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sábado, 11 de marzo de 2023

Un retrato de un camino de retorno en el que nuestros pasos van a ser siempre ayudados por el abrazo del amor del Padre

 


Un retrato de un camino de retorno en el que nuestros pasos van a ser siempre ayudados por el abrazo del amor del Padre

Miqueas 7, 14-15. 18-20; Sal 102; Lucas 15, 1-3. 11-32

Muchos somos los pródigos que andamos por la vida sin saber lo que es el verdadero amor y con los corazones resecos, que más bien parecen estar llenos de cardos que hacen daño a quien se atreve a acercarse a él.

Pródigos porque escogimos andar nuestros caminos porque ansiábamos la libertad pero cuando nos separamos de la casa del padre sentimos la más amarga de las soledades con el corazón roto en mil pedazos hasta no llegar a decidirse por la vuelta a la casa del padre donde verdad se encontrará la verdadera reconstrucción del corazón; pero pródigos cuando vamos por la vida con el corazón lleno de aristas, donde pronto aparecerán los descontentos y las desconfianzas, los resentimientos pero también los endiosamientos cuando nos creemos por encima, cuando nos creemos cumplidores, cuando mantenemos la queja en el corazón porque aun no se ha descubierto que tenemos que buscar lo que nos une antes de poner distancias y abismos que cada vez nos separarán más.

Podemos irnos de la casa del padre, pero podemos también físicamente cerca, y en ambos casos ponemos distanciamientos que crean brechas muchas veces difíciles de reparar. El que físicamente se marchó lejos, pronto sintió la soledad y el abandono, porque en lo que creía que iba a encontrar la felicidad, lo que terminó por hacerle es romperle el corazón y los deseos de vivir. Su vida ya no era vida, de tal manera que deseaba comer la comida de los cerdos, lo que significa la indignidad en la que cae la persona.

El que se quedó pero poniendo distancias aunque ahora tenía a su mano un banquete que había preparado el padre por la vuelta del hermano, no querrá participar en aquel banquete ni en aquella fiesta, porque su orgullo lo  había atragantado perdiendo también el verdadero sentido de la vida.

Los orgullos crean más cerrazones en el espíritu que otras miserias en que podamos enfangarnos. Por eso el que se había ido lejos fue humildad para reconocer por qué había llegado aquella situación y su deseo era estar de nuevo al lado del padre aunque él no se supiera merecedor. Volveré a la casa de mi padre y le diré, Padre he pecado contra el cielo y contra ti. Para él había una túnica nueva, un traje de fiesta que volver a vestir, para él había de nuevo el anillo que le devolvió la dignidad, para él había un banquete de fiesta porque en fin de cuentas finalmente había optado por la vida y el padre se alegraba porque había recobrado vivo a aquel hijo que le parecía muerto.

Los orgullos ponen barreras a los pasos que tendríamos que dar; el orgullo nos impedirá reconocer incluso al hermano y lo que es la dignidad de cada persona sea cual sea el estado en que se encuentre; el orgullo nos volverá en contra de aquello o de aquellos a los que más amamos o tendríamos que amar, porque ya no sabremos entrar en la onda del amor. El padre quiere que participe de aquel banquete, de aquella alegría y aquella fiesta, pero el corazón sigue enfermo y mientras no se sane el corazón no llegaremos a tener la grandeza de espíritu que nos haga reconocer nuestros errores y nos haga valorar a los que están a nuestro sean quienes sean, porque siempre serán unos hermanos.

Qué tremendo retrato nos está haciendo la parábola, sí, de nosotros y de nuestra situación. Quiere abrir caminos para nuestros pasos de retorno y de reencuentro. Y es que por el contra tenemos el más hermoso retrato de Dios. Es el Padre que nos ama y nos espera, es el padre que nos restituye siempre nuestra dignidad y nuestra grandeza, es el padre que sale también a la puerta y al camino, allí donde nos hemos marchado o donde nos hemos quedado paralizados, porque los últimos pasos siempre podemos darlos empujados y levantados por el abrazo de su amor.

viernes, 10 de marzo de 2023

Un papel que tenemos que desempeñar en nuestra sociedad, no dueños sino administradores de unos dones que por inacción no podemos perder

 


Un papel que tenemos que desempeñar en nuestra sociedad, no dueños sino administradores de unos dones que por inacción no podemos perder

Génesis 37, 3-4. 12-13a. 17b-28; Sal 104; Mateo 21, 33-43, 45-46

Muchas veces nos sucede que no terminamos de comprender cuál es nuestro lugar en la vida, cuál es la función en verdad que hemos de desempeñar con esa vida que tenemos en nuestras manos, y decir esa vida es decir los bienes de este mundo, pero la misma sociedad en la que vivimos y a la que tenemos que servir.

Nos creemos dueños absolutos y queremos hacer de todo según lo que nos parezca o nos convenga, queremos un desarrollo de la sociedad, por ejemplo, cuando en nuestras manos está el ordenamiento de esa sociedad, solo según mis ideas o mi pensamiento y no somos capaces de llegar a un entendimiento con el resto de la sociedad que también se siente responsable de la misma porque en ella vive. Así nos encontramos normas y leyes excesivamente partidistas, cuando se realizan desde una ideología predeterminada o cuando se buscan particulares intereses.

¿Habremos descubierto en verdad que somos administradores y que también tendremos que rendir cuentas de la rectitud con que hemos usado de esas posibilidades que teníamos entre manos? Son cosas que tenemos que tomarnos muy en serio, que nos tienen que hacer reflexionar, que nos tienen que llevar a encuentros y no a dispersión.

¿De qué nos habla hoy Jesús en el evangelio? Conocida es la parábola. El hombre que preparó una viña, con sus lagares y todos los servicios necesarios para hacerla producir y la confió a unos viñadores. En la época de recoger los frutos envió a sus operarios para recibir las rentas y beneficios de aquella viña que había puesto a producir, pero los viñadores se creyeron amos y se negaron a entregar los frutos y rendimientos; incluso mandó a su propio hijo, que fue echado de la viña y al que también dieron muerte como habían hecho con los otros enviados del amo.

Es la historia de lo que hacemos; fue un reflejo en su momento de la historia del pueblo de Israel y un toque de atención a los que en aquellos momentos eran dirigentes del pueblo. Se creían también dueños y que podían hacer de la viña del Señor lo que ellos quisieran. Así se sintieron aludidos los sumos sacerdotes y los dirigentes de la sociedad judía de entonces que ya tramaban también quitar de en medio a Jesús, dando cumplimiento a lo que de una manera también profética se anunciaba en la parábola.

Nosotros tenemos que leerla hoy también haciendo aplicación a nuestra vida. ¿Qué hacemos de los dones que nos ha regalado el Señor? ¿También nos creemos dueños absolutos? Pensemos en la respuesta que damos, pensemos en como nos dejamos conducir por la palabra de Dios, pensemos en lo que hacemos de la misma Palabra del Señor que cada día tenemos la oportunidad de escuchar. ¿Cuál es la respuesta que damos con nuestra vida?

Pero la parábola también nos hace mirar a nuestra sociedad. Puede ser también un grito profético para los dirigentes de nuestra sociedad de hoy si supieran y quisieran escuchar. Pero es también un grito profético para nuestra vida, la de cada uno de nosotros, que tenemos que descubrir cuál es nuestro lugar y nuestra función en la sociedad. No es en muchas ocasiones en los cristianos que nos sintamos dueños, pero su puede ser la inacción con que vivimos, el poco compromiso que sentimos por esa sociedad que está en nuestras manos, las pocas iniciativas que somos capaces de tener para poner por obra todo eso bueno que podemos y tenemos que hacer por nuestro mundo.

