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sábado, 25 de agosto de 2018

Nunca se llene de soberbia nuestra vida por lo bueno que hacemos, sino que siempre nuestro espíritu sea el del servicio y nuestro estilo la humildad y la sencillez



Nunca se llene de soberbia nuestra vida por lo bueno que hacemos, sino que siempre nuestro espíritu sea el del servicio y nuestro estilo la humildad y la sencillez

Ezequiel 43,1-7ª; Sal 84; Mateo 23,1-12

Cuando alguien alaba algo que hayamos hecho bien es justo que sintamos satisfacción dentro de nosotros y nos sintamos contentos con nosotros mismos. No porque busquemos esa alabanza o ese reconocimiento sino por esa satisfacción en si misma del bien hecho, de lo que pudo servir a los demás, o del granita de arena con que hemos contribuido a hacer que nuestro mundo sea mejor. Nadie nos puede decir nada porque nos sintamos contentos con nosotros mismos y que de alguna manera nuestro ego se sobrealimente siempre y cuando esto nos estimule a seguir haciendo el bien, ayudando a los demás o poniendo en servicio de todos aquellos valores que nosotros tengamos.
No hacemos las cosas para la apariencia, para buscar el reconocimiento y la alabanza, para que nos suban en pedestales. La persona que obra con rectitud y sencillez incluso muchas veces buscará ocultarse a si misma, porque lo que le importa es el bien que ha hecho; una persona que obra con rectitud y porque tiene ese espíritu de servicio en su vida no se deja halagar por vanidades ni nunca querrá ponerse por encima de los demás. Y esto bueno, esta manera de actuar con rectitud y sencillez lo podemos encontrar en muchos a nuestro alrededor que la mayor parte de las veces pasan desapercibidos.
Quizá muchas veces nos sea más fácil descubrir a los que van de arrogantes por la vida porque hacen mucho ruido. Quieren que se los vea y se les reconozca sus obras, y como nos dice Jesús en el evangelio van tocando campanillas por las esquinas de las calles para hacer notar su paso o para que vean las buenas cosas que hacen, que ya se ven viciadas por el propio orgullo con que se hacen. Y de eso quiere prevenirnos Jesús, porque de ninguna manera ese puede ser el estilo de lo que le siguen y se llaman sus discípulos.
Es cierto que nos dirá en otra ocasión que se vean nuestras buenas obras para que todos puedan dar gloria a Dios. Pero es para la alabanza y la gloria del Señor, no para alimentar nuestro ego, para buscar esos reconocimientos o ahogarnos en nuestras vanidades.  Por eso nos dirá también que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha y es que el bien no se hace haciendo ruido, aunque la música de las obras buenas que hacemos sí tiene que cautivar los corazones.
Por eso el que es humilde y servicial se va a sentir querido y valorado por todos aunque le parezca sentirse herido en su humildad. Los que son buenos y hacen el bien sin ruido sin embargo van dejando tras de si una melodía hermosa y cautivadora que servirá para atraer a todos a hacer el bien.
Mientras que el arrogante y vanidoso, el que va por la vida repartiendo orgullo y con mucha soberbia en su corazón, no se sentirá nunca querido, más quien quizá temido, y muchas veces rechazado desde nuestro interior porque nos hiere la soberbia de los demás. Por eso andemos nosotros con cuidado para que nunca se llene de soberbia nuestra vida, sino que siempre nuestro espíritu sea el del servicio y nuestro estilo la humildad y la sencillez.
Sepamos descubrir y valorar eso bueno que hay en tantos corazones que calladamente hacen el bien y que su gozo es hacer el bien a los demás.

viernes, 24 de agosto de 2018

La tibieza de nuestra vida espiritual y de nuestro compromiso cristiano es quizás consecuencia de la falta de un encuentro vivo con Jesús



La tibieza de nuestra vida espiritual y de nuestro compromiso cristiano es quizás consecuencia de la falta de un encuentro vivo con Jesús

Apocalipsis 21,9b-14; Sal 144; Juan 1,45-51

Quizá no haya mejor manera de cerciorarnos de la certeza de una cosa que averiguarlo por nosotros mismos. No es que no confiemos en lo que nos dicen, pero aunque digamos sí en el fondo no nos sentimos totalmente seguros.
Es cierto que en la vida por así decirlo vamos haciendo continuamente actos de fe, porque nos confiamos en lo que nos dicen, en lo que nos cuentan, porque es necesario tener esa disponibilidad para aceptar, porque no todo lo podemos comprobar por nosotros mismos, porque nos supera el peso y el paso de la historia, porque son hechos o acontecimientos que no nos suceden al lado nuestro ni en el tiempo nuestro, o porque ese margen de confianza que nos damos unos a otros  es base de amistad y consecuencia de ella y nos facilita la convivencia de cada día.
Es importante en todos los aspectos de la vida el testimonio que recibamos de los otros porque confiamos en ellos y las obras que realizan y las palabras que dicen las veremos siempre dentro de la racionalidad y de la credibilidad de las personas. Es importante, entonces, que nosotros en la autenticidad de nuestra vida nos hagamos verdaderamente creíbles y así nacerá esa confianza mutua que unos y otros hemos de tenernos. Con la autenticidad de nuestras obras de alguna manera estaremos diciéndole al otro ‘ven y lo verás’, confía en la autenticidad de mis palabras y de mis obras.
Es el primer diálogo que nos encontramos en el pasaje del evangelio que se nos propone en la fiesta de san Bartolomé apóstol que hoy celebramos. Felipe que había estado con Jesús al que había seguido en su primera llamada, cuando se encuentro con su amigo y convecino Natanael enseguida le cuenta lo que él ha vivido. Parece que no termina creer Natanael, pero no pone en duda sus palabras, sino el hecho de que Jesús sea de Nazaret; aparecen las divergencias y rivalidades que tantas veces surgen entre pueblos limítrofes por las cosas más simples las mayorías de las veces. Que si las campanas de mi pueblo suenan mejor que las del tuyo, que es mejor el agua que nosotros bebemos que la de las fuentes del pueblo vecino y así muchas veces no se cuantas cosas que llevan enfrentamientos digamos pueriles.
Felipe había estado con Jesús y se había sentido verdaderamente convencido. Es lo que ahora quiere que compruebe su amigo Natanael. ‘Ven y lo verás’, le dice. Y fue y lo vio y  lo sintió de manera que hará una hermosa confesión. Rabí, Maestro, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel’.
¿No lo necesitaremos nosotros también? Tenemos que aprender a dejarnos conducir para llegar a vivir ese vivo y profundo encuentro. Serán los necesarios encuentros llenos de confianza que hemos de tener los unos con los otros en la vida, pero será también ese encuentro vivo con el Señor. Aceptamos el testimonio y nos dejamos conducir, pero necesitamos vivir la profundidad de ese encuentro de verdad que muchas veces nos falta en la vida.
La tibieza con que vivimos muchas veces nuestra vida espiritual y todo nuestro compromiso cristiano es quizás consecuencia de esa falta de ese encuentro vivo con Jesús. Podemos saber muchas cosas y hasta enseñar a los demás, pero necesitamos vivencias profundas que nos hagan crecer de verdad por dentro y que harán creíbles nuestras palabras y nuestro testimonio. Mucho de todo eso  nos está faltando a los cristianos de nuestro tiempo en que nos falta esa espiritualidad honda, que solo se puede tener desde encuentros vivos y profundos.
Es el testigo que está poniendo en nuestras manos hoy san Bartolomé en el día de su fiesta.

jueves, 23 de agosto de 2018

Qué otra cosa sería la vida si supiéramos acogernos mutuamente y nos vistiéramos de esos valores que faciliten siempre el encuentro con el otro



Qué otra cosa sería la vida si supiéramos acogernos mutuamente y nos vistiéramos de esos valores que faciliten siempre el encuentro con el otro

