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viernes, 12 de febrero de 2010

Se nos abran nuestros oídos y nuestros labios para escuchar la Palabra y proclamar la fe

1Rey.11, 29-32; 12, 19
Sal. 80
Mc. 7, 31-37


‘Señor, ábreme los labios, y mi boca proclamará tu alabanza…’ Así comenzamos el rezo del Oficio Divino y así comenzamos también distintos momentos de oración. Queremos proclamar la alabanza del Señor; que se abran nuestros labios, que cante nuestro corazón; que el Espíritu de Dios esté en nosotros inspirándonos esa oración y esa alabanza.
He querido recordar esta forma de iniciar nuestra oración cuando hoy en el evangelio contemplamos la curación de un sordomudo. ‘Le presentaron un sordo, que, además, apenas podía hablar, y le piden que le imponga las manos’. Ya hemos escuchado en el evangelio cómo ‘Jesús toca su lengua y mete sus dedos en los oídos y se le abrieron los oídos y se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad’.
¿Qué nos manifiesta este milagro de Jesús? Primero que nada decir, como decía el Papa ayer mismo en la celebración de la Jornada Mundial del Enfermo en Roma, las curaciones que realiza Jesús, junto con el anuncio de la Palabra, son “signo por excelencia de la cercanía del Reino de Dios”. Así se nos manifiesta el Reino de Dios, son signos de la salvación que Jesús nos ofrece.
¿Seremos nosotros ese sordomudo que necesitamos ser curados por Jesús? ¿Ese signo que Jesús realiza con la curación de aquel hombre que comenzó a oír claramente y a hablar sin dificultad querrá decirnos algo a nosotros?
En la celebración del Bautismo hay un signo opcional, el rito del Effeta, que se realiza precisamente partiendo del signo de este milagro realizado por Jesús. El sacerdote puede tocar con el dedo pulgar los oídos y la boca del recién bautizado – ser realiza después del bautismo, la unción con el crisma, la vestidura blanca y la entrega de la luz – mientras dice lo siguiente: ‘El Señor Jesús, que hizo oír a los sordos y hablar a los mudos, te conceda a su tiempo, escuchar su Palabra y proclamar la fe, para alabanza y gloria de Dios Padre’.
Que se nos abran, sí, nuestros oídos para escuchar la Palabra de Dios. Sordos nos hacemos muchas veces, o entretenidos, como se suele decir popularmente al que tiene dificultades para oír, entretenidos en tantas cosas que nos distraen de escuchar debidamente la Palabra de Dios. Se nos proclama en la celebración sagrada, pero tenemos tantas oportunidades de escuchar allá en lo más hondo de nosotros mismos la Palabra del Señor. Que no se nos caiga de nuestras manos el libro de la Biblia; que sea la mejor pauta para nuestra oración; que sea el espejo donde miremos nuestra vida, que sea en verdad el vademécum que siempre llevemos con nosotros para que nos sirva de guía y de luz en todo momento.
Pero que se abran también nuestros labios para la alabanza, como ya decíamos al comenzar esta reflexión; pero se que abran nuestros labios para proclamar nuestra fe, para llevar el mensaje de Jesús, el mensaje del Evangelio a los demás. Como hemos reflexionado muchas veces, misioneros y testigos tenemos que ser con nuestra vida, pero también con nuestra palabra valiente. Por eso, que se nos abran nuestros labios. Dejemos que Jesús nos toque, nos grite ‘¡effeta!’ y sin dificultad, con mucha valentía anunciemos a todos la Buena Nueva de Jesús, manifestemos que el Reino de Dios está cerca de nosotros.

miércoles, 10 de febrero de 2010

El dolor y la enfermedad nos maduran en la vida y en la fe

El dolor y la enfermedad nos maduran en la vida y en la fe
JORNADA MUNDIAL DEL ENFERMO

Al celebrar en este día a la Virgen de Lourdes, por cuánto ha significado este Santuario de la Virgen por la peregrinación de enfermos de todo el mundo hasta los pies de la Virgen, hace ya muchos años que el Papa quiso que se celebrara en este día la Jornada Mundial del Enfermo.
Nosotros queremos celebrarla en comunión con toda la Iglesia conscientes de esa misión sanadora y salvadora que la Iglesia ha recibido de Jesús. Nos basta ver cómo a Jesús acudían todos con sus dolencias, que ya no sólo físicas o en referencia a los miembros del cuerpo enfermo, sino que la salud y salvación que nos ofrece Jesús va más allá porque quiere sanarnos desde lo más hondo de nosotros mismos.
Una ocasión que nos ofrece este día para valorar esta tarea pastoral que realiza la Iglesia con los enfermos pero también con todos los que rodean o están cerca de este mundo de la enfermedad y de la salud. Todos los que de una manera u otra cuidan de la salud de las personas en los distintos ámbitos y servicios, pero también de los que están cerca de este mundo para anunciar y para llevar la luz del evangelio.
El Papa con esta ocasión, como todos los años, nos ha dirigido un breve mensaje para esta Jornada del que vamos a entresacar algunos párrafos. Así nos dice: ‘Ya el concilio ecuménico Vaticano II recordaba la importante tarea de la Iglesia de ocuparse del sufrimiento humano. En la constitución dogmática Lumen gentium leemos que como "Cristo fue enviado por el Padre "para anunciar a los pobres la Buena Nueva, para sanar a los de corazón destrozado" (Lc 4, 18), "a buscar y salvar lo que estaba perdido" (Lc 19, 10); de manera semejante la Iglesia abraza con amor a todos los afligidos por la debilidad humana; más aún, reconoce en los pobres y en los que sufren la imagen de su fundador, pobre y sufriente, se preocupa de aliviar sus necesidades y pretende servir en ellos a Cristo" (n. 8)’.
Es un motivo también esta celebración para que quienes se sienten atenazados por el dolor, la enfermedad y las múltiples discapacidades que limitan la vida de la persona se hagan, nos hagamos una reflexión sobre su valor y su sentido y así nos sintamos iluminados por el evangelio. El sufrimiento humano alcanza su sentido y plenitud de luz en el misterio de la pasión, muerte y resurrección. A este respecto nos dice: ‘En la carta apostólica Salvifici doloris, el siervo de Dios Juan Pablo II tiene palabras iluminadoras al respecto: "El sufrimiento humano —escribió— ha alcanzado su culmen en la pasión de Cristo. Y a la vez ha entrado en una dimensión completamente nueva y en un orden nuevo: ha sido unido al amor (...), a aquel amor que crea el bien, sacándolo incluso del mal, sacándolo por medio del sufrimiento, así como el bien supremo de la redención del mundo ha sido sacado de la cruz de Cristo, y de ella toma constantemente su origen. La cruz de Cristo se ha convertido en una fuente de la que brotan ríos de agua viva" (n. 18)’.
Iluminados por Jesús y su evangelio podemos encontrar, pues, un nuevo sentido y valor que nos haga madurar incluso como personas, que nos ayude a asumirlo con madurez y serenidad, que nos haga luchar por la vida y la salud con la fuerza del Señor, y lo puedo incluso convertir en una hermosa ofrenda de amor al Señor unidos a la pasión y a la cruz de Jesús. Así nos recuerda el Papa: ‘En verdad, como afirmé en la encíclica Spe salvi, "lo que cura al hombre no es esquivar el sufrimiento y huir ante el dolor, sino la capacidad de aceptar la tribulación, madurar en ella y encontrar en ella un sentido mediante la unión con Cristo, que sufrió con amor infinito" (n. 37)’.
Finalmente recuerda el Papa cuanto ha hecho y sigue haciendo la Iglesia. ‘Agradezco de corazón a las personas que cada día "realizan un servicio para con los que están enfermos y los que sufren", haciendo que "el apostolado de la misericordia de Dios, al que se dedican, responda cada vez mejor a las nuevas exigencias" (Juan Pablo II, constitución apostólica Pastor bonus, art. 152)’.
Dirige su pensamiento a los sacerdotes en este Año Sacerdotal a los que llama ‘"ministros de los enfermos", signo e instrumento de la compasión de Cristo, que debe llegar a todo hombre marcado por el sufrimiento. Os invito, queridos presbíteros, a no escatimar esfuerzos para prestarles asistencia y consuelo. El tiempo transcurrido al lado de quien se encuentra en la prueba es fecundo en gracia para todas las demás dimensiones de la pastoral’.
Y se dirige luego directamente a los enfermos diciéndoles ‘os pido que recéis y ofrezcáis vuestros sufrimientos por los sacerdotes, para que puedan mantenerse fieles a su vocación y su ministerio sea rico en frutos espirituales, para el bien de toda la Iglesia’.
Que María, Salud de los enfermos, nos llene de las bendiciones de Dios y así alcancemos todos la gracia y la fortaleza para seguir ese camino de santidad al que el Señor nos llama cualesquiera que fuera nuestra situación.

La boca del justo expone la sabiduría

1Rey. 10, 1-10
Sal. 36
Mc. 7, 14-23


Recordamos que hace unos días cuando Dios le decía a Salomón ‘pídeme lo que quieras’ la petición fue ‘un corazón dócil para gobernar a tu pueblo, para discernir el mal del bien’; le pedía sabiduría, aunque Dios le prometía también prosperidad y riquezas ya que no había sido egoísta en su petición. ‘Te daré lo que has pedido: un corazón sabio y prudente, como no lo ha habido ante de ti ni lo habrá después de ti. Y te daré también lo que no has pedido: riquezas y fama mayores que las de rey alguno’.
El texto que hoy escuchamos nos lo corrobora. ‘La reina de Saba oyó la fama de Salomón… y vino a Jerusalén para comprobarlo’. Nos hace el texto una descripción de dicha visita donde aparece la sabiduría de Salomón, pero también el esplendor de su reino. ‘En sabiduría y riquezas superas todo lo que yo había oído’, le dice. ‘Dichosa tu gente, dichosos todos los que están en tu presencia aprendiendo de tu sabiduría! ¡Bendito sea el Señor, tu Dios, que por el amor eterno que le tiene a Israel, te ha elegido para colocarte en el trono y seas su rey…!’
Es hermosa esta alabanza, pero principalmente este reconocimiento que se hace del actuar de Dios. Reconocer las bendiciones del Señor. Fáciles somos para suplicar al Señor cuando estamos en situaciones difíciles o con problemas, pero el reconocimiento del actuar de Dios es algo que pronto olvidamos. Creo que hay aquí un hermoso mensaje, que nos enseña también a ser agradecidos para con Dios por cuanto de El recibimos.
Me hace pensar en aquel pasaje del evangelio donde Jesús curó a diez leprosos y sólo uno fue capaz de volver hasta Jesús para dar gracias y bendecir al Señor que le había restablecido la salud. Y recordemos cómo Jesús se preguntaba ‘y los otros nueve ¿dónde están?’ Que no tenga el Señor que hacernos nunca ese reproche, porque siempre tengamos muy presente en nuestra vida la acción de gracias a Dios.
‘La boca del justo expone la sabiduría’, hemos dicho en el salmo responsorial ‘porque lleva en el corazón la ley de su Dios y sus pasos no vacilan’, continuábamos diciendo. Que aprendamos nosotros esa sabiduría de Dios porque plantemos de verdad la ley del Señor en nuestro corazón. Que sepamos empaparnos de Dios y de lo que es su voluntad.
El evangelio que hoy hemos escuchado viene a completar lo que reflexionábamos ayer cuando Jesús respondía a lo que decían los fariseos de los discípulos que comían sin lavarse las manos. ‘Nada que entre de fuera puede hacer impuro al hombre; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre’. Y concluirá Jesús explicándole a los apóstoles que les costaba entender. ‘De dentro, del corazón del hombre, salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad…’ no es necesario mucha explicación porque creo que todos lo podemos entender fácilmente.

