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jueves, 13 de agosto de 2020

Un amor que dignifica y un perdón que reconstruye es la experiencia de sentirse perdonados que nos lleva a perdonar con generosidad a los demás

 

Un amor que dignifica y un perdón que reconstruye es la experiencia de sentirse perdonados que nos lleva a perdonar con generosidad a los demás

Ezequiel 12, 1-12; Sal 77; Mateo 18, 21 – 19, 1

Hemos de reconocer que muchas veces no damos la medida; vamos en la vida de mezquinos y raquíticos en las medidas de humanidad que ponemos en el trato con los demás. Lo queremos todo para nosotros pero no somos capaces de compartir; y no me refiero tanto en este momento de aquellas cosas materiales que poseemos, que hemos conseguido o que se nos han dado que no somos capaces de compartirlas con los demás, sino de las actitudes que tenemos con los otros.

Queremos que sean generosos con nosotros, queremos que nos valoren o nos ofrezcan sus respetos, queremos que nos tengan en cuenta y mejor que sea en grado superlativo la valoración que hacen de nosotros, queremos ser bien tratados y que sean comprensivos con aquellas sombras negativas que pudieran aparecer en nosotros, pero no es la misma medida que tenemos con los demás, porque estamos prontos al juicio y a la condena, estamos prontos para descalificar o para marginar, estamos prontos para apartar de nosotros a quienes no nos caen bien sin darnos cuenta de que por nuestra manera de ser tampoco nosotros caemos bien a los demás.

Esto nos lo está planteando Jesús en el evangelio que hoy hemos escuchado. No sabemos valorar el amor que nosotros recibimos para ser igualmente comprensivos con los demás y amar con una medida igual. No sé si nos sentimos agradecidos cuando nos han ofrecido el perdón, al menos quizá nos habremos sentido liberados del peso de la culpa – bueno siempre estaremos buscando razones para disculparnos o para disimular – pero de la misma manera no somos capaces de perdonar a los demás. Y queremos imponer nuestras medidas, queremos que haya unos límites porque no siempre vamos a estar perdonando.

Es lo que le están planteando los discípulos a Jesús – Pedro siempre hace de portavoz – pero es lo que en el fondo nosotros llevamos también en nuestro corazón. ‘¿Cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano?’ Habría escuchado las palabras de Jesús por ejemplo en el sermón del monte cuando nos hablaba del amor a los enemigos y hasta rezar por aquellos que nos hayan hecho mal, pero todavía no han terminado de digerir las palabras de Jesús. ‘¿Hasta siete veces?’, preguntará Pedro.

Y Jesús nos pone un ejemplo, una parábola, para reflejarnos la mezquindad con que nosotros vamos por la vida a la hora del perdón, pero para que comprendamos la generosidad sin límites del amor del Padre. Ya conocemos la parábola; el hombre que tenía una gran deuda con su amo y señor y que cuando le piden cuentas ruega y suplica para que le condonen la deuda o al menos aplacen el pago, pero aquel amor generoso le perdona cuanto debía y era buena cantidad. Pero no actúa este hombre de la misma manera con quienes tienen deudas con él, porque al que no le paga lo mete en la cárcel y ya sabemos todas las consecuencias. Había sido perdonado de una gran deuda, pero no es capaz de perdonar la pequeñez que le debe su compañero. El raquitismo del egoísta y del insolidario, la mezquindad de quien no ha sabido apreciar lo que es el amor que ha recibido.

Cómo nos falta con tanta frecuencia la generosidad del amor en nuestro corazón. Decimos que amamos pero ponemos límites y medidas; decimos que amamos y vamos con mezquindades a la hora de repartir amor para con los demás; decimos que amamos y no terminamos de valorar y dignificar a aquellos a los que decimos que amamos. El amor no es simplemente lástima, es mucho más; el amor me tiene que llevar a engrandecer a la persona, comenzando por tratarla con toda dignidad, con toda la dignidad que toda persona se merece.

Y desde un amor que así dignifica surgirá de forma espontánea el perdón que reconstruye; con nuestro perdón no solo vamos a sentir lástima por aquella persona sino que vamos a ayudarla a que rehaga su vida, se reconstruya a sí mismo, comience a darse cuenta de su dignidad y que merece la valoración de toda persona; con el perdón va a sentir que lo amamos de verdad porque seguimos confiando en la persona y no tememos caminar a su lado sino que le tenderemos nuestras manos para aprender a caminar juntos; con un perdón así la persona se va a sentir curada desde lo más hondo de sí misma y se va a sentir llena de vida.

¿No es eso de alguna manera lo que nosotros hemos sentido cuando hemos recibido el perdón del Señor? Creo que tenemos que aprender a disfrutar del amor que Dios nos tiene cuando nos regala su perdón, y vamos a saber sentir esa alegría profunda en el alma. Seguro que si lo sentimos así, eso le ofreceremos generosamente a los demás cuando le regalamos también el perdón.

miércoles, 12 de agosto de 2020

No es solo aquello de que la unión hace la fuerza sino que nuestra comunión es también con Jesús que está en medio nuestro para ser la fuerza de nuestro amor

 

No es solo aquello de que la unión hace la fuerza sino que nuestra comunión es también con Jesús que está en medio nuestro para ser la fuerza de nuestro amor

 Ezequiel 9, 1-7; 10, 18-22; Sal 112; Mateo 18, 15-20

Creo que en esto estamos todos convencidos. La unión hace la fuerza. Es como un lema que utilizamos mucho en la vida. Cuando queremos emprender algo y deseamos que todos se impliquen acudimos a llamadas como ésta, que como un slogan proclamamos buscando la colaboración, la participación de todos en aquella tarea común, en aquella tarea que sabemos que es para bien de todos.

Aunque reconocemos también que en ocasiones nos ponemos renuentes, miramos de lejos, tenemos miedo de perder nuestra propia autonomía, pensamos quizá que podemos ser manipulados por los demás, tenemos nuestros criterios particulares que quizá puedan chocar con la manera de ver las cosas de los otros y se pone en peligro esa unidad deseada; afloran insolidaridades, egoísmos, nuestros orgullos, la cerrazón de nuestro corazón y como se suele decir no ponemos toda la carne en el asador.

Y de esto nos está hablando hoy Jesús en el evangelio. Porque cuidado que lo reduzcamos solo a algunos aspectos y no terminemos de ver toda la amplitud que tiene el mensaje de Jesús. Quiere Jesús que busquemos el encuentro, entremos en diálogo los unos con los otros, seamos capaces de abrir nuestro corazón aunque esté llagado y dolido por muchos males que se nos hayan metido dentro, nos aprestemos a colaborar juntos, pero ofreciendo nuestra mano de amistad, ofreciendo nuestra colaboración para ayudarnos a superarnos, seamos capaces de caminar juntos.

Podríamos decir que esto que estamos diciendo es prácticamente lo mismo que decíamos cuando hablábamos de la unión que hace la fuerza, pero creo que en el mensaje de Jesús hay mucho más. porque, por ejemplo, nos habla de algo que a todos nos cuesta mucho, que es el reconocer nuestros errores y nuestros tropiezos y el ser comprensivos con los demás para ofrecer nuestro perdón generoso.

Es tal la comunión que Jesús quiere que haya entre nosotros que no hemos de temer presentarnos ante los demás con nuestras debilidades o que el hermano llegue a mi lado para alentarme y decirme algo en lo que tengo que superarme. Cuánto nos cuesta que nos digan algo. Lo miramos como una humillación y no llegamos a descubrir que en el fondo es un acto de amor; porque nos aman nos quieren ayudar a superarnos, a hacer que reconozcamos esos errores y pongamos también el remedio para salir de ellos.

Y es cuando en esa comunión de amor que se crea entre los que queremos seguir a Jesús aparece la comprensión y la misericordia. Por eso seremos capaces de perdonar, porque a pesar de los pesares sabemos que podemos seguir edificando juntos, sabemos que podemos contar con el otro, sabemos que podemos seguir caminando juntos. El perdón no es solo borrar, por así decirlo, el mal que hayamos cometido sino la oportunidad de levantarnos, la oportunidad de rehacer nuestra vida, la posibilidad de caminar sin tener siempre encima el peso de lo que hayamos hecho. Es saber que somos aceptados tal como somos, porque todos reconocemos que no somos perfectos y todos tenemos muchas debilidades en la vida.

