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martes, 23 de junio de 2015

Valoremos con valentía el evangelio que queremos vivir y da sentido a nuestras vidas siendo testigos de nuestra fe

Valoremos con valentía el evangelio que queremos vivir y da sentido a nuestras vidas siendo testigos de nuestra fe

Génesis 13, 2.5-18; Sal 14; Mateo 7,6.12-14
¿Valoraremos nosotros suficientemente el evangelio que queremos vivir y que da sentido a nuestras vidas? ¿Valoraremos suficientemente nuestra fe?
El otro día le aconsejaba a un amigo que me preguntaba por ciertas competencias entre profesionales que le diera valor a su trabajo, que no se trataba de hacer rebajas así como así a la hora de manifestar el valor de lo que hacía, y esto también en referencia a su valor pecuniario. Era importante lo él hacia y quería hacerlo bien y con todo la mayor honradez y profesionalidad, y eso había de tenerse en cuenta.
Pudiera parecer que esto no tiene relación con las preguntas que nos hacíamos al principio de la valoración que hacemos del evangelio y de nuestra fe. Lo cuento a manera de ejemplo, porque si en la vida, en nuestra profesión, en lo que hacemos hemos de darle el valor que tiene a cada cosa, ¿por qué no hemos de valorar también nuestra fe y la vivencia que queremos hacer del Evangelio?
Me pregunto esto, porque a veces nos puede suceder que vamos como ocultando lo que es nuestra fe y lo que son nuestros valores, nos podemos sentir acobardados ante la oposición que nos encontramos enfrente, o porque los que nos rodean, la sociedad en la que vivimos lo de ser religioso, lo de ser cristiano pareciera que no es políticamente correcto, como hoy se suele decir. Efectivamente hay ocasiones en que nos parece que vamos nadando contra corriente, pero no hemos de temer, sino todo lo contrario, hemos de sentirnos con mayor valor, con mayor empuje y entusiasmo en lo que hacemos, en lo que es nuestra fe.
Quizá por eso no convencemos, porque parece que andamos con miedo a la hora de expresarnos, de manifestar lo que son nuestros principios. Tenemos que presentarnos seguros y convencidos en lo que creemos, en lo que es nuestra vida y así tenemos que presentarnos ante el mundo. Si con ese convencimiento y valentía, a pesar de nadar contracorriente, nos presentamos ante el mundo, quizá se interrogarán de nuestro convencimiento; si nos manifestamos seguros y alegres en nuestra fe, podrán preguntarse donde está esa fuerza con la que nos presentamos, o de donde sacamos esa fuerza.
Los testigos son los que convencen. Eso hemos de ser nosotros ante la sociedad que nos rodea, testigos convencidos de Cristo y de su Evangelio, porque además lo queremos llevar con orgullo plasmado en nuestras vidas. Valoremos nuestra fe, valoremos el evangelio que queremos vivir y que da sentido a nuestras vidas.

lunes, 22 de junio de 2015

El evangelio es vida y siempre nos trae la buena noticia del amor con el que mutuamente hemos de relacionarnos

El evangelio es vida y siempre nos trae la buena noticia del amor con el que mutuamente hemos de relacionarnos

Génesis 12,1-9; Sal 32; Mateo 7,1-5
Bien sabemos que el evangelio tiene que traducirse en cosas concretas de nuestra vida de cada día, porque el evangelio no es solo un relato de historias bonitas que nos sean agradables en nuestra lectura y nos puedan entretener. El evangelio es vida y el mensaje que nos trasmite Jesús tiene que ser siempre buena noticia para nuestra vida; una buena noticia que nos trasforme, una buena noticia que nos llene de vida, una buena noticia que nos ponga en camino de actitudes nuevas y de acciones concretas de amor que hemos de vivir cada día.
La buena noticia de Jesús está transida de amor; es un mensaje de amor porque del anuncio que se nos hace del amor que Dios nos tiene pero que nos está pidiendo además una respuesta de amor; una respuesta de amor que, repito, se ha de traducir en esas cosas que cada día vivimos en nuestras responsabilidades personales y en nuestras responsabilidades que tengamos con los demás, ya desde el seno de nuestra familia, ya en el ámbito de nuestras obligaciones y trabajos, ya en nuestra vida social y en las relaciones que mantenemos con los demás.
Pero esas mutuas relaciones muchas veces se pueden ver enturbiadas porque siempre nuestro corazon no es limpio, porque podemos encontrar en los demás actitudes, posturas o acciones que no nos parezcan correctas, porque el mal muchas veces se nos va metiendo por dentro y nos hace flaquear en nuestra manera de ver a los demás, o en lo que hacemos que no siempre es correcto y podemos hacer daño a los otros.
De ahí que es necesario que en ese amor que nos tengamos mutuamente sepamos aceptarnos, pero sepamos también tendernos la mano para ayudarnos mutuamente a caminar juntos. En ese amor nos decimos humildemente las cosas, nos corregimos, nos ayudamos. Pero nunca desde la altura de nuestro orgullo o nuestro considerarnos mejores, sino siempre sabiendo reconocer que también en nosotros puede haber cosas que no son buenas. Es la actitud de humildad y de sencillez que ha de guiar nuestras relaciones.
De eso nos habla Jesús hoy en el evangelio enseñándonos cómo tenemos que hacernos esa corrección que nunca puede estar guiada ni por el orgullo ni la superioridad, el juicio o la condena, sino siempre en la humildad, la verdad de nuestra vida y el amor. Por eso nos dice: ‘No juzguéis y no os juzgarán; porque os van a juzgar como juzguéis vosotros, y la medida que uséis, la usarán con vosotros’.

domingo, 21 de junio de 2015

Vayamos a la otra orilla sin temores ni cobardías, aunque salgamos malheridos, pero tenemos muchas heridas que sanar

Vayamos a la otra orilla sin temores ni cobardías, aunque salgamos malheridos, pero tenemos muchas heridas que sanar

