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domingo, 14 de enero de 2018

Aprendamos a escuchar la voz del Señor que nos habla a través de diversas mediaciones, pero no olvidemos que hemos de ser mediación para que otros saboreen también la voz de Dios

Aprendamos a escuchar la voz del Señor que nos habla a través de diversas mediaciones, pero no olvidemos que hemos de ser mediación para que otros saboreen también la voz de Dios

1Samuel 3, 3b-10. 19; Sal 39; 1Corintios 6, 13c-15a. 17-20; Juan 1, 35-42

En la vida somos mediaciones unos de los otros para muchas cosas. No podemos ser testigos directos de todo; no podemos estar en todos los lugares cuando suceden las cosas; por eso, digo, somos mediaciones los unos de los otros. Alguien que nos cuenta, noticias que nos llegan por distintos medios y hoy tenemos poderosos medios de comunicación que nos trasmiten al momento lo que pueda suceder en cualquier lugar del mundo.
Aunque también nosotros podemos leer en los mismos acontecimientos algo que va más allá del hecho en si descifrando algún tipo de mensaje o de lección que podemos recibir o aprender. Claro que para esto último tenemos que tener una especial sensibilidad, aprender a leer esos signos, tener una cierta profundidad en nuestra vida, en nuestro pensamiento o un sentido espiritual que nos haga trascender de verdad en la vida.
Esto en ocasiones nos cuesta porque quizá no tenemos bien calibrada esa sintonía del espíritu, o porque quizá nadie nos haya ayudado a descubrirlo. Vivimos quizá tan materializados en el día a día de las cosas presentes o que nos puedan dar una satisfacción en el momento que no nos hace gustar esos valores del espíritu y que pueden darnos una mayor altura a nuestra vida.
Tendríamos también que tener la humildad de dejarnos guiar, de acudir a donde podamos encontrar esa espiritualidad para nuestra vida, a esas personas que Dios va haciendo surgir también en nuestro entorno y que nos pueden ayudar en ello. Tenemos que pensar que solo por nosotros mismos no siempre conseguir mirar a esas metas más altas para nuestra vida.
Un poco de todo esto podemos ver reflejado en el evangelio que hoy se nos ofrece. Estamos en el comienzo de la vida pública de Jesús y son los momentos de los primeros encuentros, de los primeros discípulos. Dos discípulos del Bautista, allá en el desierto, se dejan guiar por el Precursor. Había, es cierto, una cierta sintonía en su corazón porque hasta las orillas del Jordán habían acudido para escuchar a aquel profeta que decía que preparaba los caminos del Señor.
Pero es la palabra de Juan las que les señala los primeros pasos. ‘Fijándose en Jesús que pasaba Juan lo señala: ‘Ese es el Cordero de Dios’. Y aquellos jóvenes inquietos se van tras Jesús; pero van preguntando buscando: ‘¿Qué buscáis?... Maestro, ¿Dónde vives?... Venid y lo veréis…’ y se fueron con Jesús. Juan, podíamos decir, había sido el medio, pero ellos se dejaron conducir. Juan les daba la noticia, pero ellos creyeron en su palabra y se fueron a buscar. Nos tiene que hacer pensar.
Encontraron lo que ansiaban sus corazones. Ya a la mañana siguiente Andrés que era uno de los dos discípulos del Bautista, va comentarle a su hermano Simón. ‘Hemos encontrado al Mesías’. Siguen las mediaciones. Ahora es Andrés el que trasmite la noticia, el que sirve de cauce, de camino para que Simón venga también al encuentro con Jesús. La cadena continuará.
¿Cómo podrán creer en El si nadie se los ha anunciado?, se preguntaba Pablo en una de sus cartas. Esto es importante por una parte para que nosotros vayamos cada día más a un encuentro con Jesús, pero también para que pensemos qué es lo que nosotros estamos trasmitiendo. Es necesario el anuncio del Evangelio. ¿Cómo van a creer si nadie se los anuncia? Algunas veces tenemos la tentación de dar por sentado que ya el evangelio está anunciado y todos los conocen. Pero bien nos damos cuenta que la realidad es otra.
A cuántos en nuestro entorno, en esta sociedad en la que vivimos no les dice nada el evangelio, la religión, el hecho religioso, el cristianismo. Pero no les dice nada porque no se han encontrado con el evangelio, porque no se han encontrado con Jesús, porque no han descubierto de verdad el sentido cristiano, aunque luego todos hablen de religión y todos quieran expresar su opinión de lo que tiene que ser la Iglesia y lo que tendrían que hacer los cristianos. Y en esto tenemos nuestra parte los que nos decimos cristianos, los que venimos a la Iglesia. Quizá a nosotros mismos nos falte esa verdadera sintonía con el evangelio y con el mensaje de Jesús.
Pero además es que nosotros tenemos que hacernos portavoces de ese evangelio con nuestra vida, con nuestro testimonio, pero también con nuestra palabra. Juan no se calló, señalo a Jesús como el Cordero de Dios. Andrés no se calló, contó a Pedro que habían encontrado el Mesías. ¿A quien le contamos nosotros nuestra fe?
Hoy la Palabra nos ha hablado del niño Samuel que en sueños escuchaba la voz de Dios que le llamaba y no entendía quien le estaba llamando. Fue el Sacerdote Heli el que le ayudó a descubrir que Dios quería hablarle en su corazón. Le enseñó a decir ‘habla, Señor, que tu siervo escucha’. Tenemos que aprender a decirlo, a hacer silencio también en nuestro corazón para escuchar esa voz de Dios. Tenemos que ayudar a los demás a que también escuchen esa voz de Dios en su corazón. Qué hermosa sería la tarea de los padres que enseñan a rezar a sus hijos, que no solo le enseñaran oraciones aprendidas de memoria, sino que les enseñaran a sintonizar con Dios en su corazón. ¿Será esa también la tarea de nuestros catequistas en nuestras parroquias?
Escuchemos la voz de Dios que nos llama, que nos habla quizá a través de tan diversas mediaciones, pero no olvidemos que  nosotros somos también mediación para que otros puedan escuchar y saborear la llamada del Señor.

sábado, 13 de enero de 2018

Aprendamos a creer en las personas desterrando de nosotros prejuicios y discriminaciones con las que tantas veces llenamos nuestras relaciones

Aprendamos a creer en las personas desterrando de nosotros prejuicios y discriminaciones con las que tantas veces llenamos nuestras relaciones

1Samuel (9,1-4.17-19; 10,1a); Sal 20; Marcos 2,13-17

¡Cómo se te ocurrió contar con esa persona!, fue quizá la reacción y el comentario de alguien cuando decidimos contar con alguna persona en concreto para un trabajo o para una responsabilidad. Salieron todos los prejuicios, comenzaron a contarte toda su historia, se sacaron a relucir los tropiezos que ha tenido en su vida o las cosas en las que ha fracasado, parece que es una persona que no tiene sino defectos y no hay por donde tomarle alguna cosa buena.
Parece exagerado lo que digo, pero por muchos prejuicios nos dejamos llevar en la vida, con muchas rayas negras vamos marcando a muchos, muchas discriminaciones de todo tipo vamos haciendo en la vida. Cuánto nos cuesta confiar en la gente, dar una nueva oportunidad a quien quizás haya cometido un error, qué ansias de efectividad nos entran algunas veces para mirar más los resultados que a las personas. Nos cuesta olvidar y perdonar. Nos cuesta contar con las personas.
¿Es humano ir así por la vida? ¿Es de esa manera como quieres que te traten a ti también? Con posturas así, ¿haremos en verdad un mundo mejor? Seguro que queremos que confíen en nosotros, olviden nuestros errores o se fijen más en nuestros valores. Obremos, pues, en consecuencia.
Algo así había por allí en unos puritanos que querían decirle a Jesús que pensase mejor en las personas de las que se rodeaba. El estilo de Jesús es diferente. Jesús sí quiere contar con las personas. En el corazón de Cristo si hay comprensión y misericordia, resplandece el amor para seguir confiando en el hombre, en la persona.
Había pasado junto al mostrador de los impuestos y allí está Leví afanándose en su trabajo. Y Jesús se fijó en él. Quiso contar con él. ¿Cómo se atrevía Jesús? si los recaudadores de impuestos tenían tanta mala fama; hasta los llamaban publicanos, que era una forma de decir que eran pecadores. Es cierto que algunos se sobrepasaban. Pero es cierto que la misericordia de Dios es grande y es capaz de vencer todas nuestras resistencias y hacer que el corazón del hombre cambie.
No sabemos si Leví se merecía o no esa fama que todos se habían ganado, pero por allá andaban los fariseos y los escribas al acecho. ¿Cómo es que vuestro maestro come con publicanos y fariseos? Ya les estaban diciendo a los discípulos, que era una forma de querer desprestigiar a Jesús.
‘Misericordia quiero y no sacrificios’, sentenciaría Jesús. El médico es para los enfermos, los que se creen sanos no sienten la necesidad del médico. Y Jesús había venido a sanar, y no solo enfermedades o limitaciones corporales, sino a sanarnos desde lo más hondo. ¿No necesitarían quienes andaban con aquellos juicios acudir también a Jesús para que los sanase? Además, ¿quiénes somos nosotros para juzgar a los demás?
Muchas reflexiones nos podemos hacer a partir de este texto del evangelio. Admirable es la prontitud con que Leví responde y sigue a Jesús. Había disponibilidad en su corazón. ¡Cómo tendríamos que saber descubrir las señales de la llamada del Señor y responder prontamente a su invitación! Ahí tenemos el ejemplo.
Pero tendríamos que aprender a tener nosotros también esa mirada nueva que tiene Jesús para aprender a mirar a los que están en nuestro entorno y saber contar con los demás. Lejos de nosotros los prejuicios, las discriminaciones, las condenas sin sentido. Aprendamos a confiar en las personas. Nos llevaríamos gratas sorpresas si fuéramos más confiados para saber estar, para saber escuchar, para saber mirar, para saber contar con el otro.  Desterremos reticencias, recelos, desconfianzas; aprendamos a abrir el corazón, demos amor y recibiremos mucho amor y de donde menos lo esperamos quizás. Aprendamos a creer en las personas.

