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miércoles, 24 de mayo de 2017

Es necesario sentir cada día en nuestra vida la presencia del Espíritu de Jesús en nosotros que nos haga ir realizando cuando de El aprendemos en el Evangelio

Es necesario sentir cada día en nuestra vida la presencia del Espíritu de Jesús en nosotros que nos haga ir realizando cuando de El aprendemos en el Evangelio

Hechos 17,15.22-18,1; Sal 148; Juan 16,12-15
El recuerdo de aquellos seres que amamos, aunque ya no estén con nosotros son siempre un estimulo para nuestro quehacer; pensamos en aquellas cosas que nos decían, aquellos principios y valores que trataron de inculcarnos y aunque quizás en tiempos nos parecía que los habíamos olvidado vuelven a nuestra mente y nos damos cuenta que poniéndolos por obra logramos un mejor camino en la vida. Recordamos así a nuestros padres, recordamos a nuestros maestros – y digo maestros porque fueron algo mas que profesores – porque nos enseñaron para la vida, fueron maestros en la vida, como recordamos a aquellas personas que ejercieron alguna influencia en nosotros y nuestras buenas costumbres. Quisiéramos recordar todo lo que nos enseñaron porque quizás algunas cosas hayan pasado al baúl del olvido y ya quisiéramos tenerlos de nuevo a nuestro lado para continuar recibiendo sus enseñanzas.
¿Era algo así lo que recordaban los discípulos de Jesús y que en el caso de los evangelistas trataron de trasmitírnoslo por escrito? Algo así pero mucho más. La presencia de Jesús no era solo un recuerdo de sus buenas enseñanzas. La presencia de Jesús era algo que podían sentir de forma muy viva en sus vidas. Y es que Jesús estaría siempre con nosotros por la fuerza y la presencia de su Espíritu. Es lo que Jesús les promete.
‘Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena…’ son las palabras que le escuchamos decir hoy a Jesús. Podremos recordarlo todo, podremos caminar por ese camino nuevo del Reino de Dios, podremos revivir sus enseñanzas y su vida, podremos conocer en toda su plenitud a Jesús descubriendo todo el misterio de su vida, podremos ir viviendo nosotros esos valores nuevos que El quiere trasmitirnos.
No actuamos solos ni por nosotros mismos, solo con nuestro saber o con nuestra fuerza. Si así lo hiciéramos no llegaríamos a conocer a Jesús ni todo el sentido de su vida. Es lo que les pasa a tantos que sin el estimulo de la fe y sin dejarse conducir por su Espíritu quieren hablar de Jesús, de evangelio, de iglesia, de religión y así salen las mas disparatadas ideas, la mezcla que se hace de conceptos, la visión excesivamente terrenal y hasta política que se tiene de la Iglesia en tantas ocasiones.
No nos extraña que en personas ajenas a la fe se puedan tener esas visiones, pero lo triste es que en los que nos llamamos cristianos y creyentes muchas veces actuemos y pensemos de una forma semejante. Nos quedamos también en esas visiones tan terrenas ya porque nos dejamos influenciar por nuestro entorno, o también porque no nos dejamos conducir por el Espíritu del Señor. Es a quien tenemos que invocar, es la Sabiduría del Espíritu la que hemos de pedir.
Bueno es recordarlo de manera especial en este tiempo pascual cuando nos acercamos a la fiesta de Pentecostés y en la palabra de Jesús vamos escuchando ese anuncio que nos va haciendo del Espíritu que nos va a enviar y así nos preparemos para esa fiesta pero para sentir cada día en nuestra vida esa presencia del Espíritu de Jesús en nosotros que nos haga ir realizando cuando de El aprendemos en el Evangelio.

martes, 23 de mayo de 2017

Porque quizás no vivimos una fe intensa nos amargamos, las soledades nos llenan de angustias, nos sentimos débiles y nos falta valentía para dar el testimonio de Jesús

Porque quizás no vivimos una fe intensa nos amargamos, las soledades nos llenan de angustias, nos sentimos débiles y nos falta valentía para dar el testimonio de Jesús

Hechos 16, 22-34; Sal 137; Juan 16, 5-11
¡Que duras son las despedidas! Cuando parte un ser querido, cuando un amigo se aleja porque su vida tomas otros rumbos parece que algo se rompe dentro de nosotros. Confieso que es algo que desde siempre me ha costado mucho. Para mi la imagen de una despedida la tengo en un barco que se aleja en el horizonte y se lleva al ser querido. Cualquier despedida de alguien que aprecio mucho siempre es algo que me rompe el corazón, aunque con la madurez de la vida aprenda uno a tomarlo con otro sentido y otras fuerzas quizás.
Son los sentimientos de tristeza que embargan los corazones de los discípulos en la noche de la cena pascual. Había Jesús anunciado lo que había de suceder y ahora habla de su marcha. Como explicaría mas tarde el discípulo amado al trasmitirnos el evangelio ‘habia llegado la hora de pasar de este mundo al Padre y habiendo amado a los suyos…’ es el comienzo de estos capítulos del evangelio de Juan.
Son palabras de Jesús ahora de despedida y de recomendaciones. Había que preparar a los discípulos para la tormenta inmediata que habían de soportar, pero era preparación también para que descubrieran su nueva forma de presencia en medio de ellos. El mundo no le vera, pero ellos podrán verle; quienes no crean serán incapaces de verle, pero quienes mantienen su fe en Jesús podrán seguir viéndole y sintiendo la alegría esperanzada de su presencia.
‘Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Defensor. En cambio, si me voy, os lo enviaré…’  Es la promesa de Jesús. Es el Espíritu que nos hace sentir su fuerza, su presencia junto a nosotros. No lo veremos con los ojos de la carne, pero los ojos de la fe nos lo harán ver de forma distinta pero no menos real. Su presencia la podremos vivir de una forma  mas intensa allá donde estemos o en la situación en que nos encontremos. Con la fuerza del Espíritu en nosotros todo será distinto.
Lo podrían ver y sentir vivo y resucitado entre ellos y sentirían su fuerza en sus corazones para anunciarlo valientemente ante el mundo. Tenemos nosotros también que despertar nuestra fe. Lo necesitamos porque su ausencia seria dura para nosotros. Porque quizás no vivimos esa fe intensa tantas veces nos amargamos en la vida, las soledades nos aturden y nos llenan de angustias, nos sentimos débiles y cobardes para dar nuestro testimonio y nos falta esa valentía en el corazón para seguir haciendo el anuncio de Jesús en medio de nuestro mundo de hoy.
Por eso despertemos nuestra fe, avivemos nuestra fe. Sentiremos el gusto de la presencia de Jesús y seremos valientes en nuestro testimonio.

lunes, 22 de mayo de 2017

Necesitamos mucha fuerza interior, una fuerza espiritual que nos eleve y nos haga ver las cosas con otra perspectiva, una fuerza sobrenatural que nos haga crecer

Necesitamos mucha fuerza interior, una fuerza espiritual que nos eleve y nos haga ver las cosas con otra perspectiva, una fuerza sobrenatural que nos haga crecer

