Tito 2, 1-8.11-14
Sal. 36
Lc. 17, 7-10
‘Ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres’. Un texto que hace referencia a la venida de Cristo al mundo, Dios que se ha hecho hombre, trayéndonos la gracia y la salvación. Precisamente es un texto que se lee en la Misa del Nacimiento del Señor.
Su venida es para nuestra salvación. En El nos sentimos salvados y llenos de gracia. Cuando nosotros estábamos en el pecado, El nos trae la gracia y el perdón. Cuando nosotros andábamos en tinieblas, El viene a traernos la luz. Es gracia. Porque es el regalo grande que nos hace el Señor en su amor infinito por nosotros. Pero pide de nosotros una respuesta.
Supongamos que alguien porque yerra en el camino, se pierde y se ve arrastrado hacia un abismo del que no puede salir por sí mismo. Se organizará un rescate utilizando todos los medios posibles para lograr sacarlo de aquel abismo y aquel peligro en el que estaba que podía llevarlo a la muerte. El que ha sido salvado, el que ha sido rescatado, seguramente no querrá volver por aquel camino que le puede poner en peligro de nuevo su vida, se andará con cuidado, estudiará bien las rutas que ha de seguir, será más previsor, e incluso, si fuera necesario, buscará alguien que le enseñe el buen camino para no ponerse en peligro de nuevo.
Así tendríamos que ser nosotros los cristianos. Hemos sido rescatados y no de cualquier manera porque ha sido al precio de la sangre de Jesucristo. Somos conscientes, o deberíamos serlo, de que el Señor nos ha liberado, nos ha arrancado de la muerte y quiere ponernos en camino de vida. Lo normal sería que de ahora en adelante no volviéramos a las andadas; que ahora buscáramos la manera de andar por el buen camino. Es la respuesta que nos está pidiendo el Señor.
'Ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación a todos los hombres...’ Renunciemos al camino malo, renunciemos al pecado, vivamos en la vida nueva de la gracia. Como nos dice hoy san Pablo ‘enseñándonos a renunciar a la vida sin religión y a los deseos mundanos, y a llevar ya desde ahora una vida sobria, honrada y religiosa, aguardando la dicha que esperamos: la aparición gloriosa de nuestro Señor Jesucristo’.
Porque hemos sido salvados, lejos de nosotros las obras de las tinieblas, vivamos la obras de la luz. ‘Una vida sobria, honrada, religiosa’, que nos dice el Apóstol. La rectitud que tiene que brillar en nuestra vida. Nuestra unión agradecida y gozosa con el Señor. Nuestra vida de humildad y de amor. Hay una alegría nueva en nuestra vida: la de la salvación que recibimos -¡cuánto tendríamos que agradecerlo una y otra vez! – y la esperanza del encuentro definitivo con el Señor. ‘La dicha que esperamos: la aparición gloriosa de nuestro Señor Jesucristo’. Como termina diciendo el texto de hoy: ‘El se entregó por nosotros para rescatarnos de toda impiedad y para prepararse un pueblo purificado, dedicado a las buenas obras’. Somos ese pueblo purificado. Somos el pueblo del amor, ‘las buenas obras’ que nos dice el apóstol. Vivamos en ese camino de santidad que nos ofrece el Señor.
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martes, 11 de noviembre de 2008
Llevar desde ahora una vida sobria, honrada y religiosa
lunes, 10 de noviembre de 2008
Auméntanos la fe para descubrir la grandeza del perdón
Tito, 1, 1-9
Sal. 23
Lc. 17, 1-4
Habla en primer lugar hoy Jesús en el Evangelio de la gravedad del escándalo. ‘Es inevitable que sucedan escándalos, pero ¡ay del que los provoca!’ Escándalo, hacer o decir algo malo que puede inducir al otro a hacer el mal, al pecado. ‘Tened cuidado’, nos dice Jesús. Siempre tenemos que llevar a los otros a lo bueno, nunca a lo malo.
Pero luego Jesús sigue hablándonos del perdón y de la fe. Claro que alguno podría preguntarse, ¿Qué relación tiene la fe con el perdón?
Jesús habla de perdonar una y otra vez al hermano que nos ha ofendido. ‘Si tu hermano te ofende siete veces en un día, y siete veces vuelve a decirte: lo siento, lo perdonarás’, viene a concluir el Señor. Nos recuerda otro pasaje del evangelio, cuando Pedro le pregunta a Jesús si hay que perdonar hasta siete veces. Y ya recordamos la respuesta de Jesús, ‘hasta setenta veces siete’, para indicarnos que tenemos que perdonar siempre.
Pues bien, es en ese momento cuando los apóstoles, después de escuchar a Jesús, le piden: ‘Auméntanos la fe’. Creo que bien podemos ver la relación si reflexionamos un poquito.
Aunque nos parezca lo contrario – porque es desgraciadamente lo que más comúnmente se realiza en nuestro mundo de violencias – podemos decir que la persona es más persona cuando ha sido capaz de perdonar.
Para perdonar hay que tener valentía y coraje en el corazón. El que es capaz de perdonar está manifestando la nobleza e hidalguía de su ser, la madurez de su personalidad, y su mayor grandeza de alma.
El hombre es más hombre, me atrevo a decir, cuando es capaz de perdonar. El hombre está alcanzando la cota más alta de su nobleza en su vida cuando es capaz de perdonar. La persona se está pareciendo más a Dios – a cuya imagen y semejanza ha sido creado – cuando es capaz de perdonar.
Guardar rencor, dejarse arrastrar por la venganza, responder con violencia ya sea física o moral al que te ha ofendido, manifiesta los instintos más primarios y menos racionales del ser humano, e indica la inmadurez de su corazón que así se ve afectado por lo que le puedan hacer los otros. No seré más grande o más noble por la venganza, ni por guardar rencor. No indica mayor fortaleza o valentía el responder con violencia al que te ofende. No es la forma de ganar la batalla emprender otra en la que vas a quedar más herido en el corazón.
Ya sé que esos son los primeros impulsos que podemos sentir en nuestro interior y que es necesario una fortaleza grande para no dejarse arrastrar por ellos. Pero en ese dominio de la situación que pasa por un dominio de ti mismo es donde vas a presentar el lado más noble de tu vida.
Con el perdón nos parecemos a Dios. ¿Por qué no recordamos a Jesús cuando está siendo crucificado y con su poder divino podía desbaratar todos los planes homicidas que contra El se planeaban? ‘Padre, perdónales porque no saben lo que hacen’. Perdona y disculpa. Tan grande es su amor.
Seremos capaces de practicar la valentía del perdón sólo con la fuerza de la gracia de Dios que nos engrandece. Porque la fe no nos anula, sino todo lo contrario. La fe nos hará descubrir , como si una nueva luz iluminara nuestra vida, donde está la verdadera grandeza de la persona.
‘Auméntanos la fe’, aunque sólo fuera como un granito de mostaza, para que no nos falte nunca en nuestra vida y nos ayude a descubrir la grandeza y maravilla del perdón.
Sal. 23
Lc. 17, 1-4
Habla en primer lugar hoy Jesús en el Evangelio de la gravedad del escándalo. ‘Es inevitable que sucedan escándalos, pero ¡ay del que los provoca!’ Escándalo, hacer o decir algo malo que puede inducir al otro a hacer el mal, al pecado. ‘Tened cuidado’, nos dice Jesús. Siempre tenemos que llevar a los otros a lo bueno, nunca a lo malo.
Pero luego Jesús sigue hablándonos del perdón y de la fe. Claro que alguno podría preguntarse, ¿Qué relación tiene la fe con el perdón?
Jesús habla de perdonar una y otra vez al hermano que nos ha ofendido. ‘Si tu hermano te ofende siete veces en un día, y siete veces vuelve a decirte: lo siento, lo perdonarás’, viene a concluir el Señor. Nos recuerda otro pasaje del evangelio, cuando Pedro le pregunta a Jesús si hay que perdonar hasta siete veces. Y ya recordamos la respuesta de Jesús, ‘hasta setenta veces siete’, para indicarnos que tenemos que perdonar siempre.
Pues bien, es en ese momento cuando los apóstoles, después de escuchar a Jesús, le piden: ‘Auméntanos la fe’. Creo que bien podemos ver la relación si reflexionamos un poquito.
Aunque nos parezca lo contrario – porque es desgraciadamente lo que más comúnmente se realiza en nuestro mundo de violencias – podemos decir que la persona es más persona cuando ha sido capaz de perdonar.
Para perdonar hay que tener valentía y coraje en el corazón. El que es capaz de perdonar está manifestando la nobleza e hidalguía de su ser, la madurez de su personalidad, y su mayor grandeza de alma.
El hombre es más hombre, me atrevo a decir, cuando es capaz de perdonar. El hombre está alcanzando la cota más alta de su nobleza en su vida cuando es capaz de perdonar. La persona se está pareciendo más a Dios – a cuya imagen y semejanza ha sido creado – cuando es capaz de perdonar.
Guardar rencor, dejarse arrastrar por la venganza, responder con violencia ya sea física o moral al que te ha ofendido, manifiesta los instintos más primarios y menos racionales del ser humano, e indica la inmadurez de su corazón que así se ve afectado por lo que le puedan hacer los otros. No seré más grande o más noble por la venganza, ni por guardar rencor. No indica mayor fortaleza o valentía el responder con violencia al que te ofende. No es la forma de ganar la batalla emprender otra en la que vas a quedar más herido en el corazón.
Ya sé que esos son los primeros impulsos que podemos sentir en nuestro interior y que es necesario una fortaleza grande para no dejarse arrastrar por ellos. Pero en ese dominio de la situación que pasa por un dominio de ti mismo es donde vas a presentar el lado más noble de tu vida.
Con el perdón nos parecemos a Dios. ¿Por qué no recordamos a Jesús cuando está siendo crucificado y con su poder divino podía desbaratar todos los planes homicidas que contra El se planeaban? ‘Padre, perdónales porque no saben lo que hacen’. Perdona y disculpa. Tan grande es su amor.
Seremos capaces de practicar la valentía del perdón sólo con la fuerza de la gracia de Dios que nos engrandece. Porque la fe no nos anula, sino todo lo contrario. La fe nos hará descubrir , como si una nueva luz iluminara nuestra vida, donde está la verdadera grandeza de la persona.
‘Auméntanos la fe’, aunque sólo fuera como un granito de mostaza, para que no nos falte nunca en nuestra vida y nos ayude a descubrir la grandeza y maravilla del perdón.
domingo, 9 de noviembre de 2008
Templo, lugar y signo de la presencia de Dios
Ez. 47, 1-2.8-9.12; Sal. 45; 1Cor. 3. 9-11.16-17; Jn. 2, 13-22
La celebración de este domingo tiene un significado especial. En este día conmemoramos la dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán en Roma, que realmente es la catedral de Roma, la Sede, entonces, del Papa. ‘Madre y cabeza de todas las iglesias de la Urbe (la ciudad, Roma) y del Orbe (toda la Iglesia)’, reza en el frontispicio de la catedral; viene a ser la celebración de este día signo de la comunión de toda la Iglesia con el Papa, sucesor de Pedro y Vicario de Cristo para toda la tierra.
Es una ocasión propicia para hacernos una reflexión, ayudados e iluminados por la Palabra de Dios proclamada, sobre el sentido del templo y de la Iglesia.
Cuando Jesús entra en el templo de Jerusalén y trata de purificarlo de aquel mercadeo que allí se realiza, al preguntarle los judíos con qué autoridad lo hacía, les responde: ‘Destruid este templo y en tres días lo levantaré’. No entienden los judíos, pero el evangelista nos aclara - ellos lo entenderían después de su resurrección de entre los muertos - que realmente ‘él les hablaba del templo de su cuerpo’.
¿Qué es un templo? Por decirlo sencillamente, podríamos decir que es un lugar sagrado que se convierte para nosotros en signo de la presencia de Dios en medio de nosotros y lugar donde de manera especial vamos a realizar, celebrar y vivir ese encuentro con Dios.
Pero en sentido cristiano, y dejándonos iluminar por lo que el mismo Jesús nos dice, para nosotros ese templo de Dios es Cristo mismo. ‘El les hablaba de su cuerpo’, hemos escuchado que decía Jesús en el Evangelio. Por eso mismo, más que quedarnos en un lugar o edificio material, nosotros pensamos en la persona de Jesucristo, verdadero lugar de encuentro del hombre con Dios, cuando El ha venido hasta nosotros ofreciéndonos el amor del Padre y en El quiere llevarnos también hasta Dios. Dios habita en El porque es el mismo Dios hecho hombre y se convierte para nosotros en camino que nos lleva hasta Dios. Podemos recordar varios textos del evangelio. ‘Nadie puede hacer las obras que tú haces si Dios no está con El’, le decía Nicodemo. ‘El que me ve a mi, ve al Padre, nadie va al Padre sino por mí... yo soy el camino, y la verdad y la vida...’ que tantas veces hemos escuchado.
Es la primera consideración que tenemos que hacernos. Es con Cristo, en Cristo y por Cristo cómo queremos dar gloria a Dios. Así lo expresamos en el momento cumbre de la Eucaristía en la doxología final de la Plegaria Eucarística.
Pero siguiendo con nuestra reflexión a la luz de la Palabra de Dios proclamada tenemos lo que nos dice el apóstol Pablo en su carta a los Corintios. Nos dice dos cosas. Por una parte nos pregunta: ‘¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?... ese templo sois vosotros’ termina diciéndonos. Por nuestra unión con Cristo, por la participación en su vida divina que El nos regala, por nuestra unción bautismal nos hemos configurado con Cristo para ser también ese templo de Dios y esa morada del Espíritu. Un aspecto importante que no podemos olvidar. De ahí la santidad que hemos de vivir. Muchas consecuencias podríamos sacar de aquí, porque tenemos que ser también por la santidad de nuestra vida signos de la presencia de Dios en medio de los hombres; y consecuencias también para el respeto que hemos de tener a los demás que igualmente son templo de Dios.
Pero también san Pablo nos propone algo más. Usa la metáfora del templo para referirse a la comunidad cristiana. ‘Sois edificio de Dios. Conforme al don que Dios me ha dado, yo como hábil arquitecto coloqué el cimiento, otro levanta el edificio. Mire cada uno cómo construye’. Pablo inició con su predicación la construcción de ese edificio de la comunidad cristiana, dándoles los fundamentos de la fe en Jesús. Luego con la colaboración de todos ese edificio se ha ido levantando con el crecimiento de la comunidad cristiana. No olvidemos que el verdadero cimiento es Cristo mismo y la fe que en El tenemos. Pero así la comunidad cristiana, la Iglesia, se convierte en ese edificio de Dios, en ese templo de Dios donde El quiere habitar de manera especial y donde damos culto a Dios con la ofrenda de nuestras vidas unidos a Cristo. La comunidad, pues, lugar de la presencia de Dios y el Espíritu Santo habita en ella. Todos unidos formamos ese edificio, ese templo del Señor. Pablo previene para que lo ayudemos a crecer y no la destruyamos con nuestras divisiones.
Finalmente fijémonos en esa bella imagen que hemos contemplado en el profeta Ezequiel; el manantial de agua que mana del templo hasta desembocar en el mar de las aguas salobres llenando de vida y haciendo fructificar todo a su paso, nos está hablando también de la Iglesia. Ese templo de Dios donde mora de manera especial el Espíritu del Señor y a través de la cual nos llega a nosotros esa gracia que nos salva, nos purifica y nos llena de vida. Ahí en la Iglesia se hace presente el Señor y en la Iglesia escuchamos su Palabra, por medio de la Iglesia nos llega la gracia de los sacramentos y se nos hace palpable y visible esa salvación de Dios. Porque así lo ha querido el Señor.
Y nos queda considerar lo que son esos templos materiales, lugares sagrados que son signo también de la presencia del Señor en medio de nosotros. ¡Cómo nos habla el templo, lugar de encuentro de la comunidad cristiana y de la celebración de la fe, de esa presencia de Dios! ¡Cómo se convierte el templo en medio de nuestro mundo en ese signo religioso que nos está hablando también de esa presencia de Dios y cómo hasta El tenemos que ir siempre para que sea en verdad el centro de nuestra vida! No nos quedamos en lo material, pero lo material es signo visible de esa realidad espiritual, de esa realidad sobrenatural que nos hace llegar la gracia del Señor. De ahí el respeto y la veneración que hemos de sentir por nuestros templos, porque su presencia visible nos está hablando de esa presencia, invisible a los ojos pero real en nuestro corazón y nuestra vida, de la presencia de Dios y su gracia.
Son nuestros lugares de encuentro y de celebración; encuentro de los hermanos, de la asamblea santa que se reúne, pero encuentro vivo también con el Señor en la oración y en la escucha de su Palabra. ‘En esta casa visible que hemos construido, donde reúnes y proteges sin cesar a esta familia que hacia ti peregrina, manifiestas y realizas de manera admirable el misterio de tu comunión con nosotros’, decimos en el prefacio. Pero pedimos algo más. ‘En este lugar, Señor, tu vas edificando aquel templo que somos nosotros, y así la Iglesia, extendida por toda la tierra, crece unida, como Cuerpo de Cristo, hasta llegar a ser la nueva Jerusalén, verdadera visión de paz’. Pedimos también que, ‘por la participación en este sacramento – la eucaristía que aquí celebramos – seamos transformados en templos del Espíritu y podamos entrar en el reino de tu gloria’.
Nos quedaría sacar muchas consecuencias para nuestra vida de lo aquí reflexionado. Santidad, unidad y comunión, sentido de Iglesia y comunidad, conciencia de nuestra dignidad y de la dignidad de todo cristiano, de todo hermano nuestro, y ser en verdad en medio de los hermanos, como templos que somos de Dios, signos también de esa presencia de Dios en medio de nuestro mundo.
La celebración de este domingo tiene un significado especial. En este día conmemoramos la dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán en Roma, que realmente es la catedral de Roma, la Sede, entonces, del Papa. ‘Madre y cabeza de todas las iglesias de la Urbe (la ciudad, Roma) y del Orbe (toda la Iglesia)’, reza en el frontispicio de la catedral; viene a ser la celebración de este día signo de la comunión de toda la Iglesia con el Papa, sucesor de Pedro y Vicario de Cristo para toda la tierra.
