nosotros y nos inunda con su vida y con su gracia.
Es la maravilla del amor del Señor. Nos llama, nos invita, nos atrae para que vayamos a El, respeta nuestra decisión y nuestra voluntad pero sale a nuestro encuentro para no solo ofrecernos su perdón, sino que al mismo tiempo su gracia nos acompaña en esos pasos que hemos dar, fortaleciéndonos para ayudarnos a vencer la tentación y el pecado. Es obra nuestra, en cuanto que nosotros hemos de tomar la decisión de volvernos a El, pero es obra suya porque su gracia ilumina, acompaña, fortalece, purifica, llena de vida nueva nuestro corazón.
‘Aunque sean vuestros pecados como la grana, como nieve blanquearán; aunque sean rojos como escarlata, como lana blanca quedarán…’ Para eso Cristo derramó su Sangre, para que lavados en El seamos purificados de todo pecado y resplandezcamos con el resplandor de la gracia. La imagen de Cristo transfigurado en el Tabor que contemplábamos el domingo decíamos que nos prefiguraba y anunciaba la imagen de la gracia restaurada en nuestra alma, el brillo con que nosotros habíamos de resplandecer cuando nos sintiéramos inundados por la gracia del Señor.
El profeta nos decía ‘aprended a obrar bien, buscad la justicia, defended al oprimido, sed abogados del huérfano, defensores de la viuda…’ queriéndonos señalar la transformación en obras de justicia y de amor con que hemos de revestir nuestra vida cuando nos volvamos al Señor con nuestra conversión.
Jesús, por su parte, en el evangelio de hoy nos enseña el camino de servicio, de humildad y de sencillez que hemos de recorrer sus discípulos. Nada de apariencias ni vanidades, nos previene de que caigamos en actitudes farisaicas y superficiales. Son duras las palabras de Jesús contra los fariseos y los escribas. ‘Todo lo hacen para que los vea la gente… buscan puestos de honor… que les hagan reverencias por la calle y la gente los llame maestros…’
No puede ser ese el estilo de los que siguen a Jesús. Terminará diciéndonos ‘el primero entre vosotros será vuestro servidor. El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido’. Un cambio muy grande tiene que realizarse en nuestro interior, en nuestras actitudes y en lo que realicemos para que no aparezca nunca la soberbia ni la vanidad, sino que todo sea espíritu de servicio, amor, humildad y sencillez.
Es que cuando nos sentimos amados por el Señor - y bien sabemos cuánto nos ama, cuando es misericordioso con nosotros y nos perdona nuestros pecados -, nuestra respuesta no puede ser otra que la del amor.

lunes, 1 de marzo de 2010

¿Juicios y condenas o misericordia y compasión?

Dan. 9, 4-10;
Sal. 78;
Lc. 6, 36-38

¿Por qué tendremos que estar haciendo juicios y valoraciones de los demás que fácilmente nos lleva a la crítica y a la condena? ¿No será quizá porque no enjuiciamos sinceramente nuestra propia vida, sino que a nosotros todo nos lo perdonamos o disculpamos pero a los otros no le dejamos pasar ni una? Claro que a nosotros no nos gusta que nos juzguen los demás.
El responsorio que hemos repetido en el salmo si lo dijéramos con toda sinceridad seguro que nos ayudaría a tomar otras posturas. ‘No nos trates, Señor, como merecen nuestros pecados’. Y digo decirlo con sinceridad porque seamos capaces de ver y reconocer nuestros pecados. Como decíamos, somos muy fáciles para disculpar nuestros fallos, cerrar los ojos a lo que hemos hecho mal y no reconocer la maldad de nuestros pecados y la ofensa que significa contra el Señor.
Hoy nos dicen mucho que no te culpabilices, bueno, eso fue un error, una equivocación, luego ya lo intentarás hacer de otra manera o mejor en otra ocasión. Y nos quedamos tan tranquilos en nuestra conciencia.
Claro que no se trata de abrumar nuestra conciencia para llevarla a la depresión o la desesperación. Pero creo que sí hemos de tener claro lo que es una conciencia de pecado y cuando no obedecemos la ley del Señor sentir que no estamos dando la respuesta de amor que deberíamos dar y eso es ofensa a Dios que tanto nos ama y hace por nosotros. Claro que esto lo podemos descubrir si le hemos dado un sentido de trascendencia a nuestra vida, hay en nosotros unos sentimientos religiosos de relación con Dios que es nuestro Señor. Y junto a todo esto todo lo que abarca nuestra fe cristiana. Decimos que se ha perdido una conciencia de pecado, pero es que se ha perdido una conciencia de Dios, un sentido de Dios en la vida.
Hoy hemos escuchado al profeta Daniel en una hermosa oración que dirige al Señor sintiendo por una parte la grandeza de Dios y por otra si indignidad de hombre pecador que no ha obedecido la ley del Señor.
‘A Ti, Señor, la justicia; a nosotros la vergüenza en el rostro… nosotros hemos pecado, hemos cometido iniquidad, hemos sido malos, nos hemos rebelado y nos hemos apartado de tus mandamientos y de tus normas… hemos pecado contra Ti… al Señor Dios nuestro la piedad y el perdón… porque nos hemos rebelado contra El y no hemos escuchado la voz del Señor, nuestro Dios…’
Cuando nos reconocemos así pecadores y acudimos al Señor con humildad tenemos la certeza de que la misericordia del Señor es grande. ‘El Señor es compasivo y misericordioso’, nos lo repite la Biblia continuamente y lo habremos experimentado muchas veces en nuestra vida.
El sentirnos culpables ante el Señor no nos hunde nunca en la depresión y la desesperanza. Todo lo contrario, esto es lo hermoso porque en la misericordia del Señor encontraremos la paz, nos llenamos de su paz. Qué gusto encontrar esa paz porque recibimos el perdón de nuestros pecados. Que no es acallar nuestra conciencia, sino que es tener el gozo del perdón y la misericordia. No es decir, bueno en otra ocasión lo haré mejor, sino que es sentir la fuerza del Señor en mi vida que me hará en realidad ser mejor. ¡Qué grande es la misericordia del Señor!
Y es que hoy nos está enseñando Jesús en el evangelio cómo tenemos que ser generosos en nuestra compasión y misericordia con los demás. ‘Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo…’ Eso nos hará tratar de distinta manera a quien vemos pecador aunque nunca tenemos que juzgar ni condenar a nadie, a quien nos haya podido ofender o a quien haya podido cometer las peores cosas en su vida. ¡Cuántas cosas tendríamos que deducir de aquí para unas nuevas actitudes con los demás!