viernes, 12 de enero de 2018

Sepamos abrir las rendijas cerradas por el pecado de nuestro corazón para recibir el perdón que Jesús nos ofrece con el que nos sana y nos llena de paz

Sepamos abrir las rendijas cerradas por el pecado de nuestro corazón para recibir el perdón que Jesús nos ofrece con el que nos sana y nos llena de paz

1Samuel (8,4-7.10-22a); Sal 88; Marcos 2,1-12

El anuncio que Jesús ha comenzado a hacer es que llega el Reino de Dios. Hay que aceptarlo, creer en El y tener deseos de darle la vuelta a la vida para aceptarlo y vivirlo. Es la invitación a la conversión con la que ha comenzado su predicación.
Como signos de la llegada del Reino de Dios va realizando los milagros, en las curaciones de los enfermos e impedidos, como signo y señal de esa transformación que El quiere realizar en nuestras vidas y en nuestros corazones. Cura a los enfermos, hace caminar a los impedidos, limpia a los leprosos y también le hemos contemplado expulsando los malos espíritus que se han poseído del corazón de tantos. Es la señal de la victoria sobre el mal.
Pero no son solo esos males que podríamos llamar físicos o corporales de los que Jesús nos libera. Es algo más profundo lo que quiere realizar. Ya la en la expulsión del demonio, del espíritu inmundo que poseía a aquel hombre de la sinagoga, contemplamos esa señal. Pero Jesús quiere decirnos algo más. Quiere arrancar desde lo más hondo ese mal que se apodera del corazón del hombre que significa una ruptura interior, una ruptura con los demás, pero fundamentalmente una ruptura con Dios. Es el pecado el que quiere arrancar de nuestro corazón y para eso nos ofrece su perdón.
Nos lo expresa claramente en el episodio que nos narra hoy el evangelio. Es algo que algunas veces nos cuesta, por una parte entender y por otra aceptar en nuestra vida. No terminamos de reconocer la limitación tan terrible que produce el pecado en nosotros. Es todo un signo la parálisis de este hombre que llevan a Jesús y al que Jesús no solo sana de la limitación de sus miembros que le impiden caminar, sino también de la limitación – vamos a llamarla así – que hay en el alma, su pecado.
Cuantas veces nos encerramos en nuestro pecado – que quizá incluso ni queremos reconocer – y hasta nos cuesta llegar a Jesús. Pensemos por ejemplo en lo que motiva la mayoría de las veces nuestras oraciones; pedimos a Dios que nos ayude, que nos auxilie en nuestras necesidades, pedimos quizás por los demás y nos acordamos de quienes queremos, o incluso abrimos más nuestros horizontes para pedir por nuestro mundo, por la paz, por los que pasan necesidad, pero te pregunta ¿qué lugar ocupa en tu oración, yo me digo en mi oración, el pedirle perdón a Dios por nuestros pecados? Quizá se quede reducido a que en la misa comenzamos siempre reconociendo que somos pecadores, o ritualmente en aquellas oraciones en que invocamos al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.
Al paralítico hubo unas personas que le ayudaron a llegar hasta Jesús. La dificultad de llevarlo en una camilla se vio aumentada con la gente que se agolpaba junto a la puerta e impedía su entrada. Cosas a pensar significativamente para nuestra vida. Ayudarnos unos a otros o ser obstáculo para que otros puedan llegar hasta Jesús. Mucho tendríamos que preguntarnos en este sentido. Pero quienes querían ayudar a aquel hombre sortearon todos los obstáculos hasta abrir un boquete en el techo por donde hacerlo llegar hasta Jesús. Sepamos abrir rendijas de nuestra alma, sepamos disponer de espacios para que otros puedan encontrarse también con Jesús a través de las actitudes positivas que tengamos en la vida.
‘Tus pecados quedan perdonados… levántate toma tu camilla y anda’, son las palabras de Jesús, a las que algunos les cuesta aceptar. Bueno, esto nos daría para más amplias reflexiones. Aceptemos que Jesús nos cura y nos salva.  Aceptemos el perdón y la vida de gracia que Jesús nos ofrece. No seamos como aquellos fariseos que estaban por allí al acecho de Jesús, sintamos la alegría del perdón, del perdón que Dios nos ofrece por lo que tenemos que darle gracias y del perdón que llega de parte de Dios a los demás.
Alegrémonos de esa paz de Dios que puede llegar a todos los corazones. Levantémonos para ir al encuentro de los demás con la Buena Noticia del perdón de Dios que nos llega por Jesús y que dará la verdadera paz a nuestros corazones.

jueves, 11 de enero de 2018

Aprendamos a poner la mano sobre el hombro de quien pasa a nuestro lado y necesita un gesto y una palabra de aliento

Aprendamos a poner la mano sobre el hombro de quien pasa a nuestro lado y necesita un gesto y una palabra de aliento

1Samuel (4,1-11); Sal 43; Marcos 1,40-45

Creo que todos entendemos lo que significa que nos pongan una mano sobre el hombro. No solo es el toque de una llamada de atención. Es mucho más.
Estamos desanimados porque las cosas no nos salen como quisiéramos, nos sentimos tristes por algo que nos ha sucedido y nos hace sufrir, nos amargamos en nuestra soledad porque pensamos que nadie nos aprecia o nos tiene en cuenta, estamos inmersos en una lucha por algo que nos cuesta mucho y todo parece que se hace pendiente cuesta arriba, o estamos contentos y felices  por algo que nos ha sucedido quizá de improviso, esa mano en nuestro hombro despierta en nosotros muchas sensaciones, muchos sentimientos, mucho animo y mucha compañía, mucho alivio en nuestro sufrimiento aunque sigamos en el mismo dolor. Agradecemos de verdad que alguien se acerque así a nosotros y nos haga sentir así su presencia y su ánimo aunque no nos diga palabras. El gesto habla por si solo.
¿Cómo se sentiría aquel leproso que se había atrevido a mezclarse entre la gente para llegar hasta Jesús y pedirle con toda su fe y confianza que le curara, cuando Jesús alargó su mano y lo tocó? Nadie se atrevía a tocar a un leproso. No era solo el miedo del contagio sino que para sus sentimientos incluso religiosos aquello era causa de impureza; por eso los leprosos tenían que vivir apartados de todos, aislados, no podían acercarse a nadie sano e incluso si alguien se acercaba tenían la obligación de gritar que ellos eran unas personas impuras.
Pero Jesús alzó su mano y lo tocó. Aunque no hubiera logrado la curación que pedía en el gesto de Jesús se sentía curado de otros sentimientos negativos que podían abrumar su espíritu. Alguien le había tocado, no había tenido miedo, de alguna manera le estaba diciendo que quería contar con él. Era el mejor gesto que pudiera recibir. Pero además Jesús le había curado de su lepra y tras cumplir las prescripciones legales podía regresar a estar con los suyos en medio de la comunidad. Con razón se había puesto a dar saltos de alegría y aunque Jesús le recomendara que no lo dijera a nadie él no podía callar, tenia que contar a todos que Jesús le había curado.
Quiero detenerme aquí en mi reflexión, en el gesto de Jesús. Vamos demasiado por la vida sin mirar a los ojos de los demás. Damos los buenos días quizás a quien nos encontramos pero nuestra mirada va perdida. Ese buenos días no es sinceramente interesarnos por la persona para desearle lo mejor sino simplemente un formulismo de saludo. Pasamos al lado de alguien que se encuentra al borde del camino en la vida y como aquellos de la parábola damos un rodeo, porque no nos acercamos, no miramos, no tendemos la mano, no tenemos la palabra amable que se interesa por la persona. Preferimos poner la limosna que damos en la cesta que tiene a sus pies que tenderle la mano para dársela en su mano. Es bien significativo.
Nuestros gestos de amabilidad no pueden ser puros formulismos, sino que tenemos que poner corazón, cercanía y sintonía; tenemos que aprender a detenernos y abajarnos porque nunca tenemos que estar o sentirnos en mayor altura que los demás. Cuantas cosas se nos pueden sugerir en este aspecto. Cuanta ternura tenemos que poner en nuestro corazón pero expresarlo también con nuestra cercanía y con nuestros gestos humildes, pero muy llenos de amor. Cada uno tiene que sacar sus conclusiones y analizar como lo hace en su vida. Tenemos que aprender a poner la mano sobre el hombro de quien pasa a nuestro lado con sus sufrimientos o con sus soledades.

