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viernes, 13 de noviembre de 2020

Los momentos difíciles tendrían que hacernos pensar y hacer un parón en el ritmo de vida para intentar descubrir ese sentido nuevo de ese mundo nuevo que queremos construir

 


Los momentos difíciles tendrían que hacernos pensar y hacer un parón en el ritmo de vida para intentar descubrir ese sentido nuevo de ese mundo nuevo que queremos construir

2Juan 4-9; Sal 118; Lucas 17, 26-37

En medio de otras muchas calamidades que estamos viviendo como nos sucede con la pandemia que nos está afectando poco menos que de manera universal, por otra parte nos llegan noticias de catástrofes naturales como consecuencias de tifones o de huracanes, como estos días hemos contemplado en Centroamérica o en Filipinas; de un momento a otro se desatan las fuerzas de la naturaleza y aparecen fuertes huracanes, lluvias torrenciales, inundaciones de todo tipo, desaparición de poblados con sus habitantes y muchas cosas más. No terminamos de acostumbrarnos, y mejor es que no nos acostumbremos, pero las imágenes son escalofriantes y no quisiéramos verlas, pero ahí están.

¿Qué hacer? ¿Qué pensar? ¿Qué solución podemos dar? ¿Qué respuesta encontramos para todo esto con los correspondientes interrogantes que nos surgen por dentro? Como suele decir la gente muchas veces con mucha pasividad ¿contra quien nos rebelamos? Y hablamos de cambio climático, y decimos que somos nosotros los que estamos destruyendo nuestro mundo, que es consecuencia del desorden en que vivimos donde se multiplican cosas innecesarias que luego perjudican a la naturaleza y al mundo y de ahí vienen esas respuestas de que si poco menos tendríamos que volvernos de nuevo a la edad de piedra para no crear tantos contaminantes… son muchas las cosas que decimos, que pensamos, las soluciones que queremos dar pero seguimos preguntándonos ¿qué hacer?

No pretendo con esta reflexión dar respuestas que yo tampoco tengo, pero sí os invito a que busquemos con serenidad un camino de sosiego y que nos haga mantenernos en paz ante todo lo que sucede en nuestro mundo. Parece un poco que el evangelio que hoy escuchamos se alinea con estos problemas con lo que nos dice Jesús en un cierto tono apocalíptico del fin del mundo. Muere uno y el que está al lado puede escaparse de la catástrofe, no intentemos salvar cosas cuando lleguen esos momentos porque las personas son más importantes, hay algo que tendría que despertarse en el corazón que es la solidaridad con los que lo están pasando mal.

Y Jesús nos habla no tanto de intentar salvar la vida, sino más bien de entregarla. ¿Nos estará hablando de esa solidaridad que tiene que despertarse en nuestro corazón que nos llevará a darnos por salvar a los demás aunque nosotros perdamos la vida? ¿Será acaso que nos habremos ido construyendo la vida demasiado pensando en nosotros mismos, en disfrutar nosotros, olvidándonos del bien común que siempre tenemos que buscar y como entonces tendríamos que habernos preocupado más por el bien de todos?

Son pensamientos que me van surgiendo a la medida en que voy reflexionando sobre lo que hoy nos dice el evangelio pero sin olvidarnos de las situaciones difíciles en las que hoy pasamos también en nuestro mundo, en nuestra sociedad. ¿Será quizá una oportunidad todo esto que nos está sucediendo para que despertemos porque hay otra manera de vivir, hay otro sentido que darle a la vida? 

Los momentos difíciles por los que estamos pasando tendrían que hacernos pensar, hacer un parón en el ritmo de vida que llevamos – bueno la pandemia nos ha obligado ya a parar en muchas cosas – pero tenemos que intentar descubrir ese sentido nuevo, ese mundo nuevo que tendríamos que construir, porque ya vemos lo caducas que son las cosas, lo vulnerable que es todo lo que hemos construido que se nos viene abajo nuestra sociedad.

Hemos vivido en una loca carrera y vamos haciendo las cosas parece que sin pensar en sus consecuencias o cual es lo verdaderamente mejor que tendríamos que hacer; nos hemos hecho una sociedad muchas veces muy superficial que solo quiere vivir y disfrutar del momento, sin querer pensar en las consecuencias de lo que hacemos o de nuestra forma de vivir.

Es necesario que busquemos una luz, sepamos encontrar esa sabiduría de la vida que nos haga encontrar el verdadero sentido. Podemos seguir encontrándonos diversidad de pensamientos, de manera de entender las cosas o de enfrentarnos a ellas pero sepamos entrar en un diálogo verdaderamente humano que nos lleve a una verdadera humanidad, que quizás es mucho de lo que nos falta. No es fácil, pero tenemos que intentarlo.

jueves, 12 de noviembre de 2020

Sepamos descubrir señales del Reino de Dios, ese Reino de Dios que también está presente entre nosotros, pero que tenemos que hacer crecer más cada día

 


Sepamos descubrir señales del Reino de Dios, ese Reino de Dios que también está presente entre nosotros, pero que tenemos que hacer crecer más cada día

Filemón 7-20; Sal 145; Lucas 17, 20-25

Una cosa es la imaginación y otra es la realidad; es bueno soñar, deseamos algo nuevo y mejor y soñamos en el momento en que llegue aquello que deseamos, pero en nuestros sueños quizá lo vivimos con tanta intensidad que ya pensamos que tiene que ser como lo tenemos en la imaginación; nos vale lo que decimos para el futuro de nuestra vida, para ese mundo nuevo y mejor que deseamos, para aquello que queremos para los seres a los que amamos y aunque no dejemos de soñar sin embargo la realidad nos va poniendo los pies sobre la tierra y tenemos que aceptar lo que en realidad se nos presenta, lo que en realidad conseguimos, o la realidad de cómo va a ser eso nuevo que esperamos.  Buenos los sueños, pero pongamos los pies sobre la tierra o escuchemos a aquellos que nos pueden ayudar a comprender como se realiza todo eso nuevo y bueno que deseamos.

Les pasaba a los judíos con la idea del Mesías que se habían forjado en sus cabezas, porque tampoco habían entendido o habían querido entender bien lo que les habían anunciado los profetas; se habían quedado en la literalidad de unas palabras o de unas imágenes con las que se quería expresar ese mundo nuevo que les traería el Mesías y se habían quedado con la imagen de un caudillo guerrero, que restituía la soberanía política del pueblo judío. Cuando ahora Jesús les hablaba del Reino de Dios, entendían que se refería a esos tiempos nuevos, pero no podían quitar de sus cabezas las imágenes que tenían, por eso la pregunta que hoy les escuchamos hacer a Jesús.


‘¿Cuándo va a llegar el Reino de Dios?’
¿Cuándo va a ser el momento en el que el Mesías va a comenzar a actuar? Recordamos que en momentos antes de la Ascensión aun los discípulos le preguntan a Jesús si ya ha llegado el momento de la restauración de la soberanía de Israel.

‘El reino de Dios, les dice, no viene aparatosamente, ni dirán: Está aquí o Está allí, porque, mirad, el reino de Dios está en medio de vosotros’. Viene Jesús en pocas palabras a desmontar todo lo que en su imaginación y en sus sueños se habían creado. Soñaban, como soñamos nosotros también, con espectacularidades, cosas aparatosas. Como soñamos nosotros con apariciones y nos vamos de un lado para otro según oímos hablar de sucesos extraños y de apariciones.

Pero bien les había hablado Jesús del Reino de Dios, de cómo tenemos que irlo construyendo dentro de nuestro corazón cuando en verdad hacemos a Dios el único Señor de nuestra vida. Como luego lo vamos a ir reflejando en nuestras actitudes, en nuestros comportamientos, en nuestra nueva forma de pensar y de vivir, de relacionarnos con los demás y de sentirnos comprometidos con nuestro mundo para hacerlo mejor. Estamos haciendo que el Reino de Dios esté dentro de nosotros, se haga en verdad presente en nuestro mundo.

