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viernes, 19 de febrero de 2010

Ayuno en la autenticidad y en la congruencia del amor y la solidaridad

Is. 50, 1-9
Sal. 50
Mt. 9, 14-15


Le plantean a Jesús la cuestión del ayuno. ¿Ayuno, sí? ¿Ayuno, no? Los discípulos de Juan, los fariseos ayunan, ‘¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos a menudo y, en cambio, tus discípulos no ayunan?’
El sentido del ayuno va unido a una ofrenda al Señor, un sacrificio, un acto penitencial al reconocerse pecadores, en cierto modo como Jesús lo llamará un acto de luto o de dolor, en el fondo un acto de piedad para con Dios. ‘¿Es que pueden guardar luto los amigos del novio mientras el novio está con ellos’ celebrando el banquete de bodas? Jesús quiere ayudarnos a dar un hondo sentido a ese sacrificio del ayuno.
Este texto del evangelio está íntimamente relacionado con el texto de Isaías que se nos ha proclamado en la primera lectura. La liturgia sabiamente nos va proponiendo en este camino de cuaresma unos textos que nos ayuden a profundizar en distintos aspectos de nuestra vida cristiana y los dos textos de cada día tienen una estrecha relación.
Lo que nos está pidiendo el profeta en dicho texto es autenticidad en lo que hacemos, y congruencia entre el resto de nuestra vida y el culto que queremos ofrecer a Dios. No podemos andar por dos caminos contrarios a la vez. Sería una contradicción en nuestra vida. No podemos separar nuestra piedad y nuestra relación con Dios del resto de lo que hacemos en nuestra vida.
Decimos que queremos escuchar a Dios y amarlo, que queremos seguir sus caminos y llamarnos cristianos, venimos a dar culto a Dios y queremos participar en la celebración del culto y los sacramentos – es lo que ahora por ejemplo queremos intensificar en este tiempo de Cuaresma en ese sentido tan hermoso que tiene y nos ayuda para nuestro caminar cristiano -, pero según salimos a la calle, a nuestro vivir ordinario de cada día, ahí estamos llenos de violencias e impaciencias, endurecemos el corazón con nuestros orgullos, somos insensibles ante el hermano que sufre, nos encerramos en nosotros mismos y nos volvemos insolidarios. ¿Es éste el culto que el Señor quiere?
El profeta nos advierte. ‘Mirad: el día de ayuno buscáis vuestro interés y apremiáis a vuestros servidores… ayunáis entre riñas y disputas, dando puñetazos sin piedad… no ayunéis como ahora haciendo oír vuestras voces. ¿Es ése el ayuno que el Señor desea para el día en que el hombre se mortifica? ¿a eso llamáis ayuno, día agradable al Señor? El ayuno que yo quiero es éste: abrir las prisiones injustas, hacer saltar los cerrojos de los cepos, dejar libres a los oprimidos, partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al que ves desnudo, y no cerrarte a tu propia carne’.
Son claras las palabras del profeta porque esas situaciones las tenemos bien claras a nuestro lado. Ayunaremos, nos privaremos de alimentos, eso está bien. Es una forma de unirnos al sufrimiento de Jesús en el camino del Calvario y en la Cruz. Es una forma de hacernos solidarios con los que ayunan y pasan hambre por que no tienen, y contemplamos y recordamos tantos sufrimientos de hombres y mujeres a lo largo de toda la humanidad.
Pero es algo más lo que tenemos que hacer porque esa solidaridad tendrá que mostrarse en hechos concretos comenzando por esa delicadeza y amor en el trato con los demás teniendo en cuenta quizá a los que tenemos más cerca de nosotros. Quizá venimos a Misa todos los días, pero también todos los días estamos de malhumor con el que se siente a nuestro lado… ¡Cuántas cosas concretas podríamos recordar aquí! ¡Cuántas cosas buenas, cuántos detalles de cercanía y amistad, de amor sincero y generoso podremos tener por los demás empezando por esos con los que convivimos! Hemos de reconocer que esos detalles a veces nos cuestan más que quedarnos sin desayunar o privarnos de unas golosinas que eso también lo hacen los que quieren conservar la línea.
Ese compartir con el hermano, el hambriento, el sediento o el desnudo, el enfermo o el que sufre de soledad en su corazón será un verdadero acto de amor que a Cristo le estaremos ofreciendo ‘porque lo que hicisteis con ese hermano humilde, a mí me lo hicísteis’.

jueves, 25 de junio de 2009

Cumpliendo la voluntad del Padre realizamos el Reino de Dios y engrandecemos al hombre

Gén. 16, 1-12.15-16
Sal. 105
Mt. 7, 21-29


¿Cuáles son las obras que Dios nos pide? Creo que es importante que nos hagamos una pregunta así para saber bien a qué atenernos cuando nos decimos que somos personas religiosas o que somos tan cristianos como el que más. Y es importante tenerlo claro para ir a lo fundamental y hacer realmente lo que el Señor nos pide.
Con mi comentario no quiero entrar a hacer juicio contra nadie porque es a mí mismo al que me tengo que analizar y ver si realmente con lo que hago y con lo que es mi vida estoy respondiendo a lo que el Señor me pide.
Jesús nos señala dos cosas muy concretas hoy en el evangelio que hemos de tener en cuenta y que nos pueden dar pie para que analicemos muchas cosas. ‘No todo el que me dice, Señor, Señor, entrará en el Reino de los cielos…’ Y a continuación nos señala situaciones de gran actividad, incluso de cosas buenas – habla Jesús de profetizar en su nombre, echar demonios y hacer milagros, que podríamos traducir hoy en tantas y tantas actividades que podemos realizar, incluso en beneficio de los demás -, pero a lo que Jesús nos responderá diciendo: ‘No os conozco, alejaos de mi...’
En dos palabras: el que reduce todo a invocar continuamente el nombre de Dios sin preocuparse de hacer otra cosa, y al que convierte su vida en un activismo que podríamos llamar desenfrenado.
¿Qué contrapone Jesús a todo esto? ¿Qué es lo que realmente tendríamos que realizar? Nos habla Jesús de ‘cumplir la voluntad del Padre del cielo’. Y luego nos dirá ‘el que escucha estas palabras mías y las pone en práctica…’ Y nos pone a continuación el ejemplo del hombre prudente que edifica su casa sobre roca contraponiéndolo al necio e insensato que edifica sobre arena. Y ya sabemos que acabarán una y otra cuando venga la tempestad.
¿Cómo hemos de entender todo esto? En otro lugar del Evangelio - precisamente este mismo de san Mateo que estamos proclamando – nos invita a que pasemos a heredar el Reino prometido porque le dimos de comer al hambriento, de beber al sediento, vestimos al desnudo, visitamos y curamos al enfermo, etc… Pero la motivación honda será el cumplir la voluntad del Padre, escuchar a Jesús y poner en práctica su palabra. Como decimos en el padrenuestro: santificar el nombre de Dios, buscar el Reino de Dios, vivir el amor de Dios Padre presente en nuestra vida, y todo esto haciendo siempre su voluntad.
Ni una piedad que nos aleja de los demás desentendiéndonos de los otros, ni un activismo que nos haga olvidar a Dios para no tenerlo como principal motor de nuestra vida. El Reino de Dios no es hacer simplemente obras de justicia a favor de los demás, sino hacer todo eso porque sentimos y queremos que Dios sea el único Rey y Señor de mi vida y de la vida de los hombres. Porque siendo Dios nuestro único Señor lo que hacemos siempre es engrandecer al hombre.