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sábado, 1 de septiembre de 2018

Cuánto confía Dios en nosotros que ha puesto la vida en nuestras manos, pero más aún ha puesto su vida y nos regala la gracia de ser hijos de Dios


Cuánto confía Dios en nosotros que ha puesto la vida en nuestras manos, pero más aún ha puesto su vida y nos regala la gracia de ser hijos de Dios

1Corintios 1,26-31; Sal 32; Mateo 25,14-30

¿En quien puedo yo confiar las cosas que son muy importantes en mi vida? ¿Quién merece nuestra confianza como para que pongamos en sus manos nuestras cosas, nuestros negocios, nuestros bienes, o aquellas cosas que son importantes para mi?
Quizá en alguna ocasión nos lo planteemos ya sea en asuntos de orden material para que sean administradores de nuestras cosas, pero quizá en el fondo consciente o inconscientemente nos lo estamos planteando cuando confiamos algo de la intimidad de nuestra personas, nuestros secretos o nuestras inquietudes, las ilusiones que tenemos en la vida o aquellas cosas en las que vamos tropezando y quizás fracasando. No a cualquiera le confiamos nuestras cosas, no a cualquiera desvelamos esas cosas que en cierto modo forman parte de nuestra intimidad. Conseguir esa confianza en ocasiones no nos resulta fácil.
Claro que aquel en quien confiamos, o nosotros mismos si somos depositarios de la confianza de alguien tenemos que hacernos merecedores de ello, siendo buenos administradores o manteniendo la necesaria discreción y lealtad hacia quien nos ha confiado algo de si mismo. Discreción y lealtad que no siempre quizá encontramos, pero que tan necesaria es en el respeto que siempre hemos de tener a la persona, a toda persona y mucho más a quien ha tenido esa deferencia de mostrarnos así su confianza. ¿Seremos siempre lo suficientemente discretos y leales? ¿Seremos en verdad buenos administradores de lo que se nos confía?
Cuando Jesús nos habla del Reino de Dios lo hace utilizando parábolas, imágenes con hondos significados que nos ayudan a comprender todo ese misterio de gracia que es el Reino de Dios que hemos de vivir y que nos dan pautas de esos valores nuevos que hemos de saber resaltar en nuestra vida, vivir con intensidad para sentirnos en verdad dentro del Reino de Dios.
Hoy nos habla de aquel hombre que se iba al extranjero y que quiere confiar sus bienes y sus cosas a tres personas en quienes confía para que se las administren. La parábola nos describe el diferente actuar de aquellas personas, pues mientras unos se sienten responsables de hacer producir aquellos bienes, otro simplemente se contenta con conservarlos sin que se le pierdan, pensando que con solo eso ya tenia todo hecho. No es eso lo que aquel hombre esperaba de sus administradores.
Muchas consecuencias podemos derivar para nuestra vida personal, pero también considerándonos en medio de una sociedad, de una comunidad de la que también hemos de sentirnos responsables. Quiero incidir sobre todo en la confianza que aquel hombre tuvo en sus empleados, cada uno con sus diferentes cualidades, pero a los que el consideraba capaces de desempeñar aquella tarea. Y ahora pienso en mi mismo, cada uno piense en si mismo, a quienes se nos ha confiado también un tesoro que es nuestra propia vida, con sus valores y sus cualidades, con sus limitaciones, es cierto, también, pero con lo que en realidad somos cada uno.
¿Estaremos en verdad respondiendo a esa confianza? muchos tenemos que analizarnos personalmente sobre lo que hacemos con nuestra vida. Tenemos también el peligro de considerarnos pequeños y que nada valemos y lo que estamos haciendo es enterrar nuestros valores, porque no somos capaces de sacarlos a flote, desarrollar en verdad lo que somos y valemos con todas las posibilidades que todos tenemos en la vida.
Aquí tendríamos que pensar también en los que son educadores de la persona -empezando por los padres y todos los maestros o educadores que tengamos en la vida en la diversas situaciones – en cómo han de saber hacer descubrir y desarrollar los valores de esas personas que se les han confiado. Hay ahí una responsabilidad tremenda porque en esos educadores se ha puesto una confianza grande en la tarea que han de realizar como tales.
Quedémonos al menos con una última consideración de pensar cuánto confía Dios en nosotros que ha puesto la vida en nuestras manos, pero más aun ha puesto su vida cuando nos regala su gracia, la gracia de ser hijos de Dios. ¿Viviremos como tales?  En quien puedo yo confiar, comenzábamos preguntándonos, pero pensemos también como Dios ha puesto su confianza en nosotros.



viernes, 31 de agosto de 2018

La esperanza es disponibilidad y apertura, entrar en una nueva sintonía que nos hace pregustar el rumor del amor, gozo y alegría pregustando la certeza de lo que está por llegar


La esperanza es disponibilidad y apertura, entrar en una nueva sintonía que nos hace pregustar el rumor del amor, gozo y alegría pregustando la certeza de lo que está por llegar

1Corintios 1,17-25; Sal 32; Mateo 25,1-13

Me cansé de esperarte, le decimos al amigo cuando al fin aparece a la cita, allí estaba aburrido sin saber que hacer, si venias o no venias, porque se pasaron las horas, y vaya puntualidad la tuya, nos quejamos. Malo es estar esperando a alguien, pero estar esperando pasivamente, aguantando a que pase el tiempo, sin darle un sentido o un valor a esa espera. Se nos hace difícil, imposible, aburrida, nos dan ganas de marcharnos. Pero es también la pasividad o la ociosidad con la que esperamos. Quizá tampoco estábamos preparando nada para recibirle, sino simplemente pasivamente a lo que saliera.
En la vida hay que hacer muchas esperas, porque puede ser como veníamos diciendo al amigo o a la persona que nos había anunciado su llegada, pero es también la espera por el fruto de nuestro trabajo, la espera de un mañana mejor, la espera de algo que buscamos ansiadamente y que esperamos – valga repetir la palabra – que con nuestro trabajo consigamos. Poniéndonos más trascendentes es la espera de la salvación que se nos ofrece con la ayuda de la gracia, o la esperanza de la vida eterna que anima la vida de todo cristiano.
La esperanza una virtud y un valor muy importante en la vida del ser humano y una virtud esencial en la vida del cristiano. No es solo la esperanza humana en la realización de esos sueños o esos ideales que esperamos alcanzar para ser mejores y ser más felices, sino también la esperanza virtud sobrenatural que ponemos en el Dios de quien esperamos el perdón y la salvación.
Es la esperanza que de manera especial se nos refleja en la parábola que nos propone hoy Jesús en el evangelio y tantas veces habremos meditado del Señor que viene a nuestra vida porque en nosotros quiere habitar como en unas bodas eternas. Es la esperanza que abre nuestro corazón a una alegría especial, porque nos gozamos ya en aquello que un día vamos a vivir en plenitud. Por eso decimos siempre que el hombre de esperanza es alguien en quien siempre ha de rebosar la alegría, desterrando todo luto y todo llanto.
Pero la esperanza nunca es una actitud pasiva en la que resignadamente aguantamos y esperamos salir de la situación en la que nos encontremos deseando que se nos dé aunque nada pongamos de nuestra parte un mañana mejor. No es así de ninguna manera como hemos de ver y sentir lo que es nuestra esperanza cristiana.
Es una disponibilidad y una apertura, pero es ir ya transformando nuestras actitudes o nuestra manera de ver y hacer las cosas porque el que está vigilante está activo, está haciendo además todo lo posible no solo para no dormirnos sino para tener preparado todo lo que sea necesario para cuando llegue el cumplimiento de esa esperanza.
Es lo que nos está enseñando esta parábola que hoy se nos ofrece. No se puede estar pasivamente durmiéndose en la vida. Hay que estar vigilante y activo, sabiendo estar preparado y tener las cosas disponibles. El que espera tiene que estar en la sintonía del amor, pero eso al que espera nunca le faltará la alegría y el gozo que está pregustando de lo que va a llegar. El que de verdad espera en esta sintonía de amor no se amarga ni sufre por la tardanza, sino que le hará estar más vigilante y mejor preparado. Es la actitud, la postura que hemos de tener en la vida ante lo humano que nos sucede cada día, pero también en lo sobrenatural que Dios nos regala.