Les costaba entender a las gentes de la época de Jesús como nos sigue costando entender a nosotros hoy. Muchas veces nos sentimos inquietos ante los problemas de la vida, de la sociedad, ante todo lo que va sucediendo en nuestro mundo; hay cosas que nos desconciertan y querríamos de otra manera; nos gustaría ver como nuestro mundo se transforma y también queremos quizá cosas espectaculares, decimos, para que la gente crea y cambien las cosas. Pero también a nosotros nos dice Jesús que no busquemos esas espectacularidades porque no es así como se hace presente en el Reino de Dios y que el Reino de Dios lo tenemos dentro de nosotros y lo podemos sentir también en nuestro mundo.

Depende de nosotros, depende de nuestro corazón, depende del lugar en que pongamos a Dios en nuestra vida, depende también de esa mirada nuevo que tengamos hacia los demás. Dejemos que Dios sea el único Señor de nuestra vida y estaremos reconociendo que es nuestro Rey y somos de su Reino.

Pero hemos de saber descubrir el reino de Dios a nuestro alrededor en los demás. Algunas veces somos pesimistas y decimos que todo anda mal, pero tengamos una mirada distinta, una mirada más positiva para ver cuando derraman amor con sus vidas, cuantos hacen el bien y trabajan por los demás, cuantos se sienten comprometidos en hacer un mundo mejor y buscan la armonía y la paz; ahí tenemos que saber descubrir señales del Reino de Dios, ese Reino de Dios que también está presente entre nosotros, pero que, por supuesto, tenemos que hacer crecer más.

miércoles, 11 de noviembre de 2020

Las situaciones difíciles tendrían que hacernos descubrir donde está la verdadera grandeza del espíritu humano que sabe dar gracias por lo recibido

 


Las situaciones difíciles tendrían que hacernos descubrir donde está la verdadera grandeza del espíritu humano que sabe dar gracias por lo recibido

Tito 3, 1-7; Sal 22; Lucas 17, 11-19

‘Es de bien nacido el ser agradecido’ es uno de tantos refranes en torno a la gratitud que han quedado como gravados en la sabiduría popular. Nos preciamos de ser agradecidos y cuando vemos a alguien que no lo es sino que más bien parece exigente y se cree merecedor de todo ya en nuestro interior nos hacemos el juicio de los pocos valores humanos que hay en aquella persona. Pero resulta que todos somos así por muchas apreciaciones que nos hagamos, nos cuesta decir la palabra ‘gracias’, nos cuesta en muchas ocasiones expresar con algún tipo de gesto nuestra gratitud para quien nos ha hecho un favor, para quien nos ha prestado un servicio.

Nos sentimos mal cuando no son agradecidos con nosotros,  pero  no llegamos a pensar cómo se siente la persona para quien hemos tenido el desaire de no ser agradecidos con ella. No es solo el gesto de corrección, de buena educación que diríamos también, sino la grandeza o la pequeñez de nuestro espíritu que no sabemos ser agradecidos con los demás.

Es un gesto de amor al mismo tiempo que un gesto de humildad; de amor por el agradecimiento, de humildad por el reconocimiento de nuestra pobreza que ha venido alguien con su generosidad a socorrer. Pero muchas veces impera demasiado el egoísmo en nosotros con el que nos sentimos poco menos que el centro del mundo y todos entonces tendrían la obligación de venir a echarnos una mano. Nos centramos demasiado en nosotros mismos creyéndonos merecedores de todo, con derecho poco menos que de exigir a los demás que sean buenos con nosotros sin nosotros tener el pequeño detalle de esa palabra que es pequeña, pero que podría expresar la grandeza que hubiera en nuestro corazón.

Así vamos por la vida pensando solo en nosotros mismos. Como aquellos leprosos de los que nos habla el evangelio hoy. Cuando estaban en la necesidad bien sabían suplicar; cuando se vieron liberados de su mal pronto olvidaron quien los había liberado y allá se fueron a hacer los trámites para poder llegar a abrazar a los suyos. Podría parecer hasta lo más natural del mundo. Si consideramos lo que significaba ser leproso en aquella época, quizás hasta empezaríamos a justificarlos.

Hoy nos quejamos, en la situación actual que estamos viviendo en toda nuestra sociedad, de que tenemos que confinarnos en casa y no podemos salir a la calle, al encuentro con los amigos, a la vida social que hacíamos en otros momentos. Pero los leprosos no estaban confinados en sus casas, nosotros podemos estar con los nuestros y en la comodidad de nuestro hogar; los leprosos eran recluidos en lugares apartados, lejos de todo contacto con el resto de la sociedad, ni con la familia podían encontrarse; eran unos marginados en el sentido más estricto de tal manera que hasta legal y religiosamente eran considerados impuros que podían manchar con su impureza a los demás. Era el contagio de le enfermedad, pero era un contagio social que llevaba a una horrible discriminación.

Por eso digo que en una situación así al verse liberados de su enfermedad y de todo lo que los discriminaba parecería lógico que corrieran al encuentro de los suyos olvidando todo lo demás. Pero allí había uno que manifestaba la grandeza de su espíritu; alguien que además en aquella sociedad era discriminado también por su lugar de origen, era un samaritano, pero fue el que manifestó la grandeza de su espíritu para ir primero que nada a dar la gracias.

Seguimos comparando con nuestras situaciones actuales y las comparaciones y discriminaciones que seguimos haciendo con los emigrantes que llegan a nuestros territorios. Duro es escuchar en ocasión en voz de quienes incluso se consideran cristianos los juicios de valor que se suelen hacer sobre estas personas. El evangelio de hoy nos da para pensar en muchas cosas, en muchas situaciones que también nosotros vivimos.

Simplemente terminamos el comentario con las palabras del mismo evangelio. ‘Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se postró a los pies de Jesús, rostro en tierra, dándole gracias. Este era un samaritano. Jesús, tomó la palabra y dijo: ¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios más que este extranjero? Y le dijo: Levántate, vete; tu fe te ha salvado’.

¿Dónde nos vemos nosotros en este episodio del evangelio? ¿Sabremos descubrir la grandeza del espíritu manifestada en nuestras muestras de gratitud por lo que recibimos de los demás y de Dios?

martes, 10 de noviembre de 2020

Hermosa es la tarea que tenemos entre manos que cuando la realicemos simplemente diremos no es otra cosa sino el deber cumplido

 


Hermosa es la tarea que tenemos entre manos que cuando la realicemos simplemente diremos no es otra cosa sino el deber cumplido

Tito 2, 1-8. 11-14; Sal 36; Lucas 17, 7-10

No es otra cosa que el deber cumplido. ¿Por cumplir con nuestro deber, con nuestra responsabilidad merecemos alguna recompensa especial o algunos reconocimientos laudatorios? Si es nuestra responsabilidad, nuestro trabajo, por el que ya percibimos una justa retribución, tendríamos que decir que lo que nos queda es cumplir con nuestro deber. Aunque ya sabemos como hoy vamos buscando reconocimientos y alabanzas, como nos queda o se nos sale ese prurito del orgullo que busca esas alabanzas y reconocimientos. Como decíamos, es el deber cumplido y en ello está la más profunda recompensa, lo que sintamos en nuestro interior sin buscar otros alardes u otras coronas de gloria.

Algo así es lo que nos viene a decir hoy Jesús en el evangelio. Es cierto que el lenguaje y las imágenes más propias de otra época en cierto modo nos desconciertan y nos cogen con el pie cambiado y nos cuesta interpretar, nos cuesta entender. Al final termina diciéndonos Jesús ‘siervos inútiles somos y no hemos hecho sino lo que teníamos que hacer’.

