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viernes, 16 de agosto de 2019

Un proyecto de vida en común al que hemos de poner sólidas bases para mantener una fidelidad para siempre


Un proyecto de vida en común al que hemos de poner sólidas bases para mantener una fidelidad para siempre

Josué 24,1-13; Sal 135; Mateo 19,3-12
Si queremos construir un sólido y bello edificio que se mantenga firme con el paso de los años y no tengamos que estar pronto reparando grietas o que pronto se ponga en peligro su estructura ya procuraremos unos sólidos cimientos, pero también nos preocuparemos de los mejores materiales, arquitectos y maestros de obra que lo lleven a su culminación. No significa eso que luego no tengamos que cuidar su mantenimiento para que conserve su belleza y lo podamos utilizar en los fines para los que fue construido.
No quiero andar yo ahora de constructor que técnicos hay en la vida que lleven a cabo su obra, pero sí pienso que esta imagen que hemos querido plasmar aunque sea imperfectamente nos puede valer para muchas cosas en la vida. No nos lanzamos a realizar un proyecto en la vida sin haberlo considerado bien previamente viendo las posibilidades pero estudiando cada detalle de los pasos que tendríamos que ir dando para llevarlo a cabo. No nos quedamos solamente en los sueños de un día, o en unos primeros impulsos que nos podrían inspirar grandes ideas o grandes cosas a realizar. Un primer momento, si queremos decirlo así, de inspiración, pero luego un arduo estudio y trabajo para poderlo realizar.
Así es la vida, así son las cosas que vivimos con toda la creatividad que podamos o tengamos que ponerle, pero es necesario un cuidado y un esfuerzo, hay un gran proyecto de vida que no lo construye uno solo sino que es necesario básicamente una pareja aunque luego vendrán apareciendo otros intervinientes que es el matrimonio y la familia. Algo que como hemos venido diciendo necesita unos sólidos cimientos y exige una ardua construcción.
Desde esos impulsos del corazón y también de nuestros deseos carnales, por qué no decirlo también, muchas veces queremos apurar su construcción y damos por sentado con unas mínimas cosas que ya el edificio está construido y queremos ponernos a vivir en él. Esos impulsos y esos deseos pueden ser un buen arranque – son quizá la inspiración de ese proyecto - pero a los que hemos de dar forma con exquisita delicadeza y cuidado, que quizá no siempre tenemos o ponemos lo suficiente.
Unos sólidos fundamentos, es cierto, de amor y de sinceridad, que nos lleve a un profundo conocimiento de la persona para descubrir cuanta riqueza hay en cada uno pero que han de valernos como un enriquecimiento mutuo incluso en la diversidad de cualidades o pareceres que cada uno pudiéramos tener. Y cuando estamos hablando de amor hemos de cuidar que no sea un amor egoísta que solo busque satisfacciones personales o individuales, sino hemos de comprender todo lo que significa de donación de si mismo, puesto que quien ama se da para buscar el bien y la felicidad del otro, que en un amor mutuo y verdadera será siempre un bien común conseguido.
Hoy le plantean a Jesús en el evangelio el tema del divorcio, como seguimos planteándonoslo en nuestro tiempo. Jesús recuerda lo que es la voluntad de Dios, el plan de Dios desde el principio y nos recuerda también la terquedad del corazón del hombre tan lleno de debilidades. Jesús quiere que le pongamos verdadero fundamento y El con su gracia promete estar junto a nosotros en ese camino de la vida. El sacramento, dignidad a la que Jesús ha elevado el matrimonio significa esa presencia de Dios, porque el amor del hombre y la mujer ha de ser signo también de lo que es el amor de Dios y en el amor de Dios ha de tomar el ejemplo y la fuerza para realizarlo.
Somos débiles es cierto y nuestra vida se nos agrieta por muchos lados, pero nos olvidamos de lo que ha de significar la gracia de Dios en nosotros. Porque el sacramento no es solamente aquel primer momento de la vida matrimonial en la celebración, sino que el sacramento ha de ser toda la vida, en toda la vida sentir esa presencia de Dios que no nos falla y nos ayudará a mantener esos sólidos fundamentos de nuestro matrimonio. Pongamos sólidas bases a su construcción.

jueves, 15 de agosto de 2019

Nos gozamos con el triunfo y la glorificación de María en su Asunción y sentimos que pone en nuestras manos la Luz que nos conduce por caminos de una nueva evangelización



Nos gozamos con el triunfo y la glorificación de María en su Asunción y sentimos que pone en nuestras manos la Luz que nos conduce por caminos de una nueva evangelización

 Apocalipsis 11, 19a; 12, 1. 3-6a. 10ab; Sal 44; 1Corintios 15, 20-27ª; Lucas 1, 39-56
¿No nos alegramos con el triunfo de los demás sobre todo de los que amamos o sentimos más cercanos a nosotros? ¿No nos gozamos con alegría de los nuestros y hacemos nuestros todos sus gozos? Nos alegramos y lo festejamos; nos alegramos y los felicitamos haciéndonos nosotros participes de esa felicidad.
¿Cómo no nos vamos a alegrar y festejar hoy con el triunfo de María, con el triunfo de nuestra madre a quien la vemos glorificada en el cielo? Hoy es la Asunción de María, es el triunfo de la Madre que participó tan intensamente del misterio de su Hijo que quiso tenerla junto así asociada a su triunfo en el cielo.
Si cuando Jesús se despedía de los suyos en la última cena les consolaba diciéndoles que se iba junto al Padre para prepararles sitio porque donde El estaba quería que también estuvieran los suyos, cómo no pensar que junto a si quería tener a su Madre y para ella tenía preparado el mejor sitio, cuando ella le había hecho sitio en su seno y en su corazón para que se hiciera Dios con nosotros y fuera posible para todos el misterio de la salvación.
Es con lo que hoy nosotros nos gozamos y festejamos. Celebrar pues esta fiesta de María es ese gozarnos con ella, a la que contemplamos dichosa coronada de gloria y dignidad, ‘de pie a su derecha está la reina enjoyada con oro de Ofir’, como decimos en el salmo de esta celebración. Hoy todo quiere ser cánticos de alabanzas a María, nuestra Madre y nuestra Reina gozándonos de su triunfo, gozándonos en la plenitud de Dios de la que ya ella participa en el cielo por toda la eternidad. Hoy con María queremos cantar su cántico de alabanza a la gloria del Señor.
Esta fiesta de la Asunción de María llena de gozo todos los pueblos de la tierra; la Iglesia se viste de fiesta porque queremos honrar a María, porque queremos honrar a la Madre, nuestra madre y la madre de la Iglesia. Si cuando celebramos la fiesta de la madre que nos llevó en su seno y nos trajo al mundo para ella buscamos los mejores regalos que expresen nuestro amor, y rebuscamos las más hermosas palabras con las que cantar su belleza y todas sus virtudes, cuanto más lo tenemos que hacer con nuestra Madre celestial.
Es la fiesta de la Asunción y a este misterio de María se unen en el fervor del pueblo cristiano muchas advocaciones con las que invocamos a María que es como queremos llamarla desde nuestro amor filial. Por toda la geografía se multiplican las fiestas de la Virgen de agosto, las fiestas en honor de María.
En nuestra tierra canaria hoy la invocamos con ese nombre tan querido de la Candelaria; no solo la celebramos en el dos de febrero que es más propiamente su fiesta litúrgica, sino que en este día queremos invocarla de manera especial recordando como María en su imagen bendita ya estuvo en nuestras como una adelantada de la evangelización. Hoy de manera especial en Tenerife celebramos a la Virgen de Candelaria y peregrinos acudimos a su Basílica para festejarla desde todos los rincones de las islas.
Ella, Candelaria, portadora de la luz bien significada doblemente al llevar en una mano un cirio encendido pero portando en el otro brazo a Jesús, fue pionera de la evangelización de nuestra tierra y podríamos decir que nos está pasando el testigo para que con ahínco nos empeñemos en esa tarea de la nueva evangelización de nuestra tierra y de nuestras gentes. Necesitamos renovar la vivencia del espíritu del evangelio entre nosotros que por tantas circunstancias ha mermado su luz entre nosotros.
Es la tarea en la que está empeñada la Iglesia y en lo que todos tenemos que sentirnos implicados. La Luz del evangelio tiene que brillar con fuerza en nuestra vida y en nuestra tierra. De la mano de María tenemos que comprometernos todos en esta tarea. Ella camina a nuestro lado y nos estará recordando siempre la luz de Jesús que tiene que iluminarnos.
Ese compromiso por nuestra parte tendría que ser la mejor ofrenda de amor que en esta fiesta le ofrezcamos como bueno hijos que somos de María. Por eso no tenemos que dejar que decaiga la devoción a María y sea tergiversada con falsas religiosidades ni meramente con un costumbrismo de no perder unas tradiciones. Es mucho más lo que tiene que ser nuestra devoción y nuestro amor a María, porque tiene que ser algo muy vivo en nuestro corazón, una luz muy fuerte que tiene que brillar en nuestra vida y que ha de ser camino de luz para todos para ese encuentro con Jesús al que siempre nos llevará María. 

