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sábado, 11 de febrero de 2023

Allí está Jesús que siente compasión, allí está Jesús que va caminando con ellos, ahí está Jesús que camina a nuestro lado y nos regala su amor y su vida

 


Allí está Jesús que siente compasión, allí está Jesús que va caminando con ellos, ahí está Jesús que camina a nuestro lado y nos regala su amor y su vida

Génesis 3,9-24; Sal 89; Marcos 8,1-10

‘Siento compasión de esta gente porque llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer, y si los despido a sus casas en ayunas, van a desfallecer por el camino…’

El camino se hace largo, han venido de lejos. El camino se nos hace largo tantas veces que lo emprendemos con mucha ilusión. Pero desfallecemos, nos cansamos, perdemos la orientación del camino de la vida y nos encontramos sin saber qué hacer, por donde caminar, buscamos y buscamos y parece que las respuestas se alejan. Cuántas veces en la vida desfallecemos y hasta tenemos la tentación de tirar la toalla,  de no seguir adelante. En ocasiones nos parece sentirnos fracasados por los tropiezos que vamos teniendo en el camino, porque hay cosas que no nos satisfacen, porque nos sentimos tentados por todas partes, tantos cantos de sirena de cosas que la vida nos ofrece para que vayamos por otros caminos. Necesitamos algo nuevo, algo que nos renueve, algo que nos haga entrar de nuevo en ilusión.

Es cierto que aquella multitud que seguía a Jesús habían salido de sus casas e incluso habían dejado de lado sus cosas, porque estamos ilusionados y llenos de esperanza con las palabras de Jesús y con lo que le veían realizar. Muchos habían acudido con sus enfermos y Jesús los había curado; muchos, por qué no pensarlo, cuando se acercaban a Jesús iban con sus penas en el corazón y se sentían como nuevos al lado de Jesús, escuchando a Jesús. Pero a todos nos pueden entrar los cansancios, nos podemos sentir tentados por la desilusión, se les podían morir las ganas de vivir mientras iban por el camino.

Pero allí está Jesús que siente compasión, allí está Jesús que va caminando con ellos, allí está Jesús el que se pusiera en camino con Jairo para ir a su casa a curar a la niña que estaba en las últimas cuando les avisan que no hay nada que hacer y Jesús solo pide fe a Jairo para seguir caminando; allí está Jesús el que llamará al ciego del camino o el que se acercará hasta la piscina donde hay alguien a quien nadie ayuda. Y está la compasión de Jesús, y está el amor de Jesús, y está la vida que Jesús quiere regalarnos.

Hoy le vemos que siente compasión por aquella gente, porque está sintiendo, es cierto, los sufrimientos y las angustias de aquellas personas como algo que le afectan a El también; pero la compasión de Jesús no se queda en lamentos, en bonitos sentimientos que se pudieran quedar en una lágrima y todo sigue igual; allí está el Jesús que pregunta por los panes que tienen, el Jesús que se pone mano a la obra y bendice los panes y los peces y pone en camino a los discípulos para que se los repartan. Es la compasión de Jesús que está a nuestro lado y nos tiende la mano, y nos levanta, y pone luz en los ojos, y despierta el amor en el corazón, y nos hace sentir nueva vida.

En medio de nuestros desalientos y cansancios, en medio de esos desiertos que nos llevan o nos tienen lejos, tenemos que darnos cuenta de que con nosotros está Jesús y está su amor, está su compasión y está la vida nueva que nos regala, está Jesús que nos pone en camino pero camina a nuestro lado, está Jesús que nos sana desde lo más profundo para que seamos ya nosotros los que carguemos con nuestras camillas, está Jesús el que nos regala el perdón y nos regala la vida.

Aquel día se repartieron los panes y todos comieron hasta saciarse de manera que incluso sobraron panes. Con Jesús ahora con nosotros también comemos de ese pan que El nos da que es El mismo, porque es el pan bajado del cielo para que tengamos vida y vida en abundancia. Con Jesús ahora a nuestro lado no podemos desfallecer, podremos y tenemos que seguir el camino, y superaremos los cansancios y con su fuerza, la fuerza de su Espíritu comenzaremos a hacer un mundo nuevo.

viernes, 10 de febrero de 2023

Dejémonos tocar por la mano del Señor para abrir nuestra vida a su gracia, a una vida nueva

 


Dejémonos tocar por la mano del Señor para abrir nuestra vida a su gracia, a una vida nueva

Génesis 3, 1-8; Sal 31; Marcos 7, 31 - 37

‘Pero tú ¿estás sordo? ¿No estás oyendo lo que te estoy diciendo?’ Habremos dicho en alguna ocasión, o nos han dicho a nosotros porque no prestábamos atención a lo que se nos decía. Oíamos, sí, pero no escuchábamos. El sonido llegaba a nuestros oídos, pero no estábamos escuchando. También habremos escuchado en más de una ocasión aquello de que no hay peor sordo que el que no quiere oír, no quiere prestar atención. Tantas veces nos hacemos oídos sordos en la vida. No nos queremos enterar, no queremos saber, no queremos complicarnos.

Y no es ya que no prestemos atención a las cosas que se dicen, los comentarios que se hacen, es que no queremos saber de problemas, es que no queremos complicarnos la vida, es que no queremos meternos con sinceridad dentro de nosotros mismos para ver aquello que nos están señalando, aquello que sabemos que no es bueno, pero que no queremos saber, no queremos cambiar, no queremos escuchar. Y no oímos el consejo de un amigo, no escuchamos la recomendación que nos hacen nuestros padres, no prestamos atención a muchas señales que podemos ver en la vida que nos tendrían que hacer pensar, que nos harían tomar decisiones que no queremos tomar, que nos harían cambiar o mejorar, pero preferimos quedarnos así, es más cómodo, mejor, pensamos, dejarnos llevar por la rutina de lo de siempre.

¿Queremos abrir nuestros oídos? Quizás vamos al especialista en audición para que nos ponga unos aparatitos en los oídos, pero no acudimos a quien puede abrirnos los oídos de la vida para encontrarnos con la verdad de la vida, para encontramos con la  verdad de nuestra propia vida.

Hoy le llevaron a Jesús – todavía andan en los exteriores casi del territorio de Israel  - a un hombre que era sordo y apenas podía hablar. Hemos escuchado el relato del evangelio. Jesús se lo lleva aparte, le metió los dedos en los oídos y le puso saliva en la lengua y le dijo: ‘¡Effetá!, ¡ábrete! Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba correctamente’.

Por eso decíamos que tenemos que ir a quien nos abra los oídos. Tenemos que dejarnos conducir, tenemos que dejarnos hacer. Que Jesús llegue a nosotros también y toque nuestros oídos, nuestra lengua, nuestro corazón, nuestra vida. ‘¡Effetá! ¡Ábrete! Que se abran nuestros oídos, que se abra nuestro corazón, que salgamos de nuestras encerronas y de nuestras cobardías, que rompamos el ritmo de esa rutina, que nos despabilemos de una vez por todas y prestemos atención.

Quiero pensar en una cosa. ¿Cuántas veces hemos ido a la Iglesia, a Misa en la vida? ¿Cuántas veces ante nosotros se ha proclamado la Palabra del Señor? ¿La habremos escuchado? ¿Le hemos prestado atención o estábamos en nuestras cosas, en nuestros pensamientos, en la preocupación de lo que teníamos que hacer después? Hemos estado sordos y no lo hemos reconocido; hemos estado sordos y no hemos escuchado; hemos estado sordos y la Palabra que se nos ha proclamado no ha llegado a nosotros. Seguimos siempre igual, seguimos siempre con lo mismo y pocas señales damos de que vayamos cambiando. Nuestras actitudes, nuestras posturas, nuestra manera de hacer las cosas ha seguido siendo la misma. No escuchamos.