¿Dónde andamos los cristianos en la construcción de nuestra sociedad? ¿No nos estaremos quedando en la retaguardia, pero sobre todo por nuestra inacción y nuestra falta de compromiso, por miedo a asumir el papel tan importante que tendríamos que tener en la construcción de nuestro mundo?

jueves, 9 de marzo de 2023

No nos quedemos en lo malo que pudimos hacer y no hicimos, sino seamos capaces de darnos cuenta de lo bueno que pudimos hacer pero que tampoco hicimos

 


No nos quedemos en lo malo que pudimos hacer y no hicimos, sino seamos capaces de darnos cuenta de lo bueno que pudimos hacer pero que tampoco hicimos

Jeremías 17, 5-10; Sal 1; Lucas 16, 19-31

La tierra no se cultiva para sí misma, sino para tener las condiciones optimas para que nos produzca los mejores frutos. Así podríamos decir la vida del hombre, la vida de toda persona, quien solo piensa en si mismo, porque todo lo que hace es solo para si sin mirar en su entorno, terminará siendo una tierra inhóspita e inhabitable; pasará de poder ser un hermoso jardín florido donde recrearse, o un huerto que nos produzca los mejores frutos a poco menos que un desierto árido y reseco junto al cual nadie con pleno sentido de la vida querrá habitar.

Es la imagen que se me ocurre pensar tras la escucha de la parábola que hoy nos ofrece Jesús en el evangelio. Un hombre que solo era para sí, para su placer y para su disfrute. Se nos habla de un hombre rico y opulento que solo pensaba vivir entre placeres y banquetes cada día, disfrutando solo para si. Tan cerrado en si mismo que no se da cuenta ni de quien tiene a su puerta.

Un hombre que solo por pensar en si mismo pierde hasta el temor del Señor, ha prescindido de Dios en su vida, porque ha querido convertirse en dios de si mismo; su corazón se ha resecado de tal manera que no tiene sensibilidad para lo que pasa a su lado. Allí hay un pobre hombre que nada tiene ni para comer, y que solo es consolado por los perros que le lamen sus llagas.

Ya conocemos todo el desarrollo de la parábola porque muchas veces la hemos meditado. Pero pienso que en este momento es necesario detenernos en la postura y en la manera de vivir de este hombre que solo vive para sí. Hasta la presencia de Dios la ha anulado de su vida, ha prescindido de todo porque solo piensa en su disfrute personal. No nos habla la parábola de que sea un mal hombre que realice actos nefandos, solo se refiere a que no hacía nada, porque había perdido toda sensibilidad en su corazón.

Yo no mato ni robo, dicen algunos y ya piensan que con solo eso son buenos, lo tienen todo bien hecho. Pero la tierra es para algo más que para tenerla vacía de algo que nos pueda producir buenos frutos aunque nos parezca bonita así como está. Pero es una tierra árida y estéril. así es la vida de quien no es capaz de dar ese paso más allá, de no quedarnos simplemente en lo malo que pudimos hacer y no hicimos, sino que tenemos que ser capaces de darnos cuenta de lo bueno que pudimos hacer pero que tampoco hicimos. ¿Dónde están los frutos de nuestra vida?

No basta decir yo soy bueno si solo piensas en ti mismo. Claro que pensando solo en ti mismo querrás disfrutar, querrá pasarlo bien, querrás aprovecharte de eso que dices que tienes para llenar tu vida de bienestar y de placeres. Pero ¿no has pensado que eso que tienes no es solo para ti sino que es la riqueza de este mundo que cuando Dios realizó la creación puso en las manos del hombre para que continuara con esa hermosa tarea de seguir haciendo la obra de la creación? Lo que tienes no es solo para ti, la tierra no se cultiva para si mismo sino para ofrecer sus frutos a los demás.

Algunas veces solemos decir que pensamos bien pero tarde. Nos damos cuenta tarde quizá del efecto de lo que hacemos con la vida. Como aquel rico epulón que cuando murió y estaba en el abismo pensó que su vida tenía que haber sido distinta pero que ahora no tenía remedio y ahora quería que sus hermanos con apariciones milagrosas recapacitaran para cambiar. ‘Tienen la ley y los profetas’, le dice la voz profética.

Tenemos la Palabra de Dios junto a nosotros que de mil maneras puede llegar a nuestra vida. Tenemos que escucharla, tenemos que escuchar a Jesús para que no nos convirtamos en tierra inhóspita y estéril sino que demos los verdaderos frutos, que también puedan llenar de vida a los demás. Es la llamada que en este camino cuaresmal escuchamos. Que así también nuestra vida sea bella para los demás, por nuestra sensibilidad y todo lo que somos capaces de compartir.

miércoles, 8 de marzo de 2023

¿Cómo casamos lo que Jesús nos habla de entrega y de servicio con lo que siguen siendo nuestras aspiraciones y nuestra manera de entender el seguimiento de Jesús?

 


¿Cómo casamos lo que Jesús nos habla de entrega y de servicio con lo que siguen siendo nuestras aspiraciones y nuestra manera de entender el seguimiento de Jesús?

Jeremías 18, 18-20; Sal 30; Mateo 20, 17-28

Cuando se nos mete algo entre ceja y ceja, parece que nada ni nadie nos hará cambiar; y no empleo una expresión que se ha introducido en nuestra manera de hablar que para un creyente me parece lo menos respetuosa, por no decir medio sacrílega, cuando le negamos hasta el poder a Dios para cambiarnos el corazón, o cambiar las cosas.

Pero volviendo a nuestra cabezonería nos sucede en muchas ocasiones, nosotros tenemos una visión de las cosas y las cosas tienen que ser como nosotros las vemos, y no aceptamos que nadie pueda tener una manera de ver o que realmente las cosas son distintas a como nosotros las vemos; nos empeñamos en que una cosa se ha de hacer de determinada manera y no aceptamos el que otro pueda tener otra forma y que incluso pueda ser mejor que la nuestra; cuando entramos en el tema de las opiniones nos volvemos tercos de verdad. No vemos otra cosa sino lo que a nosotros nos parece.

Algo así obcecados andaban los discípulos y los que rodeaban a Jesús. En varias ocasiones ya le ha anunciado lo que iba a suceder en Jerusalén en que iba a ser entregado en manos de los gentiles que llegarían a darle muerte, pero ellos siguen sin entender. Hoy ha hecho ese anuncio Jesús una vez más, pero inmediatamente la madre de los Zebedeos se acerca a hacer una petición a Jesús a favor de sus hijos. ¿La influencia familiar quizás porque andaban en la misma familia? ¿La confianza que habían depositado en Jesús a lo que se unía su amor de madre que quiere lo mejor para sus hijos? Parece que sus oídos han estado sordos para escuchar lo que Jesús acaba de anunciar.

Por eso viene a pedirle primeros puestos para sus hijos en su Reino. La idea preconcebida que tenían del Mesías no había quien se las quitara de la cabeza. A ello se unen las ambiciones humanas; quienes han vivido tiempos duros de opresión y de pobreza, escuchar la palabra liberación daba opción a muchas cosas, entre ellas estaba el poder, las grandezas humanas, un nuevo reino con nueva gente que enseguida se apunta a ver lo que puede caer.

Somos humanos y ahí están nuestras aspiraciones, nuestros sueños; quienes habían vivido pobremente en una situación de opresión, aquel cambio tenían que significar unas nuevas posibilidades. Y si sus hijos habían estado al lado de Jesús bien merecerían ahora lugares importantes.

‘No sabéis lo que pedís’, les dice Jesús, como nos dice a nosotros cuando seguimos con nuestras ambiciones, con nuestras rutinas, con nuestros apegos de los que parece que no podemos desprendernos. Y luego va y rezamos y pedimos no sé cuantas cosas, y queremos suerte, y queremos que nos salga la lotería, y queremos que siempre las cosas nos vayan bien, y queremos que aquellos que nos molestan desaparezcan del mapa. Y ahí están nuestras peticiones y nos creemos que ahí está Jesús para que nos resuelva nuestros problemillas.

