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sábado, 20 de noviembre de 2021

Déjate encontrar por Jesús y te verás en verdad transformado y renacerá en ti la esperanza sintiendo que se eleva tu espíritu con ansias de resurrección y de vida sin fin

 


Déjate encontrar por Jesús y te verás en verdad transformado y renacerá en ti la esperanza  sintiendo que se eleva tu espíritu con ansias de resurrección y de vida sin fin

1Macabeos 6,1-13; Sal 9;  Lucas 20,27-40

Me encontré una sencilla y hermosa oración - no sé realmente de donde procede -  que no me resisto a transcribir en el comienzo de esta reflexión, aunque bien podría ser la oración con la que la concluyéramos. Dice así: ‘Señor, dame la humildad de corazón para no perderme en razonamientos inútiles que me apartan de Ti, enfrían mi alma y me alejan del servicio a los hermanos. Que la esperanza en tu Resurrección avive en mí el deseo de encontrarme contigo para siempre’.

Algunas veces nos hacemos reflexiones y reflexiones en torno a la Palabra de Dios que cada día se nos propone y no sé si siempre todas esas reflexiones que nos hacemos nos llevan a un verdadero encuentro con el Señor. Podríamos estar quedándonos en elucubraciones y explicaciones muy eruditas, pero no estamos llegando al meollo de la vida desde la que tenemos que encontrarnos con el Señor. Tratamos de explicarnos los misterios de Dios y buscamos razonamientos quizás muy humanos que nos lo razonen todo.

Pero quizá tendríamos que preguntarnos si Jesús estuviera ahora en medio de nosotros y tratara de anunciarnos el evangelio en este mundo en el que nos encontramos, en estas situaciones que vivimos y tratara de decirnos ese mismo mensaje del evangelio qué palabras emplearía, cómo nos diría las cosas, cómo se presentaría delante de nosotros.

Es importante que cuando nos ponemos ante el Señor, dispuestos a escuchar su Palabra, una Palabra que nos llene de verdad de vida y de esperanza nos situemos desde nuestra pobreza, con nuestros problemas cotidianos, con las dudas incluso que llevamos dentro de nosotros y que incluso algunas veces tratamos de disimular o poner a un lado, con nuestras angustias y nuestras desesperanzas, con los interrogantes que tenemos en nuestro interior y dejemos que Jesús se ponga ahí en medio de nosotros y de todo eso que llevamos dentro y haciendo silencio de nuestros propios razonamientos dejemos que El vaya como tocando nuestro corazón, tocando cada una de esas cosas que nos preocupan y comencemos a mirarlos con sus ojos.

La gente cuando se acercaba a Jesús, según vemos en el evangelio iba con la realidad de su vida, con lo que eran sus preocupaciones, sus necesidades o sus interrogantes. ¿Qué significa que iban con sus enfermos y los ponían a los pies de Jesús? ¿Qué representa que, por ejemplo, aquella mujer pecadora se atreviera a ponerse a los pies de Jesús con sus lágrimas y con sus perfumes? Allí estaban con su vida, con su realidad, con sus negruras y de la presencia de Jesús salían transformados.

¿No fue eso lo que hizo Zaqueo cuando se sintió gozoso de poder recibir a Jesús en su casa y ofrecerle una comida, sino ponerse con lo que era su vida, aquellas riquezas mal ganadas, aquella fama que tenía en medio de la gente que lo rechazaba, pero también aquellas inquietudes que había en su corazón con deseos de conocerle? Y en la presencia de Jesús se sintió transformado y a partir de aquel momento nació un hombre nuevo en él.

Nicodemo que iba con buena voluntad e incluso reconociendo que en Jesús algo de Dios se estaba manifestando, sin embargo estaba allí el que en cierto modo era maestro en Israel con sus dudas y con sus ignorancias y se dejó conducir por Jesús y su Palabra y descubrió lo que en verdad significaba el aceptar el Reino de Dios el hacerse un hombre nuevo desde ese Reino de Dios.

Hoy escuchamos en el evangelio que van con problemas de cierto legalismo en la interpretación de lo que decía el levítico, pero en el fondo les faltaba visión de trascendencia, visión de lo que en verdad era la vida del mundo futuro que Jesús anunciaba; allí estaban con sus reticencias, con sus preguntas retorcidas, pero allí se encontraron con una palabra de vida, con un sentido de esa vida nueva que Jesús nos ofrece, con verdadero sentido de eternidad.

Aquí entonces nos ponemos nosotros delante del Señor en cierto modo también retorcidos porque queremos llenarnos de mil razonamientos para creer, pero que lo que necesitamos es en verdad dejarnos encontrar por Jesús; sí, dejarnos encontrar, porque es Jesús el que nos busca y algunas veces nosotros nos escondemos detrás de muchas cosas que son secundarias.

Deja que Jesús llegue a tu vida, deja a Jesús que se meta en tu corazón y caldee de verdad tu espíritu tan lleno de tibiezas y frialdades; déjate encontrar por Jesús y te veras en verdad transformado y renacerá la esperanza en tu corazón, y te sentirás con una nueva fuerza para ir llevando al mundo ese evangelio que lo puede transformar, y sentirás que se eleva tu espíritu también con ansias de resurrección y de vida sin fin porque al estar con Jesús no querrás nunca separarte de El.

viernes, 19 de noviembre de 2021

Tendremos que quitar de nosotros esos obstáculos tan arraigados no solo en nuestros oídos sino en nuestro corazón que no nos dejan escuchar la novedad del Evangelio

 


Tendremos que quitar de nosotros esos obstáculos tan arraigados no solo en nuestros oídos sino en nuestro corazón que no nos dejan escuchar la novedad del Evangelio

1Macabeos 4,36-37,52-59; Sal.: 1Cro 29; Lucas 19,45-48

Los contrastes de luz pudieran hacernos conocer mejor la belleza de un cuadro, porque nos haría fijarnos en todos sus matices, pero también nos sucede que si pasamos de un lugar luminoso a un lugar oscuro el contraste producido de alguna manera nos puede dificultar la visión del interior de aquel lugar oscuro, como también de lo contrario si pasamos de un lugar oscuro a un sitio muy luminoso en principio nos cegaríamos con ese contraste de luz en un primer instante sin dejarnos percibir la riqueza de la luminosidad.

La vida también está llena de contrastes que algunas veces no sabemos percibir o también nos cegamos en ocasiones y no somos capaces de ver toda la realidad de la vida; quienes viven en la abundancia no son capaces de percibir las sombras de la pobreza que quizá están muy cercanas; o las opiniones contrastadas de maneras de pensar o de ideologías nos pueden encerrar en alguno de sus aspectos, pero nos ciegan para ver las cosas buenas que también pudieran haber en el otro lado del pensamiento o del actuar de las personas.

Creo que nos hace falta una luminosidad interior para ver crudamente la realidad, pero también para percibir toda la belleza que tiene la vida incluso con esos contrastes y diferencias de matices. Vamos muchas veces demasiado cegados con nuestros pareceres, nuestras opiniones, nuestras particulares visiones que pudieran ser nacidas de algunas circunstancias concretas y no terminar de ver la riqueza que tiene la vida en esa variedad de colores y de luces.

Es difícil muchas veces salirnos de nuestra manera de pensar para apreciar lo bueno que también hay en el pensamiento del otro, y es por eso por lo que tantas veces vamos enfrentados por la vida y no llegamos a aquello de que la unión hace la fuerza, porque cada uno estamos tirando para nuestro lado. Estos pensamientos que estoy ofreciendo quizá necesitaríamos rumiarlos un poquito más en nuestro corazón para abrir más la mente.

En el evangelio y en la vida de Jesús nos aparecen también esos como claroscuros que nos pueden parecer contrastes que nos pueda costar interpretar. Esta página que hoy se nos ofrece está llena de contrastes. Primero la actitud valiente y profética de Jesús que quiere que el templo sea en verdad una casa de oración y no que parezca como un mercado. Pero a partir de este hecho de Jesús aparecen dos luminosidades distintas. Por una parte la reacción de los sacerdotes templo, pero también de aquellos que se consideraban principales en la escala social, fariseos, levitas, maestros de la ley que no entienden la acción de Jesús y quieren quitarlo de en medio, pero al mismo tiempo la gente sencilla – aquellos para los que se revela de manera especial el Reino de Dios como en otras partes aparece – escuchan con paz y esperanza las palabras de Jesús.