domingo, 28 de febrero de 2010

Subimos con Jesús a la montaña para dejarnos transfigurar por El


Gén. 15, 5-12.17-18;
Sal. 26;
Filp. 3, 17-4, 1;
Lc. 9, 28-36


La liturgia en este tiempo de Cuaresma nos lleva del desierto a la montaña, del ayuno a la oración, de las tentaciones a la transfiguración. Un camino, un proceso que nos lleva a descubrir y a encontrarnos con Jesús, a vivir su Pascua. Es el recorrido que iniciamos al comenzar la Cuaresma y que poco a poco, semana tras semana, domingo tras domingo nos hará culminar en la celebración de la Pascua, en la celebración de la gloria del Señor que ya se nos va manifestando.
Podría parecer un sueño o una ilusión lo sucedido en lo alto del Tabor. Estaban adormilados, porque ‘Pedro y sus compañeros se caían de sueño’, como nos dice el evangelista, pero espabilándose vieron la gloria del Señor. Era una realidad. Jesús había llevado ‘a Pedro, Santiago y Juan a lo alto de la montaña para orar; y mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos’.
Se manifestaba la gloria del Señor. Junto a Jesús estaban ‘Moisés y Elías que, apareciendo con gloria, conversaban con Jesús de su muerte que iba a consumar en Jerusalén’. Pedro está extasiado y dichoso con la visión de manera que quiere que aquello se perpetúe y no sabía lo que se decía. Es una experiencia admirable, grandiosa, gozosa la que están viviendo. ‘Maestro, ¡qué bien se está aquí! Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías’. Algo más iba a suceder porque ‘llegó una nube que los cubrió… y una voz desde la nube decía: Este es mi Hijo, el escogido, escuchadle’.
Fue necesario ponerse en camino y subir hasta la montaña para contemplar la gloria del Señor. Es bien significativo. Recordemos algunos detalles de lo que hoy hemos escuchado en la Palabra de Dios que se nos ha proclamado. La primera lectura nos ha hablado de Abrahán, el hombre con quien Dios hablaba como con un amigo y ‘que creyó al Señor y se le tuvo en su haber’. Dios lo había sacado de su casa y de su tierra; ‘Yo soy el Señor que te sacó de Ur de los Caldeos para darte en posesión esta tierra’; y Abrahán se había dejado conducir por el Señor. Ahora nos ha dicho que ‘Dios sacó afuera (fuera de la tienda en la que habitaba) a Abrahán’ para señalarle el cielo y contara la estrellas.
Tenemos que ponernos en marcha, salir de la tienda de nuestras cosas, subir a la montaña como los discípulos con Jesús para poder encontrarnos profundamente con el Señor. No es el camino ni la montaña en sí misma sino lo que eso puede significar para nosotros lo que nos va a llevar a ese encuentro con el Señor. Son apegos de nuestro corazón, son cosas que nos adormecen en la vida y nos dejan demasiado apegados a lo material, son tantas ataduras de nuestra vida cuando nos dejamos llevar por la rutina o la costumbre pero sin sentido. Tenemos que desprendernos, despertarnos y abrir bien los ojos de la fe. Sólo estando despiertos y vigilantes podemos captar la presencia de Dios en nuestro camino.
Hoy estamos contemplando en esta liturgia del segundo domingo de Cuaresma a Cristo transfigurado en el Tabor que es imagen y anticipo de la gloria de la resurrección. Ya nos decía el evangelista que Moisés y Elías conversaban con Jesús ‘de su muerte que iba a consumar en Jerusalén’. Por eso, contemplar esta gloria de Cristo transfigurado nos está hablando de la Pascua de Cristo, de su muerte y de su resurrección.
Como nos dice la liturgia de este día ‘después de anunciar su muerte a los discípulos les mostró en el monte santo el esplendor de su gloria para testimoniar de acuerdo con la ley y los profetas, que la pasión es el camino de la resurrección’. Las figuras de Moisés y Elías que aparecen con Jesús son precisamente signos de la ley y de los profetas. En versículos anteriores del evangelio había hecho ya Jesús un primer anuncio de su muerte. Y si nos seguimos fijando en el evangelio de Lucas, precisamente a continuación se nos dirá que Jesús comienza su subida a Jerusalén. ‘Cuando llegó el tiempo de su partida de este mundo, Jesús tomó la decisión de subir a Jerusalén…’ se nos dirá.
En nuestra subida a Jerusalén para celebrar también la Pascua, que eso viene a significar nuestro camino cuaresmal, la contemplación hoy de la transfiguración de Jesús en el Tabor viene a alentar y fortalecer nuestra fe; para que, aunque sea duro el camino penitencial que vamos haciendo y la transformación que hemos de ir realizando en nuestra vida, nos sintamos fortalecidos y alentados en la esperanza de la gloria que un día contemplaremos.
Pero es que además estamos vislumbrando también la gloria que nosotros alcanzaremos, la transfiguración que ha de realizarse en nuestra vida. Es imagen de lo que nosotros llegaremos a ser si nos dejamos transfigurar, transformar por la gracia del Señor. ‘Nosotros somos ciudadanos del cielo, nos decía san Pablo, de donde aguardamos un Salvador, el Señor Jesucristo. El transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso, con esa energía que posee para sometérselo todo’.
Se alienta, pues, nuestra fe y nuestra esperanza. Una fe como la de Abrahán que dialogaba con Dios como con un amigo; una fe como la de María que se sintió desbordada por el Señor; una fe como la de los apóstoles en el Tabor que ya no querían que aquello se acabase nunca. Pero es para nosotros también una fe y una esperanza comprometida.
Comprometida porque nos impulsa a ser mas santos dejándonos transfigurar por el Señor, por su gracia. Quizá tendríamos que preguntarnos si ya que Jesús se transfiguró mientras oraba, nosotros nos sentimos también transfigurados cuando estamos en oración.
Pero comprometida también porque nos impulsa a esa transfiguración, a esa transformación que tenemos que hacer de nuestro mundo; cuánto es nuestro compromiso en nombre de nuestra fe por hacer que nuestro mundo sea mejor. Comprometida porque nos fuerza y coraje también para esa transformación que tenemos que ir realizando en el seno de nuestra Iglesia porque en la medida en que seamos más santos ayudaremos también a los hermanos que caminan a nuestro lado a que sean también más santos.
‘Este es mi Hijo, el escogido, escuchadle’, decía la voz de Dios desde el cielo. Escuchemos a Jesús, pongamos nuestra fe en El, emprendamos el camino a su paso porque El nos invita a seguirle, vivamos con El la Pascua dejándonos transformar por su gracia, y alcanzaremos a ver la gloria del Señor.

sábado, 27 de febrero de 2010

Una meta alta que nos propone Jesús, amar con un amor como el de Dios

Deut. 26, 16-19;
Sal. 118;
Mt. 5, 43-48


‘Por tanto, sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto’. No es cualquier cosa lo que nos está pidiendo Jesús. Y es que Jesús no quiere que andemos a medias tintas, con mediocridades o ramplonerías. Es nuestra tentación y nuestro peligro y es lo que hace que andemos como arrastrándonos por la vida como si nos faltaran metas e ideales. La meta ideal que nos propone Jesús es bien alta. Quiere que nos asemejemos a la santidad de Dios.
Y ¿en qué hemos de parecernos a Dios? En amar como El nos ama. Ya sabemos que es nuestro distintivo – ‘en eso es en lo que os conocerán, en que os amáis los unos a los otros’ -, es su mandamiento principal y único – ‘un mandamiento os doy: que os améis los unos a los otros como yo os he amado’ -, en esto se resumen todos los mandamientos – ‘amarás a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todas tus fuerzas, este es el mandamiento principal y primero y el segundo es semejante a este, amarás a tu prójimo como a ti mismo’ -.
Pero no siempre damos la medida del amor que nos pide Jesús. nos contentamos que decir que amamos, pero fácilmente le ponemos muchos límites a nuestro amor. Nos es fácil amar a los que nos aman, pero como nos dice Jesús, ‘¿Qué mérito tenéis? ¿no hacen lo mismo también los publicanos? Y si saludáis sólo a vuestro hermano ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los paganos?’
Y es que el amor que aprendemos de Jesús es distinto, tiene otras características. Hoy nos ha hablado Jesús del amor a los enemigos, de los que nos hayan podido hacer mal, o de los que nos aborrecen y nos odian. Y Jesús nos dice que tenemos que amarlos también. Como los ama Dios. Y en lo que nosotros tenemos que parecernos a Dios. ‘Así seréis hijos de vuestro Padre que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos’.
Hay algo en lo que nos dice hoy Jesús que siempre me ha llamado la atención y que he tratado de hacerlo en mi propia vida cuando me ha costado amar a alguien. Rezar por esa persona que no me cae bien, que me ha hecho daño o me ha tratado mal, o ha sido causa de sufrimiento para mi vida. Aunque me ha costado me ha hecho mucho bien actuar con este criterio de Jesús. Es lo que nos dice Jesús hoy. ‘Yo en cambio os digo: amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen y rezad por los que os persiguen y calumnian’.
Pienso que cuando Mateo escribió el evangelio trasladándonos las palabras de Jesús ya aquellas comunidades cristianas estaban comenzando a sufrir persecuciones y muchas contrariedades por parte de los que se oponían al mensaje cristiano. Y pienso en aquellos cristianos que eran perseguidos y estaban siguiendo las palabras de Jesús en el evangelio y rezaban por aquellos que los perseguían y hasta los llevaban a la muerte. Por supuesto son las palabras de Jesús las que tienen su fuerza por sí mismas, pero el pensar en aquellos cristianos que eran perseguidos y lo pasaban mal y eran capaces de rezar por sus perseguidores, para mí ha sido siempre un estímulo, un hermoso ejemplo.
Si a todos tenemos que amar, y nos cuesta amar a quienes no nos caen bien o nos hacen daño, comencemos por rezar por ellos, aunque nos cueste, y pronto comenzaremos a amarlos también nosotros. Y es que en esto de amor no podemos hacer como lo hace cualquiera. Nosotros tenemos la meta que nos propone Jesús: ‘Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto’, amemos y amemos a todos también a nuestros enemigos como los ama el Señor.

viernes, 26 de febrero de 2010

Conversión, reconciliación, vida…

Ez. 18, 21-28;
Sal. 129;
Mt. 5, 20-26

Conversión, reconciliación, caminos que nos llevan a la vida. Es la invitación que nos hace la Palabra de Dios hoy. En este camino cuaresmal que vamos haciendo, en el que vamos revisando nuestra vida, nuestras actitudes, la respuesta que le vamos dando al Señor que no es siempre una respuesta positiva, comenzamos a escuchar una invitación insistente a la conversión.
Ya decíamos que vamos dejándonos iluminar por la Palabra del Señor que cada día escuchamos y podemos ir descubriendo caminos nuevos que hemos de recorrer, como también nos vamos dando cuenta de cosas que hemos de ir corrigiendo con toda sinceridad. Es un camino de pascua el que hemos de ir recorriendo, porque tenemos que ir dando muerte a todas las sombras y oscuridades que vayamos encontrando en nuestra vida. De ahí, esa invitación constante a la conversión.
‘¿Acaso quiero yo la muerte del malvado y no que se arrepienta y que viva?... si el malvado se convierte de los pecados cometidos, y guarda mis preceptos y practica el derecho y la justicia, ciertamente vivirá y no morirá, no se le recordarán los delitos que cometió, por la justicia que ha hecho, vivirá…’ Es el centro del mensaje del profeta Ezequiel.
Conversión que nos exige reconciliación. Reconciliación con el Señor que nos ofrece ese abrazo de amor que es su perdón para que nos volvamos a El. Pero reconciliación que tiene que pasar por ese reencuentro sincero con el hermano. Si no realizamos esa reconciliación con el hermano podríamos decir que no es del todo sincera esa reconciliación que queremos con el Señor.
Nos lo señala con toda claridad el evangelio de hoy. Una vez más nos previene Jesús contra las actitudes no tan positivas que podamos encontrar en los que se quieren presentar como justos. ‘Si no sois mejores que los escribas y fariseos no entraréis en el Reino de los cielos’. Y nos aclara Jesús bien cuál es toda la amplitud que hemos de darle al quinto mandamiento de ‘no matarás’. No es sólo ya el hecho físico de quitar la vida, sino que encierra todo lo que pueda ser desamor con el hermano. Un amor que incluye también delicadeza y buen trato, generosidad y capacidad de perdón, el evitar todo lo que pueda producir ruptura o distanciamiento. Ni nuestros pensamientos ni nuestras palabras deben ser nunca ofensivas contra el hermano. ‘Merece la condena del fuego’, nos dice duramente el Señor.
Pero también nos invita a la reconciliación. ‘Si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con el hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda’.
Son claras las palabras del Señor. No podemos sentirnos dignos de presentarnos ante el Señor si nuestro corazón está enturbiado por el desamor, el odio, el rencor o el egoísmo. Nuestras actitudes tienen que ser positivas. Nuestros actos tienen que resplandecer de luz. Es así cómo podremos llenarnos de verdad de la vida del Señor.
Sabemos una cosa. El Señor siempre nos estará ofreciendo su perdón y su gracia si con actitud humilde acudimos a El con deseos de conversión. Es que así es de generoso el corazón del Señor. ‘Si llevas cuenta de los delitos, ¿quién podrá resistir? Pero de ti procede el perdón… porque del Señor viene la misericordia, la redención copiosa, y El redimirá a Israel de todos sus delitos’.

