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sábado, 19 de diciembre de 2015

Aprendamos a sorprendernos con las cosas de Dios aceptando humildemente sus planes para nuestra vida

Aprendamos a sorprendernos con las cosas de Dios aceptando humildemente sus planes para nuestra vida

Jueces 13, 2-7. 24-25; Sal 70; Lucas 1, 5-25

Incluso cuando es grande el ansia que tenemos por aquello que pedimos hay ocasiones en que nos sentimos sobrecogidos cuando al final lo conseguimos. ¿Quizá porque aun en esa ansia grande nos faltaba esperanza? ¿quizá habíamos perdido la confianza? O tan sorprendidos nos vemos en aquello que conseguimos que nos quedamos sin palabras, sin saber cómo reaccionar, qué es lo que podríamos expresar en ese momento.
¿Qué es lo que vio el ángel en los ojos de aquel anciano sacerdote cuando se le manifestó a la hora de la ofrenda del incienso en el templo? Fijémonos que las primeras palabras del ángel fueron ‘no temas, Zacarías, porque tu ruego ha sido escuchado’. Tener fe en que Dios escucha nuestras súplicas es algo grande, por supuesto, pero recibir una embajada angélica para decirle que Dios ha escuchado sus oraciones es algo tan grande como para impresionarte y quedarte mudo por la sorpresa.
Pero el ángel no solo viene a decirle que se acaba el oprobio para aquella familia porque, aunque sean ya mayores, Dios les va a conceder el don de un hijo, sino que además el ángel le adelanta cual va a ser la misión de aquel niño que de forma prodigiosa va a nacer. Será motivo no para el temor, sino para alegría, para él y para muchos. ‘Pues será grande a los ojos del Señor: no beberá vino ni licor; se llenará de Espíritu Santo ya en el vientre materno, y convertirá muchos israelitas al Señor, su Dios. Irá delante del Señor, con el espíritu y poder de Elías, para convertir los corazones de los padres hacía los hijos, y a los desobedientes, a la sensatez de los justos, preparando para el Señor un pueblo bien dispuesto’.
Aunque las palabras del ángel tienen que llenar de gozo su corazón, es humano, conoce sus limitaciones, son ya personas mayores tanto él como Isabel su mujer y surgen las dudas. ‘¿Cómo estaré seguro de eso? Porque yo soy viejo, y mi mujer es de edad avanzada’.
‘Yo soy Gabriel, que sirvo en presencia de Dios; he sido enviado a hablarte para darte esta buena noticia. Pero mira: te quedarás mudo, sin poder hablar, hasta el día en que esto suceda, porque no has dado fe a mis palabras, que se cumplirán en su momento’. Es la respuesta del ángel. Zacarías no quiere poner en duda las palabras del ángel, pero pone sus objeciones; normal y muy humano. Era un hombre de fe, pues allí estaba ejerciendo su oficio sacerdotal haciendo la ofrenda del incienso e intensa era su oración al Señor. Pero ahora todo viene como una prueba quizá nacida de la misma sorpresa que le sobrecoge. Ha de seguir pasando por la prueba del silencio que será para él purificador.
En lo mismo que nos concede el Señor y en su presencia junto a nosotros que no nos falta, muchas veces nos viene también la prueba a nuestra fe; dudamos en nuestro interior, quizá no oramos con toda la confianza que tendríamos que hacerlo, pensamos que la solución a nuestros problemas vendrán por otros caminos. Nos es necesaria cada día más una mayor disponibilidad de nuestro espíritu para ponernos en las manos del Señor y confiar, porque El siempre escucha nuestra oración. Dejémonos sorprender por las cosas de Dios. Sepamos aceptar humildemente los planes de Dios para nuestra vida.

viernes, 18 de diciembre de 2015

Serenidad y fortaleza interior como san José para saber discernir los planes de Dios también en los momentos de duda y oscuridad

Serenidad y fortaleza interior como san José para saber discernir los planes de Dios también en los momentos de duda y oscuridad

Jeremías 23,5-8; Sal 71; Mateo 1,18-24
Cuando nos sucede un imprevisto que trastorna y trastrueca todos nuestros planes nos quedamos bloqueados sin saber muchas veces cómo actuar, qué reacción tener o cuales son las decisiones más acertadas que hemos de tomar. Es necesario una madurez interior, una fortaleza del alma que nos dé serenidad y paz también en esas situaciones adversas para encontrar el mejor camino de solución. Es en lo que es necesario crecer como personas, para lograr esa madurez; es necesario ese crecimiento interior, una fortaleza espiritual para afrontar esos momentos.
Es la madurez humana y espiritual que hoy apreciamos en José en el texto del evangelio. ‘María estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo’. Claro que cuando ahora nosotros leemos el texto sagrado ya el evangelista nos dice que ‘María esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo’. Pero esto no lo sabía José. El solo veía el embarazo de María. Y ahí encontramos la profundidad espiritual de José. ‘Era bueno’, dice el evangelista, ‘no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto’.
Pero en José había una madurez humana y espiritual; era un hombre de fe, abierto al misterio de Dios. Y la voluntad de Dios se le manifestó en sueños a través de un ángel. ‘José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados’.
Así se le manifiesta la voluntad de Dios, el misterio de Dios en el que él va a tener su parte también, porque Dios quiere contar con él. Se cumplía lo anunciado por los profetas; el hijo de María sería el Emmanuel, Dios con nosotros. Su nombre  será Jesús, porque es el Salvador. Y José también aceptó el plan de Dios. ‘Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y se llevó a casa a su mujer’.
Es un paso más el que estamos dando acercándonos a la Navidad. La figura de José aparece también en nuestro camino para ayudarnos a dar esos pasos hacia el encuentro con el Señor. Ojalá tuviéramos la misma profundidad en nuestra vida que se manifiesta en José. Así tenemos que crecer en nuestra vida espiritual, crecer en nuestra fe para descubrir el plan de Dios, para aceptar el plan de Dios, para decir Sí a lo que Dios nos propone aunque a veces un poco trastorne nuestras vidas.
En esos momentos oscuros por los que podamos pasar, en esos momentos que quizá se prolongan sin saber encontrar el camino de salida, sepamos tener la serenidad y la esperanza que hoy vemos manifestada en José. Que sepamos hacer silencio ante Dios para dejar que El se nos manifieste, cuando y como quiera, y sepamos encontrar esa luz, sepamos descubrir esos designios de Dios para nuestra vida.

jueves, 17 de diciembre de 2015

Pongamos nuevas luces en las ventanas de nuestra vida con nuestra cercanía y nuestros deseos de encuentro para anunciar el próximo nacimiento del Salvador

Pongamos nuevas luces en las ventanas de nuestra vida con nuestra cercanía y nuestros deseos de encuentro para anunciar el próximo nacimiento del Salvador

