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viernes, 28 de octubre de 2016

La fiesta de los santos apóstoles san Simón y san Judas sea para nosotros un testimonio y un estimulo para esa tarea misionera y evangelizadora que nos compromete

La fiesta de los santos apóstoles san Simón y san Judas sea para nosotros un testimonio y un estimulo para esa tarea misionera y evangelizadora que nos compromete

Efesios 2,19-22; Sal 18; Lucas 6,12-19

Hoy la iglesia celebra la fiesta de los santos Simón Cananeo y Judas Tadeo. Pero, ¿sabemos quienes son estos santos? Perdónenme que comience con esta pregunta que algunos podrían considerar innecesario, pero si preguntamos a mucha gente de nuestro entorno no sé si te dirán algo de Simón Cananeo, pero de Judas Tadeo te dirán que es un santo muy milagroso al que le pedimos trabajo y no sé cuantas cosas más en nuestras dificultades. Pero ¿es que un cristiano se puede quedar simplemente con eso?
De entrada hemos de decir que estamos refiriéndonos a dos de los Doce Apóstoles escogidos por Jesús. Así aparecen nominados en las diferentes listas que nos ofrecen los evangelistas y también en los Hechos de los Apóstoles.
Si a San Simón se le llama el Cananeo o en otro de los evangelistas el Celote, puede hacer referencia quizá a aquel grupo radical que no aceptaba el dominio de los romanos y que luchaban contra la dominación extranjera, o podemos referirnos también al otro sentido de ambas palabras que habla del celo de la fe, siendo personas inconformistas que querían vivir radicalmente su fe judía.  Quizá desde esa inquietud fuera escogido por Jesús entre todos los que le seguían para que formara parte de aquel grupo de los Doce a los que llamamos Apóstoles.  
Según la tradición habría predicado en Egipto, luego en Mesopotamia y Persia, junto con San Judas apóstol, donde habría sufrido el martirio, Murió según unos crucificado, según otros habría sufrido el martirio de la sierra. De una y otra forma lo representan las antiguas reproducciones iconográficas.
De san Judas Tadeo, o el de Santiago como se menciona en otro momento poco nos dice el evangelio también. Hay una pregunta que hace a Jesús en la cena de por qué se ha revelado a ellos y no a todos, en referencia a cómo Jesús al grupo de los Doce les hablaba con una intimidad especial y les revelaba con mayor intensidad todo el misterio de Dios que en El se encerraba. Cristo le responde que quien le ama a él, será amado por el Padre y que el Padre y él harán morada en el que le ama. 
Sobre su actividad apostólica, Nicéforo Calixto dice que Predicó en varias regiones de Palestina (Judea, Galilea, Samaria, Idumea), después en las ciudades de Arabia, en todo el territorio de Siria y Mesopotamia y, por último, en Edesa donde murió. La tradición recogida en los martirologios romanos, el de Beda y el de Ación, y a través de San Jerónimo y San Isidoro, San Judas y San Simón fueron martirizados en Persia. También el Breviario Romano dice que evangelizó Mesopotamia y Persia y que murió mártir.
He querido hoy en la fiesta de estos santos apóstoles hacer este comentario tomándolo de diversas fuentes porque creo que necesitamos ahondar un poco más en los santos que veneramos y no quedarnos en cosas muy simples como pueda ser lo más o menos milagrosos que puedan ser, como muchas veces nos sucede en nuestra religiosidad popular.
Primero que nada hemos de poner interés en conocer lo que fue la vida de los santos y como ellos son testimonio de lo que ha de ser nuestro seguimiento de Jesús, nuestra vida cristiana, que es mucho más que acudir a un santo para pedirle desde nuestras necesidades el milagro de que nos socorran. Hemos de contar, sí, con su intercesión, pero para algo mucho más hondo como es la búsqueda de nuestro seguimiento de Jesús y cómo hemos de alcanzar la gracia de la santidad de nuestra vida.
En estos momentos en que en nuestra Iglesia estamos queriendo implicarnos más y mejor en la tarea de la nueva evangelización que la festividad de estos santos apóstoles sea para nosotros un testimonio y un estimulo para esa tarea misionera y evangelizadora en la que seriamente hemos de comprometernos. Decimos que hoy la tarea es inmensa y es difícil en el mundo en que vivimos, pero ¿hemos pensado en la dificultad que ellos tuvieron en medio de un mundo pagano y cómo en su pobreza fueron capaces de llegar a lugares lejanos en el anuncio del Evangelio?



jueves, 27 de octubre de 2016

Jesús nos busca, nos llama, nos va dejando señales de su paso en el camino de nuestra vida y nos pide una respuesta

Jesús nos busca, nos llama, nos va dejando señales de su paso en el camino de nuestra vida y nos pide una respuesta

Efesios 6,10-20; Sal 143; Lucas 13,31-35

En su subida a Jerusalén se le acercan unos fariseos para decirle que tenga cuidado, que se vaya por otra parte, porque Herodes anda buscándolo para matarlo. Presente tenían lo que le había sucedido a Juan a quien todos admiraban, pero que un día Herodes lo había encarcelado y al final por las insidias de Herodías había sido decapitado.
Pero Jesús no teme. Es fiel a su camino y a su misión. Sabe que ha de subir a Jerusalén aunque es consciente también de lo que en Jerusalén va a suceder. Pero como les dice ‘no cabe que un profeta muera fuera de Jerusalén’. Por eso seguirá actuando, anunciando el Reino aunque no todos lo quieran comprender, realizando los signos del Reino expresados en aquellos milagros que realiza ‘curando enfermos y echando demonios’.
Aunque se duele por Jerusalén. Más tarde cuando llegue a la ciudad y la contemple hermosa ante sus ojos desde la bajada del monte de los olivos, llorará por Jerusalén. Pero sigue buscando que se conviertan a su palabra. ‘¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como la clueca reúne a sus pollitos bajo las alas! Pero no habéis querido’.
Ahí está su recorrido una y otra vez por las calles de Jerusalén, sus enseñanzas en el templo donde enseñaba en el templo y con total libertad y autoridad, las curaciones milagrosas que realiza, los ciegos que comienzan a ver como aquel ciego de nacimiento que pedía limosna en la calle y es enviado a la piscina de Siloé a lavar sus ojos, o los paralíticos que son levantados de su camilla como el de la piscina Probática que esperaba el movimiento de las aguas.
En aquella ciudad, sin embargo, será rechazado hasta ser llevado a la muerte. Pero es su pascua, la que El viene anunciando continuamente, pero con decisión sigue su camino hacia Jerusalén. Entrará en Jerusalén y será aclamado como bendito que viene en el nombre del Señor. Los niños y la gente sencilla alfombrarán el camino a su paso entre cánticos de alabanza. Pero será también rechazado, muchos son los que instigan contra El.
‘¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como la clueca reúne a sus pollitos bajo las alas! Pero no habéis querido’. ¿Nos dirá eso también a nosotros? Nos busca, nos llama, nos va dejando señales de su paso en el camino de nuestra vida. Algunas veces nos podemos cegar y no ver esas señales, sordos y no escuchar su palabra.
Tenemos que recordar, repasar lo que va siendo nuestra vida, esas cosas buenas que nos suceden sin que las busquemos, esas inspiraciones que sentimos dentro de nosotros para hacer el bien en un momento de terminado, esas llamadas que vamos sintiendo en nuestro corazón. Ahí está la palabra buena de un amigo, ese pensamiento que en un momento nos vino a la cabeza, eso que sucedió y que nos impresionó y llamó nuestra atención, llamadas del Señor, presencia del Señor, avisos de nuestro Ángel de la Guarda.
Demos respuesta. Realicemos esos signos también en nosotros que pudieran ayudar a los que están a nuestro lado. No temamos implicarnos en cosas buenas aunque muchos no las comprendan. Sigamos fieles a nuestros principios y a los valores que hemos aprendido en el evangelio.

miércoles, 26 de octubre de 2016

La salvación es un don de Dios pero hemos de dar señales de que se ha hecho vida en nosotros por los nuevos valores y actitudes con que nos manifestamos