jueves, 25 de febrero de 2010

Humildad y confianza en la misericordia del Señor

Esther, 14, 1.3-5.12-14;
Sal. 137;
Mt. 7, 7-12

‘Cuando te invoqué, me escuchaste, Señor’. Es lo mejor que podemos decir tras escuchar la Palabra de Dios que hoy se nos ha proclamado. Manifiesta nuestra confianza en Dios por medio de la oración. De alguna manera es como darle gracias porque tenemos la certeza de que siempre nos escucha. Nos motiva para que con humildad nos atrevemos a acercarnos al Señor.
Es en lo que nos ha insistido Jesús en el Evangelio. ‘Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre’. ¿Por qué esa confianza y esa certeza de ser escuchados en nuestra oración? Nuestro Padre del cielo dará cosas buenas a los que le piden, nos viene a afirmar Jesús.
¿Tendremos confianza en el poder y el valor de la oración? Algunas veces nos pueden asaltar las dudas. También nuestra autosuficiencia es muy mal aliado; nos creemos tan autosuficientes por nosotros mismos que creemos que para todo nos valemos por nosotros y no necesitaríamos la ayuda y la gracia del Señor. Necesitamos humildad. Tenemos que aprender a ser humildes en la vida y mucho más cuando nos relacionamos con el Señor.
Esa humildad en nuestra oración también nos enseñaría a esa necesaria humildad en nuestras relaciones con los demás. Porque hemos de reconocerlo, estamos tan interrelacionados los unos con los otros que en cierto modo dependemos unos de otros y necesitamos ayudarnos, tendernos la mano, dejarnos ayudar por los demás.
Lo que hemos escuchado en el libro de Esther es un hermoso ejemplo de esa oración que hemos de hacer y cómo hemos de hacerla. Era la reina y tenía que interceder por su pueblo ante el rey. Lo que hemos escuchado es la oración de Esther. Tengamos en cuenta una cosa además; antes de presentarse ante el rey para interceder por su pueblo, no sólo se encomendó al Señor con esta oración, sino que previamente había ayunado y hecho penitencia, además de pedirle a la comunidad de los israelitas que hicieran lo mismo antes de ella acudir a la cámara del rey.
Fijémonos brevemente en esta oración de Esther. Comienza su oración con un reconocimiento y una profesión de fe. ‘Señor mío, único rey nuestro, protégeme que estoy sola y no tengo otro defensor que Tú…’ Una profesión de fe además que es un recordar lo que ha sido el actuar de Dios para con su pueblo. ‘Cómo escogiste a Israel entre las naciones, a nuestros padres entre pueblos más poderosos para ser heredad tuya…’
Se acoge a la misericordia del Señor. Se siente indigna – ‘nosotros hemos pecado contra ti’ – y confía en la misericordia del Señor. Y al reconocer su misericordia le pide que esté con ella en el momento oportuno, que ponga palabras en sus labios – ‘pon en mi boca un discurso acertado’ – y sienta la fuerza del Señor que le acompaña. Una oración confiada y comprometida. No se echa atrás en lo que siente que es su responsabilidad sino que asumiéndola en todas sus consecuencias quiere sentir la fuerza del Señor. ‘Líbranos con tu mano, y a mí, que no tengo otro auxilio, protégeme tú, Señor, que lo sabes todo’.
Hermosa oración. Cómo se manifiesta la humildad y la confianza. Cómo quiere sentir en su vida la presencia del Señor. Presencia del Señor que le da ánimos y fuerza para caminar con paso firme haciendo lo que tiene que hacer, que es interceder por su pueblo.
Que con esa confianza y humildad acudamos nosotros también al Señor, sabiendo lo grande y misericordioso que es el Señor. Desde Jesús tenemos nosotros muchos más motivos para la confianza, porque es tanto el amor que Dios nos tiene – es nuestro Padre – que nos ha entregado a su propio Hijo. Tenemos que creer en el valor de la oración. Tiene que ser la fuerza y el motor de nuestra vida, porque así alcanzamos la gracia del Señor.

miércoles, 24 de febrero de 2010

Aquí hay uno que es más que Jonás

Jonás, 3, 1-10;
Sal. 50;
Lc. 11, 29-32

Algunas veces queremos buscar las cosas lejos de nosotros cuando quizá las tenemos cerca y al alcance de nuestra mano; buscamos cosas grandes y extraordinarias cuando en las pequeñas y en las sencillas encontramos la mayor riqueza y sabiduría; queremos que se obren milagros maravillosos en nuestra presencia para encontrar razones para creer y sin embargo Dios está junto a nosotros, camina a nuestro lado y nos manifiesta su amor y su misericordia en las cosas pequeñas que nos suceden cada día.
Jesús está rodeado de gente que ‘se apiñaba a su alrededor’; pero Jesús se queja de ellos porque no hacen sino pedir signos y milagros. ‘No se le dará más signo que el de Jonás’, les dice. ¿Qué quiere decir Jesús?
El texto de la primera lectura nos habla de Jonás. Profeta del pueblo de Israel, hombre del Espíritu que Dios envía a la ciudad de Nínive a predicar la conversión. ‘Nínime era una ciudad enorme, tres días hacían falta para atravesarla’, explica el autor sagrado. Era imagen de maldad y de pecado, ciudad mundana y frívola, prototipo de las ciudades paganas. Jonás en principio se resistió a ir a predicar allí de manera que Dios le lleva a la fuerza. Hubiera deseado él predicar en las ciudades de Israel, porque le parecía que allí fuera más fácil obtener fruto.
Pero llevado por el Señor ‘comenzó Jonás a entrar por la ciudad y camino durante un día pregonando: Dentro de cuarenta días Nínive será arrasada.., los ninivitas creyeron a Dios, proclamaron un ayuno y se vistieron de sayal, grandes y pequeños…’ Donde parecía que era imposible la conversión, allí estaba la respuesta de su vuelta al Señor. Desde el rey hasta el más pequeño todos se convirtieron al Señor.
Esta es la señal que Jesús pone para la gente de su generación y nos pone a nosotros también. ‘Como Jonás fue un signo para los habitantes de Nínive, lo mismo será el Hijo del Hombre para esta generación… cuando sea juzgada esa generación, los hombres de Nínive se alzarán y harán que los condenen, porque ellos se convirtieron con la predicación de Jonás. Y aquí hay uno que es más que Jonás’.
Allí está Jesús en medio de ellos. Les había dado muchas señales, realizado muchos signos, y estaba su Palabra de salvación que cada día llegaba a ellos, pero no querían escucharle. Y nosotros, ¿qué podemos decir? ¿No está también el Señor en medio de nosotros? Ante nosotros ¿no se nos proclama esa palabra de salvación cada día? ¿Cuál es nuestra respuesta?
Como decíamos al principio buscamos cosas extraordinarias y el Señor está en medio de nosotros. Queremos que nos den razones para creer y no somos capaces de ver el milagro de la vida de cada día que el Señor nos regala. Cuánto recibimos cada día del Señor. Abramos los ojos de la fe. Sepamos descubrir esa ternura de Dios que se nos manifiesta de tantas maneras. ¿Por qué nos descubrimos esa ternura y ese amor de Dios en tantos gestos de humanidad, de cariño, de atención, de amistad que cada día recibimos de los que están a nuestro lado? Serán nuestros seres queridos o los que nos atienden, será esa sonrisa que nos regala esa persona que se cruza en el camino de nuestra vida, o será esa atención y delicadeza que recibimos de cualquiera que está a nuestro lado. Así podríamos pensar en muchas cosas, detalles, personas que nos están manifestando esa ternura de Dios.
Pero está también su Palabra que se nos proclama cada día y nos da la oportunidad de escuchar y comprender lo que el Señor nos dice. Está el regalo grande de la Eucaristía en la que podemos participar cada día para alimentarnos de Dios mismo que se nos da. Está esa familia grande que es la Iglesia en la que nos sentimos integrados y en comunión y que nos manifiesta también esa presencia amorosa de Dios junto a nosotros. De muchas maneras podemos descubrir y sentir a Dios. Repito, abramos los ojos de la fe. No es ya Jonás el que nos proclama la palabra que nos invita a la conversión. En la Iglesia y a través de la Iglesia, y ahora de manera especial en este tiempo de Cuaresma, escuchamos esa llamada y esa invitación. Y aquí está Jesús en medio de nosotros. Que con corazón contrito y humilde acudamos al Señor, volviendo hacia El nuestro corazón.