jueves, 30 de agosto de 2018

La responsabilidad con que asumimos la vida que nos abre a los demás y nos eleva y trasciende hasta la plenitud de Dios


La responsabilidad con que asumimos la vida que nos abre a los demás y nos eleva y trasciende hasta la plenitud de Dios

1Corintios 1,1-9; Sal 144; Mateo 24,42-51

No sé, pero da la impresión de que nos hemos acostumbrado a que quien ostenta la responsabilidad de algo en la vida se sienta como dueño y señor de aquello de lo que solo es un administrador y que su responsabilidad es precisamente el cuidar de administrar bien lo que está en su mano para bien de aquello o aquellos que se le han confiado a su responsabilidad. Tener una responsabilidad no es hacernos dueños todopoderosos para actuar a nuestro antojo, sino que podríamos decir que es entrar en una dinámica de servicio para buscar el bien y lo bueno para todos y todo lo que está a su cuidado.
Hablar de esa responsabilidad es hablar de la vida misma, pero serían hablar también de todas esas funciones que hay en la sociedad a la que toca servir y que tenemos que cuidar que no solo sea para el bien ni solo del propio responsable ni solo de algunos de sus miembros.
Demasiado tendríamos que decir en este aspecto en tantos estamentos de la sociedad, en la vida social y en la vida política, en los que son responsables del gobierno como en las responsabilidades que asumimos en las tareas que desempeñamos todos cada día. Y tenemos que reconocer cuánto de corrupción hay en tantos aspectos de todo esto que estamos mencionando.
¿Qué vemos hacer desgraciadamente en tantos de nuestros políticos? ¿Qué vemos en tantas otras actividades de la vida social en las actitudes y comportamientos de muchos de sus dirigentes?
Pero decíamos también que hablar de responsabilidad es hablar de la vida misma. La responsabilidad de nuestra propia vida que tenemos que saber asumir. Es mi vida, oímos decir tantas veces, y de mi capa hago un sayo, dicen algunos. Es tu vida que tienes que saber vivir con responsabilidad. Es tu vida donde has de saber desarrollar tus valores y tus cualidades, que no estás dotado de ellas, para guardarlas encerradas, sino que tenemos que saber dar fruto.
Es tu vida, pero no vives aislado de los demás, sino que vives en sociedad, porque hay un sentido y un valor social desde lo más intimo de tu propio ser y no vives solo para ti. Piensa que tu misma existencia ha dependido de otros seres de la misma manera que de ti va a depender la existencia de otros seres que vendrán detrás de ti e incluso de los que están a tu lado en esa profunda interrelación que hay entre todos. Por eso tus propios valores, tus cualidades que te enriquecen también están llamadas a enriquecer a los demás.
Es tu vida que está dotada también de una trascendencia no solo en lo que de ti se va a reflejar en los demás sino que también nos eleva en una vida espiritual y en una vida que va mas allá de lo que ahora en este espacio temporal podamos vivir. En esa elevación espiritual y en esa ansia de plenitud y de eternidad que todos llevamos dentro nos abrimos a Dios, nos trascendemos en Dios que no solo buscamos en esa ansia de eternidad, sino que sentimos también que viene a nosotros y en nosotros en nuestra vida se hace presente.
Hoy nos habla Jesús en el evangelio de vigilancia, de estar preparados y atentos como los que tienen una responsabilidad. Es de todo lo que venimos reflexionando. Y esa presencia de Dios en nosotros que vamos a sentir precisamente nos induce a vivir con todo sentido y plenitud todas esas responsabilidades que tenemos en la vida. No podemos descuidar esa vigilancia, ese cuidado, esa responsabilidad. Esa fe que va a llenar e inundar nuestra vida no nos adormece sino todo lo contrario nos hace estar más vigilantes, a actuar con mayor responsabilidad, a trabajar para hacer que nuestro mundo sea mejor.

miércoles, 29 de agosto de 2018

Frivolidad, superficialidad, vanidad una espiral que nos lleva a caminos de injusticia y de muerte


Frivolidad, superficialidad, vanidad una espiral que nos lleva a caminos de injusticia y de muerte

2Tesalonicenses 3,6-10.16-18; Sal 127; Marcos 6, 17-29

Qué fáciles somos a veces para hacer promesas; en medio del entusiasmo, o en la angustia de los problemas, prometemos y prometemos sin pensarnos en lo que decimos y así luego nos sentiremos. Ya sea desde momentos positivos o de entusiasmo por los que estemos pasando, porque nos gusten determinadas cosas, o motivados por el ambiente que nos rodea, o ya sea en momentos difíciles de los que queremos salir en los que nos prometemos quizá a nosotros mismos que no volveremos a pasar por una situación semejante porque ya haremos lo que sea por actuar de otra manera.
Unas veces pronto olvidamos lo que prometimos manifestando así la superficialidad con que actuamos, en otras ocasiones vamos posponiendo el cumplimiento de lo prometido porque quizá así andamos en la vida de cosas en cosa como una mariposa de flor en flor, en otras ocasiones nos sentimos obligados y comprometidos en lo que prometimos, ya sea por la seriedad con que nos lo tomamos, ya sea también influenciados por los respetos humanos pensando en lo que puedan decir quienes conozcan nuestras promesas y ven que no las cumplimos.
Pero algo en lo que queríamos fijarnos siendo cierta toda esta realidad que comentamos es la frivolidad y ligereza con que en ocasiones nos hacemos promesas, a nosotros mismos, o a los demás, no sabiendo luego cómo salir del paso o la forma de poder cumplirlas. Promesas, juramentos, votos que tendríamos que cumplir son cosas que hay que tomarse con mucha seriedad y no se pueden hacer a la ligera; bien sabemos como hay gente que no quita de sus labios la palabra ‘lo juro’, que más que un juramento es realmente una muletilla a la que al final ni hacemos caso cuando nos prometen algo.
Son reflexiones que tenemos que hacernos, cosas que tenemos que revisar en el actuar de nuestra vida y todo momento es bueno para la reflexión. Hoy me ha surgido esta reflexión viendo la ligereza y frivolidad con que actuaba el rey Herodes en que todo para el se convertía en deseos de diversión y pasarlo bien.
Claro que estamos ante una página del evangelio que tiene su propio dramatismo. Nos viene a narrar el martirio del Bautista. Y en torno a este hecho aparecen multitud de situaciones, actitudes y posturas que nos pueden decir muchas cosas para nuestra vida. Es el testimonio de la fidelidad a la Palabra en la propia figura del Bautista.
Su misión había sido preparar los caminos del Señor y al mismo tiempo que nos señalaba las sendas por los que habíamos de transitar para acoger al Mesías Salvador que nos llegaba también había de denunciar lo malo que habría en nuestra vida y que tendríamos que arrancar en nosotros. Los valles y colinas que había que aplanar, los caminos que habría que enderezar.
Es la postura valiente y profética que mantiene ante el rey Herodes cuya vida frivolidad, de injusticia y de pecado denuncia. Herodes, aunque se nos dice que apreciaba a Juan y le agradaba escucharle, instigado por la mujer con la que convivía – motivación de las denuncias de Juan – termina por meterlo en la cárcel. Pero Herodías sigue instigando y se encontrará ocasión y momento en una de aquellas fiestas a las que es tan dado Herodes. Bailó la hija de Herodías y en el frívolo entusiasmo de Herodes le promete cuanto quisiera pedirle, aunque fuera la mitad de su reino. Es la ocasión que esperaba Herodías, para que su hija pida en una bandeja la cabeza de Juan.
Ahí vemos esa espiral de frivolidades y desenfreno que viene a culminar en la muerte del Bautista. Herodes, inconsciente de lo que ha prometido, ahora se ve condicionado por los respetos humanos y la propia frivolidad de su vida. Accede a lo que pide la hija de Herodías y se culmina en la muerte de Juan Bautista. Es la voz que se quiere silenciar, pero que seguirá siendo, incluso a través de la historia, un grito contra la tiranía y la injusticia en la muerte de tantos inocentes.
Era la voz que anunciaba la llegada del Mesías y la preparación de los caminos del Señor que muchas maneras querían acallar, pero es la voz que se sigue oyendo desde su martirio invitándonos también a la fidelidad aunque nos cueste la muerte.
Es la voz que nos señala caminos de rectitud y de justicia que nos seguirá señalando allá en nuestro interior esas frivolidades de la vida de las que nos hemos de arrancar para saber actuar siempre en toda rectitud y justicia.
Es la voz que sigue invitándonos a que le demos verdadera profundidad a nuestra vida alejándonos de superficialidades, de vanidades o de respetos humanos para darle un verdadero sentido a cuanto hagamos y no lo hagamos así porque si sin pensar bien en lo que nos comprometemos o el rumbo que queremos darle a nuestra vida.