La salvación es un don de Dios pero hemos de dar señales de que se ha hecho vida en nosotros por los nuevos valores y actitudes con que nos manifestamos

Efesios 6,1-9; Sal 144; Lucas 13,22-30

‘Esforzaos en entrar por la puerta estrecha’, nos dice Jesús. Pareciera que nos arroja un jarro de agua fría. Alguien se había acercado a Jesús a preguntarle si eran muchos o pocos los que se salvaban. Era algo como decir ¿yo podré estar en el número de los que se salven? ¿Qué tendría que hacer?
Una pregunta quizá en el mismo sentido de la que ya algunos le habían hecho en otro momento porque en el fondo es la inquietud de todos. ¿Qué tengo que hacer? Escuchaban a Jesús, como nosotros también queremos escucharlo, y Jesús les hablaba del Reino de Dios; Jesús despertaba esperanzas de vida eterna en sus corazones, con Jesús sentían, como sentimos nosotros, deseos de poder vivir en plenitud de vida con El. Y por eso surge la pregunta sobre lo que tenemos que hacer y si es fácil conseguirlo o no.
Y Jesús nos habla de esforzarnos, de ponernos en camino, aunque la puerta pueda parecer estrecha. ¿Es que Jesús nos está poniendo dificultades? ¿No decimos que la salvación es una gracia, una acción gratuita de Dios que nos la ofrece porque es Jesús el que ha muerto por nosotros? Es cierto, es un don de Dios, pero un don de Dios que hemos de aceptar, querer vivir; hemos de dar señales de que vivimos esa salvación.
Luego nuestra vida no puede ser igual que antes, hay una transformación en nosotros que hemos de querer realizar, es un poner a vivir unos valores nuevos, unas actitudes distintas, una nueva manera de actuar. Quienes sienten en su vida lo que es el amor de Dios que nos ama y nos perdona, que nos hace sus hijos y nos confía vivir en su reino, han de mostrar que son hijos, que se sienten amados de Dios, que se gozan en su perdón y en su gracia, que ahora están viviendo una vida nueva, que se sienten de verdad en el Reino de Dios.
Es la respuesta de nuestra parte, es el esfuerzo de superación que cada día hemos de realizar, es el querer en verdad arrancar esas raíces de maldad, de egoísmo, de violencia, de orgullo que aun pueden quedar en nosotros. Y es que nos aparece continuamente la tentación, que venceremos por la gracia de Dios, pero que hemos de poner nuestra parte para no dejarnos arrastrar por esa maldad que nos engaña y nos tienta.
Claro vemos a nuestro lado gente que camina sin esos esfuerzos, para quienes parece que la vida es un camino ancho, que se dejan arrastrar por esas seducciones del mal, que parece que son felices en medio de sus orgullos y violencias, en sus vanidades y en su egoísmo. Todo eso nos pudiera  hacer dudar, nos tienta. Hemos de tener claro cual es nuestra meta y el camino que hemos de seguir. No nos valen apariencias y vanidades, no nos basta decir ‘Señor, Señor’, sino que hemos de poner nuestro empeño de plantar en nuestra vida lo que es la voluntad del Señor y cumplirla. Aunque nos parezca duro el camino, sin embargo sabemos la vida en plenitud que vamos a alcanzar. Hacia esa meta queremos caminar.


martes, 25 de octubre de 2016

Nuestra presencia quizá silenciosa ha de ser como la mostaza o la levadura fermento y contagio de valores nuevos que vivimos desde el Reino de Dios

Nuestra presencia quizá silenciosa ha de ser como la mostaza o la levadura fermento y contagio de valores nuevos que vivimos desde el Reino de Dios

 Efesios 5,21-33; Sal 18; Lucas 13,18-21

El evangelio nunca es para adormecernos; no nos podemos quedar en la belleza literaria que en sus páginas podamos encontrar, ni acudimos al evangelio como un entretenimiento más de nuestra vida. El evangelio siempre crea inquietud en el corazón porque siempre el evangelio está abriendo horizontes en nuestra vida, sembrando inquietud en el corazón, despertándonos de nuestras modorras, señalándonos cosas que hemos de purificar y sembrando nueva inquietud de vida en nosotros.
Por eso nunca es repetitivo en nuestra vida ni lo podemos convertir en una rutina; nunca ante el evangelio podemos tener la postura de ‘eso ya me lo sé’ o ‘qué nuevo me va a decir o descubrir’. Siempre el evangelio es novedad, ‘Buena Nueva’, es una buena noticia (y las noticias no pueden ser nunca viejas porque no serían noticia) para nuestra vida.
Se convierte así el evangelio en nosotros en ese grano de mostaza que no solo desde su pequeñez hace nacer un arbusto grande en el que puedan incluso cobijarse muchos animalitos, sino es también ese nuevo sabor - ¿para qué utilizamos la mostaza sino para darle sabor a nuestras comidas? – tanto a nuestra vida como a nuestro mundo.
Es el evangelio esa levadura de la vida; levadura que nos pudiera parecer insignificante, porque nunca es grande la cantidad que se añade a la masa sino en proporción a su volumen, pero que calladamente va haciendo fermentar esa masa, va a ir haciendo fermentar un nuevo sentido, un nuevo sabor primero a nuestra vida y luego también a través nuestro a ese mundo en el que vivimos.
Por eso decíamos el evangelio no nos adormece, sino que hará fermentar en nosotros esas nuevas actitudes, esos nuevos valores, esa nueva forma de actuar en el estilo del Reino de Dios. En esa inquietud, entonces, tenemos que preguntarnos si nosotros estamos dejando actuar esa levadura en nuestra vida, si nos estamos dejando transformar. Nos hace revisarnos continuamente porque queremos mejorar, porque queremos impregnarnos más y más de evangelio y hemos de cuidar entonces aquellas cosas que pudiera haber en nosotros y contrarrestar lo bueno que tendría que producir en nosotros la levadura del evangelio.
Pero en esa inquietud también nos planteamos cómo los creyentes estamos siendo levadura con nuestra presencia en medio del mundo. Nuestra presencia no tendrían que pasar inadvertida, y no porque vayamos haciendo cosas extraordinarias o milagros, sino por los efectos que tendrían que estar produciéndose en los demás. Tendríamos que ser contagio de evangelio allí donde estemos porque desde dentro vayamos impregnando de esos valores del evangelio a los que estén a nuestro lado. Nuestra presencia tiene que influir, pero desgraciadamente más bien nosotros nos dejamos influir por los contravalores que nos pueda presentar el mundo.
Presencia callada y silenciosa quizá la que nosotros tengamos en nuestros ambientes, pero una presencia que se ha de ir haciendo notar por aquello bueno que contagiamos en los demás. No gritamos desde signos externos ni por voces aparatosas, sino que contagiamos con nuestra vida, con nuestro amor esa fe que nosotros vivimos. Quizá quienes estén a nuestro lado tendrían que preguntarse qué hay en nosotros que a ellos les hace cambiar, les hace ver las cosas de forma distinta, les hace actuar también de una forma nueva.

lunes, 24 de octubre de 2016

Son muchas las ataduras de las que necesitamos que el Señor nos libere convirtiéndolo luego en un mensaje de misericordia para los demás

Son muchas las ataduras de las que necesitamos que el Señor nos libere convirtiéndolo luego en un mensaje de misericordia para los demás