Hechos 16,11-15; Sal 149; Juan 15,26-16,4a
Alguna vez cuando nos encontramos contratiempos en la vida y quizás andamos preocupados por como vamos a salir de esa situación un amigo se nos ha acercado y nos ha comentado  ‘eso ya te lo había dicho…ya te dije que estuvieras preparado’. Es bueno tener a nuestro lado amigos así que aunque nos recriminen cariñosamente sin embargo sus palabras nos sirven de aliento y nos ayudan a levantarnos, a no dejarnos arrastrar por negruras y pesimismos que nos depriman.
Son las palabras que le escuchamos a Jesús. Se las decía a los apóstoles en aquella sobremesa de la cena pascual, la que llamamos la última cena antes de su pascua. Ya andaban con aires de tristeza por lo que presentían que iba a suceder, y ahora el evangelista cuando nos trasmite el evangelio nos recuerda las palabras de Jesús que ya los había prevenido. Palabras de aliento y de animo como las del amigo que esta a nuestro lado en las buenas y en las malas, como antes mencionábamos. ‘A vosotros os llamo amigos’, les había dicho Jesús.
Son palabras de despedida pero también de un anuncio lleno de esperanza. Habla incluso de persecuciones, ‘os expulsarán de las sinagogas’, pero no pueden sentirse solos por qué con ellos, con nosotros estará el Espíritu de la Verdad. Cuando venga el Defensor, que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí; y también vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo’. Tendremos un Defensor, el espíritu de Jesús que estará en nosotros y con nosotros dará testimonio, será nuestra fuerza.
Necesitamos escuchar en el corazón estas palabras de Jesús. Tenemos el peligro de perder la paz, de agobiarnos ante lo que tenemos que hacer o ante las dificultades que encontramos, nos sentimos como desestabilizados en los contratiempos que nos da la vida. Mantener la serenidad y la calma en medio de los problemas de cada día muchas veces no es fácil. Cada uno pensemos en los problemas que tenemos que afrontar en la familia, en el círculo de nuestras relaciones, en el ámbito de nuestro trabajo, en la situación social que podamos vivir, en nuestra lucha personal por subsistir, por crecer y madurar, por afrontar nuestras responsabilidades.
Necesitamos mucha fuerza interior; una fuerza espiritual que nos eleve por encima de esas situaciones y nos haga ver las cosas con otra perspectiva; una fuerza sobrenatural que nos haga vencer las tentaciones de desanimo que podamos sufrir o esas otras tentaciones que nos hacen rodar por la pendiente de la desgana, de la tibieza y nos puedan hundir en las aguas tenebrosas del pecado.
Necesitamos la presencia y la fuerza del Espíritu Santo que nos lleve por el camino del bien, que nos haga mantenernos firmes en nuestros compromisos, que nos impida apartarnos de ese camino de vida que es el evangelio de Jesús. 

domingo, 21 de mayo de 2017

Aunque haya oscuridades y sufrimientos, carencias y soledades, momentos de amargura o situaciones difíciles no nos faltara la esperanza y siempre podemos sembrar la semilla de un mundo mejor

Aunque haya oscuridades y sufrimientos, carencias y soledades, momentos de amargura o situaciones difíciles no nos faltara la esperanza y siempre podemos sembrar la semilla de un mundo mejor

Hechos 8,5-8.14-17; Sal 65; 1Pedro 3,1.15-18; Juan 14,15-21
La esperanza es lo ultimo que se pierde, solemos decir quizás algunas veces para consolarnos a nosotros mismos cuando en la vida todo se nos vuelve turbio y parece que no encontramos una salida. ¿De verdad tenemos esperanza? ¿Es lo último que perdemos? Seria algo que para empezar tendríamos que preguntarnos.
Será el enfermo sumido en el dolor de su enfermedad que le parece o puede ser incurable o al menos no encuentra la mejoría tan pronto como quisiera; largas noches de espera y de silencio, y es el silencio que se le mete hasta los huesos, son las miradas inquisitivas buscando alguna señales en los que nos rodean o los que nos atienden.
Pero es también el pobre que se ve desposeído de todo y al que parece que le han quitado su dignidad, que se siente abandonado, que lucha y que busca pero no encuentra y que le parece que cada día se le hunde mas la tierra y el mundo bajos sus pies; son los que se ven envueltos en esas crisis sociales, políticas o de humanidad que palpamos en el mundo en que vivimos y que nos parece que estamos metidos en una espiral sin fin que cada vez nos hunde mas o hace a nuestro mundo mas injusto o mas inhumano.
Podíamos pensar en muchas situaciones en que la gente vive con amargura, donde contemplamos parejas rotas y familias destrozadas y en donde no se encuentra nunca el más mínimo acuerdo para salvar al menos a los más débiles e indefensos. En esas y en otras muchas situaciones que ahora exhaustivamente no podemos relatar aquí vemos que la gente pierde la esperanza, los corazones se llenan de amargura, el mundo de cada uno se llena de negros nubarrones que todo lo oscurecen y en donde quizás no sabemos dar una respuesta.
Y esto, creo, tiene que interrogarnos a nosotros los cristianos. ¿Sabemos dar una respuesta? ¿Sabemos dar una razón de esperanza, de nuestra esperanza si es que no la hemos perdido? Si la hubiéramos perdido también todo nuestro mundo creyente se nos vendría abajo y perdería sentido nuestra vida. Por eso es bueno que nos interroguemos.
Precisamente hoy san Pedro nos dice que tenemos que dar razón de nuestra esperanza. Glorificad en vuestros corazones a Cristo Señor, nos dice, y estad siempre prontos para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere…’ Y es que los que nos rodean tienen que ver en nosotros esperanza, aunque no lo entiendan. Por eso nos dice que tenemos que dar razón de nuestra esperanza a todo el que nos lo pidiere.
Y es que tendríamos que vernos decididos en la lucha, firmes a pesar de todos los vendavales que podamos sufrir y es cuando quizás tenemos que dar a entender a cuantos nos miran quizás con ojos de extrañeza que a nosotros no nos falta esperanza y en donde ponemos nuestra esperanza.
Porque es cierto que muchas veces nos podemos ver envueltos en esas negruras porque nos sentimos débiles, porque también a nosotros los problemas nos cercan, porque somos humanos y también nos llenamos de dudas, porque también nos cuesta mantener la altura y la densidad de nuestro amor, porque en ocasiones nos puede parecer que nos sentimos solos y abandonados, porque se nos puede debilitar nuestra fe, por tantas cosas – todo aquello que mencionábamos al principio - que de una forma o de otra nos pueden suceder.
Las palabras de Jesús son consoladoras y animan de verdad nuestra esperanza. ‘No os dejare huérfanos…’ nos dice. Viene a nosotros y aunque el mundo no lo vea nosotros por nuestra fe si lo podemos ver, si podemos sentir su presencia. ‘Vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo. Entonces sabréis que yo estoy con el Padre y vosotros conmigo y yo con vosotros’. El mundo no lo ve y no tendrá esperanza, pero nosotros en nuestra fe lo vemos y nos llenamos de esperanza.
El nos ha prometido la fuerza y la presencia de su Espíritu. Esto no lo podemos olvidar; pero no olvidarlo no es solo decir que lo sabemos, sino que en el día a día de nuestras luchas y de nuestros problemas, de nuestros deseos de hacer el bien y de nuestro trabajo comprometido lo hacemos sabiendo, teniendo la certeza de que esta con nosotros y entonces nos llenamos de su amor, de su vida, y hacemos su voluntad, y nos sentiremos llenos de Dios. ¿Cómo es que no vamos a tener esperanza? Es de esa esperanza de la que tenemos que dar razón con las razones de nuestro testimonio, de nuestra vida.
Habrá oscuridades, habrá sufrimiento, habrán carencias y soledades, habrán cosas que nos puedan llenar de amargura, habrá situaciones difíciles en nuestro mundo, pero nosotros vemos una luz, tenemos la certeza de que de esas oscuridades podemos salir, confiamos en que en verdad podemos ir sembrando una buena semilla que podrá hacer que nuestro mundo sea mejor; no nos sentiremos débiles o impotentes aunque tengamos la tentación, porque sabemos que no estamos solos, porque con nosotros esta la fuerza del Espíritu del Señor que nos ayuda de verdad a caminar.

sábado, 20 de mayo de 2017

Con el testimonio de las cosas buenas que hacemos iremos mejorando nuestro mundo y podemos ser estimulo para cuando nos rodean aunque no nos quieran aceptar

Con el testimonio de las cosas buenas que hacemos iremos mejorando nuestro mundo y podemos ser estimulo para cuando nos rodean aunque no nos quieran aceptar

