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viernes, 26 de enero de 2024

Tenemos que ser sembradores de semillas de vida en el mundo que nos rodea, en la sociedad en la que vivimos, con la esperanza de que un día darán su fruto

 


Tenemos que ser sembradores de semillas de vida en el mundo que nos rodea, en la sociedad en la que vivimos, con la esperanza de que un día darán su fruto

2Timoteo 1, 1-8; Sal 95; Marcos 4,26-34

Quiero comenzar diciendo algo que podría parecer una perogrullada - una ocurrencia que se sale de tiesto – pero tengo que reconocer que yo creo en la semilla. Sí, la semilla tiene su valor y su significado. Y hoy nos habla Jesús en el evangelio de la semilla, una parábola muy sencilla que solo nos dice que la semilla es echada en tierra, germina y hará nacer una planta que crecerá y un día da fruto; y no nos habla del agricultor que cuida ese campo, no nos habla de lo que hemos de preparar la tierra, sino simplemente de la semilla echada en tierra y que germina. Podíamos decir que no sabemos cómo ni por qué, pero en si misma tiene su virtud, su ser, su esencia, podríamos decir.

¿No hemos visto nacer una planta en los lugares más insospechados? ¿Un árbol frutal que nació allá entre las rocas donde quizás podría parecer imposible que llegara una semilla? ¿Por qué allí y no en otro sitio? Allí llegó la semilla y germinó dándonos una nueva planta. Observaba yo esta misma mañana en mis paseos por los alrededores una pared de piedra que allí se había levantado para salvar un desnivel y a considerable altura se veían surgir plantas silvestres entre las piedras de aquella pared. Allí estaban dando vida y color a la estética de aquella pared.

Y Jesús nos está diciendo que el Reino de Dios es como esa semilla echada en tierra, que germinará y por su misma esa nueva planta puede regalarnos su fruto. Una referencia, es cierto, a la semilla de la Palabra de Dios, como se nos dará referencia y explicación en otras parábolas que nos ofrece Jesús; una referencia a ese Reino de Dios – con él se compara – que germinará en medio de nuestro mundo cuando nos preocupamos de sembrar esa semilla. Esa semilla que son esos valores que nosotros vamos viviendo y ahí en medio de nuestro mundo lo irán contagiando; esa semilla que partirá de nuestros gestos, de nuestras actitudes, de nuestros compromisos, de nuestras buenas palabras con los que queremos enseñar y educar, con los que queremos transmitir lo mejor de nosotros mismos que llevamos en el corazón y queremos vivir.

Somos, tenemos que ser sembradores de semillas en la vida, en el mundo que nos rodea, en la sociedad en la que vivimos. Es importante nuestro testimonio, es importante nuestra palabra, son importantes nuestros gestos. Sembremos aunque nos parezca que lo que hacemos es pequeño e insignificante. Hoy nos ha propuesto Jesús otra parábola habla de la semilla insignificante de la mostaza, pero que nos puede dar una hermosa planta, que como nos dice Jesús en la parábola, hasta los pajarillos pueden anidar entre sus ramas.

      Sin dejarme llevar por orgullos ni vanagloria sí quiero decir que, como bien sabéis los que me leen por Internet, estas pequeñas reflexiones nacidas del evangelio de cada día yo las he querido llamar precisamente así, ‘la semilla de cada día’. Ahí dejo en ese amplio campo de Internet y de las redes sociales esa semilla que quiero plantar cada día, como otras pequeñas reflexiones que cada día ofrezco a mis amigos con el buenos días a las que por su brevedad llamo ‘semillitas’. Es la responsabilidad de sembrar algo bueno y la esperanza de que en alguien germine en cosas buenas para él y para nuestro mundo.

jueves, 25 de enero de 2024

A mí seriamente me preocupa si estoy haciendo ese buen anuncio de la Buena Noticia de Jesús para el mundo de hoy

 


A mí seriamente me preocupa si estoy haciendo ese buen anuncio de la Buena Noticia de Jesús para el mundo de hoy

Hechos de los apóstoles 22, 3-16; Sal 116;  Marcos 16, 15-18

Algunas veces damos las cosas por hechas y no somos capaces de detenernos a pensar si acaso a pesar de lo que aparentemente vemos las cosas se pueden dar por realizadas. Pueden ser cosas que constatamos en la vida de los pueblos, de las gentes que nos rodean, que nos parece que todo está bien; al menos, decimos, las cosas no son como antes, se ha avanzado mucho, las cosas están mejor que en otros tiempos, pero ¿realmente podemos estar satisfechos? ¿Las cosas no podrían estar mejor, por ejemplo, en una cantidad de servicios que se necesitan en la sociedad pero a lo que vemos que no hay respuesta?

Podemos detenernos a pensar en muchas cosas, porque lo encontramos en el ámbito familiar, porque nos lo podemos encontrar en nosotros mismos que de alguna manera nos conformamos con lo que somos o con lo que tenemos, ¿para qué esforzarnos?, pensamos quizás muchas veces y seguimos con lo de siempre.

Como decía podemos detenernos en muchas cosas. Lo podemos pensar de nuestra religiosidad o de los caminos de la Iglesia; lo podemos pensar de nuestra fe y del anuncio del evangelio. Total, pensamos, aquí somos todos cristianos, aquí casi todo el mundo está bautizado – que ya no está tan claro eso -, aquí tenemos nuestra Iglesia y nuestras fiestas del Cristo, de la Virgen o la semana santa y la navidad. Pero tendríamos que plantearnos ¿de verdad el evangelio impregna la vida de todos los que nos llamamos cristianos, de los que celebramos nuestras fiestas o nuestra semana santa?

Hoy que estamos celebrando la conversión de san Pablo – a eso hace referencia precisamente la primera lectura en el relato que él mismo hace – en el evangelio hemos escuchado el mandato de Jesús de ir por el mundo anunciando el Evangelio a todas las gentes. ¿Y qué nos dice este evangelio hoy? Quizás cuando lo escuchamos podemos pensar en aquel momento de la Ascensión de Jesús al cielo y el envío que hace de sus discípulos a predicar por todo el mundo, y nos quedamos tan tranquilos porque pensamos que ya eso no nos afecta a nosotros. O podemos acaso pensar en las misiones, por aquello del domingo misionero del Domund que celebramos todos los años, y pensamos en países lejanos, países del tercer mundo donde haya otras religiones y los cristianos sean minoría. Pero ¿nos podemos quedar así tan tranquilos?

Hoy escuchamos mucho que la Iglesia nos está hablando de la nueva evangelización, que también se necesita en estos lugares que llamamos cristianos y, claro, pensamos que la gente ya viene menos a la Iglesia y que tenemos que buscar formas para atraerlos y vuelven a llenarse nuestros templos como sucedía quizás en otros tiempos. Pero ¿será sólo a eso a lo que nos referimos con la nueva evangelización?

Y es aquí donde tenemos que comenzar a cambiar el chip de nuestra mente, y de nuestras ideas. Evangelio, como todos bien sabemos, es buena noticia, es la Buena Noticia de Jesús cuando nos anuncia el Reino de Dios que hemos de vivir. ¿Y a la gente que nos rodea les suena de verdad como ‘buena noticia’ el evangelio que escuchan, por ejemplo, cuando vienen a la Iglesia por cualquier motivo devocional? Seguramente muchos de ellos de alguna manera se hacen oídos sordos, porque ya sobreentienden que eso lo han escuchado muchas veces y ya no les suena nada nuevo para ellos.

