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jueves, 4 de noviembre de 2021

Aprendamos de Jesús que no le importaba que publicanos y mujeres pecadoras le siguieran porque a todos aceptaba y de la misma manera a todos se acercaba

 


Aprendamos de Jesús que no le importaba que publicanos y mujeres pecadoras le siguieran porque a todos aceptaba y de la misma manera a todos se acercaba

Romanos 14, 7- 12; Sal 26;  Lucas 15, 1-10

Mira con quién andas, quizás nos recomendaron cuando éramos muchachos en el buen deseo de que no nos rodeáramos de malas compañías, y quizás pueda ser la recomendación que nosotros hagamos también. Pero el sentido de esta frase puede tener también otras connotaciones, cuando nos señalan o nosotros señalamos a alguien por la gente de la que nos rodeamos o de la que se rodea a quien nosotros ya ponemos en entredicho. Puede tener una carga de discriminación y de desprecio, porque no queremos que nos vean con toda clase de gente, o juzgamos a alguien simplemente muchas veces por las apariencias. Y no es menos cuando prejuzgamos y condenamos a las personas.

Le pasaba a Jesús a quienes muchos andaban prejuzgando porque se rodeaba de toda clase de personas. Siempre habrá algún puritano en la vida que estará queriendo mirar con lupa la vida de los demás y nos estará mirando también según la clase de personas a las que frecuentemos. Y muchas veces también en la vida queremos ir haciendo alardes de personas rectas y respetables y puede ser que no queramos que nos vean con toda clase de personas. Pero eso no es el estilo de Jesús ni puede ser el estilo de quienes nos decimos seguidores de Jesús.

A Jesús se acercaban todos. En Jesús no había ningún tipo de discriminación; no le importaba que entre sus seguidores hubiera publicanos y mujeres pecadoras, y a todos aceptaba y dejaba que se acercaran a El, como de la misma manera El se acercaba a todos. Es a lo que nos hace referencia el evangelio de hoy. ‘Solían acercarse a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo: Ese acoge a los pecadores y come con ellos…’

Son posturas, gestos, actitudes que veremos repetidamente en el evangelio. Va a hospedarse a casa de Zaqueo el publicano; deja que una mujer pecadora se acerque a sus pies para lavárselos con sus lágrimas y ungirlos con caro perfume; asistirá al banquete que hace Leví cuando Jesús lo llama a seguirle y no le importa que en la mesa se sienten también los publicanos recaudadores de impuestos amigos de Leví; defenderá a la mujer adultera que están condenando a ser apedreada; ahora vemos que son muchos los pecadores, los publicanos, que se acercan a Jesús y motiva el comentario, como en otras ocasiones, de los fariseos contra Jesús. ‘Ese acoge a los pecadores y come con ellos’.

Ya en otro momento había dicho que el médico no es para los sanos sino para los que están enfermos y el Hijo del Hombre, nos viene a decir hoy con sus parábolas, ha venido a buscar la oveja perdida, a rebuscar en la casa hasta encontrar la moneda extraviada. ¿Y no vale más una persona que buscamos para llevar a buen camino que una oveja o una moneda por muy preciosa que sea? Es la alegría del pastor, es el gozo de la mujer que comparten con todos lo que han sentido cuando se han encontrado con lo perdido; es el gozo del cielo por un solo pecador que se convierta.

Es la misión y la tarea de la Iglesia. El anuncio de la buena nueva de Jesús no tiene otro objetivo que hacer comprender al pecador que Dios le ama y que merece la pena la vuelta atrás del camino que estamos haciendo para volver a encontrarnos con el Padre que nos ama y que nos espera con los brazos abiertos. Es lo que cada uno de nosotros tendría que sentir en su interior y es la búsqueda que siempre tendremos que estar haciendo para que todos vayan de nuevo al encuentro con Jesús. ¿En verdad será algo que nos preocupa? Una pregunta que tenemos que tomarnos muy en serio.

Pero han de ser también las actitudes nuevas que nosotros hemos de saber tener para que nunca discriminemos, para que nunca rehuyamos la presencia de nadie a nuestro lado, para que seamos nosotros los que vayamos al encuentro de esos que otros consideran unos perdidos y de los que todos se alejan, para que nunca miremos por encima del hombro a ninguna persona ni la prejuzguemos por su apariencia ni la marquemos con el sambenito que nunca quitamos de sobre su cabeza por lo que haya hecho.

Cuidado que esas malas actitudes de prejuicios, de discriminaciones y de condenas muchas veces se nos pueden meter incluso en cualquier esquina de la Iglesia. ¿Has pensado como se puede sentir esa persona a la que desprecian o a la que no permiten ciertas actividades en la Iglesia por algo que en algún mal momento de su vida haya podido hacer? muchas personas con esas heridas caminan por el mundo y por la Iglesia.

miércoles, 3 de noviembre de 2021

No olvidemos el valor que la fe dará a nuestra vida llenándola de profundidad y haciendo cada vez más hermoso el amor que le tenemos a los demás

 


No olvidemos el valor que la fe dará a nuestra vida llenándola de profundidad y haciendo cada vez más hermoso el amor que le tenemos a los demás

Romanos 13, 8-10; Sal 111; Lucas 14, 25-33

‘Cada cosa en su sitio’, es una frase con lo que habitualmente queremos manifestar que es necesario un orden, para ‘poner las cosas en su sitio’, para darle importancia primaria a lo que verdaderamente lo tiene y sin mermar la importancia de las demás cosas cada cual tenga su sitio, su lugar propio; por eso solemos terminar esa frase diciendo y ‘un sitio para cada cosa’.

Como comprenderéis no estamos aquí dando lecciones de cómo ordenar nuestro cuarto, nuestra biblioteca, nuestros armarios o el cajón de las herramientas, por mencionar algunos sitios. Creo que entendemos que el sentido de lo que estamos diciendo va más allá de lo material y será algo que afecte a nuestra vida, a nuestros principios, a nuestros valores, o a aquello a lo que en verdad queremos dedicar nuestra vida.

Es en lo que Jesús quiere hoy hacernos reflexionar en el evangelio que se nos ha ofrecido. Y nos habla del que quiere construir una torre como del rey que con sus ejércitos quiere hacer frente a sus posibles enemigos. Pensar en lo que tengo, o mejor, pensar en lo que soy y cuando estoy hablando de lo que soy estoy hablando profundamente de esos valores que tengo en la vida, como estoy hablando de las cualidades que acompañan mi existencia con las posibilidades de crecimiento de mi mismo y de una maduración que me conduzca a mayor plenitud de vida.

Algunas veces no llegamos a saber lo que valemos; quizás vamos arrastrados por la inercia de la vida, de lo que va saliendo en cada momento y no hemos llegado a descubrir nuestras verdaderas posibilidades; quizá cuando tenemos que enfrentarnos a momentos difíciles y duros y nos damos cuenta de que tenemos que salir adelante es cuando llegamos a darnos cuenta de lo que hay en nosotros y hasta dónde podríamos llegar.

Precisamente cuando estaba preparando esta reflexión cayó en mis manos un pequeño video en el que se mostraba como un hombre que tenía su trabajo en una empresa y se consideraba ya seguro para la vida, de la noche a la mañana se quedó sin empleo; hundido no sabía qué hacer, pero accidentalmente viendo la actividad de otras personas como él, se dio cuenta de que podía emprender otras tareas, abrir otros caminos para su vida y con esfuerzo y tesón logró en pocos años levantarse del hundimiento que llegó a vivir para tener sus propias empresas logrando una vida más floreciente que la que tenía. La dificultad no le arredró, sino que le hizo pensar en sí mismo, en su capacidad para salir adelante y lo logró.