Había unas costumbres, unas rutinas en el funcionamiento del templo; por aquello de los sacrificios de animales y ofrendas que allí habían de ofrecerse como culto a Dios, aparecen pronto los comerciantes alrededor del templo de manera que se habían incluso adueñado de los atrios del templo; aquellos lugares propicios para la oración y la escucha de la palabra pronto se hicieron inservibles para la función que habían de desempeñar. Pero era algo establecido – algo que siempre se ha hecho así, como tantas veces decimos para muchas costumbres y rutinas que se nos meten también en nuestra iglesia – y así surge la reacción contra Jesús.

Pero había quien deseaba en verdad el encuentro con el Señor, escuchar con paz y tranquilidad la Palabra, la lectura de la ley y los profetas, incluso a los maestros de la ley que allí las enseñaran, por eso ahora escuchan con gusto a Jesús; lo escuchan llenos de esperanza porque en los gestos de Jesús como en sus palabras algo nuevo se les enseñaba, era la Buena Nueva, la Buena Noticia, el Evangelio que llegaba a aquellos corazones.

Y nosotros ¿qué?, tenemos que preguntarnos. ¿En verdad queremos quitar de nosotros esos obstáculos que no solo en nuestros oídos, sino en nuestro corazón tenemos tan arraigados que no nos dejan escuchar la novedad del Evangelio? ¿Nos cegaremos acaso con los contrastes o tendremos luminosidad suficiente en un corazón limpio como para poder saborear toda la riqueza de la Palabra de Dios que se nos proclama? Mucho más, como decíamos antes, tenemos que rumiar este mensaje de luz y salvación que se nos ofrece.

jueves, 18 de noviembre de 2021

Las lágrimas de Jesús ante la ciudad santa, prueba y manifestación de su amor, nos abren a la esperanza de una renovación de la vida que se verá transformada por la gracia

 


Las lágrimas de Jesús ante la ciudad santa, prueba y manifestación de su amor, nos abren a la esperanza de una renovación de la vida que se verá transformada por la gracia

1Macabeos 2, 15-29; Sal 49; Lucas 19, 41-44

No pretendo hacer comparaciones ni paralelismos para sacar conclusiones en el mismo sentido porque realmente tenemos tendencias a los catastrofismos y podemos tener el peligro de ver en los aconteceres de la naturaleza unos castigos de Dios que no tendríamos que ver desde ese sentido.

Estos días hemos contemplado, sobre todo en nuestras islas, aunque el acontecimiento las ha sobrepasado, los efectos del volcán de la Cumbre Vieja en la cercana isla de La Palma. Para mi personalmente me ha sido doloroso contemplar en el vuelo de los drones que nos están trayendo puntual información la destrucción de aquellas poblaciones y de aquellos lugares; trataba de descubrir lugares, conocidos aunque han pasado ya más de cincuenta años, porque aquellos lugares fueron donde estrené mi sacerdocio; muchos recuerdos lejanos en el tiempo pero que ahora se reviven han aflorado dentro de mi por ser ese lugar tan ligado a mi en mis primeros años como sacerdote. Dolor siento en mi corazón al ver todo destruido, lugares donde habité y que recorrí mil veces ejerciendo mi recién estrenado ministerio.

No he podido menos que evocarlo al escuchar lo que nos dice hoy el evangelio. Aunque la visión en cierto modo es distinta – mi visión es recordando el pasado viendo la situación actual - y no podemos sacar las mismas conclusiones es en cierto modo el dolor de Jesús al contemplar la ciudad santa de Jerusalén desde la altura del monte de Los Olivos; quienes en alguna ocasión hemos bajado también por ese monte enfrente de la ciudad de Jerusalén reconocemos la belleza de lo que desde allí se ve hoy, pero de lo que lo contemplarían los ojos de Jesús igual que sus contemporáneos con el templo de Jerusalén en un primer plano de la ciudad.

La visión de Jesús es de futuro porque El viene a anunciar la destrucción de esa hermosa ciudad; es el dolor como buen judío amante de su ciudad y de su templo que vislumbra el horror y destrucción a que se vería sometida la ciudad donde no quedaría piedra sobre piedra.

Se queja Jesús de Jerusalén a la que tanto amaba pero donde sería rechazado y le conduciría a la muerte. Se quebraría la ciudad bajo la destrucción un día, pero la que ahora se resquebrajaba es la vida. Sería la gran muestra, la última muestra de su amor y de su entrega. Era el camino que había emprendido en su subida a Jerusalén desde la lejana Galilea y para lo que había venido preparando a sus discípulos. Las lágrimas de Jesús contemplando ahora la ciudad santa lamentándose por todo lo que había de sucederle era una muestra que podíamos llamar de su amor pero que era el anuncio, un anuncio más, del sufrimiento de su pasión.

Al pie de aquel monte desde el que ahora contemplara la ciudad se iniciará en Getsemaní, en el Huerto de los Olivos su pasión con el prendimiento. Son los caminos de su subida a Jerusalén donde ya no es solamente la maldad de aquellos que entonces le rechazaron por los que se entrega, sino que se está entregando para derramar su sangre para ser la redención y la salvación de todos los hombres. Las lágrimas de Jesús no se quedan en la ciudad que tiene ante sus ojos sino que serán la entrega de amor que por todos nosotros está haciendo.

Aquella destrucción como aquella muerte forma parte del camino de pascua que para nosotros será salvación. La ruina del hombre por el pecado y la muerte tiene que ser parte del camino de la vida. Es el camino de la Pascua que termina en el triunfo de la vida en la resurrección. Aquella mirada compasiva con una última llamada que está haciendo a su ciudad no está enseñando a nosotros a mirar con ojos nuevos y distintos cuanto nos rodea para que todo sea como un principio de transformación. Una ciudad nueva se levantará sobre la ciudad destruida - la nueva Jerusalén -, como un hombre nuevo ha de surgir por la gracia de ese hombre viejo de pecado que somos nosotros.

Unas lágrimas las de Jesús que nos invitan, sí, al arrepentimiento, pero que nos abren a la esperanza de una nueva vida. Es la fe que tenemos en Jesús que todo lo transforma para hacernos renacer desde las cenizas del pecado y de la muerte a una nueva vida. Pero también tienen que despertar una esperanza en nuestros corazones cuando vemos unas cenizas que todo lo cubren y lo destruyen, pero sabemos que con la fuerza que tenemos en nuestro interior y que nos viene de Dios todo lo podremos rehacer; unas lágrimas que pueden enturbiar nuestros ojos, pero unas lágrimas que tienen que lavarlos y limpiarlos para poder ver con la claridad de la esperanza lo nuevo que podemos hacer resurgir.

miércoles, 17 de noviembre de 2021

Una llamada de atención a nuestra responsabilidad porque la vida exige desarrollo y crecimiento y en el evangelio encontramos los valores que le darán intensidad

 


Una llamada de atención a nuestra responsabilidad porque la vida exige desarrollo y crecimiento y en el evangelio encontramos los valores que le darán intensidad

2Macabeos 7,1.20-31; Sal 16; Lucas 19,11-28

Nos puede suceder en ocasiones en la vida que cuando se avecinan cambios pensamos que no merece la pena esforzarse mucho en lo que estamos haciendo; ya vendrán otros tiempos, quizá pensamos, en que podremos dedicarnos con mayor intensidad y ahora no merece el esfuerzo; y dejamos que las cosas sigan en una rutina, en cierto modo imperativa, sin darnos cuenta de que mientras tengamos en manos una actividad, una responsabilidad no podemos hacer dejación de ello.

Recuerdo un profesor, que en esto fue poco sabio y poco profesor, que nos decía que todo aquello iba a cambiar y entonces de alguna manera nos quitaba los deseos de ponerle empeño a la materia y quizá hubo cosas fundamentales en las que no se profundizó lo suficiente y luego no se tenía base para cimentar lo nuevo que se tendría que edificar, por decirlo de alguna manera.