Estamos hablando de la escucha de la Palabra de Dios, pero podíamos pensar en muchas más cosas. Cómo es necesario que sepamos escucharnos unos a otros. Cuántos problemas se evitarían, cuánto aprenderíamos de los demás, cómo evitaríamos prejuicios y prevenciones ante los otros, cómo aprenderíamos a mirar con ojos nuevos y distintos a los demás descubriendo muchas cosas buenas y positivas, qué nuevas actitudes y posturas tomaríamos ante los otros. En muchas más cosas tendríamos que pensar.

Dejémonos tocar por la mano del Señor para abrir nuestra vida a su gracia, a una vida nueva.

jueves, 9 de febrero de 2023

Jesús quiere hacer resplandecer como en un claroscuro la fe, la humildad y la constancia de la mujer cananea y aprendamos a valorar la fe de los demás venga de donde venga

 


Jesús quiere hacer resplandecer como en un claroscuro la fe, la humildad y la constancia de la mujer cananea y aprendamos a valorar la fe de los demás venga de donde venga

Génesis 2,18-25; Sal 127; Marcos 7,24-30

Jesús quería pasar desapercibido. Es cierto que estaba fuera del territorio propiamente de Palestina, pues andaba en las cercanías de Tiro y de Sidón. Se había alejado de los territorios habituales de los judíos, donde la gente le buscaba y le seguía. No se menciona que Jesús se retirara por aquellos territorios con sus discípulos más cercanos por alguna razón especial; o sí la había.

Ese querer pasar desapercibido sería quizá como un claroscuro que se utiliza en ocasiones para hacer resaltar algo que va a tener especial interés en aquel cuadro. ¿Sería lo importante la reacción de aquella mujer y sus valores que anda ahora suplicándole por su hija que está enferma? ¿Querrá Jesús quedar en un segundo plano, en el lugar oscuro, para hacer resaltar otra luz?

Con lo que nos gusta a nosotros salir en los primeros planos. No le cedemos el puesto a nadie si nosotros podemos relucir en algo. La vanidad siempre nos ataca sutilmente, porque siempre nos podremos buscar alguna excusa con tal de quedar nosotros bonitos en la foto. ¿Seremos nosotros capaces de dejar que brillen los otros mientras permanecemos en el lado oscuro? Puede parecernos una cosa sin importancia, podemos decir que es necesario que se vean las cosas buenas que nosotros hacemos para servir de atracción a que otros hagan también lo bueno, pero puede ser también que la vanidad se coma los mejores brillos y al final lo que queremos hacer resaltar son nuestros orgullos.

Hoy quiere Jesús hacer resplandecer la fe, la humildad y la constancia de aquella mujer. Jesús parece desentenderse de sus lamentos y de sus gritos; siempre nos ha costado entender el por qué Jesús no quería atender a las peticiones de aquella mujer. Era fenicia, no era judía, no es bueno dar el pan de los hijos a los perritos. Palabras duras, pero era realmente el lenguaje que utilizaban los judíos en referencia a los gentiles, aunque nos parecen duras en labios de Jesús.

Algo quiere resaltarnos Jesús. Porque la mujer con humildad insiste y encontrará razones y motivos porque los perritos algunas veces se contentan con las migajas que se les caen a los niños mientras comen. Pero aquella mujer sigue suplicando con fe. Nos recuerda al centurión de Cafarnaún que no se siente digno de que Jesús entre en su casa, pero suplicará con fe para que su criado pueda ser sanado por la palabra de Jesús. Jesús entonces alabará la fe de aquel centurión porque en Israel no ha encontrado nadie con tanta fe. Jesús alabará finalmente la fe de aquella mujer a la que se le va a cumplir todo lo que ha pedido, porque lo ha pedido con fe.

Es la luz que Jesús nos quiere hacer brillar. Para que aprendamos a hacer resplandecer nuestra fe aun en los momentos que nos parecen más oscuros. Tantas veces pedimos y pedimos y no alcanzamos tan pronto como quisiéramos lo que son nuestras suplicas y desistimos y tiramos pronto la toalla. Dios no nos escucha, decimos tantas veces, y nuestra fe se debilita. Es lo que ahora tenemos que aprender de esta mujer. Dios nos escucha más allá de que merezcamos o no merezcamos que nos escuche, más allá de lo que pudiéramos considerar nuestra indignidad por nuestro pecado. Seamos humildes, reconozcamos nuestra pobreza y nuestro pecado, pero reconozcamos por encima de todo lo que es el amor del Señor que no nos abandona.

Aprendamos también a valorar la fe de los demás, venga de donde venga. Cuidado con las discriminaciones que muchas veces nos hacemos.

miércoles, 8 de febrero de 2023

Una nueva perspectiva que nos ofrece Jesús para que vivamos de forma auténtica desterrando toda falsedad e hipocresía

 


Una nueva perspectiva que nos ofrece Jesús para que vivamos de forma auténtica desterrando toda falsedad e hipocresía

Génesis 2,4b-9.15-17; Sal 103; Marcos 7,14-23

Los cambios de perspectivas nos hacen ver en muchas ocasiones las cosas con ojos nuevos; podemos estar acostumbrados a ver un paisaje siempre desde el mismo lugar, pero por las circunstancias que sea un día nos trasladamos al lado contrario, que quizás no frecuentábamos descubrimos aquella panorámica, aquel paisaje que estábamos acostumbrados a verlo siempre del mismo sitio, ahora de forma distinta, haciéndonos observar detalles o lugares en los que nunca nos habíamos fijado. Nos parecen nuevas las cosas, son para nosotros como un lugar distinto.

En la vida no nos podemos encerrar en una idea, en una costumbre, en aquello que siempre decimos es que esto se ha hecho siempre así, sino que hemos de estar abiertos a lo nuevo que se nos puede ofrecer, por supuesto haciéndonos también nuestro juicio crítico para no tragarnos todo lo que se nos presente como nuevo como algo bueno, pero siempre dando paso a esa perspectiva nueva.

Es la mirada nueva que Jesús quiere que hagamos, es la novedad de su anuncio del Reino de Dios, es esa buena noticia, pero que además como noticia siempre es nueva, que nos ofrece cuando comienza su predicación. Las palabras de Jesús, es cierto, que dejaban descolados a muchos, para quienes la vida y la religión habían entrado en un camino de rutina y ya no se planteaban lo nuevo que Jesús nos pudiera ofrecer. Era, es cierto, un pueblo de tradiciones, pero si observamos la trayectoria de los profetas aparte de mantener con toda su fidelidad al Dios de la Alianza, siempre sin embargo estaban ofreciendo caminos nuevos para vivir esa fidelidad a Dios en las circunstancias concretas que en cada momento vivían.

Han venido a Jesús con el problema de la impureza o no de comer o no comer sin haberse lavado antes y Jesús quiere centrarlos en lo que verdaderamente es principal. El evangelio de hoy es continuación cierta del ayer escuchado. Y Jesús nos viene a hablar hoy de donde está la verdadera pureza o impureza de lo que hacemos. No es algo que podemos observarlo desde lo exterior, como si fueran las cosas las que nos hacen impuros.

Y nos viene a decir Jesús que la verdadera maldad del hombre, la mayor impureza, arranca del corazón del hombre. es ahí donde se anidan los malos deseos, es ahí donde tenemos el caldo de cultivo de nuestros orgullos y de nuestro amor propio, es ahí donde nace el egoísmo que nos hace insolidario, las envidias que nos llevan a las malquerencias hacia los demás, los resentimientos y los odios que terminan destruyéndonos a nosotros mismos.

‘Nada que entre de fuera puede hacer impuro al hombre, porque no entra en el corazón sino en el vientre y se echa en la letrina… Lo que sale de dentro del hombre, eso sí hace impuro al hombre. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los pensamientos perversos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, malicias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro’.