Dios quiere siempre abrir caminos delante de nosotros, aunque haya momentos en que parezca que pasamos por túneles oscuros; pero el afán de superación, el ser capaz incluso de renunciar a algo que nos parecía bueno por conseguir algo mejor nos hace abrirnos a nueva vida. Y de eso nos está hablando Jesús, cuando nos dice que tenemos que ser incluso capaces de negarnos a nosotros mismos, porque no es nuestro yo o nuestro capricho lo que tiene que prevalecer, hay algo más grande a lo que podemos aspirar. Significará cruz, sacrificio, esfuerzo, pero significará ir al encuentro con la vida, porque sabemos que detrás de la cruz viene siempre la resurrección.

Cada cosa en su sitio, comenzábamos hoy diciendo en nuestra reflexión. Y ¿qué lugar ocupa Dios en mi vida? ¿Qué valoración hago de mi fe? ¿De qué manera mi fe está iluminando mi vida para darle un nuevo sentido, el sentido de Cristo y entonces pueda decir que es una vida cristiana? Es lo que va a ser el motor de mi vida, es lo que dará profundidad a todo cuanto hacemos, es lo que hará que el amor que tengamos a nuestros seres queridos, pero también a cuanto nos rodean sea cada vez más hermoso.

martes, 2 de noviembre de 2021

Un corazón lleno de esperanza, porque esperamos que un día también nosotros podremos vivir esa plenitud en Dios cuando acabemos la carrera por este mundo

 


Un corazón lleno de esperanza, porque esperamos que un día también nosotros podremos vivir esa plenitud en Dios cuando acabemos la carrera por este mundo

Apocalipsis 21, 1-5a. 6b-7; Sal 24; Filipenses 3, 20-21;  Juan 11, 17-27

‘Es una idea piadosa y santa rezar por los que han muerto para que sean liberados del pecado’. Es lo que hacemos de manera especial estos días, es lo que hace la Iglesia siempre. Es el consuelo que anima nuestra fe y nuestra esperanza, es lo que nos hace superar los momentos duros y difíciles de la separación por la muerte de los seres queridos, es lo que nos hace pensar en la trascendencia de nuestra vida.

Pero algunas veces cuesta. Ya sabemos también lo que hay en nuestro entorno, no siempre se vive con esa esperanza y con esa trascendencia. Para muchos parece que la vida se termina en una nada cuando no hay ninguna otra esperanza. Y estoicamente sufrimos el desgarro que supone en el alma toda muerte o nos dejamos hundir y ahogar en las desesperanzas y en las angustias llenando de amargura la vida que no encuentra caminos para superarla. Pero siempre en el fondo del corazón del hombre hay un ansia de plenitud que no se puede acabar en la muerte. Para muchos quizás sea un más allá lleno de vació y como en la nada, o nos encontraremos también en quienes piensan en transformaciones en otros seres de una cadena sin fin. Pero ¿Dónde quedaría entonces nuestro yo personal?

La fe viene a iluminar nuestra vida, nos dará un sentido de trascendencia no a la nada sino a una vida de plenitud; la fe nos hace descubrir esa luz que está al final del camino para hacernos vivir en una luz de plenitud total que solo en Dios podemos encontrar. Y ahí escuchamos, entonces, las palabras de Jesús que nos habla de llevarnos con El, para que en vivamos y vivamos en plenitud para siempre. ‘Me voy a prepararnos sitio para que donde yo estoy estéis también vosotros’.


Por eso Jesús no nos habla de abismos de vacío, sino de estancias donde en El podamos vivir para siempre. ‘Él transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso’, que nos decía san Pablo. Por eso Jesús no nos hablará de reencarnación sino de hacer que ese yo de nuestra persona viva para siempre, nos habla de resurrección, nos habla de vida eterna. ‘Yo soy la resurrección y la vida el que cree en mi vivirá para siempre’, nos dice. Y nos invita a confiar en El, a creer en su palabra.

Lloramos quizás ante la muerte porque nuestros ojos no ven; nos podemos angustiar ante la muerte cuando nuestra fe y nuestra esperanza se ha debilitado, pero nunca podemos caer en la desesperación porque en Jesús encontraremos el consuelo que necesitamos en lo más hondo de nosotros mismos. Es cierto que no queremos arrancarnos del lado de aquellos a los que amamos, y por eso la muerte nos hace llorar y nos hace sufrir, pero con la esperanza puesta en las palabras de Jesús sentiremos que ahora podemos vivir en una comunión nueva y distinta con aquellos que amamos y que han muerto para los ojos de este mundo, pero que tenemos la esperanza de que vivan en Dios. Sin con Dios nos sentimos en comunión, desde esa misma comunión nos sentiremos en comunión también con los que han muerto.

Por eso nuestra oración tiene sentido y se llena de valor. No olvidemos ese artículo de nuestra fe que recitamos en el credo cuando decimos que creemos en la comunión de los santos, en la resurrección de la carne y en la vida del mundo futuro. Es mucho más que unos vasos comunicantes, pero nos puede valer el concepto como ejemplo; todos nos sentimos unidos en una misma comunión, y lo que es de cada uno es de todos, las obras de gracia que personalmente realizamos están también en beneficio y provecho de los demás; por eso nuestras oraciones y nuestras ofrendas tienen sentido, por eso oramos por los difuntos y ofrecemos lo mejor de nosotros mismos para que ellos se llenen de la vida de Dios para siempre.

En este día tan especial en que hacemos esa conmemoración de los fieles difuntos y en nuestras buenas prácticas piadosas nos sentimos impulsados a ir a las tumbas de nuestros seres queridos en los cementerios para llevar la ofrenda de una flor y para elevar una oración al Señor, hemos de hacerlo con todo sentido. Es el regalo de amor que en nuestro recuerdo les queremos hacer desde esa comunión nueva y tan intensa que ahora podemos vivir con ellos en virtud de la comunión de los santos, como hemos venido reflexionando.

Que tenga un sentido profundo lo que estos días hacemos, que nuestro corazón esté rebosante sí de amor, pero también lleno de esperanza, porque esperamos que un día también nosotros podamos vivir esa plenitud en Dios cuando acabemos la carrera por este mundo que algunas veces se nos hace tan dura. Allí no habrá ni llanto, ni luto, ni dolor porque este primer mundo ha pasado y entonces esperamos poder vivir la plenitud de los vencedores participando de la gloria del Señor.

lunes, 1 de noviembre de 2021

Celebramos a los que antes que nosotros o ahora a nuestro lado han ido haciendo un mundo mejor lleno de amor, poniendo esperanza y trascendencia en nuestros corazones

 


Celebramos a los que antes que nosotros o ahora a nuestro lado han ido haciendo un mundo mejor lleno de amor, poniendo esperanza y trascendencia en nuestros corazones

Apocalipsis 7, 2-4. 9-14; Sal 23; 1Juan 3, 1-3; Mateo 5, 1-12a

Celebramos la fiesta de Todos los Santos, y sin querer entrar en las confusiones que habitualmente se originan en muchas personas sencillas por la cercanía la Conmemoración de los Fieles Difuntos que celebraremos mañana, fácilmente en nuestra imaginación entran todos los santos que ya llevan ante si el epíteto de santo, porque hayan sido reconocidos como tales por la Iglesia, los santos canonizados; quizá podríamos pensar que como son tantos y no hay un día al año para cada uno, ahora los unimos todos en una sola fiesta, los conozcamos o no los conozcamos.

