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sábado, 29 de mayo de 2021

Un corazón lleno de amor siempre será un corazón inquieto que sabrá tener una mirada nueva para descubrir las señales de lo nuevo que Dios pone en nuestro camino

 


Un corazón lleno de amor siempre será un corazón inquieto que sabrá tener una mirada nueva para descubrir las señales de lo nuevo que Dios pone en nuestro camino

Eclesiástico 51, 12-20; Sal 18; Marcos 11,27-33

¡Quién se cree que es él!, decimos o escuchamos decir cuando se cuestiona el por qué determinada persona intervino en un momento determinado, tomó una decisión en la que pensábamos que se sobrepasaba, o quizás cuando vemos a alguien que toma la iniciativa en asuntos de la comunidad en los que quizá nadie hace nada, pero que en su inquietud no puede quedarse quieto. Quizá alguna vez por aquello de que siempre le llevamos la contraria a quien con buena voluntad y quizás también acierto toma iniciativas que hacen cambiar las cosas, ese cuestionamiento de su autoridad pudiera ser también una forma de querer desprestigiar o quitar autoridad. ¿Seremos acaso como el perro del hortelano que ni como él ni deja comer al amo? A eso nos parecemos muchas veces.


Son los cuestionamientos que le hacen a Jesús al día siguiente de haber expulsado a los vendedores del templo. Por allá viene una comisión de autoridades, sumos sacerdotes, escribas, ancianos del sanedrín a interrogar a Jesús. ¡Quien te crees que eres! ¿Con qué autoridad te has atrevido a expulsar a los vendedores del templo? Pero como hemos visto Jesús en su sabiduría les toca en una fibra en la que ellos no quieren meterse para no echarse a la gente encima. ¿De quién era el bautismo de Juan? ¿Era cosa de Dios o era cosa de un hombre que se le ocurrió ponerse a bautizar allá en el desierto? Tampoco ellos querían reconocer la autoridad del profeta como ahora tampoco han sabido entender el gesto profético de Jesús.

No sabían leer, o no querían leer los signos de Dios que se les estaban manifestando. Se quedaban obcecados con sus rutinas o con sus intereses y las señales proféticas que ante ellos se estaban sucediendo, como había sido la presencia de Juan en el desierto, como era ahora la palabra de Jesús y los gestos y signos que iba realizando.  Tendríamos que ver qué es lo que mueve nuestro corazón, cuáles sean los intereses creados que tengamos en la rutina de cada día, pero no ver las señales de lo nuevo. Por eso no llegaron a reconocer a Jesús.

Dios nos sigue hablando hoy también a través de los acontecimientos, en las mismas cosas ordinarias de cada día o en aconteceres especiales o extraordinarios en los que nos veamos envueltos en la vida. No para hacer lecturas catastrofistas sino para hacer una lectura serena de lo que sucede descubriendo a lo que nos llama el Señor, los horizontes nuevos que pone ante nuestros ojos, ese nuevo actuar que tendríamos que realizar en nuestra vida.

Lecturas catastrofistas y amenazadoras de castigos son cosas fáciles de hacer, porque quizá ante el misterio de lo que sucede ante nosotros nos llenamos de miedos y temores. Aun en aquellas cosas que nos cuesta entender tendríamos que descubrir una mirada de amor de Dios para con nosotros y al mismo tiempo una llamada de amor. En nuestro corazón inquieto, y es que un corazón lleno de amor siempre será un corazón inquieto, hemos de sentir que no nos podemos quedar cruzados de brazos ni seguir con nuestras rutinas de siempre.

Muchas veces el que en un momento determinado tengamos que apretarnos el cinturón, como se suele decir, porque quizá nuestras comodidades hacen agua y ya no las tenemos al alcance de la mano de la misma manera, sin embargo eso nos puede hacer pensar en cuáles con las cosas verdaderamente importantes que muchas veces hemos dejado de lado; nos podemos dar cuenta de que hay otras cosas, otros valores que pudieran centrar mejor nuestra vida. Tenemos que saber sacar la lección, tenemos que aprender a mirar todo eso también desde la mirada de un creyente y podremos entonces descubrir algo que Dios estará queriéndonos decir.

Escuchemos esa voz de Dios en nuestro corazón, sepamos leer esas señales de Dios, tengamos la disponibilidad de ser capaces de ponernos en camino, no temamos implicarnos y complicarnos en cosas que mejorarán nuestra vida y harán también mejor a nuestro mundo.

viernes, 28 de mayo de 2021

Una oración llena de confianza nacida de un corazón humilde que se siente pecador y ha experimentado la misericordia del Señor mostrándose misericordioso con los demás

 


Una oración llena de confianza nacida de un corazón humilde que se siente pecador y ha experimentado la misericordia del Señor mostrándose misericordioso con los demás

Eclesiástico 44,1.9-13; Sal 149; Marcos 11, 11-25

Hay días que nos parecen una rutina, nos parece que todo es igual, que no sucede nada extraordinario sino que es el sucederse de las horas y los minutos en que nos parece que estamos haciendo lo mismo de siempre; días que se nos pueden volver cansinos y aburridos, pero a los que toda persona madura sabe sacar provecho porque en esas cosas ordinarias que parece que se repiten sin embargo saben realizarlas con tal intensidad que parece que les dan una novedad a cada instante y a cada día. Siempre podemos encontrar una luz, un mensaje, algo positivo de aquello que hacemos que nos enriquece y que nos hace saborear la vida que estamos viviendo.

Hoy nos encontramos con un relato del evangelio que nos puede parecer como una crónica sencilla de lo que era la vida de Jesús cuando subía a Jerusalén. Es cierto que está enmarcado por algunos acontecimientos, pero todo parece un ir y venir de Jerusalén a Betania y su vuelta, porque parece como si fuera su lugar de hospedaje en sus visitas a la ciudad santa; por algo en otro momento nos aparecerá la amistad grande que Jesús tiene con aquellos hermanos de Betania, Lázaro, Marta y María.

Algo tan sencillo como sentir el incomodo de no encontrar frutos en la higuera cuando Jesús a su paso sintió hambre y quiso tomar unos higos que no encontró, porque quizá no era el tiempo propicio, pero que sin embargo dará pie para un mensaje de Jesús sobre el valor de la oración y de cómo hemos de hacerla. En medio, es cierto, está la expulsión de los vendedores del templo que motivará aún más a aquellos que quieren quitarlo de en medio aunque no se atreven porque el pueblo escucha con gusto a Jesús.

Y es que en esos actos que nos parecen sencillos y normales, como la rutina de cada día en las andanzas de Jesús para nosotros siempre es Evangelio, siempre tienen una Buena Nueva de salvación que trasmitirnos. Y es aquí donde tenemos que saber abrir nuestro corazón para encontrar una palabra de vida, una luz de salvación para nuestra vida. En cada cosa, en cada detalle hemos de saber encontrar ese mensaje.

A Jesús le da pie para dejarnos un mensaje aquel momento que en cierto modo sirvió de desconcierto para los discípulos en que Jesús maldijera la higuera porque no le daba fruto y aquella higuera se secara. ¿Seremos acaso como aquella higuera que no damos fruto porque así de seca y de árida está nuestra vida? Ya podía ser un interrogante que se nos planteara y nos hiciera recapacitar de cómo tenemos que buscar la manera de que nuestra vida no fuera tan infructuosa  y tan estéril. ¿Dónde tenemos que enraizar nuestra vida para que podamos dar fruto? No nos quedemos en la vanidad del ramaje como tantas veces llenamos nuestra vida de apariencias, pero entre cuyos ramajes no se va a encontrar ningún fruto.

Ya Jesús en otro momento nos dirá que los sarmientos tienen que estar bien injertados en la vid para que puedan dar fruto. No podemos ser solo unas ramas llenas de hojas sino que en nosotros tiene que florecer algo más que al final nos de un buen fruto. Nos habla Jesús de la necesidad de la oración y de la oración llena de confianza en el Dios que nos ama que es a quien dirigimos nuestra oración y nuestras súplicas. Una oración llena de confianza pero una oración nacida de un corazón humilde que se siente también pecador pero un corazón que habiendo experimentado la misericordia del Señor así se muestra también misericordioso con los demás.