Génesis 49,1-2.8-10; Sal 71; Mateo 1,1-17

‘Sobre ti, Jerusalén, amanecerá el Señor; su gloria aparecerá sobre ti…’ Así canta una de las antífonas de la liturgia de este día. Estamos a ocho días de la Navidad. Todo suena a nuestro alrededor a ambiente navideño, a fiesta, a alegría, a esperanza. Hay como una alegría en nuestro entorno por estas fiestas de navidad, aunque tengamos que reconocer que para no todos tiene el mismo sentido y sabor.
Es hermoso el ambiente que se crea en nuestro entorno; ese cariño familiar que se despierta de nuevo con el deseo de esos hermosos encuentros, los amigos se saludan de un modo especial y todos nos deseamos felicidad, es el momento también de intercambio de muchas muestras de cariño ya sea en los regalos que nos intercambiamos o en la cercanía que mostramos los unos a los otros. Pero no podemos olvidar en la trastienda lo que es el verdadero motivo de estas fiestas y de esta alegría y que tendría que ser el motivo hondo de todas esas muestras de alegría y cercanía.
Es el nacimiento del Señor, porque si decimos navidad estamos diciendo la natividad del nacimiento de nuestro Señor Jesucristo. Eso no lo podemos olvidar. Y es para eso para lo que nos hemos venido preparando durante todo el adviento. Ahora en esta semana que nos queda la liturgia nos invita a intensificar esa preparación.
Surgen en nuestros pueblos muchas tradiciones religiosas en torno a estos días aunque muchas veces las vayamos olvidando. Son en nuestra tierra canaria las llamadas misas de luz que en otros tiempos se celebraban al amanecer precedidas por los sones de ‘lo divino’ que con sus cantos anunciaban por nuestras calles la cercana navidad y nos congregaba en nuestros templos en ese amanecer de cada día anuncio del gran amanecer que significó para el mundo el nacimiento del Sol que nos venía de lo alto para ser nuestra salvación.
Serán en otros lugares como en muchos países de Latinoamérica las novenas al Niño Dios o las posadas que se repartían por las casas, las calles o las plazas buscando el lugar de la preparación del nacimiento de Jesús. Sé que en América aun se siguen manteniendo esas hermosas costumbres y los vecinos se invitan unos a otros a celebrar la novena del Niño Dios o el encuentro de las posadas y las familias se reencuentran iluminando las casas y las calles con hermosas luces llenas de colorido.
Abramos también nosotros las puertas de nuestro corazón, pongamos esa luz que anuncia el nacimiento del Niño Dios no solo en nuestras puertas y ventanas como un anuncio de alegría, sino que nuestra vida vaya comenzando a tener esa nueva luz que brilla en nosotros con actitudes nuevas que nos lleven al encuentro, al perdón, al compartir, a una nueva armonía en nuestras familias y entre nuestros vecinos y con todos aquellos que están a nuestro alrededor. Que todo ese bonito ambiente de fiesta que vamos a vivir en estos días, no sea solo cosa de unas horas o unos días sino que sea anuncio de ese nuevo sentido que con el nacimiento de Jesús le queremos dar a nuestras vidas.
Que esa nueva luz que comience a brillar en nuestras vidas, en nuestras actitudes y en nuestros comportamientos de cercanía a los demás sean un anuncio del cercano Emmanuel que viene del cielo a traernos un nuevo resplandor. Es la aurora que anuncia la nueva luz que con Jesús viene a iluminar nuestro mundo. Así podremos hacer una verdadera navidad donde en verdad Jesús sea el centro de nuestra fiesta y de nuestra vida.

miércoles, 16 de diciembre de 2015

El mundo de hoy también nos pregunta a su manera por Jesús y nosotros hemos de dar las mismas señales de Jesús en los signos del amor y el anuncio de la Buena Nueva

El mundo de hoy también nos pregunta a su manera por Jesús y nosotros hemos de dar las mismas señales de Jesús en los signos del amor y el anuncio de la Buena Nueva

Isaías 45 y 6b-8. 18. 21b-25; Sal 84; Lucas 7, 19-23

‘¿Eres tú el que ha de venir, o tenemos que esperar a otro?’, es la pregunta que le hace Juan a Jesús cuando ya está en la cárcel a través de sus discípulos. ¿Quién eres tú? Es la pregunta que late de fondo a lo largo de todo el evangelio. Es la pregunta, sí, que nos seguimos haciendo nosotros, no de una manera formal ni rutinaria, sino la pregunta honda cuya respuesta va a darnos sentido hondo a nuestra vida.
‘¿Quién es éste?’ se preguntaba la gente cuando le escuchaba porque a nadie habían oído hablar con tal autoridad, o cuando contemplaban sus milagros porque nadie ha hecho cosa igual. ¿Quién eres?, le preguntan de alguna manera aquellos dos primeros seguidores de Jesús, Juan y Andrés, cuando le preguntan ‘¿donde vives?’
Buscaba Nicodemo conocer bien a Jesús cuando va a visitarle de noche, aunque ya en el fondo está reconociendo que algo de Dios hay en él ‘porque nadie puede hacer las cosas que tu haces si Dios no está con él’. Buscaban los griegos que acuden a los discípulos porque quieren conocer a Jesús. Quería conocer a Jesús Zaqueo que se sube a la higuera para al menos verlo pasar desde allí ya que le era difícil por otra parte. Querían conocerle aquellas multitudes venidas de todas partes para escucharle, para ver sus obras. De alguna manera, aunque no quisieran reconocerlo, estaban buscando conocerle bien incluso aquellos que se ponían a la distancia para observarlo todo, para buscar preguntas capciosas con que cazarle o para ponerle trampas. Quería saber de Jesús también Pilatos desde su eclecticismo cuando le pregunta si es rey o qué es la verdad aunque escéptico no espere respuesta.
Nos preguntamos nosotros también porque queremos conocer a Jesús.  Nos preguntamos cuando vamos haciendo este camino de Adviento porque no es cualquier nacimiento el que vamos a celebrar cuando llegue la navidad. Tenemos que preguntarnos, sí, seriamente, y hemos de aprender a escuchar bien allá en nuestro interior esa voz que igual que en lo alto del Tabor nos estará diciendo ‘Este es mi hijo amado. Escuchadle’. Queremos conocer a Jesús y tenemos que recorrer una y otra vez las páginas del evangelio, aunque nos las sepamos de memoria para ahondar, para escuchar interiormente, para descubrir esa voz del Espíritu que nos lo hará conocer todo y nos lo revelará todo y nos ayudará a abrir nuestro corazón a Jesús que llega a nuestra vida y nos trae la salvación, y nos llena de paz, y nos pone en camino nuevo, y nos despierta ese amor aletargado que muchas veces se nos enfría.
Por las señales conoceremos a Jesús. Como le decía a los discípulos de Juan ‘Id y contad lo que habéis visto y oído’. ¿Qué habían visto? Las obras del amor porque los enfermos eran curados. ¿Qué habían oído? La Buena Nueva, el Evangelio que se anunciaba a los pobres.
Pero eso me hace pensar en algo más. Tenemos que dar una respuesta a ese mundo que está alrededor y también nos pregunta por Jesús. Tenemos que darles las mismas señales de Jesús. Las señales del amor y el anuncio de la Buena Noticia de salvación para los pobres de hoy, para el hombre y el mundo de hoy. Los discípulos de Juan vieron esas señales en Jesús. El hombre de hoy, el mundo de hoy en nosotros, en los que creemos en Jesús, en la Iglesia han de ver esas mismas señales para conocer quien es Jesús y creer en El como el único Salvador. ¿Les estaremos dando esas señales?

martes, 15 de diciembre de 2015

Con unas actitudes nuevas de humildad y de acogida llena de amor hacia los demás preparemos la venida del Señor

Con unas actitudes nuevas de humildad y de acogida llena de amor hacia los demás preparemos la venida del Señor