La celebración de este día va mucho más allá de esas imaginaciones nuestras porque queremos pensar en todos los que han recorrido la historia antes que nosotros con una vida de santidad, llena de fidelidad y de amor aunque oficialmente no se les haya reconocido en una canonización por parte de la Iglesia; y dándole un sentido profundo a esta celebración podremos pensar en los que al lado nuestro hacen también esos caminos de santidad.

No tenemos necesariamente que pensar en personas que hacen cosas maravillosas y portentosas acompañadas de milagros, sino en aquellos que la maravilla de su vida es que en la sencillez de la vida de cada día han vivido y viven de forma extraordinaria su fidelidad y su amor en el más puro sentido y estilo evangélico. Han sabido desprenderse de vanidades y de grandilocuencias para poner amor en cada una de esas cosas pequeñas que cada día les ha tocado vivir; son los padres que viven con una entrega grande y sacrificada la preocupación por los hijos y por la familia y se desviven en el trabajo de cada día para desarrollar su responsabilidad, para ser espejo en el que se miren sus hijos, para pacientemente ir sembrando cada día amor y bellos valores en todos los que están a su lado.

Son los que sienten la responsabilidad de la vida y del mundo en el que viven, allí donde desarrollan sus responsabilidades y donde conviven con los demás y se convierten en sembradores de paz con la mansedumbre de su corazón, buscando siempre el encuentro y el diálogo, fomentando una convivencia pacífica y llena de armonía, queriendo lograr la colaboración entre todos por hacer un mundo mejor y siendo capaces de sacrificarse por ese bien que quieren para cuantos están a su lado.

Son los que no pierden la alegría y la esperanza a pesar de las estrecheces y limitaciones por las que puedan pasar en la vida, los que arrancan todo tipo de amargura de su corazón, los que no se dejan malear por la malicia que puedan encontrar a su alrededor, los que se sobreponen a los problemas y dificultades haciendo que nunca falte la paz en sus corazones para poder contagiarla a los demás.

Son los que veremos siempre con un corazón limpio y puro, arrojando lejos de si toda malicia y toda desconfianza, alejando se sus corazones rivalidades y envidias, sabiendo contar con todo lo bueno que venga de los otros sean quienes sean, porque no serán capaces de hacer discriminaciones ni desprecios a quienes consideran siempre como unos hermanos con los que caminar juntos.

Qué a gusto nos sentimos a su lado, cómo se presencia se convierte en estímulo para nuestras luchas personales, cómo nos sentimos arrastrados por esa alegría que siempre se desprende de sus corazones llenos de esperanza.

Son aquellos que con un corazón lleno de misericordia y compasión son capaces de derramar una lágrima de compasión ante el dolor o la injusticia, los que están siempre dispuestos para el servicio, poniendo una mano allí donde haga falta, aquellos que saben sentir el dolor y el sufrimiento de los demás como algo propio, aquellos que nunca se quedan con los brazos cruzados allí donde hay una necesidad y surge un problema, aquellos que no hacen distinción entre amigos o conocidos porque todos, sean de la condición que sean, serán un ser humano que merecer vivir en humanidad y al que sentirán siempre como un hermano al que hay que amar.

Son aquellos que nunca pierden la esperanza porque saben bien en quien ponen el apoyo de su vida porque se confían totalmente de Dios a quien quieren escuchar en el silencio de su corazón; son los que no pierden la sonrisa que brota de su corazón porque se sienten amados de Dios y llenos de su Espíritu que es el que les da fuerza.

Son muchos así los que podemos encontrar haciendo camino a nuestro lado; muchas veces nos pasarán desapercibidos, pero también nuestra mirada limpia puede ser capaz de descubrirlos y aprender a valorarlos. Y hoy los queremos tener en cuenta, los que han caminado antes que nosotros o los que ahora caminan a nuestro lado y van haciendo un mundo mejor, más lleno de humanidad, haciendo que resplandezca el amor y sembrando así esperanza en nuestros corazones. Son los que han hecho vida en su vida el espíritu de las Bienaventuranzas de las que nos habla Jesús en el evangelio.

 Por eso esta fiesta de Todos los Santos es para nosotros una fiesta de esperanza y un aliciente para nuestro camino que tantas veces nos cuesta recorrer. Sintamos estimulados por su ejemplo; sintamos que se eleva nuestro espíritu en deseos de cielo y de eternidad gozosa junto al Señor; contemplamos y celebramos a esa muchedumbre inmensa que nadie podría contar, pero entre los que nosotros esperamos encontrarnos un día; damos gracia a Dios por esas personas que en su sencillez y en la pureza de su corazón nos siguen haciendo presente a Dios en nuestro mundo tan necesitado de Dios; con ellos queremos cantar para siempre, con esos coros celestiales, la gloria del Señor.

domingo, 31 de octubre de 2021

No es un tatuaje que llevemos en alguna parte del cuerpo, es algo que llevamos grabado en el corazón, que el amor al prójimo dará credibilidad al amor que tenemos a Dios

 


No es un tatuaje que llevemos en alguna parte del cuerpo, es algo que llevamos grabado en el corazón, que el amor al prójimo dará credibilidad al amor que tenemos a Dios

Deuteronomio 6, 2-6; Sal. 17; Hebreos 7, 23-28; Marcos 12, 28b-34

No es raro que a cada paso que demos nos encontremos con un joven – o no tan joven muchas veces hay que decirlo también – que lleva tatuajes grabados en su cuerpo, brazos, pecho, espaldas, piernas de su personajes favoritos, de lemas o frases que le han llamado la atención y poco menos que ponen como metas de su vida, o de las cosas más insólitas. A los más mayores nos llama la atención, pensamos en cosas o locuras de jóvenes, pero son modas que se van extendiendo más y más. ¿Nos tienen que llamar la atención? ¿Pasamos de esas cosas que consideramos pasajeras porque otras modas vendrán? Pero ahí están y a la larga no son cosas tan modernas, que en otras épocas había costumbres con un significado bastante parecido.

Bueno, si prestamos atención a lo que hemos escuchado en el libro del Deuteronomio Moisés le dice al pueblo de parte del Señor que las palabras que ha escuchado – se refiere a los mandamientos – los lleve grabados en el corazón. Pero si cogemos el testo en su contexto les dirá que estas palabras estén siempre presentes en su frente, presentes ante sus ojos y bien sabemos de la costumbre de las filacterias que eran aquellas franjas de tela que ceñían su frente o colgaban de sus brazos donde estaban escritas las palabras de la ley del Señor, para dar así cumplimiento (¿?) a las palabras de Moisés.

Palabras grabadas en el corazón, es algo más hondo que un tatuaje externo, porque es tatuar en nuestro corazón la ley del Señor, los mandamientos de Dios. y bien sabemos que estas palabras que hoy escuchamos en el Deuteronomio eran palabras aprendidas de memoria por todo buen judío que repetía al entrar o salir de casa, al ponerse en camino o al emprender cualquier tarea como si fuera una oracion al Señor. Ahí en la puerta estaban grabadas esas palabras o escritas en un pequeño rollo que pendía de la puerta de entrada de toda casa judía.

¿Llevamos nosotros grabadas en el corazón las Palabras del Señor, el mandamiento del Señor? De más pequeños aprendimos en la catequesis los mandamientos que recitábamos de memoria y que sería incluso exigencia básica para poder acceder a los sacramentos de la inacción cristiana; pero quizás se nos hayan quedado en la lejanía de nuestra niñez y de la catequesis que entonces recibimos y ya no solo no los tengamos en la memoria – todo lo olvidamos, al menos lo que nos interesa menos – pero peor aun que no los tengamos grabados en el corazón.