Job 38, 1.8-11; Sal. 106; 2 Cor. 5, 14-17; Mc. 4, 35-40
Habíamos escuchado a Jesús decirle a quienes querían que fueran sus discípulos ‘vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, y luego vente conmigo’; ‘tú, sígueme’, le dijo a Felipe cuando se lo encuentra de camino; y a los pescadores que estaban con sus barcas y con sus redes les había dicho ‘venid conmigo y os haré pescadores de hombres’, y ellos dejándolo todo le siguieron. Y ya sabían que al irse con El que ‘las aves del cielo tienen sus nidos y las fieras del campo sus madrigueras, pero el Hijo del Hombre no tenía donde reclinar la cabeza’.
Pero ahora le escuchamos decir, podemos adelantar que como un anticipo de lo que sería su envío final, ‘vamos a la otra orilla’. Y dice el evangelista que ‘dejando a la gente, se lo llevaron en barca, como estaban; y otras barcas lo acompañaban’. ¿Se lo llevaron o más bien sería El quien se los llevaba a la otra orilla atravesando el lago? Había sido El quien les había dicho ‘vamos a la otra orilla’.
Nos puede recordar cuando Dios llamó a Abrahán para que saliera de su tierra y fuera a la tierra que Dios le señalase. Podemos recordar cuando Dios se manifiesta en el monte a Moisés y lo envía a que baje de nuevo a Egipto que allí tiene una misión importante que realizar, ha de liberar al pueblo de la opresión del Faraón.
Abrahán se dejó conducir poniéndose en camino hacia lo desconocido porque no sabía bien a donde le llevaría aquel camino; Moisés impresionado por la visión que había tenido de Dios se había puesto en marcha, aunque sabía que la misión que se le encomendaba era difícil. Ahora también los discípulos se fueron con El a la otra orilla, como les había invitado.
Alguno quizá podría haber preguntado ¿y a qué nos vas a llevar a la otra orilla? Aquella es la región de los Gerasenos, podía comentar alguno, y quizá no seríamos bien recibidos, como ya sucediera en otra ocasión. ¿Has pensado bien cómo está el lago y que quizá se nos puede levantar una tormenta mientras lo atravesamos? Podría replicarle alguna que fuera entendido en las cosas de aquel lago tan propenso a repentinas tormentas. Alguno pensaría que no iban preparados para pescar y entonces para qué dar ese paseo. Nos podemos imaginar todas esas dudas que podrían surgir en el interior de los discípulos, aunque nada nos diga el evangelio porque ellos se fueron a donde El les decía o más bien como dice el evangelista ‘dejando a la gente, se lo llevaron en barca, como estaban’. Aunque nosotros bien sabemos ya lo sucedería después.
Quiero quedarme en mi reflexión ahora en esa invitación de Jesús que puede ser también la invitación que nos está haciendo hoy. ‘Vamos a la otra orilla’. Al final del evangelio, antes de la Ascensión, los enviaría por el mundo con la misión de anunciar el evangelio a todas las gentes. Y hemos de reconocer eso es lo que han hecho los discípulos de Jesús a lo largo de los siglos repartidos por todo el mundo anunciando el evangelio. A la otra orilla, a los confines del mundo, parten los misioneros en nombre de la Iglesia, con el poder de Jesús para hacer el anuncio del Evangelio.
Pero hoy nos dice ‘vamos a la otra orilla’, que no significa quizá tener que irse a los confines del mundo, sino a la otra orilla, al otro lado de la calle, a los barrios más alejados de nuestras ciudades, a los lugares también inhóspitos que hay en nuestro entorno; y no son los lugares, son las personas, es ese ambiente que nos rodea, es ese mundo que aunque se llame cristiano quizá está tan lejos del mensaje de Jesús. Es ese mundo de increencia que nos rodea, son esos lugares difíciles o esas personas que nos pueden parecer conflictivas porque todo lo cuestionan, porque siempre están a la contra, a los que les cuesta aceptar a la Iglesia.
Quizá también nosotros podemos tener nuestros miedos y nuestras dudas en nuestro interior. Para qué lanzarnos a ese mundo incierto, pensamos quizá, vamos a tratar de mantener los que tenemos. Y son nuestras comunidades con poco espíritu misionero, que se vuelven rutinarias, cómodas, con pocas iniciativas, con poco coraje, que nos quedamos siempre en lo mismo y que nos cuesta salir de nuestras comodidades, de nuestras rutinas. No nos atrevemos, nos da miedo por lo incierto o porque lo que tememos que nos vamos a encontrar, las tempestades que puedan surgir.
El Papa nos lo está recordando continuamente que no nos podemos quedar encerrados siempre en lo mismo, que tenemos que salir, ir las periferias de la sociedad o a las periferias de la Iglesia. Es arriesgado porque nos podemos encontrar tormentas y puede que algunos salgamos machacados. Y quizá Jesús también tenga que decirnos ‘hombres de poca fe, ¿por qué dudáis? ¿Por qué tenéis miedo?’ El nos ha prometido la fuerza y la asistencia de su Espíritu, pero no nos lo terminamos de creer y por eso seguimos con nuestros miedos, nuestras rutinas, nuestras cobardías, temiendo la tormenta que puede llegar y en la que nos pueda parecer que Jesús está dormido.
El está en medio de nosotros y no nos falla. Avivemos nuestra fe. Avivemos ese espíritu misionero; podremos salir malheridos, pero es que tenemos a tantos heridos que curar, tenemos tanto que hacer. 

sábado, 20 de junio de 2015

Humildes nos ponemos en las manos de Dios y nos confiamos en su providencia sintiéndonos seguros en el Señor


Humildes nos ponemos en las manos de Dios y nos confiamos en su providencia sintiéndonos seguros en el Señor

2Corintios 12, 1-10; Sal 33; Mateo 6, 24-34
La fábula nos habla de la hormiguita que no cejaba en su empeño de ir guardando cada día en su granero para cuando llegara el invierno mientras la cigarra no paraba de cantar cada día sin preocuparse de hacer acopio de lo necesario para cuando llegaran los tiempos difíciles y de escasez. El mensaje de la fábula pretende enseñarnos cómo hemos de preocuparnos de nuestra responsabilidad de cada momento también pensando en el futuro y cómo no podemos desentendernos de nuestros trabajos y responsabilidades.
Pero el cumplimiento de nuestras responsabilidades no se puede convertir en un agobio. Responsables, sí, porque tenemos un mundo en nuestras manos, con unos valores, con unas responsabilidades, con una tarea que realizar, comenzando, si queremos decirlo así, por el desarrollo de nuestra propia vida personal, pero también nuestra familia, pero mirando al mismo tiempo ese mundo que nos rodea, esa sociedad en la que convivimos y donde tenemos también que dejar nuestra huella.
Pero el cumplimiento de nuestras responsabilidades no nos ha de hacer perder la paz, porque es cierto que tenemos que valorarnos a nosotros mismos, confiar en nuestras capacidades, pero también sabemos que tenemos nuestra vida en las manos de Dios. Por otra parte tampoco podemos convertir esos medios materiales de los que nos valemos en el desarrollo de nuestra vida en dioses de nuestra existencia. Es lo que nos puede suceder si vivimos en ese agobio del tener, de la riqueza, de esos medios materiales como si fuera lo único importante de nuestra vida.
Hoy nos dice Jesús en el evangelio que ‘Nadie puede estar al servicio de dos amos. Porque despreciará a uno y querrá al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero’. Y también nos dice que ‘No estéis agobiados por la vida, pensando qué vais a comer o beber, ni por el cuerpo, pensando con qué os vais a vestir’. Por eso terminará diciéndonos que sobre todo busquemos el reino de Dios y su justicia; que lo demás se nos dará por añadidura. ‘Por tanto, nos dice, no os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le bastan sus disgustos’.
Responsables, sí, pero sin agobios, porque busquemos primero lo que en verdad merece la pena. Precisamente mientras reflexionaba sobre todo esto me llego un mensaje que me decía que ‘la grandeza de las personas no se mide por dinero, estudios ni belleza… sino por la lealtad de su corazón y la humildad de su alma…’
Cuando humildes nos ponemos en las manos de Dios y nos confiamos en su providencia nos sentiremos seguros en el Señor; en El tenemos nuestra fuerza y nuestra vida.