Sofonías 3,1-2.9-13; Sal 33; Mateo 21,28-32

Una breve parábola de Jesús que nos hace un buen retrato de lo que es nuestra vida. Qué fácil es decir sí con las palabras pero qué pronto olvidamos lo que habíamos decidido o a lo que nos habíamos comprometido. Queremos parecer el hijo obediente y cumplidor que está pronto para decir sí en un primer momento mientras quizá otros que nos parecen contestatarios y rebeldes están más dispuestos a responder con sus obras a la llamada que se les hace.
Nos es fácil juzgar y condenar a los demás; igual que en tiempos de Jesús había gente a la que se les discriminaba y se les consideraba pecadores y poco menos que unos malditos con quienes los que se creían justos no querían ni mezclarse, nos sigue sucediendo hoy; somos los buenos, así nos creemos, y miramos fácilmente por encima del hombro a tantos otros porque son así o de otra manera, porque tienen tal o cual condición o en algún momento de la vida han errado el camino y han podido vivir envueltos en muchas situaciones que los marcaron. ¿Es que de ahí puede salir algo bueno? Pensamos tantas veces, pero quizá luego los veremos más generosos que nosotros, dispuestos siempre a echar una mano, más solidarios con los demás y seguramente con mejor corazón que nosotros.
Pensemos en lo que es nuestra propia historia. ¿Por qué nos creemos buenos? ¿Es que no hemos roto nunca un plato, como se suele decir? Si en verdad somos sinceros en nuestro interior veremos nuestras flaquezas, nuestras debilidades, nuestras inconstancias en tantas cosas que nos proponemos y dejamos a la mitad y que pronto en tantas ocasiones olvidamos o abandonamos.
A esta parábola le encuentro un paralelo en la que solemos llamar habitualmente del ‘hijo pródigo’; aunque en dicha parábola el mensaje principal siempre hemos de centrarlo en el amor del padre que acoge y que perdona, que abraza a su hijo que vuelve arrepentido tras haber abandonado la casa paterna, siempre decimos también que es nuestro retrato; y digo que es nuestro retrato porque no solo nos veamos reflejados por nuestro pecado en el hijo que abandonó la casa paterna viviendo perdidamente, sino porque también nos podemos ver reflejados en el otro hijo, el que parecía bueno porque no se había marchado de la casa del padre, pero que sin embargo su corazón estaba tan distante. Había estado siempre allí y se creía con derecho a todo, también a juzgar y a condenar a su hermano, pero en él no había misericordia, compasión, comprensión, capacidad de acogida para el hermano que volvía; se creía bueno pero su corazón estaba lleno de rencores y resentimientos, su corazón estaba bien lejos de lo que era el corazón lleno de amor y compasión de su padre; no supo acoger con amor a su hermano. ¿No nos pasará así tantas veces a nosotros?
Lo mismo podemos ver en la parábola que hoy nos ofrece el evangelio. El que parecía bueno porque decía siempre sí a todo lo que su padre le decía, sin embargo sus actitudes estaban bien lejos de la obediencia que se le pedía porque luego no hacía lo que su padre le pedía; como tantas veces nosotros que queremos parecer buenos pero luego en el día a día de nuestra vida somos inconstantes, infieles, abandonamos pronto lo bueno que teníamos que hacer, nos dejamos conquistar por el cansancio o caímos en las redes de la rutina.
Jesús terminará diciéndoles tras la parábola: ‘Os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia, y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no recapacitasteis ni le creísteis’. ¿Seremos capaces nosotros de recapacitar? ¿Seremos capaces de ser humildes para ver nuestros errores y cambiar nuestras posturas y actitudes?

Seamos sinceros con nosotros mismos y alejemos de nosotros todo atisbo de juicio y de condena hacia los demás. Aprendamos de una vez por todas que podemos cambiar y los demás también pueden cambiar. Que sean las actitudes nuevas que pongamos en nuestro corazón mientras nos preparamos para la venida del Señor. Ese nuevo corazón con unas nuevas actitudes y unos nuevos sentimientos serán la señal de que el Señor ha llegado a nuestra vida.

lunes, 14 de diciembre de 2015

Despojémonos de nuestros orgullos y vanidades, entremos por el camino de la sinceridad y de la verdad y encontraremos a Dios

Despojémonos de nuestros orgullos y vanidades, entremos por el camino de la sinceridad y de la verdad y encontraremos a Dios

Números 24,2-7.15-17ª; Sal 24; Mateo 21,23-27

A Dios no nos podemos acercar si no es con sinceridad de corazón. Acercarnos a Dios ya en sí es un acto de fe pero solo con corazón humilde será grande esa fe. Nunca el orgullo fue buen camino para ir a Dios; nunca desde la malicia de la mentira y del disimulo podemos conocer a Dios. Por es necesaria esa sinceridad que nos hace humildes y esa humildad que nos hace mirar con sinceridad nuestra vida. Y a ese corazón humilde y sincero sí se manifiesta Dios, se hace presente en su vida, le hace saborear la sabiduría de Dios, puede llegar al conocimiento de Dios.
Sin embargo nuestro orgullo aparece fácilmente en nuestra vida; nos queremos hacer nuestra propia imagen de Dios o incluso nosotros mismos queremos hacernos dioses porque nos creemos autosuficientes, porque nos creemos que nos lo sabemos todo y no necesitamos ninguna revelación que nos ayude a descubrir el misterio, porque tenemos nuestras ideas preconcebidas y nos cuesta abajarnos de nuestros pedestales para abrirnos a la sabiduría de Dios.
En el evangelio que queremos comentar hoy vemos que los escribas y fariseos ya tenían su idea preconcebida de lo que había de ser el Mesías, ahora se presenta Jesús a quien entre el pueblo sencillo se le considera como un gran profeta y quizá que podría ser el Mesías, pero Jesús no se está presentando conforme a aquellas ideas que ellos tenían de lo que habría de ser el Mesías; ya tienen por delante el rechazo a todo lo que haga y lo que diga Jesús, o bien le dicen que está endemoniado cuando cura a los enfermos y expulsa a los demonios, según ellos con el poder del príncipe de los demonios, o bien le preguntan por su autoridad para enseñar o para hacer lo que hace como la reciente expulsión de los vendedores del templo; es verdad que Jesús no ha ido a estudiar a sus escuelas rabínicas y eso les descoloca porque sin embargo se manifiesta con autoridad en lo que enseña. No saben, o no quieren, abrirse al misterio de Dios que en Jesús se está manifestando.
Vienen con preguntas a Jesús pero no lo hacen con la sinceridad del que busca la verdad; vienen con preguntas a Jesús porque quieren cazarlo en sus respuestas para tener de qué acusarlo y quitarlo de en medio. Hoy Jesús les desenmascara con la pregunta que les hace sobre el sentido del bautismo de Juan, y no entra en el juego de sus preguntas. La sabiduría de Jesús ve en verdad los corazones de los hombres y allí no había sinceridad ni verdadero deseo de encontrar a Dios.
¿Nos pasará algo así a nosotros? ¿Vamos con sinceridad a la búsqueda de Dios y nos queremos poner ante El con la sinceridad y verdad de nuestra vida, aunque seamos pecadores? Porque tenemos el peligro de ni siquiera ante Dios que conoce de verdad hasta el fondo nuestros corazones, somos capaces de reconocer nuestra indigencia, nuestra pobreza espiritual o nuestro pecado. Despojémonos de nuestros orgullos y vanidades, entremos por el camino de la sinceridad y de la verdad y encontraremos a Dios. Nos vamos a encontrar un Dios compasivo y misericordioso que nos ama a pesar de nuestros pecados y nos ofrece generosamente el perdón de su misericordia.

domingo, 13 de diciembre de 2015

Que los aires de alegría que ya resuenan porque llega la navidad surjan de forma profunda de nosotros porque seamos instrumentos de reconciliación y de paz entre los que nos rodean

Que los aires de alegría que ya resuenan porque llega la navidad surjan de forma profunda de nosotros porque seamos instrumentos de reconciliación y de paz entre los que nos rodean