Ezequiel 36,23-28; Sal 50; Mateo 22,1-14

A todos nos gusta que nos inviten a una fiesta, a una comida o a una boda. Nos sentimos honrados por la deferencia de quien nos ha invitado y tratamos de corresponder asistiendo y participando de esa fiesta o de esa comida a la que nos han invitado y haciéndolo de una manera digna y decorosa; causas graves tendrían que surgirnos para no asistir y por educación enviaríamos una disculpa razonable por el medio que sea a quien ha tenido la deferencia de invitarnos. No haríamos el feo, como se suele decir, de dejar plantado en la mesa a quien ha tenido la amabilidad de invitarnos.
Pero puede suceder también que nos encontramos con personas que por las razones que sean son reacias a participar en celebraciones así; se buscan disculpas, se escudan en lo ocupados que están – qué ocupados estamos cuando no nos interesa algo -, se inventan actividades que se hacen coincidir en el tiempo, pero todo es una búsqueda de razones para no participar, para rehuir el bulto. Aparece así la descortesía, los malos modos, o la forma de expresar que quizá no nos sea agradable esa invitación, la escasa estima y consideración que quizá tenemos hacia esa persona que nos ha invitado o que no nos resulta agradable el sentarnos a la mesa con determinadas personas.
Cosas que nos suceden en la vida, cosas que nos pueden pasar a nosotros; momentos quizá que pueden tensar las relaciones, cuando todo encuentro con los demás nos tendría que servir siempre para crear lazos de amistad; el compartir juntos alrededor de una mesa es una oportunidad para abrir los corazones, para compartir pensamientos y sueños, para alimentar ilusiones, para abrir puertas para nuevas amistades. Esa convivencia sana y feliz de quienes comparten así contribuye a hacer que nuestra vida sea mejor, y contribuye a crearnos un mundo más feliz. Aunque tristemente muchas veces por nuestros caprichos, con nuestras disculpas y nuestras huidas, con los distanciamientos que nos creamos no contribuimos precisamente a ello.
Me hace pensar en todo esto la parábola que hoy se nos propone en el evangelio. Una parábola que quiere hablarnos del Reino de Dios, que quiere decirnos cómo con nuestra convivencia feliz en la imagen de un banquete de bodas al que estamos invitados podemos reflejar la felicidad del Reino de Dios. Y en esos pequeños detalles que nos ofrece la parábola se no da ocasión para reflexionar sobre muchas cosas de nuestra vida.
Lo que nos refleja esa imagen de los invitados que buscaron mil disculpas para no asistir al banquete de bodas nos está hablando claramente de cual es la respuesta negativa que tantas veces damos a la llamada e invitación del Señor. No nos quedamos en la anécdota sino que nos miramos a nosotros con nuestras actitudes negativas, con nuestras reticencias tantas veces a responder a lo que el Señor nos va pidiendo. No queremos participar en ese banquete de bodas, no queremos entrar por ese camino nuevo que nos señala el Señor, nos hacemos sordos a su llamada y rehuimos dar una respuesta. Cuántas disculpas vamos poniendo en la vida.
Cuando nos hacíamos la primera descripción de la invitación al banquete de bodas decíamos que tratamos de corresponder asistiendo de manera decorosa y digna. Es un detalle que nos resalta también la parábola. Al no asistir los invitados aquel rey mando que salieran a los caminos y trajesen a todo el que encontraran al banquete y la sala se llenó de comensales. Un signo de cómo todos estamos invitados y a todos hemos de hacer llegar también esa invitación. Pero había que asistir con traje de fiesta.
En los protocolos de nuestras comidas y banquetes ya se nos insinúa como hemos de ir para compartir en una mesa juntos; nuestra presencia no puede volverse indecoroso o mejor hacer difícil la convivencia con los demás que estamos sentados a la misma mesa.
Por aquí va la clave de lo que nos quiere decir el Señor en la parábola. Algunas actitudes y posturas nuestras algunas veces hacen difícil el encuentro y la convivencia. De ese traje hemos de despojarnos para vestirnos de otras actitudes y valores que nos lleven a un encuentro sincero y verdadero con los demás.  Qué otra cosa sería la vida si nos vistiéramos de esos valores que faciliten siempre el encuentro con el otro.

miércoles, 22 de agosto de 2018

No andemos comparándonos los unos con los otros que no todos han tenido las mismas oportunidades, sino demos ocasión para desarrollar lo que cada uno vale



No andemos comparándonos los unos con los otros que no todos han tenido las mismas oportunidades, sino demos ocasión para desarrollar lo que cada uno vale

Ezequiel 34,1-11; Sal 22; Mateo 20,1-16

Siempre nos creemos merecedores de todo, nos creemos merecedores de algo mejor; no estamos contentos con lo que recibimos, no estamos contentos con la valoración que los demás hacen de nosotros; de alguna manera parece que nos sentimos injustamente tratados porque no nos tienen en cuenta como nosotros quisiéramos, no tienen en cuenta nuestras valores. Y aparece algo de vanidad, mucho también de orgullo, y vienen desavenencias y desconfianzas, surge la destructiva envidia.
Hoy se nos habla mucho de la autoestima, y está bien. Claro que tenemos que valorarnos, empezando por saber descubrir bien cuales son nuestros valores, nuestras cualidades, aquellas posibilidades que tenemos en la vida y desarrollarlo. Pero esa autoestima no está reñida con la sencillez y la humildad; esa autoestima no está en autocomplacencias y autosuficiencias que nos pudieran llevar a pedestales con los que queremos destronar a los demás. Nuestra autoestima no tiene por qué minusvalorar lo que son los otros, sino todo lo contrario tenerlos muy en cuenta, porque tendríamos que ser colaboradores los unos con los otros para hacer mejor las cosas, para hacer mejor nuestro mundo.
Pareciera que hay un conflicto de intereses entre la autoestima y la humildad, pero tendría que ser todo lo contrario. Humildad no es ponernos a menos, sino reconocer lo que en verdad somos, para valorar también lo que son los demás. La humildad no es autodestruirnos ni mucho menos, sino saber actuar calladamente sin aspavientos con aquello que somos, con lo que son nuestros valores y posibilidades. Autoestima no es darnos auto bombo, y en eso hay muchos que se confunden, porque lo que hacen es llenarse de vanidad y tratar de inflarse tanto que al final revientan en la realidad de lo que somos.
Me ha surgido toda esta reflexión sobre realidades de la vida, de lo que somos o de lo que algunas veces queremos aparentar, por abajo o por arriba, da igual, porque siempre puede ser vanidad, desde el pasaje del evangelio que hoy se nos propone. Pudiera parecernos que el evangelio quiere hablarnos de otras cosas, de que somos llamados a trabajar en la vida en cualquier momento o en cualquier circunstancia y hemos de estar siempre disponibles a escuchar esa llamada, pero me ha hecho pensar en todo esto lo que vemos al final de la parábola en la actitud exigente y displicente de los que protestan aunque le han dado justamente lo que habían acordado.
No pudieron resistirse aquellos obreros de la primera hora a compararse con los demás o con el trabajo que los otros habían hecho. Pero no eran capaces de apreciar la generosidad del dueño de la viña que en su corazón misericordioso quiso también valorar el trabajo de los que aparentemente habían hecho menos, habían hecho poco porque llegaron a última hora, pero con quienes quería ser generoso aquel buen hombre, quizá pensando en las necesidades que pudiera haber detrás y ocultas para la mayoría.
No podemos andar juzgando la generosidad del corazón de los otros; no podemos andar por la vida siempre haciéndonos comparaciones de los unos y los otros; no todos han tenido quizá las mismas oportunidades porque así es la realidad de la vida, pero con todos hemos de saber ser generosos no permitiendo que nos corroa por dentro la envidia o el amor propio herido. Cuidado con los pedestales a los que nos subamos.
Valorarnos, sí, tener nuestra propia autoestima, está bien, pero saber ir por la vida con sencillez y con humildad, poniendo siempre generosidad en nuestro corazón para saber valorar a los demás, ayudarlos a levantarse de momentos oscuros o de hundimiento por los que puedan estar pasando por la vida.

