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domingo, 23 de diciembre de 2018

Como María, la mujer profundamente creyente, tenemos que tener bien abiertos los ojos de la fe para no desviarnos del misterio que vamos a celebrar


Como María, la mujer profundamente creyente, tenemos que tener bien abiertos los ojos de la fe para no desviarnos del misterio que vamos a celebrar

Miqueas 5, 2-5ª; Sal 79; Hebreos 10, 5-10; Lucas 1, 39-45

‘¡Dichosa tú, que has creído! porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá’. Es la alabanza con la que saluda Isabel a su prima cuando llega a su casa. Simplemente se han encontrado y se han saludado con los saludos de rigor con la afectuosidad muy propia de aquellos lugares. Pero ha habido una sintonía casi sin palabras en lo que Isabel, que tenemos que reconocer es también una mujer profundamente creyente sabe descubrir cuanto sucede en María, cuanto está viviendo María.
¡Cómo nos cuestiona, nos interroga, nos estimula encontrar a nuestro lado personas verdaderamente creyentes! Alguien me podría decir, ‘yo creo’, ‘yo tengo fe’, y no parece que sea algo tan extraordinario. Sí es algo extraordinario, porque ser creyente de verdad no es cuestión de hacernos unas afirmaciones acerca de Dios pero dejar que todo siga igual, que mi vida siga igual. No es que tengamos que poner la cara de la ocasión o de las circunstancias, pero sí tiene que haber algo en el creyente que se refleja en su vida, en sus actitudes, en sus posturas y compromisos.
Aquí estamos escuchando una bienaventuranza que no está en la lista de las proclamadas por Jesús en el sermón del monte, pero que sí tenemos que decir que está en la base de todas ellas, porque sin esa actitud profundamente creyente no podremos llegar a entender ni a vivir toda la profundidad de las palabras que luego allí Jesús va a pronunciar.
Es la persona que se fía y se confía, que sabe descubrir una presencia pero se deja invadir por ella que es la presencia y la fuerza del Espíritu de Dios, que sabe abrirse desde lo más profundo a lo trascendente y se deja encontrar por Dios, abre su corazón y su vida al misterio de Dios aunque sienta que es mas grande que su propia capacidad humana para comprenderlo pero sabe decir sí; es el que sabe abrir los oídos de su corazón para sentir la voz de Dios allá en lo más profundo de si mismo y se va dejar seducir por esos planes de Dios que se le revelan en lo más intimo aunque pudieran ir por otros derroteros que los planes que previamente por si mismo se había trazado.
Es el que sabe hacer ese silencio en su interior para escuchar la voz de Dios, pero que nunca le dejará estático sino que siempre va a sentir el impulso de ponerse en camino. Es el que sabe sentir la paz de Dios en su corazón, por muy fuertes que sean las batallas y los ruidos que suenen en su exterior, pero que sabrá abrirse paso en medio de sus tormentas de la vida sin perder esa paz, sino más bien queriendo llevar, queriendo contagiar de esa paz a los demás.
El autentico creyente sabe ser un místico porque vive siempre en esa presencia de Dios, pero al mismo tiempo es una persona comprometida con la vida que es capaz de meterse en mil batallas con tal de lograr no solo ser mejor el mismo, sino hacer que el mundo que lo rodea sea también mejor. No se cruza de brazos ni está esperando a que lo busquen sino que sabrá salir al encuentro de los otros con la disponibilidad y la generosidad del servicio y del amor.
María fue la que se abrió al misterio de Dios que se le revelaba con el anuncio del ángel. Y aunque los planes de Dios le sobrepasaba lo que ella creía que eran sus fuerzas porque solo se sentía una humilde esclava sin embargo se dejó cautivar por los planes de Dios y poniendo toda su confianza en El fue capaz de decir Sí. Era grande lo que a ella le sucedía cuando se dejó inundar por el Espíritu de Dios, pero eso mismo la hizo ponerse en camino. No importaban las dificultades de un largo camino porque ella se dejaba conducir por Dios. Se sentía transfigurada interiormente pero eso no le impedía seguir sintiéndose la humilde esclava que en todo había de buscar y hacer lo que era la voluntad de Dios.
Así llegó a la montaña a casa de Isabel y se encontró con otra mujer humilde pero también en la misma sintonía de Dios, una mujer también profundamente creyente que fue capaz de descubrir su secreto y su misterio. ‘¿De donde que venga a mi la madre de mi Señor?’, fue el reconocimiento de Isabel. Así se intercambian los saludos y las alabanzas resaltando lo que era la fe y lo que era el amor. Nada les podía perturbar ni alejar de aquel misterio grande que en ellas y especialmente en María se estaba manifestando.
Ese cuadro tenemos ante nuestros ojos en la víspera de celebrar la navidad. Creo que tenemos que tener bien abiertos los ojos de la fe para no desviarnos del misterio que vamos a celebrar. Muchas cosas incluso buenas podrían perturbarnos y distraernos. El misterio del nacimiento del Hijo de Dios en la carne tiene que estar en el centro y ser el centro de todo.
Es cierto que cuando celebramos ese misterio nos llenamos de alegría y no podía ser menos; es cierto que tenemos que sentirnos impulsados al amor, y sentir verdaderos deseos de paz y de armonía con todo el mundo y es bueno que nos acerquemos los unos a los otros, que nos reencontremos las familias y los amigos, que sintamos la urgencia de la paz y pongamos muchos gramos de fraternidad y armonía en nuestro trato entre unos y otros.
Pero cuidado que buscando todo eso, queriendo vivir todo eso al final nos quedemos en una fiesta más, sí con buena voluntad, pero que nos olvidemos del misterio que lo motiva y que tiene que ser el centro de nuestra vida. Nuestra fe tiene que estar muy presente para que lleguemos a ese verdadero encuentro con nuestro salvador y nuestra vida se transforme con su presencia y podamos vivir, si, con toda intensidad todas esas cosas que queremos hacer y celebrar en estos días. Pero que los árboles no nos impidan ver el bosque, que todas esas cosas no nos impidan ver a Dios, ver el misterio de Dios en el nacimiento de Jesús.
A María ni aquel largo camino, ni las efusiones de alegría en el encuentro con su prima a la que iba a servir, le hicieron perder de vista nunca el misterio que en su corazón se estaba realizando.

sábado, 22 de diciembre de 2018

Como María con corazón humilde sepamos ser agradecidos a las maravillas del Señor y abramos así nuestro corazón a Dios


Como María con corazón humilde sepamos ser agradecidos a las maravillas del Señor y abramos así nuestro corazón a Dios

1Samuel 1,24-28; Sal.: 1S 2,1.45.6-7.8; Lucas 1,46-56

Un corazón humilde sabe siempre ser agradecido y es el mejor camino para abrirse a los demás y para abrirse a Dios. Cuando nos hacemos orgullos y engreídos parece como si el centro de todo fuéramos nosotros mismos, con facilidad nos encerramos o nos subimos en pedestales para aparentar ser más grande que lo que realmente somos, porque el orgullo nos empequeñece aunque no lo queramos reconocer.
Tenemos que aprender a caminar por la vida por caminos de sencillez y de humildad; eso nos hace cercanos, nos pone en disposición de buscar a los demás enriqueciendo nuestra vida con los valores y los ejemplos que recibimos de ellos, trasciende nuestra vida para no encerrarnos en nuestro yo egoísta; eso nos hace reconocer cuanto recibimos y que es mucho más incluso de lo podríamos buscar y nos pone en disponibilidad para el servicio porque nos damos cuenta que solo tendiéndonos la mano los unos a los otros es como podemos llegar más lejos y hacer que nuestro mundo sea mejor. Es el mejor camino de transformación de nuestra propia vida pero también del mundo que nos rodea.
Son las lecciones que estamos aprendiendo de María en este camino de Adviento que ya estamos casi terminando porque se acerca la Navidad; camino que estamos haciendo en estos últimos días sobre todo de mano de María que nos está apareciendo continuamente en la liturgia. En el evangelio de ayer la veíamos, ella la Madre del Señor, que se puso en camino para ir a la casa de la montaña en actitud de servicio; y la contemplamos cantando al Señor que ha hecho maravillas en ella, no dejando de reconocer que es pequeña porque es la humilde esclava del Señor, pero Dios puso su mirada en su corazón para engrandecerla haciéndola su madre.
María canta reconocida al Señor que derrama su misericordia sobre todos los hombres; sus promesas se cumplen, lo que había prometido ahora ya es realidad porque llega el Salvador del mundo; comienzan los tiempos nuevos donde todo ha de transformarse por obra de la gracia que se derrama sobre los hombres.
Que ese sea nuestro espíritu y nuestro deseo; que esas sean las actitudes nuevas que vayamos poniendo en nuestro corazón y así nos abriremos de verdad a Dios y a salvación que Jesús nos trae. Veremos en la noche de Belén que será a unos humildes pastores que en los campos de Belén en la noche están cuidando sus rebaños a los que se les manifestará la gloria del Señor y los que recibirán el primer anuncio, la primera buena nueva del nacimiento del Salvador.
Preparamos el corazón; revistamos nuestra vida de esa humildad y de esa sencillez; huyamos de esas apariencias de grandezas que nos llenen de orgullo; no nos entretengamos en cosas que alimenten nuestro ego; no nos distraigamos en cosas superfluas, sino que en la pobreza y en la humildad de Belén esperemos la llegada del Señor a nuestra vida, reconociendo, sí, de cuantas bondades nos rodea el Señor. Hará también cosas grandes y maravillosas en nosotros si tenemos esa disposición en nuestro corazón.

