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sábado, 26 de junio de 2010

Muchos vendrán a sentarse a la mesa del reino de los cielos

Lam. 2, 2. 10-14. 18-19;
Sal. 73;
Mt. 5, 8-17

‘Os digo que vendrán muchos de Oriente y de Occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los cielos’, dice Jesús al contemplar la fe del centurión. ‘Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe’. Jesús nos está señalando la universalidad del Reino de Dios al que todos los hombres están invitados. ‘Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad’, se nos dirá en otro lugar del Evangelio.
Jesús se hace presente en medio del pueblo judío. Era el pueblo de Dios que mantenía la esperanza de las promesas de la salvación. Allí había de nacer el Mesías. Pero el Mesías salvador era el Deseado de las naciones como en otro lugar de la Escritura se nos manifiesta. A la mesa del Reino de los cielos todos están invitados a sentarse para gustar de los manjares de la salvación.
Esto nos lo está manifestando el evangelio de hoy. Jesús ha anunciado el Reino y se han ido manifestando las señales de la llegada del Reino. Pero aquí hay un hombre, no es judío, es un centurión romano, que ha puesto toda su fe en Jesús. Le mueve acudir a Jesús el criado que está enfermo, pero él sabe que Jesús puede curarlo. ‘Señor, tengo en casa un criado que está en cama paralítico y sufre mucho’, le dice.
Pero acude a Jesús con mucha fe y con mucha humildad. Esto es admirable también. Cuando Jesús le dice que irá él en persona a curarlo aflora esa bella flor de la humildad. ‘Señor, ¿quién soy yo para que entres bajo mi techo? Basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano’. Y le da sus explicaciones y razonamientos, tú tienes el poder, tú tienes la palabra de vida y las palabra creadora, basta que lo digas para que todo te obedezca y todo se realice. Al final Jesús le dirá: ‘Vuelve a casa y que se cumpla lo que has creído’. Es el poder de Dios, es el poder de la fe; la fe nos hace poderosos para obtener de Dios lo mejor que necesitamos.
Cuánto tenemos que aprender. Para que crezca nuestra fe. Para que sepamos expresarnos en nuestra oración. Para que en todo momento mantengamos nuestra confianza total en el Señor. Para que nos llenemos de humildad profunda. Para que nos hagamos portadores de esa salvación divina que nos trae Jesús a los demás.
Cuánto tenemos que aprender. Para que aprendamos a abrir nuestro corazón a los otros y a nadie discriminemos por ningún concepto. Para que aprendamos a valorar todo lo bueno que hay en los demás y aprendamos también a descubrirlo.
Cuánto tenemos que aprender. Para que nos sintamos invitados a la mesa del banquete del Reino de los cielos y allí vayamos con fe y con humildad, pero para que traigamos a todos también a esa mesa para que disfruten de los manjares, de la gracia de la salvación.
‘El tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades’, recuerda el evangelista las palabras de Isaías. El evangelio sigue manifestándonos todo ese amor de Jesús, señal del Reino de Dios que está entre nosotros, y le vemos hacer otros milagros y curaciones. Jesús sigue tomando nuestras dolencias, nuestras penas, nuestros sufrimientos y quiere sanarnos, liberarnos de todo mal, que todo le demos un sentido y un valor. Que todo eso nos haga crecer en nuestra fe pero nos haga también parecernos cada vez más a Jesús como tiene que ser siempre en un cristiano seguidor de Cristo. Porque hemos de aprender también a cargar con las dolencias y las penas de los demás, porque hemos de aprender a ser buenos samaritanos con nuestro amor y con nuestra generosidad. Porque hemos de mitigar dolores y sufrimientos, porque a todos hemos de invitar a ese banquete del Reino, porque hemos de hacer llegar la salvación de Jesús a todos cuantos estén a nuestro lado.

viernes, 25 de junio de 2010

Las señales nos manifiestan que el Reino de Dios se hace presente

2Reyes, 25, 1-12;
Sal. 136;
Mt. 8, 1-14

‘Al bajar Jesús del monte lo siguió mucha gente’. Hemos venido escuchando el sermón del monte de las bienaventuranzas. Allí Jesús nos ha ido dando y explicando las características del Reino de Dios que ha sido su anuncio constante desde el comienzo de su predicación. Había invitado ‘convertíos porque el Reino de Dios está cerca’. Baja con la gente a la llanura, al camino de la vida de cada día, y ahora nos mostrará las señales de que ese Reino de Dios se está realizando.
‘Se le acercó un leproso, se arrodilló y le dijo: si quieres puedes limpiarme’. Allí está aquel hombre con su lepra que como todos sabemos no sólo era la enfermedad que envolvía y destrozaba su cuerpo, sino que además lo destrozaba como persona porque le obligaba a estar como en una cuarentena apartado de los demás, vivir al margen de la familia y de la comunidad. Quien estaba enfermo de lepra era inmundo y podía hacer inmundo a los demás. Por eso nadie se podía acercar a él, ni tocarle, ni a él se le permitía que pudiera estar cerca de los demás. ¿Cómo podría sentirse una persona así tratada? El salmo nos habla de la tristeza que tenían los judíos cuando estaban desterrados lejos de su patria, pero que podemos aplicar a los sentimientos de quien se veía despreciado y marginado a causa de su enfermedad.
Es la señal del mal. Y Cristo ha venido a vencer al maligno, arrancarnos de las garras del mal, a liberarnos profundamente para darnos una nueva vida, a hacernos recobrar la dignidad perdida. Es posible una nueva vida. Es posible verse liberado del mal. Aquel hombre le dice a Jesús ‘si quieres…’, tú tienes poder, tú eres el que puede hacerlo. Y Cristo quiere. Quiere liberarlo del mal de la enfermedad, de su lepra, pero quiere liberarnos del mal más profundo. Cristo viene a sanarnos, a salvarnos, a darnos una nueva vida; quiere hacernos recobrar nuestra dignidad.
‘Quiero, queda limpio… y extendió su mano y lo tocó… y enseguida quedó limpio de la lepra… ve a presentarte al sacerdote y entrega la ofrenda que mandó Moisés’. Era como la garantía, el certificado necesario para poder reincorporarse a la familia, a la sociedad. Cristo no nos quiere apartados de los demás, no nos quiere aislados. Le hace recobrar no sólo la salud sino también y sobre todo su dignidad. Son las señales del Reino. Dios vuelve a ser el único Señor de nuestra vida.
El pecado nos rompe a nosotros también, nos ata y nos esclaviza; nos hace bajar a las peores negruras, podíamos decir. Pero Cristo viene a liberarnos, a levantarnos. Ese gesto de Jesús con el leproso – ‘extendió su mano y lo tocó’ – es bien significativo. Quiere que recobremos nuestra dignidad, esa dignidad grande que en el Bautismo nos había dado, pero que con nuestro pecado habíamos manchado. Nos viste de nuevo el traje de la gracia. En Cristo nos sentimos transformados. El Reinado de Dios vuelve a ser el centro de nuestra vida. El Reino de Dios es posible y se comienza a realizar. Ahí están las señales.
Son las señales que nosotros también tenemos que dar. Nos queremos acercar a Jesús para que se realice esa transformación de nuestra vida, para llenarnos de su gracia, para vivir esa vida nueva que El quiere darnos. Que nos sintamos sanados y salvados por Jesús porque tantas veces con nuestro pecado nos hemos dejado esclavizar por el mal. Que volvamos a esa libertad que El quiere darnos. También nos acercamos a Jesús con humildad, con confianza, con amor, porque sí estamos seguros que en El vamos a encontrar la salvación. En Jesús ni nos veremos despreciados ni apartados a un lado. En Cristo siempre nos veremos valorados y llenos de vida.

jueves, 24 de junio de 2010

Cuánto valor y significado siguen teniendo las palabras y la vida de Juan para el mundo de hoy


Is. 49, 1-6;
Sal. 138;
Hechos, 13, 22-26;
Lc. 1, 57-66.80

El profeta Jeremías había escuchado un oráculo del Señor: ‘Antes de formarte en el vientre, te escogí, antes de que salieras del seno materno, te consagré; te nombré profeta de los gentiles…’ Y en ese mismo sentido hemos escuchado al profeta Isaías hoy: ‘Estaba yo en el seno materno, y el Señor me llamó en las entrañas maternas, y pronunció mi nombre. Hizo de mi boca una espada afilada…’
Estamos celebrando hoy el nacimiento de Juan Bautista. Una fiesta que nos llena a todos de alegría como de alegría se llenaron las montañas de Judea en su nacimiento. ‘La noticia corrió por toda la montaña de Judea y todos los que lo oían reflexionaban diciendo: ¿Qué va a ser este niño? Porque la mano de Dios estaba con él’, nos comenta el evangelista Lucas.
‘Y a tí, niño, te llamarán profeta del Altísimo’, exclamaría Zacarías su padre bendiciendo a Dios. ‘Será grande a los ojos del Señor… porque convertirá a muchos israelitas al Señor, su Dios’, le había anunciado el ángel antes de su nacimiento. ‘Antes de formarte en el vientre te escogí’, que había dicho el profeta. Y la criatura había comenzado a dar saltos en el seno de su madre, como reconocería Isabel en la visita de María. ‘Antes de que salieras del seno materno te consagré’.
Diría él más tarde cuando recibiera allá en el desierto junto al Jordán la embajada llegada de Jerusalén que no era ni el Mesías ni un profeta, porque incluso no era digno de agacharse a atar la correa de la sandalia del que iba a venir. El tenía que menguar para que creciera el que había de venir. Y él no era sino ‘la voz que clama en el desierto’, como había anunciado el profeta y sólo estaba allí para preparar los caminos del Señor. Sin embargo de él diría Jesús que era ‘el mayor de los nacidos de mujer’ y sería el que señalaría a sus discípulos al ‘Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’.
¡Cuántas cosas podemos reflexionar sobre Juan en la fiesta de su nacimiento y cuánto tenemos que aprender de él, escuchando su voz y siguiendo el testimonio de su vida! Que con la misma fidelidad que iba Juan como Precursor delante del Señor señalando los camino, sigamos nosotros ahora a Jesús cuando hemos escuchado que nos lo señalaba como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. De Juan aprendemos a seguir al Cordero, como aquellos primeros discípulos que escucharon su palabra y su invitación nosotros queremos seguirle porque no sólo es el Cordero que se inmola por nosotros sino también el Pastor que nos guía y nos conduce hasta donde está la vida eterna.
A Juan escuchamos invitándonos a la conversión y a la penitencia, a la responsabilidad de nuestra vida en el cumplimiento de nuestros deberes y obligaciones, pero también al compartir generoso porque el que tiene dos túnicas que las reparte con el que no tiene, como les decía a los que venían a preguntarle que habían de hacer para preparar los caminos del Señor.
Cuánto valor siguen teniendo las palabras de Juan y cuánto significado en el mundo concreto donde vivimos. La austeridad de su vida en el desierto nos enseñará también a vaciarnos de nosotros mismos, pero también de tantas cosas superfluas con las que tantas veces llenamos nuestra vida porque pensamos que con ello somos más felices, pero fijándonos en él aprenderemos lo que de verdad es necesario y lo que realmente es importante.
En aguas de penitencia también nosotros hemos de sumergirnos, aunque ya recibiéramos las aguas bautismales que a partir del bautismo de Jesús en el Jordán adquirieron un nuevo sentido, cuando ya nos hicieron hijos de Dios e inundados de vida divina. Pero, aunque ya tendríamos que estar para siempre revestidos y resplandecientes con el vestido nuevo de la gracia, reconocemos que una y otra vez nos hemos dejado mancillar por el pecado, por el egoísmo y por la maldad que quieren llevarnos por caminos de muerte. Necesitamos oír, sí, una y otra vez la voz que nos llama a la conversión, al arrepentimiento y a la penitencia.
Es la voz que nos lleva a la Palabra, es el que nos señala el camino que nos lleva hasta Cristo. Pero por el bautismo el Espíritu a nosotros también nos ha hecho profetas para ser voz con nuestra palabra y con el testimonio de nuestra vida que señalemos al mundo cual es el verdadero camino, dónde está la verdad absoluta que llene nuestras vidas, y la vida verdadera por la que merece darlo todo como el más preciado tesoro que encontremos. También nosotros tenemos que señalar al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. También nosotros tenemos que ser testigos que señalen el camino hasta Cristo.
Nos alegramos en esta fiesta del nacimiento de Juan y no es para menos. Es el precursor del Salvador. Es quien, como los primeros resplandores de la aurora que nos anuncian la llegada del día, nos anuncia y nos señala el camino del Señor. Hoy celebramos el nacimiento de Juan, pero eso nos está diciendo que en seis meses celebraremos el nacimiento de Cristo. La alegría que nos impulsa a hacer fiesta hoy, es un preanuncio de la gran alegría y de la gran fiesta del nacimiento del Salvador.
Como nos señala el evangelio de Juan, ‘surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan para dar testimonio de la luz y preparar para el Señor un pueblo bien dispuesto’. Hoy celebramos su nacimiento, nos llenamos de alegría pero queremos escuchar también el testimonio de su vida y el anuncio de su voz. Démosle gracias al Señor.