Y eso es lo tremendo, lo que tiene que hacernos pensar. El anuncio que estamos haciendo hoy en nuestro mundo no suena como buena noticia, no suena como algo nuevo que en verdad llame la atención a los que nos rodean. No se trata ya de decirles que vengan a la Iglesia, es algo más, es algo distinto, tiene que ser una palabra que llegue al corazón, tiene que ser en verdad una luz para sus vidas en los problemas que tiene, en las luchas que tienen que realizar en la vida, en los planteamientos que se puedan hacer de un sentido para la vida que les ayude de verdad a ser más felices.

Hoy que estamos celebrando la conversión de san Pablo él mismo nos lo dice, no entendía el mensaje de Jesús porque además tenía que hacerle salir de sus costumbres y de sus rutinas, por eso perseguía a los que seguían el camino de Jesús. Pero un día Jesús le sale al encuentro en el camino de la vida y aquello fue un revolcón tremendo para su vida; hasta se quedó ciego, tuvieron que llevarlo poco menos que de la mano hasta la ciudad de Damasco a donde se dirigían. Ese encuentro con Jesús supuso para él un encuentro con esa buena noticia del Evangelio que le hizo cambiar todos sus planteamientos.

Es lo que necesitamos y es lo que se necesita en el mundo de hoy. Que el evangelio sea en verdad esa buena noticia que nos haga pensar y que nos haga cambiar nuestros corazones; lo demás vendrá como consecuencia. Por eso también nosotros los cristianos que tenemos que hacer ese anuncio tenemos que plantearnos muy bien cómo lo vamos a hacer, buscar caminos nuevos, buscar medios nuevos, buscar palabras auténticas, pero sobre todo auténticos testimonios que puedan hacer llegar esa buena noticia a cuantos nos rodean.

Muchas cosas tenemos que plantearnos, porque no podemos seguir pensando que todo está hecho, que porque tengamos unas fiestas a través del año, ya todos pensamos en cristiano, en el sentido de Cristo. A mí seriamente me preocupa si estoy haciendo ese buen anuncio de la Buena Noticia de Jesús.


miércoles, 24 de enero de 2024

Nos cuesta roturar nuestra vida para prepararla como tierra buena para acoger la semilla de la Palabra de Dios, hoy nos está pidiendo el evangelio, pero, ¿no merece la pena?

 


Nos cuesta roturar nuestra vida para prepararla como tierra buena para acoger la semilla de la Palabra de Dios, hoy nos está pidiendo el evangelio, pero, ¿no merece la pena?

2Samuel 7, 4-17; Sal 88; Marcos 4, 1-20

Escuchar a veces no es fácil. Hay que prestar atención, porque es más que oír sonidos inconexos que llegan a nuestros oídos. Escuchar es una elección. Ya lo solemos decir, aunque a veces con cierta picardía, escuchamos lo que queremos. Yo diría aquí, queremos escuchar lo que oímos, y claro para eso es necesaria atención. Hoy terminará diciéndonos Jesús que ‘el que tengo oídos para oír, que oiga’. ¿No tenemos todos oídos? Lo malo sería que no los utilicemos.

Se había reunido en torno a Jesús mucha gente; será difícil que allí en el mismo plano de la playa puedan todos oírle con claridad. Por eso la estrategia de Jesús, aprovechando que había allí unas barcas que acababan de regresar de su faena, sus pescadores estarían realizando por allí las tareas habituales de recoger las redes, limpiarlas, remendarlas si tal fuera el caso, y tener todo preparado para otra faena el día de mañana. Se subió y sentó en una de las barcas situándolas a corta distancia de la orilla, y todos podrían verle y escucharle.

‘Escuchad…’ comienza diciendo Jesús. ¿No es la llamada de atención al principio de cualquier parlamento para que se haga silencio y se preste atención? Pero quizás ese ‘escuchad’ pueda significar algo más. Es que en lo que va a decir Jesús nos va a describir esa manera de escuchar que tenemos en tantas ocasiones y que pueda llevar al poco o mucho fruto que podamos recoger de lo que se nos dice. Tantas veces estamos oyendo a quien nos habla pero nuestra mente anda por otros ‘andares’, como tantas veces aunque estemos allí presentes ponemos una costra que hace resbalar aquellas palabras que se nos dicen.

De eso y mucho más nos va a hablar Jesús. Habla de un sembrador que sale a sembrar a voleo su semilla; recorre caminos y campos y a vuelo va dejando caer su semilla, pero no todos los terrenos en los que cae están preparados de la misma manera, tienen las mejores actitudes para que esa semilla pueda enraizar y un día dar fruto. Será la tierra endurecida de los caminos y veredas por el paso de los caminantes; serán los terrenos pedregosos que no han sido roturados lo suficiente; serán esos terrenos llenos de abrojos y matorrales que no ofrecerán la mejor disposición para que esas nuevas plantas que allí germinarán puedan salir adelante. Solo alguna semilla irá a caer en buena y preparada tierra y aun así dará diferentes cosechas.

¿En que condición estaban los que aquella mañana se habían congregado en la playa de Cafarnaún? ¿Por qué habían ido a ver a Jesús? ¿Qué es lo que querían escuchar? ¿Lo que Jesús les estaba ahora diciendo entraría en sus planes, podría ser factible que obtuviera una respuesta en sus vidas?

Era lo que entonces aquellos galileos, pero también nosotros hoy que estamos escuchando esta parábola de Jesús tenemos que plantearnos. ¿Cuál es nuestro interés? El mensaje que se nos transmite ¿responde a lo que son nuestras expectativas? ¿Estaríamos dispuestos a cambiar de dirección nuestros intereses en la vida? ¿Nos dejaremos roturar para transformar ese terreno estéril en un buen terreno que un día produzca sus frutos?

Podemos pensar que es costoso, porque nuestro corazón se ha endurecido, porque muchos son los apegos y las rutinas que envuelven nuestra vida, pero, ¿no nos llama la atención eso nuevo que nos ofrece Jesús? ¿No sentimos desconsuelo en nuestro interior por lograr un mundo mejor en el que reine la justicia y la paz, en que todos nos sintamos hermanos, en que vamos logrando que la gente sea más feliz de verdad desde lo más hondo de si mismos?

Me vais a permitir que traiga a colación una imagen que está viniendo a mi mente. Todos sabemos que hace un par de años un volcán en una de nuestras islas destruyó poblaciones e inmensos espacios de terrenos agrícolas, muchos de los cuales se habían realizado precisamente sobre las lavas de volcanes anteriores. Los habitantes de aquel lugar no se han rendido. De nuevo están roturando las lavas del último volcán para con nueva tierra transportada de otros lugares volver a hacer florecer aquellos campos con nuevos cultivos. La tarea no es fácil, es bien costosa en todos los sentidos, pero saben que tienen que hacerlo para hacerlos producir, pero también para verse realizados en sus vidas allí donde siempre han estado. Un día, no tan lejano, lo que fue un infierno de fuego y de lava volverá a estar lleno de vida.

Nos cuesta roturar nuestra vida para prepararla como tierra buena para acoger la semilla de la Palabra de Dios, como hoy nos está pidiendo el evangelio, pero, ¿no merece la pena? ¿Seguiremos dejando que la Semilla caiga en tierra baldía por no poner todo el esfuerzo en escuchar de verdad esa Palabra que Dios nos ofrece?