viernes, 19 de junio de 2015

Busquemos el verdadero tesoro que va a llenar de sentido y plenitud nuestra vida


Busquemos el verdadero tesoro que va a llenar de sentido y plenitud nuestra vida

2Corintios 11,18.21b-30; Sal 33; Mateo 6,19-23
Todos en la vida tenemos nuestra propia escala de valores aunque quizá no siempre usemos esa terminología. Pero todos le damos más importancia a unas cosas que a otras. Hay cosas por las que estaríamos incluso a dar la vida o dar todo lo que tenemos por conseguirlo y hay otras cosas que aunque podamos considerar buenas no son tan importantes para nosotros y las dejamos quizá en un segundo plano.
¿Cuál es realmente nuestra escala de valores? ¿Qué es lo que consideramos más importante en la vida? Miramos en  nuestro entorno fijándonos en las cosas por las que lucha y se afana la gente y vemos que es bien diversa esa escala de valores. La familia, el hacer el bien, el preocuparnos por los demás o la sociedad en la que vivimos, el pasarlo bien sea como sea, la felicidad, el poseer cosas, el tener una buena casa, el mejor coche, el viajar, el tener amigos… podíamos hacer una lista interminable de cosas que la gente - nosotros también - consideramos importante. ¿Qué es lo que nos hace felices?
Hoy Jesús en el evangelio quiere que miremos a lo alto, que trascendamos nuestra vida, que no nos quedemos en el ras de tierra, que busquemos principios que verdaderamente merezcan la pena, que busquemos la felicidad donde en verdad podamos encontrarla. Y esto tiene que hacernos pensar. ¿Qué es lo que nos dará la verdadera felicidad?
No nos podemos quedar en cosas efímeras, en flor de un día, sino que tenemos que buscar lo que verdaderamente nos de hondura y lo que pueda ayudar a quienes nos rodean, empezando por nuestra familia y las responsabilidades que en ella tenemos, a que le den esa verdadera hondura en la vida. Son esos principios, esos valores que hemos de tener por los que luchar y que van a marcar el sentido de nuestra vida.
Jesús nos habla hoy de tesoros en el cielo, contraponiendo ese afán de poseer, esa avaricia de las riquezas o de la posesión de cosas en la que podemos caer. Por ahí está por medio, sí, el dinero y las riquezas, como si en ello estuviera toda nuestra felicidad. ‘No atesoréis tesoros en la tierra, donde la polilla y la carcoma los roen, donde los ladrones abren boquetes y los roban. Atesorad tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni carcoma que se los coman ni ladrones que abran boquetes y roben. Porque donde está tu tesoro allí está tu corazón’.
Y vaya si hemos de tener cuidado con esa avaricia de la vida, o ese materialismo en el que podemos caer, o esa superficialidad que nos puede hacer ir de un lado para otro sin saber bien lo que queremos, o ese sensualismo del que empapamos nuestra vida pensando que hay que disfrutar de todo, probar de todo porque como dicen algunos la vida son dos días y hay que aprovecharlos.
Busquemos los verdaderos valores; busquemos lo que de verdadera trascendencia a nuestra vida; miremos bien lo que hacemos para que dejemos buena huella en los que nos siguen o en los que nos rodean; démosle hondura y espiritualidad a nuestra vida; miremos a lo alto poniendo nuestro pensamiento en Dios, nuestro Creador y nuestro Padre; busquemos lo que de verdad va a llenar nuestro corazón; pensemos bien donde ponemos nuestro corazón y cuales pueden ser sus apegos, porque allí donde esta nuestro tesoro está nuestro corazón. Busquemos el verdadero tesoro que puede llenar nuestra vida.

jueves, 18 de junio de 2015

‘¡Señor, enséñanos a orar!’, enséñanos a decir ‘Padre’, a sentir tu amor, a amar con tu amor


‘¡Señor, enséñanos a orar!’, enséñanos a decir ‘Padre’, a sentir tu amor, a amar con tu amor

2Corintios 11,1-11; Sal 110; Mateo 6,7-15
En otro lugar del evangelio los discípulos porque ven con frecuencia orar a Jesús - ¡cómo sería aquella oración que de tal manera los impresionaba!  - le piden que les enseñe a orar. En este evangelio Mateo nos sitúa la enseñanza de Jesús sobre la oración en el marco del sermón de la montaña, porque aquí quiere recoger el evangelista lo que viene a ser lo programático del mensaje de Jesús. De ahí que en este marco nos deje la enseñanza fundamental sobre la oración.
Y Jesús comienza diciéndonos que para orar no necesitamos muchas palabras. ‘Cuando recéis, no uséis muchas palabras, como los gentiles, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso. No seáis como ellos, pues vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes que lo pidáis’. Con la enseñanza de Jesús podríamos decir que una sola palabra basta, llamar a Dios ‘Padre’. Ahí está todo encerrado. Por ahí tendríamos siempre que comenzar. Es la primera expresión de fe y de amor que tendríamos que decir. Mas que decir creo que lo que tendríamos es que sentir.
Decir ‘Padre’. es sentirnos amados porque somos hijos; decir ‘Padre’ es llenarnos de confianza; decir ‘Padre’es ponernos en las manos de Dios; decir ‘Padre’ es decir que queremos amar; decir ‘Padre’ es comenzar a mirar a Dios con nuevos ojos, con los ojos de un hijo que se siente amado; decir ‘Padre’ es comenzar a mirar a los que están a nuestro lado como hermanos; decir ‘Padre’ es sentirnos humildes delante de El; decir ‘Padre’ es sentirnos perdonados porque Dios sigue confiando en nosotros; decir ‘Padre’ es ponernos en un camino nuevo, el del amor, el de buscar la paz, el de trabajar por la justicia, el de construir el Reino; decir ‘Padre’ es no sentirnos abandonados nunca porque la providencia de Dios nos cuida aunque muchos sean los problemas que tengamos; decir ‘Padre’ es sentir la paz de Dios en nuestro corazón; decir ‘Padre’ es sentir su fuerza para luchar, para hacer el bien, para apartarnos del mal, para vencer la tentación. Decir ‘Padre’ es el gozo más grande que podemos sentir en el alma.
‘¡Señor, enséñanos a orar!’, le pedimos; enséñanos a decir ‘Padre’, a sentir tu amor, a amar con tu amor. 

miércoles, 17 de junio de 2015

Ni vanidades ni hipocresías en lo que hacemos sino siempre busquemos desde la humildad la gloria del Señor

Ni vanidades ni hipocresías en lo que hacemos sino siempre busquemos desde la humildad la gloria del Señor