viernes, 21 de diciembre de 2018

La visita de María a Isabel fue la visita de Dios para aquel hogar de la montaña como es la visita de Dios en cuantos en la vida nos salen al encuentro


La visita de María a Isabel fue la visita de Dios para aquel hogar de la montaña como es la visita de Dios en cuantos en la vida nos salen al encuentro

Cantar de los Cantares 2,8-14; Sal 32; Lucas 1,39-45

Cuando alguien llega a nuestra casa porque viene a visitarnos solemos acoger con alegría y respeto a quien recibimos siendo hospitalarios con esa persona y ofreciéndole de lo mejor que tengamos con todo cariño para complacerla y mostrarle nuestra buena acogida.  La hospitalidad es una virtud muy hermosa y en general solemos ser acogedores para quien llega a nuestra puerta.
es cierto que con aquellos que mantenemos una más estrecha relación de amistad o familiaridad expresamos una especial alegría, nos sentimos gozosos y honrados con su presencia y abrimos ya no solo las puertas de nuestra casa sino nuestro corazón a aquellos hacia quienes sentimos un especial afecto. No podemos dejar que se enfríe en nosotros, a causa de los ritmos de nuestra vida moderna, ni perdamos esa preciosa virtud de la hospitalidad.
Hoy el evangelio nos habla de una visita especial que en aquel hogar de la montaña fue igual que la visita de Dios. No en vano luego se cantará la alabanza al Señor que ha visitado y redimido a su pueblo. Es la visita de María a Isabel en aquel lejano hogar de la montaña en casa de Zacarías. Todo son muestras de alegría en el recibimiento y en el encuentro de ambas mujeres.
Y con una visión de fe e inspiración del Espíritu era como la visita de Dios a aquel hogar, porque Isabel reconoce incluso en María, algo que ninguna voz humana podría haberle anunciado. ‘¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?’ es la exclamación y reconocimiento por parte de Isabel de que quien la visitaba era alguien más que su prima de la lejana Galilea, porque en ella, por inspiración del Espíritu, estaba recibiendo a la Madre del Señor.
Todo serán alabanzas y reconocimiento por una parte de la fe de María que había puesto su confianza en el Señor, y alabanza al Señor que se estaba manifestando en los humildes pero realizando cosas maravillosas. La visita de María fue la visita de Dios que hacia prorrumpir en esos cánticos de alabanza al Señor. Fue la visita santificadora de Dios para aquel hogar y para aquella familia, santificando incluso al niño que Isabel llevaba en sus entrañas. La criatura saltó de alegría en su vientre.
Podríamos decir que en estas vísperas de la Navidad ya tan cercana nosotros estamos recibiendo la visita de María y la visita de Dios. Llega a nosotros a través de su Palabra que así nos está hablando de María en estos días para que la contemplemos, pero para que como ella sepamos prepararnos al nacimiento del Salvador.
Pensemos en que cuantos se acercan a nosotros, de una forma o de otra, han de ser reconocidos por nuestro espíritu de fe como la visita de Dios. Ya nos enseñará Jesús en el evangelio que cuanto hagamos al otro es como si lo hiciéramos a El, y que cuando recibimos al peregrino o al que llegaba a nosotros de la forma que fuera a El lo estábamos recibiendo.
Nos ha de hacer repensar nuestras actitudes de acogida, nuestra hospitalidad y cómo recibimos y acogemos a cuantos lleguen a nosotros. Simplemente decimos, pensemos que es la visita de Dios a nuestra vida. ¿Cómo lo vamos a acoger? ¿Nos estará indicando el verdadero sentido que hemos de darle a la Navidad?

jueves, 20 de diciembre de 2018

Gracias, María, porque dijiste Sí, grande fue tu disponibilidad y grande fue tu fe

Gracias, María, porque dijiste Sí, grande fue tu disponibilidad y grande fue tu fe

 Isaías 7,10-14; Sal 23; Lucas 1,26-38

Gracias, María, porque dijiste Sí. Es lo primero que surge en mi corazón al escuchar el relato de Nazaret. Gracias, madre, grande fue tu disponibilidad y grande fue tu fe. Y el Señor hizo obras maravillosas en ti; y la humanidad entera, gracias a tu Sí, pudo comenzar a sentir que Dios hacia maravillas en todos nosotros.
Gracias, María, porque te convertiste en la aurora de la salvación, hiciste posible que el Sol de la salvación comenzará a brillar para toda la humanidad. Es el Señor el que nos salva, pero tu Sí hizo posible que la humanidad se levantara llena de esperanza porque nos llegaba la salvación tan ansiada.
Gracias, porque aunque aparentemente se desbarataban tus planes, fuiste generosa para abrirte a Dios y dejar actuar a Dios en tu vida. Gracias, Madre, por tu disponibilidad y por tu generosidad aunque te sentías pequeña, pero eres grande, no con las grandezas efímeras de este mundo, sino con la grandeza del amor de tu corazón. Cuánto tenemos que aprender de tu amor, de tu generosidad, de tu disponibilidad, de tu fe.
En la vida nos hacemos planes y estamos ansiosos soñando ver cómo podemos realizarlos; ponemos nuestro empeño, nuestros esfuerzos, y hacia la consecución de esos planes dirigimos todo el actuar de nuestra vida. Sin embargo, en muchas ocasiones, nuestros planes se desbaratan, porque surgen imponderables, circunstancias que trastocan nuestra vida y nos hacen quizás comenzar caminos nuevos o distintos.
Suelen producirnos estas circunstancias que nos parecen adversas incomodidad y desasosiego, sin terminar de ver hacia donde vamos ahora a dirigir nuestra mirada y nuestra vida. En muchas ocasiones surge algo que es mejor, que nos hace tener otra mirada y quizá elevar la meta de nuestras ilusiones. Pero el hombre luchador y el hombre de fe intenta descubrir detrás de todo eso que sucede qué puede haber de la voluntad de Dios, del designio divino para nuestra vida que nos hace tener una mirada y unas metas distintas. Son los momentos de reflexión para repensarnos las cosas y para saber encontrar el sosiego que necesitamos. Una luz nueva y espiritual puede comenzar a brillar en nuestra vida. Seremos luego felices como María.
María se vio sorprendida con la visita celestial y con las palabras de saludo del ángel que eran principio de un anuncio de algo nuevo y distinto. Ya nos dice el evangelio que María comenzó a reflexionar que podía significar aquel saludo. María era una mujer profundamente creyente. Ella había querido ofrecer lo mejor de su vida a Dios, y ahora Dios le presentaba un plan nuevo. ‘Yo no conozco varón’, decía para expresar la determinación de su vida, pero ahora era el Espíritu del Señor el que iba a inundar su vida para que de ella naciera algo nuevo, tan nuevo, que era el Hijo del Altísimo.
Y allí estaba María en toda su grandeza, aunque ella solo se considerara la humilde esclava del Señor. Era su disponibilidad, la apertura de su corazón a Dios, la generosidad de su amor. Y Dios hizo cosas grandes en ella, la hizo su Madre, nos la dio como madre. Su maternidad era divina, su maternidad era ahora universal. La grandeza de su corazón era así. Gracias, Madre.
Nos enseñas a ser generosos, nos enseñas a descubrir los planes de Dios, nos enseñas que Dios está por encima de todo y siempre nos propondrá cosas grandes, aunque nos parezca que se trastocan nuestros planes. Nos enseñas a decir Si a Dios, que es abrirnos a los hermanos, para que todos seamos hermanos, como tú eres Madre de todos. Gracias, María.