Lo que tenemos entre manos, lo que es ahora nuestra responsabilidad, aquello que se nos ha confiado no podemos abandonarlo; el terreno de la vida siempre hemos de tenerlo roturado y preparado, aunque ahora nos pueda parecer que no vamos a obtener un fruto inmediato, pero eso que ahora nos puede parecer pequeño y sin importancia pudiera convertirse en una base fundamental para lo que hemos de crear en el futuro.

Es la responsabilidad con hemos de tomarnos la vida, es la seriedad con que hemos de ir haciendo las cosas, que al menos ese esfuerzo nos estará sirviendo también como de entrenamiento para lo que en el futuro tengamos que hacer. Sin perdemos las ganas y el entusiasmo, si bajamos la guardia en la responsabilidad del hoy, en el día de mañana también nos buscaremos alguna disculpa para volver a bajar la guardia o hacer dejación de nuestra responsabilidad.

Hoy Jesús nos ofrece una parábola. Y ya nos dice el evangelista que el motivo era porque con la subida de Jesús a Jerusalén se iba a instaurar ya el Reino y entonces como de alguna manera había entrado como una cierta pasividad en la espera de lo que pensaban que podría suceder. Y Jesús les propone la parábola del que se marchaba de viaje y dejó diversas cantidades de valores a sus empleados. A la vuelta quiso que le rindieran cuentas y mientras unos los habían hecho fructificar, a otro le había entrado la desgana y la irresponsabilidad quizá apoyándose en los temores que tenía porque sabía que su señor era exigente, pero había enterrado el talento y no lo había hecho fructificar. Y ya vemos cómo fue la reacción.

Es una llamada de atención a nuestra responsabilidad. Como decíamos antes de lo que tenemos entre manos no podemos hacer dejación de nuestra responsabilidad. Lo que es nuestra vida nos exige continuamente un desarrollo y un crecimiento. Lo que no crece muere. Igual que las células de nuestro organismo continuamente se van renovando y eso es señal de la vida, y cuando no hay esa renovación, porque las dejamos morir y no hay renovación, entramos en el camino de la enfermedad y en el camino de la muerte.

Pero no olvidemos que la vida no son solo esas células corporales con todas las funciones del cuerpo humano, sino que la vida está en nuestro ser, en lo que somos, en lo que son nuestras vivencias o nuestros sentimientos, en lo que son nuestros deseos y en lo que es nuestro querer, en eso bueno que vamos desarrollando con nuestra existencia y esos valores que vamos cultivando.

Y le hemos de dar intensidad a esa vida; y hemos de desarrollar esas cualidades y esos valores que tenemos, y hemos de superarnos en las limitaciones que encontremos. Es el espíritu fuerte que tengamos en nuestro interior; es la fe que anima nuestra vida y nos llena de esperanza, es el amor con que vamos construyendo cada uno de los pasos de nuestra existencia que también va a tener repercusión en los demás. Es el cultivo de nuestro espíritu elevándonos por encima de todo porque nuestro corazón tiende siempre a Dios. Es el impulso que sentimos en nosotros cuando nos dejamos inundar por el Espíritu y nos lleva a esa entrega y a ese darnos a nosotros mismos. El apoyo lo tenemos siempre en Dios. El evangelio será siempre esa luz para nosotros, para mantenernos en el camino y vivir con toda intensidad.

martes, 16 de noviembre de 2021

De manera admirable la postura de Zaqueo nos desmonta las disculpas y disimulos que nos ponemos cuando Jesús nos dice que quiere hospedarse en nuestra casa

 


De manera admirable la postura de Zaqueo nos desmonta las disculpas y disimulos que nos ponemos cuando Jesús nos dice que quiere hospedarse en nuestra casa

2Macabeos 6,18-31; Sal 3; Lucas 19, 1-10

Hoy me llegó un mensaje que en principio me pareció un tanto extraño. Me decían así textualmente: ‘Por favor, señor, ¿no podemos quedarnos en su país?’ Realmente en principio no entendí qué querían decirme y les preguntaba a dónde es que querían ir. Pero la pregunta me quedó dándome vueltas por dentro.

Cuando he escuchado el evangelio que hoy se nos propone, me volvió a rondar esa pregunta por mi cabeza. Ya conocemos el hecho, Jesús que atraviesa Jericó, la gente que se agolpa por todos lados para ver al Maestro de Galilea, pero alguien que tiene especial interés o curiosidad por conocer a Jesús. No puede o no se atreve a entremezclarse con la gente, por una parte porque siendo de baja estatura siempre quedaría envuelto por los de mayor estatura y no podría ver nada, pero además, despreciado como era por las gentes por ser recaudador de impuestos, nadie le cedería el paso y temía verse despreciado. Por eso opta por irse más adelante y ver el paso de Jesús desde lo alto de una higuera medio envuelto y oculto entre sus ramajes.

Pero es el momento en que sucede lo que no estaba previsto. Jesús se detiene junto a la higuera, precisamente donde se había ocultado el recaudador de impuestos. Quizás hubiera pasado desapercibido para la mayoría de la gente, que no se imaginarían que allí se ocultaba alguien. Pero Jesús se dirige a él y le dice: ‘Zaqueo, date prisa y baja, porque es necesario que hoy me quede en tu casa’.

Si la reacción del sorprendido Zaqueo fue la de bajar corriendo para abrir las puertas de su casa a tal huésped, pronto correrían las voces y enjuiciamientos de quienes no ven con buenos ojos que Jesús haya ido a hospedarse a la casa de un publicano, a la casa de un pecador. Así se lo harán saber los escribas y fariseos a los discípulos. ‘Ha entrado a hospedarse en la casa de un pecador’. Siempre con nuestras discriminaciones; sí, y digo nuestras discriminaciones, porque comentarios semejantes seguramente habremos hecho más de una vez. Por aquello de ‘dime con quien andas y te diré quien eres’. Ya Jesús tendrá una respuesta para esas murmuraciones que también tendríamos que escuchar nosotros.

Pero entre tanto en aquella casa y en aquel hombre que recibe a Jesús y lo sienta a su mesa han sucedido muchas cosas. La palabra de Jesús que se ha dirigido a Zaqueo auto invitándose a su casa ha calado hondo en el alma de aquel hombre. La mirada de Jesús dirigiéndose directamente a él cuando está subido a la higuera, y quizás, - ¿por qué no pensarlo? – la mano tendida de Jesús para ayudarle a bajar han hecho mella en su corazón. De ahí su determinación de devolver cuanto ha robado hasta cuatro veces más, y su resolución de compartirlo todo con los pobres. Por eso dirá Jesús que la salvación ha llegado a aquella casa y que El ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido.

‘Date prisa y baja, porque es necesario que hoy me quede en tu casa’. Le dice Jesús a Zaqueo, ¿no nos lo estará diciendo también a cada uno de nosotros? Jesús quiere entrar en casa de Zaqueo, Jesús quiere entrar en tu casa. ¿Querremos nosotros que Jesús venga a nuestra casa, se hospede en nuestra casa? Jesús sí quiere venir a tu casa, pero tenemos que bajar de nuestra higuera donde nos hemos situado para abrir la puerta. Porque quizá muchas veces nos quedamos enfrascados en nuestra higuera viendo el paso de largo de tantos en el camino de la vida y no nos damos cuenta que quizá se han detenido junto a nosotros con una mirada que implora algo y no somos capaces de darnos cuenta.

Cuántas dificultades ponemos para abrir la puerta, cuantos disimulos o cuantas disculpas. No tenemos tiempo, no podemos entretenernos ahora en esas cosas con todo lo que tengo que hacer, no voy a abrir la puerta a quienes no conozco porque no se sabe, no tenemos la casa presentable queremos disculparnos, cómo voy yo ahora a perder tiempo para sentarme junto al que llega, no nos atrevemos a mirar de frente a los ojos… y Jesús sigue diciéndonos que quiere venir a hospedarse a nuestra casa.