Ahí tenemos las palabras de Jesús que no necesitan muchos comentarios. Es la nueva visión que Jesús quiere ofrecernos de cómo no tenemos que preocuparnos tanto de lavar los platos o las ollas por fuera, sino que es el interior del corazón del hombre lo que tenemos que purificar. Es la nueva perspectiva que Jesús quiere ofrecernos para que encontremos la verdadera autenticidad de la persona.

martes, 7 de febrero de 2023

Sepamos buscar la verdad y el bien actuando siempre en justicia para con el otro y eso entrañará la generosidad de nuestro corazón

 


Sepamos buscar la verdad y el bien actuando siempre en justicia para con el otro y eso entrañará la generosidad de nuestro corazón

Génesis 1,20–2,4ª; Sal 8; Marcos 7,1-13

Donde varias personas, por ejemplo, tienen que convivir en un lugar determinado, por las circunstancias que sea, es normal que para facilitar esa misma convivencia, para ayudar y proteger que las cosas marchen bien y se pueda desarrollar en todo detalle aquello que nos ha motivado para esa convivencia, es normal que se establezcan una serie de condiciones o normas donde se ha de establecer lo que cada uno hace o lo que cada uno ha de aportar con su servicio a la buena marcha de aquello por lo que nos habíamos reunido. Protocolos, como se dice ahora para delimitar lo que en cada momento se ha de hacer y según las circunstancias que se vivan, reglamentos o normas, son necesarias. Pero lo fundamental no es la rigidez de una normas, sino lo que con esa convivencia queremos conseguir.

Bueno, esto dicho así, mirando la cercanía de muchas cosas que nos comprometen en la vida social, diríamos que es algo así como la base de las reglas por las que se rige una sociedad. Lo importante es el bien de esas personas que la conforman, lograr esa armonía y esa felicidad, esa buena convivencia, esa paz que nos ayude incluso a cada uno desarrollarnos como personas. Pero algunas veces tenemos el peligro de olvidarnos de las personas y le damos más importancia a la rigidez de unas normas o unas leyes, que no digo que no se tengan que cumplir, pero que siempre hemos de salvaguardar la dignidad de cada una de las personas.

Sucede hoy como ha sucedido en todos los tiempos, quienes no quieren acatar esas normas, pero también los que con una rigidez obsesiva se olvidan de la razón de ser de esos protocolos y pueden llegar a menoscabar la dignidad de cada una de las personas. Gentes rigoristas las hemos encontrado en todos  los tiempos, como seguimos teniéndolo hoy en la sociedad en la que vivimos, cuando queremos imponer nuestra manera de pensar sin respetar el pensamiento o la manera de ver las cosas que puedan tener otras personas, y el diálogo se hace imposible, la convivencia se hace irrespirable, la imposición se convierte en la forma de trabajar por la sociedad.

Nos quejamos fácilmente mirando la historia de tiempos que nos parecieron de dictadura, pero hoy quizá estamos imponiendo la dictadura de nuestras propias ideas y a quien no piense de la misma forma, tendremos mil palabras con las que calificarlos buscando el desprestigio y la anulación de quienes no piensen de la misma manera. Miremos nuestra sociedad de hoy.

Hoy nos encontramos con esos exigentes en el evangelio que vienen a echarle en cara a Jesús porque sus discípulos comen con manos impuras, no se lavan las manos antes de comer. Lo que era una perfecto norma higiénica, muy necesaria en aquellos pueblos que en su origen habían vivido no solo en el campo y en contacto con los animales, sino además una vida de trashumancia de un lugar para otro por lugares desérticos, donde incluso no era fácil la consecución del agua necesaria para la higiene, se había convertido en un precepto religioso que marcaba incluso con impurezas la vida de las personas. Es lo que ahora vienen a reclamarle a Jesús, dándose de puritanos y cumplidores.

En esta ocasión Jesús quiere hacerles reflexionar sobre cómo han de buscar en la vida lo que verdaderamente es importante, y cuando tanto están hablando del culto a Dios para el que había que estar purificados, había que pensar más en el corazón, que en una impureza externa, una impureza exterior. La maldad que llevaban en el corazón rompía más esa relación con Dios y también con los demás, que el lavarse o no lavarse las manos por unas cuestiones, diríamos que de higiene, que también pueden ser necesarias.

Cuando con nuestros reclamos y exigencias estamos haciendo la vida imposible a los que están a nuestro lado en verdad estaremos manchando nuestro corazón, pero también alejándonos de Dios. Busquemos siempre lo que dignifica a la persona, de ahí se desprende el respeto al otro, pero también la búsqueda de lo que pueda hacer bien al  otro. Caminemos con dignidad pero considerando también la dignidad de los que están a nuestro lado.

Sepamos buscar la verdad y el bien, pero actuando siempre en justicia para con el otro y eso entrañará la generosidad de nuestro corazón. Generosidad para compartir en la necesidad, generosidad para llenar nuestro corazón siempre de comprensión y de misericordia, generosidad para ofrecer el perdón, generosidad para saber contar con el otro, generosidad para descubrir también todo lo bueno que hay en el corazón de los que están a nuestro lado, aunque no piensen como nosotros, aunque tengan incluso otra manera de concebir la vida y el mundo. Es un estilo nuevo de vivir el que nos está proponiendo Jesús.

lunes, 6 de febrero de 2023

Con Jesús aprendemos a sentirnos valorados, aprendemos cómo podemos hacer las cosas por nosotros mismos liberándonos de tantas dependencias que nos anulan

 


Con Jesús aprendemos a sentirnos valorados, aprendemos cómo podemos hacer las cosas por nosotros mismos liberándonos de tantas dependencias que nos anulan

Génesis 1,1-19; Sal 103; Marcos 6,53-56

Si en Gerasa no quisieron recibirlo, cuando había liberado a aquel hombre del espíritu del mal y le pidieron que se fuera a otra parte, como escuchábamos el pasado sábado, ahora cuando desembarcan en Genesaret, otra parte de las orillas del lago de Tiberíades, sí que le reciben. La fama de Jesús se había extendido por todas partes; de todos los lugares le traían enfermos para que los curase. Era la fama de taumaturgo la que se adelantaba a su llegada a cualquiera de aquellos rincones de Galilea.

Eran muchas las angustias y las penas que la gente vivía en su pobreza; las enfermedades que les debilitaban aumentaban su pobreza y sus angustias; cuando encontramos modo de liberarnos de algún mal es normal que comencemos por aquello que nos parece más perentorio y que de alguna manera veían como causa de los muchos males que sufrían.

Normal parecía que los ciegos que en su ceguera se veían imposibilitados para cualquier tipo de trabajo estuvieran al borde de los caminos por donde pasara mucha gente para moverlos a compasión y alcanzar alguna limosna que remediara en parte su pobreza. Nos fijamos en el evangelio son muchos los ciegos que nos aparecen por todas partes en sus diversas situaciones y buscan la luz para sus ojos en Jesús. Toda su fe se quedaba reducida en la mayoría de las situaciones en poder verse liberados de su pobreza, al verse liberados de sus limitaciones y enfermedades.

Pero bien sabemos que el hombre allá en lo más interior de si mismo puede ser consciente de que hay otros males, otras limitaciones y dependencia, otras discapacidades que no solo afectan a los miembros o los órganos de nuestro cuerpo, sino que nos atan allá en lo más hondo de nosotros mismos.

Hay una pérdida de dignidad que acompaña todas estas limitaciones y más en un mundo donde parece que lo único válido es que seamos productivos en cosas que nos puedan generar unos bienes o unas riquezas materiales que nos pueden parecer la solución de todos los males. Pero esa dignidad y grandeza de la persona no está en las cosas que poseamos, sino en el valor que nos demos a nosotros mismos, en ese camino que seamos capaces de emprender hacia una rectitud de la vida, en esa valoración que hagamos de lo que somos y ese camino de respeto y valoración con que contemplemos la vida de los demás.