miércoles, 10 de enero de 2018

Saber encontrar ese momento para nosotros mismos, que no es solo para nosotros mismos, sino para orar y abrirnos a Dios

Saber encontrar ese momento para nosotros mismos, que no es solo para nosotros mismos, sino para orar y abrirnos a Dios

1Samuel (3,1-10.19-20); Sal 39; Marcos 1,29-39

Un día me comentaba un amigo que se sentía estresado; había tenido que trabajar con mucha intensidad aquellos días porque quería sacar adelante unos proyectos y ahora estaba agotado, necesitaba descansar, hacer una parada en sus actividades, relajarse, pensar en otra cosa. Cosas así pasan muchas veces, nos pueden pasar a nosotros también cuando nos vemos inmersos en intensas actividades y quizá no tenemos tiempo ni para nosotros mismos. Y necesitamos unos momentos de relax, que descansar no es dormir aunque también se necesita, sino detenerse en medio de todo ese ajetreo para tener tiempo para uno mismo, para pensar y para reflexionar, para plantearse quizás mejor las cosas, para poner orden quizás en su vida.
Esto que sucede y que necesitamos en nuestra vida laboral, en nuestra vida familiar y social, lo necesitamos espiritualmente también. Quizá nos materializamos demasiado en la realización de muchas cosas y necesitamos algo más profundo para nuestra vida o algo que nos haga volar más allá de esas cosas materiales que nos ocupan todo nuestro tiempo. Es un tiempo de silencio interior para no dejarnos embrutecer por los ruidos de la vida.
Es la reflexión que necesitamos sobre la vida y su sentido pero que para el creyente es algo más que llamamos oración. Una oración que nos trasciende, nos eleva, nos lleva hasta nuestro Creador y Hacedor de nuestra existencia, que nos introduce en el misterio de Dios en quien encontraremos verdadera luz y toda la fuerza que necesitamos. No es solo silencio para poner en orden nuestras cosas sino es también escucha del misterio de Dios. Es abrirnos a Dios para sentirnos en su presencia, pero también para escucharle.
Muchas veces cuando pensamos en la oración nos hacemos como una lista de todo lo que tenemos que pedir por nosotros y por nuestras necesidades, y también por los seres que queremos o por nuestro mundo. Pero la oración va mucha más allá de lo que es petición, porque es dejarnos envolver por el misterio de Dios, pero es también escucha para descubrir todo el sentido de Dios en nuestra vida, lo que Dios quiere de nosotros o los horizontes nuevos que va abriendo como caminos nuevos delante de nosotros.
Nos cuesta ese tipo de oración y nos podemos quedar en una simple reflexión en que nosotros mismos nos contestemos a nuestras propias preguntas, o puede ser un silencio que nos duela y del que queramos salir. Pero tenemos que saber aprender a gustar esa presencia de Dios; sentir el gusto de cómo nuestro corazón se abre a Dios para dejarse conducir por El porque es quien de verdad nos lleva a plenitud. Necesitamos de la oración que nos haga trascender en nuestra vida, que eleve nuestro espíritu y nos haga profundizar en nuestro propio ser. No es fácil y necesitamos un aprendizaje que solo se puede hacer queriendo hacer de verdad oración.
El texto de evangelio que hoy se nos ofrece todo esto nos sugiere, pero nos pudiera pasar también desapercibido. Nos está narrando la intensa actividad de Jesús en Cafarnaún con tanta gente que viene hasta El y como El también quiere ir a otros sitios. Pero hay un renglón en medio que se nos puede pasar desapercibido. ‘Se levantó de madrugada, se marchó al descampado y allí se puso a orar’.
Lo que nosotros necesitamos hacer. Saber encontrar ese momento para nosotros mismos, pero que no es solo para nosotros mismos, sino es para abrirnos a Dios, para orar. No es solo encontrar ese momento de relax y descanso que también lo necesitamos para poner quizá en orden muchas de nuestras cosas, sino para algo más, para abrirnos al misterio de Dios. Ojalá sepamos encontrarlo.

martes, 9 de enero de 2018

Que el Señor arranque ese espíritu maligno de la indiferencia, de la desgana, de la insensibilidad que se nos ha metido en el corazón

Que el Señor arranque ese espíritu maligno de la indiferencia, de la desgana, de la insensibilidad que se nos ha metido en el corazón

1Samuel (1,9-20); Sal: 1Sam 2,1-8; Marcos (1,21-28)
Se suele decir que ‘obras son amores y no buenas razones’. Y es que por sus obras los conoceréis, como el árbol se conoce por su fruto. Así en la vida nuestras obras hablan por nosotros. No significa que no podemos hablar, que no podemos dar un consejo bueno o hablar una cosa buena para enseñar. Tenemos que hacerlo también, pero que nuestra vida y nuestras obras estén compaginadas, vayan a un mismo ritmo, o sea que no vayan nuestras palabras bonitas por una parte mientras lo que se dice hacer, actuar no actuamos nada.
El evangelio de Marcos, que además es el más breve, es parco en palabras en labios de Jesús. Nos trasmite, por supuesto, también sus enseñanzas, su mensaje, pero lo vemos actuando. Así en estos versículos del primer capitulo de su evangelio. Anuncia el Reino de Dios y nos dice que iba predicando por todos sitios; ahora nos habla de que viene a Cafarnaún, allí se va a establecer, y va a la sinagoga a enseñar; pero no nos dice lo que ha enseñado, el evangelista más bien nos muestras un signo de Jesús.
El Reino de Dios que ha comenzado a anunciar significará que Dios es el único Rey y Señor de nuestra vida; reconocer la soberanía de Dios sobre nosotros, viene a significar creer en el Reino de Dios. Significa que no hay otros dioses, otros señores de nuestra vida; tampoco el mal se puede enseñorear de nosotros, no nos puede dominar. Y ahí está el signo que Jesús realiza. En el lenguaje del evangelio se nos habla de que hay un hombre poseído por el espíritu inmundo y Jesús lo expulsa de él. Es el mal que domina al hombre y Jesús viene a decirnos que El vence al mal, al maligno, y no puede dejar que nos domine, que se enseñoree de nuestra vida.
Es un signo que comprende muy bien aquella gente. Un signo que viene a corroborar las palabras de Jesús. Por eso dicen que habla con autoridad.  '¿Qué es esto? Este enseñar con autoridad es nuevo. Hasta a los espíritus inmundos les manda y le obedecen’. Y la gente habla de Jesús de manera que su fama se va extendiendo por todas partes. Es la señal de que comienza un mundo nuevo, de que un mundo nuevo es posible donde desterremos el mal para siempre.
¿No será esa nuestra lucha? ¿Podemos permitir que el mal siga dominándonos a nosotros y siga haciéndose presente en nuestro mundo? Con Jesús tenemos la victoria asegurada. Pero ¿estaremos contando con Jesús? ¿Estaremos los cristianos, los que decimos que tenemos puesta toda nuestra fe en El, luchando de verdad contra el mal, dejando que el mal no nos domine y arrancándolo de nuestro mundo?
Parece que se nos debilita nuestra fe, se nos muere nuestro amor. Sigue habiendo en nuestro corazón egoísmo y orgullo, rivalidades y envidias, resentimientos y deseos de venganza, violencias y vanidades… no terminamos de liberarnos de todo ese mal. Es de lo que está contagiado nuestro mundo y nosotros nos dejamos contagiar por él. Sigue habiendo sufrimiento en nuestro mundo, y nos insensibilizamos tanto que parece que no queremos darnos cuenta de todos los que sufren a nuestro lado.
Un cristiano eso no lo tendría que permitir. Un cristiano tendría que ser la persona más comprometida del mundo. Un cristiano tendría que ser el primero que estuviera delante de todos en su lucha contra el mal. Pero nos escondemos, miramos a otro lado, dejamos pasar las cosas, vivimos encerrados en nosotros mismos, algunas veces hasta nos escudamos en nuestros rezos y en nuestras devociones, pero no vamos más allá.
Es hora de despertar. Es hora de hacer un anuncio del evangelio con nuestra vida. Es hora de que seamos más congruentes con nuestra fe, entre lo que decimos y lo que hacemos. Que el Señor arranque ese espíritu maligno de la indiferencia, de la desgana, de la insensibilidad que se nos ha metido en el corazón.