lunes, 8 de febrero de 2010

Dios se nos manifiesta y se nos hace presente

1Rey. 8, 1-7.9-13
Sal. 131
Mc. 6, 53-56


Dios se manifiesta y se hace presente en medio de su pueblo. Lo estamos viviendo en nuestra celebración porque podríamos decir eso es lo vivimos y experimentamos cuando vivimos con todo sentido nuestra celebración cristiana. Dios está en medio de nosotros, se nos manifiesta de manera especial cuando lo celebramos, porque no celebramos a un Dios ausente o lejano de nosotros, sino al Dios amor que vive en medio de nosotros y nos inunda con su presencia y con su gracia.
Pero es también lo que nos manifiesta la Palabra de Dios que hoy se nos ha proclamado. Los dos textos, el del Antiguo Testamento, como el Evangelio eso en cierto modo es lo que nos vienen a decir.
En el texto del libro de los Reyes se nos narra la liturgia de la consagración del templo de Jerusalén, que al final construye el rey Salomón y la traslación del Arca de la Alianza, signo de la presencia de Yavé en medio del pueblo, desde la ciudad de David, desde Sión, hasta el templo recién construido. Mañana escucharemos la oración de Salomón. Pero en la imagen de la nube que llenó el templo se manifiesta la gloria del Señor, la presencia del Señor en medio de su pueblo. ‘La gloria del Señor llenaba el templo’, nos dice el texto sagrado hasta el punto de no poder seguir oficiando el culto y los sacrificios.
¿Qué nos manifiesta el Evangelio? El Emmanuel anunciado por los profetas se hace presente en medio de su pueblo. Es Jesús, el Hijo de Dios encarnado que camina en medio de su pueblo. No es ahora la nube como un signo de la presencia del Señor, sino Dios mismo hecho hombre el que está en medio de los hombres. El Dios que se hace presente con su amor; el Dios que nos trae la gracia y la salvación.
Y la gente acude hasta Jesús porque saben que tiene palabras de vida eterna y quieren escucharle; acuden a Jesús porque en El encuentran vida y salvación, le llevan los enfermos de toda clase para que Jesús los sane, pero ellos mismos son los que se acercan a Jesús aquejados de sus males, del mal más profundo que daña la vida del hombre, para encontrar el perdón y la gracia.
Sintamos también nosotros esa presencia de Dios que nos llena de su gloria. No será una nube como la que llenaba el templo de Jerusalén, pero sí se hace presente en medio de nosotros el misterio de Dios que sólo podremos descubrir por la fe. ¿Qué es lo que estamos viviendo ahora mismo nosotros aquí en la celebración? Ese misterio de Dios que descubrimos, sentimos, vivimos, experimentamos desde la fe, por la fe.
No son unas palabras cualesquiera las que nosotros escuchamos, no es un pan o una copa de vino cualquiera la que tenemos en medio de nosotros. Por la fe descubrimos la Palabra de Dios que nos habla. Por la fe descubrir el misterio de Cristo que se nos da y se hace alimento por nosotros y le podemos comer en el pan de la Eucaristía que no es un simple pan sino que es su cuerpo verdadero.
Pero por la fe lo sentimos en medio de nosotros en el amor y por el amor. Porque sabemos que en el hermano está Cristo mismo; porque sabemos que lo que le hagamos al hermano es a Cristo mismo al que se lo estamos haciendo. Tuve hambre y me disteis de comer, estaba desnudo y me vestiste, sediento y me diste de beber… cuando lo hiciste con uno de estos humildes hermanos.
Por la fe y en el amor en la comunión de los hermanos sentimos que se hace Cristo presente, y desde esa comunión de hermanos llegaremos a vivir la más honda comunión con Cristo, la más honda comunión con Dios.
Que se nos abran los ojos de la fe; que se despierten los sentidos del alma para ver y descubrir a Dios, para sentirle también allá en lo más hondo de nuestro corazón. Dios está presente y en medio de su pueblo, en medio de nosotros, dentro de nosotros. Adoremos ese misterio de Dios que se nos revela.

domingo, 7 de febrero de 2010

Por tu palabra… que no se frustre la gracia de Dios en mí

Is. 6, 1-8;
Sal. 137;
1Cor. 15, 1-11;
Lc. 5, 1-11



Una reacción semejante encontramos en Isaías y en Pedro ante las obras maravillosas del Señor. Estupor, asombro, humildad, conciencia de indignidad, disponibilidad para lo que el Señor les pida.
Se manifiesta la gloria del Señor en la visión de Isaías que contempla el trono excelso de Dios, ‘la orla de su manto llenaba el templo… y temblaban los umbrales de las puertas al clamor de su voz… mientras gritaban los serafines: Santo, santo, santo el Señor de los ejércitos, la tierra está llena de tu gloria…’ Se siente pequeño y perdido porque ha contemplado la gloria del Señor ‘¡Ay de mí, estoy perdido! Yo, hombre de labios impuros, que habito en medio de un pueblo de labios impuros, he visto con mis ojos al Rey y Señor de los ejércitos…’
Es la reacción de Pedro que contempla la gloria del Señor que se manifiesta en la pesca milagrosa. Jesús había estado enseñando a ‘la multitud que se agolpaba a su alrededor para oír la Palabra de Dios… sentado desde la barca’; les había pedido que se introdujeran en el lago para‘echar las redes para pescar’, cuando ellos habían ‘pasado la noche bregando sin coger nada’; Pedro se había fiado de Jesús; ‘por tu palabra echaré las redes… y la redada de peces era tan grande que reventaba la red, de manera que hicieron señas a los socios de la otra barca para que vinieran a echarles una mano’. Y ahí está la reacción de Pedro: ‘Apártate de mi, Señor, que soy un pecador’.
Es hermoso el mensaje que nos trasmite la Palabra de Dios. Podemos contemplar la gloria de Dios, pero es necesario por nuestra parte unas necesarias actitudes para descubrirla. Una apertura de nuestro corazón, una capacidad de admirarnos ante las maravillas en las que se nos manifiesta Dios, una generosidad y disponibilidad de corazón, una humildad grande en nuestra vida dejarnos conducir por el Señor serán cosas necesarias para entrar en esa sintonía de Dios. Y tengamos en cuenta también que en la medida en que vivamos en comunión con los hermanos, podremos vivir más hondamente nuestra comunión con el Señor. Pedro contó con los compañeros de las otras barcas para sacar las redes repletas de peces.
Pedro había estado intentando pescar toda la noche con sus compañeros que eran buenos conocedores de las condiciones del lago. Era esos días en que nada se podía pescar, porque parecía que los peces hubieran desaparecido. Conocedor como era del lago y después de la experiencia de lo infructuoso del trabajo de la noche, se podía haber negado a la petición de Jesús por considerarlo imposible; sin embargo, se fió. ‘Por tu palabra, echaré las redes’.
En estos asuntos de los misterios de Dios, del intento de vivir nuestra vida cristiana, o de nuestros buenos deseos de hacer algo por los demás o realizar alguna labor pastoral, hemos de aprender a fiarnos de Dios. Cuantas veces decimos aquí no hay nada que hacer, yo no soy capaz de más porque yo sé como soy y me siento impotente, yo sé que con estas gentes esto es imposible, es que las cosas son tan difíciles… y así no sé cuantas cosas.
Ponemos nuestro esfuerzo, nuestras ideas e iniciativos, nuestros ‘saberes’ o nuestras técnicas (podemos decirlo así), pero en estas cosas no es sólo tarea nuestra sino que es también y por encima de todo tarea de Dios. Tenemos que aprender a decir como Pedro ‘por tu palabra…’, porque nos fiamos de Dios, porque contamos con su gracia y con su fuerza. Nos costará superarnos, ser mejores, hacer esas cosas buenas o vivir esos compromisos, pero no estoy sólo, la gracia de Dios me acompaña.
‘Por tu palabra…’, porque en verdad queremos escucharle a El, alimentarnos de El, dejarnos enseñar por su Evangelio; ‘por tu palabra…’, porque regamos nuestro trabajo, nuestra acción, nuestra superación o lo que vayamos a hacer con la oración; ‘por tu palabra…’ porque nos dejamos conducir por el Señor que nos ha prometido su Espíritu que estaría siempre en nosotros; ‘por tu palabra…’ porque nos sentimos unidos a la Iglesia, en comunión con los hermanos, donde también se nos manifiesta el Señor.
‘No temas, le dice Jesús, desde ahora serás pescador de hombres’. Tras la experiencia del encuentro con Jesús, tras nuestra gozosa experiencia de Dios, nos sentiremos enviados a una vida nueva y distinta. Será una vida nueva porque por el Señor nos sentiremos purificados allá en lo más hondo de nosotros mismos.
Es hermosa y rica la imagen que vemos en Isaías. ‘Voló hacia mí uno de los serafines, con un ascua en la mano, que había cogido del altar con unas tenazas, la aplicó a mi boca y me dijo: Mira: esto ha tocado tus labios, ha desaparecido tu culpa, está perdonado tu pecado’. Jesús le dice a Pedro ‘no temas’, cuando él se sentía pecador. ‘No temas’, porque el Señor nos purifica, abre nuestros labios para la bueno, para la bendición y la alabanza, para llevar el mensaje, para contar a todos cuántas cosas buenas ha hecho y sigue haciendo el Señor en nosotros.
‘¿A quién mandaré? ¿Quién irá por mí?’, era la voz que finalmente escuchaba Isaías. ‘Aquí estoy, mándame’, es la disponibilidad de su respuesta. Los discípulos, nos dice el evangelio, ‘sacaron las barcas a tierra y dejándolo todo, lo siguieron’. Somos los llamados y los enviados a algo nuevo y distinto.
Una palabra sobre la carta de san Pablo que hemos escuchado. Recuerda el apóstol el evangelio de nuestra fe, ‘el evangelio que os proclamé y que vosotros aceptasteis, y en el que estáis fundados y que os está salvando…’ Nos trasmite lo que es la confesión de fe, el credo de nuestra fe en Jesús muerto y resucitado. Recuerda su experiencia de su encuentro con Cristo resucitado, que a él también se le manifiesta ‘aunque soy el menor de los apóstoles y no soy digno de llamarme apóstol, porque he perseguido a la Iglesia de Dios’. Pero tras su confesión de humildad reconoce que todo en él es gracia de Dios. ‘Por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia no se ha frustrado en mí…’ reconoce. Las mismas necesarias actitudes de las que hemos venido hablando al comentar el evangelio.
Reconozcamos también nosotros esa gracia de Dios en nosotros. También nosotros habremos tenido la experiencia de contemplar la gloria del Señor. Cuánto nos ha regalado el Señor con su amor. Somos pecadores pero intentamos que esa gracia de Dios no se frustre en nosotros, porque queremos ser fieles, queremos vivir en su vida y en su amor. Contemos también nosotros a los demás cuántas maravillas hace el Señor, cuantas maravillas ha hecho también en nosotros.

viernes, 5 de febrero de 2010

Estando con Jesús saboreemos la sabiduría de Dios

1Rey. 3, 4-13
Sal. 118
Mc. 6, 30-34

 
Quiero subrayar brevemente varios pensamientos que me surgen a partir de la reflexión de los textos de la Palabra proclamados hoy.
Hemos hablado en varias ocasiones recientemente cómo Jesús llamó a los Doce para que estuvieran con El. Y hemos escuchado en días pasados cómo los envió a predicar de dos en dos anunciando el Reino, predicando la conversión y dándoles poder sobre los espíritus inmundos. Hoy contemplamos el regreso de los apóstoles que ‘volvieron a reunirse con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado’.
A continuación nos dice el evangelista que Jesús quiso llevárselos a un lugar tranquilo y apartado para estar con El. ‘Venid vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar un poco’. Nos está manifestando la preocupación de Jesús por ese grupo de los apóstoles y cómo, podríamos decir, el trata de cuidarlos de manera especial.
Estar con Jesús. En la intimidad de la soledad. Como amigos que se encuentran y quieren estar juntos para contarse muchas cosas. Lo necesitamos hacer con Jesús. Después de un encuentro así cómo crece la amistad y el amor. Lo necesitamos para alimentar nuestra fe. Es la intimidad de la oración. Es el descanso y el alimento del alma. Es el diálogo de amor. Es sentir la paz del Señor en la vida. Es el hablarle, contarle nuestras cuitas y preocupaciones, pero también es el escucharle, sentir lo que El quiere decirnos allá en lo más hondo del corazón. Es el silencio, quizá, de estar simplemente con El. Necesitamos de ese silencio de paz.
Un segundo pensamiento al hilo de lo que sigue contándonos el evangelio. La gente quiere estar también con Jesús. En esta ocasión vemos que no lo dejan en paz y le buscan a donde quiera que se vaya. ‘Eran tantos los que iban y venían que no encontraban tiempo ni para comer’. Ahora vienen de todas partes e incluso se les adelantan para cuando llegue a desembarcar. ‘Al desembarcar Jesús vio una multitud’ que se les habían adelantado.
Pero aquí aparece una vez más el corazón lleno de amor de Jesús. ‘Le dio lástima de ellos porque andaban como ovejas sin pastor y se puso a enseñarles con calma’. Nunca nos faltará ese amor. Siempre El está dispuesto a alimentarnos. Ahora lo hace con su Palabra. Si siguiéramos leyendo el texto del evangelio, lo veríamos realizar el milagro de la multiplicación de los panes. Es un amor que da totalmente por nosotros.
Finalmente el tercer pensamiento lo tomamos del texto del libro de los Reyes. ¿Qué desearíamos en realidad pedir nosotros al Señor como deseo más importante? Nos lo va a enseñar este texto. Salomón ha heredado el reino de David, su Padre. Se acerca a los santuarios para hacer las ofrendas y dar gracias. ‘Pídeme lo que quieras’, le dice el Señor.
¿Qué es lo que le pediría Salomón? Comienza reconociendo la misericordia que el Señor ha tenido con David, su padre. Para él sólo pide sabiduría y prudencia. No pide riquezas, ni pide poder ni ostentación. ‘Da a tu siervo un corazón dócil para gobernar a tu pueblo, para discernir el mal del bien…’ Un corazón dócil y discernimiento. En una palabra, sabiduría. Saber encontrar el sentido de la vida y de las cosas. Saber discernir el bien del mal. Un corazón que aprecie lo bueno, que busque lo bueno, que sus aspiraciones sean metas altas y nobles.
¿Qué le pedimos nosotros al Señor? ‘Bendito eres, Señor; enséñame tus leyes’, decíamos en el salmo; que sepamos descubrir lo que es la voluntad del Señor. Que por nuestra rectitud y bondad seamos gratos al Señor y toda nuestra vida será bendición y alabanza para el Señor.