Y es ahí donde Jesús quiere levantarnos; es ahí donde Jesús quiere recordarnos la grandeza y dignidad de toda persona. Es la forma cómo Jesús se acerca a todos y pone su mano sobre todo sobre los que sufren para levantarlos y ponerlos en camino. Ni podemos quedarnos postrados en nuestra camilla para siempre, ni podemos pretender que sean siempre otros los que tengan que cargar con nuestra camilla. Ponte en pie, toma tu camilla y echa a andar, le dice Jesús a los enfermos y a los que se han hundido en su postración.

Con Jesús aprendemos a sentirnos valorados, con Jesús aprendemos como podemos hacer las cosas por nosotros mismos sin estar siempre dependiendo de los demás, con Jesús aprenderemos también tender la mano para que el otro se sienta también dignificado porque se puede ver liberado de todos sus males. Tratemos de descubrir con claridad cuál es la salvación que Jesús nos está ofreciendo y la nueva dignidad con que siempre hemos de vivir.

 

domingo, 5 de febrero de 2023

Nuestra vida concreta, nuestros gestos y compromisos de amor serán los que harán surgir tu luz como la aurora brillando tu luz en las tinieblas

 


Nuestra vida concreta, nuestros gestos y compromisos de amor serán los que harán surgir tu luz como la aurora brillando tu luz en las tinieblas

Isaías 58, 7-10; Sal 111; 1Corintios 2, 1-5;  Mateo 5, 13-16

Hoy es uno de esos momentos cuando escucha uno el evangelio dice ‘¡ay, qué bonito!’ La imagen de la luz y de la sal que emplea Jesús en el evangelio es muy socorrida, la hemos escuchado muchas veces y en distintos momentos y muchas son las explicaciones que se nos han dado de tal manera que tiene el peligro  de que la sal se nos vuelva sosa. Ya nos lo sabemos, decimos, y nos ponemos a dar explicaciones fáciles. Pero, ojo, todo se nos puede quedar en palabrería, en palabras bonitas, porque la imagen nos da pie a ello, pero terminemos detrás de toda esa palabrería metiendo la luz debajo del cajón, ocultándola bajo el celemín y ya no nos dará luz. El peligro de sabernos las cosas y no dejarnos sorprender.

Porque lo tenemos claro, Jesús nos está diciendo que tenemos que ser luz, que tenemos que iluminar. ¿Y cómo se hace eso? Fácilmente respondemos porque demos ejemplo con nuestras obras, con nuestra vida, que se note que creemos en Jesús, que somos cristianos, seguidores de Jesús. Y sigo preguntándome, y eso, ¿cómo se hace? ¿Nos vamos a poner en la calle a gritar delante de todo el mundo que somos cristianos y creemos en Jesús? A lo mejor está bien hacerlo, ¿pero seríamos capaces? ¿Y a la gente le impactarían esos gritos? ¿Serán, acaso, otros los gritos?

La propia palabra de Dios que hoy hemos escuchado nos lo está diciendo. El profeta nos has dicho claramente cuando nuestra vida se volverá luz. Y no es que nos tengamos que poner una aureola luminosa alrededor de nuestro cuerpo. Y no está muy lejos de lo que nos decía Jesús en el pasado domingo sobre las bienaventuranzas. Estos textos y otros que escucharemos en los domingos siguientes antes de comenzar la Cuaresma forman en su conjunto el llamado sermón del monte.

Nos hablaban las bienaventuranzas de pobres y de hambrientos, nos hablaba de gente que lloraba y sufría y de quienes eran perseguidos, nos hablaba de violencias que hemos de transformar en paz y de la rectitud de nuestro corazón frente a tantas villanías que podemos encontrar a nuestro alrededor. Y hablaba Jesús de dicha y de caminos de felicidad, nos hablaba que así nos llenaríamos de Dios porque es la única manera de ver a Dios. Y hoy, como una continuación de aquel texto, se nos habla de resplandecer de luz y de llenar de sabor nuevo nuestro mundo. Unamos ambas cosas.

El profeta nos decía que cuando partimos el pan con el hambriento, hospedamos al pobre que no tiene techo o vestimos al que está desnudo, y no te desentiendes de aquellos que tienes que mirar como cosa tuya, como si te estuvieras mirando a ti mismo, entonces surgirá tu luz como una aurora, es el momento en que comienza a brillar una nueva luz, como cada aurora al amanecer que vence las tinieblas de la noche. 

Y continuaba diciéndonos de cuántas cosas tenemos que apartarnos para que no nos dejemos envolver por esas sombras y tinieblas, la opresión, la maledicencia, las envidias y los recelos, los orgullos y las desconfianzas, las acusaciones y las condenas con que de manera tan ligera juzgamos lo que hacen los demás. Cuando seas capaz de desprenderte de lo tuyo para saciar el hambre de los demás, entonces comenzará a brillar tu luz.

Por eso terminaba diciéndonos hoy Jesús: ‘Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos’.

Ya sabemos cómo. No nos quedamos en decir que es un texto bonito. Estas palabras del evangelio tienen que herirnos por dentro. Sí, porque tenemos que sentirnos interpelados, porque no terminamos de hacer eso que nos está diciendo Jesús, porque edulcoramos tanto el evangelio que le quitamos el sabor a la sal con que tenemos que dar sabor, primero que nada, a nuestra propia vida, para que podamos dar ese sabor nuevo a ese mundo, porque lleguemos de verdad a contagiar a los demás de ese espíritu del evangelio.

Vayamos poniendo sal, vayamos encendiendo la luz; son muchas las oportunidades que tenemos, porque ese listado que nos ofrecían las bienaventuranzas el pasado domingo sigue estando presente en nuestro entorno. Necesitamos abrir los ojos y los oídos, porque muchas veces los tenemos delante de nuestras propias narices, pero nos hemos quedado mirándonos la punta de nuestra nariz y no hemos sido capaces de mirar más allá, un más allá que está muy cercano a nosotros. Dichosos los que saben hacerlo, porque también hemos de reconocer que hay gente que se sacrifica y se da por los demás, en ellos se cumple la bienaventuranza del evangelio.

Tenemos muy presentes muchas obras piadosas, muchos signos religiosos que quizás también muchos quisieran hacer desaparecer – y eso parece que sí nos duele -, pero no terminamos de dar el testimonio del evangelio porque no llegamos a ver ese mundo de sufrimiento – y ese sí que tendría que dolernos de verdad – donde tenemos que poner nuestra luz, o sea, poner nuestra vida concreta y nuestros gestos y compromisos de amor.

sábado, 4 de febrero de 2023

Sepamos detenernos con Jesús porque siendo nuestro descanso nos regala la fuerza del Espíritu y nos pone en camino para una vida nueva

 


Sepamos detenernos con Jesús porque siendo nuestro descanso nos regala la  fuerza del Espíritu y nos pone en camino para una vida nueva

Hebreos 13,15-17.20-21; Sal 22; Marcos 6,30-34

Es necesario saberse detener en la carrera de la vida que a veces se nos hace loca. No podemos aguantar un ritmo trepidante porque no solo físicamente sino también anímicamente podemos llegar a un colapso. Una parada para el descanso, una parada para la reflexión. Una parada que aprovechamos para ver caminos recorridos, metas conseguidas, pero también para corregir rumbos si es necesario y sobre todo para retomar fuerzas para continuar el camino. 

Algunos pretenden conseguirlo todo de un solo golpe, pero el esfuerzo de la ascensión de la montaña nos obliga a detenernos para tomar aire renovado que nos de fuerza para poder llegar a la cima. Ese aire renovado puede ser esa reflexión que nos hagamos sobre lo que estamos haciendo, pero también es la necesidad de ese fortalecimiento interior, de ese crecimiento interior que necesitamos hacer.