‘Escuchad…’ nos dice Jesús. ‘El que tengo oídos para oír que oiga’


martes, 23 de enero de 2024

Levantemos nuestros oídos y escuchemos, el Señor nos habla, y como le enseñó el anciano sacerdote al niño Samuel, le decimos, ‘habla, Señor, que tu siervo escucha’

 


Levantemos nuestros oídos y escuchemos, el Señor nos habla, y como le enseñó el anciano sacerdote al niño Samuel, le decimos, ‘habla, Señor, que tu siervo escucha’

2Samuel 6, 12b-15. 17-19; Sal 23; Marcos 3, 31-35

‘¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?’ Es la pregunta que se hace Jesús cuando estando rodeado de mucha gente que va a oírle, que van están allí a su alrededor con sus sufrimientos y esperanzas, con sus desconsuelos y con sus amarguras, le dicen que fuera están sus madre y sus hermanos que quieren verle.

No es una pregunta cualquiera la que se hace Jesús. No es decir simplemente, mira que bien, que ha venido mi familia, sería bueno que estuviera con ellos un rato; no es valerse de su autoridad o su influencia para abrirles paso y que puedan llegar más pronto y mejor hasta El, Algo más quiere decirnos Jesús con esa pregunta que se hace, cuando le dicen que allí están su madre y sus parientes que quieren verle.

Parece como si Jesús quisiera hacer una distinción, sin quitarle importancia, por supuesto, a lo que significa la familia. ¿No estará abriéndonos Jesús a que esos sentimientos que tenemos cuando pensamos en la familia, en los hermanos, en los que son cercanos a nosotros por razón de la sangre, les demos una mayor amplitud para darnos cuenta de que podemos amar con un amor así, un amor que nos hace sentir familia, un amor que nos hace sentir hermanos, con un carácter más universal?

También nosotros decimos muchas veces a alguien a quien apreciamos mucho que para nosotros es más que un amigo, que es un hermano. Y no hablamos aquí de un amor afectivo que nos lleve, por ejemplo, a la unión matrimonial. Es una relación que establecemos entre personas que nos sentimos eso, amigos, pero que crean otros lazos, otro estilo de comunión. Una relación, tenemos que reconocer, que muchas veces es mucho más honda que la que podamos tener con muchos familiares por lazos de sangre. Es también la belleza y hermosura de la amistad.

Pero sí, Jesús cuando se hace esta pregunta en aquellas circunstancias está abriéndonos los horizontes. Es esa nueva comunión y fraternidad que vamos a tener todos los que pongamos en El nuestra fe y nuestro amor. Dirá Jesús en aquel momento, mirando alrededor nos dice el evangelista, que su madre y sus hermanos están allí, en todos aquellos que le escuchan, en todos aquellos que no se contentan con oír algo que pronto quizás podrán olvidar, sino que aquello que escuchan de labios de Jesús lo van a plantar en su corazón. ‘Estos son mi madre y mis hermanos, dirá. El que haga la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre’.

Mira Jesús alrededor mientras pronuncia estas palabras y mira, sí, a aquellos que allí y ahora están escuchándole, pero mira más allá, lo que sus ojos no pueden ver porque está detrás de la puerta, y es que está también mirando a su madre, la que plantó la Palabra de Dios en su corazón. ‘Hágase en mi según tu palabra’, según lo que Dios me está transmitiendo por tu palabra, le respondió María al ángel de la anunciación.

Es el camino que hemos de seguir. Y no es solamente oír, porque oímos muchas cosas, muchas palabras resuenan continuamente en nuestro mundo, muchas músicas o muchos ruidos aturden continuamente nuestros oídos, muchos mensajes nos pueden llegar desde todos lados, oímos muchas cosas, pero ¿qué escuchamos?

Cuando estamos en un lugar donde hay mucho bullicio a nuestros oídos llegan muchos sonidos, pero cuando entre todo eso surge algo que nos interesa, levantamos nuestros oídos podríamos decir siguiendo la imagen de los animalitos que levantan sus orejas para prestar atención, para poder escuchar mejor. Levantemos nuestros oídos y escuchemos. El Señor nos habla, y como le enseñó el anciano sacerdote al niño Samuel, le decimos, ‘habla, Señor, que tu siervo escucha’.

lunes, 22 de enero de 2024

El evangelio es siempre un camino de esperanza, un camino que nos abre a algo nuevo, siempre es buena noticia de salvación que nos tiene que hacer pensar

 


El evangelio es siempre un camino de esperanza, un camino que nos abre a algo nuevo, siempre es buena noticia de salvación que nos tiene que hacer pensar

2Samuel 5, 1-7. 10; Sal 88; Marcos 3, 22-30

Una página dura la que nos presenta hoy el evangelio, pero como siempre el evangelio es un camino de esperanza, un camino que nos abre a algo nuevo; siempre es buena noticia de salvación. A muchas cosas nos puede llevar a reflexionar.

Por una parte ese rechazo blasfemo que hacen de Jesús los escribas y fariseos que han bajado de Jerusalén a Galilea tratando de controlar aquello nuevo que ha surgido y que a ellos les produce tanto escándalo. Rechazan la buena nueva de Jesús, rechazan su obra, no son capaces de descubrir la obra y la mano de Dios en lo que Jesús realiza, por eso llegan a la blasfemia de decir que lo que Jesús realiza es obra del espíritu maligno.

Pero la respuesta de Jesús, las palabras de Jesús tratan de ser conciliadoras; quiere hacerles comprender la incongruencia de sus planteamientos; como nos dice Jesús un reino dividido está abocado a la muerte y a desaparecer; ¿cómo puede el espíritu maligno actuar en contra de si mismo? Lo que Jesús está haciendo es expulsar al maligno de la vida de las personas, para que sea en verdad Dios el que reine en nuestra vida. Pero no llegarán a comprender.

‘¿Cómo va a echar Satanás a Satanás? Un reino dividido internamente no puede subsistir; una familia dividida no puede subsistir. Si Satanás se rebela contra sí mismo, para hacerse la guerra, no puede subsistir, está perdido. Nadie puede meterse en casa de un hombre forzudo para arramblar con su ajuar, si primero no lo ata; entonces podrá arramblar con la casa’. Ahí están las palabras de Jesús.  

Por eso, esa parte dura de las palabras de Jesús que les dice que quienes niegan la acción del espíritu Santo no tendrán perdón. Se ha de comprender que para recibir el perdón hay que reconocer el pecado, reconocer el mal que hay en nuestra vida y del que Jesús con el perdón nos quiere liberar; si no hay arrepentimiento, y arrepentimiento es reconocimiento del pecado y querer cambiar nuestra vida para entrar en una órbita nueva, no habría entonces perdón. Si negamos la acción del espíritu del que nos viene el perdón de Dios, tampoco habría perdón. Es necesaria esa conversión de la que Jesús nos está hablando continuamente.

Todo esto de lo que nos está hablando hoy el evangelio no es una cuestión que vemos planteada solo en aquellos momentos. Es algo actual. ¿De alguna manera no estaremos negando en nuestra sociedad actual esa realidad del pecado? Cuánto nos cuesta reconocerlo, nadie tiene pecado, nadie quiere reconocer que es pecador. Y hablaremos de errores o de debilidades, está bien si lo queremos decir así, pero ¿por qué negar la culpabilidad que nosotros podamos tener en nuestro pecado en lo que hemos obrado mal? No nos queremos sentir culpables, todo lo tratamos de disculpar, claro en lo que nos atañe a nosotros, porque bien que nos fijamos en lo que hacen mal los demás y bien que los queremos hundir en su mal. Y por supuesto en la práctica de nuestra vida hasta hemos ido desapareciendo el concepto del demonio o de Satanás del que ya no queremos oír hablar.