martes, 23 de febrero de 2010

Algo más que unas palabras aunque lo resumamos en una palabra, Padre

Is. 55, 10-11
Sal. 33
Mt. 6, 7-15


En el marco del sermón de la montaña, en el que Jesús había ido haciendo unas recomendaciones a quienes quisiera seguirle y ser sus discípulos sobre la autenticidad de la vida y sobre una auténtica piedad para con Dios, nos enseña cómo ha de ser nuestra oración, nuestro trato y relación con Dios, invitándonos a alejarnos del puro formulismo.
Previamente a los versículos hoy escuchados nos había precavido contra una actitud farisaica y de apariencia: ‘no seáis como los hipócritas a quienes les gusta orar donde los vea toda la gente…’ Pero también nos recomienda como hoy hemos escuchado a no quedarnos en palabrería; ‘cuando recéis no seáis como los paganos que se imaginan que por hablar mucho les harán caso… no seáis como ellos, pues vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes que se lo pidáis’.
‘Vosotros orad así…’ y nos enseña el padrenuestro que es más que una fórmula para repetir; es una pauta por donde ha de discurrir nuestra oración, nuestro trato con el Padre del cielo.
Y es así cómo comenzamos, con ese espíritu filial para llamarle Padre, para sentirle Padre, para sentirnos en verdad nosotros hijos amados de Dios. Nos ha dado su Espíritu, no un espíritu de temor o de esclavitud, sino un Espíritu que nos hace hijos, que nos hace que podamos llamarle ‘Abba, Padre’. Qué hermosa palabra para comenzar; qué hermoso sentimiento que tiene que inundar nuestro corazón; qué hermosa actitud la que surge en nosotros cuando nos sentimos hijos.
¿Cómo no hemos de querer su gloria? ¿Cómo no hemos de querer santificar para siempre el nombre de Dios? Moisés le pedía a Dios en el Horeb que le dijese su nombre para poder decir a los israelitas quien le mandaba. El nombre de Dios supera ya todo nombre, no lo podemos encerrar en una palabra, por eso desde Jesús la más hermosa con la que podemos llamarle es Padre. ‘Santo es su nombre’, proclamó María cuando se sintió amada y engrandecida por Dios. ‘Santo es su nombre’, tenemos que proclamar nosotros también con toda nuestra vida.
Jesús había comenzado su predicación invitándonos a convertirnos, a creer en la Buena Noticia que llegaba, porque ‘el Reino de Dios está cerca’. Ya está inaugurado por Jesús, ya caminamos por él esperando alcanzar su plenitud total. ‘Venga a nosotros tu Reino’, pedimos. Que lo vayamos haciendo realidad en nuestra vida. Que un día podamos alcanzarlo en plenitud.
‘Como baja la lluvia y la nieve, y empapa la tierra, la fecunda y la hace germinar, para que dé semilla y fruto… así será mi palabra, hará mi voluntad, cumplirá mi encargo’, nos decía el profeta Isaías de parte de Dios. Hará mi voluntad… haremos la voluntad de Dios, descubriremos sus designios para nosotros, para nuestra vida, para nuestro mundo. Los convertimos en ley de Dios para nuestra vida, haremos que en todo nuestra vida sea un Sí para el designio de Dios; como María, ‘hágase en mí según tu palabra’; como Cristo al entrar en el mundo: ‘Aquí estoy para hacer tu voluntad… mi alimento es hacer la voluntad del Padre del cielo’.
‘Cuando uno grita, el Señor lo escucha y lo libra de sus angustias’, repetimos con el salmo hoy. Desde nuestras angustias o desde nuestras necesidades, desde la debilidad y flaqueza de nuestra condición pecadora y desde la zozobra en que nos vemos zarandeados por el mal y la tentación, acudimos al Señor. ‘El Señor lo escucha y lo libra de sus angustias’. Es nuestra certeza. El Señor nos escucha y es nuestra fuerza, y nuestra gracia, y el perdón que necesitamos por nuestro pecado.
Pedimos pero nos comprometemos; pedimos pero queremos vivir la vida con responsabilidad; pedimos perdón, pero cómo no perdonar nosotros también cuando el Señor se ha mostrado y compasivo con nosotros y tantas veces nos ha perdonado y tanta es la muestra de su amor que nos manda a su Hijo para que muera por nosotros.
Todo esto no lo podemos decir en un suspiro o en la carrera de unas palabras que duran menos de un minuto. Aunque todo esto lo estamos resumiendo de la forma más maravillosa con la primera palabra que nos enseñó a decir Jesús: Abbá, Padre. Todo esto es para quedarnos extasiados ante el misterio de Dios y no cansarnos nunca de estar en su presencia. Es lo que nos enseñó Jesús. Es la autenticidad y profundidad que hemos de darle a nuestra oración

lunes, 22 de febrero de 2010

Pedro, piedra de comunión, de fidelidad e integridad de nuestra fe apostólica

1Ped. 5, 1-4;
Sal. 22;
Mt. 16, 13-19



‘Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia… te daré las llaves del Reino de los cielos, lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo’. Es la promesa y la autoridad que Jesús confía a Pedro. Pedro será la piedra sobre la que se edificará la Iglesia de Jesús. Es la piedra de comunión, la piedra sobre la que se afianza nuestra fe en Jesús.
Así lo hemos expresado en la oración colecta en esta liturgia en la que celebramos la Cátedra del Apóstol san Pedro. Una fiesta importante en la liturgia y para la vida de la Iglesia, de manera que, aunque estemos en la austeridad de la Cuaresma, sin embargo se celebra con sones y sentido de fiesta la celebración de la Cátedra de san Pedro. Anteriormente a la reforma litúrgica ya se celebraban por separado la Cátedra de san Pedro en Antioquia y la de la Cátedra de san Pedro Roma. La Iglesia de Antioquia celebra el paso del apóstol por ella y Roma sería la sede definitiva de Pedro – allí recibiría su martirio -, de manera que, como todos sabemos, el sucesor como Obispo de Roma se convierte en el Pontífice de la Iglesia universal, de toda la Iglesia católica. No se celebran ahora separadamente sino en una sola fiesta con este título simplemente de la Cátedra de san Pedro.
Podíamos decir que el que tiene la cátedra tiene el derecho y la autoridad para enseñar. Es una forma de expresar el sentido de Pedro para toda la Iglesia. Jesús le había constituido en Piedra fundamental en la construcción de la Iglesia cuando allá en Cesarea de Filipo como hoy hemos escuchado en el evangelio, tras la afirmación de fe de Pedro como el Mesías de Dios, como el Hijo del Dios vivo en respuesta a las preguntas de Jesús así lo había constituido. Tú eres Pedro, la piedra sobre la que edificaré mi Iglesia.
Hay varios aspectos que sobresalen en las oraciones de la liturgia de este día. Como ya hicimos referencia en la oración colecta pedimos no vernos perturbados por ningún peligro ya que estamos afianzados sobre la roca de la fe apostólica.
En la oración sobre las ofrendas pediremos que ‘bajo el pastoreo y la doctrina de san Pedro nos conceda guardar la integridad de la fe y llegar de este modo a la vida eterna’.
Mientras que en la oración final después de la comunión pediremos que alimentados con el Cuerpo y la Sangre de Cristo al celebrar la festividad de san Pedro ‘este misterio de redención sea para nosotros sacramento de unidad y de paz’.
Una celebración, pues, que nos afianza en la roca de la fe apostólica; creemos en la Iglesia que es una santa, católica y apostólica, como confesamos en el Credo. Nos viene bien destacar este aspecto, porque por la fe trasmitida por los apóstoles podemos llegar nosotros a proclamar nuestra fe en Jesús; formamos parte de una Iglesia apostólica, de manera que cada Iglesia local se encuentra congregada en torno al Obispo, verdadero sucesor de los Apóstoles.
Nos da seguridad, firmeza en nuestra fe. Lo que nos lleva a mantener esa integridad de nuestra fe, como pedíamos en la oración. Desde su Cátedra, Pedro y sus sucesores, guardan la integridad de la fe, nos trasmiten la integridad de la fe. Y por la asistencia del Espíritu Santo que Cristo prometió tenemos la certeza y garantía de que no nos vamos a apartar de esa verdadera fe.
Pero nos hablaba también la liturgia de sacramento de unidad y de paz. Pedro es piedra de unidad y de comunión. Por eso garantía de esa integridad de la fe, de esa firmeza de la fe es nuestra comunión con Pedro, es la comunión de las Iglesia locales con Pedro, con el sucesor de Pedro, y así comunión con toda la Iglesia. Bien sabemos que esa falta de comunión ha producido y produce muchas rupturas en la Iglesia; es caballo de batalla en toda la tarea del ecumenismo para lograr esa unidad en todas las Iglesia; pero la falta de esa comunión es causa también de muchas rupturas en el interior del corazón de muchos cristianos que les puede hacer perder esa estabilidad necesaria de la fe. Bien conocemos también el empeño grande que se ha vivido en la Iglesia por restablecer esa unidad y el esfuerzo grande y las iniciativas nacidas del amor que Benedicto XVI está teniendo continuamente para tejer esa unidad rota de la Iglesia.
Pidamos al Señor nos mantengamos, con la intercesión del Apóstol Pedro a quien hoy celebramos y contemplamos en su Cátedra, firmes y totalmente fortalecidos en nuestra fe, mantengamos esa integridad y también esa unidad y esa comunión garantía de la verdadera fe cristiana.