Sofonías 3, 14-18ª; Sal.: Is 12, 2-3; Filipenses 4, 4-7; Lucas 3, 10-18
En la medida que avanza diciembre vamos observando que cambia el ambiente de nuestras calles, de lo que es la vida comercial, la ornamentación que va apareciendo en nuestras calles y plazas, lo que son los programas de los medios de comunicación e incluso en nuestros hogares parece que surge algo nuevo y se vislumbra una nueva alegría o al menos un ambiente de fiesta. Ya incluso vamos escuchando felicitaciones de navidad que se nos desean desde distintos lados y hasta la música tiene como un nuevo sentido en unas canciones que llamamos navideñas.
Se acerca la Navidad. Suena algo distinto aunque creo que es necesario también un sentido critico para ver realmente cual es la motivación de esa fiesta y alegría e incluso analizar el sentido de muchas de esas canciones que llamamos de Navidad y en las que en muchas de ellas no aparece ni la más mínima referencia a lo que para nosotros es el verdadero sentido de la navidad. Podríamos hacernos muy diversas consideraciones en este sentido.
Nosotros, los cristianos que queremos dejarnos conducir de la mano de la Iglesia y con un profundo sentido de fe también escuchamos en la liturgia la invitación a la alegría por la ya cercana navidad. Los textos de la liturgia de este domingo han dado motivo para el nombre del gaudete o de la alegría con que mencionamos este tercer domingo de Adviento. Son las invitaciones que nos hace el profeta y repetidamente el apóstol Pablo en el texto de la carta a los Filipenses que hoy escuchamos. ‘Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres’, nos decía el apóstol. Mientras el profeta nos gritaba ‘regocíjate, hija de Sión, grita de júbilo, Israel; alégrate y gózate de todo corazón, Jerusalén…’
Y ¿cuál es el motivo de ese grito que nos invita insistentemente a la alegría? Viene el Señor y con El llegará la paz a nuestros corazones; viene el Señor y se va a manifestar su misericordia que nos perdona todos los pecados; viene el Señor y nuestros corazones se sentirán transformados por el amor para vivir en un estilo y sentido nuevo; viene el Señor y se va a realizar algo nuevo en nosotros porque nuestras vidas se transformarán y viviremos en una paz y una nueva armonía que nos hará sentirnos verdaderamente felices haciendo más felices a los que están a nuestro lado.
Efectivamente, recojamos, sí, todos esos anhelos de alegría y felicidad que estos días parecen reinar de manera especial en el corazón de cuantos nos rodean; recojamos todo eso, sí, pero no para vivir una navidad más en la cual durante unos días vamos a ponernos buena cara y vamos a sentirnos un poco más unidos y luego todo pase y todo siga igual. Vamos a tratar de vivir con un sentido hondo la navidad y porque llega este momento precioso en que celebramos el nacimiento del Señor, vamos a tratar de hacer que en verdad llegue a nuestra vida y derribemos de verdad esos muros que tantas veces hemos interpuesto entre nosotros, no solo para vivir unos días en paz y alegría, sino para sentirnos en verdad transformados por la presencia del Señor y hagamos que ya para siempre las cosas sean distintas.
Y claro cuando tenemos esos verdaderos deseos dentro de nosotros ya comenzamos a pregustar la alegría de lo que vamos a vivir. No será una navidad externa, superficial, donde hagamos una serie de cosas simplemente porque toca, porque toca comer en familia, porque toca felicitarnos y tenernos buenos deseos los unos con los otros, o porque todo el mundo está de fiesta y nosotros no vamos a desentonar.
Vamos a darle profundidad a lo que hagamos; si Jesús ha venido para traernos la reconciliación y la paz, si El ha venido, como nos decía el profeta, para que se cancelen nuestras deudas y condenas, nosotros vamos a tener verdaderos gestos de reconciliación y de paz con todos, vamos a romper esas barreras que tantas veces nos separan o nos aíslan y vamos a acercarnos con buen corazón a cuantos nos rodean. Estaremos haciendo verdadera navidad y toda nuestra alegría tendrá hondo sentido. ‘Y la paz de Dios que sobrepasa todo juicio, nos decía el apóstol, custodiará vuestros corazón y vuestros pensamientos en Cristo Jesús’.
En el evangelio hemos contemplado una vez la figura de Juan que predicaba en el desierto allá junto al Jordán preparando los caminos del Señor invitando a la conversión, al cambio de manera de vivir para acoger al Mesías que llegaba bautizándolos en el agua del Jordán. ¿Cuáles eran las pautas de esa transformación de sus vidas para preparar los caminos del Señor? La gente que se acercaba a El le preguntaba: ‘¿Entonces, qué hacemos?’ Es la pregunta que nosotros también tenemos que hacernos. ¿Qué hacemos para que nuestra alegría sea completa? ¿qué hacemos para vivir con profundidad la navidad que se acerca? ¿qué hacemos para que haya una auténtica alegría en nuestro corazón?
Según fuera la gente que se iba acercando a Juan con la pregunta él les iba respondiendo de forma muy concreta; y les invitaba a compartir de verdad los unos con los otros abriendo los ojos del corazón a las necesidades de los demás, a ser honrados y responsables en sus actividades y en lo que era toda su vida, a no dejarse confundir ni arrastrar por la violencia que imperaba en tantos ambientes en su alrededor, a ser justos en su actuación en todas las facetas de su vida no cayendo en redes de sobornos ni corrupción, a poner verdadera humanidad en sus corazones para no ser ásperos ni exigentes con los demás mientras nosotros vivimos a nuestro aire, a ser capaces de ser comprensivos con los demás ofreciendo generosos el perdón como compasivo y misericordioso es el Dios que nos perdona…
Muchas cosas les va señalando el Bautista con una claridad pasmosa - tan pasmosa que le llevaría a la cárcel porque incomodaba a Herodes y Herodías cuando les denunciaba claramente la vida impura que llevaban - y que tiene una clara traducción también en lo que es nuestra vida de hoy, en los errores en que nosotros podemos caer, o en el ambiente insolidario, injusto y corrupto en que se vive en nuestra sociedad.
¿Queremos nosotros vivir de forma auténtica la alegría de la Navidad ya cercana? Hagámonos con toda sinceridad la pregunta; hagamos silencio en el corazón para escuchar al Señor que nos habla y señala todo lo que tendríamos que transformar en nuestra vida; abramos de verdad nuestro espíritu a la llega del Señor a nosotros y dejémonos transformar por su gracia. Comencemos ya a poner paz y amor en nuestras relaciones con los demás; abramos bien los ojos para aprender a mirar con mirada nueva a cuantos nos rodean y a esa sociedad en la que vivimos que hemos de transformar; seamos signos de la misericordia divina que se derrama sobre nosotros pero para que alcance también a los demás y todos puedan conocer lo que es la misericordia y la gloria del Señor.

