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domingo, 4 de julio de 2010

Poneos en camino… decid primero: paz a esta casa


Isaías, 66, 10-14;
Sal. 65;
Gál. 6, 14-18;
Lc. 10, 1-12.17-20

La palabra proclamada comienza haciéndonos una invitación a la alegría y a la fiesta con el profeta Isaías, ‘festejad a Jerusalén, gozad con ella todos los que la amáis, alegraos de su alegría…’ y termina invitándonos también Jesús en el evangelio ‘estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo’.
Invitación a la alegría porque el Señor va a derramar su paz sobre su pueblo, ‘como un río, como torrentes en crecida’, y sentirán el consuelo del Señor, ‘así os consolaré yo y en Jerusalén seréis consolados’.
Pero ese es también el mensaje que Jesús confía a sus discípulos, la paz en el anuncio del Reino de Dios. ‘Designó el Señor otros setenta y dos y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos a donde pensaba ir El… Poneos en camino… cuando entréis en una casa, decid primero: paz a esta casa… curad a los enfermos que haya y decid: está cerca de vosotros el Reino de Dios’.
‘Poneos en camino…’,
nos sigue diciendo a nosotros hoy. Y no nos oculta las dificultades, ‘como ovejas en medio de lobos… y si no os reciben bien…’ Ponernos en camino para anunciar el Reino de Dios que está cerca de nosotros. ¿Encontraremos quien nos haga oposición y luche contra nosotros? ¿Será escuchado el mensaje o será rechazado? De una cosa sí estaremos seguros y es que es necesario hacer ese anuncio hoy en el mundo que vivimos.
Cuántas veces hablamos de la crisis, de la mala situación que estamos pasando en todos los sentidos. Creo que tenemos que saber hacer una lectura de fe de todo lo que sucede. Porque en el fondo de todo esa situación de nuestro mundo puede haber una llamada del Señor para nosotros los que creemos en El y un mensaje que tenemos que saber trasmitir. Son cosas que suceden en nuestro mundo y a ello tenemos que saber dar una respuesta desde esa fe que tenemos en Jesús y desde la misión que El nos confía.
Hablamos de la crisis, porque está en boca de todos, y pensamos en la economía como pensamos en la pobreza que va creciendo más y mas a nuestro alrededor, sin olvidar la más grave situación de pobreza, miseria y hambre que viven tantos pueblos de nuestro mundo con tantas desigualdades en unos países y otros y tantos millones de personas que mueren de hambre. Porque no podemos ser tan ciegos que nos quedemos sólo mirando lo que nos pasa a nosotros.
Pero la crisis no está sólo en ese aspecto tan pecuniario y económico; cuánta violencia de la que oímos hablar todos los días y no vamos a hacer listados; cuánta falta de valores y principios que guíen nuestro actuar de una forma ética y con sentido profundo; cuánta indiferencia en lo religioso y cuánta confusión, porque el hambre de lo espiritual algunas veces se trata de saciar sin saber bien dónde; cómo reaparecen viejas supersticiones y creencias bien lejanas de un sentido cristiano de la vida y de una auténtica religiosidad cristiana. Y así podíamos pensar en muchas más cosas.
Por eso nos dice Jesús que la tarea no es fácil y que además hacen falta muchos obreros para esa mies que puede ser tan abundante y donde tenemos tanto que hacer. Nos pide que ‘roguemos al dueño de la mies para que envíe obreros a su mies’. Pero ahí nos envía Jesús a llevar su mensaje de paz, el mensaje del Reino de Dios que comienza precisamente por ahí, por ese anuncio de paz, por esa construcción de la paz. Y es un mundo nuevo el que tenemos que hacer, un hombre nuevo, una criatura nueva. No nos podemos cruzar de brazos.
‘Poneos en camino… curad a los enfermos que haya y decid: está cerca de vosotros el Reino de Dios’, nos dice el Señor. ‘Así os consolaré yo…’ nos decía el profeta. Tenemos que anunciar la paz, tenemos que curar y consolar. Cuántas heridas que sanar en el corazón del hombre. Cuántos corazones atormentados, cuánto sufrimiento, cuánto dolor… cuántas personas que necesitan una palabra de aliento, una palabra de consuelo; cuánta esperanza tenemos que suscitar en que es posible un mundo nuevo, un hombre nuevo. Pero es también curar los corazones egoístas y encerrados en sí mismos para despertar solidaridad en todos y afán de justicia para que entre todos sepamos colaborar para hacer eso nuevo que tenemos que construir. Llevamos la misericordia del Señor; anunciamos la Palabra de Dios que es Palabra de vida y de salvación para todo hombre.
Todo eso se tiene que traducir en gestos de amor, de cercanía; en gestos pequeños y humildes pero que despierten la fe y la esperanza. Por eso nos dirá que no nos preocupemos de llevar talegas, alforjas o sandalias. Porque lo importante es esa disponibilidad y esa generosidad de nuestro corazón para realizar la tarea que el Señor nos encomienda. Porque es importante que sepamos buscar lo que verdaderamente es importante, lo que son los verdaderos valores con los que tenemos que hacer que nuestro mundo sea mejor. Para que desterremos el egoísmo, para que dejemos de pensar tanto sólo en nosotros mismos, para que se entierren para siempre los gestos, las palabras, los gritos de violencia. Para que florezca la solidaridad y el amor para que todos nos empeñemos en hacer ese mundo nuevo. Es lo que desde Jesús tenemos que realizar, es el Reino de Dios que tenemos que anunciar.
Como decía el salmo ‘venid a escuchar: os contaré lo que el Señor ha hecho conmigo’. Es lo que nosotros queremos vivir en el día a día de nuestra vida, si sentimos en nosotros ese consuelo, esa gracia y esa paz de Dios. Es lo que vamos logrando si ponemos esos pequeños granos de arena de cosas buenas cada día. Es el testimonio que entonces tenemos que dar; la experiencia de lo que nosotros vivimos tiene que hablar, porque no son sólo palabras sino el testimonio de nuestra vida lo que necesita escuchar nuestro mundo para que llegue a mirar y a escuchar al Señor.
‘Yo haré derivar hacia ella como un río la paz…’ nos decía el profeta. Y cuando los discípulos volvieron contentos por lo que habían realizado en el nombre de Jesús, les dice: ‘estad contentos porque vuestros nombres están inscritos en el cielo’. Despierta también el Señor en nosotros la esperanza y nos invita a la alegría por ese Reino de Dios que anunciamos. ‘Vuestra recompensa será grande en los cielos’, nos dijo cuando las bienaventuranzas.

sábado, 3 de julio de 2010

Preguntas y dudas que necesitan respuestas para fortalecer la fe


Ef. 2, 19-22;
Sal. 116;
Jn. 20, 24-29


‘Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo es la piedra angular’, nos decía la carta a los Efesios. Celebramos hoy de nuevo la fiesta de un apóstol. Celebramos hoy a santo Tomás. Pero celebramos a Cristo, porque siempre nuestra celebración es celebrar a Cristo y en Cristo, con Cristo y por Cristo dar gloria por siempre al Padre. Hoy la hacemos recordando, celebrando a este apóstol escogido por Cristo para formar parte del número de los doce, el Colegio Apostólico y convertirse así en cimiento y fundamento de nuestra fe cristiana.
Tres son los momentos en que aparece este apóstol en el evangelio, además de los listados que los sinópticos nos hacen de los doce. Más allá del Jordán donde Jesús recibió la noticia de la enfermedad de Lázaro y desde donde Cristo se decide venir finalmente a Betania. Frente a las dificultades que los demás ponen para venir porque tenían lo que podía pasar porque ya sabían cómo atentaban contra Jesús, Tomás decididamente dirá: ‘Vayamos y muramos con El’.
Otro momento será en la cena pascual cuando no termina de comprender lo que Jesús les dice de su marcha al Padre y del camino que ellos han de hacer, que pregunta ‘Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?’, a lo que Jesús le contestará ‘Yo soy el camino, y la verdad y la vida. Nadie puede llegar al Padre, sino por mí’.
Finalmente el texto que todos más conocemos y que es el que nos ofrece hoy la liturgia de sus dudas ante el anuncio de los discípulos de que Jesús ha resucitado y se les ha manifestado allí en el Cenáculo. ‘Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en el costado, no lo creo’. Finalmente hará la más hermosa profesión de fe ‘¡Señor mío y Dios mío!’, cuando Cristo se les manifieste de nuevo. ‘¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto’, que le replicará Jesús.
Cuando hablamos de Tomás siempre hablamos de su incredulidad y de la búsqueda de pruebas para poder creer en Jesús palpando con sus manos, viendo con sus ojos. Un poco podría parecer que sintiéramos lástima de Tomás porque no había creído, como si nosotros fuéramos mejores o no tuviéramos también muchas veces tantas dudas. Sin embargo san Agustín cuando comenta esta llamada incredulidad de Tomás nos dice que eso lo permitió el Señor para ayudarnos a fortalecernos a nosotros en nuestra fe.
Efectivamente creo que contemplar este hecho del evangelio y celebrar a santo Tomás como hoy lo estamos haciendo tendría que provocar en nosotros el deseo de sentirnos fuertes en nuestra fe. Dudas pueden aparecernos de muchas maneras en nuestra vida pero hemos de saber buscar esa fortaleza de nuestra fe. Tomás preguntaba a Jesús lo que no entendía, o quería encontrar razones o respuestas para llegar a creer firmemente.
Algunas veces parece que nos queremos contentar con la fe del carbonero, como se suele decir, porque creemos porque sí, porque así nos lo enseñaron nuestros padres, nos contentamos con lo que nos enseñaron de pequeños, pero simplemente hemos cerrado los ojos para decir que creemos pero no nos hemos preocupados debidamente para hacer crecer y madurar nuestra fe, para formarnos en nuestra fe. Y esa puede ser una cuestión pendiente muchas veces en nuestra vida.
Cuando oímos hablar de Catequesis solamente pensamos en los niños y pareciera que eso no tiene que ver con nosotros, los mayores. Pero la catequesis que es esa formación, esa maduración de nuestra fe la necesitamos en todas las etapas de nuestra vida. Como niños se nos podían plantear unos interrogantes a los que entonces se nos respondió, pero ahora como jóvenes o mayores se nos siguen planteando interrogantes, o tenemos que responder desde nuestra fe a los planteamientos que nos hace la vida con sus problemas y es ahí entonces donde hemos de tener esa fe madura para dar esa respuesta.
Es, entonces, de lo que tendríamos que preocuparnos, es la catequesis y la formación que en todo momento necesitamos, en esta situación de la vida que ahora vivimos que necesitamos. Eso que se preguntaba Tomás, es que no sabemos el camino, no sabemos a donde vas, que son nuestras dudas y nuestros interrogantes a los que hemos de dar respuesta.
Que podamos llegar a confesar nuestra fe en Jesús desde lo más hondo de nuestra vida, diciendo como Tomás ‘¡Señor mío y Dios mío!’ porque en verdad así lo sintamos que es para nosotros. Que lleguemos en verdad a descubrir que Cristo es el camino, y la verdad y la vida para nosotros de manera que no tengamos ya otra manera de vivir sino vivir a Cristo. Que nos sintamos tan fortalecidos en nuestra fe, tan seguros en lo que creemos que no temamos lo que podamos sufrir por dar ese testimonio de nuestra fe en medio de nuestros hermanos los hombres y si tenemos que llegar a dar la vida, como Tomás, también seamos capaces de decir: ‘Vayamos y muramos con El’. Es ese sólido edificio de nuestra vida en que Cristo es en verdad la piedra angular, pero los apóstoles son para nosotros esos sólidos cimientos sobre los que edificamos nuestra fe y nuestra vida cristiana.

viernes, 2 de julio de 2010

El verdadero camino hacia Dios es la misericordia.