domingo, 21 de febrero de 2010

No nos dejes caer en la tentación… enséñanos a sofocar la fuerza del pecado

Deut. 26, 4-10;
Sal. 90;
Rm. 10, 8-13;
Lc. 4, 1-13


La oración litúrgica de este primer domingo de Cuaresma nos da el sentido del camino cuaresmal que estamos haciendo. ‘Avanzar en la inteligencia del misterio de Cristo y vivirlo en su plenitud’, pedíamos. Es tarea y deseo de todo cristiano en todo momento, hemos de reconocer, pero que se intensifica en estos momentos en que queremos prepararnos para la celebración del misterio pascual. Así pues queremos alimentar nuestra fe, consolidar la esperanza y sentirnos fortalecidos en el amor, como pediremos en otra de las oraciones de este domingo.
No es tarea fácil desde los que se creen ya llenos y satisfechos con sus cosas, o de los que piensan que en eso del camino de la fe y del conocimiento de Cristo o de lo que es ser cristiano ya nada más pueden hacer, nada nuevo pueden aprender, porque ya les parece suficiente con lo que hacen.
Es un peligro y una tentación, como muchas más que podemos sufrir. Por eso, la liturgia de la Iglesia en su sabiduría nos ofrece estos textos muy concretos para toda la cuaresma pero de manera especial en este primer domingo en que contemplamos las tentaciones de Jesús en el monte de la cuarentena. Como diremos en el prefacio ‘al abstenerse de tomar alimento durane cuarenta días inauguró la práctica de la penitencia cuaresmal, y al rechazar las tentaciones del enemigo nos enseñó a sofocar la fuerza del pecado…’
Cada año se nos presentan estas tres tentaciones de Jesús según el relato de los sinópticos en el marco del inicio de su vida pública cuando después del bautismo de Jesús en el Jordán por el Bautista ‘el Espíritu santo fue llevando a Jesús por el desierto mientras era tentado por el diablo’. Allí está Dios, pero allí está también el hombre. Es verdadero Dios y verdadero hombre. Allí está Jesús lleno del Espíritu divino para iniciar su tarea mesiánica.
¿Cómo se presentaría? ¿Cuál era la expectativa de la gente? ¿Qué es lo que realmente Jesús iba a ofrecer a la humanidad? Son las tentaciones del hombre que es el Mesías de Dios y que una misión tenía que realizar. ¿Sería el Mesías apoteósico al frente de unos ejércitos para hacer un nuevo Israel liberándolo de la opresión de pueblos extranjeros, como ansiaban en aquellos momentos los judíos? ¿o habría de manifestarse en la espectacularidad de los milagros que atrajeran a las multitudes para seguirle y hacerle rey?
Si nos fijamos bien estas tres tentaciones de la montaña de la cuarentena se van a ver reflejadas de una forma u otra en distintos momentos de la vida de Jesús en las páginas del evangelio. Por ejemplo en el desierto, tras la multiplicación de los panes y los peces, quieren hacerle rey. Sus discípulos más cercanos están apeteciendo primeros puestos, o el ocupar la derecha o la izquierda a su lado en su nuevo reino. Jesús mismo sentirá el deseo de que se aparte de él todo sufrimiento y todo cáliz de dolor en Getsemaní. Las gentes le aclamarán como hijo de David llevándolo como en volandas a través de la ciudad hasta el templo aunque fuera montado sobre un borrico. A última hora, incluso después de su resurrección, los discípulos seguirán preguntando si es ahora cuando se va a manifestar a Israel.
Pero ¿no serán también nuestras tentaciones? ¿no estaremos nosotros también apeteciendo cosas así? El milagro fácil que nos resuelva todos nuestros problemas – que las piedras se conviertan en pan -, la lotería o el premio que me pueda sacar – y bien que se lo pido a Dios y a la Virgen que tenga suerte – para que se me resuelvan tantos problemas y con lo que yo podría ayudar tanto a los demás (¿?), aunque al final seguiríamos siendo igual de egoístas. La apetencia del prestigio, de la buena fama, del ser considerado y respetado por todos, del sentirme por encima de los otros. Que aplaudan y alaben lo que hago, que reconozcan lo bueno que soy, lo importante que soy, y aparecerá entonces el orgullo y la vanidad, y me hago un engreído y un soberbio; las ambiciones me cegarán y aparecerán las envidias y malos deseos contra los otros porque quizá no puedo conseguir todo lo que los otros tienen.
Pero, como ya recordamos lo que nos dice el prefacio y lo hemos escuchado en el evangelio ‘Jesús al rechazar las tentaciones del enemigo, nos enseñó a sofocar la fuerza del pecado’.
‘No sólo de pan vive el hombre…’
No será el materialismo como sentido de la vida, no serán sólo las satisfacciones de los sentidos los que van a guiar y conducir nuestra vida; no nos podemos quedar sólo en lo terreno y en lo inmediato o en una vida ramplona, tenemos que buscar otras metas e ideales, hemos de saber elevar nuestro espíritu y trascender nuestra existencia, tenemos que abrirnos de verdad a Dios. ‘No sólo de pan vive el hombre, sino de toda Palabra que sale de la boca de Dios’.
‘Al Señor, tu Dios, adorarás y sólo a El darás culto’,
fue otra de las respuestas de Jesús para vencer al maligno. Seremos grandes porque Dios nos ha hecho grandes con la dignidad que nos ha concedido, pero no nos ha hecho dioses, ni de nosotros mismos ni de los demás. Es otro el camino que hemos de seguir con los pasos de la humildad y del servicio a los demás. Es el reconocimiento de cuánto nos ha concedido Dios con su amor y la apertura de nuestro corazón a esa presencia maravillosa de Dios que se ha prodigado en nuestra historia y en nuestra vida. ¡Qué hermoso la profesión de fe israelita que nos ofrecía la primera lectura recordando todo el actuar de Dios en su historia! ‘Al Señor, tu Dios, adorarás’.
‘No nos dejes caer en la tentación’, le pedimos al Señor cada día, pero tampoco voy a pretender tentar a Dios con mis peticiones y exigencias para que Dios haga siempre lo que me apetece y nos conceda las cosas tal como nosotros se lo pedimos. ¡Somos tan interesados y egoístas tantas veces en nuestras peticiones al Señor...! pongamos nuestra fe en el Señor que está con nosotros y es nuestra fuerza. ‘Nadie que cree en El quedará defraudado’, que recordaba san Pablo. ‘No tentarás al Señor, tu Dios’, dijo Jesús rechazando al maligno. ‘No se haga mi voluntad sino la tuya’, como terminó diciendo también Jesús en Getsemaní.
Nos da para mucho meditar esta Palabra de Dios proclamada en este primer domingo de Cuaresma. Bueno sería que cada uno, en esos momentos de silencio, de meditación y oración personal que tendríamos que proponernos de buscar de manera especial en este camino cuaresmal, volviéramos sobre estos textos y siguiéramos rumiándolos en nuestro interior en la presencia del Señor.
Como decíamos al principio, ‘avanzar en la inteligencia del misterio de Cristo y vivirlo en plenitud, para alimentar nuestra fe, consolidar nuestra esperanza y fortalecer el amor’.

sábado, 20 de febrero de 2010

Por el testimonio de Leví otros muchos pecadores llegaron hasta Jesús

Is. 58, 9-14
Sal. 85
Lc. 5, 27-32


El testimonio del seguimiento generoso y con prontitud de Jesús provocó que otros muchos se acercaran también a Jesús.
Muchas veces habremos escuchado este texto de la vocación de Leví y habremos reflexionado sobre él. ‘Jesús vio a un recaudador al mostrador de los impuestos y le dijo sígueme…’ Ya sabemos cómo los judíos despreciaban a los de esta profesión a los que llamaban publicanos y eran considerados como pecadores. Conocemos su situación también por otros textos del evangelio.
‘Leví, dejándolo todo, se levantó y lo siguió’. Admirable su prontitud. Su encuentro con Jesús fue para él un motivo de alegría y de fiesta. ‘Ofreció en su honor (de Jesús) un gran banquete en su casa, y estaban a la mesa con ellos un gran número de recaudadores y otros’. También aquellos otros, considerados como pecadores, tuvieron la ocasión de estar a la mesa con Jesús.
El seguimiento de uno dio ocasión para que otros muchos se acercaran a Jesús. Ya sabemos la reacción de los fariseos y los escribas. ‘¿Cómo es que coméis y bebéis con publicanos y pecadores?’ Ya Jesús les dará la respuesta. ‘No necesitan médico los sanos sino los enfermos…’ y los que siendo enfermos no reconocen que lo están añadiríamos. Porque enfermos eran también los fariseos y los escribas pero no eran capaces de reconocerlo. Ellos también podían aprovechar la ocasión para acercarse a Jesús, sentarse a su mesa, alcanzar su salud y su salvación.
Porque Jesús se acerca a todos. Jesús es el Buen Pastor que va a buscar la oveja perdida allá donde esté, en el fondo del barranco o entre la maraña de los zarzales. Jesús llegará hasta nosotros y no le importará que sus pies se embarren con el fango del camino o sus vestidos queden hechos jirones porque tenga que meterse entre los zarzales para buscarnos y llevarnos con El. Ahora los fariseos y los escribas quieren ensuciar su nombre porque come con publicanos y pecadores. Pero ya sabemos la respuesta de Jesús. ‘No he venido a llamar a los justos sino a los pecadores, a que se conviertan’. Así nos busca siempre el Buen Pastor.
Podemos sacar muchas lecciones. Pero pensemos cómo nuestro testimonio puede ayudar a los demás, cómo nosotros sin con sinceridad nos acercamos a Jesús y también nos ponemos en camino de ir y estar con él, esa actitud nuestra, esas decisiones nuestras pueden ser voz que llame a los demás a que sigan también a Jesús. Podemos ser puente, mediación para los demás para ese encuentro con Jesús. Que nunca seamos obstáculo para que otros encuentren a Jesús.
Pensemos también que no podemos ser como aquellos fariseos que nos creamos buenos y ya salvados. No puede haber nunca ni cerrazón de nuestro corazón para la gracia de Dios que llega a nosotros, ni desprecio a los demás porque nosotros nos creamos mejores. Ese momento con el que comenzamos cada día la Eucaristía donde decimos que nos reconocemos pecadores, tiene que ser una actitud auténtica de nuestra vida. Siempre hemos de acudir a Jesús en búsqueda de su salvación. Y pensemos que con nuestro testimonio podremos hacer que otros muchos también hagan ese camino de búsqueda de salvación.
Un hermoso ejemplo y lección que nos ofrece hoy la vocación de Leví.