2Corintios 9,6-11; Sal 111; Mateo 6,1-6.16-18
La vanidad sigue siendo una tentación de todo hombre y mujer también en nuestro tiempo. Y digo vanidad no porque nos creamos guapos - vamos a decirlo así - y utilicemos todos los medios a nuestro alcance para mostrar la belleza de nuestro cuerpo y cuando tengamos que presentarnos en algún sitio importante o hasta en nuestra convivencia de cada día con amigos o familiares o incluso en nuestro lugar de trabajo tratemos de mostrarnos por así decirlo con nuestras mejores galas; es cierto que la gente hay se arregla mucho para presentarse bien ante los demás y en cierto modo es bueno porque también hemos de manifestarnos agradables en nuestra presencia.
Cuando digo vanidad, aunque nos podemos referir a todo eso por cuanto los excesos nos pueden llevar a ella, me quiero referir a otras vanidades con que nos mostramos en la vida que llenamos de muchas apariencias rayanas incluso en la hipocresía. Es el querer aparentar lo que no somos; o el querer manifestar de una forma orgullosa también aquello bueno que hacemos buscando la alabanza o el reconocimiento. De una y otra cosa vemos mucho en nuestro entorno y podemos caer también en esa tentación.
Aparentar lo que no somos raya con la hipocresía; ya sabemos que la palabra ‘hipócrita’ hace referencia a la máscara que se utilizaba en el teatro clásico para representar a los personajes del drama o de la comedia. Es la máscara que nos ponemos tantas veces en la vida para representar lo que no somos; hipocresías y falsedades de las que está lleno desgraciadamente nuestro mundo, nuestras relaciones. Vanidad para manifestarnos con prepotencia, sintiéndonos por encima de los demás e incluso llegando a manipular todo lo que encontremos a nuestra mano para lograr nuestros fines.
Pero también decíamos manifestación orgullosa de lo que hacemos buscando esos reconocimientos o esos pedestales. Con qué facilidad echamos a perder lo bueno que hacemos cuando nos dejamos llevar por el orgullo y estamos predicando ante todo el mundo lo bueno que hacemos; terminamos haciéndonos odiosos.
Hoy en el evangelio denuncia esa manera de actuar de los fariseos que buscaban lugares predominantes, que hacían sus limosnas de manera ostentosa para que todo el mundo los viera, que incluso en sus oraciones se mostraban con esa altivez para que todo el mundo viera lo religiosos que eran. Y Jesús nos dice que ese no puede ser nuestro estilo ni nuestra manera de hacer. Que es la humildad lo que tiene que predominar en nuestra vida y nunca la vanidad tendría que velar ni obnubilar lo bueno que hacemos en el día a día de nuestra vida. Y cuidado que nos puede suceder también en el ámbito de nuestra iglesia.
Si alguien llega a reconocer lo bueno y justo que nosotros hacemos que sea siempre para la gloria del Señor. No busquemos nuestra gloria sino la gloria del Señor. Y eso en todos los ámbitos y aspectos de la vida. Ni vanidades ni hipocresías en lo que hacemos sino siempre busquemos desarrollando nuestras capacidades y valores desde la humildad la gloria del Señor


martes, 16 de junio de 2015

Si soy solo amigo de mis amigos no hago nada especial y vivir el Reino me pide otro sentido de amor

2Corintios, 8,1-9; Sal 145; Mateo 5,43-48
Hay quien se define en su perfil como amigo de sus amigos. Hoy parece normal que lo digamos así porque de alguna manera estamos expresando cómo nos movemos habitualmente en el circulo de aquellas personas afines, más cercanas a nosotros que conocemos de siempre y a los que consideramos amigos; y si una persona se comporta conmigo como un amigo, pues yo seré también amigo y así me comportaré; soy amigo de mis amigos. Pero, ¿sería suficiente eso? ¿qué estamos haciendo de especial?
Responder a esta pregunta es lo que nos plantea Jesús en el evangelio. No hacemos nada especial si nos comportamos como amigo con aquellos que así se comportan con nosotros. Pero ¿seríamos capaces de romper ese círculo para comenzar a amar como amigo también al que no se comporta como amigo con nosotros? Es lo que nos está planteando Jesús cuando nos invita a pertenecer al Reino de Dios.
La pertenencia al Reino de Dios no se queda en un plano tan espiritual que lo elevemos por encima de lo que es nuestra vida ordinaria y no seamos capaces de integrar en su vivencia todo lo que son nuestras relaciones con los demás. Cuando decimos que entramos en la órbita del Reino de Dios o queremos entrar en ella significa que entonces tenemos que comenzar a mirar a los demás con la misma mirada de Dios. Y Dios no quiere excluir a nada de su amor, a nadie podemos excluir nosotros de nuestro amor porque esa es la señal de nuestra pertenencia al Reino.
Entramos en una órbita de amor donde todos hemos de amarnos como todos nos sentimos amados de Dios y al sentirnos todos hijos de Dios hemos de sentirnos hermanos entre nosotros. No es solo, pues, amar al que me ama; no es solo amar a quien me cae bien; no es solo amar a los que me hacen bien o son mis amigos; es amar a todos, y en ese todo entran también los que no me son simpáticos e incluso los que me hayan podido hacer mal. Aquí está lo distinto, lo que no hacen todos, lo que tendrá que diferenciarnos a nosotros los que nos decimos seguidores de Jesús y pertenecientes al Reino.
‘Si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y si saludáis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles?’, nos está diciendo Jesús. Por eso antes nos ha dicho que tenemos que amar también a los que se consideren nuestros enemigos y más aun rezar por ellos.
Cuando seamos capaces de rezar por aquel que nos haya hecho mal, o simplemente por aquel que no es mi amigo o no me cae bien, estás comenzando a amarlo. Y es que Dios pone su gracia en nuestro corazón y siendo capaces de superar esa repulsión natural que podamos sentir, ya estaremos poniéndolos en el lado bueno de nuestro corazón.
Es difícil, es cierto, pero si llegamos a comenzar a hacerlo, comenzaremos a sentir una nueva paz en nuestro corazón porque estaremos alejando de nosotros todo tipo de maldad, de deseos de venganza, de sentimientos de repulsa o de odio. Y qué bueno es sentir esa paz en nuestro corazón. Porque cuando deseamos el mal a alguien o no somos capaces de perdonar a quien nos estamos haciendo daño es a nosotros mismos, porque no podremos sentir paz en el corazón mientras tengamos esos malos sentimientos en nosotros.
Además Jesús nos dice: ‘Por tanto, sed perfectos, compasivos, como vuestro Padre celestial es perfecto, compasivo’. Ahí tenemos la gran razón y motivo además de la gracia que nos acompañará.

lunes, 15 de junio de 2015

Creemos en verdad un mundo más humano siendo capaces de ser comprensivos los unos con los otros y capaces de perdonarnos

Creemos en verdad un mundo más humano siendo capaces de ser comprensivos los unos con los otros y capaces de perdonarnos