martes, 28 de agosto de 2018

La autenticidad, la compasión y la sinceridad son virtudes y valores que hemos de cuidar y hacer resplandecer en nuestra vida para hacernos verdaderamente creíbles



La autenticidad, la compasión y la sinceridad son virtudes y valores que hemos de cuidar y hacer resplandecer en nuestra vida para hacernos verdaderamente creíbles

2Tesalonicenses 2,1-3a.14-17; Sal 95; Mateo 23,23-26

La sinceridad es una de las virtudes y valores que más apreciamos. Una persona sincera nos merece confianza; a quien encontramos con engaños y falsedades pronto le perdemos el respeto y porque nos es creíble para nosotros nos será muy difícil mostrarle nuestra confianza.
Son las mentiras en las que ocultamos la verdad, las mentiras en las que a conciencia decimos una cosa por otra porque queremos engañar, son las mentiras de la falsedad con que ocultamos nuestra autentica apariencia no mostrándonos como somos, son las mentiras de la vanidad y de la hipocresía con que vivimos la vida queriendo aparentar lo que realmente no somos, son las mentiras de la incongruencia con que vivimos la vida mientras proclamamos unos principios muy bonitos sin embargo nuestro actuar va por otros derroteros.
Algunas veces hemos infantilizado demasiado el concepto de la mentira dejando de lado las tremendas mentiras que puede haber en nuestra vida que son las que verdaderamente nos hacen daño.
Las personas que se nos manifiestan con autenticidad merecen nuestro aprecio, aunque lo que descubramos no sean solo virtudes, sino que podamos apreciar incluso las debilidades de su vida. A fuer de sinceros tendríamos que ser capaces de reconocer que todos tenemos debilidades y no actuamos a la perfección aunque lo deseáramos, pero si no ocultamos nuestras debilidades de alguna manera estamos diciendo que son cosas que queremos superar, que en nosotros quiere haber un esfuerzo de superación. Pero la debilidad que quizás mas nos cuesta perdonar en el otro es su falta de autenticidad ocultando tras un velo de vanidad la realidad de su propio ser.
Jesús que es la verdad en si mismo, de quien incluso sus adversarios alaban su sinceridad y lealtad, se muestra dura en el evangelio con quienes llenan su vida de hipocresía y falsedad; el hipócrita que está queriendo mostrar una cara distinta a lo que es la realidad de su vida de alguna forma nos está demostrando la vaciedad de su vida; no tiene nada bueno que mostrar y se oculta tras las vanidades y apariencias.
Lo venimos escuchando en el evangelio en estos días. Son duras las palabras de Jesús contra los fariseos a los que llama hipócritas, porque aunque se ponen exigentes en la apariencia de una vida muy cumplidora, por dentro más que vacíos lo que están llenos de podredumbre. Sepulcros blanqueados los llama. Mucha blancura de cal por fuera pero que oculta y quiere disimular la podredumbre de su interior. Muy limpia la copa y el plato en su exterior, pero muy sucia en su interior.
No tengamos miedo de mostrar la autenticidad de nuestra vida; no queramos vivir en apariencias; que haya verdadera congruencia en nuestro actuar con lo que proclamamos con nuestras palabras; que tratemos de llenar nuestro corazón de los verdaderos valores que van a reflejarse en el actuar de nuestra vida. Que nos mostremos verdaderamente creíbles por la sinceridad de nuestro actuar.

lunes, 27 de agosto de 2018

Aunque nuestro testimonio ha de ser estimulo en el camino de los demás sepamos respetar los pasos que con libertad cada uno ha de dar en su propia vida


Aunque nuestro testimonio ha de ser estimulo en el camino de los demás sepamos respetar los pasos que con libertad cada uno ha de dar en su propia vida

2Tesalonicenses 1,1-5.11b-12; Sal 95; Mateo 23,13-22

Teníamos interés en llegar a un sitio determinado y pensábamos que íbamos por buen camino pero cuando ya creíamos que estábamos a punto de conseguirlo, de llegar a la meta nos encontramos algo atravesado en el camino que no nos permitió conseguir nuestros fines. Esto que nos puede suceder geográficamente en cualquier camino o dirección que tomemos donde nos podemos encontrar con dificultades, nos sucede en la vida porque parece que siempre hay alguien que no hace otra cosa que ponernos obstáculos. Hay gente que parece muy especializada en hacernos las cosas difíciles.
En la organización de las cosas todo son reglas y condicionamientos que parece que nos coartan la libertad, el tomar nuestras propias decisiones, limitaciones y cortapisas con reglamentos minuciosos que no nos dejan avanzar, comentarios negativos a todo lo que hacemos que siempre les parece mal, imposiciones para que las cosas se hagan a su gusto para que así prevalezca su yo por encima de todo.
Es una forma de manipular, de querer quizá tener dominio sobre nosotros cuando quizá en ellos son todo apariencias y no precisamente un dechado de virtudes y valores. No solo tenemos que ir luchando con nuestras propias limitaciones, sino que parece que siempre tenemos que vernos condicionados por las opiniones o los pareceres de quienes quieren manipularnos. Gente manipuladora así  nos encontramos fácilmente en la vida en todos los ámbitos de la sociedad. Y detrás siempre puede haber mucha falsedad e hipocresía. Se las dan por personas muy rectas y que solo ellas son las que saben el camino, las soluciones a los problemas, pero que tiene que ser a su manera, aunque no sea lo que ellos propiamente viven.
De eso nos está previniendo hoy Jesús en el evangelio. Y Jesús es muy duro con los fariseos unos grandes manipuladores de la sociedad de su tiempo. Tiene para ellos palabras muy duras para desenmascarar su hipocresía. ‘¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que cerráis a los hombres el reino de los cielos! Ni entráis vosotros, ni dejáis entrar a los que quieren’. Y les señala Jesús cosas muy concretas de aquellas miles de normas que se han impuesto y que con su rigorismo quieren imponer a los demás.
Cuidemos nosotros no seguir con rectitud el camino emprendido tratando de ser fieles de verdad al evangelio recibido y que tiene que ser el único norte de nuestra vida. No actuemos por el qué dirán y buscando agradar a los que nos rodean, no convirtamos nuestra vida en una vanidad que nos hace falsos y que tenemos entonces de llenar de hipocresía nuestra vida.
De ninguna manera seamos nosotros manipuladores de los demás, sino sepamos respetar el camino de cada uno. Podemos decir, es cierto, una palabra bueno y tenemos también que dar un consejo, pero siempre respetando la libertad de cada persona que es la que tiene que tomar sus propias decisiones.
Algunas veces no nos es fácil, porque tenemos la tentación de querer que todos sean como nosotros o hagan el mismo camino. Pero cada uno tiene que dar sus pasos, cada uno tiene que hacer su camino, cada uno se encontrará con sus propias dificultades y aunque nosotros con nuestro testimonio podemos estimular al esfuerzo de superación de los demás, ellos han de ser los que den los pasos, que nosotros no podemos dar por ellos. Cosas así nos sucede muchas veces en la tarea de la educación quienes tienen o tenemos esa tarea como padres o como educadores. Tenemos que saber discernir en cada momento cual ha de ser nuestra mejor manera de actuar.