Es difícil muchas veces. Y están todas esas cosas que decimos tantas veces de que perdonamos pero no olvidamos, perdonamos pero cada uno por su lado, perdonamos pero ya no va a ser igual que antes, porque aparecen las desconfianzas y aunque hayamos dicho que perdonamos permanecen los resquemores en el corazón. Por eso tenemos que mirar a Jesús, tenemos que elevar nuestra mirada tal como nos dice Jesús en el evangelio que seamos compasivos y misericordiosos como lo es con nosotros nuestro Padre del cielo.

Pero hay algo más que simplemente aquello de que la unión hace la fuerza. Por una parte Jesús nos dice que cuando oramos al Padre y lo hacemos desde esa comunión que hay entre nosotros tenemos la certeza de que somos escuchados por nuestro Padre del cielo. Pero por otra parte nos está diciendo Jesús que cuando queremos vivir así unidos tenemos la seguridad de que El está con nosotros. No somos solo nosotros los que nos unimos y nos unimos por un interés, podríamos decir, de sacar algo adelante, es que Jesús está con nosotros.

El está en medio nuestro y será quien nos inspire esta nueva forma de vivir; con El a nuestro lado podremos superar todas aquellas suspicacias que decíamos que muchas veces se nos meten por dentro; con El a nuestro lado podremos rebosar de compasión y misericordia en nuestro corazón, para hacer que en él quepan todos a pesar de las oscuridades o debilidades que cada uno lleve consigo; pero El será quien nos dé la fuerza de su Espíritu para poder vivir esa comunión y ese amor.

martes, 11 de agosto de 2020

Tenemos que aprender a abajarnos en la vida para ponernos realmente a la altura del otro y poder mirarle directamente a los ojos desde la sinceridad del corazón

 
Tenemos que aprender a abajarnos en la vida para ponernos realmente a la altura del otro y poder mirarle directamente a los ojos desde la sinceridad del corazón

Ezequiel 2, 8 – 3, 4; Sal 118; Mateo 18, 1-5. 10. 12-14

Vivimos en una cultura de competitividad. Una palabra que refleja un estilo de vida lleno de luchas, que no nos importan que sean desleales, porque lo importante es ganar, quedar por encima del otro, arrebatar como sea ese primer puesto o ese poder porque queremos hacer relucir nuestro ego, nuestro orgullo. No es competencia en el sentido de hacer valer aquello en lo que somos competentes, en lo que tenemos unos valores o unas cualidades o unas capacidades que con el aprendizaje hemos desarrollado. Es el competir en un sentido de lucha que nos lleva a enfrentamientos, que nos hace ser dominantes, en que nos creemos poderosos buscando muchas veces solo nuestro beneficio personal. Todo vale entonces para lograr ese poder, todo vale en esa lucha y en la deslealtad a la que llegamos no importa la traición con tal de yo quedar vencedor.

Siempre estamos pensando en quién es más grande o más importante, quién puede más o en no dejar de ninguna manera que nadie esté por encima. Y eso nos ciega para ver los valores de los demás, para descubrir lo bueno que hay en el otro, para buscar un camino de colaboración para entre todos, cada uno según sus capacidades, sus competencias, cooperar para lo que sea lo mejor para todos. Hasta en lo que tendría que ser un juego en la vida que nos proporcionara diversión y entretenimiento ponemos por medio esa competitividad de lucha, de enfrentamiento y de pasión convirtiéndonos en rivales los unos de otros que casi en enemigos;  pensemos en lo que hemos hecho incluso de nuestros deportes.

Es una tentación que ha estado siempre en el hombre, en la humanidad. A todos nos pueden tentar esos brillos del poder, esa vanidad de la vida, esos orgullos que nos endiosan y cuando nos subimos a esos pedestales cómo nos cuesta bajarnos para caminar el camino llano donde todos nos sintamos hermanos. Vemos hoy en el evangelio que también los discípulos de Jesús sentían esa tentación. Desde el orgullo patrio en que vivían y en el que se sentían humillados bajo el poder de pueblos y poderes extranjeros, con la esperanza de un Mesías que les daría la gloria y la libertad, el estar cerca de aquel en el que pensaban que podía ser el Mesías, les hacía soñar también en esos brillos de poder. ¿Quién sería el más importante? Ya conocemos el momento en que dos de los discípulos, porque se sentían de la familia de Jesús, aspiraban a estar uno a la derecha y otro a la izquierda.

Jesús a estos sueños y aspiraciones que les aparecen hoy les ofrece la imagen de un niño y les dice que tienen que ser como niños. El niño que no ha entrado en ese juego de la competitividad de los mayores, el niño que es humilde y sencillo y en su ternura es amigo de todos, el niño que juega con los otros niños solamente por divertirse y pasarlo bien, el niño de esa sonrisa abierta y de esos ojos brillantes en los que aún no han aparecido las sombras de la ambición y de los orgullos que tan pronto aprenderán de los mayores, el niño que siempre es dado y servicial, que solo busca cariño y que siempre nos ofrecerá la ternura de su corazón en ese beso inocente que con tanta facilidad nos regala.

Así nos dice Jesús que tenemos que ser. Así tiene que ser la humildad y la ternura que se han de destilar siempre de nuestro corazón; así con esa generosidad de poner lo que somos y lo que llevamos de bueno en el corazón para que todos seamos felices, para que haya esa sonrisa franca y esa risa llena de alegría y alejada de amarguras; así con esa generosidad que le hace espontáneamente solidario y que sabe llorar con el que llora, pero que también está pronto para reír y cantar con el que expresa alegría en la vida.

‘En verdad os digo, nos dice, que, si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Por tanto, el que se haga pequeño como este niño, ese es el más grande en el reino de los cielos. El que acoge a un niño como este en mi nombre me acoge a mí’.

¿Aprenderemos de verdad que el Reino de Dios lo vamos a vivir desde cosas pequeñas? ¿Aprenderemos que no necesitamos hacer grandes cosas para vivir el Reino de Dios sino que esas cosas pequeñas de cada día las podemos hacer extraordinarias cuando llenamos la vida de humildad, sencillez, ternura, lealtad, amor y amistad verdadera? ¿Aprenderemos de una vez por todas a estar siempre a la altura del otro aunque pare ello tengamos que abajarnos, agacharnos para poder mirarle directamente a los ojos?

 

lunes, 10 de agosto de 2020

No nos gusta morir pero solo cuando somos capaces de morir a nosotros mismos daremos fruto de verdad siendo generadores de nueva vida

 

No nos gusta morir pero solo cuando somos capaces de morir a nosotros mismos daremos fruto de verdad siendo generadores de nueva vida

2Corintios 9, 6-10; Sal 111; Juan 12, 24-26

Todos habremos tenido alguna vez en nuestra mano una semilla, un grano de trigo por ejemplo, y no sé si nos habremos detenido a pensar en todo el significado de vida que esa pequeña semilla encierra. Pero quizá nos habremos dado cuenta que de nada nos sirve si la dejamos en ese estado en el que la tenemos en nuestra mano, una semilla que encierra vida, pero una semilla que si la queremos dejar así intacta con el paso del tiempo aquella potencia de vida que encierra se pierde.

Sin embargo tenemos que hacer que se pierda de ese estado en que se encuentra, porque o la trituramos para hacer de ella harina con la que elaboraremos el pan, o hemos de hacer que se pierda enterrándola para que pueda germinar y hacer que brote otra planta llena de vida que nos dará abundantes granos en sus espigas multiplicándose así incluso su vida. Pero al germinar, se pudre decimos, porque la semilla desaparece en si misma, parece que pierde la vida pero se potencia la vida en esa nueva planta que va a surgir generadora de nuevos frutos.