Amós, 8, 4-6.9-12;
Sal. 118;
Mt. 9, 9-13

El relato del evangelio es la vocación de Mateo. Pero aparte de la disponibilidad y generosidad para seguir a Jesús cuando le llama, el evangelio quiere decirnos más cosas. Nos está manifestando cómo es la misericordia del Señor que nos ama y nos busca allí donde estemos. Cómo tiene que ser también la misericordia de la que llenemos nuestro corazón.
Por una parte, como hemos dicho, la vocación de Mateo. Allí estaba ‘sentado al mostrador de los impuestos’. Era su oficio, su trabajo, aunque no fuera bien visto por los judíos, que los consideraban con desprecio a todos los de este oficio como pecadores, designándolos con la palabra de ‘publicanos’. Allí estaba Mateo y Jesús que le vio al pasar que le dice: ‘Sigueme. El se levantó y lo siguió’. Como un día Pedro y Andrés, Santiago y Juan, que dejaron las barcas y se fueron con Jesús cuando escucharon también esa voz que les llamaba.
‘Y estando a la mesa en casa de Mateo - ¿habría hecho un banquete para celebrar la llamada del Señor y para despedirse de sus amigos porque comenzaba una nueva vida para él? – muchos publicanos y pecadores se sentaron con Jesús y sus discípulos’. No rehuye Jesús la presencia de los pecadores. A todos busca. Para todos quiere ser signo del amor y la misericordia de Dios.
Pero no todos lo entienden de la misma manera. ‘Los fariseos al verlo, preguntaron a los discípulos: ¿cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores?’ Pero Jesús es el médico que viene a sanar a los enfermos, el buen pastor que busca la oveja perdida aunque sea en lo más hondo de los barrancos, el signo del padre que lleno de amor está siempre esperando la vuelta del hijo perdido para darle su abrazo de padre y vestirle el vestido de los hijos.
‘No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos’, sentencia Jesús. ¿Os creéis vosotros sanos que no necesitáis del médico? Pero Jesús les sigue diciendo: ‘Andad, aprended lo que significa misericordia quiero y no sacrificios, que no he venido a llamar a los justos sino a los pecadores’. Si no habéis llenado vuestro corazón de misericordia sois vosotros también los que necesitáis del medico, para vosotros es también la misericordia de Dios para que de ella llenéis el corazón. ¿Os creéis justos? Mira a ver cuál es la medida real del amor de tu corazón.
Nos lo está diciendo el Señor a nosotros también. A nosotros nos busca para mostrarnos su misericordia, para ofrecernos su amor y su perdón que bien lo necesitamos porque somos pecadores. Pero a nosotros también nos está enseñando a que llenemos nuestro corazón de misericordia, de compasión, de amor. En esa misericordia nosotros aprendamos también a respetar a los demás, a valorar a toda persona, a quitar cualquier atisbo de discriminación que pudiera aparecer en nuestro corazón.
Será la misericordia del Señor que manifestemos en nuestra vida con la que conquistaremos el mundo, con lo que despertemos en los demás deseos de Dios. La misericordia es el mejor camino que podemos ofrecer y vivir nosotros para ir hasta Dios. Mostrémonos siempre como personas de misericordia. Que la Iglesia se presente siempre ante el mundo como esa madre de misericordia que nos descubre el amor de Dios que nos ama y nos perdona.

jueves, 1 de julio de 2010

Sobrecogidos alabemos a Dios que nos sana y nos salva en Jesús

Amós, 7, 10-17;
Sal. 18;
Mt. 9, 1-8

‘Le presentaron un paralítico, acostado en una camilla… ánimo, hijo, tus pecados están perdonados…’
Ya comentábamos ayer que los milagros que Jesús realiza son signos que nos manifiestan la transformación que se realiza en el hombre con la llegada del Reino de Dios. Si ayer lo contemplábamos en la curación de los endemoniados, hoy lo tenemos en la curación de este paralítico que llevan hasta Jesús. Al final Jesús le dirá al paralítico: ‘ponte en pie, coge tu camilla y vete a tu casa. Y se puso en pie y se fue a su casa’.
Pero no era sólo el milagro de que estaba paralítico, postrado en una camilla, se pusiera en pie y, cargando con la camilla, por su pie se fuera a su casa. Algo muy hondo se había realizado en aquel hombre. Las primeras palabras que Jesús le dirigió lo manifiestan. Y las gentes vislumbraban lo que pasaba porque mientras unos lo criticaban porque se atribuía poder de Dios y para ellos eso era como una blasfemia, otros ‘sobrecogidos alababan a Dios que a los hombres da tal potestad’.
La transformación realizada era algo muy profunda. Era el perdón de los pecados. Era la salvación que Jesús venía a traernos. Para eso moriría en la cruz donde se manifestaría todo el poder y la gloria de Dios aunque fuera en la humillación de la pasión y de la cruz. Allí era en verdad Dios glorificado al darnos la salvación.
Las postración más grande del hombre, la hondura y la negrura peor de nuestra vida es el pecado que nos lleva a la muerte. El milagro de Jesús es señal de resurrección. El milagro que realiza Jesús es anticipo y anuncio de resurrección. ‘Levántate… ponte en pie’, que le dice al paralítico, ‘sal fuera, sal del sepulcro…’ como le dice a Lázaro, sal de la muerte que hay en ti, que nos quiere decir Jesús a nosotros para arrancarnos del pecado. Resucita a la vida. Cristo nos arranca de la muerte del pecado. Es anticipo y anuncio de la propia resurrección de Jesús con la que quiere también a nosotros resucitarnos, dándonos nueva vida, llenándonos de gracia.
Vayamos a Jesús con nuestra invalidez y nuestra muerte. Pero vayamos llenos de fe, como aquellos hombres – ‘viendo la fe que tenían…’ dice el evangelista -. Dejémonos conducir hasta Jesús como aquel paralítico llevado por aquellos hombres llenos de fe. Ayudemos también a los demás a que lleguen hasta Jesús para que también alcancen la vida, la salud, la salvación. Es misión nuestra conducir a los demás hasta Jesús. ¡Cómo no vamos a hacerles partícipes de esa gracia y de esa gloria de conocerlo y podernos llenar de su gracia!
Sí, tenemos que reconocer las maravillas que el Señor hace en nosotros. Tenemos que sentirnos sobrecogidos también por tanto amor, por tantas cosas buenas que el Señor nos regala. Cuando perdemos la capacidad de admirarnos ante las maravillas de Dios es señal de que nos estamos enfriando en nuestra fe. Tenemos que saber alabarle y darle gracias que así nos levanta, así nos sana y nos salva, así nos perdona y nos da la salvación.
Démosle gracias al Señor porque en la Iglesia podemos vivir su gracia en los sacramentos. Démosle gracias porque en la Iglesia nos ha dejado Jesús el perdón de los pecados y así podemos tener la certeza de su presencia y de alcanzar su salvación. Creo que no damos gracias suficientemente al Señor por el Sacramento de la Penitencia o de la Reconciliación.

miércoles, 30 de junio de 2010

Que nuestra ofrenda sea agradable al Señor ofrecida con un corazón puro

Amós, 5, 14-15.21-24;
Sal. 49;
Mt. 8, 28-34

Seguimos escuchando al profeta Amós. ¿Puede ser agradable una ofrenda que presentemos al Señor con nuestras manos y nuestro corazón manchado por las obras malas de la injusticia y de la maldad?
Es la denuncia que hacen los profetas y en este caso Amós que le costará incluso problemas con los dirigentes del pueblo de Israel y los sacerdotes del templo, como mañana escucharemos. ‘Detesto y rehúso vuestras fiestas, no quiero oler vuestras ofrendas… aunque me ofrezcáis holocaustos y dones no me agradarán…’ Recordamos que es una queja de Jesús en el evangelio haciendo alusión también a lo dicho por los profetas. ‘Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí; el culto que me dan está vacío, pues las doctrinas que enseñan son preceptos humanos…’
Puede ser esto motivo para una buena reflexión que nos hagamos en la presencia del Señor. ¿Qué es lo que le ofrecemos al Señor? ¿Un corazón puro y limpio o un corazón manchado por la maldad? ¿Rechazará el Seños nuestras ofrendas por presentarnos con un corazón manchado y lleno de pecado? La liturgia nos ofrece signos y ritos litúrgicos que hemos de saber utilizar para esa purificación del corazón cuando venimos a presentarnos delante del Señor con nuestra oración, con nuestra alabanza y acción de gracias y con la ofrenda que queremos presentarle.
Comenzamos, por ejemplo, siempre la celebración reconociéndonos pecadores en un acto penitencial que en ocasiones podemos sustituir por la aspersión del agua que nos recuerda nuestro bautismo. Que lo hagamos con toda verdad, con toda sinceridad para así sentirnos purificados en nuestro corazón al presentarnos ante el Señor. Y otro signo que realiza el sacerdote tras la presentación de las ofrendas es el lavarse las manos. Un gesto simbólico que quiere expresar también esa purificación interior para ir con corazón limpio ante el Señor. Pero no sólo el sacerdote, aunque sea él quien realice el signo ritual, sino que todos así deseemos purificarnos antes de acercarnos al altar del Señor.
Y una palabra también en relación al evangelio. Jesús llega a una región que ya es frontera con Israel, la región de los gerasenos. Se encuentra con unos endemoniados a los que, como hemos escuchado, finalmente Jesús cura y libera de su mal. Decir endemoniado en el evangelio puede tener varios significados; puede, es cierto, hacer referencia a la posesión del maligno, pero también es una forma de expresar el mal que puede padecer la persona, por ejemplo, a causa de la enfermedad; muchas veces puede hacer referencia incluso a ciertas enfermedades de tipo mental, por decirlo de alguna manera. Pero en el fondo lo que se nos quiere expresar como un signo de la llegada del reino de Dios, es cómo Cristo vence al mal, nos arranca del mal con su salvación. Los milagros siempre los vemos como signos de esa acción transformadora de Dios en el hombre con la llegada del Reino de Dios.
Pero hay algo muy significativo y que nos tiene que interrogar por dentro en este episodio que nos narra hoy el evangelio. Primero aquellos endemoniados se resisten a la presencia de Jesús reconociendo que es el Hijo de Dios. ‘¿Qué quieres de nosotros, Hijo de Dios? ¿Has venido a atormentarnos antes de tiempo?’ Sienten como con Jesús llega la victoria sobre el mal. ¿No nos sucederá a veces cuando hemos dejado introducir el pecado en nuestra vida que hacemos resistencia a la gracia de Dios y a la conversión, cambio de vida que tendríamos que realizar? Por otra parte, los habitantes del lugar terminarán pidiendo a Jesús que se marche de su país. ¿Haremos de alguna manera nosotros oposición y rechazo a la gracia y a la salvación que Jesús nos ofrece? Preguntas que tenemos que hacernos con sinceridad.

