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jueves, 30 de julio de 2020

Aprendamos también a valorar todo lo bueno de los demás para que unido a los valores que nosotros ofrecemos entre todos logremos construir un mundo mejor

Aprendamos también a valorar todo lo bueno de los demás para que unido a los valores que nosotros ofrecemos entre todos logremos construir un mundo mejor

Jeremías 18, 1-6; Sal 145; Mateo 13, 47-53

Los más mayores quizá lo recordamos mejor, a nuestra madre cuando éramos pequeños y nos sacaba la ropa que habíamos de ponernos; según las circunstancias, según el día o lo que fuéramos a hacer ese día, nos sacaba una ropa u otra; quizás nosotros apetecíamos mejor aquella ropa nueva que recién se había hecho porque nos veíamos muy bien con ella, pero nuestra madre nos ofrecía otras piezas que pudieran estar más desgastadas o descoloridas, pero que había que aprovechar; sabia nuestra madre administrar bien lo que teníamos – fueron años, recordamos los mayores, de mayor penuria que lo que ahora podamos estar pasando a pesar de que digamos que estamos en tiempos difíciles – y con esa visión sabia de madre nos hacía ponernos, no nuestro capricho, sino lo que mejor convenía, aprovechando el uso también de aquello que nos pareciera que no era tan nuevo pero a lo que había que sacarle partido.

Me ha venido este recuerdo por esas palabras finales de Jesús con las que concluye el evangelista el relato de ese conjunto de parábolas sobre el Reino de Dios en este capítulo 13 del evangelio de Mateo. ‘Pues bien, un escriba que se ha hecho discípulo del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando de su tesoro lo nuevo y lo antiguo’. Esa sabiduría que necesitamos para saber discernir en todo momento, para apreciar todo lo nuevo y la riqueza que significan los valores del Reino de Dios que nos presenta Jesús, pero que en medio de la vida y en aquellos que nos rodean también hemos de saber descubrir y valorar lo bueno que siempre hay en el corazón de toda persona.

Todos estamos llamados a vivir el Reino de Dios, por eso hemos visto como la semilla se sembraba a discreción y abundancia tratando de hacerla llegar a todas partes, aunque quizá las condiciones del terreno no fueran buenas, como hemos visto estos días, o aunque se mezclara con las malas hierbas de las cizañas que veríamos crecer juntos. Hoy nos ha hablado también de la red echada al mar y que puede arrastrar para la pesca a toda clase de peces. Luego se irán decantando quienes en verdad optan por vivir los valores del Reino de Dios y quienes quizá quieran excluirse.

Pero creo que en el fondo está esa enseñanza de Jesús a la que ya hemos hecho mención, de que hemos de aprender a descubrir y valorar todo lo que sea bueno en los demás. Juntos queremos construir un mundo nuevo y en esa tarea nos sentimos comprometidos todos; no somos solo nosotros, los seguidores de Jesús, los que estamos aportando nuestros valores para la construcción de ese mundo nuevo, sino que junto a nosotros hay otros muchos que desde sus maneras de pensar y de ver las cosas, desde sus propias ideologías y planteamientos están queriendo poner su grano de arena.

Ya es hora que dejemos atrás esos exclusivismos que nos llevan a rechazar lo que los otros hacen, aunque sigue siendo una tendencia muy fuerte en nuestra sociedad; ya es hora que aprendamos a valorar lo bueno que han hecho o que hacen los demás para conjuntarlo con lo que todos hacemos y entre todos hagamos ese mundo mejor. Es una lástima cómo tantas veces destruimos lo que los otros hacen simplemente porque no lo hemos hecho nosotros, lo vemos demasiado en la vida social y política de nuestra sociedad. ¿Es que los demás no pueden tener tantas buenas ideas como las que nosotros tenemos? ¿Por qué no conjuntamos fuerzas entre todos para saber construir juntos?

Siguiendo la imagen de la madre, como decíamos al principio, que sacaba en cada momento la ropa que mejor nos podía valer según las circunstancias, recordamos cómo conjuntaba unas piezas y otras para hacernos vestir de la mejor manera; no todo se tiraba porque fuera más viejo o fuera de otro estilo, sino que sabia sacarle buen rendimiento a lo poco que teníamos. Así tendríamos que ser más en la vida, así tendríamos que saber hacer nosotros que con sana libertad y respeto ofrecemos desde nuestra fe y nuestros valores nuestro grano de arena, pero aprendemos a valorar también el grano de arena que puedan ofrecer los demás. Cuanto mejor estaríamos haciendo nuestro mundo entre todos.



miércoles, 29 de julio de 2020

Aunque nos quejemos a veces de la ausencia de Dios en nuestras dificultades pensemos en quien estuvo a nuestro lado y fue signo de la presencia de Dios en ese momento difícil


Aunque nos quejemos a veces de la ausencia de Dios en nuestras dificultades pensemos en quien estuvo a nuestro lado y fue signo de la presencia de Dios en ese momento difícil