‘No sabéis lo que pedís’, y nos sigue hablando de cáliz y de pasión, y pareciera que poco menos que nos lo tomamos como un juego o como un entretenimiento. Porque ahora en esta subida a Jerusalén que nosotros estamos haciendo, cuaresma es subida y subida hasta la pascua, hasta un monte donde habrá pasión y sufrimiento, donde abr muerte y habrá cruz, donde se nos anuncia la luz de la vida en la resurrección, nosotros seguimos erre con erre pensando en lo mismo de siempre para nuestra semana santa. Y no es que nos pensemos ir de vacaciones, sino que ya estamos pensando en las cosas que tenemos que preparar para la semana santa y todas las cosas que en la Iglesia tenemos que hacer. Pero seguimos sin pensar en lo que Jesús nos dice que es la Pascua y lo del bautismo del que le habla a los hermanos Zebedeos, y seguimos con nuestros mismos pensamientos y planteamientos.

Y nos tendrá que Jesús reunir de nuevo para decirnos qué es lo importante, cuáles son los valores por los que hemos de optar, cuáles han de ser nuestras verdaderas aspiraciones, y nos hablará de entrega, de sacrificio, de hacernos los últimos, de dar la vida, pero ¿llegaremos a entender? ¿Cómo casamos estas palabras de Jesús con lo que luego nosotros seguimos entendiendo que es la semana santa y cómo tenemos que celebrarla?

Parece que aún estamos lejos. Dejémonos conducir por el Espíritu de Jesús. Abramos nuestro corazón. Quitemos esas cosas que se nos meten entre ceja y ceja y no nos dejan cambiar.

martes, 7 de marzo de 2023

A nosotros que tanto nos cuesta desprendernos de ropajes de vanidad nos está diciendo Jesús cual es el auténtico camino que hemos de emprender, de humildad y de servicio

 


A nosotros que tanto nos cuesta desprendernos de ropajes de vanidad nos está diciendo Jesús cual es el auténtico camino que hemos de emprender, de humildad y de servicio

 Isaías 1, 10. 16-20; Sal 49; Mateo 23, 1-12

Con qué facilidad damos un consejo; hablar cosas, opina, decir cómo se tienen las cosas es algo para lo que estamos siempre prontos. Pero una cosa es decir y otra cosa es hacer; con facilidad nos convertimos en consejeros, todos sabemos dar consejos – al menos eso decimos – pero poner manos a la obra, dar ejemplo con lo que nosotros hacemos, realizar nosotros eso que aconsejamos a los demás, ya no es tan fácil. Modelos de palabras, pero no de hechos, no de lo que hacemos, porque al final terminamos no haciendo nada. Y eso nos pasa a todos, bueno, es algo que puede suceder con mucha facilidad. Ahora y siempre, porque siempre ha sucedido así, pero eso no nos justifica.

Confieso que cuando preparo y os ofrezco estas semillas de cada día, yo también puedo caer en lo mismo; muchas veces me lo cuestiono, me interrogo a mi mismo, si yo sería en verdad capaz de hacer lo que aquí voy diciendo. No es fácil. Os digo, sí, que primero que nada leo el evangelio para ver qué es lo que me dice a mi; y trato de que lo que os voy ofreciendo con estas reflexiones, sea algo que primero vea en mi mismo, lo realice en mi mismo. Y repito, no es fácil. Y Dios me libre de caer en esa tentación de ser el consejero bueno para los demás, que me quede en palabras que son solo para los demás y primero no me aplico a mi mismo.

Hoy nos encontramos en el evangelio con lo que Jesús le dice a la gente en referencia a aquellos maestros de la ley que tenían en Israel. Jesús desconfía, los ha llamado hipócritas, por las dos caras, por las apariencias. Vanidades en las que nosotros podemos caer también. Queremos dar una buena cara, como decía un amigo mío, pongo el lado bonito de la cara para salir bien en la foto. Eso hacemos con demasiada facilidad, es lo que ahora Jesús dice de aquellos maestros de la ley, ponen la buena cara, se las dan de cumplidores, se convierten en unos exigentes para los demás, pero no son capaces de mover un dedo por hacer algo bueno, por hacer aquello incluso que dicen a los demás.

Jesús nos está pidiendo otras actitudes, otros valores, algo que nazca de lo más hondo del corazón, algo en lo que nos impliquemos de verdad, algo que envuelva totalmente nuestra vida. Son los planteamientos que tenemos que ir haciéndonos en este camino cuaresmal que nos lleva a la pascua. Es la autenticidad de nuestra vida la que tiene que brillar; son los vestidos viejos de los que hemos de desprendernos, es la transformación profunda que tenemos que ir haciéndonos, son esas vanidades que se convierten en falsedad e hipocresía de las que tenemos que ir desprendiéndonos.

Es ir haciendo pascua en nosotros, porque es mucho a lo que tenemos que morir para llenarnos de la vida nueva que nos hace hombres nuevos. Es como tendrá sentido y verdadero valor la fiesta de la Pascua cuando lleguemos a celebrarla. Caminos de humildad y de sencillez, los que tenemos que emprender, porque son los que en verdad nos llevarán a la Pascua. Nos dice Jesús que ni nos dejemos llamar padre, ni maestro, ni consejero. Cuando ya vamos poniendo el titulo por delante, estamos comenzarnos a vestirnos de unas vestiduras que en verdad no son las nuestras. Y de eso tenemos que despojarnos.

Por eso terminará diciéndonos hoy Jesús que el que se humilla será verdaderamente enaltecido, que ser primeros es convertirnos en servidores de todos siendo capaces de ponernos en los últimos lugares. A nosotros que tanto nos cuesta desprendernos de ropajes de vanidad nos está diciendo Jesús cual es el autentico camino que hemos de emprender. Y es de lo que tiene que convertirse en testimonio nuestra vida.

lunes, 6 de marzo de 2023

Cuando nos dejamos envolver por la misericordia, ni juzgamos ni condenamos, siempre estaremos dispuestos a la generosidad del perdón, siempre estaremos regalando amor

 


Cuando nos dejamos envolver por la misericordia, ni juzgamos ni condenamos, siempre estaremos dispuestos a la generosidad del perdón, siempre estaremos regalando amor

Daniel 9, 4b-10; Sal 78; Lucas 6, 36-38

Si en un aspecto negativo solemos decir que quien siembra vientos recoge tempestades, dándole la vuelta podríamos pensar que quien siembra buena semilla tendrá derecho a recoger buena cosecha de frutos buenos. Por eso son importantes las actitudes que llevamos en el corazón en nuestra relación con los demás y los buenos gestos que hemos de saber prodigarnos los unos a los otros. Y es que el bien se contagia y no es una enfermedad, sino todo lo contrario; y ese sembrar siempre el bien, la buena semilla, es en lo que hemos de estar bien atentos en la vida.

Ya sé que me van a decir que una manzana podrida pudre todo el cesto, pero hemos de saber quitarla a tiempo, a tiempo hemos de saber curar esa herida que muchos podemos llevar en el corazón antes de que se encone y nos vaya a producir mayor enfermedad. Claro que todos tenemos ese peligro; ya sabemos que hasta en los mejores hospitales, algunas veces se producen contagios e infecciones, pero ahí esta nuestra tarea como seguidores de Jesús, que tenemos la misión de curar. ¿No envió Jesús a sus discípulos a curar a los enfermos y para eso los llenó de autoridad?