2Corintios 6, 1-10; Sal 97; Mateo 5, 38-42
‘Yo, en cambio, os digo: No hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra’. Contrapone Jesús esta sentencia al dicho comúnmente aceptado por todos de ‘Ojo por ojo, diente por diente’, que hemos de reconocer que sigue siendo aun hoy norma de actuar de muchos.
Quizá esa expresión del ‘ojo por ojo y diente por diente’ habían nacido como un querer poner un cierto límite a los deseos de venganza que surgen en el corazón cuando se nos hace daño. Se limitaba para que nadie se excediera en que la venganza no podía sobrepasar el límite de la injuria recibida. Pero Jesús nos cambia los esquemas.
‘No hagáis frente al que os agravia’, no entres en la espiral de la violencia, sino más bien crea el circulo del amor. La violencia engendra fácilmente violencia; lo comprobamos todos los días en nuestras relaciones, en lo que vemos a nuestro alrededor y hasta en lo que guía las relaciones a más alto nivel, dígase de unos grupos contra otros o de unas naciones contra otras. Pensamos que con la violencia vamos a resolver las cosas, sin darnos cuenta de que quien sufre violencia, aunque nosotros digamos que es por un castigo merecido, va a hacer surgir en el corazón de quien la sufre resentimientos, rencores, odios, deseos de revancha y provocará más violencia interior y que también se va a manifestar en las cosas que hagamos.
Es el estilo nuevo de los que escuchamos a Jesús y queremos vivir en los parámetros del Reino de Dios. Qué terrible es cuando el odio se mete en el corazón y no sabemos apagar ese fuego tormentoso. ‘Dichosos los que trabajan por la paz’, nos diría Jesús en las bienaventuranzas; dichosos nosotros si somos capaces de ir sembrando semillas de paz verdadera en el corazón de los hombres, porque siempre estamos dispuestos al perdón, a la misericordia, a la compasión.
Cuanto nos cuesta comprender esto y, sobre todo, cuanto nos cuesta vivirlo. Quizá en una reflexión serena lo podemos ver claro, pero cuando llega a nosotros la violencia, cuando nos sentimos heridos u ofendidos cuánto nos cuesta hacer brotar de nuestro corazón el perdón y no perder la paz en nuestro interior.
Decíamos antes que ‘el ojo por ojo y el diente por diente’ sigue siendo norma de conducta hoy para muchos. Les cuesta comprender y aceptar con humildad ese don del perdón y de la misericordia. Quizá hasta hablamos de hacer hoy un mundo mejor, y hablamos de respeto y de libertades y de no sé cuantas cosas más, pero cuando llegamos a este punto de perdonar cuando somos injuriados, por ahí ya no pasamos y se nos viene abajo todo lo otro que habíamos dicho de esas relaciones humanas entre todos. Ya escuchamos muchas veces casi como chance o como burla el que nos repitan esas palabras de Jesús de poner la otra mejilla. Nos quedamos en la anécdota, por así decirlo, pero no somos capaces de entrar en la orbita del perdón.
Creemos en verdad un mundo más humano, y sabiendo como sabemos que todos somos débiles y cometemos errores tengamos como un valor importante el que seamos capaces de ser comprensivos los unos con los otros y capaces de perdonarnos. 

domingo, 14 de junio de 2015

Plantemos cada día esa buena semilla que transforme nuestro corazón inicio del Reino de Dios en nosotros y nuestro mundo

Plantemos cada día esa buena semilla que transforme nuestro corazón inicio del Reino de Dios en nosotros y nuestro mundo

Ezequiel 17, 22-24; Sal 91; 2Corintios 5, 6-10; Marcos 4, 26-34
Nos habla la Palabra de Dios de este domingo de un retoño, de un cogollo tierno de un cedro que se plantará en una montaña alta para que eche brotes y frutos y se haga un cedro noble donde aniden toda clase de aves; y nos habla por su parte el evangelio de la semilla echada a la tierra y que germinará y brotará hasta dar fruto o hasta convertirse en arbusto grande capaz de cobijar bajo sus ramos también a los pajarillos del cielo.
En uno y en otro caso algo pequeño e insignificante como un tierno cogollo o una pequeña semilla capaz de hacer que broten cosas grandes. ¿Dónde está su fuerza y su vitalidad? El agricultor ha puesto su esfuerzo y su trabajo pero ahora espera la cosecha; no ha sido una espera pasiva, puesto que él ha puesto su esfuerzo, pero ahora no dependerá simplemente de él conseguir el fruto que viene dado por algo que no comprende y que le trasciende.
Claro que Jesús y toda la Palabra de Dios que hemos escuchado nos está hablando de la fuerza del Espíritu del Señor que hará germinar en los corazones de los hombres esa buena semilla que ha sido plantada en nosotros cuando nos dejamos conducir. Nos está hablando de las maravillas del Señor que se manifiestan en lo pequeño y en lo que nos pueda parecer insignificante porque no es la fuerza de las cosas o las personas en sí mismas, sino que tenemos que saber descubrir la fuerza de la gracia del Señor que actúa en nosotros. Como cantaba María la que se llamaba a si misma la humilde esclava el Señor había hecho en ella cosas grandes.
Mucho nos enseñan estas parábolas que hoy escuchamos y muchas aplicaciones prácticas podemos sacar para nuestra vida de cada día en sus muchos aspectos. Y a todo esto nos está diciendo Jesús que el Reino de Dios es así, es semejante a lo que nos dice con estas parábolas. Ese Reino de Dios que ha de transformar nuestro mundo, presente ya entre nosotros aunque algunas veces no lo veamos, pero que va realizando su acción allá en lo más hondo del corazón del hombre, cuando dejamos actuar al Espíritu del Señor. Hablaba la parábola de la semilla que se entierra y que nadie ve como germina, y que hasta puede parecer un misterio todo lo que le sucede, pero de la que ha de brotar esa planta nueva que al final dará su fruto.
Creo que nos viene bien reflexionar sobre todo esto, y ya decía para los diversos aspectos de la vida. Todos queremos hacer que nuestro mundo sea mejor; todos queremos luchar por la justicia, por el bien de nuestra sociedad y muchas veces sentimos en nuestro interior la urgencia de que las cosas sucedan ya, se realice esa sociedad nueva y ese mundo nuevo, nos queremos sentir revolucionarios para obtenerlo. Esto en el ámbito de nuestra sociedad, y esto pensamos también como creyentes en el mismo seno de la Iglesia como cristianos.
Sentimos la tentación de hacernos revolucionarios, dar un golpe revolucionario de timón donde todo cambie de la noche a la mañana, algunas veces hasta parece que quisiéramos imponerlo. Pero, ¿cuáles serían los caminos de esa transformación? No será por el camino de la imposición. Ese camino aunque quizá nos pudiera parecer que es el más rápido y urgente para realizar las cosas seguro que nos llevaría al fracaso. No es imponiendo, sino transformando desde dentro, desde el corazón donde podemos hacer la verdadera transformación, el verdadero cambio para mejorar.
No porque impongamos las cosas por ley vamos a lograr cambiar a la fuerza las cosas. Lo vemos en el ámbito de la sociedad, cuantos nuevos mesías políticos van surgiendo continuamente pero que al final no llevan a nada, y al final ellos mismos son engullidos por la misma rutina de la sociedad. Esto nos llevaría a más amplias reflexiones sobre lo que sucede hoy en nuestra sociedad.
Y nos sucede en el ámbito de la Iglesia; quisiéramos en ocasiones arrasar con tantas cosas que nos parecen superfluas, superficiales, sin sentido, cargadas de rutina, de una religiosidad muy pobre. Pero, ¿por qué no tratamos de alimentar esa pequeñita llama, ese rescoldo que aún queda, esa pequeña ramita de algo bueno que todavía hay en muchos corazones y hacer que la acción de la gracia, de la fuerza del Espíritu vaya actuando en el interior de cada corazón? Como el retoño plantado de Ezequiel o la pequeña semilla de las parábolas.
Sí, todos los cristianos tenemos que vivir y anunciar el evangelio con toda radicalidad, pero no olvidemos que es el Espíritu del Señor el que actúa en nuestro interior. Algunas veces quizás nos hacemos oídos sordos a esa acción del Espíritu y por eso no se llega a realizar esa transformación que el Reino de Dios haría en nosotros y en nuestra sociedad. Seamos dóciles y no dejemos de vivir y de anunciar ese Reino que ha de transformar nuestros corazones. Vayamos plantando esa semilla de cada día. Los que seguís mi blogs veis que ese es el título que le doy, porque humildemente quiero poner cada día esa semilla. El Señor en su providencia algún día la hará fructificar.