Son muchas, pues, las razones que podemos encontrar para ese detenernos. ¿Unas vacaciones? Algunos las pueden llamar así, pero algunos nos dicen que esas vacaciones son como un cambio de actividad que nos hace ver con una nueva perspectiva el camino que estamos haciendo. Mucho podríamos hablar en este sentido, muchos ejemplos de lo que nos sucede en la vida podríamos poner.

Me estoy haciendo estas consideraciones desde lo que hoy contemplamos en el evangelio. Los discípulos que habían sido enviados por Jesús para ir por delante haciendo el anuncio del Reino regresan de su tarea y cuentan a Jesús lo que han realizado. Todo en medio de la tarea de Jesús que sigue porque siguen acudiendo a El en todo momento, de manera que, como apunta el evangelista, no tenían tiempo ni para comer.

Por eso Jesús busca la manera de llevárselos a ellos solos a un lugar apartado. Jesús quiere estar a solas con ellos. Lo veremos en otros momentos del evangelio, como cuando se han ido a casi las fronteras de Israel con Fenicia y lo que hoy sería el Líbano o cuando en la subida a Jerusalén en que hay momentos en que se los lleva aparte porque a ellos quiere irles explicando cuanto va a suceder en Jerusalén aunque a ellos les cuesta entender.

Y ya nos comentará entonces el evangelista que serán momentos de mayor intimidad entre Jesús y el grupo de los apóstoles, pues a ellos de manera especial les explica las cosas, o como aquel momento en indaga Jesús lo que la gente piensa de El y lo que los propios apóstoles también piensan de El, llegando a aquella hermosa confesión de fe de Pedro en una ocasión o al rechazo de Pedro a lo que Jesús les anuncia.

En el momento que hoy nos presenta el evangelio parece que de alguna manera las intenciones de Jesús se vinieron abajo. La gente se enteró a donde se dirigía Jesús y cuando llegaron allá se encontraron con una multitud que les esperaba. Pero será momento también de hermosa lección de Jesús. Cuando contempló aquella multitud que andaban como ovejas sin pastor sintió compasión.

Compadecerse es hacer aparecer la ternura que llevamos en el corazón. Compadecerse que es compartir unas lágrimas, unos sufrimientos, unos sentimientos, va más allá porque esas lagrimas hay que secarlas, porque ese sufrimiento hay que mitigarlo, porque es necesario ponerse en el lugar del otro y con el otro luchar para lograr esa necesaria liberación.

Es la lección que nos da Jesús. Se puso a hablarles, a estar con ellos, a curarles de sus males y enfermedades, a ayudarles a transformar el corazón, a levantarlos para hacerles recuperar su esperanza y su dignidad. Jesús que se abaja para estar al lado del otro, para que los corazones lleguen a estar en la misma latitud, en la misma sintonía. Jesús quiere ponernos de pie, Jesús quiere ponernos en camino, Jesús camina con nosotros para enseñarnos a ser ese hombre nuevo, Jesús en verdad es nuestro salvador porque con El nos sentimos liberados y renovados con nueva vida.

Sepamos nosotros detenernos en la vida, para estar con Jesús, para aprender a sintonizar su corazón, para que en verdad nos sintamos fortalecidos desde lo más hondo de nosotros mismos, para que podamos continuar con la fuerza de su Espíritu la tarea. Con Jesús podremos realizar todo aquello que decíamos antes que necesitamos hacer en el camino de la vida. Nos lleva con El para que estemos con El. Nos dice que vayamos a El porque en El encontraremos nuestro descanso, porque El es esa nueva vida para nosotros.

viernes, 3 de febrero de 2023

Cuidado con las motivaciones interesadas que pueden aparecer por debajo de lo que hacemos y nos pueden apartar de los caminos de rectitud y justicia

 


Cuidado con las motivaciones interesadas que pueden aparecer por debajo de lo que hacemos y nos pueden apartar de los caminos de rectitud y justicia

Hebreos 13,1-8; Sal 26; Marcos 6,14-29

Nos movemos según sean los intereses que tengamos. Se suele decir que para hacer las cosas tenemos que estar motivados, sobre todo cuando las cosas nos superan, se nos exige mucho esfuerzo y dedicación, o cuando tenemos que emprender algo novedoso. Pero el tema está en cual es la motivación que podamos tener detrás; es donde se va a manifestar nuestra madurez o el sentido que nosotros queremos darle a la vida, lo que hacemos y lo que vivimos.

¿Será la ambición lo que nos mueva? ¿Serán nuestros prestigios personales? ¿Será la vanidad que me puede llevar a buscar cosas de brillo y donde pueda yo sobresalir? ¿Serán unas ganancias que se pueden traducir en riquezas o poder económico, o la influencia que yo pueda tener sobre los demás? ¿Será un espíritu de servicio generoso y altruista que me quiere en verdad hacer solidario con mi mundo, con los que me rodean, con los que sufren?

Muchas cosas podríamos ir agregando a esta lista. Mucho tenemos que mirarnos a nosotros mismos con sinceridad, porque se nos pueden meter unos intereses en aquello que hacemos incluso hasta en lo más bueno que podamos hacer. Cuidado que siempre andemos buscando unas ganancias, unos réditos incluso hasta de nuestra propia religiosidad.

Ya Jesús cuando alguien se ofrece a seguirle y dice que quiere hacerlo de una manera incondicional, les recuerda que el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar su cabeza, a pesar de que incluso las fieras del campo tienen sus madrigueras. Y muchas veces nos encontramos también en los propios discípulos cercanos a él unos intereses y ambiciones por los primeros puestos de poder o de influencia, o como le dirá Pedro un día y a ellos que lo dejaron todo por seguirle qué es lo que les va a tocar.

La presencia de aquel profeta de Nazaret por aquellos pueblos y caminos de Galilea, con las multitudes de gentes que se sentían atraídos por El, va suscitando inquietudes en muchos. Ya hemos visto que sus propios conciudadanos de Nazaret al final terminan poniéndose en contra de Jesús, porque no consiguieron lo que ellos pretendían; hemos visto que los principales del pueblo andan al acecho con lo que hace y con lo que dice Jesús, porque se temen que la gente se vuelva contra ellos y pierdan su prestigio, por eso intentarán de todas formas de oscurecer el prestigio de Jesús.

En el evangelio de hoy vemos que es Herodes quien se pregunta quien es ese Jesús del que tanto estás oyendo hablar; en otro momento vendrán a decirle a Jesús que Herodes quiere conocerlo. Ahora Herodes se pregunta si este Jesús es un profeta, como los antiguos, o acaso es Juan el Bautista el que mandó decapitar que ha vuelto en la figura de Jesús.

El evangelista nos relata el episodio. Un episodio donde vemos ese juego de intereses, esas motivaciones que están detrás de cuanto está sucediendo. Nos habla de la admiración de Herodes por el Bautista, pero lo tiene metido en la cárcel por las instigaciones de la mujer con la que convive, que el profeta le dice que no es justo ni correcto lo que está haciendo; está la vanidad de las fiestas de Herodes rodeado de todos sus cortesanos buscando la adulación y la manipulación; está el orgullo de un prestigio que no se quiere perder, pero la pasión que ciega y hace prometer incluso lo que no se podría cumplir; los respetos humanos, la cobardía y el dejarse manipular incluso para conseguir mantenerse en su puesto de poder. Y al final la que cae es la cabeza del Bautista. No es necesario después de haber escuchado el relato del evangelio, volver a incidir en los detalles.