miércoles, 23 de junio de 2010

Una historia de infidelidades pero una historia de llamadas de amor de Dios

2Reyes, 22, 8-13; 23, 1-3;
Sal. 118;
Mt. 7, 15-20

La historia del pueblo de Israel, lo mismo que la historia de nuestros pueblos y comunidades, igual que nuestra propia historia personal está llena de luces y de sombras, de momento de fidelidad, de fervor y gozo en el Señor y de momentos de muerte y de infidelidades, momentos en los que nos apartamos de los caminos del Señor por nuestros pecados y momentos en los que Dios nos llama poniendo profetas a nuestro lado como sucedía en la historia del pueblo de Dios, o poniendo señales de su presencia que son toques de atención, como alarmas en la vida, y llamadas a través de múltiples cosas o acontecimientos de los que Dios quiere valerse.
Estos días en los libros de los Reyes del Antiguo Testamento que hemos venido escuchando en la primera lectura de nuestras celebración diaria, se nos ha hablado de muchas infidelidades y olvidos de la Alianza del Señor por parte de reyes, sacerdotes y todo el pueblo de Israel. Ayer escuchábamos una intervención especial del Señor y hoy como una gran señal encuentran el libro de la Ley del Señor.
Todo esto servirá para una renovación de la Alianza, pero no sólo de una manera formal, sino que el Rey busca una renovación profunda de las costumbres del pueblo de Dios queriendo que se renueve esa fidelidad a la Alianza de la que no habían tenido que olvidarse. Recuerda el pecado del pueblo. ‘El Señor estará enfurecido contra nosotros, dice, porque nuestros padres no obedecieron los mandatos de este Libro, cumpliendo lo prescrito en él’.
Finalmente vemos cómo ‘el pueblo entero suscribió la Alianza… comprometiéndose a seguirle y cumplir sus preceptos, normas y mandatos con todo el corazón y con toda el alma, cumpliendo las cláusulas de la Alianza escritas en aquel libro’.
El Señor se vale de muchas cosas para despertar nuestra conciencia, para hacernos ver su luz, para provocar que nosotros nos dejemos iluminar por su luz y cambiemos nuestra vida para ser cada día mejores y más santos.
El que cada día podamos encontrarnos para celebrar la Eucaristía y escuchar su Palabra sintámoslo como una gracia y una llamada del Señor. Habrá habido momentos en nuestra en que no hayamos tenido esa oportunidad; o nosotros hayamos estado alejados de Dios, de la Iglesia, de los sacramentos o no le hayamos dado importancia a nuestra oración de cada día; habrá habido momentos, incluso, que estando dentro de la Iglesia y hasta participando habitualmente de la Eucaristía, aunque fuera sólo los domingos, quizá no habíamos escuchado tan clara esa voz de Dios en nuestro corazón. Ahora ha surgido la gracia de Dios en nuestra vida y tenemos que saber aprovechar esa riqueza de gracia que el Señor nos concede.
De muchas maneras se hace presente el Señor. Alguien me contaba hace poco una experiencia que estaba viviendo; alguien había aparecido en su vida, sin saber casi cómo, y le había ofrecido su amistad, su capacidad de escucha y la presencia de esa persona cerca de su vida había sido como un rayo de luz que ahora le estaba ayudando a mejor mucho su vida. Alguien llama a eso el destino; nosotros podemos decir mejor la Providencia de Dios que nos busca y que nos cuida y que pone señales en nuestra vida que son gracia del Señor que tenemos que saber aprovechar.
El evangelio hoy nos habla de los frutos buenos que da todo árbol bueno. Son los frutos que Dios nos pide. Con esas gracias que recibimos del Señor estamos siendo llamados a dar buenos frutos. Que por nuestros buenos frutos sea reconocido el árbol bueno de la fe y del amor que tiene que ser nuestra vida.

martes, 22 de junio de 2010

Un camino que nos lleva a la vida en la alegría de la fe

2Reyes, 19, 9-11.14-21.31-36;
Sal. 47;
Mt. 7, 6.12-14

Nos había dicho el Deuteronomio en el Antiguo Testamento: ‘Mira, hoy pongo delante de ti la vida y el bien, la muerte y el mal. Si cumples lo que yo te mando hoy, amando al Señor, tu Dios, siguiendo sus caminos… vivirás y crecerás, el Señor tu Dios te bendecirá… pero su tu corazón se resiste y no obedeces… perecerás sin remedio…’
Hoy nos habla Jesús de puerta estrecha, de camino angosto que lleva a la vida; de puertas y espaciosos caminos que nos llevan a la perdición. Nos está dando una serie de sentencias como principios y valores para nuestro seguimiento de Jesús y para la entrega de nuestra vida cristiana.
Pero quizá alguien podría preguntarse que si eso de seguir a Jesús es una tarea tan dificultosa que casi se haga imposible. ¿Cómo compaginarlo con aquello otro que nos dice que El ha venido para traernos la salvación y que todos los hombres se salven?
Lo que nos plantea Jesús es que su seguimiento tiene sus exigencias. Exigencias porque las metas que nos pone son bien altas, pero no imposibles de alcanzar porque El está a nuestro lado y nos da su gracia y la fuerza de su Espíritu para realizar ese camino. Pero tiene sus exigencias porque nos sentiremos tentados por muchas cosas que quieren distraernos del verdadero camino que hemos de seguir y eso nos exigirá vigilancia, esfuerzo, lucha por nuestra parte para mantenernos en ese camino de fidelidad.
Por ejemplo, previamente nos ha dicho ‘tratad a los demás como queréis que ellos os traten, en esto consiste la ley y los profetas’. Eso podría parecernos en principio fácil porque pareciera que no nos está pidiendo gran cosa. Pero no siempre es fácil porque aunque nos gustaría que a nosotros nos trataran siempre bien, sin embargo sabemos cómo se nos mete en el corazón el egoísmo para sólo pensar en nosotros, el orgullo con el que quizá me sienta merecedor de todo, los recelos y desconfianzas que nos hacen a veces estar como poniendo medidas a lo que hacemos o medidas para ver qué es lo que nos hacen los demás a nosotros. superar ese egoísmo, ese orgullo o amor propio, esos recelos y desconfianzas a veces nos cuesta, tenemos que poner nuestro empeño, tratar de dominarnos a nosotros mismos, poner generosidad en nuestro corazón. Frente a nuestras debilidades y cansancios, esfuerzo, lucha, superación, camino que a veces se nos hace angosto y difícil.
Pero quizá podríamos o tendríamos que recordar aquí otras palabras de Jesús en el evangelio. Aquello que nos dice ‘Yo soy el Camino, y la Verdad, y la Vida; nadie va al Padre sino por mí…’ Nos señala camino que hemos de seguir, pero al mismo tiempo nos está diciendo que El es el Camino. Es seguir sus pasos, caminar sobre sus huellas, hacernos uno con El para vivir su misma vida, amar con su mismo amor.
Ese camino de seguimiento de Jesús que queremos realizar, con esfuerzo y responsabilidad, sin embargo no lo vemos nunca como un peso o una carga, sino que tratamos de realizarlo con ilusión, con esperanza, con alegría. Es la alegría de la fe, como decía ayer mismo el Papa, ‘la alegría de ser amados personalmente por Dios, que ofreció a Su Hijo por nuestra salvación’. Porque como seguía explicando ‘creer consiste sobre todo en abandonarse a este Dios que nos conoce y ama personalmente, aceptando la Verdad que Él reveló en Jesucristo con la actitud que nos lleva a tener confianza en la gracia’.
Y además cómo no vamos a hacer ese camino de la fe con alegría y esperanza si el mismo Jesús nos dice que vayamos a El porque en El encontraremos nuestro descanso. ‘Venid a mí los que estáis cansados y agobiados que yo os aliviaré… y en mi encontraréis vuestro descanso’. Es nuestra fuerza y es nuestro descanso. Es nuestro camino y es nuestra vida. De El nos fiamos, a El queremos seguir, su vida queremos vivir con toda intensidad. Que sepamos encontrar ese camino que nos lleva a Jesús.