Nos sorprende quizá en el evangelio que un escriba, que era un experto en la ley del Señor, venga a preguntarle a Jesús por el primer mandamiento. Sabemos que en ocasiones vendrán algunos a poner a prueba a Jesús, a hacerle pasar un examen para ver si lo que Jesús está enseñando está conforme con la ley de Moisés. Pero no vamos a pensar hoy así de este escriba que quizás lo que quiera es entrar en diálogo con Jesús y que nos puede ayudar a nosotros también a profundizar en lo que es el verdadero mandamiento del Señor.

Quizás sea también la pregunta que nosotros tengamos que hacernos. A nosotros mismos y a Jesús, ¿por qué no? ‘¿Qué mandamiento es el primero de todos?’ ¿Cuál es el primer mandamiento? Quizás podamos responder todos a uno conforme aquello que un día aprendimos ‘amarás a Dios sobre todas las cosas’. Es lo que recuerda Jesús que estaba escrito en el libro del Deuteronomio: ‘Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser’. Pero Jesús viene a decirnos, a recordarnos algo más. ‘El segundo es este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay mandamiento mayor que estos’.

‘No hay mandamiento mayor que estos’, concluye Jesús. El amor de Dios sobre todas las cosas, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser… pero nos está diciendo Jesús que no podemos amar a Dios de esta manera si no llenamos de verdad de amor nuestro corazón para con todos. El amor a Dios tiene que ser también amor a los hermanos, porque entonces no habría amor verdadero. ¿Cómo amamos al padre y no amamos a los hijos?

Es el mandamiento que nos ha dejado Jesús, que con el mismo amor que El nos ama, amemos a los demás; que con el mismo amor que le amamos a El, amemos a los demás; que no podremos decir que le amamos a El si no amamos a nuestro prójimo. El amor que le tenemos al prójimo será el criterio de credibilidad del amor que le tenemos a Dios. ‘Amar al prójimo como uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios’, concluye aquel escriba a las palabras de Jesús. Por eso Jesús le dirá que ‘no estás lejos del Reino de Dios’.

¿Será eso en verdad lo que llevamos grabado en el corazón? Hablábamos al principio de cómo los jóvenes visualizan sus preferencias y sus gustos en los tatuajes que se hacen en las diferentes partes del cuerpo, ¿cómo estaremos nosotros visualizando el amor que le tenemos a Dios?

 

sábado, 30 de octubre de 2021

No nos dejemos encandilar por la vanidad y la apariencia que son solo oropeles que nada valen, busquemos la perla preciosa de las personas humildes y serviciales

 


No nos dejemos encandilar por la vanidad y la apariencia que son solo oropeles que nada valen, busquemos la perla preciosa de las personas humildes y serviciales

Romanos 11,1-2a.11-12.25-29; Sal 93; Lucas 14,1.7-11

Quizás hoy cuando vamos a una comida con ciertas formalidades, por ejemplo un banquete de bodas, todo está preparado de antemano y ya nos tienen reservados los sitios situándonos según la familiaridad que haya entre los comensales para que nadie se sienta aislado en medio de gente que no conoce o no tiene mayor relación.

Pero cuando las cosas son más informales ya nos preocupamos de procurarnos sitios según nuestros intereses y buscamos lo que consideramos para nosotros el mejor sitio; pero también nos encontramos en situaciones en que hay poco menos que una lucha sorda por conseguir determinados sitios según algunos intereses que incluso intentamos camuflar; lugares de importancias, lugares donde aparezcamos que estamos bien situados, lugares donde nos parece que vamos a ser mejor servidos; hay intereses, vanidades disimuladas o en ocasiones intereses bien manifiestos de la importancia que nos queremos dar.

Algunas veces incluso llegamos a la desazón y a la queja porque nos puede parecer que fuimos relegados a un lugar que nosotros creíamos que no merecíamos, porque quizás pensamos que nos rebajaron de categoría o importancia.

No nos extraña lo que nos relata hoy el evangelio y en lo que se fijó Jesús nada más entrar. Poco menos que se peleaban por los primeros puestos, por los lugares de mayor importancia. Y esto le da ocasión a Jesús para hacernos reflexionar. Es, podríamos decir, la matraquilla de Jesús continuamente a lo largo del evangelio de que nuestro lugar está en el lugar del servicio, porque esa es nuestra verdadera grandeza.

‘Entró Jesús en casa de uno de los principales fariseos para comer y ellos lo estaban espiando. Notando que los convidados escogían los primeros puestos, les decía una parábola…’  y les habla claramente Jesús de que no vayas a los primeros puestos, sino que no te importe colocarte en un lugar cualquiera aunque fuera apartado que si el que te convidó considera que debes estar en otro lugar, ya él te llevará, porque la vergüenza peor que pudieras pasar es que te echarán para atrás. No es que vayamos buscando intencionadamente que nos exalten, pero el camino mejor que puedes llevar en la vida es el de la humildad y sencillez. Es ahí donde puede aparecer toda la grandeza de la persona.

El hablar aquí de un banquete es como un ejemplo o una parábola. Esto conecta con lo que hemos escuchado en otras ocasiones de las discusiones que había entre los discípulos cercanos a Jesús por los primeros puestos. Por eso nos dirá que será grande el que se haga el último y el servidor de todos. Es la actitud tan preciosa del servicio pero es también la actitud maravillosa de la sencillez y de la humildad. Frente a este mundo donde se vive tanto de las apariencias brillan como piedras preciosas las personas humildes y sencillas, los que nos buscan el figurar, los que hacen las cosas sin que nadie se entere, los que calladamente pasan por la vida haciendo el bien que al final dejará mejores huellas que los que van desde la apariencia y el orgullo. Por eso, aquello que nos dirá en otra ocasión que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha.

Y es lo que tenemos que aprender a valorar en los demás. Fácilmente nos sentimos encandilados por esos personajes llenos de vanidad que van figurando de relumbrón y se manifiestan muchas veces avasalladores de todo lo que encuentren a su alrededor, y no sabemos destacar a esas personas sencillas que calladamente van haciendo maravillas en su espíritu de servicio y en su humildad. Son las perlas preciosas en las que tenemos que fijarnos, a las que tenemos que valorar, las que tenemos que resaltar porque son el verdadero ejemplo para una sociedad que queremos hacer mejor.

 


viernes, 29 de octubre de 2021

Dejemos que nuestra vida se impregne de los valores del evangelio y nuestra manera de actuar sea en el estilo de Jesús si en verdad nos decimos cristianos

 


Dejemos que nuestra vida se impregne de los valores del evangelio y nuestra manera de actuar sea en el estilo de Jesús si en verdad nos decimos cristianos

Romanos 9,1-5; Sal 147; Lucas 14,1-6

Hay momentos en que nos encontramos con situaciones en que no tenemos muy claro cuál es nuestra forma de actuar; quizás nos sentimos presionados por el ambiente que nos rodea, quizá la costumbre o la rutina de que esto siempre se ha hecho así, el actuar de la mayoría como criterio que tienen algunos de encontrarse con la verdad, nos hace dudar cuando nosotros en nuestro interior vemos quizás otra posibilidad, o pensamos que desde un verdadero sentido de la caridad y el amor cristiano nuestra forma de actuar tiene que ser otro. Pero sentimos quizás que la gente no lo va a entender, que vamos a estar nadando a contracorriente y nos dirán que queremos estar cambiando todo, que nos van a tener por radicales y hasta de alguna manera extremistas, y todo eso nos puede llenar de dudas.