martes, 29 de junio de 2010

Pedro y Pablo, fundamentos de nuestra fe cristiana


Hechos, 12, 1-11;
Sal. 33;
2Tim. 4, 6-8.17-18;
Mt. 16, 13-19

Llenos de alegría celebramos la fiesta de los santos Apóstoles san Pedro y san Pablo que Cristo quiso darnos como fundamento de nuestra fe cristiana, como lo expresábamos en la oración litúrgica de este día. Los dos, por caminos diversos, congregaron a la Iglesia de Cristo, a los dos celebra hoy la Iglesia con una misma veneración.
Popularmente siempre pensamos en este día sólo como el día de san Pedro, pero la liturgia de la Iglesia quiere celebrar en una misma fiesta la solemnidad de estos dos santos, san Pedro y san Pablo. Columnas fundamentales de la Iglesia, de nuestra fe cristiana.
A uno, Pedro, Cristo confió el primado de la Iglesia, como hoy mismo lo hemos escuchado en el evangelio cuando le dice ‘tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré la Iglesia’. El otro, Pablo, fue elegido de manera especial como le dice el Señor a Ananías de Damasco a la hora de la conversión de Pablo: ‘Este es un instrumento elegido para llevar mi nombre a todas las naciones’. Y ya conocemos la intensidad de su vida apostólica y todo lo que significó en la predicación del evangelio sobre todo a los gentiles.
No vamos a extendernos en esta breve reflexión en hacer amplias reseñas de la vida de ambos, que ya a través del año litúrgico en la proclamación de la Palabra se nos habla ampliamente de ellos. Podríamos resaltar la fe intrépida de ambos, su amor a Cristo tanto en Pedro como en Pablo, que le llevará a uno a querer ser el primero siempre en el seguimiento de Jesús hasta estar dispuesto a dar su vida por Jesús –‘estoy dispuesto a dar mi vida por ti’ le dice en la misma cena pascual -, como al otro a una unión tan profunda con Cristo que le haga decir ‘ya no vivo yo, sino que es Cristo que vive en mí’.
Siempre que celebramos la fiesta de cualquiera de los apóstoles una cosa que resaltamos es su profundo sentido eclesial, puesto que nuestra fe es apostólica porque se fundamenta en la fe que nos trasmitieron los apóstoles. Con cuánta más razón podemos y tenemos que decirlo en la fiesta de san Pedro y san Pablo, porque, como decíamos al principio y expresa la misma liturgia, ellos son fundamento de nuestra fe cristiana, sobre esa fe trasmitida por ellos se apoya y fundamenta toda la fe de la Iglesia.
Por eso, en este sentido eclesial, en esta fiesta celebramos también el Día del Papa. Una oportunidad para expresar y vivir intensamente nuestra comunión eclesial con toda la Iglesia, con todos los creyentes en Jesús; en la liturgia expresamos y pedimos que alcancemos ‘la gracia de vivir de tal modo en tu Iglesia que, perseverando en la fracción del pan y en la doctrina de los apóstoles, tengamos un solo corazón y una sola alma arraigados firmemente en tu amor’. Pero comunión eclesial porque toda la Iglesia, porque todos los creyentes en Jesús nos queremos sentir en comunión profunda con el Papa, sucesor de Pedro y Vicario de Cristo en la tierra.
La primera lectura, de los Hechos de los Apóstoles, que hoy hemos escuchado nos manifiesta cómo el Señor se hace presente en la vida de la Iglesia para preservarla de todo peligro y liberarla de todo mal. Vemos cómo el ángel del Señor liberó de sus cadenas al apóstol Pedro que estaba en la cárcel. ‘Es verdad, reconoce él cuando se ve libre, el Señor ha enviado a su ángel para librarme de las manos de Herodes y de la expectación de los judíos’.
Pero el texto sagrado nos manifiesta también algo hermoso en esa Iglesia orante mientras el apóstol está en la cárcel. ‘Mientras Pedro estaba en la cárcel bien custodiado, la Iglesia oraba insistentemente por él’. En ese sentido de comunión eclesial que hemos de vivir y de comunión con el Papa, ahí tiene que estar ese apoyo de la Iglesia, de toda la Iglesia, con su oración a los pastores, al Papa. Es algo que necesita la Iglesia, que necesita el Papa, en este momento, como en cualquier momento de la historia, porque cada momento tiene sus dificultades y sus problemas. Es necesaria esa oración de la Iglesia. Es importante. Es fundamental. Pero no hemos de temer porque el Señor prometió su asistencia, su presencia, la fuerza de su Espíritu. Cuando da a Pedro el poder de las llaves porque ‘sobre esta piedra edificaré mi Iglesia’, continúa diciéndole ‘y el poder del infierno no la derrotará’.
Pablo también en el texto de la carta que hoy hemos escuchado manifiesta algo así. ‘El Señor me ayudó y me dio fuerzas para anunciar íntegro el mensaje… El me libró de la boca del león. El Señor seguirá librándome de todo mal, me salvará y me llevará a su reino del cielo’. Así nos tenemos que sentir seguros en el Señor. ‘El Señor me libró de todas mis ansias’, decíamos en el salmo, porque ‘el ángel del Señor acampa en torno a sus fieles y los protege’.
Vivamos, pues, esta celebración y esta solemnidad de los santos Apóstoles Pedro y Pablo tan importante en la vida de la Iglesia. Vivámosla con ese sentido eclesial del que hemos hablado. Pero que nos mueva también a crecer en nuestra fe, en nuestro amor, en nuestro seguimiento gozoso y valiente del Señor Jesús como Pedro, como Pablo. ‘Señor, ¿a quién vamos a acudir si tu tienes palabras de vida eterna’, diremos como Pedro y en Jesús ponemos toda nuestra fe y nuestra confianza. ‘Te seguiré y estoy dispuesto a dar la vida por ti’, tenemos también que decirle no fiándonos de nuestras fuerzas sino sintiéndonos fortalecidos en el Espíritu del Señor.
Y que sea tan grande nuestra unión con Cristo por el amor que le tenemos y porque nos dejamos inundar por su vida que ya no vivamos por nosotros mismos sino por el Señor. ‘Ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí’, como decía Pablo. Para eso nos da la fuerza de su Espíritu que nos configura con Cristo para llenarnos de la vida divina y hacernos hijos de Dios.

lunes, 28 de junio de 2010

Atención los que olvidáis a Dios

Amós, 2, 6-10.13-16; Sal. 49; Mt. 8, 18-22

‘Atención, los que olvidáis a Dios’, repetimos en el salmo. Nos lo repetimos nosotros como un eco en el corazón a lo que nos dice el Señor a través del profeta y del salmista. Es bueno que nos lo repitamos, que nos lo digamos a nosotros mismos, que lo escuchemos hondamente dentro de nosotros.
Vamos a fijarnos de manera especial en el profeta y el salmo, porque el texto del evangelio es el paralelo al escuchado y meditado ayer domingo en san Lucas, de las exigencias que Jesús plantea a los que quieren seguirle como discípulos o son llamados.
Durante esta semana vamos a estar escuchando al profeta Amós, salvo los días en que tengamos alguna solemnidad especial, como sucede mañana con la fiesta de san Pedro y san Pablo. Y la profecía de Amós comienza haciéndonos esa llamada de atención.
Algunas veces se pensaba que los profetas eran para hacer imprecaciones dirigidas directamente a los pueblos impíos o infieles que no conocían al Señor. Pero la profecía que hoy hemos escuchado en Amós comienza dirigiéndose directamente a la casa de Israel. Les molestarían y dolerían las palabras del profeta y, como veremos en los próximos días, tratarán de quitárselo de en medio diciéndole que se vaya a profetizar a otros lugares – ya lo comentaremos -. Pero la misión del profeta es la de ser voz de la conciencia y voz de Dios para el pueblo del Señor para ayudarles a que vayan por buen camino y para denunciar sus infidelidades y pecados. Nos molesta también muchas veces a nosotros el mensaje de la Palabra del Señor que la Iglesia nos anuncia, sobre todo también cuando denuncia nuestra infidelidad y pecado.
Les recuerda el profeta sus pecados, sus malas acciones y sus injusticias, y les echa en cara de manera especial que hayan olvidado las acciones del Señor en su vida y en su historia. Les recuerda la salida de Egipto, la peregrinación por el desierto durante cuarenta años y la posesión de la tierra prometida que el Señor les dio. Por eso, por su infidelidad, por su olvido de la Alianza, su olvido de Dios les anuncia castigos si no hay arrepentimiento y conversión sincera al Señor.
Pero, como tantas veces decimos, es Palabra que el Señor nos dirige a nosotros hoy que también somos pecadores y con tanta facilidad olvidamos cuántos beneficios recibimos del Señor cada día. Cada uno tenemos que recordar nuestra historia personal y hacer una lectura de ella con los ojos de Dios, con los ojos de la fe, para reconocer cuánto hemos recibido del Señor. No olvidemos las acciones del Señor y cómo tantas veces ha sido misericordioso con nosotros. Tenemos el peligro de vivir algunas veces olvidándonos de Dios, dejándolo a un lado y no poniéndolo de verdad en el centro de nuestra vida. Nos puede muchas veces el materialismo del ambiente, la indiferencia religiosa que nos rodea o una agnosticismo práctico viviendo como si Dios no estuviera presente en nuestra vida.
‘Atención los que olvidáis a Dios…’ que nos dice el salmo. ‘¿Por qué recitas mis mandatos y tienes siempre en la boca mi alianza, tú que detestas mis enseñanzas y te echas a la espalda mis mandatos?’, nos echa en cara el salmista. Pero terminará diciéndonos ‘el que me ofrece acción de gracias, ése me honra; al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios’.
No olvidemos la acciones del Señor. Sepamos en todo momento ofrecer la acción de gracias, dar gracias a Dios con toda nuestra vida por tanto amor.

domingo, 27 de junio de 2010

Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén, se puso en camino y nos invita a seguirle


1Reyes, 19, 16. 19-21;
Sal 15;
Gál. 5, 1. 13-18;
Lc. 9, 51-62

‘Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén’. Y se puso en camino. Un camino, una subida, una ascensión. Así nos lo va presentando el evangelio de Lucas. Así nos va invitando Jesús a ir con El, a ponernos en camino, a seguirle. Eso es ser su discípulo.
Pero ponernos en camino y seguirle es algo serio. Nos va explicando cómo es ese camino, sus exigencias, sus gozos y sus esperanzas, cuál es la plenitud a la que nos llama. No de cualquier manera nos ponemos en camino. Piensa en quien va a hacer un viaje; piensa en quien va a hacer una peregrinación; piensa en quien, por ejemplo ahora que estamos en el año jacobeo, se dispone a hacer el camino de Santiago. Necesitamos llevar lo esencial, liberarnos de pesos muertos que nos aten o retarden en ese caminar, conocer bien la ruta y la meta a donde vamos.
Jesús nos va explicando en la ocasión de los que se ofrecen generosos a seguirle o a aquellos a los que El llama e invita, cuales son esas exigencias o esas disposiciones necesarias. Es seguir a Jesús porque queremos ser sus discípulos o porque El nos llama a una entrega distinta, más intensa, porque nos quiere tener junto a El en su misma misión. Pero todo aquel que se llame cristiano es un discípulo que está dispuesto a seguir a su maestro.
De entrada vemos que va a haber dificultades, porque envía a algunos por delante y no fueron recibidos, no fueron aceptados. ‘No los recibieron porque iban a Jerusalén’, dice el evangelista de las razones por las que aquellos samaritanos no los recibieron. Una reacción, hacer bajar fuego del cielo para castigarlos, pero Jesús se los lleva a otro lugar. No todos van a comprender el camino, o que nosotros hayamos tomado la decisión de hacer ese camino. Pero no nos debe importar. Hay mucha gente en la sociedad que nos rodea que no termina de entender el evangelio y lo que significa el seguimiento de Jesús y nos llevan la contra o nos hacen la guerra. Aunque sintamos la tentación no nos llenemos nunca de violencia para responder a quienes no terminan de entendernos.
Algunos se ofrecen voluntarios – ‘te seguiré adonde vayas’ - con una bonita disponibilidad pero esa disponibilidad exigirá un vaciamiento de sí, un desprendimiento interior pero también de otros apegos o deseos, aunque cueste. ‘Las zorras tienen madriguera, les dice Jesús, y los pájaros nido, pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar su cabeza’. No seguimos a Jesús para que las cosas nos sean más fáciles o para obtener unos privilegios o unas seguridades. Ponernos en camino para seguir a Jesús es dejarnos conducir por El, por la fuerza de su Espíritu; es dejarnos hacer por la novedad del Espíritu y eso exige una generosidad y una disponibilidad total.
Jesús invita, pero invita a la vida, a que tengamos vida y a que busquemos la vida, no la muerte. Es el anuncio del Reino que El nos hace y al que nos invita. Es a construir a lo que el Señor nos llama y cuánto de bueno, de vida podemos y tenemos que hacer. Por eso nos dirá que dejemos que los muertos entierren a sus muertos.
Y seguir a Jesús es entrar en un camino de libertad y de amor, como nos dice hoy la carta a los Gálatas. ‘Para vivir en libertad Cristo nos ha liberado…’ Y cuando sentimos que Cristo nos ha liberado qué felices somos, qué dicha sentimos en el alma. Por eso termina diciéndonos el apóstol que nos ha liberado para vivir en el amor. ‘Sed esclavos unos de otros por amor’. Amándonos así seremos felices y haremos felices a los demás.
Y finalmente nos quiere decir que caminemos siguiendo sus huellas siempre. Y para seguir sus huellas no podemos andar en la vida distraídos con muchas cosas, o con añoranzas de cosas que dejamos atrás, o cosas de otros tiempos. ‘El que pone la mano en el arado y sigue mirando atrás no vale para el Reino de Dios’.
Tenemos que arriesgarnos, tenemos que quemar nuestras naves antiguas. Recordamos aquel hecho de la historia en que el valiente capitán y conquistador para que sus leales soldados no tuvieran la tentación cuando viniera lo difícil de volverse atrás quemó las naves. Así había que seguir siempre adelante, hacia la meta. Bueno, en la primera lectura hemos visto que Eliseo cuando el profeta le invita a seguirle, con la yunta de bueyes de su trabajo ofrece un sacrificio y da de comer a toda su gente. Así se desprendía de todo. Así nada le ataba ya para seguir al profeta y cumplir con la misión que ahora se le encomendaba de ser profeta también.
Hay ocasiones en que andamos con miedos a la hora de decidirnos por vivir con radicalidad el seguimiento de Jesús. Nos cuesta ponernos en camino con decisión. Queremos como hacernos algunas reservas por si acaso. Pero en el camino del seguimiento de Jesús no nos valen las mediocridades, las medias tintas, las añoranzas de cosas pasadas. Con El tenemos que darlo todo, darnos totalmente y con generosidad.
Pero cuando nos decidimos de verdad por seguir a Jesús y nos entregamos con valentía a vivir los valores que nos enseña en el evangelio, y vivimos nuestro amor con generosidad, y nos arrancamos de nuestros apegos y egoísmos, al final sentimos la satisfacción más honda, la alegría más completa. Porque en Jesús sentimos que nuestra vida se llena de plenitud, de felicidad de la buena, de la verdadera. Qué felices somos cuando nos damos y hacemos el bien. Decíamos que seguir el camino de Jesús no es para la muerte sino para la vida. Y El nos hace felices de verdad.
Jesús se puso en camino, va delante de nosotros. Pongámonos en camino nosotros también con decisión, con valentía, con generosidad, con mucho amor. ‘Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha… por eso se me alegra el corazón y se gozan mis entrañas…’ Sintamos ese gozo en el Señor.