‘Tened fe en Dios, nos dice. Os aseguro que si uno dice a este monte: Quítate de ahí y tírate al mar, no con dudas, sino con fe en que sucederá lo que dice, lo obtendrá. Por eso os digo: Cualquier cosa que pidáis en la oración, creed que os la han concedido, y la obtendréis. Y cuando os pongáis a orar, perdonad lo que tengáis contra otros, para que también vuestro Padre del cielo os perdone vuestras culpas’.

jueves, 27 de mayo de 2021

Hoy queremos contemplar al Sacerdote que hace la ofrenda de toda la creación, al Pontífice que ofrece el Sacrificio, al Sumo Sacerdote que en su sangre consuma la alianza nueva y eterna

 


Hoy queremos contemplar al Sacerdote que hace la ofrenda de toda la creación, al Pontífice que ofrece el Sacrificio, al Sumo Sacerdote que en su sangre consuma la alianza nueva y eterna

Jeremías 31, 31-34; Sal 109; Marcos 14, 12a. 22-25

En este jueves posterior a la fiesta de Pentecostés se nos invita a celebrar una fiesta muy especial, muy sacerdotal. Celebramos a Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote. Le contemplamos como el Pontífice que ofrece en sí mismo el Sacrificio de la Alianza Nueva y Eterna cuando inmola su Cuerpo, derrama su Sangre por nosotros y por todos los hombres, pero que une también en sí mismo el cántico de toda la creación en alabanza al Creador.

La lectura del profeta nos anuncia un tiempo nuevo, una Alianza nueva en que Dios inscribirá su ley en nuestros corazones, una alianza que ya no será como la del Sinaí sino una Alianza nueva y eterna donde Dios será nuestro Dios de una vez para siempre y nosotros seremos el pueblo de esa nueva alianza sellada en la sangre de Cristo.

Por eso el evangelio nos recuerda el episodio de la última cena con la Institución de la Eucaristía, pero donde Cristo mismo se nos da, nos da su Cuerpo entregado por nosotros, nos da su sangre derramada como Sangre de esa Alianza nueva y eterna. Y es Jesús ese Pontífice eterno que no ofrece un sacrificio cualquiera sino el sacrificio de sí mismo que así se inmola por nosotros.

Hoy queremos recordarlo y celebrarlo. Hoy contemplamos una vez más ese Sacrificio en que Cristo por nosotros se inmoló. Pero hoy de manera especial queremos contemplar al Sacerdote que hace la ofrenda, al Pontífice que ofrece el Sacrificio, al Sumo Sacerdote que en su sangre consuma esa alianza nueva y eterna.

Y de ese Sacerdocio de Cristo participamos todos desde nuestro Bautismo porque con Cristo hemos sido hecho sacerdotes, profetas y reyes. Es lo que ordinariamente llamamos el sacerdocio común de los fieles, pero que es esa participación que del Sacerdocio de Cristo todos tenemos porque todos con Cristo también estamos llamados a hacer la ofrenda, a ofrecer el Sacrificio de alabanza de toda la creación, pero a ofrecer también la entrega de nuestra propia vida en el amor desde esa participación que tenemos del Sacerdocio de Cristo.

Es la ofrenda que hacemos cada día de nuestra vida, es el amor con que nos entregamos para en todo buscar siempre la gloria de Dios, es ese unirnos al cántico de toda la creación que se convierte en alabanza al Señor, es ese cántico continuo de acción de gracias que hemos de saber elevar al Señor cada día y a cada instante porque todo siempre reconocemos la mano y la presencia del Señor.

Cómo tendríamos que saber convertir cada cosa que realicemos en un cántico de alabanza y de acción de gracias; cómo también tenemos que saber ofrecer nuestra vida para que todo sea para la gloria del Señor, haciendo ofrenda también como un sacrificio agradable al Señor todo aquello que nos pueda llenar de sufrimiento pero que desde nuestros dolores, nuestras enfermedades, desde los sufrimientos de nuestro cuerpo o de nuestro espíritu, desde los problemas o dificultades que muchas veces pueden amargar nuestra vida nos unimos a los dolores de la pasión de Cristo para que así todo se convierta en gloria y alabanza al Señor.

Qué hermoso el ejercicio del Sacerdocio de Cristo que podemos ejercer y realizar desde nuestra vida de cada día. Pensemos además lo importante es que la Iglesia toda se sienta pueblo sacerdotal, en esa participación del sacerdocio de Cristo, para que sea la que dirija en verdad ese cántico de alabanza de toda la creación al Creador.

Y por supuesto cuando estamos hoy celebrando el sacerdocio de Cristo tenemos muy presente a todos aquellos que han hecho de su vida una especial consagración al Señor para vivir ese sacerdocio en su función ministerial desde el Sacramento del Orden Sacerdotal que han recibido. Es una participación más especial del Sacerdocio de Cristo que los convierte en pastores y guías de la comunidad cristiana con Cristo, Buen Pastor, pero que en función de su ministerio tienen también la misión de congregar al pueblo de Dios para que ejerzan ese sacerdocio en la ofrenda de la Iglesia y en la celebración de los Sacramentos que de manera especial nos van a hacer presente a Cristo por la acción del Espíritu.

Momento, pues, para unirnos a los sacerdotes, nuestros pastores, para vivir en comunión con ellos, para orar por ellos y para pedir al Señor que sean muchos los llamados porque la mies es abundante pero los obreros son pocos. Oremos por los sacerdotes y por las vocaciones a la vida sacerdotal.

miércoles, 26 de mayo de 2021

El camino del seguidor de Jesús tendrá que ir siempre por la sencillez y por la humildad, del amor y de la entrega, por el camino de hacerse los últimos para ser servidores de todos

 


El camino del seguidor de Jesús tendrá que ir siempre por la sencillez y por la humildad, del amor y de la entrega, por el camino de hacerse los últimos para ser servidores de todos

Eclesiástico 36, 1. 4-5a. 10-17; Sal 78; Marcos 10,32-45

En todas partes nos encontramos con quien busca protagonismos, busca por la forma que sea destacar, llamar la atención, para que se le tenga en cuenta y a la larga conseguir sus metas y ambiciones. Eso nos lo encontramos fácilmente en muchos grupos humanos y suele ser motivo de desasosiego e inquietud que va sembrando o que va produciendo reacciones que corroen la unidad de tal grupo; es un camino fácil de perdición y destrucción.

El grupo de los que seguían a Jesús de cerca era un grupo humano como todos; se había ido constituyendo desde la inquietud que aquellos hombres sentían en su interior y que en Jesús comenzaban a tener respuestas y estaba formado especialmente por aquellos que Jesús había ido llamando para tenerlos junto a sí; un grupo diverso, pescadores algunos, alguno como Mateo procedía del campo de los publicanos y en cierto modo funcionario por la tarea que realizaba de cobrador de impuestos, otros provenían de aquellos grupos inquietos de los zelotes, probablemente gentes de aquellos campos de Galilea acostumbrados al cultivo de sus tierras, algunos parientes de Jesús.

En torno a Jesús se había ido formando el grupo y Jesús los había ido preparando. Ahora en especial a ellos les anuncia el sentido de su subida a Jerusalén. Daba la impresión de que iba con prisa, pues se les adelantaba en el camino de la subida a Jerusalén y ellos se preguntaban por qué sería aquello. Les desvela su secreto, les revela lo que va a pasar en Jerusalén, aunque ellos no parecen entender las palabras de Jesús como veremos en otras ocasiones.

Parecía el momento oportuno cuando Jesús les había reunido aparte y en una cierta intimidad haciéndoles estos anuncios, para aquellos dos hermanos expresar a Jesús lo que llevaban, quizá hacía tiempo, de inquietud en su corazón. Se valen de la presencia de la madre y le dicen que quieren hacerle una petición. ‘Maestro, queremos que hagas lo que te vamos a pedir… ¿Qué queréis que haga por vosotros?... Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda… No sabéis lo que pedís…’ Así transcurrió el diálogo ante la sorpresa y la inquietud del resto de los discípulos que veían como éstos se les adelantaban en lo que podían ser aspiraciones de todos.