miércoles, 14 de agosto de 2019

Porque queremos sentir entre nosotros la comunión del Reino de Dios nos ayudamos mutuamente a superarnos y a crecer en nuestro amor



Porque queremos sentir entre nosotros la comunión del Reino de Dios nos ayudamos mutuamente a superarnos y a crecer en nuestro amor

 Deuteronomio 34,1-12; Sal 65; Mateo 18, 15-20
Este individuo es imposible, es insoportable. Reacciones así tenemos en ocasiones cuando nos encontramos en la vida con personas que quizá dejan mucho que desear en sus comportamientos, que quizá todo el mundo ve cómo se han metido en una vida viciosa - qué lista casi interminable podríamos hacer de individuos que conocemos así enrollados en todo tipo de vicios – y que quizá un día quisimos darle un consejo pero nos hizo caso. Los dejamos por imposibles, como solemos decir, con la cuchara que cojas con esa comas, porque ya ni siquiera intentamos una vez más tratar de ayudar que le den una vuelta a su vida.
¿Nos acobardamos, quizá? ¿Tenemos miedo de enfrentarnos a esas situaciones por las consecuencias que pudieran tener para nuestra vida? Queremos evitar complicaciones y cerramos los ojos para no ver ni querer saber nada. Es difícil y complicado, pero ¿esa sería en verdad una actitud humana hacia esas personas? ¿Qué nos diría el evangelio? Son situaciones difíciles que muchas veces no sabemos como afrontar. Es bonito eso que se dice que tenemos que ayudarnos y que esa es una pobreza muy terrible, pero quizá en nuestra indecisión, cobardía quizá, insolidaridad somos nosotros los verdaderamente pobres. Realmente me siento interpelado en lo más hondo de mi mismo con situaciones así. Es fácil dar consejos, pero ¿hacerlo?
Cuando hablamos del Reino de Dios que Jesús nos anuncia y que nosotros hemos de construir y vivir no se trata de cosas utópicas que se quedan en sueños y que no podemos realizar. Decimos Reino de Dios porque reconocemos que Dios es el único Señor de nuestra vida y que en torno a El formamos como una gran familia en la que hemos de querernos y mantener la unidad y la comunión. Eso se ha de traducir en unos valores que queremos poner en nuestra vida, eso significa como hemos de amarnos y siempre en consecuencia buscamos el bien los unos de los otros, eso significa como tenemos que sentirnos en una profunda comunión sintiendo incluso como propio cuando suceda al hermano.
Si eso queremos vivirlo, ¿no nos duele el mal que pueda haber en los otros o incluso que los otros puedan hacer? ¿No tendríamos, entonces, que preocuparnos los unos de los otros para ayudarnos a superar esas situaciones no tan buenas en las que tantas veces nos podemos ver envueltos? Mucho más podríamos preguntarnos en este sentido.
Y es así, desde ese amor, cómo nos aceptamos y nos comprendemos, pero también con un grande amor y con una exquisita humildad nos corregimos y apoyamos mutuamente para salir de ese mal que se nos haya podido meter en el corazón. Así estaremos haciendo en verdad el Reino de Dios, así es como realmente llegaremos a vivirlo. Es de lo que nos está hablando hoy Jesús en el evangelio en la llamada corrección fraterna, dándonos las pautas más humildes y exquisitas para que realicemos ese mutua corrección de hermanos.
¿Lo hacemos? ¿Nos cuesta? ¿Ponemos verdadera humildad en esa corrección fraterna? No podemos ir desde el engreimiento orgulloso de creernos los santos y los que nunca fallamos, sino que reconociendo que nosotros somos también débiles muchas veces nos acercamos con amor al hermano, con sencillez y con humildad. Muchas consecuencias tendríamos que sacar de las palabras de Jesús que hoy le escuchamos en el evangelio. Aquellas actitudes insolidarias y prepotentes de las que hablamos al principio tienen que estar muy lejos de nuestro estilo de vivir.

martes, 13 de agosto de 2019

Necesitamos los ojos claros y limpios de un niño para ver lo bello de la vida y siempre llevaríamos la sonrisa de la alegría en nuestro semblante



Necesitamos los ojos claros y limpios de un niño para ver lo bello de la vida y siempre llevaríamos la sonrisa de la alegría en nuestro semblante