¿Qué buscamos en la vida? ¿En qué lugar queremos mantenernos? ¿Qué llegamos a hacer para conseguir lo que anhelamos sobre todo si vamos por los caminos de las glorias y vanidades de este mundo? Aquí, aunque el relato nos pueda parecer negativo, tenemos la gran lección. ¿Dónde está la rectitud de nuestra vida? ¿Qué es lo que nos hace ser maduros de verdad en las decisiones que hemos de tomar para obrar siempre con rectitud? ¿Nos dejaremos manipular por esos intereses que nos aparecen casi sin darnos cuenta por debajo de nuestras acciones?

jueves, 2 de febrero de 2023

Peregrinamos haciendo camino de esperanza iluminados por la luz de Jesús que también nos trae María a quien invocamos como la Virgen de Candelaria

 


Peregrinamos haciendo camino de esperanza iluminados por la luz de Jesús que también nos trae María a quien invocamos como la Virgen de Candelaria

Malaquías 3,1-4; Sal 23; Hebreos 2,14-18; Lucas 2,22-40

En la vida nos encontramos en ocasiones gente que va derrotada por la vida, cansados de sus luchas han perdido las esperanzas de algo nuevo y distinto; algunas veces los catalogamos como viejos que ya vienen de vuelta de todo sin ilusión por nada que simplemente se van dejando arrastrar. No tendríamos que decirles viejos, sino más bien muertos, porque por el contrario nos encontramos con personas mayores, viejos en edad si queréis decir, pero que no han perdido la vitalidad de su espíritu, siempre buscan y esperan algo nuevo, siempre quieren hacer algo con lo que ir transformando nuestro mundo a mejor. Es el amor a la vida y la esperanza que los mantiene vivos.

Son realidades que nos encontramos. Unos pueden convertirse en un peligro para nosotros si también logran quitarnos la ilusión, pero los otros son un estímulo para nuestro camino, que algunas veces se nos puede hacer duro.

¿Por qué me hago esta previa o introductoria reflexión? Es que hoy se nos habla en el evangelio de un anciano que a pesar de sus muchos años no ha perdido la esperanza. Cada día viene al templo de Jerusalén esperando que se cumplan las promesas del Señor y que él siente muy vivas en si mismo. Es el anciano Simeón – aunque también vemos a otra anciana, Ana, con la misma fe y esperanza – que recibe a aquella familia de la lejana Nazaret que viene a hacer la presentación de su primogénito al Señor. Con gozo da gloria al Señor porque sus ojos han podido contemplar al Salvador anunciado y esperado. El espíritu del Señor le ha revelado en su interior que aquel niño es el prometido Mesías de Israel.

La celebración de este día tiene tintes y resplandores de luz y de esperanza. Litúrgicamente estamos celebrando la presentación del niño Jesús en el templo, como primogénito de aquel matrimonio y familia de José y de María, para cumplir con la ley de Moisés, en que todo primogénito varón había de ser presentado al Señor a los cuarenta días de su nacimiento. Cuarenta días cumplimos hoy de la celebración de la Navidad del Señor y es la celebración propia de este día.

Como decíamos tiene la celebración resplandores de luz y esperanza, que lo expresamos en esa procesión de las candelas con que se inicia la celebración de este día. Es el peregrinar de los creyentes que hacemos camino iluminados por la luz de Jesús que llega a nuestras vidas. Es el peregrinar lleno de esperanza en búsqueda de esa salvación, que transforme nuestros corazones, pero de esa salvación que ponga luz en este mundo tan envuelto en tinieblas en el que vivimos.

Pero caminamos con esperanza, no nos dejamos derrotar por esas tinieblas y oscuridades que nos cercan. Como el anciano Simeón, que también vivía momentos difíciles como era la situación del mismo pueblo de Dios en aquellos momentos. Pero el anciano mantuvo su esperanza porque había puesto toda su confianza en la palabra del Señor que había recibido.

Es lo que nosotros también queremos hacer, mantener la esperanza, poner nuestra confianza en la Palabra del Señor, porque en verdad queremos irla plantando en nuestra vida. Es así como haremos un mundo mejor. Tenemos que iluminar la vida, tenemos que iluminar nuestro mundo.

No nos podemos dar por derrotados, por muchas que sean las oscuridades que encontremos en nuestro entorno. Nunca podemos decir que no podemos hacer nada, que como vemos las cosas no hay nada que hacer. No podemos combinar sentimientos así con lo que es nuestra fe. Nuestros valores, esos valores que aprendemos del evangelio de Jesús y que nos llenan de esperanza, tenemos que hacerlos resplandecer para que esa luz se vaya contagiando en nuestro entorno. Es de eso bueno, de esa esperanza de la que tenemos que contagiar cuanto nos rodea, es el testimonio que tenemos que dar. Es a lo que nos está invitando esta fiesta de hoy.

Una fiesta en la que sentimos de manera especial la presencia de María. Ahí nos la presenta el evangelio cuando se le anuncia que una espada traspasará su alma. Pero Maria es la mujer que se mantiene firme siempre en su fe y en su esperanza. ¿No la veremos caminar hasta la montaña a la casa de Isabel y de Zacarías para llevar aquella luz que ya ella llevaba por dentro?

Pero para nosotros los canarios en este día hay una presencia especial de María cuando la invocamos como la Candelaria, la que lleva la candela, esa luz en su mano para iluminar al mundo. Su imagen bendita fue adelantada en nuestras islas para hablar del Señor del cielo y de la luz que vendría a iluminar nuestras islas con el anuncio del evangelio de Jesús. Se me ocurre que a ella la podemos llamar protoevangelio de nuestras islas porque su presencia fue un adelanto del anuncio del Evangelio.

Así hoy la celebramos y nos gozamos con ella. Así sentimos su protección y la invocamos como madre. Así queremos que en nuestras islas siga caminando junto a nosotros para que nunca nos falte esa luz del evangelio que mantenga viva nuestra esperanza.

miércoles, 1 de febrero de 2023

Nos hace falta algo para descubrir el misterio que se nos revela en los demás, solo así podré llegar a descubrir también el misterio de Dios que se nos revela en Jesús

 


Nos hace falta algo para descubrir el misterio que se nos revela en los demás, solo así podré llegar a descubrir también el misterio de Dios que se nos revela en Jesús

Hebreos 12,4-7.11-15; Sal 102; Marcos 6,1-6

Aunque decimos que no hemos de reconocer que en nuestra vida social, en nuestras relaciones con los demás nos dejamos arrastrar demasiado por los prejuicios,  por las ideas preconcebidas que tengamos de otras personas, porque aquello que quizá mamamos hasta sin darnos cuenta en el propio ámbito familiar. Siempre habíamos visto una cierta aprensión por parte de nuestra familia hacia unos vecinos y eso se ha quedado marcado en nuestro subconsciente y no lo podemos quitar; hacia aquellos que no son de nuestro ámbito, que quizás no son de nuestro pueblo, sino del pueblo de al lado con quien siempre se ha mantenido una cierta tirantez, ahora nos mostramos con unas ciertas reservas que nos llenan de desconfianza aunque algunas veces ni sabemos por qué; cuando vemos que alguien de nuestro entorno destaca en alguna cosa, comenzamos a mirar sus raíces familiares, lo que pudo o no pudo haber sido en su niñez o en su juventud, y ahora lo miramos a distancia, no terminamos de fiarnos, queremos como poner a prueba todo lo que hace o lo que dice.

Cuánto nos cuesta ir con mirada limpia, sin condicionamientos ni reservas al encuentro con los otros para quizás ponernos a trabajar juntos.