Un camino de fidelidad hasta la muerte como Juan Bautista


Eclesiático, 47, 2-13
Sal. 17
Mc. 6, 14-29



El camino de Juan Bautista está íntimamente enlazado con el camino de Jesús. Su misión fue preparar los caminos del Señor. No sólo fue su palabra allá en la austeridad del desierto junto al Jordán sino su vida toda hasta el extrema de, en cierto modo, prefigurar con su muerte la propia muerte de Jesús.
Hoy nos lo manifiesta el evangelio. Cuando la fama de Jesús se fue extendiendo por todas partes y la gente se pregunta quién es Jesús, algunos recuerdan a Juan y hasta se preguntan si Juan el Bautista había resucitado. Es lo que se pregunta también Herodes que había mandado matar al Bautista. ‘Es Juan, a quien yo decapité, que ha resucitado’.
Las preguntas que las gentes se hacen sobre Jesús nos recuerda lo que nos narra san Mateo cuando Jesús pregunta a los discípulos ‘¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?’ Responderán entonces los discípulos: ‘Unos que Juan el Bautista; otros que Elías; otros que Jeremías o uno de los profetas’. Es lo mismo que ahora nos reseña san Marcos.
A continuación nos detalla el martirio del Bautista. ‘Herodes había mandado prender a Juan y lo había metido en la cárcel encadenado…’ ¿Motivo? La situación de su vida era irregular, no conforme con el mandamiento del Señor y como Juan le decía que no era lícito lo que hacía, a instigación de ‘Herodías, que aborrecía a Juan y quería quitarlo de en medio’, lo había metido en la cárcel.
Sin embargo, ‘Herodes respetaba a Juan, sabiendo que era un hombre honrado y santo, y lo defendía’. ¿Qué sucedía entonces? Estaba su debilidad y cobardía. Cuando nos vemos atrapados por el pecado nuestra vida se vuelve más débil y como en una cascada se suceden nuestros tropiezos a cuál mayor. En este caso llegaría a degollar a Juan. Ya conocemos los detalles, la danza de Salomé, las ciegas promesas y juramentos de Herodes, la petición de Herodías a través de su hija, los respetos humanos y Juan se convirtió en un testigo no sólo con su palabra sino con su vida y con su sangre.
Es el mismo camino que llevó a la Cruz a Jesús, fiel al mensaje del Reino y fiel a la voluntad del Padre. ‘Aquí estoy para hacer tu voluntad… no se haga mi voluntad sino la tuya… en tus manos, Padre, encomiendo mi espíritu…’
¿Será así nuestra fidelidad? ¿Será así de firme el testimonio que nosotros damos de nuestra fe y de nuestro sentido cristiano de la vida?
Nos acechan también las debilidades y las tentaciones; muchas veces también nos vemos atrapados en esa espiral de la tentación y del pecado; no siempre es fácil dar nuestro testimonio, testimonio que hemos de hacer creíble con la rectitud de nuestra vida y con nuestra fidelidad hasta el final. ‘Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo’, rezamos en el padrenuestro. Y esto tiene que pasar por una vida ejemplar, una vida santa y sin pecado.
Testimonio que hemos de dar en el día a día. De muchas maneras. ¿Llegarán momentos extraordinarios y el martirio como a Juan? Si así sucediera no nos faltaría la gracia del Señor. Son tantos los que hoy también en nuestro tiempo están dando la vida en muchas partes del mundo por la fe. Pero será en los momentos ordinarios, en las pequeñas cosas de cada día, donde más nos cuesta y donde tiene que resplandecer nuestra fidelidad.

jueves, 4 de febrero de 2010

Enviados para realizar los mismos signos de salvación de Jesús

1Rey. 2, 1-4.10-12
Salmo: 1Cro. 29, 10-12
Mc. 6, 7.-13


‘Llamó Jesús a los Doce y los fue enviando de dos en dos… ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a los enfermos y los curaban…’
No hace muchos días escuchamos cuando Jesús llamó a los Doce para que estuvieran con El, ‘los hizo sus compañeros’, decía el evangelista. Iba a confiarles su misma misión. Hoy vemos cómo Jesús los envía para que realicen lo mismo que El ha estado realizando. El anuncio del Reino de Dios que exige la conversión; el Reino de Dios que se ha de manifestar en la transformación de la vida desde el perdón, la misericordia y la compasión; el anuncio del Reino de Dios que lleva vida y salvación a los hombres. Es lo que vemos reflejado en este texto que nos resume lo que hacían los apóstoles enviados por Jesús.
‘Echaban muchos demonios…’ dice el evangelio. ¿Qué viene a realizar Jesús sino arrancar el mal del corazón del hombre? Es lo que realizan los apóstoles en su predicación realizando signos y milagros como Jesús. Es la tarea de la Iglesia, que la Iglesia sigue realizando, desde el anuncio de la Palabra de Dios que invita a la conversión, que nos ofrece el perdón y la gracia del Señor. Es misión de la Iglesia llevar a los hombres hasta Dios para que se llenen de su gracia y de su vida.
Y nos dice también que ‘ungían con aceite a los enfermos y los curaban…’ Ungir con aceite es un signo del amor y de la compasión; es el bálsamo que cura y que sana; es el bálsamo del amor que viene a sanarnos desde lo más hondo de nosotros; es la expresión de la misericordia. Diríamos que el aceite era como una medicina que se empleaba para calmar los dolores o curar de la enfermedad. Podemos recordar cómo el buen samaritano unge con aceite al hombre malherido que está tirado junto al camino y lo lleva a donde lo puedan curar.
Es la expresión de lo que la Iglesia misericordiosa y compasiva, que quiere reflejar el rostro misericordioso y compasivo de Dios, ha realizado también a través de todos los tiempos. Ahí están tantas obras de misericordia y de amor; ahí están tantas obras de la Iglesia en todos los tiempos para la atención y cuidado de enfermos, ancianos, de todo el que se siente abandonado en su pobreza. Ha realizado y sigue realizando en tantas y tantas instituciones de la Iglesia, en tantos religiosos y religiosas que tienen el carisma de la misericordia y del amor para con los más necesitados, enfermos, ancianos, marginados de la sociedad; en tantos cristianos comprometidos que atienden a los pobres, visitan a los enfermos, se comprometen en voluntariados generosos de atención al prójimo.
Pero estos signos. de los que nos habla el evangelio hoy que realizaban los apóstoles enviados por Jesús, pueden indicarnos algo más de esa salvación de la que la Iglesia es portadora. Son los sacramentos por los que nos llega la gracia y la salvación de Jesús. Signos sagrados que significan y son la gracia del Señor, según la definición tradicional. Cuando se nos anuncia el Reino de Dios al que hemos de convertirnos, al aceptarlo nos unimos a Jesús para vivir su misma vida, para hacernos partícipes de su salvación. ¿Cómo realizamos esa unión con Cristo y esa participación en su vida salvadora? A través de los sacramentos nos llenamos de la gracia de Jesús.
Ese ungir con aceite a los enfermos nos recuerda precisamente uno de los sacramentos, en concreto el sacramento de la Unción de los Enfermos. Ese, como todos sabemos, es el signo del sacramento, la imposición de manos y la unción con el óleo santo, para hacernos presente a Jesús que nos sana y nos salva con su gracia.
La Iglesia, enviada como los Apóstoles, sigue realizando el mismo mandato de Cristo, sigue realizando la misma salvación de Cristo. Es la obra del amor, de la misericordia, de la compasión que nosotros hemos de realizar también con los demás.

miércoles, 3 de febrero de 2010

Para el que tiene fe nada es imposible

2Sam. 24, 2.9-17
Sal. 31
Mc. 6, 1-6


En los pasados domingos se nos ha proclamado según el evangelista Lucas la presencia de Jesús en su pueblo de Nazaret y su presencia en la sinagoga. Hoy es san Marcos el que nos habla, en pasaje paralelo, de la visita de Jesús a Nazaret y de su enseñanza en la sinagoga. ‘Cuando llegó el sábado empezó a enseñar en la sinagoga’. La reacción de la gente que nos narran ambos evangelistas es semejante. Y nos vuelve a decir el evangelista: ‘No pudo hacer allí ningún milagro… y se extrañó de su falta de fe’.
Esta reacción y esta falta de fe me ha llevado a hacerme algunas consideraciones que comparto con ustedes y espero les puedan ayudar valorar y a crecer más y más en ese don maravilloso de la fe.
Imaginemos que hemos de atravesar un bosque bien enmarañado en una noche oscura sin que hubiera unos caminos bien trazados y sin ninguna luz que nos ayude a encontrar la senda. Andaríamos bien perdidos y exponiéndonos además a numerosos peligros. Nos habría ofrecido alguien una luz que nos pudiera ayudar la senda, pero habíamos rehusado porque nos decimos que ya la encontraremos y que no lo necesitamos.
Puede valernos la imagen para darnos cuenta de lo que necesitamos la luz de la fe en el camino de la vida. ¡Qué importante es la luz de la fe! Nos ayuda a encontrar el verdadero y más profundo sentido de nuestra vida. A dónde vamos, de dónde venimos, qué sentido y valor tiene lo que hagamos, dónde está lo que va a dar auténtica plenitud a nuestro vivir.
Pienso que cuando nos falta la luz de la fe es como si camináramos a oscuras, y quien camina a oscuras no podrá encontrar el camino, andará bien perdido. La fe nos va a llevar a esa plenitud de nuestra existencia. Y si, como sucede con nuestra fe, nos vamos a encontrar con un Dios que nos ama y que es nuestro Padre, cuánto mayor sentido y plenitud le damos a nuestra vida. Si nos encontramos con un Dios que nos ama tanto que nos entrega a su Hijo para ser nuestro Salvador, vamos a encontrar el gozo más grande y más hondo para nuestra vida.
Dios nos ofrece esa luz. Pero algunas veces los hombres en nuestro orgullo y autosuficiencia la rehusamos y pretendemos hacer el camino de la vida sin ella. Nos queremos valer por nosotros mismos y andamos como sin rumbo, sin metas, sin trascendencia, sin espíritu.
Busquemos esa luz. No rehuyamos su resplandor. Cuidemos de no perder la luz de la fe. Tenemos que cuidarla como se cuida el bien más precioso. Tenemos que alimentarla para que no se nos apague nunca. Hemos de tratar de vivir en consonancia con esa fe. Porque un peligro que tenemos es que llamándonos creyentes y cristianos algunas veces vivamos como si no tuviéramos fe, perdiendo valores y perdiendo trascendencia, viviendo demasiado atados a lo material y prescindiendo de los valores del Espíritu. Son tentaciones que podemos sufrir, son actitudes y posturas que se nos pueden como pegar de un ambiente de indiferencia y hasta de increencia que hay a nuestro alrededor.
Démosle gracias a Dios por ese don maravilloso de la fe. Con esa luz nos sentimos seguros. Para el que tiene fe nada es imposible, porque sabe además que Dios es su roca y su fortaleza, su vida y su amor.