lunes, 8 de enero de 2018

Miremos con la mirada de Jesús y nos daremos cuenta que es posible un mundo nuevo y mejor y nos llenaremos de esperanza

Miremos con la mirada de Jesús y nos daremos cuenta que es posible un mundo nuevo y mejor y nos llenaremos de esperanza

1Samuel 1,1-8; Sal 115; Marcos 1,14-20

Alguna vez nos han dicho ‘parece que no ves más allá de lo que tienes en la punta de tus narices’, y es que nuestras miradas tienden a ser muy cortas, miramos solo lo que nos aparece delante pero como de pasada sin fijarnos en detalles, o sin descubrir las cosas que encierran lo que está delante de nosotros. También suele decirse que vemos según el color del cristal a trabes del cual miramos, y depende de nuestro estado de ánimo o de la malicia o bondad que haya en nuestro corazón para ver e interpretar lo que sucede en nuestro entorno, en nosotros o en los que nos rodean.
Tenemos que aprender a cambiar nuestra mirada, a tener una mirada amplia y a poner generosidad y luz en nuestro corazón para ver desde ese cristal de bondad a los demás o lo que nos rodea. Nos hace falta también esa mirada amplia para ver mejor la perspectiva de las cosas; hay un antes y un después, hay unas circunstancias que nos rodean, unos condicionantes quizá, unas influencias que recibimos o también una educación que nos ha dado unas pautas; esa educación se ha hecho no solo desde lo que nos han enseñado con buena voluntad y buenos deseos quienes tenían esa responsabilidad en nosotros, sino también son las influencias de todo tipo que recibimos de la sociedad y que nos van marcando pautas o modos de reaccionar.
En nuestra madurez tenemos que saber discernir, saber descubrir, abrir horizontes, tener otra mirada, que será lo que vaya dando una mayor plenitud a nuestra vida, lo que hará que nos vayamos realizando nosotros mismos.
Por esa falta de amplitud de mirada quizás algunas veces vivimos dándole vueltas y vueltas a lo mismo, a nuestros problemas, a cuanto nos hace sufrir a nosotros o vemos que hace sufrir a muchas personas que querrían algo distinto y mejor como nosotros también lo queremos, pero  no somos capaces de salirnos de ese circulo para ampliar nuestros horizontes y encontrar otra salida. Nos hace falta algo que despierte nuestra esperanza, que ponga una ilusión nueva en nuestra vida, que nos dé fuerza para ser capaces de emprender otros caminos.
Hoy en el evangelio contemplamos el principio de la actividad pública de Jesús. Es el principio del evangelio que ahora de forma continuada vamos a ir leyendo, escuchando, reflexionando en este tiempo litúrgico ordinario que comenzamos. Aparece Jesús por Galilea recorriendo sus caminos, llegando a todos los lugares haciendo un anuncio con el que quiere despertar la esperanza de aquellas gentes, hacer que tengan otra mirada sobre la vida y sobre lo que pueden hacer.
Llega el Reino de Dios, les dice, está cerca, está ya en medio de vosotros. Pero es necesario convertirse, cambiar la perspectiva, abrir horizontes a la vida, no contentarnos con lo que somos o siempre hemos tenido. Todo puede cambiar, puede haber un mundo nuevo y distinto que sea mejor, Reino de Dios lo llama El. Es el sentido de las palabras de Jesús.
Tenemos que cambiar nuestra mirada, nuestra perspectiva. Jesús despierta en nosotros inquietud, deseos de cosas grandes pero que no se pueden quedar solo en deseos. Hemos de ponernos en marcha, en camino. Jesús nos invita a ir con él, como hizo con aquellos primeros discípulos a los que va llamando en las orillas del mar de Galilea. No se pueden quedar en pescar solo aquellos peces del lago, otra pesca se abre en perspectiva ante sus vidas. ‘Venid conmigo, y os haré pescadores de hombres’, les dice y ellos le siguen.
Nos lo dice a nosotros también. Una alegría nueva brota en nuestro corazón ahora cargado de esperanza y nos queremos poner en camino. Tenemos que hacer posible ese mundo nuevo; tenemos que ayudar a los demás a soñar en ese mundo nuevo, a tener una mirada distinta y descubrir que se pueden hacer muchas más cosas que lo que hacemos. Nuestra mirada, nuestra perspectiva, el color a través del cual miramos ahora son los ojos de Jesús. Veremos las cosas distintas, podemos hacer que las cosas sean distintas. No nos quedamos en lo inmediato, le damos una nueva trascendencia a la vida, saber mirar más allá, sabemos ir más allá. Con Jesús es posible.

domingo, 7 de enero de 2018

El Jesús anunciado como Salvador y Mesías por los ángeles a los pastores es verdaderamente el Hijo de Dios que nos bautizará en el Espíritu para hacernos también hijos de Dios

El Jesús anunciado como Salvador y Mesías por los ángeles a los pastores es verdaderamente el Hijo de Dios que nos bautizará en el Espíritu para hacernos también  hijos de Dios

Isaías 42, 1-4. 6-7; Sal 28; Hechos de los apóstoles 10, 34-38; Marcos 1, 7-11

‘Por entonces llegó Jesús desde Nazaret de Galilea a que Juan lo bautizara en el Jordán’. Hoy es la fiesta del Bautismo del Señor. Es el relato a que hace referencia el evangelio. Viene a ser la culminación de todas las fiestas de Navidad y forma parte de la gran fiesta de la Epifanía, la manifestación de Jesús.
A los pastores de Belén llegó el primer anuncio; luego vendrían los magos de Oriente guiados por la estrella como un signo de la universalidad de la salvación que no había de quedarse reducida a un pueblo y a una raza; hoy viene a ser toda una proclamación de lo alto revelándonos todo el misterio de Jesús como Hijo de Dios. Si el anciano Simeón allá en el templo, a los cuarenta días del nacimiento alababa y daba gracias a Dios porque sus ojos habían visto ya al Salvador de todos los hombres, ahora desde el cielo se nos confirma todo. Es el Hijo amado del Padre en quien pone todas sus complacencias y a quien hemos de escuchar.
Bien entendemos todos que Jesús no necesitaba de aquel bautismo de Juan. Era el signo de penitencia y conversión que Juan pedía a quienes esperaban el cumplimiento de las promesas hechas a Israel para que preparasen lo caminos del Señor porque su llegada era ya inminente. Juan era el Precursor anunciado por los profetas y bautizaba con agua, repito, como un signo de penitencia y conversión. Pero llegaba en quien estaba puesto el Espíritu del Señor y en Espíritu había de bautizar a quienes creyeran en El para hacer un pueblo nuevo.
Es lo que Juan anuncia y son sus reticencias cuando Jesús se pone en la fila de los pecadores para ser bautizado por él en el Jordán. ¿Soy yo el que ha de ser bautizado por ti y tu vienes a mi? Pero había de realizarse ese bautismo para que se manifestase la gloria del Señor. ‘Apenas salió del agua, vio rasgarse el cielo y al Espíritu bajar hacia él como una paloma. Se oyó una voz del cielo: Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto’. En aquella misteriosa y sobrenatural teofanía se estaba manifestando la gloria del Señor.
Aquel Jesús anunciado como Salvador y Mesías por los ángeles a los pastores y proclamado así también por anciano Simeón es verdaderamente el Hijo de Dios, el Emmanuel anunciado por los profetas y recordado como tal por José cuando lo acepta ante el anuncio del Ángel y a quien había de llamar Jesús porque era la salvación de todos los hombres.
Un nuevo Bautismo comienza a gestarse porque ahora habríamos de ser bautizados no solo con agua sino con agua y en el Espíritu, para nacer de nuevo - como le diría Jesús a Nicodemo - para que quienes creemos en Jesús comencemos también a ser hijos de Dios. Aquel bautismo de Juan no hizo Hijo de Dios a Jesús que por naturaleza divina lo era ya desde toda la eternidad – engendrado del Padre antes de todos los siglos, como confesamos en el Credo -, pero en este nuevo bautismo en el Espíritu hemos de ser bautizados nosotros para que por nuestra participación en el misterio pascual de Cristo nosotros podamos nacer a una vida nueva que por la fuerza del Espíritu a nosotros nos hace también hijos.
Esta celebración, culminación de toda la Navidad, nos tendría que hacer comenzar a ver los frutos de todas nuestras celebraciones navideñas. Ha de ser una celebración que nos ayude a proclamar en toda su integridad y plenitud nuestra fe y tendría que ayudarnos a que reflejemos ya en toda nuestra vida lo que con tanta intensidad hemos querido celebrar. Tendría que verse en nosotros, en nuestras actitudes y en nuestros comportamientos, en el compromiso que asumimos desde esa nuestra fe que en verdad queremos vivir en esos valores del Reino de Dios que Jesús nos enseña y en su nacimiento hemos celebrado.
Terminamos la Navidad y no puede ser un punto y aparte, un ciclo o etapa que acabamos, y ya todo quede atrás casi en el olvido porque volvamos a nuestras rutinas de siempre, porque entremos de nuevo en una tibieza espiritual que nos lleve a enfriarnos en nuestro entusiasmo y a perder todo ese espíritu de lucha y superación que tendría que haber siempre en nuestra vida. Hemos venido diciendo que una auténtica celebración de la navidad tiene que provocar en nosotros un sentido nuevo para nuestra vida porque en verdad creemos en esa salvación que Jesús nos ofrece.
Todo el misterio que hemos venido celebrando si lo hemos hecho con intensidad tiene que provocar en nosotros esa transformación, ese cambio, esos compromisos nuevos, ese en verdad ponernos en salida misionera como la Iglesia nos está ahora pidiendo continuamente. Hemos de hacer anuncio de evangelio pero tenemos que ser creíbles en ese anuncio porque en verdad manifestamos como la gracia del Señor nos transforma, nos hace vivir una alegría nueva y distinta, nos hace entusiastas por Jesús y no podemos ya parar de hablar de El para que el mundo se sienta transformado por su gracia.

