miércoles, 19 de octubre de 2016

Despertemos nuestra esperanza para con ojos de fe saber descubrir la presencia del Señor que viene a nuestra vida

Despertemos nuestra esperanza para con ojos de fe saber descubrir la presencia del Señor que viene a nuestra vida

Efesios 3,2-12; Salmo: Is 12,2-3.4bcd.5-6; Lucas 12,39-48

La espera prolongada de algo que ansiamos debería hacer que estuviéramos vigilantes y atentos a su llegada, pero sabemos muy buen que también tiene sus riesgos y es el que nos cansemos, de alguna manera nos aburramos si se prolonga en demasía, o terminemos cayendo en la rutina acostumbrándonos a quedarnos en hacer siempre lo mismo. Eso nos puede suceder de muchas maneras en la vida.
A eso nos quiere prevenir el Señor con las palabras que hoy nos ofrece el evangelio. Nuestra vida tiene que ser siempre un camino de esperanza y de esperanza vigilante. El promete que estará con nosotros, que vendrá a nuestra vida y hemos de estar atentos a esos signos y señales en los cuales reconozcamos su presencia. Es la espera de la venida final en que se manifestará con todo poder y gloria, como nos repite varias veces en el evangelio, pero es esa llegada constante del Señor a nuestra vida y si caminamos con fe sabremos descubrir cada día en multitud de señales.
Podremos sentir al Señor allá en lo hondo de nuestro corazón y esa oración que hacemos cada día tiene que hacernos despertar esa fe y esa esperanza, abrir nuestros ojos para ver su presencia, sentir que nuestra oración no es una simple repetición de palabras y rezos aprendidos de memoria, sino que ha de ser siempre encuentro vivo con el Señor. Pero es ahí donde podemos caer también en esa rutina y frialdad que ciegue nuestros ojos, que ciegue nuestro corazón y no seamos capaces de sentir el calor de su gracia y de su presencia.
Llega el Señor cada día si queremos de forma sacramental a nosotros si, por ejemplo, participamos en la Eucaristía u otras celebraciones de los sacramentos. No se puede quedar en algo ritual, sino que siempre ha de ser presencia del Señor que viene a alimentar nuestra vida.
Pero de forma casi sacramental llega el Señor a nosotros en los acontecimientos y en las personas con quienes nos vamos encontrando en la vida. Nos habla el Señor en esos acontecimientos; hemos de saber tener ojos de fe y oídos atentos en nuestro corazón para descubrir esos caminos que el Señor nos va señalando y abriendo ante nosotros. No es algo mágico que pueda sucedernos, sino es descubrir en cuanto sucede cual es ese papel que nosotros como creyentes, como cristianos hemos de tener. En esa historia actuamos, tenemos nuestro papel y nuestro lugar, hemos de intervenir con nuestras decisiones, con nuestra actuación convirtiendo así para nosotros ese acontecer de la vida en historia de salvación para nosotros.
Y como decíamos el Señor nos sale al encuentro en esas personas a quienes nos vamos acercando o se acercan a nosotros. No olvidemos lo que nos dice Jesús que cuanto hagamos al hermano a El se lo hacemos. Hemos de ver, pues, en ese hombre o mujer que pasa a nuestro lado, que convive con nosotros, o que se acerca a nosotros con una mano tendida o con un corazón roto la presencia del Señor.
Hablábamos al principio de una espera en la vida que se nos pudiera hacer tediosa y que nos hiciera perder la tensión de la vigilancia. Pero ya vemos cómo el Señor llega a nosotros cada día; nos es necesaria esa vigilancia atenta porque abramos de verdad los ojos de la fe. Nuestra esperanza entonces será una esperanza viva.

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