martes, 2 de febrero de 2010

Luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel


FIESTA DE LA VIRGEN DE CANDELARIA


Mal. 3, 1-4
Sal. 23
Heb. 2, 14-18
Lc. 2, 22-40


Aquella mañana en el templo de Jerusalén habían de haber sonado solemnes y vibrantes las trompetas anunciando la llegada del Salvador. ‘Portones, alzad los dinteles, que se alcen las antiguas compuertas: va a entrar el Rey de la gloria. ¿Quién es ese Rey de la gloria? Es el Señor, héroe valeroso, Dios de los ejércitos… el Salvador a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo, Israel’.
Malaquías lo había anunciado: ‘De pronto entrará en el santuario el Señor a quien vosotros buscáis, el mensajero de la alianza que vosotros deseáis: miradlo entrar…’
No resonaron las trompetas, ahora entraba como un niño recién nacido en brazos de sus padres para cumplir con lo mandado por la ley de Moisés y presentar la ofrenda de todo primogénito varón, la ofrenda de los pobres ‘un par de tórtolas o dos pichones’. San Lucas en el evangelio nos lo narra con todo detalle. Solamente unos venerables ancianos, Simeón y Ana, porque el Espíritu del Señor estaba en ellos, fueron los únicos capaces de reconocer al Mesías Salvador que llegaba. ‘Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse paz, porque mis ojos han visto a tu Salvador’.
Un día de forma solemne pero humilde también entraría en la ciudad camino del templo pero montado sobre un borrico y aclamado por los niños y por los sencillos de corazón que reconocerían en El al Hijo de David. ‘Bendito el que viene en el nombre del Señor’, aclamarán entonces, pero que sería anuncio y preparación de otra entrada, o de otro camino atravesando la ciudad santa, pero escarnecido bajo el peso de la Cruz realizar en su plenitud por nosotros la obra de nuestra salvación, inmolándose como cordero inmaculado por la salvación del mundo.
Es el que había dicho al entrar en el mundo, como recuerda en otro lugar la Escritura Santa: ‘Aquí estoy, oh Padre, para hacer tu voluntad’. Se convertiría en ‘pontífice compasivo y fiel para expiar así los pecados del pueblo’, que nos dice asimismo hoy también la carta a los Hebreos.
Nosotros hoy ‘llenos de alegría, salimos al encuentro de nuestro Salvador’ en esta celebración gozosa de la presentación de Jesús en el templo. Hemos tomado en nuestras manos los cirios encendidos porque estamos reconociendo al que es la Luz de todos los hombres y todas las naciones. Somos testigos de esa luz y al mismo tiempo somos portadores de esa luz. Y así con valentía queremos reconocerlo ante todos los hombres, ante nuestro mundo, tan necesitado de luz.
Es para nosotros el recuerdo de un compromiso adquirido desde nuestro Bautismo de mantener esa luz de la fe y de la vida divina siempre encendida en nuestro corazón y con la que queremos y tenemos que iluminar nuestro mundo. Es el mandato que hemos recibido del Señor.
Es para nosotros también una esperanza porque con esa luz encendida siempre en nuestras manos, siempre en nuestra vida, esperamos un día poder participar en las bodas eternas del Reino de los cielos. ‘Concédenos caminar por la senda del bien, para que podamos llegar a la luz eterna’, hemos pedido en la bendición de los cirios. Es la trascendencia con que vivimos cada momento de nuestra vida.
Esta fiesta grande que hoy estamos celebrando tiene para nosotros también una connotación mariana, porque contemplamos a María con su hijo en brazos en su entrada en el templo para su presentación al Señor, y contemplamos la imagen de María de Candelaria, tan querida para nosotros con su Hijo Jesús en brazos presentándonoslo como esa luz de la que tenemos que dejarnos iluminar. En una mano lleva una candela, como un signo, mientras con la otra nos está presentando y ofreciendo a Jesús al que hemos siempre de escuchar y seguir.
Por eso hoy para nosotros es la fiesta de la Virgen de Candelaria, nuestra Madre y Patrona, la que se adelantó a las avanzadillas de los misioneros en los momentos de la llegada de los castellanos a estas islas, para abrir el camino a los pobladores de estas tierras para ir al encuentro con Jesús. María de Candelaria, la primera misionera de nuestras islas y la madre que siempre ha estado a nuestro lado para enseñarnos el camino que nos lleva hasta Jesús. Una fiesta hermosa y entrañable para nosotros. Una fiesta en la que queremos mostrar a nuestra madre nuestro mas hondo amor de hijos. Por eso nos postramos a sus pies, la visitamos en su Santuario y la llevamos en lo más hondo de nuestro corazón.
Amemos a María; no olvidemos nunca a María de Candelaria, como nunca se olvida a una madre; mostrémosle todo nuestro amor queriendo copiar en nosotros sus virtudes y su santidad para revestidos de María, estemos siempre con la vestidura blanca de nuestra dignidad de cristianos y con el cirio de luz en nuestras manos, para que así día podamos ir al encuentro definitivo con el Señor.

lunes, 1 de febrero de 2010

El Señor nos libera de las esclavitudes que nos oprimen y esclavizan

2Sam. 15, 13-14.30; 16, 5-13
Sal. 3
Mc. 5, 1-20


Cuando Jesús proclamó en la Sinagoga de Nazaret el texto de Isaías señalaba que el Espíritu del Señor le enviaba ‘a proclamar la liberación de los cautivos y a dar vista a los ciegos, a liberar a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor’.
Le vemos en el evangelio realizando signos y milagros que nos anuncian y señalan cómo el Reino de Dios se va construyendo, cuando nos va liberando del mal para que así Dios sea en verdad el único Señor y Rey de nuestra vida. Hoy le contemplamos en el evangelio manifestándonos ese señorío de Dios sobre el hombre para que nunca más el hombre se vea sometido, esclavizado bajo las garras del mal. Es lo que contemplamos que Jesús realiza con aquel hombre poseído por un espíritu inmundo en Gerasa en la otra orilla del lago.
‘Jesús y sus discípulos llegaron a la orilla del lago en la región de los gerasenos. Apenas desembarcó le salió al encuentro un hombre poseído de espíritu inmundo’, un endemoniado como decimos también. Un hombre tan poseído del mal que ninguna fuerza humana podía sujetar, pero que eso nos indica cómo se sentía esclavizado por el mal.
Ya conocemos el diálogo con Jesús, desde su reconocimiento de quién es Jesús, ‘el hijo del Altísimo’, como lo llama, hasta pedirle que si le manda salir de aquel hombre le deje introducirse en la piara de cerdos que hoza por los alrededores. Los demás detalles ya los hemos escuchado en el relato evangélico.
Jesús libera a aquel hombre del mal. Jesús quiere arrancar el mal de nuestro corazón. No vamos a hablar ahora de posesiones diabólicas ni de exorcismos, que necesitarían más amplias explicaciones, pero sí podemos hablar como el mal y el pecado se va introduciendo tantas veces en nuestro corazón. Cuánto nos cuesta muchas veces superar la tentación; cuánto nos cuesta arrancarnos del mal cuando se introduce en nuestra vida como una mala costumbre o un vicio. Todos nos damos cuenta cómo, por ejemplo, la persona que está enviciada por la droga o la bebida u otra fuerte pasión se siente atado y arrastrado por ese vicio que le quita hasta la libertad.
Podemos pensar en esos, llamémoslos así, vicios mayores, pero podemos pensar en esas pequeñas malas costumbres, esas rutinas que atan nuestra vida en nuestro trato diario con los demás; en esas pequeñas o grandes ataduras que aparecen en nuestra vida y de las que no nos podemos desprender: cosas a las que tenemos apegado el corazón y sin las cuales parece que no pudiéramos vivir, muletillas en nuestras palabras que pudieran ser ofensivas para los demás y que parece que no podemos dejar de decirlas, rutinas en nuestras conversaciones que nos llevan al juicio fácil contra los demás para murmurar, para criticar, para jugar al otro.
Son cosas que nos pueden muchas veces parecer minucias pero que tienen su importancia, porque quizá cuando nos dejamos llevar por ellas nuestro amor, por ejemplo, no es todo lo delicado que tendría que ser. Muchas veces queremos superarnos, dejar de actuar así, pero nos vemos como atados a esas malas costumbres y nos cuesta corregirnos y mejorar en nuestra vida.
Un cristiano que se toma en serio su vida tratará de examinarse y ver siempre lo que tiene que mejorar. Vigilancia, deseos de superación, crecimiento en lo humano y en lo espiritual, son tareas que hemos de saber realizar. Pero en ese crecimiento de nuestra vida, lo mismo que en esa purificación interior que hemos de ir realizando, tenemos que darnos cuenta que no es una tarea que hagamos sólo por nosotros mismos. Cristo, el Señor, está a nuestro lado, nos concede la gracia y la fuerza de su Espíritu para que podamos realizarlo. Es el Señor el que en verdad nos liberará de ese mal que se ha ido introduciendo en nosotros. Es el perdón generoso que nos concede cuando humildemente vamos a El reconociendo nuestro pecado, pero es también la fuerza de su gracia para esa purificación y ese crecimiento en la vida de la gracia.
Dejemos que el Seños nos libere. Dejemos que la gracia de Dios actúa en nosotros, que muchas veces esos pequeños defectos, fallos o debilidades se pueden convertir en una legión dentro de nosotros.