Jeremías 15, 10. 16-21; Sal 58; Juan 11, 19-27
‘Señor, si hubieras estado aquí…’ Es la queja dolorida. Eran amigos. Muchas veces Jesús y los discípulos habían estado en aquella casa de Betania donde con tanto calor humano eran recibidos. ¿Quizás nació la amistad del hecho de que aquel hogar estaba junto al camino que subiendo del valle del Jordán conducía a Jerusalén? Muchos peregrinos hacia la ciudad santa se habrían detenido al frescor de aquel patio y con el alivio del agua fresca del pozo de aquella casa. Bien que era de agradecer tras la dura subida y la larga caminata desde la lejana Galilea por el valle del Jordán.
Era la hospitalidad que también había acogido a Jesús y los discípulos de manera que eran considerados los amigos de Jesús. Por eso quizás les había dolido que habiéndole avisado que su amigo estaba enfermo Jesús no llegara a tiempo a aquella casa donde con tanta hospitalidad le habían acogido. Por otra parte sabemos que Jesús se había quedado unos días más cuando recibió la noticia. Ahora llevaba ya cuatro días enterrado. Y es la queja de las hermanas. Es la queja pero detrás no falta una fe y una esperanza.
‘Si hubieras estado aquí…’ ¿Dónde está Dios? nos preguntamos nosotros algunas veces. Y será la enfermedad, será la muerte de un ser querido, serán los problemas que vamos encontrando en la vida, serán los fracasos de las cosas que no nos salen, será el mal que contemplamos alrededor, será el sufrimiento de tantos, será el hambre y la miseria que encontramos en un mundo que nos parece injusto y aparece un vacío en nuestro interior, y surgen las dudas y los interrogantes, y nos parece que hay una ausencia de Dios porque quizá nos parece que ya no nos escucha.
Cosas que nos hacen dudar, el mundo se nos vuelve muchas veces oscuro y frío, vamos dando tumbos de aquí para allá y nos cuesta encontrar salidas, descubrir rayos de luz que nos alienten o nos llenen de esperanza, encontrar respuestas porque hasta dudamos de nuestra propia fe, porque quizá nos hemos materializado tanto que hemos perdido un sentido de trascendencia y ya no nos aparece por ninguna parte la esperanza, porque al final terminamos sintiendo con tantos que nos rodean indiferentes a lo religioso, sin ser capaces de abrir su corazón a Dios.
En nuestros apuros y angustias quizá comenzamos a pedir la presencia de Dios, el milagro de Dios que nos hiciera salir de esas situaciones amargas por las que estábamos pasando y como el milagro no se produjo cuando nosotros queríamos y de la manera que nosotros queríamos, comenzó también a aparecer la rebeldía en nuestro corazón. Cuantas veces caemos en esa pendiente que nos puede llevar a la increencia porque queríamos el milagro fácil, pero Dios tenia otra manera de manifestársenos que nosotros no supimos ver.
Hoy escuchamos aquella queja de Marta, como sería también después la de su hermana María, pero nos queremos fijar que a pesar de todas las amarguras, tristezas y lágrimas que embargaban su corazón no les faltaba la fe y la esperanza. Ya lo mencionamos. Jesús escucha en silencio y no busca palabras para la réplica o disculpa ante aquellas quejas. Jesús solo tiene palabras que anuncian la vida y que quieren despertar de verdad la esperanza. ‘Tu hermano resucitará’, le dice. Pero ante la manifestación de la esperanza en la resurrección final que Jesús le dice que quien tiene fe en El aunque muera vivirá. ‘Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre’.
Jesús está ahí, y aunque muchas veces en nuestras obnubilaciones no seamos capaces de verlo su presencia no nos faltará. ‘Estaré con nosotros hasta el final de los tiempos’ nos anunciaría luego en el evangelio. Por eso tenemos que saber descubrir y sentir siempre su presencia porque El no nos falla. Los cielos y la tierra se caerán pero su palabra se cumplirá. Pero cuidado como le busquemos porque El tiene unas maneras muy peculiares de manifestarse y hacerse presente junto a nosotros. Nosotros pedimos el milagro que nos solucione las cosas, pero El nos da la fuerza de su Espíritu para que sepamos vivir aquella situación por la que pasamos de una forma distinta. Y puede llegar a nosotros por distintos caminos, en los mismos acontecimientos que nos suceden, en personas que pone a nuestro lado, en tantas señales y huellas que nos va dejando de su presencia.
Pensemos que nosotros mismos podamos ser en algún momento signo de su presencia para los demás cuando nos acercamos a aquel que sufre o que está solo, cuando damos el vaso de agua o tendemos la mano para ayudar a levantarse al caído o a caminar al que se siente imposibilitado. Pues recordemos en esos momentos difíciles quien estuvo a nuestro lado y fue signo de esa presencia maravillosa del Señor con la que nos sentimos fuertes a pesar de nuestras debilidades y de nuestras oscuridades.
Hoy hemos roto el ritmo de las lecturas del tiempo ordinario porque en la liturgia celebramos a santa Marta y mucho tiene que decirnos y enseñarnos esa santa mujer con su hospitalidad, con sus dudas y con sus penas, pero también con su firme esperanza y confianza en el Señor.

martes, 28 de julio de 2020

Crecen juntos en nuestro mundo el trigo y la cizaña pero también sucede en nuestro interior y tenemos que superarnos para lograr ese mundo mejor


Crecen juntos en nuestro mundo el trigo y la cizaña pero también sucede en nuestro interior y tenemos que superarnos para lograr ese mundo mejor

Jeremías 14, 17-22; Sal 78; Mateo 13, 36-43
‘Explícanos la parábola de la cizaña en el campo’, le piden los discípulos a Jesús cuando llegan a casa. No les cabía en la cabeza que si se había sembrado buena semilla de donde había surgido aquella cizaña, como no entendían tampoco la actitud del dueño del terreno de no arrancar de forma inmediata la cizaña sino dejarla crecer junto con la buena semilla.
Pero ¿no serán también interrogantes que nosotros tenemos en nuestro interior? No entendemos, decimos, el mal que hay en el mundo. Como solemos decir ¿Por qué hay tanta gente ruin, tanta gente mala? Cuando observamos la violencia que nos rodea, o el sufrimiento de tantos a causa de las injusticias de lo que se creen poderosos, la corrupción que afecta y daño todos los campos de la sociedad en sus diferentes aspectos, también nos preguntamos ¿Por qué? ¿Por qué tanta ambición? ¿Por qué tanta maldad? ¿Por qué tantos deseos de acaparar? Y así seguimos haciéndonos preguntas que parece que no tienen fin, pero peor aun, parece que no tienen respuesta.
Claro que hay una cosa que nos resulta fácil, mirar hacia lo que nos rodea, contemplar en ese mal en nuestro mundo y en nuestra sociedad, o contemplar ese mal en los demás. Nos duele que el mundo sea así, y andemos entremezclados todos, los que nos creemos buenos y a los que consideramos malos. Y es aquí donde quiero incidir.
Miramos hacia fuera, miramos a los demás, pero quizá no somos sinceros para mirarnos a nosotros mismos, para darnos cuenta que esa situación la tenemos en nosotros también, que nos creemos buenos pero también cuantas cosas se nos meten en el corazón, cuanta malicia aflora quizás en nuestra vida y en nuestras relaciones con los demás. Como nos decía san Pablo hacemos el mal que no queremos hacer y no hacemos el bien que queremos.
Cuantos momentos de egoísmo y de insolidaridad, cuantos momentos de orgullo y de soberbia, cuantas vanidades se nos van metiendo dentro de nosotros muchas veces viviendo de apariencias, porque lo que llevamos dentro tratamos de ocultarlo, no reconocerlo delante de los demás, pero ahí está. Necesitamos sinceridad en nuestra vida, sinceridad con nosotros mismos.
Ese campo lleno de buena cimiente, pero en el que aparecen también las malas hierbas no es solo el campo de los demás, no es solo un campo ajeno a nosotros, sino que lo tenemos en nosotros mismos. Y cuando tratamos de ser un poquito sinceros nos damos cuenta de que tenemos que cambiar, y nos hacemos buenos propósitos, y decimos que estamos en el deseo de arrancarnos de esos orgullos o de esas vanidades, pero cuánto nos cuesta. Queremos en momentos de sinceridad esforzarnos pero no terminamos de dar los pasos necesarios. Pero, reconozcámoslo, Dios sigue esperándonos.
Es el mensaje de la parábola, que nos tiene que llevar, es cierto, a una lucha contra el mal, pero también a llenar de misericordia y compasión nuestro corazón, a poner esperanza de que si vamos cambiando nosotros los primeros, estaremos poniendo granitos de arena para construir ese mundo mejor e iremos ayudando también a que cambie nuestro mundo. Esa lucha y ese esfuerzo por superarnos y por ayudar a superarse a los demás tiene que hacernos fuertes. Porque además sentiremos siempre la fuerza del Espíritu del Señor con nosotros.
Es la tarea de superación, de crecimiento interior, de fortalecimiento de nuestra voluntad en la que tenemos que estar empeñados cada día. Y pensemos que si nosotros nos superamos estaremos ayudando a superarse a los demás, porque de alguna manera seremos estímulo y esperanza para los que están a nuestro lado en esa misma lucha. Porque no pensemos que somos nosotros solos, no nos creamos los buenos, hay muchos también a nuestro lado que están en esa tarea de superación y de crecimiento de su espiritualidad. Mutuamente tenemos que ayudarnos y estimularnos.

lunes, 27 de julio de 2020

Qué alimento tan maravilloso se está perdiendo nuestro mundo porque nosotros no nos hemos dejado transformar por la levadura del evangelio




Qué alimento tan maravilloso se está perdiendo nuestro mundo porque nosotros no nos hemos dejado transformar por la levadura del evangelio