‘No sabéis lo que pedís…’ les dice Jesús. Pero es Jesús el que ahora pregunta. ‘¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?’ Lo que Jesús les plantea es algo serio. El mismo lo ha anunciado hace un momento, el sentido de su subida a Jesús; es la entrega, es el amor hasta el final, es el ser capaces de llegar a dar la vida. Les había hablado de que su subida era para la pasión y para la muerte. Era la entrega del amor, era el ser capaces de ponerse el ultimo, el ser capaces del sacrificio por los demás. ¡Qué distinto era lo que ellos pedían! Pedían honores, pedían poder, pedían participar de la gloria del triunfo sin pasar antes por la entrega de la pasión. Ellos dicen que están dispuestos aunque sin quizás pensar demasiado a lo que comprometía aquel bautismo del que Jesús hablaba.

Y los otros discípulos andan por allí revueltos. Las apetencias de algunos y la búsqueda de protagonismos, como ya antes decíamos, producen división que lleva a la destrucción. Por eso Jesús los coge de nuevo aparte a todos ellos para explicarles lo que una y otra vez les ha dicho. No pueden ellos estar andando con apetencias a la manera de los que quieren ser poderosos en este mundo. Su camino tendrá que ir siempre por la sencillez y por la humildad, por el camino del amor y de la entrega, por el camino de hacerse los últimos para hacerse servidores de todos.

Pero esto tenemos que escucharlo todos los que queremos seguir a Jesús. Que también andamos muchas veces a zancadillas, a búsquedas de protagonismos, a querer aparecer para que vean lo buenos que somos y todas las cosas buenas que hacemos, también queremos diferenciarnos subiéndonos en pedestales y en las búsquedas de reconocimientos. Pero en lo único que tenemos que diferenciarnos es en el amor, en que somos capaces de hacernos los últimos y los servidores de todos. Esos son los primeros lugares que tenemos que buscar.

martes, 25 de mayo de 2021

Que no se merme ni se anule la calidad de nuestro amor y nuestra entrega por la búsqueda de unos beneficios a lo bueno que hacemos

 


Que no se merme ni se anule la calidad de nuestro amor y nuestra entrega por la búsqueda de unos beneficios a lo bueno que hacemos

Eclesiástico 35, 1-12; Sal 49; Marcos 10,28-31

Todos podemos sentir esa tentación, el pensar que aquello bueno que hacemos ha de tener una recompensa que ahora podamos incluso contabilizar con nuestras manos, por así decirlo. Hacemos lo bueno, queremos vivir la responsabilidad de nuestra vida, tratamos de ser generosos y altruistas hacia los demás, pero alguna compensación hemos de tener; y nos sentimos tentados a buscar muestras de gratitud que nos ensalcen, compensaciones en el trato que esperamos recibir de los demás y si no lo encontramos quizás nos sentimos mal porque nadie valora, decimos, aquello bueno que hacemos.

Pero, ¿por qué hacemos lo bueno? ¿Estamos buscando que nos paguen por aquello bueno que con generosidad hicimos? Echamos a perder lo de la generosidad, me parece si andamos buscando medallas y reconocimientos por hacer el bien. Si decimos que somos generosos es que no lo hacemos buscando algo a cambio. Claro que a nadie le amarga un dulce cuando alguien agradecido nos lo reconoce, pero no tenemos por qué ir buscando esos dulces de los reconocimientos en aquello que hacemos. Mermaríamos la calidad de nuestro amor.

Los apóstoles que habían dejado todo por seguir a Jesús eran muy humanos y también sentían esa tentación. Era en cierto modo incierto el camino que estaban haciendo siguiendo los pasos de Jesús, porque a la larga no veían muy claro el final de todo aquello. Eran pobres y lo habían dejado todo y ahora vivían en mayor pobreza. ¿Quizá algún día si se cumplían lo que eran sus sueños en que Jesús fuera el Mesías llegarían a ocupar grandes puestos en ese nuevo Reino? Ya sabemos que en alguna ocasión, valiéndose incluso del parentesco, algunos pretendían esos primeros lugares y así se lo hicieron saber a Jesús.

Ahora que Jesús ha estado hablado de las riquezas y cómo tenemos que alejar la codicia de los corazones les surge sin embargo la pregunta. ‘Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido’, ¿qué nos va a tocar? Surge espontánea la pregunta porque quizás era algo que llevaba tiempo rondándoles en su corazón. A algo tenía que conducirles aquella vida que estaban siguiendo. Algún día tendría que haber algún beneficio, alguna recompensa.

La respuesta de Jesús es bien taxativa y tenemos que saber entenderla bien. ‘En verdad os digo que no hay nadie que haya dejado casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, que no reciba ahora, en este tiempo, cien veces más - casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones -, y en la edad futura, vida eterna’. Claro que cada uno querrá coger el rábano por las hojas según sean sus intereses e interpretaciones, según lo que llevemos en el corazón.

Les habla Jesús de quienes han dejado casa, hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, que tendrán cien veces más. más de uno me he encontrado más de una vez queriendo apoyarse en estas palabras de Jesús tratan de sacar beneficio de su posición en la Iglesia, de sus trabajos pastorales o incluso de su consagración; no son raras ‘las carreras’ que se pretenden hacer en nuestros círculos eclesiásticos. Creo que se tendría que leer mejor el evangelio. ¿Qué nos querrá decir Jesús? ¿Qué lo hemos dejado todo por alcanzar esas cien veces más? ¿Por unos intereses? Pero nos dice cien veces más, casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones.

¿No nos estará diciendo que si renunciamos a los nuestros de alguna manera estaremos entrando en una nueva familia donde vamos a vivir una nueva comunión de amor entre todos y así nos sentiremos ricos en lo más hondo de nosotros mismos? Pero no nos oculta una cosa, nos habla de persecuciones ¿serán quizás sin embargo las incomprensiones de un mundo que no entiende nuestra disponibilidad y nuestra generosidad? Tendremos persecuciones, dificultades, incomprensiones, pero siempre vamos a tener un hermano en esa nueva comunión que vamos a vivir. Y claro la recompensa definitiva, la recompensa que nos dará plenitud lo tendremos en la vida eterna. ‘Y en la edad futura, la vida eterna’, premiados en el Señor.

Terminará hablándonos Jesús de hacernos los últimos para poder ser los primeros. Lo que les decía en otro momento cuando buscaban primeros puestos o cuando discutían de quien iba a ser el primero y el principal. El que se hiciera el último y el servidor de todos.

lunes, 24 de mayo de 2021

Ya no podremos imaginar el camino de la Iglesia sin la presencia de María desde que se la diera como madre a Juan al pie de la cruz y el discípulo la recibiera en su casa

 


Ya no podremos imaginar el camino de la Iglesia sin la presencia de María desde que se la diera como madre a Juan al pie de la cruz y el discípulo la recibiera en su casa

Génesis 3, 9-15. 20; Sal 86; Juan 19, 25-34

Cuando celebrábamos ayer Pentecostés llegábamos a la culminación del tiempo pascual. Hoy litúrgicamente retomamos el tiempo ordinario en su octava semana, sin embargo este lunes posterior a Pentecostés tiene una especial fiesta de María como Madre de la Iglesia.

Fue el Papa Pablo VI quien la proclamó así al finalizar una de las sesiones del Concilio y en muchas partes y en algunas congregaciones religiosas dedicadas a María tenían la fiesta de María, Madre de la Iglesia en este día. Ha sido el Papa Francisco el que ha instituido litúrgicamente esta fiesta en esta Advocación de María en este día, lunes siguiente a Pentecostés.

Justo en los Hechos de los Apóstoles, cuando los vemos reunidos en el Cenáculo en espera del cumplimiento de la promesa de Jesús de enviar su Espíritu, vemos a los apóstoles reunidos en oración junto a María, la Madre de Jesús. María ha pasado en cierto modo desapercibida en el Evangelio; san Lucas en los relatos del nacimiento y de la infancia de Jesús es el que más ampliamente nos la presenta y será Juan el que de manera especial nos la hace presente, por una parte en las bodas de Caná como intercesora ante la carencia de vino para la boda y luego al pie de la cruz donde la recibirá como Madre.