domingo, 26 de agosto de 2018

También queremos poder decir que no nos vamos con ningún otro porque solo Jesús es para nosotros Palabra de vida eterna


También queremos poder decir que no nos vamos con ningún otro porque solo Jesús es para nosotros Palabra de vida eterna

 Josué 24, 1-2a. 15-17. 18b; Sal. 33; Efesios 5, 21-32; Juan 6, 61-70

Nadar entre dos aguas sin que nos arrastre la corriente no es tarea fácil; habrá que ser quizá un experto nadador cuando de corrientes marinas o corrientes entre ríos se trate, pero cuando es en la vida donde queremos nadar entre dos aguas o también como se suele decir nadar y guardar la ropa se nos puede hacer más complicado. Hay que tomar decisiones, hay que aclarar las ideas, no podemos permanecer siempre en la confusión, tenemos que decantarnos por algo; aunque algunas veces parece que nos encontramos con expertos en escurrir el bulto.
Pero ahora queremos hablar del evangelio, de la buena noticia que nos anuncia Jesús donde se nos plantea un sentido de la vida, una opción fundamental de la que puede depender la felicidad o la plenitud de la persona. Y ahí tenemos que aclararnos, aunque algunas veces parece que preferimos permanecer en un conformismo que nos mantenga en la sombra, o al menos que no nos comprometa a mucho. Pero el planteamiento de Jesús no es un juego, tiene su radicalidad, que no podemos rehuir sin es que en verdad tenemos una fe cierta y clara en Jesús y en el Reino de Dios que El nos anuncia.
Nos da motivo para este planteamiento o esta reflexión que nos estamos haciendo este texto del evangelio del Pan de vida que hemos venido escuchando en los últimos domingos y donde vemos que llega el momento de tomar decisiones. Pero esto nos vale para cualquier pasaje del evangelio con el que nos enfrentemos, páginas que demasiadas veces maquillamos a nuestro favor para no afrontar las decisiones y posturas valientes que se suponen en un seguidor de Jesús.
Queremos tantas veces nadar, sí, entre dos aguas, nos queremos llamar cristianos y al mismo tiempo andamos con conformismos sin querer entrar en la radicalidad que para nuestra vida siempre ha de significar el evangelio. No olvidemos que el primer anuncio que nos hace Jesús es que nos convirtamos para poder creer en esa Buena Noticia que se nos anuncia, y convertirnos es darle un cambio radical a nuestra vida.
Lo que Jesús ha venido planteando en la sinagoga de Cafarnaún era algo serio. Comer ese Pan de vida que Jesús nos ofrece es mucho más que comer un simple pan. Era radicalmente decidirnos por seguir a Jesús para vivir su vida, creer en su Palabra sabiendo que para nosotros es Palabra de vida eterna, ponernos en una sintonía total con Jesús de manera que ya solo viviéramos su misma vida, optar por el camino de Jesús para solo seguir sus pasos, vivir sus actitudes y sentimientos, hacernos uno con El. Como el alimento que comemos para alimentarnos y que se hace vida en nosotros, transformándose en vida para nosotros.
Quizá las palabras de comer su carne y beber su sangre pudieran asustar. Por eso se preguntaban como iban a comer su carne porque no llegaban a entender bien el significado que Jesús estaba dando a sus palabras. Muchos desde entonces dejarán de ir con Jesús, lo abandonarán. Pero Jesús sigue diciéndonos que El es el verdadero pan bajado del cielo y que da vida al mundo y que su carne será verdadera comida y su sangre verdadera bebida.
Es cuando le pregunta a sus discípulos más cercanos, a aquellos que ya había escogido para estar con El y enviarlos en su nombre a anunciar el Reino, si ellos también quieren marcharse. En sus corazones también anidaban las dudas; aunque tenían una cercanía, una sintonía muy especial con Jesús a ellos también les costaría entender y no terminaban de saber a donde conduciría todo aquello en que se habían metido cuando habían dejado todo para seguir a Jesús.
Pero allí está quien ama intensamente a Jesús, a pesar de sus debilidades. ‘¿A quién vamos a ir, con quién no vamos a ir? Solo tú tienes Palabras de vida eterna’. Es una confesión de fe muy rotunda, como ya haría en otra ocasión el mismo Pedro. Ciegamente, casi podríamos decir, pero con la ceguera del amor estaban decididos a estar con Jesús, a seguir a Jesús. no terminarían de comprender ahora sus palabras, pero ya llegaría el momento en la cena pascual, donde Jesús les ofrecería aquel pan y aquella copa diciéndoles que aquello era su cuerpo, que aquella copa era la copa de su sangre, de la alianza nueva eterna.
Seguirían aun sus luchas y sus dudas, sus temores y la aparición de sus debilidades, porque incluso le abandonaría a su suerte, pero ahora estaban dispuestos a decir que no se podían ir con otro porque nadie más tenia palabras de vida eterna como El tenía.
Claro que aquí esté que pensemos en nosotros y en el sentido y significado con que nosotros también comemos la Eucaristía, su Cuerpo y su Sangre sacramentalmente presentes para darnos vida. Es de lo que de verdad tenemos que ser conscientes. Acercarnos a comulgar no es ir porque todos lo hacen; acercarnos a comer a Cristo tenemos que darnos cuenta todo lo que significa en cuanto estamos poniendo toda nuestra fe en El, en cuanto queremos en verdad vivir su misma vida, en cuanto tenemos que impregnarnos de sus sentimientos, de su actitudes, de su vida para que para siempre las de Jesús sean las nuestras, en cuanto que queremos vivir su vida para siempre y para siempre hemos de arrancar de nosotros todo lo que sea muerte, todo lo que sea pecado.
Decimos que no podemos ir a comulgar en pecado; es que seria una incongruencia, porque mientras seguimos dejando reinar el pecado y la muerte en nuestro corazón, vamos a comulgar, decimos, porque hemos optado por la vida de Jesús.
Acercarnos a comulgar nos compromete, aunque sabemos de nuestras debilidades, nuestras dudas y nuestros miedos. Queremos tener la seguridad y la certeza de la Verdad de Jesús. Queremos sentirnos fortalecidos con ese alimento de vida eterna, para que ya se acaben de una vez para siempre nuestros miedos y para que ya en El nos sintamos fortalecidos frente a todas las adversidades que nos pueden aparecer en la vida. Queremos alimentarnos de su amor para que nuestro amor sea también total amando con su mismo amor. Se acabaron las dudas y las indecisiones, el nadar entre dos aguas, ha de comenzar la radicalidad del seguimiento de Jesús.
¿A quién vamos a acudir? ¿Con quién nos vamos a sentir mejor? ¿Quién va a ser nuestra mejor fortaleza? ¿Quién tiene para nosotros palabras de vida eterna? Solo tú tienes palabras de vida eterna, también nosotros queremos confesar queriendo comer totalmente a Cristo para que sea vida de nuestra vida.

