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sábado, 1 de febrero de 2020

Que se nos despierte la fe para que no tengamos miedo de ir a la otra orilla como nos pide hoy la Iglesia aunque tengamos que atravesar el mar con tantos peligros


Que se nos despierte la fe para que no tengamos miedo de ir a la otra orilla como nos pide hoy la Iglesia aunque tengamos que atravesar el mar con tantos peligros

2Samuel 12, 1-7a. 10-17; Sal 50; Marcos 4, 35-41
Tempestades y tormentas no nos faltan en la vida. Para las tormentas climatológicas hoy tenemos unos servicios de previsión del tiempo que nos dicen por donde nos vienen las borrascas y en qué momento determinado las alertas se elevan de todo porque encima tenemos la tormenta y no vamos a recordar aquí la serie de nombres que ahora estamos habituados a escuchar en las noticias para referirse a ellas.
Pero no es de esas tormentas y borrascas de las que ahora queremos hacer mención, sino de esos problemas que aparecen cuando menos pensamos y nos envuelven y nos llenan de angustias y desestabilizan nuestra vida. Hay momentos que son duros en la vida y clamamos no sabemos a quien porque parece que ya no podemos más, que la vida se nos convierte en un tubo oscuro y se nos retuerce como una espiral y no sabemos qué solución encontrar. Tantas veces que nos sentimos solos en medio de esos problemas de la vida porque parece que hasta los más amigos se alejan o se desentienden de nosotros y nos retorcemos sin saber a quien acudir.
Qué dura se nos hace esa soledad, ese pasar por esas situaciones en soledad. No sabemos o no queremos porque una de las cosas que nos suceden es que poco menos que nos encerramos en nosotros mismos y somos nosotros los que no queremos contar con nadie. Es duro verse así, pero esas tormentas nos aparecen o nos pueden aparecer de vez en cuando.
El contemplar el pasaje que nos ofrece hoy el evangelio de los discípulos en la barca luchando en medio de la tormenta del lago y donde les parece que Jesús se desentiende de ellos, me hace pensar en esas situaciones duras por las que tantas veces en la vida pasamos o vemos pasar a los demás. Bueno, vemos pasar a los demás, pero quizá nosotros seamos de los que nos desentendemos, de los que no ponemos ni la punta del dedo meñique para prestar alguna ayuda o para hacernos presente al lado de esos que vemos sufrir.
Como decíamos los discípulos lo estaban pasando mal, porque a pesar de que algunos eran avezados pescadores de aquel lago, cuando llegaban esos momentos todos se sentían impotentes; es proverbial la fuerza con que se desatan los vientos en el lago, que ya por si mismo está en una depresión de la tierra – está a un nivel por debajo del nivel del mar – pero además rodeado de las altas montañas del Golán y el monte Hermón. Jesús había querido ir con los discípulos a la otra orilla del lago y allí se habían embarcado. Se había desatado la tormenta y en medio del fragor de las olas y el viento, Jesús, sin embargo, dormía en un rincón de la barca. No sabían que hacer y al final lo despiertan. Y ya sabemos el desenlace. ‘Hombres de poca fe’, les dice. ¿No habían aprendido aun a confiar a Jesús que allí estaba aunque les pareciera que dormido se desatendía de ellos?
Ir a la otra orilla… tendría que hacernos pensar también a nosotros. ¿Estaremos dispuestos a ir con Jesús a la otra orilla? ¿No es a lo que está llamada la Iglesia hoy, como nos repite continuamente el Papa? Pero también sentimos tormentas en el seno de la Iglesia y algunas veces clamamos como si fuéramos hombres de poca fe, porque no sabemos descubrir la presencia y la fuerza del Espíritu de Jesús que está con nosotros.
Parece que la barca de la Iglesia se tambalea demasiado en medio de las corrientes y los vientos del mundo que nos rodea, y nos sentimos quizá desorientados, llenos de dudas y de miedos. ¿Nos estará queriendo decir algo este texto del evangelio para que se nos despierte la fe, para que no tengamos miedo de ir a la otra orilla aunque tengamos que atravesar el mar con tantos peligros, para que sepamos seguir adelante? Mucho nos da que pensar.

viernes, 31 de enero de 2020

Vivimos llenos de confianza porque ponemos nuestra fe en Dios y nuestro corazón se llena de esperanza que nos trasciende a la vida eterna


Vivimos llenos de confianza porque ponemos nuestra fe en Dios y nuestro corazón se llena de esperanza que nos trasciende a la vida eterna

2Samuel 11, 1-4a. 4c-10a. 13-17; Sal 50; Marcos 4, 26-34
Quizá pueda parecer algo como muy genérico lo que voy a expresar, pero me atrevo a decir que la vida, lo que hacemos y lo que vivimos es como un acto de confianza y de esperanza en si misma. ¿Tenemos seguridad de lo que va a suceder mañana? ¿Tenemos la certeza absoluta de que aquello que hacemos va a dar el fruto que esperamos? La experiencia de la vida nos ha ido enseñando que si realizamos determinados actos como fruto obtendremos unas cosas concretas. Pero también sabemos por experiencia que las cosas se pueden torcer y no siempre obtenemos el fruto esperado y deseado por el que habíamos luchado. Pero confiamos, tenemos esperanza, seguimos construyendo con el deseo de ver realizadas las metas que nos propusimos. ¿Lo dejamos al azar? ¿Es solamente un destino? Pensamos que hay algo más y distinto.
El agricultor echa la semilla a la tierra con la esperanza de una cosecha; confía en que poniendo los medios que tiene a su disposición pueda lograrlo. Como el educador que quiere forjar el espíritu de aquellos que están a su cuidado, los padres en la educación y formación de sus hijos a los que quieren ver crecer. Confían, tienen esperanza. Como el que quiere emprender un trabajo, un negocio, un viaje… confiamos, esperamos verlo realizado, obtener los beneficios, llegar a la meta y al regreso.
Quizá en cosas así nos hacen pensar las parábolas que hoy Jesús nos propone. Nos habla del agricultor que hecha la semilla en la tierra y, como nos dice Jesús en la parábola, él no sabe cómo, pero aquella semilla un día germina y brota una planta, y al final recogerá un fruto. ¿Algo milagroso? ¿Algo automático? No nos queremos quedar solo en la imagen de la semilla, sino que con esa imagen podemos pensar en la vida, en lo que somos o en lo que es nuestra sociedad. Están es cierto nuestras voluntades y nuestros esfuerzos, pero bien sabemos que tiene que haber algo más.
Hoy la gente para no querer referirse a Dios habla de energías positivas y no sé cuantas cosas. Pero, ¿por qué no pensamos en ese Espíritu divino que desde lo más hondo de nosotros mismos nos anima y nos da la fuerza que necesitamos? ¿Quién es el que en verdad mueve nuestro corazón y nos da fuerza? Cuántas veces estamos en nuestras luchas y hasta en cierto modo nos podemos sentir desanimados y cansados en nuestro esfuerzo, pero en un momento dado sentimos dentro de nosotros una fuerza interior que nos empujaba a la lucha, que nos iluminaba con nuevos caminos y salidas, que nos hacia sentir dentro de nosotros con esa energía espiritual para saltar por encima de todas las barreras. Es la gracia del Señor, es la inspiración del Espíritu divino, es Dios que actúa en nosotros.
Es ese misterio del crecimiento del que nos habla la parábola, ese crecimiento interior que nosotros sabemos muy bien que es la inspiración del Espíritu de Dios en nosotros.  Pero eso también en cierto modo tenemos que cultivarlo, como el agricultor que preparó la tierra para echar la semilla; y lo cultivamos manteniendo viva esa sensibilidad espiritual en nuestra vida, abriendo nuestro corazón a la trascendencia, nuestro espíritu a Dios. Cuidando que los materialismos y las sensualidades de la vida no ensordezcan nuestro corazón y ya no seamos capaces de captar esa sintonía de Dios en nosotros. Nos damos cuenta que no somos solo materia, sino que en nosotros hay algo más, somos seres espirituales capaces de elevar nuestro corazón más allá y más arriba de esas cosas materiales que tantas veces nos envuelven.
Si así lo hacemos es porque confiamos y no en cualquier cosa, es que ponemos nuestra fe en Dios y así nuestro corazón se llena de esperanza, no solo para el fruto que ahora en la tierra podamos obtener sino algo más porque nos hace pensar en frutos de vida eterna.