Efesios 4,32–5,8; Sal 1; Lucas 13,10-17
‘Mujer, quedas libre de tu enfermedad’, le dijo Jesús a aquella mujer encorvada por su enfermedad que se encontró un sábado en la sinagoga mientras enseñaba a la gente.
No todos entienden el signo de Jesús. Había anunciado en la sinagoga de Nazaret que estaba lleno del Espíritu y venia a anunciar la Buena Nueva a los pobres y a liberar a los oprimidos por el diablo. Era el año de gracia del Señor, el año de la gran liberación. Jesús estaba actuando un sábado. Y ya lo estaban acechando algunos a ver qué es lo que hacía. Por eso cuando Jesús cura a aquella mujer liberándola del mal de su enfermedad algunos comienzan a murmurar.
¿Serían ellos los que también necesitarían que Jesús los liberara? Sus vidas estaban llenas de muchas ataduras y las ataduras siempre esclavizan porque hacen que estemos sometidos a algo. Se había llenado de muchas normas y preceptos que en lugar de liberar al hombre considerando por encima de todo su dignidad lo ataban al cumplimiento estricto de esas normas e interpretaciones que se hacían los hombres aunque fuese en normas y preceptos muy relacionados con la religión. Nunca la religión, nuestra relación con Dios, tendría que esclavizar al hombre sino más bien liberarlo.
En sus estrictos preceptos para el cumplimiento del sábado como día dedicado al Señor valoraban de forma distinta lo que se podía o no se podía hacer en relación con la atención y cuidado de los animales, que lo que tuviese relación con la dignidad de la persona.
En verdad Jesús viene a liberarnos, porque son muchas las cosas que nos imponemos y a las que nos sentimos atados incluso a lo que pueda hacer referencia a la religión. Dios quiere siempre la salvación del hombre y así se manifiesta en todo su esplendor lo que es la misericordia del Señor.
Y aunque lo proclamamos de veinte mil maneras lo que es esa misericordia de Dios que nos libera y que nos enriquece, todavía quizá sigamos considerando cosas en las que no tenemos en cuenta esa misericordia; para algunos aspectos quizá todavía seguimos siendo duros de corazón, inmisericordes con los demás.  ¿Será que seguimos aun demasiado atados al concepto de la justicia humana que aplicándola se quiere hacer de manera tan estricta que no se deja entrar en ella lo que pueda significar perdón y misericordia?
Hablamos los creyentes en Jesús, los cristianos y en la misma Iglesia de cómo no podemos permitir discriminaciones, hacer cargar con la culpa a nadie para siempre porque cuando el Señor es misericordioso y perdona olvidará para siempre nuestro pecado restituyéndonos la dignidad de la gracia como hijos de Dios, pero quizá en muchas actitudes y posturas seguimos marcando a la gente y ese perdón y misericordia que ofrecemos no es tan generoso como lo que decimos que nos ofrece el Señor.
No siempre las personas de iglesia muestran esa cercanía del amor y de la misericordia para todos aquellos que consideran pecadores por alguna situación que hayan podido vivir en su vida. Muchas amarguras y soledades pueden sentir muchas personas por hechos y situaciones así y para quienes no tenemos siempre la adecuada palabra y actitud de consuelo y cercanía. No podemos olvidar que por nuestros gestos, nuestras actitudes, nuestros actos hemos de convertirnos en signos de la misericordia de Dios para con todos.

domingo, 23 de octubre de 2016

No pongamos nunca barreras entre nosotros y los demás para que podamos encontrarnos de verdad con Dios

No pongamos nunca barreras entre nosotros y los demás para que podamos encontrarnos de verdad con Dios

Ecle. 35, 15b-17. 20-22ª; Sal 33; 2Tm. 4, 6-8. 16-18; Lc. 18, 9-14
El fariseo no sabe encontrar a Dios, porque tampoco es capaz de encontrar a su prójimo. Habían subido un fariseo y un publicano al templo para orar. Sus actitudes y sus posturas eran bien distintas. Jesús, no dice el evangelista, propone esta parábola por algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos, y despreciaban a los demás’.
Allí el fariseo había hecho sus oraciones, o mejor, lo que él creía que habían de ser sus oraciones; había tratado de justificarse a si mismo en la complacencia egoísta y orgullosa de lo que él consideraba sus méritos, pero no había encontrado a Dios. Por mucho que quisiera justificarse a si mismo no bajó a su casa justificado. Había interpuesto excesivas barreras, se había subido en demasiados pedestales, no había sido capaz de postrarse humilde ante Dios.
Pero no solo no había abierto su corazón a Dios sino que lo había cerrado para el prójimo. Hacia el otro solo eran desprecios y condenas. No solo estaba su autocomplacencia proclamando orgulloso cuanto hacia, sino que no era capaz de ver nada de luz en el otro. Sus ojos, los ojos de su corazón estaban cegados con el orgullo que le llevaba a despreciar a los demás. No hacia sino cerrar puertas y cuando cerramos las puertas a los demás se las estamos cerrando a Dios.
Cuántas veces nos creemos buenos y vamos poniendo por delante nuestros méritos. Nadie hace lo que yo hago, pensamos en tantas ocasiones; nos creemos insustituibles; nadie entiende las cosas como nosotros ni es capaz de hacerlas tan bien como yo las hago. Algunas veces queremos darnos un barniz de humildad pero enseguida aparece el resabio de nuestro orgullo y hasta tratamos de justificar aquellos errores que hayamos cometido. Cuánto nos cuesta agachar la cabeza, doblar el lomo para reconocer que los otros también saben hacer las cosas, también son capaces y hasta se entregan con más generosidad que nosotros.
Tampoco queremos doblar nuestra rodilla ante Dios. Nos hablan hoy tanto de valorarnos a nosotros mismos que ya tenemos el peligro de no necesitar a Dios. Podemos hacerlo con nuestras fuerzas, con nuestras capacidades, todo es cuestión de voluntad nos decimos. Y podemos terminar olvidándonos de Dios, prescindiendo de Dios. Creemos tener tantos medios a nuestro alcance que materializamos nuestra vida, perdemos un sentido de espiritualidad y de trascendencia, convertimos nuestro yo y nuestro saber en el dios de nuestra vida.
Es la pendiente resbaladiza por la caemos desde la altura de los pedestales en los que nos hemos subido. Y cuando olvidamos a Dios y ya no lo tenemos como verdadero centro de nuestra vida, tampoco pensamos en el valor y la importancia de las otras personas que caminan a nuestro lado. Ya no seremos capaces de encontrar al prójimo, porque no veremos como verdadero prójimo al que camina a nuestro lado. El no ser capaces de ver al prójimo nos impide encontrarnos con Dios, pero el olvidar a Dios nos hace incapaces de encontrarnos profundamente con el prójimo.
Aquel hombre había subido en su autosuficiencia al templo para colocarse en un pedestal, y había bajado más solo del templo porque era incapaz de encontrarse con los demás. Muchas soledades que nos creamos en nuestras autosuficiencias y en nuestros orgullos. Nos creamos distancias hacia los demás, ponemos barreras y terminamos caminando solos porque ni siquiera en Dios vamos a saber encontrar lo que pueda llenar de verdad nuestro corazón.
Mientras, nos dice la parábola, el publicano en su humildad abría su corazón a Dios. ‘Ten compasión de este pecador’, pedía y reconocía humilde. El publicano solo se fía del amor y de la misericordia de Dios. Experimentará en su corazón esa misericordia. Bajó a su casa rusticado, nos dice la parábola. Bajó a su casa, a los suyos, al encuentro con los demás.
Podemos completar esta idea con otras imágenes del evangelio. El publicano Zaqueo cuando recibió en su casa a Jesús celebró un banquete, abrió su casa, su corazón no solo a Jesús sino a los demás. El publicano Leví cuando se encontró con Jesús y Jesús le invitó a seguirle celebró también un banquete y en la mesa estaban sentados Jesús y sus discípulos, pero también los amigos del publicano, porque el encuentro con Jesús no le impidió, sino todo lo contrario, el ir también al encuentro de los demás.
Siempre la alegría del encuentro con Jesús ha de llevarnos a ir al encuentro con los demás con quienes vamos a compartir esa alegría, con quienes vamos a mostrarnos misericordiosos como Dios ha sido compasivo y misericordioso con nosotros. Y es que desde ese encuentro con los demás con quienes compartimos lo mejor de nuestra vida – nunca podrá ser un encuentro ni orgulloso ni egoísta – nos llevará más profundamente a vivir a Dios.



sábado, 22 de octubre de 2016

En cuanto nos sucede aunque sean cosas que nos parecen negativas seamos capaces de descubrir el amor del Señor que nos cuida, nos busca y nos ofrece continuamente vida