martes, 21 de agosto de 2018

Contando con la gracia del Señor tampoco será imposible para nosotros desprendernos de cuanto hemos de arrancar de nuestro corazón para vivir la plenitud del Reino




Contando con la gracia del Señor tampoco será imposible para nosotros desprendernos de cuanto hemos de arrancar de nuestro corazón para vivir la plenitud del Reino

Ezequiel 28,1-10; Sal. Dt 32; Mateo 19,23-30

‘¿Quién puede salvarse?’ se preguntan los discípulos más cercanos a Jesús tras el episodio del joven rico que aspiraba a la vida eterna, pero que ante las exigencias de Jesús da marcha atrás y se vuelve sin decidirse por seguir a Jesús. Era rico, nos dice el evangelista y Jesús continua apostillando cuán difícil le es a los ricos entrar en el Reino de los cielos. Y les propone la imagen del camello pasando por el ojo de una aguja. Por las puertas estrechas de las murallas de la ciudad donde les era difícil pasar con toda la carga que llevaban sobre sus gibas.
Por ahí anda la clave de las palabras de Jesús que tanto les cuesta entender a los discípulos y que tanto nos cuesta entender nosotros dándonos mil explicaciones como solemos hacer no cuando no entendemos, sino cuando nos parece que no nos interesa entender. Porque una cosa es que entendamos y otra cosa es que queramos entender. Cuantas veces nos hacemos oídos sordos a las explicaciones que nos quieren dar, cuantas veces nos hacemos oídos sordos cuando nos tocan en la herida de nuestra vida que no queremos curar.
Ahí están nuestros apegos, que pueden ser las riquezas como literalmente nos habla hoy el evangelio, pero que pueden ser tantas cosas que llevamos apegadas al corazón y de lo que no queremos desprendernos; y damos rodeos y rodeos sin decidirnos, sin dar valientemente el paso hacia delante para liberarnos de esas ataduras.
Serán cosas o serán actitudes, serán malas costumbres que hemos adquirido o esas rutinas que marcan el día a día de nuestra vida y que no queremos cambiar, serán unas posturas de comodidad con aquello de que siempre se ha hecho así y que no queremos ni siquiera pensar en que se puede renovar o serán esas pasiones que nos desbordan y que porque nos dan un momento de placer no pensamos en la trascendencia de nuestros actos que podríamos hacer mejor.
No podemos andar con vanidades en la vida donde todo se nos quede en apariencias; no podemos contentarnos y sentirnos tan a gusto con el orgullo de haber quedado por encima de los demás cuando sabemos bien que somos mezquinos y que los otros son mucho mejores que nosotros; no podemos dejarnos arrastrar por esos impulsos violentos de nuestros amor propio malherido, sino que hemos de saber reconocer nuestros errores porque no somos perfectos y las cosas se pueden hacer de mejor manera; no podemos dejarnos llevar por esas envidias y malquerencias que surgen en nuestro interior cuando descubrimos todo lo bueno que hay en el otro y que hasta incluso nos puede dar ejemplo.
Muchas cargas vamos echando sobre las gibas de nuestra vida que nos impiden caminar con libertad y en nuestro acaparar para nosotros mismos, terminamos acaparando también malos vicios, malos orgullos, malas actitudes y posturas que tomamos ante los otros y ante la vida y que sí es cierto que no nos dejaran entrar por la puerta del Reino de los cielos.
Por nosotros mismos no va a ser difícil muchas veces porque nos cegamos de tal manera que ni siquiera nos damos cuenta de esas oscuridades de nuestra vida; somos como aquellos ciegos de cataratas que poco a poco van perdiendo el brillo de la luz y de los colores en sus ojos y hasta que no se desprenden de esa catarata no se dan cuenta de cuanto habían perdido en la vida. De cuantas cosas, actitudes, posturas tenemos que desprendernos en la vida; solo así nos daremos cuenta de dónde está el verdadero tesoro que tendría que llenar nuestro corazón.
Para Dios no hay nada imposible, contando con la gracia del Señor tampoco será imposible para nosotros desprendernos de cuanto hemos de arrancar de nuestro corazón.

lunes, 20 de agosto de 2018

Necesitamos despojarnos de muchas cosas pero sobre todo de nuestro yo engreído para poder irnos a seguir de verdad a Jesús


Necesitamos despojarnos de muchas cosas pero sobre todo de nuestro yo engreído para poder irnos a seguir de verdad a Jesús

Ezequiel 24,15-24; Sal.: Dt 32,18-19.20.21; Mateo 19,16-22

¿Qué es lo que tengo que hacer? es una pregunta o una expresión que nos puede salir de forma espontánea. Queremos algo ¿cómo lo conseguimos? ¿Cuánto cuesta? ¿Qué tengo que hacer para conseguirlo? Así andamos en la vida, le ponemos un valor a las cosas, pero esos valores los cuantificamos, los materializamos, en lo que tenemos que pagar, en lo que tenemos que hacer, en los ardides que tengo que emplear para conseguirme quizá el favor de alguien, con quien tendría que hablar que tiene influencia para que me concedan tal cosa, tal puesto, tal ascenso… y queremos hacer méritos, o vamos a ver cómo más fácil lo conseguimos. Por ahí van los tiros también, por los méritos.
¿No habremos cuantificado de alguna manera también las cosas de Dios? Queremos hacer méritos, quizá nos lo hayan dicho demasiadas veces que ahora andamos con confusiones en nuestra mente o en nuestro corazón. Y vamos sumando rosarios, y misas, y cosas buenas que hacemos, y favores que les prestamos a los demás… y así no se cuántas cosas, porque no pueden quedar sin recompensa. Recordamos que ya Pedro le preguntaba a Jesús qué les iba a tocar a ellos que lo habían dejado todo por seguirle.
Quizá habría que revisar alguna percepción de las cosas, algunos conceptos o ideas que se nos hayan metido. Porque nos tendríamos que preguntar si somos cristianos para tener meritos y garantizarnos algo al final, o somos cristianos como una respuesta de amor a todo el amor que Dios nos tiene. Porque, ¡ojo, cuidado!, que podemos decir que estamos haciendo meritos porque ‘cumplimos’ no se cuantas cosas, pero no estemos poniendo amor, nuestro deseo no sea de verdad un seguimiento de Jesús por vivir y construir el Reino de Dios.
Esa expresión que nos dio pie a la reflexión que nos venimos haciendo fue lo que aquel joven un día le planteó a Jesús. Maestro, ¿qué tengo que hacer de bueno para obtener la vida eterna?’ Era un joven cumplidor porque cuando Jesús le responde que cumpla los mandamientos, responderá que eso lo ha cumplido siempre desde su infancia. ‘Todo eso lo he cumplido, ¿qué me falta?’
Los evangelistas que nos relatan ese episodio nos dicen que Jesús se le quedó mirando. Una mirada de Jesús, ¡cuánto dice! Aquel joven era bueno, era cumplidor, los mandamientos han sido la norma de su vida, pero le falta algo. ‘¿Qué me falta?’ se pregunta él también. ¿Ha ido acumulando méritos, pero siente que le falta algo más que méritos? Un poco por donde veníamos antes con la reflexión. ¿En eso centraremos lo que es ser cristiano, que nos preguntábamos?
‘Una cosa te falta’ le dice Jesús. Despójate de lo que tienes. Despójate de lo que tienes, de tus riquezas, de tus posesiones, o de esas cosas que realmente te poseen a ti, vende todo esto que tienes, compártelo, repártelo, dalo a los pobres… Despójate de ese yo engreído que parece que quiere llenar tu vida, despójate también de todas esas cosas buenas que parece que has hecho para acumularlas, para hacer meritos, eso no lo necesitas. ‘Vente conmigo’.
Aquí está la clave. Seguir a Jesús, creer en El. ¿No era eso lo que pedía la voz del cielo en el Tabor? ‘Este es mi Hijo amado, escuchadle’. Escucharle no es solo aprender cosas, escucharle es ponernos a hacer su camino, escucharle es hacernos sus discípulos, escucharle es seguirle, irse con Jesús. Y nos iremos con Jesús porque nos sentimos cautivados por su amor, nos sentimos amados y nos damos cuenta de que ahora no podemos hacer otra cosa sino amar como El.
Lo importante es que amemos y porque amamos lo damos todo por Dios; porque amamos no nos importan las cuentas de lo que sea que acumulemos, sino sentirnos amados y amar de la misma manera. Y cuando se ama así entramos en una comunión de plenitud, una comunión eterna con Dios. Y nos sentimos llenos de Dios, porque nos sentiremos habitados por su amor, y en ese amor sentimos que habitamos en Dios, que vivimos su misma vida con todo lo que eso significa en actitudes nuevas, en posturas nuevas, en una vida nueva.
Pero eso no es tan fácil como hacer cosas o cumplir con unas normas. A aquel joven le costó y dio marcha atrás. El evangelista dice que era muy rico y le costaba desprenderse de sus riquezas. Pero ahí podemos entender muchas cosas en el sentido de lo que era ese desposeerse de todo. Porque algunas veces nos puede resultar fácil despojarnos de cosas, pero no nos es tan fácil despojarnos de nuestro yo engreído y orgulloso; en ese yo metemos tantas cosas... Miremos con sinceridad de que nos tenemos que despojar para irnos con Jesús, para ser de verdad sus discípulos.