Es una ocasión propicia para hacernos una reflexión, ayudados e iluminados por la Palabra de Dios proclamada, sobre el sentido del templo y de la Iglesia.
Cuando Jesús entra en el templo de Jerusalén y trata de purificarlo de aquel mercadeo que allí se realiza, al preguntarle los judíos con qué autoridad lo hacía, les responde: ‘Destruid este templo y en tres días lo levantaré’. No entienden los judíos, pero el evangelista nos aclara - ellos lo entenderían después de su resurrección de entre los muertos - que realmente ‘él les hablaba del templo de su cuerpo’.
¿Qué es un templo? Por decirlo sencillamente, podríamos decir que es un lugar sagrado que se convierte para nosotros en signo de la presencia de Dios en medio de nosotros y lugar donde de manera especial vamos a realizar, celebrar y vivir ese encuentro con Dios.
Pero en sentido cristiano, y dejándonos iluminar por lo que el mismo Jesús nos dice, para nosotros ese templo de Dios es Cristo mismo. ‘El les hablaba de su cuerpo’, hemos escuchado que decía Jesús en el Evangelio. Por eso mismo, más que quedarnos en un lugar o edificio material, nosotros pensamos en la persona de Jesucristo, verdadero lugar de encuentro del hombre con Dios, cuando El ha venido hasta nosotros ofreciéndonos el amor del Padre y en El quiere llevarnos también hasta Dios. Dios habita en El porque es el mismo Dios hecho hombre y se convierte para nosotros en camino que nos lleva hasta Dios. Podemos recordar varios textos del evangelio. ‘Nadie puede hacer las obras que tú haces si Dios no está con El’, le decía Nicodemo. ‘El que me ve a mi, ve al Padre, nadie va al Padre sino por mí... yo soy el camino, y la verdad y la vida...’ que tantas veces hemos escuchado.
Es la primera consideración que tenemos que hacernos. Es con Cristo, en Cristo y por Cristo cómo queremos dar gloria a Dios. Así lo expresamos en el momento cumbre de la Eucaristía en la doxología final de la Plegaria Eucarística.
Pero siguiendo con nuestra reflexión a la luz de la Palabra de Dios proclamada tenemos lo que nos dice el apóstol Pablo en su carta a los Corintios. Nos dice dos cosas. Por una parte nos pregunta: ‘¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?... ese templo sois vosotros’ termina diciéndonos. Por nuestra unión con Cristo, por la participación en su vida divina que El nos regala, por nuestra unción bautismal nos hemos configurado con Cristo para ser también ese templo de Dios y esa morada del Espíritu. Un aspecto importante que no podemos olvidar. De ahí la santidad que hemos de vivir. Muchas consecuencias podríamos sacar de aquí, porque tenemos que ser también por la santidad de nuestra vida signos de la presencia de Dios en medio de los hombres; y consecuencias también para el respeto que hemos de tener a los demás que igualmente son templo de Dios.
Pero también san Pablo nos propone algo más. Usa la metáfora del templo para referirse a la comunidad cristiana. ‘Sois edificio de Dios. Conforme al don que Dios me ha dado, yo como hábil arquitecto coloqué el cimiento, otro levanta el edificio. Mire cada uno cómo construye’. Pablo inició con su predicación la construcción de ese edificio de la comunidad cristiana, dándoles los fundamentos de la fe en Jesús. Luego con la colaboración de todos ese edificio se ha ido levantando con el crecimiento de la comunidad cristiana. No olvidemos que el verdadero cimiento es Cristo mismo y la fe que en El tenemos. Pero así la comunidad cristiana, la Iglesia, se convierte en ese edificio de Dios, en ese templo de Dios donde El quiere habitar de manera especial y donde damos culto a Dios con la ofrenda de nuestras vidas unidos a Cristo. La comunidad, pues, lugar de la presencia de Dios y el Espíritu Santo habita en ella. Todos unidos formamos ese edificio, ese templo del Señor. Pablo previene para que lo ayudemos a crecer y no la destruyamos con nuestras divisiones.
Finalmente fijémonos en esa bella imagen que hemos contemplado en el profeta Ezequiel; el manantial de agua que mana del templo hasta desembocar en el mar de las aguas salobres llenando de vida y haciendo fructificar todo a su paso, nos está hablando también de la Iglesia. Ese templo de Dios donde mora de manera especial el Espíritu del Señor y a través de la cual nos llega a nosotros esa gracia que nos salva, nos purifica y nos llena de vida. Ahí en la Iglesia se hace presente el Señor y en la Iglesia escuchamos su Palabra, por medio de la Iglesia nos llega la gracia de los sacramentos y se nos hace palpable y visible esa salvación de Dios. Porque así lo ha querido el Señor.
Y nos queda considerar lo que son esos templos materiales, lugares sagrados que son signo también de la presencia del Señor en medio de nosotros. ¡Cómo nos habla el templo, lugar de encuentro de la comunidad cristiana y de la celebración de la fe, de esa presencia de Dios! ¡Cómo se convierte el templo en medio de nuestro mundo en ese signo religioso que nos está hablando también de esa presencia de Dios y cómo hasta El tenemos que ir siempre para que sea en verdad el centro de nuestra vida! No nos quedamos en lo material, pero lo material es signo visible de esa realidad espiritual, de esa realidad sobrenatural que nos hace llegar la gracia del Señor. De ahí el respeto y la veneración que hemos de sentir por nuestros templos, porque su presencia visible nos está hablando de esa presencia, invisible a los ojos pero real en nuestro corazón y nuestra vida, de la presencia de Dios y su gracia.
Son nuestros lugares de encuentro y de celebración; encuentro de los hermanos, de la asamblea santa que se reúne, pero encuentro vivo también con el Señor en la oración y en la escucha de su Palabra. ‘En esta casa visible que hemos construido, donde reúnes y proteges sin cesar a esta familia que hacia ti peregrina, manifiestas y realizas de manera admirable el misterio de tu comunión con nosotros’, decimos en el prefacio. Pero pedimos algo más. ‘En este lugar, Señor, tu vas edificando aquel templo que somos nosotros, y así la Iglesia, extendida por toda la tierra, crece unida, como Cuerpo de Cristo, hasta llegar a ser la nueva Jerusalén, verdadera visión de paz’. Pedimos también que, ‘por la participación en este sacramento – la eucaristía que aquí celebramos – seamos transformados en templos del Espíritu y podamos entrar en el reino de tu gloria’.
Nos quedaría sacar muchas consecuencias para nuestra vida de lo aquí reflexionado. Santidad, unidad y comunión, sentido de Iglesia y comunidad, conciencia de nuestra dignidad y de la dignidad de todo cristiano, de todo hermano nuestro, y ser en verdad en medio de los hermanos, como templos que somos de Dios, signos también de esa presencia de Dios en medio de nuestro mundo.
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sábado, 8 de noviembre de 2008
Todo lo puedo en aquel que me conforta
Filp. 4, 10-19
Sal. 111
Lc. 16, 9-15
Estamos en el final de la carta a los Filipenses. Quiere agradecer Pablo las atenciones que ha recibido de esta comunidad sobre todo en momentos difíciles y penurias por las que ha pasado. ‘Desde que salí de Macedonia y empecé la misión, ninguna iglesia, aparte de vosotros, me abrió una cuenta de haber y debe... me mandasteis un subsidio para ayudar en mi necesidad...’
Pero Pablo quiere dejar también un mensaje. Como apóstol del Señor ha querido cumplir lo que ya había dicho Jesús cuando hizo el envío de los discípulos a predicar delante de él. Lo recordamos porque alguna vez lo hemos comentado y reflexionado. ‘No llevéis bolsa, ni alforja ni sandalias... comed y bebed de lo que tengan, porque el obrero tiene derecho a su salario. No andéis de casa en casa...’ Lo ha realizado el apóstol en su vida. Si se hace un repaso de lo que fueron los caminos y los viajes de san Pablo, tiene uno que admirar la generosidad y desprendimiento del apóstol para ponerse en camino como él lo hacía.
Por eso ahora les dice: ‘Yo he aprendido a arreglarme en toda circunstancia. Sé vivir en pobreza y abundancia. Estoy entrenado para todo y en todo: la hartura y el hambre, la abundancia y la privación’. Y es aquí donde nos deja una frase lapidaria con un gran mensaje que nos puede valer bien en muchas de nuestras luchas y trabajos de nuestra vida cristiana. ‘Todo lo puedo en aquel que me conforta’.
Hermosa disponibilidad y confianza en el Señor. Será capaz de lo que sea porque se pone en las manos del Señor. Con el Señor todo, y sin el Señor nada. Es nuestra fortaleza, la roca de nuestra salvación.
Nos vemos en la vida en tantas dificultades, en tantas luchas y nos sentimos débiles y nos parece que nada somos ni nada podemos para salir adelante. En la manos del Señor. .‘Todo lo puedo en aquel que me conforta’.
Será mucho el camino a recorrer en el crecimiento de mi fe, en el compromiso de mi vida cristiana, en la espiritualidad en la que tengo que ahondar, en la santidad que tiene que resplandecer en mi vida... ‘Todo lo puedo en aquel que me conforta’.
Serán muchas las tentaciones que quieren alejarnos del camino. Siempre adelante porque ‘Todo lo puedo en aquel que me conforta’.
Es grande la tarea que se nos ha encomendado cuando hemos recibido una misión en medio de la Iglesia, seamos los sacerdotes, los religiosos y religiosas que se han consagrado al Señor o los que comprometen su vida en el apostolado... ‘Todo lo puedo en aquel que me conforta’.
Grandes son las obras que tenemos que emprender cuando queremos ayudar, cuando queremos ser servidores de los demás, cuando nos empeñamos en una tarea social de servicio a los necesitados... ‘Todo lo puedo en aquel que me conforta’.
Grande es la responsabilidad y la tarea del padre o madre de familia en la educación de sus hijos y ya sabemos cuanto podemos incluir ahí... ‘Todo lo puedo en aquel que me conforta’.Así en cada momento, en cada situación tenemos que decirlo. ‘Todo lo puedo en aquel que me conforta’. El Señor está conmigo, ¿quién podrá contra mí? ‘Su corazón está seguro, sin temor; reparte limosna a los pobres, su caridad es constante, sin falta, y alzará la frente con dignidad’, hemos rezado en el salmo responsorial.
Sal. 111
Lc. 16, 9-15
Estamos en el final de la carta a los Filipenses. Quiere agradecer Pablo las atenciones que ha recibido de esta comunidad sobre todo en momentos difíciles y penurias por las que ha pasado. ‘Desde que salí de Macedonia y empecé la misión, ninguna iglesia, aparte de vosotros, me abrió una cuenta de haber y debe... me mandasteis un subsidio para ayudar en mi necesidad...’
Pero Pablo quiere dejar también un mensaje. Como apóstol del Señor ha querido cumplir lo que ya había dicho Jesús cuando hizo el envío de los discípulos a predicar delante de él. Lo recordamos porque alguna vez lo hemos comentado y reflexionado. ‘No llevéis bolsa, ni alforja ni sandalias... comed y bebed de lo que tengan, porque el obrero tiene derecho a su salario. No andéis de casa en casa...’ Lo ha realizado el apóstol en su vida. Si se hace un repaso de lo que fueron los caminos y los viajes de san Pablo, tiene uno que admirar la generosidad y desprendimiento del apóstol para ponerse en camino como él lo hacía.
Por eso ahora les dice: ‘Yo he aprendido a arreglarme en toda circunstancia. Sé vivir en pobreza y abundancia. Estoy entrenado para todo y en todo: la hartura y el hambre, la abundancia y la privación’. Y es aquí donde nos deja una frase lapidaria con un gran mensaje que nos puede valer bien en muchas de nuestras luchas y trabajos de nuestra vida cristiana. ‘Todo lo puedo en aquel que me conforta’.
Hermosa disponibilidad y confianza en el Señor. Será capaz de lo que sea porque se pone en las manos del Señor. Con el Señor todo, y sin el Señor nada. Es nuestra fortaleza, la roca de nuestra salvación.
Nos vemos en la vida en tantas dificultades, en tantas luchas y nos sentimos débiles y nos parece que nada somos ni nada podemos para salir adelante. En la manos del Señor. .‘Todo lo puedo en aquel que me conforta’.
Será mucho el camino a recorrer en el crecimiento de mi fe, en el compromiso de mi vida cristiana, en la espiritualidad en la que tengo que ahondar, en la santidad que tiene que resplandecer en mi vida... ‘Todo lo puedo en aquel que me conforta’.
Serán muchas las tentaciones que quieren alejarnos del camino. Siempre adelante porque ‘Todo lo puedo en aquel que me conforta’.
Es grande la tarea que se nos ha encomendado cuando hemos recibido una misión en medio de la Iglesia, seamos los sacerdotes, los religiosos y religiosas que se han consagrado al Señor o los que comprometen su vida en el apostolado... ‘Todo lo puedo en aquel que me conforta’.
Grandes son las obras que tenemos que emprender cuando queremos ayudar, cuando queremos ser servidores de los demás, cuando nos empeñamos en una tarea social de servicio a los necesitados... ‘Todo lo puedo en aquel que me conforta’.
Grande es la responsabilidad y la tarea del padre o madre de familia en la educación de sus hijos y ya sabemos cuanto podemos incluir ahí... ‘Todo lo puedo en aquel que me conforta’.Así en cada momento, en cada situación tenemos que decirlo. ‘Todo lo puedo en aquel que me conforta’. El Señor está conmigo, ¿quién podrá contra mí? ‘Su corazón está seguro, sin temor; reparte limosna a los pobres, su caridad es constante, sin falta, y alzará la frente con dignidad’, hemos rezado en el salmo responsorial.
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viernes, 7 de noviembre de 2008
No aspiremos sólo a cosas terrenas que somos ciudadanos del cielo
Filp. 3, 17-4, 1
Sal.121
Lc. 16, 1-8
Ante la Palabra de Dios que se nos proclama y que escuchamos cada día siempre tenemos que hacernos preguntas sobre nuestra vida. Si de verdad queremos escucharla allá en lo hondo de nuestro corazón se convierte para nosotros en un itinerario de nuestra vida espiritual, de ese crecimiento en el espíritu que cada día hemos de realizar, de ese avance que queremos hacer en el camino de nuestra santidad. Ya sabemos que esa es la meta que nos ha propuesto Jesús. Y no siempre nos es fácil porque siguen habiendo apegos en nuestro corazón que nos impiden de verdad avanzar como sería nuestro hondo deseo.
La palabra nos ayuda a revisar y a plantearnos metas renovadas cada día. Por eso no nos importe repetirnos en muchas cosas para que podamos realizar ese avance en el espíritu. Hoy por ejemplo podríamos comenzar preguntándonos, ¿cuáles son nuestras aspiraciones más hondas?
Pablo les recuerda a los cristianos de Filipos algo, que por lo que se ve, les ha repetido muchas veces. ‘Porque, como os decía muchas veces, y ahora lo repito con lágrimas en los ojos, hay muchos que andan como enemigos de la cruz de Cristo’. Podrían parecer palabras muy duras. ‘...andan como enemigos de la cruz de Cristo’. ¿Por qué lo dice el apóstol? ‘Sólo aspiran a cosas terrenas’, les dice. Se dejan arrastrar por el mal camino, la perdición; solo piensan en sensualidad y satisfacciones; no tienen un dominio y un control de verdad sobre sus vidas. Les hace falta, quiere decirles, mirar hacia arriba, aspirar a cosas grandes, poner metas e ideales grandes en su vida.
‘Nosotros, por el contrario, somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo’. Caminamos por esta tierra y por este mundo. Tenemos que vivir nuestra vida terrera. Pero somos peregrinos que caminamos hacia la patria celestial. ‘Ciudadanos del cielo’. No significa que tengamos que abandonar nuestras obligaciones y responsabilidades de esta vida y este mundo. Pero miremos donde está nuestra meta. Vivamos, si, todo lo bueno que tenemos en esta vida, pero pensando que la plenitud la vamos a tener sólo en Dios.
Por eso tenemos que dejarnos transformar por el Señor. Ya nos ha hecho partícipes de su vida y nos ha enriquecido con su gracia. Pero eso es prenda de la gloria futura. ‘El transformará nuestra condición humilde, según el modelo de su condición gloriosa, con esa energía que posee para sometérselo todo’. ¿A qué aspiramos? ¿cuáles son nuestras aspiraciones más profundas? Así nos preguntábamos antes.
Si nos dejamos transformar por Cristo, ya en nosotros no cabe el pecado, no cabe el egoísmo ni el desamor, no cabe la maldad, no caben nuestros orgullos y nuestras envidias, no caben esos apegos terrenos. ¿Por qué seguimos haciendo discriminaciones y distinciones? ¿Por qué seguir considerándonos mejor que los demás? ¿Por qué vivir esclavos de nuestras pasiones?
Vivamos, pues, como lo que somos. ‘Según el modelo de su condición gloriosa’. Los que hemos sido transformados por la gracia del Señor. Que resplandezca en nosotros la santidad, la gracia, el amor, la vida de Dios de la que somos partícipes para ser hijos. Así será distinta nuestra relación con los demás, así será distinta nuestra relación con Dios.
Sal.121
Lc. 16, 1-8
Ante la Palabra de Dios que se nos proclama y que escuchamos cada día siempre tenemos que hacernos preguntas sobre nuestra vida. Si de verdad queremos escucharla allá en lo hondo de nuestro corazón se convierte para nosotros en un itinerario de nuestra vida espiritual, de ese crecimiento en el espíritu que cada día hemos de realizar, de ese avance que queremos hacer en el camino de nuestra santidad. Ya sabemos que esa es la meta que nos ha propuesto Jesús. Y no siempre nos es fácil porque siguen habiendo apegos en nuestro corazón que nos impiden de verdad avanzar como sería nuestro hondo deseo.