sábado, 13 de junio de 2015

Aprendamos de la espiritualidad de María a rumiar las cosas en el corazón para descubrir y aceptar los designios de Dios

Aprendamos de la espiritualidad de María a rumiar las cosas en el corazón para descubrir y aceptar los designios de Dios

Génesis 27, 1-5. 15-29; Sal 134; Lucas 2,41-51
‘María, su madre, conservaba todo esto en su corazón’. Nos lo repite el evangelio. Cómo tenemos que aprender de María a guardar en el corazón, a mirar con el corazón, a pasarlo todo por el filtro del amor, a tener la mirada de Dios.
Es lo que hacía María. Es lo que haciéndose pequeña la hacía grande. Cuando el ángel se le manifiesta en Nazaret ante su saludo se quedó María rumiando en su corazón aquellas palabras del ángel. Y el ángel le decía que estaba llena de Dios, que la gracia de Dios la inundaba. Es que María rumiaba en su interior cuanto le sucedía para descubrir la acción de Dios en su vida. Llegará a reconocer que el Señor ha hecho obras grandes en ella y por eso bendice y alaba al Señor con toda su alma, con todo su ser.
¿Por qué María podía llegar a decir que era la esclava del Señor y que estaba dispuesta, su corazón y su vida estaban abiertos para que Dios realizara en ella lo que era su voluntad? Porque María era una mujer abierta a Dios. En silencio, rumiando en su interior, meditando, reflexionando, orando, queriendo escuchar a Dios, buscando siempre su voluntad, alabando y bendiciendo a Dios María crecía en su interior; era la mujer llena del Espíritu divino de tal manera que de ella había de nacer el Hijo del Altísimo, el Hijo de Dios. Es la espiritualidad en que nos enseña a crecer María.
Miramos y celebramos hoy ese Corazón de María - celebramos hoy la fiesta del Corazón de María -, aprendiendo de él, queriendo parecernos a María, queriendo copiar en nosotros esa actitud de su corazón, aprendiendo como María a guardar en nuestro corazón para así aprender a descubrir siempre y en todo lo que es la voluntad del Señor.
Algunas veces los caminos pudiera parecernos que se nos vuelven turbios y nos cuesta entender lo que nos sucede y por qué nos sucede. Rumiemos como María en nuestro interior cuanto nos sucede abriéndonos a Dios para descubrir sus designios y aunque nos cueste decirlo que también nos pongamos en las manos de Dios, que también nos sintamos esos humildes siervos del Señor dispuestos a aceptar y hacer lo que el Señor nos pide; que lleguemos a descubrir lo que es la voluntad del Señor y así lo asumamos en nuestra vida, que se cumpla en nosotros lo que es la voluntad de Dios, aunque nos llegue a sangrar el corazón.
Y finalmente un deseo, quisiera estar en el corazón de María; como ella guardaba todo en su corazón, que nos guarde a nosotros, que nos deje introducirnos en su corazón porque así siempre nos sentiremos protegidos en su corazón de madre, así siempre podremos sentir mejor lo que ese corazón de madre querrá decirnos, y es que siempre busquemos a Jesús y hagamos cuánto El nos diga.

viernes, 12 de junio de 2015

Decimos corazón y mirando el Corazón de Cristo pensamos en ternura y amor y encontramos fuerza para transformar nuestro mundo por el amor

Decimos corazón y mirando el Corazón de Cristo pensamos en ternura y amor y encontramos fuerza para transformar nuestro mundo por el amor

Oseas 11, 1b. 3-4. 8c-9; Sal: Is 12; Efesios 3, 8-12. 14-19; Juan 19, 31-37
Decimos corazón y pensamos en ternura y amor; decimos corazón y pensamos en los mejores sentimientos que llevamos dentro; decimos corazón y pensamos en amistad, en generosidad, en horizontes que se abren a lo nuevo y a lo bello; decimos corazón y pensamos en compasión y en misericordia; decimos corazón y pensamos y deseamos tener nosotros y encontrarnos en el camino de la vida con corazones sencillos y humildes que nos acojan y nos llenen de su ternura; decimos corazón y no queremos que en él se metan las malas ideas ni los malos deseos, aunque sabemos que a eso también nos sentimos tentados. Pero pensemos en lo bueno y en lo hermoso que el corazón nos sugiere.
Iniciamos nuestra reflexión con estos pensamientos porque hoy queremos mirar al corazón más hermoso y del que manan para nosotros toda clase de bienes. Hoy celebramos a Cristo Jesús queriendo mirar y contemplar su corazón del que se derrama su amor como un rió impetuoso que todo lo inunda y lo transforma llenándolo de nueva vida.
Venid y aprended de mi que soy manso y humilde de corazón, nos dice en una ocasión; pero es que contemplando a Cristo estaremos contemplando para siempre su amor, la ternura de Dios para con nosotros que se hace misericordia y se hace compasión, que nos regala con su amor dándonos su perdón por tantas veces que vivimos encerrados en nosotros mismos y en nuestro egoísmo y desamor.
Hoy tendríamos que ir de nuevo repasando la vida de Cristo para no solo escuchar sus palabras que tanto necesitamos oírlas, sino para ir contemplando su cercanía a los pobres y los humildes, a los enfermos y a los que sufren, a los pecadores o a los que eran marginados en aquella sociedad, a los niños y a los pequeños, a los que tenían un corazón inquieto para alentarle a cosas grandes, como a los que dudaban para hacerles comprender el camino de la verdad, también a los que lo rechazaban y tramaban contra él a los que siempre llamaría amigos mirándoles al corazón y esperando la mirada de respuesta de amor y de generosidad.
Pero no queremos mirar Cristo desde fuera, como si fuéramos meros espectadores de su hacer y su actuar, sino que queremos meternos en su corazón para dejarnos inundar por sus sentimientos y por su amor; que su Espíritu inunde también nuestro corazón para llenarnos de su paz, para encontrar la verdad de nuestra vida, para alcanzar esa alta sabiduría de su corazón, que es la sabiduría del amor.
Cuando contemplamos toda la maravilla que podemos encontrar nuestro corazón lleno de amor decíamos también que nos podemos sentir tentados y dejar que en él se nos metan los malos sentimientos que nos dañen y puedan dañar también a los demás. Por eso hoy queremos que sea el Espíritu del Señor el que nos transforme por dentro para hacer nuestro corazón semejante al de Cristo; que El nos llene de su fuerza y de su vida para que siempre Cristo sea el centro de nuestro corazón, pero también para hacer nuestro corazón tan grande porque así lo expanda el amor para que en él quepan todos nuestros hermanos.
Que siempre haya un lugar en nuestro corazón para el pobre y el que sufre; que siempre el que está triste pueda encontrar consuelo, alegría y paz en nuestro corazón; que los que andan desesperanzados por la vida y sin ilusión puedan encontrar en el testimonio de nuestra vida llena de amor razones para la esperanza y anhelos de superación; que tengamos un corazón fuerte para que no nos desalentemos por los contratiempos o las tristezas y negruras que nos puedan ir apareciendo en la vida y siempre nos empeñemos en encontrar caminos de luz, en descubrir lo bueno que hay en los demás y en tantas razones que podemos encontrar para despertar nuestra esperanza y la de los demás.
¿Cómo podremos realizarlo? Asemejando nuestro corazón al de Cristo; meciéndonos en El y dejando que El se meta en nosotros y nos transforme llenándonos de nueva vida. 