lunes, 21 de junio de 2010

Tres coladores por el hemos de pasar cualquier juicio antes de manifestarlo

2Reyes, 17, 5-8.13-15.18;
Sal. 59;
Mt. 7, 1-5
¡Cuánto nos cuesta hacer lo que Jesús nos dice hoy en el evangelio! ‘No juzguéis y no os juzgarán…’ Porque somos muy fáciles para el juicio y la condena, para manifestar lo que a nosotros nos parece sin saber realmente lo que pasa por el interior de la otra persona. Sólo de Dios es el juicio, porque sólo Dios conoce el corazón del hombre.
Pero nosotros queremos darnos fácilmente de que todo lo sabemos y de que todo lo hacemos bien. Nos es más fácil ver lo que pueda haber en el otro, por muy insignificante que sea sin darnos cuenta de la joroba que llevamos en nosotros. ‘¿Por qué te fijas en la mota que tiene el ojo de tu hermano y no reparas en la viga que llevas en el tuyo?’ La imagen y la comparación que nos pone Jesús es bien clara y significativa.
Me he encontrado con el siguiente relato de un antiguo filósofo griego que bien podría ayudarnos en este aspecto que estamos comentando.
‘Se cuenta que alguien le dijo una vez a Sócrates, ese gran filósofo de la antigua Grecia:
-"Escucha Sócrates, lo que tengo para contarte...
-Espera un momento..., le dice Sócrates. ¿Hiciste pasar lo que me quieres decir por los tres coladores?.
-¿Tres coladores?
-Si, amigo. ¡Tres coladores! Déjame ver si lo que quieres contar pasa por los tres coladores. El primer colador es la Verdad. ¿Comprobaste si todo lo que me quieres contar es verdad?
-No lo comprobé, pero la gente lo dice y...
-¡Ajá!. Pero seguro que lo comprobaste con el segundo colador, que es la Bondad. Lo que me quieres contar, ya que no está comprobado como verdad, por lo menos ¿es bueno?
-¿Bueno?. No, eso no, al contrario...
-Entonces, vamos a emplear todavía el tercer colador. Ya que lo que me quieres contar no sabes si es verdad y además no es bueno, dime: ¿es absolutamente necesario que me cuentes eso que te pone tan alterado?.
-No, no es justamente necesario.
-Entonces, le dice Sócrates: si lo que me quieres contar no cumple las tres condiciones de ser Verdad, ser Bueno y de ser Necesario ¡Entiérralo y no lo conviertas en un peso ni para vos ni para mí!’
asegurémonos entonces antes de hacer un comentario o un juicio sobre las otras personas de pasar por los tres coladores como dice Sócrates. Eso quiere decir que busquemos siempre lo bueno, la verdad, lo que sea verdaderamente importante. Siempre hay algo bueno en lo que fijarnos; siempre hay algo bueno que alabar y valorar; siempre estamos a tiempo para disculpar y para perdonar.
No enturbiemos nuestro corazón cargando sobre nosotros el peso de lo malo. Como hemos dicho en más de una ocasión llenos nuestros ojos de luz. Que la luz de nuestros ojos no sea nunca oscuridad, como nos ha dicho Jesús no hace mucho. Así seremos capaces de ver siempre lo bueno de los demás que va a brillar sobre cualquier cosa turbia que a nosotros nos pueda parecer vislumbrar. Pero eso dejémoslo al juicio de Dios

domingo, 20 de junio de 2010

Una pregunta de Jesús y una respuesta comprometida



Zac. 12, 10-11; 13, 1;
Sal. 62;
Gál. 3, 26-29;
Lc. 9, 18-24


Jesús nos hace una pregunta hoy en el evangelio que no podemos responder de cualquier manera. Sí, digo que nos hace una pregunta. A nosotros. El evangelio proclamado es Palabra que Dios nos dirige; nos dirige a nosotros reunidos aquí como comunidad que celebra y que escucha la Palabra, pero es Palabra que nos dirige también personalmente a cada uno en particular.
Cuando nosotros venimos a la celebración y escuchamos la Palabra de Dios no es simplemente escuchar unos relatos de algo sucedido en otro tiempo o una Palabra que Dios dirigió a otros en otro momento. Para nosotros es Palabra viva, Palabra que nos dirige a nosotros el Señor. Por eso digo, nos hace una pregunta que no podemos responder de cualquier manera.
Situémonos ante esa Palabra que se nos ha proclamado. Jesús está con los discípulos, ha estado orando a solas en su presencia y les hace esa pregunta: ‘¿Quién dice la gente que soy yo?’ Pero luego les dirigirá la pregunta de manera más directa a ellos: ‘Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?’
Ya hemos escuchado las respuestas. Primero la diferentes opiniones o reacciones que las gentes van teniendo ante la presencia de Jesús. Ellos en este caso lo resumen diciendo: ‘Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros dicen que ha vuelto a la vida uno de los antiguos profetas’.
Si recordamos el evangelio hemos ido escuchando en distintas ocasiones cómo la gente se admira de la autoridad con que Jesús habla y actúa. ‘Nadie ha hablado así… este enseñar es nuevo, con autoridad… un gran profeta ha aparecido entre nosotros…’, por recordar algunas reacciones de la gente. Y recordamos también cómo Herodes está inquieto ante la presencia y la predicación de Jesús porque se dice si es Juan que ha vuelto a aparecer, el que él había mandado matar.
Cuando Jesús les hace más directamente la pregunta a ellos sobre lo que piensan, como siempre será Pedro el primero en reaccionar. ‘Tú eres el Mesías de Dios’. Ellos habían estado más cerca de Jesús, la experiencia de vida con Jesús les había hecho penetrar más en su misterio, y aunque también surgen dudas en su interior, ahora Pedro será capaz de dar esa respuesta.
Una respuesta que tendrá sus consecuencias. Porque llegar a hacer esa afirmación, esa confesión de fe en Jesús, El viene a decirles que va a implicarles la vida totalmente. Decir que es el Mesías no es pensar simplemente con la idea que habitualmente tenían en aquellos tiempos acerca de lo que iba a realizar el Mesías, la liberación de Israel haciéndolo un pueblo grande y liberado de la opresión de pueblos extranjeros. A pesar de lo que Jesús les diga y les explique una y otra vez, todavía los veremos en vísperas de la Ascensión preguntando si ha llegado ya la hora de la futura liberación de Israel.
Les explica ahora Jesús que ‘el Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día’. Algo que les costará entender como vemos en otros momentos del evangelio, porque ya sabemos que, como nos narra otro evangelista, Pedro querrá quitarle esas ideas a Jesús de la cabeza porque eso no le puede pasar a El.
Pero es que además Jesús les dirá que si tienen esa fe en El y quieren seguirle, mucho cambio tiene que producirse en sus corazones, a muchas cosas tienen que negarse empezando por esas maneras triunfalistas de pensar, y que además el camino de Jesús es el camino del discípulo, porque, como dirá en otro momento, el discípulo no es más que su maestro. ‘El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo. Porque quien quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará’.
Pero bien, hasta ahora en nuestra reflexión nos hemos situado ante el evangelio subrayando lo que entonces sucedió. Pero decíamos que la pregunta nos la hace Jesús directamente a nosotros y hemos de dar también una respuesta y no lo podemos hacer de cualquier manera. Ya sabemos también que hoy la gente tiene diferentes opiniones acerca de Jesús y del cristianismo. Hasta muchos quieren escribir sobre Jesús para poner sus propias interpretaciones muy llenas de imaginación en muchas ocasiones y de forma novelada de manera que hasta se convierten en libros que la gente se traga de cualquier manera, porque es la novela o la película que está de moda. No es ese el camino que nosotros hemos de seguir para conocer a Jesús, para descubrir todo el misterio y grandeza de su vida y la salvación que nos ofrece.
Otros quizá sin querer llegar a tanto, sin embargo solamente se quedan en ese personaje histórico, muy bueno y muy comprometido, muy revolucionario como dicen aquellos que quieren decir que Jesús fue el primer socialista o primer comunista. Gentes que se quedan en un aspecto humano, histórico, quizá si queremos hasta ejemplarizante, pero que no van más allá para descubrir el verdadero sentido y misterio de Jesús.
Pero no vamos a quedarnos en hacer juicio de lo que otros puedan pensar, sino que tendremos que plantearnos nosotros esa pregunta de Jesús para decir en verdad que es lo que Jesús es y significa para nosotros y para nuestra vida; cuál es la experiencia de Jesús que nosotros tenemos en nuestra propia existencia. Damos por sentado que quienes estamos aquí en esta celebración queremos tener la visión de la fe. Y queremos confesar sí que Jesús ‘es el Mesías de Dios’, el Hijo del Dios vivo, nuestra vida y salvación.
Pero ya sabemos esta confesión de fe que queremos hacer en Jesús no se nos puede quedar en palabras, sino que tiene que ser una confesión de fe que hacemos con toda nuestra vida. Y hacer una confesión de fe con toda nuestra vida es aceptarle para seguirle, para vivirle. Es un meternos en El o dejar que el se introduzca en lo más hondo de nosotros para inundarnos de su vida, de su gracia y de su salvación. Como nos decía el apóstol ‘por la fe en Cristo Jesús todos sois hijos de Dios, y nos hemos incorporado a Cristo por el Bautismo para revestirnos de El’.
Nos exigirá ese seguimiento una negación de nosotros mismos, un tomar su cruz cada día. Significará vivir una vida como la de El, vivir una vida para el amor y en el amor. Significará en verdad cada día querer ser más santos, negándonos a nosotros mismos, haciendo negación y renuncia al pecado y a todo lo que nos pueda apartar de El.
Recordáis que nos dice el evangelio que cuando Jesús hizo esta pregunta a los discípulos estaba orando El en presencia de ellos. Y decíamos también que la respuesta no la podemos dar de cualquier manera. Pues yo diría que será así, desde la oración desde donde aprendamos a Jesús, desde donde podemos conocerle hondamente, y desde donde nosotros luego podremos dar esa respuesta de forma verdadera. Ahí en la intimidad de la oración podremos conocerle, pero es también desde donde tendremos la fuerza necesaria para darle esa respuesta con toda nuestra vida.