Es la imagen que nos está proponiendo hoy Jesús cuando nos dice que ‘si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto’. Y nos está hablando de si mismo, pero nos está hablando de lo que nosotros tenemos que ser.

Parece que a nadie le gusta morir, pero Jesús nos dice que si no morimos no damos fruto, que solo cuando se es capaz de morir a si mismo es cuando daremos fruto de verdad.

Creo que entendemos de verdad lo que quiere significar, porque nos habla no tanto de esa muerte en que un día nuestro cuerpo desaparecerá sino de esa entrega de amor que hemos de ser capaces de hacer de nosotros mismos, aunque nos parezca que nosotros somos anulados, pero que sin embargo en esa nuestra entrega, hasta la muerte si es preciso, seremos en verdad generadores de vida. Lo importante no es que nos reservemos para nosotros mismos, cosa que entraría en lo que podríamos llamar orden natural en cuanto que tenemos que preservar nuestra vida, sino que cuando entramos en la órbita del amor así nos vamos a dar, así nos vamos a olvidar incluso de nosotros mismos porque ya lo que nos importa es el bien de aquellos a los que amamos, a los que queremos amar.

Y escuchamos este texto del evangelio en la fiesta de san Lorenzo, aquel diácono de la Iglesia de Roma que sufrió la tortura del fuego hasta la muerte porque su vida había sido siempre para los demás. Como diácono su misión era el servicio y la atención a los pobres, por eso cuando el emperador de Roma le pide que le entregue las riquezas de la Iglesia, porque sabía que era el administrador de los bienes de la Iglesia de Roma, él reúne a todos los pobres de Roma y se los presenta al emperador diciéndole que aquellos son la riqueza de la Iglesia. Aquellos pobres a los que el diácono Lorenzo servía y atendía y por los que terminó dando su vida en el cruel tormento del fuego, como antes mencionamos.

Hay un aforismo que siempre se suele repetir y que la iglesia está muy convencida de ello y es que la sangre de los mártires es semilla de cristianos. Lo que decíamos antes del grano de trigo que al morir, al germinar se multiplica en una nueva espiga que contendrá numerosos nuevos granos, o que si se tritura para hacer harina se convertirá en fuente de vida al convertirse en nuestro alimento. Así la muerte es generadora de vida cuando somos capaces de entregarnos por el amor. ‘El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna’, termina diciéndonos Jesús.

domingo, 9 de agosto de 2020

Una barca que va atravesando el lago, una travesía que se hace costosa y con el viento en contra pero en el susurro silencioso de la suave brisa se hace presente el Señor

 

Una barca que va atravesando el lago, una travesía que se hace costosa y con el viento en contra pero en el susurro silencioso de la suave brisa se hace presente el Señor

1Reyes 19, 9a. 11-13ª; Sal 84; Romanos 9, 1-5; Mateo 14, 22-33

Una barca que va atravesando el lago, una travesía que se hace costosa y con el viento en contra parece que los brazos son pocos para hacerla avanzar, una sensación de soledad en el silencio de la noche porque aquel que más deseaban que estuviera con ellos los había apremiado a embarcarse pero él se había quedado en tierra, imágenes que aparecen ante sus ojos que les parecen frutos de su imaginación pero que no terminan de comprender todo su sentido. Una descripción de la situación anímica en que muchas veces nos encontramos en la travesía de la vida. Nos sentimos solos y sin fuerzas, parece que nunca vamos a alcanzar la meta hacia la que queremos avanzar.

Este episodio del evangelio que nos presenta la liturgia en este domingo lo podemos transportar y traducir a muchas situaciones en las que nos encontramos en la vida. No siempre los caminos son fáciles, no siempre logramos lo que ansiamos a la primera sino que muchas veces parece que todo se nos viene en contra. Lo pensamos a nivel individual de nuestras luchas particulares pero lo pensamos en el camino de nuestra sociedad y en el camino de la Iglesia.

Puede reflejar muy bien el momento presente de nuestra sociedad con sus crisis y con sus pandemias; porque ahora nos vemos muy afectados por esta crisis sanitaria que vive toda la humanidad y que luego se deriva en muchísimos otros problemas sociales que están desequilibrando la vida y el sentido y valor que le hemos dado a las cosas hasta el momento presente. Pero no es la única crisis del mundo de hoy tan envuelto en corrupción, con tantos intereses encontrados, con tantos enfrentamientos sociales de todo tipo, con la falta de paz en nuestro mundo tan lleno de violencias que no son solamente las guerras entre pueblos y naciones, sino en esa acritud con que vivimos la vida y con esa violencia que aparece a cualquier momento o a cualquier tensión.

El viento en contra. Son muchas las personas de buena voluntad que quieren un mundo mejor y por ello y para ello intentan trabajar pero aparecen tantas cosas que destruyen ese trabajo, rompen esas ilusiones, nos hacen perder la fuerza y el empuje que tanto necesitamos para ir levantando poco a poco ese mundo mejor. Pero son muchos los vientos en contra.

Y decíamos antes también es el camino de la Iglesia. Los que creemos en Jesús hemos sido enviados al mundo con una Buena Nueva de salvación y así la Iglesia va atravesando esas aguas procelosas de nuestro mundo que tantas veces incluso se le vuelve adverso. Hubo quizá momentos de cristiandad en que todo parecía triunfalismo y nos creíamos que ya el mundo estaba convertido al evangelio, pero nos vamos dando cuenta de cuántos vacíos hay en nuestra sociedad, de cuánta falta la fe y cómo en tan poco valor se tienen los valores del Evangelio.

El mundo que nos creíamos tan religioso no lo es tanto porque un nuevo paganismo aflora por todas partes y algunos quieren incluso resucitar viejas tradiciones paganas porque nos dicen que no teníamos derecho a transformar nuestro mundo según los valores del evangelio. Son muchos los vientos en contra con los que nos encontramos y sentimos también en ocasiones, por nuestra falta de fe, una sensación de soledad y casi como si estuviéramos abandonados a nuestra suerte.

Y nos pueden aparecer fantasmas que nos confundan. O quizá nosotros mismos nos creamos expectativas de cosas extraordinarias, milagros espectaculares en los que queremos encontrar a Dios y encontrar el camino de salvación que El nos ofrece. Pero hoy nos está pidiendo que sencillamente nos mantengamos firmes en nuestra fe, sin desconfianzas ni miedos, sin buscar cosas espectaculares, sino sabiendo sentir en silencio esa mano de Dios que está con nosotros, nos levanta, y nos hace sentir su presencia con nosotros en la barca. Pedro quizá quiso hacer cosas espectaculares y él caminar también sobre las aguas, pero cuando se levantó un poco de viento y se movieron un poco las olas dudó y casi se hundía.

Pero allí estaba el Señor, aquí está el Señor tenemos que decir con toda confianza. Y hacer silencio en nuestra oracion para escuchar el susurro de su presencia y el susurro de amor de sus palabras. Elías allá en el monte de Dios no lo encontró ni en la tormenta ni en el viento impetuoso, lo sintió y experimentó en el silencio de la suave brisa. Tenemos que aprender a saborear esa suave brisa de la presencia del Señor en nuestra vida, en medio de nuestras tormentas, nuestras luchas, nuestras dudas, nuestros miedos e incertidumbres, en medio de ese mundo revuelto en el que vivimos y que nos parece que no sabemos como vamos a salir adelante. Cada uno pensemos también en nuestras propias tormentas personales. A través de todo eso y en el silencio de nuestro corazón nos habla el Señor, se hace presente el Señor.

Pero ahí está el Señor, que viene a nosotros cuando está el viento en contra, que viene a nosotros en la suave brisa, que viene a nosotros en el silencio de la montaña, que viene a nosotros cuando nos parece que nos sentimos en soledad pero El nos hace sentir a su manera las llamadas del amor.

sábado, 8 de agosto de 2020

Como un faro de luz que ilumina en la noche las tenebrosas oscuridades para hacernos encontrar el camino reflejemos la luz de Cristo que sigue sentido de vida para el hombre de hoy

Como un faro de luz que ilumina en la noche las tenebrosas oscuridades para hacernos encontrar el camino reflejemos la luz de Cristo que sigue sentido de vida para el hombre de hoy

Isaías 52, 7-10; Sal 95; Mateo 5, 13-19

La luz es para ponerla donde alumbre; si es luz tiene que iluminar, no la podemos ocultar, su brillo y resplandor hará que veamos con claridad; y cuando vemos con claridad los peligros se alejan, la seguridad está garantizada, veremos con claridad el camino, podremos salvar los obstáculos, nos da confianza en nuestro caminar.