jueves, 30 de enero de 2020

Demos una imagen clara de lo que significa ser cristiano y de cómo nosotros los cristianos somos los primeros en contribuir a lo mejor para nuestra sociedad


Demos una imagen clara de lo que significa ser cristiano y de cómo nosotros los cristianos somos los primeros en contribuir a lo mejor para nuestra sociedad

2Samuel 7, 18-19. 24-29; Sal 131; Marcos 4, 21-25
No solo sería incomprensible sino incongruente que encendiéramos una luz pero la metiéramos en un cajón cerrado para que nadie pueda detectar esa luz. Si tenemos una luz encendida la pondremos en el lugar adecuado para que su resplandor ilumine el mayor espacio posible. Y no es ya el juego de luces indirectas que en nuestra ornamentación colocamos, para que quizá sin ver el foco de luz, sin embargo su resplandor haga resplandecer determinados aspectos que queremos destacar en aquel conjunto arquitectónico o ante aquella obra de arte. Eso es otra cosa destacable también, pero a lo que nos referíamos es al ocultamiento de la luz pero para que no produzca su efecto de iluminar.
Creo que Jesús hoy en el evangelio nos está dando un fuerte toque de atención cuando nos propone esta imagen de la luz oculta bajo un celemín. ¿No será eso lo que de alguna manera los cristianos estamos haciendo? Somos luz, llevamos una luz en nosotros desde el momento que por nuestra fe hemos hecho una opción por Jesús y por su evangelio. Pero, ¿estaremos reflejando suficientemente esa luz? ¿Estaremos ofertando suficientemente esa luz al mundo que nos rodea?
Algunas veces parecemos unos cristianos vergonzosos que no somos capaces de dar la cara por nuestra fe. Nos quejamos fácilmente de que en nuestra sociedad no brillan los valores cristianos, que se va perdiendo un sentido de religiosidad en la vida, que el materialismo nos invade y toda una serie de contravalores al sentido cristiano se van imponiendo en nuestra sociedad, que hasta los signos cristianos van desapareciendo de la vida de nuestra sociedad porque otros tratan de imponer su visión de la vida y nos van comiendo terreno.
Pero, ¿quién tiene la culpa de todo eso? Tenemos que reconocer que nosotros los cristianos porque no damos la cara, porque ocultamos esos valores y parece que nos da vergüenza manifestar que tenemos una fe y un sentido de la vida, porque dejamos que sean otros los que vayan marcando el ritmo de la sociedad mientras nosotros nos quedamos callados y dejamos hacer. Quizá en otros momentos parecía que lo teníamos más fácil y hasta quisimos imponer nuestros sentimientos y nuestras costumbres sin respetar del todo a los demás, pero ahora hemos pasado al estado contrario, donde nada hacemos y dejamos que nos coman el terreno.
Hagamos gala de nuestra fe, de nuestra religiosidad, de nuestros valores, del sentido de la vida que nos ofrece el evangelio de Jesús y demos testimonio de todo ello con valentía. No nos ocultemos; respetemos, es cierto, a los demás sin imposiciones por nuestra parte, pero que también nos hagamos respetar, porque el respeto tiene que ser mutuo. Demos una imagen clara de lo que significa ser cristiano y de cómo nosotros los cristianos somos los primeros en contribuir a lo mejor para nuestra sociedad.
Mucho podemos y tenemos que hacer, no nos ocultemos. Somos luz para nuestro mundo y el mundo necesita también de esa luz. Es incomprensible e incongruente cómo los cristianos ocultamos la luz que llevamos en nuestra vida. Estemos convencidos de que nuestro mundo será mejor si damos nuestro testimonio y contagiamos de nuestros valores al mundo en el que vivimos. Seguro que sería más luminoso.

miércoles, 29 de enero de 2020

Solo la tierra pacientemente labrada será la que está bien preparada para recibir la semilla y que en ella pueda fructificar


Solo la tierra pacientemente labrada será la que está bien preparada para recibir la semilla y que en ella pueda fructificar

2Samuel 7, 4-17; Sal 88; Marcos 4, 1-20
Se nos habrá pasado alguna vez por la cabeza o acaso lo hemos oído comentar; alguien hizo una buena reflexión en la que se denunciaban situaciones injustas, o se hablaba de cosas que había que corregir o mejorar y a la mente nos vino el pensamiento de que bueno sería que determinaba persona escuchara esto, o que bien le vendría a alguien estas cosas porque, pensamos, están retratando su vida. Es fácil tirar balones fuera, que lo que se dice o lo que se escucha le vendría bien a esta o aquella persona, pero no pensamos en nosotros mismos que tendríamos que ser los primeros que nos lo aplicáramos.
Esto significa esas actitudes pasivas que podemos tener en nuestro interior donde nos encerramos como detrás de una coraza para no dejar que se nos señale de forma concreta aquello que tendría que ser distinto en nuestra vida. Pues creo que pudiera ser la actitud o la postura que nos denuncia la parábola y esa actitud nueva con que nosotros debemos escucharla.
Hoy nos habla el evangelio de la parábola del sembrador. Somos capaces de decir cosas muy bellas de ella, como una de las páginas más hermosas del evangelio y un montón de cosas en ese estilo; pero ahí nos quedamos, en su belleza, en la riqueza de matices que puede tener, en todas las cosas que nos puede decir, pero ya nos la sabemos. Desde que comenzamos a escucharla ya vamos por adelantado pensando en su significado que nos lo sabemos porque tantas veces lo hemos escuchado y hasta lo habremos meditado.
Quizá en un momento determinado nos impactó, pero fue el impacto de aquel momento, porque parece que ha dejado de ser ya esa buena nueva que hoy llega a nuestra vida. Y es que esa tiene que ser la actitud, sentir que ahora, en este momento, es buena noticia para nosotros, es una buena nueva, no una cosa sabida ya y que ahora estamos repitiendo. Es por eso por lo que tantas veces, y nos sucede con esta parábola y nos puede suceder con tantos pasajes del evangelio, se nos queda sin dar fruto, porque ya de antemano hemos puesto esa costra de que ya nos la sabemos y no llega a penetrar de verdad en nuestro corazón.
Es cierto que todos conocemos la parábola, de cómo el sembrador va arrojando la semilla que va cayendo en distintos terrenos, en la orilla del camino, o entre los zarzales y malas hierbas o los pedruscos, y solo la que cayó en buena tierra llegó a fructificar. La conocemos y conocemos bien la explicación que Jesús mismo hace de la parábola, pero eso no debe impedirnos para que abramos bien nuestro corazón al escucharla y lleguemos a descubrir lo que ha de ser esa buena nueva ahora y en las circunstancias concretas que vivimos esa palabra del Señor.
Podemos mirar lo que es la situación de nuestro mundo hoy que se hace sordo a la Palabra de Dios, porque ha eliminado todo sentido de trascendencia de su vida y solo vive pensando en las beneficios concretos que ha de tener para si o para la sociedad todo aquello que hace; es el materialismo con que vivimos, es la ausencia de valores espirituales en la que vamos educando a las jóvenes generaciones, es el hedonismo de la vida donde todo lo que hacemos es para buscar sensaciones placenteras que nos hagan disfrutar solamente del momento, es la impaciencia con que vivimos en que todo tiene que estar como automatizado para podamos obtener fruto o beneficio inmediato.
Pero eso no es cuestión solo del mundo que nos rodea sino que son las posturas, las formas de hacer con que nosotros habitualmente actuamos. Lo que no nos da una satisfacción inmediata, un beneficio pronto y abundante no nos vale, pero es que nosotros tampoco queremos saber nada de la perseverancia y la constancia en el esfuerzo aunque nos cueste sacrificio, porque eso siempre lo rehuimos.
Solo aquella tierra pacientemente labrada será la que está bien preparada para recibir la semilla y que en ella pueda fructificar, pero no nos importa estar de cualquier manera – como la tierra endurecida del camino, la llena de abrojos o los pedregales – con tal de evitar el esfuerzo del trabajo que significa preparar una buena tierra para recibir la semilla.
¿No será esta parábola hoy una invitación a revisar esas posturas que tenemos en nosotros ante la vida y ante el esfuerzo que tendríamos que hacer por cultivarla?