sábado, 26 de junio de 2010

Muchos vendrán a sentarse a la mesa del reino de los cielos

Lam. 2, 2. 10-14. 18-19;
Sal. 73;
Mt. 5, 8-17

‘Os digo que vendrán muchos de Oriente y de Occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los cielos’, dice Jesús al contemplar la fe del centurión. ‘Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe’. Jesús nos está señalando la universalidad del Reino de Dios al que todos los hombres están invitados. ‘Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad’, se nos dirá en otro lugar del Evangelio.
Jesús se hace presente en medio del pueblo judío. Era el pueblo de Dios que mantenía la esperanza de las promesas de la salvación. Allí había de nacer el Mesías. Pero el Mesías salvador era el Deseado de las naciones como en otro lugar de la Escritura se nos manifiesta. A la mesa del Reino de los cielos todos están invitados a sentarse para gustar de los manjares de la salvación.
Esto nos lo está manifestando el evangelio de hoy. Jesús ha anunciado el Reino y se han ido manifestando las señales de la llegada del Reino. Pero aquí hay un hombre, no es judío, es un centurión romano, que ha puesto toda su fe en Jesús. Le mueve acudir a Jesús el criado que está enfermo, pero él sabe que Jesús puede curarlo. ‘Señor, tengo en casa un criado que está en cama paralítico y sufre mucho’, le dice.
Pero acude a Jesús con mucha fe y con mucha humildad. Esto es admirable también. Cuando Jesús le dice que irá él en persona a curarlo aflora esa bella flor de la humildad. ‘Señor, ¿quién soy yo para que entres bajo mi techo? Basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano’. Y le da sus explicaciones y razonamientos, tú tienes el poder, tú tienes la palabra de vida y las palabra creadora, basta que lo digas para que todo te obedezca y todo se realice. Al final Jesús le dirá: ‘Vuelve a casa y que se cumpla lo que has creído’. Es el poder de Dios, es el poder de la fe; la fe nos hace poderosos para obtener de Dios lo mejor que necesitamos.
Cuánto tenemos que aprender. Para que crezca nuestra fe. Para que sepamos expresarnos en nuestra oración. Para que en todo momento mantengamos nuestra confianza total en el Señor. Para que nos llenemos de humildad profunda. Para que nos hagamos portadores de esa salvación divina que nos trae Jesús a los demás.
Cuánto tenemos que aprender. Para que aprendamos a abrir nuestro corazón a los otros y a nadie discriminemos por ningún concepto. Para que aprendamos a valorar todo lo bueno que hay en los demás y aprendamos también a descubrirlo.
Cuánto tenemos que aprender. Para que nos sintamos invitados a la mesa del banquete del Reino de los cielos y allí vayamos con fe y con humildad, pero para que traigamos a todos también a esa mesa para que disfruten de los manjares, de la gracia de la salvación.
‘El tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades’, recuerda el evangelista las palabras de Isaías. El evangelio sigue manifestándonos todo ese amor de Jesús, señal del Reino de Dios que está entre nosotros, y le vemos hacer otros milagros y curaciones. Jesús sigue tomando nuestras dolencias, nuestras penas, nuestros sufrimientos y quiere sanarnos, liberarnos de todo mal, que todo le demos un sentido y un valor. Que todo eso nos haga crecer en nuestra fe pero nos haga también parecernos cada vez más a Jesús como tiene que ser siempre en un cristiano seguidor de Cristo. Porque hemos de aprender también a cargar con las dolencias y las penas de los demás, porque hemos de aprender a ser buenos samaritanos con nuestro amor y con nuestra generosidad. Porque hemos de mitigar dolores y sufrimientos, porque a todos hemos de invitar a ese banquete del Reino, porque hemos de hacer llegar la salvación de Jesús a todos cuantos estén a nuestro lado.

viernes, 25 de junio de 2010

Las señales nos manifiestan que el Reino de Dios se hace presente

2Reyes, 25, 1-12;
Sal. 136;
Mt. 8, 1-14

‘Al bajar Jesús del monte lo siguió mucha gente’. Hemos venido escuchando el sermón del monte de las bienaventuranzas. Allí Jesús nos ha ido dando y explicando las características del Reino de Dios que ha sido su anuncio constante desde el comienzo de su predicación. Había invitado ‘convertíos porque el Reino de Dios está cerca’. Baja con la gente a la llanura, al camino de la vida de cada día, y ahora nos mostrará las señales de que ese Reino de Dios se está realizando.
‘Se le acercó un leproso, se arrodilló y le dijo: si quieres puedes limpiarme’. Allí está aquel hombre con su lepra que como todos sabemos no sólo era la enfermedad que envolvía y destrozaba su cuerpo, sino que además lo destrozaba como persona porque le obligaba a estar como en una cuarentena apartado de los demás, vivir al margen de la familia y de la comunidad. Quien estaba enfermo de lepra era inmundo y podía hacer inmundo a los demás. Por eso nadie se podía acercar a él, ni tocarle, ni a él se le permitía que pudiera estar cerca de los demás. ¿Cómo podría sentirse una persona así tratada? El salmo nos habla de la tristeza que tenían los judíos cuando estaban desterrados lejos de su patria, pero que podemos aplicar a los sentimientos de quien se veía despreciado y marginado a causa de su enfermedad.
Es la señal del mal. Y Cristo ha venido a vencer al maligno, arrancarnos de las garras del mal, a liberarnos profundamente para darnos una nueva vida, a hacernos recobrar la dignidad perdida. Es posible una nueva vida. Es posible verse liberado del mal. Aquel hombre le dice a Jesús ‘si quieres…’, tú tienes poder, tú eres el que puede hacerlo. Y Cristo quiere. Quiere liberarlo del mal de la enfermedad, de su lepra, pero quiere liberarnos del mal más profundo. Cristo viene a sanarnos, a salvarnos, a darnos una nueva vida; quiere hacernos recobrar nuestra dignidad.
‘Quiero, queda limpio… y extendió su mano y lo tocó… y enseguida quedó limpio de la lepra… ve a presentarte al sacerdote y entrega la ofrenda que mandó Moisés’. Era como la garantía, el certificado necesario para poder reincorporarse a la familia, a la sociedad. Cristo no nos quiere apartados de los demás, no nos quiere aislados. Le hace recobrar no sólo la salud sino también y sobre todo su dignidad. Son las señales del Reino. Dios vuelve a ser el único Señor de nuestra vida.
El pecado nos rompe a nosotros también, nos ata y nos esclaviza; nos hace bajar a las peores negruras, podíamos decir. Pero Cristo viene a liberarnos, a levantarnos. Ese gesto de Jesús con el leproso – ‘extendió su mano y lo tocó’ – es bien significativo. Quiere que recobremos nuestra dignidad, esa dignidad grande que en el Bautismo nos había dado, pero que con nuestro pecado habíamos manchado. Nos viste de nuevo el traje de la gracia. En Cristo nos sentimos transformados. El Reinado de Dios vuelve a ser el centro de nuestra vida. El Reino de Dios es posible y se comienza a realizar. Ahí están las señales.
Son las señales que nosotros también tenemos que dar. Nos queremos acercar a Jesús para que se realice esa transformación de nuestra vida, para llenarnos de su gracia, para vivir esa vida nueva que El quiere darnos. Que nos sintamos sanados y salvados por Jesús porque tantas veces con nuestro pecado nos hemos dejado esclavizar por el mal. Que volvamos a esa libertad que El quiere darnos. También nos acercamos a Jesús con humildad, con confianza, con amor, porque sí estamos seguros que en El vamos a encontrar la salvación. En Jesús ni nos veremos despreciados ni apartados a un lado. En Cristo siempre nos veremos valorados y llenos de vida.

jueves, 24 de junio de 2010

Cuánto valor y significado siguen teniendo las palabras y la vida de Juan para el mundo de hoy


Is. 49, 1-6;
Sal. 138;
Hechos, 13, 22-26;
Lc. 1, 57-66.80

El profeta Jeremías había escuchado un oráculo del Señor: ‘Antes de formarte en el vientre, te escogí, antes de que salieras del seno materno, te consagré; te nombré profeta de los gentiles…’ Y en ese mismo sentido hemos escuchado al profeta Isaías hoy: ‘Estaba yo en el seno materno, y el Señor me llamó en las entrañas maternas, y pronunció mi nombre. Hizo de mi boca una espada afilada…’
Estamos celebrando hoy el nacimiento de Juan Bautista. Una fiesta que nos llena a todos de alegría como de alegría se llenaron las montañas de Judea en su nacimiento. ‘La noticia corrió por toda la montaña de Judea y todos los que lo oían reflexionaban diciendo: ¿Qué va a ser este niño? Porque la mano de Dios estaba con él’, nos comenta el evangelista Lucas.
‘Y a tí, niño, te llamarán profeta del Altísimo’, exclamaría Zacarías su padre bendiciendo a Dios. ‘Será grande a los ojos del Señor… porque convertirá a muchos israelitas al Señor, su Dios’, le había anunciado el ángel antes de su nacimiento. ‘Antes de formarte en el vientre te escogí’, que había dicho el profeta. Y la criatura había comenzado a dar saltos en el seno de su madre, como reconocería Isabel en la visita de María. ‘Antes de que salieras del seno materno te consagré’.
Diría él más tarde cuando recibiera allá en el desierto junto al Jordán la embajada llegada de Jerusalén que no era ni el Mesías ni un profeta, porque incluso no era digno de agacharse a atar la correa de la sandalia del que iba a venir. El tenía que menguar para que creciera el que había de venir. Y él no era sino ‘la voz que clama en el desierto’, como había anunciado el profeta y sólo estaba allí para preparar los caminos del Señor. Sin embargo de él diría Jesús que era ‘el mayor de los nacidos de mujer’ y sería el que señalaría a sus discípulos al ‘Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’.
¡Cuántas cosas podemos reflexionar sobre Juan en la fiesta de su nacimiento y cuánto tenemos que aprender de él, escuchando su voz y siguiendo el testimonio de su vida! Que con la misma fidelidad que iba Juan como Precursor delante del Señor señalando los camino, sigamos nosotros ahora a Jesús cuando hemos escuchado que nos lo señalaba como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. De Juan aprendemos a seguir al Cordero, como aquellos primeros discípulos que escucharon su palabra y su invitación nosotros queremos seguirle porque no sólo es el Cordero que se inmola por nosotros sino también el Pastor que nos guía y nos conduce hasta donde está la vida eterna.
A Juan escuchamos invitándonos a la conversión y a la penitencia, a la responsabilidad de nuestra vida en el cumplimiento de nuestros deberes y obligaciones, pero también al compartir generoso porque el que tiene dos túnicas que las reparte con el que no tiene, como les decía a los que venían a preguntarle que habían de hacer para preparar los caminos del Señor.
Cuánto valor siguen teniendo las palabras de Juan y cuánto significado en el mundo concreto donde vivimos. La austeridad de su vida en el desierto nos enseñará también a vaciarnos de nosotros mismos, pero también de tantas cosas superfluas con las que tantas veces llenamos nuestra vida porque pensamos que con ello somos más felices, pero fijándonos en él aprenderemos lo que de verdad es necesario y lo que realmente es importante.
En aguas de penitencia también nosotros hemos de sumergirnos, aunque ya recibiéramos las aguas bautismales que a partir del bautismo de Jesús en el Jordán adquirieron un nuevo sentido, cuando ya nos hicieron hijos de Dios e inundados de vida divina. Pero, aunque ya tendríamos que estar para siempre revestidos y resplandecientes con el vestido nuevo de la gracia, reconocemos que una y otra vez nos hemos dejado mancillar por el pecado, por el egoísmo y por la maldad que quieren llevarnos por caminos de muerte. Necesitamos oír, sí, una y otra vez la voz que nos llama a la conversión, al arrepentimiento y a la penitencia.
Es la voz que nos lleva a la Palabra, es el que nos señala el camino que nos lleva hasta Cristo. Pero por el bautismo el Espíritu a nosotros también nos ha hecho profetas para ser voz con nuestra palabra y con el testimonio de nuestra vida que señalemos al mundo cual es el verdadero camino, dónde está la verdad absoluta que llene nuestras vidas, y la vida verdadera por la que merece darlo todo como el más preciado tesoro que encontremos. También nosotros tenemos que señalar al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. También nosotros tenemos que ser testigos que señalen el camino hasta Cristo.
Nos alegramos en esta fiesta del nacimiento de Juan y no es para menos. Es el precursor del Salvador. Es quien, como los primeros resplandores de la aurora que nos anuncian la llegada del día, nos anuncia y nos señala el camino del Señor. Hoy celebramos el nacimiento de Juan, pero eso nos está diciendo que en seis meses celebraremos el nacimiento de Cristo. La alegría que nos impulsa a hacer fiesta hoy, es un preanuncio de la gran alegría y de la gran fiesta del nacimiento del Salvador.
Como nos señala el evangelio de Juan, ‘surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan para dar testimonio de la luz y preparar para el Señor un pueblo bien dispuesto’. Hoy celebramos su nacimiento, nos llenamos de alegría pero queremos escuchar también el testimonio de su vida y el anuncio de su voz. Démosle gracias al Señor.