La palabra nos ayuda a revisar y a plantearnos metas renovadas cada día. Por eso no nos importe repetirnos en muchas cosas para que podamos realizar ese avance en el espíritu. Hoy por ejemplo podríamos comenzar preguntándonos, ¿cuáles son nuestras aspiraciones más hondas?
Pablo les recuerda a los cristianos de Filipos algo, que por lo que se ve, les ha repetido muchas veces. ‘Porque, como os decía muchas veces, y ahora lo repito con lágrimas en los ojos, hay muchos que andan como enemigos de la cruz de Cristo’. Podrían parecer palabras muy duras. ‘...andan como enemigos de la cruz de Cristo’. ¿Por qué lo dice el apóstol? ‘Sólo aspiran a cosas terrenas’, les dice. Se dejan arrastrar por el mal camino, la perdición; solo piensan en sensualidad y satisfacciones; no tienen un dominio y un control de verdad sobre sus vidas. Les hace falta, quiere decirles, mirar hacia arriba, aspirar a cosas grandes, poner metas e ideales grandes en su vida.
‘Nosotros, por el contrario, somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo’. Caminamos por esta tierra y por este mundo. Tenemos que vivir nuestra vida terrera. Pero somos peregrinos que caminamos hacia la patria celestial. ‘Ciudadanos del cielo’. No significa que tengamos que abandonar nuestras obligaciones y responsabilidades de esta vida y este mundo. Pero miremos donde está nuestra meta. Vivamos, si, todo lo bueno que tenemos en esta vida, pero pensando que la plenitud la vamos a tener sólo en Dios.
Por eso tenemos que dejarnos transformar por el Señor. Ya nos ha hecho partícipes de su vida y nos ha enriquecido con su gracia. Pero eso es prenda de la gloria futura. ‘El transformará nuestra condición humilde, según el modelo de su condición gloriosa, con esa energía que posee para sometérselo todo’. ¿A qué aspiramos? ¿cuáles son nuestras aspiraciones más profundas? Así nos preguntábamos antes.
Si nos dejamos transformar por Cristo, ya en nosotros no cabe el pecado, no cabe el egoísmo ni el desamor, no cabe la maldad, no caben nuestros orgullos y nuestras envidias, no caben esos apegos terrenos. ¿Por qué seguimos haciendo discriminaciones y distinciones? ¿Por qué seguir considerándonos mejor que los demás? ¿Por qué vivir esclavos de nuestras pasiones?
Vivamos, pues, como lo que somos. ‘Según el modelo de su condición gloriosa’. Los que hemos sido transformados por la gracia del Señor. Que resplandezca en nosotros la santidad, la gracia, el amor, la vida de Dios de la que somos partícipes para ser hijos. Así será distinta nuestra relación con los demás, así será distinta nuestra relación con Dios.
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jueves, 6 de noviembre de 2008
Todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo
Filp. 3, 3-8
Sal. 104
Lc. 15, 1-10
¿Es Cristo para mí una ganancia? Tendría que explicarme quizá con esa pregunta. Cuando pensamos en ganancias fácilmente nos viene a la mente lo económico, los prestigios humanos, las cosas importantes que logremos en la vida y cosas por el estilo en ese orden material o mundano. Por ser cristiano, seguidor de Cristo no voy a obtener una ganancia económica, porque no sigo a Cristo pensando en ello. Ni tampoco lo puedo mirar como una forma de escalar puestos en la vida o prestigios de orden social.
Algunos de nuestro alrededor no entenderán muchas veces mis actitudes fundamentales o mis comportamientos cuando actúo movido por la fe y el evangelio. Y bien sabemos que en la sociedad de nuestro entorno algunas veces se quiere desterrar todo lo que suene a religioso o cristiano. Ya leí en alguna noticia que lo de la Navidad en alguna población quieren cambiarle el nombre por otro que no tenga ninguna connotación ni cristiana ni religiosa.
Pero sigue siendo válida la pregunta. ¿Es Cristo para mi una ganancia? Tendría que ser que sí en la medida en que la fe en Jesús sea para mí importante, en la medida que el conocimiento de Dios sea algo fundamental en mi vida. Pero estoy diciendo importante y fundamental. No mirar la fe como un barniz que pongo sobre mi vida pero que no afecto a lo hondo de mi ser; no mirar el ser cristiano como un vestido que me pongo o me quito según conveniencias.
San Pablo nos ha hablado hoy en su carta de que ‘nosotros servimos a Dios desde dentro, y que ponemos nuestra gloria en Cristo Jesús, sin confiar en lo exterior’. Pablo comenta que él podía hacer gala de muchos títulos o cosas vividas en su vida en otro momento para hacer comparación con otras personas y no quedar por menos. ‘Circuncidado a los ocho días... israelita de toda la vida de la tribu de Benjamín, fariseo... irreprochable en lo que toca a cumplir la ley judía...’ Pero ahora nos dice: ‘Todo eso que era para mí ganancia, lo consideré pérdida comparado con Cristo... todo lo estimo pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor... todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo’.
Pablo era bien considerado en el mundo judío. Y ahí nos dice cómo y lo que hacía. Pero su encuentro con Jesús desmontó todas esas cosas, y desde ese momento Cristo fue su única ganancia y su única riqueza. Por Cristo él se dará totalmente. Por el anuncio del evangelio tendrá que sufrir privaciones y muchas calamidades como recordará en otra de sus cartas. ‘Sufro hasta llevar cadenas’, dirá en alguna ocasión. Para él su vida es Cristo.
Creo que nos está diciendo mucho san Pablo de la importancia que hemos de darle a nuestra fe en Jesús. Cómo cada día más hemos de querer conocerle mejor, llenarnos de vida, seguir su camino, convertirlo de verdad en el centro y la riqueza de nuestra existencia. Aunque eso nos llevara a incomprensiones del mundo que nos rodea. Pero no hace tanto tiempo que hemos escuchado en las bienaventuranzas de Jesús ‘dichosos si os insultan y calumnian de cualquier modo por mi causa... vuestra recompensa será grande en el reino de los cielos’.
Busquemos a Cristo como la perla preciosa de nuestra vida. ‘Que se alegren los que buscan al Señor’, dijimos en el salmo. Dejémonos encontrar por Cristo, que siempre viene en nuestra búsqueda para ofrecernos su gracia, su perdón, su amor, su vida. Hoy en el evangelio hemos visto cómo busca la oveja perdida, o a la manera de la mujer que revuelve todo para encontrar la joya que se le había extraviado. Así es el amor que el Señor nos tiene. Así tiene que ser nuestro amor y cómo nosotros hemos de darlo todo por seguirle.
Sal. 104
Lc. 15, 1-10
¿Es Cristo para mí una ganancia? Tendría que explicarme quizá con esa pregunta. Cuando pensamos en ganancias fácilmente nos viene a la mente lo económico, los prestigios humanos, las cosas importantes que logremos en la vida y cosas por el estilo en ese orden material o mundano. Por ser cristiano, seguidor de Cristo no voy a obtener una ganancia económica, porque no sigo a Cristo pensando en ello. Ni tampoco lo puedo mirar como una forma de escalar puestos en la vida o prestigios de orden social.
Algunos de nuestro alrededor no entenderán muchas veces mis actitudes fundamentales o mis comportamientos cuando actúo movido por la fe y el evangelio. Y bien sabemos que en la sociedad de nuestro entorno algunas veces se quiere desterrar todo lo que suene a religioso o cristiano. Ya leí en alguna noticia que lo de la Navidad en alguna población quieren cambiarle el nombre por otro que no tenga ninguna connotación ni cristiana ni religiosa.
Pero sigue siendo válida la pregunta. ¿Es Cristo para mi una ganancia? Tendría que ser que sí en la medida en que la fe en Jesús sea para mí importante, en la medida que el conocimiento de Dios sea algo fundamental en mi vida. Pero estoy diciendo importante y fundamental. No mirar la fe como un barniz que pongo sobre mi vida pero que no afecto a lo hondo de mi ser; no mirar el ser cristiano como un vestido que me pongo o me quito según conveniencias.
San Pablo nos ha hablado hoy en su carta de que ‘nosotros servimos a Dios desde dentro, y que ponemos nuestra gloria en Cristo Jesús, sin confiar en lo exterior’. Pablo comenta que él podía hacer gala de muchos títulos o cosas vividas en su vida en otro momento para hacer comparación con otras personas y no quedar por menos. ‘Circuncidado a los ocho días... israelita de toda la vida de la tribu de Benjamín, fariseo... irreprochable en lo que toca a cumplir la ley judía...’ Pero ahora nos dice: ‘Todo eso que era para mí ganancia, lo consideré pérdida comparado con Cristo... todo lo estimo pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor... todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo’.
Pablo era bien considerado en el mundo judío. Y ahí nos dice cómo y lo que hacía. Pero su encuentro con Jesús desmontó todas esas cosas, y desde ese momento Cristo fue su única ganancia y su única riqueza. Por Cristo él se dará totalmente. Por el anuncio del evangelio tendrá que sufrir privaciones y muchas calamidades como recordará en otra de sus cartas. ‘Sufro hasta llevar cadenas’, dirá en alguna ocasión. Para él su vida es Cristo.
Creo que nos está diciendo mucho san Pablo de la importancia que hemos de darle a nuestra fe en Jesús. Cómo cada día más hemos de querer conocerle mejor, llenarnos de vida, seguir su camino, convertirlo de verdad en el centro y la riqueza de nuestra existencia. Aunque eso nos llevara a incomprensiones del mundo que nos rodea. Pero no hace tanto tiempo que hemos escuchado en las bienaventuranzas de Jesús ‘dichosos si os insultan y calumnian de cualquier modo por mi causa... vuestra recompensa será grande en el reino de los cielos’.
Busquemos a Cristo como la perla preciosa de nuestra vida. ‘Que se alegren los que buscan al Señor’, dijimos en el salmo. Dejémonos encontrar por Cristo, que siempre viene en nuestra búsqueda para ofrecernos su gracia, su perdón, su amor, su vida. Hoy en el evangelio hemos visto cómo busca la oveja perdida, o a la manera de la mujer que revuelve todo para encontrar la joya que se le había extraviado. Así es el amor que el Señor nos tiene. Así tiene que ser nuestro amor y cómo nosotros hemos de darlo todo por seguirle.
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miércoles, 5 de noviembre de 2008
Dejar actuar a Dios en nuestra vida para nuestra propia santificación
Filp. 2, 12-18
Sal. 26
Lc. 14, 25-33
Sal. 26
Lc. 14, 25-33
Podíamos decir que estas palabras que hemos escuchado de Pablo en su carta a los Filipenses es una urgente exhortación del apóstol a colaborar generosamente con Dios en la propia santificación. Aceptar el designio de Dios en nuestra vida, pero con generosidad de espíritu, con alegría, con entusiasmo, nunca de mala gana.
‘Seguid actuando vuestra propia salvación escrupulosamente, porque es Dios quien activa en vosotros el querer y la actividad para realizar su designio de amor...’ Dejar, pues, actuar a Dios en nuestra vida. Porque es Dios quien nos salva y quien nos santifica cuando nos da el Espíritu Santo para que actúe en nuestro corazón. No somos nosotros los que nos salvamos ni los que nos santificamos. Es obra de Dios, porque es el Señor el que nos salva. Es el Espíritu Santo el que nos santifica. El nos regala sus dones. El es quien mueve nuestro corazón y nuestro querer.
Es obra de Dios, que requiere, sin embargo, nuestro concurso. Por eso, ese designio de Dios nos está pidiendo nuestra respuesta. Y la respuesta es vivir en el camino de esa vida santa que El nos señala. Hay una exigencia para nosotros. Requiere en nuestra respuesta un esfuerzo por nuestra parte. Pero, ¡oh maravilla! esfuerzo que realizamos con su gracia, con la fuerza del Espíritu del Señor.
Nos habla el apóstol de ser ‘irreprochables y límpidos, hijos de Dios sin tacha, en medio de gente torcida y depravada, entre la cual brilláis como lumbreras del mundo, mostrando una razón para vivir’. Nos habla, pues, de resplandecer por nuestra santidad, ‘irreprochables y límpidos... sin tacha’. Nada debe manchar nuestra vida. La salvación de Dios nos llena de luz, porque nos llena de Dios. ‘El Señor es mi luz y mi salvación’, decíamos en el salmo. La salvación es luz, nos llena de luz, nos hace resplandecer. Nada de oscuridad puede haber en nosotros. Es que tiene que brillar la obra de Dios en nosotros. Con ello daremos gloria al Señor.
No nos importe que esa luz moleste a los demás. Es que los que realizan las obras del mal prefieren a las tinieblas. Pero nuestra luz puede arrastrar a muchos a querer alcanzar esa salvación, querer también dar respuesta positiva a la invitación a la salvación y santificación que Dios hace a todos los hombres. Nuestra luz, la santidad de nuestra vida tiene que ser polo de atracción para muchos, para que ellos lleguen también a conocer a Jesús, a querer vivir su camino.
No es una tarea pasiva, aunque digamos que tenemos que dejar actuar a Dios. Sabemos el camino que emprendemos. Conocemos los presupuestos de exigencias que tiene para nuestra vida el emprender ese camino. Como nos enseña hoy Jesús en el Evangelio. ‘¿Quien de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos para ver si tiene para terminarla?’ Conocemos los presupuestos necesarios para emprender ese camino de santidad. Además de una escucha de Dios para descubrir su designio de amor para nuestra vida, luego sabemos bien que la senda es estrecha, como escuchamos hace unos días, que tenemos que aprender a negarnos a nosotros mismos, que hemos de tomar la determinación de tomar su cruz para seguirle, de que hemos de poner por nuestra parte todo lo necesario para arrancarnos del mal y para practicar la virtud, para vivir en el amor.
Pero lo hacemos seducidos por el amor que el Señor nos tiene. ¡Es tan gozoso vivir en su amor! ¡Es tanta la dicha que alcanzamos en lo hondo de nuestro corazón cuando emprendemos el camino de la santidad! ¡Es tan grande la recompensa que nos espera en el cielo, de poder vivir junto a Dios, de llenarnos de Dios en plenitud, de contemplarle cara a cara! Con gozo, con alegría, con determinación emprendemos el camino de la salvación y la santidad.
‘Yo estoy alegre y me asocio a vuestra alegría, por vuestra parte estad alegres y asociaos a la mía’, terminaba diciendo el apóstol.
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martes, 4 de noviembre de 2008
Sentimientos propios de una vida en Cristo Jesús
Fil. 2, 5-11
Sal. 21
Lc. 14, 15-24
Quería fijarme en dos cosas hoy de la Palabra de Dios que se nos ha proclamado. Por una parte ese hermoso texto de la carta a los Filipenses, y también en el evangelio, aunque tantas veces lo hemos reflexionado. Pero siempre la Palabra que se nos proclama es para nosotros una Buena Noticia, y tiene entonces la novedad de algo vivo y lleno de vida para nosotros.
‘Tened entre vosotros los sentimientos propios de una vida en Cristo Jesús’, así nos ha dicho san Pablo en la carta a los Filipenses. Es nuestra configuración con Cristo. Nuestro vivir ha de ser vivir a Cristo. Asemejarnos totalmente a El. El nos hace partícipes de su vida. Y eso tendrá que reflejarse en nuestro vivir, en nuestras actitudes, en todo nuestro ser.
Pero fijémonos en cuáles son esos sentimientos a los que hoy quiere referirse el apóstol. Podemos hablar de su humildad, de su entrega total, de su amor sin fin, del sacrificio de su vida hasta la muerte.
Comienza diciéndonos que ‘El, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios, al contrario, se despojó de su rango, y tomó la condición de esclavo pasando por uno de tantos’. Ayer escuchábamos que nos decía ‘dejaos guiar por la humildad’. Tantas veces le hemos escuchado a Jesús hablarnos de los humildes y los sencillos, porque es a ellos a los que se les revela el misterio de Dios. Y María en su cántico proclama cómo ‘Dios derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes’, recordándonos lo que tantas veces nos dice Jesús en el Evangelio de que ‘el que se enaltece será humillado, y el que se humilla, enaltecido’. Y nosotros mientras tanto haciendo galas de lo que somos o tenemos. Y ¿qué es lo que somos? ¿cuánto vale lo que tenemos?
Y continúa diciéndonos el apóstol. ‘Actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte y una muerte de Cruz’. Es la señal de la entrega y del amor. Es el sacrificio de su vida para nuestra salvación. Podríamos pensar que para salvarnos no era necesario ese sacrificio, ese tipo de muerte, porque cualquiera de los actos de Cristo, por ser el Hijo de Dios, tenían valor infinito. Pero así quiso mostrarnos su amor. Porque ese es el más grande amor. El amor del que da la vida por aquel a quien ama. Un camino para nuestro amor, cuando nosotros a la hora de dar, pensamos más en dar cosas y con medidas limitadas – por si acaso nos falte – que en darnos nosotros mismos. Es el ejemplo de Jesús. Es el camino a seguir.
‘Por eso Dios lo levantó sobre todo, termina diciéndonos Pablo, y le concedió el nombre sobre todo nombre, de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble... y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre’. Es el Señor. Como diría Pedro en el discurso de Pentecostés: ‘Dios lo constituyó Señor y Mesías... resucitándolo y rompiendo las ataduras de la muerte’. Es la Pascua. Es la muerte de Jesús en su entrega de amor, pero es su Resurrección porque es el Señor. Y es el misterio de Cristo que nosotros hemos de vivir en nuestra vida. Es cómo tenemos que configurarnos con El, teniendo sus mismos sentimientos, teniendo su misma vida. Y del evangelio, finalmente, una palabra. Alguien exclamó, dice el Evangelista: ‘¡Dichoso el que coma en el banquete del Reino de Dios!’ Comer, sí, en el banquete del Reino de Dios, al que todos estamos invitados. A continuación Jesús propone la parábola del ‘hombre que daba un banquete y convidó a mucha gente...’ Y al terminar la parábola Jesús dirá que ‘el amo dijo: sal por los caminos y senderos, e insísteles hasta que entren y se me llene la casa’. Todos estamos invitados a ese banquete del Reino de los cielos. Respondamos a esa invitación del Señor. No nos busquemos disculpas para rehuir la invitación.