Un día, uno que luego seria un discípulo, cuando le hablan de Jesús, porque además no es de su pueblo se pregunta que si de Nazaret puede salir algo bueno. Pero es que no son solo los del pueblo de al lado, sino la misma gente de Nazaret es la que mira con lupa lo que Jesús dice y hace. Ha venido Jesús a su ciudad, nos dice el evangelista, va a la sinagoga el sábado, y como ya le precedía la fama de lo que había ido haciendo por otros lugares, ahora se adelanta a hacer la lectura de la Palabra. Todos le miran. Hay un orgullo porque es uno de ellos, allí en Nazaret se ha criado, allí están sus parientes, todos conocen a José el carpintero, su hijo está ahora en la sinagoga enseñando.

Pero esos primeros orgullos pronto se transformarán en desconfianzas; aquello de que lo conocen de siempre, les comienza a hacer que se pregunten que dónde ha aprendido tanto, de dónde le viene esa sabiduría, y aparecen los recelos en el corazón. No es precisamente la fe la que brilla en ellos. Además Jesús no está haciendo allí los milagros que esperaban que hiciera como en otras partes. ¿Han ido a ver al ‘mago’ de turno que les embelece con las maravillas que hace?

A Jesús le extraña también su falta de fe. Y de alguna manera se los recuerda. Están esperando a ver qué milagro va a realizar, pero no están abriendo el corazón al mensaje que Jesús quiere transmitirles. Hay prejuicios y desconfianza en sus corazones. Jesús no pudo hacer allí ningún milagro. Era importante la fe, como le había recordado a Jairo cuando caminaban hasta su casa por la niña que estaba enferma; fue importante la fe de aquella mujer que se contentó con tocar el manto de Jesús porque tenía la confianza plena de su curación.

Si no hay apertura a la fe no podemos descubrir las maravillas de Dios, no podremos ver más allá de lo que ven los ojos de la carne, como se suele decir no vemos más allá de la punta de nuestras narices, y no se han abierto los ojos del alma para sentir la presencia de Dios. Por eso no reconocieron a Jesús. Se quedó para ellos en que era el hijo del carpintero, de ahí no pasaron, y no descubrieron el misterio de Dios.

Y nosotros ¿hasta dónde llega nuestra fe?  ¿Estaremos también poniendo ante nuestros ojos, ante los ojos de nuestro corazón, esos filtros con los que tantas distinciones vamos haciendo en la vida en nuestras relaciones con los demás? ¿Seremos capaces de ver más allá? Nos hace falta algo para descubrir el misterio que se nos revela en los demás; cuando aprendamos a descubrir en positivo ese misterio del hombre o mujer que está a mi lado, podré llegar a descubrir también el misterio de Dios que se nos revela en Jesús.

martes, 31 de enero de 2023

Dios llega a su hora a nuestra vida, siempre hay una hora de la salvación, mantengamos la fe y la esperanza

 


Dios llega a su hora a nuestra vida, siempre hay una hora de la salvación, mantengamos la fe y la esperanza

Hebreos 12, 1 – 4; Sal 21; Marcos 5, 21-43

Cosas así suelen suceder; cuando más prisa parece que tenemos, más tropiezos encontramos en el camino. Estamos deseosos por algo, hemos hecho de nuestra parte las gestiones necesarias para conseguirlo, pero vienen los retrasos, vienen los ‘peros’y las dificultades, cosas que van surgiendo y que ralentizan la solución o la concesión de aquello que habíamos solicitado, o que estábamos deseando conseguir y que en principio tan fácil parecía.

Nos encontramos en el evangelio hoy a un hombre que vive envuelto en sus preocupaciones, su niña está enferma y parece estar en las últimas. Quizás ha oído hablar de Jesús que realiza milagros, que cura a los enfermos, lo busca quizás y no lo encuentra, porque Jesús está al otro lado del lago – recordemos el evangelio de ayer -; a su llegada está esperándolo como muchas gente también que lo espera porque quiere escucharle. Es lo que se disponía hacer Jesús, hablar, enseñar a la gente que allí está reunida.

Pero por medio se mete este hombre, que además es alguien principal porque es un jefe de la sinagoga; ¿se valdría quizás de su estado para acercarse a Jesús? para acercarse a Jesús no hace falta tener influencias, porque Jesús acoge a todos. Habla de su niña, de su situación, y Jesús se ofrece para ir a la casa de Jairo. Ojalá lleguen pronto.

Pero la gente entorpece el paso de Jesús. ahora una mujer en medio de aquella multitud que apretuja a Jesús se atreve a acercarse también porque ella también tiene un problema, una necesidad, está enferma con hemorragias que ningún medico ha podido curar. Pero no quiere interrumpir el camino de Jesús y tiene la confianza que con solo tocarle el manto puede curarse. Y así sucede.

Pero esto hace detenerse a Jesús, para que aun crezca más la impaciencia del jefe de la sinagoga. ‘¿Quién me ha tocado?’ pregunta Jesús y allá están los discípulos más cercanos para recordarle que toda la gente lo apretuja a su alrededor y muchos habrán sido los que lo han tocado. Pero Jesús se ha detenido. Jesús sabe hacer eso que a nosotros nos cuesta cuando tenemos prisa. Allí hay alguien que ha estado sufriendo y que ahora ha recobrado la vida, la salud y Jesús quiere destacar algo. La mujer al final se acerca reconociendo lo que ha pasado. Ha sido ella quien lo ha tocado pero con esa fe grande que había en su corazón. ‘Tu fe te ha salvado’, le dice Jesús, ‘vete en paz y queda curada de tu enfermedad’.

Era necesario resaltar la fe de aquella mujer, porque hay muchos más que están necesitando reafirmar también su fe. Han llegado a decirle a Jairo que no moleste más al maestro porque la niña ya ha fallecido. Y Jesús sigue con tema de la fe que sigue necesitando aquel hombre traspasado por el dolor de la noticia que le han traído. ‘No temas; basta que tengas fe’, le dice Jesús.  Y prosiguen el camino.

Ya hemos escuchado el final del relato, cómo Jesús toma de la mano a la niña y la levanta, porque como les ha dicho ‘no está muerta, solo está dormida’. Y la niña vuelve a la vida y les dice que le den de comer. Seguramente en todo aquel proceso de la enfermedad poco habría comido y tendría hambre. 

Pero con la fe había llegado la vida a aquella casa. Como lo necesitamos nosotros; como necesitemos mantener la confianza y la esperanza; como tenemos que esperar la hora de Dios; como hemos nosotros también de mantener la fe. Dios llega a su hora a nuestra vida. Siempre hay una hora de la salvación.   

lunes, 30 de enero de 2023

Jesús se nos manifiesta también en los que quieren ayudarme, hacerme reflexionar, en esas llamadas que sentimos en el corazón y no queremos escuchar

 


Jesús se nos manifiesta también en los que quieren ayudarme, hacerme reflexionar, en esas llamadas que sentimos en el corazón y no queremos escuchar

Hebreos 11,32-40; Sal 30; Marcos 5,1-20

Como me diría mi madre a veces somos tozudos; nos empeñamos en  lo que estamos haciendo y viendo que las cosas no funcionan seguimos intentándolo una y otra vez aunque nos salga mal, no por deseo de superación sino por nuestro capricho y nuestro orgullo que no queremos dar el brazo a torcer. Y ya no solo se trata de que en un trabajo que estemos realizando no tengamos el arte de sacarlo adelante, sino que muchas veces es en nuestra propia vida que no queremos corregirnos, no queremos reconocer el error, no tenemos la humildad de decir que no nos estamos o no nos hemos portado bien.

Rechazamos la corrección, rechazamos la mano que se nos ofrece para salir de esa situación, rechazamos el consejo y la palabra amable que quiere ayudarnos. Como decíamos, somos tozudos, somos orgullosos, estamos llenos de soberbia. Y así no llegaremos a ninguna parte.