sábado, 12 de diciembre de 2015

Lo maravilloso es hacer extraordinariamente bien las cosas pequeñas de cada día

Lo maravilloso es hacer extraordinariamente bien las cosas pequeñas de cada día

Eclesiástico 48,1-4.9-11; Sal 79; Mateo 17,10-13

Si surgen cosas espectaculares y grandiosas enseguida les prestamos atención, corremos allí donde podamos contemplarlas, y pronto corre la noticia de boca en boca de manera que en poco tiempo todos tienen conocimiento del acontecimiento. Sin embargo hay cosas maravillosas que suceden cada día en el silencio de lo ordinario y sin hacer ruido y a eso no le prestamos atención y pasarán desapercibidas.
Podemos referirnos a acontecimientos o hechos que pueden formar parte de nuestra historia, pero podemos hacer referencia también a las personas; lo que es llamativo, escandaloso enseguida es conocido de todo el mundo, pero esas personas que en el silencio y la humildad no se cansan de hacer el bien, de cumplir fielmente con todas sus responsabilidades y obligaciones en el cumplimiento de su deber o de los compromisos que haya adquirido con la sociedad que le rodea, nadie las conoce y las valora. Cosas para hacernos pensar, para aprender a valorar lo maravilloso de lo ordinario realizado extraordinariamente bien.
En el evangelio escuchamos una pregunta que le hacen los discípulos a Jesús sobre la venida de Elías, el profeta que como narraban las Escrituras había sido arrebatado al cielo en un carro de fuego. Estaba muy extendido en la época de Jesús desde las enseñanzas de las escuelas rabínicas que como había anunciado el profeta Malaquías volvería Elías también de forma espectacular. Estaban expectantes; recordemos que es la pregunta que le hacen al Bautista desde aquella embajada venida de Jerusalén. ‘¿Eres tú Elías?’
Pero Jesús viene a responderles a los discípulos que Elías ha venido ya si así lo quieren aceptar. El evangelista comentará que ellos entendieron que se refería a Juan Bautista. Podríamos recordar que el ángel del anuncio a Zacarías le dice que vendrá con el espíritu y el poder de Elías. Sin embargo como no se había manifestado tal como ellos lo esperaban de forma espectacular no supieron verlo ni aceptarlo. Aquel profeta surgido allá en el desierto en la mayor pobreza y austeridad no daba la imagen para ellos de lo espectacular que esperaban. Pero así se había manifestado Juan con el espíritu y el poder de Elías preparando para el Señor un pueblo bien dispuesto.
Así también fue la vida de Jesús. El camino que nos enseñaba Jesús que era el mismo que El recorría no era fácil aceptarlo. Era fácil estar con Jesús cuando realizaba signos maravillosos en los milagros ya curara enfermos, les diera de comer en el desierto o resucitara muertos, pero el día a día de la humildad de la sencillez, el día a día en que se acercaba a los pobres y a los últimos, a los enfermos y a todos los que se consideraban marginados era más difícil de seguir. Por eso incluso los discípulos discutían entre ellos peleándose por los primeros puestos pues les costaba entender el camino de hacerse el último, de no dejarse notar y pasar desapercibido, de entregar la vida en el servicio y en el amor hasta llegar al extremo era más difícil de seguir.
Aprendamos a realizarnos en lo pequeño aunque pase desapercibido; aprendamos a poner amor en todo lo que hagamos siendo capaces de hacernos los últimos; sepamos descubrir en esa gente sencilla que camina a nuestro lado todo lo bueno que hacen; seamos capaces de hacer extraordinariamente bien y con fidelidad total esas pequeñas cosas de cada día; no busquemos la espectacularidad en lo que hagamos que ya Jesús nos enseña a que no sepa la mano izquierda lo que hace la derecha; que nos preocupemos simplemente de realizar esas buenas obras de cada día, que ya brillarán por si mismas para que todos den gloria al Padre del cielo. 

viernes, 11 de diciembre de 2015

Vayamos siempre con buen corazón al encuentro de los demás valorando lo bueno que hay en los otros sin desconfianzas ni prejuicios

Vayamos siempre con buen corazón al encuentro de los demás valorando lo bueno que hay en los otros sin desconfianzas ni prejuicios

Isaías 48,17-19. Sal 1. Mateo 11,16-19

¿Por qué siempre tenemos que tener la mosca tras la oreja para no saber valorar lo que hacen los demás? ¿Por qué no podemos pensar que lo bueno que hacen los otros no tiene una segunda intención detrás? Nos pasa demasiado frecuentemente en muchos aspectos o facetas de la vida.
Claro que cada uno tiene sus criterios, su manera de ver las cosas e incluso de hacerlas; es cierto que no siempre tenemos que estar de acuerdo en lo que hacen los demás y nosotros podemos tener nuestro punto de vista. Pero eso no quita para que valoremos lo que es bueno en si mismo, para que demos por supuesto la buena intención, el buen deseo y rectitud en la manera de actuar del otro; pero nos sucede, sobre todo cuando al otro lo consideramos un contrincante, que siempre nos aparece primero ese pensamiento negativo que valorar lo positivo y bueno que tengan los demás.
Como decía nos sucede en todas las facetas de la vida, porque no es ajeno a esta situación lo que sucede en nuestras relaciones familiares, o incluso en nuestro trato con los amigos, y no digamos nada cuando se meten las ideas políticas por medio, en que nunca el contrincante puede tener la razón, o al menos no se la damos ni se la reconocemos.
Es lo que también nos refleja el evangelio del día. Ni querían aceptar a Juan porque les parecía quizá demasiado duro y exigente y en los deseos de desprestigiar llegaban a decir que tenía un demonio dentro, ni aceptaban a Jesús por su cercanía a los pobres, a los pequeños, a los pecadores. Parecéis como niños, les viene a decir Jesús. '¿A quién se parece esta generación? Se parece a los niños sentados en la plaza, que gritan a otros: Hemos tocado la flauta, y no habéis bailado; hemos cantado lamentaciones, y no habéis llorado'.
Una ocasión que nos da el evangelio para que reflexionemos por una parte en como aceptamos a Jesús y su evangelio, pero también por otro lado para que aprendamos a aceptarnos unos a otros valorando siempre lo bueno que hay en los demás. Que distintas serian nuestras relaciones entre unos y otros si aprendiéramos a valorarnos, a tener en cuenta lo bueno de los demás, a alejar de nosotros esas sospechas de segundas intenciones que tenemos tantas veces cuando vemos lo bueno de los demás, a quitar todo tipo de prejuicios. El mundo lo construimos a partir de ese grano de arena bueno que cada uno pongamos. 

jueves, 10 de diciembre de 2015

No convirtamos la vida en una lucha para los prepotentes, sino en una actitud humilde de servicio para hacer felices a los demás

No convirtamos la vida en una lucha para los prepotentes, sino en una actitud humilde de servicio para hacer felices a los demás

Isaías 41,13-20; Sal 144; Mateo 11,11-15

En la lucha de la vida parece que gana el más prepotente, el que se presenta con más fuerza y parece que con su ímpetu, con sus iniciativas, con su creatividad todo lo avasalla y poco menos que arrasa a los que son más débiles. He comenzado diciendo, sí, en la lucha de la vida, y es que de alguna manera parece que eso es en lo que la hemos convertido, en una lucha de manera que la palabra ya nos sale como espontánea y no hubiera otra que lo definiera. Pero ¿en eso hemos de convertir la vida? ¿En una prepotencia que todo lo arrolla a nuestro alrededor con tal de yo conseguir lo mejor, más poder, más ganancias, más influencias?
Influenciados por el ambiente que nos rodea podemos sentirnos confusos y hasta acobardados si nosotros no logramos ser así. Nos sentimos insatisfechos quizá por no conseguir esos triunfos o porque nos cuesta comprender o hacer comprender que otros tendrían que ser los valores que verdaderamente nos pueden hacer felices haciendo felices también a los demás. Y es aquí donde entran en contraposición los valores del evangelio, lo que Jesús tantas veces nos repite.
Fijémonos en lo que nos dice hoy el evangelio. Jesús nos habla de la grandeza de Juan, el Bautista. ‘Os aseguro que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan, el Bautista’. Y en verdad que así era por la misión con que había venido, de ser el precursor del Mesías. ‘Profeta y más que profeta’, dirá Jesús. Pero a continuación añade: ‘aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él’. El más pequeño que ha entendido lo que es el Reino de los cielos - y cuando digo ha entendido quiero decir que lo ha entendido y lo ha convertido en sentido de su vida - es más grande que el Bautista.
Realmente tendríamos que decir que el Bautista también vivía en esos valores del Reino. Bien sabemos cuál era el estilo de su vida de penitente allá en el desierto. Y escucharemos decir a Juan  que su misión es menguar él para que el que viene, el Mesías anunciado, crezca. Y veremos cómo con la presencia de Jesús pronto Juan irá desapareciendo hasta que inmole su vida en el martirio de su muerte injusta.
Es lo que Jesús nos irá enseñando en el Evangelio; en lo que tanto insistirá a sus discípulos cuando los ve discutiendo por los primeros puestos. Que no puede ser a la manera de los poderosos de este mundo, que el discípulo no se las puede ir dando de prepotente imponiéndose y manipulando a todos; que el verdadero discípulo de Jesús es el que saber hacerse el último y el servidor de todos. El más pequeño es el más grande, que nos dice hoy en su comparación con Juan Bautista.
Que no nos dejemos contagiar por ese espíritu del mundo. Que sepamos ser en verdad los últimos porque seamos servidores de los demás. Que no nos cansemos nunca de hacernos pequeños, servidores. En María tenemos el ejemplo y el estímulo quien era escogida para ser la madre de Dios y sin embargo se llama a si misma la esclava del Señor. En muchas cosas tenemos que meditar en nuestro camino de Adviento para vivir intensamente la esperanza de la venida del Señor.