Hemos de tener nuestra propia personalidad, tener claros cuáles son nuestros criterios y qué es lo que en verdad tiene que predominar en la vida. ¿Dónde fundamentar esos criterios de autenticidad? ¿Cuál es verdaderamente el sentido que le queremos dar a nuestra vida? Pudiera ser que nos encontráramos envueltos en un mar de dudas. Pero cuando el sentido de nuestra vida parte del Evangelio, cuando en verdad centramos nuestra vida en la fe que tenemos en Jesús nuestras dudas tendrían que irse disipando y no podríamos dejarnos influir por quienes han hecho de su vida una rutina.

Por eso es tan importante que fundamentemos nuestra vida de verdad en el evangelio y en los valores del Reino de Dios. Esto nos obliga a una búsqueda constante, a un analizar nuestra vida contrastándola continuamente con la verdad del Evangelio, con lo que descubrimos en Jesús. Esto nos tiene que hacer valientes de verdad para no dejarnos seducir, para no dejarnos influir por un ambiente que incluso algunas veces se dice religioso y hasta cristiano pero que puede estar lejos de los auténticos valores del evangelio.

Es la profundización que tenemos que darle a nuestra vida. Que no siempre será fácil, porque muchas veces predomina la superficialidad y el dejarse arrastrar evitando todo lo que signifique esfuerzo y superación. Los cristianos necesitamos leer más el evangelio, pero una lectura sosegada, una lectura meditada y hecho oración, una lectura que sea en verdad abrir nuestro corazón a Dios y a su Palabra. Leemos muy deprisa el evangelio y eso cuando lo leemos; no le damos tiempo para que repose en nuestros corazones y vaya así transformándonos por dentro.

Hoy en el evangelio vemos que han invitado a Jesús a comer en casa de unos de los principales de la ciudad; allí hay muchos invitados de los maestros de la ley y del grupo de los fariseos que siempre estarán al acecho de lo que hace o dice Jesús. Y al entrar Jesús se encuentra con un hombre enfermo. Pero es sábado y ya sabemos lo que sucede y lo que son los criterios que predominaban precisamente entre aquellos que en aquel momento rodeaban a Jesús y están al acecho a ver qué es lo que va a hacer.

Jesús, como se suele decir, coge el toro por los cuernos y dirige directamente la pregunta a aquellos que le rodeaban. ‘¿Es lícito curar los sábados, o no?’ No espera respuesta Jesús porque además se han visto sorprendidos por sus palabras que se adelantan a las turbias intenciones que tuvieran en aquel momento. Jesús curó a aquel hombre sin importarle lo que pudieran responderle en su conservadurismo y en la rigidez con que se tomaban las Palabras de la Ley. No le importó a Jesús que lo estuvieran acechando ni la condena que hicieran de El y de su actuación. Es más les comenta.  ‘¿A quién de vosotros se le cae al pozo el asno o el buey y no lo saca enseguida en día de sábado?’ No tenían nada que decir.

Creo que este pasaje del evangelio y este actuar de Jesús nos iluminan sobre todo aquello con lo que comenzamos nuestra reflexión. ¿Qué es lo que en verdad tiene que predominar en nuestra vida? busquemos siempre los criterios del evangelio.


jueves, 28 de octubre de 2021

 


La cercanía crea sintonía en el corazón, quienes seguimos a Jesús estamos llamados a estar con El creando esa sintonía e introduciéndonos en su corazón

Efesios 2, 19-22; Sal 18; Lucas 6, 12-19

‘Jesús salió al monte a orar y pasó la noche orando a Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, escogió de entre ellos a doce, a los que también nombró apóstoles…’ y nos da el evangelista la relación de los doce escogidos para estar con Jesús. Comienza así el evangelio propio de este día de la celebración de dos de esos apóstoles, san Simón y san Judas Tadeo.

Poco más nos dirán los evangelios en concreto de estos dos apóstoles escogidos, salvo que en algún evangelio se hace relación a Simón como el Zelotes, bien porque hubiera formado parte de aquellos grupos revolucionarios contra la dominación romana, o bien porque haga referencia a su celo por el cumplimiento de la ley mosaica. Poco importan estos detalles, pero manifiestan por otra parte como Jesús llama sin distinción ni discriminación, como le veremos llamar también a un recaudador de impuestos para formar parte del grupo de sus seguidores más cercanos, Leví y Mateo según el nombre que le queramos dar.

Serían aquellos que estarían más cercanos a Jesús, podríamos decir, día y noche y a los que iba preparando de manera especial para la misión que un día les confiaría. Recordamos como los lleva a lugares apartados para estar a solas con ellos o como de manera especial los iba instruyendo por el camino; en casa a ellos les explicarías con detalles las parábolas con las que enseñaba al pueblo el mensaje del Reino de Dios.

Los llamó para que estuvieran con El y para un día enviarlos con la misión de anunciar el evangelio a toda criatura. Pero es importante el estar con Jesús. Recordemos cómo a la hora de escoger un sustituto de Judas uno de los criterios que se mantienen es que fuera alguien que hubiera estado desde el principio con Jesús. La cercanía crea sintonía en el corazón. Es importante. No podrían ser los testigos de Jesús si antes no habían sintonizado con Jesús. No era simplemente el conocer los hechos, era más importante conocer la vida, haberse metido en el corazón. Y Jesús los llevaba en el corazón. ‘A vosotros no os llamo siervos, a vosotros os llamo amigos’, les diría en la última cena, ‘porque a vosotros os lo he revelado todo’.

Qué importante esto en el camino de nuestra fe y de nuestra vida cristiana. El estar con Jesús es la experiencia de vivir a Jesús y eso lo iremos logrando desde que vayamos dejando que Jesús se meta en nuestro corazón. Como el amigo que se nos mete en el corazón, el amigo en quien confiamos pero que también nos muestra toda su confianza. Se crea una intimidad del corazón, porque vamos abriendo nuestro corazón a Jesús, pero el también va dejando que nos pongamos en su corazón, que nos introduzcamos en su corazón. Esa intimidad nos hace sentirnos con el corazón abierto y nos sentiremos conocidos como también nosotros conoceremos hasta lo más profundo.

Es lo que tenemos que cultivar en nuestra vida cristiana. Y empleo en todo su profundo sentido esta palabra de cultivar. Para cultivar su rotura la tierra, se introducen la semilla en lo más profundo, continuamente estaremos cuidando ese terreno y esas plantas que en él van surgiendo librándolas de todo lo que las pueda dañar; cultivamos y abonamos, cultivamos y mantenemos la necesaria humedad para que la semilla pueda germinar y para que la nueva planta pueda crecer y dar fruto.

Es toda la tarea de nuestra vida cristiana, donde nos contentamos con decir que creemos en Dios o rezamos en alguna ocasión sino que mantenemos un trato íntimo con el Señor abriéndonos a Dios para dejarnos inundar por su presencia, abriendo nuestro corazón a su Palabra dejando que se haga fecunda en nuestra vida para que al final puedan florecer los frutos de nuestra vida cristiana.