sábado, 19 de junio de 2010

Confiadle vuestras preocupaciones que El se preocupa de vosotros

2Cron. 24, 17-25;
Sal. 88;
Mt. 6, 24-34

Todos sabemos muy bien que el primer mandamiento de la ley de Dios es ‘amarás a Dios sobre todas las cosas’, o como nos dice el Deuteronomio ‘con todo el corazón, con toda la mente, con toda el alma, con todo tu ser’. Ya sabemos que es quizá el mandamiento que a la hora de hacer un examen de conciencia es en el que menos nos detenemos porque damos por sentado que amamos a Dios así, sobre todas las cosas. Pero ¿es en realidad así?
Si amamos a Dios sobre todas las cosas, no habrá nada en el mundo que pongamos por encima de ese amor a Dios. Pero ¿no nos sucederá que en la práctica de nuestras vidas hay cosas que anteponemos al amor a Dios? En realidad tenemos que decir que nuestro pecado a la larga no ha sido otra cosa que anteponer otras cosas a ese amor de Dios, ya sean nuestros gustos o apetencias, ya sean nuestras pasiones o nuestros caprichos, ya sea el prurito de quedar bien ante los ojos de los hombres, o nuestro propio orgullo o amor propio.
Hoy nos dice Jesús que no podemos servir a la vez a dos señores, ‘porque despreciará a uno y querrá al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo’. Por eso terminará diciéndonos Jesús, - y es continuación de lo que ayer escuchábamos de ‘donde está nuestro tesoro, está nuestro corazón’ – y nos lo dice de una forma muy firme: ‘No podéis servir a Dios y al dinero’.
Quiere enseñarnos Jesús cómo hemos de poner todo nuestro amor y toda nuestra confianza en Dios que es nuestro Padre, que nos ama y que nos cuida. Y nos habla Jesús de nuestras preocupaciones por la comida, por el vestido y por todas esas necesidades materiales y humanas que tenemos cada día. Dios es un Padre providente que nos cuida y se preocupa por nosotros. Nos hace la comparación de las aves del cielo o las flores del campo a quienes Dios cuida y llena de belleza y encanto. ‘¿No valéis vosotros más que ellos?’
No significa que no tengamos que atender a nuestras responsabilidades, que tengamos que trabajar para ganarnos el sustento y para atender a los que están a nuestro cargo. En la parábola de los talentos nos habla de esa responsabilidad y es bien duro con quien no la ha sabido cumplir. Pero quiere el Señor que no andemos con agobios y desesperanzas. Que confiemos más en el Señor. Que busquemos lo que es verdaderamente importante. ‘Ya sabe vuestro Padre del cielo que tenéis necesidad de todo eso. Sobre todo buscad el Reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura’.
En este sentido Pedro en su primera carta nos dice algo hermoso: ‘Así pues, humillaos bajo la mano poderosa de Dios… confiadle todas vuestras preocupaciones, puesto que El se preocupa de vosotros’. Hermoso mensaje para poner siempre toda nuestra confianza en Dios.
El amor de Dios y la confianza en El que es nuestro Padre siempre por encima de todo. Que nada nos pueda apartar de ese amor de Dios. Que no pongamos nada en la vida en el lugar de Dios que para nosotros siempre ha de ser el primero en todo. Porque además tendríamos que recordar aquello de ‘no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios’.

viernes, 18 de junio de 2010

¿En qué tesoro hemos puesto nuestro corazón?

2Reyes, 11, 1-4.9-18.20;
Sal. 131;
Mt. 6, 19-23

‘Porque donde está tu tesoro, allí está tu corazón’. A aquella persona le habían regalado una joya muy valiosa, un hermoso anillo, por ejemplo, engarzado de brillantes. No sabía que hacer con él. Se lo ponía, lo guardaba, se lo enseñaba a sus amigos, buscaba continuamente donde esconderlo para que no se lo robasen; no hacía sino pensar en ello, eran todos sus sueños; en sus nervios algunas veces hasta dejaba de lado alguna de sus responsabilidades porque no lo podía quitar de su mente, era lo más preciado para su vida. Era su tesoro. Y todo parecía girar ahora en su vida en torno a aquel tesoro. ¿Será ése el único tesoro importante en la vida?
‘Porque donde está tu tesoro, allí está tu corazón’, nos dice Jesús. ¿Cuál es nuestro tesoro? ¿Quizá podemos pensar en esas cosas o bienes materiales, en esas riquezas humanas, por las que algunas veces luchamos tanto, esa joya preciosa que un día nos regalaron o nosotros adquirimos? ¿Será quizá el saber o la sabiduría, la riqueza de nuestros conocimientos o de las ciencias? ¿Cuáles serán otros tesoros que podemos obtener en la vida?
¿Dónde está nuestro tesoro? ¿Dónde tenemos nuestro corazón? Jesús habla en otro lugar del evangelio de la perla preciosa o del tesoro escondido por el que lo damos todo. El hombre que vende todo lo que tiene por obtener aquella perla preciosa, por conseguir aquel tesoro escondido.
¿Cuál será ese tesoro por el que nosotros somos capaces de dar todo lo que tenemos? Jesús nos dice hoy en el evangelio que guardemos ese tesoro donde la polilla y la carcoma no lo puedan roer, o los ladrones robar. Y nos dice: ‘Amontonad tesoros en el cielo donde no hay polilla ni carcoma que se los roan, ni ladrones que abran boquetes y roben…’
Podemos pensar en nuestra fe, el hermoso tesoro de nuestra fe en Jesús. Podemos pensar, en consecuencia, en todo lo que es nuestra vida cristiana de seguimiento de Jesús que tenemos que cuidar, en lo que tenemos que empeñarnos seriamente. Podemos pensar en ese tesoro de la vida de la gracia que hemos recibido por los méritos de Cristo en nuestro Bautismo y que tanta grandeza nos ha dado, tanta dignidad excelsa que nos ha hecho hijos de Dios. Podemos pensar en ese hermoso tesoro de nuestro amor y nuestra buenas obras, verdadera riqueza que podemos guardar junto a Dios en el cielo y que tenemos que hacer crecer más y más. Podemos pensar, por supuesto, en tantos valores humanos y espirituales que enriquecen nuestra vida por dentro, que nos ayudan a relacionarnos debidamente los unos con los otros, que nos hacen felices y que hacen felices a los demás.
¿Valoraremos así nosotros nuestra vida cristiana como un hermoso tesoro que tenemos que cuidar, del que tenemos que estar orgullosos y con la que podemos presentarnos como buenos testigos ante el mundo que nos rodea? Es algo que no podemos ocultar; algo que no podemos perder; algo que tenemos que cuidar como la mayor de nuestras riquezas.
Pueden acercarse ladrones a nuestra vida que quieran arrancar de nosotros ese don de la fe; pueden aparecer polillas y carcomas que nos puedan debilitar esa vida de la gracia cuando vamos dejando introducir en nosotros todo aquello que nos puede poner en peligro nuestra vida cristiana; pueden aparecer dudas que nos cieguen para conocer la verdad, cuestionamientos que nos hacen tambalear en nuestros principios y valores, tentaciones que nos ponen en peligro, que si no estamos bien fortalecidos debiliten nuestra vida y nuestra fe, y nos conduzcan a la muerte llevándonos al pecado que arranca la gracia divina de nuestro corazón.
Cuidemos ese verdadero tesoro de nuestra vida, nuestra fe, nuestra vida cristiana, la gracia que Dios nos ha regalado, las obras del amor.

jueves, 17 de junio de 2010

Hagamos profesión de nuestra condición de hijos al rezar el Padrenuestro

Eclesiástico, 48, 1-15;
Sal. 96;
Mt. 6, 7-15

‘Cuando recéis no uséis muchas palabras… vosotros rezad así…’ Y nos propone Jesús como modelo de nuestra oración el Padrenuestro. Ya en lo que escuchábamos ayer nos decía cómo habíamos de interiorizar dentro de lo secreto de nuestro corazón para orar a Dios, para sentir su presencia y escuchar a Dios. Hoy nos propone el modelo de nuestra oración. Mucho tendríamos que meditar sobre ello para aprender a orar de verdad tal como Jesús quiere que sea nuestra oración.
San Cipriano, Obispo y mártir de la Iglesia primitiva y gran doctor de la Iglesia hace una hermosa explicación del padrenuestro que quienes rezamos la Liturgia de las Horas tenemos oportunidad en estos días de leerlo en el Oficio de lectura. Entresaco algún párrafo que nos ayude en esta breve reflexión en nuestra celebración.
‘¡Cuán importantes, nos dice, cuántos y cuán grandes son los misterios que encierra la oración del Señor, tan breve en palabras y tan rica en eficacia espiritual! Ella, a manera de compendio, nos ofrece una enseñanza completa de todo lo que hemos de pedir en nuestras oraciones. Vosotros – dice el Señor – rezad así: Padre nuestro que estás en los cielos…
El hombre nuevo,
continúa diciéndonos, nacido de nuevo y restituido a Dios por su gracia, dice en primer lugar: Padre, porque ya ha empezado a ser hijo. La Palabra vino a su casa – dice el Evangelio – y los suyos no la recibieron. Pero a cuántos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Por esto, el que ha creído en su nombre y ha llegado a ser hijo de Dios debe comenzar por hacer profesión, lleno de gratitud, de su condición de hijo de Dios, llamando Padre suyo al Dios que está en los cielos’.
Muchos más párrafos podríamos entresacar de los comentarios de san Cipriano, pero bástenos este breve párrafo. Creo que si consideráramos bien la dicha que tenemos de poder llamar a Dios Padre seguro que nuestra oración y nuestra vida toda sería bien distinta. Es algo que no hemos de cansarnos de considerar. Dios es mi Padre que me ama. Es nuestro Padre que nos ama. Con cuánta confianza hemos de acudir a El no sólo en nuestras necesidades, sino en cada momento de nuestra vida para gozarnos en su amor.
Por ahí tendríamos que comenzar cada vez que rezamos el Padrenuestro, saborear esa palabra, saborear que podamos llamarlo Padre y podemos sentirnos sus hijos. De ahí fluiría nuestra oración de una forma hermosa. De esa dicha vivida en lo hondo de nuestro corazón nuestra actitud hacia Dios sería bien distinta. ¿Cómo no vamos a querer glorificarle en todo momento? ¿Cómo no vamos a reconocerle en verdad como nuestro Rey y Señor, el verdadero centro y motor de toda nuestra vida? ¿Cómo no vamos a mostrarle todo nuestro amor buscando siempre y en todo lo que es su voluntad?
Sabiendo cuánto nos ama, como nos dice hoy, ya no necesitaríamos muchas palabras para presentarle nuestros deseos o las peticiones por aquellas cosas que nos preocupan, porque sabemos que siempre están en su presencia. Sabiéndonos amados así de Dios que es nuestro Padre sentiremos al mismo tiempo su fuerza y su gracia que nos libera del mal, nos hace fuertes en la tentación, nos hace amar de una manera nueva a los demás incluyendo siempre el perdón.
Aprendamos a saborear la oración del Padrenuestro. Meditémosla muchas veces, diciéndola pausadamente, deteniéndonos en cada palabra, en cada invocación. Evitemos toda rutina al hacer nuestra oración. Pensemos siempre cómo estamos en la presencia de Dios que nos ama y con cuánto amor tenemos que amarle.