En cuanto nos sucede aunque sean cosas que nos parecen negativas seamos capaces de descubrir el amor del Señor que nos cuida, nos busca y nos ofrece continuamente vida

Efesios 4,7-16; Sal 121; Lucas 13,1-9

Algo habrá hecho para que le sucedan esas cosas… Alguna vez habremos escuchado algo así o acaso también se nos ha pasado por el pensamiento cuando vemos desgracias o cosas desagradables que les puedan suceder a personas de nuestro entorno. Es el grito angustiado que brota del corazón de aquel a quien le sucede una desgracia o se ve, por ejemplo, sometido a una enfermedad maligna. ¿Por qué a mí? ¿Qué es lo que he hecho yo?
Es el concepto, no muy en sentido cristiano, que tenemos de la enfermedad o de las desgracias que nos suceden como un castigo. Como puede ser también el sentimiento que nos puede surgir dentro de nosotros cuando vemos las injusticias de este mundo, las maldades que tanto daño hacen a los demás y pensamos cómo Dios no los castiga y los arranca de la vida para que no sigan haciendo tanto mal.
Es lo que le vinieron a contar a Jesús por unos sucesos lamentables que habían sucedido en el entorno del templo por unas revueltas contra los romanos y la actuación del gobernador que las había sofocado derramando sangre incluso dentro del mismo templo; por eso se habla de la mezcla de la sangre de aquellos galileos con la sangre de los sacrificios.
Jesús quiere hacerles reflexionar, recordando también a los que habían muerto cuando se había caído una torre en la fuente de Siloé alcanzando a algunos que allí se encontraban y que había encontrado la muerte. ‘¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así?’ les pregunta Jesús. ‘¿Pensáis que aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén?’
Aprovecha Jesús para invitarnos una vez más a la conversión, a mirarnos a nosotros mismos, a ver la realidad de nuestra vida en lugar de juzgar a los demás, a ser capaces de darnos cuenta de aquellas cosas que en nosotros habría que mejorar.
Y nos habla de cómo Dios no quiere la muerte del pecador sino que se convierta y viva. Para eso nos propone una pequeña parábola. El dueño de la vida que viene a buscar frutos en la higuera pero que como no encuentra quiere arrancarla de raíz; pero allá está el verdadero agricultor que pacientemente sigue esperando y cavará en su entorno, la abonará debidamente confiando que al próximo año dé fruto. Así el Señor en nuestra vida. Es la paciencia de Dios con nosotros frente a tantas irregularidades de nuestra vida; es la espera de Dios que sigue regándonos con su amor. Cada uno ha de pensar en la realidad de lo que es y ha sido su propia vida; cuánto hemos recibido del Señor y el poco fruto que damos cuando no somos capaces de mantenernos en fidelidad, no somos constantes en nuestra respuesta, tantas negatividades como sigue habiendo en nuestra vida.
Que sea otra la mirada que tengamos ante lo que nos sucede y siempre seamos capaces de ver la mirada amorosa de Dios sobre nosotros que nos llama una y otra vez a que nos convirtamos a El. Seamos capaces también de tener una mirada distinta sobre cuanto nos sucede para descubrir siempre en ello un signo del amor de Dios que nos cuida, nos busca y nos ofrece continuamente vida.

viernes, 21 de octubre de 2016

Como creyentes en Jesús también tenemos una mirada distinta para leer los signos de los tiempos y una forma de actuar desde los valores del evangelio

Como creyentes en Jesús también tenemos una mirada distinta para leer los signos de los tiempos y una forma de actuar desde los valores del evangelio

Efesios 4,1-6; Sal 23; Lucas 12,54-59

Hoy estamos pendientes de las noticias cuando al final nos dan los pronósticos del tiempo para el día que sigue; los meteorólogos nos hacen sus predicciones, nos ponen las cartas de isobaras, nos muestran fotografías de satélite y nos dicen que tiempo habrá. Pero recordamos bien cómo los viejos del lugar sin tener esos adelantos científicos nos hacían también sus predicciones por una serie de signos que ellos descubrían en la atmósfera, en las nubes en las montañas o según fueran de poniente o no trataban de vislumbrar el horizonte para decirnos el tiempo que iba a venir. En unos y otros los signos del tiempo nos hacían o hacen ver lo que podía o no pasar.
Era la lectura de los signos del cielo, en este caso entendiendo el cielo como el firmamento y todo lo que hiciera referencia a la meteorología. Pero tendríamos que aprender a leer otros signos de los tiempos; ya los futurólogos se encargan de hacerlo, o los comentaristas sociales, económicos o políticos están tratando de descubrir en aquellas cosas que van sucediendo los tiempos que se avecinan, en este caso por donde va a ir a la vida social, económica o política de nuestra sociedad. Mucha gente trata de discernir en lo que sucede lo que es el futuro de nuestra sociedad.
Pero ¿nos tenemos que quedar en esas predicciones sean de un signo o de otro que ya sean metereólogos o comentaristas políticos nos puedan decir en esa lectura de los signos de los tiempos? ¿Tendríamos quizá que buscar algo de mayor trascendencia y tratar de hacer una lectura de la vida, de la historia o del tiempo presente también desde el sentido creyente? ¿Dios querrá hablarnos también a través esos signos de los tiempos, para que descubramos en el acontecer de cada día una señal de lo que Dios quiere de nosotros, de lo que Dios nos pide?
Todos tenemos nuestro lugar en la historia y la historia no la construyen solo los grandes personajes, sino que cada uno de nosotros va construyendo esa historia de cada día, y no solo en su propia vida sino también con una influencia en ese mundo que le rodea. Y ahí hemos de tener una mirada creyente para ser capaces también de ver la vida y la historia que construimos con los ojos de Dios.
Sí, una mirada creyente, para saber descubrir ese actuar de Dios, que aun cuando respeta nuestra autonomía y libertad porque El nos la ha dado, sin embargo está inspirando en nuestro corazón una forma de actuar, una manera distinta de hacer las cosas. Y cuando nos llamamos creyentes y nos llamamos cristianos es porque esa inspiración la encontramos en el evangelio y en sus valores.
Ojalá sepamos de verdad abrir los ojos de la fe; abramos nuestro corazón a la acción del Espíritu de Dios que nos ilumina, que nos guía, que nos hace descubrir también cuantas cosas buenas podemos realizar. No nos podemos cruzar de brazos ante el devenir de la historia y ante lo que los otros quieran realizar de nuestro mundo.
Nosotros también hemos de actuar, también tenemos un cariz que darle a la vida, a los acontecimientos, a cuanto sucede a nuestro alrededor. Ese sentido creyente de nuestra vida nos hace ver las cosas con una mirada distinta, pero también nos compromete a un actuar de una forma distinta. Nosotros desde nuestra condición de creyentes también tenemos que dejar nuestra impronta en la historia. Necesitamos ser valientes y dejarnos conducir por el Espíritu de Dios.

jueves, 20 de octubre de 2016

Quien está lleno del amor de Jesús ha de ir prendiendo esa llama del amor allá donde vaya

Quien está lleno del amor de Jesús ha de ir prendiendo esa llama del amor allá donde vaya