Jeremías 13, 1-11; Sal.: Dt 32, 18-19. 20. 21;  Mateo 13, 31-35
Alguien suele decir en su afán por tener todo ordenado, hasta las cosas que nos puedan parecer más insignificantes que ‘hay un lugar para cada cosa y cada cosa tiene su lugar’. No vamos a incidir tanto en el afán del orden cuando en la función que tienen las cosas que aunque nos parezcan pequeñas e insignificantes nos sirven para algo, contribuyen a la belleza del conjunto de la vida y nos pueden producir hondas satisfacciones y hasta alegrías.
¿Quién no se ha quedado como extasiado cuando escucha el trino de los pájaros que saltan y brincan entre las ramas de cualquier arbusto en nuestros prados, o los vemos revoloteando incluso en medio de las hierbas alegrándonos con la música de sus trinos o con el rico colorido de su plumaje? Algo tan natural y tan insignificante en apariencia pero que contribuye a la belleza de la naturaleza y que nos puede producir un sosiego y una paz grande en nuestro espíritu. Y sin embargo preocupados quizás por cosas que consideramos más importantes pasamos de largo y no somos capaces ni de oír el trino de los pájaros ni gozarnos en el colorido de nuestros campos admirándonos también con la belleza de las aves que surcan nuestros cielos. Quizá nos hace falta que un día alguien con alma de poeta nos haga detenernos a escuchar o nos ofrezca una fotografía con tal belleza, mientras lo tenemos delante de nuestros ojos y oídos y no somos capaces de valorarlo.
¿A qué viene todo esto?, me podréis decir, pero fijémonos que me ha hecho pensar en toda esa belleza lo que nos dice Jesús en una de sus parábolas hoy. Habla de la insignificancia de la semilla de la mostaza, pero nos habla de cómo es una planta que crece entre la que podrán revolotear hasta los pajarillos del cielo; y yo ya me sentía escuchando sus trinos. Quizá nos hace falta una cosa así que un día nos llame la atención para que aprendamos a valorar lo pequeño y lo sencillo que da belleza a la vida.
La otra parábola que Jesús nos ofrece hoy habla también de cosas pequeñas o usadas en pequeñas medidas pero que sin embargo hacen fermentar la masa, la levadura para el pan. Si antes nos deteníamos a contemplar la belleza que tendríamos que aprender a observar en nuestro entorno, ahora nos está diciendo como podemos darle vida a lo que hacemos o a lo que vivimos cada día con ese pequeño puñado de levadura. Y ya no es solo esa vida que le damos a lo que hacemos o vivimos, sino la vida que podemos trasmitir a los demás, el sabor nuevo que le podemos dar a nuestro mundo cuando en verdad usamos la levadura del evangelio.
Quizá vamos a una panadería donde se está elaborando el pan y pasamos de largo ante esos polvos (vamos a decir así) que podemos encontrar en cualquier rincón. Y sin embargo qué importantes son para la elaboración del pan, para hacer fermentar la masa y podamos tener ese pan crujiente y sabroso para nuestra alimentación. Quizá pasamos al lado del evangelio y pensamos simplemente en un libro más al que quizá no le damos importancia pero cuando nos lo tomamos en serio qué distinta es nuestra vida y cómo podemos también transformar nuestro mundo. Qué alimento tan maravilloso se está perdiendo nuestro mundo porque nosotros no nos hemos dejado transformar por la levadura del evangelio.
Y Jesús nos está pidiendo que nosotros con el evangelio bien encarnado en nuestras vidas seamos la levadura del mundo. No se trata ya solo de enseñar cosas – quizás nos hemos entretenido mucho en enseñar cosas – sino de impregnar nuestro mundo de ese sabor nuevo del evangelio. Cuánto tenemos que hacer.

domingo, 26 de julio de 2020

Aprendamos a detenernos y hacer silencio para estar atentos y poder encontrar el tesoro de la sabiduría de Dios




Aprendamos a detenernos y hacer silencio para estar atentos y poder encontrar el tesoro de la sabiduría de Dios

1Reyes 3, 5. 7-12; Sal 118; Romanos 8, 28-30; Mateo 13, 44-5
Frente a lo que habitualmente se piensa el hombre sabio no es de muchas palabras. Podríamos pensar que la sabiduría está en haber adquirido multitud de conocimientos sobre todas las ciencias y sobre todas las cosas, pero quizá esa multitud de saberes acumulados nos pueden dispersar y hacer que no nos centremos en lo más profundo del ser y de la vida.
La persona que rumia en silencio los aconteceres de la vida, lo mismo que esa cantidad de información o de conocimientos que pueda ir recibiendo será el que sabrá hacer una lectura certera de la vida y la que nos puede dar la pauta llena de sabiduría de lo que tenemos que no solo hacer sino sobre todo ser. Será el que tiene visión profética de las cosas, pero en ese silencio sabrá descubrir la visión de Dios, el sentido de lo que hacemos y el verdadero valor de nuestra existencia.
Hemos escuchado en la primera lectura que hoy se nos ofrece la oración de Salomón al Señor. No pide riquezas ni grandezas, pide saber estar atento, saber escuchar a su pueblo para poder discernir entre el bien y el mal y tener la sabiduría de saberlo gobernar. Estar atento, dice, porque el que está atento observa, escucha, mira con mirada distinta, es capaz de descubrir lo que verdaderamente es esencial.
En un librito que ha circulado mucho en los últimos años, ‘El principito’, hay una frase que casi como hoy diríamos se ha convertido en viral, ‘lo esencial es invisible a los ojos’. No es la mirada desde el exterior sino la mirada interior, no es solo lo que los ojos de la cara nos puedan señalar, sino lo que descubramos desde los ojos de nuestra interioridad lo que nos hará descubrir lo verdaderamente esencial, la verdadera sabiduría.
En este sentido podemos decir que van las parábolas que nos propone el evangelio. Nos habla del hombre del campo que encuentra un tesoro o del comerciante en perlas finas que encuentra una de gran valor. Podríamos decir que tanto en uno como en otro se prevé una atención y una búsqueda. Algo que parece al azar, que podemos considerar como un regalo que lo encontremos, pero que también presupone, repito, esa atención, porque podemos tenerlo a nuestros pies o incluso en nuestras manos y no verlo. Cuántas veces materialmente incluso nos suceden cosas así. Pero aquí estamos queriendo hablar de eso esencial, como se decía en el libro citado, que es invisible a los ojos.
Pero el tema no está solo en encontrarlo sino en convertirlo en la riqueza de nuestra vida. Tanto uno como otro en la parábola vendieron todo lo que tenían para conseguir aquel campo con el tesoro o para comprar aquella perla preciosa. Hay un detalle, para conseguir lo mejor tenemos que saber desprendernos de aquello que tenemos aunque lo consideremos muy bueno; pero si lo que vamos a conseguir es mejor, bien merece la pena ese desprendimiento. Es de hombre sabio, y volvemos con el tema de la sabiduría, el saberlo hacer, el saber conseguir ese preciado tesoro.
Todos estamos entendiendo a lo que se refiere ese tesoro. Ya Jesús al proponerlos estas parábolas no está haciendo la comparación con el Reino de Dios. Llegar al Reino de Dios es hacer como aquel hombre del campo, como aquel comerciante. Encontrarnos con el mensaje del Evangelio es la mayor riqueza que puede encontrar el hombre. Es que en Jesús tenemos todo el sentido y el valor de nuestra vida. Qué importante esa búsqueda de nuestra fe, qué importante que en verdad lleguemos a sorprendernos con el mensaje de Jesús, qué importante entonces que nos dejemos impregnar por el mensaje del evangelio. Malo sería que tanto nos hubiéramos acostumbrado de manera que ya no nos sorprenda, ya no nos diga nada.
Claro que sí, tendremos que desprendernos de muchas cosas para conseguir ese tesoro escondido. No podemos decir que nos hemos encontrado con Jesús en nuestra vida como sentido de nuestra existencia y que sigamos viviendo de la misma manera. Por eso no olvidemos que Jesús desde el principio nos está diciendo que hemos de convertirnos para creer en esa Buena Nueva que se nos anuncia.
Por eso necesitamos hacer ese silencio interior para poder escuchar, para poder saborear esa sabiduría de Dios. Y hacer silencio en nuestro interior nosotros lo llamamos oración, porque es abrir nuestro corazón a Dios. Y esa oración no es cuestión de muchos rezos o muchas palabras – es quizá nuestro gran fallo - sino quedarnos en silencio saboreando esa presencia de Dios para llenarnos así de su sabiduría. Tenemos que aprender a hacer verdadera oración, tenemos que aprender a hacer silencio, porque solo así podremos escuchar a Dios, así podremos discernir en verdad lo que es la voluntad de Dios, el plan de Dios para nuestra vida y nuestro mundo.
Podríamos seguir diciendo muchas más cosas, pero vamos a detenernos y a hacer silencio. Solo así podremos estar atentos y encontrar ese verdadero tesoro.