Claro que nuestra relación con Dios no es la de los siervos ni la de los esclavos. El por qué de nuestra responsabilidad no está en la servidumbre ni en la esclavitud sino en el amor. Todo es una respuesta de amor que damos con amor. De lo contrario no tendría sentido ni valor. No es algo que hagamos por una obligación de la que no nos podamos liberar como si fuéramos unos esclavos, sino que es la sumisión del amor que no es otra cosa que entrega que nos lleva a la responsabilidad más grande.

Es cierto que Jesús nos dice en el evangelio que tenemos que hacernos los últimos y los servidores de todos – cuánto les costaba a los discípulos cercanos a Jesús entender sus palabras y como vemos cómo se las andan de codazos buscando primeros puestos – pero cuando Jesús nos dice que seamos servidores los unos de los otros lo hagamos siempre por amor, lo hagamos siempre desde el amor. Por eso, en una sublimidad maravillosa, nos dirá san Pablo que seamos los unos esclavos de los otros por amor.

Jesús nos está haciendo hoy unas recomendaciones para que asumamos la vida con total responsabilidad, no como la de quienes se sienten esclavos, sino desde los que saben darse y entregarse generosamente y con total libertad. Es esa seriedad con que tenemos que tomarnos la vida, cada una de las cosas que hagamos, nuestra responsabilidad, pero la responsabilidad que sentimos con la vida misma y con el mundo en el que vivimos.

Nos tenemos que tomar en serio esta tierra en la que vivimos y que hemos de saber cuidar; porque Dios nos haya dado dominio sobre las cosas por nuestra inteligencia y por nuestras capacidades no significa que destrocemos nuestro mundo sino mejor aun que lo vayamos construyendo cada vez más bello.

Nos tenemos que tomar en serio esa sociedad en la que vivimos en la que todos tenemos que colaborar, en la que todos tenemos que ser constructores, en la que cada uno desde sus valores y cualidades va poniendo su granito de arena para hacerla cada vez mejor, sea mejor la convivencia y la armonía entre todos, trabajemos juntos por mantener la paz, busquemos el que en todo momento actuemos en la más estricta justicia para que nadie se sienta dañado, para que todos nos veamos enriquecidos con la aportación de todos.

Y en todo vayamos poniendo la dulzura del amor; que no sea la rigidez de una ley que impongamos, que no se mantengan las amarguras de nuestro corazón porque nos veamos contrariados, que resplandezca la armonía y el entendimiento porque sepamos dialogar, porque sepamos aportar, porque sepamos incluso ceder para buscar siempre el bien común.

Hermosa tarea que tenemos entre manos. No necesitamos alabanzas ni reconocimientos, no necesitamos que nos pongan una medalla al cuello. Cuando la realicemos terminaremos diciendo no es otra cosa sino el deber cumplido.

lunes, 9 de noviembre de 2020

La Dedicación de la Basílica de Letrán es una celebración con un profundo sentido eclesial algo esencial en nuestra vivencia de la fe cristiana e invitación al verdadero culto a Dios

 


La Dedicación de la Basílica de Letrán es una celebración con un profundo sentido eclesial algo esencial en nuestra vivencia de la fe cristiana e invitación al verdadero culto a Dios

Ezequiel 47, 1-2. 8-9. 12; Sal 45; 1Corintios 3, 9c-11. 16-17; Juan 2, 13-22

Hoy la liturgia de la Iglesia tiene una celebración especial que habitualmente pasa desapercibida para la mayoría de los cristianos. Es la Dedicación de la Basílica de san Juan de Letrán; dicho así sin más, poco quizás nos puede decir y nos quedamos pensando en alguna de las muchas Basílicas que hay en Roma llenas de belleza y de arte pero entre tantas quizás hasta nos confundimos y no le damos mayor importancia. Sin embargo, es la madre y cabeza de todas las Iglesias como ha sido llamada a través de los siglos, porque sobre todo es la catedral de Roma y la Sede del Obispo de Roma, es decir del Papa.

Estamos habituados a ver al Papa en san Pedro del Vaticano y para muchos esa es la Catedral del Papa, pero no es así, ni ha sido siempre el Vaticano el lugar donde habitaba el Papa. San Pedro es una de las grandes Basílicas romanas, Basílicas Mayores que se les suele llamar junto a san Juan de Letrán, Santa María la Mayor, y san Pablo extramuros, por estar en las afueras de la ciudad antigua de Roma ya en el camino que conduce al Puerto de Ostia en el Mediterráneo.


Tras el Edicto de Constantino en que se daba libertad a la Iglesia fue precisamente el palacio de Letrán el que se convirtió en la sede del Papa junto al cual se edificó la Basílica de El Salvador que es su más auténtico nombre que con el paso de los siglos se convirtió en la joya artística que en sí es dicha Basílica. Allí, en Letrán, vivieron los Papas hasta la época en que un papa de origen francés se llevó la sede de Pedro a Avignon; posteriormente ante el clamor de la cristiandad volvieron a Roma estableciéndose definitivamente en el Vaticano, aunque no vamos a extendernos en prolijos detalles, pero la sede del Obispo de Roma fue siempre san Juan de Letrán como comúnmente se llama a la catedral del Papa. Algunas veces nos conviene recordar estos retazos de la historia de la Iglesia aunque nos parezca en ocasiones rocambolesca, pero también para llegar a comprender muchas cosas que sin la historia no llegaríamos a entender debidamente.

Pero dejemos ahora la historia a un lado y centrémonos aunque sea brevemente en la celebración de este día. La Dedicación es lo mismo que la consagración, es dedicar aquel lugar a lo sagrado, a lo santo, por eso le decimos consagración, para dedicarlo al culto del Señor. ¿Tiene o no tiene importancia el recordar y celebrar ese momento de la Dedicación? Pues, sí, porque al pensar en la dedicación de un templo de piedra, estamos al mismo tiempo pensando en la dedicación o consagración de los que somos los verdaderos templos de Dios. y si aquel lugar, por ser dedicado al culto lo queremos llamar sagrado, cuanto más nuestro cuerpo que también ha sido ungido con el crisma santo en el bautismo y la confirmación y nuestra vida toda ha de ser también santa para que demos verdadera gloria a Dios con la ofrenda de nuestras vidas y cuanto hacemos.

Pero si pensamos por otra parte en la Dedicación de ese templo que viene a ser como el centro de toda la cristiandad, porque tiene su sede el Vicario de Cristo, el que en nombre de Cristo es signo de unidad para toda la Iglesia, tenemos que pensar necesariamente en el espíritu de comunión que tiene que haber entre todos los cristianos que formamos la Iglesia, pero el espíritu de comunión que hemos de sentir y vivir con el Pastor que nombre de Cristo conduce los caminos de la Iglesia.

Una celebración entonces que nos lleva por un lado a pensar en la santidad de nuestras vidas porque templos moradas de Dios y de su espíritu somos, y por otra parte nos impulsa a la comunión entre todos los que vivimos una misma fe y a la comunión con nuestros pastores que en nombre de Cristo apacientan el rebaño de Dios. ‘Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas’ le confió Jesús a Pedro a quien un día le había dicho ‘tu eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia’, pero a quien le había pedido mantenerse firme para mantener la fe y la comunión de los hermanos.

Una celebración, pues, con un profundo sentido eclesial que nunca podemos perder de vista en todo lo que es nuestra vivencia de la fe cristiana. Así tenemos que sentirnos, así tenemos que vivir en profunda comunión eclesial porque así nos quiso Cristo.

domingo, 8 de noviembre de 2020

Sabemos cómo llenarnos de la sabiduría que nos sale al encuentro y está sentada a nuestra puerta esperándonos, busquemos el aceite para mantener siempre encendida su luz

 


Sabemos cómo llenarnos de la sabiduría que nos sale al encuentro y está sentada a nuestra puerta esperándonos, busquemos el aceite para mantener siempre encendida su luz

Sabiduría 6, 12-16; Sal 62; 1Tesalonicenses 4, 13-18; Mateo 25, 1-13

‘Es un sabio’, quizás es todo lo que se nos ocurre decir ante aquella persona que tuvo la palabra oportuna, la respuesta acertada, que nos hizo detenernos a reflexionar tras el pensamiento que nos ofrecía, o ante la actitud o la postura que veíamos que con toda serenidad ponía ante la vida sin dejarse alterar por los malos momentos, por las violencias que brotaban en otros a su alrededor, o las reacciones airadas y llenas de impotencia de muchos.