Creo que la fiesta de estos apóstoles que hoy celebramos contemplando como fueron escogidos para estar con El nos interpela a nosotros también para aprender a estar con Jesús, también llamados y escogidos por Jesús para estar con El, dejando que sea el centro de nuestro corazón.

miércoles, 27 de octubre de 2021

Busquemos siempre lo bueno, lo humanamente bueno, a la luz del Evangelio…, aunque cueste, y no sea valorado por los demás, no temamos nadar contra corriente

 


Busquemos siempre lo bueno, lo humanamente bueno, a la luz del Evangelio…, aunque cueste, y no sea valorado por los demás, no temamos nadar contra corriente

Romanos 8,26-30; Sal 12;  Lucas 13,22-30

¿A quién le gustan los fracasos en la vida? A todos nos gusta triunfar, que nos salgan las cosas bien, tener éxito en aquello que emprendemos, poder tener una vida apacible y tranquila disfrutando de lo que tenemos, de lo que hemos obtenido como fruto de nuestros trabajos y esfuerzos. Es algo bueno, es algo que nos da satisfacción, aunque también tenemos que sabernos enfrentar a los momentos duros y de dificultades donde las cosas no nos salen a nuestro gusto, o donde vamos a encontrar contrariedades. El saber actuar con madurez en una y en otra ocasión es una verdadera sabiduría.

Pero para algunos el alcanzar el triunfo en la vida significa llenarse de poder y cuando nos situamos en esos puestos de altura, que tendría que ser llenarse de más responsabilidad, algunas veces lo transforman en orgullo y en prepotencia. Así damos la impresión de que los que van avasallando por la vida a todo el que se encuentre en su camino son los que verdaderamente triunfan. Se trastocan de alguna manera los valores cuando el orgullo, la autosuficiencia, la soberbia y la vanidad de la vida se nos meten por medio. Las grandezas se transforman en vanidades y lo que queremos entonces es un camino ancho donde me deje arrastrar por esas pasiones que pueden enturbiar lo que hacemos y lo que vivimos. Y es algo con lo que realmente vamos enturbiando la vida.

Entonces aquellos que encuentran el sentido de su vida en la responsabilidad y en el servicio, en buscar los valores que van de verdad a engrandecer a la persona, algunas veces tendrán que ir como a contracorriente de lo que se ve tan normal y natural en el mundo. El camino da la impresión que se hace más estrecho y dificultoso, porque son muchas las corrientes que va a ir encontrando en contra en la vida porque parece que el modelo de vida tendría que ser el de la vanidad y el orgullo.

Nos puede parecer que se nos hace cuesta arriba el vivir en ese camino de sencillez, de humildad, de servicio donde el tendernos la mano los unos a los otros y el compartir lo hemos convertido en lema de nuestra vida. Son muchas las influencias en contra que recibiremos de nuestro entorno y muchas veces incluso del más cercano.

Es por lo que hoy Jesús nos habla de camino estrecho. No es que por masoquismo busquemos la dificultad o busquemos el dolor, sino porque entramos en un camino de exigencias dentro de nosotros mismos y de superación que algunas veces nos parece que se nos hace difícil mantener. Lo contemplamos en Jesús, su camino fue el del servicio y hacerse el último para entregarse y darnos todas las pruebas de lo que es un amor verdadero que es el que salva al mundo. Y ese camino para Jesús se convirtió en un camino de pasión y de cruz, no porque buscase el dolor y la muerte sino porque era capaz de hasta la mayor de las entregas.

He leído un comentario en este sentido que puede ayudarnos mucho a comprender las palabras de Jesús y no me resisto a compartir: ‘No se trata de buscar el dolor o el fracaso o la renuncia sin más a lo que nos gusta, sino saber que todo eso pertenece a nuestro vivir humano, a la realidad de lo que somos. Se trata de ser sinceros con la vida, la nuestra y la de los demás, no engañarnos. Se trata de buscar lo noble, aunque lo menos noble o innoble sería más fácil y compensatorio… de momento. Se trata de buscar lo bueno, lo humanamente bueno, a la luz del Evangelio…, aunque cueste, y no sea valorado por los demás; o sea nadar contra corriente. También para esto necesitamos el Espíritu Santo, que nos ilumine y dé energía para vivir en la verdad…’ (Fray Juan José de León Lastra O.P).

Escuchemos con corazón sincero y espíritu valiente directamente las palabras de Jesús: ‘Esforzaos en entrar por la puerta estrecha, pues os digo que muchos intentarán entrar y no podrán… Y vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el reino de Dios. Mirad: hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos’.

martes, 26 de octubre de 2021

El reino de Dios se ha de notar en nuestra acogida, en nuestra sencillez y en la ternura que llama al corazón de los demás impregnando la vida del sentido nuevo del amor

 


El reino de Dios se ha de notar en nuestra acogida, en nuestra sencillez y en la ternura que llama al corazón de los demás impregnando la vida del sentido nuevo del amor

Romanos 8, 18-25; Sal 125; Lucas 13, 18-21

‘¿A qué se parece el Reino de Dios?’, es la pregunta que Jesús mismo se hace queriendo explicarles a los discípulos el sentido del Reino de Dios que está anunciando. Quizás una pregunta que nosotros mismos muchas veces nos hacemos porque también a nosotros nos cuesta llegar a entenderlo.

Hablar de Reino pudiera ser una palabra confusa, por las imágenes que nos hemos hecho o que tenemos en la misma sociedad. Por eso algunas veces en nuestra confusión buscamos cosas grandes o espectaculares, dejándonos convencer por el espíritu mundano en medio del cual vivimos también soñemos con grandezas y con poderes y terminamos rodeándonos de esplendores y oropeles que están bien lejos del Reino de Dios que Jesús quiere anunciarnos.

Y sin embargo puede ser algo mucho más sencillo, porque ya Jesús nos dirá en otro momento que el Reino de Dios no lo busquemos fuera sino que está en nosotros, está dentro de nosotros, no lo busquemos en cosas espectaculares sino que seamos capaces de fijarnos en lo pequeño y en el sencillo que ahí se va a manifestar el Reino de Dios.

Y hoy nos habla de una pequeña semilla y nos habla de un puñado de levadura; imagen de la semilla que la veremos repetida muchas veces en la boca de Jesús para hablarnos del Reino de Dios. Pero hoy es una semilla tan pequeña que puede pasar desapercibida pero que sin embargo podrá dar lugar a una planta que se hace grande en medio de las hortalizas del huerto.

Ese Reino de Dios que decíamos está en nosotros y está dentro de nosotros, ese Reino de Dios que tenemos que ser nosotros mismos que ahí en medio de las otras semillas o las otras hortalizas estamos plantados y donde en nuestra sencillez sin embargo tenemos que hacernos notar. De aquella planta nacida de esa pequeña semilla nos dirá que será capaz de acoger a los pajarillos del campo para que en ella incluso puedan hacer su nido.

¿Qué tenemos que ser nosotros en medio del mundo en el que vivimos? También esa planta acogedora y que da sombra, también ese nido que será nuestro corazón en el que tenemos que saber dejar meter el corazón de los demás; ese reino de Dios que se va a notar en nuestra acogida y en nuestra sencillez, en nuestra ternura que llama al corazón de los demás y que se desprende de nosotros para contagiar también de amor y de ternura a los que están a nuestro lado.

Y ¿por qué podremos hacer eso? Porque hemos puesto a Dios en el centro de nuestro corazón haciendo que sea en verdad el único Señor de nuestra vida. Pertenecemos a su Reino, pertenecemos a Dios porque de Dios nos hemos dejado llenar de nueva vida y de amor. Y con esa nueva forma de vivir y con ese amor iremos acogiendo y contagiando a los demás, iremos haciendo entonces un mundo mejor, un mundo de dicha, de paz, de felicidad como puedan reflejarnos esas imágenes de ese huerto de hortalizas del que nos habla Jesús cuando nos habla de la semilla de la mostaza.