Hechos 16, 1-10; Sal 99; Juan 15, 18-21
Con que facilidad se le ríe la gracia a aquellos que nos adulan o nos hacen el gusto. Por una parte nos encontramos con gente que pretende ser dirigente de la sociedad y no hacen sino prometer demagógicamente aquello que halaga a la gente, les parece que contentan a la mayoría con sus promesas de realizar todo aquello que parece hacer fácil la vida de la gente porque quitan quizás todo lo que pueda limitar la consecución de sus deseos mas primarios, aunque no sea lo que realmente haga a la gente mejor o realce mas positivamente su dignidad.
Por otro lado aquellos que nos planteen las exigencias de la consecución de unos verdaderos valores, o trabajar seriamente por superarnos para conseguir ese verdadero crecimiento humano, los rehuimos o los rechazamos, no serán personajes de nuestra devoción – por decirlo con palabras suaves – o más bien nos alejaremos de ellos no queriendo que sean acompañantes de nuestro camino.
Eso lo apreciamos en muchos aspectos de la vida de nuestra sociedad hoy. Es algo así como aquello que dice el niño revoltoso que sus padres son malos porque no le dejan hacer lo que quieren sino que pretenden educarles en el esfuerzo y la superación, en la capacidad de sacrificio y en la responsabilidad. Es lo que sucede muchas veces cuando nos acostumbramos a que todo se nos de gratuitamente, todo lo consigamos fácil, y cuando por las circunstancias difíciles que se estén atravesando alguien nos pide que nos apretemos el cinturón, o que contribuyamos responsablemente por nuestra parte y entonces a quien nos plantee esas exigencias ya lo consideramos malo porque no nos da todo lo que nosotros quisiéramos derrochando quizás medios y posibilidades.
Aplaudimos, como decíamos, al que nos lo hace todo fácil sin que nosotros nos esforcemos, y rechazamos al que nos plantee exigencias de responsabilidad para que todos pongamos nuestra parte en ese crecimiento personal o de nuestra sociedad. En los diferentes aspectos de la vida social esto es algo que siempre ha sucedido.
Es de lo que nos habla Jesús hoy en el evangelio anunciándonos lo que nos puede pasar y recordándonos lo que a El le sucedió. Si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a mí antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo os amaría como cosa suya, pero como no sois del mundo, sino que yo os he escogido sacándoos del mundo, por eso el mundo os odia’.
Y nos recuerda Jesús que el discípulo no es mayor que su maestro. Ya en otro momento nos había hablado de las persecuciones que sufriríamos por su causa. En las Bienaventuranzas nos llamaba dichosos por soportar esas persecuciones, y en otro momento nos dirá que no nos faltara la fuerza del Espíritu que pondrá palabras en nuestros labios para la defensa y fuerza en nuestro corazón.
Son las contradicciones de la vida, como ya antes mencionábamos. Por ser fieles en nuestro seguimiento de Jesús, por manifestar nuestra vida de rectitud y bien hacer, por aquello bueno que hacemos que pueda resultar chocante para el mundo de superficialidad en que vivimos, porque por nuestro esfuerzo y deseos de superación vamos logrando ese crecimiento de nuestro espíritu y de nuestra persona, resultaremos quizás incómodos para los que nos rodean, y eso hará que quizás nos rechacen; pero eso no nos tiene que hacer dudar, tambalearnos, sino mantenernos firmes en nuestro camino y en nuestro testimonio.
Es así con el testimonio de esas cosas buenas como iremos mejorando nuestro mundo y como podemos ser estimulo para cuando nos rodean aunque muchas veces no nos quieran aceptar.



viernes, 19 de mayo de 2017

Nuestros criterios racionalistas para encontrar amigos u ofrecer la amistad y la medida del amor que Jesús nos ofrece que es no tener medidas


Nuestros criterios racionalistas para encontrar amigos u ofrecer la amistad y la medida del amor que Jesús nos ofrece que es no tener medidas

Hechos 15,22-31; Sal 56; Juan 15, 12-17
Normalmente en la vida vamos escogiendo a quien ofrecer nuestra confianza y nuestra amistad; gustos, circunstancias, experiencias vividas juntos, encuentros quizás fortuitos pero que hicieron quizás mella en nosotros, una cierta atracción según le vemos como es descubriendo cosas en las que sintonizamos, cosas comunes que hayamos vivido en la vida, nuestro lugar de origen o las familias de las que procedemos, pueden ser algunos criterios que vayamos teniendo a la hora de escoger nuestros amigos.
Quizás pueda producir impacto en nosotros el hecho de que alguien nos ofrezca incondicionalmente su amistad sin que aparentemente nos conozca o nosotros le conozcamos; sentirse elegido y si además percibimos que quien nos elige, por la razón que sea, nosotros lo consideramos un personaje importante puede producir un buen impacto en nosotros que nos haga plantearnos que amigos escogemos o por que los escogemos. Criterios humanos, muy reales y que de alguna manera marcan nuestras relaciones, nuestro trato común con los que nos rodean.
Con lo que nos dice Jesús en el evangelio se nos rompen todos esos esquemas. Nuestro amor y nuestra amistad no pueden estar regidos por unos límites que escojan y discriminen. La medida del amor, los presupuestos de la amistad son otros. Ya no podemos ir desde simpatías o sintonías, desde lo bueno que nos pueda parecer o desde lo que nos hayan hecho en un sentido o en otro, desde unas cercanías geográficas o familiares ni solo desde las experiencias vividas en común. Bueno, tendríamos que decirlo de otra manera, como lo decía san Agustín. ‘La medida del amor es que no tiene medida’.
Y mira por donde Jesús no nos llama siervos, sino amigos. Y nos dice que es El quien nos ha escogido. Nosotros que creíamos que éramos nosotros los que habíamos hecho la elección porque habíamos visto como su vida nos convencían. Fue El quien nos eligió y nos dice que somos su amigos. ‘No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure…’ nos dice. Pero antes ya nos había dicho ‘Vosotros sois mis amigos… Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer’.
Entramos en un camino nuevo en el que lo que tiene que predominar sobre todo es el amor. Claro que no será un amor cualquiera. En su medida, que como nos decía san Agustín, no tiene medida, porque El nos ha dicho que ‘Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos’.
No es cualquier cosa lo que nos esta pidiendo Jesús. Un amor a su medida, un amor que se entrega hasta el final, y ese será su mandamiento, el estilo y valor de nuestra vida. ‘Este es mí mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado’.
Y esto tenemos que traducirlo al día a día de nuestra vida, a nuestro encuentro con los demás, al ofrecimiento de nuestro amor y nuestra amistad. En cuantos detalles se ha de manifestar, en cuantos gestos tenemos que traducirlo, en cuantas obras que hemos de realizar porque ya no cabe la omisión ni el desentendernos de los demás. Es algo nuevo lo que tenemos que vivir. Que el Espíritu del Señor nos ilumine para que encontremos ese camino del verdadero amor.

jueves, 18 de mayo de 2017

Vivamos la cadena del amor que nos conduce por caminos de alegría y felicidad, por caminos de plenitud

Vivamos la cadena del amor que nos conduce por caminos de alegría y felicidad, por caminos de plenitud