domingo, 19 de agosto de 2018

Que no nos suceda que aunque deseamos comulgar en el fondo no tenemos hambre de ese pan que Cristo quiere darnos cuando se hace pan de vida para nosotros



Que no nos suceda que aunque deseamos comulgar en el fondo no tenemos hambre de ese pan que Cristo quiere darnos cuando se hace pan de vida para nosotros

Proverbios 9, 1-6; Sal. 33; Efesios 5, 15-20; Juan 6, 51-58

¿Cómo dar de comer a quienes no tienen hambre? ¿Están saciados ya quizá? Podría parecer un contrasentido. Quien se ha saciado con lo primero que ha encontrado cuando le ofrecemos los más deliciosos manjares ya quizá no se los pueden comer.
¿Nos pasará de alguna manera? Y entendemos que no hablamos solo de comidas que llenen nuestro estómago y sacien nuestro apetito físico. Ya hay gente a la que no le interesa escuchar, se sienten satisfechos, autosuficientes con sus ‘saberes’. Hay gente que quizá ya no aspira a algo mejor, a algo más noble, a algo más espiritual, se contentan con lo que tienen, con sensualidades baratas, con satisfacciones prontas que no exijan demasiado, pensando solo en lo material como única fuente de felicidad.
Nos cegamos y no somos capaces de ver lo más bello, nos cegamos en nuestras ideas y pensamientos y no somos capaces de abrirnos a algo nuevo, nos cegamos con sabidurías baratas que no van a elevar nunca nuestro espíritu y hacerlo trascender, quedándonos en superficialidades que pronto nos van a cansar.
Sin embargo, queremos pan aunque muchas veces andamos desorientados y no sabemos ni lo que pedimos. Cuando los judíos en la sinagoga de Cafarnaún le pidieron a Jesús ‘danos de ese pan’, pudo haberles respondido como un día les dijera a los Zebedeos cuando pedían primeros puestos, ‘no sabéis lo que pedís’.  Igual que entonces los hermanos Zebedeos andaban un tanto despistados sobre lo que significaba beber el mismo cáliz de pasión o bautizarse en su mismo bautismo, igual que la samaritana solo pedía que Jesús le diera agua para no tener que ir todos los días al pozo a sacarla, así andaban ahora las gentes de Cafarnaún porque en la tarde anterior habían comido pan hasta saciarse y gratis allá en el desierto.
Jesús rotundamente les dice ahora que El es el verdadero pan bajado del cielo y el que le coma vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne, para la vida del mundo’, les dice Jesús. Un pan para la vida, un pan que da vida eterna, un pan que es la vida del mundo. Tiene que ser algo mucho más que un pan normal que sacie nuestros estómagos.
Estamos ante la página más sublime sobre la Eucaristía. Es el gran anuncio que nos hace Jesús. En el Evangelio de Juan no se nos hace el relato de la institución de la Eucaristía en la última cena, pero aquí en esta página tenemos lo más sublime que podemos escuchar de la Eucaristía. Claramente nos lo dirá Jesús. ‘Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día’.
Comer su cuerpo y beber su sangre, comer a Cristo va mucho más allá de una comida material que comamos. Comer a alguien es querer entrar en comunión plena y total con él; no podemos decir que comemos a Cristo si no entramos en esa comunión total con Cristo, de manera que ya sea aquello que nos dirá san Pablo que no vivimos nosotros sino que es Cristo quien vive en nosotros. Nos lo dice hoy. ‘El que come mi carne y bebe mi sangre, habita en mí y yo en él… el que me come, vivirá por mí’.
Si Cristo habita en nosotros y nosotros en El, si vivimos ya para siempre por Cristo estamos asumiendo mucho, estamos asumiendo su vivir. No es nuestro vivir sino el de Cristo, no es nuestro pensar sino el de Cristo, no es el actuar a nuestra manera sino a la manera de Cristo, es dejar que ya para siempre Cristo actúe en nosotros.
Comulgar entonces no es entrar en momento de fervor casi místico de mucha devoción en un momento determinado sino es vivir ya en un compromiso nuevo y distinto para actuar a la manera de Cristo. Comulgar no es el hecho material de acercarnos a un comulgatorio en la Misa sino es entrar en una dimensión nueva de la vida que tendrá que reflejarse en nuestro compromiso, en nuestro testimonio, en nuestra manera de vivir. Como nos dirá un sabio predicador, el termómetro para saber si el pan que comemos y compartimos es el mismo que ofrece Jesús, tal vez sea el tomar el pulso a nuestro compromiso personal y comunitario en la construcción de una sociedad más justa, humana y solidaria, semilla del Reino.
Y no tengamos miedo de que por comer a Cristo de verdad nos podamos convertir en problemáticos en medio de los que nos rodean. En cierto modo comer a Cristo tiene que hacernos revolucionarios porque el testimonio que demos sea en verdad comprometido con nuestro mundo, con los que sufren, con los que se sienten abandonados o con los que son maltratados, con los que padecen violencias e injusticias o con los que sienten verdadera hambre e inquietud por la paz y por hacer que nuestro mundo sea mejor. En ello tenemos que estar verdaderamente comprometidos si nos dejamos habitar por Jesús.
¿Sabemos lo que pedimos cuando nosotros queremos decirle a Jesús que nos dé a nosotros también de ese pan? ¿Seremos conscientes de verdad cuando vamos a comulgar  todo lo que eso tiene que representar en nuestra vida? ¿No nos sucederá que aunque decimos que deseamos comulgar en el fondo no tenemos hambre de ese pan que Cristo quiere darnos cuando se hace pan de vida para nosotros? Busquemos la Sabiduría de Jesús. No podemos dar de comer a quien no tiene hambre, decíamos al principio. Cuidado nos pase a nosotros.

sábado, 18 de agosto de 2018

No rompamos el candor de ese mundo feliz de los niños sino más bien aprendamos a ser como ellos que incluso con sus juegos están construyendo un mundo feliz



No rompamos el candor de ese mundo feliz de los niños sino más bien aprendamos a ser como ellos que incluso con sus juegos están construyendo un mundo feliz