sábado, 6 de enero de 2018

Buscamos a Dios pero es El quien viene a nosotros y nos regala a Jesús, nos queda dejarnos encontrar con El y por El

Buscamos a Dios pero es El quien viene a nosotros y nos regala a Jesús, nos queda dejarnos encontrar con El y por El

Isaías 60, 1-6; Sal 71; Efesio 3, 2-3a. 5-6; Mateo 2, 1-12

¿Dónde está? Es una pregunta, es una búsqueda… Todos preguntamos, todos buscamos muchas veces en la vida; preguntamos y buscamos cosas, pero en ocasiones esas preguntas y esas búsquedas son algo más. Nos interrogamos quizá por nosotros mismos, porque al final no sabemos donde estamos; nos interrogamos buscando un camino, una salida, algo que nos dé respuesta por dentro, porque las preguntas y las búsquedas están dentro de nosotros mismos.
Preguntamos o buscamos a alguien, porque quizá nos hablaron de él, porque intuíamos que detrás de aquellas cosas que veíamos había algo más, había alguien más. Es quizás quien nos puede responder, aclarar ideas y conceptos, abrirnos los ojos a un camino, hacernos mirar más allá de lo que vemos con los ojos de la cara, abrirnos a otras trascendencias, a otras metas, a no quedarnos a ras de tierra.  Ya no son cosas las que buscamos; es un sentido, una luz, un valor para la vida, para lo que hacemos, para nuestros sufrimientos quizás, para encontrar salida entre todas esas tortuosidades en las que nos encontramos llenos de dudas en nuestro interior, con muchas cosas y situaciones que parece que siempre están en contra, con mucha gente que no nos entiende porque quizá no se entienden a si misma.
La pregunta que escuchamos hoy en el evangelio es más concreta ante una situación concreta, pero puede de alguna manera reflejar esas preguntas concretas y complejas al mismo tiempo que nos hacemos tantas veces en la vida. Triste es el que no se hace preguntas, no porque lo tenga todo claro, sino porque quizás no se atreve y pretende seguir viviendo en a superficialidad. Vivir en la superficialidad es una tristeza porque es vivir en un vacío existencial que nos puede llevar por pendientes peligrosas o a un aburrimiento total. Hay tantos que van aburridos por la vida sin saber qué hacer, a donde ir, por qué vivir.
‘¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarle’. Parece saber qué es lo que buscan porque han visto señales de su nacimiento, pero no saben donde encontrarle. Un largo camino han recorrido. Se nos habla de unos magos de Oriente y no ha sido fácil llegar hasta donde están, aunque las dificultades no desaparecen. Aunque consultando las Escrituras se les señalan ahora caminos concretos, sin embargo serán otras cosas, otras intenciones en alguno, los que van a poner dificultades a ese final de la búsqueda.
Como nos sucede tantas veces. Buscamos, nos enredamos en dificultades o en rémoras que pueden dificultar nuestro avance, habrá otras tendencias alrededor que también nos ofrecen ideas, quizás habrán superficialidades o rutinas que querrán atraernos por sus caminos que nos ofrecen fáciles para que olvidemos eso que pueda darnos la profundidad que necesitamos en la vida.
Aquellos magos encontraron desconocimiento en las calles de Jerusalén de lo grande que había sucedido, los maestros de la ley y los sacerdotes no estaban muy convencidos de aquello que les trasmitían como respuesta a sus preguntas, pero la maldad del corazón de Herodes comenzará ya a maquinar como quitar de en medio a quien le parecía que eran un contrincante que pusiera en peligro su trono. Cómo reflejan tantas situaciones en que nos vemos envueltos en la vida.
Pero la luz que estaba en lo alto, la estrella, seguía iluminando su camino y ellos se dejaban conducir y por eso pudieron llegar hasta Jesús. Hay una luz que Dios siempre pone en nuestra vida, la podemos ver en lo alto si sabemos mirar hacia arriba, la podemos encontrar reflejada en cosas de nuestro entorno que se convierten en signos esclarecedores para nuestra vida, o la podemos sentir allá en lo hondo del corazón cuando quitamos malicias de nuestra vida y somos capaces de dejarnos conducir por el Espíritu del Señor.
Tenemos que aprender a mirar a lo alto para poder descubrir la estrella y no haya nada que nos la oculte. Muchas veces no nos es fácil porque nos dejamos engañar por luces efímeras que creemos que son permanentes y tarde quizás nos terminamos de dar cuenta de nuestra oscuridad. La luz del evangelio tiene que iluminar nuestra vida; con sinceridad de corazón tenemos que acercarnos a la Palabra del Señor.
Pero la fiesta que estamos celebrando es la Epifanía del Señor. ¿Qué quiero decir con esto? La Epifanía significa la manifestación del Señor. Y eso es lo maravilloso que hemos de tener en cuenta. Nosotros buscamos, es cierto, pero no es solo nuestra búsqueda, aunque ahí están esas preguntas fundamentales de nuestra vida. Lo maravilloso es que es el Señor el que viene a nuestro encuentro, es El quien se nos manifiesta; es El quien pone señales para que le encontremos, o para que nos dejemos encontrar por El. El nos busca y nos llama, nos habla y quiere hacerse presente en nuestra vida para llenarnos de su luz.
Cuidado que hoy muchas cosas nos distraigan, como nos han venido distrayendo en toda nuestra navidad. Le damos importancia a cosas que la tienen menos. Al ver las ofrendas de los magos al Niño recién nacido en Belén, nos distraemos demasiado con los regalos y nos olvidamos del regalo de Dios para nosotros y para nuestro mundo que es Jesús. Pongamos nosotros nuestro amor que se verá engrandecido con el Señor del Señor que se derrama en nuestros corazones.


viernes, 5 de enero de 2018

Tenemos que aprender a abrir nuestro corazón a la sorpresa de la fe y nos haga soltar las amarras para que liberados de todo nos pongamos a caminar siguiendo los pasos de Jesús

Tenemos que aprender a abrir nuestro corazón a la sorpresa de la fe y nos haga soltar las amarras para que liberados de todo nos pongamos a caminar siguiendo los pasos de Jesús