El relato de la presencia de María junto a la cruz de Jesús es breve pero bien significativo. Primero se hace constancia de la firmeza de María en aquellos momentos de dolor al pie de la cruz de su Hijo, pero están también las palabras de Jesús. ‘Mujer, ahí tienes a tu hijo’, le dice Jesús a María señalándole a Juan, ‘ahí tienes a tu madre’ le dice a Juan entregándole a su madre. ‘Y el discípulo desde aquella hora la recibió en su casa’.

Se nos está hablando de esta nueva maternidad de María; no solo es la Madre de Jesús, el Hijo de Dios y por tanto la Madre de Dios, sino que desde ese momento al pie de la cruz se convierte en la madre de todos los creyentes, por eso con razón podemos decir, Madre de la Iglesia. En Juan, el discípulo amado, estábamos representados todos, porque todos somos los amados de Jesús. En Juan estamos viendo a la Iglesia que la acoge como Madre y la tendrá siempre junto a sí. Ya no podremos imaginar la presencia y el actuar evangelizador de Juan sin María a su lado; Éfeso guarda la tradición de que allí estuvo y predicó el Apóstol Juan y precisamente en sus montañas, en medio del bosque aparece la casa de María, como ese lugar donde María estaba junto a Juan; María estaba junto a la comunidad cristiana que se iba extendiendo por todas partes, junto a la Iglesia como madre.

Y así la ha tenido la Iglesia a lo largo de los tiempos; ya no podremos imaginar el camino de la Iglesia sin la presencia de María; no hay un lugar donde se haya predicado el evangelio de Jesús y haya nacido la Iglesia donde no haya un templo dedicado a María, con sus distintas y variadas advocaciones según el lugar o según la devoción del pueblo cristiano, pero siempre presente María para conducirnos hasta Jesús.

María, Madre de la Iglesia; María, madre junto a nosotros en todo lo que hace una madre con sus hijos, camina a nuestro lado y es estimulo de amor y de santidad para sus hijos; camina a nuestro lado como el más amoroso paño de lágrimas porque es a la madre a la que siempre acudimos desde nuestras cuitas y nuestras penas, desde nuestros sufrimientos o nuestros problemas, desde los agobios o los cansancios de la vida porque en su regazo de madre como hijos podemos siempre reclinar nuestra cabeza y depositar en ella nuestras penas.

Es la madre que nos alienta, pero que también nos estimula en nuestra entrega, nos hace creer en nuestras posibilidades y nos hace sentir la gracia del Señor que nos fortalece para que sigamos haciendo el camino con valentía; es la madre de los que nos sentimos pobres pero con la confianza de que en ella y con ella nunca nos sentiremos abandonados; es la madre que nos pone en camino para que seamos en todo momento heraldos y testigos del evangelio despertándonos de nuestras rutinas y comodidades; es la madre que nos enseña a tener los ojos bien abiertos y con limpieza de espíritu en nuestro corazón para tengamos esa mirada nueva del amor para los hermanos que sufren en el camino a nuestro lado.

Que María como madre remueva y despierte nuestros corazones para con inquietud y valentía sepamos llegar a todos, hasta los más lejanos, para anunciar el nombre de Jesús que es nuestro único salvador.

domingo, 23 de mayo de 2021

Que se manifiesten las señales del Pentecostés en nosotros y en la Iglesia porque aparezcan resplandecientes los dones y los frutos del Espíritu Santo

 


Que se manifiesten las señales del Pentecostés en nosotros y en la Iglesia porque aparezcan resplandecientes los dones y los frutos del Espíritu Santo

Hechos 2, 1-11; Sal 103; 1Corintios 12, 3b-7. 12-13; Juan 20, 19-23

Cuando hay amor saltan todas las barreras y las diferencias y no necesitamos de ningún idioma para comunicarnos porque el lenguaje del amor está por encima de todos los lenguajes convencionales que nos hayamos dado los hombres para entendernos. Son las miradas aunque no siempre son necesarias, son los gestos aunque parezcan que pasan desapercibidos, será la expresión de nuestros ojos y nuestra mirada, y sin palabras nos escuchamos, sin recursos de lenguajes humanos nos entendemos, porque será la humanidad que en cierto modo nos hace divinos que llevamos en el corazón la que grite y se comunique.

No nos extraña que las puertas cerradas no fueran obstáculo para la llegada de Jesús con la fuerza de su Espíritu ni que se entendieran todos aquellos que estaban aquella mañana en Jerusalén con tan diversos idiomas, pero es que entonces estaba hablando el lenguaje del Espíritu que siempre es lenguaje y espíritu de amor. Estoy haciendo referencia a dos de los textos que hoy se nos proponen, por un lado el de la tarde de aquel primer día de la semana cuando Jesús resucitado se manifiesta a los discípulos reunidos y encerrados en el Cenáculo, de lo que además tenemos más cosas que aprender por una parte, y por otra al episodio de Pentecostés cuando después de haber irrumpido la fuerza y el fuego del Espíritu sobre los Apóstoles  todos comienzan a entenderles como si hablaran el mismo idioma; se habían llenado del espíritu del amor.

Es lo que hoy estamos celebrando y tenemos que esforzarnos también en vivir. No se trata solo de celebrar un recuerdo sino celebrar y vivir lo que ahora mismo tendría que estarse realizando en nosotros a quienes también se nos ha regalado del don del Espíritu Santo. Celebramos Pentecostés y lo hacemos haciéndolo en cierto modo sacramento para nosotros porque no solo recordamos lo sucedido en el Cenáculo cuando vino el Espíritu Santo sobre los Apóstoles allí reunidos sino que eso, como en todo sacramento, se actualiza, se hace presente también ahora en nosotros.


Estamos contemplando cómo se manifiestan los dones y frutos del Espíritu en los Apóstoles que habían recibido el don del Espíritu Santo prometido en aquel fuego nuevo que sentían por dentro para comenzar a hablar de Jesús con total valentía y arrojo. El don del Amor de Dios se había derramado en sus corazones y comenzaba a manifestarse una nueva unidad, una nueva comunión en todos los que comenzaban a creer en Jesús; se enardecían sus corazones por la fuerza del Espíritu y se rompían las barreras y las diferencias para crear una nueva comunidad.

Comenzaban todos a creer en verdad en Jesús como su única salvación y algo nuevo los unía porque ya ni incluso necesitaban aprender idiomas para comunicarse porque era el lenguaje del amor el que los comunicaba y hacía entenderse. Nada ya podía distanciarlos porque esas deudas humanas que tantas veces nos guardamos los unos de los otros se diluían con el perdón porque para eso habían recibido el Espíritu, como les dio Jesús a los Apóstoles en la aparición pascual.

Pero celebramos Pentecostés, como decíamos, no solo en el recuerdo sino porque en nosotros también se ha derramado ese fuego del Espíritu; ese fuego del Espíritu que nos arde por dentro de nuestro corazón cuando ya podemos comenzar a sentir la presencia de Jesús en nosotros aunque nuestros ojos quizá no lo vean, como aquellos discípulos de Emaús, y podamos proclamar en verdad que Jesús es el Señor; ese fuego del Espíritu que nos hace entender con mayor claridad todo lo que ha de significar la comunión de hermanos que hemos de vivir y que nos hace sentirnos en verdad Iglesia de Jesús; ese fuego y esa luz del Espíritu que diluye las barreras que nos separan poniendo el perdón y la reconciliación como algo necesario y fundamental en nuestras vidas para lograr esa nueva humanidad en nuestras relaciones y ese encuentro de amor y de fraternidad que en cierto modo nos hace divinos.

Me pregunto si estaremos en verdad celebrando Pentecostés. Y la prueba de que estamos celebrando Pentecostés es que en nosotros se manifiestan los dones y los frutos del Espíritu. El quiere actuar en nosotros y algunas veces nos mantenemos en nuestras cobardías y en nuestros miedos y no terminamos de dejar caer esas barreras y esas diferencias que ponemos entre nosotros. Parece como si quisiéramos apagar ese fuego del Espíritu. No hagamos oposición al Espíritu Santo, dejémonosle actuar, dejémosle que se manifieste en nosotros, que aparezcan esas señales nuevas porque nuestra vida y nuestros gestos, los signos y señales que damos con nuestra vida sean en verdad distintos después de vivir Pentecostés.