Y es que por otra parte olvidamos nuestra relación con Dios, con buscar lo que Dios quiere y hacer su voluntad. Olvidamos o dejamos de lado los sentimientos religiosos más profundos de la persona; es cierto que se mantienen ciertas religiosidades populares que muchas veces las reducimos a unas costumbres, unas tradiciones o un folclorismo.

Veamos y reconozcamos cómo en nuestra sociedad se han ido transformando expresiones religiosas en meras costumbres populares y que cuando incluso las celebramos le hemos mermado las expresiones religiosas más profundas. Las fiestas religiosas que marcaron el calendario de nuestra vida son ahora fiestas populares a las que incluso les hemos cambiado su nombre por fiestas de la primavera o del invierno o de no sé que nombres nos inventamos. ¿En que hemos convertido incluso nuestras celebraciones de Semana Santa? Repasemos todo lo que la rodea con sus publicidades y veamos en qué la hemos convertido.

 

domingo, 21 de enero de 2024

No podemos quedarnos enredados, sino que comencemos a liberarnos de tantas cosas que nos atan para escuchar el hoy de la llamada de Jesús y ponernos en camino

 


No podemos quedarnos enredados, sino que comencemos a liberarnos de tantas cosas que nos atan para escuchar el hoy de la llamada de Jesús y ponernos en camino

Jonás 3, 1-5. 10; Sal 24; Corintios 7, 29-31; Marcos 1, 14-20

Ya quisiéramos hacer las cosas ya desde el mismo instante en que sentimos la inspiración de hacerlo. Algunas veces hay que esperar que llegue su momento. No cogemos la fruta del árbol tan pronto la vemos despuntar tras el proceso de la flor; tendremos que esperar a que esté en su punto para poder tomarla, para poder saborearla y disfrutarla, pero cuando llegue su momento no lo podemos dejar pasar, porque, como decimos, se nos pasa la fruta y se nos vuelve inservible. Es el trabajo que vamos a hacer, es la siembra que vamos a realizar, es el proyecto que podamos tener entre manos, es lo que queremos emprender… todo tendrá su momento.

Pero hoy nos dice Jesús en el evangelio que el momento ha llegado, se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios. Y hemos de emprender la tarea; y vendrá el momento de la conversión y de la escucha, como el momento de la proclamación de la Palabra y de la elección de aquellos primeros discípulos que se van a convertir en pescadores de hombres. Es lo que nos describe el evangelio en este domingo en que estamos retomando ya plenamente el tiempo ordinario y la lectura del evangelio de san Marcos que será el que nos guíe en este ciclo.

Fue el comienzo de la predicación de Jesús tal como nos lo presenta el inicio del evangelio de san Marcos, pero es también la llamada que hoy nosotros seguimos escuchamos. Y digo hoy, no ayer, ni mañana. Es en este hoy, en este tiempo, en que se cumple el plazo, como nos dice Jesús, donde tenemos que escuchar para nuestra vida, para nuestro mundo ese anuncio que es buena noticia, que eso significa evangelio. Una buena noticia para el hoy de nuestra vida y de nuestro mundo. Es importante que lo comprendamos.

¿Necesitamos en este mundo de hoy, en nuestra vida, ese anuncio de Buena Noticia que Jesús nos está haciendo? Miremos con sinceridad nuestra vida y tengamos de mirar con valentía la realidad de nuestro mundo. Las buenas noticias tienen que despertar alegría en aquellos que la reciben. ¿Será en verdad una alegría para nuestro mundo? Quizás vamos a escuchar a muchos que nos dicen que no la necesitan; tienen sus alegrías y tienen sus soluciones a la situación de nuestro mundo.

Pero seamos sinceros, quizás escuchamos mucha música y muchos cantos y muchos gritos, que dicen que son gritos y expresiones de alegría y de felicidad, pero quizás nos podemos dar cuenta de la insatisfacción que reina realmente en los corazones, en los que esa música y esos cánticos vienen a ser como panaceas, como sustitutos de lo que realmente falta por dentro.

Porque el sufrimiento sigue marcando el ritmo de muchas vidas, porque la paz no termina de reinar en nuestro mundo sino que cada vez se ve más rota y echa añicos en tantas lugares del mundo donde continuamente no dejan de aparecer nuevas guerras y nuevas violencias; hablamos de un mundo de mayor justicia y autenticidad, pero sigue existiendo la maldad y la mentira, seguimos envolviéndonos en gasas de fantasía y de vanidad.

Necesitamos una palabra que nos despierte, que nos haga centrar de verdad nuestra vida en valores permanentes que restablezcan la dignidad de la persona y que verdaderamente nos engrandezcan; necesitamos que de verdad todos emprendamos esa tarea de hacer un mundo nuevo, un mundo mejor, y de verdad nos sintamos comprometidos, alejando de nosotros miedos y cobardías.

Jesús nos dice hoy que llega el tiempo, que hemos de darle la vuelta a nuestro corazón para que encontremos lo que verdaderamente va a engrandecer nuestra vida y hará nuestro mundo mejor. Nos habla de la hora del Reino de Dios que llega, que tenemos que hacer presente, hacer realidad en nuestra vida y en nuestro mundo. No podemos seguir entretenidos en nuestras cosas en las que tanto nos afanamos. Jesús pasa, está pasando junto a nosotros, como aquel día en el lago de Tiberíades con aquellos pescadores, para invitarnos a seguirle, a ir con El, a hacer realidad ese Reino de Dios en nuestro mundo.

No podemos quedarnos enredados, sino que comencemos a liberarnos de tantas cosas que nos atan, nos cierran los oídos, quieren hacer opacos nuestros ojos, para escuchar esa llamada de Jesús y ponernos en camino. Como Simón y Andrés, como Santiago y Juan dejemos atrás nuestras redes y nuestras barcas particulares, pongámonos en camino tras Jesús. Y eso tiene que ser hoy y no mañana, ni nos podemos quedar en lo que en otro tiempo se haya hecho, porque hoy nos ha dicho Jesús que se ha cumplido el plazo.

¿Qué respuesta le vamos a dar?

sábado, 20 de enero de 2024

Los familiares de Jesús querían llevárselo, nos dice hoy el evangelio, porque no estaba en sus cabales, nos recuerda muchas cosas

 


Los familiares de Jesús querían llevárselo, nos dice hoy el evangelio, porque no estaba en sus cabales, nos recuerda muchas cosas

2Samuel 1, 1-27; Sal 79; Marcos 3, 20-21

‘Se le fue el baifo’, es una expresión canaria que los que no son de nuestra tierra no lo entenderán, pero que me ha venido de forma espontánea a la mente al escuchar el texto que nos ofrece hoy el evangelio. El baifo en nuestra tierra es la cría de la cabra, un cabrito, que como todo cachorro de animal es juguetón, le gusta saltar y correr y algunas veces hasta se pierde de la manada. Aquí en Canarias empleamos esa expresión para referirnos a alguien que no anda bien de su cabeza, no está en sus cabales, como se suele decir también.

Es lo que en esos pocos versículos del Evangelio de hoy se nos dice. Querían retener a Jesús sus familiares, por el jaleo tan tremendo que se había formado a su alrededor, que ni lo dejaban comer – en otro momento será Jesús el que se quiera ir con sus discípulos más cercanos a un lugar apartado para descansar porque eran tantos los que iban y venían que no les daban tiempo ni para comer. Ahora son los familiares de Jesús los que se lo quieren llevar.