jueves, 11 de junio de 2015

Profetas y misioneros en comunidades proféticas y misioneras

Profetas y misioneros en comunidades proféticas y misioneras

Hechos,  11, 21-26; 13 1-3; Sal 97; Mateo 10,7-13
La comunidad de Antioquia era una comunidad abierta al evangelio pero con un espíritu misionero para llevar el anuncio de la Buena Nueva a los demás. Aquel primer pequeño grupo de creyentes en Jesús, que precisamente en esa comunidad comenzaron a llamarse cristianos, abrió sus puertas para que se incorporaran al camino del evangelio no solo los judíos sino también los que provenían del mundo pagano.
Allá envían desde la comunidad de Jerusalén a Bernabé - cuya fiesta hoy celebramos - que al ver ‘cómo Dios los había bendecido, se alegró mucho, animó a todos a que con corazón firme siguieran fieles al Señor… Y así mucha gente se unió al Señor’. Pero no se quedó ahí la misión de Bernabé sino que va en busca de Saulo hasta Tarso para traerlo e incorporarlo a la tarea de la evangelización.
Los primeros momentos de la predicación de Saulo después de su conversión estuvieron llenos de peligros dado su ardor, y los discípulos le recomendaron que se fuera a su ciudad de Tarso; es por lo que lo encontramos allí. Pero ahí está la visión profética de Bernabé para saber contar también con Saulo en la tarea del anuncio del Evangelio.
Pero hoy escuchamos al final del texto cómo, inspirados y con la fuerza del Espíritu, aquella comunidad se desprenderá de la presencia de Bernabé y Saulo para enviarlos a la misión del anuncio del Evangelio por otros lugares. Será el inicio del primer viaje apostólico de Saulo, que pronto comenzará a llamarse Pablo, y luego de otros muchos, siempre partiendo de aquella comunidad llevando el evangelio por toda el Asia Menor y saltando al continente europeo en Macedonia, Tesalónica y Grecia.
Es ese ardor profético y misionero de aquella comunidad y de aquellos apóstoles lo tenemos que resaltar y que tendría que ser buen ejemplo y estimulo para nuestras comunidades hoy. ¿Serán así nuestras comunidades cristianas? ¿Hay en nosotros ese empuje misionero para llevar el anuncio de Jesús y su evangelio a los demás? Hoy hemos escuchado en el evangelio el mandato de Jesús de ir por el mundo anunciando su evangelio.
Los cristianos muchas veces vivimos como adormecidos en nuestra fe y se nos enfría ese empuje apostólico. Tenemos el peligro de llenarnos de rutina haciendo siempre las mismas cosas y viviendo encerrados en nuestro círculo. Pero quien ha recibido el anuncio del Evangelio esa alegría de la fe no se la puede guardar solo para sí; tiene que contagiarla, trasmitirla, comunicarla. El mundo en que vivimos necesita de ese anuncio del evangelio que lo llene de esperanza.
De la misma manera que aquella comunidad de Antioquia supo sintonizar con el Espíritu y se dejó conducir, así necesitamos hacerlo hoy en el momento que vivimos. Escuchemos al Espíritu que mueve nuestros corazones. No nos hagamos sordos ni insensibles a sus mociones y a su llamada.


miércoles, 10 de junio de 2015

Busquemos el amor que le dará plenitud a todos los mandatos del Señor y nos los hace vivir en fidelidad

2Corintios 3, 4-11; Sal 98; Mateo 5, 17-19

¿Significan estas palabras de Jesús que tenemos que ser meros cumplidores a la letra de los mandamientos? ¿Nos vamos a quedar en un cumplimiento frío y literal de los mandamientos o tendrán otro sentido las palabras de Jesús? Fijémonos bien en sus palabras que lo que quiere es que le demos hondo sentido a nuestra vida y a todo lo que hacemos. No ha venido, es cierto, a abolir la ley del Señor, sino como nos dice, a darle plenitud, a que le demos profundidad y sentido a nuestra vida.

Ya denunciaba Jesús la actitud de los fariseos que se convertían en unos meros y hasta fanáticos cumplidores de la letra de la ley, un cumplimiento muy lleno de apariencias y vanidades porque muchas veces hacían las cosas solo para que los viesen; y es eso lo que no quiere Jesús para nosotros; como tampoco quiere que nos quedemos en apariencias, sino que realicemos las cosas desde lo más hondo de nosotros mismos para que busquemos por encima de todo siempre la gloria del Señor. Los mandamientos del Señor son como ese cauce por el que hemos de circular en la vida para saber que obramos en rectitud y en la buena dirección, para que en todo lo que hagamos busquemos siempre, no nuestra gloria y vanidad sino la gloria del Señor. 

Por eso nos dice que hasta lo que nos parece menos importante, tiene su importancia porque nos estará dando la medida de nuestra fidelidad. Y el que es fiel en lo pequeño será capaz de ser fiel en lo grande, en lo que es verdaderamente importante. Bien sabemos lo que nos suele suceder que cuando comenzamos a dejamos de lado algunas cosas porque nos parecen que no tienen importancia, fácilmente vamos cayendo por la pendiente de la superficialidad, de las banalidades pero que se pueden convertir pronto en nuestra vida en un pozo hondo y lleno de negrura siendo infieles en cosas de mayor calado, por decirlo de alguna manera. De ahí esa necesaria fidelidad en las cosas pequeñas como hoy nos está diciendo Jesús.

Pero no es cumplir por cumplir, sino encontrarle el verdadero sentido y motivación a todo aquello que vamos haciendo. Y la motivación grande que Jesús nos va a dar en el Evangelio es el amor. La consideración de lo que es el amor grande que Dios nos tiene y la respuesta de amor que en consecuencia nosotros hemos de dar. Ese es el camino que nos lleva a la plenitud. Por eso Jesús terminará diciéndonos en el evangelio que nos deja un solo mandamiento, el del amor. 