domingo, 31 de enero de 2010

Las reacciones ante Jesús y nuestra fe en El a pesar de las oscuridades


Jer. 1, 4-5.17-19;
Sal. 70:
1Cor. 12, 31-13, 13;
Lc. 4, 21-30


‘Todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de sus labios…’ y luego al oír lo que Jesús les decía ‘todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo empujaron fuera del pueblo hasta un barranco del monte en donde se alzaba el pueblo con intención de despeñarlo’.
Nos puede parecer incomprensible que tan pronto pasaran de la aprobación y admiración a los recelos y desconfianzas hasta terminar en el rechazo más grande de querer despeñarlo por un barranco. Primero era el orgullo de que era un hijo del pueblo, ‘¿no es éste el hijo de José?’, pero como quizá pronto comprendieron que Jesús ni estaba en la búsqueda de alabanzas y de orgullos patrióticos ni tampoco por ser el taumaturgo que les contentara sus deseos, fue el cambio tan radical que tuvieron. Como dirá el evangelio en otro lugar ‘allí no hizo Jesús ningún milagro por su falta de fe’.
Podíamos decir que Jesús no se deja manipular por los fervores de sus convecinos; les da a entender que la salvación que El les ofrece – y bien explicado está en el texto de Isaías que acaba de proclamar – va más allá de unos privilegios para las gentes de su pueblo, porque tiene un alcance universal. ‘Sin duda me recitaréis aquel refrán: médico, cúrate a ti mismo y haz aquí en tu tierra lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún’. Y para que lo comprendan les recuerda a Elías y a Eliseo; en tiempos de hambre en Israel, uno dio de comer a una viuda de Sarepta, del territorio de Sidón, luego no judía, y el otro curó a Naamán, el sirio, mientras ‘muchos leprosos había en Israel’.
Nos está manifestando este texto la libertad con que Jesús hablaba. Lleno del Espíritu de Dios proclamaba la Buena Nueva y la salvación para todos. Sin embargo, lo veremos repetido en el evangelio, no todos comprenden esa Buena Nueva y esa Salvación que Jesús proclama.
¿Comprenderemos nosotros? ¿Buscaremos también en Jesús palabras que nos halaguen y contenten o aceptaremos en toda su profundidad y radicalidad la Buena Nueva que Jesús nos ofrece? Muchas veces quizá nos vemos turbados porque nos decimos que somos buenos y hacemos tantas cosas, pero luego no nos faltan los problemas, las cosas no nos salen bien o estamos llenos de dolores y sufrimientos. ¿Buscaremos quizá en nuestra fe en Jesús un refugio que nos inmunice o nos libere de los problemas con que nos vamos encontrando en la vida? Cuantas veces hemos dicho quizá que el Señor no nos escucha porque no nos hace lo que pedimos y cómo nosotros se lo pedimos.
Ante las cosas que nos suceden, las cosas malas que vemos a nuestro alrededor o tantas calamidades que llevan el sufrimiento a mucha gente, tenemos también la tentación de rebelarnos y preguntarnos dónde está Dios. Seguramente es una pregunta que estos mismos días nos hemos podido hacer cuando contemplamos catástrofes como las acaecidas en el terremoto de Haití. Y esto les puede llevar a muchos a un rechazo o a una pérdida de la fe.
Ha aparecido en una de tantas fotografías de Haití que estos días hemos podido contemplar la imagen de un Crucificado en una de esas Iglesias también destruidas por el terremoto caído en medio de los escombros y todo roto y destrozado. Es una hermosa imagen que puede decirnos mucho. Ahí en medio de tanto dolor, tanta muerte y sufrimiento, de tanta desesperación e impotencia, también está Cristo.
Es el Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, roto y destrozado en una cruz por nosotros. En ese dolor, en ese sufrimiento está Cristo que ha asumido también nuestro dolor y nuestro sufrimiento. Así tenemos que verlo al lado de nuestro camino, con nuestras debilidades y nuestros sufrimientos, con nuestros problemas y también con nuestras carencias. Cristo está con nosotros. El es en verdad nuestra vida y salvación. Nos costará verlo en ocasiones, pero por nuestra fe sepamos descubrirlo y sentirlo.
Quería hacer una referencia también a lo que hemos escuchado al profeta Jeremías. Nos habla de su vocación y de su misión. ‘Antes de formarte en el vientre, te escogí; antes de que salieras del seno materno, te consagré: te nombre profeta de los gentiles’. No fue fácil al profeta cumplir su misión porque continuamente se encontraba con el rechazo del pueblo a la Palabra del Señor que él pronunciaba; rechazo que incluso puso en peligro su vida en más de una ocasión.
‘Tú cíñete los lomos, ponte en pie y diles lo que yo te mando… no les tengas miedo… yo te convierto hoy en plaza fuerte, columna de hierro, muralla de bronce frente a todo el país… lucharán contra ti, pero no te podrán, porque yo estoy contigo para librarte’. Ahí encontraba el profeta su fortaleza para anunciar la Palabra de Dios.
Es un texto que al escucharlo hoy en la liturgia como primera lectura en el que está clara la referencia a Jesús. Pero tendríamos que decir también a la fortaleza de nuestra fe. Nada tendría que apartarnos de nuestra fe en Jesús. Nada tendría que debilitar nuestra fe.
Creemos en Jesús no porque busquemos en El palabras halagadoras o complacientes, ni porque ansiemos el milagro fácil que nos libere de nuestros problemas. Creemos en Jesús y, aún en medio de las oscuridades e interrogantes que nos puedan surgir desde nuestro sufrimiento o el sufrimiento de los demás, lo contemplamos a El en la cruz y caminando a nuestro lado para ser luz y fortaleza para nuestra vida. Creemos en Jesús y con la fuerza de su Espíritu luchamos por los demás, nos comprometemos con ellos, y queremos que la salvación total de Jesús llegue a todos. Creemos en Jesús y queremos seguirle en el camino de amor, que nos haga incluso olvidarnos de nosotros mismos porque así es el amor verdadero.
Y ya que hablamos del amor, y hemos escuchado en la segunda lectura el hermoso himno de la caridad de la carta de san Pablo a los Corintios, quizá tuviéramos que hacernos una breve consideración. Nos admiramos de la belleza de este himno y en muchas ocasiones nos agrada leerlo o escucharlo, pero ¿tratamos seriamente de vivir en nuestro amor y en nuestra relación con los demás todas esas características que nos descubre? ¿es así de delicado, de paciente y de humilde, de comprensivo y de infinito nuestro amor por los que están a nuestro lado?

sábado, 30 de enero de 2010

Que no nos hundamos, Señor, en el mar del pecado

2Sam. 12, 1-7.10-17
Sal. 50
Mc. 4, 35-40


‘Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?’ Una súplica casi desde la desesperación. Atravesaban el lago en barca y se levantó una de aquellas tormentas terribles que de vez en cuando azotaban el lago, debido al contraste de vientos entre altas montañas – el Golán y el Hermón en las cercanías - y en la depresión que de por sí tiene el mismo lago. ‘Se levantó un fuerte huracán y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua. Jesús estaba a popa dormido sobre un almohadón’, dice el evangelio.
‘¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?’, fue la réplica de Jesús después de amainar el lago con su autoridad. ‘Silencio, cállate’. Se había puesto en pie, increpado al viento y dijo al lago.
La autoridad de Jesús también sobre las fuerzas naturales. Es el Hijo de Dios que igual cura a un enfermo, que resucita a un muerto o calma la tempestad. Pero todo es un signo de hondo que Jesús quiere hacer en nuestra vida con su salvación. Nos trae la gracia, el perdón, la vida.
Andamos muchas veces en medio de las turbulencias de las tempestades de la vida. ¿Sabremos acudir al Señor? Pero no son sólo esos problemas ordinarios en los que nos vemos envueltos. Será lucha por caminar con rectitud. Será el esfuerzo por superarnos y vivir el amor que El nos enseña. Pero a veces las turbulencias de las tentaciones están a punto de hundirnos o realmente algunas veces nos hunden. Y cuando caemos por esa pendiente todo se vuelve muy resbaladizo y peligroso.
Hemos escuchado ayer y hoy el relato del libro de Samuel que nos habla del pecado de David. Fueron muchas cosas que se fueron concatenando. Su lujuria que le llevó al adulterio; el intento de sobornar de alguna forma a Urías con regalos para que fuera a cohabitar con su mujer y todo pudiera pasar desapercibido; la maldad de mandar ponerlo en la batalla en lugar peligroso para que pereciera… Qué resbaladizo es el camino de la tentación y del pecado. Nos metemos en esa turbulencia y no sabemos cómo salir. Y luego hasta queremos justificarnos y decir que estábamos solos.
Hoy hemos escuchado cómo el profeta se encara con David y le hace reconocer su pecado con aquella sencilla parábola. Llegó a él la Palabra del Señor a través del profeta y supo reconocer su pecado. Pidió piedad al Señor. El salmo 50 que hemos recitado ayer y hoy es atribuido a David como confesión de su pecado.
Como los discípulos que iban en la barca junto a Jesús en medio de la tormenta y les parecía que Jesús se desentendía de ellos, así andamos a veces en la vida nosotros. Pero el Señor está ahí. Basta que lo invoquemos cuando llega el momento difícil de la tentación. El hará siempre que se calme esa tormenta que nos puede hundir. Pero tenemos que decirle en verdad y con todo sentido eso que ya decimos en el padrenuestro pero que lo decimos tan corriendo que no caemos en la cuenta de lo que decimos. ‘No nos dejes caer en la tentación… líbranos del mal’.
No temamos mientras vamos por el embravecido mar de la vida en medio de tantas turbulencias. El Señor está con nosotros. El nos hará llegar a la otra orilla sanos y salvos. Con el podemos vivir la santidad a la que estamos llamados.

viernes, 29 de enero de 2010

Las maravillas de Dios que se manifiestan en las cosas sencillas

2Sam. 11,1-17
Sal. 50
Mc. 4, 26-34


¡Ojalá tuviéramos la capacidad del hombre de corazón humilde y sencillo para dejarnos sorprender por las maravillas del Señor! Nuestros ojos se van oscureciendo, nos vamos acostumbrando a las cosas, son tan variadas las experiencias que vamos teniendo en la vida, que lo sencillo ya nos llama la atención, no nos dejamos sorprender por esas maravillas de Dios que se realizan las más de las veces en las cosas sencillas.
Hoy nos lo queremos explicar todo científicamente y no está mal que lo hagamos pues Dios nos ha dado también esa capacidad, pero no somos capaces de detenernos a admirar el mismo misterio de la vida, sea cual sea. Una semilla que se echa en la tierra, que germina y hace nacer una planta, que crece se llena de flores y de frutos, nos puede parecer lo más natural del mundo, pero ahí hay todo un misterio hermoso.
Hoy Jesús nos lo propone como parábola para hacernos comprender la maravilla del Reino de Dios. ‘El Reino de Dios se parece a un hombre que echa simiente en la tierra… la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo…’ Nos había hablado de la semilla en la parábola del sembrador para decirnos que es la Palabra que se siembra y se espera que dé fruto. Hoy nos habla de ese crecimiento misterioso a la vez que maravilloso que se va produciendo en el corazón del hombre, como se ha de producir también en nuestro mundo y en nuestra sociedad donde es sembrada la Palabra de Dios.
Es la fuerza y la vida de Dios que crece dentro de nosotros y nos transforma. Es la acción maravillosa de Dios que va actuando en nuestro mundo. Es la acción de la gracia que se derrama sobre nosotros y mueve nuestro corazón. No nos fuerza el Señor, porque siempre respeta nuestra libertad pero sí actúa en nosotros, sí mueve nuestro corazón con su gracia; sí se siente la acción del Espíritu que va realizando maravillas en nosotros.
¿Nos faltará fe para ver, para descubrir, para sentir esa acción de Dios? Es necesario que tengamos esa fe y esa confianza; es necesario dejarnos sorprender por ese actuar de Dios que actúa no a nuestros ritmos ni a nuestra manera. Unos ojos de fe para saber mirar con la mirada de Dios porque sólo así llegaremos a captar bien lo que es la acción de Dios.
Creo que nos puede ayudar en todo esto un espíritu fuerte de oración. Oración sí, en la que pedimos a Dios y tenemos en cuenta tantas necesidades o tantas intenciones que tengamos en nuestra mente y en nuestro corazón; pero oración en la que dejemos introducir a Dios en nuestro corazón; oración en la que seamos capaces de ponernos en sus manos para descubrir su voluntad y para saber aceptarla para nuestra vida.
Muchas veces hemos hablado de cómo tenemos que ir sembrando semillas del Reino de Dios en medio de ese mundo en el que vivimos. Pero en nuestras humanas impaciencias nos parece que no se manifiestan los frutos tal como nosotros quisiéramos y nos podría parecer inútil o un fracaso aquello que vamos haciendo. Recordemos la parábola de hoy. La semilla germina no por lo que nosotros hayamos hecho sino por la fuerza del Espíritu del Señor. Y recordemos también la otra parábola que nos ofrece hoy el evangelio, la parábola de la mostaza. Son las cosas pequeñas, como la pequeña semilla de la mostaza que puede darnos un arbusto grande, en las que Dios se manifiesta, o las que nosotros tenemos que ir sembrando, que será Dios el que hará que de ahí puedan salir cosas grandes y maravillosas.
Que seamos capaces de admirarnos de las maravillas de Dios que se manifiestan también en las cosas pequeñas, humildes y sencillas.

jueves, 28 de enero de 2010

Que alguien encienda una luz, nos piden

2Sam. 7, 18-19.24-29
Sal. 131
Mc. 4, 21-25


Por favor que alguien encienda una linterna o alguna luz, fue el grito que se escuchó en la oscuridad al fallar la energía eléctrica en aquella reunión donde había muchas personas. Poco a poco apareció una linterna por allá, la luz tintineante de un mechero de gas, unas cerillas que encendieron por otro lado, y hasta el resplandor de los teléfonos móviles comenzaron a iluminar la estancia; cada cual con la luz que tenía.
Hoy hablamos mucho de energías renovables entre ellas la energía solar, que recoge la luz del sol en unos acumuladores que tanto nos pueden dar luz luego como calor y otros productos energéticos. Recuerdo hace años cuando aun se estaba comenzando en esto ver algunas experiencias de iluminación de calles o caminos, con unas lámparas que llevaban adosada la placa solar con sus acumuladores que debían estar debidamente orientadas hacia el sol. Recibían la luz solar y eran luego portadoras o dispensadoras de luz.
¿Por qué toda esta introducción? Hoy nos ha dicho Jesús en el evangelio: ‘¿Se trae el candil para meterlo debajo del celemín o debajo de la cama, o para ponerle en el candelero?’ La lámpara hay que ponerla en un lugar adecuado, mejor en alto, para que pueda iluminar a todos. ¿Qué nos está queriendo decir Jesús? Que nosotros somos luz que tenemos que iluminar y nuestra luz no la podemos ocultar, sino todo lo contrario tiene que resplandecer para que ilumine bien a los demás.
En algún momento de la historia del cristianismo a los cristianos se les llamaba los iluminados. Habían sido iluminados por la luz de Cristo pero con esa luz habían de iluminar también a los demás. Ya Jesús nos lo dice: ‘sois la luz del mundo’. Aunque no es nuestra luz, sino la luz de Cristo que nos ha iluminado a nosotros y con la que tenemos que iluminar a los demás. Pero eso, tenemos que dejarnos iluminar por Cristo. Simbólicamente se nos dio una luz encendida del Cirio Pascual en nuestro Bautismo y se nos pedía que teníamos que mantener siempre encendida esa luz hasta que fuéramos al encuentro con Cristo. Por eso a la hora de la muerte de un cristiano, en sus exequias, se enciende de nuevo la luz del Cirio Pascual junto al cadáver del cristiano.
Es luz de la fe con la que tenemos que iluminar. Es la luz de nuestro amor y de nuestras buenas obras. Es la luz con que resplandecemos en nuestro ejemplo, en el cumplimiento de nuestras responsabilidades. Es la luz de nuestro compromiso por los demás y por nuestro mundo. Es la luz, en una palabra, de toda nuestra vida cristiana.
Pero eso luz tenemos que cuidarla, mantenerla encendida, alimentarla. Como aquellos acumuladores de energía solar que tienen que estar debidamente orientados hacia el sol, así nosotros tenemos que estar orientados siempre hacia el Señor. Para que nos llegue su luz, para que alimentemos debidamente nuestra vida y nuestra fe. Por eso qué presente tiene que estar la Palabra de Dios en nuestra vida, la oración, la participación en los sacramentos.
Ese mundo nuestro, del que nos quejamos tantas veces, que está a oscuras, nosotros tenemos que iluminarlo con nuestra luz, que no puede ser otra que la luz de Cristo. Que alguien encienda una luz, quizá escuchamos tantas veces pidiéndonos que llevemos nuestra luz, que iluminemos tantas oscuridades. Por eso tenemos que tener los acumuladores, las baterías bien recargadas, para que no nos falte esa luz y para que podamos dar esa luz a los demás.