Sal. 21
Lc. 14, 15-24
Quería fijarme en dos cosas hoy de la Palabra de Dios que se nos ha proclamado. Por una parte ese hermoso texto de la carta a los Filipenses, y también en el evangelio, aunque tantas veces lo hemos reflexionado. Pero siempre la Palabra que se nos proclama es para nosotros una Buena Noticia, y tiene entonces la novedad de algo vivo y lleno de vida para nosotros.
‘Tened entre vosotros los sentimientos propios de una vida en Cristo Jesús’, así nos ha dicho san Pablo en la carta a los Filipenses. Es nuestra configuración con Cristo. Nuestro vivir ha de ser vivir a Cristo. Asemejarnos totalmente a El. El nos hace partícipes de su vida. Y eso tendrá que reflejarse en nuestro vivir, en nuestras actitudes, en todo nuestro ser.
Pero fijémonos en cuáles son esos sentimientos a los que hoy quiere referirse el apóstol. Podemos hablar de su humildad, de su entrega total, de su amor sin fin, del sacrificio de su vida hasta la muerte.
Comienza diciéndonos que ‘El, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios, al contrario, se despojó de su rango, y tomó la condición de esclavo pasando por uno de tantos’. Ayer escuchábamos que nos decía ‘dejaos guiar por la humildad’. Tantas veces le hemos escuchado a Jesús hablarnos de los humildes y los sencillos, porque es a ellos a los que se les revela el misterio de Dios. Y María en su cántico proclama cómo ‘Dios derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes’, recordándonos lo que tantas veces nos dice Jesús en el Evangelio de que ‘el que se enaltece será humillado, y el que se humilla, enaltecido’. Y nosotros mientras tanto haciendo galas de lo que somos o tenemos. Y ¿qué es lo que somos? ¿cuánto vale lo que tenemos?
Y continúa diciéndonos el apóstol. ‘Actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte y una muerte de Cruz’. Es la señal de la entrega y del amor. Es el sacrificio de su vida para nuestra salvación. Podríamos pensar que para salvarnos no era necesario ese sacrificio, ese tipo de muerte, porque cualquiera de los actos de Cristo, por ser el Hijo de Dios, tenían valor infinito. Pero así quiso mostrarnos su amor. Porque ese es el más grande amor. El amor del que da la vida por aquel a quien ama. Un camino para nuestro amor, cuando nosotros a la hora de dar, pensamos más en dar cosas y con medidas limitadas – por si acaso nos falte – que en darnos nosotros mismos. Es el ejemplo de Jesús. Es el camino a seguir.
‘Por eso Dios lo levantó sobre todo, termina diciéndonos Pablo, y le concedió el nombre sobre todo nombre, de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble... y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre’. Es el Señor. Como diría Pedro en el discurso de Pentecostés: ‘Dios lo constituyó Señor y Mesías... resucitándolo y rompiendo las ataduras de la muerte’. Es la Pascua. Es la muerte de Jesús en su entrega de amor, pero es su Resurrección porque es el Señor. Y es el misterio de Cristo que nosotros hemos de vivir en nuestra vida. Es cómo tenemos que configurarnos con El, teniendo sus mismos sentimientos, teniendo su misma vida. Y del evangelio, finalmente, una palabra. Alguien exclamó, dice el Evangelista: ‘¡Dichoso el que coma en el banquete del Reino de Dios!’ Comer, sí, en el banquete del Reino de Dios, al que todos estamos invitados. A continuación Jesús propone la parábola del ‘hombre que daba un banquete y convidó a mucha gente...’ Y al terminar la parábola Jesús dirá que ‘el amo dijo: sal por los caminos y senderos, e insísteles hasta que entren y se me llene la casa’. Todos estamos invitados a ese banquete del Reino de los cielos. Respondamos a esa invitación del Señor. No nos busquemos disculpas para rehuir la invitación.
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lunes, 3 de noviembre de 2008
Manteneos unánimes y concordes en un mismo amor
Fil. 2, 1-4
Sal. 130
Lc. 14, 12-14
‘Guarda mi alma en la paz junto a ti, Señor’, hemos pedido y repetido en el salmo responsorial. Que junto al Señor, en el Señor, tengamos siempre paz en el corazón. Que no nos falte nunca para que podamos así mejor sentirle y escucharle en nuestro corazón.
Pablo apela en la carta a los Filipenses, que seguimos escuchando en estos días, al cariño y el amor que mutuamente se sienten aquella comunidad y el apóstol, como expresa en otros momentos de su carta; apela a las entrañas de misericordia y compasión que aquella gente tiene, pero por encima de todo apela al mismo Espíritu que les une, - ‘si nos une un mismo Espíritu’, les dice – para que le den la alegría de la unidad y la concordia en medio de la comunidad.
‘Manteneos unánimes y concordes en un mismo amor y un mismo sentir’. Concordia, corazones unidos, corazones cercanos, ser capaces de poner el corazón junto al corazón del otro, viene a significar esa expresión. Cuando ponemos nuestro corazón junto al corazón del otro significa cómo los dos corazones tienen que latir al unísono. Es sentir en mi corazón lo que siente el corazón del otro. Ya lo que le sucede al otro no me es ajeno porque yo lo siento en mi propio corazón. ¡Qué hermoso cuando podemos sentir así el latido del corazón del otro en mi vida! Sus preocupaciones, sus alegrías, sus penas, sus sufrimientos, sus ilusiones y sueños no me son ajenos.
Para ello es necesario un espíritu grande de humildad; para olvidarme de mí mismo; para ponerme a su lado como de igual a igual. Lejos de mí entonces la prepotencia, el orgullo, el creerme superior o mejor. Ya no estaré subido a un pedestal cuando me acerco al otro para mirarlo desde arriba, sino lo miraré de frente, lo sentiré a mi lado. Lejos de mí la vanidad donde voy a demostrar al otro lo bueno que soy o las cosas buenas que hago. Ya no van a ser mis intereses los que priven sobre los de los demás.
Es lo que nos dice el apóstol. Recordémoslo. ‘No obréis por envidia ni por ostentación, dejaos guiar por la humildad y considerad siempre superiores a los demás. No os encerréis en vuestros intereses, sino buscad siempre el interés de los demás’. ¡Qué hermoso mensaje!
Es el camino de generosidad, de humildad y de amor que nos enseña Jesús en el Evangelio. Lo había invitado a comer a su casa un fariseo principal. Ya les había señalado, cuando vio que los invitados estaban muy preocupados por ocupar los primeros puestos, que ese no podía ser la manera de actuar. ‘Cuando te inviten a un banquete, vete a sentarte en el último puesto... porque el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido...’
Ahora le dice al que lo había invitado cuáles tenían que haber sido sus invitados principales. ‘... no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos: porque corresponderán invitándote y quedarás pagado... invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; dichoso tú porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los muertos’.
Una nueva bienaventuranza nos dice hoy Jesús. Dichosos porque no recibimos pagas en este mundo, porque hacemos las cosas no simplemente buscando una recompensa; porque pensamos que lo que hacemos tiene una trascendencia en los cielos; porque la verdadera paga es la que nos da el Señor. El valor de la gratuidad. Las cualidades del amor verdadero que nunca es interesado. El no hacer las cosas para que me lo agradezcan. El no pensar en mis ganancias propias y terrenas. El hacer las cosas por un amor generoso y altruista.
Sal. 130
Lc. 14, 12-14
‘Guarda mi alma en la paz junto a ti, Señor’, hemos pedido y repetido en el salmo responsorial. Que junto al Señor, en el Señor, tengamos siempre paz en el corazón. Que no nos falte nunca para que podamos así mejor sentirle y escucharle en nuestro corazón.
Pablo apela en la carta a los Filipenses, que seguimos escuchando en estos días, al cariño y el amor que mutuamente se sienten aquella comunidad y el apóstol, como expresa en otros momentos de su carta; apela a las entrañas de misericordia y compasión que aquella gente tiene, pero por encima de todo apela al mismo Espíritu que les une, - ‘si nos une un mismo Espíritu’, les dice – para que le den la alegría de la unidad y la concordia en medio de la comunidad.
‘Manteneos unánimes y concordes en un mismo amor y un mismo sentir’. Concordia, corazones unidos, corazones cercanos, ser capaces de poner el corazón junto al corazón del otro, viene a significar esa expresión. Cuando ponemos nuestro corazón junto al corazón del otro significa cómo los dos corazones tienen que latir al unísono. Es sentir en mi corazón lo que siente el corazón del otro. Ya lo que le sucede al otro no me es ajeno porque yo lo siento en mi propio corazón. ¡Qué hermoso cuando podemos sentir así el latido del corazón del otro en mi vida! Sus preocupaciones, sus alegrías, sus penas, sus sufrimientos, sus ilusiones y sueños no me son ajenos.
Para ello es necesario un espíritu grande de humildad; para olvidarme de mí mismo; para ponerme a su lado como de igual a igual. Lejos de mí entonces la prepotencia, el orgullo, el creerme superior o mejor. Ya no estaré subido a un pedestal cuando me acerco al otro para mirarlo desde arriba, sino lo miraré de frente, lo sentiré a mi lado. Lejos de mí la vanidad donde voy a demostrar al otro lo bueno que soy o las cosas buenas que hago. Ya no van a ser mis intereses los que priven sobre los de los demás.
Es lo que nos dice el apóstol. Recordémoslo. ‘No obréis por envidia ni por ostentación, dejaos guiar por la humildad y considerad siempre superiores a los demás. No os encerréis en vuestros intereses, sino buscad siempre el interés de los demás’. ¡Qué hermoso mensaje!
Es el camino de generosidad, de humildad y de amor que nos enseña Jesús en el Evangelio. Lo había invitado a comer a su casa un fariseo principal. Ya les había señalado, cuando vio que los invitados estaban muy preocupados por ocupar los primeros puestos, que ese no podía ser la manera de actuar. ‘Cuando te inviten a un banquete, vete a sentarte en el último puesto... porque el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido...’
Ahora le dice al que lo había invitado cuáles tenían que haber sido sus invitados principales. ‘... no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos: porque corresponderán invitándote y quedarás pagado... invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; dichoso tú porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los muertos’.
Una nueva bienaventuranza nos dice hoy Jesús. Dichosos porque no recibimos pagas en este mundo, porque hacemos las cosas no simplemente buscando una recompensa; porque pensamos que lo que hacemos tiene una trascendencia en los cielos; porque la verdadera paga es la que nos da el Señor. El valor de la gratuidad. Las cualidades del amor verdadero que nunca es interesado. El no hacer las cosas para que me lo agradezcan. El no pensar en mis ganancias propias y terrenas. El hacer las cosas por un amor generoso y altruista.
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domingo, 2 de noviembre de 2008
Nos llevas a nueva vida para que tengamos parte en tu gloriosa resurrección
Job. 19, 1.23-27;
Salmo 22;
Rm. 14, 7-9-10-12;
Jn. 14, 1-6
Damos por sentado que quienes vamos a celebrar esta Conmemoración de Todos los Difuntos somos personas creyentes y con esperanza. Pero somos conscientes también de que estamos sujetos a muchas influencias externas y ajenas a nuestra fe cuando tenemos que enfrentarnos al misterio de la vida y de la muerte. Así corremos el riesgo de que el recuerdo y la conmemoración de los difuntos que hacemos en este día pueda perder su más auténtico sentido cristiano, se tiña incluso de connotaciones paganas o nos resignemos ante la muerte con un sentido fatídico y desesperanzado.
La vida no es una autopista que se acaba en el vacío, sino un camino que nos conduce a la plenitud. Decíamos al principio que necesitamos de la fe y de la esperanza. Si éstas nos fallan todo se nos convertiría en un sin sentido y en un vacío, que nos puede llevar a una resignación sin esperanza, a la desesperación. Muchas veces hemos escuchado aquel texto de san Pablo que nos dice que nosotros no podemos sufrir ante la muerte como los que no tienen esperanza.
Es cierto que es duro el que un día esta vida terrena se acabe, o ante nuestros ojos desaparezcan con la muerte los seres queridos. Es normal el dolor del desgarro de la separación. Pero quien ha llenado su vida de fe y de esperanza se enfrenta a este hecho natural con un nuevo y distinto sentido. No es esa vida terrena o corporal en lo que sólo pensamos. Somos algo más que eso y hay algo más en nuestro vivir. Hay una trascendencia mayor en nuestra vida. Hay en nosotros una llamada a la plenitud. Es la luz que nos da la Palabra del Señor, que siempre es para nosotros una Palabra de Vida. Es el sentido que en Cristo encontramos para nuestro vivir y para nuestro morir.
Hay una hermosa afirmación en el texto del libro de Job que hoy hemos proclamado en la primera lectura. ‘Yo sé que mi Redentor está vivo... yo mismo lo veré, mis propios ojos lo contemplarán...’ Job es el hombre del sufrimiento, que se ha visto desposeído de todos sus bienes e incluso su vida machacada por la enfermedad, pero es también el hombre de la esperanza. Desde su dolor, desde su sufrimiento, desde la muerte que acecha su vida, él ha sido capaz de descubrir la presencia de Dios. Después de la experiencia del dolor, Job podrá exclamar. ‘Te conocía sólo de oídas, ahora te han visto mis ojos’. Se ha abandonado en las manos de Dios y ha podido llegar a descubrir el verdadero rostro de Dios.
Esa experiencia y esa proclamación de fe y esperanza de Job se convierten para nosotros desde Cristo muerto y resucitado en una experiencia pascual. ‘Sé que mi Redentor está vivo...’ porque creemos en Cristo muerto y resucitado. Cristo es el Señor que vive y que nos da vida. Cristo resucitado es el sentido de nuestra vida y también de nuestro morir. Por eso podíamos escuchar a san Pablo: ‘Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; en la vida y en la muerte somos del Señor’. Cristo es quien únicamente da consistencia y sentido tanto al vivir como al morir. En Cristo veremos cumplidas esas ansias de plenitud, porque El quiere darnos una vida sin fin.
Y es que la vida del hombre se transforma por la resurrección de Jesucristo. Cristo, muerto y resucitado, es el centro de nuestra fe, y El nos ha hecho partícipes en su victoria sobre la muerte. Como decimos en la oración litúrgica, ‘al confesar nuestra fe en la resurrección de Jesucristo, se afianza también nuestra esperanza de que todos tus hijos resucitarán’. O como decimos en otra oración, ‘pues creyeron en la resurrección futura, merezcan alcanzar los gozos de la eterna bienaventuranza’.
¿Qué necesitamos? Fe. ‘Que no tiemble vuestro corazón, nos dice Jesús; creed en Dios y creed también en mí’. Y creemos en Jesús. Nos fiamos de su Palabra. Y es que El es la Vida, y es el Camino, y es la verdad. Lo hemos escuchado en el Evangelio. ‘Yo soy el Camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre sino por mí’. Solamente a través de Cristo podemos alcanzar la vida eterna. Solamente con Cristo vamos a alcanzar la autentica plenitud de nuestro ser al unirnos plenamente a Dios. La muerte no es entonces un vacío, sino va a ser el retorno al Padre para vivir plenamente en El. Y como nos dice hoy Jesús, ‘voy a prepararos sitio... volveré y os llevaré conmigo, para que donde yo estoy estéis también vosotros’.
Con Jesús, entonces, todo tiene un nuevo sentido. Con Cristo hay esperanza en nuestro corazón. Cuando creemos en Jesús no puede haber amargura en nuestro corazón a causa de la muerte, nuestra o de nuestros seres queridos, sino que siempre hay esperanza. Desde Jesús todo entonces se hace oración. Nuestro recuerdo de los seres queridos no se queda en una lágrima ni en una flor. Repito, es normal la pena de la separación física de nuestros seres queridos; es justo que tengamos un hermoso recuerdo de aquellos a quienes amamos, y le podamos hacer incluso la ofrenda de una flor. Pero lo más hermoso que podemos hacer es una oración llena de esperanza.
Es lo que queremos que sea esta conmemoración que hacemos en este día. Que no es, además, sólo recordar a nuestros seres queridos. Es una conmemoración que quiere hacer la Iglesia de todos los que han muerto para por todos ellos elevar la más hermosa de nuestras oraciones que es la celebración de la Eucaristía. Queremos que estén en el Señor y sólo los méritos de Cristo nos podrán hacer merecer ese perdón y esa vida para siempre. Por eso celebramos la Eucaristía que es celebrar todo el misterio pascual de Cristo, que es celebrar su muerte y su resurrección.
‘Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección...’, Señor que aquellos que han muerto vivan para siempre junto a ti, hayan alcanzado la misericordia divina y gocen para siempre en el cielo de la eterna bienaventuranza. ‘Te damos gracias, vamos a decir en el prefacio, porque, al redimirnos con la muerte de tu Hijo Jesucristo, por tu voluntad salvadora nos llevas a nueva vida para que tengamos parte en su gloriosa resurrección’.
Que esta sea nuestra esperanza y que así surja confiada nuestra oración.
Salmo 22;
Rm. 14, 7-9-10-12;
Jn. 14, 1-6
Damos por sentado que quienes vamos a celebrar esta Conmemoración de Todos los Difuntos somos personas creyentes y con esperanza. Pero somos conscientes también de que estamos sujetos a muchas influencias externas y ajenas a nuestra fe cuando tenemos que enfrentarnos al misterio de la vida y de la muerte. Así corremos el riesgo de que el recuerdo y la conmemoración de los difuntos que hacemos en este día pueda perder su más auténtico sentido cristiano, se tiña incluso de connotaciones paganas o nos resignemos ante la muerte con un sentido fatídico y desesperanzado.
La vida no es una autopista que se acaba en el vacío, sino un camino que nos conduce a la plenitud. Decíamos al principio que necesitamos de la fe y de la esperanza. Si éstas nos fallan todo se nos convertiría en un sin sentido y en un vacío, que nos puede llevar a una resignación sin esperanza, a la desesperación. Muchas veces hemos escuchado aquel texto de san Pablo que nos dice que nosotros no podemos sufrir ante la muerte como los que no tienen esperanza.