 

sábado, 22 de mayo de 2021

Invoquemos al Espíritu que nos dé la valentía de los apóstoles para salir a la plaza pública de nuestro mundo a anunciar el nombre de Jesús como el único y verdadero salvador

 


Invoquemos al Espíritu que nos dé la valentía de los apóstoles para salir a la plaza pública de nuestro mundo a anunciar el nombre de Jesús como el único y verdadero salvador

Hechos de los apóstoles 28, 16-20. 30-31; Sal 10; Juan 21, 20-25

‘Tú, sígueme’, es la respuesta que le da Jesús a Pedro ante sus preguntas por lo que había de suceder al discípulo amado de Jesús.

Algunas veces nos sucede que andamos más preocupados por saber lo que le puede pasar a los otros que por la respuesta que en el día a día tenemos que dar nosotros con nuestra propia vida o con el desarrollo de nuestras responsabilidades. No es que nos aislemos de los demás, pero tampoco tenemos que meternos en lo que son decisiones personales de los otros o la respuesta que han de dar a la vocación de su vida, como nosotros tenemos que responder a nuestra propia vocación, a la función nuestra personal que hemos de desarrollar en el mundo en que vivimos.

Recordamos que los momentos anteriores en el episodio del evangelio que estamos comentando fue aquella triple protesta de amor de Pedro por Jesús ante las preguntas que Jesús le hacía. Le confiaba una misión, pero de alguna manera le anunciaba lo que le iba a costar la respuesta que Pedro habría de dar. Como comenta el evangelista de alguna manera estaba haciendo referencia a la muerte con que iba a morir. Siente quizás Pedro la emoción de su amor por el Maestro, por la misión que Jesús seguía confiándole y de alguna manera su corazón podía llenarse también de incertidumbre ante lo que Jesús le anunciaba.

Algunas veces cuando se nos confía una misión que nos parece que pudiera superar nuestras capacidades, aunque contentos con la misión que se nos confía la responsabilidad pudiera hacer que afloren ciertos miedos ante si seremos capaces de cumplir con aquella misión que se nos ha encomendado. Como creyentes seremos capaces de ver la mano de Dios en aquello que nos sucede o en aquellas tareas que hemos de desempeñar y en consecuencia hemos de actuar con la confianza de que no nos veremos solos ni sin fuerzas porque el Espíritu del Señor nos acompaña y fortalece.

Nos es necesaria esa disponibilidad por nuestra parte para seguir el camino, para emprender la tarea, para poner toda nuestra confianza en el Señor. ‘Tú sígueme’, le decía Jesús a Pedro en aquella ocasión. Es lo que tenemos que sentir en el corazón, esa invitación del Señor a seguirle, a seguirle con confianza, a seguirle con responsabilidad, a seguirle poniéndonos en sus manos porque es su Espíritu quien nos va a sostener.

‘Tú sígueme’, nos dice Jesús. Como cristianos que vivimos una fe comprometida tenemos que saber descubrir esos nuevos campos que se abren ante nosotros. Comprometidos con nuestra fe y comprometidos por llevar el anuncio del evangelio hasta los últimos rincones tenemos que abrirnos a todas esas nuevas posibilidades de trabajos, de tareas que podríamos realizar. Amplio es el campo, abundante es la mies, pero los obreros son pocos por los miedos con que andamos en la vida.

Y es que nuestra tarea y nuestra misión es llegar más allá, no nos podemos quedar en lo de siempre ni en los de siempre. Tenemos que darnos cuenta de ese mundo sediento de algo que nos rodea aunque muchas veces no sepa bien lo que busca, pero ahí está nuestra misión de presentar a Jesús, de presentar el evangelio, de dar testimonio siendo verdaderos testigos, de anunciar al mundo que es posible una esperanza porque hay una salvación que puede llegar a todos. Y esa es nuestra tarea.

Recordemos las palabras de Jesús en el momento de su Ascensión al cielo que envía a sus discípulos por todo el mundo. Les ha pedido que se queden en Jerusalén hasta que reciban la promesa del Padre y llenos de su Espíritu se lancen luego por todo el mundo como testigos del evangelio. En esta víspera de Pentecostés invocamos al Espíritu de Jesús para que venga sobre nosotros y nos llenemos de la misma valentía que los apóstoles en Pentecostés para salir a la plaza pública de nuestro mundo a anunciar el nombre de Jesús como el único y verdadero salvador.

viernes, 21 de mayo de 2021

La mano del Señor nos da siempre otras oportunidades, abre quizás otros caminos insospechados para nosotros, con el amor del Señor nuestros horizontes no se cerrarán

 


La mano del Señor nos da siempre otras oportunidades, abre quizás otros caminos insospechados para nosotros, con el amor del Señor nuestros horizontes no se cerrarán

Hechos de los apóstoles 25, 13b-21; Sal 102; Juan 21, 15-19

Estaban disfrutando del encuentro con el Señor resucitado. Allá en la orilla, mientras ellos se habían pasado la noche en el lago intentando pescar sin coger nada, estaba Jesús, aunque no lo habían reconocido. Muchas veces les costaba reconocerle, tenían sus miedos y sus dudas, pensaban en fantasmas o iban tan cegatos con sus preocupaciones que no se daban cuenta que era Jesús el que caminaba con ellos. Les sucedió a los de Emaús y ahora les sucede a aquel reducido grupo que con Pedro se habían ido de nuevo a las redes de pesca.

Cuando les habla desde la orilla interesándose primero por si han pescado algo y señalando luego que al otro lado de la barca hay un cardumen de peces, no lo reconocen. Sería Juan, el discípulo especialmente amado de Jesús, quien se diera cuenta y le dijera a Pedro por lo bajo que quien estaba en la orilla era el Señor. No fueron necesarias más palabras para que todos lo reconocieran, Pedro se lanzará al agua para llegar primero y los demás arrastrarán la barca con las redes con lo que habían pescado para llegar también a los pies de Jesús. Todo estaba preparado; ya había sobre unas brasas un pan recién preparado y unos peces que se estaban asando. Nadie preguntaba nada porque sabían ya que era Jesús.

Y es en medio de aquella alegría cuando surgen las preguntas de Jesús a Pedro que a todos sorprenderían. ‘Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?’ ¿Qué podía responder Pedro en aquel momento? En la cena había porfiado con el mismo Jesús diciéndole cuánto le amaba que estaba dispuesto a dar la vida por El. Tantas veces se había manifestado el amor fiel que Pedro sentía por Jesús para adelantarse en las respuestas a las preguntas que Jesús hiciera, para tratar de disuadirlo de que subiera a Jerusalén si le iba a pasar todo aquello que Jesús anunciaba, aunque eso no le podía pasar, allá en el huerto había sacado una espada que llevaba oculta para defender a Jesús en su prendimiento. Todo manifestaba el amor grande que le tenía y ahora Jesús viene preguntando ‘Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?’

Claro que por medio había unas sombras. En su afán por estar cerca de Jesús lo había seguido y se había metido en la boca del lobo; allá en el patio del pontífice se había mezclado con los criados y la soldadesca que había salido a prender a Jesús, quizás con el deseo de saber cómo acababa aquello y acaso con la esperanza de que pronto lo dejarían en libertad. Pero su acento lo delató, porque era galileo que tenían una forma distinta de hablar, alguno de los que habían ido al huerto lo había reconocido, y comienzan las preguntas. ‘Tú eres uno de ellos… tú eres galileo que el habla te delata… yo te vi en el huerto…’ claro se había hecho notar con lo herir en la oreja a uno de los criados del pontífice. Y no había podido resistir. El miedo lo había acobardado y no quería reconocerlo; había negado conocer a Jesús.

Pregunta de Jesús que se repite por tres veces, como tres habían sido las veces que le había negado antes de que el gallo cantara, como Jesús mismo se lo había anunciado. Amargas habían sido las lágrimas que había derramado a causa de aquella negación. Pero Jesús ahora parece que lo único que le interesa es su amor. ‘Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?’ Y así había sido la pregunta por tres veces también. ‘Tu sabes que te quiero, tu lo sabes todo…’ insiste Pedro una y otra vez no encontrando palabras con las que prometerle su amor. Pero Jesús parece que no está tan pendiente de la respuesta de Pedro sino de la misión que sigue confiándole. Un día le había dicho que era la piedra sobre la que fundamentaría su Iglesia y le daría las llaves del Reino de los cielos, ahora le confía su rebaño, sus ovejas, sus corderos. Ha de ser el buen pastor como Jesús, en nombre de Jesús, con la misma misión de Jesús.  Jesús sigue confiando en él.