Reducimos excesivamente esa curación a las enfermedades del cuerpo, pero hay heridas que llevamos en el alma que no sabemos curar, que muchos en ocasiones tampoco quieren curar, prefieren el sufrimiento que llevan en su corazón con sus resentimientos y deseos de venganza, que verse liberados de ese mal y poner tener paz en el corazón. Es una tarea que tenemos que realizar; costosa muchas veces, porque nos enconamos fácilmente en el mal, pero tarea importante que tenemos que realizar para cumplir con la misión de Jesús. Devolver la paz a los corazones.

¿Cómo podemos hacerlo? Tenemos que convertirnos en signos de misericordia y de reconciliación; porque lo vivamos en nosotros mismos; porque reconozcamos con valentía y sinceridad la misericordia que el Señor ha tenido y tiene continuamente con nosotros que siempre nos está ofreciendo su perdón; porque con la paz de nuestro espíritu, con ese serenidad que nace de un corazón lleno de amor así nos acerquemos a los demás, allí donde están esas almas dolientes, allí donde están tantos con esas heridas y les mostremos cómo podemos curar esas heridas, como nosotros hemos sido sanados, cómo nosotros un día quizá estuvimos también con esas heridas que tanto daño nos hacían primero que nada a nosotros mismos, y nos dejamos curar, y hemos encontrado la paz; porque vayamos derramando la paz y la compasión, la misericordia y el amor en nuestro encuentro con los demás. Ángeles de misericordia tenemos que ser.

Es lo que nos está diciendo hoy Jesús en el evangelio. Que miremos lo que es la misericordia de Dios y así nos mostremos nosotros con misericordia para con los demás. Y nuestra misericordia los curará, nuestros gestos de amor regenerarán esos corazones para que ellos también se dejen transformar por el amor.

‘Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará…’ nos dice Jesús. Cuando nos dejamos envolver por la misericordia, ni juzgamos ni condenamos, siempre estaremos dispuestos a la generosidad del perdón, siempre estaremos regalando amor.

Pero nos dice algo más Jesús, con esa medida de amor nosotros seremos pagados. ‘Os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, pues con la medida con que midiereis se os medirá a vosotros’. ¿Queremos mejores regalos?

domingo, 5 de marzo de 2023

Iluminados por la luz de la Transfiguración, anticipo de la luz de la Pascua, tenemos una misión de plenitud de vida que llevar a los caminos de este mundo

 


Iluminados por la luz de la Transfiguración, anticipo de la luz de la Pascua, tenemos una misión de plenitud de vida que llevar a los caminos de este mundo

Génesis 12, 1-4ª; Sal 32; 2Timoteo 1, 8b-10; Mateo 17, 1-9

Estamos en camino como lo es la vida misma. Una imagen figurativa que solemos emplear pero que nos dice mucho de lo que somos, de lo que hacemos, de subidas y bajadas, de sentirnos elevados para tener otras visiones y perspectivas como de sentirnos hundidos en ocasiones arrastrándonos si fuerza por el sendero, de momentos felices de plenitud pero momentos también oscuros, de momentos en que nos llenamos de ilusión y esperanza y momentos de luchas, de esfuerzos de superación, de dudas y de miedos, de saber escuchar y de saber mirar lo que recibimos o lo que se nos ofrece a nuestra contemplación, de aprender cada día la lección así como de la experiencia de lo pasado y vivido. Es muy variado el camino que hacemos siempre con la esperanza de llegar a una meta con un final feliz. No siempre es fácil pero queremos seguir haciéndolo.

Camino hemos emprendido cuando el miércoles de ceniza hemos iniciado la cuaresma. Un camino muy concreto que es expresión intensa de todo lo que es el camino de nuestra fe, pero que ahora hacemos como preparación para la celebración de la Pascua. Y ponernos en camino es ponernos a la escucha, haciendo silencio en nuestro interior – ya se nos hablaba de desierto en el primer domingo de Cuaresma – pero abriéndonos al misterio de Dios que nos eleva. Como Abrahán que se puso en camino a lo que Dios le pedía señal de esa necesaria disponibilidad en nuestra vida.

Por eso hoy se nos habla de unos de esos momentos del camino que es el subir a la montaña. Un camino de subida que nos exige esfuerzo, que nos exige levantarnos de las rutinas diarias de nuestro caminar, que nos va a elevar para tener nuevas perspectivas, para descubrir nuevos horizontes, como siempre desde lo alto de la montaña podremos vislumbrar; si no hacemos la subida no podremos descubrir lo que allí en lo alto se nos va a revelar.

Es lo que allí sucede y nos revela el evangelio de este segundo domingo de cuaresma. Jesús subió a la montaña para orar, como tantas veces hacia cuando se iba a lugares apartados. ‘Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte alto. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz’. Necesitamos también nosotros subir a la montaña para orar, necesitamos ir con Jesús porque en ese camino que tenemos que seguir haciendo necesitamos que se mantengan en la retina de nuestra alma los resplandores de la Transfiguración del Señor.

Aquel Jesús, profeta de Galilea que sube a la montaña para orar, va a sentir la gloria de Dios sobre reafirmando con la voz de Dios la validez de la misión que ha de realizar en su subida a Jerusalén. Moisés y Elías, la voz profética del Antiguo Testamento aparecerán junto a Jesús mientras hablaban de la pasión que había de padecer, pero la voz del Padre desde el cielo lo iba a señalar como el Hijo amado de Dios a quien tenemos que escuchar.

En aquel duro camino que los discípulos estaban haciendo, en camino de subida a Jerusalén ya Jesús les había anunciado cuando había de pasarle al Hijo del Hombre que iba a ser entregado en manos de los gentiles, aquel momento de luz que ahora en lo alto del monte estaban viviendo les hacia sentir una paz nueva, de manera que ya no quisieran tener que bajar de nuevo de la montaña. ‘Haremos tres tiendas…’ comienzan a decir pero se ven interrumpidos por la voz del cielo.

Cuando salen de sí de aquel momento de estupor que les había envuelto con la nube se encontrarán a Jesús solo que con ellos se pone en camino para bajar de la montaña. El camino habían de seguir, ahora con una nueva luz en los ojos de su alma para poder entender todo el misterio que se les estaba revelando. Habían de seguir por la llanura, allí donde estaba la vida, allí donde se encontrarían de nuevo con dificultades, allí donde tendrían que seguir atentos para seguir escuchando aquella voz que les seguiría hablando en el corazón, como tantas veces nosotros necesitamos en esa llanura de la vida que tenemos que seguir recorriendo.


Es nuestro camino, el camino de nuestra vida con todas sus circunstancias concretas, el camino de nuestra fe que emprendimos desde nuestro bautismo, el camino cuaresmal que ahora estamos haciendo para renovar ese camino de nuestra fe, para darle plenitud y verdadero sentido al camino de nuestra vida. Seguimos en este mundo con sus luces y con sus sombras, este camino de nuestro mundo hoy que a veces se nos hace difícil porque nos aparecen muchos momentos de dolor en nosotros y en los demás, este camino en el que tenemos que poner luces de esperanza nosotros que ya hemos sido iluminados por la luz de la Transfiguración que es anticipo de la luz de la Pascua.

Tenemos una misión que realidad, tenemos una plenitud que darle a la vida. Y lo hacemos escuchando a Jesús, el Hijo amado del Padre, y lo haremos siguiendo los pasos de Jesús aunque sabemos que tenemos que pasar por la Pascua, con lo que tiene de pasión y de muerte, pero con la vida de resurrección con que nos vamos a encontrar.

viernes, 3 de marzo de 2023

Un motivo, una razón de ser, un ejemplo para la perfección y santidad de nuestra vida y la sublimidad del amor está en nuestro Padre celestial que a todos ama

 


Un motivo, una razón de ser, un ejemplo para la perfección y santidad de nuestra vida y la sublimidad del amor está en nuestro Padre celestial que a todos ama

Deuteronomio 26, 16-19; Sal 118; Mateo 5, 43-48

Con una misma palabra a veces manifestamos realidades o planteamientos distintos que nos podemos hacer y que a la larga expresan esas incongruencias con que vivimos muchas veces. La palabra a la que hago referencia que nos aparece hoy en el evangelio es la perfección, el ser o no perfectos.