miércoles, 19 de diciembre de 2018

El anuncio del nacimiento de Juan que provoca tanta alegría es para nosotros un signo de la verdadera alegría en el anuncio de la Salvación que nos llega con Jesús


El anuncio del nacimiento de Juan que provoca tanta alegría es para nosotros un signo de la verdadera alegría en el anuncio de la Salvación que nos llega con Jesús

Jueces 13, 2-7. 24-25; Sal 70; Lucas 1, 5-25

Anoche a última hora me llegaba un WhatsApp de un sobrino anunciándome el nacimiento de su nieto. Las breves palabras del mensaje resumaban la alegría de la familia por el nacimiento del niño; de la misma manera hace unos meses cuando me anunciaba el embarazo y el futuro alumbramiento todo expresaba la alegría que sentían por tal acontecimiento, aunque siempre estuviera por detrás la incertidumbre del futuro además de las responsabilidades.
Siempre en todas las familias la noticia de un futuro alumbramiento de una nueva criatura está llena de sorpresiva alegría y suele ser noticia que enseguida comunicamos al resto de la familia y a los amigos en medio de los parabienes de todos. Es un nuevo ser que se abre a la luz de la vida y en esa alegría rebrotan sentimientos de esperanza y de futuro. Valga esta experiencia como referencia en la reflexión que nos hacemos ante el anuncio de Juan el Bautista con todo su significado.
Es lo que se nos manifiesta hoy en el evangelio en el anuncio del nacimiento de Juan Bautista. Cuando leamos en unos días el relato de su nacimiento contemplaremos la alegría de las gentes de la montaña y como toda felicitaban a Isabel porque el Señor le había hecho gracia. Hoy el ángel en el anuncio que hace a Zacarías le dirá que aquel niño será motivo de alegría tanto para él y para Isabel como para cuantos viven en su entorno.
Nosotros, en estas vísperas de la Navidad de Jesús, también nos llenamos de alegría por el anuncio del nacimiento del que iba a ser el precursor del Mesías. ‘Irá delante del Señor, con el espíritu y poder de Elías, para convertir los corazones de los padres hacía los hijos, y a los desobedientes, a la sensatez de los justos, preparando para el Señor un pueblo bien dispuesto’. Es lo que el ángel le anuncia a Zacarías.
Delante del Señor, abriendo los caminos del Señor no solo fue la misión de Juan en aquellos momentos y así lo proclamará allá en el desierto con su predicación y su bautismo penitencial, sino que sigue siendo para nosotros hoy esa voz que grita y que nos anuncia, que estimula nuestra esperanza mientras caminamos por el Adviento, pero nos enseña también a hacer esos caminos de esperanza en el día a día de nuestra vida, pero unos caminos de esperanza que quieren abrir nuestro corazón al reconocimiento de la llegada del Señor a nuestra vida.
Por eso lo escuchamos con atención durante este tiempo, y siempre estará ahí como una señal para nosotros, como una invitación a la conversión para creen en el Reino de Dios que llega, en la Buena Noticia de ese Reino de Dios que día a día tenemos que construir en nuestra vida y en nuestro mundo.
No nos preguntamos ya como hacían aquellas gentes sobre lo que iba a ser aquel niño que con signos tan especial nacía allá en la montaña, como nos seguimos preguntando en medio de la alegría sobre el futuro que le espera a todo recién nacido, sino que ahora nos preguntamos más bien que vamos a hacer de nosotros, qué vamos a hacer de nuestra vida, qué es lo que en verdad tiene que cambiar en nuestro corazón para que acojamos en toda plenitud la salvación que Jesús nos viene a traer.
Tiempo de preguntas sobre nosotros mismos pero tiempo también de compromisos concretos en nuestra vida. La figura del bautista va a estar presente ahí ante nosotros como un signo, como una señal que nos invita a seguir un camino nuevo cuando pongamos toda nuestra fe en Jesús como nuestro Salvador. Porque eso es lo que verdaderamente tenemos que celebrar en la Navidad. Que no esté ausente Dios en nuestra navidad, que no sea solo una ocasión para unas fiestas muy jubilosas sino que sea ocasión para un verdadero encuentro salvador con el Señor.

martes, 18 de diciembre de 2018

Despertemos en nosotros esa esperanza de salvación para que cobre todo su sentido la navidad


Despertemos en nosotros esa esperanza de salvación para que cobre todo su sentido la navidad

Jeremías 23,5-8; Sal 71; Mateo 1,18-24

¿Se olvidan las esperanzas? Si son verdaderas no tendrían por qué olvidarse. Y es que la esperanza en la vida da fuerzas para luchar; aun no hemos conseguido lo que anhelamos, pero tenemos esperanza de conseguirlo, y eso nos da fuerza para nuestra lucha, para nuestra perseverancia. Sin embargo sabemos muy bien que se nos debilitan y cuando son fuertes las cosas que tenemos en contra parece que se apagan en nuestra debilidad.
Pero en la vida nos puede suceder a nosotros, pero lo vemos en tantos a nuestro lado parece que caminamos sin esperanza, perdemos las ilusiones, nos falta alegría, entramos en una monotonía descorazonadora, parece que vamos sin rumbo. Es necesario avivar las esperanzas, porque podemos hacer las cosas mejor, podemos hacer que nuestro mundo sea distinto, nos ponemos metas y por ellas luchamos. Aunque haya contratiempos, las cosas o los acontecimientos se nos vuelvan adversos, nos cueste entender lo que sucede y por qué terminamos por ir por esos derroteros que no era lo que nosotros queríamos. La esperanza en cierto modo nos hace soñar, pero tenemos que hacer esos sueños realidad.
Es lo que en este tiempo de Adviento tendríamos que saber cultivar con todo sentido. Mucha esperanza necesitamos en la vida que muchas veces nos parece tenebrosa. Mucha esperanza necesitamos para salir adelante con nuestros problemas. Mucha esperanza de vida, de gracia, de salvación, porque nos sentimos necesitados de gracia y de perdón, de fuerza para amar, de ilusión para vivir una vida nueva. Y todo esto lo podemos alentar y recibir en Jesús que viene a nosotros.
La palabra del Señor que vamos escuchando en estos días nos ayuda a mantener viva esa esperanza preparándonos bien para la Navidad que se acerca. Hoy se nos recuerda aquel anuncio del profeta que nos hablaba del nacimiento del Emmanuel. ‘Mirad: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa Dios-con-nosotros’.
El evangelio nos cuenta las dudas y sombras que se le habían metido en el alma a José, el esposo de María. Pero era un hombre bueno, un creyente que buscaba discernir lo que era la voluntad de Dios. En forma de sueño un ángel de Dios se le manifiesta y le da explicación a todas sus dudas. Se recuerda entonces lo anunciado por el profeta. Se le confía la misión de padre porque ha de poner el nombre al niño que nazca – eso era función del padre – y el nombre va a ser significativo.
El ángel le dice: ‘Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados’. Es el cumplimiento y realización de todas las promesas antiguas y de nuestras esperanzas. Buscamos y esperamos la salvación. Viene Jesús a traernos esa salvación, bien significado en su nombre. Pero quizá tengamos que preguntarnos si en nuestras esperanzas tiene cabida esa esperanza de salvación. Porque podemos esperar muchas cosas, pero no sea precisamente la salvación que nos ofrece Jesús. Entonces perdería sentido la navidad, porque la navidad no es otra cosa que el nacimiento del Salvador.
Pero quizás muchos, y nos puede suceder a nosotros también, ese aspecto sea el menos que tengamos en cuenta en nuestras celebraciones. Mucha alegría, mucho ruido, mucha cosa externa, pero quizá en lo hondo nos quedamos vacíos, porque no hay ese encuentro de salvación. Despertemos en nosotros esa esperanza de salvación para que cobre todo su sentido la navidad.