sábado, 25 de julio de 2020

Como Santiago formemos parte del grupo de los inseparables de Jesús pero tomemos su testigo para arremangarnos la toalla del servicio para curar las heridas de nuestro mundo



Como Santiago formemos parte del grupo de los inseparables de Jesús pero tomemos su testigo para arremangarnos la toalla del servicio para curar las heridas de nuestro mundo

Hechos 4, 33; 5, 12. 27b-33; 12, 2; Sal 66; 2Corintios 4, 7-15; Mateo 20, 20-28
Un día había escuchado la llamada de Jesús. Estaba con su hermano Juan en la barca de su padre, Zebedeo, junto a otros jornaleros que tenían para el trabajo arreglando las redes para cuando de nuevo tocara salir a pescar. Había pasado Jesús y los había invitado a seguirle. Lo habían dejado todo, las redes, la barca, a su padre y se habían ido con Jesús. También su hermano Juan había escuchado la misma llamada y otros pescadores más allá también habían escuchado la invitación de Jesús, Simón y Andrés.
Por supuesto no podemos pensar que fue el primer encuentro con Jesús. Llevaba días rondando aquellas orillas del mar de Galilea, se había levantado en la sinagoga a hacer el comentario a la Ley y los profetas, en cualquier rincón se reunía con la gente para hablarles del Reino de Dios. Ellos también estarían en la Sinagoga, como formarían parte del grupo de la gente sencilla que se acercaba a escuchar a aquel nuevo profeta.  Además, estaban en la familia, eran parientes, su madre probablemente era hermana de María, la madre de Jesús. Algo conocían ya de la Buena Nueva que Jesús andaba anunciando.
Habría otro momento más adelante, que tratando de ayudar a Pedro porque a la Palabra de Jesús había cogido una redada tan grande que se reventaban las redes, también se había sorprendido por el poder de Jesús y las maravillas que realizaba y había escuchado de nuevo la misma invitación. ‘Venid conmigo y os haré pescadores de hombres’.
Y con Jesús andaban ahora por todas partes, con El se reunían como amigos para escucharle aquellas palabras nuevas que Jesús decía y se sentían ya entusiasmados por Jesús; cuando partían de un lugar para otro, de aldea en aldea, ellos eran ya del grupo de los inseparables que iban siempre con Jesús. Para ellos tenía Jesús palabras aparte donde les explicaba con todo detalle aquellas parábolas que le ponía a la gente. Ellos estaban siendo esa tierra buena donde era sembrada la semilla y prometía que un día podría dar fruto.
Las gentes decían que nadie hablaba como El, y que un gran profeta había aparecido en medio del pueblo; las esperanzas de la venida del Mesías se avivaban y ya había algunos que pensaban si acaso Jesús no sería el Mesías. Claro que los sueños que ellos tenían sobre el Mesías que esperaban no se parecían mucho al estilo de vida que Jesús les enseñaba. Pero es normal que los sueños se despierten y comiencen también las aspiraciones. Si era el Mesías un día habría de manifestarse con mucho poder, y claro ellos que estaban cerca participarían de ese poder y de esa gloria. Normal que runrunearan en sus corazones esas aspiraciones.
¿Se atrevían ellos a presentárselas al Maestro? Entre ellos muchas veces hablaban de estas cosas y también soñaban con quien iba a ser el primero que tuviera más poder. Son cosas que brotan casi espontáneamente en el corazón de los hombres, porque a cualquiera le amarga un dulce. ¿Y si alguno se adelantaba? Se valen de madre, aquí los parentescos aparecen con sus propias influencias. Y allí se presenta la madre que tiene una petición que hacerle al Maestro, aunque ella ya de alguna manera lo estaba mirando como el Mesías anunciado. Tengo una petición que hacerte. ‘Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda’. Jesús se les quedaría mirando. ¿Sabían ellos bien lo que estaban pidiendo? ¿Habrían terminado de entender lo que era su misión y cuál era la salvación que El ofrecía? ‘No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber?’
Ellos parece que están dispuestos a todo y con prontitud responden aunque no sé si conscientes de lo que significaban las palabras de Jesús. Pero su cáliz lo beberán, pero los primeros puestos no se reparten de esa manera. En el Reino nuevo que Jesús anuncia el camino es el del amor y el del servicio. Solo el que sabe amar hasta el final, hasta ser capaz de dar la vida, al que no le importa hacerse el ultimo y el servidor de todos, es el que va a ser en verdad grande. Su Reino no es la manera de los reinos de este mundo, su poder no es como el poder de los poderosos de este mundo. Otro ha de ser el camino y el sentido de la vida.
Nos quedamos aquí contemplando esta escena del evangelio y tratando de verla reflejada en lo que ha de ser la vida de los cristianos de hoy y en lo que ha de ser el estilo de la Iglesia. Cuando hoy celebramos al apóstol Santiago y nosotros los españoles lo miramos como nuestro especial protector y como el primero que nos trajo el anuncio del evangelio de Jesús, nos quedamos rumiando esta escena, nos quedamos rumiando las palabras de Jesús a ver si convencemos de verdad que nuestra vida ha de ser el servicio.
Sentimos en nuestros corazones – o habríamos de sentirlo – el ardor misionero del apóstol que llegó a nuestras tierras y recogemos de su mano el testigo porque es lo que nosotros hemos de seguir haciendo. En esa España nuestra que con tanto orgullo decimos tantas veces católica tenemos que darnos cuenta que es necesario un nuevo anuncio del evangelio, una reenvangelización porque ya no todos conocen a Jesús, ya no todos viven esos valores del evangelio. Nuestra ‘católica’ España medio se ha descristianizado y otra vez hemos de sembrar con ardor la semilla del evangelio. Lo anunciamos y proclamamos como queremos proclamar bien alto nuestra fe, pero no olvidemos del testimonio que tenemos que dar.
No nos importe que no contemos entre fuerzas y poderes, pero sí que tenemos que sentir que haciéndonos los últimos y los servidores de todos es como mejor haremos ese anuncio. Despojémonos – despójese la Iglesia también en sus dirigentes y llamadas jerarquías – de esos boatos del poder para arremangarnos la toalla a la cintura para ir a lavarle los pies a nuestros hermanos. Muchos ropajes de apariencias de poder no nos valen para poder arrodillarnos junto al hermano que sufre y es por ahí donde tenemos que comenzar a limpiar y curar sus heridas. Bajémonos de ese caballo donde nos hemos subido, como subimos también al apóstol santiago, para utilizar como mucho el humilde borrico que utilizó Jesús en su entrada en Jerusalén.