No decíamos que era sabio porque viniera haciendo alarde de bastos conocimientos técnicos, enciclopédicos o filosóficos, sino por eso otro que en lo hondo intuíamos en el interior de la persona para saber responder a tiempo y en el momento oportuno ante las circunstancias. Algunos piensan en el sabio solamente como la persona que ha adquirido grandes conocimientos técnicos o porque lleva poco menos que una enciclopedia en la cabeza queriendo saber de todo y responder de todo.

Muchos pueden tener esos grandes conocimientos y hasta ser poco menos que unos artistas en su profesión, en su trabajo o en todas esas cosas que han acumulado, vamos a decir, en su cabeza, pero luego quizá no saben enfrentarse a la vida, no saben reaccionar ante un contratiempo, por ejemplo, o algo que trastorne todos sus planes preconcebidos pero su vacío interior les lleva quizá algunas veces a una vida sin sentido que termina por destrozar.

¿Qué buscamos nosotros? ¿Qué es lo que nos llena de las satisfacciones más hondas? ¿Habremos sabido encontrar esa paz en nuestro espíritu que nos hace reflexivos para ir rumiando una y otra vez las cosas o los acontecimientos y así extraerle toda esa sabiduría que podemos ir encontrando o saboreando en la vida? El rumiante no mastica una sola vez los alimentos que come, sino precisamente se llama rumiante por esa como repetición de la digestión para sacarle todo el provecho. Así tenemos que ser en la vida para no quedarnos en la superficialidad, para encontrar esa hondura de las cosas, esa sabiduría de la vida.

Hoy Jesús en la parábola del evangelio nos está hablando – lo seguiremos escuchando en los próximos días y domingos – de que hemos de estar preparados; nos habla de una esperanza, pero que no es una esperanza pasiva sino que significa estar atento y como previsor ante lo que viene o nos sucede para saber ver, para saber descubrir el momento o la riqueza que se nos ofrece; esa palabra previsor tiene en cierto modo ese sentido, ese saber ver antes.

Podemos pensar en el momento final de la vida o de la historia, pero Jesús nos está invitando a esa espera para cada momento de la vida; el Señor llega a nosotros y atentos hemos de saber descubrirle; el Señor nos habla y nos pide a través de los acontecimientos en que nos vemos envueltos en la vida, pero una mirada superficial no nos hará escuchar de verdad esa palabra.

Es el silencio reflexivo del sabio, como antes de alguna manera hemos venido mencionando, es ese saber mirar y descubrir y leer todas esas señales que nos van apareciendo en la vida. Es esa sabiduría que tenemos que saber ir adquiriendo, y tendríamos que decir que el sabio nunca tiene prisa porque pausadamente medita y reflexiona, pasa las cosas de la vida una y otra vez por ese filtro divino que Dios ha puesto en nosotros y es cómo llegará a entender, es cómo llegará a responder, es cómo llegará a estar preparado con todo lo necesario para el momento.


        Nos habla hoy el evangelio en la parábola de las vírgenes que salieron a esperar la llegada del esposo para la boda y que necesitaban tener una lámpara encendida, pero para mantener esa lámpara encendida necesitaban un aceite. A algunas se les apagaron las lámparas, a algunas les faltó el aceite y luego ya llegaron tarde. ¿Cuál será esa luz y cuál será ese aceite que necesitamos? ¿No nos estará hablando de esa sabiduría que necesitamos en la vida?

Claro que nosotros los creyentes y los que seguimos a Jesús sabemos dónde podemos encontrar ese aceite y cómo mantener encendida esa luz. Sabemos a dónde o mejor a quién tenemos que acudir. Conocemos a quien nos ha dicho que El es el Camino, y la Verdad y la Vida. Sabemos a dónde acudir, qué camino hacer, de qué sabiduría tenemos que llenarnos, sabemos cómo podemos encontrar esa plenitud de vida. Lo sabemos, pero parece que algunas veces lo olvidamos, o lo relegamos a un lado, o nos vamos a buscar otros caminos u otras sabidurías, o vivimos con tanta superficialidad que ya ni apetecemos esa plenitud de vida.

Sabemos dónde y cómo llenarnos de esa sabiduría de Dios que nos sale al encuentro, como nos decía la primera lectura, está sentada a nuestra puerta esperándonos, pero pasamos tantas veces de largo.

sábado, 7 de noviembre de 2020

Trabajemos ese tejido precioso de la vida en la que resplandezcan las cosas más bellas, pero siempre brille la rectitud con que nos tomamos todos los aspectos de la vida

 


Trabajemos ese tejido precioso de la vida en la que resplandezcan las cosas más bellas, pero siempre brille la rectitud con que nos tomamos todos los aspectos de la vida

 Filipenses 4, 10-19; Sal 111;  Lucas 16, 9-15

La parábola que ayer nos ofrecía Jesús en el evangelio quizás dejó desconcertados a muchos, desconcierto que se produce cuando no llegamos a entender su sentido y no es que Jesús quiera ofrecernos como modelo la manera de actuar de aquel administrador que no solo había administrado mal los bienes que se le habían confiado sino que ahora para remediar sus problemas personales a los que tendrá que enfrentarse actuará también de una forma fraudulenta e injusta. Lo que nos quería decir Jesús era que nos fijáramos en la astucia de aquel hombre, astucia que nos falta muchas veces a nosotros en nuestro actuar y en nuestro compromiso.

En nuestras manos están cosas de más valor y cosas que nos pueden parecer de importancia secundaria. Quisiéramos quizá que todo aquello que tuviéramos que hacer fuera de una gran trascendencia, pero tenemos que ocuparnos de las menudencias de la vida; en no todas las cosas encontramos un sentido espiritual y un valor superior, sino que también en el ritmo de la vida tenemos que meternos en los negocios de este mundo, por así decirlo. ¿Y qué nos está queriendo decir Jesús con lo que hoy continúa diciéndonos en el evangelio? Que sea cual sea la ocupación a la que nos dediquemos, sean cuales sean las cosas que nos traemos entre manos muchas veces demasiado en un orden material o incluso económico, siempre tenemos que actuar con toda rectitud, con toda fidelidad, y la misma seriedad tendríamos que darle a todo lo que hacemos o a todo lo que se nos ha confiado.

Nos dice tajantemente, ‘el que es fiel en lo poco, también en lo mucho es fiel; el que es injusto en lo poco, también en lo mucho es injusto. Pues, si no fuisteis fieles en la riqueza injusta, ¿quién os confiará la verdadera? Si no fuisteis fieles en lo ajeno, ¿lo vuestro, quién os lo dará?’

A mí me gustaría dedicarme a otra cosa, pensamos en ocasiones; no nos satisface el que muchas veces estemos tan absorbidos por las cosas materiales, por los negocios de la vida, por los dineros o la administración de esos bienes que poseemos o que se nos han confiado en nuestra tareas. Pero son tareas que hay que realizar, cosas en las que hemos de manifestarnos con toda honradez y con toda rectitud, materias que tenemos que trabajar, tener en nuestras manos pero que pueden ser golosas a nuestros apetitos que muchas veces se nos desbordan, pero podemos dejar que el corazón se apegue a esas cosas pero al mismo tiempo tenemos que saber obrar con toda rectitud.