lunes, 17 de diciembre de 2018

Tenemos que plantearnos que va a significar la navidad que vamos a celebrar en el hoy de mi vida y de mi historia para no desaprovechar este momento de gracia


Tenemos que plantearnos que va a significar la navidad que vamos a celebrar en el hoy de mi vida y de mi historia para no desaprovechar este momento de gracia

Génesis 49,1-2.8-10; Sal 71; Mateo 1,1-17

Somos hijos de nuestra historia, solemos decir. Tenemos unas raíces en la familia en la que hemos nacido que de alguna manera marca nuestra existencia, porque en ella hemos ido abriéndonos a la vida y de ella recibimos valores, principios, educación, vida en una palabra. Pero también marca nuestra existencia el entorno en el que vivimos, la gente con la que convivimos que son como compañeros de camino en nuestro devenir por la vida; amigos, vecinos, compañeros de trabajo, gente con la que convivimos de la que recibimos y también en la que vamos dejando nuestra huella; es ese entorno social en el que se desarrolla nuestra vida.
Pero en ese entorno social está la historia de nuestro pueblo, aquellos aconteceres de la vida que se fueron haciendo historia pero que de alguna manera van trazando o han trazado un camino para nuestra sociedad, para lo que ahora somos, para lo que son nuestras costumbres y también nuestras normas de vida; esa historia que marca el carácter de un pueblo, porque aunque ahora vivimos más abiertos a lo universal porque hoy la comunicación es mas fácil, sin embargo la cercanía de lo que hemos sido como pueblo o como sociedad ha ido dejando también una huella en nosotros.
Por eso habíamos comenzado diciendo que somos hijos de nuestra historia. Cuidamos lo que hemos recibido que se convierten en raíces de nuestra vida pero luego vamos desarrollando nuestras propias ramas y dando nuestros propios frutos que dejaremos a las generaciones que nos siguen en herencia.
Empezamos la última semana de nuestro camino de preparación para la fiesta de la Navidad, del nacimiento de nuestro Salvador. Y hoy el evangelio quiere situarnos a Jesús en lo que es la historia de su pueblo. El evangelista nos presenta la genealogía de Jesús. El Hijo de Dios que se hace hombre, lo  hace en la historia de un pueblo concreto y en el seno de una familia. Es la historia del pueblo de Israel que es la historia de la Salvación de Dios, de la presencia de Dios en medio de los hombres que ahora se va a hacer más visible en el Emmanuel, el Dios con nosotros.
Dios viene a nuestra historia, quiere caminar en nuestra historia, quiere ser en verdad Emmanuel, Dios con nosotros. En la historia, es cierto, miramos al pasado, pero la historia se hace presente en el hoy de nuestro caminar. Y es lo que ahora queremos celebrar en el  nacimiento de Jesús, que vivimos en nuestra historia, que vivimos en el entorno en que vivimos nuestra vida concreta. Ahí, en nosotros, en nuestra vida, en nuestro mundo concreto hoy Dios quiere hacerse presente y es lo que tenemos que prepararnos para vivir.
La navidad no es solo recuerdo, porque nuestras celebraciones tienen que ser el celebrar el hoy de Dios en nuestra vida y en nuestra historia. Por eso un verdadero sentido de la navidad que vivimos y celebramos tiene que llevarnos a preguntarnos en qué se va a manifestar ahora y hoy esa salvación que Jesús nos trae en nuestra vida concreta. Salvación es liberación, salvación es arrancarnos de algo que no consideramos bueno para comenzar a vivir algo nuevo, distinto y mejor. Así pues, ¿en qué se va a manifestar hoy, en este paso de 2018 a 2019 esa salvación de Dios en mi vida y en mi mundo concreto? ¿De qué manera esta navidad va a marcar mi historia y la del mundo en que vivimos?
Tenemos que plantearnos que va a significar la navidad que vamos a celebrar en el hoy de mi vida y de mi historia. No desaprovechemos este momento de gracia.

domingo, 16 de diciembre de 2018

Que el soplo del Espíritu nos ayude a quitar y echar al fuego de la purificación lo que nos sobra o nos estorba de nuestra vida para hacer rectos los caminos que nos llevan al Señor



Que el soplo del Espíritu nos ayude a quitar y echar al fuego de la purificación lo que nos sobra o nos estorba de nuestra vida para hacer rectos los caminos que nos llevan al Señor

Sofonías 3, 14-18ª; Sal.: Is 12, 2-3. 4bcd. 5-6; Filipenses 4, 4-7; Lucas 3, 10-18

Hoy se emplean en el evangelio unas imágenes que quizá en muchos de nuestros ambientes o de generaciones jóvenes no terminarán de entender. Se nos habla de parva y de paja, de aventar – lanzar al viento – y de grano de trigo recogido limpio de toda parva o de toda paja. La era de trillar, el aventar el grano para que quedara limpio de paja y polvo es algo que nos queda en el recuerdo de los mayores si acaso vivimos en el campo y pudimos presenciarlo o incluso trabajarlo, pero que hoy mecánicamente con métodos mas modernos han sido sustituidos.
Pero son imágenes que nos emplea el Bautista y cuanto pueden significar en ese camino de conversión que hemos de vivir en nuestra preparación para la venida del Señor. Hemos de recoger ese grano limpio, ese fruto bueno de nuestras vidas purificándonos de tantas cosas que llevamos demasiado apegadas en el corazón. Y los apegos no son solo cosas sino actitudes y posturas de las que tenemos que liberarnos si en verdad queremos preparar bien los caminos del Señor.
‘¿Qué tenemos que hacer?’ se preguntaba la gente cuando escuchaba la predicación de Juan. ¿Qué tenemos que hacer? acaso nos estemos preguntando nosotros también. Quizás hasta podemos pensarnos que no tenemos que hacer nada especial porque nosotros ya vamos por el buen camino. Sabemos bien que nosotros mismos muchas veces nos lo planteamos así, nos consideramos buenos y cumplidores, y quizá pensamos que todo lo resolvemos con repetirnos unas oraciones o acaso dar alguna limosna, o hacer alguna ofrenda si se da el caso.
Es una pregunta que seguirá repitiéndose a lo largo del evangelio por muchos de los que se acercan a Jesús y se sienten conmovidos quizá por sus palabras. Jesús, es cierto, nos recordará como a aquel joven rico en principio que cumplamos los mandamientos, aunque luego le pida más cosas si en verdad quiere crecer en su vida. Cuando le preguntan a Jesús qué es lo principal recordará siempre el mandamiento del Señor, pero con toda la amplitud y exigencia de lo que significa amar con todo el corazón y con toda la vida. Cuando Jesús habla del prójimo a quien tenemos que amar, todavía alguno se atreverá a preguntar ‘¿y quién es mi prójimo?’
Pero vamos a las palabras de Juan porque si hemos hecho referencia a esos otros momentos del evangelio es para que veamos la sintonía que hay entre las palabras de Juan y la Buena Nueva de Jesús. Ahora escucharemos detalladamente las palabras con que Juan va respondiendo a cada uno de aquellos grupos que se acercan hasta el Bautista en el desierto. Son la gente común, la gente sencilla, los que en verdad quieren abrir su corazón a algo nuevo que saben que va a aparecer con la presencia ya cercana del Mesías como les dice Juan. Gente sencilla y entre ellos cobradores de impuestos o militares.
¿Qué les pide Juan señalándose a cada uno en concreto? La generosidad del compartir que significa no solo dar cosas sino ser capaces de desprenderse de si mismos, de su yo. ‘El que tenga dos túnicas, les dice, que se las reparta con el que no tiene; y el que tenga comida que haga lo mismo’. Es parte de su yo, de su vida lo que han de compartir; la ropa o lo que tenemos para vivir de alguna manera nos identifica, porque no es el mero hecho de compartir una túnica que me sobre o una comida que tenga en abundancia, sino que es dar de si mismo. Cuánto podríamos decir en este sentido.
Es la rectitud con que hemos de vivir nuestra vida; no nos vale aprovecharnos del otro en virtud de nuestras posibilidades o de nuestro poder. Con rectitud y justicia hemos de vivir para respetar al otro y lo que es, para respetar la persona y lo que tiene y no valernos de nuestros trapicheos, nuestra mano izquierda o nuestros trucos para aprovecharnos de los demás.
De cuantas nebulosas rodeamos muchas veces nuestros trabajos o nuestros negocios; cuantas veces nos valemos de nuestras influencias y manipulaciones para aprovecharnos de lo que sea; de cuantas apariencias de bondad y decimos de querer ayudar a los otros queriendo colgarnos medallas de meritos y merecimientos, para aumentar nuestro poder o nuestras ganancias o para escaquearnos de nuestras responsabilidades y trabajos pues es lo que todos hacen o ya otros lo harán nos decimos.
A la gente le sorprendían las palabras directas e incisivas del Bautista y por eso se preguntaban si acaso no era Juan el Mesías. Es cuando nos anuncia que él solo viene a bautizar con agua, como un signo de purificación necesaria y de penitencia, pero que vendrá el que lo transformará todo porque viene a bautizar con Espíritu Santo y fuego.
Es entonces cuando nos habla lo que recordábamos al principio de esta reflexión, lo de aventar el trigo para que el viento se lleva la parva, para separar el grano de la paja.
¿No será lo que tenemos que hacer en la vida? Que el soplo del Espíritu nos ayude a quitar y echar al fuego de la purificación todo eso que nos sobra o nos estorba de nuestra vida para hacer rectos los caminos que nos llevan al Señor; cómo es necesario hacer relucir el verdadero fruto manifestado, como hemos venido diciendo, en el amor y en la justicia.
Creo que pueden surgir interrogantes serios en nuestro interior en este camino de Adviento; es una invitación a la verdadera purificación de nuestra vida, a preparar debidamente los caminos del Señor.