viernes, 19 de febrero de 2010

Ayuno en la autenticidad y en la congruencia del amor y la solidaridad

Is. 50, 1-9
Sal. 50
Mt. 9, 14-15


Le plantean a Jesús la cuestión del ayuno. ¿Ayuno, sí? ¿Ayuno, no? Los discípulos de Juan, los fariseos ayunan, ‘¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos a menudo y, en cambio, tus discípulos no ayunan?’
El sentido del ayuno va unido a una ofrenda al Señor, un sacrificio, un acto penitencial al reconocerse pecadores, en cierto modo como Jesús lo llamará un acto de luto o de dolor, en el fondo un acto de piedad para con Dios. ‘¿Es que pueden guardar luto los amigos del novio mientras el novio está con ellos’ celebrando el banquete de bodas? Jesús quiere ayudarnos a dar un hondo sentido a ese sacrificio del ayuno.
Este texto del evangelio está íntimamente relacionado con el texto de Isaías que se nos ha proclamado en la primera lectura. La liturgia sabiamente nos va proponiendo en este camino de cuaresma unos textos que nos ayuden a profundizar en distintos aspectos de nuestra vida cristiana y los dos textos de cada día tienen una estrecha relación.
Lo que nos está pidiendo el profeta en dicho texto es autenticidad en lo que hacemos, y congruencia entre el resto de nuestra vida y el culto que queremos ofrecer a Dios. No podemos andar por dos caminos contrarios a la vez. Sería una contradicción en nuestra vida. No podemos separar nuestra piedad y nuestra relación con Dios del resto de lo que hacemos en nuestra vida.
Decimos que queremos escuchar a Dios y amarlo, que queremos seguir sus caminos y llamarnos cristianos, venimos a dar culto a Dios y queremos participar en la celebración del culto y los sacramentos – es lo que ahora por ejemplo queremos intensificar en este tiempo de Cuaresma en ese sentido tan hermoso que tiene y nos ayuda para nuestro caminar cristiano -, pero según salimos a la calle, a nuestro vivir ordinario de cada día, ahí estamos llenos de violencias e impaciencias, endurecemos el corazón con nuestros orgullos, somos insensibles ante el hermano que sufre, nos encerramos en nosotros mismos y nos volvemos insolidarios. ¿Es éste el culto que el Señor quiere?
El profeta nos advierte. ‘Mirad: el día de ayuno buscáis vuestro interés y apremiáis a vuestros servidores… ayunáis entre riñas y disputas, dando puñetazos sin piedad… no ayunéis como ahora haciendo oír vuestras voces. ¿Es ése el ayuno que el Señor desea para el día en que el hombre se mortifica? ¿a eso llamáis ayuno, día agradable al Señor? El ayuno que yo quiero es éste: abrir las prisiones injustas, hacer saltar los cerrojos de los cepos, dejar libres a los oprimidos, partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al que ves desnudo, y no cerrarte a tu propia carne’.
Son claras las palabras del profeta porque esas situaciones las tenemos bien claras a nuestro lado. Ayunaremos, nos privaremos de alimentos, eso está bien. Es una forma de unirnos al sufrimiento de Jesús en el camino del Calvario y en la Cruz. Es una forma de hacernos solidarios con los que ayunan y pasan hambre por que no tienen, y contemplamos y recordamos tantos sufrimientos de hombres y mujeres a lo largo de toda la humanidad.
Pero es algo más lo que tenemos que hacer porque esa solidaridad tendrá que mostrarse en hechos concretos comenzando por esa delicadeza y amor en el trato con los demás teniendo en cuenta quizá a los que tenemos más cerca de nosotros. Quizá venimos a Misa todos los días, pero también todos los días estamos de malhumor con el que se siente a nuestro lado… ¡Cuántas cosas concretas podríamos recordar aquí! ¡Cuántas cosas buenas, cuántos detalles de cercanía y amistad, de amor sincero y generoso podremos tener por los demás empezando por esos con los que convivimos! Hemos de reconocer que esos detalles a veces nos cuestan más que quedarnos sin desayunar o privarnos de unas golosinas que eso también lo hacen los que quieren conservar la línea.
Ese compartir con el hermano, el hambriento, el sediento o el desnudo, el enfermo o el que sufre de soledad en su corazón será un verdadero acto de amor que a Cristo le estaremos ofreciendo ‘porque lo que hicisteis con ese hermano humilde, a mí me lo hicísteis’.

jueves, 18 de febrero de 2010

El que ama de verdad no teme perder su vida

Deut. 30. 15-20
Sal. 1
Lc. 9, 22-25


‘El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y resucitar al tercer día’. En la alborada de la Cuaresma bien nos viene recordar este anuncio de Jesús, de su Pascua, de su entrega, de su muerte y resurrección. Nos está recordando la meta del camino que estamos iniciando en esta cuaresma. Nos está trazando también un camino, que no es otro que seguir los pasos de Jesús.
Toda la razón de ser de Jesús es amar, su misión es amar y dar la vida a los hombres. Pero el pecado de los hombres unirá esta misión a la muerte. No busca Jesús la muerte por sí misma. Lo que quiere es amarnos y darnos vida. Su muerte es el paso para la vida. Porque Jesús no temió entregar su vida hasta la muerte, pero para que nosotros tuviéramos vida.
Es lo que nos enseña. A amar hasta el final, hasta el extremo de ser capaces de dar la vida. El que ama de verdad se consume en el amor. El que ama de verdad no piensa en si mismo sino en aquel a quien ama.. Porque ama no teme perder la vida, no se la reserva para sí, la da. Es lo que hizo Jesús y lo que hoy nos dice. ‘El que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierde su vida por mi causa, la salvará’.
Se olvida de sí mismo. ‘El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo’. La cruz no como suplicio ni como señal de muerte, sino como manifestación de amor y de entrega como lo fue para Jesús. aunque nos pueda parecer un peso, tendríamos que decir que es una dicha. Amar no es nunca un peso, sino una felicidad. Porque amas quieres hacer feliz a los demás y en el fondo serás más feliz tú.
Hay quien puede pensar que reservándose para sí mismo será más feliz. Hay quien quiere ponerle medidas al amor, pero el amor verdadero no puede tener límites ni fronteras. Un amor auténtico no puede estar haciendo distinciones, a éste sí amo y al otro, no; amo hasta aquí y de ahí para delante no me pidan más. Los amores raquíticos se enferman y mueren pronto. Nos puede pasar muchas veces porque algunas veces nos puede el individualismo, el egoísmo, lastres que se nos meten en el corazón. Es en lo que tenemos que aprender de Jesús.
‘¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si se pierde o se perjudica a sí mismo?’, nos decía Jesús hoy. Cuando amas de verdad nunca te perderás ni te perjudicarás. Aunque nos cueste algunas veces entenderlo. Tenemos que pedir la fuerza del Espíritu que nos ayude a asimilarlo y entenderlo.
Nos decía el libro del Deuteronomio: ‘hoy pongo delante de ti la vida y el bien, la muerte y el mal… si amas al Señor tu Dios, siguiendo sus caminos, guardando sus preceptos y mandatos… vivirás y crecerás… elige la vida, y vivirás tú y tu descendencia amando al Señor tu Dios, escuchando su voz, pegándote a El…’
Escojamos el camino de la vida, el camino del amor y tendremos vida. Escuchemos la voz del Señor, vivamos íntimamente unidos a El en el amor. Es lo que vamos a ir aprendiendo a hacer en este camino cuaresmal. Escucharemos al Señor, plantaremos día a día su palabra en nuestro corazón que nos haga ir examinando nuestro amor para hacerlo cada día más puro y más intenso, para hacerlo según su medida que es no tener medida. Iremos así arrancando la muerte de nosotros. Nos sentiremos transformados por el Señor. Llegaremos a vivir con intensidad su Pascua.