Como perfectos queremos muchas veces en nuestra vanidad presentarnos ante los demás, queremos siempre mantener nuestra imagen, ocultamos nuestros defectos, no queremos que nadie se entere de nuestro errores, queremos que todos nos tengan por personas de gran rectitud y nos molesta tremendamente que alguien quiera sacarnos a relucir alguna cosa de nuestra vida que no tiene tanta claridad, hasta seriamos capaces de denunciar ante los tribunales ese desprestigio que nos pudieran ocasionar.

Pero ¿somos tan perfectos? Seguramente será un aura que nos queramos poner alrededor, porque realmente sabemos de nuestras debilidades, de nuestros errores, de nuestras meteduras de pata; miremos nuestra relación con los demás y allá en la sinceridad de nuestro corazón tendríamos que reconocer que nuestras actitudes, nuestras posturas, nuestros pensamientos y sospechas, los actos que realizamos no tienen tanta claridad; siempre nos aparecerán ramalazos de egoísmo y de insolidaridad, tentaciones de orgullo y de altivez, juicios y criticas injustas cuando no impregnadas de algún veneno, acción que no muestran tan a las claras la generosidad del corazón, recelos y resentimientos que nublan y enturbian las relaciones… cosas así nos aparecen en la vida muchas veces y ya no podemos decir que somos tan perfectos.

Y cuando se trata de lo que hoy se nos plantea en el evangelio el grado de perfección no siempre es tan alto. ¡Cuánto nos cuesta perdonar! A estas palabras de Jesús siempre encontraremos la forma de hacernos algunas rebajas. Jesús nos está hablando una vez más de la sublimidad del amor. No es cualquier cosa. Bien alto nos pone el listón. Son claras las palabras de Jesús.

‘Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo’ y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos’.

¿Seremos capaces de llegar a esta sublimidad del amor? Amor al prójimo, amor al enemigo, amor al que te haya hecho mal, amor al que te persigue… Y no es una cosa así como muy etérea lo que ha de ser ese amor, porque nos manda rezar incluso por los que nos persiguen o nos tratan mal. ¿Te habrás parado en alguna ocasión a rezar por aquella persona que te criticó? ¿Por aquella persona que te niega el saludo y vuelve la cabeza cuando pasa a tu lado? ¿Por aquella persona que tanto daño te hizo?

No es cualquier cosa lo que nos está pidiendo Jesús. Claro que El nos enseñó a rezar diciendo ‘perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden’. No nos paramos mucho a pensar cuando rezamos el padrenuestro y decimos estas palabras mientras no nos hablamos con el vecino o con el pariente porque no sé cuanto tiempo hace un día dijo o hizo algo que te ofendió y nunca más volviste a hablarle.  Y nos queremos presentar como perfectos.

Por eso continuará enseñándonos Jesús que en algo tenemos que diferenciarnos de los gentiles o ninguna fe tienen, pero que son capaces de saludar y llevarse bien con todo aquel con quien se encuentran en la calle. Si solo saludas al que te saluda, si solo ayudas al que un día te ayudó a ti, nada estás haciendo de especial, eso lo hace cualquiera. Por eso terminará diciéndonos que seamos ‘perfectos, como nuestro Padre celestial es perfecto’. Ahí tenemos el motivo, la razón de nuestro amor, el ejemplo para nuestra vida para que no andemos con tantas incongruencias.

No podemos ser signos de reconciliación, si no somos capaces de reconciliarnos con el hermano que tenemos ahí al lado al que regalamos toda la delicadeza del amor

 


No podemos ser signos de reconciliación, si no somos capaces de reconciliarnos con el hermano que tenemos ahí al lado al que regalamos toda la delicadeza del amor

Ezequiel 18, 21-28; Sal 129; Mateo 5, 20-26

¿Para qué mantener una herida abierta, que nos siga doliendo y molestando? Lo mejor es encontrar cómo sanar esa herida. Esa herida que mantenemos abierta tantas veces en el corazón cuando no sabemos sanarnos, cuando no sabemos o queremos sanar también a los demás.

Yo no lo puedo perdonar, decimos, y creemos que a quien dañamos solamente es al otro y no nos damos cuenta que nos estamos dañando a nosotros mismos, porque mientras no nos sanemos a nosotros mismos porque queremos guardar ese rencor a quien nos haya podido hacer algo, es a nosotros a quienes estamos dañando, porque cada vez que recordemos, cada vez que por los azares de la vida nos volvamos a encontrar con esa persona, estaremos abriendo esa herida en nuestro corazón. Nos cuesta darnos cuenta, nos cuesta buscar esa sanción dentro de nosotros, nos cuesta ser valientes para emprender ese camino del perdón. No nos estamos perdonando ni a nosotros mismos.

De esto nos está hablando Jesús hoy en el evangelio. El texto escogido por la liturgia para este día nos vuelve a referir al sermón del monte donde Jesús nos dejó claro lo que tiene que ser la sublimidad de nuestro amor. Un amor que tiene que estar lleno de delicadeza, una forma de tratarnos los unos a los otros donde debe prevalecer la ternura de quien ama de verdad. No son palabras, son gestos, son actitudes positivas las que tenemos que poner. Fácil es decir que amamos, pero no tan fácil es mantener ese amor de cada día cuando nos encontramos con quien nos cae mal, con aquel que sabemos que va con actitudes negativas, con aquel que nos contradice y no quiere estar de acuerdo con nosotros.

Por eso hoy Jesús le da tanta importancia a una palabra mal dicha, una palabra hiriente u ofensiva que podamos en contra de los demás. No es solo la violencia a lo grande lo que tenemos que evitar  sino esa violencia callada que llevamos en el corazón cuando nos podemos sentir incomodados y mal reaccionamos, - no podemos permitir que la cólera nos domine y nos haga perder el control - que no manifestaremos con grandes gestos violentos, pero que se puede traducir en ese desprecio, en esa no valoración de la persona que tengo delante de mi.

Nos recalca Jesús los buenos sentimientos que debemos tenernos los unos a los otros, como diría san Pablo tengamos entre nosotros los mismos sentimientos de Cristo Jesús, que tiene que hacernos buscar siempre el encuentro, la reconciliación cuando tengamos quejas los unos contra los otros. No nos deberíamos ir a presentar nuestra ofrenda ante el altar, nos dice Jesús hoy. Y volviendo a lo que nos llegará a decir en este sentido el Apóstol en sus cartas, tenemos que ser ministros de reconciliación en el mundo en que vivimos. No podemos ser signos de reconciliación, si no somos capaces de reconciliarnos con el hermano que tenemos ahí al lado.