¿Cuáles eran los comentarios que se iban formando en torno a Jesús? Ya los evangelistas nos van diciendo como hay gente entusiasmada por seguirle, por sus escuchar sus palabras, por beneficiarse de sus milagros y por eso le traen toda clase de enfermos con las más diversas dolencias, pero mientras va surgiendo una oposición, un descontento por parte de muchos a los que escandalizan las palabras y los gestos que Jesús va realizando. No se atreven a actuar, nos dirán en otros momentos los evangelistas, porque son muchos los que le siguen y se crearía una revuelta, pero andan buscando la ocasión.

Si nos ponemos con una cierta distancia ante las palabras y los gestos de Jesús es cierto que son provocadores, que desconciertan a muchos; algo nuevo está ofreciendo que obligaría a un cambio, a una toma de posturas distintas; para muchos anclados en sus costumbres y sus rutinas, que son los que nunca quieren cambiar, aquella manera de actuar de Jesús en cierto modo es revolucionaria. Ya veremos que más tarde incluso en el Sanedrín temen que el Procurador pueda tomar unas decisiones drásticas y será por eso por lo que acuerdan quitar de en medio a Jesús.

Ahora, repito, son los familiares los que no terminan de entender las palabras y la manera de actuar de Jesús. Pero eso sucedió entonces y sigue sucediendo hoy. Quien escucha por primera vez que hay que amar a los enemigos, que para ganar la vida hay que perderla, que no se puede servir a Dios y al dinero porque a uno u a otro se amará o se odiará, serán cosas que  no entienda, porque siempre han actuado de otra manera.

Quien escuche que hay que perdonar hasta siete veces siete para entender que eso significa que hay que perdonar siempre, cuando lo que buscamos en la revancha, la justicia por nuestra mano o el condenar de la forma que sea a quien me haya herido o molestado, le costará comprender las palabras de Jesús.

Quien escuche que tenemos que ser capaces de lavarles los pies a los otros, aunque sepamos que entre ellos esté alguien que me haya traicionado, dirá que eso es cosa de locos, que eso es imposible.

Quien contempla la radicalidad que plantea Jesús en lo que a su amor toca, de manera que nos diga que quien ame a su padre o a su madre, a su hijo o a su hija, más que a Él no es digno de ser discípulo suyo, terminará seguramente pensando igual que aquellos familiares que se lo querían llevar porque no estaba en sus cabales.

Seamos sinceros. ¿No será acaso lo que hemos pensado en alguna ocasión cuando escuchamos una predicación valiente de un sacerdote, o del mismo Papa, que nos plantea las cosas de forma radical siguiendo a fondo el espíritu del Evangelio? Muchos testimonios en este sentido podríamos aportar. Muchas cosas siguen sucediendo así en nuestro mundo de hoy.

¿No ha habido recientemente en alguna nación que han expulsado, desterrado a sacerdotes, a misioneros, incluso a Obispos, por su palabra valiente va en contra de los intereses de sus gobernantes? Son noticias de estos mismos días. Y en nuestro entorno bien sabemos las interferencias mediáticas que hay en contra de la Iglesia para tratar de manchar su imagen porque su presencia es denuncia de situaciones graves que padecemos en nuestra sociedad.

Los familiares de Jesús querían llevárselo, nos dice hoy el evangelio, porque no estaba en sus cabales. Nos recuerda muchas cosas.

 

viernes, 19 de enero de 2024

Dios sigue contando hoy contigo y conmigo, y cada uno sabe con sinceridad en su interior cómo es y cual es el recorrido, cuenta con nosotros y quiere que estemos con El

 


Dios sigue contando hoy contigo y conmigo, y cada uno sabe con sinceridad en su interior cómo es y cual es el recorrido, cuenta con nosotros y quiere que estemos con El

1Samuel 24, 3-21; Sal 56;  Marcos 3, 13-19

Todos queremos realizar nuestro trabajo y de la mejor manera posible; ponemos nuestro empeño, nuestro esfuerzo, nuestras capacidades para ir sacando adelante aquel trabajo de nuestras manos, o de nuestras capacidades y posibilidades. Pero todo comprendemos hoy que nada vamos a hacer en su totalidad por nosotros mismos, que necesitamos contar con tareas que otros hayan realizado, o con personas que trabajen a nuestro lado, cada uno según sus ‘saberes’ y sus capacidades para poder realizar un trabajo en conjunto que llegue a lo mejor. Buscamos para trabajar con nosotros los mejores colaboradores, las mejores cualidades y valores, queriendo rodearnos de lo mejor. Es, podríamos decir, la sabiduría de la vida que también hemos ido aprendiendo.

Es como Dios nos ha creado, pensamos y decimos desde nuestra antropología cristiana. El mundo no lo puso en las manos de un solo hombre, sino de toda la humanidad, y somos todos, sabiendo trabajar juntos en armónica colaboración, los que tenemos la tarea de continuar esa obra creadora de Dios puesta en nuestras manos. Si llegáramos a comprenderlo bien se acabarían tantos egoísmos y orgullos, tanto individualismos y tantas guerras que nos hacemos los unos a los otros, porque siempre queremos sobresalir individualmente y nos olvidamos de la belleza que entre todos tenemos que saber crear.

Es lo que contemplamos que va haciendo Jesús en el evangelio. Comienza haciendo el anuncio del Reino de Dios y le veremos ir de un lado a otro en esa proclamación de la Palabra. Pronto va llamando a aquellos que le van a seguir de mas cerca; invitará a los pescadores del mar de Galilea a ser pescadores de una pesca más amplia cuando les habla de ser pescadores de hombres; llamará a Mateo desde su garita de cobrador de impuestos, o invitará a Felipe a seguirle, aceptará a Natanael que viene hasta El aun con sus reticencias, y serán muchos los que le van siguiendo de cerca formando un grupo más compacto junto a El. En un momento a ese grupo grande de discípulos los envía de dos en dos por donde ha de ir El para que vayan por delante haciendo el anuncio del Reino.

Hoy en el evangelio contemplamos como, ‘mientras subía al monte, de entre todos los discípulos, llamó a doce para que estuvieran con El y para enviarlos a predicar con la autoridad de curar enfermos y expulsar demonios’, su misma autoridad. Y a continuación el evangelista nos da nominalmente quienes forman ese grupo con sus propios nombres.

‘Llamó a los que quiso y se fueron con El’, dice el evangelista. ¿Y a quienes llamó? En nuestros criterios humanos nos hubiéramos puestos a escoger muy bien, trazándonos unos perfiles muy concisos y exigentes, porque hubiéramos querido escoger a los mejores según nuestros criterios. Pero llamó a unos pescadores, llamó a una gente sencilla, la mayoría de ellos sin nombre y sin que hubieran destacado por otros lados, incluso alguno de los que más despreciados eran por los que se consideraban importantes, porque era un publicano, un recaudador de impuestos, algunos zelotes de aquellos grupos medio exaltados y revolucionarios que estaban en contra de la situación que vivía Israel en aquellos momentos. Pero fueron los que escogió Jesús para que estuvieran con El y para enviarlos a predicar con su misma autoridad.

Pero ya sabemos que el Señor no se fija en las apariencias, que Jesús mira el corazón, que Jesús descubre en nosotros otros valores que quizás los que están a nuestro lado no son capaces de ver, ni nosotros mismos de reconocer. Porque Dios sigue contando hoy contigo y conmigo; y cada uno sabe con sinceridad en su interior cómo es y cual es el recorrido, muchas veces lleno de sombras, que nosotros hemos hecho. Y Dios cuenta con nosotros. Y quiere que estemos con El. Y también nos dará esa autoridad para que sigamos haciendo el anuncio del Reino hoy.