1Juan 3,11-21; Sal 99; Juan 1,43-51

Quizás en ocasiones se fuerzan encuentros que de entrada nos parecen no deseados y podemos tener la tendencia, aunque aceptemos el llegar a ese encuentro, de ponernos como a la distancia, con cierta desconfianza, porque quizá no nos creemos del todo lo que nos han dicho de esa persona o la apariencia con que se nos pueda presentar. Pueden ser momentos incluso tensos en que no sabemos por donde se va a romper la cuerda, o sea, a donde nos va a llevar ese encuentro o si nos va a servir para algo; quizás en el fondo estamos deseando que todo aquello termine, y que luego lo demos todo por olvidado.
Pero puede saltar la chispa en positivo, algo que se nos dice, un gesto que apreciamos, una apertura que no esperábamos de la persona con quien nos estamos encontrando, y al momento todo puede cambiar y quizá nazca de allí una amistad muy profunda, en cierto modo nos podemos hacer inseparables de esa persona que hemos conocido, e incluso podamos llegar a tener proyectos comunes en la vida por los que luchar juntos.
Siempre necesitamos una cierta apertura de corazón, de mente cuando vamos a llegar a alguien y tendríamos que saber evitar o dejar de lado todos los prejuicios que se nos puedan meter en la cabeza; con prejuicios en la cabeza va a ser difícil que le demos un lugar en el corazón a esa persona con la que nos encontramos. En la vida no podemos caminar con la mente cerrada, no nos podemos dejar influir por prejuicios que nos hayamos hecho, sino que tenemos que aprender a ir en positivo por la vida.
En el evangelio que vamos escuchando estos días estamos contemplando esos primeros encuentros que Jesús iba teniendo con aquellos que iban a ser sus primeros seguidores, sus discípulos más cercanos que llegarían incluso a formar parte del grupo de los doce especialmente escogidos por Jesús.
Unos le buscan porque alguien les ha hablado con Jesús, a otros es Jesús el que directamente les invita, como es el caso de Felipe del que nos habla hoy en el evangelio, pero será también el hecho de que Felipe entusiasmado por Jesús, como antes lo había estado Andrés que había llevado a Simón hasta Jesús, es ahora el que le habla a Natanael de que han encontrado a aquel de quien hablan las Escrituras. Pero en este caso Natanael anda con sus desconfianzas, primero por la rivalidad de pueblos vecinos al ser de Caná de Galilea, un pueblo cercano a Nazaret, y también porque no se termina de creer lo que le dice Felipe.
Pero el encuentro con Jesús fue tumbativo. Ya conocemos el diálogo porque Jesús lo recibe – como lo hace siempre Jesús con todos – con un saludo muy positivo. ‘Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño’. Aquellas palabras lo desarmaron en sus desconfianzas aunque en cierto modo sigue manteniendo la lucha. ‘¿De qué me conoces?’ Pero Jesús sí lo conocía, como conoce siempre el corazón del hombre. Algo hay en su vida a lo que Jesús con palabras que solo Natanael entiende hace referencia. Vendrá una confesión de fe, una apertura total de su corazón y su vida ante Jesús.
La pregunta que nos hacemos sería ¿cómo nos acercamos nosotros a Jesús? ¿Tendremos también nuestras ideas preconcebidas, como las tenemos tantas veces en nuestras relaciones con los demás, a vamos a dejarnos sorprender por Jesús? Quizá algo tendría que cambiar en nuestras posturas, algo que nos abra a la sorpresa de la fe, algo que nos suelte las amarras para que en verdad nos pongamos a caminar con toda libertad siguiendo los pasos de Jesús.

jueves, 4 de enero de 2018

No nos podemos quedar encerrados en nosotros y en lo que encontramos, tenemos que salir, comunicar, contagiar, llevar nueva luz a cuanto nos rodea

No nos podemos quedar encerrados en nosotros y en lo que encontramos, tenemos que salir, comunicar, contagiar, llevar nueva luz a cuanto nos rodea

1Juan 3, 7-10; Sal 97; Juan 1,35-42

¿De donde eres? ¿Dónde vives? Son preguntas que hacemos cuando nos encontramos a alguien a quien entramos en conversación y deseamos conocer. No siempre en esas preguntas está la curiosidad del lugar de donde se es o donde se vive, sino que es muchas veces una forma de entrar en relación y un camino para conocer a la persona.
Cuando entramos en sintonía con alguien no es un conocimiento superficial el que queremos tener, no es solo saber cosas de su vida sino que es conocer su vida misma, su ser más profundo, aquello que además me pueda ayudar a mi también a crecer, a ser más persona, encontrando metas e ideales para la vida. Así se van entretejiendo las amistades, se van creando lazos de comunicación, vamos poniendo humanidad en nuestra vida, y aprendemos en esa comunicación a entrar en una comunión que nos lleva a colaborar unos con otros para hacer nuestro mundo mejor, mas humano, más habitable para todos.
Cuanto lo necesitamos, porque hay demasiadas relaciones frías y superficiales, falta interioridad y verdadera humanidad. Cuando llegamos a tener esa comunión nos sentimos impulsados a compartir con los demás todo eso que encontramos y que nos hace vivir, se crea una cadena maravillosa que va trasmitiendo más vida a nuestro mundo. No nos podemos quedar encerrados en nosotros y en lo que encontramos, tenemos que salir, comunicar, contagiar, llevar nueva luz a cuanto nos rodea.
Lo que nos narra hoy el evangelio es describirnos como se va creando esa maravillosa cadena cuando nos encontramos de verdad con Jesús. Juan el Bautista había tenido una experiencia maravillosa al conocer a Jesús, ahora lo trasmite, lo comunica a los que están a su lado. ‘Ese es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’, les dice a sus discípulos.
Dos de ellos se van tras Jesús. Quieren conocerle, en la expresión de lo que decíamos al principio. ‘Maestro, ¿Dónde vives?’ y se van con Jesús que les invita. ‘Venid y lo veréis’.  Como decíamos antes no hablamos de lugares geográficos donde se habita; están junto al Jordán y no sería por allí donde vivía Jesús que procedía de Nazaret. Pero ellos se van y se quedan con Jesús.
A la mañana siguiente – y seguimos diciendo que no es simplemente un espacio de tiempo de una tarde, una noche, una mañana – ya Andrés va a comunicarle a su hermano Simón que han encontrado al Mesías. Y Andrés lleva a Pedro hasta Jesús que ya desde un principio se va a fijar en Simón cambiándole incluso de nombre para significar como para él tiene una misión.
Mucho nos dice este pasaje del evangelio. Nos enseña a buscar a Jesús y hacerlo con profundidad. Es un deseo hondo que no puede faltar nunca en nuestro corazón porque cada día tiene que ir ahondando más ese conocimiento y ese amor que por El sintamos. Pero nos enseña también a entrar en esa cadena donde nosotros señalemos a Jesús a los demás y al mismo tiempo llevemos a los demás hasta Jesús. Es nuestra tarea y la misión evangelizadora que nos confía para hacer nuestro mundo mejor desde los valores del evangelio de Jesús. 

miércoles, 3 de enero de 2018

Es necesario hoy que manifestemos con nuestra vida, con nuestras actitudes y comportamientos, con nuestro compromiso, la autenticidad de nuestra fe

Es necesario hoy que manifestemos con nuestra vida, con nuestras actitudes y comportamientos, con nuestro compromiso, la autenticidad de nuestra fe

1Juan 2,29; 3,1-6; Sal 97; Juan 1,29-34

Lo que yo vi, nadie me lo puede negar, afirmamos con rotundidad cuando alguien quizás pueda poner en duda lo que decimos y de lo que hemos sido testigos. Es la fiabilidad de la veracidad. Y el que ha sido testigo de algo importante además es que no lo puede callar, siente la necesidad y la obligación de compartirlo, de hacer participe a los demás de aquello que ha visto, y más cuando es algo agradable, algo que le ha producido gran felicidad. Malo sería que nos callásemos aquello de lo que somos testigos si además sabemos que con ello podemos hacer bien a los demás. Tenemos que dar testimonio.
Claro que aquí me surge una pregunta primero que nada para mi vida misma, pero también con ella quiero ayudar a los que como yo decimos que tenemos fe, que creemos en Jesús. Si la fe ha sido importante en mi vida, me hace hacer una opción de vida porque en ella encuentro un sentido y un valor para mi existencia, y lo mismo digo para todos los que decimos que tenemos fe, ¿cuál es el testimonio que estamos dando de esa fe ante los que nos rodean?
Es tremendo, pero da la impresión algunas veces que tenemos miedo de expresar nuestra fe, de manifestarla en lo que somos y en lo que vivimos. ¿Es que acaso nos avergonzamos de nuestra fe? ¿Tenemos miedo a lo que nos pueda pasar, lo que puedan pensar los demás, las posturas opuestas que podamos encontrar si nos manifestamos auténticamente creyentes?
Es un drama. Sí, porque no siempre los que nos decimos creyentes en nuestra intimidad, luego no somos capaces de dar la cara, de manifestarnos públicamente con esa fe, porque nos parece que tenemos que ir a contracorriente. Aquí tendríamos que escuchar palabras fuertes de Jesús cuando no somos capaces de dar la cara. Es necesario en nuestro mundo que manifestemos con nuestra vida, con nuestras actitudes y comportamientos, con nuestra manera de enfocar las cosas, con el compromiso de lo que hacemos, la autenticidad de nuestra fe. No podemos callar.
Me ha surgido toda esta reflexión quizás desde mis propios miedos y cobardías, pero cuando he escuchado el testimonio que el Bautista da de Jesús en el texto del evangelio que hoy se nos propone. Lo señala claramente para todo aquel que lo quiera oír. ‘Ese es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’, dice señalando a Jesús a su paso. Y Juan dio testimonio y manifiesta como le había sido revelado en su corazón que aquel que al ser bautizado se iba a manifestar sobre El sería quien nos bautizara en el Espíritu. Y somos nosotros los bautizados en el Espíritu por el nombre de Jesús.
Es hermoso el testimonio que hoy escuchamos a Juan. Cuando estos días hemos venido celebrando la Navidad del Señor hemos tenido que vivir la maravillosa experiencia de la presencia de Dios en medio de nosotros. Es el Emmanuel a quien contemplamos en ese Niño nacido en Belén que los pastores encontraron con su madre recostado en el pesebre.
Si hemos vivido con intensidad esa experiencia no nos queda otra que dar autentico testimonio ante los que nos rodean. Es algo que no hemos podido vivir de cualquier manera ni nos puede dejar que nos quedemos en las mismas actitudes de cobardía de siempre. Con valentía tenemos que dar testimonio. Somos unos testigos y eso lo tenemos que proclamar en esas actitudes nuevas que nacen en nuestra vida, en una nueva forma de comportarnos, de vivir la esencia de nuestra fe cristiana.