miércoles, 16 de junio de 2010

No nuestra gloria, sino la gloria del Señor

2Rey. 2, 1.6-14;
Sal. 30;
Mt. 6, 1-6.16-18

Tenemos que dar testimonio con nuestra vida y nuestras obras de nuestra fe y de las maravillas que Dios hace en nosotros, pero lo que tenemos que buscar siempre es la gloria de Dios y no nuestra gloria. Jesús nos manda que seamos luz, lo hemos escuchado estos días, y que la luz tiene que ponerse en alto, en el candelero para que ilumine a todos; pero la luz que tenemos que trasmitir no es la de nuestros orgullos personales por aquello que hagamos, sino siempre la luz del Señor.
Sin embargo sentimos la tentación de querer el halago o la alabanza, buscando nuestra gloria. Cuando actuamos así oscurecemos las obras buenas que podamos realizar, y más bien convertirnos en pantalla que trata de ocultar la verdadera gloria del Señor. Es bueno que nos sintamos valorados, alimentar en cierto modo la autoestima porque veamos que somos capaces de hacer lo bueno. Pero hemos de cuidar evitar el orgullo y la vanidad. No nos puede faltar en la vida una buena dosis de humildad.
De todo esto nos previene Jesús hoy en el evangelio. De entrada nos está diciendo: ‘Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tendréis recompensa de vuestro Padre del cielo’.
Jesús se fija en tres aspectos que eran muy importantes en la espiritualidad y en la práctica religiosa de todo buen judío, y que son también importantes en nuestro camino espiritual: la limosna, la oración y el ayuno.
Pero nos dice y nos repite. ‘No seáis como los hipócritas… como los farsantes…’ las gentes de doble cara, los que se dejan llevar por las apariencias, pues mientras quieren aparecer de una manera su corazón está torcido o lleno de malos deseos. Que no vayamos haciendo sonar la trompeta delante de nosotros cuando vayamos a hacer una cosa buena, a dar limosna o a compartir con los demás. ‘Que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha’, nos dice.
En tu oración no puedes andar disipado, atendiendo más a la gente que te rodea que a Dios que te habla allá en lo secreto de tu corazón. Hace falta un recogimiento interior, un silencio no sólo en lo externo, sino en lo más interior de nosotros mismos. Sólo así podemos escuchar a Dios y entrar en diálogo de vida y de amor con El.
Y nos habla también del ayuno, que no puede ser sólo una cosa externa y formal. Esa renuncia a lo bueno que hacemos como signo de penitencia tiene que ser algo auténtico, surgido y realizado allá en lo más hondo de nosotros mismos. Como nos dice Jesús, ese ayuno no lo tiene que notar la gente sino que quien tiene que verlo es el Señor. Como nos dice ‘cuando ayunéis no andéis cabizbajos como los farsantes que desfiguran su cara para hacer ver a la gente que ayunan…’ Fijaos en lo que dice ‘perfúmate la cabeza y lávate la cara’, porque no buscas que te alaben porque hagas una cosa buena, sino que lo que quieres es la gloria del Señor.
Que no es cuestión solo de renunciar a unos alimentos, sino de doblar en lo más hondo de nosotros mismos tantas apetencias que muchas veces nos hacen sentirnos inquietos y nos hacen perder la paz. En otro lugar el Señor nos dice que no ayunemos dando golpes y puñetazos, que no es ése el ayuno que el Señor quiere. Decimos que nos sacrificamos, pero no somos quizá de dominar nuestras violencias, decimos que queremos hacer penitencias, pero no tenemos amor en el corazón para con los demás, renunciamos a unos alimentos o a unas cosas, pero luego no sabemos compartir con los otros.
Que sea la auténtica conversión del corazón que se doble ante el Señor para reconocer su soberanía y su amor eterno.

martes, 15 de junio de 2010

Actitudes y acciones de muerte, arrepentimiento y actitudes nuevas de vida y amor

1Rey. 21, 17-29;
Sal. 50;
Mt. 5, 43-48

Algunas veces, sobre todo en el Antiguo Testamento, escuchamos historias duras llenas de maldad y de pecado. Pero normalmente después de esos relatos siempre hay una llamada del Señor invitando a la conversión y a la vuelta a El. Es lo que hemos venido escuchando ayer y hoy en el libro de los Reyes. Lo que escuchábamos ayer era una historia bien dura llena de maldad y de pecado, una historia de muerte, podríamos decir.
Ambiciones y sobornos, perjurios y testimonios falsos, homicidios y robos, idolatría… es lo que nos refleja el texto en la maldad y ambición tanto del rey Ajab como de la reina Jezabel que tanto influyó además en el reino de Israel para introducir la idolatría y el culto a los baales, como hemos venido escuchando con la historia del profeta Elías.
Pero si ayer escuchábamos esa triste historia hoy contemplamos como el profeta viene en nombre del Señor a anunciarle el castigo merecido a quien de tal manera se había portado. Quien vivía sumido en la muerte de la maldad y del pecado, sólo tendría muerte en su vida si no había conversión. Y es el arrepentimiento que surge reconociendo su culpa. ‘¿Has visto como se ha humillado Ajab ante mí? Por haberse humillado no lo castigaré…’
Nuestra respuesta fue en el salmo reconocer también nuestro pecado. ‘Misericordia, Señor, hemos pecado’, repetíamos. Lo tenemos que reconocer una y otra vez porque también somos pecadores, pero la misericordia del Señor es grande.
Por su parte en el evangelio seguimos escuchando el sermón de la montaña y lo que hoy nos dice también es una continuación de lo que ayer reflexionábamos. Vuelve a contraponer Jesús lo que decía y podía parecer totalmente normal y lo que tiene que ser el estilo nuevo de los que le seguimos. ‘Habéis oído que se dijo: amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Yo, en cambio, os digo: amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen y rezad por los que os persiguen y calumnian. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo que hace salir su sol sobre buenos y malos y manda la lluvia a justos e injustos’.
Es claro el mensaje de Jesús. El nos ha llamado para que seamos hijos, y en consecuencia tenemos que querernos todos como hermanos. No cabe entre los hijos el odio, el resentimiento, el rencor. Como hermanos hemos de saber perdonarnos. Porque además en algo tenemos que diferenciarnos de aquellos que no tienen fe. Los paganos, nos dice, aman y saludan a los que los aman o a los que son amigos. Pero en nosotros tiene que ser distinto.
Y nos da una clave que yo considero muy importante y definitiva para que empecemos a amar también a aquellos que nos hayan podido hacer daño: rezar por ellos. Creo que cuando somos capaces de comenzar a rezar sinceramente por una persona, ya la estamos metiendo en el corazón y ya estamos comenzando a amarla, aunque nos cueste.
Os confieso que, aunque muchas veces me cuesta, es algo que una vez que lo aprendí del evangelio he intentando hacerlo siempre en mi vida. Y he encontrado mucha paz en ello, para alejar de mi corazón actitudes de muerte. Porque no amar a alguien, guardar resentimiento o rencor por lo que nos haya podido hacer, es tener actitudes de muerte en el corazón.

lunes, 14 de junio de 2010

No hagáis frente al que os agravia

1Rey. 21, 1-6;
Sal. 5;
Mt. 5, 38-42

‘No hagáis frente al que os agravia…’ Los cinco versículos que hoy hemos leído del sermón de la montaña de Jesús podríamos resumirlo en esta sentencia o principio. Jesús nos está mostrando un estilo nuevo de vivir.
En nuestras lógicas humanas, en nuestras formas habituales de reaccionar desde nuestros orgullos o desde nuestro amor propio pareciera que esa no sería la forma de actuar. Incluso desde las leyes justiciera humanas parece que si alguien nos hace algún daño tendría que pagarlo. Así surgen nuestros sentimientos vengativos – aquello de que quien me lo hace lo tiene que pagar – y la ley del talión vendría simplemente a poner, como decimos hoy entre comillas, orden a la hora de esa reacción justiciera para evitar la las venganzas que se convirtieran en una espiral inacabable.
‘Ojo por ojo y diente por diente’, dice la ley del talión. Pero frente a ello vemos lo que nos dice Jesús: ‘No hagáis frente al que os agravia’. Entramos en una órbita distinta, que es la órbita del amor y del perdón. Al mal no podemos responder sino con bien. Nos dice de presentar la otra mejilla, que es una forma de hablar, una forma de decirnos que no es con mal, actuando de la misma manera como nosotros tenemos que responder. Además, si nos damos cuenta, es una forma de desarmar al que viene con violencia y maldad a nosotros, el responder no con la misma violencia o maldad, sino con amor, generosidad y paz en el espíritu. Algo que no es fácil, pero que es realmente el estilo que Jesús quiere que le demos a nuestra vida.
Abundará más en este tema en versículos que seguiremos escuchando en los próximos días, pero lo que el Señor quiere decirnos es cómo tenemos que entrar en otra órbita, no la espiral de la violencia que responde con violencia, sino en la órbita que lo envuelve todo con el amor. De ese amor nacerá la comprensión y el perdón; de ese amor ha de nacer un corazón lleno de misericordia, porque como nos dirá Jesús en otro momento lo que tenemos que hacer es parecernos al Padre del cielo, que ya escuchábamos en el Antiguo Testamento que es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia, como dicen los salmos.
Hoy nos hablará Jesús de esa nueva relación entre unos y otros que no será una relación interesada, sino que se basará siempre en la generosidad y en el amor. ‘A quien te pide dale, y al que te pide prestado, no lo rehuyas’. Mira que nos conoce Jesús y sabe bien cuales son nuestras habituales reacciones y la forma interesada que tenemos muchas veces de actuar. Ayudo al que me ayuda, presto al que me presta, soy bueno con el que es bueno conmigo, es la forma como más espontánea y primaria de nuestro reaccionar. Pero Jesús nos está enseñando que no sólo ayudemos al que nos ayuda, o le hagamos el bien al que nos hace el bien, sino que la generosidad de nuestro corazón tiene que ir más allá, pues con todos tenemos que ser generosos y también tenemos que ayudar incluso al que se porte de una forma egoísta con nosotros y nunca nos preste un servicio.
Cosas sencillas nos está pidiendo Jesús, pero reconocemos que no siempre son fáciles, porque, como decíamos antes, parece que nos puede más el orgullo y el amor propio. Pero sí lo podemos hacer, porque para eso Jesús nos da el Espíritu del amor. Que su Espíritu en verdad llene nuestra vida y nos dé esa necesaria fortaleza para comprometernos seriamente en esa nueva civilización del amor por la que tenemos que trabajar.