miércoles, 27 de enero de 2010

Un templo agradable para nuestro Dios

2Sam. 7, 4-17
Sal. 88
Mc. 4, 1-20


‘¿Eres tú quien me va a construir una casa para que habite en ella?’ David había mostrado deseos de construir un templo para el Señor. En principio el profeta se lo había aprobado, pero ahora recibe una palabra del Señor para David que le comunica. Será otro, su hijo Salomón, el construya el templo del Señor, pero ahora Dios quiere hacerse presente y habitar de otra manera en medio de su pueblo. El Señor va darles paz en medio de los pueblos vecinos, va a hacer grande el nombre de Israel y va a consolidar el trono de David.
‘Te pondré en paz con todos tus enemigos, te haré grande y te daré una dinastía… tu casa y tu reino durarán por siempre en mi presencia y tu reino durará para siempre…’ son las palabras proféticas y de esperanza del Señor a través del profeta.
En el orden humano la dinastía de David acabará, pero estas palabras tienen un claro anuncio mesiánico. No olvidemos que cuando el ángel del Señor le anuncia a María el nacimiento de Jesús le dice: ‘El será grande, será llamado Hijo del Altísimo: el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob por siempre y su reino no tendrá fin…’
¿Cuál es el templo que hemos de construirle al Señor? ¿Será un templo material, un edificio terreno o será nuestro corazón y nuestra vida la que tiene que ser un templo agradable al Señor? Podemos recordar por una parte cuando Jesús hablaba del templo de su cuerpo, cuando lo de la expulsión de los vendedores del templo, con lo que venía a decirnos que El es el verdadero templo de Dios, ya que en El se nos está manifestando el mismo Dios. Lo relacionamos con lo anunciado por el profeta que le hablaban de que la casa y el reino de David iban a durar para siempre, en clara referencia a Jesús.
Y podemos recordar que nosotros hemos sido ungidos en nuestro bautismo para ser morada de Dios y templo del Espíritu. Lo que nos está hablando de nuestra dignidad grande que se nos ha concedido por nuestra unión con Jesús. El profeta le decía a David ‘te pondré en paz con todos tus enemigos y te haré grande y te daré una dinastía…’, lo cual ya nos está indicando cómo ha de ser nuestra vida con una santidad en consonancia con esa dignidad de hijos de Dios.
Finalmente si el profeta le anunciaba un reino que duraría para siempre y eso es lo que luego el ángel va a repetir de alguna forma en el anuncio a María del nacimiento de Jesús, hoy hemos escuchado en el Evangelio cómo Jesús con parábolas nos enseña cómo ha de ser ese Reino de Dios y las actitudes que tiene que haber en nuestro corazón para acogerlo.
‘Les enseñó mucho rato en parábolas, como solía enseñar’, nos dice Marcos. Y la primera parábola que nos propone es la parábola del sembrador. ¿Será necesario repetirla ahora? No nos hace daño, sino todo lo contrario, que una y otra vez la leamos, la escuchemos allá en lo más hondo de nosotros mismos, porque muchas veces esa actitud en la que damos por sabida ya una Palabra que se nos proclama nos está indicando que piedras o qué abrojos estamos poniendo en la tierra de nuestro corazón y que nos impedirán que podamos dar el fruto que se nos pide.
Esa necesaria actitud positiva, esa apertura de nuestro corazón, ese dejar a un lado todas esas cosas que nos puedan impedir escuchar con atención y sinceridad la Palabra que se nos proclama para que en verdad seamos esa buena tierra en la que caiga la semilla, son posturas y actitudes que hemos de tener en la escucha de la Palabra. Así podremos ir construyendo ese Reino de Dios en nosotros y haciéndolo presente en nuestro mundo. Así seremos ese templo digno y preparado para el Señor y todo nuestra vida sea un culto agradable a Dios.

martes, 26 de enero de 2010

Toma parte en los duros trabajos del evangelio

2Tim. 1, 1-9
Sal. 95
Lc. 10, 1-9


Si ayer celebrábamos la fiesta de la conversión de san Pablo, hoy celebramos la memoria de dos discípulos queridos de Pablo, Timoteo y Tito, y a los que dirige cartas que conservamos en el canon del Nuevo Testamento.
Timoteo, que procedía de Listra, hijo de padre griego y madre judía, acompañó a Pablo desde su segundo viaje y estuvo con él como compañero inseparable y a quien le confió misiones importantes. En más de una ocasión compartió hasta prisión con el apóstol que en la carta a los Filipenses da un precioso testimonio llamándolo su hijo muy querido. Esta segunda carta de la que hoy escuchamos los primeros párrafos fue escrita estando Pablo en prisión, y ya probablemente Timoteo al frente de la Iglesia de Éfeso.
Tito, de origen pagano, fue convertido a la fe por Pablo, que lo llama verdadero hijo en la fe común, y también acompañó a Pablo y que le confía diversas misiones y que la tradición nos lo sitúa al frente de la comunidad de Creta cuando le escribe la carta.
Hemos leído, como decíamos, los primeros párrafos de la segunda carta a Timoteo, donde vemos que el apóstol se hace todo elogios de la fe de Timoteo, así como la de su madre Eunice y su abuela Loida. ‘Guardo el recuerdo de la sinceridad de tu fe’, le dice el apóstol. Y después de recordarle que ‘Dios no nos ha dado un espíritu de temor, sino de fortaleza, de amor y de ponderación’, le invita a la fidelidad ‘con la confianza puesta en el poder del Señor’, y continuará diciéndole ‘no te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor…, sino toma parte en los duros trabajos del evangelio según la fuerza que Dios te dé’. ¿Dónde nace esa confianza y esa fortaleza? ‘Dios nos ha salvado y nos ha dado una vocación santa, no por nuestras obras, sino por su propia voluntad y por la gracia que nos ha sido dada desde la eternidad en Jesucristo’.
Podemos escuchar esa invitación como dicha a nosotros. Invitación a la fidelidad, a dar testimonio, a mantenernos firmes en nuestra fe y en nuestro amor. No nos faltará la gracia del Señor. El ha prometido estar con nosotros hasta el final de los tiempos, nos concede el don de su Espíritu, que es Espíritu de fortaleza. La gracia del Señor nos acompaña. Muchos serán los embates de las tentaciones o de un mundo adverso, pero nuestra fortaleza está en el Señor.
Ese testimonio de nuestra fe que hemos de dar cada día hasta en las cosas más pequeñas. Ese testimonio de nuestra fe que se traduce en paciencia en las adversidades, en detalles sencillos de amor y de amistad con los que nos rodean, en una palabra buena y alentadora para el que está a nuestro lado y quizá está pasando por una mala situación.
Tenemos tantas ocasiones de mostrar nuestra fe, de dar testimonio de que Dios lo es todo para nosotros. Un testimonio de nuestra fe que daremos también con la manifestación de nuestra religiosidad de una forma sencilla pero convencida. Un testimonio con nuestra oración que hemos de saber hacer no solo por nosotros sino también por los demás, por aquellos que más lo necesiten.
En el evangelio hemos escuchado el envío de los discípulos a anunciar la Buena Nueva del Reino y a llevar la paz. Sintámonos enviados nosotros también con ese testimonio de creyentes que damos a nuestro mundo. Pero invita el Señor a que oremos para que el dueño de la mies envíe operarios a su mies, porque es abundante y los obreros pocos. Bien sabemos que la oración por las vocaciones ha de estar siempre muy presente en nuestro corazón. Una oración que hacemos acompañada con el ofrecimiento de nuestra vida, de nuestros sufrimientos y debilidades. Todo eso que es nuestra vida, en la precariedad y debilidad de los muchos años, no es algo inútil sino muy valioso si sabemos hacer ofrenda de nuestra vida al Señor. Seamos capaces de ofrecer todo eso en oración por las vocaciones.

lunes, 25 de enero de 2010

Hemos de dejarnos encontrar por la Luz

LA CONVERSIÓN DE SAN PABLO

Hechos, 22, 3-16
Sal. 116
Mc. 16, 15-18


Cuando nos dejamos iluminar por la luz de Cristo todo lo demás nos parecen sombras y oscuridades. Lo importante y necesario es que esa luz llegue a nosotros y nos dejemos sorprender por esa luz. Mientras no la encontremos nos parece que nuestras pequeñas lucecitas son las más interesantes o más importantes y nos aferramos a ellas confundidos pensando que son lo mejor.
Hoy estamos celebrando a quien se encontró esa luz y quedó ciego para las luces anteriores. También él pensaba que sus lucecitas eran las únicas importantes y por eso sin conocer la luz verdadera luchaba contra ella. Pero esa luz un día le sorprendió y se encontró cara a cara con Jesús y ya no se pudo resistir y desde entonces para él Jesús fue su única luz que quiso llevar a todas partes y a todas las gentes.
Estamos celebrando a san Pablo y su conversión. Nos lo ha relatado detalladamente san Lucas en los Hechos de los Apóstoles. Un relato repetido, primero contado por Lucas, luego relatado por el mismo Pablo, que finalmente nos lo vuelve a repetir en sus cartas. ‘¿Por qué me persigues?... ¿Quién eres, Señor?... Yo soy Jesús Nazareno a quien tu persigues… ¿Qué debo hacer?... Levántate, vete a Damasco y allí te dirán lo que tienes que hacer…’
Nos comentará a continuación que ‘como no veía cegado por el resplandor del relámpago, mis acompañantes me llevaron de la mano a Damasco…’ Ya no podía ver los caminos de este mundo. Otra luz brillaba en sus ojos, aunque ahora estuvieran ciegos. Cuando Ananías, enviado por el Señor llegue hasta él, recobrará la luz de sus ojos. Pero ya es otra luz la que lleva en su interior.
Ananías había opuesto cierta resistencia a recibir a Pablo porque ‘he oído hablar del daño que este hombre ha hecho en Jerusalén a los que creen en ti, y aquí está con poderes de los jefes de los sacerdotes para apresar a todos los que invocan tu nombre…’ Esa era realmente la misión con que iba a Damasco, pero el Señor le tenía reservado algo importante, y por eso le sale al paso. ‘Este es un instrumento elegido para llevar mi nombre a todas la naciones… yo le mostraré cuánto tendrá que padecer por mi nombre’.
Llegará a ser el Apóstol de las gentes. Sus caminos recorrerán el ancho Mediterráneo anunciando el nombre de Jesús: toda el Asia Menor, Grecia y Macedonia, Roma y la tradición nos lo trae también a España, como anunciaría en la carta a los Romanos. Cumplió a la perfección el mandato de Jesús: ‘Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación…’ Conocemos sus cartas con la densidad de la doctrina cristiana. Pero como se había anunciado no le faltarán pruebas, persecuciones y tormentos, como él mismo recordará incluso en alguna ocasión.
Pero se había encontrado con la Luz que le había salido al encuentro y ya desde entonces su vivir será Cristo. ‘Vivo de la fe en el Hijo de Dios que me amó hasta entregarse por mí… sé de quién me he fiado’. Era consciente de las maravillas que el Señor había realizado en su vida, y eso ahora él tenía que trasmitirlo. De ahí el ardor y el coraje de su espíritu.
Es mucho lo que nos dice todo esto. No podemos extendernos en este momento haciendo un recorrido más completo por la vida y la figura de Pablo, pero sí puede ayudarnos mucho lo que significó para él el encuentro con la luz, el encuentro con Jesús. Porque eso es lo que nosotros necesitamos, dejarnos encontrar por Jesús. El viene a nuestro encuentro y algunas veces no terminamos de darnos cuenta de su presencia y su llamada. Viene la luz a nuestra vida y, como dice el evangelio, preferimos nuestras pequeñas luces que a la larga son tinieblas.
Dejémonos cautivar por la luz de Jesús y nuestra vida será distinta. No temamos el encuentro con esa Luz, porque a partir de entonces todo será vida para nosotros. Vida y dicha, aunque haya momentos difíciles, tengamos que pasar por incomprensiones, nos pueda aparecer el sufrimiento y hasta la persecución. Pero nuestra dicha es el Señor y todas las oscuridades desaparecerán.