sábado, 15 de diciembre de 2018

Escuchemos la palabra del profeta precursor que quiere preparar en nosotros un pueblo bien dispuesto para el Señor


Escuchemos la palabra del profeta precursor que quiere preparar en nosotros un pueblo bien dispuesto para el Señor

 Eclesiástico 48,1-4.9-11; Sal 79; Mateo 17,10-13

‘Está escrito que te reservan para el momento de aplacar la ira antes de que estalle, para reconciliar a padres con hijos, para restablecer las tribus de Israel’. Así reflexionaba el sabio del Antiguo Testamento sobre el profeta Elías.
Son palabras que luego recordaremos en el evangelio cuando el ángel le anuncia a Zacarías el nacimiento de un hijo. ‘Irá delante del Señor con el espíritu y poder de Elías para reconciliar a los padres con los hijos, para inculcar a los rebeldes la sabiduría de los justos y para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto’.
Entre los judíos de la época de Jesús había la convicción de que Elías había de volver antes de la llegada del Mesías. Tenían presente para ello también las palabras de uno de los últimos profetas que así lo había anunciado. Así lo enseñaban los escribas y los doctores de la ley y esto motiva la pregunta que le hacen a Jesús sus discípulos. Bajaban del monte Tabor donde a Pedro, Santiago y Juan se les había manifestado la gloria del Señor, apareciendo junto a Jesús Moisés y Elías, signos de la ley y los profetas en el Antiguo Testamento.
‘Elías vendrá y lo renovará todo. Pero os digo que Elías ya ha venido, y no lo reconocieron, sino que lo trataron a su antojo’. Es la respuesta que les da Jesús a su pregunta. Muchos no supieron ver claramente la misión del bautista. La venia a despertar las esperanzas del pueblo de Israel, quería que abrieran sus corazones a Dios y por eso era necesario purificarse. Algunos respondían, le escuchaban, se bautizaban en el Jordán, pero no terminaron de ver lo que Juan les señalaba. ‘Ese es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’. Pocos fueron los que entendieron estas palabras del Bautista y se pondrían a seguir a Jesús. ‘No lo reconocieron y lo trataron a su antojo’, que diría Jesús.
Por supuesto, que no había que quedarse en el profeta, solo en la voz, sino que era necesario escuchar la Palabra. Aquella voz resonaba en el desierto, pero la dirección era hacia Jesús que era la Palabra de vida, de luz, de salvación. Era a quien habían de reconocer.
Pero ¿y nosotros? Estamos haciendo este camino del Adviento tan lleno de señales que nos tienen que conducir a la verdadera luz. Cuidado nosotros nos quedemos a medias también como tantos. Nos encandilan las luces que parpadean, pero no vemos al que es la verdadera luz. Tenemos que despertarnos los cristianos para no dejarnos arrastrar por el ambiente, por los cantos de sirena que suenan en nuestro entorno y que con palabras bonitas, con mensajes que utilizan lo cristiano sin embargo nos pueden llevar simplemente a un pasarlo bien pero sin buscar la verdadera felicidad, que nos ponen luces pero que nos ocultan la verdadera luz, que nos pueden hacer perder el verdadero sentido de la navidad.
Podremos hacer muchas fiestas de navidad, muchas comidas familiares y recibir muchos regalos de amigos y nosotros hacerlos igualmente, pero si no nos encontramos con Jesús para llevar la salvación a nuestra vida, hemos dejado pasar la verdadera navidad. No nos dejemos arrastrar por la corriente. Escuchemos la palabra del profeta precursor que quiere preparar en nosotros un pueblo bien dispuesto para el Señor. ‘¡Oh Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve!’

viernes, 14 de diciembre de 2018

Fácil parece seguir a Jesús tras el entusiasmo de los primeros momentos o de los milagros que contemplaban pero es necesario descubrir el signo de algo nuevo que representan


Fácil parece seguir a Jesús tras el entusiasmo de los primeros momentos o de los milagros que contemplaban pero es necesario descubrir el signo de algo nuevo que representan

Isaías 48,17-19; Sal 1; Mateo 11,16-19

Nos sucede en la vida. No sabemos bien a qué quedarnos. O más bien parece que nunca estamos contentos. A todo ponemos ‘peros’ y reservas. Nos gusta, pero no nos gusta. Unas cosas o unos planteamientos nos parecen exigentes, y en otros momentos parece que lo que se nos ofrece es demasiado fácil y quisiéramos otra cosa.  Buscamos algo nuevo y parece que fuéramos exigentes, pero cuando se nos plantea lo nuevo que nos conviene ya no nos gusta tanto. En momentos de entusiasmo parece que daríamos lo que fuera por algo, pero luego quizá pronto nos cansamos y comenzamos a añorar otras cosas, otros tiempos, otras maneras de actuar como siempre había sido. No terminamos de entendernos ni a nosotros mismos.
En esas confusiones andaban los judíos entre lo que Jesús les decía y enseñaba y lo que habían escuchado no hace mucho tiempo a Juan en el desierto. La figura de Juan les parecía dura y exigente, pero ahora con Jesús que les ofrecía el cambiar de verdad por dentro sus corazones tampoco terminaba de gustarles.
Juan hablaba de conversión y penitencia, porque había que purificarse para preparar los caminos del Señor que llegaba pero  no todos los aceptaban aunque fueran muchos los que llegaron a ir al desierto a escucharle; quizá pronto al volver a sus casas y a su vida ordinaria olvidaban aquellas palabras y no terminaban de creer el anuncio que Juan les hacia. Eran necesarias aquellas palabras de Juan y era necesario seguir sus pautas para prepararse a la llegada del Mesías. Juan aun hablaba desde el Antiguo Testamento, pero ya hacia anuncio del nuevo Reino que llegaba.
Jesús también pedía conversión, era necesaria una transformación interior para poder creer de verdad en la Buena Nueva que les anunciaba. Era un mundo distinto, era una nueva vida, era un nuevo sentido y un nuevo estilo de vivir. Jesús veía anunciándoles como habían de hacer presente el amor de Dios en el mundo, y eso había de pasar por ese estilo de amor que habían de vivir. Aunque parecieran menos duras las palabras de Jesús, sin embargo también exigían esa conversión interior.
Era fácil seguirle tras el entusiasmo de los primeros momentos o de los milagros que contemplaban, pero  no terminaban de ver el signo que representaban de esa vida nueva que habían de vivir. En las actitudes de Jesús, en su manera de actuar había un nuevo estilo con su cercanía a todos, también a los pecadores o a los que eran despreciados de la sociedad, pero quedaba aun en ellos un resabio de puritanos y el acercarse a todos como Jesús lo hacia también con las prostitutas y los publicanos, no les cabía en la cabeza. Por eso también comenzaba a haber en algunos como un distanciamiento de Jesús y de la buena nueva que enseñaba.
Pero cuando nosotros hoy escuchamos la Palabra de Dios no nos quedamos en analizar lo que sucedía en los tiempos de Jesús para entender sus palabras. Somos nosotros los que tenemos que abrir nuestro corazón a Dios y a su mensaje de salvación. Lo que vemos en Jesús tiene que transformarse en vida en nosotros. Esa palabra que nos invita a que vivamos en el mismo amor, en ese estilo de cercanía con cuantos nos rodean. Sin embargo algunas veces somos también reticentes, nos cuesta, hacemos nuestras distinciones, no terminamos de saber como tendríamos que actuar.
Es ahí cuando con sincero corazón hemos de ponernos en la presencia del Señor para dejarnos conducir por su Espíritu. Quizá nos lleve por unos caminos que nos cuesta porque aun nos hacemos nuestras reservan en el corazón, pero dejémonos conducir, dejemos que la fuerza del Espíritu del Señor llene nuestro corazón para que tengamos siempre, en todo y con todos la fortaleza del amor.