Deuteronomio 31,1-8; Sal. Dt 32; Mateo 18, 1-5. 10. 12-14
No hace muchos días en las rede sociales aparecía una foto de un amigo, no ya tan joven, que aparecía jugando como si de un chiquillo se tratara en esos parques de juegos que ahora fácilmente nos encontramos para entretenimientos de pequeños y de grandes; allí estaba disfrutando como un niño tirándose de unas sogas colgantes, realmente no sé el nombre del juego acaso porque ya me voy poniendo mayor. Yo le comentaba que le estaba saliendo al flote el alma de niño que todavía llevaba dentro.
Me vino a la memoria esta breve anécdota al escuchar lo que nos pide hoy Jesús en el evangelio, que nos hagamos como niños. Hay a quien no le gusta que lo traten de manera infantil, pero realmente llevamos un alma de niño dentro de nosotros que sin embargo por la seriedad con que nos tomamos la vida queremos ocultar como si nos pareciera que eso nos iba a empequeñecer. Pero ojalá nos quedara aquella inocencia y aquellos ojos limpios sin malicia, que desgraciadamente la vida se ha encargado de hacer turbios; aquellos ojos de curiosidad que siempre buscan y preguntan porque quieren saber, porque quieren creer, porque quieren crecer; lo malo es que cuando vamos creciendo dejamos crecer también la mala hierba de la malicia en nuestro corazón que ya nos impedirá tener aquella mira clara y limpia del niño para descubrir lo bello de la vida.
Le había preguntado a Jesús quién es el más importante en el reino de los cielos. Siempre los hombres nos estamos preguntando cómo podemos ser importantes, aparecen esos deseos de grandeza y de orgullo con tanta facilidad en nuestros deseos y aspiraciones. Pero Jesús, por así decirlo, les rompe los moldes porque les pone un niño en medio de ellos. En aquella época el niño era poco considerado, mientras no llegara a una cierta mayoría de edad no eran tenidos en cuenta. También nosotros decimos de las cosas de los niños ‘eso son chiquilladas’ y no le damos importancia tantas veces.
Conocemos bien la respuesta de Jesús. ‘Os aseguro que, si no volvéis a ser como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Por tanto, el que se haga pequeño como este niño, ése es el más grande en el reino de los cielos. El que acoge a un niño como éste en mi nombre me acoge a mí. Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles están viendo siempre en el cielo el rostro de mi Padre celestial’.
Ya Jesús nos dirá en otro momento que el Reino de los cielos es de los pobres, y que serán los pequeños y los sencillos los que más están abiertos a Dios, que se revela a los humildes. Hoy nos dice que si no somos como niños no entraremos en el Reino de los cielos. Ya le diría a Nicodemo que había que nacer de nuevo, aunque aquel hombre se preguntara cómo siendo uno mayor puede volver al seno de su madre para volver a nacer. Hoy nos dice Jesús que tenemos que hacernos como niños. Y esos serán los más grandes.
¿Nos hemos fijado en la sonrisa alegre de un niño no solo en medio de sus juegos sino también cuando se siente a gusto con los que le rodean? Una alegría que nace de ese corazón sin malicia, de ese corazón inquieto que busca, de esa generosidad espontánea que lleva al encuentro con los demás, de esas cosas hechas con inocencia donde no aparecen ni las malas intenciones ni la doblez y el engaño. Son las cosas que tendríamos que aprender a vivir para que sigamos manteniendo esa sonrisa alegre en nuestra cara.
Aprenderíamos así a convivir y a aceptarnos, aprenderíamos a caminar juntos siendo capaces de darnos la mano porque confiamos siempre en el que va a nuestro lado. Haríamos la vida bella siempre porque estaríamos dispuestos a evitar las espinas que pudieran dañar. Seríamos capaces de seguir jugando como niños con la alegría sana que brota de corazones sanos. ¿No serían estas señales de que estamos viviendo en los parámetros del Reino de Dios?

lunes, 12 de agosto de 2019

No ocultemos la capacidad de ternura que llevamos en el corazón para poner otro color y otro calor en nuestras relaciones y hacerlas más humanas



No ocultemos la capacidad de ternura que llevamos en el corazón para poner otro color y otro calor en nuestras relaciones y hacerlas más humanas

Deuteronomio 10,12-22; Sal 147; Mateo 17,22-27
Algunos parece que vamos de duros por la vida, ni una sonrisa ni una mueca o expresión en el rostro que manifieste algún tipo de sentimientos, miradas frías y hieráticas, frialdad o insensibilidad en el trato, ningún gesto de afecto o de algún mínimo de compasión cuando nos encontramos con algún tipo de sufrimiento, parecemos impasibles. Nos parece que manifestar sentimientos nos debilita, con nuestras miradas severas nos creemos vencedores y superiores en todo y a todos.
No todos somos así, es cierto, porque se manifiesta mucha ternura en ocasiones entre unos y otros, pero fijémonos en el rostro de los que encontramos por la calle y veremos cómo cada uno va en su mundo, en sus pensamientos, sin ninguna muestra externa de lo que puedan llevar en su interior, sin ninguna mirada que se cruce con el que se encuentra porque parece que van por otro mundo, no por nuestras calles o caminos ni encontrándose con otros que son sus semejantes.
¿Es malo expresar los sentimientos? Nos ponemos a razonar y nos decimos que cuando expresamos los sentimientos nos estamos acercando a los demás, pero aun así seguimos poniendo distancias y guardándonos nuestros sentimientos para nosotros. Pero algunas veces lo que tanto guardamos sin darle uso, termina por estropearse y pudrirse. Y es a lo que da olor muchas veces nuestro mundo cuando vamos tan de insensibles por la vida.
¿No tendríamos que poner otro color y otro calor en nuestras relaciones? No ocultemos la capacidad de ternura que llevamos en el corazón y que nos hace cercanos a los otros para gozarnos con ellos en sus alegrías pero también para saber sufrir con ellos en sus problemas y dolores, que un dolor compartido parece menos dolor porque ya esa cercanía es una forma de consolar.
No tengamos vergüenza de nuestros sentimientos, ya nos sintamos tristes por penas o problemas o ya estemos radiantes por lo bueno de lo que disfrutamos y por lo bueno que descubrimos en los demás. Seremos así más humanos, porque esos sentimientos forman parte también de nuestro ser humano. y es bueno que nos paremos a pensar en estas cosas, que despertemos eso bueno y tierno que llevamos en el corazón, que nos hagamos sensibles ante cuanto les sucede a los demás y no tengamos miedo de manifestarlo y manifestarnos también como seres capaces de compasión.
Y alguien dirá ¿a que viene toda esta reflexión en esta semilla de cada día que quiere ser un comentario del evangelio del día? Es un comentario que queremos hacer pero queriendo llevarlo a lo que es también la vida de cada día, de lo que nos sucede, de la manera que tenemos de hacer las cosas, o de aquellas cosas que tendríamos que hacer florecer quizá en nuestra vida. El evangelio es buena noticia de cada día para nuestra vida concreta y en esa nuestra vida concreta han de florecer nuestros sentimientos.
Simplemente he partido de aquello que nos dice hoy el evangelio que los discípulos se pusieron tristes con las palabras de Jesús. Les hablaba y anunciaba su próxima pasión que ellos no terminaban de entender, y como hablaba de sufrimiento, de cruz y de muerte apareció esa tristeza en sus corazones. Como aparece tantas veces en nuestra vida en cosas que nos resultan incomprensibles, en los problemas que nos surgen cada día o cuando constatamos un sufrimiento injusto en los demás.
Es cierto que los discípulos andaban un poco ciegos porque entendieron lo de la muerte pero no entendieron lo que les anunciaba Jesús también de resurrección. Cuando llegue la resurrección después de pasar por el dolor de la pascua bien que manifestarán su alegría. Hagamos muy humana la vivencia de nuestra fe manifestándonos humanos, manifestando también nuestros sentimientos.
Una alegría que también nosotros hemos de saber manifestar en nuestra vida, en esos gestos espontáneos que nos pueden surgir, pero también con la alegría que vivimos nuestra fe, que nos llega de entusiasmo pero que quiere contagiar de esa alegría y de esa fe a los que están a nuestro lado.