martes, 28 de enero de 2020

Una nueva relación, una nueva comunión que a todos nos hace sentirnos familia de una manera especial


Una nueva relación, una nueva comunión que a todos nos hace sentirnos familia de una manera especial

2Samuel 6, 12b-15. 17-19; Sal 23;  Marcos 3, 31-35
Somos conscientes de que las relaciones primarias y básicas de toda persona están en la familia en la que hemos nacido y donde  nos hemos criado, allí donde hemos crecido como personas en esa hermosa relación de amor entre padres e hijos, entre hermanos y también con el resto de la familia más cercano. Ese hogar que ha sido caldo de cultivo de esos valores de los que nos hemos impregnado y donde hemos aprendido a relacionarnos y a comunicarnos y que nos ha ayudado en ese crecimiento humano y espiritual.
Pero somos conscientes también  que hay otro entorno que ha ampliado ese campo de relación y que muchas veces tiene una riqueza extraordinaria que nos hace establecer unos vínculos tan fuertes en muchas ocasiones como aquellos que tenemos en el seno de la familia. Son los amigos, son esas personas cercanas a nosotros a los que miramos de una forma especial, de manera que aunque no hayan vínculos de carne y sangre sin embargo los vínculos son tan estrechos que con ellos nos sentimos como si fueran de la misma familia. Es una apertura hermosa que nos tendría que hacer mirar al mundo con otros ojos y que tendría que ser un camino de esa nueva fraternidad que entre todos los seres humanos tendríamos que establecer. Ya la Sagrada Escritura nos dice en los libros sapienciales que ‘hay amigos que son más afectos que un hermano…’
Con estos preámbulos de reflexión que nos estamos haciendo no nos han de resultar extrañas las palabras que escuchamos hoy a Jesús en el Evangelio. Estaba Jesús como siempre rodeado de gente que venia a escucharle y que a gusto se sentían con El apretujándose en su entorno para no perder ni una sola de sus palabras y para sentir el calor de su amor y cercanía. Y nos dice el evangelista que llegaron su madre y sus hermanos. No es necesario extendernos excesivamente para entender que la palabra hermano entre las gentes de aquella época y más en un mundo semita hace referencia a todos los familiares cercanos.
Le comunican a Jesús, ante la imposibilidad de poder llegar por si mismos a sus pies, que allí están su madre y sus hermanos. A algunos les podría parecer extraña la reacción y respuesta de Jesús pero creo que estamos en camino de entenderlo. ‘¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?’ Y derramando su mirada en torno en todos aquellos que le escuchaban exclamó: ‘Estos son mi madre y mis hermanos, los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen…’
No rechaza Jesús la presencia de María, su madre, y demás familiares que le buscan. Pero Jesús nos está abriendo horizontes cuando nos anuncia el nuevo Reino de Dios; Jesús nos está hablando de esa nueva fraternidad que tenemos que aprender a vivir, donde en verdad todos nos sintamos hermanos; no han de ser solo los vínculos de la sangre los que nos han de unir, sino que han de haber otros vínculos de amor, de amistad, de cercanía, de fraternidad que nos han de hacer entrar en una nueva relación. ¿No ha de ser el amor nuestro distintivo? Pero no es un mero amor romántico o de bonitas palabras, sino que ha de ser otra relación más honda, más concreta, más palpable que nos ha de hacer sentirnos hermanos.
No perdamos de vista nunca lo que es el eje fundamental de la predicación de Jesús, el Reino de Dios; ese Reino de Dios que viviremos sintiendo que Dios es el único Señor de nuestra vida, pero donde todos hemos de sentirnos hermanos, donde hemos de cultivar esos valores del Reino que nos harán entrar en esa nueva relación que entre unos y otros ha de existir.

lunes, 27 de enero de 2020

Descubramos en lo bueno que realizan los demás una gracia de Dios para nosotros que nos hace ver la maravilla de su bondad


Descubramos en lo bueno que realizan los demás una gracia de Dios para nosotros que nos hace ver la maravilla de su bondad

2Samuel 5, 1-7. 10; Sal 88; Marcos 3, 22-30
Sembrar desconfianza es como ir socavando el terreno por los cimientos y como aparentemente nadie lo ve o se da cuenta pronto el edificio se vendrá abajo. Parece una maldad grande y así es realmente y con frecuencia nos encontramos actitudes así en la vida. No podemos alcanzar las altas cotas que otros están logrando con su tarea, nos corroe la envidia por dentro y buscaríamos la forma que fuera para destruir.
Y una forma es sembrar desconfianza; una forma es querer quitar el prestigio de aquel que vemos como contrincante. Es un lenguaje que vemos con demasiada frecuencia en la vida social, en la vida política, donde se siembra con facilidad la sospecha de los dobles intereses, se hace desconfiar de la gente porque les ponemos intenciones que ellos no tienen, porque aplicamos el éxito de lo que los otros han conseguido a las malas artes. Cuantas situaciones en este sentido podemos ver cada día en la vida social y en la vida política, pero que eso luego se traslada también a nuestras relaciones personales con los que estamos más cerca. Nos volvemos destructivos en lugar de ser constructores aprovechando todo  lo bueno de los demás.
Cuando le has quitado el prestigio a alguien con tus falsedades que difícil es que lo pueda recuperar. Es lo que hacemos con las críticas destructivas, que es como si desplumaras a una gallina en la calle un día de viento y luego quisieras recoger de nuevo las plumas. Y esos bulos corren disparatados sin que nadie los pueda detener; es lo que ahora llaman las falsas noticias, fake news creo que se dice ahora, para distraer al personal de lo que está sucediendo y para socavar lo bueno que los otros puedan estar haciendo. No somos capaces de aceptar nuestra incapacidad para hacer algo bueno pero lo que hacemos es desprestigiar al otro.
Es lo que vemos que sucede con Jesús. Hay quien no puede aceptar aquel mensaje nuevo que Jesús les ofrece. Anclados en su conservadurismo, que muchas veces es cuidar por sus posicionamientos, por las ventajas y beneficios que para ellos mismos tienen, no son capaces de abrirse a aquel mundo nuevo, a aquel sentido nuevo de las cosas, de la vida, que les ofrece Jesús.
Son graves las acusaciones que hacen contra Jesús, graves y blasfemas. Por eso les dirá Jesús que quien peca contra el Espíritu Santo no tiene perdón, porque quien niega la acción del Espíritu divino en nuestros corazones nunca será capaz de reconocer la negrura de su corazón y abrirse a la gracia misericordiosa de Dios. Acusan a Jesús de que obra con el poder del maligno; es algo muy grave lo que están diciendo.
No podemos negar el amor y la misericordia de Dios cuando lo vemos tan palpable delante de nuestros ojos. Es la acción de Jesús que nos muestra el rostro misericordioso de Dios en aquellos signos que realiza. Pero veamos eso mismo en nuestra propia vida, o en lo que sucede a nuestro alrededor. Eso bueno que vemos realizar a los demás ¿por qué no lo vemos como una gracia de Dios para nosotros, porque en esas obras buenas se manifiesta lo que es la bondad de Dios?
Seamos capaces de descubrir y aceptar tanto bueno que podemos recibir de los demás. Es una gracia de Dios para nosotros. Que no haya nunca actitudes y posturas negativas ante lo bueno que realizan los otros.