 Ezequiel 18,1-10.13b.30-32; Sal 50; Mateo 19,13-15

Creo que todos nos sentimos cautivados por la ternura de un niño pequeño. Su inocencia, su mirada limpia de toda malicia, la sonrisa que se escapa de sus ojos, sus gestos sencillos y nunca calculados, su prontitud para responder al cariño que te le ofreces que él te devuelve multiplicado en generosidad, sus preguntas inocentes que nos llegan al alma porque simplemente quiere conocer, saber por qué, su disponibilidad siempre pronta para agradarte son algunos de esos gestos que nos cautivan y que nos llenan el alma porque con su ternura se adueña de nuestro corazón.
Qué lastima que la vida pronto lo vaya maleando y no se mantenga siempre esa inocencia en su mirada, porque nuestras respuestas y actitudes comienzan a encerrarlo en si mismo; es el mal ejemplo que le damos en un mundo que ellos quisieran siempre feliz, pero que descubren en nosotros esas malicias que nos rompen y nos enfrentan, que le hacen perder el brillo de su mirada porque pronto con nuestras actitudes les enseñamos a ser egoístas y ambiciosos. No rompamos el candor de ese mundo feliz de los niños sino más bien aprendamos nosotros a ser como ellos que incluso con sus juegos inocentes están construyendo un mundo feliz.
Es por lo que nos dice hoy Jesús en el evangelio que los que somos como niños podremos entender bien lo que es el Reino de Dios que el nos viene a anunciar y construir.
Las madres les habían llevado a sus hijos a Jesús para que los bendijese. Con sus juegos inocentes pronto se adueñarían de la escena, porque Jesús a quienes prestaba atención era a aquellos niños que le rodeaban. Pronto aparecerán por allí los discípulos muy celosos de la tranquilidad de Jesús sin llegar a comprender lo que Jesús estaba disfrutando de la presencia de aquellos niños. En ellos estaba viendo las características del Reino de Dios que anunciaba, un mundo donde en verdad todos fuéramos felices. 
Pero siempre aparecerá quien nos viene a agriar los mejores momentos; allí están los que no saben apreciar las cosas pequeñas y sencillas, sino que piensan que todo tiene que ser a lo grande, por eso no aprenderán a valorar a los que son pequeños en la vida que no solo son los niños, a los niños tampoco los valorarán. Les molesta lo pequeño y lo sencillo porque esos gestos quizá les están denunciando que con sus ambiciones grandiosas y llenas de orgullo no podrán nunca ser felices de verdad. Aquello que nos habla claramente nos molesta y lo queremos quitar de en medio.
‘No le impidáis a los niños que se acerquen a mi’, les dirá Jesús corrigiendo aquellos celosos ímpetus de sus discípulos. Os he hablado del Reino de Dios, un día en la montaña os llamé dichosos y felices no por poseer muchas cosas, sino que en vuestra pequeñez, con las pequeñas cosas, si ponéis ternura en el corazón, si quitáis toda malicia de vuestros sentimientos, si os manifestáis sencillos y cercanos, como lo hacen estos niños, podréis entender todo lo que os he dicho del Reino de Dios. Aquí tenéis la muestra de la felicidad que os ofrezco que llenará plenamente vuestro corazón. Tenéis que haceros como niños, tenéis que saber acoger y valorar a un niño y las cosas de los niños, así podréis poseer de verdad el Reino de Dios.
Ojalá nos hiciéramos de nuevo niños con nuestra ternura, en la sencillez de nuestras vidas, en la rectitud y limpieza de nuestro corazón del que desterramos toda malicia, en el saborear aquellas cosas que nos parece tienen poco valor pero que están muy llenas de amor, en esa cercanía que nos hace acoger a todos sin poner ninguna traba ni distinción, en el saber estar con todos valorando todo lo bueno que con ellos podemos disfrutar. Qué distinta seria nuestra vida, qué distinto sería nuestro mundo, qué felices seríamos todos.

viernes, 17 de agosto de 2018

El espíritu del evangelio nos tiene que llevar a la comprensión y el respeto también de aquellos a quienes les cuesta alcanzar la meta del ideal cristiano



El espíritu del evangelio nos tiene que llevar a la comprensión y el respeto también de aquellos a quienes les cuesta alcanzar la meta del ideal cristiano

Ezequiel 16, 1-15.60.63; Sal. Is 12, 2-3.4bcd.5-6; Mateo 19, 3-12

La meta del ideal cristiano ha de estar siempre presente en nuestra vida, y por ella hemos de luchar, esforzarnos, tratar de superarnos en nuestras debilidades y dificultades de cada día, y nunca podemos perderla de vista. Es cierto que somos débiles y además tenemos tendencias por todos lados que nos arrastran y hacen que nos cueste más alcanzar ese ideal. Pero con nuestras limitaciones y debilidades tenemos que seguir caminando, poniendo toda nuestra buena voluntad, todo nuestro esfuerzo.
Somos un pueblo de santos, porque ese es nuestro ideal y en el bautismo hemos sido consagrados para ello, pero al mismo tiempo reconocemos que somos un pueblo de pecadores e individualmente cada uno cada día se siente pecador porque a pesar de que se esfuerza sin embargo tropieza y cae muchas veces alejándose de aquel ideal de santidad.
Malo sería, sin embargo, que aun siendo como somos, nos creyéramos tan santos que comenzáramos a despreciar a los demás, porque no vemos en ellos la santidad a la que aspiramos y que tendría que ser el ideal de cada cristiano. No podemos dejarnos arrastrar por esa soberbia, no puede haber nunca desprecio hacia nadie en nuestro corazón, siempre tenemos que ser comprensivos y misericordiosos porque nosotros los primeros nos sentimos pecadores.
Algunas veces nosotros mismos, y podemos verlo incluso hasta en nuestra iglesia en quienes tendrían que ser para nosotros verdaderos signos de misericordia, somos intransigentes con los demás y no le perdonamos la mínima en ninguna cosa. Creo que eso esta muy lejos del espíritu del evangelio. Ahí está nuestro ideal por el que luchamos, pero somos conscientes que no siempre podemos llegar a ese ideal porque pueden ser muchas las cosas que nos cerquen y nos lo hagan costoso.
Hoy en el evangelio se nos plantea lo que es el ideal cristiano del matrimonio. Algo que Jesús nos dejará bien sentado y muy claramente y creo que todos bien conocemos de su unidad y de su indisolubilidad. Pero ya en el evangelio, desde la practica de la vida de las dificultades que Vivian los propios judíos, aparece la debilidad en la consecución de tan hermoso ideal. Ya Moisés en determinadas circunstancias, por vuestra terquedad les dice Jesús, ha permitido la separación de quienes no podían vivir en aquella unión.
Son las dificultades que se siguen viviendo hoy con muchas y diferentes circunstancias a lo que contribuye no pocas veces la superficialidad con que vivimos la vida sin tomarnos bien en serio las cosas. Personas, por otra parte, con muy buena voluntad y para quienes esa ruptura muchas veces produce una ruptura interior acompañada de muchos dramas interiores, que no siempre se ven.
No es que nos acostumbremos a esas cosas pero sin perder lo que es nuestro ideal de vida cristiana también en el matrimonio tendríamos que ser muy comprensivos y actuar con mucho respeto con los sufrimientos y dramas que viven en este aspecto muchas personas a nuestro lado. ¿Lo habremos hecho siempre así? ¿Se habrá manifestado esa misericordia de la Iglesia con tantas personas que sufren en estos aspectos y circunstancias?
Creo que nos hace falta una buena dosis de misericordia en nuestros corazones que nos lleven a esa comprensión y a ese respeto, para saber caminar al lado de quienes sufren tales dramas. No es buscar soluciones fáciles, pero sí es saber caminar a su lado ofreciendo el brazo y corazón de nuestro apoyo, para hacerles presente siempre a todos esa bondad y esa misericordia del Señor. No somos perfectos, pero eso no nos tiene que alejar de la presencia del Señor porque es cuando más lo necesitamos.

jueves, 16 de agosto de 2018

La experiencia gozosa de los que se sienten amados y perdonados por la misericordia de Jesús comenzaran a vivir las nuevas actitudes y valores del amor y del perdón


La experiencia gozosa de los que se sienten amados y perdonados por la misericordia de Jesús comenzarán a vivir las nuevas actitudes y valores del amor y del perdón