viernes, 24 de julio de 2020

Hay que salir a todos los terrenos a sembrar la semilla no temiendo las dificultades de acogida que podamos encontrar porque Jesús nos envió a todos sin distinción


Hay que salir a todos los terrenos a sembrar la semilla no temiendo las dificultades de acogida que podamos encontrar porque Jesús nos envió a todos sin distinción

Jeremías 3, 14-17; Sal.: Jer 31, 10. 11-12ab. 13; Mateo 13, 18-23
Al romperse el ritmo de la lectura continuada en esta semana por distintas celebraciones parece que nos queda a trasmano la explicación de la parábola del sembrador que hoy escuchamos en el evangelio. Cuando los discípulos llegaron a casa con Jesús le preguntaron por el sentido de las parábolas, por qué les hablaba en parábolas y el significado en este caso concreto de la parábola del sembrador.
Muy propio del lenguaje oriental es ser muy expresivos en sus imágenes para explicarnos cualquier cosa; incluso en el lenguaje ordinario en los saludos de los encuentros, por ejemplo, el interesarse por la familia o los seres queridos solía ir acompañado de grandes párrafos llenos de imágenes para expresar el aprecio que sentían por la familia.
De todas maneras son válidas en todos los lugares y en todos los tiempos las imágenes para expresarnos las cosas y en el mundo de comunicación en que vivimos y de medios audiovisuales de todo tipo bien sabemos como aquello que se nos presenta con unas imágenes determinadas está pensado para trasmitirnos un mensaje, para decirnos de una forma agradable o de una forma sutil muchas cosas que nos puedan interesar o ayudar. No es cuestión solo de imaginación de una riqueza del lenguaje que así quizá de manera sencilla sin embargo se hace profundo en sus contenidos que llegamos a comprender mejor.
Ya esta misma página con la que me comunico con ustedes la misma titulación ya está expresada con una imagen, la semilla que sembramos cada día (http://la-semilla-de-cada-dia.blogspot.com/), para indicar la intención y el mejor deseo de hacer que estas reflexiones sean semilla que llegue a nuestra vida y nos ayude a tener los mejores frutos de nuestra existencia y en este caso concreto de nuestro seguimiento de Jesús.
La semilla está ahí con todo su potencial, podríamos decir, en sí encierra un misterio de vida pero que tenemos que hacer germinar para que surja la nueva planta que un día nos dé los mejores frutos. Ni podemos dejar guardaba para siempre esa semilla porque podría perder su virtualidad, ni la podemos sembrar de cualquier manera si luego esa nueva planta que surge no le prestamos los necesarios cuidados para que pueda no solo brotar sino crecer y un día nos ofrezca las flores anuncio de los prometidos y ansiados frutos.
Es cierto que el sembrador de la parábola va sembrando a voleo, que es la forma habitual de sembrarla, porque quiere que llegue esa semilla a todos los campos y a todos los terrenos. Y es que la Palabra de Dios no la podemos encerrar ni podemos estar escogiendo a quien se la ofrecemos sino que su riqueza de vida es para todos y a todos se ha de ofrecer. Y aunque en la parábola nos encontramos con la dificultades de esos diversos terrenos donde ha caído la semilla que no siempre va a tener el cuidado necesario para que germine y llegue a fructificar, sin embargo ese hecho nos está también queriendo decir mucho a los cristianos de hoy a la hora de hacer esa siembra.
Quizá muy obsesionados por tener el terreno bueno y bien preparado muchas veces nos hemos quedado demasiado encerrados en los nuestros, en nuestro campo, en el recinto de nuestras iglesias o nuestros templos, esperando quizá que vengan todos deseosos de esa semilla de esa Palabra para escucharla. Que también tenemos que ser conscientes de cuáles sean las actitudes con que vienen a nuestros templos, a nuestros centros parroquiales, a nuestras catequesis, porque bien sabemos la cantidad de condicionamientos sociales que rodean muchas de nuestras acciones pastorales.
Y tenemos que darnos cuenta de que tenemos que salir a todos los campos, a todos los terrenos aunque nos encontremos con la dificultad de la acogida o no que pueda tener ese anuncio que nosotros queremos hacer. Pero Jesús nos envió al mundo, hasta los confines de la tierra, y no puso límites, ni dijo que fuéramos solo allí donde sabíamos que nos iban a escuchar.
El Papa Francisco nos lo ha estado repitiendo, como se suele decir, por activa y por pasiva, cómo tenemos que salir a las periferias, o sea tenemos que salir de nuestros lugares de siempre para llevar ese anuncio de la Buena Nueva a todo el mundo. Por muchas cosas que digamos, por muchos planes pastorales que nos hagamos, seguimos encerrados en hacer lo de siempre y el evangelio tiene que oírse con otra voz, y tiene que llegar a todos, y por todos tiene que hacerse entender.
Gastamos muchas energías hacia dentro y nos falta el impulso para ir de verdad a los de fuera. Repetimos una y otra vez las mismas cosas a los que tenemos siempre dentro de nuestras comunidades, pero no hemos encontrado la forma para saber ir a los que están más lejos y nunca vienen. Un nuevo coraje y un nuevo ardor nos faltan en el corazón. Dejemos que el Espíritu del Señor se meta dentro de nosotros y nos revuelve para hacernos despertar.


jueves, 23 de julio de 2020

Aspiramos a la mayor plenitud de nuestra propia identidad pero es en Cristo donde el hombre encuentra la verdad del hombre y alcanzamos la mayor dignidad


Aspiramos a la mayor plenitud de nuestra propia identidad pero es en Cristo donde el hombre encuentra la verdad del hombre y alcanzamos la mayor dignidad