domingo, 26 de enero de 2020

Nuestra oscuridad quizás está en que nos creemos en la luz y con nuestro orgullo y autosuficiencia no nos damos cuenta del vacío y oscuridad que llevamos en el interior




Nuestra oscuridad quizás está en que nos creemos en la luz y con nuestro orgullo y autosuficiencia no nos damos cuenta del vacío y oscuridad que llevamos en el interior

Isaías 8, 23b-9, 3; Sal 26; 1Corintios 1, 10-13. 17; Mateo 4, 12-23
Si el evangelio de Lucas nos presenta a Jesús en la sinagoga de Nazaret con el texto del profeta Isaías que habla del que está lleno del Espíritu del Señor y ha sido enviado a hacer el anuncio de la buena nueva a los pobres para proclamar el año de gracia del Señor, el evangelio de Mateo, que corresponde al ciclo de este año, nos habla de la luz que brilla en las tinieblas porque el anuncio de la Buena Nueva del Reino de Dios vino a ser ese rayo de luz y de esperanza para aquellos que lo escuchaban, trayéndonos a colación también un texto de Isaías.
De una forma o de otra, en uno o en otro evangelista, se nos presente algo así como el programa del Evangelio que Jesús nos anuncia. Anunciar la llegada del Reinado de Dios, no solo con palabras sino acompañado de muchos signos y la invitación a la conversión. Algo nuevo se nos anunciaba pero creer en ese anuncio implica la conversión del corazón, el darle la vuelta a la vida porque algo nuevo comenzaba. Y cuando se despiertan las esperanzas en el corazón de los hombres es como si una luz nueva comenzara a brillar para sus vidas. Qué cosa más esperanzadora cuando vamos caminando por un lugar oscuro ver alguna ráfaga de luz que nos anuncia el final del camino de oscuridad y tener la certeza de que saldremos de esas tinieblas.
El texto de Isaías que nos trae a colación el evangelista Mateo hacia referencia en su hecho histórico concreto un momento difícil de la historia de Israel, en que se veían envueltos en guerras y acosos de los pueblos vecinos en que por la inoperancia e insensatez de sus dirigentes no veían una salida airosa de aquella situación. Aquello cambiará y es lo que anuncia el profeta, por eso el pueblo se llena de esperanza y de alegría, como los que vienen de la siega con cantos de victoria.
Cuando Mateo nos hace esa cita del profeta está haciendo una lectura de la historia en el momento concreto en que apareció Jesús, profeta de Nazaret por las tierras de Galilea. Tiempos de pobreza y de opresión bajo el poder de los romanos donde todo les parecía también oscuro y lleno de tinieblas. La palabra profética de Jesús anunciando el Reinado de Dios es como un despertar de esas esperanzas dormidas o perdidas y fue para ellos como comenzar a brillar una luz nueva para sus vidas.
Por eso escuchan a Jesús y le siguen, les traen los enfermos para que los cure que vienen a ser los signos de lo nuevo que comenzaba como una nueva vida para aquellas gentes y la gente busca por todas partes. Todos escucharán el mensaje de invitación a la conversión y a la confianza en su Palabra. Pronto serán invitados algunos a seguirle más de cerca porque en aquellos tiempos nuevos que se avecinan serán necesarios unos nuevos pescadores o unos nuevos sembradores para ese nuevo pueblo que se irá constituyendo y que serán capaces de dar las señales de lo nuevo que está comenzando cuando son capaces de dejarlo todo por seguir a Jesús.
Por eso al pasar Jesús por la orilla del lago ya comenzará a llamar de forma concreta a algunos porque los quiere trabajadores en su Reino. Señales de esa conversión, de ese cambio y transformación de sus vidas las darán cuando son capaces de dejarlo todo por seguirle, y muestras de esa fe que comienzan a tener en Jesús y en su Palabra es que sin más se confían de la Palabra de Jesús para seguirle y para estar con El.
Pero cuando hoy nosotros escuchamos esta Palabra del Señor no es para quedarnos en lo que entonces se dijo o sucedió. La Palabra que escuchamos es una Palabra viva, una Palabra que también quiere ser vida y luz para los hombres de hoy. También a los pobres de hoy se les ha de anunciar la Buena Noticia, también para los oprimidos de hoy es el anuncio de la amnistía, del año de gracia del Señor, también para los hombres y mujeres de hoy esa Palabra tiene que ser un rayo de luz que despierte la esperanza. Pero ¿llegará esta Palabra a los hombres y mujeres del siglo XXI como ese mismo rayo de esperanza?
Nuestra oscuridad quizás está en que nos creemos en la luz. Andamos confundidos. Confundidos porque no sabemos ya donde buscar la luz, o no sabemos cuál es la luz que tendríamos que buscar. Nos creemos llenos de luces con nuestros orgullos y autosuficiencias. Para todo queremos tener una explicación pero a nuestra manera y nos podemos quedar en superficialidades. Buscamos por fuera y queremos acallar la oscuridad que quizá llevamos dentro. Nos creemos saberlo todo pero quizá haya interrogantes profundos a los que no queremos enfrentarnos. Nos creemos en el camino bueno porque vamos encontrando satisfacciones fáciles y no nos damos cuenta que muchas de esas luces son efímeras y pronto dejarán de darnos luz permanente que dé sentido permanente a nuestra existencia.
¿Cómo despertar de esa inconciencia? Hemos de tener la valentía de ponernos a escuchar y hacerlo con sinceridad. Nos costará porque quizá ya no estamos acostumbrados sino a escucharnos a nosotros mismos, a nuestro ego, o dejar que nos satisfagan solo nuestras pasiones. Cuesta reconocer que hay un vacío dentro de nosotros mismos y cuesta abrirnos a la trascendencia, abrirnos a Dios para dejar que sea El quien llene nuestras vidas.
Por eso con sinceridad escuchemos esa voz, esa Palabra del Señor que nos invita a creer, a confiar, a ser capaces de darnos cuenta de que tenemos que darle la vuelta a nuestra vida. Es difícil porque alrededor de esa voz y como queriendo acallarla escucharemos muchas músicas que nos embelesan y nos distraen. Tratemos de acallar esas falsas sintonías para sintonizar de verdad la Palabra que nos salva, que nos hace encontrar la luz y salir de las tinieblas.

sábado, 25 de enero de 2020

Con un pequeño gesto de nuestra vida podemos convertirnos en signos e instrumentos de gracia para muchos que caminan a nuestro lado


Con un pequeño gesto de nuestra vida podemos convertirnos en signos e instrumentos de gracia para muchos que caminan a nuestro lado