sábado, 25 de agosto de 2018

Nunca se llene de soberbia nuestra vida por lo bueno que hacemos, sino que siempre nuestro espíritu sea el del servicio y nuestro estilo la humildad y la sencillez



Nunca se llene de soberbia nuestra vida por lo bueno que hacemos, sino que siempre nuestro espíritu sea el del servicio y nuestro estilo la humildad y la sencillez

Ezequiel 43,1-7ª; Sal 84; Mateo 23,1-12

Cuando alguien alaba algo que hayamos hecho bien es justo que sintamos satisfacción dentro de nosotros y nos sintamos contentos con nosotros mismos. No porque busquemos esa alabanza o ese reconocimiento sino por esa satisfacción en si misma del bien hecho, de lo que pudo servir a los demás, o del granita de arena con que hemos contribuido a hacer que nuestro mundo sea mejor. Nadie nos puede decir nada porque nos sintamos contentos con nosotros mismos y que de alguna manera nuestro ego se sobrealimente siempre y cuando esto nos estimule a seguir haciendo el bien, ayudando a los demás o poniendo en servicio de todos aquellos valores que nosotros tengamos.
No hacemos las cosas para la apariencia, para buscar el reconocimiento y la alabanza, para que nos suban en pedestales. La persona que obra con rectitud y sencillez incluso muchas veces buscará ocultarse a si misma, porque lo que le importa es el bien que ha hecho; una persona que obra con rectitud y porque tiene ese espíritu de servicio en su vida no se deja halagar por vanidades ni nunca querrá ponerse por encima de los demás. Y esto bueno, esta manera de actuar con rectitud y sencillez lo podemos encontrar en muchos a nuestro alrededor que la mayor parte de las veces pasan desapercibidos.
Quizá muchas veces nos sea más fácil descubrir a los que van de arrogantes por la vida porque hacen mucho ruido. Quieren que se los vea y se les reconozca sus obras, y como nos dice Jesús en el evangelio van tocando campanillas por las esquinas de las calles para hacer notar su paso o para que vean las buenas cosas que hacen, que ya se ven viciadas por el propio orgullo con que se hacen. Y de eso quiere prevenirnos Jesús, porque de ninguna manera ese puede ser el estilo de lo que le siguen y se llaman sus discípulos.
Es cierto que nos dirá en otra ocasión que se vean nuestras buenas obras para que todos puedan dar gloria a Dios. Pero es para la alabanza y la gloria del Señor, no para alimentar nuestro ego, para buscar esos reconocimientos o ahogarnos en nuestras vanidades.  Por eso nos dirá también que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha y es que el bien no se hace haciendo ruido, aunque la música de las obras buenas que hacemos sí tiene que cautivar los corazones.
Por eso el que es humilde y servicial se va a sentir querido y valorado por todos aunque le parezca sentirse herido en su humildad. Los que son buenos y hacen el bien sin ruido sin embargo van dejando tras de si una melodía hermosa y cautivadora que servirá para atraer a todos a hacer el bien.
Mientras que el arrogante y vanidoso, el que va por la vida repartiendo orgullo y con mucha soberbia en su corazón, no se sentirá nunca querido, más quien quizá temido, y muchas veces rechazado desde nuestro interior porque nos hiere la soberbia de los demás. Por eso andemos nosotros con cuidado para que nunca se llene de soberbia nuestra vida, sino que siempre nuestro espíritu sea el del servicio y nuestro estilo la humildad y la sencillez.
Sepamos descubrir y valorar eso bueno que hay en tantos corazones que calladamente hacen el bien y que su gozo es hacer el bien a los demás.

viernes, 24 de agosto de 2018

La tibieza de nuestra vida espiritual y de nuestro compromiso cristiano es quizás consecuencia de la falta de un encuentro vivo con Jesús



La tibieza de nuestra vida espiritual y de nuestro compromiso cristiano es quizás consecuencia de la falta de un encuentro vivo con Jesús

Apocalipsis 21,9b-14; Sal 144; Juan 1,45-51

Quizá no haya mejor manera de cerciorarnos de la certeza de una cosa que averiguarlo por nosotros mismos. No es que no confiemos en lo que nos dicen, pero aunque digamos sí en el fondo no nos sentimos totalmente seguros.
Es cierto que en la vida por así decirlo vamos haciendo continuamente actos de fe, porque nos confiamos en lo que nos dicen, en lo que nos cuentan, porque es necesario tener esa disponibilidad para aceptar, porque no todo lo podemos comprobar por nosotros mismos, porque nos supera el peso y el paso de la historia, porque son hechos o acontecimientos que no nos suceden al lado nuestro ni en el tiempo nuestro, o porque ese margen de confianza que nos damos unos a otros  es base de amistad y consecuencia de ella y nos facilita la convivencia de cada día.
Es importante en todos los aspectos de la vida el testimonio que recibamos de los otros porque confiamos en ellos y las obras que realizan y las palabras que dicen las veremos siempre dentro de la racionalidad y de la credibilidad de las personas. Es importante, entonces, que nosotros en la autenticidad de nuestra vida nos hagamos verdaderamente creíbles y así nacerá esa confianza mutua que unos y otros hemos de tenernos. Con la autenticidad de nuestras obras de alguna manera estaremos diciéndole al otro ‘ven y lo verás’, confía en la autenticidad de mis palabras y de mis obras.
Es el primer diálogo que nos encontramos en el pasaje del evangelio que se nos propone en la fiesta de san Bartolomé apóstol que hoy celebramos. Felipe que había estado con Jesús al que había seguido en su primera llamada, cuando se encuentro con su amigo y convecino Natanael enseguida le cuenta lo que él ha vivido. Parece que no termina creer Natanael, pero no pone en duda sus palabras, sino el hecho de que Jesús sea de Nazaret; aparecen las divergencias y rivalidades que tantas veces surgen entre pueblos limítrofes por las cosas más simples las mayorías de las veces. Que si las campanas de mi pueblo suenan mejor que las del tuyo, que es mejor el agua que nosotros bebemos que la de las fuentes del pueblo vecino y así muchas veces no se cuantas cosas que llevan enfrentamientos digamos pueriles.
Felipe había estado con Jesús y se había sentido verdaderamente convencido. Es lo que ahora quiere que compruebe su amigo Natanael. ‘Ven y lo verás’, le dice. Y fue y lo vio y  lo sintió de manera que hará una hermosa confesión. ‘Rabí, Maestro, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel’.
¿No lo necesitaremos nosotros también? Tenemos que aprender a dejarnos conducir para llegar a vivir ese vivo y profundo encuentro. Serán los necesarios encuentros llenos de confianza que hemos de tener los unos con los otros en la vida, pero será también ese encuentro vivo con el Señor. Aceptamos el testimonio y nos dejamos conducir, pero necesitamos vivir la profundidad de ese encuentro de verdad que muchas veces nos falta en la vida.
La tibieza con que vivimos muchas veces nuestra vida espiritual y todo nuestro compromiso cristiano es quizás consecuencia de esa falta de ese encuentro vivo con Jesús. Podemos saber muchas cosas y hasta enseñar a los demás, pero necesitamos vivencias profundas que nos hagan crecer de verdad por dentro y que harán creíbles nuestras palabras y nuestro testimonio. Mucho de todo eso  nos está faltando a los cristianos de nuestro tiempo en que nos falta esa espiritualidad honda, que solo se puede tener desde encuentros vivos y profundos.
Es el testigo que está poniendo en nuestras manos hoy san Bartolomé en el día de su fiesta.

jueves, 23 de agosto de 2018

Qué otra cosa sería la vida si supiéramos acogernos mutuamente y nos vistiéramos de esos valores que faciliten siempre el encuentro con el otro



Qué otra cosa sería la vida si supiéramos acogernos mutuamente y nos vistiéramos de esos valores que faciliten siempre el encuentro con el otro