Ezequiel 12,1-12; Sal 77; Mateo 18,21–19,1

Todos tenemos en nuestro interior alguna cicatriz, alguna pequeña herida que nos ha costado curar y que de vez en cuando nos vuelve a aparecer, o ante sensibilidad sentimos de nuevo su escozor y parece que nunca se termina de curar, ni nunca terminamos de olvidarlo. Realmente somos nosotros los que sufrimos aunque quizá quien nos produjo esa herida ya ni lo recuerde y, aunque no lo queramos porque realmente desearíamos vivir con paz en el corazón, vuelven a aparecer esos sentimientos negativos que tanto daño nos hacen.
Si con madurez afrontamos nuestra vida sabremos encontrar recursos para ocultar esos sentimientos y no se reflejen en actitudes que nosotros podamos tomar contra los demás; una de las cosas que pretenderíamos evitar es la desconfianza y no es ya solo a quien nos hizo daño un día, sino la desconfianza en general que podamos tener hacia cualquiera que está a nuestro lado y podríamos sospechar que nos quiere mal o nos quiere hacer algún daño.
Tristemente sin embargo vemos con frecuencia cuantas cosas en este sentido hay a nuestro alrededor, en familias que no se entienden y se llevan mal, desconfianzas entre vecinos y antiguos amigos a los que ahora queremos ver bien de lejos, gentes que se dejan de hablar por algún roce que un día tuvieron y que no supieron superarlos y que hará que incluso sean resentimientos heredados en las siguientes generaciones. Cuantos distanciamientos y desconfianzas encontramos entre vecinos y familiares que algunas veces ni sabemos bien por qué, pero que fueron generados por heridas en la vida mal curadas y que siguen con sensibilidad a flor de piel.
Cuantas cosas que se guardan en el corazón y que lo único que hacen es dañarnos; qué felices seríamos si nos pudiéramos liberar de esos pesos muertos que llevamos dentro; cuantas dramas y tragedias que se viven en lo secreto del alma y que a la larga no nos dejan ser felices de verdad, porque no hemos dejado llegar la paz al corazón.
Y es que no sabemos disfrutar de la experiencia del perdón y de la misericordia; sentirnos nosotros perdonados y sanados interiormente y ser capaces nosotros de vivir también la experiencia gozosa del perdonar y curar para siempre nuestras heridas y las heridas de los demás. Es algo que  nosotros los cristianos tenemos como una gran riqueza, un hermoso tesoro que algunas veces no sabemos disfrutar.
Los cristianos somos los hijos de la misericordia y lo que tenemos la bienaventuranza para nuestra vida cuando sabemos ser misericordiosos. Sí, tenemos que saber disfrutar lo que es la misericordia y el perdón divino sobre nuestras vidas. Es importante. Es algo que tendría que marcar nuestra existencia. En fin de cuentas la respuesta de la fe es la respuesta al amor y a la misericordia de Dios sobre nosotros. Hemos de aprender a saborear en nuestro corazón el gozo del perdón recibido y así aprenderemos a saborear el gozo del perdón concedido a los demás.
Pedro pregunta a Jesús por las veces que tenemos que perdonar reflejando así esas medidas humanas que nosotros siempre ponemos con nuestros plazos y cortapisas. Jesús responde con una parábola. Una parábola que nos refleja el amor de Dios, pero que nos refleja que no siempre nosotros lo saboreamos ni lo concedemos de la misma manera a los demás. Si el criado de la parábola se porto tan groseramente con su hermano no perdonando la deuda es porque no había saboreado en su corazón el perdón que a él le había concedido su amor y señor.
Es la experiencia gozosa que nosotros hemos de aprender a vivir. Y nuestras heridas se curarán de verdad y se acabaran las sensibilidades que nos traigan viejos recuerdos y resentimientos. El que sigue a Jesús y lo ama comienza a vivir en nuevas actitudes y valores.

miércoles, 15 de agosto de 2018

María de Candelaria, lucero del alba de la evangelización de nuestra tierra siga siendo Estrella de la evangelización y estimulo que con su presencia suscite esperanza en nuestros corazones


María de Candelaria, lucero del alba de la evangelización de nuestra tierra siga siendo Estrella de la evangelización y estimulo que con su presencia suscite esperanza en nuestros corazones

Apoc. 11, 19a; 12, 1. 3-6a. 10ab; Sal 44; 1Cor. 15, 20-27ª; Lc. 1, 39-56

Todos necesitamos en algún momento un estimulo que nos anime en nuestro camino, algo que suscite esperanza y nos haga ver las cosas sin negruras ni pesimismos sino que de alguna manera nos esté diciendo que es posible, que podemos, que hemos de tener ánimo para levantar el vuelo y no quedarnos ni en superficialidades ni en puro materialismo, que nos dé como un sentido nuevo que llene nuestro espíritu, llene nuestro ser y nos impulse a seguir caminando con ilusión y esperanza.
Algunas veces nos confundimos y podemos pensar en estimulantes efímeros que si nos dan quizá un poco de fervor se nos queda en algo momentáneo que luego nos dejará vacíos. Los estímulos no están en las cosas, los estímulos los podemos encontrar en personas que se convierten en tipo y figura de lo que tiene que ser nuestra vida y que con su ejemplo y testimonio no nos agobian ni nos hunden sino todo lo contrario  nos llenan de ilusión y esperanza nueva. En cuantas personas de nuestro entorno podemos encontrar ese ejemplo.
Un estimulo cierto lo tenemos en la cercanía y en el amor de nuestra madre que siempre estará a nuestro lado creyendo en nosotros a pesar de los errores o fracasos que algunas veces podamos cosechar en la vida. La presencia de la madre la tenemos desde nuestro nacimiento y nunca nos faltará. Aunque un día se adelante a nosotros en su muerte siempre sin embargo la podremos sentir junto a nosotros porque recordaremos su testimonio y recordaremos las palabras que quizás tantas veces nos repitió en vida y no le hicimos mucho caso, pero que ahora en soledades y momentos difíciles seguiremos haciendo presente en nuestro recuerdo.
Los discípulos de Jesús en nuestro camino de vida cristiana, en nuestro camino de seguimiento de Jesús tenemos el estimulo de cuantos antes que nosotros nos han precedido en el camino de la vida y con una vida ejemplar hoy son para nosotros ese espejo en el que nos miramos, esa imagen de lo que es vivir el evangelio convirtiéndose así en un recuerdo permanente de lo que ha de ser nuestra vida cristiana.
Pero tenemos sobre todo a María, la Madre de Jesús, que El quiso dejarnos también como esa madre que esté a nuestro lado siendo modelo estimulo para nuestra fe, nuestra esperanza y nuestro compromiso en el amor. Por eso para los cristianos las fiestas en que conmemoramos a María tienen un especial significado. Las queremos llevar incluso físicamente junto a nosotros en sus sagradas imágenes por esos mismos caminos que nosotros tenemos que hacer en la vida cada día, porque así su recuerdo y su presencia se convierten en memoria y estimulo permanente.
Por eso nos llenan tanto de alegría las fiestas de María, porque con la madre nos regocijamos, a la madre celebramos, la presencia viva de la madre sentimos junto a nosotros y con ella queremos seguir haciendo el camino con ilusión y con esperanza. De ahí tantos y variados nombres con los que la invocamos, que como un rosario de piropos queremos dedicar a nuestra amada.
Hoy es una fiesta especial para ese estímulo y para animar nuestra esperanza, porque es el triunfo de María cuando la vemos glorificada como primicia ya en el cielo. En todos nosotros desde nuestra fe está la esperanza de la resurrección, pero a ella hoy la vemos como adelantada participando de la gloria de su Hijo en el cielo, es su Asunción, su glorificación, el contemplarla en cuerpo y alma en el cielo que es lo que expresamos en esta fiesta y es como un adelanto de la resurrección de la carne para María.
María se puso en camino, como  hoy nos dice el evangelio y hoy la vemos al término de ese camino en su glorificación en el cielo. Como María nos queremos nosotros también poner en camino, y aunque nos vamos a encontrar en la vida tantas veces ese dragón del maligno y de la tentación como la contemplamos en la imagen del Apocalipsis, a ella la vemos vencedora, y nosotros también podremos vernos un día vencedores para llegar a participar de la misma gloria en el cielo.
No siempre es fácil nuestro camino. Como decíamos al principio, necesitamos esos estímulos que nos den esperanza, que sean espejo en el que contemplarnos, y hoy nosotros miramos a María y con ella queremos seguir haciendo nuestro camino porque sabemos muy bien que ella viene con nosotros en nuestro caminar. Es la alegría y el gozo de la fiesta que hoy celebramos.
Nosotros los canarios miramos a María hoy con una mirada muy especial cuando la invocamos como Candelaria, la que antes incluso de la conquista de estas tierras ya su presencia estaba con nosotros siendo su imagen un preanuncio de evangelización para los moradores de la tierra canaria.
En nuestro tierra tinerfeña y podemos decir que en toda canarias, todos los caminos hoy conducen a Candelaria, todos los caminos conducen hasta María. Muchos incluso con grandes esfuerzos recorriendo a pie los caminos antiguos de la isla quieren acercarse hasta el Santuario y Basílica de la Morenita, como  nosotros cariñosamente la llamamos. Es toda una imagen ese camino.
Mucho esfuerzo quizá tengamos que hacer en el mundo que vivimos para mantener nuestra fe; María como estrella de la evangelización ahí está orientándonos en ese camino que tenemos que hacer, porque ella siempre apuntará al Norte verdadero de nuestra vida, porque ella siempre nos conducirá a Jesús. María es la Madre y Maestra de ese camino de nueva evangelización en el que queremos estar comprometidos con nuestra tierra y con el evangelio. Que en verdad sintamos la presencia, la fuerza de María, la gracia que ella nos trae de parte del Señor y no decaigamos por fuerte que sea el dragón fuerte de increencia o indiferencia que vamos a encontrar en muchos.
Que María de Candelaria, que fue lucero del alba de la evangelización de nuestra tierra, siga siendo esa estrella de la evangelización en quien nos sintamos estimulados para mantener firmes el legado de nuestra fe en nuestra tierra.