miércoles, 9 de diciembre de 2015

Una fuerza interior, una espiritualidad que forjamos en Jesús y su evangelio para darnos un sentido profundo a la vida

Una fuerza interior, una espiritualidad que forjamos en Jesús y su evangelio para darnos un sentido profundo a la vida

Isaías 40,25-31; Sal 102; Mateo 11,28-30

¿De dónde saca fuerzas para tanto?, nos preguntamos a veces cuando vemos alguien que se mantiene fuerte en sus luchas a pesar de los problemas que se acumulan y a los que tiene que hacer frente, que es capaz de estar siempre con nuevas iniciativas buscando cómo hacer para ayudar a los demás, o que parece incansable en medio de todas las tareas que ha asumido con responsabilidad comprometido siempre por lo bueno y por lo justo. Nos damos cuenta de que no es solo una fachada exterior ni un activismo superficial lo que lo guía, sino que descubrimos una profundidad, un sentido hondo en todo aquello por lo que está comprometido y que es la fuerza para todo lo que hace.
Terminamos por reconocer que hay en esas personas una fuerza interior que es como el motor de su vida. Suelen ser personas de una vida interior profunda; personas reflexivas pero no concentradas en si mismas; personas con raíces hondas, con principios muy claros sobre lo que quieren y por lo que trabajan; personas de espíritu fuerte, porque tienen una espiritualidad bien anclada en aquello que nunca les va a fallar.
Necesitamos personas así en nuestra vida que nos estimulen a que nosotros también deseemos esa vida interior que será la que nos dará fuerza, la que nos despertará de nuestros letargos y rutinas, la que será fuerza en nuestros cansancios y agobios que nos va presentando la vida. Necesitamos ser esas personas de profunda vida interior que nos aleje de tantas superficialidades a las que nos sentimos tentados; necesitamos forjar una verdadera espiritualidad en nosotros.
Todo eso el auténtico creyente lo va encontrando en Dios; todo eso el verdadero cristiano que no lo es solo de nombre lo ha encontrado en Jesús. Por ahí ha de ir nuestra vida interior, nuestra espiritualidad profunda que nos dará sentido y fuerza para nuestra tarea, para nuestra lucha de cada día, para el desarrollo de nuestras responsabilidades, para ese compromiso que como cristianos hemos de vivir. Es nuestra espiritualidad cristiana bien anclada en la vivencia profunda de la presencia de Jesús en nuestra vida.
‘Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré…y encontraréis vuestro descanso...’ Es nuestro descanso y es nuestra fuerza, es nuestra vida y es nuestra razón de ser. Con Cristo en nosotros no habrá cansancios ni abandonos; con Cristo a nuestro lado nuestro deseo será amar con su mismo amor.
Por eso el cristiano ha de cultivar una autentica espiritualidad cristiana; necesitamos vivir unidos a Jesús, escucharle profundamente en nuestro interior, sentir su presencia que nunca nos falla. No es solo que digamos de palabra que creemos que tenemos fe en Jesús, sino que en El ponemos toda nuestra esperanza, la confianza de nuestra vida. Un cristiano es un rumiador - permítanme la palabra - del mensaje del evangelio, porque lo reflexionamos, lo hacemos nuestro, lo plantamos allá en lo más interior de nosotros mismos para convertirlo en el sentido de nuestra vida.
El cristiano ha de ser un hombre de oración no solo porque sepa acudir a Dios en todas sus necesidades o darle gracias reconociendo cuanto de Dios recibimos, sino porque sabemos escuchar de verdad la Palabra de Jesús en nuestro corazón. Es una tarea que intensificamos en este camino de Adviento esperando que sea uno de los frutos que como ofrenda presentemos a Jesús en su nacimiento.

martes, 8 de diciembre de 2015

Nos alegramos con María, la bendecida de Dios, que se convierte en aurora de la salvación y anuncio de la misericordia de Dios

Nos alegramos con María, la bendecida de Dios, que se convierte en aurora de la salvación y anuncio de la misericordia de Dios

Génesis 3, 9-15. 20; Sal 97; Efesios 1, 3-6. 11-12; Lucas 1, 26-38
‘Alégrate, Dios te salve, la llena de gracia’ la saludó el ángel en Nazaret. ‘Alégrate’ y María se quedó rumiando aquellas palabras. ¿Qué saludo era aquel? ¿Qué significaba aquella invitación a la alegría? ¿Qué quería decirle el ángel del Señor? María se turbó, dice el evangelista.
‘Alégrate…’ llegan en verdad días de alegría; alégrate porque se ha cumplido el tiempo; alégrate porque se comienzan a realizar las promesas hechas desde antiguo; alégrate porque llegan los días de la salvación. Lo que repetidamente habían ido anunciando los profetas ahora tenía su cumplimiento. Llegaba el tiempo de la salvación; llegaba el que escacharía la cabeza de la serpiente, el que venía a vencer al maligno.
¿Qué estaba queriendo anunciarle el ángel? ¿Qué buena noticia se le estaba dando que era motivo de alegría para ella? Más tarde esos mismos ángeles van repetir ese anuncio de alegría, porque será  alegría para todos, para vosotros y para todo el pueblo. ¿Por qué a ella le llegaba ahora ese anuncio y esa invitación a la alegría?
‘Alégrate, llena de gracia’, le había dicho el ángel. Allí estaba la agraciada del Señor, aquella sobre la que el Señor desde siempre la había llenado de gracia porque iba a tener una misión especial. Era, sí, un motivo de alegría. Por eso le dice el ángel, ‘alégrate… no temas, has encontrado gracia ante Dios’, se ha querido fijar en ti, ha vuelto su rostro sobre ti y te ha llenado de gracia. ‘Has encontrado gracia ante Dios’ porque Dios para ti tiene una misión; vas a ser Madre, ‘concebirás en tu vientre’, aunque ahora tu no lo entiendas, ‘y darás a luz un hijo’, que no es un hijo cualquiera, es un hombre como todos los hombres pero es ‘el Hijo del Altísimo… le pondrás por nombre Jesús, porque El salvará al pueblo de sus pecados’.
María se sentía sorprendida y al mismo tiempo agradecida; era la llena de gracia, en la que Dios se había fijado, vuelto su mirada, a la que Dios había elegido ‘desde antes de la creación del mundo’ la había elegido y la había predestinado. María es la bendecida de Dios y la que hará posible que esa bendición llegue también a toda la humanidad. El Sí con que iba a responder María iba a convertirse en el Sí de la bendición de Dios para todos los hombres.
‘Alégrate…’ le decía el ángel y continuaba anunciándole cosas que ella no entendía. ‘¿Cómo será eso pues no conozco varón?’ replicaba María, pero el ángel le da la solución de todo. Eres la llena de gracia porque ‘el Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Espíritu te cubrirá con su sombra; el Santo que va a nacer de ti se llamará Hijo de Dios’.
Se alegraba María aunque se sentía sobrecogida por lo que Dios le estaba confiando. Lo que habían esperado durante siglos ahora se estaba comenzando a realizar. No era un profeta, no era simplemente un hombre de Dios quien de sus entrañas iba a nacer, era el Hijo de Dios, era el que había sido anunciado como el Mesías Salvador, el que venía a restaurar los corazones, el que nos devolvía la dignidad, el que nos engrandecía haciéndonos a nosotros hijos, el que venía como Redentor del mundo y Juan lo señalaría allá junto al Jordán como el ‘Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’.
‘Alégrate, María, eres la llena de gracia’ y su corazón iba a cantar las glorias del Señor porque su espíritu se regocijaba en Dios su Salvador que se había fijado en su pequeñez, en la humildad de quien ahora se proclamaba la esclava del Señor. ‘Alégrate, María…, porque todas las generaciones te van a felicitar’, porque Dios hace cosas grandes en ti, pero porque eres el tipo y el modelo de cuantos han de escuchar la Palabra de Dios y plantarla en su corazón y Jesús mismo proclamará la bienaventuranza sobre ti.
‘Alégrate, María…’  porque todo va a comenzar siendo nuevo, porque se derrama la misericordia del Señor que El había prometido desde antiguo, porque los humildes y los pequeños serán ensalzados, mientras los soberbios y poderosos serán derribados de sus tronos.
Se alegra María y nos alegramos nosotros hoy en su fiesta. Nos alegramos porque María es aurora que nos anuncia la salvación. En María estamos intuyendo ya los resplandores de luz y de gracia que con Cristo nos van a llegar. En este camino de Adviento, mientras esperamos al Salvador, mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Señor Jesucristo, miramos a María la llena de gracia, la rebosante de la alegría de Dios y nos llenamos de esperanza, y queremos hacer el camino siguiendo los pasos de María; y como María queremos estar rebosantes también de esa alegría de Dios y abrir nuestro corazón a Dios para que se desborde también su gracia sobre nosotros.
Celebramos a María y vemos cómo ella hace posible que se abran las puertas de la misericordia para nosotros porque nos llega el Salvador. ‘Su nombre es santo y su misericordia llega nosotros de generación en generación’  cantaría María. Por eso a ella la llamamos nuestra Madre, la Madre de Dios, pero la madre y reina de la misericordia.
En este día en Roma el Papa ha querido abrir la puerta santa del perdón en el año de la misericordia que hoy se inicia para toda la Iglesia. No podía buscarse otro día mejor que en el que contemplamos a María, la aurora de la misericordia y el perdón, que al aceptar el plan de Dios para su vida, se convierte en plan de salvación para todos los hombres. De mano de María queremos acudir confiados ante Dios porque si sabemos ir como María con humildad y con amor, en Dios siempre vamos a encontrar esa misericordia y ese perdón.
Pero yendo de manos de María aprendamos de su corazón generoso y lleno de amor copiando en nosotros esos sentimientos de misericordia con los que hemos de presentarnos ante nuestros hermanos, los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Que nuestras vidas reconciliadas con Dios e inundadas de esa gracia misericordiosa del Señor se conviertan en signos para los demás que les hablen de ese amor misericordioso de Dios.