‘Si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos no podréis entrar en el reino de los cielos’, nos dice Jesús. Nos escudamos tantas veces en que es lo que todo el mundo hace; eso no nos puede justificar de ninguna manera. Cuando optamos por el camino de Jesús, sabemos que es un camino diferente, es una forma más sublime y más delicada de vivir el amor. No es simplemente hacer lo que todo el mundo hace. Es sintonizar con el amor de Dios para vivirlo de manera igual nosotros con los demás. ¿Nadamos contra corriente? Nuestra dirección, la meta hacia la que nosotros tenemos que nadar, nos la propone el evangelio.

jueves, 2 de marzo de 2023

Pedir, buscar, llamar… para sentirnos envueltos y empapados del gozo del Señor y con una nueva paz en el corazón que nos abre a nuevos caminos de amor

 


Pedir, buscar, llamar… para sentirnos envueltos y empapados del gozo del Señor y con una nueva paz en el corazón que nos abre a nuevos caminos de amor

Ester 4, 17k. l-z; Sal 137; Mateo 7, 7-12

Pedir, buscar, llamar, tres palabras que nos ofrece Jesús hoy en el evangelio. Pero, ¿qué pedimos? ¿Qué buscamos? ¿A dónde llamamos? De entrada entendemos lo que Jesús quiere decirnos. Pero quedémonos un poco en esas tres palabras, tres actitudes, tres maneras de ir por la vida, podríamos decir, y que de alguna manera nos van a decir donde tenemos nuestros intereses, qué sentido le damos a la vida, cuáles con las cosas importantes por las que estaríamos dispuestos a todo.

Algunas veces pudiera parecer que eso de pedir no está bien visto. ¿Tenemos necesidades y nos comemos el hambre por no ser humildes para reconocer nuestra carencia y acudir donde se nos pueda remediar? Algunas veces, en algunas cosas, parece que es así; el orgullo nos engarrota y no buscaremos salida a nuestras necesidades o a nuestros problemas. El orgullo, la vanidad, el querer mantener nuestra imagen, la autosuficiencia de que solo me valgo, pero también solo me hundo sin tener entonces de donde agarrarme para salir a flote. No está definiendo un poco, están saliendo a flote algunas actitudes o comportamientos nuestros. Por eso decíamos que nos pueden definir.

Pero cuando toca pedir, ¿por donde van nuestras peticiones? Y no es solamente en el sentido espiritual que también hoy a la luz del evangelio tenemos que darle a estas palabras. Lo que pedimos son nuestros deseos, nuestros anhelos, aquello a lo que aspiramos o a donde queremos llegar, aquello por lo que nos afanamos. ¿No estaremos muchas veces demasiados afanados por lo material, por el tener, por la posesión de las cosas, tener para poder tener comodidades o una vida fácil? No es ya lo que le vamos pidiendo a los demás desde nuestras carencias, sino lo que realmente le pedimos a la vida, eso que ansiamos ser pero que muchas veces se puede quedar en el tener. ¿Dónde están nuestros intereses?

Claro que utilizando estas palabras en el aspecto de la oración, que es una parte fundamental de lo que hoy nos quiere decir, de lo que nos quiere ofrecer la Iglesia como pasos necesarios en este camino cuaresmal que estamos haciendo, igual tenemos que preguntarnos cuáles son nuestros intereses ante Dios. Hemos escuchado y reflexionado en días anteriores de cual es el estilo de oración y de relación con Dios que Jesús nos enseña, cuando nos propone el padrenuestro. En todo lo que es ese modelo de oración, vamos a llamarlo así, que Jesús nos ofrece, solo en uno de los puntos se nos dice que pidamos el pan de cada día.

Nuestra oración, veíamos, que es fundamentalmente gozarnos de la presencia de Dios con su amor en nosotros, en nuestra vida, y cuando llega el momento de pedir algo en ese encuentro con Dios, pediremos, sí, el pan de cada día, pero estaremos pidiendo la paz para nuestro corazón cuando somos capaces de perdonar al tiempo que somos perdonados, estaremos pidiendo que sepamos glorificar a Dios porque estemos atentos a su voluntad, pediremos que sintamos su presencia para que con su fuerza venzamos el mal, no nos dejemos dominar ni vencer por la tentación del maligno.

Nos sabemos muy bien el padrenuestro y lo repetimos quizás muchas veces cada día, pero en aquello que es nuestra oración, esa que nos sale del corazón ¿iremos desde esa línea que nos traza Jesús?

Hoy nos dice que pidamos que recibiremos, que busquemos que vamos a encontrar, que llamemos porque vamos a encontrar respuesta. ¿Qué es lo fundamental que le vamos a pedir al Señor?  ¿Qué buscamos y para qué queremos que nos escuche? ¿Estaremos en verdad en la órbita de gozarnos en el Señor, en su presencia, y así sentirnos inundados de su amor para amar con un amor igual? Cuando terminamos nuestra oración, ¿realmente nuestro espíritu se encuentra renovado, nos sentimos inundados por su paz?

miércoles, 1 de marzo de 2023

Este camino cuaresmal que estamos realizando nos ayude a descubrir esas señales que Dios pone en nosotros y en los que caminan con nosotros

 


Este camino cuaresmal que estamos realizando nos ayude a descubrir esas señales que Dios pone en nosotros y en los que caminan con nosotros

Jonás 3, 1-10; Sal 50; Lucas 11, 29-32

También nosotros queremos milagros, buscamos milagros. De muchas maneras lo manifestamos. Muchas veces nuestra vida religiosa se manifiesta de manera especial en torno a santuarios, ya sea de la Virgen, del Señor o de algún santo de nuestra devoción, que tengan una cierta relevancia, que de alguna manera se conozca por las cosas maravillosas que hemos escuchado que allí se han realizado.

Esta imagen es muy milagrosa, decimos con frecuencia cuando invitamos a alguien a que visite dicho santuario, le pasamos una imagen impresa, o nos acercamos allí en un día de fiesta especial o en momentos en que estemos en situaciones difíciles. ¿Cuál es nuestra oración? Que aquellos problemas se nos resuelvan, que nos veamos libres de aquellos peligros, que Dios se manifieste con su poder para vernos libres de aquella enfermedad, solucionar aquel problema, o que nos aparezca la suerte en la vida.

Cuando hoy en el evangelio escuchamos la queja de Jesús sobre la gente que le rodeaba que no hacía sino pedirle signos, cosas milagrosas para creer en él, una tentación fácil que tenemos es criticar y juzgar a aquellas gentes porque teniendo a Jesús en medio de ellos no se les había despertado una auténtica fe, y lo que hacían era pedir milagros para creer en El. Pero, pensemos un poco, ¿qué es lo que en el fondo estamos haciendo nosotros con la manera que habitualmente expresamos nuestra religiosidad?

También queremos signos, también queremos pruebas, también buscamos en Dios muchas veces ese refugio y solucionador de nuestros problemas, también tenemos nuestras quejas de lo mal que anda el mundo, y pensamos en violencias y guerras, en miseria, pobreza, hambre de tanta gente, y de una forma u otra nos preguntamos dónde está Dios. Vemos el mal que se genera en nuestro mundo desde las ambiciones de los poderosos, desde las injusticias de tantos que solo quieren acaparar todo para si sin mostrar signos de compasión para los demás, y estamos pensando en cómo Dios no arrasa del mundo toda esa maldad, a todas esas personas que así obran. Son quizás los argumentos de tantos para terminar perdiendo la fe, para no creer.

¿Qué estamos realmente haciendo nosotros por mejorar nuestro mundo? Escuchamos de verdad – y en este caso quiero pensar en nosotros los que venimos a la Iglesia, los que decimos que tenemos fe y nos llamamos religiosos y muy cristianos – ¿escuchamos de verdad, digo, la palabra de Jesús en el evangelio y nos dejamos transformar el corazón para comenzar a actuar con actitudes y valores nuevos por hacer que nuestro mundo sea mejor?

Los signos tenemos que comenzar a darlos nosotros que nos decimos cristianos y seguidores del evangelio de Jesús. pero también tenemos que saber abrir los ojos para contemplar muchos signos en las cosas que cada día suceden en nuestro entorno, en las personas que están alrededor que con su generosidad saben compartir con los demás, que con sus gestos sencillos de ternura y cercanía van poniendo semillas de un mundo nuevo en nuestro mundo. Abramos los ojos para ver esas señales, porque en ellas se nos está manifestando Dios y nos está señalando esa nueva manera de actuar que hemos de tener nosotros en el compromiso de la vida de cada día.