martes, 14 de agosto de 2018

Hacernos pequeños, hacernos los últimos, hacernos servidores de todos, el camino de los que nos llamamos seguidores de Jesús y en lo que tiene que resplandecer también nuestra Iglesia


Hacernos pequeños, hacernos los últimos, hacernos servidores de todos, el camino de los que nos llamamos seguidores de Jesús y en lo que tiene que resplandecer también nuestra Iglesia

Ezequiel 2,8–3,4; Sal 118; Mateo 18,1-5.10.12-14

En la vida parecemos muchas veces niños, pero niños peleones, que estamos en constantes luchas los unos contra los otros con la ambición del poder. Sea como sea queremos prevalecer por encima de los otros; ser más, ser más poderosos, ser más influyentes, ser mas ostentosos en nuestras riquezas o en lo que tenemos; todo sea por estar por encima, ser el primero, llevarme los méritos, recibir las alabanzas. Somos ambiciones, de poder y de influencias, que nos llevan a la manipulación, al desprecio, a la humillación.
No es que quiera ser negativo, pero vemos demasiado de esto en nuestro entorno social, político, muchas veces incluso familiar; cuantos desencuentros, porque nos parece que perdemos influencias, porque nos parece que nos humillaron porque nos pusieron por detrás, en un segundo plano, y no salimos en la foto queriendo parece que somos el centro del mundo.
Claro que sabemos que no todos somos así, pero si reconocemos que es una gran tentación que a todos nos puede aparecer. Humanamente creo que tendríamos que reconocer que la vida tiene otro sentido, no es una lucha, no son enfrentamientos, no es quitarte a ti para ponerme yo; hemos de aprender que tenemos que caminar juntos porque juntos tenemos que construir el mundo en el que vivimos, que la grandeza del hombre ha de ir por otros caminos, por lo que bueno que hacemos, por la rectitud de nuestra conciencia, por lo que seamos capaces de colaborar juntos para hacer que nuestro mundo mejor, en una palabra, por nuestro espíritu de servicio.
El servicio no lo podemos ver como una humillación; ser servidores no nos hace menos sino todo lo contrario, nos hace verdaderamente grandes; es el ofrecer lo que soy no solo por mi riqueza personal, sino porque lo que yo puedo enriquecer a los demás con mis valores, con mi servicio, con todo lo bueno que puedo aportar. Y eso nos hace más felices a todos.
Sin embargo esa tentación de la ambición, de la arrogancia, del poder, de la vanidad aparece muy fácilmente en la vida, en todos los aspectos de la vida y en todos los grupos y personas; también nos aparece demasiado en la Iglesia, porque muchos en su arrogancia se ven prepotentes, porque muchas veces más que convencer lo que queremos hacer es imponer, porque demasiado marcamos diferencias entre unos miembros y otros de la Iglesia, porque fácilmente gustan los pedestales y los escalones superiores. Demasiada vanidad se nos mete muchas veces también en nuestra iglesia, que no es la Iglesia de los pobres que nos enseñó Jesús, sino en la que parece que solo brillan los que tienen más poder de arrogancia o de ostentación. Hemos de ser humildes para reconocerlo.
Ya los discípulos pasaron también por esa situación de tentación, cuando entre ellos andaban peleándose sobre quien iba a ser mayor, quien iba a ser el primero. Y Jesús cuando los escuchó puso un niño en medio de ellos, y nos hablo de la sencillez y sin malicia de un niño, de esa generosidad de corazón que les hace correr para prestar un servicio cuando se lo piden o cuando ve que hay una necesidad, que tendría que ser modelo para nuestro estilo de vida. Hacernos pequeños, hacernos los últimos, hacernos servidores de todos. Un camino bien distinto que hemos de vivir quienes seguirnos a Jesús.

lunes, 13 de agosto de 2018

Hay momentos en la vida que tenemos que vivirlos con sentido de pascua, a la manera de Jesús, para llegar a encontrar su sabor y su sabiduría


Hay momentos en la vida que tenemos que vivirlos con sentido de pascua, a la manera de Jesús, para llegar a encontrar su sabor y su sabiduría