Pero hay luces que nos engañan, o que no están en el lugar adecuado, o que encandilan y nos ciegan porque no nos ofrecen la claridad adecuada. Algunas veces tendemos a difuminar las luces, o con ellas queremos resaltar lo que nos apetece y dejamos en sombras lo que no nos gusta, pero que no deja de estar ahí; por su situación o por los intereses de donde están colocadas quizás nos pueden distraer o engañar porque no nos ofrecen la realidad, la verdad auténtica. Tenemos que discernir bien para que no nos entre confusión.

Jesús nos habla de la luz, de lo importante que es la luz, donde podemos encontrar la verdadera luz y como nosotros tenemos que reflejar esa luz, siendo luz para los demás. Tenemos que entenderlo muy bien, porque con demasiadas confusiones andamos en la vida; hay muchas ocasiones en que nos parece que andamos a oscuras porque nubarrones de sombras se ciernen sobre la sociedad en la que vivimos, sobre nosotros mismos que nos llenamos de confusiones. Los problemas que nos van apareciendo en la sociedad, cada día parece que más multiplicados, nos meten en un callejón de confusiones que nos parece que somos tragados por las oscuridades de la vida. Pudiera sucedernos que de donde tendríamos que esperar esa luz que nos ilumine no nos llega o nos llegan confusiones.

Y tenemos que preguntarnos donde estamos los cristianos en ese mar de confusiones de nuestro mundo. Nos decimos cristianos pero parece en ocasiones que nos faltan seguridades; porque no hemos echado bien el ancla donde teníamos que echarla. El ancla sirve para que el barco no se vaya a la deriva empujado por los vientos o la Marsella. El buen marino sabe bien donde echarla para darle seguridad a su embarcación. Y nosotros ¿habremos anclado bien nuestra vida en Jesús? ¿Nos habremos de verdad dejado iluminar por su luz? Porque quizá esas confusiones en que nos vemos envueltos es porque no nos hemos dejado iluminar bien por la luz de Jesús.

Tenemos que dejar que esa luz de Jesús que nos llega en su evangelio ilumine de verdad cada rincón de nuestra vida; así encontraremos sentido a cada cosa, encontraremos seguridad en cualquier situación, veremos claramente el sentido de las cosas, podemos convertirnos en faros de luz, que reflejen la luz de Cristo, para todos cuantos están a nuestro lado. Tenemos que ser luz en medio del mundo; el testimonio de nuestra vida bien iluminada por Cristo tiene que ser ese faro de luz que oriente, ayude a encontrar el rumbo a los que están a nuestro lado.

Como ese faro que en la noche ilumina las aguas tenebrosas de nuestros mares y por su posición y por los guiños que nos hace nos previene de los peligros, nos señala el buen rumbo, nos hace navegar con seguridad. Eso tenemos que ser en medio del mundo para que no se ahogue en sus oscuridades, pero igual que el faro marítimo tiene que funcionar bien, así nosotros tenemos que reflejar de manera acertada en nuestra vida esa luz de Cristo que nos ilumina.

Nos estamos haciendo esta reflexión a partir del evangelio que escuchamos en la fiesta de santo Domingo de Guzmán que hoy celebramos. El fue un faro de luz en su tiempo, tenebroso y tan lleno de herejías contra las que luchó con su predicación. Así nació la Orden de Predicadores con esa vocación de llegar la luz del mensaje de Jesús por el mundo con la predicación. Así su testimonio sigue ayudándonos hoy e impulsándonos a que llevemos la luz, a que demos ese testimonio de la verdad que solo en Cristo encontramos y que será la auténtica orientación también para la vida de los hombres y mujeres de hoy envueltos también en tantas oscuridades.

Seamos ese faro de luz que señalemos el buen camino para no hundirnos en las tenebrosidades de tantas oscuridades que nos acechan a los hombres y mujeres de nuestro tiempo.


viernes, 7 de agosto de 2020

Queremos la felicidad pero busquemos el camino por el que haciendo felices a los demás podemos todos disfrutar de la dicha del amor

 

Queremos la felicidad pero busquemos el camino por el que haciendo felices a los demás podemos todos disfrutar de la dicha del amor

Nehemías 2, 1, 3; 3, 1-3, 6-7; Salmo: Dt 32; Mateo 16, 24-28

Tenemos que reconocer que nos gusta una vida cómoda y fácil; cuando nos llegan los momentos de los sacrificios, de apretarnos el cinturón, de ver que no podemos conseguir todo aquello que ansiamos o que nos han prometido poco menos que nos ponemos de mal humor y parece que la vida se nos hace insoportable y no merece la pena vivirla.  Nos han hablado tanto de la sociedad del bienestar que nos hemos llenado de tantas ilusiones y fantasías que cuando nos vienen situaciones, por ejemplo, como la que estamos padeciendo ahora poco menos que nos angustiamos y parece que el mundo se nos cae encima.

No digo que no tenemos que desear la felicidad y luchar por alcanzarla de la mejor manera posible, pero también tenemos que decir que tengamos cuidado nos confundamos en lo que verdaderamente nos da la felicidad y no busquemos una felicidad honda y estable, sino momentos efímeros que pronto se evaporan. Pero ya ahora mismo en ese deseo de felicidad que tenemos hemos hablado también de lucha, que no son guerras, sino esfuerzos, caminos de superación, búsqueda de verdad de lo que nos puede hacer felices y entonces quizá tengamos que dejar de lado cosas que nos parecían que nos podían dar la felicidad pero nos damos cuenta de que por ahí no está el camino de esa verdadera plenitud de la persona.

Si vamos siguiendo el hilo de esta reflexión comprenderemos mejor las palabras de Jesús que hoy le hemos escuchado en el evangelio. Quizá sea un evangelio que en una primera apariencia nos parezca duro y que Jesús se nos está poniendo con unas exigencias que no terminamos de comprender. Ya hemos dicho que para conseguir esas metas y esos ideales tenemos que luchar, esforzarnos, hacer caminos de superación.

¿Y que es lo que nos está pidiendo hoy Jesús en el evangelio? No lo veamos con un sentido negativo, sino démonos cuenta de que para llegar a esa meta necesitamos crecer, y crecer significa también dejar atrás muchas cosas de niño que no nos valen como adultos. Crecer duele muchas veces porque el camino de superación es exigente, es cierto, pero lo importante es que veamos la felicidad de una plenitud del ser, una plenitud de vida donde hemos desarrollado todo lo mejor de nosotros mismos dándole brillo a esas perlas preciosas que hay en nuestra vida en esos valores que vivimos.

Jesús hablaba de un tesoro escondido que alguien un día se encontró en un campo; quería tener aquel tesoro, deseaba tener aquel campo para hacerse dueño del tesoro, pero para comprar aquel campo vendió todo lo que tenía. Renunció a unas cosas para tener algo mejor.

Nos encontramos con ese tesoro que es Cristo, que es su evangelio, y tenemos que ser capaces de valorarlo como lo más importante de nuestra vida, y que merece la pena todos los sacrificios que tengamos que hacer por poseer ese tesoro. Jesús hoy nos habla de negarse a sí mismo, de renunciar a algo para obtener lo mejor, de ser capaces de olvidarnos de nosotros mismos cuando nos damos cuenta lo felices que somos cuando nos damos por los demás, de arrancarnos de nuestros egoísmos y nuestros orgullos para sentir y disfrutar del gozo del amor cuando todos nos sentimos hermanos y vemos los felices que pueden ser los demás y lo felices que nosotros llegamos a ser haciendo felices a los que nos rodean.