domingo, 11 de agosto de 2019

En nuestra fe y en nuestro ser iglesia tenemos un tesoro en nuestras manos que muchas veces acobardados escondemos y nos falla nuestra fidelidad y nuestra lealtad



En nuestra fe y en nuestro ser iglesia tenemos un tesoro en nuestras manos que muchas veces acobardados escondemos  y nos falla nuestra fidelidad y nuestra lealtad

Sabiduría 18, 6-9; Sal 32; Hebreos 11, 1-2. 8-19;  Lucas 12, 32-48
Cuando a uno le confían una tarea lo menos que uno puede ser es fiel, responsable, y leal hacia aquel que nos ha confiado dicha tarea y responder con prontitud a lo que se nos ha encomendado. Han puesto su confianza en nosotros y ahora hemos de merecernos esa confianza en el cumplimiento de lo encomendado. Ahí vamos manifestando la madurez de nuestra vida y así contribuimos desde esas responsabilidades que asumimos en hacer, por ejemplo, que nuestra convivencia sea de lo mejor y todos al final salgamos beneficiados por aquello que realizamos.
Aunque nos parezca muchas veces que aquellas cosas que hacemos tienen un objetivo y un fin determinado según lo que estemos realizando, sin embargo sabemos bien que todo está interrelacionado y es en fin el mismo conjunto de la sociedad la que sale ganando con lo bueno que realizamos y con el cumplimiento fiel de nuestras tareas. Mi bondad y mi responsabilidad repercuten también en el conjunto de la sociedad en la que vivimos porque son granitos de arena con los que contribuimos a la construcción de esa misma sociedad y de ese mundo en el que convivimos.
¿Por qué me estoy haciendo esta consideración? Es que Jesús nos habla de vigilancia y responsabilidad. Nos habla Jesús del criado que ha de cuidar la puerta de la casa y cuanto más en la ausencia del amo y que ha de estar vigilante para el momento en que llegue para abrirle apenas llegue y llame; nos habla del administrador a quien se le confían unos bienes, o el que está al frente de las tareas de la casa y que todo ha de ordenarlo debidamente para que cada uno cumpla su función y todos además sean bien atendidos; como nos habla también del uso que cada uno ha de dar a sus bienes y posesiones no quedándose en una función egoísta en pensar solo en sus ganancias personales sino de cuanto puede hacer con ello en beneficio de los demás.
¿Qué quería decirles Jesús a los discípulos cuando les proponía estas pequeñas parábolas? ‘No temas, pequeño rebaño; porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino’, comenzaba diciéndoles Jesús. ¿No estará preparando Jesús a aquellos discípulos más cercanos a quienes confiaba los secretos del Reino para la misión que un día habrían de recibir? Está queriéndoles decir Jesús cómo confía en ellos y por eso un día les confiará su misma misión. Pero aun más, podríamos decir, estaba señalándoles cómo todo aquel misterio de gracia que a ellos les revelaba un día tendrían que compartirlo, contagiarlo a cuantos les rodeasen; y de esa tarea no se podrían escaquear, como decimos ahora.
Pensamos, sí, quienes hoy estamos escuchando esta Palabra de Jesús en la tarea que tenemos que realizar, porque de El recibimos su misma misión. Claro que pensamos en nuestras responsabilidades personales de cada día con nosotros mismos y en medio de la sociedad en la que convivimos. Fidelidad, responsabilidad, vigilancia, lealtad con nosotros mismos, con nuestro mundo pero también lo hemos de sentir ante Dios. Como decíamos antes cada cosa que hagamos hecha con fidelidad total es un granito de arena bien importante en la construcción de nuestro mundo.
Pero pensemos además nosotros cristianos, que nos consideramos y que nos manifestamos como creyentes en la responsabilidad que tenemos de esa luz que se ha puesto en nuestras manos, que es nuestra fe. Pensemos nosotros, como hombres y mujeres de Iglesia – pertenecemos a la Iglesia, formamos parte de la comunidad eclesial – en la responsabilidad que también dentro de nuestra Iglesia tenemos.
Fáciles somos para hacernos nuestros juicios, para criticar o murmurar en lo mal que están las cosas, en los problemas que quizá vemos en nuestras comunidades cristianas o en el conjunto de la Iglesia, cosas que no nos satisfacen, que vemos que quizá tendrían que ser de otra forma, ¿nos quedamos solo en la critica o en la murmuración o nos comprometeremos a poner nuestro granito de arena para que mejoren también las cosas en nuestra Iglesia?
Tampoco tenemos que meter el rabo entre piernas acobardados por lo que vemos en nuestro mundo y en nuestra sociedad y también quizá por las críticas que recibe la Iglesia, el desprestigio a que quieren someterla en nuestra sociedad de hoy, o la oposición que podemos encontrar para que la Iglesia pueda seguir realizando su misión.
Nos callamos tantas veces acobardados, nos echamos para atrás y no somos capaces de levantar la voz, tenemos miedo de manifestarnos porque tememos la reacción que puedan tener las gentes de nuestro entorno. ¿Es esa la lealtad que tenemos con nuestra fe, con nuestra Iglesia, con aquello en lo que creemos y que queremos vivir? ¿Estaremos siendo el mal administrador que no cumplimos con nuestros deberes de responsabilidad, fidelidad y lealtad?
¿Qué hacemos con lo que Dios ha puesto en nuestras manos? ¿Qué hacemos por esa Iglesia a la que pertenecemos? ¿Estaremos escondiendo ese tesoro por cobardía? En muchas cosas tendremos que pensar, pero también es hora de ponernos a actuar.

sábado, 10 de agosto de 2019

Seremos felices de verdad, tendremos vida cuando con sinceridad nos damos, cuando humildemente ofrecemos lo que somos quemando nuestro corazón en el amor



Seremos felices de verdad, tendremos vida cuando con sinceridad nos damos, cuando humildemente ofrecemos lo que somos quemando nuestro corazón en el amor