Es cierto que es duro el que un día esta vida terrena se acabe, o ante nuestros ojos desaparezcan con la muerte los seres queridos. Es normal el dolor del desgarro de la separación. Pero quien ha llenado su vida de fe y de esperanza se enfrenta a este hecho natural con un nuevo y distinto sentido. No es esa vida terrena o corporal en lo que sólo pensamos. Somos algo más que eso y hay algo más en nuestro vivir. Hay una trascendencia mayor en nuestra vida. Hay en nosotros una llamada a la plenitud. Es la luz que nos da la Palabra del Señor, que siempre es para nosotros una Palabra de Vida. Es el sentido que en Cristo encontramos para nuestro vivir y para nuestro morir.
Hay una hermosa afirmación en el texto del libro de Job que hoy hemos proclamado en la primera lectura. ‘Yo sé que mi Redentor está vivo... yo mismo lo veré, mis propios ojos lo contemplarán...’ Job es el hombre del sufrimiento, que se ha visto desposeído de todos sus bienes e incluso su vida machacada por la enfermedad, pero es también el hombre de la esperanza. Desde su dolor, desde su sufrimiento, desde la muerte que acecha su vida, él ha sido capaz de descubrir la presencia de Dios. Después de la experiencia del dolor, Job podrá exclamar. ‘Te conocía sólo de oídas, ahora te han visto mis ojos’. Se ha abandonado en las manos de Dios y ha podido llegar a descubrir el verdadero rostro de Dios.
Esa experiencia y esa proclamación de fe y esperanza de Job se convierten para nosotros desde Cristo muerto y resucitado en una experiencia pascual. ‘Sé que mi Redentor está vivo...’ porque creemos en Cristo muerto y resucitado. Cristo es el Señor que vive y que nos da vida. Cristo resucitado es el sentido de nuestra vida y también de nuestro morir. Por eso podíamos escuchar a san Pablo: ‘Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; en la vida y en la muerte somos del Señor’. Cristo es quien únicamente da consistencia y sentido tanto al vivir como al morir. En Cristo veremos cumplidas esas ansias de plenitud, porque El quiere darnos una vida sin fin.
Y es que la vida del hombre se transforma por la resurrección de Jesucristo. Cristo, muerto y resucitado, es el centro de nuestra fe, y El nos ha hecho partícipes en su victoria sobre la muerte. Como decimos en la oración litúrgica, ‘al confesar nuestra fe en la resurrección de Jesucristo, se afianza también nuestra esperanza de que todos tus hijos resucitarán’. O como decimos en otra oración, ‘pues creyeron en la resurrección futura, merezcan alcanzar los gozos de la eterna bienaventuranza’.
¿Qué necesitamos? Fe. ‘Que no tiemble vuestro corazón, nos dice Jesús; creed en Dios y creed también en mí’. Y creemos en Jesús. Nos fiamos de su Palabra. Y es que El es la Vida, y es el Camino, y es la verdad. Lo hemos escuchado en el Evangelio. ‘Yo soy el Camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre sino por mí’. Solamente a través de Cristo podemos alcanzar la vida eterna. Solamente con Cristo vamos a alcanzar la autentica plenitud de nuestro ser al unirnos plenamente a Dios. La muerte no es entonces un vacío, sino va a ser el retorno al Padre para vivir plenamente en El. Y como nos dice hoy Jesús, ‘voy a prepararos sitio... volveré y os llevaré conmigo, para que donde yo estoy estéis también vosotros’.
Con Jesús, entonces, todo tiene un nuevo sentido. Con Cristo hay esperanza en nuestro corazón. Cuando creemos en Jesús no puede haber amargura en nuestro corazón a causa de la muerte, nuestra o de nuestros seres queridos, sino que siempre hay esperanza. Desde Jesús todo entonces se hace oración. Nuestro recuerdo de los seres queridos no se queda en una lágrima ni en una flor. Repito, es normal la pena de la separación física de nuestros seres queridos; es justo que tengamos un hermoso recuerdo de aquellos a quienes amamos, y le podamos hacer incluso la ofrenda de una flor. Pero lo más hermoso que podemos hacer es una oración llena de esperanza.
Es lo que queremos que sea esta conmemoración que hacemos en este día. Que no es, además, sólo recordar a nuestros seres queridos. Es una conmemoración que quiere hacer la Iglesia de todos los que han muerto para por todos ellos elevar la más hermosa de nuestras oraciones que es la celebración de la Eucaristía. Queremos que estén en el Señor y sólo los méritos de Cristo nos podrán hacer merecer ese perdón y esa vida para siempre. Por eso celebramos la Eucaristía que es celebrar todo el misterio pascual de Cristo, que es celebrar su muerte y su resurrección.
‘Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección...’, Señor que aquellos que han muerto vivan para siempre junto a ti, hayan alcanzado la misericordia divina y gocen para siempre en el cielo de la eterna bienaventuranza. ‘Te damos gracias, vamos a decir en el prefacio, porque, al redimirnos con la muerte de tu Hijo Jesucristo, por tu voluntad salvadora nos llevas a nueva vida para que tengamos parte en su gloriosa resurrección’.
Que esta sea nuestra esperanza y que así surja confiada nuestra oración.
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sábado, 1 de noviembre de 2008
La fiesta de los peregrinos que ya han llegado a la meta
Ap. 7, 2-4.9-14;
Sal. 23;
1Jn. 3, 1-3;
Mt. 5, 1-12
‘Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo’. Así ha terminado la proclamación de la Bienaventuranzas. No sé si siempre pensaremos en el actuar de cada día en esa ‘recompensa grande en el cielo’. Nos falta muchas veces esa perspectiva, esa trascendencia. La contemplación de todos los Santos a quienes hoy celebramos creo que tendría que hacérnoslo pensar.
Hoy es la fiesta de los peregrinos que ya han llegado a la meta, llevando en sus manos las palmas del triunfo con sus vestiduras blanqueadas y purificadas. Podemos contemplar esa ‘muchedumbre inmensa que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua’, para quienes se han abierto las puertas grandes del cielo, que ‘gritaban con voz potente: la victoria es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero’, como hemos escuchado en el Apocalipsis.
Pero es también la fiesta de toda la Iglesia, de los que ya llegaron y cantan la gloria de Dios en el cielo, pero también de los que aún peregrinamos alentados por la esperanza, movidos por el amor, fortalecidos en nuestra fe, conscientes del camino a recorrer, pero alentados por el testimonio de los que nos precedieron.
Somos peregrinos que caminamos hacia una meta. Como Abrahán cuando salió de Ur de Caldea para ir a donde Dios quisiera llevarle. Como Moisés con el pueblo elegido a través del desierto hacia la tierra prometida. Con fe y fiados de Dios hicieron su peregrinar, aunque muchas fueran las noches oscuras, las tentaciones del desánimo y el cansancio. Pero se fiaron de la Palabra con la que el Señor les había llamado y pudieron alcanzar la meta de la tierra que Dios les regalaba.
Caminamos nosotros también un camino largo, lleno de tribulaciones; peregrinos que no tienen un hospedaje permanente mientras recorren el camino porque saben que su patria es eterna y está junto a Dios; peregrinos que se encuentran en situaciones diversas y muchas veces adversas, pero tratando de mantenerse en la fidelidad para no abandonar el camino; peregrinos desprendidos y pobres - las excesivas cargas son un estorbo para realizar con toda libertad el camino -, que saben poner toda su confianza en Dios porque El es su único apoyo y fortaleza; peregrinos sembradores de paz y de esperanza allí por donde caminan sembrando ilusión y vida; peregrinos con entrañas de misericordia para todos aquellos con los que se encuentran o con los que caminan a su lado el mismo peregrinar; peregrinos con corazón limpio, con nobleza y rectitud, que quieren buscar siempre lo bueno y lo justo para todos; peregrinos que saben levantarse de los desánimos y de las caídas porque tienen puesto los ojos en la meta a la que han de llegar; peregrinos siempre con el ánimo y la esperanza de poder conquistar, alcanzar, un día aquello hermoso y grande que Dios les va a dar.
No siempre nos es fácil recorrer ese camino. Nos acechan las tentaciones y están muy presentes en nuestra vida todas nuestras debilidades. Flaqueamos muchas veces y sentimos el cansancio y el desánimo. Pero el Señor es nuestra fortaleza, nuestra vida y nuestra gracia. No podemos sentirnos nunca solos porque el Señor pondrá a nuestro lado muchos que nos ayuden en nuestro caminar. No puede desfallecer la esperanza. No podemos decaer en el amor. Sentimos el deseo de que un día podamos contemplar cara a cara al Señor, hacernos semejantes a El, porque El nos ha dado la gracia, El ha querido no sólo llamarnos sino hacernos sus hijos, como nos decía la carta de San Juan. ‘Mirad que amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!’.
Los que hoy contemplamos en el cielo recorrieron ese camino, que no fue otro que el de las bienaventuranzas que Jesús nos proclamó en el Evangelio. Porque se hicieron pobres desprendiéndose incluso de sí mismos, para no apoyarse sino en Dios, porque se dejaron llevar por el Espíritu de Jesús, hoy los contemplamos en la gloria del cielo.
Pobres, sufridos, con lágrimas en los ojos o con hambre y sed de justicia en el corazón, limpios y puros en su espíritu y sembradores de paz, no importándoles la persecución o los desprecios cuando fuera por el nombre de Jesús, hoy los vemos partícipes en plenitud del Reino de Dios, coherederos con Cristo de la herencia prometida, saciados en sus deseos más hondos y más hermosos, alcanzando misericordia y pudiendo contemplar cara a cara a Dios como hijos de Dios para siempre, y viviendo ya la felicidad plena de la recompensa eterna de los cielos. Es a lo que nosotros aspiramos, a lo que nosotros queremos llegar.
Celebrar la fiesta de todos los santos, como decíamos antes, nos alienta en nuestro caminar, en nuestro peregrinar. Nosotros nos sentimos también peregrinos, pero queremos caminar guiados por la fe y alentados por el ejemplo de los que ya participan de la asamblea festiva de todos los santos. ‘En ellos encontramos ejemplo y ayuda para nuestra debilidad’. Son ejemplo, sí, porque nos enseñan ese camino de la vida que es nuestro peregrinar, que tiene que ser camino de santidad y de fidelidad; pero son también intercesores que desde el cielo nos ayudan con su protección y alcanzándonos la gracia del Señor. Por eso pedíamos en la oración litúrgica que nos concediera ‘por esta multitud de intercesores, la deseada abundancia de tu misericordia y tu perdón’.
Queremos, pues, en este día, mejor que nunca al celebrar a todos los santos, con los ángeles y con los santos cantar sin cesar el himno de la gloria del Señor. Es que estamos alegres y contentos porque la recompensa de la gloria del Señor para los que son fieles es grande.
Sal. 23;
1Jn. 3, 1-3;
Mt. 5, 1-12
‘Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo’. Así ha terminado la proclamación de la Bienaventuranzas. No sé si siempre pensaremos en el actuar de cada día en esa ‘recompensa grande en el cielo’. Nos falta muchas veces esa perspectiva, esa trascendencia. La contemplación de todos los Santos a quienes hoy celebramos creo que tendría que hacérnoslo pensar.
Hoy es la fiesta de los peregrinos que ya han llegado a la meta, llevando en sus manos las palmas del triunfo con sus vestiduras blanqueadas y purificadas. Podemos contemplar esa ‘muchedumbre inmensa que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua’, para quienes se han abierto las puertas grandes del cielo, que ‘gritaban con voz potente: la victoria es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero’, como hemos escuchado en el Apocalipsis.
Pero es también la fiesta de toda la Iglesia, de los que ya llegaron y cantan la gloria de Dios en el cielo, pero también de los que aún peregrinamos alentados por la esperanza, movidos por el amor, fortalecidos en nuestra fe, conscientes del camino a recorrer, pero alentados por el testimonio de los que nos precedieron.
Somos peregrinos que caminamos hacia una meta. Como Abrahán cuando salió de Ur de Caldea para ir a donde Dios quisiera llevarle. Como Moisés con el pueblo elegido a través del desierto hacia la tierra prometida. Con fe y fiados de Dios hicieron su peregrinar, aunque muchas fueran las noches oscuras, las tentaciones del desánimo y el cansancio. Pero se fiaron de la Palabra con la que el Señor les había llamado y pudieron alcanzar la meta de la tierra que Dios les regalaba.
Caminamos nosotros también un camino largo, lleno de tribulaciones; peregrinos que no tienen un hospedaje permanente mientras recorren el camino porque saben que su patria es eterna y está junto a Dios; peregrinos que se encuentran en situaciones diversas y muchas veces adversas, pero tratando de mantenerse en la fidelidad para no abandonar el camino; peregrinos desprendidos y pobres - las excesivas cargas son un estorbo para realizar con toda libertad el camino -, que saben poner toda su confianza en Dios porque El es su único apoyo y fortaleza; peregrinos sembradores de paz y de esperanza allí por donde caminan sembrando ilusión y vida; peregrinos con entrañas de misericordia para todos aquellos con los que se encuentran o con los que caminan a su lado el mismo peregrinar; peregrinos con corazón limpio, con nobleza y rectitud, que quieren buscar siempre lo bueno y lo justo para todos; peregrinos que saben levantarse de los desánimos y de las caídas porque tienen puesto los ojos en la meta a la que han de llegar; peregrinos siempre con el ánimo y la esperanza de poder conquistar, alcanzar, un día aquello hermoso y grande que Dios les va a dar.
No siempre nos es fácil recorrer ese camino. Nos acechan las tentaciones y están muy presentes en nuestra vida todas nuestras debilidades. Flaqueamos muchas veces y sentimos el cansancio y el desánimo. Pero el Señor es nuestra fortaleza, nuestra vida y nuestra gracia. No podemos sentirnos nunca solos porque el Señor pondrá a nuestro lado muchos que nos ayuden en nuestro caminar. No puede desfallecer la esperanza. No podemos decaer en el amor. Sentimos el deseo de que un día podamos contemplar cara a cara al Señor, hacernos semejantes a El, porque El nos ha dado la gracia, El ha querido no sólo llamarnos sino hacernos sus hijos, como nos decía la carta de San Juan. ‘Mirad que amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!’.
Los que hoy contemplamos en el cielo recorrieron ese camino, que no fue otro que el de las bienaventuranzas que Jesús nos proclamó en el Evangelio. Porque se hicieron pobres desprendiéndose incluso de sí mismos, para no apoyarse sino en Dios, porque se dejaron llevar por el Espíritu de Jesús, hoy los contemplamos en la gloria del cielo.
Pobres, sufridos, con lágrimas en los ojos o con hambre y sed de justicia en el corazón, limpios y puros en su espíritu y sembradores de paz, no importándoles la persecución o los desprecios cuando fuera por el nombre de Jesús, hoy los vemos partícipes en plenitud del Reino de Dios, coherederos con Cristo de la herencia prometida, saciados en sus deseos más hondos y más hermosos, alcanzando misericordia y pudiendo contemplar cara a cara a Dios como hijos de Dios para siempre, y viviendo ya la felicidad plena de la recompensa eterna de los cielos. Es a lo que nosotros aspiramos, a lo que nosotros queremos llegar.
Celebrar la fiesta de todos los santos, como decíamos antes, nos alienta en nuestro caminar, en nuestro peregrinar. Nosotros nos sentimos también peregrinos, pero queremos caminar guiados por la fe y alentados por el ejemplo de los que ya participan de la asamblea festiva de todos los santos. ‘En ellos encontramos ejemplo y ayuda para nuestra debilidad’. Son ejemplo, sí, porque nos enseñan ese camino de la vida que es nuestro peregrinar, que tiene que ser camino de santidad y de fidelidad; pero son también intercesores que desde el cielo nos ayudan con su protección y alcanzándonos la gracia del Señor. Por eso pedíamos en la oración litúrgica que nos concediera ‘por esta multitud de intercesores, la deseada abundancia de tu misericordia y tu perdón’.
Queremos, pues, en este día, mejor que nunca al celebrar a todos los santos, con los ángeles y con los santos cantar sin cesar el himno de la gloria del Señor. Es que estamos alegres y contentos porque la recompensa de la gloria del Señor para los que son fieles es grande.
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viernes, 31 de octubre de 2008
Demos cabida en nuestro corazón con la ternura del amor a toda la Iglesia
Flp. 1, 1-11
Sal. 110
Lc. 14, 1-6
‘Grandes son las obras del Señor’. Así hemos reconocido y rezado en el salmo. Así podemos decir que también san Pablo lo está reconociendo en este principio de la carta a los Filipenses, cuya lectura hoy comenzamos.
Pablo visitó Filipos por primera vez en su segundo viaje apostólico. Era una ciudad importante de Macedonia, cuyos ciudadanos tenían derecho a la ciudadanía romana. Estando en Troas Pablo había escuchado la voz del Señor que le impulsaba a saltar a Europa, en Macedonia para allí hacer también el anuncio de la Buena Noticia. Así llega a Filipos. Recordamos cómo allí se encontró con Lidia a la orilla del río donde se reunían a rezar, que lo invitó a su casa. Posteriormente a causa de una adivina que lo seguía diciendo a todos quién era Pablo, es encarcelado. Y recordamos lo acaecido allí; las puertas de la cárcel se abren, el carcelero que piensa que los presos han huido y quiere suicidarse, Pablo que lo detiene, le anuncia la Buena Nueva de Jesús, y cree él y toda su familia. En otra ocasión probablemente Pablo volvería por Filipos.
Pablo tiene un buen recuerdo de aquella comunidad, que incluso en momentos difíciles para él estando en la cárcel saben estar a su lado. Lo manifiesta en este principio de la carta. ‘Doy gracias a Dios... rezo por vosotros... os llevo dentro... testigo me es Dios de lo entrañablemente que os quiero...’