¿Tendríamos que aprender a ver y reconocer los auténticos valores que llevamos por dentro, que tienen las personas que están cerca de nosotros? ¿Tendríamos que aprender a reconocer y agradecer ese querer contar Dios con nosotros a pesar de nuestras limitaciones o de las sombras que haya en nuestra vida? ¿Por qué andamos con tantos prejuicios, con tantas apreciaciones que nos hacemos de los demás, con tantos sambenitos que seguimos colgando sobre los hombros de los otros simplemente porque no nos caen bien? A muchas consideraciones tendría que llevarnos este evangelio que hoy estamos contemplando.

jueves, 18 de enero de 2024

Nosotros también tenemos que preguntarnos por qué vamos tras Jesús, nos llamamos cristianos, realizamos unos actos religiosos, por qué venimos a la Iglesia

 


Nosotros también tenemos que preguntarnos por qué vamos tras Jesús, nos llamamos cristianos, realizamos unos actos religiosos, por qué venimos a la Iglesia

1Samuel 18, 6-9; 19, 1-7; Sal 55; Marcos 3, 7-12

Por algo nos buscamos los unos a los otros, por algo quiero conocer a los demás, por algo quiero ser amigo de alguien, por algo nos gusta encontrarnos y reunirnos con los demás, por algo buscamos siempre una relación y evitamos la soledad. Alguien podría quizás estar pensando mientras voy haciendo esta enumeración que podríamos prolongar mucho más, en intereses que se pudieran volver mezquinos, en búsquedas de ganancias o beneficios en el orden material o incluso económico, pero me atrevo a decir, en un gesto de buena voluntad, vamos a llamarlo así, que no siempre son esos intereses los que nos hacen buscar a los demás.

Es el deseo del encuentro y la comunicación, es sentir que tenemos almas gemelas y podemos entendernos fácilmente, es buscar la convivencia que nos saque de soledades, es lo que, no en el orden material, podemos recibir de los demás, porque de los demás aprendemos, porque en los demás podemos encontrar estímulos para nuestra vida, porque la conversación con los demás me hace la vida agradable, porque encuentro felicidad en lo que comparto con aquellas personas, porque siento una riqueza espiritual dentro de mi cuando estoy con los demás que me hace sentirme grande, me hace sentirme satisfecho de la vida, que ponen alegría e ilusión en mis ojos y en mi caminar.

Sí, sé también que podemos tener unos deseos o unos intereses que nos puedan volver egoístas, porque solo pensamos en lo que podemos recibir de esas personas, y no nos preocupamos tanto de lo que nosotros podamos aportar; sé que podemos ser interesados porque voy a encontrar ayuda en mis necesidades, solución a problemas; pueden haber, es cierto, intereses que no son tan generosos y tan altruistas, porque solo podemos estar pensando en lo que nos vamos a beneficiar de la amistad de esas personas.

Os podéis estar preguntando el por qué me estoy haciendo esta reflexión preguntándome el por qué buscamos a los demás. Creo que es algo importante el analizar las motivaciones que tenemos en la vida para hacer lo que hacemos. Para aclarar ideas, para encontrar un sentido y un valor, para poner deseos de superación en nosotros… muchas cosas podemos pensar.

El evangelio nos habla hoy de que ‘Jesús se retiró con sus discípulos a la orilla del mar, y lo siguió una gran muchedumbre de Galilea. Al enterarse de las cosas que hacía, acudía mucha gente de Judea, Jerusalén, Idumea, Transjordania y cercanías de Tiro y Sidón’. Gente que viene de todas partes para estar con Jesús. Y aquí viene la pregunta, ¿por qué acudían tantos, además procedentes de tan distintos y distantes lugares de toda Palestina?

‘Al enterarse de las cosas que hacía’, nos dice el evangelista. Sus milagros, las curaciones de los enfermos… Se le echaban encima y casi lo estrujaban; nos dice que se subió a una barca que estaba en la orilla para que no se apretujaran tanto en torno a El. Venían con sus males, con sus enfermos, con sus dolencias, con sus desesperanzas, con su pobreza, con su necesidad. Pero venían también a escucharle. Sus palabras despertaban esperanzas. Y aunque no siempre supieran ver como un signo de algo más aquellas curaciones que realizaba, algo intuían y por eso querían estar con El. Aunque algunos solo vinieran por el interés de la curación y de la salud corporal, pero Jesús iba sembrando algo más en sus corazones.

Es ahora cuando nosotros también tenemos que preguntarnos por qué vamos tras Jesús, por qué nos llamamos cristianos, qué es lo que buscamos en nuestras actitudes y los actos religiosos que realizamos, por qué venimos a la Iglesia, por qué nos decimos seguidores de Jesús. ¿Habrá algo distinto y profundo en nuestro corazón?

miércoles, 17 de enero de 2024

Los caminos nuevos del evangelio nos llevan a una mayor plenitud poniendo sensibilidad en nuestros corazones para la gloria de Dios

 


Los caminos nuevos del evangelio nos llevan a una mayor plenitud poniendo sensibilidad en nuestros corazones para la gloria de Dios

1Samuel 17, 32-51; Sal 143; Marcos 3, 1-6

Nos acostumbramos a todo y entramos en decadencia y en rutina. Ni sentimos admiración por lo bueno o por lo bello, a todo lo damos la misma importancia y valor, nos falta esa chispa, vamos a decirlo asó, en los ojos del alma para descubrir lo que sea nuevo, para captar donde hay un rasgo de belleza, donde nos pueda llamar la atención lo que es distinto y nunca habíamos visto – yo diría entramos en una rutina del espíritu que nos impide ver lo bello – pero es que nos acostumbramos también a lo que no es tan bueno, nos insensibilizamos ante el sufrimiento, ni sufrimos por nosotros mismos, porque más bien nos amargamos, ni captamos el sufrimiento de los demás ante el que algo tendríamos que hacer.

Es triste la insensibilidad en la que podemos caer y de la que podemos contagiarnos. Cuando estamos al lado de personas insensibles así, hay el peligro que se nos produzca un bloqueo también nosotros mismos, quizás en principio nos pueda extrañar esa insensibilidad en los otros, pero podemos terminar contagiándonos nosotros. Quizás intentamos con entusiasmo mostrar lo que nosotros contemplamos y admiramos, pero al encontrarnos con esa pasividad, tan habitual a veces en el mundo que nos rodea, nos podemos sentir también nosotros como bloqueados y paralizados y ya no sabemos qué decir o cómo actuar.

¿Por qué llegamos a situaciones así? ¿Por qué terminamos en esa insensibilidad? ¿Por qué nos importa tan poco el sufrimiento de los que están a nuestro lado? Hemos convertido la vida en una rutina, en unos cumplimientos, en un hacer las cosas porque sí, porque están mandadas, pero sin buscar algo más profundo en lo que hacemos, un por qué, un lado de humanidad o una motivación de amor desde lo más hondo de nosotros mismos. ¿Qué necesitamos para despertar?

Es lo que Jesús quiere realizar en nosotros, es la Buena Nueva que Jesús nos anuncia, que las cosas pueden ser distintas, que tenemos que saber darle sentido profundo a la vida, que nos tenemos que llenar de mas humanidad. Dios no nos pide cumplimientos por cumplimientos; Dios quiere autenticidad en nuestra vida y eso significa más humanidad, más mirar al que está a nuestro lado, más sentir lo que vive el  otro también en nuestra propia carne.