domingo, 13 de junio de 2010

Una mirada de luz y de misericordia


Sam. 12, 7-10.13;
Sal. 31;
Gál. 2, 16.19-21;
Lc. 7, 36-8, 3

‘El Señor ha perdonado ya tu pecado, no morirás’, le dice el profeta Natán a David cuando éste ha reconocido que ha pecado contra el Señor. ‘Tus pecados quedan perdonados… tu fe te ha salvado, vete en paz’, le dice Jesús a la mujer pecadora que allí, a los pies del Señor, con mucho amor ha llorado sus pecados. Arrepentimiento y amor, conversión y cambio de vida, transformación del corazón, luz que disipa tinieblas. En el fondo la fe en el Señor que es el que nos perdona y nos justifica.
Dios siempre viene a buscar el corazón del hombre para transformarlo y llenarlo de vida. No quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva, hemos meditado muchas veces. Y el Señor nos busca. Como Natán fue en el nombre de Dios a buscar a David para que reconociera su pecado. Como Jesús que va a casa del fariseo pero que va buscando corazones que transformar y llenar de paz.
Aunque el relato del evangelio nos dice que ‘el fariseo rogaba a Jesús que fuera a comer con él’, podemos decir que es Jesús realmente quien va en su búsqueda. Conoce Jesús todo lo que puede pasar allí y que será ocasión para que aquella mujer pecadora acuda a Jesús. Pero, ¿no irá Jesús también buscando el corazón de aquel fariseo en el que habrá que cambiar muchas actitudes? Los caminos de las búsquedas de Dios.
Ya conocemos el relato del evangelio. Cuando Jesús estuvo sentado a la mesa aquella mujer, una mujer pecadora, se entera de que allí está Jesús. ‘Vino con un frasco de perfume y, colocándose detrás junto a sus pies, llorando se puso a regarle los pies con sus lágrimas, se los enjugaba con sus cabellos, los cubría de besos y se los ungía con el perfume’. Hará con Jesús todo lo que aquel fariseo no había hecho con Jesús como gestos de hospitalidad. Quien en verdad era la primera en recibir y acoger a Jesús era aquella mujer que se había atrevido a acercarse así hasta Jesús. los gestos que le hubieran correspondido al dueño de la casa los realiza ella.
Allí estaba el arrepentimiento y el amor; el reconocimiento de sus muchos pecados, pero un amor grande para acudir con confianza total hasta Jesús para llorar sus pecados. Había pecado mucho, pero ahora amaba mucho porque se les perdonaban sus muchos pecados. ‘Tu fe te ha salvado’, le dice Jesús.
Y en Jesús encuentra la paz, la paz más honda en su corazón como la que tenemos que sentir nosotros cuando también con humildad y con mucho amor acudimos a Jesús aunque seamos muy pecadores. Es que en Jesús nos vamos a sentir transformados. El amor nos transforma. Jesús en su amor, y un amor infinito, ha dado su vida por nosotros para darnos ese perdón y esa paz. En ese amor de Jesús nos sentimos transformados para nosotros querer amar con un amor igual, con un amor grande. Y con ese amor llevar también esa paz a los demás.
Nos sentimos transformados desde lo más hondo de nuestra vida cuando ponemos nuestra fe en El. Y queremos seguirle. Y queremos hacernos como El. Y queremos caminar a su paso. Y sentimos cómo tenemos que cambiar nuestro corazón, nuestras actitudes, lo que hacemos en nuestra vida. Es cuando vemos la miseria de nuestro pecado y comprendemos también qué grande es su amor y su misericordia.
Queremos, entonces, mostrarle nuestro amor y buscaremos los gestos que consideremos más hermosos para mostrarle nuestro amor. Como hizo aquella mujer pecadora. Con cuántos gestos de amor tenemos que aprender a acoger a Jesús. Y el reconocimiento de nuestro pecado no es para anularnos, sino para sentirnos perdonados por El y sentir esa paz tan hermosa que El nos da. ‘Tu fe te ha salvado, vete en paz’, nos dice también a nosotros. Siéntela en tu corazón y llévala también a los demás.
Nos preguntábamos antes si acaso Jesús no iba buscando también el cambio del corazón de aquel fariseo que lo había invitado. Cuando meditamos este texto del evangelio nos fijamos poco en el fariseo, si acaso con algo de conmiseración por nuestra parte porque decimos que pensaba mal en su interior. Jesús conocía lo que pensaba aquel hombre sobre el hecho de que la mujer pecadora estuviera haciendo lo que hacía.
Por eso Jesús le propone la parábola de los dos deudores. Pero es que Jesús lo que está queriendo hacer comprender a aquel hombre es que no puede pensar mal ni juzgar. Que fácil nos es hacer eso a nosotros también tantas veces. Le hizo ver Jesús que en aquella mujer, aunque fuera muy pecadora, había mucho amor. Ni se puede juzgar ni se puede condenar. ¿No estaría invitándole también a que él fuera menos duro en su vida y pusiera también más amor, compasión y misericordia en sus actitudes para con los demás? Era un cambio de actitud interior lo que necesitaba aquel hombre.
Es lo que le pide Jesús. Son muchas las actitudes interiores que también hemos de cambiar en nuestro corazón. Como decíamos somos muy fáciles a los prejuicios, a las actitudes preventivas contra los otros, a juzgar las acciones o las actitudes de los demás según nuestros pareceres, a condenar fácilmente al prójimo. Sólo Dios conoce el corazón del hombre y no somos nadie nosotros para juzgar del interior de la otra persona.
Y quien en verdad se dice seguidor de Jesús ha de llenar siempre su corazón de compasión y misericordia, porque nosotros somos deudores de la misericordia que el Señor tiene con nosotros y sólo así obtendremos también nosotros misericordia. ‘Dichosos los misericordiosos, porque ellos obtendrán misericordia’, que nos dice la bienaventuranza.
Nuestros ojos tienen que estar llenos de luz para mirar a los demás. Y los tenemos llenos de luz cuando tenemos amor y misericordia en el corazón. Si miramos con ojos de luz seremos capaces de ver también el resplandor de luz que hay siempre en los otros. Siempre podemos encontrar algo bueno en el otro. ¿No nos gusta a nosotros que valoren lo bueno que hay en nuestra vida o lo bueno que hacemos, por muy pecadores que nos sintamos? Así tenemos que aprender nosotros a mirar a los demás.
Si sólo miramos con ojos enturbiados por las tinieblas de nuestra malicia sólo veremos sombras y tinieblas. Tenemos que aprender a tener esa nueva mirada. Quitar tinieblas de nuestros ojos y de nuestro corazón. Nos lo enseña Jesús hoy. Qué distinta era la actitud de aquel fariseo que sólo veía tinieblas y pecado en aquella mujer y la mirada de Jesús que, aunque hubiera pecado en ella, sin embargo él veía sobre todo amor. Esa mirada luminosa de Jesús llenó también de luz el corazón de aquella mujer pecadora porque salió de allí perdonada y en paz.
También nosotros necesitamos que Jesús llegue a la casa de nuestra vida. Más aún es El quien nos ha invitado a que vayamos a sentarnos a su mesa. Para eso estamos aquí en la Eucaristía. Que el Señor nos llene de su luz; que el Señor nos llene de su paz.

sábado, 12 de junio de 2010

Pongámonos junto al Corazón Inmaculado de María y contemplemos cuánto guarda en su corazón


Is. 61, 9-11;
Sal: 1Sam. 2;
Lc. 2, 41-51

Cuando entramos en la casa o en el hogar de alguien estamos entrando en gran parte en la intimidad de su vida. Cuantos recuerdos o retazos de la vida se encuentran por todas partes: fotografías, objetos de adorno, rincones especiales, determinados objetos pueden traer a la memoria momentos felices o dolorosos de la vida, pero que la mayor parte de las veces quedan guardados en lo secreto del corazón salvo que aquella persona quiera compartirlo con nosotros.
Hoy queremos pedirle permiso a María para entrar en el hogar de su corazón. Casi no haría falta porque ella como buena madre siempre tiene abierto su corazón para sus hijos. En este día en que hacemos memoria y fiesta celebrando litúrgicamente el Corazón inmaculado de María, tras la celebración en el día de ayer del Sagrado Corazón de Jesús.
Muchas cosas, muchas vivencias quedan guardadas en el corazón de María. Ya el evangelista nos ha dicho que ante todo aquello que estaba sucediendo ‘María conservaba todas estas cosas en su corazón’. Por eso con mucha delicadeza pero con los ojos de nuestro corazón bien abierto queremos acercarnos a su corazón Inmaculado, a su corazón de Madre, porque son tantas cosas las que ella nos puede enseñar.
Lo contemplamos, sí, inmaculado como es el título de esta fiesta, porque ella es la Inmaculada, la Purísima, la sin pecado, la que fue preservada de todo pecado, incluso del pecado original en virtud de los méritos de su Hijo. Pero aunque Dios le diera ese don de ser preservada del pecado, con cuanto mimo y con cuanto amor supo María conservar esa pureza, esa santidad en su vida.
Ella es la Madre de la fe, la mujer que abrió su vida a Dios, porque en el confiaba y por ella recibió ese especial amor del Señor que la eligió, la escogió bendita entre todas las mujeres para ser la Madre del Señor, la Madre de Jesús, verdadera Madre de Dios.
Es la fe con la que ella sabía descubrir la acción de Dios en su vida, la que reconoció la embajada angélica como la voz de Dios que llegaba a su corazón anunciándole cosas grandes. Es la fe con la que se dejó hacer y conducir por el Espíritu divino y que la llenó y la inundó de amor.
Es la fe con la que ella contemplaba todos aquellos acontecimientos que se iban sucediendo y que ella ha guardado en su corazón como quien guarda los recuerdos, los regalos o las fotografías más hermosas de los acontecimientos de su vida: la embajada angélica, la visita a su prima Isabel, las dudas en silencio de José, el nacimiento de Jesús en Belén con la presencia de los ángeles y los pastores, más tarde de los magos venidos de Oriente, su exilio a Egipto y su vuelta a Nazaret, el niño perdido en el templo o el crecimiento silencio de aquel niño que era su hijo pero que era el Hijo de Dios. Todo lo iba guardando en su corazón, en todo veía ella el actuar de Dios.
Es la fe de María que se hace compromiso de amor para ir hasta la montaña a servir a su prima Isabel, o para estar con los ojos atentos ante cualquier problema o necesidad como en las bodas de Caná.
Allí guardado en su corazón está la presentación del Niño Jesús en el templo donde comienza la ofrenda y donde comienza el sacrificio; allí le anunció el anciano Simeón lo de la espada que le atravesaría el alma y por eso ella estaba preparada – bien conocía también lo anunciado por los profetas – para el momento del sacrificio de su Hijo en su pasión y en su muerte en la Cruz. De ella aprendemos a hacer ofrenda de nuestra vida, a sacrificar nuestro corazón y nuestro yo, a unirnos también nosotros a la pasión y a la cruz; a esperar con la esperanza de la madre la alegría de la resurrección anunciada para que se consumara la Pascua.
Allí guardado en su corazón están los primeros pasos de la Iglesia naciente, la oración con los discípulos en el cenáculo y la venida del Espíritu Santo que diera comienzo a la acción de la Iglesia. Y ahí se continuaría en una lista sin fin esa presencia de María, todo lo que ella tiene guardado en su corazón, junto a los hijos que Jesús le diera al pie de la Cruz.
Quedémonos ahí en silencio y contemplando nosotros también transidos de amor como María cuánto guarda en su corazón. Que en ese contemplación crezca y madure nuestra fe; que aprendamos de ella a amar con el amor que Jesús nos prescribió, de ella la que supo darse también y olvidarse de sí mismo. Quedémonos ahí junto a su corazón y elevemos nuestra plegaria, con ella demos gloria y alabanza al Señor, y a ella pidámosle que sea nuestra madre intercesora para nuestras necesidades, para las necesidades de nuestros hermanos, para las necesidades de la Iglesia y del mundo. Dejemos que María nos guarde también en su corazón, pero ensanchemos el nuestro para tener por siempre a María con nosotros.