Pablo tiene esperanzas en aquella comunidad. Confía en que la semilla plantada en ellos dará fruto. ‘Esta es mi confianza: que el que ha inaugurado en vosotros una empresa buena, la llevará adelante hasta el día de Cristo Jesús’. Es la confianza en la gracia del Señor que riega nuestros esfuerzos y trabajos. Pero aquella comunidad va dando respuesta. ‘Habéis sido colaboradores míos desde el primer día hasta hoy... esto que siento por vosotros está plenamente justificado: os llevo dentro tanto en la prisión como en mi defensa y prueba del Evangelio, todos compartís el privilegio que me ha tocado’.
Por eso Pablo ora con gratitud por ellos. ‘Esta es mi oración: que vuestra comunidad de amor siga creciendo más y más en penetración y en sensibilidad para apreciar los valores. Así llegaréis límpidos e irreprochables, cargados de frutos de justicia...’
Es la oración del Apóstol y es la oración de todo pastor por su comunidad, aquella que le ha sido confiada en el nombre del Señor. Los pastores queremos llevaros también muy dentro de nuestro corazón y nuestra oración siempre es por nuestras comunidades, para así sigan creciendo en la fe y en el amor.
Pero creo que también tiene que ser la oración de la comunidad, por sus pastores y por la comunidad misma. Para se siga proclamando el anuncio de la Buena Noticia; para que la comunidad vaya creciendo más y más siendo y formando verdadera comunidad entre sus miembros.
Pero quería decir algo más. Sí tenemos que rezar por esa comunidad a la que pertenecemos, sea una parroquia o sea ese pequeño grupo en el que vives y convives y en el que compartes tu vida y tu fe. Pero nuestra oración no se puede quedar encerrada en unos límites o en unas fronteras. Tenemos que ampliar nuestro círculo. Sentirnos miembros de una comunidad grande que es la Iglesia, y pensamos en nuestra Iglesia local o diocesana, o pensamos en la Iglesia de nuestro país, como pensamos en la Iglesia universal.
Es importante esa oración por la Iglesia. Por que la oración nos une más. Porque la oración muestra nuestra inquietud y nuestro espíritu misionero. Porque así tenemos que sentirnos siempre católicos y universales. Que crezca más y más nuestra Iglesia. Que seamos cada vez más ese signo del amor de Dios en medio de nuestro mundo.
Que como Pablo le demos cabida a todos en nuestro corazón con esa ternura tan hermosa del amor.
Sal. 110
Lc. 14, 1-6
‘Grandes son las obras del Señor’. Así hemos reconocido y rezado en el salmo. Así podemos decir que también san Pablo lo está reconociendo en este principio de la carta a los Filipenses, cuya lectura hoy comenzamos.
Pablo visitó Filipos por primera vez en su segundo viaje apostólico. Era una ciudad importante de Macedonia, cuyos ciudadanos tenían derecho a la ciudadanía romana. Estando en Troas Pablo había escuchado la voz del Señor que le impulsaba a saltar a Europa, en Macedonia para allí hacer también el anuncio de la Buena Noticia. Así llega a Filipos. Recordamos cómo allí se encontró con Lidia a la orilla del río donde se reunían a rezar, que lo invitó a su casa. Posteriormente a causa de una adivina que lo seguía diciendo a todos quién era Pablo, es encarcelado. Y recordamos lo acaecido allí; las puertas de la cárcel se abren, el carcelero que piensa que los presos han huido y quiere suicidarse, Pablo que lo detiene, le anuncia la Buena Nueva de Jesús, y cree él y toda su familia. En otra ocasión probablemente Pablo volvería por Filipos.
Pablo tiene un buen recuerdo de aquella comunidad, que incluso en momentos difíciles para él estando en la cárcel saben estar a su lado. Lo manifiesta en este principio de la carta. ‘Doy gracias a Dios... rezo por vosotros... os llevo dentro... testigo me es Dios de lo entrañablemente que os quiero...’
Pablo tiene esperanzas en aquella comunidad. Confía en que la semilla plantada en ellos dará fruto. ‘Esta es mi confianza: que el que ha inaugurado en vosotros una empresa buena, la llevará adelante hasta el día de Cristo Jesús’. Es la confianza en la gracia del Señor que riega nuestros esfuerzos y trabajos. Pero aquella comunidad va dando respuesta. ‘Habéis sido colaboradores míos desde el primer día hasta hoy... esto que siento por vosotros está plenamente justificado: os llevo dentro tanto en la prisión como en mi defensa y prueba del Evangelio, todos compartís el privilegio que me ha tocado’.
Por eso Pablo ora con gratitud por ellos. ‘Esta es mi oración: que vuestra comunidad de amor siga creciendo más y más en penetración y en sensibilidad para apreciar los valores. Así llegaréis límpidos e irreprochables, cargados de frutos de justicia...’
Es la oración del Apóstol y es la oración de todo pastor por su comunidad, aquella que le ha sido confiada en el nombre del Señor. Los pastores queremos llevaros también muy dentro de nuestro corazón y nuestra oración siempre es por nuestras comunidades, para así sigan creciendo en la fe y en el amor.
Pero creo que también tiene que ser la oración de la comunidad, por sus pastores y por la comunidad misma. Para se siga proclamando el anuncio de la Buena Noticia; para que la comunidad vaya creciendo más y más siendo y formando verdadera comunidad entre sus miembros.
Pero quería decir algo más. Sí tenemos que rezar por esa comunidad a la que pertenecemos, sea una parroquia o sea ese pequeño grupo en el que vives y convives y en el que compartes tu vida y tu fe. Pero nuestra oración no se puede quedar encerrada en unos límites o en unas fronteras. Tenemos que ampliar nuestro círculo. Sentirnos miembros de una comunidad grande que es la Iglesia, y pensamos en nuestra Iglesia local o diocesana, o pensamos en la Iglesia de nuestro país, como pensamos en la Iglesia universal.
Es importante esa oración por la Iglesia. Por que la oración nos une más. Porque la oración muestra nuestra inquietud y nuestro espíritu misionero. Porque así tenemos que sentirnos siempre católicos y universales. Que crezca más y más nuestra Iglesia. Que seamos cada vez más ese signo del amor de Dios en medio de nuestro mundo.
Que como Pablo le demos cabida a todos en nuestro corazón con esa ternura tan hermosa del amor.
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jueves, 30 de octubre de 2008
Buscad vuestra fuerza en el Señor
Ef. 6, 10-20
Sal. 143
Lc. 13, 31-35
‘Buscad vuestra fuerza en el Señor’, nos ha dicho hoy el apóstol. Estamos llegando al final de la carta a los Efesios que hemos venido leyendo de forma continuada en estas últimas semanas.
Casi al principio de la carta pedía el apóstol ‘que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo...’ Ahora al final de la carta además de rogar que pidan a Dios por él, ‘para Dios abra mi boca y me conceda palabras que anuncien sin temor el secreto designio contenido en el evangelio’, les insiste para que busquen toda su fuerza en el Señor.
Emplea la imagen del luchador que ponerse las armas necesarias para poder vencer en la lucha. Nos puede parecer un tanto guerrero el lenguaje, pero son imágenes ricas en significado y que nos hacen ver qué cosas importantes tenemos que cuidar en nuestra vida para vencer al mal. No es una lucha entre hombres nos dice sino que son ‘las fuerzas sobrehumanas y supremas del mal’. Por eso, nos dice, ‘tomad las armas de Dios para resistir... y mantener las posiciones’.
No son medios humanos sino sobrenaturales, porque espiritual es nuestra lucha. Nos habla de cinturón, coraza, calzado adecuado, escudo, casco y espada. Pero, repito, no son esas armas materiales y mortíferas, sino son las armas de la gracia, de la fuerza de Dios, las que fortalecen nuestro espíritu para mantenernos firmes en el camino del Señor.
Por eso nos habla de la verdad, de la justicia, de la fe, de la palabra de Dios, de la oración. Firmes y seguros en nuestra fe y en la verdad del Evangelio que nos salva. Luchadores por la justicia y por la paz, buscando siempre lo bueno y lo justo, buscando siempre la paz. Disponibles y siempre generosos para anunciar la Buena Noticia de salvación.
Con la fuerza del Espíritu que nos ayuda con la gracia del Señor y nos protege, como nos dice, de las flechas incendiarias de tantas tentaciones que quieren herirnos y apartarnos del camino recto. Fortalecidos en la oración que nos hace sentir la presencia y la gracia del Señor en todo momento.
‘Orad en toda ocasión con la ayuda del Espíritu. Tened vigilias en que oréis con constancia por todo el pueblo santo’. Nos insiste una y otra vez. Porque no es nuestra fuerza, sino la fuerza del Señor lo que nos ayuda. No es nuestra obra, sino la obra de Dios en nosotros lo que tenemos que realizar.
Recordemos algunas de las cosas que nos decía el apóstol al principio de la carta. ‘El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia ha sido un derroche para con nosotros, dándonos a conocer el Misterio de su voluntad... el plan que había proyectado... recapitular todas las cosas en Cristo’. Se nos ha ido descubriendo en este día a día de la Palabra que con toda riqueza hemos recibiendo. Bendigamos al Señor por ello y mantengámonos siempre en su gracia.
Sal. 143
Lc. 13, 31-35
‘Buscad vuestra fuerza en el Señor’, nos ha dicho hoy el apóstol. Estamos llegando al final de la carta a los Efesios que hemos venido leyendo de forma continuada en estas últimas semanas.
Casi al principio de la carta pedía el apóstol ‘que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo...’ Ahora al final de la carta además de rogar que pidan a Dios por él, ‘para Dios abra mi boca y me conceda palabras que anuncien sin temor el secreto designio contenido en el evangelio’, les insiste para que busquen toda su fuerza en el Señor.
Emplea la imagen del luchador que ponerse las armas necesarias para poder vencer en la lucha. Nos puede parecer un tanto guerrero el lenguaje, pero son imágenes ricas en significado y que nos hacen ver qué cosas importantes tenemos que cuidar en nuestra vida para vencer al mal. No es una lucha entre hombres nos dice sino que son ‘las fuerzas sobrehumanas y supremas del mal’. Por eso, nos dice, ‘tomad las armas de Dios para resistir... y mantener las posiciones’.
No son medios humanos sino sobrenaturales, porque espiritual es nuestra lucha. Nos habla de cinturón, coraza, calzado adecuado, escudo, casco y espada. Pero, repito, no son esas armas materiales y mortíferas, sino son las armas de la gracia, de la fuerza de Dios, las que fortalecen nuestro espíritu para mantenernos firmes en el camino del Señor.
Por eso nos habla de la verdad, de la justicia, de la fe, de la palabra de Dios, de la oración. Firmes y seguros en nuestra fe y en la verdad del Evangelio que nos salva. Luchadores por la justicia y por la paz, buscando siempre lo bueno y lo justo, buscando siempre la paz. Disponibles y siempre generosos para anunciar la Buena Noticia de salvación.
Con la fuerza del Espíritu que nos ayuda con la gracia del Señor y nos protege, como nos dice, de las flechas incendiarias de tantas tentaciones que quieren herirnos y apartarnos del camino recto. Fortalecidos en la oración que nos hace sentir la presencia y la gracia del Señor en todo momento.
‘Orad en toda ocasión con la ayuda del Espíritu. Tened vigilias en que oréis con constancia por todo el pueblo santo’. Nos insiste una y otra vez. Porque no es nuestra fuerza, sino la fuerza del Señor lo que nos ayuda. No es nuestra obra, sino la obra de Dios en nosotros lo que tenemos que realizar.
Recordemos algunas de las cosas que nos decía el apóstol al principio de la carta. ‘El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia ha sido un derroche para con nosotros, dándonos a conocer el Misterio de su voluntad... el plan que había proyectado... recapitular todas las cosas en Cristo’. Se nos ha ido descubriendo en este día a día de la Palabra que con toda riqueza hemos recibiendo. Bendigamos al Señor por ello y mantengámonos siempre en su gracia.
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miércoles, 29 de octubre de 2008
¿Serán pocos los que se salven? Esforzaos en entrar por la puerta estrecha
Ef. 6, 1-9
Sal.44, 144
Lc. 13, 22-30
Inquietud en el corazón. El encuentro con Jesús, con su vida, con su palabra despierta en nuestro corazón la inquietud. Al escucharle y ver la oferta de salvación que nos ofrece, sentimos en nuestro corazón el deseo de poder alcanzar y al mismo tiempo nos preguntamos si seremos capaces o dignos de poder recibirla; sentimos en nosotros deseo de cielo, deseos de vida eterna.
Es lo que contemplamos en el evangelio. ‘De camino a Jerusalén, Jesús recorría ciudades y aldeas enseñando. Uno le preguntó: Señor, ¿serán pocos los que se salven?’ Escuchaba sus enseñanzas, descubría el camino que Jesús está ofreciendo, sentía deseos también de salvación. Pero, ¿serían muchas las exigencias? ¿será posible alcanzar esa salvación que ofrece Jesús?
La respuesta de Jesús no es con rebajas. ‘Esforzaos en entrar por la puerta estrecha. Os digo que muchos intentarán entrar y no podrán’. Alcanzar la vida eterna tiene sus exigencias. No es vivir la vida simplemente dejándonos llevar. Exige un esfuerzo en nuestra respuesta porque algo nuevo tiene que producirse en nosotros, lo que nos llevará también a dejar cosas viejas. En el texto paralelo a éste del evangelio de san Mateo Jesús dirá: ‘Entrad por la puerta estrecha, porque es ancha y espacioso el camino que lleva a la perdición. En cambio es estrecha la puerta y angosto el camino que lleva a la pica y son pocos los que lo encuentran’.
¿Será que el Señor querrá ponernos dificultades para alcanzar la salvación? Todo lo contrario El ‘quiere que todos los hombres se salven y alcancen la vida eterna’. Pero la respuesta tiene sus exigencias, porque es toda la vida la que hay que implicar. No me vale decir es que yo soy cristiano de toda la vida, es que mi familia es muy bueno, soy de buena y cristiana familia, es que mi pueblo es un pueblo muy cristiano. No es tu familia, no es tu pueblo, eres tú el que tienes que dar la respuesta. ‘Hemos comido y bebido contigo y tu has enseñado en nuestras plazas... pero El os replicará: no os conozco, apartaos de mí malvados’.
‘Señor, ábrenos... no sé quienes sois...’ Es nuestra súplica y será su respuesta. Como a aquellas doncellas que llegaron tarde porque se les había acabado el aceite. ‘Os aseguro que no os conozco...’ Hay que estar vigilante y atentos. Es necesaria una apertura a la palabra de Dios para plantarla en nuestro corazón, para llevarla a nuestra vida. ‘Cuando el amo de casa se levante y cierre la puerta, os quedaréis fuera’. Andamos tantas veces despistados, entretenidos en tantas cosas, que no somos conscientes de la gracia que llega a nosotros. No vale decir ‘Señor, Señor’, sino que es necesario escuchar la Palabra de Dios y ponerla por obra. No nos vale decir que nosotros rezamos mucho o llevamos flores a la Virgen o cumplimos con nuestras promesas, si luego nuestra vida va por otros derroteros distintos a los del amor, si somos injustos en el trato con los demás, o realmente no hemos puesto el evangelio de Jesús en el centro de nuestra vida.
‘Entonces será el llanto y el rechinar de dientes, cuando veáis a Abrahán, Isaac y Jacob y a todos los profetas del Reino y vosotros os veáis echados fuera. Y vendrán de Oriente y Occidente, del Norte y del Sur y se sentarán en la mesa en el Reino de Dios’. Todos están llamados a esa salvación, a sentarse en la mesa del Reino de Dios. Pero hemos de dar la respuesta de nuestra fe, vestirnos el vestido de fiesta - y ya hemos hablado de lo que significa vestirse el vestido de fiesta - para entrar en su Reino.
Recordamos otra ocasión en que Jesús pronuncia estas mismas palabras. Cuando aquel centurión romano, un pagano, que tiene un criado enfermo ruega a Jesús que lo cure, y al querer Jesús ir a su casa, él se siente indigno de que Jesús entre en su casa y cree que con solo su palabra podrá salvarlo. ‘Os aseguro, replicó Jesús, que en ninguno en Israel he encontrado tanta fe. Por eso os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el banquete del reino de los cielos, mientras los hijos del reino serán echados fuera a las tinieblas...’
‘Señor, ábrenos...’ le pedimos a Jesús, pero queremos poner toda nuestra fe; queremos abrir de verdad nuestro corazón a la Palabra de Dios para plantarla en nuestra vida y que dé fruto; queremos en verdad vestirnos con el vestido del amor y de la misericordia para que el Señor nos reconozca, a pesar de nuestras debilidades, flaquezas y despistes. El Señor es misericordioso y seguro que nos abrirá la puerta. Esforcémonos a entrar por la puerta estrecha de nuestra entrega, de nuestro amor, de nuestra fe.
Sal.44, 144
Lc. 13, 22-30
Inquietud en el corazón. El encuentro con Jesús, con su vida, con su palabra despierta en nuestro corazón la inquietud. Al escucharle y ver la oferta de salvación que nos ofrece, sentimos en nuestro corazón el deseo de poder alcanzar y al mismo tiempo nos preguntamos si seremos capaces o dignos de poder recibirla; sentimos en nosotros deseo de cielo, deseos de vida eterna.
Es lo que contemplamos en el evangelio. ‘De camino a Jerusalén, Jesús recorría ciudades y aldeas enseñando. Uno le preguntó: Señor, ¿serán pocos los que se salven?’ Escuchaba sus enseñanzas, descubría el camino que Jesús está ofreciendo, sentía deseos también de salvación. Pero, ¿serían muchas las exigencias? ¿será posible alcanzar esa salvación que ofrece Jesús?
La respuesta de Jesús no es con rebajas. ‘Esforzaos en entrar por la puerta estrecha. Os digo que muchos intentarán entrar y no podrán’. Alcanzar la vida eterna tiene sus exigencias. No es vivir la vida simplemente dejándonos llevar. Exige un esfuerzo en nuestra respuesta porque algo nuevo tiene que producirse en nosotros, lo que nos llevará también a dejar cosas viejas. En el texto paralelo a éste del evangelio de san Mateo Jesús dirá: ‘Entrad por la puerta estrecha, porque es ancha y espacioso el camino que lleva a la perdición. En cambio es estrecha la puerta y angosto el camino que lleva a la pica y son pocos los que lo encuentran’.