2Corintios 9,6-10; Sal 111; Juan 12,24-26
Todos queremos vivir, amamos el vivir; no nos cabe en la cabeza que perdamos la vida, es un don muy precioso, y aunque en ocasiones se nos vuelva dura luchamos por mantenerla y por mejorarla.
Decimos con facilidad que cada uno tiene que vivir su vida y tenemos la tentación de preocuparnos solo por nosotros mismos queriendo aislarnos de aquellas cosas que nos pudieran perturbar la vida. Claro que al final cuando vivimos solo para nosotros mismos y nos aislamos la cosa no parece tan grata, porque en el fondo de nosotros mismos tendemos hacia los demás, no podemos vivir sin los otros y terminamos buscando un encuentro, una relación, algo que nos comunique con los otros.
Nos damos cuenta de que no podemos vivir sin el otro, sin los otros y nos lleva a buscarlos y comenzaremos a comprender lo que es el amor, lo que es darnos por el otro. Entraremos en una sintonía distinta aunque no siempre lleguemos a ejecutarla de verdad porque pesaran muchas cosas negativas en nosotros. Cuando entramos en la órbita de un amor verdadero ya no nos importa vaciarnos de nosotros mismos por el bien aquellos a los que amamos; somos capaces de perder para que gane aquel a quien amamos.  Y haciéndolo así parece que nos sentimos más felices, más llenos de vida.
Podremos entender entonces las palabras de Jesús que nos habla de perder la vida para ganarla, como  nos enseña hoy en el evangelio. Nos habla del grano de trigo que muere para dar vida y nos habla de que nosotros perdamos la vida para ganarla. Nos hablará Jesús en otras ocasiones de negarnos a nosotros mismos, para que no prevalezca en nosotros nunca el egoísmo, sino que siempre seamos un corazón abierto para los demás y unos brazos que ofrezcan cariño, amor, amistad a cuantos nos rodean. Así seremos felices de verdad, tendremos vida cuando con sinceridad nos damos, cuando humildemente ofrecemos lo que somos que es lo verdaderamente importante.
Hoy estamos celebrando a quien supo dar la vida; celebramos su martirio, pero solo es consecuencia de lo que fue su vida. Era diácono, era servidor, de la Iglesia, de los pobres, de todos los que le rodeaban. Se daba y nada reservaba para si. Cuando le piden que manifieste cuales son sus riquezas muestras a los pobres a los que servia con amor. Eso mereció el martirio, porque eso no era comprendido por quienes solo ansiaban poder y riquezas.
Hoy estamos celebrando a San Lorenzo, mártir, que bien sabemos que se dejó quemar por su fe y por su amor. Cuando pusieron su cuerpo sobre las llamas, ya él había quemado, consumido su corazón en el amor, porque se había dado totalmente por sus pobres desde la fe que tenia en Jesús. Su cuerpo quemado en las llamas, como decíamos, fue solo la consecuencia de su amor.
Qué ejemplo más hermoso para nuestra vida para que comprendamos lo que verdaderamente es vivir dando la vida, dando vida.

viernes, 9 de agosto de 2019

Que no se nos apague nunca esa Luz, ni nos falte el aceite para mantenerla encendida, para iluminar siempre a los demás y a nuestro mundo sin dejarlo al azar ni para última hora


Que no se nos apague nunca esa Luz, ni nos falte el aceite para mantenerla encendida, para iluminar siempre a los demás y a nuestro mundo sin dejarlo al azar ni para última hora

Oseas 2, 16b. 17b. 21-22; Sal 44; Mateo 25,1-13
Nos sucede en ocasiones. Tenemos que realizar algo en un tiempo determinado, pero nos confiamos y lo vamos dejando para después porque sabemos que podemos hacerlo y nos llega el último momento y vienen los agobios para terminarlo y muchas veces ya no lo realizamos como a nosotros nos hubiera gustado porque se nos fue el tiempo. Hay personas que son especialistas en dejarlo todo para última hora confiándose demasiado y luego viviendo con agobios y prisas. Lo malo es que al final nos tengamos que presentar con las manos vacías o que no lo realicemos con la perfección que se nos pide. Responsabilidad, prontitud, previsión, buena organización de nuestras tareas, seriedad con la que nos tomamos las cosas es algo importante a tener en cuenta y que van a marcar nuestra madurez humana.
Algo que hemos de saber aplicar a las diferentes facetas de la vida, desde las responsabilidades en nuestros trabajos o en la propia familia, como en lo más personal de nosotros mismos que nos ayuda a realizarnos más y mejor como personas y tenemos que decir también en el ámbito de nuestra fe. Es la tarea de la vida con el sentido de trascendencia que hemos de darle a cuanto hacemos, que no solo nos repercute en lo que cada momento vivamos sino que va más allá de nosotros mismos en lo que podemos trascender en los demás por lo bueno que les podamos trasmitir, pero también en el sentido de trascendencia de eternidad que vivimos desde nuestra fe.
Ahí está todo ese camino de superación que hemos de ir realizando siempre en nuestra vida, ese camino de crecimiento en lo humano pero también en lo espiritual para darle cada día una mayor profundidad a nuestro ser. Ahí está ese lucha diaria en la que intentamos ser mejores, corregir nuestros errores, fortalecernos frente a las debilidades que hay en nosotros y también, ¿por qué no?, pedir perdón a Dios por lo que hayamos hecho en contra de su voluntad. Un aspecto que olvidamos, que dejamos de lado o para el último momento tantas veces, pero el final puede ser inesperado y siempre hemos de estar preparados. ¿Cómo nos vamos a presentar ante Dios? ¿Con las manos vacías? ¿Con las manos manchadas por nuestro pecado?
Todas estas cosas – y en muchas más podríamos profundizar – me sugiere y comparto con ustedes en esta semilla de cada día desde la parábola que hoy se nos presenta en el evangelio y que seguramente muchas veces hemos escuchado, rumiado en nuestro interior y también querido llevar a nuestra vida. La parábola de las jóvenes que esperaban la llegada del novio para la boda.
Esperaban con lámparas encendidas en sus manos, según las costumbres de la época en la que no solo se alumbraba así el camino, sino que además aquellas luces habían de servir para iluminar la sala del convite de bodas. Pero no todas tuvieron suficiente aceite para mantener encendidas las lámparas, más cuando el esposo tardo en su llegada, y así algunas se encontraron que sus lámparas se apagaban y ni podían alumbrar el camino ni tampoco iluminar la sala del banquete. Fueron a buscar aceite a última hora y la puerta se cerró sin posibilidad de entrar al banquete de bodas.
Creo que la aplicación de la parábola a la vida es bien sencilla, pero que también nos ayudará a encontrar esa profundidad para nuestra vida. No podemos dejar las cosas al azar ni para última hora. Como decíamos antes en todas las facetas de la vida; como podemos pensar también en todo lo que afecta y atañe a nuestra relación con Dios y a lo que ha de ser nuestra respuesta de vida cristiana. Es el cuidado de nuestra fe y de nuestra vida espiritual; es la profundidad que hemos de saber darle a la vida desde los valores del Evangelio; es el camino de nuestra vida cristiana como respuesta de amor al amor que Dios nos tiene; es el compromiso que desde esa fe vivimos también en el seno de nuestra comunidad cristiana a la que tenemos que enriquecer con nuestra vida, pero que si vamos con las manos vacías poco podemos hacer.
Que no se nos apague nunca esa luz, que no nos falte el aceite para mantenerla encendida, que podamos siempre iluminar a los demás y a nuestro mundo. No lo dejemos al azar ni para la última hora, sino vivámoslo cada día con intensidad.

jueves, 8 de agosto de 2019

Con nuestra fe y con nuestras obras de amor que de ella nacen hemos de iluminar nuestro mundo y ser sal de la tierra que no podemos ocultar



Con nuestra fe y con nuestras obras de amor que de ella nacen hemos de iluminar nuestro mundo y ser sal de la tierra que no podemos ocultar