Hechos de los apóstoles 22, 3-16; Sal 116; Marcos 16, 15-18
Alguna vez nos ha sucedido que realizamos algo de forma espontánea y casi sin darle importancia, tuvimos un gesto con alguien porque le tendimos la mano en el momento que aquella persona lo necesitaba pero que nosotros lo hicimos casi sin percatarnos del significado que pudiera alcanzar y aquel detalle esa persona nos lo agradecerá por vida porque si para nosotros fue casi sin trascendencia sin embargo fue muy importante para ella. Casi tendríamos que ponernos a pensar en el valor de esos pequeños detalles y como tendríamos que estar más atentos para esa huella positiva que quizá podemos dejar en una persona que puede ser todo un mundo de salvación y de vida para ella.
Los que acompañaban a Pablo realmente no eran conscientes de lo que a Pablo le había sucedido, porque ya el mismo Pablo nos dice que ellos no oyeron la voz, solo sintieron el resplandor. Pero aquella caída de Pablo por tierra lo había dejado mal porque había perdido incluso la visión. Había que continuar hasta Damasco porque era el destino, pero también porque podían hacer por Pablo allí en las afueras de la ciudad. Lo tomaron de la mano y lo condujeron hasta Damasco, aunque sin saberlo ellos, con aquel gesto y lo que había sucedido el camino ahora tenía otro sentido. Pero era importante aquella ayuda que le estaban prestando porque estaban contribuyendo sin saberlo a lo que eran los planes de Dios.
Había sido un momento importante, un momento de gracia para Pablo. Había sido su encuentro con la luz, aunque ahora sus ojos estaban cegados por aquel resplandor, pero era antes cuando realmente estaban cegados en su fanatismo para perseguir todo lo que le sonara al camino de Jesús. Por eso había marchado a Damasco con cartas de los sumos sacerdotes para llevarse presos a Jerusalén a todos los que confesasen su fe en Jesús. Era su ceguera y ahora había sido el encuentro con la luz. Necesitaba, es cierto de la ayuda de sus acompañantes, como necesitaba de Ananías que ya le estaba esperando dentro de la ciudad.
He estado resaltando la ayuda prestada por aquellos compañeros caminantes con Pablo pero también tendríamos que destacar la necesidad de bajarnos de nuestros caballos de orgullo para dejarnos conducir, para dejarnos ayudar a encontrar la luz. Muchas veces también caminamos cegados por la vida desde nuestros orgullos o autosuficiencias de creernos en posesión de la verdad, de mi verdad, y sin embargo estamos caminando por el camino del error. 
Habrá siempre alguien que nos tienda una mano, que nos eche un cabo, que intente poner la luz delante de nuestros ojos, pero hemos de dejarnos iluminar, dejarnos ayudar. Ayudas que pueden llegar a nosotros desde cosas muy simples y sencillas, pero que hemos de aprender a captar, a sintonizar con ellas para poder escuchar esa voz, para sentir esa luz, para ponernos a avanzar por esa camino nuevo que se abre ante nosotros, que aunque quizá nos parezca tan simple es el camino que nos está llevando a la verdad y a la luz. Dios nos tiene quizá reservadas grandes cosas para nosotros pero que podemos perder si no nos abajamos de nuestros orgullos y autosuficiencias.
Pensemos también como nosotros podemos convertirnos también en instrumentos elegidos cuando con nuestros pequeños gestos podemos ser signos de gracia para los que están a nuestro lado. Esa buena palabra, esa sencilla sonrisa mirando a los otros a nuestro interlocutor, esa mano tendida para levantarse alguien de una caída o para dar el paso adelante con mayor seguridad pueden convertirse en signos de gracia y Dios estar actuando también a través de nosotros. Dejémonos conducir por ese impulso que sentimos en momentos determinados dentro de nosotros o estemos siempre con ojos atentos para ver donde podemos poner nuestra mano servicial.

viernes, 24 de enero de 2020

El grupo de los doce apóstoles imagen y ejemplo de lo que Jesús quiere que sean sus discípulos, los que creemos en El


El grupo de los doce apóstoles imagen y ejemplo de lo que Jesús quiere que sean sus discípulos, los que creemos en El

1Samuel 24, 3-21; Sal 56; Marcos 3, 13-19
Es bueno en la vida saber caminar juntos; es algo además que va con nuestra propia naturaleza porque estamos llamados a la relacion, a estar en relación con los demás, aunque algunas veces sintamos tendencia o tentación a aislarnos. Pero ya sabemos que el camina solo, solo se cae y solo se queda, como se suele decir.
Son las relaciones que tenemos empezando por la propia familia, donde hemos nacido y hemos crecido como personas; pero en nuestro entorno siempre estamos en comunicación con alguien, porque son las personas que viven cercanas a nosotros o son los amigos que vamos haciendo entrando ya en una nueva y distinta relación. Con el amigo caminamos juntos y soñamos juntos, con el amigo siempre tenemos algo en común ya sea por nuestra forma de ser o ya sea en los ideales o metas que nos ponemos en la vida y entonces en el amigo encontramos ese apoyo y ese estímulo. Pero no se queda ahí la relación porque vivimos en sociedad y el trabajo que realizamos es de alguna manera una herramienta social que nos hace entrar en relación con esas personas que realizan algo semejante a lo que nosotros hacemos, pero porque también lo que hacemos repercute en esa sociedad en la que vivimos.
Estamos, pues, llamados a esa relación, a ese caminar juntos, pero también a ese trabajar juntos poniendo cada uno nuestra parte en la construcción de esa sociedad en la que vivimos. Cada uno tendremos nuestra función, pero cada uno aportamos desde lo que somos y desde lo que hacemos, y será en ese unión con lo que los demás realizan como vamos poniendo las bases de ese mundo que queremos que sea mejor. Nunca debe aislarnos nuestro trabajo o nuestra ocupación sino que tenemos que darnos cuenta de ese engranaje entre unos y otros para la riqueza de la vida. Esa unión, esa relación, esa colaboración es la gran riqueza de nuestra existencia. Y esto en todos los aspectos de lo que abarca nuestra existencia y de las tareas que realizamos en nuestro mundo.
Sin embargo hay quien puede pensar en un aspecto de la vida que es más individual y donde no necesitarían esa relación, me refiero a la vida de fe. Cierto que la fe es una respuesta personal que damos al misterio de Dios que se nos revela, pero nunca esa respuesta personal nos aísla de los que vivimos una misma fe; todo lo contrario, precisamente desde nuestra fe cristiana estamos llamados a vivir con intensidad esa vida de fe en comunión con los demás, necesariamente tenemos que sentirnos comunidad. Es lo que nos conduciría a una mayor plenitud y hondura en esa fe y es el deseo de Jesús.
Vemos en el evangelio multitudes que siguen a Jesús y cada uno se va acercando a Jesús desde sus inquietudes o los problemas concretos de su vida personal. Pero no quiere Jesús que los que le siguen vivan aislados cada uno por su parte sino que El va llamando para formar parte de ese grupo de los discípulos; hoy de manera concreta llamará a doce para formar ese grupo especial que vivan con El, vivan más cercanos a El porque a ellos les va a confiar la misión del anuncio del Evangelio acompañado de los signos de liberación que Jesús mismo hace. Ese grupo de los doce que va a ser imagen y ejemplo de lo que Jesús quiere que sean sus discípulos, los que creen en El.
Nos cuesta sentirnos comunidad, y comunidad cristiana, comunidad de seguidores de Jesús. Es algo en lo que tenemos que profundizar cada día más, haciendo crecer esa comunión, nacida en la fe y en el amor, que tendría que haber entre todos los que creemos en Jesús. Hablamos de Iglesia y algunas veces nos suena como a un ente abstracto, superior, ajeno quizás a lo que es nuestra propia vida cristiana. Tenemos que aprender a sentirnos Iglesia, ese pueblo de Dios que camina junto y que es la expresión más hermosa de lo que es el Reino de Dios que Jesús nos anuncia y que constituye en nosotros.

jueves, 23 de enero de 2020

La luz del evangelio va siempre delante de nosotros iluminando nuestra vida y las diversas situaciones para que no nos dejemos seducir por la tentación de la vanidad y del orgullo


La luz del evangelio va siempre delante de nosotros iluminando nuestra vida y las diversas situaciones para que no nos dejemos seducir por la tentación de la vanidad y del orgullo