viernes, 11 de junio de 2010

Proyecto de amor eterno en el corazón del Señor


Ez. 34, 11-16;
Sal. 22;
Rm. 5, 5-11
Lc. 15, 3-7

‘Los proyectos del corazón del Señor subsisten de edad en edad, para librar las vidas de sus fieles de la muerte y reanimarlos en tiempo de hambre’. Con estas palabras tomadas del salmo 32 iniciaba la liturgia de este día la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. Como decíamos en la oración ‘al celebrar la solemnidad del Corazón de tu Hijo unigénito, recordamos los beneficios de su amor para con nosotros…’
Todo nos habla en este día del amor del Señor. ‘Los proyectos del corazón del Señor’ que son siempre proyecto de amor para nosotros, amor eterno de Dios. La imagen del Corazón eso quiere expresar, porque incluso en nuestro lenguaje relacional hablar del corazón es hablar de la amistad, del cariño, del amor que sentimos hacia aquellos que están cerca de nosotros. De ahí esta devoción tan hermosa que nos quiere hacer profundizar en el amor de Dios.
Para hablarnos de todo lo que significa Jesús para nosotros con el lenguaje de la Biblia empleamos diversas imágenes, porque es tanto lo que El es para nosotros que nos es imposible algunas veces expresarlo con nuestras palabras o reducirlo a unas ideas. Hoy en la liturgia la imagen que se nos presenta es la del Buen Pastor.
Tanto ese hermoso texto del profeta Ezequiel que nos habla del pastor que sigue el rastro de su rebaño, que lo busca y que lo alimenta, que lo libra de todos los peligros y lo conduce por buenos caminos, como luego la parábola del evangelio que en cierto modo viene a abundar en lo que ya nos decía también el profeta. ‘Buscaré las ovejas perdidas , recogeré a las descarriadas, vendaré a las heridas, curaré a las enfermas… las apacentaré como es debido’. Qué más se nos podría decir.
Nos habla el evangelio de la alegría del pastor que encuentra a la oveja perdida y hace fiesta. ‘Felicitadme, he encontrado la oveja que se me había perdido’. Había dejado las noventa y nueve bien guardadas en el redil para ir a buscar la oveja perdida. Cuánto es el amor que Dios nos tiene. Cómo nos busca y nos llama.
Ha ofrecido su vida por amor a nosotros, se ha entregado en la entrega más sublime en el sacrificio de la cruz. Porque quiere que tengamos vida y que la tengamos en abundancia. Como no decía Pablo en la carta a los Romanos ‘la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros…’ Así ha derramado su amor por nosotros. Nos da su Espíritu para llenarnos de su amor pero para que también nosotros amemos con el mismo amor.
¡Cuál ha de ser nuestra respuesta? Amar con el mismo amor. Pero para ello hemos de ir a beber a la fuente de su vida divina. Pedíamos ‘recibir de esta fuente divina una inagotable abundancia de gracia’. Y en el prefacio vamos a proclamar y dar gracias a Dios porque ‘con amor admirable se entregó por nosotros, y elevado sobre la cruz hizo que de la herida de su costado brotaran, con el agua y la sangre, los sacramentos de la Iglesia; para que así, acercándose al Corazón abierto del Salvador todos puedan beber con gozo de la fuente de la salvación’.
Vayamos, pues, a la fuente de la vida divina, a la fuente de la gracia, al corazón de Cristo de donde brotan los sacramentos que nos llenan de vida y de gracia. Vayamos hasta Cristo para empaparnos de su amor. Vayamos hasta Cristo para unirnos tanto a El que con El nos hagamos uno, nos configuremos con Cristo. Vayamos hasta Cristo para alimentarnos de su amor, pero para salir de El cada vez más fortalecidos, pero también más convencidos de que podemos, de que tenemos que llevar ese amor a los demás. Es el amor el que nos salva; es el amor de Cristo el que salvará al mundo. Somos testigos pero también tenemos que ser operarios que siembren ese amor en los demás.
Y en este día de clausura del Año Sacerdotal una palabra breve para exhortaros a que no os olvidéis nunca de vuestros pastores, los sacerdotes, en vuestras oraciones. Así como durante todo este año hemos ido elevando una y otra vez nuestra oración por los sacerdotes, porque se acabe el año sacerdotal no significa que tenga que dar por concluida ya esa oración por los sacerdotes. No olvidéis que igual que la iglesia, el pueblo cristiano necesita de sus sacerdotes, los sacerdotes necesitan también del apoyo, del aprecio, de la oración del pueblo cristiano, para que así no nos falte nunca la gracia del Señor para el cumplimiento de nuestra misión, para el crecimiento en esa santidad que en todos tiene que brillar.

jueves, 10 de junio de 2010

La delicadeza del amor que vive el discípulo de Jesús

1Rey. 18, 41-46;
Sal. 64;
Mt. 5, 20-26

Tenemos problemas como cualquier hijo de vecino, como se suele decir, en la convivencia de cada día con los demás o en cualquier otro aspecto de la vida. Pero el discípulo de Jesús no se enfrenta a los problemas ni busca solución simplemente como hace cualquier hijo de vecino. Es que yo soy como todos, nos es fácil decir. Pero para un cristiano no tendría que ser así. Es que todo el mundo lo hace así, pero es que yo que soy discípulo de Jesús no hago simplemente lo que hace todo el mundo, sino que mi criterio y la norma o el sentido de mi actuar lo tengo en Jesús.
Hoy Jesús nos ha dicho: ‘Si no sois mejores que los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos’. Para nosotros está siempre la exigencia que tenemos que ser mejores. Y mejores no es que estemos por encima de nadie, sino que no podemos contentarnos con la media. Contentarnos con la media, yo diría que es quedarnos en una nota baja. Nuestra medida tiene que ser mayor. Nuestra exigencia tiene que ser distinta. El listón que nos pone Jesús siempre más alto, más arriba, más allá. En algo hemos de distinguirnos los que en verdad seguimos a Jesús.
La antífona del aleluya al evangelio nos ha recordado el mandamiento de Jesús. ‘Amaos los unos a los otros como yo os he amado’. Y es que hoy el evangelio nos habla de la delicadeza y de la exquisitez en que hemos de vivir nuestro amor. Ya escuchamos con demasiada frecuencia la clásica frase o justificación de muchos: ‘yo no mato ni robo, yo no tengo pecados’. Pues bien, si escucháramos el evangelio de hoy con toda atención nos damos cuenta de lo cortos que nos quedamos con frases así.
Jesús contrapone lo que la gente suele decir, la actitud mínima que quizá podría exigir el antiguo Testamento, aunque si lo leemos con atención vemos es una interpretación muy corta de lo que se dice en los libros de la Ley, porque allí se nos dan muchos detalles de hasta donde tiene que llegar el amor de un buen creyente judío. ‘Habéis oído que se dijo a los antiguos… pero yo os digo: todo el que esté peleado con su hermano, será procesado…’ Y después de ponernos esa exigencia de armonía y de paz que tiene que haber entre los hermanos, nos hablará de la delicadeza en nuestro trato y en nuestras palabras hacia el otro, de la búsqueda de reconciliación, del diálogo que tiene que conducir siempre a la paz.
Jesús es muy concreto y está tocando esas cosas que nos pueden suceder todos los días en nuestra convivencia y trato con los demás. Nunca palabras fuertes ni hirientes. De cuánta violencia llenamos muchas veces nuestras palabras y nuestras conversaciones. Que lenguaje más fuerte e hiriente se utiliza muchas veces en el trato con los demás. Busquemos siempre la palabra buena y el corazón generoso, la palabra amable y agradable al oído y al corazón del hermano.
Nada que pueda romper la comunión entre nosotros y hacernos estar distantes, si es que queremos vivir de verdad en comunión con el Señor, Es claro lo que nos dice Jesús. ‘Si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, de acuerdas de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda’.
Una reconciliación que nos lleve siempre a buscar y a ofrecer generosamente comprensión y perdón; que busque todo aquello que nos pueda servir para el encuentro y para la comunión; a tender puentes que nos acerquen y busquen la armonía del corazón. Nunca volver la espalda al otro porque sea distinto o no piensa igual, nunca crear distancias porque haya cosas en las que no coincidimos, porque siempre hay un punto de encuentro.
Son las delicadezas del amor. Es el estilo nuevo que nos enseña Jesús. Es en lo que en verdad tenemos que distinguirnos sus discípulos. Es ese listón alto que nos pone Jesús, pero en donde nos acompaña con la fuerza de su Espíritu.

miércoles, 9 de junio de 2010

¡El Señor es el Dios verdadero! ¡El Señor es el Dios verdadero!