¿Por dónde andan nuestras porfías de amor a pesar de nuestras debilidades, nuestras negaciones y nuestras caídas? Pongamos a juego todo nuestro amor, porque el amor de Dios sigue confiando en nosotros. Quizás los hombres no confiemos los unos en los otros cuando vemos debilidades y caídas – somos tan fáciles para retirar la confianza – pero la mano del Señor está siempre sobre nosotros, no nos abandona ni nos deja. La mano del Señor nos da otras oportunidades, abre quizás otros caminos insospechados para nosotros, con el amor del Señor nuestros horizontes no se cerrarán. No dejemos de confiar en el Señor y mostrarle nuestro amor que su amor no nos faltará, y siempre encontraremos caminos por donde mostrarlo.

jueves, 20 de mayo de 2021

Nos sentimos amados de Dios y ese amor crea comunión no solo con Dios sino también con todos los que creemos en Jesús y todos los que formamos una misma humanidad

 


Nos sentimos amados de Dios y ese amor crea comunión no solo con Dios sino también con todos los que creemos en Jesús y todos los que formamos una misma humanidad

Hechos de los apóstoles 22, 30; 23, 6-11; Sal 15; Juan 17, 20-26

Todo grupo humano que no se mantiene unido se autodestruye a si mismo. Humanamente es hermoso ver cómo surgen muchas veces en nuestro entorno grupos de buena voluntad que con unas metas muy concretas, con unos objetivos muy determinados se van creando y se van formando. Desde una problemática social, desde unos deseos de actuar y de participar para mejorar las cosas, con fines en principio muy altruistas o con afanes de superación en el mismo entramado social se van creando esos grupos. Pero también somos conscientes de que cuando surgen los personalismos y la búsqueda de protagonismo de algunos en la discordancia entre unos miembros y otros algunas veces esos grupos no se mantienen y fracasan.

Sea del tipo que sea cualquier grupo humano ha de saber mantener la unidad para que aun con la diferencias que pudiera haber entre unos miembros y otros y la variedad de respuestas que se puedan dar se sepan mantener unidos para alcanzar aquellos fines por los que se formaron. Creo que es una riqueza humana muy importante la promoción de estos grupos que incluso a nivel individual pueden ayudar mucho al crecimiento humano y a la maduración de su persona de sus miembros.

¿Qué decir de comunión que tendría que haber entre todos los que creemos en Jesús? Precisamente le damos el nombre de comunidad cristiana, o hablamos también del pueblo de Dios. y es lo que contemplamos hoy en el evangelio, la oracion de Jesús para que todos los que creen en El formen esa verdadera comunidad, creemos esa profunda comunión, seamos en verdad ese pueblo de Dios que camina unido. Es la oración de Jesús al Padre por los que creen en su nombre.

Y tenemos una razón profunda. No son meras razones de estrategia, es algo mucho más profundo. Y es que el modelo que Jesús nos está poniendo para esa unión es la unión que El tiene con el Padre. Ya nos había venido hablado de que teníamos que estar unidos a El como el sarmiento a la vida, porque sin El nada somos. Pero ahora nos dice que la misma unión que hay entre el Hijo y el Padre, es la unión que hemos de tener nosotros. ‘Para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado’. No vamos a unirnos solamente entre nosotros sino que vamos a sentirnos profundamente unidos en el Señor. ‘Que ellos sean uno en nosotros’.

Esto tiene muchas consecuencias para nuestra vida como cristianos y para la comunión que en Iglesia todos hemos de tener. Si nos sentimos uno con Dios, unidos en Jesús y en el Padre, ¿cómo es que no vamos a sentirnos unidos también con aquellos que ya están también unidos a Dios? necesariamente nuestra unión con Dios nos tiene que llevar a la comunión con los hermanos. Por ejemplo, ¿cómo podemos decir que vamos a tomar la comunión en el Cuerpo de Cristo si no estamos viviendo, si no queremos vivir esa misma comunión con los hermanos? Sería un contrasentido. Por eso en otro momento Jesús claramente nos dice que ‘si un hermano tiene quejas contra ti cuando vas a presentar tu ofrenda al altar, deja allí tu ofrenda y vete primero a reconciliarte con tu hermano’.

¿No nos dice Jesús que su principal mandamiento es el amor? Quienes se aman de verdad se sienten en comunión los unos con los otros. Y esa comunión, por así decirlo, tiene muchos nombres, porque se llama mutua aceptación y mutuo respeto, se llama valoración de los demás, se llama escucha del otro, significa mutua colaboración para caminar juntos, significa llenar el corazón de misericordia y compasión para ser comprensivo con los demás, significa sinceridad y autenticidad en la relación y en el trato, se llama tender la mano al caído para ayudar a levantarlo, significa la alegría de la fraternidad para ser capaces de cantar juntos incluso en la adversidad. En cuantas cosas podemos y tenemos que traducir el amor verdadero.

Y todo porque nos sentimos amados de Dios. Fomentemos también todo lo que sea unidad entre los que formamos una misma humanidad.

miércoles, 19 de mayo de 2021

La alegría con que vivimos nuestra fe y la comunión que tenemos entre nosotros son el mejor testimonio de la verdad del mensaje de Jesús para el mundo d


 

La alegría con que vivimos nuestra fe y la comunión que tenemos entre nosotros son el mejor testimonio de la verdad del mensaje de Jesús para el mundo de hoy

Hechos de los apóstoles 20, 28-38; Sal 67; Juan 17, 11b-19

Cuando hacemos aquello en lo que de verdad creemos nos sentimos las personas más felices del mundo; y esa alegría que sentimos al realizarlo nos provoca a que con mayor intensidad busquemos todo aquello que pueda ayudar a los demás a encontrar también esa satisfacción y esa felicidad. Cuando estamos alegres por algo buscamos el encuentro con los demás, parece que con mayor facilidad encontramos esa comunión con los otros tratando también de superar aquellas cosas que nos pudieran enfrentar o distanciar. Esa alegría vivida con intensidad puede ser un ingrediente muy importante en los esfuerzos que hacemos por sentirnos unidos los unos con los otros.

Arranca todo eso de la sinceridad de nuestra vida, de la responsabilidad con que asumimos nuestra función sea cual sea el lugar que ocupemos en la sociedad, de esa fe que tenemos en nuestros proyectos porque los vemos bien enmarcados en lo que necesitamos en la vida y en lo bueno que buscamos. Hay una verdad que es esa meta que buscamos, hay una sinceridad que nos aleja de toda doblez, falsedad, hipocresía, vanidad, mentira. Nos sentimos con una alegría interior que por nada podemos sustituir en esa sinceridad con que queremos vivir nuestra vida.

Estamos en el evangelio escuchando, como decíamos ayer, la llamada oración sacerdotal de Jesús en que pide por sus discípulos en esa hora suprema de su ofrenda al Padre. Repetidamente Jesús ha deseado que sus discípulos vivan en la alegría - que vuestra alegría sea completa, les dice -, y es que los que seguimos a Jesús tenemos todas las razones para ser las personas más felices del mundo. Creemos en lo que hacemos e intentamos vivir, siguiendo con el concepto que veníamos desarrollando, y, a pesar de las dificultades de todo tipo que podemos encontrar, sabemos de quien nos fiamos porque hemos puesto toda nuestra fe en Jesús y tenemos la seguridad de que este es el mejor camino que podemos recorrer y que en verdad haría un mundo mejor.

Es una pena que tantas veces los cristianos no demos esa imagen de alegría y felicidad en la fe que confesamos y en el plan de vida que queremos realizar. Vamos por la vida, incluso realizando nuestra vida religiosa, con cara de entierro y de luto sin esperanza y lo menos que manifestamos al mundo es la alegría de nuestra fe. Malo es el testimonio que damos con esas caras que ponemos tantas veces de afligidos cuando estamos celebrando nuestra fe o cuando estamos realizando todo lo que es nuestro compromiso como cristianos.