Son cosas golosas, como decíamos, a las que se nos puede apegar nuestro corazón y se nos despierte la avaricia o el afán desmedido simplemente de ganancias materiales o de riquezas se nos puede despertar y al final siempre queremos tener más y terminamos buscándolo sin discernir si lo estamos haciendo con la rectitud que deberíamos hacerlo.

Ya nos habla Jesús en otros momentos del evangelio del desprendimiento con hemos de saber tener esas cosas materiales para que acumulemos tesoros no aquí en la tierra sino en el cielo desde ese saber compartir y desde generosidad que tiene que brillar en nuestro corazón, pero también nos habla en otro momento de la seriedad con hemos de tomarnos el administrar aquellos talentos que se nos han confiado para sacarle las provechosas ganancias que con responsabilidad hemos de saber negociar. A quien no fue capaz de hacerlo, Jesús se lo recrimina, como escuchamos en esas otras parábolas que Jesús nos propone.

Podíamos decir que es un hilo muy fino con el que hemos de hilar para saber sacarle a la vida toda la belleza que tiene y hacer que entonces resplandezcan los verdaderos valores. No siempre es fácil; es tan delicado ese hilo que con el hilamos que se puede romper y romper significan los apegos que se nos pueden meter en nuestro corazón y dejar entonces de actuar con la debida rectitud.

Ojalá sepamos trabajar ese tejido precioso de la vida en la que resplandezcan las cosas más bellas, pero siempre brille en nosotros la rectitud y seriedad con que nos tomamos la vida.

viernes, 6 de noviembre de 2020

Tenemos un ascua, una llama fuerte y viva que no solo nos da calor sino que nos da vida, que es el fuego del Espíritu, encendámonos en el fuego de su amor

 


Tenemos un ascua, una llama fuerte y viva que no solo nos da calor sino que nos da vida, que es el fuego del Espíritu, encendámonos en el fuego de su amor

Filipenses 3, 17 – 4,1; Sal 121; Lucas 16, 1-8

‘Cada uno arrima el ascua a su sardina’. Es un dicho que habremos escuchado más de una vez. Desde la experiencia de un asado de sardinas en común donde cada uno quiere que la sardina que se va a comer esté en su punto y si puede la arrima a la brasa que mejor pueda cocinarla, estamos diciendo como en la vida cada uno vela por sus intereses. Y de qué manera, tendríamos que decir; de ahí surgen todas las astucias, todos los planes para obtener las mejores ganancias, los mayores beneficios, muchas veces sin importarnos lo que le pase a los demás o incluso el daño que les podamos hacer, porque lo que nos importa es nuestro interés. Es la astucia en nuestros negocios y ganancias, en los trabajos que realizamos, pero que, tenemos que reconocerlo, tenemos también el peligro de actuar de forma injusta se acoge a las leyes del mercado o se salta toda ley o todo principio ético.

Es la conclusión que Jesús nos está sacando de la parábola que nos propone, como hemos escuchado hoy, del administrador que se vale de sus mañas, pero que cuando se vea despojado del trabajo por su mala administración, tenga quien le acoja porque antes había tenido sus arreglos con él. Pero ¿nos está diciendo Jesús que tenemos que actuar de esa manera? Es quizás lo que muchas veces nos ha escandalizado de la parábola porque en una reflexión superficial nos quedamos en la injusticia de aquel  hombre que nos pareciera que se nos está poniendo por modelo.

Pero, no es esa la intención de Jesús cuando nos propone la parábola, sino decirnos que si los hijos de este mundo andan así con sus astucias, nosotros para el bien que tenemos que realizar ¿pondremos tanto empeño? No vamos a responder con maldad o con injusticia al mal que nosotros podamos recibir, pero sí tenemos que despertar porque no nos podemos quedar adormilados en la tarea que tenemos que realizar para hacer que nuestro mundo sea mejor.

En el mundo tan plural como vivimos, con tan diversas opiniones, maneras de pensar, ideologías con las que se mueve la gente de nuestro entorno, pareciera algunas veces que nosotros no nos sentimos tan seguros de nuestra fe, de nuestros principios, de los valores que aprendemos del evangelio, y vamos por la vida como timoratos, temiendo expresar nuestra opinión, nuestro sentido de la vida, en una palabra nuestra fe. No podemos acobardarnos, no podemos encerrarnos en nuestros círculos porque ahí no vamos a encontrar oposición y todo lo podemos vivir con mucha tranquilidad y mucha paz.

¿Dónde se queda entonces aquel mandato de Jesús de ir por el mundo anunciando la buena nueva del evangelio y del Reino de Dios? Pareciera que nos sentimos inseguros y acobardados, no terminamos de creernos las palabras de Jesús que nos prometió que no tuviéramos miedo de presentarnos ante los tribunales o ante cualquiera porque el Espíritu del Señor pondría palabras en nuestros labios y fortaleza en nuestro corazón.

Y el mundo necesita escuchar una palabra de vida y de salvación. Por mucho que cacareen a nuestro alrededor con sus ideas y tantas veces traten de cerrarnos la boca y de callarnos, sin embargo nos encontramos como se encuentran vacíos, les falta alto que les eleve el espíritu, que les haga trascender del día a día de las cosas o del materialismo en que se vive que no les da la auténtica felicidad. Y nosotros tenemos una palabra que decir, nosotros tenemos un mensaje que ofrecer, nosotros tenemos una vida que queremos vivir y con la que hemos de contagiar a nuestro mundo para que encuentre la verdadera salvación. Nos falta astucia, nos falta valentía, nos falta arrojo para lanzarnos con ímpetu en ese anuncio que tenemos que proclamar.

Utilicemos todos los medios que están a nuestro alcance para hacerlo; no dejemos que otros se nos coman esos medios de los que hoy podemos disponer en nuestra sociedad, y todas esas redes sociales, todos esos medios modernos hoy de comunicación hemos de saber utilizarlos para que sean también altavoces de la Palabra de Dios, valiéndonos también de todas las mejores técnicas y técnicos que estén a nuestro alcance para hacerlo de la mejor forma posible. se nos están yendo de las manos o dejamos que sean solo otros los que los utilicen porque muchas veces nosotros por nuestros miedos y cobardías llegamos tarde. Hay tantas posibilidades hoy de ser portavoces del evangelio para que llegue a todos. Que llegue esta reflexión a tus manos por estos medios - la semilla de cada día - es un intento por mi parte quizá muy atrevido pero que considero necesario.

Tenemos un ascua, una llama fuerte y viva que no solo nos da calor sino que nos da vida, que es el fuego del Espíritu. Encendámonos en el fuego de su amor.


jueves, 5 de noviembre de 2020

Como el pastor que busca la oveja perdida porque para él tiene su valor e importancia, buscamos y nos preocupamos del valor y de la dignidad de toda vida y toda persona

 


Como el pastor que busca la oveja perdida porque para él tiene su valor e importancia, buscamos y nos preocupamos del valor y de la dignidad de toda vida y toda persona

Filipenses 3, 3-8ª; Sal 104; Lucas 15, 1-10

Quizás en una civilización más urbana como la que estamos viviendo algunos no terminen de entender toda la hondura que quieren expresar algunas parábolas de Jesús como las que hoy nos propone nacidas más en un contexto rural y agrario, de trashumancia de ganados y del cuidado de aquellos animales que les servían para su sustento, pero que significaban mucho más en sus vidas. Hoy un poco lo vamos sustituyendo en nuestras ciudades y hasta en nuestros campos con las mascotas que adquirimos como animales que nos acompañan y que quienes los tienen saben de la relación entrañable que se puede establecer entre los humanos y sus animales de compañía.