Es la otra imagen que nos propone hoy Jesús cuando nos habla de la levadura que se mezcla con la masa para hacerla fermentar. Es ahí en medio de esa masa de nuestro mundo, de esa sociedad en la que nos ha tocado vivir, con esa realidad concreta de ese mundo con sus oscuridades, sufrimientos, agobios, luchas y tantas cosas que a veces nos parece que lo hacen inhóspito, sin embargo tenemos que ser levadura. Es la vida que tenemos que hacer fermentar, es la masa a la que tenemos que dar sabor, es ese mundo que tenemos que saber transformar, es ese amor que tenemos que saber poner para dar un sentido nuevo, para dar un sabor nuevo, para hacer un mundo distinto, para hacer presente a Dios. Así, casi sin notarlo, nosotros iremos contagiando de esos valores del Reino de Dios, nosotros iremos contagiando a nuestro mundo del espíritu de Dios.

¿Daremos nosotros esa imagen del Reino de Dios?

lunes, 25 de octubre de 2021

Una mirada, un prestar atención a quien pasa desapercibido, un valorar con un detalle a quien no es tenido en cuenta, puede hacer recuperar la dignidad perdida de la persona

 


Una mirada, un prestar atención a quien pasa desapercibido, un valorar con un detalle a quien no es tenido en cuenta, puede hacer recuperar la dignidad perdida de la persona

Romanos 8,12-17; Sal 67; Lucas 13,10-17

¿Por qué se fijó en mí? Yo estaba queriendo pasar desapercibido en medio de la gente; además no soy tan importante para que se fijen en mí. Pero parecía que me buscaba porque en medio de todo lo que sucedía se dirigió a mí como si me hubiera conocido de toda la vida. Me sentí sorprendido, porque además parece que sabía más de mí de lo que yo podía imaginar…

Las impresiones quizás de alguien que se ve sorprendido cuando quiere pasar desapercibido; la sorpresa porque además fue como un levantarlo y de alguna manera se le dio la importancia que realmente tenía aunque pasara desapercibido para los demás. Cómo en cierto modo nos sentimos halagados cuando somos tomados en consideración y parece que todo lo que otros habían querido anular ignorando a la persona ahora se ve notablemente restablecido.

Fue necesario que alguien prestara atención y se fijara para comenzar a tener en cuenta a aquella persona. Y la persona se siente elevada en su interior, se siente como con mayor dignidad porque se le tiene en cuenta, porque alguien se ha fijado en ella. Vamos por la vida y no prestamos atención a aquellas personas con las que nos cruzamos; solamente una mirada o una sonrisa podría haber hecho que aquella persona se sintiera valorada en su dignidad, se restableciera en ella su orgullo de persona tenida en cuenta.

Jesús no pasaba al lado de las personas ignorándolas; Jesús se detenía junto a aquel que nadie valoraba y le daba la mano para levantarse. Recordemos el ciego de las calles de Jerusalén, el paralítico de la piscina, a Zaqueo escondido entre las ramas de la higuera; si nos vamos fijando en las páginas del evangelio encontraremos muchas más ocasiones.

Ahora al entrar en la sinagoga se ha fijado en aquella pobre mujer encorvada, quizás medio oculta en un rincón entre la gente y en la que nadie se habría fijado; o estaban acostumbrados a verla que parecía como si fuera natural lo que le sucedía a aquella mujer y ya nadie le prestaba atención. Pero Jesús se detiene, la mira, la llama, la hace ponerse en el centro de aquella asamblea. Lleva un montón de años en aquella situación – diez y ocho años comentará el evangelista - y nadie se había fijado en ella, nadie se había preocupado por ella.

Y aquella mujer se ve restablecida en su dignidad solamente con que Jesús se haya fijado en ella y la pusiera en medio. Para que todos se fijaran, era una mujer y una mujer enferma, nunca hubiera estado en el centro de la asamblea haciendo que la gente se fijara en ella. Incluso era menospreciada cuando el jefe de la sinagoga diga que no vengan en sábado para que Jesús los cure sino en otro día para no saltarse el descanso sabático. Era una forma quizás de querer poner a los que se encontraban en la situación de aquella mujer en un segundo plano. Pero solamente con eso, con que Jesús la pusiera en medio, ya se sentía curada, porque se sentía restablecida en su dignidad; Jesús se referirá a ella como una hija de Abraham. Pero además Jesús la curó de su enfermedad.

En otros aspectos podríamos fijarnos también en este pasaje en referencia al tema del descanso del sábado que se tomaban con tanto rigor y que Jesús les desmontará haciendo que nos fijemos más en la persona que en la letra de la ley que tomada así lo que hace es esclavizar. Pero ya es importante que aprendamos de Jesús a fijarnos en las personas, a restablecer la dignidad de las personas con nuestro aprecio y consideración, cómo una mirada puede levantar un ánimo caído y una sonrisa despertar una esperanza en el corazón.

domingo, 24 de octubre de 2021

Que no se nos cierren los ojos y los oídos del alma para no ser capaces de ver, o no querer escuchar aquellas estridencias de las cosas amargas que sucedan en nuestro entorno

 


Que no se nos cierren los ojos y los oídos del alma para no ser capaces de ver, o no querer escuchar aquellas estridencias de las cosas amargas que sucedan en nuestro entorno

Jeremías 31, 7-9; Sal. 125; Hebreos 5, 1-6; Marcos 10,46-52

Parece una escena muy estática el comienzo de la narración que nos hace hoy el evangelista Marcos. A la salida de la ciudad un ciego al borde del camino pidiendo limosna – era un lugar de paso muy apropiado – y un grupo de peregrinos que se dirige a Jerusalén. Era el camino normal para los peregrinos que venían de Galilea bajando el valle del Jordán para no tener que cruzar por Samaria y desde Jericó iniciaban la subida hasta Jerusalén. Algo que podría pasar sin mayores incidencias.

Pero allí había oídos atentos, aunque hubiera otros que quisieran hacerse sordos. Y aunque no ve, Bartimeo escucha. Qué importante es tener los oídos atentos para escuchar donde podría parecer que todo se confundía. Habría otros quizá que también quisieran hacerse los ciegos y pasar de largo como tantas veces sucede. Aquel grupo no era un grupo cualquiera porque allí iba Jesús con sus discípulos y acompañantes. Y Bartimeo lo escucha y comienza a gritar.

Ya en esa pequeña descripción que estamos haciendo se están manifestando muchos signos. El ciego que está al borde del camino, los oídos atentos para percibir la más mínima señal de lo que quizás otros no son capaces de escuchar, la confusión y la ceguera de los que quieren pasar de largo. Nos daría para muchas consideraciones. Vamos por el camino de la vida muy ensimismados en nuestras cosas o en nuestros intereses y ni vemos ni escuchamos, no somos capaces de percibir algunas veces ni el dolor de los que están a la vera del camino de la vida, a cuantos vamos marginando en nuestro caminar porque no son de los nuestros o porque son incapaces de seguir nuestro ritmo. ¿Qué será realmente lo importante en ese camino que vamos haciendo, simplemente el llegar porque es de nuestro interés o estar atentos para escuchar o para percibir lo que hay o sucede a nuestro lado?