jueves, 13 de diciembre de 2018

Aprendamos de una vez por todas a abrir los ojos para descubrir en lo más humilde y pequeño los verdaderos valores y grandezas de la persona



Aprendamos de una vez por todas a abrir los ojos para descubrir en lo más humilde y pequeño los verdaderos valores y grandezas de la persona

Isaías 41,13-20; Sal 144; Mateo 11,11-15

Nos cuesta en ocasiones valorar a las personas, sobre todo si nos parecen pequeñas e insignificantes. Por no prestar verdadera atención a las personas quizás nos perdemos aprender de sus valores, descubrir la verdadera riqueza interior que esa persona tiene, que en su insignificancia nos parece oculta, pero que ahí en su humildad y silencio quizá se manifiesta más su grandeza. Nos encandilan los personajes que brillan, muchas veces con los fuegos fatuos de la vanidad y de la soberbia, pero de repente sin darnos cuenta nos seguimos arrastrados y tenemos el peligro de querer nosotros actuar también desde esa vanidad.
En esa persona que actúa calladamente y sin hacer muchos aspavientos quizás se nos esconden hermosos valores que por la poca importancia que le podemos dar por su pobre apariencia nos perdemos. Vivimos demasiado desde las apariencias y vanidades, nos presentamos quizá con mucha prepotencia llena de orgullo pensando que así seremos más poderosos o más respetados; pero no es lo mismo respeto que temor, porque desde esa prepotencia lo que infundimos es temor.
Muchas personas caminan a nuestro lado en la vida sin hacer ningún aspaviento, pero calladamente van haciendo muchas cosas buenas, tan calladamente que su mano derecha no sabe lo que hace la mano izquierda, y si fuéramos capaces de abrir bien los ojos mucho tendríamos que aprender de esas personas, que quizás no hablan, pero con una frase cuando hablan nos enseñan así como sin querer cosas maravillosas. Si abrimos bien los ojos sin prejuicios seremos capaces de verlas y de enriquecernos desde su humildad y sus valores.
En los textos del evangelio en medio de la semana en este camino que estamos haciendo del Adviento hoy nos aparece por primera vez la figura de Juan el Bautista. Es cierto que en el segundo domingo de Adviento ya nos apareció su figura como voz que grita en el desierto para preparar los caminos del Señor. Pero hoy nos aparece en boca de Jesús para hacer de él la mejor alabanza. Lo habían considerado, es cierto, como un profeta y muchos habían acudido a escucharle. Sin embargo las autoridades judíos, como veremos en otro momento, no le prestaron demasiada atención sino que más bien desconfiaban de él.
Ahora es Jesús el que hace la mejor alabanza, cuando quizá después de su muerte a manos de Herodes su figura su pudiera ir diluyendo. ‘Os aseguro que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan, el Bautista; aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él’. Pequeño y humilde, vestido andrajosamente con una piel de camello y alimentándose solo de langostas del desierto y miel silvestre, ahora nos dice Jesús que no ha nacido de mujer uno mayor que él.  Ya iremos descubriendo en los diferentes textos que nos ofrecerá la liturgia en estos días su figura y su grandeza.
Pero a continuación nos señala Jesús que ‘el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él’. Ser pequeño, en el sentido y en el estilo del Reino; ser pequeño que como  nos dirá Jesús a lo largo del evangelio significa ser el último, ser el esclavo y el servidor de todos, porque hemos de ser esclavos en el amor, ese será grande. Nos hace recordar muchas cosas del evangelio. Eso que no valoramos ni somos capaces de apreciar queriendo fijarnos en cosas relucientes, como antes decíamos, es lo que tenemos que descubrir. Para ver el valor del servicio, el valor del amor, el valor del que calladamente hace el bien.
¿Aprenderemos de una vez por todas a abrir los ojos para descubrir las verdaderas grandezas? 

miércoles, 12 de diciembre de 2018

Jesús tiene siempre abiertas las puertas de su corazón para que en El descansemos y encontramos la paz que necesitamos elevando nuestro espíritu.



Jesús tiene siempre abiertas las puertas de su corazón para que en El descansemos y encontramos la paz que necesitamos elevando nuestro espíritu.

 Isaías 40,25-31; Sal 102; Mateo 11,28-30

Tengo un amigo que a cada rato me dice cuando nos encontramos ‘qué cansado estoy’. No vamos a entrar en juicios de valor sobre el cansancio de mi amigo pero normalmente lo justificamos por su trabajo, el estrés en que muchas veces se vive a causa de los trabajos y un poco lo dejamos en que necesita descansar, organizarse y no tomarse la vida con agobio.
Pero en cierto modo es muy normal hoy con la forma de vivir que tenemos el que nos encontremos mucha gente que vive así con esos cansancios que no saben bien de donde provienen, y nosotros mismos también muchas veces nos sintamos en situaciones semejantes. Pero quizá ese cansancio vaya mas allá de lo que decimos o provenga de algo profundo que podamos sentir dentro de nosotros y nos haga sentirnos insatisfechos, no contentos con lo que hacemos y eso pudiera provocar hasta un cierto hastío en la vida. Los psicólogos nos podrían dar muchas explicaciones y terapias, pero no soy psicólogo.
Es cierto que muchas cosas nos agobian en la vida y nos llenan de insatisfacciones; muchas veces nos pueda faltar una orientación en la vida, no la que otros nos den, sino la que nosotros por nosotros y en nosotros mismos sepamos encontrar. Hay afanes materiales que nos van llenando el vaso y estamos muchas veces hasta rebosar. También nos agobian las soledades, no encontrar quizá en quien descansar nuestro corazón, esa persona que nos escuche, donde podamos vomitar todo lo que llevamos dentro, que esté a nuestro lado, que camine con nosotros. Con facilidad nos hacemos sordos a los problemas de los demás porque no queremos implicarnos, y así como nosotros en ocasiones actuamos con los otros, luego no vamos a encontrar quien nos escuche. Son tantos los que andan, quizás nosotros también, así en la vida.
Por otro lado esa parte espiritual de nuestra existencia muchas veces la dejamos a un lado porque nos afanamos más por lo que pronto consigamos para resolver nuestras necesidades materiales y a ese lado espiritual no le damos importancia y lo ponemos en segundo o en el último plano. Necesitamos un reposo para nuestro corazón y no lo sabemos encontrar. Nos olvidamos quizá donde está el motor de nuestra vida que no es solo el alimento material que podamos recibir o las cosas materiales por las que luchamos.
Jesús nos conoce bien. Conoce nuestros cansancios y nuestros agobios, conoce nuestra condición humana, porque hombre se hizo como nosotros. Pero es Jesús el que puede darnos esa paz que necesitamos. El es verdaderamente el norte de nuestra vida, en Él encontramos sentido y plenitud. El tiene siempre abiertas las puertas de su corazón para que en El descansemos.
‘Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso’. Son las palabras de Jesús, es su invitación para que vayamos con El. Tenemos la certeza de que siempre nos escucha; tenemos la seguridad de encontrar esa paz que necesitamos en El. Escuchemos su palabra de vida en lo hondo del corazón.
Lo que es necesario por nuestra parte que cambiemos nuestras prioridades, que valoremos en verdad el sentido espiritual de nuestra existencia, que sepamos detenernos de esas locas carreras en que vivimos, que queramos en verdad darle un nuevo rumbo a nuestra vida, que deseemos encontrarnos con El, porque El siempre será nuestra luz, nuestra vida, nuestro todo. Encontraremos ese descanso y esa paz.  