Busquemos el amor que le dará plenitud a todos los mandatos del Señor y nos los hace vivir en fidelidad

martes, 9 de junio de 2015

No podemos ser una sal sosa sino una sal que dé en verdad el sabor de Cristo a nuestra sociedad

No podemos ser una sal sosa sino una sal que dé en verdad el sabor de Cristo a nuestra sociedad

2Corintios 1, 18-22; Salmo 118; Mateo 5, 13-16
‘Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente’. Me pregunto, y lo hago primero que nada pensando en mi mismo, ¿nos habremos convertido los cristianos en una sal sosa? Una sal sosa no tiene sentido. Porque es sal o no es sal. Por eso nos dice que si no sirve para su función será tirada y pisoteada.
Mirando el mundo que nos rodea tenemos que ver si en verdad nosotros los cristianos estamos siendo esa sal que dé sentido a nuestro mundo. ¿Dónde está el sentido y el sabor cristiano en nuestra sociedad? No es simplemente que sigamos conservando unos templos grandes en medio de nuestros pueblos y ciudades y que aun nos dejen conservar algún signo religioso en lugares públicos, que ya sabemos que hay quien quiere hacerlos desaparecer, sino que en verdad los signos de Cristo que tiene que haber en nuestro mundo somos nosotros, los cristianos. No tienen que ser solamente unas manifestaciones religiosas populares en unas fiestas, romerías o procesiones lo que tenemos que hacer, porque tenemos el peligro de que se vayan descafeinando y perdiendo su sentido porque solo se pueden quedar en una manifestación folclórica o que recuerde cosas del pasado que ya pueden considerar muchos obsoletas.
Es mucho más lo que tenemos que hacer para que podamos decir con sentido que somos sal en medio de nuestro mundo, como nos pide Jesús. ¿De qué manera influimos en nuestra sociedad? ¿de qué manera estaremos contribuyendo a la construcción de una sociedad mejor si quizá muchas veces ocultamos nuestra condición de cristianos. ¿Serán nuestros valores los que impregnen nuestra sociedad?
Es ahí en ese mundo donde tenemos que manifestarnos sin ningún temor ni cobardía, sino con mucha valentía. Impregnados nosotros profundamente de los valores del evangelio tenemos que contagiar a nuestro mundo. Hemos de saber manifestar públicamente lo que son nuestros valores, lo que son los principios del evangelio que animan nuestra vida; hemos de saber entrar en diálogo con nuestro mundo, pero sin ocultar aquello en lo que nosotros creemos, es más, no solo tenemos que decir aquello, sino decir Aquel en quien creemos, Jesús que es nuestro salvador y que estamos convencidos que es la única salvación para nuestro mundo.
Que en verdad vayamos impregnando del sabor de Cristo a nuestra sociedad, porque nosotros lo vivamos, porque sea lo que dé sentido a nuestras familias, porque sepamos trasmitirlo a los que nos rodean, porque nos manifestemos en todo momento como unos signos y unos testigos de Cristo. No podemos ser una sal sosa sino una sal que dé en verdad el sabor de Cristo a nuestra sociedad.

lunes, 8 de junio de 2015

El nuevo camino de la felicidad que nos traza Jesús en el evangelio, las bienaventuranzas

El nuevo camino de la felicidad que nos traza Jesús en el evangelio, las bienaventuranzas

2Corintios 1, 1-7; Sal 33; Mateo 5,1-12
Es algo connatural al ser humano la búsqueda de la felicidad. Todos queremos ser felices, buscamos la felicidad, utilizamos todos los medios que estén a nuestro alcance con el fin de conseguirla; algunas veces nos sentimos tentados a pensar que desde los medios materiales que tengamos es cómo de la forma más rápida podamos conseguirla. Desde ahí tantas sentencias desde un sentir popular que utilizamos muchas veces engañándonos a nosotros mismos.
Queremos ser felices y queremos vivir en paz con todo el mundo, de la manera que sea; queremos ser felices y trabajamos y trabajamos por tener más cosas pensando que en eso está la felicidad; queremos ser felices y queremos alejar de nosotros todo tipo de sufrimiento y cuando nos aparece en la vida nos llenamos de amargura; queremos ser felices y muchas veces pensamos solo en nosotros mismos queriendo olvidarnos de los demás, pero queriendo poner aparte a aquellos que pudieran ocasionarnos problemas o dificultades; queremos ser felices y no asumimos nuestras limitaciones de todo tipo porque realmente no somos perfectos y siempre hay en nosotros muchos tipos de debilidades.
Hoy escuchamos a Jesús en el evangelio que llama dichosos, bienaventurados, felices, pero ¿a quienes? ¿a los que basan su felicidad en lo que hemos venido mencionando hasta aquí?
Las palabras de Jesús nos desbordan y nos descolocan, como se suele decir. Porque habla de pobres, de los que lloran, de los que sufren, de los que son perseguidos, de los que se olvidan de si mismos, y a esos les dice que son bienaventurados, felices, dichosos. Jesús quiere hacernos descubrir un sentido nuevo.  Y nos dice que en nuestra pobreza o en nuestros llantos podemos ser felices; nos dice que en esa inquietud que pueda haber en nuestro corazón por deseo de cosas mejores para todos aunque eso nos haga luchar y pasarlo mal en ocasiones, ahí seremos en verdad felices. Jesús nos dice que cuando nos olvidamos de nosotros mismos y de lo que son nuestros sufrimientos para romper ese círculo que nos encierra en nosotros mismos es cuando nos ponemos de verdad en un camino de felicidad.
Tenemos que rumiar con mucha calma y con mucha paz las palabras de Jesús  para encontrar su sentido. Quizá eso nos haga nadar a contracorriente de lo que son los caminos de muchos a nuestro alrededor y no nos van a entender, pero nosotros si comprenderemos lo que en verdad puede dar plenitud a nuestra vida. Es amando, olvidándonos de nosotros mismos para buscar el bien y la justicia para los demás, es arrancando de nosotros toda malicia para tener siempre un corazón bueno es como caminamos hacia la felicidad verdadera.
Y dirán mal de nosotros, tratarán de dañarnos o hacernos sufrir, de insultarnos o desprestigiarnos, de querer quitarnos incluso de en medio, pero nosotros queremos ser fieles a un camino, el camino del Reino de Dios que Jesús ha venido a instaurar primero que nada en nuestros corazones y que será del que contagiaremos luego a nuestro mundo. En el Señor encontramos aliento y consuelo, como nos decía san Pablo, con el que nosotros vamos a consolar y alentar a los demás. Estamos llenos de esperanza en el Señor y es la esperanza con la que queremos contagiar a nuestro mundo.
Y ¿no nos sentiremos felices de verdad si vemos una nueva ilusión y esperanza en el mundo que nos rodea y que está tan lleno de sufrimientos? La felicidad en Jesús encuentra un nuevo y más profundo sentido.