No son negaciones por negaciones, no son cruces por si mismas como si sádicamente amaramos el dolor, es descubrir el tesoro y hacer todo lo posible por alcanzarlo. Es descubrir la verdadera grandeza del amor y ser capaces de amar con ese amor de entrega y de donación por los demás porque lo que queremos es que todos amen, que todos nos amemos, y que todos seamos verdaderamente felices disfrutando del amor que recibimos de los demás. Seremos nosotros entonces de verdad felices porque aunque nos cueste arrancarnos de nuestro yo egoísta vemos muy felices a los demás.

jueves, 6 de agosto de 2020

Subir al Tabor no es para quedarnos extasiados porque allí estamos bien sino punto de partida de nuevos caminos y nuevos horizontes que se pueden abrir ante nosotros

Subir al Tabor no es para quedarnos extasiados porque allí estamos bien sino punto de partida de nuevos caminos y nuevos horizontes que se pueden abrir ante nosotros

2 Pedro 1, 16-19; Sal 96; Mateo 17, 1-9

¡Qué bien se está aquí! ‘Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí!’ La reacción de Pedro y por asentimiento de los otros dos discípulos que habían subido con Jesús aquella montaña alta. La reacción que tenemos cuando nos sentimos a gusto en un lugar, sobre todo después quizás de un esfuerzo grande y llega el momento de relax, de descanso, de pausa, de silencio después de la algarabía.

En las carreras locas en que muchas veces vamos por la vida que parece que nunca tenemos tiempo para detenernos si un día llega ese momento en que podemos parar y relajarnos, ya no queremos salir de allí; ansiamos esos momentos como los de gran felicidad, aunque no siempre sabemos aprovecharlos. Quizá son esos momentos que tantos deseamos en medio de los problemas de la vida, los momentos que buscamos aunque algunas veces los tenemos más cerca de lo que pensamos cuando la vida se nos desestabiliza y perdemos la rutina de lo que veníamos haciendo un día y otro.

Deseamos quizás ese momento que nos ayude a pensar, lo tenemos a mano, pero seguimos buscando otras rutinas u otras carreras como las que siempre habíamos vivido y no aprovechamos las oportunidades que se nos ofrecen que quizá podrían ser un buen arranque para un cambio a mejor en la vida. En los últimos meses la vida, la situación que hemos vivimos y seguimos viviendo nos obligó a hacer paradas, a dejar a un lado esas carreras locas, pero buscábamos quizá en qué entretenernos y no hemos sabido sacarle jugo a toda esta situación. Pero quizá seguimos diciendo ¡qué bien se está aquí si esto durara!

Me estoy haciendo toda esta reflexión a partir de esa frase que le salió espontánea a Pedro cuando contempló aquellos momentos de gloria en el Tabor, que también le llenarían de mucha paz en el corazón. Jesús se los había llevado a aquella montaña alta, haciendo una pausa en aquel caminar de un lado para otro en medio de las llanuras y aldeas de Galilea, porque al manifestarles su gloria en la transfiguración aquello podía ser un buen punto de partida para que terminaran de comprender todo el Misterio de Dios que en El se manifestaba y que fuera además preparación para los momentos duros que se avecinaban en la cercana pascua en Jerusalén.

Aquello  había sido un momento, un momento importante, pero por muy bien que estuvieran no se podían quedar allí. Había que seguir el camino hasta la Pascua, había que bajar de nuevo de la Montaña de la Transfiguración porque tendrían que llegar a la montaña de la pascua, de la pasión y de la muerte para poder finalmente contemplar la gloria de la resurrección de la que ahora estaban como pregustando sus mieles. De alguna manera para los discípulos era incierto lo que se avecinaba, aunque Jesús bien sabía cuál era el camino.

Como nosotros que seguimos en el camino de la vida, volviendo quizá a los mismos caminos y viéndonos obligados a emprender otros distintos. Es lo que tenemos que descubrir, es a lo que tiene que ayudarnos este parón que en la vida estamos haciendo. El camino que iban a recorrer Jesús y sus discípulos hasta llegar al calvario y a la mañana del sepulcro vacío realmente para ellos iba a ser un camino nuevo. Jesús les estaba preparando porque tras la pascua vendría el envío, y sí que tendrían que emprender nuevos caminos iluminados solo por la fe.

¿No necesitaremos nosotros también esa luz de la fe? Cuantos nuevos horizontes pueden aparecer en nuestra vida a donde dirigir nuestros caminos. Y saldremos de estas situaciones, y nos arrancaremos de nuestros problemas, y tendremos en muchas ocasiones que emprender una vida distinta que se nos presenta bastante incierta en las decisiones que tendremos que tomar. Pero la luz del Tabor tiene que seguir iluminándonos en esa bajada de la montaña y ese camino que vamos a realizar y que tenemos que hacerlo con un sentido nuevo.

Cada uno pensemos en nuestra situación, en nuestros problemas, en nuestras dudas y hasta en nuestros miedos, cada uno pensemos en ese camino que el Señor nos está llamando a recorrer.

 


miércoles, 5 de agosto de 2020

Mantengamos viva la humildad y el amor que serán como ese lazo hermoso que nos unirá y nos acercará a Jesús para encontrar la vida y la luz que tanto necesitamos

Mantengamos viva la humildad y el amor  que serán como ese lazo hermoso que nos unirá y nos acercará a Jesús para encontrar la vida y la luz que tanto necesitamos

Jeremías 31, 1-7; Sal.: Jer. 31, 10-13; Mateo 15, 21-28

‘Ten compasión de mí, Señor Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo’. Estaban fuera del territorio de Palestina. Por tierras paganas de Tiro y Sidón. Se ha alejado Jesús de su territorio habitual en el centro de Galilea, los alrededores del Mar de Tiberíades y ha llegado a tierra de fenicios, a tierra de paganos. Pero hasta allí ha llegado su fama y una mujer que tiene una hija enferma acude a Jesús. Acude a Jesús y emplea términos propiamente judíos para suplicar a Jesús, lo llama Hijo de David. Y la mujer confía e insiste.

Cuando en otros momentos hemos visto a Jesús tan cercano de los que sufren, como llega hasta donde está aquel de quien nadie se acuerda o se deja tocar el manto por quienes acuden a El con la confianza de solo eso es suficiente para alcanzar la salud que piden, o está dispuesto a ponerse en camino para llegar a la casa donde está el enfermo, como desea con el criado del centurión o como camina con Jairo que le pide por su hija que está en las últimas, nos sorprende en esta ocasión porque desoye la suplica de aquella mujer.

Cuando los discípulos se convierten incluso en intercesores, al menos quizás por quitarse de encima la cantinela de aquella mujer, Jesús responderá que solo ha sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel. Será lo que en otro momento le escuchamos recomendar a los discípulos cuando los envía con su poder a predicar por delante de El. En el dialogo que establece finalmente entre aquella mujer y Jesús será ese también el sentido de sus palabras utilizando incluso el lenguaje duro que empleaban los judíos para referirse a los gentiles. Pero aun así vemos que Jesús escucha. Si surge aquel dialogo en que se pone a prueba la fe de aquella mujer será porque Jesús está viendo más adentro que nosotros y sabe de la fe de aquella mujer. Así lo alabará finalmente, ‘grande es tu fe’.

Hay momentos en que se nos hace largo el tiempo de la prueba. Parece que no terminamos de ver la luz al final del camino o los tropiezos que encontramos en el camino se hacen interminables. Como cuando vamos por una carretera peligrosa y en malas condiciones de viabilidad, en medio quizá de barrancos y precipicios y aunque el trayecto no ha sido largo en distancias, sin embargo se nos hace interminable en el tiempo porque nos parece que en cualquier momento todo  nos va a fallas y nos vamos a ir por el precipicio.