Gálatas 2, 19-20; Sal 33; Juan 15, 1-8
Somos celosos de nuestra propia identidad, queremos ser nosotros mismos. Es nuestra autonomía, es nuestro propio ser e identidad, somos lo que somos por nosotros mismos. Decimos que no tenemos que estar pareciéndonos a nadie, porque cada uno tiene su propia estima, su propio sello y las reivindicaciones que escuchamos en nuestra vida moderna que decimos tan llena de libertades son para ser nosotros mismos, aunque luego bien sabemos que andamos imitando a este o al otro, queremos seguir sus modos, vestir a su manera, presentarnos incluso con su imagen. Incongruencias en las que algunas veces nos vemos metidos cuando tanto reclamamos por otra parte.
A algunos, entonces, se les atraviesan las palabras que escuchamos hoy tanto en el evangelio como en la carta de san Pablo, cuando se nos habla de vivir tan unidos a Cristo que seamos una sola cosa con El y sin El nada podríamos ser ni nada podríamos conseguir. ‘Ya no vivo yo sino que es Cristo quien vive en mi’, que nos dice san Pablo, por ejemplo. O lo que nos habla Jesús de la vid y los sarmientos y nos dice que somos los sarmientos que hemos de estar necesariamente unidos a la vid.
¿Paradojas? ¿Cosas sin sentido para el mundo de hoy? ¿Se trata quizá que desde nuestra fe en Jesús nos sentimos como anulados para no ser nosotros mismos? Si no sabemos escuchar bien lo que nos dice el evangelio pueden surgir esas dudas dentro de nosotros, porque nos podría parecer que nuestra fe nos anula.
De ninguna manera. Hay un principio de interpretación bíblica que nos dice que el evangelio o la palabra de Dios se explica y se entiende con el mismo evangelio o la misma Sagrada Escritura. Y es que ya nos repite muchas veces Jesús que El ha venido para que tengamos vida y tengamos vida en plenitud. Luego el evangelio no nos anula, sino que precisamente nos lleva por caminos de plenitud, de que seamos más nosotros mismos.
Cuando Jesús viene a hacerse vida nuestra lo que quiere es que vivamos nuestra vida pero con la mayor perfección; Él viene precisamente a arrancar de nosotros todo eso que se nos ha metido dentro para anularnos o para destruirnos, todo eso que puede mermar nuestro ser porque como rémoras se van pegando a nuestra vida nos dejan vivir en plenitud. El barco al que se la han pegado muchas rémoras en su casco ya no tendrá la ligereza ni la rapidez original para surcar el mar, para surcar las aguas, porque esas rémoras con como frenos que impiden esa ligereza y rapidez con que se ha de mover. Así nos pasa a nosotros.
Por eso la imagen que Jesús nos propone en el evangelio. Hemos de estar unidos a Cristo como el sarmiento está unido a la cepa, está unido a la vid. Pero ya sabemos cómo hay sarmientos que son como chupones que le quitan la fuerza al conjunto de la planta, hay sarmientos que no dan frutos porque todo se le va en ramaje y en hojas; se necesita la poda, la limpieza de esas ramas inútiles, de esos ramajes que le quitan la fuerza a la vid para que pueda producir abundantes y generosos frutos.
Todos conocemos, o al menos los que vivimos más cerca de las actividades agrícolas, del trabajo que el agricultor ha de realizar todos los años con la poda. ¿Para qué? Para que la vid sea más autentica, podríamos decir, para que cumpla en verdad su función, para que dé esos ricos frutos que todos esperamos.
Así en nuestra vida unidos a Cristo, purificados de todas aquellas rémoras que nos dejan vivir en plenitud porque nos arrastran, nos merman los ideales de la vida, nos impiden vivir en toda esa plenitud del amor que es donde alcanzamos la verdadera felicidad, el verdadero sentido de nuestro ser. Nos unimos a Cristo para que en verdad podamos desarrollar todos nuestros valores, todas nuestras cualidades, todo eso que hay como en potencia en nosotros y que desarrollándolo nos llevarán a esa plenitud de nuestro ser. Seremos más nosotros mismos porque entonces si van a brillar todas nuestras cualidades y valores.
Y es que en Cristo como tantas veces nos repetía san Juan Pablo II está la verdad del hombre, en Cristo el hombre encuentra su plenitud, con Cristo alcanzaremos la mayor y mejor dignidad.
Hoy hemos escuchado estos textos de la Palabra saltándonos la continuidad del tiempo ordinario porque celebramos a una de las patronas de Europa, santa Brígida de Suecia.

miércoles, 22 de julio de 2020

Sepamos sintonizar con las lágrimas de los que lloran para aprender a sintonizar con la voz del Señor que en nuestras lágrimas nos llama por nuestro nombre


Sepamos sintonizar con las lágrimas de los que lloran para aprender a sintonizar con la voz del Señor que en nuestras lágrimas nos llama por nuestro nombre

Cantar de los Cantares 3, 1-4ª; Sal 62; Juan 20, 1. 11-18
‘Mujer, ¿por qué lloras?’, es la pregunta que dos veces hemos escuchado en el relato evangélico. Habían ido al sepulcro y el sepulcro estaba vacío. María Magdalena ha corrido hasta donde están los discípulos para llevar la noticia de que se han robado el cuerpo de Jesús, porque no lo han encontrado en el sepulcro. Y allí a la entrada del sepulcro sigue con sus lágrimas; le preguntan los ángeles que están dentro y la pregunta se repetirá de parte de quien ella cree que es el que cuida del huerto. ‘Se han llevado el cuerpo del Señor... ¿Dónde lo has puesto?’
¿Nos habrán hecho alguna vez esa pregunta cuando nos ha encontrado alguien envuelto en nuestras lágrimas? ¿Habremos hecho la pregunta a quien nos hemos encontrado llorando? La pregunta puede ser importante para quien la recibe; alguien se interesa por nuestras lágrimas; porque habrá alguna razón o algún motivo y si se quiere consolar tendríamos que saber cual es el sufrimiento que provoca esas lágrimas.
¿Por qué lloras? Será quizá la tristeza cuando hemos visto partir de nuestro lado a quien amábamos, será el desgarro de la muerte y de la pérdida de un ser querido; pero puede ser la soledad o la orfandad en que nos sentimos en la vida aunque quizá estemos rodeados de mucha gente; será el corazón roto y desgarrado en los desengaños y en los fracasos, ya sea de unas ilusiones que hemos perdido, ya sea en la imposibilidad de conseguir lo que tanto habíamos soñado, ya sea en las amistades que se pierden en unas lejanías que comienzan a sentirse donde antes había otra confianza y cercanía, ya sea en tantas frustraciones que sufrimos en la vida por las incomprensiones, los malos tratos, los desprecios o marginaciones que podamos estar sufriendo cuando sentimos que ya no contamos, ya no cuentan con nosotros.
¿Nos habremos interesado de verdad por el llanto del que está a nuestro lado que no solo lo provocan las carencias materiales, la pobreza de medios para subsistir o para vivir una vida digna, sino también de otras pobrezas y de otros vacíos interiores que no sabemos cómo llenar? Hay quizá un vacío espiritual que sentimos en lo más hondo de nosotros mismos sin saber muchas veces qué nos pasa pero que nos producen angustias y lágrimas; hay quizá otra ausencia que también nos duele cuando no hemos encontrado a Dios o cuando nos parece que Dios se ha alejado y desentendido de nosotros; será la falta de fe o la pobreza con que la vivimos quizá alguna vez de forma interesada o egoísta con lo que al final nos sentimos más vacíos y con soledades más grandes.
Son dramas en nuestro interior que si no hacen brotar lágrimas físicas de nuestros ojos, si sentiremos cómo se arrancan esas lágrimas dolosamente de nuestro corazón. Las podemos haber vivido nosotros o quizá haya muchos a nuestro alrededor que las están viviendo, pero nunca nos hemos interesado por ellas. Nos falta una sintonía para escuchar el por qué de los llantos y lágrimas de los demás pero también de la voz que nos puede llamar por nuestro propio nombre.
Porque aunque andemos desorientados y confundidos como le estaba pasando a Magdalena en ese aparente hortelano – y puede ser de muchas maneras cómo ese hortelano va a aparecer en nuestra vida – Jesús va a venir a nuestro encuentro y nos va a llamar por nuestro nombre. Y cuando estamos pensando también en si nos hemos o no interesado por las lágrimas de los demás seamos conscientes de que somos la figura de ese hortelano que se acerca al hermano también para llamarlo por su nombre. Será una nueva experiencia luminosa la que vamos a vivir, es la experiencia que tanto necesitamos para poder llenarnos de verdad por dentro. Podemos además y tenemos que ser ese signo, esa señal que haga presente al Señor.
Hoy estamos celebrando la fiesta de Santa María Magdalena, la que no huyó ante el dolor y el sufrimiento sino que supo estar a los pies de la cruz en el Calvario, la que luego siguió buscando intensamente al amor de su vida aunque lo buscara entre las sombras de los sepulcros de muerte, pero la que a pesar de sus lágrimas supo sintonizar con la voz del Señor que la llamaba por su nombre para que su vida se llenará de la luz de la vida y la resurrección para siempre.