Isaías 52, 7-10; Sal 95; Mateo 5, 13-19
¿Nos da vergüenza que vean lo que hacemos? Nos rodea como un cierto rubor o pudor ante el hecho de que los demás conozcan lo que hacemos. Queremos mantener nuestra privacidad, y es cierto que tenemos derecho a ello. Pero no vivimos aislados en el mundo o del mundo sino que el mismo sentido de nuestro existir es la convivencia porque no estamos hecho para la soledad y menos una soledad impuesta; a la luz el día vivimos y contemplamos y compartimos lo que hacemos y lo que los otros hacen. Es cierto además que desde eso que hacemos, cada uno desde su lugar, vamos construyendo nuestro mundo y queremos contribuir entre todos a que sea mejor y podamos tener una convivencia justa y feliz.
Claro que eso no significa que con vanidad vayamos haciendo alarde de lo que hacemos y con lo que contribuimos también al bien de los demás. Cuando vamos actuando en la vida con un corazón recto seremos capaces de ser humildes y sencillos sin orgullos que dañen a los demás o los minusvaloren, pero sí tendremos ojos limpios para contemplar lo bueno que los otros hacen y se convierte a la vez en estímulo para nuestra propia superación y crecimiento personal. Son malas las envidias que nos envenenan y enturbian nuestra vida y también las relaciones con los demás.
No hacemos alarde, pero tampoco ocultamos lo bueno que hacemos porque así de alguna manera nos convertimos en luz los unos para los otros ayudándonos mutuamente a nuestro crecimiento personal. No podemos ocultar la luz, no tenemos que ocultar la luz, no tenemos que avergonzarnos de la luz que llevamos en nuestra vida en nuestras buenas obras y en nuestro buen hacer.
De esto nos está hablando también hoy el evangelio. De la luz y de la sal. Ni podemos dejar que la sal se desvirtúe, ni podemos ocultar la luz. Y esto hemos de aplicarlo en todos los aspectos de la vida. Y esto tiene también una clara referencia a nuestra vida de fe y a nuestra vida cristiana. Con nuestra fe y con nuestras obras de amor que de ella nacen hemos de iluminar nuestro mundo, tenemos que ser sal de la tierra.
Y es lo que quizá los cristianos tendríamos que preguntarnos, si en verdad con nuestra vida, con nuestra fe, con nuestras obras estamos siendo luz para nuestro mundo. Y es que aquello que decíamos al principio de esta reflexión de que nos da vergüenza de que vean lo que nosotros hacemos nos puede estar sucediendo en este ámbito. No nos estamos manifestando como creyentes ante nuestro mundo, muchas ves lo ocultamos como si nos diera vergüenza de que los demás sepan que somos cristianos.
Y nuestra si tenemos que manifestarla con orgullo y con una alegría grande. Damos gracias a Dios por nuestra fe, pero glorificamos a Dios manifestando nuestra fe al mundo que nos rodea, aunque no lo quieran aceptar. Nosotros creemos en verdad que en Jesús está la salvación y esa tiene que ser una luz que ilumine al mundo, para que todos puedan descubrir el verdadero sentido de la fe que nos ayudará precisamente a la transformación de nuestro mundo.
La fe ilumina nuestros rostros llenos de alegría porque en Cristo hemos encontrado el verdadero sentido y valor de nuestra vida. Manifestémoslo con gallardía ante nuestro mundo para que contagiemos esa alegría de la fe.
Así tendríamos también que saber dar a conocer al mundo toda esa historia de santidad que tenemos en la Iglesia; esos santos que vivieron la alegría de su fe, esos santos que con su palabra y con el testimonio de su vida tanto hicieron por mejorar el mundo haciendo que todos fuéramos mejores. En los santos hemos de ver ese ejemplo que a nosotros nos estimule. Hoy estamos celebrando un gran santo en este sentido como fue Santo Domingo de Guzmán.

miércoles, 7 de agosto de 2019

Necesitamos mantenernos firmes y seguros a pesar de las dificultades en un crecimiento humano de nuestra vida pero también en la maduración de nuestra fe


Necesitamos mantenernos firmes y seguros a pesar de las dificultades en un crecimiento humano de nuestra vida pero también en la maduración de nuestra fe

Números 13,1-2.25; 14,1.26-30.34-35; Sal 105;  Mateo 15,21-28
Algunas veces nos crecemos cuando encontramos dificultades o todo se nos pone en contra; es cierto que hay momentos en que en situaciones así nos sentimos derrotados, lo queremos echar todo a rodar, nos desanimamos y al final no seguimos insistiendo. Pero cuando tenemos confianza en que aquello por lo que luchamos merece la pena, estamos seguros que lo podemos conseguir, las dificultades no nos arredran sino que seguimos insistiendo y luchando con una gran fortaleza de espíritu.
Ahí se manifiesta también la grandeza de la persona, aunque quizá nos pueda parecer llena de defectos y debilidades, que es incapaz o que no sabe cómo enfrentarse, pero sin embargo insiste y lucha por conseguir aquello que tanto anhela. Son ejemplos que quizá nos queremos ver o no sabemos valorar, porque quizá provienen de personas a las que nosotros de alguna manera consideramos inferiores o incapaces para esas luchas.
No queremos reconocerlo quizá porque realmente somos nosotros los incapaces para luchar y los que pronto tiramos la toalla desistiendo del esfuerzo que sería necesario. Ya simplemente con el ejemplo que no dan personas así podemos decir que tenemos aprendida una hermosa lección para nuestra inconstancia y nuestra falta de perseverancia.
Pudiera parecer excesiva la introducción fijándonos en aspectos meramente humanos con referencia a nuestra propia personalidad como entrada a la reflexión que nos ofrece el texto del evangelio de hoy. Y es que en este texto de la mujer cananea que va detrás de Jesús pidiendo compasión para ella y para su hija enferma, en este aspecto humano ya es una gran lección para nosotros que tendríamos que aprender.
Hoy se nos resalta en este texto la fe de aquella mujer. Es lo que finalmente Jesús alaba cuando al fin entra en conversación con ella para atender a su petición. Había ido rogando compasión y misericordia, haciendo incluso una confesión de fe en Jesús como Mesías - hijo de David, le llama -, cuando realmente aquella mujer era pagana. Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo, es el grito de aquella mujer.
En el relato hay cosas que nos pueden confundir en las palabras o en la actitud primera de Jesús, pero que de alguna manera reflejan lo que era el trato que los judíos daban a los gentiles, con los que incluso no querían ni mezclarse. Pero en el conjunto del relato descubrimos una apertura del evangelio y de la salvación que es para todos, y no se reduce al pueblo judío, basta con que se tenga fe. ‘Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas’, le dirá Jesús y la niña quedó curada, liberada del maligno.
Un doble mensaje estamos descubriendo, por una parte de ese aspecto humano de nuestra vida donde tenemos que aprender a crecer y a madurar, donde hemos de ser perseverantes en aquello por lo que luchamos, aunque al mismo tiempo el respeto y la valoración que hemos de saber hacer de toda persona no discriminándola nunca por su condición sea cual sea; pero también en el crecimiento de nuestra fe, por la confianza que hemos de saber poner en Dios que aunque nos parezca en ocasiones en silencio o lejano a nuestras peticiones o a nuestros sufrimientos, siempre nos escucha y con nuestra perseverancia en la fe encontraremos la salvación.

martes, 6 de agosto de 2019

Tenemos que aprender a subir a la montaña con Jesús en nuestra oración donde vivamos nuestro Tabor disfrutando de la presencia de Dios en nuestra vida