lunes, 7 de diciembre de 2015

Nunca seamos barrera que impida a los demás acercarse a la luz de la salvación sino que carguemos con la camilla de los demás para llevarlos a Jesús

Nunca seamos barrera que impida a los demás acercarse a la luz de la salvación sino que carguemos con la camilla de los demás para llevarlos a Jesús

 Isaías 35,1-10; Sal 84; Lucas 5,17-26

Algunas veces la cerrazón de nuestra mente se convierte en obstáculo y dificultad para el bien de los demás. Nos encerramos en nuestras ideas, en nuestra manera de pensar o de ver las cosas y podríamos decir que en todo vemos fantasmas, no creemos en los demás, andamos con desconfianza y a la defensiva, todo lo que hacen los otros filtrado por los ojos de nuestra malicia lo vemos siempre mal o un peligro. Y hacemos daño a los demás; como decíamos al principio nos podemos convertir en obstáculo para que otros se acerquen a la verdad o realicen el bien.
Es un primer pensamiento que me surge al escuchar el evangelio de este día. Jesús estaba enseñando y alrededor estaban los escribas y fariseos. Y ya vemos a lo largo de este episodio y por lo que conocemos de otros momentos del evangelio cuál era su actitud. Estaban siempre al acecho de lo que Jesús dijera o hiciera. En este episodio les veremos saltar enseguida ante lo que Jesús dice y hace.
Pero fijémonos en ese primer momento, porque llegan unos hombres de buena voluntad que traen en una camilla a un paralítico para que Jesús lo cure; pero no pueden entrar porque estaba todo lleno; pero, ¿quiénes eran precisamente los que en ese momento rodeaban a Jesús? aquellos escribas y fariseos que sentados - como a la distancia en sus actitudes - rodeaban a Jesús. Había mucha gente hasta la puerta, pero había obstáculos para poder llegar hasta Jesús. El obstáculo se mostrará también luego en sus juicios y murmuraciones que siempre trataban de desprestigiar a Jesús.
Cosas así siguen sucediendo, y suceden también en nuestro tiempo. Podíamos pensar en muchas cosas; podríamos pensar en todos aquellos que siempre están haciendo un juicio malicioso contra la Iglesia; podríamos pensar también en quienes dentro de la misma iglesia siempre están a la defensiva de lo que hacen sus pastores, de las buenas iniciativas pastorales que puedan tomar y que siempre quieren echar abajo; podríamos pensar, incluso, en ciertas resistencias que el mismo Papa Francisco está encontrando en su entorno para la renovación que quiere realizar en la Iglesia.
Aquellos buenos hombres que vienen con fe hasta Jesús para que el paralítico sea curado no se arredran sino que tomarán la audaz iniciativa de abrir un boquete por la azotea para que el enfermo llegue a los pies de Jesús. Tendríamos que tomar nota que tantas veces nos acobardamos con las dificultades o nos falta iniciativa para encontrar caminos con los que hacer el bien a los demás. Son tantas las camillas de nuestros hermanos que sufren que tendríamos que aprender a cargar. Decimos que no sabemos que hacer muchas veces. Dejemos arder el fuego del amor en el corazón y encontraremos esos caminos; el Espíritu del Señor nos irá inspirando y dando la fuerza que necesitamos.
Mucho más podríamos seguir reflexionando sobre este evangelio. En él vemos realmente la salvación que Jesús quiere ofrecernos. ‘Tus pecados están perdonados’, le dirá al paralítico y luego le mandará que se levante y cargue con su camilla para regresar a casa. Jesús llega a nuestra vida, nos trae el perdón que nos renueva, que nos levanta de esa camilla de tantas limitaciones que tenemos en nuestra vida y que nos atan. Quiere en nosotros una nueva vida. Dejemos que su salvación llegue a nosotros y nunca seamos obstáculo para que llegue a los demás. Es más, hagamos como aquellos buenos hombres, llevemos a los demás hasta Jesús que en El encontraremos siempre la salvación.

domingo, 6 de diciembre de 2015

En el hoy de nuestra historia nos llega también una Palabra de esperanza que nos anima a recorrer los caminos nuevos que construyen el Reino de Dios hoy

En el hoy de nuestra historia nos llega también una Palabra de esperanza que nos anima a recorrer los caminos nuevos que construyen el Reino de Dios hoy