miércoles, 17 de febrero de 2010

Dejémonos reconciliar, reencontrar, con Dios

Joel, 2, 12-18
Sal. 50
2Cor. 5, 20-6, 2
Mt. 6, 1-6. 16-18





Es como si en el centro de la plaza del pueblo retumbara el resonar de los tambores y sonara vibrante el clarín de las trompetas anunciando la llegada del que viene con toda su misericordia para anunciarnos y concedernos su perdón y su paz. Los oídos de nuestro mundo no sabrán distinguir esos sones y esos anunciados entretenidos como están en sus cosas que les pueden parecer más interesantes. Quizá en la plaza pública no se deje oír ese resonar de las trompetas, pero nosotros sí que escuchamos el grito fuerte de la Palabra que llega hasta nosotros.
Iniciamos la Cuaresma. Comienza el recorrido de un camino que para nosotros será glorioso en la meta que esperamos alcanzar. Sin embargo es una palabra exigente la que suena en los oídos de nuestro corazón porque nos está invitando a la conversión y a la renovación total de nuestra vida. Llega la Pascua y tiene que ser algo más que una cosa que repetimos cada año. Llega la Pascua y ésta tiene que ser nuestra Pascua porque eso es a lo que nos invita el Señor. Por eso el camino tiene que pasar por la renovación profunda y por la conversión.
‘Tocad la trompeta en Sión, proclamad el ayuno, congregad al pueblo, santificad la asamblea, reunid a los ancianos, congregad a los muchachos y niños de pecho, salga el esposo de la alcoba, la esposa del tálamo, entre el atrio y el altar lloren los sacerdotes, los ministros del Señor… convertíos a mí de todo corazón… rasgad los corazones, no las vestiduras, convertíos al Señor, Dios vuestro, porque es compasivo y misericordioso…’
Así resonaba la voz del profeta más vibrante que una trompeta, y así sigue resonando en medio de la Iglesia en este primer día de la Cuaresma. ‘Ahora es el tiempo de la gracia; ahora es el día de la salvación’, nos grita también la Palabra en la voz de san Pablo. Un tiempo que no podemos desaprovechar; una gracia del Señor que no podemos dejar pasar de largo.
‘Cada año la cuaresma nos ofrece una ocasión providencial para profundizar en el sentido y el valor de ser cristiano, y nos estimula a descubrir de nuevo la misericordia de Dios para que también nosotros lleguemos a ser más misericordiosos con nuestros hermanos’, nos repite la Iglesia en palabras de Benedicto XVI. ‘Nos invita a una sincera revisión de nuestra vida a la luz de las enseñanzas evangélicas… que este tiempo penitencial sea para todos los cristianos un tiempo de auténtica conversión y de intenso conocimiento del misterio de Cristo que vino para cumplir toda justicia’, nos decía en el mensaje de este año.
Ahí tenemos todo un programa. La Palabra de Dios que iremos escuchando día a día y en la que trataremos de reflexionar hondamente nos irá conduciendo para que comprendamos cada vez mejor ‘el sentido y el valor de ser cristiano’. Nos abriremos así a la misericordia del Señor para desde esa experiencia maravillosa de lo que es el amor de Dios aprendamos nosotros a amar y a tener misericordia. ¿Cómo no vamos a tener misericordia con los hermanos si estamos empapados de ese amor misericordioso de Dios? Somos conscientes de nuestra indignidad y de nuestro pecado, y por eso admiramos más el amor que Dios nos tiene.
Convertimos nuestro corazón a Dios e iremos arrancando con paciencia y sin pausa todas esas raíces de pecado que hay dentro de nosotros. Será costoso y doloroso muchas veces y nos exigirá fuertes sacrificios en esa renuncia y en esa transformación. Los actos penitenciales que iremos ofreciendo al Señor serán aprendizaje para esa renovación profunda, pero quieren ser también ofrenda de amor que nosotros queremos hacer al Señor como signo y señal de que queremos que El sea nuestro único Dios y Señor en nuestra vida.
Negación de nuestros gustos y caprichos, renuncia incluso a cosas buenas como expresión del dominio de nosotros mismos y nuestros gustos, sacrificios en la abstinencia no sólo de carne sino de otras cosas apetitosas que regalen nuestros sentidos que se pueden traducir en muchas cosas, renuncia incluso a los alimentos para probar también en nosotros lo que es el hambre y necesidad que pasan muchos hermanos nuestros, solidaridad en nuestro compartir con los que menos tienen dando de lo nuestro aunque poco tengamos para remediar las necesidades de nuestros hermanos, pueden ser muchas de esas cosas que ofrezcamos al Señor y que nos ayuden a realizar nuestro camino en austeridad, sencillez y humildad.
Ahora en este primer día de nuestra cuaresma dejaremos que la ceniza manche nuestras frentes, porque así recordamos lo pequeño que somos, polvo y ceniza somos, pero también lo que es nuestra indignidad por cuanto estamos manchados por el pecado. Por eso al tiempo que cae la ceniza sobre nuestra cabeza escucharemos la llamada e invitación del Señor: ‘Conviérte y cree en el Evangelio’.
Nos queremos volver hacia el Señor, dándole la vuelta totalmente a nuestra vida. Nos queremos volver hacia el Señor pero escuchando, creyendo y poniendo por obra el Evangelio de Jesús en nuestra vida. No solamente ver nuestra pequeñez y nuestro pecado, sino que es mirar al Evangelio porque es mirar el amor que el Señor nos tiene, pero es mirar también el camino que hemos de recorrer y es mirar la meta que hemos de alcanzar.
Nos convertimos para vivir el Reino de Dios. Nos convertimos dejándonos transformar por la Pascua del Señor. Por eso, cuando en la noche de la Vigilia Pascual de la resurrección del Señor nos dejemos iluminar por la luz de Cristo resucitado y hagamos la renovación de nuestras promesas bautismales, podremos hacerlo con todo sentido y hondura porque hemos recorrido con fidelidad este camino que hoy comenzamos.
Escuchemos la llamada del Señor. Caminemos a su encuentro que El viene a nosotros con su gracia y su perdón. ‘Dejémonos reconciliar, reencontrar, con Dios’.

martes, 16 de febrero de 2010

Cuidado con las levaduras que nos malean

Sant. 1, 12-18
Sal. 93
Mc. 8, 14-21


‘Tened cuidado con la levadura de los fariseos y con la de Herodes’, les dice mientras atravesaban el lago. No entienden lo que Jesús quiere decirles y piensan que se los dice porque ‘no han llevado más que un pan en la barca’. Andaban preocupados. ‘¿Para que os sirven los ojos si no veis, y los oídos si no oís?’ Andaban preocupados por la falta de pan y ya se acordaban de los panes multiplicados milagrosamente allá en el descampado. ¿Entenderemos nosotros?
¿Qué les quería decir Jesús?, nos preguntamos nosotros también. Habla de levadura. Y ¿para que sirve la levadura? Ya un día había puesto una parábola del pequeño puñado de levadura que se echa en la masa para hacer fermentar el pan. Y ahora les habla Jesús de la levadura de los fariseos y de la de Herodes. Había que tener cuidado.
Podíamos decir que Jesús quiere ofrecernos un pan nuevo, un pan distinto. La salvación que Jesús nos ofrece nos da un nuevo sentido de vivir y de ser. Desde el descubrimiento del amor grande que Dios nos tiene que es nuestro Padre nuestra vida tiene que tener un nuevo plan, un nuevo sentido. Habló Jesús un día de odres nuevos, de vestido nuevo; de que no nos valen los remiendos ni las componendas.
Seguimos a Jesús y no nos podemos dejar influir por nada ni por nadie. Como los discípulos y los apóstoles que podían dejarse influir por un estilo de vida que tenían alrededor, ya fuera el estilo de los fariseos con sus apariencias y vanidades, ya fuera Herodes con toda la maldad que había en su corazón. Podrían parecer muy rectos y cumplidores los fariseos con lo minuciosos que eran, pero Jesús les desenmascara y nos está diciendo que ese estilo de vivir no es el que El quiere trasmitirnos. Una autenticidad nueva y una rectitud tendría que nacer en el discípulo de Jesús, como un estilo de amor y de misericordia como descubrimos en el corazón de Cristo. Y es por ahí por donde tenemos que caminar.
El mundo que nos rodea también puede influir en nosotros. O hacemos sincretismos mezclando en nuestra vida cosas que son incompatibles o simplemente nos dejamos arrastrar confundidos por cantos de sirena que al final nos llevarán por mal camino.
Una religiosidad pobre, un materialismo que nos anula y embrutece, un sensualismo y hedonismo que nos ciega y nos impide ver valores más trascendentes, una superficialidad que nos impide comprometernos seriamente en cosas importantes, un dejarnos llevar quizá por el temor al que dirán o porque no tenemos fuerzas para nadar contracorriente, muchas cosas que se nos pueden ir metiendo en el corazón o en nuestro estilo de vivir que nos alejan de una verdadera religiosidad y de un verdadero sentido de la vida. Hemos de estar alertas. Como dice Jesús cuidado con esa levadura que puede malear la masa de nuestra vida.
Estamos a las puertas de iniciar el tiempo de Cuaresma, que tiene que ser un tiempo de verdadera renovación de nuestra vida. Ya nos iremos planteando el camino que hemos de recorrer, pero con las advertencias que hoy nos hace el Señor ya tenemos que predisponernos para lo bueno, para iniciar con verdaderos deseos y con mucha esperanza este tiempo que nos conducirá a la Pascua. Pero como ya reflexionaremos conducirnos a la Pascua no es simplemente dejar pasar unos días con una serie de cosas que se irán sucediendo, sino emprender ese camino para que haya verdadera Pascua en nosotros. Cristo llene nuestra vida y nos transforme, nos haga morir a las viejas levaduras para dejarnos transformar por esa nueva levadura de la gracia que El nos ofrece.