miércoles, 23 de junio de 2010

Una historia de infidelidades pero una historia de llamadas de amor de Dios

2Reyes, 22, 8-13; 23, 1-3;
Sal. 118;
Mt. 7, 15-20

La historia del pueblo de Israel, lo mismo que la historia de nuestros pueblos y comunidades, igual que nuestra propia historia personal está llena de luces y de sombras, de momento de fidelidad, de fervor y gozo en el Señor y de momentos de muerte y de infidelidades, momentos en los que nos apartamos de los caminos del Señor por nuestros pecados y momentos en los que Dios nos llama poniendo profetas a nuestro lado como sucedía en la historia del pueblo de Dios, o poniendo señales de su presencia que son toques de atención, como alarmas en la vida, y llamadas a través de múltiples cosas o acontecimientos de los que Dios quiere valerse.
Estos días en los libros de los Reyes del Antiguo Testamento que hemos venido escuchando en la primera lectura de nuestras celebración diaria, se nos ha hablado de muchas infidelidades y olvidos de la Alianza del Señor por parte de reyes, sacerdotes y todo el pueblo de Israel. Ayer escuchábamos una intervención especial del Señor y hoy como una gran señal encuentran el libro de la Ley del Señor.
Todo esto servirá para una renovación de la Alianza, pero no sólo de una manera formal, sino que el Rey busca una renovación profunda de las costumbres del pueblo de Dios queriendo que se renueve esa fidelidad a la Alianza de la que no habían tenido que olvidarse. Recuerda el pecado del pueblo. ‘El Señor estará enfurecido contra nosotros, dice, porque nuestros padres no obedecieron los mandatos de este Libro, cumpliendo lo prescrito en él’.
Finalmente vemos cómo ‘el pueblo entero suscribió la Alianza… comprometiéndose a seguirle y cumplir sus preceptos, normas y mandatos con todo el corazón y con toda el alma, cumpliendo las cláusulas de la Alianza escritas en aquel libro’.
El Señor se vale de muchas cosas para despertar nuestra conciencia, para hacernos ver su luz, para provocar que nosotros nos dejemos iluminar por su luz y cambiemos nuestra vida para ser cada día mejores y más santos.
El que cada día podamos encontrarnos para celebrar la Eucaristía y escuchar su Palabra sintámoslo como una gracia y una llamada del Señor. Habrá habido momentos en nuestra en que no hayamos tenido esa oportunidad; o nosotros hayamos estado alejados de Dios, de la Iglesia, de los sacramentos o no le hayamos dado importancia a nuestra oración de cada día; habrá habido momentos, incluso, que estando dentro de la Iglesia y hasta participando habitualmente de la Eucaristía, aunque fuera sólo los domingos, quizá no habíamos escuchado tan clara esa voz de Dios en nuestro corazón. Ahora ha surgido la gracia de Dios en nuestra vida y tenemos que saber aprovechar esa riqueza de gracia que el Señor nos concede.
De muchas maneras se hace presente el Señor. Alguien me contaba hace poco una experiencia que estaba viviendo; alguien había aparecido en su vida, sin saber casi cómo, y le había ofrecido su amistad, su capacidad de escucha y la presencia de esa persona cerca de su vida había sido como un rayo de luz que ahora le estaba ayudando a mejor mucho su vida. Alguien llama a eso el destino; nosotros podemos decir mejor la Providencia de Dios que nos busca y que nos cuida y que pone señales en nuestra vida que son gracia del Señor que tenemos que saber aprovechar.
El evangelio hoy nos habla de los frutos buenos que da todo árbol bueno. Son los frutos que Dios nos pide. Con esas gracias que recibimos del Señor estamos siendo llamados a dar buenos frutos. Que por nuestros buenos frutos sea reconocido el árbol bueno de la fe y del amor que tiene que ser nuestra vida.

martes, 22 de junio de 2010

Un camino que nos lleva a la vida en la alegría de la fe

2Reyes, 19, 9-11.14-21.31-36;
Sal. 47;
Mt. 7, 6.12-14

Nos había dicho el Deuteronomio en el Antiguo Testamento: ‘Mira, hoy pongo delante de ti la vida y el bien, la muerte y el mal. Si cumples lo que yo te mando hoy, amando al Señor, tu Dios, siguiendo sus caminos… vivirás y crecerás, el Señor tu Dios te bendecirá… pero su tu corazón se resiste y no obedeces… perecerás sin remedio…’
Hoy nos habla Jesús de puerta estrecha, de camino angosto que lleva a la vida; de puertas y espaciosos caminos que nos llevan a la perdición. Nos está dando una serie de sentencias como principios y valores para nuestro seguimiento de Jesús y para la entrega de nuestra vida cristiana.
Pero quizá alguien podría preguntarse que si eso de seguir a Jesús es una tarea tan dificultosa que casi se haga imposible. ¿Cómo compaginarlo con aquello otro que nos dice que El ha venido para traernos la salvación y que todos los hombres se salven?
Lo que nos plantea Jesús es que su seguimiento tiene sus exigencias. Exigencias porque las metas que nos pone son bien altas, pero no imposibles de alcanzar porque El está a nuestro lado y nos da su gracia y la fuerza de su Espíritu para realizar ese camino. Pero tiene sus exigencias porque nos sentiremos tentados por muchas cosas que quieren distraernos del verdadero camino que hemos de seguir y eso nos exigirá vigilancia, esfuerzo, lucha por nuestra parte para mantenernos en ese camino de fidelidad.
Por ejemplo, previamente nos ha dicho ‘tratad a los demás como queréis que ellos os traten, en esto consiste la ley y los profetas’. Eso podría parecernos en principio fácil porque pareciera que no nos está pidiendo gran cosa. Pero no siempre es fácil porque aunque nos gustaría que a nosotros nos trataran siempre bien, sin embargo sabemos cómo se nos mete en el corazón el egoísmo para sólo pensar en nosotros, el orgullo con el que quizá me sienta merecedor de todo, los recelos y desconfianzas que nos hacen a veces estar como poniendo medidas a lo que hacemos o medidas para ver qué es lo que nos hacen los demás a nosotros. superar ese egoísmo, ese orgullo o amor propio, esos recelos y desconfianzas a veces nos cuesta, tenemos que poner nuestro empeño, tratar de dominarnos a nosotros mismos, poner generosidad en nuestro corazón. Frente a nuestras debilidades y cansancios, esfuerzo, lucha, superación, camino que a veces se nos hace angosto y difícil.
Pero quizá podríamos o tendríamos que recordar aquí otras palabras de Jesús en el evangelio. Aquello que nos dice ‘Yo soy el Camino, y la Verdad, y la Vida; nadie va al Padre sino por mí…’ Nos señala camino que hemos de seguir, pero al mismo tiempo nos está diciendo que El es el Camino. Es seguir sus pasos, caminar sobre sus huellas, hacernos uno con El para vivir su misma vida, amar con su mismo amor.
Ese camino de seguimiento de Jesús que queremos realizar, con esfuerzo y responsabilidad, sin embargo no lo vemos nunca como un peso o una carga, sino que tratamos de realizarlo con ilusión, con esperanza, con alegría. Es la alegría de la fe, como decía ayer mismo el Papa, ‘la alegría de ser amados personalmente por Dios, que ofreció a Su Hijo por nuestra salvación’. Porque como seguía explicando ‘creer consiste sobre todo en abandonarse a este Dios que nos conoce y ama personalmente, aceptando la Verdad que Él reveló en Jesucristo con la actitud que nos lleva a tener confianza en la gracia’.
Y además cómo no vamos a hacer ese camino de la fe con alegría y esperanza si el mismo Jesús nos dice que vayamos a El porque en El encontraremos nuestro descanso. ‘Venid a mí los que estáis cansados y agobiados que yo os aliviaré… y en mi encontraréis vuestro descanso’. Es nuestra fuerza y es nuestro descanso. Es nuestro camino y es nuestra vida. De El nos fiamos, a El queremos seguir, su vida queremos vivir con toda intensidad. Que sepamos encontrar ese camino que nos lleva a Jesús.

lunes, 21 de junio de 2010

Tres coladores por el hemos de pasar cualquier juicio antes de manifestarlo

2Reyes, 17, 5-8.13-15.18;
Sal. 59;
Mt. 7, 1-5
¡Cuánto nos cuesta hacer lo que Jesús nos dice hoy en el evangelio! ‘No juzguéis y no os juzgarán…’ Porque somos muy fáciles para el juicio y la condena, para manifestar lo que a nosotros nos parece sin saber realmente lo que pasa por el interior de la otra persona. Sólo de Dios es el juicio, porque sólo Dios conoce el corazón del hombre.
Pero nosotros queremos darnos fácilmente de que todo lo sabemos y de que todo lo hacemos bien. Nos es más fácil ver lo que pueda haber en el otro, por muy insignificante que sea sin darnos cuenta de la joroba que llevamos en nosotros. ‘¿Por qué te fijas en la mota que tiene el ojo de tu hermano y no reparas en la viga que llevas en el tuyo?’ La imagen y la comparación que nos pone Jesús es bien clara y significativa.
Me he encontrado con el siguiente relato de un antiguo filósofo griego que bien podría ayudarnos en este aspecto que estamos comentando.
‘Se cuenta que alguien le dijo una vez a Sócrates, ese gran filósofo de la antigua Grecia:
-"Escucha Sócrates, lo que tengo para contarte...
-Espera un momento..., le dice Sócrates. ¿Hiciste pasar lo que me quieres decir por los tres coladores?.
-¿Tres coladores?
-Si, amigo. ¡Tres coladores! Déjame ver si lo que quieres contar pasa por los tres coladores. El primer colador es la Verdad. ¿Comprobaste si todo lo que me quieres contar es verdad?
-No lo comprobé, pero la gente lo dice y...
-¡Ajá!. Pero seguro que lo comprobaste con el segundo colador, que es la Bondad. Lo que me quieres contar, ya que no está comprobado como verdad, por lo menos ¿es bueno?
-¿Bueno?. No, eso no, al contrario...
-Entonces, vamos a emplear todavía el tercer colador. Ya que lo que me quieres contar no sabes si es verdad y además no es bueno, dime: ¿es absolutamente necesario que me cuentes eso que te pone tan alterado?.
-No, no es justamente necesario.
-Entonces, le dice Sócrates: si lo que me quieres contar no cumple las tres condiciones de ser Verdad, ser Bueno y de ser Necesario ¡Entiérralo y no lo conviertas en un peso ni para vos ni para mí!’
asegurémonos entonces antes de hacer un comentario o un juicio sobre las otras personas de pasar por los tres coladores como dice Sócrates. Eso quiere decir que busquemos siempre lo bueno, la verdad, lo que sea verdaderamente importante. Siempre hay algo bueno en lo que fijarnos; siempre hay algo bueno que alabar y valorar; siempre estamos a tiempo para disculpar y para perdonar.
No enturbiemos nuestro corazón cargando sobre nosotros el peso de lo malo. Como hemos dicho en más de una ocasión llenos nuestros ojos de luz. Que la luz de nuestros ojos no sea nunca oscuridad, como nos ha dicho Jesús no hace mucho. Así seremos capaces de ver siempre lo bueno de los demás que va a brillar sobre cualquier cosa turbia que a nosotros nos pueda parecer vislumbrar. Pero eso dejémoslo al juicio de Dios