1Samuel 18, 6-9; 19, 1-7; Sal 55;  Marcos 3, 7-12
¿A quién le amarga un dulce? Esto solemos decir porque el sentirse honrado y valorado por la gente, sentir que alrededor uno tiene muchos amigos que confían en ti, que la gente te tiene en cuenta y te escucha es algo agradable con lo que se siente un gozo interior y te hace crecer en tu autoestima.
Pero también tiene sus peligros; aquellos que buscan ser halagados por la gente, que la gente te reconozca y de alguna manera te suba a unos pedestales, el sentirte así fuerte porque incluso puedes arrastrar a la gente a que haga las cosas a tu gusto e incluso para halagarte son alguna tentaciones que podemos sufrir. Así surgen esos populismos en que queremos presentarnos como héroes y salvadores y al final ansiamos el poder que enriquece nuestro ego y de camino también nuestros bolsillos, y pueden comenzar a aparecer muchas cosas que ya no son tan positivas porque terminamos incluso manipulando a la gente con tal que nos mantengan en nuestro pedestal.
Cosas así vemos muchas veces en la vida social - ¿y por que no decirlo, también en la vida política? – donde se comienza quizá con buenos deseos de hacer que las cosas mejoren pero al final lo que queremos es imponer nuestras ideas o nuestra manera de ver las cosas y terminamos restando la libertad de los individuos y de la misma sociedad. De esas manipulaciones, de esos populismos, de ese endiosamiento de muchos que ya se creen indispensables en la sociedad podríamos poner muchos ejemplos y muchos nombres. Ese caramelo que endulzaba nuestro ego puede convertirse en algo amargo para muchos del entorno de esos nuevos ídolos de la vida que van apareciendo.
Si en verdad tenemos una palabra que decir que pueda mejorar nuestra sociedad y nuestro mundo, si tenemos ideas y energías para hacer que las cosas marchen mejor, si hay en nosotros unos valores o unas cualidades con los que podemos hacer bien, desarrollémoslo, pero cuidado con esas tentaciones que nos van a aparecer enseguida en nuestro entorno y que pueden echar a perder lo bueno que intentamos hacer.
Hoy estamos ante una página del evangelio donde vemos cómo Jesús es valorado y admirado por las gentes que vienen de todos lados a escucharle y a seguirle. Sus palabras, sus gestos, los signos que va realizando van despertando la esperanza de aquellas gentes sin esperanza y pronto están viendo como una luz nueva aparece sobre sus vidas. Quieren escuchar a Jesús, tantos se agolpan a su alrededor que por todos lados lo estrujan y tendrá que valerse incluso de las lanchas de aquellos pescadores pero desde allí poder hablar mejor a todos y todos puedan escucharle.
Pero Jesús no se deja seducir por ese dulce de la fama que le puede engolosinar. Ya recordamos que en el monte de la cuarentena – lo veremos en la próxima cuaresma el primer domingo – el diablo tentador le quiere seducir por esa pronta fama que pudiera obtener si tirándose del pináculo del templo no le pasara nada porque los Ángeles de Dios no le dejaran tropezar en las piedras. Jesús rechaza la tentación. Algo que estará presente en la vida de Jesús, porque como hoy mismo le escuchamos El no quiere que de divulguen las cosas y los signos que realiza, porque es algo más hondo lo que busca Jesús en el corazón de los hombres.
La luz del evangelio va siempre delante de nuestros ojos iluminando nuestra vida y las diversas situaciones en las que nos podamos encontrar, para que nosotros tampoco nos dejemos seducir por esa tentación de la vanidad y del orgullo, a lo que somos tan dados. Que lo bueno que realicemos, el bien que hagamos no sea nunca para endiosarnos y desde el orgullo subirnos a los pedestales de la fama y del populismo. Sepamos bien por qué tenemos que hacer las cosas y como hemos de hacerlas. Que no nos falte la humildad para siempre la gloria sea para el Señor.

miércoles, 22 de enero de 2020

Dejémonos conducir por la sinceridad del amor y arranquémonos de falsedades e hipocresías, de nuestros silencios culpables y de nuestra inhumanidad


Dejémonos conducir por la sinceridad del amor y arranquémonos de falsedades e hipocresías, de nuestros silencios culpables y de nuestra inhumanidad

1Samuel 17, 32-51; Sal 143; Marcos 3, 1-6
Hay silencios en los que no se escuchan palabras pero pueden decir mucho. Alguna vez quizás nos ha pasado, no sabíamos qué decir, qué respuesta dar. Y no solo en la ignorancia de no saber una cosa, como el alumno que a la hora del examen se queda callado no da respuestas, porque no lo había estudiado, porque lo había olvidado quizás. Es otra cosa, no decimos nada porque no queremos comprometernos; no decimos nada porque quizá tememos la reacción de quien nos interroga o nos escucha; no decimos nada porque nos sentimos acobardados ante quienes nos apabullan con su palabrería y no sabemos como hacerles frente; no decimos nada porque los planteamientos que se están haciendo no nos convencen, pero no somos valientes para hablar, para expresar nuestra opinión aunque sea contraria, o para plantear nuestras dudas.
No se trata de ese silencio que buscamos para la reflexión, para encontrarnos a nosotros mismos en la soledad; no es el silencio donde nos planteamos grandes interrogantes en nuestro interior en nuestra búsqueda de la verdad; no es el silencio del respeto ante el maestro, ante el que sabe más que nosotros y no queremos ir con insolencia queriendo llevar la contraria sin razones. Hay muchas formas de hacer silencio, de callar, de mantener la boca cerrada desde nuestros intereses o nuestras cobardías. ¿Dónde está nuestra sinceridad? ¿Dónde está la madurez para saber responder sin insolencias pero también sin miedos? ¿Dónde ponemos los principios y los valores de nuestra vida?
Son los planteamientos que Jesús nos hace para nuestra vida. No siempre somos sinceros de verdad porque quizá queremos acomodarnos a las circunstancias, a los que nos rodean, a lo que puedan pensar los demás, como se dice ahora, lo que es lo políticamente correcto. Pero tiene que haber sinceridad en nuestra vida,  no podemos andar ocultando lo que de verdad pensamos, lo que son nuestros valores y nuestros principios.
El evangelio nos habla hoy de que al llegar Jesús a la sinagoga por allá andaban los de siempre al acecho para ver lo que hacía Jesús. Era sábado y allí había un hombre con un brazo paralítico. ¿Qué hará Jesús? ¿Lo curará a pesar de ser sábado? ¿Infringiría el descanso sabático para curar a aquel hombre?
‘¿Qué es lo que está permitido en sábado?’ les plantea Jesús. ‘¿Hacer lo bueno o lo malo? ¿Salvarle la vida a un hombre o dejarlo morir?’. Ellos estaban entendiendo bien por qué Jesús hacía esas preguntas. Podían haber hablado y enfrentarse a Jesús diciéndole que lo que hacía no estaba bien, pero entonces se enfrentarían a la gente que estaba contenta con lo que Jesús hacía y cómo curaba a los enfermos y a todos los que sufrían. Por eso optaron por el silencio. Un silencio que hablaba mucho de sus posturas internas, de la falsedad con que vivían sus vidas siendo tan leguleyos que no les importaba ser inhumanos con los hermanos.
‘Ellos callaban… y Jesús estaba dolido por la dureza de su corazón’, dice el evangelista. ¿Será duro también nuestro corazón? ¿Nos volveremos también inhumanos? ¿Nos dejaremos alguna vez conducir por la sinceridad del amor en nuestro actuar? ¿O seguiremos con nuestras falsedades e hipocresías, con nuestros silencios culpables o con nuestro escurrir el bulto para no complicarnos?      

martes, 21 de enero de 2020

La humanidad que hemos de poner en nuestro corazón buscando siempre el bien de la persona es lo que en verdad nos hará agradables ante Dios


La humanidad que hemos de poner en nuestro corazón buscando siempre el bien de la persona es lo que en verdad nos hará agradables ante Dios