Hechos 15, 7-21; Sal 95; Juan 15, 9-11
Una cadena de amor que nos conduce por caminos de alegría y felicidad, por caminos de plenitud. Y es que el amor siempre nos lleva al amor, nos lleva a responder con amor, nos lleva a repartir amor. El amor nos llena de dicha; es un gozo sentirnos amados; pero es un gozo sentirse uno con capacidad para amar, ser capaz de repartir amor.
Es una cadena hermosa que tendríamos que cuidar de no romper nunca. Ahora que nos llegan por las redes sociales tantas cadenas que nos dicen que no rompamos porque nos caerían no se cuantas desgracias. Yo no creo en esas cadenas que mas bien nos atan a sueños improbables que nos dicen que vamos a conseguir no se cuantas cosas sin el mas mínimo esfuerzo por nuestra parte; pero en la cadena del amor que vayamos construyendo en la vida porque sintamos y reconozcamos el amor que nos tiene alguien y nosotros intentemos amar de la misma manera si creo.
Y esa si hemos de esforzarnos en construirla, porque es la que nos va a hacer grandes, porque nos va a hacer que seamos capaces de sacar todo lo bueno que hay en nosotros para desarrollarlo y no ya para riqueza para nosotros mismos, sino por el bien que le hacemos a los otros. Porque amamos no por el interés del bien que recibimos sino por el bien que hacemos al que amamos, y por eso nos damos, nos vaciamos de nosotros mismos en ese amor para llenar a los demás.
Hoy nos dice Jesús en el evangelio: ‘Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor…’ Y es que para nosotros, los que creemos en Jesús y queremos seguirle, es de ahí de donde arranca esa cadena de amor. Es el amor que nos inunda primero a nosotros y del que llenos e inundados queremos compartir con los demás.
Es la raíz y fuente de nuestro amor; es la fuerza con que nosotros nos sentimos capacitados para amar. Si no fuera así, nos podrían vencer las dificultades que vamos encontrando en la vida para vivir ese amor. Nos sentimos tentados muchas veces por las limitaciones y condicionamientos que encontramos; nos cuesta vivir un amor generoso y universal y tenemos el peligro de comenzar a hacer distinciones de a quien amamos y a quien no, quien se merece nuestro amor y quien no se lo merece. Estaríamos rompiendo esa cadena, porque para comenzar somos nosotros los que no somos dignos del amor que Dios nos tiene.
Así nos continua diciendo Jesús: ‘Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor’. Es así como vamos manifestando ese amor, como vamos regalando ese amor, en ese respeto, en ese buen trato, en esa lealtad y sinceridad con que vivimos nuestras relaciones con los demás, en ese bien que siempre deseamos para los otros y por lo que luchamos, en esa rectitud y dignidad con que vivimos nuestra vida. Eso es lo que nos piden los mandamientos del señor. No los miremos como meras prohibiciones de lo que no podemos hacer, sino como una plantilla de dignidad para nosotros y para los demás.
Por eso nos dice que ese amor nos lleva a la plenitud, nos llena de dicha y de felicidad, ‘vuestra alegría llegue a la plenitud’. Vivamos, pues, ese amor que verdaderamente nos hace felices.

miércoles, 17 de mayo de 2017

Cultivemos nuestra vida cristiana y nuestra espiritualidad con el mimo con el que el agricultor cuida su viña para que de buenos frutos

Cultivemos nuestra vida cristiana y nuestra espiritualidad con el mimo con el que el agricultor cuida su viña para que de buenos frutos

Hechos de los apóstoles 15, 1-6; Sal 121; Juan 15, 1-8
Cada mañana o cada tarde en mis habituales paseos diarios tengo la suerte de disfrutar pasando junto a una pequeña finca que esta plantada con viñas y frutales. Es una delicia pasar junto a ella sobre todo en esta época primaveral donde cada día se ve brotando con fuerza todo lo que en ella esta plantado. Ahora las viñas están en toda su frondosidad y colorido haciendo que sus ramas incluso se vuelquen sobre el propio camino. Ahí vemos surgir toda la fecundidad de la vida. Es triste cuando al pasar ve uno algunas de sus ramas o sarmientos que han sido desgajados y comienzan a secarse sus hojas sobre el resto de la planta en plena fluoración. Serán unos sarmientos que se han desgajado de la cepa y no podrán fruto.
Es la imagen que se ha revivido en mi mente al escuchar el pasaje del evangelio que hoy se nos ofrece en la liturgia. Nos habla de la vid y de sus frutos; nos habla de los sarmientos unidos a la vid, a la cepa para que puedan dar frutos; nos habla de la poda a su tiempo, no fuera de lugar, para que la planta pueda resurgir tras el invierno con fuerza y dar buenos frutos; nos habla de los sarmientos que se secan y no valen sino para echarlos al fuego. Nos habla en fin de cuentas de que tenemos que estar unidos a Jesús como los sarmientos a la vida porque sin El no podremos dar fruto.
Las imágenes tienen fuerza en si mismas y nos hablan con pocas palabras pero diciéndonos cosas muy importantes. Nos están hablando de esa necesidad de que vivamos unidos a Cristo porque sin El nada somos y no podremos dar frutos de vida eterna. Es algo en lo que podemos fallar fácilmente, porque nos creemos fuertes, porque creemos que ya sabemos lo que tenemos que hacer, que tenemos fuerzas por nosotros mismos, y abandonamos nuestro cultivo espiritual, abandonamos la oración, dejamos de vivir con intensidad la vida sacramental y pronto decaemos, pronto nos enfriamos, pronto caemos por la pendiente resbaladiza de la superficialidad y viene la tibieza espiritual, y al final nos sentimos como desgajados de lo que tiene que ser en verdad nuestra vida cristiana.
Pero nos están hablando de todo lo que es un programa de ascesis en nuestra vida cristiana. De cuantas cosas tenemos que purificarnos, cuantas cosas inservibles tenemos que arrancar, podar de nuestra vida. Es esa purificación, ese revisarnos, ese plantearnos una y otra vez lo que son nuestras metas y nuestros ideales para ver si lo estamos logrando, si de verdad vamos dando esos pasos que nos hagan crecer en nuestro espíritu, en nuestra espiritualidad cristiana.
A muchas consideraciones los llevan estas bellas imágenes que se nos ofrecen hoy en el evangelio. Yo veo cada día al paso de la finca de la que antes hablaba al agricultor, al viñador cuidando, atendiendo su finca, regando o abonando, poniendo las cosas en su orden o limpiando de las malas hierbas que dañen los frutos, prestando atención a los calores fuertes o a los vientos que pudieran estropear su cosecha. No se descuida, no abandona su finca, esta atento cuidándola para obtener los frutos deseados.
¿Seremos así nosotros en nuestra vida espiritual? ¿Cultivamos nuestra fe y nuestro amor para que se manifiesten luego en los verdaderos frutos de una vida cristiana?

martes, 16 de mayo de 2017

Jesús vino a traernos la reconciliación y la paz y viene a enseñarnos además el sentido de un nuevo vivir desde el amor que nos conduce a la paz

Jesús vino a traernos la reconciliación y la paz y viene a enseñarnos además el sentido de un nuevo vivir desde el amor que nos conduce a la paz

Hechos de los apóstoles 14, 19-28; Sal 144; Juan 14, 27-31a
¿Cuál es nuestra paz? ¿Cuál es la paz que nosotros anhelamos, por la que luchamos? Claro que cada uno la podemos entender a nuestra manera o también desde las circunstancias concretas que vivamos en nuestra vida.
¿Queremos vivir en paz? Que no haya conflictos, y pensamos en nuestra cercanía, en la familia, en aquellas personas con las que convivimos cada día. Y queremos evitar todo tipo de violencias, desacuerdos, enfrentamientos. Pero hay quien piensa en la paz como en un orden impuesto y preestablecido con normas y leyes que haya que imponer y cumplir. O están los que quieren estar como a la defensiva y buscaran recursos, buscaran medios con los que de alguna manera pensamos que vamos a preservar esa paz. Y así podemos pensar en muchas cosas, en muchas maneras de cómo buscamos esa paz, como la conseguimos o la imponemos. Pero ¿así solamente tenemos paz? ¿No será necesario algo más o algo distinto?
Hoy Jesús en el evangelio nos dice que nos da la paz, que nos da su paz. ¿Cómo hemos de entenderlo? ¿Cómo es o en que consiste esa paz que Jesús quiere darnos?
Bien sabemos que El vino a traernos la reconciliación y la paz. El viene a enseñarnos además el sentido de un nuevo vivir que si de verdad optáramos por lo que el nos dice seguro que lograríamos la paz mas hermosa que podamos conseguir. El viene a establecer, que no a imponer, un nuevo estilo y sentido de relación de los unos con los otros donde lo que predomine sea el amor, el encuentro, el dialogo, la aceptación mutua, la valoración de los demás y de lo que hacen, el ofrecimiento sincero de lo que somos para enriquecernos mutuamente. ¿No será ese el camino de la paz verdadera?
‘La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde’. Primero que nada tenemos que entender el sentido nuevo de la paz que Jesús nos ofrece. ‘No os la doy como la da el mundo’. Nos enseña un nuevo sentir, una nueva forma de concebir la paz que la hace mas hondo, mas viva, mas autentica. Quiere Jesús que sintamos esa paz en lo mas hondo de nosotros mismos. No es una paz externa ni impuesta, no es una paz superficial o de apariencias, es una paz que tenemos que sentir en lo mas hondo de nosotros y desde ahí contagiemos a los demás.
Es una paz en la que desaparecen los miedos y no tienen lugar las cobardías. Es una paz en la que nos sentimos seguros, pero que nos da valentía para hacer por los demás, para comprometernos por los otros, por hacer que nuestro mundo sea mejor. Una paz que podremos ir logrando con la gracia y la fuerza de Jesús. Para eso El nos da su Espíritu, su fuerza, su gracia.