Son en muchas ocasiones los problemas en los que nos vemos envueltos a nivel familiar o a nivel laboral a los que nos cuesta encontrar salida, serán las enfermedades donde avanzamos y retrocedemos una y otra vez en ese ansiado camino de curación, ya sea en lo que pasamos nosotros, ya sea en lo que contemplamos en seres queridos, en amigos o en personas cercanas a nosotros que vemos luchando con la enfermedad con deseos de vida, serán los momentos de crisis que se puede estar pasando en la sociedad como la misma situación que estamos atravesando que parece que se hace interminable.

Son momentos difíciles, momentos de oscuridad, momentos de silencio como respuesta a nuestros gritos, serán momentos en que quizás nos vemos solos porque los apoyos que deseamos parece que han desaparecido. Pero es el momento de no tambalear en nuestra fe aunque se nos hace difícil. Queremos poner toda confianza en Dios porque sabemos que El tiene para nosotros una respuesta que tanto nos cuesta escuchar. ¿Seremos capaces de mantener la confianza de aquella mujer fenicia que acudía a Jesús con insistencia aunque pareciera que Jesús se hacia oídos sordos a su súplica?

Al final escucharemos esa palabra tan confortadora de Jesús. ¡Qué grande es tu fe! Mantengamos viva la humildad y el amor  serán ese anillo o ese lazo hermoso que nos unirá y nos acercará a Jesús para encontrar esa vida y esa luz que tanto necesitamos.


martes, 4 de agosto de 2020

Hacer las cosas porque siempre se ha hecho así o porque son las costumbres que nos enseñaron se nos puede quedar en un ritualismo tan vacío como el lavarse las manos para los fariseos


Hacer las cosas porque siempre se ha hecho así o porque son las costumbres que nos enseñaron se nos puede quedar en un ritualismo tan vacío como el lavarse las manos para los fariseos

Jeremías 30, 1-2. 12b-15. 18-22; Sal 101; Mateo 15, 1-2. 13-14

En los momentos que vivimos parece que se ha puesto de modo de nuevo el lavarnos las manos para todo; nos encontramos en la entrada de cualquier establecimiento o de cualquier lugar publico el gel que se nos facilita para que podamos realizar ese preceptivo lavado de manos. Como si no nos hubieran enseñado desde pequeños que tenemos que ser limpios y tenemos que lavarnos frecuentemente las manos. Ahora con el tema de la pandemia y la prevención con que hemos de actuar – lo que parece muy conveniente y necesario – se ha convertido en norma de obligado cumplimiento. ¿Podríamos llegar a convertirlo hasta en un rito religioso?

Bueno, eso es lo que parece que pasaba en tiempos de Jesús. Lo que era una norma higiénica necesaria, pensemos que en su origen el pueblo hebreo era un pueblo nómada y trashumante que andaba por los desiertos de un lugar para otro, en contacto con sus ganados porque esa era su principal actividad; necesarias eran esas normas de higiene que habría que imponer de la forma que fuera necesario, pero que vemos como luego llegaron a convertirse en unos ritos relacionados con la impureza o no impureza que les permitía o no acercarse a lo sagrado. Ahora estaban los fariseos tan rigoristas que hacían tanto hincapié en la pureza o la impureza y para quienes tocar cualquier cosa que estuviera manchada de alguna forma se consideraba causa de esa impureza.

Es lo que ahora vienen reclamando a Jesús.  Sus discípulos no se lavan las manos. El ritualismo con que vivían la vida les hacia aferrarse a esas cosas como ritos, pero que luego estaban tan lejos en su corazón de vivir una verdadera pureza y santidad de vida. Y Jesús es tajante en su respuesta. No es lo que entra de fuera lo que hace impuro al hombre, sino que es lo que sale del corazón, de un corazón lleno de maldad, lo que verdaderamente mella la santidad de vida que hemos de vivir. Apegados a su ritualismo no lo entienden, y como le dicen los discípulos a Jesús, los fariseos se han escandalizado con la respuesta que Jesús les había dado. Les parece que Jesús no le da importancia a aquellos ritos que estaban prescritos en la ley de Moisés. Como responde Jesús ahora son ciegos que no quieren ver.

¿Andaremos nosotros cegados de la misma manera? porque eso es lo que ahora tenemos que preguntarnos. No se trata ahora de unas costumbres o de unos ritos, no se trata de unas normas para una buena convivencia o con lo que queremos cuidar nuestra salud, sino de lo que en verdad llevamos en el corazón.  Algunas veces nos hemos hecho también una religión de ritos y de costumbres, que hacemos una serie de cosas porque como decimos tantas veces ‘siempre se ha hecho así’, o son las costumbres que nos enseñaron. ¿Y nuestro corazón donde está cuando realizamos esas cosas?

Por ejemplo, los cristianos celebramos el día del Señor y lo hacemos el domingo porque recordamos el día en que resucitó el Señor; para nosotros se ha convertido en un precepto la asistencia a la Misa dominical y los que decimos que queremos ser buenos cristianos no podemos dejar de pasar un domingo sin nuestra participación en la Eucaristía dominical. Es justo, es necesario, es importante en nuestra vida que celebremos nuestra fe y que lo hagamos en la comunidad y con la comunidad y por eso nos reunimos el día del Señor.

Pero quizá tendríamos que detenernos un poco a pensar cómo lo hacemos, cómo vivimos esos momentos, ¿nos contentamos con nuestra asistencia, con el rito de la celebración o hay una vivencia más profunda desde lo hondo del corazón? No se nos puede quedar para que sea auténtico simplemente en el cumplimiento de un precepto; el precepto nos ayuda, nos educa, nos hace entrar en la dinámica, pero no se nos puede quedar en el ritualismo, tenemos que poner vida, poner todo nuestro corazón en lo que hacemos para que sea en verdad vida para nosotros.


lunes, 3 de agosto de 2020

Detrás de las experiencias fuertes nos pueden venir las turbulencias de la vida que nos desestabilizan pero hagámosle sitio a Jesús en la barca de nuestra vida

Detrás de las experiencias fuertes nos pueden venir las turbulencias de la vida que nos desestabilizan pero hagámosle sitio a Jesús en la barca de nuestra vida

Jeremías 28, 1-17; Sal 118; Mateo 14, 22-36

La experiencia que habían vivido allá en el descampado será algo para nunca olvidar. Aquella multitud que había comido aquel pan multiplicado y compartido milagrosamente desde la inmensa compasión que desbordaba del corazón de Cristo. No solo habían sido muchos los que se había curado con la presencia de Jesús y su amor misericordioso sino que hambrientos de pan pero también de paz y de esperanza en Cristo se habían saciado plenamente. Y aquello lo habían vivido en primera persona aquel grupo de los discípulos a los que Jesús les había dicho que les dieran de comer, aunque solo tuvieran cinco panes y dos peces.

Pero algunas veces tras las experiencias fuertes nos quedamos como aturdidos, sin terminar de comprender y asimilar todo lo que se ha vivido y vienen los momentos posteriores que en cierto modo pueden ser de turbulencia interior, con interrogantes, con dudas,  con cosas que se vuelven oscuras y no se terminan de ver con claridad, que pueden en cierto modo hasta desestabilizarnos para parecer que nos hundimos ante tanta inmensidad.

Lo que nos narra hoy el evangelio sucedido en el lago después del milagro de la multiplicación de los panes puede ser signo de cuanto en nuestro interior nos sucede y camino que nos lleve a buscar donde encontrar la verdadera seguridad. De entrada quizás los mismos discípulos no terminaran de entender el apremio de Jesús para que subieran en la barca y atravesaran el lago. Pero la travesía comenzó a hacérseles costosa; las aguas del lago andaban revueltas, el viento lo tenían en contra y por más que lucharan contra los elementos no lograban avanzar. Como esos espejismos que aparecen en las travesías de los desiertos o en la misma oscuridad de la noche del lago o del mar, creen ver fantasmas porque contemplan a Jesús que camina sobre las aguas. Comienzan las dudas y los temores, el miedo va a apoderándose de su espíritu y ya no saben si ponerse a gritar o querer ellos caminar también sobre el agua.