Tenemos que aprender a subir a la montaña con Jesús en nuestra oración donde vivamos nuestro Tabor disfrutando de la presencia de Dios en nuestra vida

2Pedro 1,16-19; Salmo 96; Mateo 17,1-9
‘¡Qué bien se está aquí!’ Alguna vez nos hemos expresado o nos hemos sentido así. Momentos de felicidad y de dicha, un encuentro familiar, una convivencia con los amigos, alguna experiencia muy especial allá en lo más intimo de nosotros mismos… No querríamos que aquel momento se acabara, no queremos perder la magia de lo que allí estamos viviendo, no deseamos que se diluya esa experiencia espiritual. Que aquello continúe y desearíamos que sea para siempre, aunque sabemos bien que tenemos que bajar a la realidad, volver a las cosas de cada día quizás muchas veces llenas de sombras, pero aquella luz no queremos que se apague.
Era lo que estaban viviendo aquellos discípulos allá en lo alto de la montaña y como siempre es Pedro el primero que salta con su palabra. Más tarde quizás pensará que no sabía lo que decía, pero era algo tan bonito que deseaba que no se acabara nunca.
Jesús se había llevado a una montaña alta en medio de las llanuras de Galilea solo a tres de los discípulos, Pedro, Santiago y Juan. Solía Jesús retirarse a solas a orar y lo hacia en descampado, se adentraba entre los árboles del monte, subía a un lugar elevado tan emblemático en la espiritualidad judía. Ahora no había ido solo sino que se había llevado a aquellos tres discípulos escogidos.
Y allí en aquella intimidad se desplegó la maravilla del misterio de Dios que se manifestaba en Jesús ante los ojos de los discípulos asustados y que más bien estaban aturdidos de sueño cuando tocaba ir a orar como tantas veces nos pasa. Pero aquello los había despertado, aquellos resplandores, aquella nube que los envolvía, a aparición de Moisés y Elías hablando con Jesús. ‘¡Qué bien se está aquí!’, y ya querían hacer tres tiendas para que permanecieran para siempre, aunque casi se olvidaban de si mismos. Dios les había permitido inundarse de su presencia divina.
Pero algo más iba a suceder porque al verse envueltos en una nube se escuchó la voz del cielo que señalaba a Jesús como el amado y preferido de Dios a quien habíamos de escuchar. ‘Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto’. Esto ya sobrepasaba todo lo imaginable y entonces sí que se llenaron de temor y cayeron de bruces rostro en tierra. Pero allí está Jesús con su paz. ‘No temáis’. Había que bajar de nuevo a la llanura.
Aquello era una experiencia para tomar fuerzas para el camino que iba a ser duro y necesitaba estar bien fortalecidos. Moisés y Elías habían hablado con Jesús también de su pasión y muerte, algo que Jesús les había anunciado y nunca habían creído, y ahora tendrían que enfrentarse a todo el recorrido de subida a la Pascua. Sería la Pascua de Jesús que tenia que ser también su pascua; ya llevaban por adelantado la experiencia de Dios que habían vivido donde tendrían que encontrar fortaleza y esperanza, pero que iba a ser algo bien costoso para ellos. Por eso Jesús les dice que no hablen de todo aquello hasta después de la resurrección.
Si comenzamos comentando experiencias humanas que hayamos podido vivir donde nos hayamos sentido bien a gusto, ahora tenemos que dar un paso más. Es llegar a rememorar en nuestra vida esas experiencias de Dios que hayamos tenido. Espiritualmente también habremos tenido en algún momento esa vivencia especial donde sentimos a Dios de manera especial en nosotros. Son esos momentos de Tabor que hayamos podido tener, o son esos momentos de Tabor que de alguna manera hemos de buscar.
Tenemos que subir a la montaña también, tenemos que buscar ese momento donde abramos nuestro corazón a Dios y a como El quiera manifestársenos. Yo diría que tenemos que saber cuidar nuestra oración para que no nos adormezcamos como tantas veces nos sucede o que nos caemos de sueño o nos vamos con nuestra imaginación por otros viajes.
Tenemos que saber encontrar ese momento de silencio interior, donde nos metamos allá en lo más hondo para escuchar a Dios, para sentir la presencia de Dios. Con ruidos, con imaginaciones, con cosas que nos llamen la atención desde lo exterior, o con turbulencias en nuestro espíritu no podemos escuchar a Dios.
Tenemos que aprender a hacer ese silencio, a encontrar ese recogimiento, ese saber centrarnos en Dios con toda nuestra fe para escucharle, para sentirle, para vivirle. Así llegaremos a esa experiencia de Dios, a esa vivencia de su presencia, a ese sentir que Dios está con nosotros y camina a nuestro lado, a tener nuestra pascua de Dios en nuestra vida.
Es lo que hoy celebramos y queremos contemplar en esta fiesta de la Transfiguración del Señor.

lunes, 5 de agosto de 2019

Nos queremos meter en el molde de Maria para si mejor parecernos a ella, la llena de gracia, para así mejor llenarnos de Dios



Nos queremos meter en el molde de Maria para si mejor parecernos a ella, la llena de gracia, para así mejor llenarnos de Dios

Lucas, 11,27-28
Hoy quiero tener un recuerdo especial en esta semilla de cada día para la Virgen María. En nuestra tierra, y en especial en la isla de La Palma, se la celebra en este día con la Advocación de Nuestra Señora de las Nieves, allá en su santuario del monte, a donde acuden hoy todos los moradores de la isla para honrar y venerar a su madre y patrona. En muchas otras localidades de nuestras islas se celebra también con esa misma advocación así como son muchas las mujeres canarias que llevan su nombre de Nieves o María de las Nieves.
El origen de esta hermosa advocación está en Roma en el Monte Esquilino, que en un cinco de agosto apareció cubierto de nieve como una señal del cielo para aquellos sueños del Papa de entonces en los que la Virgen le pedía edificar un templo en su nombre. Uno de los primeros templos de la cristiandad levantados en honor de María, a Madre de Dios, como recientemente entonces había sido proclamada por los concilios.
Hoy aquel templo inicial se ha convertido en la magnifica Basílica de san Maria la Mayor, una de las cuatro basílicas mayores, o basílicas papales que hay en la ciudad de Roma junto a san Juan de Letrán, su Catedral, san Pedro del Vaticano y san Pablo extramuros. Es allí donde acude antes y después de cada viaje pontificio el Papa Francisco para postrarse ante la imagen de Maria, Salus populi romani, que en aquella Basílica se venera. Una Basílica, por demás, que lleva el patronazgo del reino de España desde tiempo inmemorial, de manera que el Jefe del Estado español es canónigo honorario de la misma.
Pero no nos queremos quedar en datos históricos en nuestra mirada a Maria en este día de su fiesta, como decíamos, con la advocación de Virgen de las Nieves. El mismo nombre nos está indicando el camino de pureza y santidad que hemos de seguir para imitar a María. La llena de gracia, como la llamó el ángel de la Anunciación; llena de gracia porque estaba inundada de Dios que la hace resplandecer con las más bellas virtudes. Concebida sin pecado original la proclamamos como Inmaculada Concepción, hablándonos de su alma pura, de su corazón sin pecado, de su vida llena de gracia, del amor de Dios que la envuelve para convertirse en ternura de Dios para nosotros.
Es la madre solicita y atenta que siempre está a nuestro lado para señalarnos y ayudarnos a encontrar el camino que nos lleva a Jesús. Es la madre que ruega por nosotros para que sintamos la gracia y la fortaleza de Dios para que no caigamos en la tentación del mal, del desamor, de la dureza del corazón; sintiendo la ternura de la Madre a nuestro lado nuestros corazones tienen que derretirse de amor, no valen ya las corazas del egoísmo y de la insensibilidad, no tiene lugar de ninguna manera en nuestra vida la maldad que nos haría injustos y violentos, sino que todo tiene que ya ser siempre en nosotros delicadeza, ternura, amor, cercanía con los que están a nuestro lado.
La Biblia nos habla de cómo resplandecía del rostro de Moisés cuando bajaba del monte de la presencia de Dios; miramos a María y cual nieve resplandeciente con el sol la contemplamos a ella en la que brilla toda gracia porque así está llena de Dios. Cuando decimos llena de toda gracia no es como si estuviera llena de alguna cosa hermosa, queremos referirnos a la presencia de Dios en su vida que eso es gracia, porque siempre el amor de Dios en nosotros es un regalo de Dios, es un don gratuito en que Dios mismo se nos da.
En María resplandece de una manera especial; eso de ella tenemos que aprender, copiar en nosotros metiéndonos en el molde de su vida para así mejor parecernos a ella, para así mejor llenarnos de Dios. Ella fue el molde de Jesús que en su vientre se engendró como hombre.