lunes, 15 de mayo de 2017

Cuando amamos de verdad habrá humildad y sencillez en nuestro corazón para guardar sus mandamientos y Dios se nos revelara y habitara en nosotros

Cuando amamos de verdad habrá humildad y sencillez en nuestro corazón para guardar sus mandamientos y Dios se nos revelara y habitara en nosotros

Hechos 14,15-18; Sal 113; Juan 14, 21-26
Amar no es cuestión solo de palabras bonitas, de romanticismo o de poesía. Es cierto que a quien amamos queremos dedicarle las palabras más bellas, que en ocasiones expresamos nuestro amor con gestos llenos de romanticismo, y cuando hay amor se crea una ternura en el corazón de manera que nuestras palabras se hacen poesía.
Pero no podemos expresar con autenticidad todos esos gestos y detalles de amor si al mismo tiempo herimos al que amamos, le contrariamos con actos llenos de injusticia y de maldad. Nuestro amor para que sea autentico tiene que ir acompañado de cosas mas hondas, de actitudes y de acciones que manifiesten que es verdadero nuestro amor. Ni las palabras llenas de poesía serian autenticas ni los gestos románticos expresarían lo que de verdad llevamos en el corazón.
Nos vale esto que estamos diciendo para todo lo que decimos que es amor en nuestra vida; en el amor de nuestras relaciones humanas, ya sea en el ámbito familiar – amor de los esposos, amor paternal, amor filial, amor fraternal… - ya sea en todo lo que es relación con los otros en los hermosos lazos de la amistad o en el amor hecho respeto, aceptación y valoración con todos aquellos que nos relaciones, o vivimos bajo el mismo cielo o firmamento.
¿Qué decir de nuestra relación con Dios y el amor que le hemos de tener desde el precepto del primer mandamiento de amarle con todo el corazón, con toda el alma, con todo nuestro ser, como también decimos, amarle sobre todas las cosas? Ya sabemos que cuando examinamos nuestra conciencia y tenemos como pauta los mandamientos de la ley de Dios quizás en el mandamiento que menos nos detengamos a examinarnos es en el primer mandamiento porque damos por hecho que nosotros amamos a Dios. ¿Pero será eso cierto?
Hoy nos dice algo hermoso Jesús en este sentido. El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése me ama; al que me ama lo amará mi Padre, y yo también lo amaré y me revelaré a él’. Amamos y estamos en camino de conocer a Dios. Ya en otro momento nos había manifestado Jesús que Dios se revela a los que son humildes y sencillos. Claro, cuando amamos de verdad no puede haber sino humildad y sencillez en nuestro corazón.
Como nos dice Jesús aceptamos sus mandamientos, y aceptarlos es guardarlos, cumplirlos y eso es amar, y ahí se manifiesta nuestra humildad, la sencillez que adorna nuestra vida. Quien no guarda los mandamientos no puede decir que ama a Dios. El amor a Dios no es cosa de solas palabras, como veníamos reflexionando. Ya nos lo dirá muy radicalmente Santiago en su carta, seria un mentiroso. Pero aquí viene loo hermoso, porque amamos Dios nos regala especialmente con su amor y se nos manifiesta, se nos revela. Pero más aun terminara diciéndonos que morara en nosotros. ‘Vendremos y haremos nuestra morada en el’.
Nos da para meditar mucho este texto del evangelio de hoy, aunque ahora nos quedemos en estos primeros pensamientos. Quedan muchas cosas en las que reflexionar. Nos hará luego un hermoso anuncio Jesús que nos ayudara a completar esta reflexión en las palabras de Jesús. Nos dará su Espíritu, que será el que nos lo enseñe todo y nos ira recordando todas las palabras de Jesús. Un primer anuncio del don del Espíritu que ya nos ira apareciendo poco a poco en la Palabra proclamada cada día y que nos ira preparando para la ya próxima celebración de Pentecostés.

domingo, 14 de mayo de 2017

Jesús en el evangelio nos revela el misterio de su ser, pero al mismo tiempo nos esta abriendo un camino que nos lleva a la plenitud de Dios

Jesús en el evangelio nos revela el misterio de su ser, pero al mismo tiempo nos esta abriendo un camino que nos lleva a la plenitud de Dios

Hechos 6,1-7; Sal 32; 1Pedro 2,4-9; Juan 14,1-12
¿Os habéis fijado en cuantos salvadores nos están saliendo cada día, parece que desde debajo de las piedras, que vienen ofreciéndonos con sus soluciones la salvación de la humanidad? Es cierto que se viven momentos tormentosos en el mundo de hoy; crisis de todo tipo que no son solo los problemas económicos que afectan a la vida de tantos, que ponen en peligro la estabilidad social, que provocan reacciones de todo tipo que se pueden convertir en revoluciones violentas, y nos van apareciendo por aquí y por allá como Mesías salvadores tantos que con sus soluciones  como si fueran recetas absolutas resolverían todos los problemas de la humanidad de una forma radical.
Olvidamos que nadie tiene recetas absolutas sino que lo que tendríamos que hacer es ser capaces de entendernos y que solo cuando seamos capaces de recoger lo mejor de cada uno es cuando comenzaríamos a ver un camino de salida a los momentos difíciles que vivimos. No somos portadores de verdades absolutas que tratemos de imponer como solución a los problemas que vivimos. Bien sabemos – y tendríamos que aprender de la historia – que cuando actuamos desde esas imposiciones nos convertimos en dictadores que restamos la libertad de los demás y mancillamos sus derechos humanos.
Esto nos sucede en los caminos de la vida social. Claro que eso no es cosa solo de nuestros días sino que se repite a través de la historia. ¿Y que tendríamos que decir desde el ámbito de nuestra fe y en el camino de nuestra fe y religiosidad? Una cosa si podemos decir claramente desde nuestra fe en Jesús y desde lo que nos enseña en el evangelio. Dios quiere siempre el bien del hombre y esos derechos humanos tan cacareados en nuestra sociedad moderna ya nos los ha concedido Dios desde que nos creo y nos dio nuestra dignidad humana creándonos a imagen y semejanza de Dios.
Y como se nos ha recordado siempre en Cristo se nos revela el misterio y la grandeza del ser humano. Cristo es para nosotros la verdad del hombre. Y en Cristo si que encontramos el verdadero camino para la grandeza y la dignidad del hombre, de la persona humana. Cristo que nos ha venido no solo a redimir sino también a revelarnos en toda su plenitud el misterio de Dios es en esa revelación y en esa redención donde nos abre el camino para la mayor felicidad del hombre.
Cristo, se convierte así en la única verdad absoluta del hombre, porque es el único que nos puede llevar a la mayor plenitud. Y es que la plenitud, la grandeza y la dignidad de la persona humana no lo podemos alcanzar al margen de Dios, el Dios que nos ha creado y el Dios que en Cristo nos ha redimido cuando nosotros con nuestra maldad y nuestro pecado habíamos mancillado esa dignidad de la que Dios nos había dotado.
Jesús hoy en el evangelio nos esta revelando el misterio de su ser, pero al mismo tiempo nos esta abriendo un camino que nos lleva a la plenitud de Dios. Quiere que estemos en El, que vivamos su vida, que vivamos en El. ‘Volvere y os llevare conmigo para que donde yo estoy, estéis también vosotros’, nos dice.
¿Qué tenemos que hacer? Su camino. Su camino que es su vida; su camino que es vivir su verdad, esa verdad que nos ha revelado nuestra grandeza. Es el único camino que nos lleva a esa plenitud de vida en Dios. ‘Yo soy el camino, y la verdad, y la vida, nos dice. Nadie va al padre sino por mi’.
Seguir su camino, vivir su vida es vivir como El vivió, es realizar las obras que El realizo. Ojala nos impregnáramos de su Espíritu, nos dejáramos conducir por su Espíritu. Nuestra vida y nuestro mundo serian distinto; lograríamos ser más felices y hacer más felices a los demás. Estaríamos construyendo un mundo mejor, de más justicia, mas autentico, sin tantas vanidades y falsedades, un mundo de solidaridad y de paz, un mundo donde viviríamos una fraternidad universal y autentica, un mundo donde iríamos desterrando tanto sufrimiento como nos angustia, un mundo mejor.
Y esa es nuestra tarea como seguidores de Jesús; en esto tenemos que empeñarnos y comprometernos sin falsos mesianismos, pero con la certeza de que tenemos una palabra decir, una mano que poner, un compromiso de vida del que no nos podemos escaquear. Hay algo que nos compromete desde lo mas hondo de nuestra vida, la fe que tenemos en Jesús como nuestro salvador y salvador del mundo. Es nuestro único salvador.