1Rey. 18, 20-39; Sal. 15; Mt. 5, 17-19

‘Respóndeme, Señor, respóndeme, para que sepa esta gente que Tú, Señor, eres el Dios verdadero, y que eres Tú quien les cambiará el corazón…’ Era la súplica, la oración de Elías al Señor confiando que se manifestaría la gloria del Señor y todos volverían a la fe verdadera. ‘¡El Señor es el Dios verdadero! ¡El Señor es el Dios verdadero!’, exclamaron todos cuando se manifestó la gloria del Señor, como hemos escuchado.
Cuando los israelitas se establecieron en la tierra de Palestina se encontraron en medio de otros pueblos que ya la habitaban pero que eran un mundo pagano que tenían sus propios dioses, en este caso, los baales. A pesar de que sus padres habían experimentado la presencia Dios en medio de ellos, que los había sacado de Egipto, atravesar el mar Rojo y cruzar el desierto para darles esta tierra, sin embargo se veían tentados de abandonar al verdadero Dios y rendir culto a los baales.
Pero Dios hacía surgir profetas como Elías que les trasmitían la Palabra de Dios y luchaban por mantenerlos en la fidelidad a la Alianza y en el culto al verdadero Dios. Es la lucha que contemplamos en el libro de los Reyes y que es lo que venimos escuchando en estos días. ahora el pueblo que había caminado confundido reconoce las maravillas del Señor. ‘¡El Señor es el Dios verdadero! ¡El Señor es el Dios verdadero!’
Una lección para nosotros. No podemos apartar nuestro corazón de Dios que es nuestro Padre y que de tantas maneras nos ha mostrado su amor, que nos ha enviado a Jesús como nuestra vida y salvación. Pero aunque nos decimos que creemos en un solo Dios, también nosotros podemos sentir la tentación del abandono de Dios. podemos querer hacernos un Dios a nuestra medida, o podemos apegar nuestro corazón a muchas cosas que convertimos en dioses de nuestra vida.
No querremos llamarnos idólatras pero sí nos creamos nuestros dioses en tantas dependencias que tenemos de cosas en la vida, materialismos y sensualidades, rutinas y comodidades, relativismos y frialdades espirituales que se nos meten muy dentro de nosotros, sin las cuales pareciera que no nos podemos pasar y nos pueden llevar al abandono de Dios, al abandono de nuestra fe con todas sus consecuencias. Y así pronto también nosotros podemos olvidar lo que es el verdadero mandamiento del Señor.
Por eso el cristiano siempre tiene que estar vigilante para mantener íntegra su fe. El cristiano ha de estar atento para no dejarse arrastrar por tantos relativismos morales que nos van a llevar por un camino de perdición. Qué fácil es comenzar a darle poca importancia a las cosas que verdaderamente lo tienen, y al final nos queremos hacer unos mandamientos a nuestra medida olvidando lo que es la verdadera voluntad del Señor.
Jesús hoy en el evangelio también nos previene ante esa tentación de que con El vamos a olvidar la ley del Señor. ‘No creáis que he venido a abolir la ley y los profetas; no he venido a abolir sino a dar plenitud’. Que sepamos encontrar esa plenitud que nos quiere dar Jesús, buscando siempre lo que es la verdadera voluntad del Señor. Que no caigamos en la tentación de lo cómodo o de lo fácil, que no rehuyamos el sacrificio y el espíritu de superación en nuestra vida. Que busquemos siempre esa meta alta de santidad que Jesús nos propone como seguiremos escuchando en los próximos días en el Sermón del Monte.
Busquemos esa plenitud que nos lleva a la santidad. Que nos dejemos cambiar el corazón por la fuerza del Espíritu del Señor.

martes, 8 de junio de 2010

No podemos dejar de ofrecer la sal de Jesús a nuestro mundo

1Rey. 17, 7-16;
Sal. 4;
Mt. 5, 13-16

La sal nunca la niega un buen vecino. Entre las cosas que se comparten entre buenos vecinos existe la bonita costumbre de que nunca se le niega la sal a nadie. Todos habremos oído hablar cómo en algunas culturas una señal de acogida y hospitalidad a quien viene a tu pueblo o entra en tu casa, además de ofrecer agua y pan también se le ofrece sal como señal de amistad y de hospitalidad. Y no nos vamos a entretener ahora en subrayar las cualidades de la sal.
Hoy Jesús nos dice en el Evangelio que tenemos que ser la sal de la tierra y que no podemos permitir que la sal se vuelva sosa porque no serviría para nada. ¿Qué querrá decirnos Jesús? En el relato de Mateo estas palabras de Jesús están inmediatamente después de que nos propusiera las Bienaventuranzas. Y decíamos que con ellas nos está manifestando ese nuevo sentido de vivir de quienes creemos en el Evangelio y queremos vivir el Reino de Dios anunciado por Jesús. Nos sentimos dichosos y alegres por la fe que tenemos en Jesús y comprometidos a vivir el Reino de Dios que se va a manifestar en ese nuevo estilo de vida que nos enseña el Evangelio.
Si hemos impregnado nuestra vida de ese nuevo estilo, de ese Reino de Dios necesariamente no nos lo podemos quedar sólo para nosotros. Ese nuevo sabor de la vida que nos da nuestra fe en Jesus tenemos que trasmitirlo a los demás, con él debemos impregnar nuestro mundo, nuestra sociedad. ‘Vosotros sois la sal de la tierra’, nos dice Jesús. Si queremos que todos conozcan y vivan ese Reino de Dios que Jesús nos anuncia y quiere instaurar en nuestro mundo, tenemos que ser esa sal y esa luz con nuestra propia vida que contagie a los demás de esos nuevos valores del Evangelio.
¿Qué cosa mejor podemos ofrecer a los demás que esa fe que nosotros vivimos, esa salvación que hemos recibido, ese mensaje del Evangelio que se nos ha anunciado? Será, pues, nuestra vida esa sal que dé sabor a nuestro mundo; que no será nuestro sabor sino el sabor y el sentido de Cristo.
Y los mismo que nos dice Jesús de la sal nos lo dice también de la luz. Bellas imágenes que nos propone Jesús para explicarnos lo que tiene que ser nuestra vida para los demás una vez que le hayamos conocido a El. ‘Vosotros sois la luz del mundo’. Y la luz no se oculta, la luz tiene que alumbrar. Con la luz tienen que desaparecer las tinieblas. La luz tiene que estar colocada en el lugar oportuno para que pueda iluminar a todos. Y eso es una exigencia muy grande para nuestra vida a partir de nuestra fe. ‘Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo’.
Es ese nuevo estilo de vivir que hemos de tener quienes creemos en Jesús; es ese amor que tenemos que poner en nuestra vida; es ese testimonio que hemos de dar con nuestras obras y también con nuestra palabra valiente; es ese ejemplo que tiene que ser nuestra vida para los demás; es ese esfuerzo de superación y de crecimiento espiritual que hemos de tener cada día de nuestra vida; es esa lucha contra la tentación y el mal en la que tenemos que estar empeñados siempre; es ese espíritu de oración que tiene que haber en nuestra vida; es ese dejarnos conducir por el Espíritu del Señor que nos conducirá siempre a las obras buenas.
No podemos negarnos a ofrecerle nuestra sal al mundo que nos rodea. ¡Qué hermoso sería que así lo hiciéramos siempre porque ofrezcamos ese don de la fe con valentía a todos.

lunes, 7 de junio de 2010

Y de ellos es el Reino de los cielos

1Rey. 17, 1-6;
Sal. 120;
Mt. 5, 1-12

El primer anuncio de Jesús al comenzar a predicar por Galilea era la invitación a la conversión porque llegaba el Reino de Dios. Ese anuncio del Reino de Dios, el explicarnos cómo era ese Reinado de Dios y cómo habíamos de pertenecer a él fue la constante de su predicación con las parábolas y con los signos que realizaba.
Hoy hemos comenzado a escuchar el llamado Sermón del Monte, discurso que resumen en cierto modo el mensaje del Reino y que comienza con la proclamación de las Bienaventuranzas. Viene a decir quienes van a pertenecer a ese Reino de los cielos, y podíamos decir que están como enmarcada en aquellas en las que nos dice ‘y de ellos es el Reino de los cielos’.
Podemos seguir recordando otros texto del evangelio, como fue la proclamación del texto de Isaías en la Sinagoga de Nazaret que nos narra san Lucas. ‘El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido y me ha enviado a anunciar el evangelio a los pobres – evangelizar a los pobres -…’ Hoy comenzará diciéndonos precisamente en la primera de las bienaventuranzas ‘dichosos los pobres en el espíritu porque de ellos es el Reino de los cielos’.
Los pobres que son evangelizados; los pobres que poseerán el Reino de los cielos. Es muy significativo. Para ellos es la Buena Noticia de la llegada del Reino de Dios. ¿Para quienes mejor esa Buena Noticia que para aquellos que sufrían en su pobreza? ¿Pero no nos estará diciendo a nosotros que otro ha de ser nuestro estilo de vida para en verdad poder escuchar esa Buena Noticia? No serán los sabios y los entendidos, no serán los que se sientan llenos y satisfechos de sí mismos, no serán los que vivan la vida despreocupadamente pensando sólo en sí mismos y en sus satisfacciones personales, los que puedan escuchar y entender esa Buena Noticia, ese Evangelio del Reino de Dios.
Por eso en las bienaventuranzas nos hablará de los pobres y los que sufren, los que lloran y los que tienen deseos hondos, hambre profunda de cosas mejores, de un mundo mejor, los que tienen un corazón desapegado porque es puro y es limpio, los que en su compasión con los demás son capaces de cargar con el sufrimiento de los otros haciéndolo propio, los que viven comprometidos por hacer un mundo mejor y en paz y sufren en inquietud interior por ello, los que en verdad van a ser dichosos y felices con la llegada del Reino de Dios. No importará que sean incomprendidos o perseguidos; es más eso será motivo de gozo y alegría, porque por una parte eso sufrieron los profetas por el anuncio fiel de la Palabra de Dios, y por otra la recompensa que esperamos bien merece la pena porque será una dicha eterna.
Quienes siguen ese camino estarán ya viviendo el Reino de Dios, sentirán el consuelo y la misericordia de Dios, podrán conocer y contemplar a Dios, podrán llamarse y sentirse en verdad hijos de Dios. Entendamos y asumamos este mensaje que nos da Jesús. Hagámonos pobres, pequeños sin temer ser los últimos porque podremos llegar a ser los primeros en el Reino de Dios. Claro que para ello tendremos que cambiar el corazón, darle una vuelta grande a los planteamientos que nos hacemos en la vida y a nuestro estilo de vivir. Pero el Evangelio, esa Buena Noticia tiene que significar mucho para nosotros.
En la primera lectura hemos escuchado el inicio de unas lecturas que vamos a escuchar sobre el profeta Elías. El que también sufrió por ser fiel a Dios. Pero el que es el paradigma de los profetas por esa vida de fidelidad, por ese anuncio valiente, por ese trasmitirnos la verdad de Dios. Ya seguiremos reflexionando sobre este profeta.