Para algunos escuchar esta parábola que nos habla del pastor que hace lo imposible por encontrar a la oveja perdida quizás les pueda decir poco desde ese sentido urbano del que hemos hablado y una pérdida para alguno pueda significar un daño colateral a otras circunstancias que se puedan vivir y entonces no se le dé importancia. Son cosas que pasan dirán algunos. Pero Jesús nos está diciendo que para aquel pastor sí tiene importancia, como importancia tiene la moneda extraviada en la casa y que la mujer busca con tanto ahínco. ¿Una joya? ¿un recuerdo familiar? ¿el significado de un primer salario? ¿una herencia de antepasados que nos trae recuerdos e historias familiares vividas? Para aquella mujer no era una simple moneda. Tanto uno como otro al encontrar lo perdido o lo extraviado invitarán a sus amigos a unirse a la alegría y a la fiesta por haberlo recuperado.

Jesús ha propuesto la parábola en un entorno concreto; El buscaba a los pecadores y a los publicanos y no le importaba mezclarse con quien fuera con tal de ganar a alguno. Pensamos fácilmente en la salvación que Jesús nos está ofreciendo cuando a todos ofrece su perdón, a todos llama y a ninguno rechaza, cosa que no entenderán los escribas y los fariseos tan preocupados por sus purezas legales. ¿Cómo Jesús iba a sentar a su mesa a aquellos pecadores? ¿Pero Jesús no se había sentado también a la mesa del fariseo cuando tantas veces había denunciado su obstinación y su pecado?


Pero Jesús nos está hablando de algo todavía, podíamos decir, más profundo e importante. Nos está enseñando el valor de toda persona. Será algo que veremos repetido en el evangelio. Da igual la etiqueta de dignidad que nosotros les pongamos a los demás, porque ya sabemos cómo andamos con nuestras discriminaciones, nuestros separatismos, nuestros racismos… Todo ser humano tiene su dignidad y su grandeza, es una persona y en nuestro humanismo y antropología cristiana decimos más, porque decimos que hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios. Por eso toda persona merece nuestro respeto, nuestra atención, nuestro cuidado.

Por eso cuidamos la vida, toda vida, aunque algunos hoy que se tienen por muy avanzados nos digan que hay vidas que no merecen existir por sus deficiencias, por sus enfermedades, por sus limitaciones y no sé cuantas cosas más que nos decimos. Importa poco hoy eliminar una vida que se está gestando en el seno de su madre, y lo mismo buscamos la eutanasia para eliminar a aquellos que ya consideramos inservibles para la sociedad. Pueden parecer fuertes estas palabras pero es en realidad lo que se está haciendo o se quiere hacer en nuestra sociedad.

Por eso buscamos, cuidamos, valoramos, nos preocupamos de todo ser humano; no los podemos dejar a su suerte; hemos de preocuparnos de su dignidad y de su grandeza como personas y así hemos de tratarlos; y queremos la mayor dignidad para toda persona, como también nos preocupamos de su salvación, de arrancarlos de esos pozos hondos en los que algunos quieren hundirse destrozando sus vidas y ya sabemos de cuántas maneras hoy nos podemos destrozar la vida.

Tenemos que sentir esa inquietud en el corazón, tenemos que saber poner manos a la obra, ponernos en camino para ir siempre al encuentro del otro al que siempre podemos ofrecerle vida, luz, sentido, valor para su existencia. Está en nuestras manos hacerlo. Nos lo está pidiendo hoy Jesús en el evangelio. Que sintamos también la alegría cuando ayudamos a recuperar la dignidad de alguien que se encontraba hundido en las miserias de la vida.

 

miércoles, 4 de noviembre de 2020

El camino de Jesús es un camino exigente pero de maduración y de crecimiento, en ocasiones con sacrificios pero que nos da la más profunda felicidad con el corazón liberado de ataduras

 


El camino de Jesús es un camino exigente pero de maduración y de crecimiento, en ocasiones con sacrificios pero que nos da la más profunda felicidad con el corazón liberado de ataduras

Filipenses 2, 12-18; Sal 26; Lucas 14, 25-33

No es cuestión de que en todo en la vida andemos siempre como en negociación pero sí sabemos que cuando queremos llegar a algo importante tenemos que eliminar o dejar a un lado de nuestro camino cosas que quizás nos habrían podido parecer importantes, pero que vemos que sin embargo pueden ser un estorbo para alcanzar aquellas metas a las que aspiramos. Recuerdo escuchar alguna vez aquello de que lo bueno es enemigo de lo mejor, porque nos quedamos simplemente en esto que nos parece bueno pero no llegamos a alcanzar aquello que es mejor.

Disfrutemos, sí, por qué no, del camino pero no nos quedemos en el camino, lo importante es la meta y habrá que renunciar a cosas que hasta pudieran ser buenas en sí, porque lo que buscamos es lo superior. Claro que para eso hay que tener espíritu de superación, de deseos de más, de arrancarnos de conformismos y rutinas, de ser capaces de ponernos por encima de los cansancios que puedan significar los esfuerzos; solo a lo cómodo no llegamos a ninguna parte, y para quedarnos en lo mismo no nos pongamos en camino; ponerse en camino significa buscar, incluso arriesgarse, desear lo mejor y poner nuestro esfuerzo, nuestro talento y nuestro talante, nuestros deseos que nos llevan quizá a una radicalidad en lo que pretendemos conseguir.

Pero quizá muchas veces los cristianos somos excesivamente conformistas, parece que ya vamos cansados en la vida y no tenemos ganas de luchar para avanzar, nos quedamos en aquello de que esto siempre se ha hecho así pero no somos capaces de ver la posibilidad de que podemos alcanzar algo mejor. Por eso algunas veces nos asustan las palabras del evangelio cuando nos plantean exigencias e incluso renuncias. Eso será para otros, pensamos, con tal de nosotros no implicarnos ni complicarnos.

Pero Jesús hoy nos está diciendo que nos paremos un poco para ver qué es lo que queremos, a qué aspiramos, si estamos dispuestos a llegar a las alturas de lo que nos propone el evangelio. Esas dos como parábolas que nos propone Jesús al final, del hombre que quiere realizar una construcción o del rey que quiere hacer una guerra, son planteamientos serios que nos está haciendo Jesús para que nos tomemos en serio lo de ser cristianos, lo de ser sus discípulos y seguidores. Claro que eso de ponerse a pensar y a planificar ya nos resulta costoso porque lo queremos todo de inmediato. Las prisas con que vivimos la vida que nos hace tan superficiales. Y los superficiales no llegarán nunca a ninguna parte.

Hoy Jesús en el evangelio nos habla de negarnos a nosotros mismos, de posponer muchas cosas para quedarnos con lo principal aunque las cosas que dejemos a un lado sean buenas como puede ser la familia, como pueden ser incluso aquello que poseemos que nos hayamos ganado con nuestro esfuerzo, nos habla de tomar la cruz. Creo que con la reflexión que nos venimos haciendo nos damos cuenta del sentido de las palabras de Jesús. No es renunciar por renunciar, no es un masoquismo donde lo que queramos hacer es machacarnos y hundirnos; eso nunca el Señor nos lo pedirá, pero sí la exigencia de seguir adelante, de mirar a lo alto de buscar lo mejor, aunque cueste sacrificio, aunque cueste cruz.

Algunas veces no lo hemos terminado de entender y rehuimos o rechazamos incluso las palabras de Jesús. Tenemos que entender su hondo sentido con todas sus consecuencias y con todas sus exigencias. Es un camino exigente pero de maduración y de crecimiento; es un camino en ocasiones con sacrificios pero que nos da la más profunda felicidad. Tenemos que entusiasmarnos por el Señor, por Jesús, por su evangelio, y veremos lo felices que vamos a ser con el corazón liberado de tantas ataduras que nos impedirían volar.


martes, 3 de noviembre de 2020

Con nuestra aceptación y acogida hasta de lo más sencillo que nos ofrezcan hacemos felices a los que nos regalan

 


Con nuestra aceptación y acogida hasta de lo más sencillo que nos ofrezcan hacemos felices a los que nos regalan

Filipenses 2, 5-11; Sal 21; Lucas 14, 15-24

Alguna puede habernos pasado en un sentido o en otro; alguien nos hizo un regalo con mucha ilusión, pero cuando lo recibimos lo hicimos de manera fría, porque quizá no era lo que nosotros esperábamos, nos pareció poco o inútil y por mucho que lo tratamos de disimular se notó el desencanto en nuestra expresión, pero mayor fue el desencanto de quien nos hizo el regalo por la fría acogida con que lo recibimos. O nos habrá podido pasar al revés, fuimos nosotros lo que hicimos el regalo, pero quien lo recibió no lo tuvo en cuenta, casi ni lo miró, se fue a entretener con otras cosas dejando lo que le regalamos allá olvidado en cualquier rincón.