domingo, 20 de junio de 2010

Una pregunta de Jesús y una respuesta comprometida



Zac. 12, 10-11; 13, 1;
Sal. 62;
Gál. 3, 26-29;
Lc. 9, 18-24


Jesús nos hace una pregunta hoy en el evangelio que no podemos responder de cualquier manera. Sí, digo que nos hace una pregunta. A nosotros. El evangelio proclamado es Palabra que Dios nos dirige; nos dirige a nosotros reunidos aquí como comunidad que celebra y que escucha la Palabra, pero es Palabra que nos dirige también personalmente a cada uno en particular.
Cuando nosotros venimos a la celebración y escuchamos la Palabra de Dios no es simplemente escuchar unos relatos de algo sucedido en otro tiempo o una Palabra que Dios dirigió a otros en otro momento. Para nosotros es Palabra viva, Palabra que nos dirige a nosotros el Señor. Por eso digo, nos hace una pregunta que no podemos responder de cualquier manera.
Situémonos ante esa Palabra que se nos ha proclamado. Jesús está con los discípulos, ha estado orando a solas en su presencia y les hace esa pregunta: ‘¿Quién dice la gente que soy yo?’ Pero luego les dirigirá la pregunta de manera más directa a ellos: ‘Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?’
Ya hemos escuchado las respuestas. Primero la diferentes opiniones o reacciones que las gentes van teniendo ante la presencia de Jesús. Ellos en este caso lo resumen diciendo: ‘Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros dicen que ha vuelto a la vida uno de los antiguos profetas’.
Si recordamos el evangelio hemos ido escuchando en distintas ocasiones cómo la gente se admira de la autoridad con que Jesús habla y actúa. ‘Nadie ha hablado así… este enseñar es nuevo, con autoridad… un gran profeta ha aparecido entre nosotros…’, por recordar algunas reacciones de la gente. Y recordamos también cómo Herodes está inquieto ante la presencia y la predicación de Jesús porque se dice si es Juan que ha vuelto a aparecer, el que él había mandado matar.
Cuando Jesús les hace más directamente la pregunta a ellos sobre lo que piensan, como siempre será Pedro el primero en reaccionar. ‘Tú eres el Mesías de Dios’. Ellos habían estado más cerca de Jesús, la experiencia de vida con Jesús les había hecho penetrar más en su misterio, y aunque también surgen dudas en su interior, ahora Pedro será capaz de dar esa respuesta.
Una respuesta que tendrá sus consecuencias. Porque llegar a hacer esa afirmación, esa confesión de fe en Jesús, El viene a decirles que va a implicarles la vida totalmente. Decir que es el Mesías no es pensar simplemente con la idea que habitualmente tenían en aquellos tiempos acerca de lo que iba a realizar el Mesías, la liberación de Israel haciéndolo un pueblo grande y liberado de la opresión de pueblos extranjeros. A pesar de lo que Jesús les diga y les explique una y otra vez, todavía los veremos en vísperas de la Ascensión preguntando si ha llegado ya la hora de la futura liberación de Israel.
Les explica ahora Jesús que ‘el Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día’. Algo que les costará entender como vemos en otros momentos del evangelio, porque ya sabemos que, como nos narra otro evangelista, Pedro querrá quitarle esas ideas a Jesús de la cabeza porque eso no le puede pasar a El.
Pero es que además Jesús les dirá que si tienen esa fe en El y quieren seguirle, mucho cambio tiene que producirse en sus corazones, a muchas cosas tienen que negarse empezando por esas maneras triunfalistas de pensar, y que además el camino de Jesús es el camino del discípulo, porque, como dirá en otro momento, el discípulo no es más que su maestro. ‘El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo. Porque quien quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará’.
Pero bien, hasta ahora en nuestra reflexión nos hemos situado ante el evangelio subrayando lo que entonces sucedió. Pero decíamos que la pregunta nos la hace Jesús directamente a nosotros y hemos de dar también una respuesta y no lo podemos hacer de cualquier manera. Ya sabemos también que hoy la gente tiene diferentes opiniones acerca de Jesús y del cristianismo. Hasta muchos quieren escribir sobre Jesús para poner sus propias interpretaciones muy llenas de imaginación en muchas ocasiones y de forma novelada de manera que hasta se convierten en libros que la gente se traga de cualquier manera, porque es la novela o la película que está de moda. No es ese el camino que nosotros hemos de seguir para conocer a Jesús, para descubrir todo el misterio y grandeza de su vida y la salvación que nos ofrece.
Otros quizá sin querer llegar a tanto, sin embargo solamente se quedan en ese personaje histórico, muy bueno y muy comprometido, muy revolucionario como dicen aquellos que quieren decir que Jesús fue el primer socialista o primer comunista. Gentes que se quedan en un aspecto humano, histórico, quizá si queremos hasta ejemplarizante, pero que no van más allá para descubrir el verdadero sentido y misterio de Jesús.
Pero no vamos a quedarnos en hacer juicio de lo que otros puedan pensar, sino que tendremos que plantearnos nosotros esa pregunta de Jesús para decir en verdad que es lo que Jesús es y significa para nosotros y para nuestra vida; cuál es la experiencia de Jesús que nosotros tenemos en nuestra propia existencia. Damos por sentado que quienes estamos aquí en esta celebración queremos tener la visión de la fe. Y queremos confesar sí que Jesús ‘es el Mesías de Dios’, el Hijo del Dios vivo, nuestra vida y salvación.
Pero ya sabemos esta confesión de fe que queremos hacer en Jesús no se nos puede quedar en palabras, sino que tiene que ser una confesión de fe que hacemos con toda nuestra vida. Y hacer una confesión de fe con toda nuestra vida es aceptarle para seguirle, para vivirle. Es un meternos en El o dejar que el se introduzca en lo más hondo de nosotros para inundarnos de su vida, de su gracia y de su salvación. Como nos decía el apóstol ‘por la fe en Cristo Jesús todos sois hijos de Dios, y nos hemos incorporado a Cristo por el Bautismo para revestirnos de El’.
Nos exigirá ese seguimiento una negación de nosotros mismos, un tomar su cruz cada día. Significará vivir una vida como la de El, vivir una vida para el amor y en el amor. Significará en verdad cada día querer ser más santos, negándonos a nosotros mismos, haciendo negación y renuncia al pecado y a todo lo que nos pueda apartar de El.
Recordáis que nos dice el evangelio que cuando Jesús hizo esta pregunta a los discípulos estaba orando El en presencia de ellos. Y decíamos también que la respuesta no la podemos dar de cualquier manera. Pues yo diría que será así, desde la oración desde donde aprendamos a Jesús, desde donde podemos conocerle hondamente, y desde donde nosotros luego podremos dar esa respuesta de forma verdadera. Ahí en la intimidad de la oración podremos conocerle, pero es también desde donde tendremos la fuerza necesaria para darle esa respuesta con toda nuestra vida.

sábado, 19 de junio de 2010

Confiadle vuestras preocupaciones que El se preocupa de vosotros

2Cron. 24, 17-25;
Sal. 88;
Mt. 6, 24-34

Todos sabemos muy bien que el primer mandamiento de la ley de Dios es ‘amarás a Dios sobre todas las cosas’, o como nos dice el Deuteronomio ‘con todo el corazón, con toda la mente, con toda el alma, con todo tu ser’. Ya sabemos que es quizá el mandamiento que a la hora de hacer un examen de conciencia es en el que menos nos detenemos porque damos por sentado que amamos a Dios así, sobre todas las cosas. Pero ¿es en realidad así?
Si amamos a Dios sobre todas las cosas, no habrá nada en el mundo que pongamos por encima de ese amor a Dios. Pero ¿no nos sucederá que en la práctica de nuestras vidas hay cosas que anteponemos al amor a Dios? En realidad tenemos que decir que nuestro pecado a la larga no ha sido otra cosa que anteponer otras cosas a ese amor de Dios, ya sean nuestros gustos o apetencias, ya sean nuestras pasiones o nuestros caprichos, ya sea el prurito de quedar bien ante los ojos de los hombres, o nuestro propio orgullo o amor propio.
Hoy nos dice Jesús que no podemos servir a la vez a dos señores, ‘porque despreciará a uno y querrá al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo’. Por eso terminará diciéndonos Jesús, - y es continuación de lo que ayer escuchábamos de ‘donde está nuestro tesoro, está nuestro corazón’ – y nos lo dice de una forma muy firme: ‘No podéis servir a Dios y al dinero’.
Quiere enseñarnos Jesús cómo hemos de poner todo nuestro amor y toda nuestra confianza en Dios que es nuestro Padre, que nos ama y que nos cuida. Y nos habla Jesús de nuestras preocupaciones por la comida, por el vestido y por todas esas necesidades materiales y humanas que tenemos cada día. Dios es un Padre providente que nos cuida y se preocupa por nosotros. Nos hace la comparación de las aves del cielo o las flores del campo a quienes Dios cuida y llena de belleza y encanto. ‘¿No valéis vosotros más que ellos?’
No significa que no tengamos que atender a nuestras responsabilidades, que tengamos que trabajar para ganarnos el sustento y para atender a los que están a nuestro cargo. En la parábola de los talentos nos habla de esa responsabilidad y es bien duro con quien no la ha sabido cumplir. Pero quiere el Señor que no andemos con agobios y desesperanzas. Que confiemos más en el Señor. Que busquemos lo que es verdaderamente importante. ‘Ya sabe vuestro Padre del cielo que tenéis necesidad de todo eso. Sobre todo buscad el Reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura’.
En este sentido Pedro en su primera carta nos dice algo hermoso: ‘Así pues, humillaos bajo la mano poderosa de Dios… confiadle todas vuestras preocupaciones, puesto que El se preocupa de vosotros’. Hermoso mensaje para poner siempre toda nuestra confianza en Dios.
El amor de Dios y la confianza en El que es nuestro Padre siempre por encima de todo. Que nada nos pueda apartar de ese amor de Dios. Que no pongamos nada en la vida en el lugar de Dios que para nosotros siempre ha de ser el primero en todo. Porque además tendríamos que recordar aquello de ‘no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios’.

viernes, 18 de junio de 2010

¿En qué tesoro hemos puesto nuestro corazón?