Efesios 3,14-21; Sal 32; Lucas 12,49-53

En la experiencia de la vida todos nos habremos encontrado con personas que parecen un torbellino; personas inquietas que no se detienen ante nada, personas que siempre están buscando cómo mejor hacer las cosas, que luchan y se esfuerzan a pesar de que puedan encontrar dificultades o todo un mundo en contra; tienen claras sus ideas, sus objetivos y metas y son incansables en su lucha por conseguirlos. Parece que tienen un fuego interior que les quema por dentro en ese ardor que sienten en su lucha por lo mejor pero que al mismo tiempo parece que contagian o quieren contagiar a cuantos están a su lado.
Junto a ellos no cabe la pasividad, en ellos parece que nunca hay cansancios, nos inquietan a nosotros también y entre muchas posibles reacciones de alguna manera quisiéramos parecernos a ellos. Sin embargo también constatamos que muchas veces en el entorno de estas personas se crean ciertas divisiones o enfrentamientos que pudieran caer en la violencia porque hay a quienes les molestan posturas así y se puede crear esa división o enfrentamiento, como decíamos. Los vemos en la vida social, en la política, en las familias, en muchas partes vemos surgir personas así con inquietud y fuego en el corazón y podemos ver también las distintas reacciones que se producen.
¿No será de esto o algo así de lo que nos está hablando hoy Jesús en el Evangelio? ¿No es eso lo que vemos en Jesús, en sus palabras, en su actuar, en el anuncio que hace del Reino de Dios? ¿No nos estará queriendo llevar a eso Jesús con sus palabras?
En una interpretación excesivamente literal de las palabras de Jesús muchas veces nos pareciera que están en contradicción con otros mensajes del evangelio, porque en una interpretación así diera la impresión que Jesús busca la violencia y no la paz, la división en lugar del amor y la comunión. No queremos hacer rebajas en las palabras de Jesús ni en sus planteamientos, pero hemos de saber entender su significado y también las consecuencias que para nosotros puedan tener.
‘He venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo! nos dice Jesús. Es ese fuego del amor que ha de producir en nosotros esa inquietud. Es ese fuego ardiente por el Reino de Dios al que hemos de buscar y por el que tenemos que luchar para hacer que se vaya implantando en nuestro mundo. Es esa inquietud en nuestro corazón porque quien ha encontrado a Jesús ya no podrá quedarse con los brazos cruzados para siempre, sino que tendrá que arremangarse y ponerse en camino, como nos decía ayer, para hacer ese anuncio de la Buena Nueva del Reino.
Quien está lleno del amor de Jesús ha de ir prendiendo esa llama del amor allá donde vaya. Su amor que le hará buscar siempre el bien y la justicia, que le hará bajarse de la cabalgadura de su orgullo para ponerse siempre a servir al necesitado, a llevar consuelo al que está triste, a mostrar la misericordia del Señor con la compasión y el amor de su corazón, que no le permitirá quedarse insensible ante el que sufre o pasa necesidad, que no puede quedarse con los brazos cruzados con la injusticia que ve brotar por todas partes en nuestro mundo. Y un amor así ha de contagiar, como el fuego se ha de ir prendiendo en el corazón de los demás.
No siempre será comprendido.  Habrá muchos que le dirán que no hace falta llegar a tanto para ser bueno. Muchos serán los conformistas que tratarán de calmarse en ese fuego que le brota por dentro. En muchas ocasiones la oposición le va a venir quizá de los más cercanos. Es lo que nos está diciendo Jesús que con su presencia se produce división. Como había anunciado proféticamente el anciano Simeón allá en el templo será ‘un signo de contradicción’ y muchos tendrán que decantarse ante El.
Fue el camino de Jesús. Será nuestro camino de pascua si en verdad nosotros optamos por los valores del Reino, si en verdad nos sentimos comprometidos en el amor de Jesús. 

miércoles, 19 de octubre de 2016

Despertemos nuestra esperanza para con ojos de fe saber descubrir la presencia del Señor que viene a nuestra vida

Despertemos nuestra esperanza para con ojos de fe saber descubrir la presencia del Señor que viene a nuestra vida

Efesios 3,2-12; Salmo: Is 12,2-3.4bcd.5-6; Lucas 12,39-48

La espera prolongada de algo que ansiamos debería hacer que estuviéramos vigilantes y atentos a su llegada, pero sabemos muy buen que también tiene sus riesgos y es el que nos cansemos, de alguna manera nos aburramos si se prolonga en demasía, o terminemos cayendo en la rutina acostumbrándonos a quedarnos en hacer siempre lo mismo. Eso nos puede suceder de muchas maneras en la vida.
A eso nos quiere prevenir el Señor con las palabras que hoy nos ofrece el evangelio. Nuestra vida tiene que ser siempre un camino de esperanza y de esperanza vigilante. El promete que estará con nosotros, que vendrá a nuestra vida y hemos de estar atentos a esos signos y señales en los cuales reconozcamos su presencia. Es la espera de la venida final en que se manifestará con todo poder y gloria, como nos repite varias veces en el evangelio, pero es esa llegada constante del Señor a nuestra vida y si caminamos con fe sabremos descubrir cada día en multitud de señales.
Podremos sentir al Señor allá en lo hondo de nuestro corazón y esa oración que hacemos cada día tiene que hacernos despertar esa fe y esa esperanza, abrir nuestros ojos para ver su presencia, sentir que nuestra oración no es una simple repetición de palabras y rezos aprendidos de memoria, sino que ha de ser siempre encuentro vivo con el Señor. Pero es ahí donde podemos caer también en esa rutina y frialdad que ciegue nuestros ojos, que ciegue nuestro corazón y no seamos capaces de sentir el calor de su gracia y de su presencia.
Llega el Señor cada día si queremos de forma sacramental a nosotros si, por ejemplo, participamos en la Eucaristía u otras celebraciones de los sacramentos. No se puede quedar en algo ritual, sino que siempre ha de ser presencia del Señor que viene a alimentar nuestra vida.
Pero de forma casi sacramental llega el Señor a nosotros en los acontecimientos y en las personas con quienes nos vamos encontrando en la vida. Nos habla el Señor en esos acontecimientos; hemos de saber tener ojos de fe y oídos atentos en nuestro corazón para descubrir esos caminos que el Señor nos va señalando y abriendo ante nosotros. No es algo mágico que pueda sucedernos, sino es descubrir en cuanto sucede cual es ese papel que nosotros como creyentes, como cristianos hemos de tener. En esa historia actuamos, tenemos nuestro papel y nuestro lugar, hemos de intervenir con nuestras decisiones, con nuestra actuación convirtiendo así para nosotros ese acontecer de la vida en historia de salvación para nosotros.
Y como decíamos el Señor nos sale al encuentro en esas personas a quienes nos vamos acercando o se acercan a nosotros. No olvidemos lo que nos dice Jesús que cuanto hagamos al hermano a El se lo hacemos. Hemos de ver, pues, en ese hombre o mujer que pasa a nuestro lado, que convive con nosotros, o que se acerca a nosotros con una mano tendida o con un corazón roto la presencia del Señor.
Hablábamos al principio de una espera en la vida que se nos pudiera hacer tediosa y que nos hiciera perder la tensión de la vigilancia. Pero ya vemos cómo el Señor llega a nosotros cada día; nos es necesaria esa vigilancia atenta porque abramos de verdad los ojos de la fe. Nuestra esperanza entonces será una esperanza viva.

martes, 18 de octubre de 2016

Es necesario de una vez por todas ponernos en camino para ir al encuentro de nuestro mundo con la Buena Nueva de la Paz que nos ofrece Jesús y tanto necesitamos

Es necesario de una vez por todas ponernos en camino para ir al encuentro de nuestro mundo con la Buena Nueva de la Paz que nos ofrece Jesús y tanto necesitamos