Cuánto nos está enseñando Zaqueo, aquel a quien llamaban el publicano y el pecador. No tardó tiempo en bajarse de la higuera y abrir sus puertas, no se lo pensó dos veces en si convenía o no recibirle en su casa a pesar de la marea de rumores que se iban a despertar, no importaba que la casa estuviera desarreglada porque precisamente Jesús iba a venir para arreglarnos la casa y ponernos las cosas en orden, no tuvo reparo en admitir a todos aquellos que acompañaban a Jesús a su mesa que para todos quedó servida… de qué manera más admirable nos está desmontando nuestras disculpas y nuestros disimulos.

Jesús nos está diciendo, sí, ‘hoy quiero hospedarme en tu casa’. ¿Llegará hoy la salvación a nuestra casa, a nuestra vida? Aquella pregunta que hoy me hacían también tiene un sentido.

lunes, 15 de noviembre de 2021

Ojalá lo tuviéramos tan claro como el ciego del camino de Jericó cuando Jesús nos está planteando también a nosotros ¿qué quieres que haga por ti?

 


Ojalá lo tuviéramos tan claro como el ciego del camino de Jericó cuando Jesús nos está planteando también a nosotros ¿qué quieres que haga por ti?

1Macabeos 1,10-15.41-43.54-57.62-64; Sal 118; Lucas 18,35-43

Supongamos que ahora mismo se presenta alguien a la puerta de tu casa y te dice que le pidas lo que tú quieras que te lo dará. La sorpresa nos embotará o nos hará reaccionar, miraremos quizá con detalle a esa persona que llega delante de nosotros y trataremos de analizar la veracidad de sus palabras; ¿qué es lo que vemos en esa persona que nos la haga creíble en sus palabras? ¿Podrá en verdad hacer lo que dice y nos concederá así gratuitamente lo que le pidamos, sea lo que sea? ¿Le volveremos la espalda porque no nos queremos dejar engañar o probaremos a ver si es cierto, porque total de perdidos al río? ¿Creeremos o no creeremos?

Cuidado, que algo así nos puede pasar. Hemos hecho un supuesto, pero si miramos con atención la vida y cuanto nos rodea muchas veces andaremos en ese mar de dudas, de si creer o no creer, sin saber si encontramos verdaderos fundamentos. Así podemos andar en nuestros caminos de fe. ¿No decimos un poco filosóficamente en alguna cosa habrá que creer? ¿Y si de verdad hay algo más allá, por qué no probamos? Porque también decimos aquello de que nadie ha venido a decirnos cómo es ese más allá, aunque tendríamos que pensarnos esta aseveración. Pero parece que nuestras certezas y seguridades hacen agua.

Hoy el evangelio nos presenta un cuadro bien hermoso. Las afueras de Jericó con los caminos que bajan del valle del Jordán y los que suben a Jerusalén. Es un lugar de paso bastante importante, porque muchos son los peregrinos que suben a Jerusalén y muchas pueden ser también las caravanas de mercancías que desde el valle del Jordán o desde la más lejana Galilea por allí pasan con sus suministros para llegar a la ciudad santa. Un lugar propicio para situarse un pobre mendicante o un ciego para ver si alcanza alguna limosna.

Y allí estaba aquel ciego que oye tumulto de gente y que cuando logra adivinar quienes son esos peregrinos se pone a gritar ‘¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!’ Lo quieren hacer callar porque sus gritos molestan o molesta quizás la manifiesta necesidad de aquel hombre por el que sentirán compasión y pena, pero que se quite de en medio porque ellos van haciendo su camino. Pero quien va en medio de aquel grupo es Jesús y sus discípulos y de aquellos que quieren escuchar sus palabras. Será entonces Jesús el que lo manda llamar.

Y es aquí cuando surge la pregunta de Jesús cuando ya lo tiene cerca. ‘¿Qué quieres que haga por ti?’ La respuesta del ciego no se hace esperar. ‘Señor, que recobre la vista’. ¿Qué otra cosa iba a pedir? Si allí estaba al borde del camino pidiendo limosna era a causa de su ceguera. Ante él estaba quien podía dárselo todo y no se iba a quedar en pedir migajas. Pedir ahora una limosna y seguir con su ceguera era pan para hoy y hambre para mañana. ‘Señor, que recobre la vista’, fue su petición. Si antes había gritado con tal entusiasmo llamando a Jesús hijo de David para que tuviera compasión de su miseria, la fe que le había hecho reconocer a Jesús se mantenía firme y allí estaba su petición. Mejor, allí estaba su curación. ‘Recobra la vista, tu te ha salvado’. No solo llegaba a él la recuperación de la vista sino que llegaba la salvación.

Pero no nos quedemos ahí. Pongámonos en aquel camino, pongámonos en su lugar. Y es Jesús el que ahora se está dirigiendo a ti, a mí, a nosotros y también nos está planteando la misma pregunta. ‘¿Qué quieres que haga por ti?’  Sí, es una pregunta que nos interpela profundamente. Quizás no nos la esperamos. Quizás a nosotros también nos sorprende. ¿Qué responderíamos? ¿Cuál sería nuestra petición? Quizás como en una ráfaga interminable puedan pasar muchas cosas por nuestra cabeza.

Pensamos en nuestras necesidades y carencias quienes estamos siempre quejándonos; pensamos en nuestros dolores, en nuestras enfermedades, en esos sufrimientos por los problemas que nos agobian; pensamos quizás en el mundo que nos rodea y los problemas que ahora afectan a nuestra sociedad; pensamos y pensamos en tantas cosas que van desfilando por nuestra mente que ahora no sabemos en qué nos vamos a quedar. Si son tantas las cosas que yo le he pedido al Señor a lo largo de mi vida, podemos pensar. O puede surgir entonces la duda en nuestro interior, ¿será verdad que nos va a dar lo que le vamos a pedir? Ya sabemos cómo tantas veces incluso cuando vamos con nuestras listas de peticiones al Señor vamos con la duda metida por dentro que no nos hace tenerlas todas con nosotros y nos faltan seguridades y confianzas.

En esta reflexión ante este evangelio lo voy a dejar aquí, porque la respuesta tenemos que darla cada uno personalmente. No olvidemos que el Señor nos está diciendo ‘¿Qué quieres que haga por ti?’ ¿Tendremos la fe de aquel ciego del camino de Jericó?

domingo, 14 de noviembre de 2021

Siempre hay una luz que nos invita a la lucha, al esfuerzo, a la superación, a buscar la transformación de ese mundo de oscuridad en un mundo de luz y de vida

 


Siempre hay una luz que nos invita a la lucha, al esfuerzo, a la superación, a buscar la transformación de ese mundo de oscuridad en un mundo de luz y de vida

Daniel 12, 1-3; Sal. 15; Hebreos 10, 11-14. 18; Marcos 13, 24-32

Hay ocasiones en la vida que parece que el mundo se nos cae encima, son momentos difíciles por los que pasamos en que todo se nos vuelve negro y oscuro, los problemas se nos acumulan, la soledad del alma nos duele por dentro porque en momentos así nos parece que nadie nos quiere ni nadie se preocupa de nosotros, se crean abismos en el espíritu que nos llevan a encerrarnos en un cuarto oscuro, que es encerrarnos en nosotros mismos o no querer contar con nadie y dejar que nadie esté a nuestro lado. Momentos bastante difíciles y amargos para quien los pasa.

La descripción que nos hace Jesús de los últimos tiempos con resonancias muy claras de las profecías apocalípticas del profeta Daniel, algunas veces nos parece verlas reflejadas en lo que nos sucede. No queremos hacer lecturas catastrofistas, porque además todo esto encierra una palabra de esperanza y de vida.

En nuestras islas en este momento y en una isla en concreto que está sufriendo todas las calamidades del volcán nos pudiera parecer ver un cumplimiento de esas palabras proféticas y apocalípticas; tendríamos que saber hacer una buena lectura de esos acontecimientos, pero que no son solo estas catástrofes naturales que se repiten tantas veces en la historia desde esos accidentes de la naturaleza, como también de situaciones que provocamos los hombres,  cuántos tiempos doscurie guerras, de hambre y de miseria ha atravesado la humanidad a lo largo de la historia; pero es que además tendríamos que ir más allá de todo eso para verlo, como comenzábamos hoy nuestra reflexión, en nuestra vida misma con sus problemas y con sus agobios, con esos momentos oscuros y con esas angustias que tantas veces padecemos en la vida. Esos túneles oscuros de la vida.