domingo, 4 de agosto de 2019

Necesitamos aprender a vivir haciéndonos una verdadera escala de valores y disfrutemos de verdad lo que somos



Necesitamos aprender a vivir haciéndonos una verdadera escala de valores y disfrutemos de verdad lo que somos

Eclesiastés 1, 2; 2, 21-23; Sal 94; Col. 3, 1-5. 9-11; Lucas 12, 13-21
No sé si es que la vida nos obliga a vivir así o que imbuidos por una carrera a la que todos nos sometemos nos hemos hecho a una vida sin vivir de verdad.  Todo parece una loca carrera donde no parece que nos detengamos ni para coger aire, cuanto menos para vivir. Sí, nos puede parecer una exageración, pero veamos en la carrera loca en que nos hemos metido en trabajar y trabajar para tener más, decimos para tener mejor vida y nos llenamos de cosas de las que al final vivimos como esclavizados - algunas veces no sabemos ni lo que tenemos perdidos en ese acumular - sin ni siquiera disfrutar de verdad lo que somos y lo que tenemos.
Queremos tener mejor casa, mejor coche, las mejores cosas que puedan salir al mercado, decimos que queremos una mejor vida para nuestros hijos y nuestra familia y no paramos de trabajar y trabajar porque nunca llegamos a tener todo lo que ansiamos. Pero, ¿cuando nos detenemos un poco para vivir, para disfrutar de lo que ya tenemos pero sobre todo de lo que somos, o para simplemente convivir en paz y tranquilidad con nuestra familia?
No tenemos tiempo porque queremos tener más y eso nos exige trabajar y trabajar. Una loca carrera para mejor vivir, decimos, pero luego no vivimos; no nos detenemos ni a pensar, ni a reflexionar, o si lo hacemos es para ver como aumentamos nuestras ganancias. Pero ¿disfrutar del saber? ¿Disfrutar de la cultura? ¿Disfrutar de la convivencia con amigos, con familiares? No tenemos tiempo, como decíamos antes, ni para respirar. ¿Merece vivir así? ¿Realmente estamos viviendo? ¿No nos estaremos convirtiendo en autómatas o en esclavos de esa misma carrera? ‘Vanidad de vanidades…vaciedad sin sentido, todo es vaciedad’ que nos decía el sabio del Antiguo Testamento.
Claro que también soñamos, a ver si tenemos suerte, a ver si nos cae la lotería, un premio importante que nos resuelva todos los problemas. Pero aun así ¿llegaremos a disfrutar del vivir? Que el vivir ya no es solo la ultima orgía, los placeres mas exquisitos, el hacer lo que me de la gana, el ya no tener que hacer nada porque se acabaron las obligaciones. Que vivir tiene que ser algo más hondo en la persona.
Claro que no siempre tenemos clara la escala de valores por las que se ha de regir nuestra vida. Parece como si al final no sabemos ni lo que queremos. Y no me quiero poner pesimista pensando que todos andamos así, pero sí tendría que hacernos reflexionar, eso que nos cuesta tanto, para ver lo que realmente es importante en la vida y si merece entonces todos esos agobios con los que vivimos.
Hoy nos dice Jesús en el evangelio ‘cuidado, guardaos de toda clase de codicia. Pues aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes’. Esa codicia que tanto nos encandila, esos afanes que nos obnubilan, esos agobios que no nos dejan disfrutar de lo que somos que no ya de lo que tenemos. ¿Buscamos el tener o el ser? ¿Qué es lo que cuidamos y qué es lo primordial en lo que hacemos, en lo que son las cosas por las que luchamos?
Y nos propone Jesús la parábola del hombre rico que obtuvo una gran cosecha de manera que tuvo que aumentar sus bodegas y almacenes para guardar cuanto había cosechado. Y ya pensaba que podía vivir, tumbarse, vivir la buena vida, no tener que trabajar porque ya tenía para muchos años. Pero todo aquello se acabó y no llegó a vivir.
Lo que hemos venido diciendo. No supo vivir cuando simplemente con su trabajo tenia para una vida digna, sino que ansiaba mucho más. Llegó a tenerlo todo y no llegó a vivir. Vanidades de la vida en que vivimos envueltos tantas veces; un vacío que al final sentimos en nosotros mismos, y unas manos vacías con que  nos vamos a encontrar al final de la existencia.
No se trata solo de la actitud injusta e insolidaria de quien solo pensaba en si mismo y cuando tuvo todo hasta de sobra ni siquiera de acordó de los que pasaban necesidad para compartir con ellos. ¿Cuándo nos daremos cuenta que los bienes de la tierra no tenemos que acapararlos para nosotros solos? Ese mundo que Dios ha puesto en nuestras manos no es para que lo acaparemos solo para nosotros. Nuestra mirada tiene que ser más amplia y más universal; no nos valen actitudes egoístas e insolidarias que al final terminan siendo injustas porque nos hacemos insensibles a la vida de los demás.
Es descubrir otro sentido del vivir dándonos cuenta de que no vivimos más intensamente la vida porque poseamos muchas cosas. Cuántos padres no disfrutan de la vida de sus hijos solo afanados por el ganar diciendo que es por el bien de sus hijos, pero realmente no conocen a sus hijos, no saben lo que piensan o lo que anhelan, cuando les falta algo tan sencillo como tiempo para sentarse a hablar con ellos. ¿Eso es vivir y disfrutar de la familia y de los hijos?
Muchas cosas se podrían reflexionar en este sentido. Ojalá aprendiéramos a saber vivir dándole valor e importancia a lo que realmente lo tiene porque nos hagamos una buena escala de valores para construir nuestra vida.