sábado, 13 de mayo de 2017

Necesitamos darle mayor profundidad espiritual a nuestra vida entrando en esa sintonía de Dios a la que solamente podemos llegar a través de Jesús

Necesitamos darle mayor profundidad espiritual a nuestra vida entrando en esa sintonía de Dios a la que solamente podemos llegar a través de Jesús

Hechos de los apóstoles 13, 44-52; Sal 97; Juan 14, 7-14
Miramos pero no terminamos de ver; creemos conocer a las personas, pero realmente no las terminamos de conocer. Y no es solo porque es algo complejo captar en toda su amplitud lo que esta delante de los ojos y en también muy complejo conocer a las personas sino porque muchas veces nuestra mirada es superficial o en el conocimiento de las personas no llegamos a abarcar todo lo que es la personalidad del otro.
Nuestra atención tendría que ser mas profunda, no nos podemos quedar en lo superfluo ni en lo superficial, tenemos que ahondar en el misterio del otro. Y esto nos vale en todas las facetas de la vida, en nuestras mutuas relaciones, en la profundidad que le vayamos dando a nuestro caminar, en nuestra apertura a la trascendencia, en nuestras vivencias religiosas tan llenas muchas veces de superficialidad, en todo lo que es nuestra apertura a Dios y a la escucha de su palabra, a lo que es lo mas hondo de nuestra vida cristiana.
Tenemos que aprender a ver y a escuchar, a hacer silencio en nuestro corazón y a saber entrar en sintonía con lo espiritual y trascendente. No es fácil muchas veces porque son muchos los ruidos, muchas las cosas que nos distraen llamándonos la atención, muchas las prisas con que vamos en la vida y eso nos vuelve superficiales.
Así tenemos que aprender a escuchar la palabra de Dios para llegar a un más profundo conocimiento de Jesús. Tenemos el peligro de dar por hecho que conocemos ya a Jesús, que esos textos que una y otra vez escuchamos ya nos los sabemos y no terminamos de prestarle la debida atención para ver lo que aquí y ahora el Señor quiere manifestarnos.
En el texto que hoy se nos ofrece en el evangelio surgen esas situaciones en las que los discípulos parece que no terminan de entender a Jesús y no terminan de conocerle. Jesús les esta hablando del Padre y es lo que continuamente ha querido manifestarles y todavía andan preguntando o pidiendo que les muestre al padre. Y es que no han terminado de conocer a Jesús a pesar de estar tanto tiempo con El. ‘Hace tanto tiempo que estoy con vosotros ¿y no me conoces Felipe? Quien me ha visto a mi ha visto al padre’.
¿Nos sucederá algo así a nosotros que no terminamos de conocer a Dios? No basta decir Dios, sino que nosotros ya tenemos que decir ‘padre’. Es lo que nos ha revelado Jesús; y no solo porque nos lo ha dicho, nos ha enseñado a llamarle padre, sino que en El se ha manifestado ese rostro de Dios, ese rostro de Dios que es padre, que nos ama, que es misericordioso y compasivo, que nos regala su vida, que nos hace participes del Espíritu para que podamos ser en verdad sus hijos.
Necesitamos darle hondura a nuestra fe. Necesitamos crecer en la fe y en el conocimiento del evangelio para conocer a Jesús y para conocer a Dios. Necesitamos darle una mayor profundidad espiritual a nuestra vida, saber entrar en esa sintonía de Dios a la que solamente podemos llegar a través de Jesús. ‘Si me conocierais a mi, conoceríais también al padre’ nos dice hoy Jesús. Ya sabemos por donde hemos de caminar.

viernes, 12 de mayo de 2017

Estando con Jesús estaremos llenos de su vida para siempre y nada ni nadie nos podrá separar del amor de Dios

Estando con Jesús estaremos llenos de su vida para siempre y nada ni nadie nos podrá separar del amor de Dios

Hechos de los apóstoles 13, 26-33; Sal 2; Juan 14, 1-6
Cuando le tomamos aprecio a alguien es normal que nos agrade su presencia y nuestro gozo sea estar con esa persona, compartir nuestro tiempo, nuestras conversaciones y no nos gustaría separarnos de el. Si vislumbramos que tenemos que separarnos y quizás pasar largo tiempo separados seguro que sufriremos mucho por ello y haríamos todo lo que fuera necesario por nuestra parte que esas cosas no sucedan. Es el amor que se hace cercanía como la cercanía alimenta el amor. Es el amor que crea una unión espiritual entre las personas que se aman y es lo que seria tan necesario para crear esa comunión que entre todos tendría que reinar.
Pensamos en un plano humano y necesariamente espiritual, porque es ahí dentro de nuestro espíritu donde mejor experimentaremos esa comunión de amor. Es importante si esa cercanía y esa presencia física, pero es algo que va mucho mas allá y se hace muy profundo en la persona.
En ese plano humano y espiritual sentimos y experimentamos también lo que es ese sentido cristiano que nos anima desde nuestra fe. Es ese amor y esa comunión que también desde nuestra fe vivimos con Jesús como lo estaban viviendo los apóstoles cuando Jesús estaba en medio de ellos, pero que por la fuerza del espíritu tendrían que aprender a vivir de una forma nueva. Es lo que tenemos que cultivar en una verdadera espiritualidad cristiana.
‘Que no tiemble vuestro corazón; creed en Dios y creed también en mí…’ les dice Jesús a lo largo de la cena pascual a los discípulos. Hay tristeza en sus corazones porque intuyen que algo va a pasar, aunque tendrían que saberlo pero no supieron entender los anuncios de Jesús. Les esta hablando de su marcha – ha llegado su hora, había comenzado diciendo el evangelista al principio del relato de la cena – y era el momento de la glorificación. No lo entienden, y de ahí su tristeza. Por eso les dice Jesús que no se acobarden, ‘no tiemble vuestro corazón…’
Y les habla Jesús de la trascendencia de sus vidas, les esta hablando de una nueva vida que va mas allá de esta vida terrena. El nos prepara sitio, quiere que estemos con El. ‘Volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estéis también vosotros…’ Es ahora Jesús el que no quiere separarse de nosotros, el que quiere que estemos siempre con El. Para eso ha venido para darnos vida y vida en abundancia, para que vivamos y podamos vivir en El para siempre.
Queremos estar con Jesús; Jesús quiere que estemos con El. No tenemos otra cosa que hacer que seguir el camino que El nos ha trazado, el camino que es El mismo. Se preguntan los discípulos como pueden saber el camino, y será Jesús el que proclame: ‘Yo soy el Camino, y la Verdad, y la Vida. Nadie va al Padre sino por mi’.
Vivamos a Jesús, su vida, su verdad y estaremos haciendo su camino. Vivamos en su amor porque nos llenemos de Jesús y estaremos haciendo el camino. Estando con Jesús no caben los temores. Estando con Jesús nos sentimos seguros. Estando con Jesús estaremos llenos de su vida para siempre y nada ni nadie nos podrán separar del amor de Dios, como nos diría san Pablo mas tarde.