Por otra parte tantas veces nos rompemos porque hacemos aflorar excesivamente nuestros protagonismos que nos llevan a rupturas y enfrentamientos, a no expresar la unidad y comunión que entre nosotros los que creemos en Jesús tendría que haber. Se rompe nuestra unidad y nuestra comunión y el testimonio se convierte en contra-testimonio.

Por eso hoy vemos como Jesús pide insistentemente por sus discípulos, que siguen en el mundo enfrentándose a todos los embates, pero que también reciben de sí mismos en actitudes y posturas insolidarias y con falta de verdadera comunión. Por eso ruega Jesús que estemos unidos para que el mundo crea. ‘Santifícalos en la verdad: tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así yo los envío también al mundo. Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad’. Así ora Jesús al Padre por sus discípulos que quedan en el mundo, así pide por nosotros para que seamos santificados en la verdad.

martes, 18 de mayo de 2021

Conocer es tener vida y conocer a Dios nos llena de vida eterna porque nos hace nacer de nuevo que es como tener una mirada nueva a la vida, a los demás y a Dios

 


Conocer es tener vida y conocer a Dios nos llena de vida eterna porque nos hace nacer de nuevo que es como tener una mirada nueva a la vida, a los demás y a Dios

Hechos de los apóstoles 20, 17-27; Sal 67; Juan 17, 1-11a

Conocer es tener vida. El que no conoce, el ignorante tiene los ojos de la mente cerrados, le falta vida. En su ignorancia desconoce todo, está como cegado, para llegar a conocer hasta las posibilidades de su vivir. Por eso es tan importante la tarea de la educación de las personas; y la educación no es simplemente llevar la mente de alguien en una determinada dirección, sino abrir su mente, su razón para que descubra otras cosas, para que amplíe sus horizontes, para que se sacuda de la modorra de su ignorancia y encuentre un sentido para su vivir. Enseñar y educar no es imponer unos conocimientos sino ofrecer ese abanico de posibilidades que tiene en la vida y pueda encontrar ese sentido que le dé plenitud. Cuando llega a conocer llega a vivir y a encontrar lo que le dé esa plenitud a su existir.

Es lo que vino a hacer Jesús con nosotros. La presencia y las palabras de Jesús abrían horizontes; las palabras de Jesús hacen encontrarse al hombre, a la persona consigo mismo; por eso las palabras de Jesús y su presencia despertaban esperanza. Escuchando a Jesús veían que había otras posibilidades en la vida; las palabras y la vida de Jesús les hacían transcenderse a sí mismos para elevar su espíritu de lo que era la rutina de todos los días a algo más grande y espiritual, les abrían su corazón a Dios.

Empleando otros lenguajes y otros conceptos más teológicos hablamos de revelación y que Jesús es la revelación de Dios. El mismo nos lo dice: ‘nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien se lo quiere revelar’. Por eso decimos de Jesús con el lenguaje del evangelio de Juan que Jesús es la Palabra, el Verbo de Dios que plantó su tienda entre nosotros y a quienes le recibieron, a quienes le aceptaron les dio el poder ser hijos de Dios, que no es obra de la carne o de la sangre sino que es la acción del espíritu en nosotros.

Quienes llegan a tener este conocimiento de Dios que nos revela Jesús se van a sentir transformados desde lo más hondo. Igual que decíamos que aquel que es instruido se le corren esos velos de la ignorancia que le tenían cegado y comienza un nuevo vivir, así se nos dirá en el evangelio que todo será como un nacer de nuevo. Recordamos el diálogo entre Jesús y Nicodemo al que se le habla de un nuevo nacimiento, aunque en principio en su ceguera no lo comprende, un nuevo nacimiento que será por el agua y el espíritu.

Ahora Jesús cuando llega al momento culminante de su vida, su glorificación, y va a hacer su ofrenda de amor al Padre en su entrega pascual podíamos decir que está haciendo con un resumen de lo que ha sido su vida. El es el enviado del Padre y ha venido con una misión que en estos momentos da por cumplida. Por eso hace esta oración sacerdotal – así la llamamos – al final de la cena como esa ofrenda de su amor. El ofertorio de su sacrificio, podríamos llamarlo.

‘Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti y, por el poder que tú le has dado sobre toda carne, dé la vida eterna a todos los que le has dado. Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo. Yo te he glorificado sobre la tierra, he llevado a cabo la obra que me encomendaste’.

‘Todo está cumplido’ dirá en la cruz, momentos antes de su muerte. Ha llevado a cabo la obra que le encomendó el Padre, dar la vida eterna. ¿Y qué es esa vida eterna? ‘Que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo’. El conocimiento de Dios nos da la vida eterna. ¿No decíamos al principio que conocer es tener vida?  Conocer a Dios nos llena de vida eterna. Y es que cuando conocemos y reconocemos al único Dios verdadero estamos entrando en el Reino de Dios, el reconocimiento de que Dios es el único Señor de nuestra vida.

Y cuando esto lo hacemos de verdad con todas sus consecuencias, qué distinta se hace nuestra vida, que distinta es en primer lugar nuestra relación con Dios, pero también qué distinta es nuestra relación con los demás; cuando lo hacemos de verdad es como tener una nueva mirada a la vida, una nueva mirada a los demás, una nueva mirada a Dios. Es otra vida. Es un nacer de nuevo, como antes decíamos.

lunes, 17 de mayo de 2021

Podremos sentirnos abandonados de los apoyos humanos, pero siempre el Señor nos dejará una señal de que con su presencia no estamos solos porque El ha vencido al mundo

 


Podremos sentirnos abandonados de los apoyos humanos, pero siempre el Señor nos dejará una señal de que con su presencia no estamos solos porque El ha vencido al mundo

Hechos de los apóstoles 19, 1-8; Sal 67; Juan 16, 29-33

Hay momentos en la vida en que parece que todo se nos viene abajo. Como una bomba que cae y deja todo destruido a su alrededor. La vida quizás nos iba marchando con normalidad, siempre tenemos nuestra luchas, pero también está la ilusión y el entusiasmo que vamos poniendo en lo vamos haciendo, los proyectos que nos planteamos, las metas a las que queremos llegar; constatamos que somos débiles y a pesar de toda la ilusión que ponemos siempre nos encontramos trabas en nosotros mismos.

Pero de repente nos sucede algo inesperado y es como si el mundo se nos viniera abajo; se van por tierra todos aquellos proyectos, aquellas metas que nos habíamos trazado; incluso quizá en nuestro fracaso sentimos un frío en nuestro derredor en las personas en las que confiábamos pero que ahora nos han dejado solos. Nos cuesta levantar cabeza, tenemos que poner mucha voluntad para seguir en la lucha y tratar de rehacer la vida, mucho le pedimos al Señor también que nos ayude pero parece que también por esa parte se hiciera un silencio que se convierte en mi doloroso.

Son experiencias de vida que podemos haber tenido, o que palpamos en gente de nuestro entorno, algún amigo con confianza quizá nos habrá hablado de sus fracasos y de sus momentos de hundimiento. ¿Nos estará hablando de esto hoy Jesús en el evangelio?

La escena sigue correspondiendo a la última cena de Jesús antes de su pasión. En la medida en que había ido transcurriendo parecía que algunos nubarrones que se cernían sobre ellos comenzaban a desaparecer. Ahora parece que los discípulos se muestran más confiados, porque realmente lo habían venido pasando mal porque no entendían muchos de los gestos de Jesús ni los anuncios que les hacía. Ahora parece que sí, que comienzan a creer, pero Jesús viene a preguntarles algo así como si están seguros.

Como una bomba Jesús les dice que ya ha llegado el momento en que ellos se van a dispersar y a dejarlo solo. Es lo que sucederá en breves momentos en Getsemaní cuando aquellos esbirros que venían con Judas al frente prenden a Jesús. Todos se dispersaron y huyeron. Dolorosa es la traición de Judas, pero será en cierto modo peor la huída de todos llenos de miedo, y la negación incluso de Pedro en el patio del pontífice.