domingo, 24 de enero de 2010

Una asamblea en la que se cumple la Palabra proclamada


Nehemias, 8, 1-10;

Sal. 18:

1Cor. 12, 12-30;

Lc. 1, 1-4; 4, 14-21


Una asamblea de creyentes, una proclamación de la Palabra de Dios, una presencia salvadora de Dios con una respuesta de fe por parte del pueblo creyente. ¿A qué asamblea nos estamos refiriendo? ¿la celebrada en el templo de Jerusalén en tiempos de Esdras y Nehemías? ¿la de la sinagoga de Nazaret? ¿o a esta asamblea cristiana congregada ahora y aquí que somos nosotros?
‘Hoy es un día consagrado a nuestro Dios… no estéis tristes pues el gozo en el Señor es vuestra fortaleza’, se dijo entonces. ‘Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír’, dijo Jesús en la sinagoga de Nazaret. ‘Palabra de Dios… Palabra del Señor… te alabamos, Señor… gloria y honor a ti, Señor Jesús’ , hemos aclamado nosotros.
‘Todo el pueblo estaba atento al libro de la ley…’ lloraba de alegría cuando ‘Esdras abrió el libro a vista del pueblo’, por lo que todo eran bendiciones para el Señor que así les hacía conocer su Palabra y a todos se les invitaba a la alegría y a la fiesta cuando se proclamaba el libro de la Ley y se les explicaba al pueblo. ‘Todos en la sinagoga estaban expectantes y tenían los ojos fijos en Jesús’. Quizá, sin embargo, tendríamos que preguntarnos si venimos nosotros con la misma expectación cada domingo y con la misma alegría y emoción en el corazón para escuchar la Palabra del Señor que se nos proclama.
Los textos hoy proclamados tanto Nehemías como el Evangelio nos ofrecen el testimonio de lo que podíamos decir una catequesis y una liturgia, una proclamación de la Palabra. ‘Los levitas leían el libro de la Ley de Dios con claridad y explicando el sentido de forma que comprendieran la lectura’. Por su parte san Lucas nos dice que ha resuelto ‘componer un relato de los hechos que se han verificado entre nosotros. Siguiendo las tradiciones trasmitidas por los que primero fueron testigos oculares y luego predicadores de la Palabra… para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido’, le dice a Teófilo a quien dedica el evangelio.
Nos dirá Nehemías con detalle cómo fue aquella proclamación y lectura de la Ley, y nos contará Lucas la liturgia de todos los sábados en las sinagogas judías, con la proclamación aquel día en Nazaret del texto de Isaías.
‘Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír’, que acabamos de escuchar tenemos que decir nosotros. Cristo está también en medio de nosotros en esta Palabra que nos congrega y que se nos proclama. Es la Palabra de Dios que planta su tienda entre nosotros. Cristo es el Ungido del Señor – recordemos lo que celebramos hace un par de domingos, el Bautismo del Señor -, el que está lleno del Espíritu del Señor, como nos dice hoy Isaías, y que viene con su Buena Nueva de vida y salvación para nosotros, para los pobres, para los oprimidos y faltos de libertad, para todo nuestro mundo trayéndonos la amnistía, el perdón, anunciándonos el año de gracia del Señor.
Es así cómo nosotros hemos de recibir la Palabra de Dios que se nos proclama. Es así cómo tenemos que experimentar en nosotros esa presencia viva del Señor que nos anuncia y trae la salvación. No son unos textos o unos relatos cualesquiera que pudiéramos sustituir por cualquier otro texto o lectura. Es la Palabra salvadora del Señor. Una Palabra que tiene que ser eficaz en nosotros transformando de verdad nuestra vida. Palabra que es nuestro gozo y nuestra fortaleza. Palabra que es Buena Nueva, Buena Noticia de gracia y salvación para nuestra vida. Palabra que nos ilumina los ojos del corazón y que nos libera de la peor cautividad y opresión que es nuestro pecado. Palabra que nos llena de gracia y de vida produciéndose la más hermosa y profunda renovación.
¿Es así siempre en nosotros? Depende, no de la Palabra que se nos proclama, sino de nuestra expectativa y nuestra respuesta. ¡Qué lástima cuando escuchamos decir a alguien que no viene a nuestras celebraciones porque se aburre y se cansa, porque siempre es lo mismo y no hacemos sino repetir las mismas cosas!
Tenemos que pedir fe. La Palabra de Dios no se repite, aunque sean los mismos textos, sino que siempre será noticia nueva y buena para nosotros. Si con fe la escuchamos abriendo nuestro corazón como tierra buena, entonces podremos escuchar esa Palabra nueva y viva que el Señor tiene que decirnos en este momento concreto en que la escuchamos.
En la Parábola del sembrador, que tantas veces hemos escuchado, la semilla es la misma, pero era la tierra la que no estaba preparada de la misma manera para recibirla y por eso sólo la tierra buena y bien dispuesta hizo que pudiera producir fruto al ciento por uno. Así nosotros, depende de nuestra actitud, de la apertura de nuestro corazón, de la fe con que la recibamos.
Una última cosa; no olvidemos que la Palabra que recibimos y escuchamos nos convierte también a nosotros en mensajeros de esa Palabra. Mensajeros con nuestra vida nueva y comprometida para hacer el anuncio, para llevar la luz, para anunciar y realizar también la liberación de los oprimidos. De cuántas maneras esa Palabra puede ser liberación y anuncio de salvación para los demás a través de nosotros. Cuánto podemos y tenemos que transformar con el anuncio de esa Palabra.
Una Palabra que nos congrega y nos hace vivir en unidad y comunión. Recordemos la imagen que contemplábamos al principio de el asamblea congregada y reunida para la escucha de la Palabra. Una Palabra que nos llena a nosotros también con la fuerza del Espíritu del Señor. No olvidemos que tenemos que ser otros Cristos, porque así hemos sido ungidos por el Espíritu desde nuestro Bautismo.

sábado, 23 de enero de 2010

Una opción por Cristo con toda radicalidad

2Sam. 1,1-4.11-12.19.23-27
Sal. 79;
Mc. 3, 20-21


Diversas son las reacciones que se producen ante Jesús. Y es que ante El no podemos quedar indecisos, como insensibles y sin tomar partido. Ante El hay que hacer una opción. Cuando con sinceridad nos ponemos ante El y tratamos de conocer su persona, descubrir verdaderamente su mensaje, saber bien cuál es la honda razón de su vida, hay que decidirse.
Hay personas que pasan y no dejan huella. Hay personajes de la historia ante los cuales podemos sentir admiración. Hay quien en su tiempo se le tuvo en cuenta y pudo hacer muchas cosas buenas, pero con el paso del tiempo todo parece que se borrara en el olvido. Con Jesús no puede pasar así.
En los cortos versículos del evangelio de este día vemos claramente dos opciones que pueden reflejar esas distintas posturas que se toman ante Jesús, aunque está también la del rechazo total. Por una parte nos dice el evangelista que cuando ‘Jesús volvió a casa con sus discípulos se juntó tanta gente que no los dejaban ni comer’. Será algo que veremos en alguna otra ocasión del evangelio y que hará que Jesús en alguna ocasión se marche a lugares apartados con sus discípulos para descansar con ellos y para instruirlos de manera especial.
Pero hoy vemos la reacción también de algunos familiares de Jesús que ‘vinieron para llevárselo, porque decían que no estaba en sus cabales’. No es que realmente su familia piense que está loco, pero están viendo las reacciones que comienzan a tener algunos contra Jesús y les puede parecer que se le está poniendo en peligro. Quizá ya comenzaba a saberse lo que maquinaban los fariseos y algunos contra Jesús y loco habría que estar para seguir en la brecha haciendo el anuncio del Reino tal como lo presentaba Jesús. Además no era lo que algunos esperaban o deseaban que fuera ese Reino que Jesús anunciaba.
Nos puede recordar otros momentos del evangelio. Simeón había anunciado que Jesús sería un signo de contradicción: ‘este niño va a ser motivo de que muchos caigan o se levanten en Israel. Será un signo de contradicción…’ había anunciado cuando la presentación de Jesús en el templo a los cuarenta días de nacer.
Pero también Jesús dirá en otra ocasión que ante El hay que decantarse. ‘El que no está conmigo está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama’. Y a los que pretendían seguirle y ser sus discípulos les dirá que habrán de renunciar a todo para seguir con El, o que ‘el que quiera a su padre o a su madre, a su hermano o a su hermana, a su mujer o a sus hijos… más que a mí, no es digno de mí’.
Nosotros también tenemos que aclararnos. ¿Una lucha entre las tinieblas y la luz? Algunas veces algo así nos puede pasar en nuestro interior. Y queremos hacer componendas; y preferimos en ocasiones las mediocridades; nos queremos contentar con dar cositas, y tememos tener que darnos totalmente nosotros mismos; y el Señor nos llama a seguirle con radicalidad y queremos dejar alguna cosita para nosotros, como si de un seguro de vida se tratara. Pero Jesús nos dirá que hay que perder la vida para poder ganarla, porque el que quiera ganar su vida, la perderá.
No es fácil. Hay tantas cosas que tiran de nuestro corazón y quieren arrastrarnos. Pero sabemos bien que cuando nos decidamos por El, no nos va a dejar solos, porque siempre tendremos su presencia, la fuerza de su Espíritu con nosotros, todo el poder de la gracia que nos fortalece.
Cristo está conmigo y ya nada temeré. Yo quiero estar, entonces, también para siempre con Cristo, aunque signifique tomar la cruz para seguirle.

viernes, 22 de enero de 2010

Se fueron con El y los hizo sus compañeros

1Sam. 24, 3-21
Sal. 56
Mc. 3, 13-19

‘Jesús subió a la montaña, llamó a los que quiso, y se fueron con Él. A los doce los hizo sus compañeros para enviarlos a predicar, con poder para expulsar demonios…’
Un texto que nos habla de la elección de los doce apóstoles. Había ido llamando a algunos de manera especial junto al lago; a otros como a Leví lo había llamado desde su mostrador de los impuestos; así se le habían unido algunos discípulos. Ahora llama a doce que quiere que sean sus compañeros. Nos da a continuación el evangelista el listado de los doce a quienes escogió y llamó de manera especial.
Antes de enviarlos a predicar con su misma misión y con su mismo poder de expulsar demonios, quiso que estuvieran con El. ‘Se fueron con El…’ dice primero. Luego añade el evangelista ‘los hizo sus compañeros’. Los que estaban con El. Los que hicieron el mismo camino que El. Los que entraron en una intimidad más profunda para conocerle más, para explicarle a ellos de manera especial lo que le enseñaba a toda la gente. Era la forma de impregnarse de Jesús para poder luego realizar su misma misión. Sólo podrán anunciar lo que antes por sí mismos habían vivido y experimentado.
Pero cuando hoy estamos escuchando este evangelio, ¿nos vamos a quedar solamente en unas palabras que hacen referencia a los que de manera especial el Señor llama para ser sus apóstoles, sus sacerdotes o los que consagran su vida para vivir más en El en la vida religiosa?
Es cierto que quienes hemos escuchado esa llamada del Señor en este texto encontramos un estímulo más para nuestro seguimiento de Jesús y la respuesta que hemos de darle; unas palabras que Dios nos dice para que comprendamos más y mejor la necesidad de ese estar con el Señor, de esa intimidad especial con El para luego anunciarle y dar esa respuesta comprometida de toda nuestra vida para el Señor.
Me atrevo a pediros que oréis al Señor por nosotros para que así lo vivamos y así nos impregnemos del Señor para poder realizar la misión que El nos ha encomendado con su llamada.
Pero a todos los que creemos en Jesús y queremos seguirle, queremos llamarnos y ser sus discípulos, cristianos, llega también esta Palabra. Creer en Jesús, decirle sí para seguirle, para ser su discípulo a todos nos pide también que tengamos que empaparnos de Jesús para poderle vivir profundamente, para poder ser cristianos de verdad.
Nos empapamos de Jesús si estamos con El y le escuchamos. Nos empapamos de Jesús si sabemos estar con El y cultivamos el espíritu de oración para vivir en su presencia, para sentirle y vivirle en nuestro corazón. ¡Qué importante y necesaria la oración en la vida del cristiano, de todo cristiano!
Un cristiano sin oración no llegará nunca a vivir a Jesús, a experimentar el gozo de su presencia allá en lo hondo del corazón. La oración será la que dará vitalidad y energía a su fe. La oración le llenará de Dios y le inundará de su gracia. Un buen cristiano tiene que ser una persona de oración. Es su fuerza, es su vida. La oración es donde hará que comience a arder de amor su corazón. La oración es la que le dará confianza y esperanza.
Necesitamos ‘estar con El’.