jueves, 11 de mayo de 2017

Que las cosas pequeñas de cada día sepamos hacerlas impregnadas de amor y espíritu de servicio con la sencillez de los gestos pequeños y humildes

Que las cosas pequeñas de cada día sepamos hacerlas impregnadas de amor y espíritu de servicio con la sencillez de los gestos pequeños y humildes

Hechos de los apóstoles 13,13-25; Sal 88; Juan 13,16-20
No queremos que nadie nos haga sombra. Queremos sobresalir, estar por encima de todos y podemos tener la sensación de que algunas cosas que tuviéramos que hacer son humillantes. Como bonitas palabras eso del servicio, de ser servidores de los demás queda muy bien, pero algunas veces da la impresión de que nos sentimos humillados y como que quisiéramos que no nos vieran.
Son tentaciones que fácilmente nos afloran desde nuestro orgullo y nuestro amor propio y eso crea tensiones en nuestro interior y también de alguna manera con aquellos que nos rodean. En unos mas y en otros menos, pero nos suceden cosas así en nuestro interior que luego se manifiestan en gestos y en actitudes, en desconfianzas, en ocultamiento de nuestra verdadera personalidad. Con lo bonita que seria la vida si viviéramos en actitudes sencillas y de humildad en nuestras relaciones con los demás; quitaríamos amarguras que se nos meten por dentro con nuestros miedos y sabríamos ser felices haciendo felices a los demás.
El texto del evangelio que hoy se nos ofrece es una continuación del momento en que en la cena pascual lava los pies a los discípulos. Ya sabemos como les impresiono aquel gesto de Jesús y hasta les resulto incomprensible; ya sabemos que Pedro no quería dejarse lavar los pies. Por el texto complementario ya sabemos como Jesús les dice que si El, el Maestro y el Señor, les ha lavado los pies así tienen que hacerlo los unos con los otros. Hoy le escuchamos en la continuación de las palabras de Jesús que les dice que ‘el discípulo no es más que su maestro ni el enviado mayor que el que lo envía’.
Son las actitudes nuevas que Jesús quiere que adornen nuestra vida, mas bien, nos envolvamos en ellas haciéndolas como nuestra piel. Ya nos dirá que nuestro distintivo ha de ser el amor, el servicio humilde, el ser capaces de darnos por los demás, y como modelo nos pone su amor. ‘Amaos los unos a los otros, como yo os he amado’, terminara diciéndonos. No es una medida cualquiera, porque bien sabemos cual es la medida del amor de Jesús, el amor más supremo, el amor de quien es capaz de dar la vida por los que ama.
Como decíamos antes son palabras bonitas fáciles de decir, pero lo importante es que sepamos traducirlas al día a día de nuestra vida. No se trata de hacer grandes cosas, sino que esas cosas pequeñas que cada día hagamos las realicemos impregnadas de ese amor, con esa sencillez de los gestos pequeños y humildes. Esa buena palabra dicha con suavidad en el momento en que pudiera surgir en nosotros la ira y la violencia, ese pequeño gesto de acercarnos a quien esta solo, ese saludo amable y con una sonrisa a aquel con quien nos encontramos, ese interesarnos con delicadeza por la salud y el bienestar de quienes están a nuestro lado, esos oídos atentos para escuchar en silencio el dolor o la preocupación que el amigo o el vecino quizás quiere compartir con nosotros.
Eso es, en cosas sencillas así, el lavarles los pies a los demás que Jesús nos dice que nosotros tenemos que hacer como El hizo. Esa es la acogida que tenemos que saber hacer al que llega a nuestro lado. Eso es saber descubrir al Señor en aquel con quien nos encontramos y que camina con nosotros en la vida.

miércoles, 10 de mayo de 2017

La fe en Jesús pone una nueva luz en nuestra vida para sentir que no estamos solos y tener la fuerza para ir al encuentro incluso de aquellos que nos han aislado


La fe en Jesús pone una nueva luz en nuestra vida para sentir que no estamos solos y tener la fuerza para ir al encuentro incluso de aquellos que nos han aislado

Hechos de los apóstoles 12, 24-13, 5; Sal 66; Juan 12, 44-50
Yo he venido al mundo como luz, y así, el que cree en mí no quedará en tinieblas’. Consoladoras palabras de Jesús. Poner nuestra fe en El y nuestra vida se llena de luz. Lo necesitamos.
Muchas tinieblas nos acechan en la vida. El mal que quiere esclavizarnos y llevarnos por caminos de muerte y que sutilmente se nos va metiendo en el alma. De muchas maneras. Nos confunde tantas veces. Nos llenamos de desanimo cuando no avanzamos en la vida como quisiéramos, perdemos fácilmente la esperanza con tantos signos de mal que contemplamos a nuestro alrededor. Sentimos la soledad del que lucha contra el mal y no recibe ningún estimulo de los que le rodean porque parece que todos están en contra de aquello por lo que el lucha.
En mundo de mucha intercomunicación quizás por las redes sociales nos relacionamos fácilmente con los que están lejos con el peligro de quedarnos quizás en la frivolidad o la superficialidad, mientras con los que están cerca de nosotros sentimos que se abren barreras de indiferencia, cuando nos ignoramos los unos a los otros, no nos tenemos en cuenta o no sabemos valorarnos en aquello bueno que intentamos hacer.
El vecino que esta al lado de nuestra puerta, el amigo de siempre con quien tanto quizás en otros momentos tanto habíamos compartido, aquellos con los que nos relacionábamos mucho en nuestro trabajo, ahora los vemos lejos, los encontramos distantes, ya no tenemos una palabra que decirnos, el olvido se ha apoderado de nosotros y se han roto aquellas hermosas relaciones de otros tiempos. Se crean así dolorosas soledades en el alma viéndonos tan lejos de los que han estado o están tan cerca, pero que parece que se han olvidado de nosotros creándose abismos que nos separan.
No podemos, sin embargo, perder la esperanza, borrar la ilusión, tener fe a pesar de las oscuridades de que no estamos solos y siempre hay un rayo de luz que nos ilumine. La palabra que hoy nos dice Jesús es ese rayo de esperanza. Ponemos en El nuestra fe y sabemos que no nos faltara su luz. Esa luz que nos llenara de esperanza, que recargara una y otra vez en nosotros esas baterías de ilusión que parecen descargadas, porque nunca nos sentiremos totalmente solos; sabemos que El esta con nosotros.
Pero aun mas su luz nos dará una nueva visión, unos nuevos ojos para contemplar señales de cercanía que nos parecía que no existían. Su luz pondrá fuerza en nuestro corazón para mantener nuestra luz, para perseverar en eso bueno que queremos realizar, para salir al encuentro con los demás y no desanimarnos a pesar de que nos parezca que están tan lejos. Con esa luz nueva en nuestro corazón seremos capaces de orar incluso por esos que se han distanciado de nosotros, pero pediremos también esa fuerza que necesitamos para a pesar de todo y a contracorriente ir nosotros también al encuentro de esos mismos que nos han aislado. Es difícil, cuesta, pero con la fuerza del Espíritu del Señor podremos realizarlo.
Que no se nos apague esa luz, que se mantenga intacta nuestra fe, que se abran nuestros ojos y nuestro corazón para gozar de esa presencia del Señor junto a nosotros.