La liturgia siempre nos ofrece semejantes textos de la Palabra de Dios en los últimos domingos del año litúrgico, pero siempre la Palabra que escuchamos no es para llenarnos de angustias sino de esperanzas. Es una tentación fácil y muchos se aprovechan de estas situaciones difíciles para la humanidad o para el hombre desde lo más interior de si mismo, para sembrar desesperanzas y agobios y ofrecernos caminos falsos de salvación. Pero es este sentido de esperanza con el que tenemos que ver todo esto en lo que venimos reflexionando, en esos diversos acontecimientos de la vida misma o en lo que llevamos muchas veces en el interior del corazón.

Pero la respuesta a esas inquietudes, angustias o preguntas que surgen en nuestro interior ante lo que es la vida misma nunca puede ir por caminos de destrucción y muerte sino por caminos de vida y de esperanza. Algunas veces nos parece desear una intervención milagrosa de Dios que de forma espectacular acabe con ese mundo de angustia y de dolor. Que caigan rayos del cielo  que destruya ese mundo que nos parece injusto, deseamos y quizá algunas veces interpretamos como castigos de Dios lo que por naturaleza nos sucede. Pero los caminos de Dios son otros, y los caminos de Dios donde buscan y realizan la verdadera transformación es en el corazón del hombre.

Es la luz que siempre hemos de saber encontrar. Es la luz que nos abre caminos de algo nuevo y esperanzador. Es la luz que nos hace descubrir el sentido de las cosas y de la vida misma. Es la luz que nos invita a la lucha, al esfuerzo, a la superación, a buscar la transformación de ese mundo de oscuridad en un mundo de luz y de vida. Cuando en un camino oscuro por alguna parte se abre una rendija que deja entrar un rayo de luz, por tenue que sea, siempre surge la alegría en nuestro corazón, porque aquel rayo de luz nos está diciendo lo que hay más allá, la salvación que nos espera y nos hace luchar con mayores ansias por superar esas oscuridades que aun queden en el camino porque sabemos la vida que nos espera al final.

Nos vale esto para el día a día de nuestra vida tan envuelto tantas veces en problemas que nos llenan de angustia, pero esto nos vale para darle una trascendencia final a lo que hacemos y a lo que vivimos porque como creyentes en Jesús sabemos que nos espera una vida eterna de dicha y de felicidad, como El tantas veces nos prometió en el evangelio.

El verdadero creyente en Jesús es siempre un hombre de esperanza. Así tenemos que manifestarnos en el camino duro de la vida. Sabemos bien de quien nos fiamos y la palabra de Jesús siempre se cumplirá.

sábado, 13 de noviembre de 2021

Que cuando salgamos de nuestra oración, cuando salgamos de nuestras celebraciones llevemos muy claro qué es lo que el Señor ha querido transmitirnos en nuestro encuentro con El

 


Que cuando salgamos de nuestra oración, cuando salgamos de nuestras celebraciones llevemos muy claro qué es lo que el Señor ha querido transmitirnos en nuestro encuentro con El

Sabiduría 18,14-16; 19,6-9; Sal 104;  Lucas 18,1-8

Normal es que cuando necesitamos urgentemente una cosa y sabemos que podemos obtenerla de alguien que la posee, le roguemos insistentemente a esa persona para conseguir lo que deseamos o lo que necesitamos; una insistencia a la que no pondría límites, aunque es cierto que cuando tenemos la negativa por respuesta poco a poco desistamos y lo demos por perdido.

Pero una cosa es pedir en nuestra necesidad y otra cosa es escuchar lo que se nos pide. O simplemente escuchar a alguien que viene contándonos sus problemas o cosas de su vida; al final aunque aparentemente quizá por educación o delicadeza parezca que estamos atentos, en el fondo estamos haciendo oídos sordos a aquello que nos cuentan o que nos piden. Pronto nos cansamos de escuchar.

Y todos tenemos necesidad de que ser escuchados, pero sabemos bien que muchas veces nos vamos encontrando un mundo de sordos, pero sordos interesados; escuchamos lo que nos apetece o lo que nos conviene. En un mundo en que se dan las comunicaciones hoy de forma instantánea de un lado a otro del mundo, quizá vivimos incomunicados con los que tenemos más cerca.

Cuánta necesidad tenemos de ser escuchados, cuanto se necesita saber escuchar para poder entrar en una buena relacion en la vida; ese no escucharnos puede crear tensiones como puede crear indiferencia e insolidaridad en nuestro corazón, o ser fruto de ello.


Hoy en el evangelio se nos dice que para enseñarnos Jesús cómo debemos orar con perseverancia sin desfallecer les propuso una parábola. Y habla de la viuda que pide insistentemente justicia a un juez que sus maneras no son precisamente las de un juez que obra con justicia, porque no quiere escuchar ni atender las peticiones de aquella mujer, pero que al final ante la insistencia de la viuda escuchó y atendió su petición. Normalmente la interpretación que hacemos de esta parábola es constatar la insistencia de aquella mujer, como modelo de nuestra insistencia en nuestras peticiones en la oración que al final siempre seremos escuchados. Pero ¿no nos querrá decir algo más la parábola?

Partimos muchas veces del concepto de oración como de petición; oramos porque vamos a pedir algo. Pero la oración es algo más. La oración tiene que ser encuentro; la oración es diálogo del hombre con Dios. No es que nosotros pidamos y Dios nos escuche, sino que en toda verdadera oración ha de estar por nuestra parte esa actitud de humilde escucha ante Dios. ¿Será algo que hacemos? ¿No tendríamos que abundar en este aspecto de una verdadera oración donde de verdad nosotros nos pongamos en actitud de escuchar a Dios?

Si antes hablábamos de esa necesidad de escucha que tenemos nosotros, de escuchar y de ser escuchados para que haya una verdadera y humana comunicación entre nosotros ¿no tendríamos que aplicar eso también a nuestra oración como escucha de Dios en nuestro corazón?

Eso tendría que ser así siempre en nuestra oración personal, pero esto es lo que tendría que ser siempre nuestra oración comunitaria. Realmente se nos ofrece, porque siempre se nos ofrece la Palabra de Dios que hemos de escuchar, pero pensemos si acaso cuando venimos a nuestras celebraciones no vendremos más preocupados por lo que hoy tenemos que pedirle a Dios, por aquellas personas o cosas por las que hemos de pedir, pero no estamos tan preocupados y atentos para abrir nuestro corazón y escuchar aquello que el Señor quiere comunicarnos.

Que cuando salgamos de nuestra oración, cuando salgamos de nuestras celebraciones llevemos muy claro qué es lo que el Señor hoy ha querido transmitirnos, decirnos allá en lo más hondo de nuestro corazón.

viernes, 12 de noviembre de 2021

Que se nos abran los ojos de la fe y vuelva a brotar fuerte la esperanza en el corazón para que aun en medio de la angustia escuchemos su voz que nos dice ‘no temáis, soy yo’

 


Que se nos abran los ojos de la fe y vuelva a brotar fuerte la esperanza en el corazón para que aun en medio de la angustia escuchemos su voz que nos dice ‘no temáis, soy yo’

Sabiduría 13,1-9; Sal 18; Lucas 17,26-37

Hay textos en el evangelio que en algunas ocasiones nos desconciertan y pudieran  hacer aflorar en nosotros miedos, angustias, desconfianzas. Lo que nos habla Jesús hoy en el evangelio en una primera lectura nos pudiera parecer catastrófico, apocalíptico en el sentido más vulgar por así decirlo de la palabra – como podemos ver por otros lugares lo de apocalíptico tiene otro sentido de esperanza – porque parece que no hace otra cosa que anunciarnos catástrofes, destrucción y muerte.