1Samuel 16, 1-13; Sal 88; Marcos 2, 23-28
Ahora los llaman protocolos; esas normas que nos detallan lo que tenemos que hacer en determinadas circunstancias y a los que tenemos que ceñirnos en la resolución de los problemas que se nos planteen en cualquier colectivo, para cualquier profesional en el desarrollo de su profesión,  para cualquier actuación en grupos, colectivos, etc.…; parece que todo está previsto, como previstas están las formas de actuar y de responder y conforme a ello tenemos que actuar.
De la misma manera todo está regulado en leyes, reglamentos o normativas y parece que la vida misma está encorsetada con todas esas prescripciones que algunas veces nos hacen reaccionar hasta con cierto rechazo porque nos sentimos agobiados y parece que nos falta aire, que nos falta autentica libertad. Es cierto que todas esas normas, preceptos, leyes, protocolos o como quiera que los queramos llamar tendrían siempre que buscar el bien de la persona y si se nos ofrecen esos cauces es para que no nos salgamos de ellos para no perjudicar, sino todo lo contrario ayudar de la mejor manera.
Claro que todas esas cosas tienen su interpretación a la hora de actuar y nos encontraremos aquellos que pareciera que son esclavos de la norma o del protocolo de manera que parece que se le acaban las iniciativas para buscar algo incluso mejor. Están por su parte los que se saltan toda norma o todo reglamente y anárquicamente quieren ir siempre a su aire, que hay el peligro de que muchas veces sea solo buscando su interés personal y nunca el bien común o el bien de los demás.
¿A qué atenernos en todo esto? Creo que si todo eso que está reglamentado busca en verdad el bien de la persona hemos de saberlo y tenerlo en cuenta y no nos lo podemos saltar así como así, pero también según la inquietud que haya en nuestro corazón creo que tenemos que desarrollar la iniciativa del amor, las iniciativas que surgen desde un corazón lleno de amor que siempre buscarán lo mejor, pero no para su propio interés sino siempre buscando el bien de los demás. Claro que por otra parte sabemos que podemos ser muy fieles a los protocolos pero no tengamos verdadera humanidad en el trato con esas personas a las que queremos atender y entonces ¿de qué nos sirven tantas reglamentaciones si no tenemos humanidad en el corazón?
Creo que todo esto tendría que hacernos reflexionar hondamente dentro de nosotros para descubrir todo lo bueno que tendríamos que ser capaces de hacer en beneficio siempre del otro, en especial, del que más sufre.
Me estoy haciendo toda esta reflexión queriendo llegar a cosas muy concretas de la vida desde lo que hoy vemos en el evangelio. Por allá andan los leguleyos, como sucede en todos los tiempos, esclavos de la ley o de la norma pero que no buscan el bien de la persona. Muy preocupados andaban si los discípulos de Jesús al pasar por el campo en un sábado estrujaban en sus manos unas espigas para llevarse unos granos a la boca que quizá calmase la fatiga de su caminar. Claro, el sábado estaba bien reglamentado en lo que se podía o no se podía hacer para guardar el descanso sabático y aquello acaso lo mirasen poco menos que el segar la cosecha del campo.
‘El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado; así que el Hijo del hombre es señor también del sábado’, les dice Jesús. Les costará aceptar aquella visión nueva que Jesús quiere ofrecerles sobre el sentido y el valor profundo que hemos de darle a lo que hacemos en la vida. Pero con Jesús llegan esos aires renovadores que buscan siempre el bien del hombre, el bien de la persona. Es la humanidad que hemos de poner en nuestro corazón lo que en verdad nos hará agradables ante Dios.


lunes, 20 de enero de 2020

Nada de remiendos sino nueva vestidura de paño nuevo para ese hombre nuevo que tiene que ser siempre quien ha puesto su fe en Jesús


Nada de remiendos sino nueva vestidura de paño nuevo para ese hombre nuevo que tiene que ser siempre quien ha puesto su fe en Jesús

1Samuel 15, 16-23; Salmo 49; Marcos 2, 18-22
Claro que uno no sabe lo que se esconde detrás de un semblante, porque como se suele decir la cara es el espejo del alma, y quizás detrás de ese semblante que contemplamos hoy muchos problemas y preocupaciones que pudieran quitarnos la paz y que se expresa y manifiesta a través de ese rostro serio y adusto.
Pero también podríamos decir que lo que expresamos con nuestro rostro es una manera de entender la vida, una filosofía de la vida y hay personas que pareciera que disfrutaran con sombras y amarguras porque por donde quiera que vayan eso es lo que anuncian y barruntan no teniendo una mirada positiva y de luz a ese mundo que contemplamos. También es verdad que lo que contemplamos muchas veces no nos agrada y todo son tonos grises o sombríos, pero desde nuestra manera de entender las cosas podemos llenarlos de luz y color para darle una variación más de vida.
Como decimos lo que expresamos muchas veces es esa manera de entender la vida, ese sentido que le hemos querido dar, y demasiadas veces encorsetamos la vida llenándola de tantas reglas o de tantas aristas que parece que no nos queda más remedio que ir con ese semblante sombrío porque lo único que vamos son sombras.
Jesús con su evangelio quiere darle otra tonalidad a la vida, quiere llenarla de luz y que la miremos con optimismo, aunque seamos realistas y veamos cuánto tenemos que transformar en nosotros o en la vida misma. Cargaban demasiado los judíos de su época, sobre todo ciertos sectores que se presentaban como más cumplidores o puritanos, de cargas a cumplir o a llevar y como no siempre somos perfectos para llevar al limite esas normas que nos imponemos, al final terminamos con culpas y con lutos, con lagrimas porque nos sentimos incapaces de hacerlo todo perfecto y se llenaba la vida de cierta tristeza y desesperanza.
Habla Jesús de un sentido de fiesta y de boda que tendría que acompañar nuestra existencia, sobre todo en el gozo de sentir que Jesús está con nosotros en nuestro caminar y que El es nuestro sentido y nuestra fuerza. Habla del novio que está con los amigos y mientras el novio esté en medio de ellos no puede faltar ese sentido de alegría, de fiesta y de esperanza. ¿Cómo si estamos en la fiesta de una boda van a caber aires sombríos en nuestra vida y en nuestro actuar?
Es el rostro animoso y lleno de esperanza que hemos de llevar siempre en nosotros, porque aunque tengamos problemas o nos cueste muchas cosas en la vida tenemos con nosotros quien es nuestro sentido y nuestra esperanza, quien es nuestra fuerza y nuestra vida, y sabemos que con Cristo a nuestro lado nada nos faltará. Siento lástima cuando contemplo en personas además que se tienen por muy religiosas y muy piadosas esos rostros compungidos que parece que son más madres de angustias que madres de vida y esperanza.
Odres nuevos para vino nuevo, nos dice hoy Jesús en el evangelio. Nada de remiendos sino nueva vestidura de paño nuevo para ese hombre nuevo que tiene que ser siempre quien ha puesto su fe en Jesús. Es el sentido nuevo del evangelio, es el sentido nuevo de quien tiene al novio a su lado, de quien tiene a Jesús con él.

domingo, 19 de enero de 2020

Como Juan Bautista hagamos oír valientemente nuestra voz en el anuncio de Jesús como Cordero de Dios que transforma nuestro mundo en el Reino de Dios


Como Juan Bautista hagamos oír valientemente nuestra voz en el anuncio de Jesús como Cordero de Dios que transforma nuestro mundo en el Reino de Dios