Por eso aquellos que caminaban al lado de Jesús – quizás incluso intentando escuchar las palabras de Jesús – recriminan al ciego para que se calle porque sus gritos son una molestia. ¿No dejan oír o simplemente pueden interpelarles su conciencia? Pero Jesús si ha escuchado – y volvemos con la escucha – los gritos de aquel ciego que está a la orilla del camino. Y lo llama, les pide a los que le acompañan que se lo traigan. Ahora sí que le dicen ‘mira que te llama’ y le abren camino para que llegue hasta Jesús.

Ya conocemos el diálogo entre el ciego y Jesús. ‘¿Qué quieres que haga por ti?’ Aquel hombre está pidiendo una limosna al borde del camino porque la vida del ciego era de una pobreza y miseria extrema. Pero ahora no es una limosna lo que pide. ‘Señor, que pueda ver’. Y Jesús le dice ‘anda, tu fe te ha salvado’, y recobró la vista.

Aquel hombre estaba ciego pero su fe no se había apagado. Y fue su salvación. La sensibilidad de su alma se había mantenido firme y eso le hacia tener quizás oídos más atentos para darse cuenta del paso salvador que estaba acaeciendo a su lado.

¿Se nos apagará la fe cuando los problemas nos envuelven, cuando la necesidad nos aprieta, cuando nos vemos quizás tirados al borde del camino? Aunque vayamos aparentemente caminando con normalidad por los caminos de la vida ¿se nos habrá apagado quizás nuestra fe porque ya teníamos nuestras seguridades y nuestros apoyos en nuestras posibilidades o en lo que de normal íbamos haciendo?

Acomodados en nuestra vida y en nuestros caminos que vamos haciendo de un lado para otro ¿se nos habrán ido cerrando los ojos y los oídos del alma para no ser capaces de ver, para no querer escuchar aquellas estridencias de las cosas amargas que puedan suceder en nuestro entorno o puedan suceder a los demás y ya no queremos ver ni queremos oír?

¿Nos habremos ido cansando de lo dura que es la vida y de forma egoísta nos centramos solo en nuestras cosas queriendo desentendernos de los demás porque ya tenemos bastante con lo nuestro? Nos vamos encerrando de tal manera y perdiendo la sensibilidad que ya no somos capaces de escuchar el paso salvador de Dios a nuestro lado.

Pero fijémonos en un detalle último. Jesús a aquel ciego, al que han tenido que ayudar para que pudiera llegar a los pies de Jesús, ahora lo pone en camino. ‘Anda, le dice, tu fe te ha salvado’. Y el ciego se puso en camino, pero para seguir a Jesús en el camino de subida a Jerusalén que tanto iba a significar. Ahora ya él no era como aquellos que simplemente iban al lado de Jesús, sino que se puso a seguir el camino de Jesús. ‘Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino’.

¿Será ésa nuestra reacción tras el encuentro con Jesús que hemos tenido con este evangelio?


sábado, 23 de octubre de 2021

Nos enseña a mirar lo que nos sucede con ojos de fe y con el corazón puesto siempre en la misericordia del Señor y dispuestos a obrar con esa compasión con los demás

 


Nos enseña a mirar lo que nos sucede con ojos de fe y con el corazón puesto siempre en la misericordia del Señor y dispuestos a obrar con esa compasión con los demás

Romanos 8, 1-11; Sal 23; Lucas 13, 1-9

Segundas oportunidades en la vida, es lo que deseamos para nosotros y sin embargo no siempre sabemos ofrecerlas a los demás. Cuando las cosas no nos salen bien, queremos intentarlo de nuevo, aunque algunas veces parece que nos sentimos sin fuerza. Son las luchas de la vida de cada día, las cosas que emprendemos, el desarrollo de nuestras responsabilidades, una función que nos han encomendado, la tarea de la vida familiar y la educación de los hijos; y cometemos errores porque no somos perfectos y para aprender a veces hay que equivocarse, y las cosas no nos salen bien, y queremos probar de nuevo, y confiamos que aquellos que están a nuestro lado tengan la paciencia necesaria con nosotros para darnos esa oportunidad. Nos duele cuando son implacables con nosotros y no nos ofrecen esa segunda oportunidad.

Aunque quizás nosotros no seamos tan pacientes con los demás y nos volvemos exigentes e implacables y quien haya cometido un error ya perdió para siempre nuestra confianza. Es quizás no comprender el sentido de la vida, el valor de la vida que vamos construyendo y no siempre quizás sabemos cómo hacerlo. Es aprender a reconocer nuestra debilidad para ser más comprensivos con los demás. Es darnos cuenta de que no podemos ir cargándonos de culpabilidades ni tampoco creer que los fracasos que tengamos en la vida sean como un castigo a errores que hayamos cometido. Cosas así nos llenan el corazón de amargura y cuando tenemos el corazón atormentado más nos costará tener la serenidad para emprender de nuevo lo que antes habíamos errado.

Hoy Jesús de la higuera que aquel propietario tenía plantada en medio de su terreno pero que año tras año venía a recoger sus frutos pero no los encontraba. Estaba viendo la higuera como algo estéril en su vida y que no merecía la pena tenerla allí en medio de su campo; por eso encarga al agricultor que cuida de sus campos que la arranque, ¿para qué tenerla allí si no da fruto? Pero aquel hombre apegado al cultivo de la tierra tenía otros criterios. Por eso le pide al dueño que la deje un año más que él la va abonar y cuidar con especial cuidado para lograr que dé sus frutos.

Esa higuera somos nosotros, los que a pesar de tantos mimos que hemos recibido, sin embargo no llegamos a dar fruto. Y ahí nos quiere hablar Jesús de la paciencia de Dios que nos cuida, que nos ama, que nos está ofreciendo continuamente nuevas llamadas de gracia. Pensemos cuánto estamos recibiendo del Señor cada día desde la vida misma, cuánto es lo que hemos ido recibiendo a lo largo de nuestra vida. Y el Señor nos llama y espera nuestra vuelta a El.

Es un mensaje repetido en el evangelio; recordemos a aquel padre que espera pacientemente la vuelta del hijo para el que hará una fiesta cuando el hijo regresa definitivamente a la casa. Es el médico que ha venido por los enfermos, y espera que el pecador se baje de la higuera, que el publicano se levante del garito de los impuestos, que la mujer pecadora venga a llorar a sus pies, que Pedro reconozca y llore su negación y le prometa una y otra vez su amor. El Señor lo sabe todo y conoce nuestro corazón, que es débil pero que quiere poner amor, por eso sigue confiando en nosotros, dándonos no una segunda sino múltiples oportunidades.

El Señor que nos ha perdonado tantas veces como aquel rey la deuda de su criado, sin embargo nos recriminará cuando nosotros no somos capaces de perdonar al que le haya hecho algo por mínimo que fuera. Por eso nos enseñará a pedir ‘perdónanos como nosotros perdonamos a nuestros deudores’. Y le dirá a Pedro que no siete veces sino hasta setenta veces siete, porque El ha venido para ofrecernos siempre su perdón y su vida.

Nos enseña a mirar las cosas que nos suceden con ojos de fe pero con el corazón puesto siempre en la misericordia del Señor. Dios no es el que está con la vara justiciera detrás de nosotros para castigarnos sino con el corazón de Padre abierto siempre a la ternura y a la compasión. No miremos como castigos divinos aquellos fracasos que tengamos que sufrir en la vida o aquellos otros acontecimientos que nos pudieran dañar. Dios nos llama con su amor, espera nuestra respuesta, está siempre con los brazos abiertos del amor y del perdón. Ojalá aprendiéramos a ser así nosotros con los demás.