2Timoteo 4,9-17ª; Sal 144; Lucas 10,1-9

‘¡Poneos en camino!... Paz a esta casa… Está cerca de vosotros el Reino de Dios…’ Un mandato, una misión que compartir, un anuncio, es el encargo que Jesús les hace a los discípulos que envía. Es el encargo que nosotros también recibimos.
‘¡Poneos en camino!’ Quien ha recibido el mensaje de la salvación no puede quedarse encerrado en si mismo, no se lo puede guardar solo para él. Como Jesús tenemos que ponernos en camino; así lo vemos en el evangelio. No espera a que vengan a El; va allí donde está la gente, donde hay personas que sufren, donde hay gente ansiosa de paz. Camina por los pueblos y aldeas de Galilea, va siempre es búsqueda del que está atormentado, se hace el encontradizo con los que sufren por cualquier motivo, para todos tiene un gesto y una palabra de esperanza. Es siempre un camino de amor el que va realizando Jesús porque se va encontrando con las personas, porque va llevando la paz a los corazones, porque El mismo es Buena Nueva, es Evangelio para los demás, porque su presencia está anunciando un mundo nuevo, una vida nueva.
‘Paz a esta casa’. Es el anuncio de la paz; no una paz que buscamos en lugares lejanos, sino que la hemos de encontrar y disfrutar allí donde estamos, donde está nuestra vida que es donde están los conflictos. No es una paz lejana o que nos venga impuesta, sino que es una paz que hemos de aprender a sentir dentro del corazón; es la paz que nace de la misericordia y del perdón; es la paz que se vive cuando vivimos de verdad en el amor, cuando amamos; quienes aman no solo sienten la paz en su corazón sino que la hacen sentir a los demás; quienes aman de verdad son siempre instrumentos de paz, sembradores de paz, constructores de la paz.
‘Está cerca de vosotros el Reino de Dios’. Cerca porque hemos de sentirlo en nuestra vida; cerca porque cuando buscamos la paz con nuestro amor, con nuestra misericordia, con el perdón que recibimos y que también damos a los demás, estamos haciendo presente el Reino de Dios; cerca porque cuando vamos escuchando la Buena Nueva que es Jesús y lo vamos reconociendo  como verdadero Señor de nuestra vida ya comienza a haber un mundo nuevo en nosotros y entre aquellos que nos rodean.
Hoy estamos celebrando a san Lucas, evangelista. El supo trasmitirnos esa Buena Nueva de Jesús que nos dejó plasmado en su Evangelio y en como lo vivían las primeras comunidades cristianas como nos narra en los Hechos de los Apóstoles. Su celebración nos impulsa y nos compromete a ser nosotros también evangelio, porque nos pone en camino para hacer ese anuncio de la paz y del Reino de Dios. Nuestra vida, a través de nuestro compromiso, de lo que pensamos y de lo que hacemos, de nuestros gestos y de lo que decimos ha de ser siempre signo de Evangelio.
Muchos son los que necesitan ese anuncio, esos gestos y signos de nuestra vida para impregnarse también de la Buena Nueva de Salvación que Jesús nos trae. Muchos son, igual que en los tiempos de Jesús, los que están esperando esa Buena Noticia, necesitan recibir esa Buena Noticia desde sus vidas atormentadas, desde las oscuridades que los envuelven, desde sus desesperanzas y angustias, desde tantos sufrimientos en su cuerpo o en su espíritu, desde tantos vacíos que necesitan encontrar una luz y un sentido para sus vidas.
Hoy la Iglesia con intensidad desde la figura y desde los gestos y palabras del Papa Francisco nos está invitando también a ponernos en camino. Hemos vivido demasiado hacia adentro y el Papa nos recuerda que hemos de salir a las periferias, allí donde es necesario que sea anunciado el Evangelio de Jesús. En ese sentido van los planes pastorales en nuestras diócesis y en nuestras parroquias en los que es necesario que nos impliquemos más. La misma celebración del Domund que celebraremos el próximo domingo, domingo de las Misiones, nos lo recuerda también.

lunes, 17 de octubre de 2016

Cuántos sueños y ambiciones nos creamos en nuestro interior al pensar que la posesión de bienes es la solución de nuestra vida

Cuántos sueños y ambiciones nos creamos en nuestro interior al pensar que la posesión de bienes es la solución de nuestra vida

Efesios 2,1-10; Sal 99; Lucas 12,13-21

‘Guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes…’ Es la respuesta que Jesús le da a uno que viene a suplicarle para que medie en un conflicto entre hermanos sobre cuestiones de herencias. Parece una cosa tan normal. Entonces y ahora. Siguen conflictos semejantes hoy en que las familias se destrozan, los hermanos terminan poco menos que odiándose por la posesión de unos bienes materiales.
Son los conflictos humanos que nos encontramos cada día cuando los intereses que tenemos van por lo material, cuando quizá ponemos nuestra felicidad en la posesión de unos bienes o unas riquezas. Es el descalabro que se arma en la vida cuando no buscamos una verdadera escala de valores para darle a cada cosa su importancia y poner cada cosa en su sitio. Y es en lo que Jesús quiere hacernos reflexionar.
No nos dice Jesús que esos bienes materiales sean algo malo en sí; es el uso que hemos de saber darles, o es la posesión que esas cosas hayan hecho de nuestro corazón o nuestra vida. No es solo que ambicionemos poseer medios para nuestra vida y para nuestra subsistencia, no es la posesión que de ellos hagamos nosotros, sino como esas cosas hay el peligro de que lleguen a poseer nuestro corazón cuando las hagamos imprescindibles de nuestra vida de manera que parece que nada podemos hacer ni nada tiene sentido si no llenamos nuestra vida de riquezas. Terminarán esclavizándonos.
Jesús nos propone la parábola de aquel hombre trabajador, hay que reconocerlo, que un día obtiene un precioso fruto de su trabajo de manera que sus bodegas y almacenes se hacen cortos para todo lo que tiene que guardar. Las agranda todo lo que sea necesario y cuando lo tiene todo almacenado ya se cree el hombre más feliz del mundo. Ya no tendrá que trabajar más, ahora a darse la buena vida.
No sé, pero me recuerda, los sueños y las ambiciones que nos creamos en nuestra mente cuando pensamos que nos vamos a sacar la lotería o cualquiera de esos otros juegos de hacer que prometen tantos y tantos millones. Ya tendremos la vida resuelta, ya se nos acabaron los problemas para siempre, ya comenzamos a pensar solo en nosotros mismos, a como lo vamos a pasar, lo que vamos a disfrutar de la vida, si acaso le echaremos una mano a algún familiar o a algún amigo en apuros, pero que no piense que nosotros se lo vamos a resolver todo.  Como en nuestros sueños nos volvemos ambiciosos y hasta usureros. A todos se nos pueden pasar esos sueños por nuestra cabeza.
La parábola que nos propone Jesús termina de forma abrupta. Aquel hombre murió aquella noche, y todo aquello que había acumulado ¿de qué le había servido? ¿quién se iba ahora a beneficiar? ¿de qué nos vale ese amasar riquezas? No le habían servido ni para prolongar la vida ni realmente para una vida mejor; no había sido capaz de compartir con nadie porque solo había pensado en si mismo, y no había, entonces, sabido guardar los tesoros allí donde la pollilla no los corroe ni los ladrones se los pueden robar, como nos dirá Jesús en otros momentos del Evangelio. ¿Dónde había puesto su corazón? Allí donde estaba lo que él consideraba que eran sus tesoros.
Otros textos del evangelio podríamos recordar aquí, como aquel joven rico que no fue capaz de desprenderse de lo suyo para seguir a Jesús a pesar de sus deseos de alcanzar la vida eterna. O podríamos recordar también la parábola de los talentos que hay que saber hacer fructificar. ¿Lo que tenemos lo hacemos fructificar en beneficio de lo demás? Porque ese venderlo todo para darlo a los pobres podría traducirse en crear lugares de trabajo donde esos que ahora nada tienen puedan ganarse su sustento dignamente. Muchas consideraciones podríamos seguir haciéndonos y que tienen rabiosa actualidad en los momentos que vivimos en el estado de pobreza de nuestra sociedad.

domingo, 16 de octubre de 2016

Levantamos los brazos a lo alto en nuestra oración como un estado de vigilancia, de esperanza y de fidelidad, porque en el Señor tenemos puesta nuestra confianza

Levantamos los brazos a lo alto en nuestra oración como un estado de vigilancia, de esperanza y de fidelidad, porque en el Señor tenemos puesta nuestra confianza