Os confieso que al ir leyendo el texto para hacer esta reflexión me vino a la mente lo que en estos días están sufriendo muchas personas con el volcán surgido en la isla de la Palma, aquí cercana a nosotros. Prácticamente de forma inesperada – aunque los científicos hacían sus cálculos y sus estudios como siguen haciéndolo – surgió esa llamarada de destrucción que es un volcán con esa lava destructora que todo lo inunda y ante la cual nada podemos hacer.

Lo que nos dice hoy el evangelio de salir con lo puesto, de no volver a sus casas a recoger nada, lo de quedar todo roto y destruido parece una descripción demasiado literal de lo que allí está sucediendo. ‘Como sucedió en los tiempos de Lot’ nos recuerda Jesús, ‘asi serán también los días del Hijo del Hombre’. Pero no quiero sacar conclusiones terroríficas que nos llenen de temor. El evangelio nunca es para eso, siempre nos dirá Jesús, ‘No temáis, soy yo’.

Momentos de angustia y desolación, como la que están viviendo estas gentes; momentos de angustia ante lo impredecible y de desesperanza ante el futuro. Momentos en que es necesaria una fortaleza muy grande y una serenidad de espíritu para no aturdirnos ni acobardarnos; momentos que pueden ser una llamada a renacer y hacer surgir en nuestros corazones lo mejor de nosotros mismos, desde la solidaridad de los unos con los otros en el mismo sufrimiento, y desde una esperanza que quiere renacer de algo nuevo que en el futuro se puede realizar.

¿Y qué nos quiere decir Jesús con estas palabras tan apocalípticas y tan catastróficas que hoy nos ha pronunciado y llega como palabra de Dios en el ahora de lo que estamos viviendo o nos puede tocar vivir en un momento determinado? Siempre las palabras de Jesús son una invitación a la vigilancia para estar preparados ante lo que nos ha de devenir en cualquier momento, y son palabras que nos invitan a la esperanza.

Estas palabras de Jesús, que no podemos escuchar nunca aisladas del resto del evangelio, conectan con lo que nos habla del juicio final donde un día hemos de comparecer y precisamente se nos va a examinar del amor. ¿No querrán despertar en nosotros ese amor que con tanta intensidad hemos de vivir siempre en nuestra relación con los demás, porque todo lo que le hagamos al otro es como si a El se lo hubiéramos hecho?

Viene el Señor a nuestras vidas, y como tantas veces nos dice, ‘no sabemos el día ni la hora’. Y como tantas veces hemos reflexionado el Señor se nos manifiesta en las cosas quizás que menos esperamos, en los acontecimientos de la vida, unas veces agradables y otras veces no tanto. Soñaríamos quizás con apariciones milagrosas, cuando estamos angustiados estaríamos deseando un milagro extraordinario, pero la vida sigue, los acontecimientos se suceden unos tras otros, pero detrás de todo eso hemos de descubrir los caminos del Señor. No siempre es fácil. Muchas veces nos sentimos aturdidos. En ocasiones perdemos la esperanza, pero es ahí donde tiene que manifestarse la madurez de nuestra fe, la fortaleza de nuestra esperanza, la intensidad de nuestro amor.

Es una lectura que tenemos que saber hacer en los tiempos dolorosos de la vida que podamos estar viviendo. Que se nos abran los ojos de la fe, que vuelva a brotar fuerte la esperanza en el corazón.

jueves, 11 de noviembre de 2021

En la vida de cada día vivida con la intensidad del amor, la responsabilidad, la autenticidad de la verdad están las señales del Reino de Dios en medio de nosotros

 


En la vida de cada día vivida con la intensidad del amor, la responsabilidad, la autenticidad de la verdad están las señales del Reino de Dios en medio de nosotros

Sabiduría 7, 22 – 8, 1; Sal 118; Lucas 17, 20-25

Vivimos en un mundo de prisas; queremos que todo sea de inmediato. Nos hemos acostumbrado con la técnica y con la informática que tocamos una tecla, tocamos un botón o colocamos una clavija y todo sucede inmediatamente, que no soportamos las esperas. Que el ordenador va lento, nos quejamos tantas veces; que no nos resuelven de inmediato nuestros problemas, y ya andamos quejándonos y protestando porque nos hacen esperar. Un mundo de inmediatez.

Pero por unas razones o por otras, con unas técnicas modernas, o simplemente cuando las cosas llevaban otro ritmo, siempre nos hemos estado preguntando ¿y eso me lo van a solucionar pronto? ¿Y cuándo va a suceder eso que nos anuncian? Siempre hay como una expectativa de inmediatez. Y aunque las esperas a lo largo de la historia de la salvación podríamos decir que fueron de siglos, siempre estaba la esperanza de que todo aquello anunciado por los profetas tuviera pronto cumplimiento.

Ahora Jesús anuncia el Reino de Dios, nos da señales de cómo ha de ser ese Reino de Dios, nos pide un espíritu de conversión para abrir los espíritus de verdad a ese Reino de Dios, pero allí andaban los contemporáneos de Jesús, como había sucedido también a través de los tiempos en la espera de sucesos espectaculares con los que se hiciera presente el Reino de Dios.

Y ahora vienen preguntándole, ‘¿cuándo va a llegar el reino de Dios?’ y la respuesta de Jesús es clara. ‘El reino de Dios no viene aparatosamente, ni dirán: “Está aquí” o “Está allí”, porque, mirad, el reino de Dios está en medio de vosotros’. Será algo que Jesús repetirá en varias ocasiones como nos narran los evangelistas.

La tendencia a lo espectacular. Que nosotros también la tenemos. Cómo corremos de un lado para otro y somos capaces de atravesar el mundo cuando nos dicen que sucedieron cosas espectaculares o milagrosas en un lugar determinado; cómo corremos tras las apariciones o las visiones de algo que nos pueda parecer sobrenatural; cómo acudimos a este o al otro santuario porque allí nos dicen que se hacen milagros, que allí nos curamos de nuestras enfermedades y hacemos largas peregrinaciones. ¿Buscamos lo espectacular o buscamos a Dios? Será algo que tenemos que preguntarnos.

Y Jesús nos ha dicho ‘mirad que el Reino de Dios está en medio de vosotros’. Ahí, en nosotros, en nuestro interior según las actitudes nuevas de las que llenemos nuestro corazón, según los valores nuevos que vayamos poniendo en nuestra vida; ahí en nosotros, en medio de ese mundo en el que vivimos que luchamos por hacerlo mejor, es donde tenemos que encontrar el Reino de Dios, es donde tenemos que despertar todos esos valores del Reino de Dios.

Y cuando comencemos a amarnos más, cuando aprendamos a estar más unidos colaborando los unos con los otros, cuando vayamos arrancando de nosotros y de nuestras relaciones esos orgullos que nos destrozan, esas envidias que nos corroen, esos egoísmos que nos hacen insolidarios, esa maldad que hace ruin nuestro corazón y llena de injusticia nuestro trato y nuestra relacion con los demás, entonces nos daremos cuenta de cómo estamos construyendo el Reino de Dios.

Mira a esas personas que se aman, mira a quienes viven desprendidos y con corazón generoso dándolo todo por los demás, mira a esa gente que es verdaderamente solidaria, mira a quienes trabajan por lo bueno, por hacer el bien a todos, por buscar el respeto de cada persona, mira a esas personas que alejan de sí toda vanidad y toda hipocresía y estarás encontrando semillas del Reino de Dios. Ahí en ese mundo que vamos construyendo de esa manera, pongamos a Dios en el centro y estaremos en verdad encontrándonos con el Reino de Dios.

No son cosas espectaculares lo que esas personas hacen; es la vida de cada día vivida con la intensidad del amor, la responsabilidad, la autenticidad de la verdad; y eso serán quizás cosas que nos parecen pequeñas, pero ahí estamos viendo las señales de que el Reino de Dios está en medio de nosotros.