martes, 11 de diciembre de 2018

Aquel pastor no se queda tranquilo junto al aprisco porque ya tiene noventa y nueve que no se le han perdido, sino que va hasta donde sea necesario para buscar a la que está lejos


Aquel pastor no se queda tranquilo junto al aprisco porque ya tiene noventa y nueve que no se le han perdido, sino que va hasta donde sea necesario para buscar a la que está lejos

Isaías 40,1-11; Sal 95; Mateo 18,12-14

Un primer impulso de solidaridad sentimos cuando escuchamos que alguien se ha perdido, vemos un cartel de la familia que pide ayuda ofreciéndonos sus características, o cuando nos cuentan que un amigo ha perdido su mascota porque se la escapado de casa, se ha perdido en un paseo por la montaña, o algo por el estilo y no ha regresado con su dueño; sentimos pena del que se ha perdido, pensamos quizás en lo mal que lo puede estar pasando, y en un primer impulso quizás sentimos deseos de apuntarnos o de colaborar en quienes realizan la búsqueda.
Si pasa el tiempo, no obtenemos resultados seguramente la intensidad de nuestros deseos desciende, y pronto quizás dejemos esa tarea para que sean otros los que la realicen, porque tenemos nuestras cosas, nuestras actividades que no podemos abandonar, nos está produciendo muchos contratiempos, y surge quizás cierto cansancio o desgana por realizar tal tarea de búsqueda.
¿Quiénes intentan seguir hasta el final? Aquellos que se ven más afectados, o mejor aquellos que sienten en su corazón unos sentimientos de amistad o de amor hacia el que se ha perdido o los que están sufriendo las consecuencias como puedan ser sus familiares. Llegar hasta el final perdiendo quizá nuestro tiempo o poniéndonos en riesgos de peligros exige una cierta dosis de amor altruista que no siempre quizá estamos dispuestos a poner. Y es cierto que nos podemos encontrar personas así con ese altruismo generoso y solidario.
Hoy Jesús nos propone en el evangelio una pequeña parábola o alegoría, hablándonos de oveja perdida y de pastor amoroso que a buscar la perdida hasta los más profundos barrancos o los lugares más peligrosos. Es tal su amor por la oveja que ha perdido que guarda en el redil a las otras noventa y nueva, porque para él es muy importante la que se la ha perdido; y ya nos habla luego de la alegría por la que se había perdido y ahora ha encontrado.
Quiere hablarnos Jesús de lo que es la misericordia divina que busca siempre al pecador, dispuesto siempre no solo como el Padre bueno con los brazos abiertos para acoger al pecador que vuelve a la casa sino como el pastor que ama a sus ovejas y no solo las cuida sino que las busca cuando se le pierden, las cura cuando están heridas y les ofrece siempre los mejores pastos. Es una llamada a nuestro corazón para el arrepentimiento viendo siempre lo que es el amor y la misericordia de Dios, pero creo que nos dice algo más.
Aquel pastor no se queda tranquilo porque ya tiene noventa y nueve que no se le han perdido, sino que siente angustia por la perdida, no se queda tranquilo junto al aprisco de las que ya están sino que va hasta donde sea necesario para buscar a la que está lejos.  Si nosotros estamos impregnados de ese amor y misericordia del Señor, significa que es así como tenemos que actuar.
Ha de ser el actuar de la Iglesia y ha de ser el actuar en su vida personal y comunitaria de todos los cristianos. No podemos quedarnos en unas actitudes meramente conservadoras de lo que ya tenemos, sino que con ese espíritu arriesgado y misionero tenemos que salir en búsqueda de los que no están.
Cuando empleamos la palabra misionero tenemos el peligro de quedarnos pensando en los lugares lejanos, los que siempre hemos llamado países de misión, y por eso confiamos esa tarea a los que se sientan con una especial vocación ‘para irse a las misiones’. Pero esa oveja perdida no hemos de ir a buscarla a lugares lejanos, sino que esa oveja perdida está ahí entre nosotros, en nuestra cercanía, con quienes cada día nos encontramos, en el lugar de nuestro trabajo, allí donde hacemos nuestra vida social. No podemos pensar solo en los infieles, como los que no están bautizados, sino que son esos que bautizados como nosotros están lejos de la fe, por los motivos que sean.
Ese espíritu misionera nacido de la misericordia del Señor que sentimos en nuestros propios corazones nos tiene que llevar a ir en búsqueda de ese hermano, a hacer ese anuncio, primero que nada con el testimonio de nuestra vida, ahí donde vivimos, ahí donde estamos, porque son tantos los que aun bautizados siguen necesitando ese anuncio del evangelio, esa invitación a la fe.
Podemos tener miedo, pensamos que es arriesgado porque no sabemos como hacerlo, sospechamos quizá el rechazo que podemos encontrar y nos replegamos en nuestros campamentos de invierno, en nuestro conservadurismo. ¿Corremos riesgos? Pero son los riesgos nacidos del amor. Pero así, con ese conservadurismo, no podemos vivir la fe, con esos miedos nada hacemos, y el testimonio y la palabra tienen que ser claros y valientes.
Seguramente también en nuestra Iglesia habrá mucho que cambiar para vivir el amor arriesgado del buen pastor.

lunes, 10 de diciembre de 2018

La presencia de Jesús y nuestro encuentro con El viene a restaurar con su salvación a todo el ser de la persona


La presencia de Jesús y nuestro encuentro con El viene a restaurar con su salvación a todo el ser de la persona