No busquemos señales externas de cosas maravillosas sino seamos capaces de sentir y escuchar en lo más hondo de nosotros mismos esas llamadas que Dios nos está haciendo a través de esas cosas sencillas que podemos descubrir en los demás. Sepamos abrir de verdad nuestro corazón para encontrar en Dios esa paz que necesitamos, pero que nos va a obligar, por así decirlo, a buscar la paz con los que me rodean, con los que están a mi lado, con los que muchas veces no tengo toda la paz requerida. Esos nuevos gestos de amor y de paz que voy a tener con los que me rodean, aunque muchas veces nos cueste, son ese verdadero milagro de Dios en nuestra vida que va a transformar nuestro corazón.

Que este camino cuaresmal que estamos realizando nos ayude a descubrir esas señales de Dios en nosotros y en los que caminan con nosotros.

martes, 28 de febrero de 2023

No es un modelo para aprender y repetir lo que Jesús nos ofrece, es un nuevo estilo de relación con Dios donde los hijos se sienten a gusto y con confianza con su Padre del cielo

 


No es un modelo para aprender y repetir lo que Jesús nos ofrece, es un nuevo estilo de relación con Dios donde los hijos se sienten a gusto y con confianza con su Padre del cielo

Isaías 55, 10-11; Sal 33;  Mateo 6, 7-15

Habla con confianza que somos amigos, le decimos al amigo – valga la redundancia – que tenemos a nosotros y que sabemos que tiene que contarnos algo y se encuentra como medio retraído para vaciar lo que lleva dentro; no nos sorprendemos por lo que nos va a decir, porque bien nos conocemos a nosotros mismos y en nuestra escucha somos comprensivos para cuanto le haya sucedido o ahora tenga que contarnos.

Habla, con confianza, soy tu padre, tu eres mi hijo y sabes que te entiendo y estoy a tu lado, es la conversación, aunque no sea siempre con palabras, pero con lo que se expresa esa cercanía para abrirse a la confianza y para expresar cuanto un hijo lleva dentro, le interroga o tiene necesidad.

Lo intentamos hacer, ya sea con el amigo o el padre con el hijo, pero creo que todos somos conscientes de que hay en nuestro mundo mucha gente con esos deseos de hablar, de expresar cuanto lleva dentro, de desahogarse y que no siempre encuentran ese padre, ese amigo, esa persona que les escucha, les comprende, se detiene a su lado, porque muchas veces lo que mas se necesita es que alguien se detenga a tu lado, sin prisas ni agobios, en silencio quizá, con apertura del corazón siempre. Quizás cuantas confidencias así habremos escuchado cuando lo hemos sabido hacer con los demás, o nosotros mismos cuanto habremos expresado cuando encontramos esa persona de confianza.

¿Qué nos viene a decir hoy Jesús en el evangelio? Así a primera vista, decimos que nos habla de la oración y que nos enseña el padrenuestro; ¿pero no será algo más sencillo a la vez que más profundo lo que Jesús nos está queriendo manifestar? ¿No estará yendo Jesús en lo que hoy nos dice y nos ofrece algo en el sentido de lo que hemos venido reflexionando?

¿Qué es Dios para nosotros? El que está ahí a nuestro lado y a la escucha, el que nos ofrece la mayor de las confianzas porque es en el que hemos de confiar por encima de todo y de todos, y el que nos está abriendo su corazón para que vayamos y nos sentemos con El y nos sintamos a gusto con El. Como el amigo que se sienta al lado del amigo que le escucha y se siente a gusto; con el hijo que se sienta a hablar con su padre y quizá comienzan hablando de cosas que parecen superficialidades, pero que terminan metiéndose uno y otro en el corazón del otro.

¿Qué nos está diciendo Jesús? que nos sintamos a gusto con Dios, que en Dios podemos descargar nuestro corazón y que con Dios podemos siempre contar que esté a nuestro lado, aunque algunas veces nos parezca no verlo, porque camina a nuestro lado y de su presencia podemos en todo momento disfrutar y que no es necesario solo estar con El cuando necesitemos cosas, porque El sabe bien lo que nos hace falta y a nuestro frió siempre el nos ofrecerá su manta, porque nos ofrece todo su amor.

Fijémonos que desgranar esos puntos, vamos a llamarlos así, que nos ofrece Jesús en el estilo de oración que nos presenta, es ir desgranando nuestra vida, es ir poniéndonos ante Dios tal como somos, con nuestros deseos de amor, pero también con nuestras debilidades y necesidades de cada día, con nuestras luchas por superarnos en cada momento pero también con los tropiezos que muchas veces tenemos y que quizá ni al amigo de más confianza somos capaces de contar, pero con Dios lo hacemos porque sabemos que siempre nos vamos a sentir perdonados, porque el corazón de Dios siempre rebosa misericordia.

No es un simple modelo para aprender y repetir lo que Jesús nos está presentando hoy, es un estilo nuevo de relación con Dios que nace de la confianza de sentirnos amados, porque Dios será para siempre nuestro Padre que nos ama.

lunes, 27 de febrero de 2023

No son los protocolos los que hacen la dignidad de la persona, sino el grado de humanidad con que tratamos al otro lo que eleva la dignidad de todo ser humano

 


No son los protocolos los que hacen la dignidad de la persona, sino el grado de humanidad con que tratamos al otro lo que eleva la dignidad de todo ser humano

Levítico 19, 1-2. 11-18; Sal 18; Mateo 25, 31-46

Cuando Dios nos creó, como nos enseña la Biblia desde la primera página, nos dotó de la más gran dignidad y nos hizo para el amor; será en ese amor donde alcanzaremos la más alta cota de nuestra dignidad. Un poco de calor humano en nuestras relaciones nos hace más grandes y más felices que todas las leyes y normas que podamos establecer para proclamar la dignidad de la persona.

Es necesario el respeto, ciertamente, pero podemos manifestar nuestro respeto desde la frialdad del corazón. Podemos tener todos los protocolos que queramos imaginar para que tratemos dignamente a las personas, pero si en nuestro trato falta ese calor humano que solo puede nacer puro cuando nace desde el amor, lo que obtendremos en nuestra relacion entre los unos y los otros será frialdad; qué mal nos sentimos cuando simplemente nos dicen todo lo que tenemos que hacer para beneficiarnos de unos derechos, si quien nos lo está manifestando en sus gestos, en la forma de hablarnos, en su mirada, en su cercanía y su escucha no pone ese calor humano para poder uno sentirse acogido y amado.

Es el amor el que nos engrandece, el que nos hace sentirnos personas de verdad cuando lo recibimos y cuando lo ofrecemos. Es el amor que me valora y me dignifica, es el amor que me hace levantarme cuando estoy hundido, es el amor el que me hace descubrir ese rayo de esperanza para caminar cuando todo me parece turbio porque estoy envuelto en mil problemas, es el amor el que despierta en mí la alegría de la vida.

Por eso son tan importantes los gestos de humanidad que vamos regalando mientras hacemos el camino. No son grandes cosas, pero ese vaso de agua que se me ofrece para calmar mi sed, ese sitio que se me ofrece cuando los que están sentados se acomodan aun en su estrechez para que yo también pueda sentarme, esa sonrisa que llega a mi como una brisa fresca cuando voy acalorado en el camino buscando mil soluciones para mis problemas, ese cederme el paso en el lugar estrecho para evitar que vaya por donde se pueda poner en peligro mi vida, esa mirada que sin palabras me enseña a confiar en mi mismo y en mi capacidad para salir de aquel mal momento… son pequeños gestos de humanidad que me hacen sentirme querido y valorado y que me harán caminar con mayor esperanza e ilusión. Son los que también hemos de saber regalar en cada paso a los demás.