Éxodo 17, 8-13; Sal 120; 2Timoteo 3, 14-4, 2; Lucas 18, 1-8
Qué fácil nos es desanimarnos; quizá comenzamos con entusiasmo algo bueno, ya sea en el campo de nuestra superación personal, ya sea en nuestro compromiso por los demás en medio de la sociedad en la que vivimos, ya sea en algún aspecto de la vida, de la relación con los demás en nuestra convivencia diaria con los que nos rodean en la familia, en el trabajo, en las relaciones sociales, pero pronto parece que nos desinflamos; un contratiempo que surge, un comentario que nos hacen y que no nos agrada, la poca valoración o estimulo que podemos encontrar en aquellos que pensamos que más tendrían que ayudarnos, un amigo que nos deja solos en la estacada cuando más lo necesitamos; perdemos el entusiasmo, nos desanimamos, sentimos la tentación de tirar la toalla y dejarlo todo.
Es ahí donde tenemos que hacer florecer nuestra madurez; es el momento en que ha de manifestarse nuestra personalidad madura; es donde tiene que aparecer la constancia, el esfuerzo de superación personal, la continuidad de aquello que queremos hacer con madurez. Igual nos sucede en nuestra vida espiritual, en el camino de nuestra vida cristiana. Sabemos que tenemos que mantenernos fuertes y que esa fuerza la obtenemos de la gracia del Señor; es donde ha de aparecer nuestro verdadero espíritu de oración.
Muchas veces en esos problemas que tenemos en la vida y por los que oramos con insistencia ante el Señor parece que no terminan de resolverse; es como si el Señor no nos escuchara o nos pusiera a prueba. Está por una parte todas esas cosas que nos distraen de la oración, pero está el que nos parece que no somos escuchados porque no vemos resolverse las cosas como nosotros quisiéramos. Y nos dejamos, nos abandonamos en nuestra oración, no terminamos de cogerle el gusto a ese encuentro con el Señor, o ya la hacemos de una fría y rutinaria.
Es de lo que quiere hablarnos hoy Jesús en su mensaje del evangelio, aunque lo que hemos venido reflexionando en ese aspecto humano de nuestros desánimos y nuestros cansancios nos viene muy tenerlo en cuenta en la vida. El evangelio también nos ayuda a ello, porque en todas las cosas nos es necesaria la perseverancia porque aquello que queremos conseguir en la vida lo vamos a hacer desde nuestro esfuerzo, desde un planteamiento maduro de las cosas, y también contando con una fe madura con la ayuda del Señor.
No podemos estar esperando milagros siempre que hagan que se nos resuelvan las cosas por si solas, sino que hemos de ser conscientes de ese esfuerzo personal que siempre hemos de poner. Y es ahí, en ese esfuerzo, en esa perseverancia donde hemos de saber ver la gracia del Señor que nos ayuda; por ahí ha de ir el sentido de nuestra oración.
Como decíamos, de eso nos quiere hablar Jesús. Ya el evangelista apostilla que Jesús para explicar a sus discípulos que tenían que orar siempre sin desanimarse, les propone esta parábola. Les habla del juez injusto que no quiere escuchar las suplicas de aquella pobre viuda que le suplicaba una y otra vez que se le haga justicia; pero la imagen hermosa está en esa perseverancia de aquella mujer que una y otra vez repetía su petición.
La parábola nos habla de algo así como que el juez cansado con la insistencia de aquella mujer, al final le concede lo que le pide. Pero el mensaje nos viene dicho en lo que apostilla Jesús al final. ‘Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche? ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar’. ¿Cómo no nos va a escuchar Dios si somos sus elegidos, sus hijos muy amados?
Dios nos escucha; Dios no nos deja solos y abandonados aunque nos pudiera parecer; Dios está a nuestro lado y será nuestra fuerza para esa perseverancia, para ese no perder los ánimos. En esas luchas, esfuerzos de superación, deseos de más y mejores cosas, en ese compromiso que queremos vivir en la vida y, como decíamos al principio, tantas veces nos vemos tan cansados que nos parece no tener fuerzas, donde tenemos la tentación y el peligro del desánimo, la fuerza y la presencia del Señor no solo hemos de buscarla en la solución de esos problemas o la llegada a buen puerto de esos deseos que tenemos, sino en esa perseverancia que nos hace seguir luchando, que nos hace que no perdamos los ánimos aunque todo lo veamos oscuro, en esa fuerza interior que sentimos para seguir adelante aunque todo nos pareciera torcido.
Los brazos en alto en nuestra oración como se nos decía en la primera lectura que mantenía Moisés mientras el pueblo luchaba. No era simplemente la destrucción de unos enemigos que se interponían en su camino hacia la tierra prometida, sino que era la supervivencia de aquel pueblo y el conseguir las metas añoradas; era ese sentirse fuertes en el Señor para seguir adelante en la construcción de aquella comunidad. Y lo hacían con Moisés levantando los brazos hacia lo alto para acudir al Señor, para sentir su presencia, para caminar siempre en su fidelidad.
Levantemos los brazos hacia lo alto, levantemos nuestro espíritu hacia el Señor de la vida que nos quiere llenar de vida. Ese levantar los brazos hacia lo alto en nuestra oración es un estado de vigilancia para no dejarnos caer, para no dejarnos seducir; es un estado de esperanza y de fidelidad que queremos mantener, porque toda nuestra confianza la tenemos puesta en el Señor. Y El no nos defraudará.

sábado, 15 de octubre de 2016

Ansiamos la paz que dé sosiego a las ansiedades de nuestro espíritu y Jesús nos invita a ir hasta El, manso y humilde de corazón, que nos dará nuestro descanso

Ansiamos la paz que dé sosiego a las ansiedades de nuestro espíritu y Jesús nos invita a ir hasta El, manso y humilde de corazón, que nos dará nuestro descanso

Eclesiástico 15,1-6; Sal 88; Mateo 11,25-30

Qué sabroso es que tras los cansancios y los agobios del trabajo y de las luchas que nos da la vida cada día, al finalizar la tarde podamos encontrar un lugar que sea un remanso de paz, que nos sirva de descanso para reparar nuestras fuerzas y donde nos encontremos también con aquellas personas amadas que con su presencia y su delicadeza nos ofrezcan también esa paz para nuestro espíritu que tanto necesitamos.
Ansiamos esa paz, esa serenidad que nos da descanso, que eleva también nuestro espíritu porque nos da ocasión para la reflexión, para levantar nuestros pensamientos en altos y soñadores vuelos de futuros llenos de felicidad. Necesitamos soñar en algo distinto, algo que le de un futuro mejor a nuestra vida. Hemos de saber aspirar a ideales más altos y nobles que llenen de verdad nuestro espíritu. Nos sentimos cansados muchas veces en las carreras de la vida y no solo es el cansancio físico sino que es muchas veces un desasosiego que sentimos dentro de nosotros y que no sabemos dónde y cómo calmar. Necesitamos una profundidad en las raíces de nuestra vida que muchas veces por pensar solo en lo material y caduco parece que se nos desvanece bajo los pies.
Es esa profundidad del espíritu que asentando bien los pies sobre la tierra (por la vida) por la que caminamos sin embargo nos haga levantar la vista para buscar más altos valores e ideales que nos den una mayor permanencia a nuestro ser. Nos quedamos solo en lo material que palpamos pero dentro de nosotros, sin saber cómo, sin embargo nos damos cuenta que no es eso lo que nos llena y lo que puede dar una mayor plenitud a nuestra vida. Necesitamos una espiritualidad para no ser tan materialistas en la vida como tantas veces somos.
Hoy nos dice Jesús en el evangelio que vayamos hasta El los que nos sentimos cansados y agobiados porque en El vamos a encontrar nuestro descanso, nuestra paz. Sí, aunque a algunos nos cueste reconocerlo en ocasiones, necesitamos ir a Jesús. Pero no podemos ir de cualquier manera, aunque vayamos tal como somos con nuestros cansancios y nuestras limitaciones.
No podemos ir cargados con nuestras alforjas llenas de nuestras autosuficiencias y nuestros saberes; tenemos que aprender a vaciarnos, a vaciarnos de ese yo de nuestra autosuficiencia y nuestro orgullo, para ir con humildad, la humildad de la pobreza de nuestra vida tan vacía y con la sencillez del que lleva los ojos y los oídos del corazón bien abiertos para ver, para escuchar, para sentir lo que El quiere ofrecernos, no simplemente lo que nosotros apetezcamos. El nos ofrecerá siempre algo mejor.
Jesús, le hemos escuchado, da gracias al Padre porque revela estos misterios a los humildes y a los sencillos, porque la Buena Nueva se anuncia a los pobres que son los que mejor la escuchan, porque la liberación de nuestro espíritu, de nuestro corazón la podremos alcanzar cuando en verdad reconozcamos aquellas cosas que quizá nosotros mismos hemos puesto que son las que nos oprimen y no nos dejan ser libres de verdad.
Hoy celebramos a una gran mujer, una gran santa que supo ir haciendo ese recorrido en su vida, santa Teresa de Jesús. Aunque ya desde joven entro en el monasterio de la Encarnación para vivir en la vida del retiro y de la clausura, necesitó el paso de muchos años para hacer ese trabajo de ascesis en su vida para purificar de verdad su corazón y así abrirlo totalmente a Dios. Así llegó a la altura de su mística unión con Dios que le hacía transverberar  en su vida para sentirse inundada de Dios. Así pudo luego emprender la reforma del Carmelo y la fundación de tantos nuevos monasterios a lo largo y ancho de toda Castilla y hasta los rincones más lejanos de España.
Buscó a Dios, se dejó conducir por El, puso en El todos sus anhelos, purificó su Espíritu y se llenó de Dios. Un camino ejemplo para el camino de nuestra vida. Un camino de pobreza y de humildad que nos hace abrirnos a Dios que llenará en plenitud nuestra existencia.