martes, 21 de julio de 2020

Somos nosotros en verdad si seguimos a Jesús y le escuchamos esa nueva familia de Jesús


Somos nosotros en verdad si seguimos a Jesús y le escuchamos esa nueva familia de Jesús

Miqueas 7, 14-15. 18-20; Sal 84; Mateo 12, 46-50
Yo creo que todos más o menos pueden tener la experiencia, ya porque sea algo que hemos vivido por nosotros mismos o por lo que contemplamos en la vida de cosas semejantes que podemos ver en los demás. Hay afectos que muchas veces podemos sentir por otras personas que son más intensos que los que podamos sentir por nuestra propia familia, digamos, de sangre. La convivencia y relación estrecha, unos ideales comunes o una visión de la vida, un trabajo en común en el que ponemos toda nuestra pasión nos hace sentirnos unidos, hace sentir una comunión espiritual muy intensa.
Te quiero como un hermano solemos decir a un amigo al que nos sentimos muy unidos, porque con él quizá compartimos cosas que no compartimos con los propios familiares, porque la convivencia y la amistad ha sido muy estrecha, y no hablo aquí de los afectos y sentimientos que se puedan sentir desde otros campos como pueda ser la sexualidad. 
No nos han de extrañar entonces las palabras de Jesús hoy en el evangelio en el que nos habla de una nueva familia, no ya desde los lazos de la carne y de la sangre, sino de algo más profundo como pueda ser la fe que ponemos en Jesús, que ponemos en la Palabra de Dios para hacerla centro de nuestra vida.
Jesús había marchado de Nazaret cuando comenzó a hacer el anuncio del Reino de Dios. Había establecido como centro de su actividad Cafarnaún en las orillas del mar de Galilea, pero su actividad era itinerante porque iba de pueblo en pueblo por todas aquellas aldeas de Galilea haciendo el anuncio del Reino. Le veremos en ocasiones subir a Jerusalén en las distintas fiestas que en torno al templo se celebraban a lo largo del año, y sobre todo la pascua. Pero se había rodeado de un grupo de discípulos que le seguían a todas partes y con los que constituyó el grupo de los apóstoles a los que había de enviar de manera especial a hacer el anuncio del Reino. La presencia de María y los parientes de Jesús – hermanos como se solía decir habitualmente entre los judíos – solo aparecen de forma ocasional como es este caso que hoy nos narra el evangelio.
Cuando llega María y los hermanos, como probablemente no se podían acercar a El con facilidad por la gente que se aglomeraba siempre a su alrededor, le avisan a Jesús de que allí están su madre y sus hermanos que lo buscan. Y es cuando surge la pregunta de Jesús. ‘¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?’
Era lógico, podríamos decir, que en primer lugar se fijara en quienes estaban a su alrededor, aquellos que le seguían fiablemente y siempre estaban con El, aquellos que con gusto escuchaban su Palabra y trataban de ser buenos discípulos que seguían al maestro.
‘¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos? Y, extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: Estos son mi madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre…’
Allí estaban sus discípulos, allí estaban los que cada día le escuchaban, allí estaban aquellos que querían seguirle realizando en su vida todo lo que Jesús les enseñaba. Eran su nueva familia, era la nueva familia que Jesús estaba constituyendo, era la nueva comunión de amor que estaba creando. Eran en verdad la familia de Jesús. Somos nosotros en verdad si así seguimos a Jesús y le escuchamos esa nueva familia de Jesús. Algo nuevo estaba comenzando. Unos nuevos caminos de amor y de comunión se tenían que estar abriendo si en verdad aceptamos el Reino de Dios.
¿Significa eso que Jesús no consideraba a María, su madre, ni la relación que tenia con aquellos que se decían sus hermanos, sus parientes? No hay rechazo a la familia. De María El mismo llegará a decir que es dichosa porque ha escuchado la Palabra de Dios y la ha puesto en práctica. Recordamos el episodio de la mujer que grita en alabanzas a la madre que parió tal hijo, refiriéndose a Jesús y a su madre. Más dichosa es María por su fe, más dichosa es María por su escucha de la Palabra de Dios, más dichosa es María porque siempre quiso ser la esclava del Señor para que en ella se cumpliera la Palabra de Dios. Ya Isabel cuando la saluda le dice que es dichosa, feliz, bienaventurada porque creyó y porque en ella se está cumpliendo, realizando lo anunciado por el Señor.
Aprendamos de María a ser esa familia de Jesús porque como ella plantemos en nuestro corazón la Palabra de Dios.

lunes, 20 de julio de 2020

Quizás los cristianos estamos perdiendo la oportunidad de ser esos profetas en medio del mundo



Quizás los cristianos estamos perdiendo la oportunidad de ser esos profetas en medio del mundo

 Miqueas 6, 1-4. 6-8; Sal 49; Mateo 12, 38-42
Queremos ver milagros pero no sabemos descubrir ni apreciar las señales de Dios en nuestra historia. Cuando hablamos de milagros pensamos en hechos extraordinarios, maravillosos, espectaculares y quizá nos olvidamos del milagro de la vida de cada día, de las cosas que suceden en nuestro entorno; tendríamos que aprender a descubrir las huellas y los signos que Dios va dejando en el camino de la vida para que sepamos apreciar su presencia. No es solo en esas cosas extraordinarias donde se nos manifiesta Dios, sino en lo pequeño y en lo sencillo de cada día.
Pensamos que necesitamos esas cosas extraordinarias para alimentar de verdad nuestra fe y corremos de un lado para otro cuando escuchamos que si en un lugar determinado ha habido algún tipo de manifestaciones prodigiosas. Pero Dios nos va hablando la historia de cada día, la nuestra personal o en los aconteceres de nuestra sociedad, y es ahí donde tenemos que abrir los ojos de la fe para descubrir que más dice o que nos pide el Señor. Y es ahí donde nuestra fe se hace grande, donde se fortalece de verdad, porque nos ayudará a descubrir el verdadero sentido de la vida.
Hemos estado pasando momentos difíciles y dramáticos que tenemos que reconocer que aún no han terminado; momentos que han hecho surgir dentro de nosotros quizás grandes interrogantes, porque el mundo al que nos habíamos habituado parecía que se nos venía abajo viéndonos obligados a hacer un cambio de ritmo en la vida, a centrarnos en la vida en lo que era lo más importante en aquel momento, e incluso nos han obligado a prescindir de muchas comodidades de las que llamábamos la sociedad del bienestar.
Las dudas y los interrogantes siguen planteándose en nuestro interior porque seguimos preguntándonos por dónde vamos a salir y quizá está una pregunta fundamental sobre cuál es la sociedad que en verdad tendríamos que construir. Es algo serio. Si todo aquel castillo que habíamos levantado se parece a un castillo de naipes que de nada se viene abajo, es señal de que algo nuevo y con más fundamento hemos de construir, algo más profundo, con más fundamento tenemos que darle a la vida.
Hay mucha gente se lo pregunta y se lo plantea buscando nuevos caminos. Yo diría que se necesita profetas con una visión nueva, distinta, creativa, para saber leer los caminos de la historia, de nuestra historia de hoy y con visión de futuro abrir nuevos horizontes. ¿Y no sería aquí dónde nosotros como creyentes fuéramos esos profetas que hiciéramos una lectura de Dios de cuanto nos sucede y nos dejáramos conducir por ese espíritu profético para señalar eso nuevos caminos que tendríamos que emprender?
Quizás los cristianos estamos perdiendo la oportunidad de ser esos profetas en medio del mundo. Y no digamos que no nos toca, que eso les corresponde a otros. Nadie puede autoexcluirse de la construcción de ese mundo nuevo que necesitamos; nadie puede quedarse al margen. Los cristianos tenemos mucho que decir. No olvidemos que hemos sido ungidos en nuestro bautismo como sacerdotes, profetas y reyes. Ejerzamos, pues, nuestra función.
Cuando le piden a Jesús – hoy lo escuchamos en el evangelio – signos y milagros el les recuerda a Jonás, el profeta que no quería ser profeta, que incluso se embarcó con distinto rumbo para escaquearse de su misión pero que con una serie de señales tuvo que asumir su misión y predicar en Nínive. Y su palabra profética fue una señal que llamó a la conversión, a emprender un camino nuevo de vida, a los habitantes de Nínive. Y Jesús nos dice que eso será señal para nosotros cuando andamos pidiendo milagros.
Asumamos nuestra misión. Abramos los ojos de la fe para hacer una buena lectura de la vida, de la historia, de nuestro mundo, de lo que ahora estamos viviendo y descubrir las señales de Dios. Unas señales que nos van a abrir caminos y horizontes nuevos. Necesitamos en verdad abrir los ojos de la fe y seguir haciéndonos una profunda reflexión sobre cuanto nos pasa para que descubramos ese sentir de Dios, eso es que es la voluntad de Dios para el hoy de nuestras vidas. De nosotros depende su abrimos nuestra mente y nuestro corazón.