¿Será que el Señor querrá ponernos dificultades para alcanzar la salvación? Todo lo contrario El ‘quiere que todos los hombres se salven y alcancen la vida eterna’. Pero la respuesta tiene sus exigencias, porque es toda la vida la que hay que implicar. No me vale decir es que yo soy cristiano de toda la vida, es que mi familia es muy bueno, soy de buena y cristiana familia, es que mi pueblo es un pueblo muy cristiano. No es tu familia, no es tu pueblo, eres tú el que tienes que dar la respuesta. ‘Hemos comido y bebido contigo y tu has enseñado en nuestras plazas... pero El os replicará: no os conozco, apartaos de mí malvados’.
‘Señor, ábrenos... no sé quienes sois...’ Es nuestra súplica y será su respuesta. Como a aquellas doncellas que llegaron tarde porque se les había acabado el aceite. ‘Os aseguro que no os conozco...’ Hay que estar vigilante y atentos. Es necesaria una apertura a la palabra de Dios para plantarla en nuestro corazón, para llevarla a nuestra vida. ‘Cuando el amo de casa se levante y cierre la puerta, os quedaréis fuera’. Andamos tantas veces despistados, entretenidos en tantas cosas, que no somos conscientes de la gracia que llega a nosotros. No vale decir ‘Señor, Señor’, sino que es necesario escuchar la Palabra de Dios y ponerla por obra. No nos vale decir que nosotros rezamos mucho o llevamos flores a la Virgen o cumplimos con nuestras promesas, si luego nuestra vida va por otros derroteros distintos a los del amor, si somos injustos en el trato con los demás, o realmente no hemos puesto el evangelio de Jesús en el centro de nuestra vida.
‘Entonces será el llanto y el rechinar de dientes, cuando veáis a Abrahán, Isaac y Jacob y a todos los profetas del Reino y vosotros os veáis echados fuera. Y vendrán de Oriente y Occidente, del Norte y del Sur y se sentarán en la mesa en el Reino de Dios’. Todos están llamados a esa salvación, a sentarse en la mesa del Reino de Dios. Pero hemos de dar la respuesta de nuestra fe, vestirnos el vestido de fiesta - y ya hemos hablado de lo que significa vestirse el vestido de fiesta - para entrar en su Reino.
Recordamos otra ocasión en que Jesús pronuncia estas mismas palabras. Cuando aquel centurión romano, un pagano, que tiene un criado enfermo ruega a Jesús que lo cure, y al querer Jesús ir a su casa, él se siente indigno de que Jesús entre en su casa y cree que con solo su palabra podrá salvarlo. ‘Os aseguro, replicó Jesús, que en ninguno en Israel he encontrado tanta fe. Por eso os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el banquete del reino de los cielos, mientras los hijos del reino serán echados fuera a las tinieblas...’
‘Señor, ábrenos...’ le pedimos a Jesús, pero queremos poner toda nuestra fe; queremos abrir de verdad nuestro corazón a la Palabra de Dios para plantarla en nuestra vida y que dé fruto; queremos en verdad vestirnos con el vestido del amor y de la misericordia para que el Señor nos reconozca, a pesar de nuestras debilidades, flaquezas y despistes. El Señor es misericordioso y seguro que nos abrirá la puerta. Esforcémonos a entrar por la puerta estrecha de nuestra entrega, de nuestro amor, de nuestra fe.
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martes, 28 de octubre de 2008
Los apóstoles nos congregan en la unidad y el amor (Santos Simón y Judas Tadeo)
Ef. 2, 19-22
Sal. 18
Lc. 6, 12-19
Nos recuerda el evangelio hoy proclamado la elección de los Apóstoles. ‘Jesús subió a la montaña a orar. Y pasó la noche orando a Dios... llamó a sus discípulos, escogió a doce de ellos, y los nombró a Apóstoles’. A continuación nos da el evangelista la lista de los doce escogidos y enviados.
Escogidos y enviados. Nombrados Apóstoles, que eso significa, los enviados. Nos dirá Jesús en otra ocasión ‘como el Padre me envió, así os envió yo a vosotros’. Cristo que viene a hacer la voluntad del Padre. Los Apóstoles que son enviados con la misma misión de Jesús.
¿Cuál es esa misión? Podemos recordar el envío de los setenta y dos discípulos a anunciar el Reino y a curar a los enfermos. O podemos recordar el envío final antes de la Ascensión al cielo. ‘Id por todo el mundo, haced discípulos de todos los pueblos bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a poner por obra todo lo que os he mandado...’
Pero fijémonos en lo que hemos escuchado hoy de la carta de San Pablo a los Efesios. Ya hemos venido comentando este mismo texto en su lectura continuada en días pasados, pero eso mismo nos puede ayudar ahora. ‘Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular...’ Con Cristo, piedra angular, los apóstoles forman el cimiento de la Iglesia.
Con la misión de Cristo y su predicación edifican el edificio de la Iglesia, como templo consagrado al Señor. ‘Por El, por Cristo, todo el edificio queda ensamblado, y se va levantando hasta formar un templo consagrado al Señor’, que nos decía san Pablo. Los apóstoles tienen la misión de anunciar la Palabra de salvación, que es palabra de conversión y de vida.
Los apóstoles nos congregan en la unidad y el amor. En torno a los apóstoles y sus sucesores, los obispos, se congrega la Iglesia (Iglesia local e Iglesia universal) por el anuncio de la Palabra, la profesión de la fe y por la oración y la celebración de los sacramentos. Con ellos nos convertimos también nosotros en testigos de la resurrección, porque de ellos hemos recibido su testimonio. Con ellos profesamos nuestra fe, la fe apostólica que es una de las características precisamente de la verdadera Iglesia de Cristo.
Así se formaron aquellas primeras comunidades cristianas en torno a los apóstoles por todo el mundo, siguiendo el mandato de Cristo. Así sigue creciendo la Iglesia en cada una de las Iglesias locales en comunión con toda la Iglesia universal. Así tendrá que resplandecer ese amor y esa unidad para que el mundo crea – Jesús ruega al Padre para que seamos uno y el mundo crea -, y para que el mundo se transforme por el amor.
Por eso es tan importante para la Iglesia la celebración de la fiesta de los apóstoles. Hoy celebramos a san Simón y san Judas Tadeo, aunque poco más sepamos de ellos que la referencia que nos hacen los evangelistas en las listas, son sin embargo unos apóstoles de Jesús, enviados por Jesús, y que se convierten para nosotros en transmisores de esa fe en Cristo resucitado.
Que como pedimos en la oraciones litúrgicas de este día, que ‘este memorial de la pasión de Jesús que estamos celebrando en honor de los santos apóstoles, nos ayude a perseverar en tu amor... y a celebrar dignamente estos santos misterios.... y así la iglesia siga creciendo con la conversión incesante de los pueblos’.
Sal. 18
Lc. 6, 12-19
Nos recuerda el evangelio hoy proclamado la elección de los Apóstoles. ‘Jesús subió a la montaña a orar. Y pasó la noche orando a Dios... llamó a sus discípulos, escogió a doce de ellos, y los nombró a Apóstoles’. A continuación nos da el evangelista la lista de los doce escogidos y enviados.
Escogidos y enviados. Nombrados Apóstoles, que eso significa, los enviados. Nos dirá Jesús en otra ocasión ‘como el Padre me envió, así os envió yo a vosotros’. Cristo que viene a hacer la voluntad del Padre. Los Apóstoles que son enviados con la misma misión de Jesús.
¿Cuál es esa misión? Podemos recordar el envío de los setenta y dos discípulos a anunciar el Reino y a curar a los enfermos. O podemos recordar el envío final antes de la Ascensión al cielo. ‘Id por todo el mundo, haced discípulos de todos los pueblos bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a poner por obra todo lo que os he mandado...’
Pero fijémonos en lo que hemos escuchado hoy de la carta de San Pablo a los Efesios. Ya hemos venido comentando este mismo texto en su lectura continuada en días pasados, pero eso mismo nos puede ayudar ahora. ‘Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular...’ Con Cristo, piedra angular, los apóstoles forman el cimiento de la Iglesia.
Con la misión de Cristo y su predicación edifican el edificio de la Iglesia, como templo consagrado al Señor. ‘Por El, por Cristo, todo el edificio queda ensamblado, y se va levantando hasta formar un templo consagrado al Señor’, que nos decía san Pablo. Los apóstoles tienen la misión de anunciar la Palabra de salvación, que es palabra de conversión y de vida.
Los apóstoles nos congregan en la unidad y el amor. En torno a los apóstoles y sus sucesores, los obispos, se congrega la Iglesia (Iglesia local e Iglesia universal) por el anuncio de la Palabra, la profesión de la fe y por la oración y la celebración de los sacramentos. Con ellos nos convertimos también nosotros en testigos de la resurrección, porque de ellos hemos recibido su testimonio. Con ellos profesamos nuestra fe, la fe apostólica que es una de las características precisamente de la verdadera Iglesia de Cristo.
Así se formaron aquellas primeras comunidades cristianas en torno a los apóstoles por todo el mundo, siguiendo el mandato de Cristo. Así sigue creciendo la Iglesia en cada una de las Iglesias locales en comunión con toda la Iglesia universal. Así tendrá que resplandecer ese amor y esa unidad para que el mundo crea – Jesús ruega al Padre para que seamos uno y el mundo crea -, y para que el mundo se transforme por el amor.
Por eso es tan importante para la Iglesia la celebración de la fiesta de los apóstoles. Hoy celebramos a san Simón y san Judas Tadeo, aunque poco más sepamos de ellos que la referencia que nos hacen los evangelistas en las listas, son sin embargo unos apóstoles de Jesús, enviados por Jesús, y que se convierten para nosotros en transmisores de esa fe en Cristo resucitado.
Que como pedimos en la oraciones litúrgicas de este día, que ‘este memorial de la pasión de Jesús que estamos celebrando en honor de los santos apóstoles, nos ayude a perseverar en tu amor... y a celebrar dignamente estos santos misterios.... y así la iglesia siga creciendo con la conversión incesante de los pueblos’.
lunes, 27 de octubre de 2008
Sed imitadores de Dios como hijos queridos
Ef. 4, 32 – 5, 1-8
Sal. 1
Lc. 13, 10-17
‘Antes sí erais tinieblas, pero ahora, como cristianos, sois luz. Vivid como hijos de la luz’. Cuando estamos lejos de Cristo, estamos en las tinieblas. Cristo es nuestra luz. Y como hijos de la luz tenemos que caminar, tenemos que vivir, nos dice el apóstol. Lejos entonces de nosotros todo lo que sean las obras de las tinieblas. Podemos apreciar cómo Pablo pone toda la ternura de su corazón cuando les habla a los efesios. Como un padre bueno que aconseja a sus hijos a caminar por los caminos del bien, sus palabras parecen salidas del corazón.
Estas palabras las decía Pablo a aquella comunidad de Éfeso. Una comunidad formada por cristianos ahora, pero provenían del paganismo y también del mundo judío. No habían conocido a Cristo, luego no habían conocido la luz, estaban en las tinieblas. A ellos había llegado la Buena Noticia, el Evangelio de Jesús y había creído. Ahora eran hijos de la luz.
Pero podríamos pensar, bueno, Pablo escribió esto para aquellos cristianos que tenían esa situación concreta y especial, pero nosotros somos cristianos de toda la vida. A nosotros no nos valen esas palabras, porque no provenimos de las tinieblas. Fuimos bautizados de pequeños, hemos sido cristianos siempre... Vano error. Aunque nuestra situación es distinta a la de los efesios, ¿acaso podemos decir que siempre hemos estado en la luz de Cristo?
Sí, tenemos que preguntárnoslo y razonar. ¿Es que acaso nunca nos hemos alejado de Cristo por el pecado? Entonces cada vez que caímos en el pecado, volvimos a las tinieblas. Pero aún más, ¿no nos habrá podido suceder que a lo largo de nuestra vida hayamos vivido lejos de la religión y de la vida cristiana, contentándonos con cumplimientos o sólo nos acercábamos a la Iglesia en contadas ocasiones?
Hemos de reconocer que a muchos ha podido suceder así. Y en un momento determinado ha habido una llamada especial del Señor, hemos sentido que Dios nos tocaba el corazón en algunas determinadas circunstancias, o por el camino que haya sido ahora nos ha llevado a estar más cerca de la Iglesia, de Cristo, de la vida sacramental. Hemos de reconocer, pues, que ha habido momentos en nuestra vida que hemos estado lejos de la luz, metidos en las tinieblas, y ahora hemos vuelto a un encuentro con Cristo que nos ha llenado de luz. Cada uno tenemos nuestra historia personal de salvación.
Por eso cuando escuchamos la Palabra hemos de sentir que es una Palabra que el Señor nos dirige a nosotros, en nuestra vida concreta. Y hoy nos está pidiendo que vivamos en verdad como hijos de la luz. ‘Sed imitadores de Dios, como hijos queridos, y vivir en el amor como Cristo os amó y se entregó por nosotros como oblación y víctima de suave olor’.
Y nos pide con esa ternura, con un amor especial. ‘Sed buenos, comprensivos, perdonándoos unos a otros como Dios os perdonó en Cristo’. Por eso nos pide que nos alejemos de todo aquello que es indigno de nuestra condición de cristianos, de un pueblo de santos. ‘La inmoralidad, indecencia, afán de dinero – que es una idolatría -... las chabacanerías, estupideces o frases de doble sentido... todo esto está fuera de sitio’.
E insiste: ‘Meteos esto en la cabeza... lo vuestro es alabar a Dios’. Nos llama un pueblo santo. Así comienza muchas veces sus cartas dirigiéndose a los santos de la Iglesia de... Santos porque hemos sido elegidos, convocados y llamados a la santidad. Santos porque hemos sido ya consagrados en el bautismo. Es nuestra condición y lo que tenemos que ser.
Que vivamos, pues, como hijos de la luz, como pueblo santo, alejando de nosotros todo lo que es indigno de nuestro nombre y condición de cristianos. Que en todo siempre sepamos alabar al Señor, bendecir su nombre, hacer todo siempre para su gloria.
Sal. 1
Lc. 13, 10-17
‘Antes sí erais tinieblas, pero ahora, como cristianos, sois luz. Vivid como hijos de la luz’. Cuando estamos lejos de Cristo, estamos en las tinieblas. Cristo es nuestra luz. Y como hijos de la luz tenemos que caminar, tenemos que vivir, nos dice el apóstol. Lejos entonces de nosotros todo lo que sean las obras de las tinieblas. Podemos apreciar cómo Pablo pone toda la ternura de su corazón cuando les habla a los efesios. Como un padre bueno que aconseja a sus hijos a caminar por los caminos del bien, sus palabras parecen salidas del corazón.
Estas palabras las decía Pablo a aquella comunidad de Éfeso. Una comunidad formada por cristianos ahora, pero provenían del paganismo y también del mundo judío. No habían conocido a Cristo, luego no habían conocido la luz, estaban en las tinieblas. A ellos había llegado la Buena Noticia, el Evangelio de Jesús y había creído. Ahora eran hijos de la luz.
Pero podríamos pensar, bueno, Pablo escribió esto para aquellos cristianos que tenían esa situación concreta y especial, pero nosotros somos cristianos de toda la vida. A nosotros no nos valen esas palabras, porque no provenimos de las tinieblas. Fuimos bautizados de pequeños, hemos sido cristianos siempre... Vano error. Aunque nuestra situación es distinta a la de los efesios, ¿acaso podemos decir que siempre hemos estado en la luz de Cristo?
Sí, tenemos que preguntárnoslo y razonar. ¿Es que acaso nunca nos hemos alejado de Cristo por el pecado? Entonces cada vez que caímos en el pecado, volvimos a las tinieblas. Pero aún más, ¿no nos habrá podido suceder que a lo largo de nuestra vida hayamos vivido lejos de la religión y de la vida cristiana, contentándonos con cumplimientos o sólo nos acercábamos a la Iglesia en contadas ocasiones?
Hemos de reconocer que a muchos ha podido suceder así. Y en un momento determinado ha habido una llamada especial del Señor, hemos sentido que Dios nos tocaba el corazón en algunas determinadas circunstancias, o por el camino que haya sido ahora nos ha llevado a estar más cerca de la Iglesia, de Cristo, de la vida sacramental. Hemos de reconocer, pues, que ha habido momentos en nuestra vida que hemos estado lejos de la luz, metidos en las tinieblas, y ahora hemos vuelto a un encuentro con Cristo que nos ha llenado de luz. Cada uno tenemos nuestra historia personal de salvación.
Por eso cuando escuchamos la Palabra hemos de sentir que es una Palabra que el Señor nos dirige a nosotros, en nuestra vida concreta. Y hoy nos está pidiendo que vivamos en verdad como hijos de la luz. ‘Sed imitadores de Dios, como hijos queridos, y vivir en el amor como Cristo os amó y se entregó por nosotros como oblación y víctima de suave olor’.
Y nos pide con esa ternura, con un amor especial. ‘Sed buenos, comprensivos, perdonándoos unos a otros como Dios os perdonó en Cristo’. Por eso nos pide que nos alejemos de todo aquello que es indigno de nuestra condición de cristianos, de un pueblo de santos. ‘La inmoralidad, indecencia, afán de dinero – que es una idolatría -... las chabacanerías, estupideces o frases de doble sentido... todo esto está fuera de sitio’.
E insiste: ‘Meteos esto en la cabeza... lo vuestro es alabar a Dios’. Nos llama un pueblo santo. Así comienza muchas veces sus cartas dirigiéndose a los santos de la Iglesia de... Santos porque hemos sido elegidos, convocados y llamados a la santidad. Santos porque hemos sido ya consagrados en el bautismo. Es nuestra condición y lo que tenemos que ser.
Que vivamos, pues, como hijos de la luz, como pueblo santo, alejando de nosotros todo lo que es indigno de nuestro nombre y condición de cristianos. Que en todo siempre sepamos alabar al Señor, bendecir su nombre, hacer todo siempre para su gloria.