Ezequiel 36,23-28; Sal 50; Mateo 22,1-14

A todos nos gusta que nos inviten a una fiesta, a una comida o a una boda. Nos sentimos honrados por la deferencia de quien nos ha invitado y tratamos de corresponder asistiendo y participando de esa fiesta o de esa comida a la que nos han invitado y haciéndolo de una manera digna y decorosa; causas graves tendrían que surgirnos para no asistir y por educación enviaríamos una disculpa razonable por el medio que sea a quien ha tenido la deferencia de invitarnos. No haríamos el feo, como se suele decir, de dejar plantado en la mesa a quien ha tenido la amabilidad de invitarnos.
Pero puede suceder también que nos encontramos con personas que por las razones que sean son reacias a participar en celebraciones así; se buscan disculpas, se escudan en lo ocupados que están – qué ocupados estamos cuando no nos interesa algo -, se inventan actividades que se hacen coincidir en el tiempo, pero todo es una búsqueda de razones para no participar, para rehuir el bulto. Aparece así la descortesía, los malos modos, o la forma de expresar que quizá no nos sea agradable esa invitación, la escasa estima y consideración que quizá tenemos hacia esa persona que nos ha invitado o que no nos resulta agradable el sentarnos a la mesa con determinadas personas.
Cosas que nos suceden en la vida, cosas que nos pueden pasar a nosotros; momentos quizá que pueden tensar las relaciones, cuando todo encuentro con los demás nos tendría que servir siempre para crear lazos de amistad; el compartir juntos alrededor de una mesa es una oportunidad para abrir los corazones, para compartir pensamientos y sueños, para alimentar ilusiones, para abrir puertas para nuevas amistades. Esa convivencia sana y feliz de quienes comparten así contribuye a hacer que nuestra vida sea mejor, y contribuye a crearnos un mundo más feliz. Aunque tristemente muchas veces por nuestros caprichos, con nuestras disculpas y nuestras huidas, con los distanciamientos que nos creamos no contribuimos precisamente a ello.
Me hace pensar en todo esto la parábola que hoy se nos propone en el evangelio. Una parábola que quiere hablarnos del Reino de Dios, que quiere decirnos cómo con nuestra convivencia feliz en la imagen de un banquete de bodas al que estamos invitados podemos reflejar la felicidad del Reino de Dios. Y en esos pequeños detalles que nos ofrece la parábola se no da ocasión para reflexionar sobre muchas cosas de nuestra vida.
Lo que nos refleja esa imagen de los invitados que buscaron mil disculpas para no asistir al banquete de bodas nos está hablando claramente de cual es la respuesta negativa que tantas veces damos a la llamada e invitación del Señor. No nos quedamos en la anécdota sino que nos miramos a nosotros con nuestras actitudes negativas, con nuestras reticencias tantas veces a responder a lo que el Señor nos va pidiendo. No queremos participar en ese banquete de bodas, no queremos entrar por ese camino nuevo que nos señala el Señor, nos hacemos sordos a su llamada y rehuimos dar una respuesta. Cuántas disculpas vamos poniendo en la vida.
Cuando nos hacíamos la primera descripción de la invitación al banquete de bodas decíamos que tratamos de corresponder asistiendo de manera decorosa y digna. Es un detalle que nos resalta también la parábola. Al no asistir los invitados aquel rey mando que salieran a los caminos y trajesen a todo el que encontraran al banquete y la sala se llenó de comensales. Un signo de cómo todos estamos invitados y a todos hemos de hacer llegar también esa invitación. Pero había que asistir con traje de fiesta.
En los protocolos de nuestras comidas y banquetes ya se nos insinúa como hemos de ir para compartir en una mesa juntos; nuestra presencia no puede volverse indecoroso o mejor hacer difícil la convivencia con los demás que estamos sentados a la misma mesa.
Por aquí va la clave de lo que nos quiere decir el Señor en la parábola. Algunas actitudes y posturas nuestras algunas veces hacen difícil el encuentro y la convivencia. De ese traje hemos de despojarnos para vestirnos de otras actitudes y valores que nos lleven a un encuentro sincero y verdadero con los demás.  Qué otra cosa sería la vida si nos vistiéramos de esos valores que faciliten siempre el encuentro con el otro.

miércoles, 22 de agosto de 2018

No andemos comparándonos los unos con los otros que no todos han tenido las mismas oportunidades, sino demos ocasión para desarrollar lo que cada uno vale



No andemos comparándonos los unos con los otros que no todos han tenido las mismas oportunidades, sino demos ocasión para desarrollar lo que cada uno vale

Ezequiel 34,1-11; Sal 22; Mateo 20,1-16

Siempre nos creemos merecedores de todo, nos creemos merecedores de algo mejor; no estamos contentos con lo que recibimos, no estamos contentos con la valoración que los demás hacen de nosotros; de alguna manera parece que nos sentimos injustamente tratados porque no nos tienen en cuenta como nosotros quisiéramos, no tienen en cuenta nuestras valores. Y aparece algo de vanidad, mucho también de orgullo, y vienen desavenencias y desconfianzas, surge la destructiva envidia.
Hoy se nos habla mucho de la autoestima, y está bien. Claro que tenemos que valorarnos, empezando por saber descubrir bien cuales son nuestros valores, nuestras cualidades, aquellas posibilidades que tenemos en la vida y desarrollarlo. Pero esa autoestima no está reñida con la sencillez y la humildad; esa autoestima no está en autocomplacencias y autosuficiencias que nos pudieran llevar a pedestales con los que queremos destronar a los demás. Nuestra autoestima no tiene por qué minusvalorar lo que son los otros, sino todo lo contrario tenerlos muy en cuenta, porque tendríamos que ser colaboradores los unos con los otros para hacer mejor las cosas, para hacer mejor nuestro mundo.
Pareciera que hay un conflicto de intereses entre la autoestima y la humildad, pero tendría que ser todo lo contrario. Humildad no es ponernos a menos, sino reconocer lo que en verdad somos, para valorar también lo que son los demás. La humildad no es autodestruirnos ni mucho menos, sino saber actuar calladamente sin aspavientos con aquello que somos, con lo que son nuestros valores y posibilidades. Autoestima no es darnos auto bombo, y en eso hay muchos que se confunden, porque lo que hacen es llenarse de vanidad y tratar de inflarse tanto que al final revientan en la realidad de lo que somos.
Me ha surgido toda esta reflexión sobre realidades de la vida, de lo que somos o de lo que algunas veces queremos aparentar, por abajo o por arriba, da igual, porque siempre puede ser vanidad, desde el pasaje del evangelio que hoy se nos propone. Pudiera parecernos que el evangelio quiere hablarnos de otras cosas, de que somos llamados a trabajar en la vida en cualquier momento o en cualquier circunstancia y hemos de estar siempre disponibles a escuchar esa llamada, pero me ha hecho pensar en todo esto lo que vemos al final de la parábola en la actitud exigente y displicente de los que protestan aunque le han dado justamente lo que habían acordado.
No pudieron resistirse aquellos obreros de la primera hora a compararse con los demás o con el trabajo que los otros habían hecho. Pero no eran capaces de apreciar la generosidad del dueño de la viña que en su corazón misericordioso quiso también valorar el trabajo de los que aparentemente habían hecho menos, habían hecho poco porque llegaron a última hora, pero con quienes quería ser generoso aquel buen hombre, quizá pensando en las necesidades que pudiera haber detrás y ocultas para la mayoría.
No podemos andar juzgando la generosidad del corazón de los otros; no podemos andar por la vida siempre haciéndonos comparaciones de los unos y los otros; no todos han tenido quizá las mismas oportunidades porque así es la realidad de la vida, pero con todos hemos de saber ser generosos no permitiendo que nos corroa por dentro la envidia o el amor propio herido. Cuidado con los pedestales a los que nos subamos.
Valorarnos, sí, tener nuestra propia autoestima, está bien, pero saber ir por la vida con sencillez y con humildad, poniendo siempre generosidad en nuestro corazón para saber valorar a los demás, ayudarlos a levantarse de momentos oscuros o de hundimiento por los que puedan estar pasando por la vida.