No es que tengamos que ser hipócritas si no nos gusta lo que nos ofrecen, pero si hemos de saber valorar lo que nos hayan ofrecido por más pequeño que nos pueda parecer. No podemos ir de sobrados creyendo que nos lo merecemos todo y siempre nos parecerá poco lo que nos puedan ofrecer o regalar. Ya sea en referencia a lo que recibimos de los demás o a la vida misma que vivimos, quizás siempre estemos descontentos y añorando otras circunstancias, otros momentos u otra cosas que acaso nos pudiera ofrecer la vida. Son otros nuestros sueños, nuestras aspiraciones, o incluso nuestros valores. Sepamos valorar, sepamos acoger, sepamos aceptar, seamos capaces de reconocer el amor que han puesto en lo que nos regalan y hasta el esfuerzo que haya podido significar para las otras personas lo que nos ha regalado.

Según nos ha venido diciendo el evangelio Jesús estaba invitado a comer en casa de unos fariseos. Quizás por lo que Jesús iba diciendo o quizá la abundancia del banquete en que estaban participando, a uno se le ocurre decir que serán dichosos los que coman en el banquete del Reino de Dios. ¿Un entusiasmo ante las palabras de Jesús? ¿Un entusiasmo por aquel banquete que le hace soñar aun en cosas mejores? ¿Quizás imaginaba que el Reino de Dios era como una buena mesa y un buen banquete como del que ahora estaba participando?

Pero Jesús querrá decirle algo importante. No nos pongamos a soñar ni a imaginar, sino sepamos aceptar lo que nos ofrecen, porque en ese saber aceptar y acoger se van a dar precisamente las señales del Reino de Dios. Aquellos invitados al banquete de bodas de la parábola no supieron aceptar aquella invitación que les estaban haciendo y preferían otras cosas, que si sus campos, que si lo que tenían o lo que habían comprado, que si su propia boda, que si sus intereses particulares que tenían que cuidar, pero descuidaron la invitación, no supieron valorar la invitación que les hacían. Quedarían fuera del banquete y el banquete sería para otros que sí supieron aceptarlo. Ya conocemos el desarrollo de la parábola.

¿Y nosotros qué somos capaces de aceptar? ¿Cuál es la acogida que hacemos desde el fondo del corazón a la invitación al amor que nos está haciendo el Señor? ¿Tendremos también otros intereses? ¿También habrá otras cosas que nos entretengan más? ¿Valoramos la riqueza de gracia que quizás desde lo más humilde puedan ofrecernos? ¿Con nuestra aceptación y acogida hasta de lo más sencillo que nos ofrezcan hacemos felices a los que nos regalan?

Me viene a la memoria un hecho, una anécdota como queráis llamarlo, de algo que me sucedió en una ocasión hace años. Había ido a visitar a una anciana enferma, que en aquellos momentos y en aquellos lugares en medio del monte nunca habría recibido quizá la visita de un sacerdote.

Me senté con ella a los pies de su cama en la pobreza de aquel hogar, escuché sus suspiros y sus lágrimas, pasé sencillamente un rato con aquella persona a la que simplemente había dado mi tiempo y mi presencia, pero cuando me iba a marchar desde su pobreza quería ofrecerme algo. Rebuscó hasta encontrar una bolsa donde ponerme unos higos pasados que tenía allí guardados en un cajón quizá para su sustento, y había que ver con qué entusiasmo ella me hacía aquel paquete, pero qué alegría sentía también porque yo se los aceptaba. Hice feliz a aquella persona acogiendo aquello que en su pobreza me ofrecía con tanto cariño y agradecimiento. Algo tan sencillo que puede hacer felices a los demás, y yo me sentí feliz, no tanto por los higos que me ofrecía, sino por el cariño que aquella persona estaba poniendo y que la hacía tan feliz.

lunes, 2 de noviembre de 2020

Aunque sienta abatimiento por lo vacío que me veo con mis miserias, en Dios me lleno de esperanza porque comprendo lo grande que es la misericordia del Señor que nunca se termina

 


Aunque sienta abatimiento por lo vacío que me veo con mis miserias, en Dios me lleno de esperanza porque comprendo lo grande que es la misericordia del Señor que nunca se termina

Lamentaciones 3, 17-26; Salmo 129; Juan 14, 1-6

Si ayer celebramos la fiesta de todos los santos con lo que queríamos recordar a todos los que participan ya de la gloria del Señor en el cielo, en la visión de Dios porque fueron marcados con la señal del Cordero y en su sangre lavaron y blanquearon sus mantos para poder participar con todo resplandor en la liturgia del cielo, hoy queremos recordar y convertirlo en celebración de fe y esperanza a todos los que han muerto en la esperanza de la resurrección y de la vida eterna. Hoy es la conmemoración de los difuntos en la que cada uno recuerda a sus seres queridos difuntos y reza por ellos para que un día puedan ser partícipes de esa gloria del cielo.

Si la celebración de ayer tenía mucho de triunfo y de gozo al contemplar la gloria del cielo y aquella multitud innumerable que unida a los coros de los Ángeles y arcángeles cantaban la gloria del Señor, hoy nuestra celebración tiene el peligro y tentación de verse envuelta en los nubarrones de la tristeza y los lúgubres sombras de la tristeza por la separación de los seres queridos. Aunque sintamos esa pena, por otro lado muy humana del duelo de la separación, sin embargo como toda celebración cristiana tiene que estar envuelta en la esperanza porque todos siempre miramos a la meta, pero sobre todo nos confiamos en la misericordia y en la bondad del Señor.

Ya el texto de las lamentaciones escuchado en la primera lectura quizá comenzaba con esos sones de angustia o de tristeza pero terminaba dejándonos un mensaje de esperanza y donde hay verdadera esperanza no faltará la paz del corazón. ‘Aunque me invade el abatimiento, nos dice, apenas me acuerdo de ti me lleno de esperanza porque sé que la misericordia del Señor nunca termina y no se acaba su compasión’. 

Y Jesús nos invita en el evangelio a no perder la calma, a poner toda nuestra fe y nuestra confianza en Dios, a creer en El. Y nos dice que nos va a preparar sitio, que volverá por nosotros y nos llevará consigo porque donde está El quiere que estemos también nosotros. Aquí se ven colmadas todas nuestras esperanzas, aquí se ve más que colmada la inquietud y ansias de vida y de vida para siempre que todos llevamos en el corazón. Sí, todos queremos vivir, queremos vivir para siempre, que no se acaba nunca la vida.

¿No significará eso de algún modo el por qué del miedo que le tenemos a la muerte? No queremos morir, queremos vivir y aunque nuestra vida terrena no siempre nos da todas las satisfacciones que anhelamos y en la medida en que lo deseamos, no queremos desprendernos de nuestra vida. Claro que toda esa angustia que se nos mete en el alma ante el hecho de la muerte es porque no hemos sabido encontrar todavía todo el sentido de trascendencia que hemos de darle a nuestra vida. Y vivimos el momento presente como si fuera único y no hubiera nada más; nos falta esa fe verdadera en las palabras de Jesús, nos falta esa esperanza que siempre tiene que animar al cristiano, al que ha puesto su fe en Jesús. Y no pensamos entonces en ese salto a la vida verdadera, a la vida para siempre que solo en Dios podemos encontrar. Porque por mucho que nosotros queramos por nosotros mismos no nos podemos construir una vida que no tenga fin, eso es solo un don de Dios, un regalo de Dios que nos hace partícipes de su vida.