martes, 2 de enero de 2018

La humildad es una hermosa puerta que abre a bellos caminos en la vida y te hace feliz a ti y a los que te rodean

La humildad es una hermosa puerta que abre a bellos caminos en la vida y te hace feliz a ti y a los que te rodean

1Juan 2,22-28; Sal 97; Juan 1,19-28

Aunque algunos piensen lo contrario la humildad es una hermosa puerta que nos abre a bellos caminos en la vida. Algunos no entienden o no quieren entender eso de la humildad. Nos hablan de autoestima como si fuera lo contrario a un espíritu humilde. Pienso que el humilde no deja de auto estimarse, pero sabe ocupar su lugar sin ostentaciones, sin aspavientos, sin querer subirse a pedestales; los pedestales se caen fácilmente, porque siempre habrá además en quien esté dispuesto a derribar al que está en un pedestal para ponerse él.
Vemos tantas veces en la vida a quienes incluso quieren aprovecharse de lo que hacen los demás para atribuírselo a sus propios meritos y así querer sobresalir; cuánta vanagloria y cuantos oropeles que son brillo de un día, pero que sin embargo tenemos la tentación de buscar; desde esa vanidad vienen las manipulaciones, se crecen los orgullos, nos creemos merecedores de todo, y ya al final no nos importa arrasar a quien pudiera ponerse por delante. Todo eso crea suspicacias, desconfianza, animadversión, provoca odios y aparece la división que nos impide colaborar en bien unos con otros.
Qué distinto es cuando sabemos estar en nuestro lugar, no nos aprovechamos de lo bueno que hacemos para querer sobresalir sobre los otros, sino que nos sentimos sencillos colaboradores en el bien común aportando nuestro saber, nuestro buen hacer. Hay así una bonita armonía que nos hace crecer a nosotros mismos en nuestro interior, pero que creo una sana convivencia en la que todos nos sentimos enriquecidos. No nos llenamos de vanagloria si en un momento determinado reconocen lo que nosotros hacemos, ni  nos aprovechamos de ellos para buscar medallas al mérito.
Juan el Bautista tenía un misión muy concreta en la historia de la salvación, pero sabia ocupar su lugar. No era él la Palabra, sino solamente la voz que anunciaba la llegada de la Palabra verdadera. Por eso dice de si mismo que no es el profeta, que no es el Mesías, que su lugar es ser el ultimo, porque no le importa menguar para que crezca el que ha de venir. Señala que ya está en medio de ellos, pero no se considera digno ni de desatar la correa de su sandalia. Sin embargo Jesús dirá de él que no hay hombre mayor que él de los nacidos de mujer y que es profeta y más que profeta. Pero Juan sabía ocupar su lugar.
Viene una embajada de Jerusalén a preguntarle por las razones de lo que hace. Y hasta le preguntan directamente si él es el Mesías. Con la fama que había adquirido en que muchos venían de todas partes a escucharle, podría haber tenido la tentación de sentirse superior. Pero ese no es su camino, su estilo; él solamente es el que había anunciado el profeta que habría de venir para preparar los caminos del Señor y así se presenta al pueblo y a los que le pregunta, como a estos que ahora vienen de Jerusalén.
Aprendamos de ese camino de humildad y de sencillez. Ocupemos nuestro lugar, desarrollemos nuestra misión y nuestra responsabilidad. Con nuestro actuar busquemos no nuestra gloria, sino la gloria del Señor.

lunes, 1 de enero de 2018

María, que nos presenta siempre a Jesús en sus brazos, nos enseña que felicitarnos por un año que comienza ha de significar comprometernos a trabajar por un mundo nuevo de paz

María, que nos presenta siempre a Jesús en sus brazos, nos enseña que felicitarnos por un año que comienza ha de significar comprometernos a trabajar por un mundo nuevo de paz

Números 6, 22-27; Sal 66; Gálatas 4, 4-7;  Lucas 2, 16-21

‘Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la Ley, para rescatar a los que estaban bajo la Ley, para que recibiéramos el ser hijos por adopción’. Alguien ha dicho que esta es la versión o la descripción que nos hace san Pablo del misterio de la Encarnación de Dios y de la Navidad. Ahí está condensado, podríamos decir, todo el misterio salvífico de Dios por el que ha querido hacerse hombre para ser nuestro Salvador. No nos suele hacer san Pablo en sus cartas descripciones de los distintos momentos de la vida de Jesús; eso se  nos trasmite en los evangelios; san Pablo hará una profundización teológica para expresarnos como Cristo nos ha liberado de nuestros pecados y la vida que como hombre nuevo nosotros hemos de vivir en la libertad de los hijos de Dios.
Cuando estamos en la octava de la celebración de la Navidad bien nos viene escuchar este texto de la carta de san Pablo a los Gálatas. Y ahí estamos contemplando el lugar que Dios ha dado a María en este misterio de salvación. ‘Envió Dios a su Hijo, nacido de mujer…’ nos dice. Es el lugar de María, la Madre de Jesús, la Madre de Dios que se ha encarnado en sus entrañas para nacer siendo Dios y hombre verdadero. Pero será el lugar que María seguirá ocupando en toda la historia de nuestra salvación, para ser la Madre que nos señale a Jesús, nos enseñe a conocer a Jesús, nos lleve hasta Jesús que hacernos participes de la salvación que en Jesús hemos obtenido.
Por eso la Iglesia hoy quiere confesar y proclamar que María verdaderamente es la Madre de Dios. Los evangelios, en esos breves retazos que nos dan de la infancia de Jesús, siempre nos presentarán a Jesús al lado de María. Es el lugar de la Madre. Es lo que hoy escuchamos cuando se nos describe que los pastores tras el anuncio del ángel corren a la ciudad de David y allí se encontrarán a Jesús envuelto en pañales y al lado de María. De la misma manera, como escucharemos en la Epifanía del Señor dentro de unos días, los Magos de Oriente cuando llegan a Belén así se van a encontrar a Jesús en brazos de María.
María que nos presenta a Jesús, nos ofrece a Jesús. Es la función de la madre. Cuando ya Jesús inicie su vida pública aparecerá María para decirnos en las bodas de Caná que hagamos lo que Jesús nos diga; luego la contemplaremos como un ejemplo para nosotros buscando a Jesús, y El nos dirá de María que es la que ha escuchado la Palabra de Dios y la ha plantado en su corazón, la ha puesto en practica. Como María, la que guardaba en su corazón todo el misterio de Dios que ante sus ojos se realizaba, Jesús nos dirá que nosotros seremos igualmente dichosos, como María, si plantamos la Palabra de Dios en nuestro corazón para hacerla vida en nosotros.
Hoy contemplando el misterio de la Navidad no nos cansamos de contemplar a María. Con ella  nos gozamos y la festejamos, la felicitamos por ser la Madre, la Madre de Dios que va a convertirse también en nuestra Madre. Hoy queremos aprender de María a estar junto a Jesús. En silencio, como lo hizo ella, contemplando todo ese misterio de amor que para nosotros va a ser la salvación. Contemplamos a María y con ella aprendemos a escuchar a Jesús, a llenarnos de Jesús, a vivir la vida de Jesús. Contemplamos a María y con María nosotros también queremos exultar de gozo en nuestro corazón porque a través de ella también quiere realizar en nosotros cosas grandes.
Contemplar a María y sentir su amor de madre en nosotros nos impulsa también a caminos nuevos, a caminos de amor, de servicio, de búsqueda del bien, de construcción de un mundo nuevo en el que brille esa nueva civilización del amor. Y es que la celebración del todo el misterio de Cristo que hacemos en estos días, y hoy en especial de mano de María, nos compromete.
Ya lo hemos reflexionado que si queremos en verdad vivir Navidad en nosotros tiene que comenzar algo nuevo. Hoy es una jornada especial de la paz. Cuando estos días nos estamos deseando tantas cosas buenas, cuando en este principio de año todos nos felicitamos y deseamos lo mejor para el año que comienza, algo que tenemos que desear de verdad es la paz para nuestro mundo. Decimos feliz año nuevo y eso tendrá que significar algo mas palabras formales que nos decimos todos unos a otros. Tenemos que querer un mundo en paz, tenemos que sentirnos comprometidos con la paz.
No es solo desear que se acaben tantas guerras violentas que sigue habiendo en tantas partes del mundo, sino que buscar la paz es querer que todos podamos vivir con dignidad, que entre todos haya entendimiento, que quitemos esos presupuestos que ponemos tantas veces hasta casi sin darnos cuenta que nos llevan al sufrimiento de tantos.
Hoy el Papa en su mensaje nos hace pensar en tantos que por diferentes motivos y en mucho de ellos violentos tienen que dejar su tierra, su casa, sus familias, el lugar donde han habitado siempre para buscarse una vida mejor en otro lugar; emigrantes, desplazados, refugiados, personas que muchas veces tienen que huir de sus lugares a causa de la miseria, la pobreza, el hambre, la guerra, las discriminaciones raciales y tantas y tantas cosas que causan terribles sufrimientos.
No nos podemos cruzar de brazos ante esas situaciones, no podemos mirarlas con cierta suspicacia porque vengan a nuestras tierras con otras costumbres y necesidades y pueda parecer que nos van a quitar lo nuestro, no podemos encerrarnos en nuestros egoísmos y nuestros miedos; en nuestro corazón tenemos que sentir el dolor de tantos que sienten también como su corazón se desgarra cuanto tienen que dejar atrás sus lugares de origen y hasta sus familiares; tenemos que saber hacer nuestras tantas inquietudes e incertidumbres de quien se pone en camino y no sabe a donde va ni lo que va a encontrar.
Hacer nuestros esos sentimientos, esos sufrimientos, comenzar a pensar en ello es también trabajar por la paz, porque no podremos quedarnos insensibles. En el  nombre del amor que guía nuestras vidas y que contemplamos en el misterio del nacimiento de Jesús no podremos cruzarnos de brazos sino que tendremos que poner manos a la obra.
Que el Señor nos ilumine, vuelva su rostro sobre nosotros y nos conceda su paz, como diremos en la bendición; que el Señor vuelva su rostro sobre nuestro mundo y nos inspire cuanto tenemos que hacer. Que María, la Madre de Dios y nuestra Madre, la Reina y Madre de la paz camine a nuestro lado enseñándonos a caminar esos caminos nuevos del amor y de la paz.