Baruc 5, 1-9; Sal 125; Filipenses 1, 4-6. 8-11; Lucas 3, 1-6
La historia de la salvación está escrita en las mismas páginas de nuestra historia. Es la salvación, que es lo mismo que decir que el amor de Dios se hace palpable en nuestra historia; la historia de todos los tiempos pero es que es también nuestra historia de hoy, la historia del mundo presente en que vivimos y que es también nuestra historia personal.
La historia nos refleja lo que ha sido el desarrollo de la vida del hombre desde su creación y en esa historia ha estado siempre presente Dios, porque El es el origen de nuestra vida, pero también porque no se ha desentendido del devenir humano sino que siempre se ha hecho presente, interviniendo en nuestra historia, en la carrera de nuestra vida, y manifestándonos su amor y su voluntad de salvación.
En un momento concreto de la historia humana se hizo de manera especial en Jesús, el Emmanuel, para ser Dios con nosotros y manifestarnos, revelarnos en plenitud hasta donde llegaba su amor. Miramos ese momento concreto y nos alegramos en él y lo celebramos, pero sintiendo cómo Dios se sigue haciendo presente en el hoy de nuestra historia, en el hoy de nuestra vida, la vida de nuestra humanidad y de ese lugar concreto en el que vivimos y hacemos comunidad, y en nuestra vida personal.
Hoy el evangelio nos ha dado la situación concreta de aquel momento de plenitud de revelación pero ahí hemos de saber hacer lectura de nuestra historia, de nuestra vida y de esa presencia salvadora de Dios, de manera que si situamos aquel momento histórico en que vino la Palabra de Dios sobre Juan como nos dice el texto evangelio, situemos nuestro momento presente con sus luces y con sus sombras donde sigue llegando esa Palabra de Dios sobre nosotros, como verdadera luz para nuestra vida y nuestro mundo.
La Palabra en aquel momento surgía como un torrente de los labios y de la vida de Juan Bautista que venia para preparar los caminos del Señor. Los profetas habían anunciado como en un nuevo éxodo aquellos caminos escabrosos entre montañas y barrancos habrían de convertirse en camino nuevo para que el nuevo Israel caminase con seguridad guiado por la gloria de Dios.
¿Y qué tenemos que decir ahora, en el hoy de nuestra vida, en este año concreto y en este momento histórico concreto en el que vivimos? También en este mundo de tantas inseguridades y angustias, de tantos sufrimientos y problemas - y pensamos en el momento mundial en el que vivimos con crisis de todo tipo, con terrorismos y con guerras, con tantos miedos e inseguridades, con gente que huye y marcha de un lado para otro en nuestro mundo, como cada uno ha de pensar en su vida personal con sus problemas, sus miedos y temores, sus inseguridades, sus sufrimientos y sus carencias… - en este momento nos llega también la Palabra del Señor a nuestra vida y a nuestro mundo.
Una Palabra que nos viene del Señor y que quiere levantar nuestra esperanza; una Palabra que nos habla de ese mundo nuevo que tenemos que comprometernos a construir; una Palabra que quiere poner un rayo de luz en nuestra vida para hacernos ver esos caminos nuevos por donde tendríamos que marchar y que son los que harían mejor nuestro mundo.
Juan predicaba un bautismo de conversión para la renovación total de nuestras vidas y nos decía cómo nuestros caminos tendrían que ser diferentes; no nos podemos dejar devorar por los barrancos que nos hagan caer en precipicios de desolación, ni nos podemos acobardar por las montañas de obstáculos que se nos interpongan en nuestro camino, como no nos podemos dejar seducir por señuelos que nos engañen prometiéndonos felicidades prontas que se vuelven efímeras y nos alejarían de la verdadera meta de nuestra vida.
No nos dejemos engañar por la mentira y los falsos brillos de la comodidad y de la insolidaridad; no nos dejemos confundir dejándonos arrastrar por nuestro orgullo, amor propio o vanidad que nunca nos dejarían satisfechos; no nos encerremos en nosotros mismos pensando que por nosotros solos nos valemos y no necesitamos de los demás ni de caminar haciendo camino juntos; no endurezcamos nuestro corazón haciéndolo insensible al sufrimiento de los que nos rodean.
Son caminos nuevos los que hemos de caminar dejándonos conducir por la gloria del Señor, dejándonos iluminar por su Palabra que nos reprende y nos corrige - cuántas cosas tenemos que examinar y revisar -, pero también nos alienta y nos señala los caminos nuevos del amor para crear en verdad esa civilización del amor. Son los caminos nuevos que nos abren al amor y a la misericordia; que nos hacen comprensivos y nos ayudan a aceptar a los demás para saber caminar juntos; que nos llenan de ternura y nos harán tener gestos y actitudes nuevas de sinceridad, de verdad, de justicia en nuestras relaciones con los demás; son los caminos nuevos que nos conducen a vivir el Reino de Dios.
Así estaremos viviendo verdadero Adviento. Así sentiremos de verdad en el hoy de la historia, de nuestra historia, la presencia salvadora del Señor. Así llegaremos a vivir con todo sentido una verdadera Navidad que ya no será solo un recuerdo de la historia, sino un hacerse historia en el hoy de nuestra vida la salvación y presencia de amor de Dios. Podremos cantar en verdad ‘el Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres’.

sábado, 5 de diciembre de 2015

El rostro compasivo y misericordioso de la Iglesia con todos los pecadores y los que sufren hace presente el Reino de Dios

El rostro compasivo y misericordioso de la Iglesia con todos los pecadores y los que sufren hace presente el Reino de Dios

Isaías 30,19-21.23-26; Sal 146; Mateo 9,35–10,1.6-8

‘Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, anunciando el Evangelio del reino y curando todas las enfermedades y todas las dolencias. Al ver a las gentes, se compadecía de ellas…’ En pocas palabras resume el evangelista la manera de actuar de Jesús.
Y nos sentimos confortados. Sabemos cómo en Jesús encontramos consuelo y alivio en nuestros sufrimientos, carencias y necesidades. Contamos con Jesús, con su amor, con su compasión, que humanamente no siempre encontramos en los demás. Como nos decía el profeta cuando el Señor vende la herida de su pueblo y cure la llaga de su golpe’ sentiremos paz en nuestro corazón, alivio y salud en nuestros sufrimientos, consuelo en nuestras penas y soledades, salvación para nuestra vida. Con confianza total podemos acudir a Jesús, tenemos que acudir a Jesús.
Pero es la misión que nos ha encomendado; es la misión que le ha encomendado a sus discípulos y a cuantos creen en El; es la misión que tiene que seguir realizando la Iglesia. ‘Y llamando a sus doce discípulos, les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia. A estos doce los envió…. Id y proclamad que el reino de los cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios. Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis’.
Así tiene que manifestarse siempre y con todos la Iglesia, compasiva y misericordiosa. No pueden ser otros los sentimientos ni la manera de actuar con los pecadores, con todos los que sufren. Quiere hacerlo la Iglesia y ahí contemplamos cuantas obras de misericordia realiza en sus hijos a través de todos los tiempos y en todos los lugares. Ahora estamos a las puertas del año de la misericordia al que nos ha convocado el Papa y que comenzará el próximo martes.
Que se manifieste esa misericordia de verdad en el rostro de la Iglesia y así lo expresen sus pastores para con todos, y así lo vivamos todos los creyentes en Jesús los unos con los otros. Demasiadas veces nos hemos manifestado o se ha manifestado la Iglesia con un rostro demasiado severo y justiciero. Hay muchos que están sintiendo sobre sí ese rostro severo y no llegan a descubrir esa misericordia del Señor que les ha de llegar en el rostro de la Iglesia. Jesús acogía siempre a los pecadores, a todos los pecadores y para todos tenía esa palabra y ese gesto de la paz y del perdón. Algunas veces pudiera dar la impresión de que para algunos no es esa paz que viene de Dios por algunas manifestaciones que escuchamos o palpamos en nuestro entorno. Y el perdón y la paz que ofrece Jesús son para todos.
Que nosotros que sentimos en nuestra vida esa mirada misericordiosa del Señor seamos capaces de llevar esa paz a los demás, a todos, porque siempre nuestro corazón esté lleno de la ternura y misericordia del Señor y así con esa compasión y ternura nos acerquemos nosotros a los demás. Que no  nos falte esa ternura para con los demás; que siempre llevemos una sonrisa en nuestro rostro cuando nos acerquemos al otro sea quien sea; que abramos en verdad nuestro corazón para que en él quepan todos nuestros hermanos. Así haremos presente el Reino de Dios como lo iban haciendo los discípulos de Jesús curando a los enfermos limpiando a los leprosos, resucitando a los muertos, echando a los demonios. Son tantas las cosas que en este sentido podemos hacer. Así haremos un  verdadero camino de Adviento.