2Reyes, 11, 1-4.9-18.20;
Sal. 131;
Mt. 6, 19-23

‘Porque donde está tu tesoro, allí está tu corazón’. A aquella persona le habían regalado una joya muy valiosa, un hermoso anillo, por ejemplo, engarzado de brillantes. No sabía que hacer con él. Se lo ponía, lo guardaba, se lo enseñaba a sus amigos, buscaba continuamente donde esconderlo para que no se lo robasen; no hacía sino pensar en ello, eran todos sus sueños; en sus nervios algunas veces hasta dejaba de lado alguna de sus responsabilidades porque no lo podía quitar de su mente, era lo más preciado para su vida. Era su tesoro. Y todo parecía girar ahora en su vida en torno a aquel tesoro. ¿Será ése el único tesoro importante en la vida?
‘Porque donde está tu tesoro, allí está tu corazón’, nos dice Jesús. ¿Cuál es nuestro tesoro? ¿Quizá podemos pensar en esas cosas o bienes materiales, en esas riquezas humanas, por las que algunas veces luchamos tanto, esa joya preciosa que un día nos regalaron o nosotros adquirimos? ¿Será quizá el saber o la sabiduría, la riqueza de nuestros conocimientos o de las ciencias? ¿Cuáles serán otros tesoros que podemos obtener en la vida?
¿Dónde está nuestro tesoro? ¿Dónde tenemos nuestro corazón? Jesús habla en otro lugar del evangelio de la perla preciosa o del tesoro escondido por el que lo damos todo. El hombre que vende todo lo que tiene por obtener aquella perla preciosa, por conseguir aquel tesoro escondido.
¿Cuál será ese tesoro por el que nosotros somos capaces de dar todo lo que tenemos? Jesús nos dice hoy en el evangelio que guardemos ese tesoro donde la polilla y la carcoma no lo puedan roer, o los ladrones robar. Y nos dice: ‘Amontonad tesoros en el cielo donde no hay polilla ni carcoma que se los roan, ni ladrones que abran boquetes y roben…’
Podemos pensar en nuestra fe, el hermoso tesoro de nuestra fe en Jesús. Podemos pensar, en consecuencia, en todo lo que es nuestra vida cristiana de seguimiento de Jesús que tenemos que cuidar, en lo que tenemos que empeñarnos seriamente. Podemos pensar en ese tesoro de la vida de la gracia que hemos recibido por los méritos de Cristo en nuestro Bautismo y que tanta grandeza nos ha dado, tanta dignidad excelsa que nos ha hecho hijos de Dios. Podemos pensar en ese hermoso tesoro de nuestro amor y nuestra buenas obras, verdadera riqueza que podemos guardar junto a Dios en el cielo y que tenemos que hacer crecer más y más. Podemos pensar, por supuesto, en tantos valores humanos y espirituales que enriquecen nuestra vida por dentro, que nos ayudan a relacionarnos debidamente los unos con los otros, que nos hacen felices y que hacen felices a los demás.
¿Valoraremos así nosotros nuestra vida cristiana como un hermoso tesoro que tenemos que cuidar, del que tenemos que estar orgullosos y con la que podemos presentarnos como buenos testigos ante el mundo que nos rodea? Es algo que no podemos ocultar; algo que no podemos perder; algo que tenemos que cuidar como la mayor de nuestras riquezas.
Pueden acercarse ladrones a nuestra vida que quieran arrancar de nosotros ese don de la fe; pueden aparecer polillas y carcomas que nos puedan debilitar esa vida de la gracia cuando vamos dejando introducir en nosotros todo aquello que nos puede poner en peligro nuestra vida cristiana; pueden aparecer dudas que nos cieguen para conocer la verdad, cuestionamientos que nos hacen tambalear en nuestros principios y valores, tentaciones que nos ponen en peligro, que si no estamos bien fortalecidos debiliten nuestra vida y nuestra fe, y nos conduzcan a la muerte llevándonos al pecado que arranca la gracia divina de nuestro corazón.
Cuidemos ese verdadero tesoro de nuestra vida, nuestra fe, nuestra vida cristiana, la gracia que Dios nos ha regalado, las obras del amor.

jueves, 17 de junio de 2010

Hagamos profesión de nuestra condición de hijos al rezar el Padrenuestro

Eclesiástico, 48, 1-15;
Sal. 96;
Mt. 6, 7-15

‘Cuando recéis no uséis muchas palabras… vosotros rezad así…’ Y nos propone Jesús como modelo de nuestra oración el Padrenuestro. Ya en lo que escuchábamos ayer nos decía cómo habíamos de interiorizar dentro de lo secreto de nuestro corazón para orar a Dios, para sentir su presencia y escuchar a Dios. Hoy nos propone el modelo de nuestra oración. Mucho tendríamos que meditar sobre ello para aprender a orar de verdad tal como Jesús quiere que sea nuestra oración.
San Cipriano, Obispo y mártir de la Iglesia primitiva y gran doctor de la Iglesia hace una hermosa explicación del padrenuestro que quienes rezamos la Liturgia de las Horas tenemos oportunidad en estos días de leerlo en el Oficio de lectura. Entresaco algún párrafo que nos ayude en esta breve reflexión en nuestra celebración.
‘¡Cuán importantes, nos dice, cuántos y cuán grandes son los misterios que encierra la oración del Señor, tan breve en palabras y tan rica en eficacia espiritual! Ella, a manera de compendio, nos ofrece una enseñanza completa de todo lo que hemos de pedir en nuestras oraciones. Vosotros – dice el Señor – rezad así: Padre nuestro que estás en los cielos…
El hombre nuevo,
continúa diciéndonos, nacido de nuevo y restituido a Dios por su gracia, dice en primer lugar: Padre, porque ya ha empezado a ser hijo. La Palabra vino a su casa – dice el Evangelio – y los suyos no la recibieron. Pero a cuántos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Por esto, el que ha creído en su nombre y ha llegado a ser hijo de Dios debe comenzar por hacer profesión, lleno de gratitud, de su condición de hijo de Dios, llamando Padre suyo al Dios que está en los cielos’.
Muchos más párrafos podríamos entresacar de los comentarios de san Cipriano, pero bástenos este breve párrafo. Creo que si consideráramos bien la dicha que tenemos de poder llamar a Dios Padre seguro que nuestra oración y nuestra vida toda sería bien distinta. Es algo que no hemos de cansarnos de considerar. Dios es mi Padre que me ama. Es nuestro Padre que nos ama. Con cuánta confianza hemos de acudir a El no sólo en nuestras necesidades, sino en cada momento de nuestra vida para gozarnos en su amor.
Por ahí tendríamos que comenzar cada vez que rezamos el Padrenuestro, saborear esa palabra, saborear que podamos llamarlo Padre y podemos sentirnos sus hijos. De ahí fluiría nuestra oración de una forma hermosa. De esa dicha vivida en lo hondo de nuestro corazón nuestra actitud hacia Dios sería bien distinta. ¿Cómo no vamos a querer glorificarle en todo momento? ¿Cómo no vamos a reconocerle en verdad como nuestro Rey y Señor, el verdadero centro y motor de toda nuestra vida? ¿Cómo no vamos a mostrarle todo nuestro amor buscando siempre y en todo lo que es su voluntad?
Sabiendo cuánto nos ama, como nos dice hoy, ya no necesitaríamos muchas palabras para presentarle nuestros deseos o las peticiones por aquellas cosas que nos preocupan, porque sabemos que siempre están en su presencia. Sabiéndonos amados así de Dios que es nuestro Padre sentiremos al mismo tiempo su fuerza y su gracia que nos libera del mal, nos hace fuertes en la tentación, nos hace amar de una manera nueva a los demás incluyendo siempre el perdón.
Aprendamos a saborear la oración del Padrenuestro. Meditémosla muchas veces, diciéndola pausadamente, deteniéndonos en cada palabra, en cada invocación. Evitemos toda rutina al hacer nuestra oración. Pensemos siempre cómo estamos en la presencia de Dios que nos ama y con cuánto amor tenemos que amarle.

miércoles, 16 de junio de 2010

No nuestra gloria, sino la gloria del Señor

2Rey. 2, 1.6-14;
Sal. 30;
Mt. 6, 1-6.16-18

Tenemos que dar testimonio con nuestra vida y nuestras obras de nuestra fe y de las maravillas que Dios hace en nosotros, pero lo que tenemos que buscar siempre es la gloria de Dios y no nuestra gloria. Jesús nos manda que seamos luz, lo hemos escuchado estos días, y que la luz tiene que ponerse en alto, en el candelero para que ilumine a todos; pero la luz que tenemos que trasmitir no es la de nuestros orgullos personales por aquello que hagamos, sino siempre la luz del Señor.
Sin embargo sentimos la tentación de querer el halago o la alabanza, buscando nuestra gloria. Cuando actuamos así oscurecemos las obras buenas que podamos realizar, y más bien convertirnos en pantalla que trata de ocultar la verdadera gloria del Señor. Es bueno que nos sintamos valorados, alimentar en cierto modo la autoestima porque veamos que somos capaces de hacer lo bueno. Pero hemos de cuidar evitar el orgullo y la vanidad. No nos puede faltar en la vida una buena dosis de humildad.
De todo esto nos previene Jesús hoy en el evangelio. De entrada nos está diciendo: ‘Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tendréis recompensa de vuestro Padre del cielo’.
Jesús se fija en tres aspectos que eran muy importantes en la espiritualidad y en la práctica religiosa de todo buen judío, y que son también importantes en nuestro camino espiritual: la limosna, la oración y el ayuno.
Pero nos dice y nos repite. ‘No seáis como los hipócritas… como los farsantes…’ las gentes de doble cara, los que se dejan llevar por las apariencias, pues mientras quieren aparecer de una manera su corazón está torcido o lleno de malos deseos. Que no vayamos haciendo sonar la trompeta delante de nosotros cuando vayamos a hacer una cosa buena, a dar limosna o a compartir con los demás. ‘Que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha’, nos dice.
En tu oración no puedes andar disipado, atendiendo más a la gente que te rodea que a Dios que te habla allá en lo secreto de tu corazón. Hace falta un recogimiento interior, un silencio no sólo en lo externo, sino en lo más interior de nosotros mismos. Sólo así podemos escuchar a Dios y entrar en diálogo de vida y de amor con El.
Y nos habla también del ayuno, que no puede ser sólo una cosa externa y formal. Esa renuncia a lo bueno que hacemos como signo de penitencia tiene que ser algo auténtico, surgido y realizado allá en lo más hondo de nosotros mismos. Como nos dice Jesús, ese ayuno no lo tiene que notar la gente sino que quien tiene que verlo es el Señor. Como nos dice ‘cuando ayunéis no andéis cabizbajos como los farsantes que desfiguran su cara para hacer ver a la gente que ayunan…’ Fijaos en lo que dice ‘perfúmate la cabeza y lávate la cara’, porque no buscas que te alaben porque hagas una cosa buena, sino que lo que quieres es la gloria del Señor.
Que no es cuestión solo de renunciar a unos alimentos, sino de doblar en lo más hondo de nosotros mismos tantas apetencias que muchas veces nos hacen sentirnos inquietos y nos hacen perder la paz. En otro lugar el Señor nos dice que no ayunemos dando golpes y puñetazos, que no es ése el ayuno que el Señor quiere. Decimos que nos sacrificamos, pero no somos quizá de dominar nuestras violencias, decimos que queremos hacer penitencias, pero no tenemos amor en el corazón para con los demás, renunciamos a unos alimentos o a unas cosas, pero luego no sabemos compartir con los otros.
Que sea la auténtica conversión del corazón que se doble ante el Señor para reconocer su soberanía y su amor eterno.

martes, 15 de junio de 2010

Actitudes y acciones de muerte, arrepentimiento y actitudes nuevas de vida y amor