‘¿Qué está permitido hacer en sábado?’, se pregunta Jesús ante la situación en que se encuentra. Allí delante hay un hombre que sufre, que tiene una limitación, que se le puede liberar de esa limitación, pero es sábado y parece que el sábado no se puede curar a un hombre, que hay que dejarlo en su sufrimiento para cumplir una norma de descanso sabático cuya finalidad era la gloria del Señor. Pero ¿cómo tenemos que darle gloria al Señor? ¿No será liberando al hombre de su sufrimiento como en verdad le estaremos dando gloria al Señor? La gloria de Dios es la felicidad del hombre, porque Dios nos ha creado para que nos realicemos en plenitud y podamos entonces ser felices.

Son los caminos nuevos que nos ofrece el evangelio. Es lo que nos llevará a una mayor plenitud de nuestra vida poniendo sensibilidad en nuestro corazón. ¿No es el mandamiento del amor el principal mandamiento que nos va a dejar Jesús?

martes, 16 de enero de 2024

Encontremos el verdadero sentido de nuestro vivir, descubramos la sabiduría para saber hacer, saber encontrar y saber saborear la vida en toda su dignidad

 


Encontremos el verdadero sentido de nuestro vivir, descubramos la sabiduría para saber hacer, saber encontrar y saber saborear la vida en toda su dignidad

1Samuel 16, 1-13; Sal 88; Marcos 2, 23-28

Unos raíles, es cierto, que nos valen para que el ferrocarril no se salga de su camino, de la vía y pueda llegar a término; pero está constreñido a ese corto espacio que medio entre los raíles y de ahí se puede salir; un camino abierto en el campo es más amplio, y te permitirá moverte con mayor libertad mientras cuides no salirte de sus límites para evitar la caída por los precipicios.

Son imágenes, es cierto, que nos valen y nos ayudan en cierto modo para entender el camino de la vida que tenemos que hacer, pero la vida es algo más que un camino constreñido por unos límites, porque vivir es también la libertad, donde nos hacemos el camino, aunque tenemos que saber donde están los peligros que nos pueden dañar; serán quizás unas señales que nos ayuden a encontrar la dirección dentro de esa libertad de movimientos que es el vivir, y que nos harán evitar también los peligros, pero dependiendo de nosotros mismos que tomemos las decisiones más acertadas para no perder el rumbo de ese camino. Porque ya lo importante somos nosotros con nuestras decisiones, con nuestra libertad, con nuestra inteligencia que nos ayude a discernir lo que es bueno, lo que me va a ayudar a vivir la vida en la mayor plenitud.

¿Necesitaremos cauces que encarrilen la vida? ¿Necesitaremos señales que incluso puedan poner límites? Pero necesitamos fundamentalmente el discernimiento de la persona que busca y que elige, que se enamora de lo bello y de lo bueno y sin confundirse escogerá siempre lo mejor. Es la grandeza de la persona, es su valor, es su propia dignidad, descubriendo, repito sin confundirnos, esa semilla de belleza y de verdad que llevamos en el corazón. Es la sabiduría de la vida.

Sí, tener esa sabiduría para saber vivir. No podemos vernos restringidos solamente por unas normas que se nos imponen, no siendo capaces de aprender a vivir en libertad. Pero si tenemos que saber escuchar aquello que nos enseña cual es el camino para saber actuar por nosotros mismos, aunque eso se nos haga difícil en ocasiones. Cuando la vida la convertimos en el cumplimiento ciego de unas normas terminando no siendo nosotros mismos los que actuamos y nuestro único merito sería, si es que lo podemos llamar mérito, para cumplir ciegamente eso que parece que nos viene como una imposición.

Tenemos, pues, que entender bien el sentido de unos mandamientos para poder saber actuar con sabiduría en todo momento encontrando esa ayuda que nos señala cauces, pero que al mismo tiempo nos deja actuar con libertad, que es un don que Dios también ha puesto en el corazón del hombre.

Es lo que nos está proponiendo Jesús en el evangelio. Parece como si fuera solamente una lucha rebelde contra todo lo que fuera la imposición de las miles de normas con que habían llenado sus vidas los israelitas, y el actuar con conciencia de libertad, pero también como con una ofrenda de amor que hacemos con nuestra vida para encontrar ese camino que nos conduzca a mayor plenitud como personas.

Hoy se nos habla en el evangelio de unos preceptos que habían ido acrecentándose alrededor de los mandamientos del Señor y que venían a constreñir la vida de los creyentes de manera incluso que no llegaban a encontrarle un sabor agradable a la vida. Es un detalle que pudiera parecer insignificante, pero que expresa ese cinturón que de alguna manera envolvía a la persona impidiéndole incluso llegar a ser ella misma. No podían coger ni unos granos de trigo mientras caminaban un sábado por medio de los sembrados porque unas normas que se habían impuesto se lo impedían porque así podría parecer que eran infieles a Dios. Y Jesús les dice que no es el hombre para el sábado, sino el sábado para el hombre. Es necesario, sí, el descanso, pero es necesario cuidar todo lo que signifique la dignidad de la persona.

Vivamos y vivamos con dignidad, disfrutemos del vivir pero sin dañar nunca la dignidad de la persona; encontremos el verdadero sentido de nuestro vivir, descubramos la sabiduría para saber hacer, saber encontrar y saber saborear la vida en toda su dignidad. Y claro nos miramos a nosotros, pero miramos y cuidamos también la dignidad de los que nos rodean.

lunes, 15 de enero de 2024

Que el Espíritu del Señor nos dé una revolcadura por dentro a ver si un día despertamos y de una vez por todas vestimos el vestido nuevo del evangelio

 


Que el Espíritu del Señor nos dé una revolcadura por dentro a ver si un día despertamos y de una vez por todas vestimos el vestido nuevo del evangelio

1Samuel 15, 16-23; Salmo 49; Marcos 2, 18-22

Ya comenzaba a crear inquietud en algunos sectores aquel nuevo profeta que había aparecido por Galilea. Sus palabras despertaban fervor en algunos, mientras otros se sentían inquietos porque las señales que iba realizando de alguna manera iban ya anunciando y prefigurando como un nuevo estilo, como un nuevo sentido para muchas cosas.

Sorprendían los milagros que iba realizando, curaciones de enfermos, paralíticos que comenzaban a caminar, hombres poseídos por espíritus inmundos que eran liberados de su mal, pero además sorprendían también las circunstancias, la autoridad con que se manifestaba y lo que parecía que descuidara algunas costumbres y ritos a los que estaban acostumbrados y que parece que convertían en cosas fundamentales.

Los que comenzaban a escucharle y seguirle no parece que dieran señales del cumplimiento de esos ritos como eran los ayunos a los que estaban acostumbrados los fariseos y que parecía que aquel profeta del desierto había dado tanta importancia. Sin embargo, les hablaba de conversión, de un cambio radical de vida y de sentido, que les decía que era fundamental para poder creer y aceptar esa Buena Noticia que proclamaba con el anuncio de la llegada del Reino de Dios.

Es por lo que ahora vienen a reclamarle, de alguna manera, por qué sus discípulos no ayunan como lo hacen los fariseos o los discípulos del Bautista. Y Jesús para responder les habla de fiesta y de banquete de bodas, de la alegría del novio en su boda, pero de la alegría y la fiesta de los amigos del novio. ¿Cómo pueden estar tristes y cabizbajos si están participando de la boda de su amigo? Hablará Jesús muchas veces de un banquete de bodas al que todos están invitados; y estar de bodas es fiesta, es alegría, porque no se va a celebrar entre lágrimas, salvo que sean de alegría.