 

miércoles, 10 de noviembre de 2021

Aprendamos a estar en camino que es búsqueda y que es encuentro, que es comunicación pero también de silencio interior, de escucha y de apertura a la trascendencia

 


Aprendamos a estar en camino que es búsqueda y que es encuentro, que es comunicación pero también de silencio interior, de escucha y de apertura a la trascendencia

Sabiduría 6, 1-11; Sal 81; Lucas 17,11-19

Estar en camino significa una actitud de dinamismo en la vida. El que está en camino no se encierra en sí mismo; está en camino y va a la búsqueda, está en camino y descubre cosas nuevas, está en camino y se encuentra con el otro, el que está en camino se encuentra con la vida porque al mismo tiempo se va encontrando con la verdad de sí mismo. Qué riqueza más inmensa es estar en camino en la vida. Es una actitud muy positiva.

Cómo cuentan sus experiencias, por ejemplo, los que han hecho el camino de Santiago. Ha sido un camino recorrido durante siglos por hombres y mujeres de todos los tiempos y lugares. Pudiera ser que alguno al iniciar el camino lo haya hecho por esa novelería de echarse al camino a andar, y como todo el mundo habla de él, se ha puesto a hacer el camino sin ninguna meta de profundidad; quizá en principio sin mayores motivaciones, pero cómo todos cuentan al final esa experiencia de encuentro, con los otros caminantes y con los lugares por donde van cruzando y sus gentes, pero como también cuentan de cómo se han ido encontrando consigo mismo. Al final para muchos ha sido una experiencia de trascendencia y una profunda experiencia religiosa.

Así es la vida. Así han de ser las actitudes con que nos enfrentemos a la vida para vivirla con toda intensidad. Quien no es capaz de soñar con ponerse en camino sus horizontes se achican cada día más; serán los mismos lugares, serán las  mismas personas, serán las mismas cosas que se repiten una y otra vez. Quien sueña con algo nuevo y distinto, aunque en principio sea solo en sus sueños ya de alguna manera se está poniendo en camino, y terminará por salirse de sí mismo y aunque quizá físicamente no pueda ir muy lejos, llegará lejos en su encuentro con la vida y con los demás porque comenzará a pregustarla con nuevos y distintos sabores. Y lo necesitamos para darle riqueza a la vida.

Hoy el evangelio nos dice que Jesús iba de camino. Ahora estaba realizando su subida a Jerusalén e iba atravesando Samaría; pero muchas veces lo vemos en el evangelio. Vayamos a otro sitio, tengo que ir a otros lugares, rema mar adentro, caminará ya por los límites de Palestina por el norte en la tierra de los cananeos, atravesará el lago y llegará hasta Gerasa que está al otro lado en todos los sentidos, un día había dejado Nazaret y se había ido a los desiertos de Judea y junto al Jordán. Jesús en camino que se va encontrando con la gente; Jesús en camino a cuyo encuentro vienen también desde todos los lugares para escucharle o para traerle sus dolencias y sufrimientos. No se aposenta Jesús en un lugar sin salir de él, aunque Cafarnaún parezca el centro de todas sus salidas. ¿Significará todo esto algo para nosotros?

Hoy en su camino hacia Jerusalén y atravesando Samaría va a haber un encuentro de salvación para algunos. Unos leprosos desde lejos del camino – no podían acercarse porque su lepra los confinaba – le gritan pidiéndole compasión y misericordia. ¿Qué hace Jesús? Los pone en camino. ‘Id a presentaros a los sacerdotes’. Todos entendían lo que querían significar aquellas palabras y fue como si se desbordaran de aquellos límites que les habían impuesto y todos corren para cumplir lo prescrito por la ley antes de encontrarse de nuevo con sus familiares; bueno, todos no, porque uno se regresa y viene a los pies de Jesús para dar gracias.

Aquel camino en que los había puesto Jesús significaba una vida nueva para todos ellos. Pero en aquel camino se obraron también milagros en su interior. Uno se encontró de verdad consigo mismo y con la realidad penosa de su vida de la que había sido liberado, pero esto le había transcendido para ir a un encuentro con el Señor. Allí estaba postrado ante Jesús dando gracias. Un horizonte nuevo se abría en su vida, porque su corazón se había llenado de fe y ahora todo lo veía distinto. ‘Tu fe te ha salvado’, le dice Jesús. No era solo la curación de la lepra lo que había acaecido en aquel hombre, sino que se había encontrado consigo mismo y con Dios. La fe comenzó a brillar en su corazón y se lleno de nueva vida.

¿Será algo así lo que nosotros necesitemos? En el camino de la vida tenemos que aprender. Ese camino que es búsqueda y que es encuentro, ese camino que es comunicación pero que será también de silencio interior, ese camino en el que vamos a trasmitir algo pero ese camino que también será de escucha allá en lo más íntimo de nosotros mismos. Y cuando en ese camino nos encontramos con Jesús nos llenaremos de verdad de nueva vida.

martes, 9 de noviembre de 2021

Que cuando hablamos de Iglesia no nos venga enseguida la imagen de grandes templos o basílicas, sino la imagen de los cristianos verdadero signo de la presencia de Jesús

 


Que cuando hablamos de Iglesia no nos venga enseguida la imagen de grandes templos o basílicas, sino la imagen de los cristianos verdadero signo de la presencia de Jesús

Ezequiel 47, 1-2. 8-9. 12; Sal 45; 1Corintios 3, 9c-11. 16-17; Juan 2, 13-22

Nos gusta tener nuestra casa ordenada y limpia. Hay quienes se lo toman como una obsesión y pareciera que vivieran esclavos de la casa, de su limpieza, del orden que habría que tener en ella. Pero nos gusta a todos que sea acogedora, que nos sintamos a gusto, que tengamos lo que necesitamos a mano, que quien llegue a las puertas de nuestra casa se sienta invitado, no solo con nuestras palabras, sino por la suave fragancia que brota de ella con nuestra acogida y con los detalles que les ofrecemos; ahí está otro de los detalles, cuando recibimos a alguien siempre queremos ofrecerle algo, queremos tener un presente para que se sienta bien. 

Ahí está el café que inmediatamente se prepara en las casas de nuestra tierra. Pero será también nuestra presencia la que hará que en verdad quienes nos visitan se sientan en verdad acogidos.

Sin embargo, habremos tenido en alguna ocasión la sensación de desorden y dejadez cuando hemos llegado a algún lugar. No es la pobreza material, sino quizá la pobreza de espíritu de los que allí habitan, que lo hacen de cualquier manera y no se preocupan lo más mínimo por hacer acogedor su hogar. Yo conozco personas que cuando tienen cierta confianza y llegan a un lugar así inmediatamente sin que nadie se lo pide se ponen a ordenar, a colocar las cosas en su sitio, a tratar de limpiar en lo que les dejen. No soportan que los que allí viven lo hagan de esa forma y den esa sensación a quienes llegan. Alguna vez lo habremos sentido así en la casa de un amigo o de un familiar muy querido y hemos tratado de ponernos a hacer algo con la mayor delicadeza del mundo.

Hoy vemos que Jesús llegó al templo de Jerusalén y ya no lo pudo soportar más. Se lió a porrazos con los vendedores que se habían apoderado de los atrios del templo convirtiéndolo en un mercado. Quizá valiéndose de la necesidad de tener a punto los animales para los sacrificios, o los cambios de monedas para las ofrendas que no se podían hacer sino con las monedas propias del templo, se había levantado aquel tremendo tinglado que Jesús no puede soportar. Aquel lugar tenía que ser casa de oración y como les dice Jesús lo han convertido en un mercado y en una cueva de bandidos. Ya le echarán en cara a Jesús con qué autoridad se había atrevido a realizar aquella acción de limpieza del templo.

Pero Jesús todo eso quiere convertirlo para nosotros en una parábola profética. Las parábolas no son solo palabras, sino que pueden ser gestos que se realizan y que tienen ese sentido profético para nuestras vidas. Estamos acostumbrados solo a ver las parábolas que se nos ofrecen en los evangelios pero a lo largo del antiguo testamento sobre todo con los profetas podremos ver muchos gestos que son verdaderas parábolas para el pueblo por los hechos que realizan los profetas.