1Rey. 21, 17-29;
Sal. 50;
Mt. 5, 43-48

Algunas veces, sobre todo en el Antiguo Testamento, escuchamos historias duras llenas de maldad y de pecado. Pero normalmente después de esos relatos siempre hay una llamada del Señor invitando a la conversión y a la vuelta a El. Es lo que hemos venido escuchando ayer y hoy en el libro de los Reyes. Lo que escuchábamos ayer era una historia bien dura llena de maldad y de pecado, una historia de muerte, podríamos decir.
Ambiciones y sobornos, perjurios y testimonios falsos, homicidios y robos, idolatría… es lo que nos refleja el texto en la maldad y ambición tanto del rey Ajab como de la reina Jezabel que tanto influyó además en el reino de Israel para introducir la idolatría y el culto a los baales, como hemos venido escuchando con la historia del profeta Elías.
Pero si ayer escuchábamos esa triste historia hoy contemplamos como el profeta viene en nombre del Señor a anunciarle el castigo merecido a quien de tal manera se había portado. Quien vivía sumido en la muerte de la maldad y del pecado, sólo tendría muerte en su vida si no había conversión. Y es el arrepentimiento que surge reconociendo su culpa. ‘¿Has visto como se ha humillado Ajab ante mí? Por haberse humillado no lo castigaré…’
Nuestra respuesta fue en el salmo reconocer también nuestro pecado. ‘Misericordia, Señor, hemos pecado’, repetíamos. Lo tenemos que reconocer una y otra vez porque también somos pecadores, pero la misericordia del Señor es grande.
Por su parte en el evangelio seguimos escuchando el sermón de la montaña y lo que hoy nos dice también es una continuación de lo que ayer reflexionábamos. Vuelve a contraponer Jesús lo que decía y podía parecer totalmente normal y lo que tiene que ser el estilo nuevo de los que le seguimos. ‘Habéis oído que se dijo: amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Yo, en cambio, os digo: amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen y rezad por los que os persiguen y calumnian. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo que hace salir su sol sobre buenos y malos y manda la lluvia a justos e injustos’.
Es claro el mensaje de Jesús. El nos ha llamado para que seamos hijos, y en consecuencia tenemos que querernos todos como hermanos. No cabe entre los hijos el odio, el resentimiento, el rencor. Como hermanos hemos de saber perdonarnos. Porque además en algo tenemos que diferenciarnos de aquellos que no tienen fe. Los paganos, nos dice, aman y saludan a los que los aman o a los que son amigos. Pero en nosotros tiene que ser distinto.
Y nos da una clave que yo considero muy importante y definitiva para que empecemos a amar también a aquellos que nos hayan podido hacer daño: rezar por ellos. Creo que cuando somos capaces de comenzar a rezar sinceramente por una persona, ya la estamos metiendo en el corazón y ya estamos comenzando a amarla, aunque nos cueste.
Os confieso que, aunque muchas veces me cuesta, es algo que una vez que lo aprendí del evangelio he intentando hacerlo siempre en mi vida. Y he encontrado mucha paz en ello, para alejar de mi corazón actitudes de muerte. Porque no amar a alguien, guardar resentimiento o rencor por lo que nos haya podido hacer, es tener actitudes de muerte en el corazón.

lunes, 14 de junio de 2010

No hagáis frente al que os agravia

1Rey. 21, 1-6;
Sal. 5;
Mt. 5, 38-42

‘No hagáis frente al que os agravia…’ Los cinco versículos que hoy hemos leído del sermón de la montaña de Jesús podríamos resumirlo en esta sentencia o principio. Jesús nos está mostrando un estilo nuevo de vivir.
En nuestras lógicas humanas, en nuestras formas habituales de reaccionar desde nuestros orgullos o desde nuestro amor propio pareciera que esa no sería la forma de actuar. Incluso desde las leyes justiciera humanas parece que si alguien nos hace algún daño tendría que pagarlo. Así surgen nuestros sentimientos vengativos – aquello de que quien me lo hace lo tiene que pagar – y la ley del talión vendría simplemente a poner, como decimos hoy entre comillas, orden a la hora de esa reacción justiciera para evitar la las venganzas que se convirtieran en una espiral inacabable.
‘Ojo por ojo y diente por diente’, dice la ley del talión. Pero frente a ello vemos lo que nos dice Jesús: ‘No hagáis frente al que os agravia’. Entramos en una órbita distinta, que es la órbita del amor y del perdón. Al mal no podemos responder sino con bien. Nos dice de presentar la otra mejilla, que es una forma de hablar, una forma de decirnos que no es con mal, actuando de la misma manera como nosotros tenemos que responder. Además, si nos damos cuenta, es una forma de desarmar al que viene con violencia y maldad a nosotros, el responder no con la misma violencia o maldad, sino con amor, generosidad y paz en el espíritu. Algo que no es fácil, pero que es realmente el estilo que Jesús quiere que le demos a nuestra vida.
Abundará más en este tema en versículos que seguiremos escuchando en los próximos días, pero lo que el Señor quiere decirnos es cómo tenemos que entrar en otra órbita, no la espiral de la violencia que responde con violencia, sino en la órbita que lo envuelve todo con el amor. De ese amor nacerá la comprensión y el perdón; de ese amor ha de nacer un corazón lleno de misericordia, porque como nos dirá Jesús en otro momento lo que tenemos que hacer es parecernos al Padre del cielo, que ya escuchábamos en el Antiguo Testamento que es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia, como dicen los salmos.
Hoy nos hablará Jesús de esa nueva relación entre unos y otros que no será una relación interesada, sino que se basará siempre en la generosidad y en el amor. ‘A quien te pide dale, y al que te pide prestado, no lo rehuyas’. Mira que nos conoce Jesús y sabe bien cuales son nuestras habituales reacciones y la forma interesada que tenemos muchas veces de actuar. Ayudo al que me ayuda, presto al que me presta, soy bueno con el que es bueno conmigo, es la forma como más espontánea y primaria de nuestro reaccionar. Pero Jesús nos está enseñando que no sólo ayudemos al que nos ayuda, o le hagamos el bien al que nos hace el bien, sino que la generosidad de nuestro corazón tiene que ir más allá, pues con todos tenemos que ser generosos y también tenemos que ayudar incluso al que se porte de una forma egoísta con nosotros y nunca nos preste un servicio.
Cosas sencillas nos está pidiendo Jesús, pero reconocemos que no siempre son fáciles, porque, como decíamos antes, parece que nos puede más el orgullo y el amor propio. Pero sí lo podemos hacer, porque para eso Jesús nos da el Espíritu del amor. Que su Espíritu en verdad llene nuestra vida y nos dé esa necesaria fortaleza para comprometernos seriamente en esa nueva civilización del amor por la que tenemos que trabajar.

domingo, 13 de junio de 2010

Una mirada de luz y de misericordia


Sam. 12, 7-10.13;
Sal. 31;
Gál. 2, 16.19-21;
Lc. 7, 36-8, 3

‘El Señor ha perdonado ya tu pecado, no morirás’, le dice el profeta Natán a David cuando éste ha reconocido que ha pecado contra el Señor. ‘Tus pecados quedan perdonados… tu fe te ha salvado, vete en paz’, le dice Jesús a la mujer pecadora que allí, a los pies del Señor, con mucho amor ha llorado sus pecados. Arrepentimiento y amor, conversión y cambio de vida, transformación del corazón, luz que disipa tinieblas. En el fondo la fe en el Señor que es el que nos perdona y nos justifica.
Dios siempre viene a buscar el corazón del hombre para transformarlo y llenarlo de vida. No quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva, hemos meditado muchas veces. Y el Señor nos busca. Como Natán fue en el nombre de Dios a buscar a David para que reconociera su pecado. Como Jesús que va a casa del fariseo pero que va buscando corazones que transformar y llenar de paz.
Aunque el relato del evangelio nos dice que ‘el fariseo rogaba a Jesús que fuera a comer con él’, podemos decir que es Jesús realmente quien va en su búsqueda. Conoce Jesús todo lo que puede pasar allí y que será ocasión para que aquella mujer pecadora acuda a Jesús. Pero, ¿no irá Jesús también buscando el corazón de aquel fariseo en el que habrá que cambiar muchas actitudes? Los caminos de las búsquedas de Dios.
Ya conocemos el relato del evangelio. Cuando Jesús estuvo sentado a la mesa aquella mujer, una mujer pecadora, se entera de que allí está Jesús. ‘Vino con un frasco de perfume y, colocándose detrás junto a sus pies, llorando se puso a regarle los pies con sus lágrimas, se los enjugaba con sus cabellos, los cubría de besos y se los ungía con el perfume’. Hará con Jesús todo lo que aquel fariseo no había hecho con Jesús como gestos de hospitalidad. Quien en verdad era la primera en recibir y acoger a Jesús era aquella mujer que se había atrevido a acercarse así hasta Jesús. los gestos que le hubieran correspondido al dueño de la casa los realiza ella.
Allí estaba el arrepentimiento y el amor; el reconocimiento de sus muchos pecados, pero un amor grande para acudir con confianza total hasta Jesús para llorar sus pecados. Había pecado mucho, pero ahora amaba mucho porque se les perdonaban sus muchos pecados. ‘Tu fe te ha salvado’, le dice Jesús.
Y en Jesús encuentra la paz, la paz más honda en su corazón como la que tenemos que sentir nosotros cuando también con humildad y con mucho amor acudimos a Jesús aunque seamos muy pecadores. Es que en Jesús nos vamos a sentir transformados. El amor nos transforma. Jesús en su amor, y un amor infinito, ha dado su vida por nosotros para darnos ese perdón y esa paz. En ese amor de Jesús nos sentimos transformados para nosotros querer amar con un amor igual, con un amor grande. Y con ese amor llevar también esa paz a los demás.
Nos sentimos transformados desde lo más hondo de nuestra vida cuando ponemos nuestra fe en El. Y queremos seguirle. Y queremos hacernos como El. Y queremos caminar a su paso. Y sentimos cómo tenemos que cambiar nuestro corazón, nuestras actitudes, lo que hacemos en nuestra vida. Es cuando vemos la miseria de nuestro pecado y comprendemos también qué grande es su amor y su misericordia.
Queremos, entonces, mostrarle nuestro amor y buscaremos los gestos que consideremos más hermosos para mostrarle nuestro amor. Como hizo aquella mujer pecadora. Con cuántos gestos de amor tenemos que aprender a acoger a Jesús. Y el reconocimiento de nuestro pecado no es para anularnos, sino para sentirnos perdonados por El y sentir esa paz tan hermosa que El nos da. ‘Tu fe te ha salvado, vete en paz’, nos dice también a nosotros. Siéntela en tu corazón y llévala también a los demás.
Nos preguntábamos antes si acaso Jesús no iba buscando también el cambio del corazón de aquel fariseo que lo había invitado. Cuando meditamos este texto del evangelio nos fijamos poco en el fariseo, si acaso con algo de conmiseración por nuestra parte porque decimos que pensaba mal en su interior. Jesús conocía lo que pensaba aquel hombre sobre el hecho de que la mujer pecadora estuviera haciendo lo que hacía.
Por eso Jesús le propone la parábola de los dos deudores. Pero es que Jesús lo que está queriendo hacer comprender a aquel hombre es que no puede pensar mal ni juzgar. Que fácil nos es hacer eso a nosotros también tantas veces. Le hizo ver Jesús que en aquella mujer, aunque fuera muy pecadora, había mucho amor. Ni se puede juzgar ni se puede condenar. ¿No estaría invitándole también a que él fuera menos duro en su vida y pusiera también más amor, compasión y misericordia en sus actitudes para con los demás? Era un cambio de actitud interior lo que necesitaba aquel hombre.
Es lo que le pide Jesús. Son muchas las actitudes interiores que también hemos de cambiar en nuestro corazón. Como decíamos somos muy fáciles a los prejuicios, a las actitudes preventivas contra los otros, a juzgar las acciones o las actitudes de los demás según nuestros pareceres, a condenar fácilmente al prójimo. Sólo Dios conoce el corazón del hombre y no somos nadie nosotros para juzgar del interior de la otra persona.
Y quien en verdad se dice seguidor de Jesús ha de llenar siempre su corazón de compasión y misericordia, porque nosotros somos deudores de la misericordia que el Señor tiene con nosotros y sólo así obtendremos también nosotros misericordia. ‘Dichosos los misericordiosos, porque ellos obtendrán misericordia’, que nos dice la bienaventuranza.
Nuestros ojos tienen que estar llenos de luz para mirar a los demás. Y los tenemos llenos de luz cuando tenemos amor y misericordia en el corazón. Si miramos con ojos de luz seremos capaces de ver también el resplandor de luz que hay siempre en los otros. Siempre podemos encontrar algo bueno en el otro. ¿No nos gusta a nosotros que valoren lo bueno que hay en nuestra vida o lo bueno que hacemos, por muy pecadores que nos sintamos? Así tenemos que aprender nosotros a mirar a los demás.
Si sólo miramos con ojos enturbiados por las tinieblas de nuestra malicia sólo veremos sombras y tinieblas. Tenemos que aprender a tener esa nueva mirada. Quitar tinieblas de nuestros ojos y de nuestro corazón. Nos lo enseña Jesús hoy. Qué distinta era la actitud de aquel fariseo que sólo veía tinieblas y pecado en aquella mujer y la mirada de Jesús que, aunque hubiera pecado en ella, sin embargo él veía sobre todo amor. Esa mirada luminosa de Jesús llenó también de luz el corazón de aquella mujer pecadora porque salió de allí perdonada y en paz.
También nosotros necesitamos que Jesús llegue a la casa de nuestra vida. Más aún es El quien nos ha invitado a que vayamos a sentarnos a su mesa. Para eso estamos aquí en la Eucaristía. Que el Señor nos llene de su luz; que el Señor nos llene de su paz.