‘Soy yo, no temáis’, les dice Jesús que les está saliendo al encuentro en medio de aquellas turbulencias que eran más en sus espíritus que lo que pudiera estar sucediendo en el lago. Pero la duda persiste y Pedro pide pruebas porque él también quiere caminar sobre el agua.  Como en las turbulencias de la vida nos gustaría caminar sobre el agua, sobre todos esos problemas como si a nosotros no nos afectaran; es el milagro que siempre pedimos, las cosas extraordinarias que nos gustaría que sucedieran para vernos libres de esas pesadillas que nos acosan. ¿No lo estaremos pidiendo también ahora en la situación concreta en que vivimos donde no sabemos como vamos a salir de estas crisis y de estas pandemias? Pero será otra la manera cómo el Señor se nos manifestará en nuestra vida, y tenemos que descubrirlo.

Jesús le tiende la mano a Pedro que se hundía, ellos le hacen sitio en la barca y ya Jesús está con ellos y parece que todo de nuevo ahora sí vuelve a la calma. ¿Tendremos que hacerle sitio a Jesús en la barca de nuestra vida? ¿Tendremos que aprender ir nosotros hasta Jesús para estar de nuevo con El en su barca y nuestra vida se llene de nueva luz? ‘Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?’ recrimina Jesús a Pedro, a los discípulos y a nosotros también.

Demasiado queremos remar en la vida a nuestro aire, a nuestra manera, solo con nuestras fuerzas y nos olvidamos que el verdadero navegante es el Señor y es El quien nos enseña y quien nos da fuerza. Se nos pasa desapercibido un detalla de este evangelio y es que cuando Jesús apremió a los discípulos a que se subieran a la barca para atravesar el lago, Jesús se fue a la montaña El solo a orar. ¿Cuándo aprenderemos a irnos a la montaña con El? Estos próximos días de nuevo se nos va a recordar esa subida a la montaña para orar.


domingo, 2 de agosto de 2020

Quien de verdad es compasivo en su corazón jamás pasará de largo ante el sufrimiento de los demás siendo capaces de poner a disposición los cinco panes de nuestra pobreza

Quien de verdad es compasivo en su corazón jamás pasará de largo ante el sufrimiento de los demás siendo capaces de poner a disposición los cinco panes de nuestra pobreza

 Isaías 55, 1-3; Sal 144; Romanos 8, 35. 37-39: Mateo 14, 13-21

Quien de verdad es compasivo en su corazón jamás pasará de largo ante el sufrimiento de los demás. Creo que el evangelio que hoy se nos ofrece en la liturgia y escuchamos es buena prueba de ello. El que verdaderamente es compasivo es aquel que sabe ‘padecer con’ porque sabe sentir como propio el sufrimiento del hermano; es algo más que decir ‘pobrecito’ en esa palabra que llamamos compasiva y que nos puede salir como espontánea ante el sufrimiento que contemplamos. Podemos decir pobrecito pero lo vemos separado de nosotros, lejano de nuestra vida, y se trata de algo más porque sufrimos en nuestro corazón el sufrimiento de los otros. Y como decíamos, no podemos pasar de largo que si nada hubiéramos visto o como si nada hubiéramos sentido.

Es lo que vemos que le sucede a Jesús cuando llega a aquel lugar que había buscado por apartado y descampado, pero que se encuentra con una muchedumbre que está esperándolo. Sintió compasión, dice el evangelista, se le enternecieron las entrañas, los amaba con un amor salido de sus entrañas de lo más hondo de si mismo, y nos dice el evangelista que se puso a curar. No tenía prisa, quería llegar a todos y para cada uno quería tener su palabra o su gesto de amor. Se le pasó el día, porque suponemos por lo que nos viene narrando el evangelio que llegaría a aquel lugar en la mañana o el mediodía. Pero comenzó a caer la tarde y seguía derramando amor.

Como se hace tarde son los discípulos los que vienen a decirle a Jesús que despida a la gente para que puedan llegar a algún lugar donde encuentren qué comer. Algo de aquel amor se estaba contagiando también en el corazón de los discípulos, porque ya están atentos a las horas y a las necesidades de aquella gente. Pero aun les falta algo. Es por eso que Jesús les dice: ‘Dadle vosotros de comer’.

¿Qué podían ellos ofrecer si solo llevaban sus pobres provisiones? Por eso su preocupación es que lleguen a algún sitio donde puedan encontrar.  Pero la indicación de Jesús es tajante. ¿Han comenzado a sentir compasión por aquellas gentes? No pueden pasar de largo. Estaban haciendo un análisis bien hecho, porque incluso vendrían diciendo que había quien tenía cinco panes y dos peces.

Pero la compasión no es un análisis frío. Tantas veces nosotros actuamos así. Son tantos los problemas, es tanta la gente que pide porque pasa necesidad, la situación por la que estamos pasando es grave y es difícil poder llegar a todos, tenemos que buscarnos prioridades, todo eso está en estudio porque hay que analizarlo bien, son respuestas que escuchamos o que damos. Y mientras, allí está el sufrimiento, la angustia, la necesidad, la soledad, el abandono. Y parece que nos quedamos tan insensibles que nos vamos a casa y ya le daremos solución otro día. Es duro pensar en todo esto, pero hay que pensarlo.

Aquella compasión que como una llama viva estaba ardiendo en el corazón de Cristo pronto comenzó a extender sus llamaradas. El fuego se contagia y se difunde, así el amor compasivo. Por eso, como un signo, como una señal aparecerá aquel muchacho con aquellos pocos panes y peces, aunque se sabía que no eran nada para tantos. Pero allí están a los pies de Jesús y aquel pan comienza a multiplicarse en la medida en que se comparte y todos comerán y hasta sobrarán doce cestos de panes que se recogen para que no se pierdan.

Son las maravillas del amor. Son las maravillas que hace el Señor cuando nos dejamos contagiar por su amor. Es el milagro de la multiplicación de los panes como así lo llamamos y lo de menos es como se haya realizado, porque lo importante es haberse contagiado de la compasión y del amor del Señor. Y eso es lo que nosotros necesitamos. Como se suele decir, otro gallo nos cantaría.

Claro que si que emplearemos todos los medios técnicos o científicos que estén a nuestra mano para conocer la realidad. Pero bien sabemos que no se trata de números sino de personas, no son solo unas estadísticas que podemos elaborar para un análisis de causas y de soluciones, pero en todo esto hay que poner algo más. No nos puede faltar la compasión verdadera, no nos puede faltar el espíritu del amor. Y entonces sentiremos también esa angustia en nuestro corazón, y no nos podremos quedar quietos ni pasar de largo porque haya otras muchas cosas que hacer.

Hoy la Iglesia está queriendo dar esa respuesta del amor, de la compasión y de la misericordia ante el mundo atormentado por el sufrimiento que nos rodea, pero quizá nos falta que todos los cristianos nos impliquemos más; no podemos contentarnos con una limosna que damos un día o una aportación que hagamos a las obras de caridad de nuestra parroquia.

Tenemos más que ponernos en camino para ir al encuentro de esos hermanos que sufren, tenemos que dejarnos encontrar como se dejaba encontrar Jesús y hoy lo hemos escuchado en el evangelio, tenemos que salirnos con arrojo y valentía de nuestras seguridades, tenemos que abrir más nuestro corazón para que en él quepan todos, para hacerle un lugar al sufrimiento de los demás, para sintonizar mejor con la compasión del Señor. Será la pobreza de solo los cinco panes que tenemos lo que llevemos, pero sabemos bien como en el Señor se multiplicarán.


sábado, 1 de agosto de 2020

Herodes hizo callar la voz que denunciaba la corrupción de su vida y quizá nosotros queremos hacer callar también voces proféticas que nos denuncian el mal de nuestro mundo

Herodes hizo callar la voz que denunciaba la corrupción de su vida y quizá nosotros queremos hacer callar también voces proféticas que nos denuncian el mal de nuestro mundo

Jeremías 26, 11-16. 24; Sal 68; Mateo 14, 1-12

Vamos de bravos por la vida, derrochando palabras, derrochando promesas, queriendo ser los protagonistas de todo, porque a todos queremos agradar o con todos queremos quedar bien y quizás al final tenemos que comernos nuestras palabras. No todo aquello que en nuestra verborrea decíamos era verdad o era cierto tal como nosotros lo presentábamos, pero queríamos quedar de listos, ni aquellas promesas las pudimos cumplir. Queremos quedar bien, cuando no nos queda más remedio que reconocer que nos equivocamos o que no podíamos prometer lo que prometíamos y al final aparecen las corruptelas, las cobardías, el olvido de principios y la rectitud y honradez desaparecen de nuestras vidas. Las fantasías en que queremos vivir, la vanidad de la que nos rodeamos terminan por cegarnos y como se suele decir no es oro todo lo que reluce.