Isaías 49, 3. 5-6; Sal 39; 1Corintios 1, 1-3; Juan 1, 29-34
Hasta ahora a Juan el Bautista lo habíamos visto como la voz que gritaba en el desierto preparando los caminos del Señor. De si mismo decía que no era un profeta sino solo una voz; no era la luz pero venía a dar testimonio de la luz; no era el Mesías pero era quien como precursor preparaba la llegada del Mesías; invitaba a la conversión porque había que tener un corazón bien dispuesto; con el espíritu de Elías clamaba porque llegaba la hora y el hacha estaba dispuesta para cortar el tronco; solo era el profeta del Altísimo porque iría delante del Señor para preparar sus caminos; bautizaba con agua pero anunciaba que ya cercano en medio de ellos estaba y bautizaría con Espíritu Santo y fuego.
Pero ahora ya su testimonio podía ser total. El que lo había enviado a bautizar con agua le había dicho que a quien viese que venia el Espíritu Santo sobre El, ese sería el bautizaría en el Espíritu. El lo vio y da testimonio. Por eso cuando Jesús se acerca hasta él lo señala. ‘Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’. Por eso terminaba afirmando ‘yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios’.
Este domingo en el que ya estamos en el tiempo Ordinario de alguna manera casi se hace una prolongación de lo que celebrábamos el pasado domingo, el Bautismo de Jesús. Aquello de lo que Juan fue testigo en aquel momento en que se abrió el cielo sobre Jesús para bajar el Espíritu sobre El en forma de paloma y escucharse la voz del Padre, de eso ahora Juan da testimonio y comenzarán, como continúa el relato del evangelio, a irse tras Jesús algunos de los discípulos que Juan tenía allá junto al Jordán.
Nosotros escuchamos también el testimonio de Juan y queremos emprender también el camino del seguimiento de Jesús. Algunos de aquellos discípulos de Juan entendieron que era un camino nuevo el que habían de emprender y se pusieron en camino. Ha de ser lo que nosotros también hemos de emprender con osadía y con confianza, con la valentía de quien se sabe conducido por el Espíritu y con la apertura del corazón del que se abre a esa buena nueva que se nos comunica, esa buena nueva del evangelio que sembrará en nosotros nuevas inquietudes, nos hará ir arrancándonos de las rutinas de lo viejo y de lo de siempre para descubrir toda esa novedad que es el anuncio del Reino de Dios que vamos a ir escuchando.
Aquellos discípulos de Juan que emprendieron el camino de búsqueda de Jesús, de querer conocer a Jesús – ‘¿Dónde vives?’ preguntaban – no se quedaron allá al resguardo de Juan en la vera del Jordán, ni aquellos a quienes iba sorprendiendo la buena nueva del Reino se quedaban en las rutinas de los sacrificios del templo o de las reuniones sabáticas en las sinagogas. Se pusieron en camino tras Jesús. Y ponerse en camino es dejar atrás cosas para abrirnos a otras novedades, no quedarnos en lo que ya sabíamos o hacíamos de siempre sino abrirnos a esa verdad nueva que se nos revela y a ese nuevo sentido del amor que nos hará ver a los otros de manera distinta.
Alguno podrá pensar, bueno, ya se acabó el tiempo de navidad, ahora volvemos a coger el ritmo de los tiempos ordinarios y simplemente hemos de irnos dejando llevar sin mayores complicaciones y sin tener que implicarnos demasiado en cosas nuevas. Grave error del cristiano que piense así, porque se está dejando arrastrar por una monotonía que le da poco color y poco calor a su vida cristiana.
El evangelio siempre es una buena noticia que revuelve nuestros corazones, una buena noticia que implica totalmente nuestra vida y nos hace estar despiertos de modorras y rutinas que nos llevan solamente a una repetición de cosas. Ese no es el espíritu del Evangelio. Y al emprender este nuevo tiempo que llamamos Ordinario, no por ser ordinario nos adormilamos, sino que con mayor ardor hemos de estar atentos a eso nuevo que ahora y para el aquí de nuestro tiempo nos ofrece el evangelio.
Porque como creyentes en Jesús tenemos que responder a los retos que en cada momento se nos presentan. Y si abrimos bien los ojos para contemplar ese mundo en el que vivimos nos daremos cuenta que como testigos de Jesús mucho tenemos que decir y en mucho tenemos que implicarnos y comprometernos para que se mantenga vivo el anuncio del Evangelio, y cosa que no es nada fácil en las circunstancias en que vivimos.
A muchas cosas tenemos que responder desde nuestra fe; en muchos y continuados momentos tenemos que ser dando ese testimonio del evangelio, porque desde nuestra fe nosotros también tenemos una palabra que decir en la construcción de ese mundo y esa sociedad en la que vivimos. No podemos dejar cobardemente que sean otros los que hagan de nuestra sociedad lo que les parezca. Valiente tiene que ser nuestro testimonio cristiano. Ya está bien de cobardías y de encerronas. Hagamos oír valientemente nuestra voz y para ello necesitamos empaparnos más y más del evangelio. Es un reto grande el que se nos presenta.


sábado, 18 de enero de 2020

Necesitamos el colirio de Jesús para tener ojos nuevos para ver al que camina a nuestro lado siempre como un hermano en quien hemos de confiar



Necesitamos el colirio de Jesús para tener ojos nuevos para ver al que camina a nuestro lado siempre como un hermano en quien hemos de confiar

1Samuel 9, 1-4. 17-19; 10, 1ª; Sal 20; Marcos 2, 13-17
Nosotros nos lo pensaríamos bien antes de hacer una elección así, lo habremos pensado muchas veces cuando escuchamos este texto del evangelio. No es cuestión de pasar por la calle y al primero que encontremos invitarlo a estar con nosotros sabiendo lo trascendental que pudiera ser esa elección. Somos precavidos, decimos, y nos pensamos las cosas. No tenemos en el grupo de nuestros amigos a cualquiera. Ya me diréis que la gente joven de hoy no tiene esas precauciones y todos les pueden parecer buenos colegas, pero con los golpes de la vida también van aprendiendo y llega un momento en que se toman también sus precauciones.
Y todo esto ¿a qué viene? ¿La gente que nos rodea es así de precavida? ¿O acaso serán cosas que tenemos metidas en la cabeza los que ya somos mayores, quizá por los golpes que hayamos recibido en la vida? Pero a todos los niveles de la sociedad, en las empresas o en el ámbito de la administración pública, en el momento de repartir responsabilidades tenemos unos perfiles, nos gustaría que la gente tuviera un determinado talante, manera de pensar y de actuar, un prestigio – aunque qué fácilmente se enturbian esos prestigios y cómo habrá alguien que esté dispuesto a sacar trapos sucios -, una serie de condiciones según la responsabilidad que se vaya a desempeñar.
Parece que según el criterio de algunos la elección que Jesús hizo aquella mañana cuando venía del lago y atravesaba la ciudad no era muy acertada. ¿Cómo se le ocurría escoger a un publicano para formar parte de su grupo? Por allá andarían los puritanos de siempre haciendo sus juicios y sus condenas, ya que miraban con lupa todo lo que hacía aquel nuevo profeta que había aparecido en medio de ellos. Pero los criterios de Jesús eran bien distintos.
Al paso por la garita del recaudador de impuestos Jesús se había detenido y le había dicho a Leví que se viniera con El. Y Leví, el jefe de publicanos del lug, no se lo pensó dos veces sino que inmediatamente se levantó y lo siguió. Es más, quiso hacer una comida para celebrar ese paso que había dado y en consecuencia en aquella comida estaban también sus antiguos amigos, sus compañeros de profesión.
Mala fama tenían los publicanos, algunos se la habrían ganado con sus trapiches, pero el solo hecho de ser un colaboracionista con el poder imperante en aquellos momentos cobrando los impuestos, ya lo hacía odioso para los judíos, los despreciaban y los consideraban unos pecadores, por eso los llamaban publicanos. Pero Jesús quiso contar con Leví, hacer que formara parte del grupo de los discípulos cercanos y estaría en la lista de los Doce cuando Jesús escogió a los apóstoles.
Y es que Jesús no mira por las apariencias, sino que mira el corazón del hombre. Y es que Jesús cree en el hombre, cree en la persona y es posible que la persona cambie, se pueda comenzar a ser un hombre nuevo. Y es que Jesús no viene a buscar solo a los que ya se consideran justos, sino que Jesús es el médico que viene a sanar a los enfermos, El viene a curar el corazón del hombre, El confía siempre en nosotros a pesar de que tantas veces repitamos nuestro fallo.
¿Serán otros los criterios con que nosotros miremos a los demás? ¿Será desde perfiles interesados desde donde haremos el baremo de los demás, o nos fiaremos de esos nuevos perfiles de Jesús? ¿Cuál será la mirada con que miremos al que está a nuestro lado? Pongámonos el colirio de Jesús en nosotros para tener ojos nuevos con los que mirar al que está a nuestro lado y veámoslo siempre como un hermano al que tenemos que amar y en quien tenemos que confiar.