Nos decía Dios desde el texto del Antiguo Testamento las cosas que habíamos de evitar, y simplemente nos daba una razón, porque ‘yo, el Señor tu Dios, soy santo’. Y nos enseñaba como tenemos que amar como nos amamos a nosotros mismos, y lo que no queramos para nosotros, no lo podemos querer nunca para nadie.

Pero Jesús en el evangelio nos levanta el listón un punto más, porque ya nos dice que tenemos que amar como El nos ha amado. Y para que seamos capaces de hacerlo nos dice que cuando hicimos una de esas pequeñas cosas a los demás, a El se lo estábamos haciendo. Desde entonces en el otro no solo he de ver a una persona repleta de dignidad y que con dignidad hemos de tratar, sino que en el otro estaremos siempre viendo a Jesús a quien no podremos amar si no amamos de verdad al hermano.

Nos habla Jesús hoy en el evangelio de que nos va a preguntar cuando nos presentemos a El en el examen final de nuestra vida. Y de lo único que nos va a examinar es de amor. En esa alegoría del juicio final nos va señalando esas actitudes de amor que hemos de tener con los demás que van a manifestar la autentica cordialidad de nuestro corazón. En nuestra reflexión nos hemos detenido en algunos gestos de humanidad que en el día a día podemos tener para los que están a nuestro lado. El amor es creativo, porque cada uno va a encontrar sus gestos, esos gestos que tiene que tener con las personas concretas con las que convive, con las que trabaja, con las que hace su vida, con las que se va a cruzar por la calle. Es ahí donde tenemos que derretirnos de amor.

Es lo que ahora en este camino cuaresmal que casi estamos empezando a hacer tenemos que revisar, tenemos que plantearnos, tenemos que poner por obra. Es el auténtico ayuno y la auténtica penitencia que tenemos que hacer; es la verdadera oración en la que vamos a encontrarnos con el Señor. Piensa, por ejemplo, que cuando te detienes en el camino a escuchar a aquella persona que una y mil veces quizás te va a contar lo mismo, es como si estuvieras orando con el Señor.

domingo, 26 de febrero de 2023

Necesitamos desierto para descubrir lo más profundo, soledad para sentir la presencia de Dios que nunca nos falla, silencio para poder caminar sumergidos solo en Dios

 


Necesitamos desierto para descubrir lo más profundo, soledad para sentir la presencia de Dios que nunca nos falla, silencio para poder caminar sumergidos solo en Dios

Génesis 2, 7-9; 3, 1-7; Sal 50; Romanos 5, 12-19; Mateo 4, 1-11

De entrada reconocemos que no nos gustan los desiertos, como rehuimos lo que sea soledad, y aunque pudiera parecernos lo contrario los silencios nos aturden. Desierto implica vernos sin nada, o al menos, sin lo que consideramos más necesario para una vida digna, es carencia y es vacío cuando tan acostumbrados a tanta comodidad, entraña también soledad y también silencio.

¿Nos da miedo? Nada hay, nada podemos escuchar, o quizá en ese susurro del viento, sin que nada veamos, podemos comenzar a escuchar más cosas que quizás no queremos escuchar; no nos podemos entretener con sonidos estrepitosos que en la vida ordinaria nos buscamos para huir del silencio, porque solo es el leve susurro de la brisa lo que comenzará quizás a hablar en el interior aunque nos parezcan espejismos.

Pues hoy el Espíritu nos quiere llevar a nosotros también al desierto. Eso significa este comienzo de la Cuaresma y esa es la primera llamada que sentimos desde el evangelio. Jesús fue conducido por el Espíritu al desierto. En la vida hay ocasiones en que nos parece estar también en un desierto. ¿No nos habremos visto en alguna ocasión envueltos en nuestras dudas o atormentados interiormente por nuestros problemas sintiendo también ese vacío y esa soledad? ¿Cómo lo hemos afrontado?

Algunos tan desestabilizados se encuentran que les parece volverse locos. Son las preguntas que surgen en el interior, son los interrogantes sobre el futuro con tantas inseguridades que como fantasmas nos persiguen, son las miradas angustiosas y quizás apesadumbradas hacia el pasado, son los momentos en que nos parece encontrarnos solos, porque aunque haya mucha gente alrededor, parece que todos están lejos, nadie sabe lo que nos pasa por dentro y con nadie queremos compartirlo, o nos sentimos incomprendidos y cuando no ignorados; algunos lo llaman depresión, crisis, momentos de nuevos planteamientos, momentos de desierto, momentos también de los que podemos salir más fortalecidos.

Desiertos que nos impone la vida, que surgen de situaciones o circunstancias que hayamos vivido, pero también, ¿por qué no? desiertos que hemos de saber buscar y aprender a navegar por él. Nos está invitando el Espíritu en este comienzo de cuaresma que vayamos al desierto, que nos metamos en nuestro interior, que buceemos dentro de nosotros mismos, que sepamos hacer silencio para escuchar, para clarificar la mirada y aprender a tener una mirada nueva, a sentir que aunque nos parezca que vayamos a la soledad, en la soledad no vamos a estar porque con nosotros está el Espíritu del Señor que nos guía y que nos alienta.

Nos preguntamos por nosotros mismos, como revisamos el sentido de vida por el que caminamos; nos preguntamos por la presencia de Dios y tenemos que descubrir el verdadero lugar que ha de ocupar en nuestra vida. Hoy el evangelio al relatarnos que Jesús fue conducido al desierto y allí lo vivió en la austeridad y en el ayuno nos habla de las tentaciones de Jesús en aquel momento en que iba a comenzar lo que llamamos su vida pública. Era el comienzo de su misión, para la que había sido enviado por el Padre como El sentía fuertemente en su interior.

Cuando estamos en el momento previo al inicio de una misión que nos han confiado, o de una tarea por la que hemos optado en la vida, es normal que nos surjan muchos cuestionamientos sobre la misma misión o sobre cómo hemos de desarrollarla. Es el momento que está viviendo Jesús. Es el planteamiento de cual es su identidad, podríamos decir.

Será lo fácil del milagro que todo lo soluciona, será ese momento de esplendor que nos envuelve quizás de vanidad y nos hace creer que es así el camino fácil del triunfo, será el momento donde damos lo que sea para sentirnos con poder o con influencia porque así es como podríamos pensar que conseguimos las metas que anhelamos. Nos lo refleja muy bien el relato evangélico con esas tres tentaciones con que quiere el diablo someter a Jesús. Como nos está reflejando ese camino de soluciones fáciles que muchas veces nos buscamos en la vida para conseguir nuestras metas o realizar nuestra misión.

¿Dónde ponemos a Dios en toda esa problemática que se nos plantea? No podemos manipular a Dios utilizándolo para nuestro servicio como tantas veces pretendemos con la manera que tenemos de orar a Dios. ¿Qué se haga mi voluntad o que se haga la voluntad de Dios? Para que no nos confundamos, como tantas veces nos sucede, tenemos que aprender a escuchar a Dios, como tenemos que sentir a Dios que camina a nuestro lado aunque a veces nos cueste descubrirlo en cualquier situación o en cualquier momento de nuestra vida. No podemos tentar al Señor nuestro Dios, sino que tenemos que saber adorar y escuchar a Dios.

Necesitamos desierto para aprenderlo, necesitamos soledad para descubrir la presencia de Dios que nunca nos falla, necesitamos silencio para poder caminar sumergidos e impregnados de verdad del Espíritu de Dios. Aprenderemos a valorarnos a nosotros mismos, porque Dios confía en nosotros; aprenderemos a comprometernos con la vida, porque así Dios la ha puesto en nuestras manos; pero aprenderemos no a confiar solo en nuestra propia fuerza, sino a poner toda nuestra confianza en Dios.