Hoy en el evangelio nos encontramos con un hecho sorprendente. Cuando han atravesado el lago han llegado a una región que ya propiamente no es territorio judío; son otros los que allí viven, es Gerasa, junto al lago pero territorio palestino si queremos decir, pero no considerado territorio de Israel. Lo primero que se encuentran es a un hombre poseído por el espíritu del mal. Ya nos da muchos detalles el evangelista, de donde habita y de su modo de comportarse.

Además se encara a Jesús. ¿Qué vienes a hacer aquí? ¿Por qué nos importunas? Esto es territorio mío, déjame con mis obras, podríamos decir que algo así es lo que le4 dice a Jesús. ‘¿Qué tienes que ver conmigo, Jesús, Hijo de Dios altísimo? Por Dios te lo pido, no me atormentes’.

Su nombre es legión, porque son muchos. Se resiste a la acción de Jesús. Prefiere quedarse en su situación. ¿Nos recuerda algo de lo que son muchas veces nuestras posturas y actitudes? Como decíamos antes nos resistimos cuando no queremos escuchar un consejo, nos resistimos cuando nos negamos a que nos den la mano, nos resistimos obtusos en nuestro orgullo. Y ahora cuando escuchamos este pasaje del evangelio hasta quizás nos atrevemos a juzgar y a condenar a aquel hombre.

Finalmente Jesús lo expulsa aunque se apoderan, por así decirlo, de una piara de cerdos que por allí anda hociqueando con sus cuidadores y que se arroja acantilado abajo a las aguas del lago, pereciendo todos.

Ante todo el barullo que se ha formado, probablemente los cuidadores de los cerdos habrán ido al poblado más cercano contando lo sucedido, esto hace que las gentes del lugar salgan al encuentro de Jesús. Podríamos pensar que agradecidos porque se has visto liberados de aquel espíritu maligno que atormentaba a aquel hombre – ahora sentado allí a un lado sin saber quizá ni lo que le ha sucedido – pero le piden sin embargo que se marche a otros lugares. También rechazan la acción de Jesús. ¿Por qué veían peligrar con la muerte de los cerdos – para los judíos animales impuros pero para ellos no – su propio medio de vida? ¿No rechazaban a Jesús los principales del pueblo de Israel porque también podían ver en peligros sus influencias y manipulaciones?

Y nosotros ¿cómo recibimos a Jesús? Porque Jesús se nos está manifestando también en esos que quieren ayudarme, esos que quieren hacerme reflexionar sobre mi vida, en esas llamadas que sentimos tantas veces en el corazón pero que no queremos escuchar. Mira si acaso nosotros no estaremos actuando de la misma manera que aquellas gentes.

domingo, 29 de enero de 2023

Los mejores cimientos para hacer de nuestro mundo el Reino de Dios los tienen los pobres y los humildes que no ponen la confianza en si mismos sino en Dios

 


Los mejores cimientos para hacer de nuestro mundo el Reino de Dios los tienen los pobres y los humildes que no ponen la confianza en si mismos sino en Dios

Sofonías 2, 3; 3, 12-13; Sal 145; 1Corintios 1, 26-31; Mateo 5, 1-12a

Me atrevo a comenzar afirmando que son los pequeños, los sencillos, los  humildes los que tienen las mejores piedras que sirvan de cimiento en la construcción de un mundo mejor. En esa dialéctica que se nos presenta de con quien contar cuando pretendemos realizar una obra importante, es fácil la tentación de querer buscar a personas de influencia, a personas de poder en todos los sentidos, a personas que nos parece que son los que están mejor dotados para realizar esa tarea.

¿Nos estaremos equivocando? Quizás esas personas muy llenas de si mismas solo se buscarán a sí mismas, porque no querrán perder esa influencia, esa poder aumentar sus propias ganancias y cuando  hablamos de ganancias podemos hablar de lo material o económico pero podemos hablar de la capacidad de influir o incluso manipular para que aumente su propio poder. Puede parecer el pez o el perro que se muerde el rabo, pero de alguna manera es lo que vemos que sucede. Quien se sienta en el sillón del poder difícilmente se querrá bajar de él, sino que lo que querrá es aumentarlo cada día más.

El que nada tiene ha aprendido a no poner su confianza en la posesión de cosas, por ejemplo, que no tiene, sino en si mismo, en su capacidad de lucha, en su humildad para saber comenzar desde abajo, en esa búsqueda de personas con los mismos sueños y los mismos ideales para realizar un trabajo de conjunto que a todos nos haga crecer como personas en ese deseo de conseguir siempre lo que sea mejor no para unos solos sino para todos. Los pequeños y humildes granos de arena debidamente valorados en lo que en sí son harán el montón o la montaña para transformarlo todo.

Ya nos hablaba el profeta hoy de ese pequeño y humilde resto de Israel que será de donde parta la restauración del pueblo de Dios. En aquellos momentos difíciles de la historia del pueblo, los poderosos o habían huido para refugiarse de las catástrofes que se avecinaban, o se habían unido a los que pretendían dominar sobre el pueblo de Dios, solo queda un pequeño resto, de gente humilde y que ya nada tiene, pero han sido los que han puesto su confianza en el Señor y serán la base de esa futura restauración de Israel.

En ese sentido nos está hablando Jesús. Han llegado los tiempos mesiánicos; El mismo lo ha anunciado como buena noticia en la que hay que creer, pero para la que tenemos que realizar un proceso de conversión. Y esa conversión  pasará por descubrir donde está el verdadero camino de salvación. Solo los que son incapaces ya de poner su apoyo y su confianza en valores del mundo o en valores materiales porque nada tienen serán el arranque de ese nuevo pueblo de Dios.

Por eso se ha mostrado Jesús realizando esos signos de ese cambio profundo que ha de realizarse si en verdad queremos optar por el Reino de Dios; los milagros que va realizando son signos de ese mundo nuevo; y es precisamente acercándose a los pobres, a los enfermos, a los que nada tienen y parece que han perdido sus esperanzas donde Jesús hace el anuncio de esa buena nueva, de esa noticia de salvación para todos.

Y serán los pobres y los sencillos, los que nada tienen y tienen su corazón lleno de angustia y sufrimiento, pero los que son capaces de compartir lo poco que tienen con los demás, los que tienen esa disponibilidad en el corazón para buscar siempre lo que es bueno y lo que es justo, los que tienen el corazón vacío de ambición pero muy lleno de búsqueda de rectitud y verdad, los que parecen incomprendidos de todos porque nunca piensan en si mismos sino que siempre estarán buscando lo bueno para los demás, los que van a entender de ese Reino Nuevo del que habla Jesús, los que en verdad van a vivir el gozo y la alegría de pertenecer a él, los que van a encontrar la mayor dicha en eso bueno que buscan para los demás.

De ellos es el Reino de los cielos, alcanzarán el mayor consuelo, sentirán la satisfacción de ver felices a los demás cuando vayan saciando sus vidas de lo mejor, podrán descubrir mejor que nadie el rostro de Dios, son los que en verdad se llenarán de Dios y serán dichosos sin fin. Como decíamos al principio son los que mejores piedras tienen para los cimientos de la construcción del Reino de Dios.

Es el mensaje que nos ha dejado hoy Jesús en el evangelio con las llamadas bienaventuranzas. Es el mensaje sublime que nos ofrece el evangelio y que muchas veces tanto nos cuesta entender, pero más aun, tanto nos cuesta vivir.  Somos esos pequeños de los que nos habla Jesús, pero reconocemos que también nosotros muchas veces tenemos la tentación de los grandes, la tentación del orgullo y de la vanidad, la tentación de esa búsqueda de poder o de influencia no precisamente para el bien. Por eso siempre hemos de tener en cuenta esa primera exigencia que Jesús nos hace para creer en esa Buena Noticia del Reino, hemos de estar siempre dispuestos a la conversión del corazón.

Así tendremos en verdad los mejores cimientos del Reino de Dios que queremos para nuestro mundo.