Si nos pensamos bien todo eso, no tenemos porque sentir esa angustia y ese miedo a la muerte, a que un día esta vida terrena se nos acabe, ni podemos quedarnos angustiados y llenos de dolor cuando llega la hora de la muerte de un ser querido. Pensamos en una vida sin fin, en una vida en plenitud, en una vida para siempre en Dios, luego el que muere se abre a la vida verdadera a la que le va a dar mayor plenitud, ¿Por qué ponernos tristes?

Es cierto que cuando nos llega esa hora de la verdad quizá nos damos cuenta cómo hemos perdido la vida porque mientras caminamos en este mundo no supimos darle un verdadero sentido y un sentido de plenitud y trascendencia en todo aquello que realizábamos. Nos sentimos apenados quizá en ver la pobreza de nuestra vida, quizá llena de las miserias del pecado. Pero aunque sienta abatimiento, como nos decía el profeta, cuando pienso en Dios mi vida se llena de esperanza porque comprendo lo grande que es la misericordia del Señor que nunca se termina, lo hermosa que es su compasión que siempre nos estará regalando con su amor.

Qué sentido más bonito ha de tener esta conmemoración que hoy hacemos; con qué profundidad hemos de vivirla; qué interrogantes nos plantea para nuestra vida de hoy; qué propósitos han de surgir para que aprendamos a llenar de trascendencia nuestra vida; qué paz tenemos que sentir en el corazón desde esa esperanza que anima nuestra vida y motiva nuestra oración.

domingo, 1 de noviembre de 2020

Celebramos y nos unimos a la celebración celestial de todos los santos que viven y ahora alaban eternamente a Dios sintiéndonos partícipes porque somos amados de Dios

 


Celebramos y nos unimos a la celebración celestial de todos los santos que viven y ahora alaban eternamente a Dios sintiéndonos partícipes porque somos amados de Dios

Apocalipsis 7, 2-4. 9-14; Sal 23; 1Juan 3, 1-3; Mateo 5, 1-12a

Celebramos la fiesta de todos los santos. No sé si siempre los cristianos alcanzamos a saborear el sentido de esta fiesta o si la palabra santidad sigue diciéndonos algo hoy. Para muchos, para el conjunto de nuestra sociedad se ha quedado obsoleta, no porque su significado sea algo viejo y sin sentido ni valor, sino porque no hemos llegado a comprenderlo de verdad. Por eso nuestra fiesta de Todos los Santos queda desdibujada con el día de Difuntos y un poco en eso se nos queda, y terminamos porque toda la celebración que hagamos sea la visita a las tumbas de nuestros difuntos en el cementerio.

De entrada decir que la santidad es una característica divina porque solo Dios es santo en si mismo. Pero es algo de lo que nos hace partícipes Dios. Por decirlo con pocas palabras es decir que somos inundados por el amor de Dios que nos hace sus hijos. Y esa es la santidad en su sentido más profundo. Estamos marcados por el amor de Dios que no solo nos creó y nos dio la vida, sino que nos hace partícipes de su vida divina. Es por eso por lo que nos sentimos sus hijos, somos sus hijos, podemos llamarle Padre, como nos dice hoy san Juan en el texto de su carta.

La lectura del Apocalipsis que hoy se nos ofrece nos habla de los que han sido marcados con la Sangre del Cordero, y nos habla de cantidades innumerables, nadie las puede contar, aunque primeramente nos habla de los ciento cuarenta y cuatro mil, en una clara referencia al Antiguo Testamento, al número de doce tan significativo por aquello de las doce tribus de Israel; pero a continuación nos hablará de esa multitud innumerable que viene todas partes y que han sido marcados.

La marca es una señal de pertenencia; han sido marcados con la sangre del Cordero, han sido marcados y separados para formar un nuevo pueblo con una clara referencia a la consagración de algo que es marcado, señalado, separado para ser algo distinto, y la palabra santo precisamente de ahí tiene tu derivación.

Hemos sido marcados para ser esa pertenencia de Dios, para ser los consagrados del Señor, para ser los santos, tendríamos que decir en una palabra. Recordemos nuestro bautismo con su significado más hondo y más profundo, no solo hemos sido marcados y señalados con la señal de la cruz, sino que luego hemos sido ungidos para ser consagrados. ¿Qué significa esa señal de la cruz y qué significa esa unción? Hemos sido consagrados por el amor de Dios, nos sentimos inundados por el amor de Dios que nos hace sus hijos, por eso tenemos que sentirnos ya los santos.

Ahora nos toca vivirlo. Vivir como quien se siente en verdad amado de Dios. ¿Cómo no nos vamos a sentir amados si nos ha llenado de su vida divina para hacernos sus hijos? Y no tenemos que hacer otra cosa que mirar a Jesús para comprender toda la maravilla de lo que es el amor que Dios derrama sobre nosotros y escuchar a Jesús paras vivir con ese sentido nuevo de los que están llenos del amor de Dios y por eso ya somos santos.

Por eso hoy Jesús nos dice en el evangelio que somos dichosos, que somos felices. ¿Cómo no lo vamos a ser con ese amor de Dios que se derrocha sobre nosotros? y cuando sentimos así su amor en nosotros no necesitamos ni riquezas ni grandezas humanas, estaremos por encima de los sufrimientos que nos pueda tocar sufrir en las luchas de la vida, pero es que necesariamente tendremos que comenzar a amar con un amor igual.

Somos dichosos y felices porque somos hijos; somos dichosos y felices con ese desprendimiento que hacemos de nosotros mismos para darnos en humildad y para darnos en amor por los demás; no nos importan las posesiones que tengamos sino el amor con que nos repartimos por los demás.

Somos dichosos y felices y nuestro corazón está lleno de mansedumbre, de humildad, de ternura y de misericordia para los demás; somos dichosos y felices aunque tengamos que llorar con las lágrimas de los demás porque así compartimos su vida, pero porque así compartimos todo lo que hay en nuestro corazón con los que sufren a nuestro lado.

Somos dichosos y felices porque ansiamos y buscamos siempre lo bueno, la verdad y la justicia porque trabajamos con ahínco por la paz, porque hemos arrancado de nuestro corazón todo tipo de malicia porque quien está lleno de Dios no puede sino actuar de esa manera; no caben en nosotros las sospechas ni las reticencias que nos dividen y nos enfrentan, no caben en nosotros orgullos mal curados sino que todo será buscar lo bueno y al ofrecer lo mejor de nosotros mismos estará siempre presente el perdón que nos lleva a la paz con nosotros mismos y a la paz con los demás.

Somos dichosos y felices porque sintiéndonos llenos de Dios por su amor en verdad sentimos que Dios es el único Señor de nuestra vida con lo que alcanzamos la más hermosa libertad; bien sabemos que cuando dejamos que otras cosas se enseñoreen de nuestras vidas terminaremos siendo siempre esclavos que nos quitan lo más preciado de nuestra dignidad.

Y eso es lo que en verdad hoy celebramos. Y celebramos y nos unimos a la celebración celestial de todos los santos que antes que nosotros han recorrido el camino y ahora alaban eternamente a Dios en el cielo y celebramos que nosotros estamos queriendo hacer ese camino de santidad con lo que siempre nos sentiremos dichosos y felices como nos proclama Jesús en las bienaventuranzas. No es, pues, recordar y celebrar a los difuntos, porque estamos celebrando a los que viven, a los que estamos queriendo vivir esa santidad en el amor que Dios nos tiene.