 Isaías 35,1-10; Sal 84; Lucas 5,17-26

Decimos que cuando hay voluntad todo lo conseguimos, porque ya seremos capaces de poner todos los medios que estén a nuestro alcance y si es necesario inventarnos otros para conseguir aquello que tenemos voluntad de obtenerlo. Es bueno, es cierto, que tengamos voluntad para obtener las cosas porque eso impedirá que nos rindamos fácilmente cuando puedan aparecer las dificultades y eso significa también una valoración de nosotros mismos, una autoestima como ahora tantas veces nos repiten para creer que podemos y somos capaces y mantener nuestras lucha y nuestros afanes por conseguirlo.
Todo esto está muy bien mientras no caigamos en autosuficiencias que nos hagan creer que todo lo podemos alcanzar por nosotros mismos – los orgullos nos impulsarán a intentar conseguir lo que otros consideran imposible – pero nunca esa autosuficiencia nos puede conducir a creernos en un estadio superior y poco menos que omnipotentes. Creo que hace falta algo mas para que no lo echemos a perder, algo que nos ayude a encontrar motivaciones porque fácilmente nos vienen los cansancios en nuestras luchas y bajamos la guardia y terminamos por rendirnos o nos obcecamos de tal manera que nos puede convertir en fieras que busquemos el obtener las cosas por la violencia, o la manipulación.
Nos hace falta humildad para saber hasta donde podemos llegar y nos ceguemos, pero necesitamos además una fuerza superior que solo desde la fe podemos encontrar. Será esa fe la que nos impulse, la que nos haga mover montañas, como ya no dirá Jesús en el evangelio, y nos hará mantenernos perseverantes hasta el final. Muchas consideraciones podríamos hacernos aquí en torno a nuestra fe.
Bástenos lo que hemos dicho hasta aquí como inicio y preparación a lo que el evangelio hoy viene a enseñarnos. Jesús estaba enseñando en una casa rodeado de gente. Era tal la cantidad que cuando vienen unos hombres con un paralítico para llevarlo a los pies de Jesús para que lo cure, es imposible entrar por la aglomeración de la gente en la puerta. Y es aquí donde aparece la voluntariedad de aquellos hombres que no se dejan vencer fácilmente. Pero será también la fe, como luego el mismo evangelista nos resalta que Jesús se fijó en la fe de aquellos hombres. En la dificultad se aguza el ingenio y quitando algunas lozas del tejado por aquel hueco descuelgan a aquel hombre enfermo hasta los pies de Jesús.
Vemos ya una parte del mensaje en la voluntad y en la fe de aquellos hombres. Pero aquí viene la sorpresa de Jesús. Cuando todos pensaban que iba a curarlo lo que Jesús le ofrece es la salvación con el perdón de sus pecados. Desconcierto quizás por aquellos que lo traían y el mismo enfermo porque en su fe sencilla lo que ellos pedían era la curación de la parálisis de aquel hombre. Pero el estupor se contagia entre los demás que están allí escuchando a Jesús y siendo testigos de sus obras, porque por allá aparecen aquellos que dicen que Jesús blasfema porque solo es Dios el que puede perdonar pecados. Los escribas y fariseos están siempre al acecho.
Pero Jesús se reafirma en lo que ha hecho y en lo que ha dicho. ¿Quién puede perdonar pecados? ¿Quién puede tener poder para sanar a aquel hombre? ¿Es cosa de poderes humanos? Si tiene poder para sanar a aquel hombre – es el poder y la gloria de Dios – también en consecuencia tiene poder para perdonar los pecados. ‘A ti te lo digo, le dice al que está postrado en su camilla, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa’.
Todos ahora se quedaron viendo visiones, como se diría en otro lugar; todos estaban ahora asombrados como Dios da el poder del perdón de los pecados a quien ellos pensaban que eran un hombre. Pero allí está Dios con su salvación. Todos darán gloria a Dios.
El encuentro con Jesús viene a restaurar la vida del hombre. Estamos viendo todo un proceso en lo que allí ha sucedido aquel día. La fe de aquellos hombres en Jesús les hace fuertes, les hace creer en las posibilidades de todo aquello que anhelan. Está fortaleciéndose la dignidad de aquellas personas, están creciendo humana y espiritualmente desde que creen en Jesús.
Es la vida de aquellos hombres, y no solo la del paralítico la que se está transformando. Aquella voluntariedad que antes decíamos lo está expresando, como al mismo tiempo se va haciendo fuerte su fe, van creciendo humana y espiritualmente; nada los detiene, aparecen las iniciativas para vencer las dificultades, podemos decir que han crecido como personas.
Lo que en la vida de los hombres es tanta veces cobardía o son sombras ahora les hace llenarse de valentía y va haciendo que su vida se ilumine de una forma nueva y sorprendente. Es la salvación que está llegando al paralítico y a aquellos hombres. Nos quedamos muchas veces solo en la curación y el perdón que ha obtenido el paralítico, pero tenemos que darnos cuenta que la gracia de Jesús, la salvación de Jesús está afectando a todos,  porque al final todos darán gloria a Dios.
¿Nos daremos cuenta de que esos han de ser los derroteros por donde ha de girar nuestra preparación en al Adviento para la celebración del nacimiento del Salvador?

domingo, 9 de diciembre de 2018

Preparar la navidad es algo que se repite desde muy diversos presupuestos pero preparar los caminos del Señor es algo de mayor intensidad desde la llamada del profeta



Preparar la navidad es algo que se repite desde muy diversos presupuestos pero preparar los caminos del Señor es algo de mayor intensidad desde la llamada del profeta

Baruc 5, 1-9; Sal 125; Filipenses 1, 4-6. 8-11; Lucas 3, 1-6

Eso de preparar caminos creo que es algo que todos entendemos. Pensemos cómo hablamos y con qué autoridad pretendemos hacerlo siempre cuando sale el tema de nuestras carreteras, de los atascos, de las dificultades que tenemos para llegar de un sitio a otro, de cuanto tiempo perdemos por no tener esas vías de comunicación no solo en buen estado sino las suficientes para soportar el tráfico que se genera continuamente. Bien queremos tener debidamente adecentados aquellos lugares por donde transitamos.
Pero ¿son solo esos los caminos de los que tendríamos que preocuparnos? Ya sabemos que los caminos son vías de comunicación, y quiero apuntar en este concepto porque no solo tendríamos que preocuparnos por esas vías por donde transitamos, sino de todo cuanto sirva para comunicarnos los unos con los otros. Y muchas veces esas vías están cortadas.
Sí, están cortadas porque cuantas dificultades tenemos muchas veces para comunícanos los unos y los otros, como desde nuestros orgullos, nuestras ambiciones o nuestras actitudes egoístas ponemos piedras en el camino de esa comunicación. No nos hablamos, no conocemos al que vive al lado de nuestra puerta, pasamos los unos de los otros como si nunca nos hubiésemos visto, creamos rupturas por cualquier nimiedad, o no somos capaces de encontrar el camino del reencuentro, de la reconciliación cuando hayamos tenido nuestros más y nuestros menos.
Claro que en este sentido podríamos seguir ahondando mucho mas, y llegamos a nuestras actitudes personales, a las barreras que quizás  nos ponemos a nosotros mismos, a una falta de trascendencia de nuestra vida, y a esa apertura que tendría que tener nuestro corazón a Dios. Tendría que mirarse bien cada uno a si mismo y ver cómo o por qué nosotros también podemos hacer intransitable el camino de la vida para los que están a nuestro lado.
Y creo que cuando estamos haciendo el camino del Adviento como cristianos para prepararnos al Señor que viene, cuyo misterio de su nacimiento vamos a celebrar en la Navidad, pero que tiene que hacernos pensar en esa llegada del Señor cada día a nuestra vida, tendríamos que partir de esas cosas concretas de nuestra vida en algunos de los aspectos en que hemos comenzado hoy reflexionando al hablar de caminos y de comunicaciones.
Si no lo hacemos así, fijándonos en esas cosas concretas de nuestra vida las palabras que escuchamos hoy en el evangelio, en boca del profeta o en boca de Juan Bautista se nos pueden quedar en bellas y poéticas imágenes pero que no nos impulsen de verdad a enderezar o allanar esos caminos de nuestra vida.
El evangelista ya quiere situarnos en un momento histórico muy concreta la aparición de Juan Bautista en el desierto como preludio y preparación para hablarnos del Salvador que llega con su salvación. Nos da unas coordenadas históricas del imperio romano y de la situación concreta de Palestina en aquellos tiempos. En ese momento concreto nos dice que ‘vino la Palabra de Dios sobre Juan, hijo de Zacarías, en el desierto’. Pero cuando escuchamos el evangelio no nos hemos de quedar en la erudición de saber muchas cosas de la historia sino que eso ha de provocar en nosotros a que vamos a nuestra vida y a nuestra historia concreta, porque es ahí donde hoy – repito, hoy – nos llega la Palabra y la salvación de Dios.
El evangelista al presentarnos a Juan nos recuerda lo anunciado por el profeta: ‘Una voz grita en el desierto: preparad el camino del Señor, allanad sus senderos; elévense los valles, desciendan los montes y colinas; que lo torcido se enderece, lo escabroso se iguale. Y todos verán la salvación de Dios’.
Es el momento, pues, en que pensemos en esos caminos de nuestra vida que hemos de preparar para vivir con intensidad nuestro Adviento y llegar a una vivencia viva de la Navidad. Preparar es la palabra que se repite. Es la palabra que se repite en nuestro entorno de mil maneras porque muchas son las cosas en las que nos agobiamos para preparar la Navidad y no voy a hacer relación de esos intereses de los que nos rodean y de nosotros mismos influenciados por ese ambiente. Cuanto agobio y cuanto derroche contemplamos.
Pero preparar en la palabra o el hecho que hemos de intensificar de nuestra vida de fe, desde una vivencia profundamente cristiana de la navidad y son esos caminos u otros muchos más que señalábamos anteriormente. Cada uno tiene que mirarse a si mismo, como ya antes decíamos. Cada uno tiene que mirar en su corazón, en su vida espiritual, en sus compromisos cristianos, en lo que la escucha del Evangelio provoca en su vida y dar respuesta.
Que el Espíritu del Señor ilumine nuestro corazón.