Ezequiel 1,2-5.24–2,1ª; Sal 148; Mateo 17,22-27

Nos llega la noticia de que alguien a quien nosotros apreciamos mucho las cosas no le van bien, ya porque se haya visto envuelto en problemas y situaciones difíciles, ya porque la enfermedad le está afectando a él o a uno de los suyos, ya fuera cualquier otra cosa desagradable que le pueda suceder y nos sentimos preocupados, desearíamos poder tener más noticias o poner de nuestra parte lo que sea para ayudarle, y cuando nada podemos hacer nuestra preocupación se trastoca en tristeza, en cierta desolación y hasta angustia por lo que le pasa a nuestro amigo o ser querido.
Puede ser la tristeza que sintamos ante la despedida ante una marcha inminente que se nos anuncia; hay traumas que se quedan gravadas en el alma y que son difíciles de superar por esas despedidas que quizá en la niñez sufrimos en nuestros seres queridos; son cosas que vivimos duramente en nuestra tierra, por ejemplo, en aquellos años difíciles en que nuestros padres o nuestros hermanos mayores tenían que emigrar – en nuestra tierra la emigración era a América – con la incertidumbre de lo que se podían encontrar aunque fueran queriendo buscar mejor vida.
¿Qué hacemos? Quisiéramos mostrarle nuestra solidaridad; quisiéramos estar a su lado aunque no tengamos palabras con lo que consolarle, sentiríamos la necesidad de la cercanía y buscar la forma de manifestarle nuestro afecto y hacernos uno con él en su situación. Quizá nos refugiamos en nuestra soledad llorando calladamente nuestra pena porque no siempre tenemos con quien compartirlo y lo pueda comprender. Pero también podríamos preguntarnos qué hacer cuando nos encontramos a alguien que está pasando una situación de tristeza semejante. Puede ser que vayamos pasando por la vida veamos alguien triste a nuestro lado y sigamos nuestro camino como si eso no nos compitiera también a nosotros.
Es la situación que pasan los discípulos cuando Jesús hace los anuncios de la pascua y de la pasión. No comprenden nada, quieren quitarle esas ideas de la cabeza a Jesús porque eso no le puede pasar, se ponen tristes en su incomprensión y su impotencia. Pero era la Pascua que Jesús y la Pascua en la que ellos iban a verse también implicados.
¿No será una manera de pascua aquellas situaciones de las que comenzamos hablando y las que tenemos que asumir en nuestra vida dándole un sentido?
A los discípulos les costó comprender lo que le iba a pasar a Jesús y solo lo comenzaron a comprender después de la resurrección y de la presencia del Espíritu en sus corazones. Encontrar un sentido al dolor y al sufrimiento es algo que nos cuesta mucho. No queremos aceptar el dolor en nuestra vida. Justo es que queramos ser felices y que todo marche bien. Pero también para nuestras limitaciones, nuestro dolor, nuestras impotencias, las debilidades y problemas que tenemos que afrontar en la vida hemos de saber encontrar un sentido.
Solo desde la cruz de Jesús, desde su pascua, podremos encontrarle verdadero sentido. No es un sufrimiento masoquista el que tenemos que soportar y asumir; hemos de saber convertirlo en una ofrenda, pero también es un libro abierto que nos enseña mucho en la vida para que le demos valor a lo que verdaderamente lo tiene. Hemos de entender también aquello que no hace mucho hemos meditado del grano de triga enterrado o triturado para dar una nueva vida. Un nuevo pan o una nueva espiga.
Mucho nos queda que meditar en estos aspectos. Mucho nos queda por hacer también en nuestra relación con los que están en la vida pasando por situaciones así. Hemos de aprender a vivir la vida con sentido de pascua, a la manera de Jesús, para aprender a saborearlo y llenarnos de verdadera sabiduría.

domingo, 12 de agosto de 2018

Le comemos cuando le escuchamos, le comemos cuando abrimos nuestro corazón y dejamos que El se posesione de nosotros, le comemos y nos alimentamos de su Sabiduría y de su vida


Le comemos cuando le escuchamos, le comemos cuando abrimos nuestro corazón y dejamos que El se posesione de nosotros, le comemos y nos alimentamos de su Sabiduría y de su vida

1Reyes 19, 4-8; Sal. 33; Efesios 4, 30–5, 2; Juan 6, 41-52
Tengo un amigo que de repente un día desaparece y no sabemos de él durante todo el día y cuando lo volvemos a encontrar le preguntamos qué le ha pasado, dónde ha estado y simplemente nos dice ‘me fui a caminar’. Busca estar solo, poner en orden quizá sus cosas en su interior, una válvula de escape tras alguna tensión que ha vivido por el trabajo o por sus problemas, pero quizás a la vuelta lo encontramos mas relajado, no asoman por ningún lado los signos de tensión que haya podido estar viviendo, o tiene más claras sus ideas. Ese salirse de su rutina, de la tensión del día a día le hace quizá encontrar fuerzas para volver a empezar o para continuar con la tarea que había emprendido.
Nos puede pasar a todos en muchas ocasiones, los agobios de la vida nos hacen estar en tensión y nos sentimos cansados, no tanto físicamente pero que algunas veces aparece también, sino emocionalmente necesitando una fuerza interior que nos haga encontrar de nuevo serenidad y paz para la tarea de cada día. Nos encontramos como sin fuerzas para seguir luchando y necesitamos encontrar un apoyo, una energía interior, algo que nos haga reaccionar para poder enfrentarnos mejor a los problemas y las luchas que continuamente tenemos que sostener. Es un desconectar pero no para olvidarlo todo sino para recargar baterías y poder sentirnos luego como nuevos.
Son experiencias que tenemos en la vida de las que tenemos que sacar siempre lecciones provechosas. Es la experiencia de la que se nos habla en lo sucedido con el profeta Elías. Se puso en camino, quería morir, se fue al desierto donde no esperaba ningún alimento que le diera fuerza para seguir el camino. Era difícil su misión en medio del pueblo de Israel que idolatraba a los baales, pero donde El tenía que anunciar al Dios único y verdadero que había sido siempre el que le había liberado. Echado bajo una retama esperaba la muerte pero allí el ángel del Señor le dejaba pan y agua para que prosiguiese el camino; así una y otra vez, hasta que finalmente tuvo la experiencia de la presencia de Dios en la que encontró fuerzas para seguir con su misión. Aquel pan del desierto fue todo un signo profético de lo que Jesús luego nos dará en el evangelio.
Tras la experiencia del pan multiplicado milagrosamente allá en el desierto donde todos habían comido hasta saciarse, vinieron en búsqueda de Jesús pero El quiere hacerles comprender qué es lo que realmente han de buscar en El. No es el Jesús taumatúrgico que con sus milagros les resuelva los problemas. Ya en el mismo hecho del milagro Jesús había querido contar con la colaboración de los discípulos y de todos; quiere siempre Jesús contar con nosotros. El milagro no se realizó sin la colaboración de los discípulos y de quien puso a disposición los cinco panes y dos peces. Nos dice mucho.
Pero ya en la sinagoga de Cafarnaún cuando de nuevo se han encontrado con El les pide fe. Es el enviado de Dios en quien han de creer. Como ya había aparecido en lo alto del Tabor es Jesús el Hijo amado del Padre a quien tenemos que escuchar y a quien hemos de seguir. El es la Palabra de vida que nos llena de la Sabiduría de Dios. Es en El en quien hemos de poner toda nuestra confianza porque en El siempre vamos a encontrar la verdad de Dios y la verdad del hombre. De qué forma más hermosa nos lo decía san Juan Pablo II. En Jesús encontramos la revelación del misterio de la vida.
Igual que en la vida necesitamos esa luz que nos ilumine para que podamos descubrir el camino – ya nos repetirá que El es la luz del mundo y que quien le sigue no camina en tinieblas –, necesitamos quien nos ge y nos conduzca para que encontremos ese alimento de vida – y nos dirá que el Padre es el que mueve nuestro corazón para que vayamos hasta El -, igualmente necesitamos también esa fuerza, esa energía interior para realizar el camino. En el desierto Moisés les había dado un pan del cielo, pero ahora es Jesús quien nos dice que El es el verdadero pan del cielo y que quien lo coma vivirá para siempre.
Es la gran revelación que nos hace Jesús hoy. Andamos desorientados, desalentados y sin fuerzas tantas veces, nos echamos el camino sin saber bien a donde vamos porque queremos encontrarnos con nosotros mismos y con la verdad y el sentido de nuestra existencia, estamos buscando esa fuerza que nos dé seguridad y paz interior, pero bien sabemos a donde tenemos que ir, con quien tenemos que encontrarnos, quien va a ser esa luz y esa fuerza para nuestro caminar.
Dios puede valerse de muchas cosas para llevarnos de la mano a ese camino bueno que hemos de emprender; serán esos silencios con esos interrogantes interiores, serán esos caminos que nos parece que se hacen sin rumbo ni destino, serán momentos de soledad y de silencio interior, como también pueda ser la palabra amiga de alguien que quiere caminar a nuestro lado o el testimonio que descubramos en otras personas. Pero ahí están también los caminos de Dios que nos atrae hacia sí. No nos ceguemos ni nos hagamos oídos sordos; esté nuestro espíritu abierto a esa novedad que puede llegar a nuestra vida que puede ser para nosotros buena nueva de Salvación, evangelio de salvación.
Jesús nos dice que El es ese pan de vida y que comiéndole tendremos vida para siempre. Le comemos cuando le escuchamos, le comemos cuando abrimos nuestro corazón y dejamos que El se posesione de nosotros, le comemos y nos alimentamos de su Sabiduría y de su vida.