domingo, 31 de diciembre de 2017

Que a ejemplo de la Sagrada Familia de Nazaret nuestros hogares sean verdaderas escuelas de humanidad que nos ayuden a todos a crecer y a madurar en una auténtica felicidad

Que a ejemplo de la Sagrada Familia de Nazaret nuestros hogares sean verdaderas escuelas de humanidad que nos ayuden a todos a crecer y a madurar en una auténtica felicidad

Eclesiástico 3, 2-6.12-14; Sal 127; Colosenses 3, 12-21; Lucas 2, 22-40

Uno de los aspectos en que más se incide en las celebraciones de navidad y que sin embargo en muchos casos es motivo de nostalgias que pueden empañar la alegría de estas fiestas, de recuerdos dolorosos en ocasiones por las ausencias producidas por diversas circunstancias y que cuando no son asumidas debidamente pueden quitar el brillo de la alegría de la navidad, es el aspecto familiar. La cena familiar, el encuentro de toda la familia con regalos que se intercambian, recuerdos que se evocan, emociones que salen a flote es el centro en la mayoría de los casos de toda la celebración de la navidad.
Es un aspecto importante, no el único, que es cierto se tiene en cuenta y hemos de cuidar también con mucho mimo por la importancia que en si mismo tiene la familia, por ser en muchos casos casi la ocasión única en que se encuentren todos o casi todos sus miembros, porque el reencuentro puede se ocasión para restablecer lazos que por las circunstancias de la vida muchas veces se debilitan o están en peligro de romperse.
Claro que en una verdadera celebración del misterio de la Navidad todo eso que es la vida del hogar y de la familia, con las circunstancias particulares que cada uno puede vivir y reflejarse en la vida de nuestros hogares, tiene que dejarse iluminar por la luz del evangelio, por la luz que vino a traer al mundo con su Salvación el que es el principal protagonista de la fiesta de la Navidad, Jesús y su evangelio salvador.
Es cierto que en la noche o el día de Navidad este es un aspecto que sobresale y que nos ayuda en la alegría de la fiesta de esos días, pero en la liturgia de la Iglesia tenemos en este domingo dentro de la octava de la Navidad una celebración especial que ya hace una referencia muy explicita al la vida de la familia. En este domingo queremos contemplar y celebrar a la Sagrada Familia de Nazaret, la Sagrada Familia de Jesús, María y José.
Es importante que en la contemplación de la Sagrada Familia y queriendo aprender de sus valores y virtudes hagamos también nosotros algo así como una confesión de fe en el valor de la familia, al mismo tiempo que encontremos motivación y fuerza para vivir plenamente su sentido y sus valores. Y es importante cuando podemos contemplar a nuestro alrededor como las familias se destruyen, como los hogares dejan de ser verdaderos hogares, como se minusvalora lo que es el verdadero amor que se ha de vivir en el matrimonio y en la familia, como ya nuestras familias y nuestros hogares dejan de ser esas escuelas de humanidad, de amor, de ternura donde aprendamos los verdaderos valores que nos hagan crecer y madurar en la vida.
Los que queremos vivir según los valores de Jesús porque en El hemos puesto toda nuestra fe es un camino grande de testimonio el que tenemos que dar en este ámbito. Porque seguimos a Jesús queremos vivir siempre impregnados de su amor de manera que el amor sea siempre la motivación grande de nuestra vida. Un amor no vivido de cualquier manera, sino que siempre tenemos el ejemplo de Jesús porque el nos dijo que nos amáramos como El nos amó. Y el amor de Jesús no tiene fecha de caducidad, como muchas veces nosotros en la vida le ponemos a nuestro amor.
Ese amor generoso y universal, ese amor que nos lleva a darnos en la totalidad de nuestra vida, no puede ser un amor al que le pongamos condiciones ni un amor que dejemos morir en nosotros. Y es por ahí por donde los que seguimos a Jesús tenemos que dar un testimonio claro y valiente, porque muchas veces iremos remando a la contra de lo que son las corrientes de nuestro mundo.
Hoy la gente parece que está pronta a las rupturas y al enfriamiento de la intensidad de lo que vivimos; pronto nos cansamos, fácilmente nos podemos sentir atraídos por otras cosas o por otras personas y todo eso se mira con normalidad; pensamos más en nosotros mismos y en nuestras propias satisfacciones que en lo que es un entrega total de amor y para siempre. Por eso nos cuesta, porque tenemos que andar a contracorriente, porque tenemos que estar vigilantes, porque tenemos que alimentar continuamente esa llana y no dejarla enfriar ni apagar.
Es una tarea que no realizamos solos, porque Jesús nos ha prometido la presencia y la fuerza de su Espíritu, y su Espíritu es Espíritu de amor. Es la fuerza de su Espíritu la que tiene que alimentar el amor matrimonial, el calor de amor de nuestros hogares, el que dará fortaleza a nuestras familias para que se mantengan unidas y puedan superar todas las tempestades que la puedan poner en peligro.
Hoy miramos a aquel hogar de Nazaret donde vemos crecer en edad, sabiduría y gracia al Hijo de Dios hecho hombre. Hoy escuchamos las bellas palabras que nos dice el Apóstol sobre todos esos valores que tienen que brillar en la vida del hombre y que nos ayudarán a crecer y a ser más maduros. ‘Misericordia entrañable, bondad, humildad, dulzura, comprensión… Sobrellevaos mutuamente y perdonaos… Y por encima de todo esto, el amor, que es el ceñidor de la unidad consumada... Que la paz de Cristo actúe de árbitro en vuestro corazón…’
Que brille todo eso en nuestro corazón, que nuestros hogares sean verdaderas escuelas de esos valores, que nuestras familias se vean anudadas por esos lazos del verdadero amor, que nos llenos siempre de esa paz que nace de un corazón lleno de amor.
Muchas más cosas podríamos seguir reflexionando en este día en la contemplación del hogar de Nazaret. Tratemos de contagiarnos de su espíritu de amor y podremos superar tantas cosas que muchas veces nos pueden poner tristes en la vida. Que sintamos la alegría de la verdadera paz en nuestro corazón.