Hoy cuando le piden explicaciones a Jesús, les dice que destruyan ese templo que El en tres días podrá reedificarlo. No entenderán entonces las palabras de Jesús que servirán incluso para la acusación ante el Sanedrín, pero el evangelista ya con la inspiración del Espíritu podrá decirnos que se refería a su cuerpo y estaba hablando de su muerte y de su resurrección.

Pero, ¿quién es hoy el cuerpo de Cristo al que Jesús para nosotros se estará refiriendo? Ese cuerpo somos nosotros; recordemos que san Pablo nos hablará del Cuerpo Místico de Cristo que formamos todos los que creemos en El. Es una referencia a la comunidad de los creyentes y es una referencia a la Iglesia. Nos estará hablando de esa purificación que tendrá que haber en nuestra vida para que en verdad podamos ser ese templo vivo de Dios, esa morada del Espíritu, pero nos está hablando también de su Cuerpo que es la Iglesia.

La Iglesia que tiene que ser esa casa acogedora para que todos en ella nos sintamos a gusto; la Iglesia que tiene que ser esa casa de puertas abiertas para que todos puedan llegar a su seno y se sientan a gusto en ella porque en verdad nos sintamos esa morada de Dios en medio del mundo. ¿Cuál es el signo que damos los cristianos en medio del mundo que nos rodea? ¿Cuál es el signo que manifiesta la Iglesia?

Es de algo de lo que en verdad tendríamos todos que preocuparnos. Pero algunas veces andamos un poco confundidos. Las mismas expresiones que utilizamos algunas veces se nos vuelven ambiguas sin saber bien a lo que nos estamos refiriendo. Y hablamos de Iglesia y enseguida pensamos en nuestros templos y cada uno sentimos el orgullo del templo de nuestro pueblo, de nuestra comunidad y quizás nos gastamos y desgastamos incluso más de lo que tenemos por tenerlo bello, por tenerlo adornado, por llenarlo de esplendor y algunas veces, tenemos que reconocerlo también, de mucho boato.

Pero ¿cuál es el templo que tenemos que cuidar? ¿Qué es lo que en verdad tendría que preocuparnos? Como nos preguntábamos antes, ¿cuál es la imagen como Iglesia que nosotros damos ante el mundo que nos rodea? Hablábamos al principio de esa casa limpia y acogedora donde queremos sentirnos a gusto, ¿será así cómo nos sentimos en la Iglesia? Y no estoy hablando de cuando estamos reunidos en la iglesia, en el templo, sino, ya sea cuando estamos reunidos como comunidad cristiana, o a través de lo que como cristianos nosotros estamos realizando, ¿qué imagen atrayente damos a los demás para que también los otros quieran ser y participar de la vida de esa comunidad?

Creo que muchas cosas tendríamos que purificar en nuestra mente, en nuestra manera de actuar como cristianos, y en la forma como la Iglesia se presenta ante el mundo. Que cuando hablamos de Iglesia no nos venga enseguida la imagen de grandes templos, basílicas o catedrales, sino la imagen de unos cristianos que viven dando la señal de la presencia de Jesús. Eso es en verdad lo que nos tendría que obsesionar de la limpieza y del ordenar nuestra casa que es la Iglesia.

lunes, 8 de noviembre de 2021

En medio de las dudas y las sombras, en medio de las luchas y los desánimos, en los momentos de debilidad, no temamos gritar al Señor ‘Auméntanos la fe’

 


En medio de las dudas y las sombras, en medio de las luchas y los desánimos, en los momentos de debilidad, no temamos gritar al Señor ‘Auméntanos la fe’

Sabiduría 1,1-7; Sal 138; Lucas 17,1-6

Hay ocasiones en que la vida se nos hace cuesta arriba, van surgiendo dificultades por todas partes en aquello que queremos emprender o por lo que estamos esforzándonos, de manera que fácilmente nos puede entrar el desaliento, sentirnos cansados y sin ánimos, nos parece que nos tenemos fuerzas para mantenernos en la lucha por conseguir nuestros objetivos, nos dan ganas de abandonar, de marcharnos para otro sitio, de olvidarnos de aquello que eran nuestros sueños.

Qué bueno cuando sentimos una mano amigo que se posa sobre nuestro hombro y nos da ánimos, o sentimos la presencia del amigo que persevera a nuestro lado cuando a nosotros nos parece que todo está oscuro; triste es el que no tiene esa mano amiga sobre su hombre, o no tiene siente a nadie amigo que le acompañe en esos momentos.

¿A quien acudimos? ¿Con quién podemos contar? ¿Dónde encontraremos esa fuerza para seguir en la búsqueda y consecución de nuestros sueños y de nuestras metas? ¿Dónde encontraremos esa fe en nosotros mismos y esa confianza para seguir esperando que un día finalmente se vea la luz?

Algunas veces no nos bastan los recursos humanos, no nos es suficiente tampoco esa persona amiga que está a nuestro lado, y necesitamos elevarnos, mirar más a lo alto, buscar lo sobrenatural que nos hace elevarnos, necesitamos la fe. Triste es el que se encuentra en tal valle de oscuridad que también ha perdido la fe, porque se ve quizá abocado a la desesperación viendo la vida como una tragedia. Muchos podemos encontrar caminando como locos sin rumbo en la vida, sin dejar que les ilumine la luz de la fe.

¿Cómo se encontraban los discípulos cuando escuchaban los planteamientos que Jesús les hacía? Ellos también dudaban de sus fuerzas, de poder comprender plenamente las palabras de Jesús, de no sentirse desconcertados cuando descubrían que lo que Jesús les estaba planteando era algo nuevo que les exigía cambiar muchos chips de su vida.

En lo que hoy hemos escuchado Jesús les previene del daño que pueden hacer a los demás con sus posturas erróneas, equivocadas o en cierto modo inmorales en los que se pueden ver envueltos en sus propias debilidades; pero Jesús les plantea también unas actitudes nuevas ante los demás cuando les habla de perdón, y de un perdón que se ha de ofrecer generosamente siempre. 

Ya en alguna ocasión saldrá Pedro por allí preguntando que si son suficiente siete veces las que tenga que otorgar el perdón al que le haya podido ofender, ahora Jesús insiste y nos habla de esa necesaria generosidad del corazón para perdonar siempre.

Se sienten desconcertados, porque hasta entonces lo que quizá habían escuchado en la sinagoga o a los maestros de la ley parecía que les permitía poner un número limitado de veces en las que tenían que conceder el perdón e incluso poder poner algunas condiciones. Pero lo de Jesús es nuevo. Por eso surge casi espontáneamente la petición: ‘Auméntanos la fe’.

¿Tendremos que pedirlo nosotros también? ¿Nos sentiremos en ocasiones desconcertados ante la novedad del evangelio de Jesús o también quizá por aquellas cosas que podemos ver en los demás que nos pueden hacer daño? Claro que tenemos que pedir que el Señor nos aumente la fe. No es cosa nuestra solamente, aunque tenemos que poner nuestra parte.

Es un don sobrenatural que Dios nos concede, pone en nuestro corazón. Es con la gracia del Señor como podemos predisponernos para el perdón, descubrir y sentir lo que es la grandeza del perdón para poder otorgarlo generosamente a quien nos haya ofendido o nos haya hecho daño.

Es una actitud que tenemos que saber cultivar en nuestro corazón, porque muchas cosas nos debilitan, muchas cosas aparecen en nuestro entorno que no nos llevan precisamente a la generosidad de ese perdón; muchas cosas se nos meten en el corazón con nuestro amor propio y con nuestros orgullos que nos impiden esa generosidad. Por eso tenemos que pedirle al Señor, sí, que nos aumente la fe.

Ya nos dice Jesús que si tuviéramos fe como un grano de mostaza seríamos capaces de mover montañas o hacer que una morera solamente por la fuerza de nuestra palabra se trasplantara de donde está a plantarse en el mar. 

En medio de esas dudas y esas sombras que nos aparecen en la vida, en medio de esas luchas en que nos sentimos desanimados y a punto de arrojar la toalla, en esos momentos de debilidad que se nos viene todo encima, no temamos gritar al Señor para que nos dé esa luz y esa fuerza que necesitamos, para que nos conceda ese don de la fe.