Jesús habla ahora, y lo hace claramente, de algo nuevo. No se puede andar con remiendos; habla de un vino nuevo que necesita de unas vasijas nuevas porque las que ya están cuarteadas lo que harán es romperse porque no pueden soportar el empuje y la fuerza de un vino nuevo. Y nosotros que queremos seguir andando con remiendos; es necesario un manto nuevo; es necesario saborear el vino nuevo, los vinos pasados pueden perder fuerza o agriarse. Pero nosotros parece que seguimos muy contentos conservando las cosas de antes, todavía nos gustan los oropeles y las campanillas que llamen la atención. ¿Qué es lo que tendría que brillar y qué es lo que tendría que llamar la atención?

Porque cuando hoy estamos comentando este texto del evangelio no es para hacer un juicio de la aceptación o no de aquella gente en el tiempo de Jesús de su mensaje de Evangelio. Somos nosotros los que tenemos que mirarnos, es nuestra iglesia de hoy la que tenemos que contemplar, son nuestras reticencias con las que tenemos que entrar en juicio, son esas cosas que resucitamos para quedarnos en apariencias las que tenemos que analizar, para ver si en verdad estamos entrando en la novedad del evangelio.

Somos nosotros los que tenemos que vestir el traje nuevo que Jesús nos ofrece en su evangelio y no andar con componendas y remiendos. Tenemos el peligro de cuidar mucho la suntuosidad de nuestros templos o nuestras celebraciones, pero pasamos de largo ante el que nos tiende la mano pidiendo una ayuda quizá porque su apariencia nos desagrada. Nos preocupamos de buscarnos ornamentos cada vez más suntuosos y brillantes y no tenemos una manta con que cubrir la desnudez de un pobre en la orilla del camino. Hablamos y decimos cosas muy bonitas y hermosas que nos encantan a los oídos, pero no tenemos una mirada a los ojos de aquel con quien nos cruzamos en el camino. Nos cuesta hacerlo, reconozcámoslo. Lo pensamos, y hasta estamos convencidos, pero no damos el paso.

Dejemos que el Espíritu del Señor nos dé una revolcadura por dentro a ver si un día despertamos para ver si de una vez por todas vestimos el vestido nuevo del evangelio.

domingo, 14 de enero de 2024

Andrés y Juan no dudaron, ‘se fueron con Jesús’, con valentía y con arrojo, vayamos a estar con Jesús para poder llegar esa Buena Noticia a nuestro mundo

 


Andrés y Juan no dudaron, ‘se fueron con Jesús’, con valentía y con arrojo, vayamos a estar con Jesús para poder llegar esa Buena Noticia a nuestro mundo

1Samuel 3, 3b-10. 19; Sal 39; 1Corintios 6, 13c-15a. 17-20; Juan 1, 35-42

Vamos y tú mismo lo ves, le decimos al amigo o le decimos a alguien cuando queremos mostrar algo que podríamos dudar si nos creyesen o no; mejor compruébalo por ti mismo, tú lo ves y te convencerás. Un suceso o un acontecimiento, un paisaje o un lugar espectacular para el que no tenemos palabras con qué describirlo, la manera de actuar de unas personas, de algún grupo o colectividad, quizás algo que ofrecemos para la venta. Ven, lo ves y tú me dirás si te convence.

Es el proceso que contemplamos hoy en el evangelio. El Bautista había señalado a Jesús que pasaba como ‘el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’. Algunos de sus discípulos se fueron detrás de Jesús. Si Juan se los había señalado así, algo tendría que ver con el Mesías esperando y que Juan con tanta insistencia anunciaba y podría ser interesante conocerle. Detrás de Jesús caminaban quizás recelosos o desconfiados cuando Jesús se volvió y les preguntó ‘¿Qué buscáis’?

Pienso que se vieron sorprendidos y ahora casi no sabían que responder aunque ellos tenían claro lo que buscaban, porque era escuchar y conocer a Jesús para ver si se manifestaba tal como Juan lo había presentado. A la pregunta que sorpresivamente Jesús les hace, sin saber cómo expresarse, le responden a su vez con una pregunta sobre el lugar en que vive. ‘Maestro, ¿dónde vives?’

Es cierto que cuando conocemos el lugar donde una persona ha elegido vivir se nos está definiendo esa persona. A esa nueva pregunta Jesús simplemente les dirá que vayan con El para que vean. ‘Venid y lo veréis’. No ofrece nada, solamente que vayan con El y lo vean. Mas tarde ya en la orilla del lago les dirá también que se vayan con El, pero ahora será para algo más, porque querrá que cambien aquellas redes que allí están utilizando porque serán pescadores de hombres.

El evangelio de hoy es parco en palabras, pero sí será muy sugerente de lo que allí sucedió. Nos dirá que se fueron con él, nos apuntará incluso la hora en que sucedió aquel encuentro, ‘era como la hora décima’, y finalmente nos los presentará a la mañana siguiente muy cambiados, porque ahora serán ellos los que vayan a buscar a otros para que conozcan también a Jesús, como hará Andrés con su hermano Simón. ‘Hemos encontrado al Mesías’. Importante fue aquel encuentro.

Es muy importante lo que estamos contemplando. Es muy importante esa búsqueda, pero también que nos dejemos encontrar. Algunas veces en esas búsquedas podemos ir con miedos en el alma, con desconfianzas. Cuántas veces estamos a las puertas de algo que buscamos y nos volvemos para atrás. Cuántas veces comenzamos la búsqueda pero nos ponemos a la distancia, dejando margen por medio para recular si es necesario, si nos puede parece que las cosas se complican o nos comprometen. Cuántas veces caminamos en esa búsqueda y damos rodeos, nos distraemos con lo que encontremos por el camino, estamos siempre con la duda del paso final. Andrés y Juan no dudaron, ‘se fueron con Jesús’. Con valentía, con arrojo.

Hemos concluido las celebraciones de Navidad que quizás por muchas circunstancias son propicias para el entusiasmo, pero esos entusiasmos hay el peligro que se queden en momentáneos; ahora estamos iniciando el tiempo ordinario hasta que lleguemos el próximo mes a comenzar la cuaresma que nos conduce a la pascua, y podríamos pensar que entramos en un tiempo que es como un paréntesis, que luego ya vendrán momentos de nuevo de especial fervor.

Pero aquí está el paso de Dios de cada día por nuestra vida, no son ni bajadas de tensión ni paréntesis en nuestro camino, porque la vida sigue y sigue con intensidad en sus luchas, en sus problemas, con nuestras trabajos, con las crisis que pueda vivir la sociedad, con sus momentos de sombras pero también con resplandores de luz que no nos faltarán.

No es momento de bajar la guardia, de perder el entusiasmo, de tomarnos las cosas con calma. El paso de Dios por nuestra vida siempre es intenso y siempre está lleno de vida porque es como nosotros lo hemos de vivir. Todas esas situaciones de la vida tenemos que seguirlas afrontando y tenemos que aprender a vivirlas desde el sentido nuevo que nos da el evangelio. Siempre Jesús será buena noticia de alegría para nuestra vida, siempre Jesús nos quiere poner en camino, por eso tenemos que seguir buscando a Jesús con intensidad, aprender a estar con El para poder salir al día siguiente a nuestro mundo con esa Buena Noticia que es Jesús siempre para todos.

Vayamos, pues, al encuentro con Jesús queriendo saber donde vive, queriendo estar con El y dejándonos inundar de su gracia con la fuerza del Espíritu que El siempre derrama sobre nosotros.