Lo vemos en la vida social, lo vemos en tantas carreras políticas, lo vemos en quienes tienen unas responsabilidades, pequeñas o grandes, en nuestra sociedad que quiere se quiere quedar bien pero cuántos caminos oscuros y retorcidos quedan por debajo que muchas veces aparecen también; cuidado que todos nos podemos contagiar; ahora se habla mucho de las cloacas, esos caminos subterráneos por donde lo que corre siempre es basura, por decirlo con palabras suaves.

¿Aprenderemos la lección algún día? ¿Seremos capaces de recapacitar para dejarnos de tantas cobardías y de tantas trampas en las que nos metemos? El testimonio bien negativo de Herodes con el martirio del Bautista que hoy se nos ofrece en el evangelio tendría que hacernos recapacitar.

Por supuesto brilla y con una luz bien propia y bien fuerte el testimonio de rectitud, de fidelidad a unos principios y valores, la humildad con la que se manifiesta su grandeza en Juan Bautista, que no temió al tirano y fue capaz de denunciar la falsedad de la vida de Herodes, que no temió a quienes podían atentar contra su vida y fue fiel hasta la muerte, una muerte inocente y causada por el resentimiento de quien veía retratado su mal y su pecado en las palabras del profeta y por la inmoralidad y la cobardía de Herodes que antepuso el quedar bien ante sus invitados a lo poco de honradez que podía quedar en su vida.

 Por el contrario tenemos el testimonio de Herodes reflejo de una vida que cae por la pendiente de la inmoralidad, llena de cobardías y de sombras como tantas que vemos en nuestro entorno y en las cuales nosotros podemos caer también. Reconozcamos que no podemos tirar la primera piedra porque muchas veces también nuestra vida se nos llena de sombras en tantas vanidades que alimentan nuestro ego, en tantas cobardías que nos coartan para que seamos capaces de dar la cara siempre por lo bueno, o en tantas oscuridades que allá en nuestro interior calladamente llevamos pero que en un momento de sinceridad tenemos que ser capaces de reconocer.

También como Herodes o como Herodías tantas veces podemos sentir la tentación de hacer acallar aquellas voces que proféticamente nos denuncian los males en los que podemos caer. Por una parte reconocemos que no nos gusta que nos digan la verdad pero también como sociedad nos hacemos oídos sordos a esas voces que surgen señalándonos el mundo injusto en el que vivimos y que tendríamos que tener el valor de querer cambiar o que nos hablan de esa destrucción de nuestro mundo que entre todos estamos realizando cuando no cuidamos ese planeta en que vivimos y que está en nuestras manos cuidarlo.

Preferimos quizás decir que son esnobismos de gente soñadora que detenernos a mirar esa cruda realidad de destrucción a la que estamos abocados. ¿Callamos la voz del profeta porque no queremos enterarnos de la realidad? Herodes hizo callar la voz del Bautista porque le molestaba.


viernes, 31 de julio de 2020

Quitemos los filtros de nuestros prejuicios que pueden enturbiar la imagen que hemos de descubrir en los demás como la imagen que nos hacemos de Jesús

Quitemos los filtros de nuestros prejuicios que pueden enturbiar la imagen que hemos de descubrir en los demás como la imagen que nos hacemos de Jesús

Jeremías 26, 1-9; Sal 68; Mateo 13, 54-58

Algunas veces nos parecen extrañas las actitudes que vemos que toman muchos judíos hacia Jesús, pero quizá idealizamos o mitificamos tanto los pasajes evangélicos, teniendo en cuenta nuestra fe o lo que nosotros ya sabemos en torno a los acontecimientos que nos narra el evangelio que olvidamos que nosotros en nuestra vida ordinaria actuamos de una manera muy semejante.

Hoy hemos escuchado la reacción de las gentes de Nazaret hacia la figura de Jesús; admiración llena de orgullo primero porque era uno de los suyos, allí se había criado Jesús y estaban sus parientes, pero eso mismo les hace ir cambiando su actitud porque en Jesús les cuesta reconocer lo que les está presentando; y es también un orgullo pueblerino el que les hace reaccionar porque cómo les va a venir a enseñar a ellos uno que conocieron desde siempre y que allí están sus parientes. 

Como nos sucede tantas veces a nosotros sentimos el orgullo cuando alguien del pueblo destaca en algo, pero pronto aparecen las inquinas, las desconfianzas, el comenzar a mirar con lupa lo que hace, o poner dobles intenciones o intenciones ocultas en aquel que está sobresaliendo y o terminamos por relegarlo y olvidarlo, o tratamos quizá de quitarlo de en medio. Cuantos filtros de prejuicios ponemos por medio en nuestra mirada hacia los demás.

Es la reacción que vemos en la gente de Nazaret con Jesús y aquí podemos unir los dos relatos, el que hoy hemos escuchado del evangelio de Mateo o el que con más frecuencia quizá escuchamos del evangelio de Lucas que tiene quizá una extensión y amplitud mayor. Pasan de la admiración a la desconfianza. Primero se admiran de su sabiduría, pero pronto se preguntan donde ha aprendido todas esas cosas; anhelan quizá que en su pueblo se realicen los milagros que le han dado fama en otros lugares, pero ahora no tienen quizá la humildad de presentar de verdad su mal o sus enfermos para que Jesús los cure, y terminan rechazándolo.

Ningún profeta es bien mirado en su patria, sentenciará Jesús. Y bien sabemos que es sentencia que se repite con frecuencia, porque ya sabemos como somos para minusvalorar a los que son cercanos a nosotros, o a los que no se presentan orgullosos y queriendo arrebatarlo todo. La humildad de los que son sencillos pero que quizá podrían realizar maravillas en nosotros no la tenemos en cuenta, sino que parece que más bien nos vale para hundir más a las personas de nuestro entorno.

¿Qué buscaban aquellas gentes en Jesús? ¿Qué buscaban quizá sus propios convecinos los que vivían en Nazaret, el pueblo en que había crecido Jesús? Claro que igualmente nosotros tenemos que preguntarnos también, ¿qué buscamos o qué queremos descubrir en Jesús? ¿Qué es lo que aceptamos de cuanto nos ofrece, nos dice o nos enseña, nos regala con su gracia y por la fuerza de su Espíritu? Porque también algunas veces podemos cegarnos nosotros y no terminamos de llegar a conocer a Jesús. ¿Cuál es la actitud humilde con que hemos de acercarnos a Jesús?

Y es que todo eso puede estar reflejando cuales son las actitudes con que nos acercamos a los demás. Eso que hacemos en la vida de cada día, de acogida o no de los que nos rodean, de aceptación y valoración de los que están a nuestro lado, ese respeto humilde con que nos acercamos a los demás valorando en verdad sus personas, es el camino habitual que tomamos o deberíamos de tomar cuando también buscamos a Jesús.

Igual que tenemos que aprender a descubrir el misterio de cada persona, tenemos que saber descubrir el misterio de salvación, el misterio de Dios que en Cristo Jesús se nos manifiesta. Hay una profunda interrelación entre una cosa y otra, porque descubrir el valor de la otra persona es llegar a descubrir también el misterio de Dios que en ella se nos manifiesta. Y no siempre sabemos descubrirlo porque, como hicieron los convecinos de Jesús de Nazaret, también nosotros ponemos nuestros filtros, los filtros de nuestros prejuicios, que pueden enturbiar esa imagen que tenemos que descubrir en los demás y también en Jesús.