viernes, 14 de octubre de 2016

Una buena sombra, una levadura benéfica necesitamos en la vida que nos haga caminar siempre por caminos de rectitud

Una buena sombra, una levadura benéfica necesitamos en la vida que nos haga caminar siempre por caminos de rectitud

 Efesios 1,11-14; Sal 32; Lucas 12,1-7

‘Quien a buen árbol se arrima, buena sombra lo cobija’, es un refrán que quizá más de una vez hemos oído o lo hemos empleado para aconsejar a alguien que se rodee de personas buenas y que en verdad puedan ser un estímulo por su rectitud y bien hacer para nuestro crecimiento personal.
Bien sabemos, por otra parte, la influencia maléfica que muchos pueden ejercer sobre nosotros, incluso sin decirnos nada, pero sus actitudes, sus posturas, lo que hacen en su vida puede ir influyendo en nosotros casi sin darnos cuenta; ahí está lo maléfico de esa influencia. No discernimos bien lo que hacemos, nos dejamos arrastrar por el ambiente o por lo que vemos hacer en los otros, todo nos parece bueno y que podemos justificarlo, pero poco a poco todo eso va influyendo en nosotros y terminamos pensando y actuando de manera contradictoria, o al menos, contraria a lo que eran nuestros primeros principios y valores. Un árbol de sombra benéfica necesitamos en la vida.
Comenzamos a justificarnos en lo que hacemos, sabiendo quizá que va contra nuestros valores, pensamos que son cosas de nuestro interior o muy personales nuestras que nadie va saber, pero aquello que llevamos en nuestro interior más tarde o más temprano lo vamos a reflejar exteriormente y comenzamos por cosas que nos parece que no tienen importancia, pero como una bola en torbellino todo va creciendo y creciendo y al final podemos terminar mal.
De eso nos está hablando Jesús hoy en el evangelio cuando, por ejemplo, les dice que tengan cuidado con la levadura de los fariseos; o sea, que no se dejen influir por ellos, por sus apariencias que son pura hipocresía, porque exteriormente pueden parecer muy buenos porque son muy cumplidores pero en su interior lo que ocultan es maldad. Emplea esa imagen de la levadura que lo comprendemos muy bien, una cosa que nos parece insignificante en medio de la gran masa, pero que sin embargo la hace fermentar, la transforma.
Y Jesús les previene para que se sientan seguros; les habla de las persecuciones que de una forma u otro los que le siguen han de soportar, pero que saben bien de quien se fían porque Dios nos cuida; que podrán matar el cuerpo, hacernos perder la vida corporal, pero que nuestro interior ha de mantenerse siempre en la rectitud donde está la verdadera vida.
En el evangelio de Lucas que es el que estamos leyendo se nos deja entrever lo que un poco más ampliamente podremos contemplar en san Mateo, la providencia de Dios. Es el Padre bueno que nos cuida y que nos protege, que con la fuerza de su Espíritu está en nosotros para preservarnos de todo mal, y en quien hemos de poner toda nuestra confianza, porque ha de ser la confianza de los hijos en el amor, en el amor del Padre.

jueves, 13 de octubre de 2016

El camino de Jesús es siempre un camino de subida, de ascensión, de pascua y así es el camino de todos los que seguimos a Jesús

El camino de Jesús es siempre un camino de subida, de ascensión, de pascua y así es el camino de todos los que seguimos a Jesús

Efesios 1,1-10; Sal 97; Lucas 11,47-54

Somos muy dados a los homenajes póstumos; nuestras poblaciones están llenas de monumentos, de estatuas, de calles con nombres de personas a las que ahora llamamos ilustres, pero cuyos homenajes y reconocimientos en su mayoría fueron después de muertos. Parece que mientras viven las personas siempre hay alguna cosa que achacarle y nos cuesta mucho reconocer públicamente lo que han sido o la misión que desarrollaron en su vida. Claro que siempre hay excepciones.
Todos, por supuesto, estamos sujetos a limitaciones porque no somos perfectos pero sería bueno que en la vida de las personas reconociéramos con más frecuencia los valores de su vida y aunque sabemos que no hacemos las cosas buscando esos reconocimientos humanos, la presentación de unos valores reflejados en la vida de personas que conocemos pueden ser también buen ejemplo y estimulo para las generaciones actuales o que se están forjando su futuro.
Es lo que vemos que Jesús echa en cara a los judíos de su tiempo.¡Ay de vosotros, que edificáis mausoleos a los profetas, después que vuestros padres los mataron! Así sois testigos de lo que hicieron vuestros padres, y lo aprobáis; porque ellos los mataron, y vosotros les edificáis sepulcros’. Una referencia también a lo que estaba sucediendo con su mensaje que no querían reconocer.
Es una tendencia de siempre, quien se nos presenta en la vida con un testimonio valiente, que podríamos decir profético, que denuncia nuestras actitudes o posturas negativas tiene el peligro de ser rechazado. Las tiniebla rechazaron la luz que nos dice san Juan al principio de su evangelio.  Y es que el testimonio de lo bueno hace chirriar los desajustes de nuestra vida.
Un faro de luz nos hace descubrir las oscuridades de nuestra vida y nos resaltan las negruras que pudiera haber escondidas en nuestra existencia. Cuando encendemos la luz en la habitación haciendo llegar su resplandor a todos los rincones nos descubre la suciedad que pudiera haber escondida. Y eso no nos gusta porque nos hace descubrir nuestra realidad, esa realidad que queremos ocultar.
A Jesús, nos dice hoy el evangelista, que lo querían quitar de en medio. ‘Los escribas y fariseos empezaron a acosarlo y a tirarle de la lengua con muchas preguntas capciosas, para cogerlo con sus propias palabras’. Comienza a reflejársenos en el evangelio de san Lucas la oposición que va encontrando Jesús que hará que busquen su condena.
Es su subida a Jerusalén, que no es solo la subida geográfica desde las llanuras de Galilea a las montañas de Judea donde estaba situada Jerusalén, sino que está hablándonos de la ascensión de Jesús, que es ascensión hacia la Pascua, que pasará por la pasión y la cruz y terminará en la gloria de la resurrección y Ascensión al cielo. Por eso el camino de Jesús se va haciendo duro en aquellos que le están acosando, pero Jesús lo sabe y se lo anuncia a los discípulos, como ya hemos escuchado tantas veces.
Es nuestro camino, que como el de Jesús ha de ser también subida, ascensión, pascua, reflejado en tantas luchas, deseos de superación, contratiempos, oposición que también nos podemos encontrar, sufrimientos. Pero es un camino que queremos hacer conscientes, sabedores que es un camino de pascua, pero un camino que hacemos con Jesús.