martes, 21 de agosto de 2018

Contando con la gracia del Señor tampoco será imposible para nosotros desprendernos de cuanto hemos de arrancar de nuestro corazón para vivir la plenitud del Reino




Contando con la gracia del Señor tampoco será imposible para nosotros desprendernos de cuanto hemos de arrancar de nuestro corazón para vivir la plenitud del Reino

Ezequiel 28,1-10; Sal. Dt 32; Mateo 19,23-30

‘¿Quién puede salvarse?’ se preguntan los discípulos más cercanos a Jesús tras el episodio del joven rico que aspiraba a la vida eterna, pero que ante las exigencias de Jesús da marcha atrás y se vuelve sin decidirse por seguir a Jesús. Era rico, nos dice el evangelista y Jesús continua apostillando cuán difícil le es a los ricos entrar en el Reino de los cielos. Y les propone la imagen del camello pasando por el ojo de una aguja. Por las puertas estrechas de las murallas de la ciudad donde les era difícil pasar con toda la carga que llevaban sobre sus gibas.
Por ahí anda la clave de las palabras de Jesús que tanto les cuesta entender a los discípulos y que tanto nos cuesta entender nosotros dándonos mil explicaciones como solemos hacer no cuando no entendemos, sino cuando nos parece que no nos interesa entender. Porque una cosa es que entendamos y otra cosa es que queramos entender. Cuantas veces nos hacemos oídos sordos a las explicaciones que nos quieren dar, cuantas veces nos hacemos oídos sordos cuando nos tocan en la herida de nuestra vida que no queremos curar.
Ahí están nuestros apegos, que pueden ser las riquezas como literalmente nos habla hoy el evangelio, pero que pueden ser tantas cosas que llevamos apegadas al corazón y de lo que no queremos desprendernos; y damos rodeos y rodeos sin decidirnos, sin dar valientemente el paso hacia delante para liberarnos de esas ataduras.
Serán cosas o serán actitudes, serán malas costumbres que hemos adquirido o esas rutinas que marcan el día a día de nuestra vida y que no queremos cambiar, serán unas posturas de comodidad con aquello de que siempre se ha hecho así y que no queremos ni siquiera pensar en que se puede renovar o serán esas pasiones que nos desbordan y que porque nos dan un momento de placer no pensamos en la trascendencia de nuestros actos que podríamos hacer mejor.
No podemos andar con vanidades en la vida donde todo se nos quede en apariencias; no podemos contentarnos y sentirnos tan a gusto con el orgullo de haber quedado por encima de los demás cuando sabemos bien que somos mezquinos y que los otros son mucho mejores que nosotros; no podemos dejarnos arrastrar por esos impulsos violentos de nuestros amor propio malherido, sino que hemos de saber reconocer nuestros errores porque no somos perfectos y las cosas se pueden hacer de mejor manera; no podemos dejarnos llevar por esas envidias y malquerencias que surgen en nuestro interior cuando descubrimos todo lo bueno que hay en el otro y que hasta incluso nos puede dar ejemplo.
Muchas cargas vamos echando sobre las gibas de nuestra vida que nos impiden caminar con libertad y en nuestro acaparar para nosotros mismos, terminamos acaparando también malos vicios, malos orgullos, malas actitudes y posturas que tomamos ante los otros y ante la vida y que sí es cierto que no nos dejaran entrar por la puerta del Reino de los cielos.
Por nosotros mismos no va a ser difícil muchas veces porque nos cegamos de tal manera que ni siquiera nos damos cuenta de esas oscuridades de nuestra vida; somos como aquellos ciegos de cataratas que poco a poco van perdiendo el brillo de la luz y de los colores en sus ojos y hasta que no se desprenden de esa catarata no se dan cuenta de cuanto habían perdido en la vida. De cuantas cosas, actitudes, posturas tenemos que desprendernos en la vida; solo así nos daremos cuenta de dónde está el verdadero tesoro que tendría que llenar nuestro corazón.
Para Dios no hay nada imposible, contando con la gracia del Señor tampoco será imposible para nosotros desprendernos de cuanto hemos de arrancar de nuestro corazón.

lunes, 20 de agosto de 2018

Necesitamos despojarnos de muchas cosas pero sobre todo de nuestro yo engreído para poder irnos a seguir de verdad a Jesús


Necesitamos despojarnos de muchas cosas pero sobre todo de nuestro yo engreído para poder irnos a seguir de verdad a Jesús

Ezequiel 24,15-24; Sal.: Dt 32,18-19.20.21; Mateo 19,16-22

¿Qué es lo que tengo que hacer? es una pregunta o una expresión que nos puede salir de forma espontánea. Queremos algo ¿cómo lo conseguimos? ¿Cuánto cuesta? ¿Qué tengo que hacer para conseguirlo? Así andamos en la vida, le ponemos un valor a las cosas, pero esos valores los cuantificamos, los materializamos, en lo que tenemos que pagar, en lo que tenemos que hacer, en los ardides que tengo que emplear para conseguirme quizá el favor de alguien, con quien tendría que hablar que tiene influencia para que me concedan tal cosa, tal puesto, tal ascenso… y queremos hacer méritos, o vamos a ver cómo más fácil lo conseguimos. Por ahí van los tiros también, por los méritos.
¿No habremos cuantificado de alguna manera también las cosas de Dios? Queremos hacer méritos, quizá nos lo hayan dicho demasiadas veces que ahora andamos con confusiones en nuestra mente o en nuestro corazón. Y vamos sumando rosarios, y misas, y cosas buenas que hacemos, y favores que les prestamos a los demás… y así no se cuántas cosas, porque no pueden quedar sin recompensa. Recordamos que ya Pedro le preguntaba a Jesús qué les iba a tocar a ellos que lo habían dejado todo por seguirle.
Quizá habría que revisar alguna percepción de las cosas, algunos conceptos o ideas que se nos hayan metido. Porque nos tendríamos que preguntar si somos cristianos para tener meritos y garantizarnos algo al final, o somos cristianos como una respuesta de amor a todo el amor que Dios nos tiene. Porque, ¡ojo, cuidado!, que podemos decir que estamos haciendo meritos porque ‘cumplimos’ no se cuantas cosas, pero no estemos poniendo amor, nuestro deseo no sea de verdad un seguimiento de Jesús por vivir y construir el Reino de Dios.
Esa expresión que nos dio pie a la reflexión que nos venimos haciendo fue lo que aquel joven un día le planteó a Jesús. ‘Maestro, ¿qué tengo que hacer de bueno para obtener la vida eterna?’ Era un joven cumplidor porque cuando Jesús le responde que cumpla los mandamientos, responderá que eso lo ha cumplido siempre desde su infancia. ‘Todo eso lo he cumplido, ¿qué me falta?’
Los evangelistas que nos relatan ese episodio nos dicen que Jesús se le quedó mirando. Una mirada de Jesús, ¡cuánto dice! Aquel joven era bueno, era cumplidor, los mandamientos han sido la norma de su vida, pero le falta algo. ‘¿Qué me falta?’ se pregunta él también. ¿Ha ido acumulando méritos, pero siente que le falta algo más que méritos? Un poco por donde veníamos antes con la reflexión. ¿En eso centraremos lo que es ser cristiano, que nos preguntábamos?
‘Una cosa te falta’ le dice Jesús. Despójate de lo que tienes. Despójate de lo que tienes, de tus riquezas, de tus posesiones, o de esas cosas que realmente te poseen a ti, vende todo esto que tienes, compártelo, repártelo, dalo a los pobres… Despójate de ese yo engreído que parece que quiere llenar tu vida, despójate también de todas esas cosas buenas que parece que has hecho para acumularlas, para hacer meritos, eso no lo necesitas. ‘Vente conmigo’.
Aquí está la clave. Seguir a Jesús, creer en El. ¿No era eso lo que pedía la voz del cielo en el Tabor? ‘Este es mi Hijo amado, escuchadle’. Escucharle no es solo aprender cosas, escucharle es ponernos a hacer su camino, escucharle es hacernos sus discípulos, escucharle es seguirle, irse con Jesús. Y nos iremos con Jesús porque nos sentimos cautivados por su amor, nos sentimos amados y nos damos cuenta de que ahora no podemos hacer otra cosa sino amar como El.
Lo importante es que amemos y porque amamos lo damos todo por Dios; porque amamos no nos importan las cuentas de lo que sea que acumulemos, sino sentirnos amados y amar de la misma manera. Y cuando se ama así entramos en una comunión de plenitud, una comunión eterna con Dios. Y nos sentimos llenos de Dios, porque nos sentiremos habitados por su amor, y en ese amor sentimos que habitamos en Dios, que vivimos su misma vida con todo lo que eso significa en actitudes nuevas, en posturas nuevas, en una vida nueva.
Pero eso no es tan fácil como hacer cosas o cumplir con unas normas. A aquel joven le costó y dio marcha atrás. El evangelista dice que era muy rico y le costaba desprenderse de sus riquezas. Pero ahí podemos entender muchas cosas en el sentido de lo que era ese desposeerse de todo. Porque algunas veces nos puede resultar fácil despojarnos de cosas, pero no nos es tan fácil despojarnos de nuestro yo engreído y orgulloso; en ese yo metemos tantas cosas... Miremos con sinceridad de que nos tenemos que despojar para irnos con Jesús, para ser de verdad sus discípulos.