Así será el grito angustioso de la oración de Jesús en el huerto, pero también las palabras con las que desde la cruz recitará el salmo: ‘¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?’ Pero como les está diciendo ahora Jesús estaba solo pero no estaba solo. Estaba solo porque sus discípulos más queridos y más cercanos se habían dispersado y huido llenos de miedo, pero no estaba solo porque no le faltaba la presencia del Padre, a pesar de las palabras del salmo.

La confianza de Jesús en el Padre estaba por encima de todo. Por eso terminará a la hora de su muerte ‘Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu’ como un eco de aquellas sus primeras palabras a la entrada en el mundo ‘¡Aquí estoy, oh Padre, para hacer tu voluntad!’ Y es que por encima de todo estaba el amor, la entrega de Jesús.  Por eso hoy terminará diciéndonos ‘Os he hablado de esto, para que encontréis la paz en mí. En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo’.

Yo diría ahora, conforme a lo que hemos reflexionado en otros momentos, que a través de esta plantilla de los anuncios y las palabras de Jesús tratemos de mirar nuestra vida. Hablábamos al principio de esas experiencias de fracaso que muchas veces sufrimos en la vida. Muchas situaciones duras, difíciles, problemáticas a las que tenemos que enfrentarnos y en las que pasamos también por ese calvario, por esas soledades, por esa sensación de impotencia. Escuchemos las palabras de Jesús que nos hablan de las luchas que vamos tener en la vida, pero nos dice ‘tened valor: yo he vencido al mundo’. La victoria de Jesús parte de lo que es por encima de todo su ofrenda de amor y de cómo se pone en las manos del Padre.

¿No será ese el camino que al final tendremos que recorrer en nuestra vida? ¿No tendremos que saber hacer esa ofrenda de amor en esos momentos oscuros, que son de todo tipo, para que de verdad encontremos el camino de la victoria como la de Cristo? Podremos sentirnos solos de los apoyos humanos, pero siempre el Señor nos dejará una señal de que la presencia del Señor no nos deja solos y abandonados. Será turbio y doloroso el camino, lleno de amarguras y de sinsabores, con soledades amargas y con muchas lágrimas en los ojos y en el corazón, pero como Jesús sepamos ponernos en las manos del Padre y no nos sentiremos abandonados.

El final, seguramente, terminaremos dando gracias.

domingo, 16 de mayo de 2021

Desde la experiencia de Cristo resucitado nos sentimos enviados a una humanidad dolorida y rota a la que tenemos que llevar por caminos de Ascensión

 


Desde la experiencia de Cristo resucitado nos sentimos enviados a una humanidad dolorida y rota a la que tenemos que llevar por caminos de Ascensión

Hechos 1, 1-11; Sal. 46; Efesios 1, 17-23; Marcos 16, 15-20

‘Se les presentó él mismo después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo, apareciéndoseles durante cuarenta días, hablándoles del reino de Dios’. Así nos resume san Lucas lo acontecido en el tiempo de pascua. ¿Será algo así lo que nosotros hemos vivido también en este tiempo de pascua que llega a su culminación?

Celebramos hoy la Ascensión de Jesús al cielo. Una forma de hablar, de expresarnos todo el misterio de Jesús que nosotros hemos de vivir. Como nos dirá Pedro por la resurrección de entre los muertos Dios lo había constituido Señor y Mesías. Pero necesitaban los apóstoles – necesitamos nosotros – esa experiencia pascual de encuentro vivo con Cristo resucitado para que emprendamos la tarea y la misión que se nos ha confiado, ir al todo el mundo llevando la Buena Nueva de Jesús. Pero necesitaban haber vivido intensamente esa experiencia de Cristo resucitado, el Señor que vive, como lo necesitamos nosotros también. Es lo que nos está expresando san Lucas con el texto citado. La liturgia que hemos ido viviendo también nos ha ayudado.

Siempre ha sido en la vida de la Iglesia la fiesta de la Ascensión una fiesta entrañable. Un momento que levanta y reanima nuestra esperanza, pero un momento también que nos pone en camino. Es nuestra humanidad la que en Cristo vemos glorificada a la derecha del Padre; esa humanidad nuestra en la que quiso encarnarse el Hijo de Dios para ser verdaderamente hombre y que vemos así glorificada junto a Dios. Nos abre caminos de ascensión, porque como Cristo nos había prometido en la última cena El quería que donde El estuviera estuviéramos nosotros con El. Fue a prepararnos sitio para llevarnos con El y es el camino que se inicia en la Ascensión de Jesús, nuestra propia ascensión.

Pero antes nos envía para que todos los hombres puedan conocer esa Buena Nueva. Quien escuche esa Buena Noticia y crea en ella ya se está poniendo en camino de Ascensión, porque creer en esa Buena Noticia que es Jesús para la humanidad significa ponernos en camino de algo nuevo, de algo distinto. Creer no es solo un asentimiento de palabras sino el comienzo de un nuevo camino, de una nueva vida. Creemos en la Ascensión y decimos que es la victoria de Cristo – ¡qué hermoso el salmo que con que cantamos la entrada victoriosa de Cristo en la gloria de los cielos! – porque significa la victoria de la vida sobre la muerte, la victoria del amor frente al odio, la victoria de la gracia frente a la muerte del pecado.

Con la muerte y la resurrección de Jesús estamos contemplando esa victoria, con la muerte y la resurrección de Jesús estamos viendo que es posible el amor y la verdad, la justicia y la santidad, el bien y la bondad, con la muerte y la resurrección de Jesús estamos llenando de esperanza nuestro corazón y vemos que es posible realizar ese mundo nuevo que es el Reino de Dios. Y a todo eso nos impulsa la Ascensión del Señor.

Es lo que Jesús nos ha confiado antes de su Ascensión al cielo. ‘Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y sea bautizado se salvará; el que no crea será condenado. A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos’.

Y nos dice que a los que crean les acompañarán unos signos y cuando se fueron a predicar el evangelio ‘el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban’. ¿Cuáles eran esos signos? Nos habla de echar los demonios, hablar lenguas nuevas, no sentirse dañados ni por las serpientes ni por los venenos, de imponer las manos para sanar a los enfermos.

Es lo que tenemos que realizar. Porque nuestra tarea es vencer el mal del mundo y en hacer realidad la liberación de todas las situaciones angustiosas de la vida. Lo hacemos cuando vamos haciendo desaparecer el individualismo, el egoísmo, la injusticia, todo lo que pueda deshumanizar a la persona; lo hacemos cuando no nos dejamos envenenar por el odio y por la violencia, cuando hacemos desaparecer la agresividad, las palabras hirientes y las actitudes discriminatorias, el pesimismo y el desencanto; lo hacemos utilizando el lenguaje del amor, que suaviza nuestras relaciones, que facilita la convivencia, que busca siempre el diálogo, la armonía y la paz; lo hacemos cuando desterramos la mentira, la vanidad, el orgullo, la corrupción, la murmuración que tantos estragos hacen en las mutuas relaciones.

Son los signos del Reino de Dios que hemos de ir haciendo resplandecer y con lo que vamos logrando esa ascensión del hombre, de toda persona. Son los valores que tenemos que cultivar que nos hacen más maduros humanamente pero que también levantan nuestro espíritu buscando ideales nobles y grandes. Es el anuncio de la Buena Nueva de Jesús para la humanidad, para lograr realizar una humanidad nueva, que hoy Jesús nos está confiando.

No te quedes ahí plantado mirando al cielo, como les dicen los ángeles a los discípulos que se habían quedado extasiados y desconsolados en la subida de Jesús al cielo. Tenemos que volver a la Jerusalén de nuestra vida y tenemos que luego irnos extendiendo por todas partes porque somos unos testigos que tenemos que llevar un mensaje, somos unos testigos que tenemos que levantar a una humanidad dolorida y caída como contemplamos en nuestro entorno.

Ahí tenemos una misión que realizar, llevar a la humanidad por caminos de Ascensión; y para eso recibiremos la fuerza del Espíritu prometido por Jesús. Solo volviendo a Jerusalén, poniendo los pies sobre la tierra, podremos comenzar a levantar el vuelo de nuestra ascensión y de la ascensión de nuestro mundo.