jueves, 21 de enero de 2010

Envidias y celos, amistad y lealtad

1Sam. 18, 8-9; 19, 1-7
Sal. 55
Mc. 3, 7-12


La Palabra de Dios que cada día vamos escuchando y meditando con sinceridad de corazón nos tiene que ayudar en nuestro crecimiento personal tanto a nivel humano con en valores espirituales y cristianos. Cierto que lo verdaderamente humano es al mismo tiempo espiritual y nos ayuda en la expresión y la maduración de nuestra fe.
Los relatos que se nos ofrecen en el texto sagrado pueden ser para nosotros una referencia y nos ofrecen modelos en esos valores que nosotros hemos de aprender a reflejar en nuestra vida. Tanto si nos ofrecen aspectos negativos reflejados en los personajes que aparecen en dichos relatos como en los aspectos positivos que podemos encontrar.
Es lo que nos ofrece el texto del libro de Samuel hoy. Cuatro palabras nos pueden servir de pauta y en cierto modo están como contrapuestas: envidias y celos, amistad y lealtad.
Qué mezquina se nos vuelve la vida cuando nos dejamos arrastrar por los celos y las envidias. Aunque todo eso al final se puede corregir y enmendar. Son las actitudes del rey Saúl contra el joven David que comienza a destacar. Como es aclamado por la gente por su valentía y sus victorias en las batallas, ‘a Saúl le sentó mal aquella copla que cantaba el pueblo y comenta enfurecido: Diez mil a David, y a mi mil. ¡Ya sólo le falta ser rey! Y a partir de aquel día Saúl le tomó ojeriza a David…’ Quería incluso atentar contra su vida.
El orgullo del corazón nacido de celos y envidias lleva al hombre por el mal camino y todo se puede convertir en una pendiente peligrosa y resbaladiza que cada día nos puede hundir más en el mal. ‘Delante de su hijo Jonatán y de sus ministros, Saúl habló de matar a David’.
Enfrente está la amistad y la lealtad. El hijo del Saúl, Jonatán, y David son grandes amigos que se tienen mucho aprecio. En nombre de esa amistad previene al amigo de lo que le puede suceder y hará todo lo posible ante su padre para salvar la vida de David, hasta que consigue la promesa del rey. ‘Saúl hizo caso a Jonatán y juró: ‘¡Vive Dios, no morirá!’
A pesar del conflicto que podía haber en su corazón porque era su padre el que quería mal a David, prevalece la lealtad de una amistad sincera y pura. No puede permitir que le pase algo malo a su amigo y lo que hará será convencer a su padre para que desista del mal. Todo al final se puede corregir y enmendar, habíamos dicho más arriba.
Cosas negativas que no podemos permitir que se nos metan en el corazón; la envidia, los celos, el orgullo. Una necesaria vigilancia en nuestra vida, como hemos dicho tantas veces, porque ahí está presente siempre la tentación y la inclinación al mal. Que como hemos reflexionado recientemente, nos ha de precaver y enseñar a valorar siempre lo bueno de los demás aunque aparentemente podamos quedar nosotros en un segundo plano o lugar. Lo importante es valorar siempre lo bueno del otro sea quien sea y venga de donde venga.
Por otra parte tantas cosas hermosas de las que hemos de llenar nuestro corazón como puedan ser los hermosos valores de la amistad y la lealtad, a imagen de lo que hemos contemplado hoy en aquellos jóvenes. Tener un amigo es tener un tesoro, solemos decir. Pero amigos no sólo por lo que yo humanamente me pueda enriquecer recibiendo lo que me pueda ofrecer la amistad del otro – y no hablamos de riquezas materiales -, sino también, y esto es importante, lo que yo pueda ofrecer, compartir, dar al amigo de mi mismo y de mis valores. Es una riqueza mutua. No olvidemos que amistad viene de amor y amor es darse y gastarse por el otro. Es lo que tengo que ofrecer en nombre de la amistad.
Hermoso lo que nos ofrece como enriquecimiento para nuestra vida la Palabra de Dios que estamos reflexionando.

miércoles, 20 de enero de 2010

El Señor nos librará de las manos del filisteo

1Sam. 17, 32-33.40-51
Sal. 143
Mc. 3, 1-6


‘El Señor que me ha librado de las garras del león y de las garras del oso, me libará de las manos de ese filisteo’. Expresa así el joven David la confianza que tiene en el Señor para luchar contra el filisteo.
Está haciendo el texto referencia a la lucha contra el gigante Goliat que con los filisteos tantos problemas estaban causando al pueblo de Israel. El diálogo que sigue en el momento de entablar la batalla del joven con el gigante es bien hermosa y puede servirnos también para nosotros en nuestra lucha espiritual contra el maligno.
‘Tú vienes a mi armado de espada, lanza y jabalina; yo voy a ti en nombre del Señor de los Ejércitos, Dios de las huestes de Israel al que has desafiado. Hoy te entregará el Señor en mis manos…’ Habían intentado vestir con la armadura real al joven David, pero él lo rehusó. En el fondo su confianza la tenía en el Señor que estaba de parte de su pueblo y sabía él bien que no le iba a faltar esa fortaleza.
Como decía esto nos puede ayudar mucho a nosotros en nuestra lucha contra el pecado y el mal. Una lucha que bien sabemos que no hacemos por nosotros mismos ni sólo con nuestras fuerzas. Algunas veces parece que lo quisiéramos hacer solo desde nuestro voluntarismo como si sólo fuera necesario nuestra fuerza de voluntad. Es cierto que que tenemos que poner nuestro empeño y esfuerzo. Pondremos nuestros medios o resortes humanos, pero la verdadera fuerza nos viene del Señor.
Es en nombre del Señor desde donde emprendemos nuestra lucha. Es porque buscamos siempre la gloria de Dios con nuestra vida por lo que queremos ser santos y apartarnos del camino del mal y superar la tentación. Pero es la fuerza del Señor la que nos anima y fortalece.
Las palabras de David frente al enemigo nos recuerdan las palabras de Pedro que lanza la red al mar en el nombre del Señor. Es que camina el cristiano en el nombre del Señor. Cuando iniciamos nuestro día tenemos la costumbre de hacer la señal de la cruz, como cuando emprendemos el camino o comenzamos cualquier actividad. Hemos de hacerlo con sentido, sabiendo que si estamos haciendo la señal de la cruz es porque en el nombre del Señor, - ‘en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo’ decimos -, estamos queriendo emprender aquella tarea o aquella lucha contra el mal.
Es lo que repetimos en la oración del Padrenuestro cada vez que la rezamos. ‘Líbranos del mal… no nos dejes caer en la tentación…’ Queremos santificar el nombre del Señor y al mismo tiempo nosotros llenarnos de la santidad de Dios, y por eso pedimos la ayuda y la gracia del Señor. Queremos en todo momento hacer la voluntad del Señor y queremos vivir en su Reino, reconociendo que El es nuestro único Señor. Queremos hacer que toda nuestra vida, todo lo que hagamos sea siempre para la gloria del Señor, y todo eso no lo podremos realizar en plenitud si no es con la fuerza del Señor.
Cuando Jesús nos dice que tendremos que enfrentarnos a tribunales y a gobernadores que nos perseguirán, nos anuncia que el Espíritu estará de nuestra parte y que no nos preocupemos de preparar nuestra defensa. Esa fuerza del Espíritu Santo es la que estará siempre de nuestro lado en la lucha contra el mal y el pecado para vencer la tentación. Que no seamos nosotros los que, obcecados por el mal y la tentación, no sepamos contar con esa gracia.
El Señor nos librará de las manos del filisteo, de las garras del maligno y no nos dejará caer en la tentación.

martes, 19 de enero de 2010

Miremos con la mirada de Dios que mira el corazón

1Sam. 16, 1-13
Sal. 88
Mc. 2, 23-28


‘Encontré a David mi siervo y lo he ungido con óleo sagrado; para que mi mano esté siempre con él y mi brazo lo haga valeroso…’
Buen resumen que nos hace el salmo del texto de libro de Samuel que nos habla de la elección y unción de David como rey de Israel. El texto nos ha dado las motivaciones – ‘he rechazado a Saúl como rey de Israel’ – y los detalles de su elección con la marcha de Samuel a la casa de Jesé y el desfile ante él, con sus correspondientes dudas, par descubrir quién era el elegido del Señor.
No puede Samuel dejarse engañar por las apariencias porque Dios para su elección se fija en el corazón del hombre y además, como vemos frecuentemente en la Biblia, Dios escoge más bien entre los pequeños y los sencillos. De ahí esa frase que nos puede quedar para nosotros como una sabia sentencia; esas frases lapidarias que siempre hemos de recordar y que son una hermosa sabiduría que nosotros hemos de saber aplicar en tantas circunstancias de la vida.
‘No mires su apariencia… La mirada de Dios no es como la mirada del hombre, pues el hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón’.
Es cierto que sólo Dios es el que conoce el corazón del hombre y a Dios no lo podemos engañar con nuestras apariencias y vanidades. Aunque en nuestra mirada humana nos encandilemos con las apariencias, los fulgores externos, hemos de intentar tener esa mirada de Dios para tratar de discernir la verdad de la persona y tratar de fijarnos y conocer el corazón del hombre. Porque de lo que llevamos lleno el corazón lo reflejamos en nuestras actitudes y nuestra vida.
Es un don del Espíritu el discernimiento para conocer lo bueno y descartar lo malo. Hemos de pedir ese don al Señor para tratar de discernir a través de las obras de los hombres lo que de verdad hay en el corazón. Y un criterio que siempre podríamos tener es suponer lo bueno – no tenemos derecho a juzgar a los demás – y además procurar siempre fijarnos en lo bueno de las personas, que si nosotros tenemos también un buen corazón y están lejos de nosotros las envidias y las rivalidades, eso bueno común en unos y en otros es lo que tiene que unirnos, llevarnos al buen entendimiento y a la armonía.
Muchas veces en nuestra convivencia nos cuesta aceptarnos, bien porque recibimos desaires o nos hagan cosas que no nos agradan, o bien porque en ese fijarnos sólo en lo externo no nos gusta la persona o nos cae mal. Y muchas veces vivimos en un ámbito donde tenemos que estar tropezándonos con esa persona y se nos puede poner difícil la cosa, la convivencia. ¿Sabéis una cosa que me ayuda mucho a mí en esas circunstancias? Me pongo a rezar por esa persona, no a pedir de una forma interesada para que esa persona cambie y no me moleste, sino simplemente rezando por esa persona, pidiendo la gracia del Señor para ella en lo que ella necesite, y al mismo tiempo que yo aprenda y sepa aceptarla. Siempre encuentro que con la ayuda del Señor, luego las cosas son más fáciles. La gracia del Señor no nos defrauda.
Tratemos, pues, de tener esa mirada de Dios en nuestra relación con los que nos rodean, con aquellos con los que convivimos, o con los que en el camino de la vida en distintas circunstancias vamos encontrando.