lunes, 15 de febrero de 2010

No temamos las pruebas que fortalecen nuestra fe

Sant. 1, 1-11
Sal. 118
Mc. 8, 11-13


Sabemos que más o menos una exigencia muy común hoy es que cualquier cosa que se construya o se fabrique, cualquier ingenio que queramos utilizar, desde un edificio que se construye, un puente de una carretera hasta un juguete que vayamos a utilizar ha de estar homologado, o sea, debidamente probado para que pueda utilizarse con la correspondiente seguridad. Todo ha de probarse y de comprobarse.
¿Por qué comienzo con este ejemplo? Por lo que nos dice el apóstol Santiago en la lectura que hemos escuchado en referencia a nuestra fe. Decir que hoy se comienza a leer en la primera lectura en el tiempo ordinario la carta de Santiago pero que solo volveremos a leer mañana, porque al comenzar el miércoles ya el tiempo de Cuaresma iniciaremos otro ciclo de lecturas.
‘Que el colmo de vuestra dicha sea pasar por toda clase de pruebas. Sabed que al ponerse a prueba vuestra fe, os dará aguante. Y si el aguante llega hasta el final, seréis perfectos e íntegros, sin falta alguna…’
Nos habla el apóstol de una dicha el ser probado. Sin embargo hemos de reconocer, a pesar de lo que decíamos antes de la homologación de todas las cosas, que en nuestra vida no nos gusta ser probados; si pudiéramos rehuiríamos toda clase de pruebas. Pero ya nos dice que son necesarias, porque así se aquilata y se purifica nuestra fe, así se hace más fuerte y más firme. Y bien que lo necesitamos.
Siempre recuerdo, porque a mí me servía algo así como una parábola, lo que escuchaba a unos campesinos en uno de los pueblos donde he servido párroco. A partir de la primavera y a principios del verano siempre era azotado aquel lugar por una brisa constante y en ocasiones fuerte. Solían plantar maíz. Y decía la gente que si no había esa brisa constante mientras crecían las plantas del maíz, no habría cosecha. Podría pensarse que ese viento estropearía las plantas, pero era todo lo contrario. Las plantas que habían de crecer como empujando contra la fuerza del viento crecían más fuertes y podían dar fruto. Si no había viento en su crecimiento y llegaba al final cuando las plantas habían ha crecido, como no estaban suficientemente curadas y fortalecidas entonces si sufrían daños y no habría buena cosecha.
Me sirve este ejemplo parábola para lo que nos dice Santiago en referencia a las pruebas por las que ha de pasar nuestra fe. Nos llenamos de dudas muchas veces; en las dificultades y problemas lo vemos todo oscuro; otras veces queremos demostraciones que quizá de forma milagrosa nos aclaren las cosas; nos encontramos un mundo adverso que nos presente otros sentidos de la vida; encontramos oposición y hasta persecución a nuestros principios…
Las pruebas nos fortalecen. Nos purifican. Nos preparan para la lucha. Nos hacen que en verdad cuidemos nuestra fe y tratemos de ahondar en ella encontrando las razones fuertes para creer y para nuestra esperanza en el conocimiento más profundo de todo el misterio de Dios y de la respuesta de nuestra vida cristiana. Firmes en nuestra fe no hemos de temer, nos sentiremos seguros en el Señor.
Y nos decía también la carta de Santiago. ‘En caso de que alguno de vosotros se vea falto de acierto, que se lo pida a Dios. Dios da generosamente… pero tiene que pedir con fe,, sin titubear en lo más mínimo…’ Es la fortaleza que encontramos en nuestra oración. Ese don maravilloso y sobrenatural de la fe hemos de pedirlo a Dios con confianza, con humildad, con la certeza de que Dios nos lo va a conceder.
Son las cosas de Dios. Es la generosidad, la gratuidad del don de Dios para nuestra vida, es lo que llamamos gracia. Pidámosla al Señor.

domingo, 14 de febrero de 2010

Dichosos, felices… ¿quiénes?

Jer. 17, 5-8;
Sal. 1;
1Cor. 15, 12.16-20
Lc. 6, 17. 20-26



Una vez más una página del evangelio que desconcierta a muchos. Podría parecerles un sin sentido llamar felices y dichosos a los que nada tienen y a los que sufren. Cuando todos en la vida lo que deseamos es ser felices y que nada nos haga sufrir. Se busca la felicidad de la manera que sea, ansiamos y deseamos tantas cosas porque nos puede parecer que ese es el único camino de la felicidad.
Pero viene Jesús y nos dice ‘dichosos los pobres… dichosos los que ahora tienen hambre… dichosos los que lloran… dichosos si hablan mal de vosotros y os desprestigian…’
Mientras, oímos hablar a la gente de si tienen esto o aquello, aquella bonita casa o aquel potente coche, aquellas influencias que le permiten alcanzar aquel puesto con el que van a ganar tanto, o hacer aquel negocio con el que se van a enriquecer en un dos por tres . Y por otra parte los que nada tienen están con sus sueños de conseguir esto o lo otro, de tener suerte y ganarse una lotería para no estar ya pasando tantas necesidades o tantos problemas, o a ver cuando salen de ese agujero negro por el que están pasando.
Y sigue diciendo Jesús ‘ay de vosotros los ricos… los que estáis saciados porque tenéis de todo… los ahora sois tan felices… los que tenéis tanto prestigio que todo el mundo habla bien de vosotros…’
Claro que estas palabras de Jesús producen un desconcierto grande. Y para nosotros los que decimos que creemos en Jesús es Palabra de Dios. ¿Cómo se pueden compaginar unas cosas y otras? ¿cómo hemos de entender estas palabras de Jesús? ¿tendremos que hacer algunas interpretaciones para suavizarlas? Reconozcamos que más de una vez tenemos esta tentación. También tenemos la tentación de la vanidad, el prestigio o la apariencia.
Creo que tenemos que profundizar más y más en nuestro conocimiento de Jesús. Mirar su vida. Mirar todo el conjunto de su evangelio. Jesús dice ‘dichosos los pobres’ y El nació pobre, tan pobre que María tuvo que ir a dar a luz en un establo, como un emigrante o desplazado que no podía ir ni siquiera a la posada del pueblo porque allí había sitio para ellos. Más tarde lo veremos como un exiliado huyendo a Egipto porque aún niño recién nacido ya querían arrebatarle la vida. Pasó la mayor parte de su vida oculto en un pequeño pueblecito casi desconocido de Galilea pobre trabajando como pobre en el taller de José. ‘¿De Nazaret puede salir algo bueno?’, dirían incluso algunos.
Pero ¿cómo hará su presentación? Lo hemos escuchado recientemente, en la sinagoga de Nazaret proclamará el texto de Isaías donde nos habla que está lleno del Espíritu del Señor para dar una Buena Noticia a los pobres – ‘los pobres son evangelizados’ – para anunciar libertad y amnistía para los oprimidos y los cautivos. Cuando alguien se ofrece a seguirle le dirá que ‘las aves del cielo tienen nido, y las zorras una guarida, pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar su cabeza’.
Pero ese Jesús que así nació, así se presentó y así dependiendo de los demás recorría los caminos de Palestina, va repartiendo lo que es más valioso, porque va derramando amor – ‘pasó haciendo el bien’, diría más tarde Pedro –, enseñándonos que la mayor riqueza de la persona es la del amor, la del saber compartir y la de saber vivir en comunión de hermanos y haciéndonos descubrir la dignidad más grande de las personas.
Por eso ahora nos dirá que son dichosos los pobres, porque son los que saben compartir desde el amor porque no tienen el corazón apegado a ninguna cosa; son los que saben ser más libres porque no hay ataduras que los aten para hacerlos dependientes de las cosas. Serán los más felices porque el mejor sueño que puedan tener en su vida será el de tener un corazón abierto para compartir más que nada lo que son, porque la posesión de las cosas tiene menos importancia.
En cambio, los que parecen más felices, porque mucho tienen. su corazón tienen el peligro de que se les quede apelmazado y endurecido porque les parece que sólo en la posesión de cosas y de bienes es donde pueden encontrar la felicidad. Aunque parezcan satisfechos y felices nunca lo están porque siempre estarán deseando tener más y más porque piensan que cuanto más tienen más felices son, y a la larga son más infelices y desgraciados.
Ahora entendemos un poquito mejor lo que Jesús nos está diciendo hoy y ya no nos desconcierta tanto. Dichosos serán, sí, los pobres, los que tienen un corazón desprendido, los que tienen un corazón libre porque no lo apegan a las cosas, los que han sabido llenar su corazón de lo más importante que es el amor; y el amor significa el respeto y la valoración de la persona, de toda persona; y amor significará sentir la inquietud de que el otro pueda ser feliz con la felicidad más honda; y amor significará buscar siempre lo que sea bueno para el otro siendo capaz de olvidarse de uno mismo; éstos serán, sí, los que entiendan mejor lo que es el Reino de Dios, los que estarán más cerca del Reino de Dios, como nos dice Jesús hoy.
Dichosos los que tienen hambre, sí, hambre que ya no es sólo de pan que alimente nuestros cuerpos, sino de pan de humanidad, de amistad, de cercanía, de solidaridad, de justicia, de amor; hambre, en una palabra, de Dios, de que Dios esté en medio de nosotros y así podamos lograr todo eso bueno no sólo para nosotros sino para toda la humanidad. Y qué felices seríamos todos si viviéramos unas relaciones así entre los unos y los otros.
Dichosos los que ahora lloráis, nos dice Jesús, porque esas lágrimas pueden ser semilla de felicidad verdadera; porque esas lágrimas que ahora nos inquietan o tienen el peligro de amargar nuestro corazón en nuestro dolor y en nuestro sufrimiento, porque nos vienen las enfermedades, nos abruman los problemas, o nos duele lo que pueda hacer sufrir a los demás, pueden ser en nosotros expresión de una inquietud por encontrar algo mejor y algo que nos haga alcanzar una mayor plenitud para nuestra vida; pero también cuando vivamos esas situaciones difíciles poniendo más amor nos podremos acercar un poco más a Aquel que cargó con nuestros sufrimientos subiendo a la cruz, y tenemos la certeza que detrás de la cruz está siempre la resurrección y la vida.
No nos importa, pues, que no nos entiendan o que incluso traten de ridiculizarnos por nuestra manera de entender la vida cuando queremos vivirla según el espíritu del Evangelio. Jesús nos dice ‘vuestra recompensa será grande en el cielo’. Es que nosotros creemos en Cristo resucitado y de eso nadie nos va a separar.
Es la esperanza que nos anima, porque la confianza no la hemos puesto en nosotros mismos o en las cosas de aquí abajo que poseamos, sino que la confianza la hemos puesto en el Señor. Y ya sabemos que El nunca nos defraudará. ‘Será como un árbol plantado al borde de la acequia, da fruto en su sazón y no se marchitan sus hojas, y cuanto emprende tiene buen fin’, como recitamos en el salmo. ‘En año de sequía no se inquieta, no deja de dar fruto’, como nos decía el profeta. Sí, seremos dichosos.