domingo, 19 de agosto de 2018

Que no nos suceda que aunque deseamos comulgar en el fondo no tenemos hambre de ese pan que Cristo quiere darnos cuando se hace pan de vida para nosotros



Que no nos suceda que aunque deseamos comulgar en el fondo no tenemos hambre de ese pan que Cristo quiere darnos cuando se hace pan de vida para nosotros

Proverbios 9, 1-6; Sal. 33; Efesios 5, 15-20; Juan 6, 51-58

¿Cómo dar de comer a quienes no tienen hambre? ¿Están saciados ya quizá? Podría parecer un contrasentido. Quien se ha saciado con lo primero que ha encontrado cuando le ofrecemos los más deliciosos manjares ya quizá no se los pueden comer.
¿Nos pasará de alguna manera? Y entendemos que no hablamos solo de comidas que llenen nuestro estómago y sacien nuestro apetito físico. Ya hay gente a la que no le interesa escuchar, se sienten satisfechos, autosuficientes con sus ‘saberes’. Hay gente que quizá ya no aspira a algo mejor, a algo más noble, a algo más espiritual, se contentan con lo que tienen, con sensualidades baratas, con satisfacciones prontas que no exijan demasiado, pensando solo en lo material como única fuente de felicidad.
Nos cegamos y no somos capaces de ver lo más bello, nos cegamos en nuestras ideas y pensamientos y no somos capaces de abrirnos a algo nuevo, nos cegamos con sabidurías baratas que no van a elevar nunca nuestro espíritu y hacerlo trascender, quedándonos en superficialidades que pronto nos van a cansar.
Sin embargo, queremos pan aunque muchas veces andamos desorientados y no sabemos ni lo que pedimos. Cuando los judíos en la sinagoga de Cafarnaún le pidieron a Jesús ‘danos de ese pan’, pudo haberles respondido como un día les dijera a los Zebedeos cuando pedían primeros puestos, ‘no sabéis lo que pedís’.  Igual que entonces los hermanos Zebedeos andaban un tanto despistados sobre lo que significaba beber el mismo cáliz de pasión o bautizarse en su mismo bautismo, igual que la samaritana solo pedía que Jesús le diera agua para no tener que ir todos los días al pozo a sacarla, así andaban ahora las gentes de Cafarnaún porque en la tarde anterior habían comido pan hasta saciarse y gratis allá en el desierto.
Jesús rotundamente les dice ahora que El es el verdadero pan bajado del cielo y el que le coma vivirá para siempre. ‘Y el pan que yo daré es mi carne, para la vida del mundo’, les dice Jesús. Un pan para la vida, un pan que da vida eterna, un pan que es la vida del mundo. Tiene que ser algo mucho más que un pan normal que sacie nuestros estómagos.
Estamos ante la página más sublime sobre la Eucaristía. Es el gran anuncio que nos hace Jesús. En el Evangelio de Juan no se nos hace el relato de la institución de la Eucaristía en la última cena, pero aquí en esta página tenemos lo más sublime que podemos escuchar de la Eucaristía. Claramente nos lo dirá Jesús. ‘Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día’.
Comer su cuerpo y beber su sangre, comer a Cristo va mucho más allá de una comida material que comamos. Comer a alguien es querer entrar en comunión plena y total con él; no podemos decir que comemos a Cristo si no entramos en esa comunión total con Cristo, de manera que ya sea aquello que nos dirá san Pablo que no vivimos nosotros sino que es Cristo quien vive en nosotros. Nos lo dice hoy. ‘El que come mi carne y bebe mi sangre, habita en mí y yo en él… el que me come, vivirá por mí’.
Si Cristo habita en nosotros y nosotros en El, si vivimos ya para siempre por Cristo estamos asumiendo mucho, estamos asumiendo su vivir. No es nuestro vivir sino el de Cristo, no es nuestro pensar sino el de Cristo, no es el actuar a nuestra manera sino a la manera de Cristo, es dejar que ya para siempre Cristo actúe en nosotros.
Comulgar entonces no es entrar en momento de fervor casi místico de mucha devoción en un momento determinado sino es vivir ya en un compromiso nuevo y distinto para actuar a la manera de Cristo. Comulgar no es el hecho material de acercarnos a un comulgatorio en la Misa sino es entrar en una dimensión nueva de la vida que tendrá que reflejarse en nuestro compromiso, en nuestro testimonio, en nuestra manera de vivir. Como nos dirá un sabio predicador, el termómetro para saber si el pan que comemos y compartimos es el mismo que ofrece Jesús, tal vez sea el tomar el pulso a nuestro compromiso personal y comunitario en la construcción de una sociedad más justa, humana y solidaria, semilla del Reino.
Y no tengamos miedo de que por comer a Cristo de verdad nos podamos convertir en problemáticos en medio de los que nos rodean. En cierto modo comer a Cristo tiene que hacernos revolucionarios porque el testimonio que demos sea en verdad comprometido con nuestro mundo, con los que sufren, con los que se sienten abandonados o con los que son maltratados, con los que padecen violencias e injusticias o con los que sienten verdadera hambre e inquietud por la paz y por hacer que nuestro mundo sea mejor. En ello tenemos que estar verdaderamente comprometidos si nos dejamos habitar por Jesús.
¿Sabemos lo que pedimos cuando nosotros queremos decirle a Jesús que nos dé a nosotros también de ese pan? ¿Seremos conscientes de verdad cuando vamos a comulgar  todo lo que eso tiene que representar en nuestra vida? ¿No nos sucederá que aunque decimos que deseamos comulgar en el fondo no tenemos hambre de ese pan que Cristo quiere darnos cuando se hace pan de vida para nosotros? Busquemos la Sabiduría de Jesús. No podemos dar de comer a quien no tiene hambre, decíamos al principio. Cuidado nos pase a nosotros.