domingo, 19 de julio de 2020

Pongamos verdadera humanidad en la vida porque entonces amamos, hacemos el bien, brillará la verdad, resplandecerá la justicia y haremos un mundo de paz


Pongamos verdadera humanidad en la vida porque entonces amamos, hacemos el bien, brillará la verdad, resplandecerá la justicia y haremos un mundo de paz

Sabiduría 12, 13. 16-19; Sal 85;  Romanos 8, 26-27; Mateo 13, 24-30
La gloria y el poder del Señor se manifiestan en la misericordia. No lo podemos olvidar. No podemos pensar que el poder de Dios todopoderoso se manifiesta en una justicia implacable y vengativa que no deja lugar a la misericordia y al perdón.
Quizás nos choque este pensamiento con nuestra manera de actuar. Si no, pensemos, en cómo nos ponemos de violentos cuando constatamos algunas de las injusticias que los hombres cometemos y como gritamos cuando quizá no podemos hacer otra cosa porque vemos algo que no nos gusta, no nos agrada y pensamos que está mal. Allí quisiéramos descargar todo nuestro poder lleno de violencia, si lo tuviéramos, para que se corrija eso que consideramos injusto y si estuviera de nuestra parte haríamos desaparecer a quien así se comporte.
Esa justicia que a veces reclamamos tendríamos que llamarla venganza porque llenamos nuestro corazón y nuestros actos de violencia y de destrucción. Repito,  ¿qué es lo que hacemos cuando reclamamos algo o cuando queremos que se enmiende o corrija aquello que consideramos que no está bien si no lo conseguimos tan pronto como nosotros lo pensamos?
Pero como comenzamos diciendo la gloria y el poder del Señor se manifiestan en su misericordia. Es lo que hoy nos enseña la Palabra de Dios proclamada en este domingo. Tanto esas bellas consideraciones del libro de la Sabiduría como luego la parábola del evangelio. ‘Porque tu fuerza es el principio de la justicia y tu señorío sobre todo te hace ser indulgente con todos… tú, dueño del poder, juzgas con moderación y nos gobiernas con mucha indulgencia… Actuando así, enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser humano…’ Indulgencia, moderación, humanidad han de ser la forma de actuar. Así se manifiesta el poder del Señor.
Vuelve a hablarnos Jesús en parábolas y emplea de nuevo la imagen de la semilla. Ha sido la buena semilla que se ha sembrado en el campo, pero en el que de pronto aparecen brotes de malas semillas. El enemigo en la noche las había sembrado. Ahí estás los buenos deseos de los jornaleros que trabajan aquel campo para en su buena voluntad querer ir arrancando una a una aquellas plantas de cizaña que han brotado en medio del trigo.
Una imagen de la vida, del mundo en el que vivimos. Como nos dice el Génesis cuando Dios lo creó vio que todo era bueno. Pero ahora constatamos el mal que anda metido en medio del mundo. Pronto había aparecido si seguimos aquellas primeras páginas del Génesis porque por allí estaba la serpiente tentadora que hizo caer a Eva y a Adán; por allá aparecieron los orgullos y las envidias de Caín que le llevaron a la muerte de su hermano, y así podríamos seguir contemplando página a página de la Biblia.
Es nuestra vida, es nuestro mundo, porque ni nosotros somos tan buenos que tantas veces se nos mete la malicia en el corazón traducida en nuestros orgullos y violencias, y al mismo tiempo contemplamos la realidad del mundo que nos rodea tan lleno de las cizañas de las injusticias y la violencias, de insolidaridad y desamor.
También en nosotros cuando se nos despierta la conciencia surgen los deseos de arreglar nuestro mundo, de arrancar tanta mala cizaña como contemplamos, pero ya sabemos bien la forma cómo reaccionamos en muchas ocasiones ante ese mal que envuelve nuestro mundo. Un poco aquello que ya reflexionábamos al principio. Clamamos justicia que muchas veces es venganza o es alimentar más las violencias de la vida que nada solucionan.
Tenemos que escuchar las palabras del amo de aquel campo de la parábola que nos pide paciencia hasta el final no vayamos a arrancar mezclados la buena y la mala simiente. No significa eso un cruzarnos de brazos ante ese mal que nos rodea porque tenemos que luchar contra el mal buscando caminos que nos ayuden a hacer un mundo mejor. Porque esa es la transformación que tenemos que realizar.
El amor y la paz de los que queremos llenar nuestro mundo no se imponen a la fuerza sino que se contagian. Por eso la grandeza de nuestra vida que tenemos que manifestar lo tenemos que hacer a través de la misericordia, la indulgencia, la moderación, el verdadero amor que haga crecer nuestra humanidad pero también la humanidad de los que están a nuestro lado, como nos enseñaba el libro de la Sabiduría que hoy hemos escuchado.
Ojalá aprendamos la lección. Ojalá aprendamos a poner más humanidad en nuestra vida. Ojalá llenemos nuestras entrañas de misericordia para que con la dulce miel del amor sepamos atraer a los que se ven envueltos en caminos de violencia, de insolidaridad e injusticia a cambiar su corazón y a poner verdadera humanidad en su vida. Porque cuando somos humanos de verdad amamos, hacemos el bien por encima de todo, haremos brillar la verdad, resplandecerá la justicia, tendremos un mundo lleno de armonía y de paz.
La gloria y el poder del Señor se manifiestan en la misericordia. No lo podemos olvidar. Es en lo que tiene que resplandecer también nuestra vida.