martes, 9 de mayo de 2017

Probemos a ponernos en ese camino de la fe y seguro que descubriremos grandes cosas, que de otra forma con nuestros ojos cegados por la increencia nunca llegaríamos a descubrir

Probemos a ponernos en ese camino de la fe y seguro que descubriremos grandes cosas, que de otra forma con nuestros ojos cegados por la increencia nunca llegaríamos a descubrir

Hechos de los apóstoles 11,19-26; Sal 86; Juan 10, 22-30
Hay ocasiones en que alguien nos cuenta algo que nos parece interesante pero que se va alargando en su narración y aunque vislumbramos que puede llegar a ser muy interesante sin embargo en vueltas y vueltas del narrador parece que no llegamos nunca hasta el final estando muy intrigados por su desenlace. Diríamos que crea suspense en nosotros, como nos sucede en películas o nos puede suceder en una obra literaria. Queríamos saber la verdad final de aquella historia pero parece que nunca llegamos al final.
Nos puede suceder en la intriga que se crea en la vida cuando creemos conocer una persona, pero van apareciendo aspectos de su vida hasta entonces desconocidos para nosotros y que nos ponen en vilo sintiendo honda curiosidad por saber como realmente es esa persona.
Nos tienes en suspenso, ¿hasta cuando?’ le decían los contemporareanos de Jesús. Les parecía que lo sabían todo de El, pero cada día van descubriendo nuevos aspectos de su personalidad. Creían vislumbrar en El a un hombre de Dios, a un profeta y entre sus esperazas estaba el que fuera el Mesías. Pero Jesús no terminaba de presentarse con la idea preconcebida que tenían de lo que había de ser el Mesías. ‘Si tú eres el Mesías, dínoslo francamente’ le preguntan.
Las ideas preconcebidas nos pueden confundir cuando la realidad no se ajusta a lo que nosotros habíamos pensado. Con Jesús nunca podemos ir con ideas preconcebidas, con prejuicios, sino que nuestro espíritu ha de estar siempre abierto a dejarse conducir por el Espíritu de Dios que es el que de verdad nos lo revela.
Jesús nos habla de sus obras, que son las obras de Dios. Con lo que Jesús realiza tendríamos que saber descubrirle, reconocerle. Pero algunas veces pareciera que tenemos vendados los ojos. Como le sucedía a la gente en los tiempos de Jesús. Hemos de saber poner nuestra fe en El; si no vamos con los ojos de la fe no llegaríamos a conocerle de verdad. Le sucede a tantos; nos sucede tantas veces, que a causa de nuestros prejuicios nos llenamos de dudas que nos enfrían el corazón y terminamos negando hasta lo más evidente. No hay peor ciego que el que no quiere ver. Y eso nos sucede en muchas ocasiones.
Hoy se nos ofrece Jesús con la hermosa imagen del pastor y de las ovejas. Una imagen bucólica, si queréis decirme, pero una imagen muy llena de significado si miramos, repito, con los ojos de la fe. Y la fe no es una cosa que conquistemos nosotros, es algo sobrenatural, es un don de Dios. Y Dios quiere regalarnos ese don de la fe si nosotros queremos aceptarlo; pero si lo rechazamos no hay nada que hacer.
Al menos probemos a ponernos en ese camino de la fe y seguro que descubriremos grandes cosas, que de otra forma con nuestros ojos cegados por la increencia nunca llegaríamos a descubrir. Tengamos paciencia, aunque se cree en nosotros un cierto suspense, que al final el Señor se nos revelara y nuestra alegría será grande, nuestra alegría será completa. 

lunes, 8 de mayo de 2017

A éste le abre el guarda y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por su nombre a sus ovejas y las saca fuera


El Señor siempre quiere lo mejor para nosotros, vida en abundancia, y nos esta haciendo llegar su llamada y su invitación para seguirle a través de muchos signos y señales

Hechos de los apóstoles 11,1-18; Sal 41; Juan 10,1-10
‘Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante…’ son las palabras finales que escuchamos en el evangelio de hoy. Ya el comienzo del evangelio de Juan en lo que solemos llamar su prologo nos habla de la Palabra, de la luz, de la vida. La Palabra que se nos revela y nos revela el misterio de Dios; la luz que ilumina, aunque las tinieblas traten de rechazarla; la vida que nos salva, que nos regala la gracia de Dios, y de tal manera que nos hace hijos si en verdad escuchamos esa Palabra, nos dejamos iluminar por esa luz y nos dejamos transformar por la fuerza del Espíritu arrancando todo lo que haya de muerte en nosotros.
Hoy con la imagen del pastor, de la que nos sigue hablando el evangelio igual que ayer domingo, Jesús se nos presenta como ese Buen Pastor que quiere siempre para nosotros la vida y no de cualquier manera. Es tal el deseo de Jesús que se entrega por nosotros, da su vida para que nosotros tengamos vida, entrega su vida por amor hasta la muerte para arrancarnos del pecado y de la muerte.
Como Buen Pastor que nos ofrece los mejores pastos para alimentarnos y llenarnos de vida, nos ofrece su cuerpo entregado y su sangre derramada para el perdón y para la vida, para nosotros y para todos, de forma sobreabundante en una alianza eterna de amor de manera que ya nos hace participes de su propia vida. 
Este texto del evangelio esta lleno de exquisiteces, de detalles de amor que tendríamos que saber escuchar en lo más hondo de nosotros mismos y saborear esa dulzura de su amor dando así respuesta con nuestra vida y con nuestro amor a tanto que El quiere ofrecernos.
Hoy nos habla del pastor que conoce a sus ovejas y las ovejas le conocen a El. Creo que tendría que hacernos pensar y mucho. Primero El nos conoce, nos llama por nuestro nombre, es decir, con todo lo que es la realidad de nuestra vida, tan llena muchas veces de sombras, pero que también hemos de saber descubrir tan llena igualmente de luces. A pesar de nuestras sombras nos ama; a pesar de que erramos tantas veces el camino, El nos busca, nos llama, viene a nuestro encuentro ofreciéndonos mil gestos de amor. Sepamos reconocerlo. Sepamos descubrir esos gestos y esas llamadas que de mil maneras nos hace y démosle respuesta.
Pero nos decía también las ovejas conocen y escuchan la voz de su pastor. En nuestra civilización mas urbana quizás ya no sabemos apreciar debidamente lo que esto significa porque por otra parte poco sabemos de rebaños y de ganados. Pero alguna vez lo hemos contemplado, esos rebaños conducidos por un pastor, donde las ovejas siguen al pastor que les guía, reconoces sus silbidos o sus voces con sus indicaciones de por donde ir o por donde dejarse conducir. Es la experiencia quizás que tengamos con animales donde es fácil hoy acompañarnos de nuestras mascotas y ya sabemos como nos conocen y nos siguen, como se alegran cuando de nuevo se encuentran con nosotros y como obedecen nuestras ordenes. Válganos esa experiencia o ese ejemplo.
Así tendríamos nosotros que conocer la voz de Dios, la voz de Jesús que nos habla y que nos llama, que inspira sentimientos en nuestro corazón o nos ofrece señales en los caminos de nuestra vida que se convierten para nosotros también en voz de Dios.
Cuantos signos va poniendo el Señor a nuestro lado de su presencia en la Iglesia o en sus pastores, pero también en tantas cosas buenas que podemos ver en los demás que se pueden convertir para nosotros en llamadas a nuestra conciencia. Sepamos discernir esa voz del Señor, esos signos de la presencia de Dios en nuestra vida; escuchemos su voz y sigámosle con toda la fuerza del amor. El Señor siempre quiere lo mejor para nosotros, vida en abundancia como nos dice hoy el evangelio, y nos esta haciendo llegar su llamada y su invitación para seguirle.