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domingo, 26 de octubre de 2008
Gasta tu vida por amor y Cristo está resucitado en ti
Ex. 22, 20-26; Sal. 17; 1Tes. 1, 5-10; Mt. 22, 34-40
A primera vista parece fácil y cosa aprendida de memoria el mensaje que nos proclama la Palabra de Dios hoy; cosa que todos nos sabemos, pero ya sabemos que no es suficiente con saberlo. Pienso que aunque lo sepamos muy bien, bueno es que nos detengamos a reflexionar una y otra vez en la Palabra que Dios nos dice en este domingo.
‘Los fariseos, al oír que Jesús había hecho callar a los saduceos, formaron un grupo, y uno de ellos, que era experto en la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?’ Lo que responde Jesús era cosa que todo judío sabía, y más si quien lo preguntaba era un experto en la ley, pues habían de repetirlo hasta tres veces al día. Sin embargo habían llenado su vida de tantos preceptos – el pueblo judío tenía un total de 613 preceptos, 248 positivos y 365 negativos – que ahora vienen a preguntar qué es lo principal. Por eso decía no es cuestión sólo de saberlo.
Nos sucede a nosotros también. A cualquiera que se le pregunte te dirá que lo importante, la verdadera religión es amar, y amar a los demás. Como suele decir la gente, pórtate bien con los demás y eso es lo importante. Lo sabemos, pero bien que nos cuesta. La palabra amar o amor es la más repetida. La decimos y la cantamos, la repetimos y la escribimos de mil maneras, los poetas escriben cosas bellas del amor, pero sin embargo todos sentimos que es algo que nos falta, algo que sigue faltando en nuestra humanidad tan deshumanizada muchas veces. No puede ser una palabra dicha que se lleva el viento, ni una palabra repetida y dicha sin hondo sentido. Como nos dice san Pablo en la carta a los Corintios, ‘si no tengo amor, soy como campana que suena o címbalo que retiñe; si no tengo amor, haga lo que haga de nada me sirve’.
Jesús nos está enseñando que para decirlo con sentido tenemos que mirar hacia arriba y mirar hacia el frente. ¿Qué quiero decir? Mirar hacia arriba, porque primero que nada tenemos que mirar hacia Dios. Es lo más hondo que tenemos que sentir: ese amor a Dios ‘con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser’. No puede ser un amor cualquiera, un amor con medidas limitadas, un amor raquítico y mezquino, sino que tiene que ser un amor total.
Un amor que se hace escucha de la Palabra que Dios nos dice; un amor que tiene que hacer relación íntima y profunda con Dios en la oración; un amor que es apertura para hacer en todo su voluntad; un amor que hace poner a Dios en el centro de nuestra vida, como única razón y sentido de todo mi vivir y de todo mi amor.
Pero decíamos que también hemos de mirar hacia el frente. Es mirar al prójimo que es mi hermano. Por eso digo mirar de frente, porque no es mirar hacia abajo; porque si para mirar al otro tenemos que mirar hacia abajo es que nosotros nos hemos puesto por arriba, nos habremos puesto en un pedestal y eso no es amor; miro de frente porque miro al hermano que es igual y está a mi misma altura, caminando a mi lado. Los paternalismos y las compasiones sentimentales no son la mejor expresión del amor.
Y es que no es posible amar a Dios si no amamos al hermano. Por eso Jesús nos dice hoy que ‘el segundo es semejante’. No puede haber el uno sin el otro. Y la medida primera que Jesús nos propone para ese amor es el amor a uno mismo. ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’, nos dice Jesús. Tratar a los demás como quisiéramos que nos trataran. No hacer a los demás lo que no nos gustaría que nos hicieran a nosotros.
Pero pienso una cosa. Cuando amamos tenemos que poner rostros concretos a quienes amamos. Amamos a Dios y vemos su rostro manifestado en Cristo Jesús, porque quien ve a Jesús, ve al Padre, ve a Dios. No podemos decir simplemente que amamos a todos. Se quedaría como muy en el aire. Tenemos que amar a cada uno de forma concreta, con rostros concretos.
Por eso digo, poner rostros a ese amor. Y es el rostro de ese hermano que está a mi lado, sea quien sea, me caiga bien o me caiga mal; y es el rostro de ese enfermo, de ese anciano, de ese discapacitado que no se puede valer en muchas cosas y a quien tengo que tender una mano, de ese pobre con el que me cruzo por la calle, o es el rostro de ese emigrante que llega las puertas de nuestra tierra; y así tenemos que seguir poniendo rostros concretos para nuestro amor (no hace falta que yo ponga más ejemplos concretos porque todos sabemos a lo que nos referimos), para que así nuestro amor sea también concreto. A cada uno de los que tenemos que amar tenemos que ponerle un rostro concreto para que sea más auténtico y verdadero nuestro amor.
En la primera lectura del libro del Éxodo, y fijaos que es un texto del Antiguo Testamento, se nos ponen rostros concretos en las viudas y los huérfanos, en el forastero, o en el pobre que nada tiene. Serás hospitalario, no te aprovecharás de los débiles, no oprimirás a nadie, no te beneficiarás a costa de los pobres, no te apropiarás de lo ajeno, viene a decirnos el texto sagrado. ‘Si grita a mí, yo lo escucharé, porque yo soy compasivo’, nos dice el Señor, para movernos a que nosotros seamos también compasivos y tengamos un corazón lleno de amor para los demás.
Es nuestro distintivo. Es el mandamiento que Jesús nos ha dejado. Es la forma mejor que tenemos de manifestar nuestra fe. Es la forma de gritar ante el mundo nuestra fe en Jesús resucitado. Es la expresión más excelsa del Reino nuevo de Dios que Jesús ha instaurado y en el que nosotros queremos vivir. Es lo que ahora estamos celebrando en esta Eucaristía, que es un compromiso de amor y que es también la ofrenda de amor que nosotros queremos presentar al Señor. Es para lo que nosotros venimos aquí a la Eucaristía para alimentarnos de Jesús para que podamos amar con un amor como el suyo.Cuando estaba preparando esta reflexión me encontré que un amigo había puesto casi como lema en su msn de internet, ‘cada vez que gastas tu vida por amor, Cristo está resucitando en ti’. Que así sea en el día a día de nuestra vida.
A primera vista parece fácil y cosa aprendida de memoria el mensaje que nos proclama la Palabra de Dios hoy; cosa que todos nos sabemos, pero ya sabemos que no es suficiente con saberlo. Pienso que aunque lo sepamos muy bien, bueno es que nos detengamos a reflexionar una y otra vez en la Palabra que Dios nos dice en este domingo.
‘Los fariseos, al oír que Jesús había hecho callar a los saduceos, formaron un grupo, y uno de ellos, que era experto en la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?’ Lo que responde Jesús era cosa que todo judío sabía, y más si quien lo preguntaba era un experto en la ley, pues habían de repetirlo hasta tres veces al día. Sin embargo habían llenado su vida de tantos preceptos – el pueblo judío tenía un total de 613 preceptos, 248 positivos y 365 negativos – que ahora vienen a preguntar qué es lo principal. Por eso decía no es cuestión sólo de saberlo.
Nos sucede a nosotros también. A cualquiera que se le pregunte te dirá que lo importante, la verdadera religión es amar, y amar a los demás. Como suele decir la gente, pórtate bien con los demás y eso es lo importante. Lo sabemos, pero bien que nos cuesta. La palabra amar o amor es la más repetida. La decimos y la cantamos, la repetimos y la escribimos de mil maneras, los poetas escriben cosas bellas del amor, pero sin embargo todos sentimos que es algo que nos falta, algo que sigue faltando en nuestra humanidad tan deshumanizada muchas veces. No puede ser una palabra dicha que se lleva el viento, ni una palabra repetida y dicha sin hondo sentido. Como nos dice san Pablo en la carta a los Corintios, ‘si no tengo amor, soy como campana que suena o címbalo que retiñe; si no tengo amor, haga lo que haga de nada me sirve’.
Jesús nos está enseñando que para decirlo con sentido tenemos que mirar hacia arriba y mirar hacia el frente. ¿Qué quiero decir? Mirar hacia arriba, porque primero que nada tenemos que mirar hacia Dios. Es lo más hondo que tenemos que sentir: ese amor a Dios ‘con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser’. No puede ser un amor cualquiera, un amor con medidas limitadas, un amor raquítico y mezquino, sino que tiene que ser un amor total.
Un amor que se hace escucha de la Palabra que Dios nos dice; un amor que tiene que hacer relación íntima y profunda con Dios en la oración; un amor que es apertura para hacer en todo su voluntad; un amor que hace poner a Dios en el centro de nuestra vida, como única razón y sentido de todo mi vivir y de todo mi amor.
Pero decíamos que también hemos de mirar hacia el frente. Es mirar al prójimo que es mi hermano. Por eso digo mirar de frente, porque no es mirar hacia abajo; porque si para mirar al otro tenemos que mirar hacia abajo es que nosotros nos hemos puesto por arriba, nos habremos puesto en un pedestal y eso no es amor; miro de frente porque miro al hermano que es igual y está a mi misma altura, caminando a mi lado. Los paternalismos y las compasiones sentimentales no son la mejor expresión del amor.
Y es que no es posible amar a Dios si no amamos al hermano. Por eso Jesús nos dice hoy que ‘el segundo es semejante’. No puede haber el uno sin el otro. Y la medida primera que Jesús nos propone para ese amor es el amor a uno mismo. ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’, nos dice Jesús. Tratar a los demás como quisiéramos que nos trataran. No hacer a los demás lo que no nos gustaría que nos hicieran a nosotros.
Pero pienso una cosa. Cuando amamos tenemos que poner rostros concretos a quienes amamos. Amamos a Dios y vemos su rostro manifestado en Cristo Jesús, porque quien ve a Jesús, ve al Padre, ve a Dios. No podemos decir simplemente que amamos a todos. Se quedaría como muy en el aire. Tenemos que amar a cada uno de forma concreta, con rostros concretos.
Por eso digo, poner rostros a ese amor. Y es el rostro de ese hermano que está a mi lado, sea quien sea, me caiga bien o me caiga mal; y es el rostro de ese enfermo, de ese anciano, de ese discapacitado que no se puede valer en muchas cosas y a quien tengo que tender una mano, de ese pobre con el que me cruzo por la calle, o es el rostro de ese emigrante que llega las puertas de nuestra tierra; y así tenemos que seguir poniendo rostros concretos para nuestro amor (no hace falta que yo ponga más ejemplos concretos porque todos sabemos a lo que nos referimos), para que así nuestro amor sea también concreto. A cada uno de los que tenemos que amar tenemos que ponerle un rostro concreto para que sea más auténtico y verdadero nuestro amor.
En la primera lectura del libro del Éxodo, y fijaos que es un texto del Antiguo Testamento, se nos ponen rostros concretos en las viudas y los huérfanos, en el forastero, o en el pobre que nada tiene. Serás hospitalario, no te aprovecharás de los débiles, no oprimirás a nadie, no te beneficiarás a costa de los pobres, no te apropiarás de lo ajeno, viene a decirnos el texto sagrado. ‘Si grita a mí, yo lo escucharé, porque yo soy compasivo’, nos dice el Señor, para movernos a que nosotros seamos también compasivos y tengamos un corazón lleno de amor para los demás.
Es nuestro distintivo. Es el mandamiento que Jesús nos ha dejado. Es la forma mejor que tenemos de manifestar nuestra fe. Es la forma de gritar ante el mundo nuestra fe en Jesús resucitado. Es la expresión más excelsa del Reino nuevo de Dios que Jesús ha instaurado y en el que nosotros queremos vivir. Es lo que ahora estamos celebrando en esta Eucaristía, que es un compromiso de amor y que es también la ofrenda de amor que nosotros queremos presentar al Señor. Es para lo que nosotros venimos aquí a la Eucaristía para alimentarnos de Jesús para que podamos amar con un amor como el suyo.Cuando estaba preparando esta reflexión me encontré que un amigo había puesto casi como lema en su msn de internet, ‘cada vez que gastas tu vida por amor, Cristo está resucitando en ti’. Que así sea en el día a día de nuestra vida.
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sábado, 25 de octubre de 2008
Gracia para llegar a la medida de Cristo en su plenitud
Ef. 4, 7-16
Sal. 121
Lc. 13, 1-9
‘A cada uno se le ha dado la gracia según la medida del don de Cristo’. No nos faltará nunca la gracia del Señor. No nos faltará y siempre en medida sobreabundante. La medida de Cristo. Y ya sabemos de su generosidad. ‘Se os dará una medida generosa, colmada, rebosante...’ nos dice Jesús en el Evangelio.
Cualquiera que sea nuestra situación, nuestros problemas y nuestras luchas, la misión que se nos haya encomendado o la responsabilidad que hayamos asumido en la vida, nunca nos faltará la gracia del Señor. Bien sabemos lo que Pablo pedía al Señor, verse liberado de aquel aguijón que tenía como clavado en las entrañas de su alma – no sabemos exactamente cuál sería el problema, la tentación o el mal que le aquejaba – y el Señor le respondía: ‘Te basta mi gracia’. Nos lo cuenta él en sus cartas.
No nos faltará esa gracia que necesitamos para ese crecimiento en la fe y en la vida cristiana, como hemos venido reflexionando en estos días. Esas virtudes y valores que nos pedía ayer el apóstol para responder a esa vocación a la que habíamos sido convocados, humildad, amabilidad, comprensión, aceptación mutua y respetuosa, amor, unidad... ‘hasta que lleguemos todos a la unidad en la fe y en el conocimiento del Hijo de Dios, al Hombre perfecto, a la medida de Cristo en su plenitud’. Es la meta a alcanzar y para ello no nos faltará su gracia.
No siempre fácil, porque nos vemos zarandeados por las tentaciones. Pero tenemos la fortaleza del Señor ‘para que ya no seamos como niños, sacudidos por las olas y llevados al retortero por todo viento de doctrina...’ Por eso, como hemos escuchado en el Evangelio hemos de buscar la manera de dar fruto. Nos ha hablado Jesús del hombre que viene a buscar fruto a su higuera, quiere cortarla porque no da fruto, pero el viñador le ruega: ‘Déjala todavía... yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto’. Es la paciencia de Dios que siempre está esperando nuestro fruto y nos acompaña con su gracia. Es la respuesta de conversión que nosotros hemos de dar. ‘Os digo que si no os convertís, todos pereceréis lo mismo’, que dice Jesús en referencia a aquellos sucesos acaecidos en Jerusalén a los que hace referencia el Evangelio de hoy.
Nos ayuda a ello, y es una gracia del Señor, el sentirnos unidos en comunión los unos con los otros. La santidad de cada uno ayuda a la santidad de los demás. El apóstol nos hace la comparación con el cuerpo que tiene muchos miembros, pero que cada uno tiene su función. Cristo es la Cabeza y nosotros somos los miembros y como nos dice: ‘el cuerpo bien ajustado y unido a través de todo el complejo de junturas que lo nutren, actuando a la medida de cada parte, se procura el crecimiento de todo el cuerpo, para la construcción de sí mismo en el amor’.
Así mutuamente nos ayudamos. Porque como nos dice ‘a unos a constituido, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y doctores, para el perfeccionamiento de los santos, en función de su ministerio, y para la edificación del cuerpo de Cristo’.
Cada uno tenemos nuestro lugar, nuestra función, nuestro ministerio y nuestro servicio. Y no son sólo los que tienen una vocación a un servicio especial, sino que cada uno en ese lugar que ocupa en la vida, que es también llamada y vocación si lo miramos con fe; será los padres en la familia en su función de cada al hogar y los hijos, o será el que desempeña un trabajo, sea cual sea; sea el que desempeña una función pública de servicio a la comunidad, o sea cualquiera que aunque por sus años ya no desempeñe un trabajo especial, sin embargo todos con nuestra vida estamos contribuyendo a ese crecimiento del cuerpo, que es la Iglesia.
Pensemos cómo con nuestra santidad personal estamos haciendo crecer la santidad de la Iglesia. Y para ello no nos faltará nunca la gracia del Señor. para que así en todas las cosas siempre podamos dar gloria al Señor.
Sal. 121
Lc. 13, 1-9
‘A cada uno se le ha dado la gracia según la medida del don de Cristo’. No nos faltará nunca la gracia del Señor. No nos faltará y siempre en medida sobreabundante. La medida de Cristo. Y ya sabemos de su generosidad. ‘Se os dará una medida generosa, colmada, rebosante...’ nos dice Jesús en el Evangelio.
Cualquiera que sea nuestra situación, nuestros problemas y nuestras luchas, la misión que se nos haya encomendado o la responsabilidad que hayamos asumido en la vida, nunca nos faltará la gracia del Señor. Bien sabemos lo que Pablo pedía al Señor, verse liberado de aquel aguijón que tenía como clavado en las entrañas de su alma – no sabemos exactamente cuál sería el problema, la tentación o el mal que le aquejaba – y el Señor le respondía: ‘Te basta mi gracia’. Nos lo cuenta él en sus cartas.
No nos faltará esa gracia que necesitamos para ese crecimiento en la fe y en la vida cristiana, como hemos venido reflexionando en estos días. Esas virtudes y valores que nos pedía ayer el apóstol para responder a esa vocación a la que habíamos sido convocados, humildad, amabilidad, comprensión, aceptación mutua y respetuosa, amor, unidad... ‘hasta que lleguemos todos a la unidad en la fe y en el conocimiento del Hijo de Dios, al Hombre perfecto, a la medida de Cristo en su plenitud’. Es la meta a alcanzar y para ello no nos faltará su gracia.
No siempre fácil, porque nos vemos zarandeados por las tentaciones. Pero tenemos la fortaleza del Señor ‘para que ya no seamos como niños, sacudidos por las olas y llevados al retortero por todo viento de doctrina...’ Por eso, como hemos escuchado en el Evangelio hemos de buscar la manera de dar fruto. Nos ha hablado Jesús del hombre que viene a buscar fruto a su higuera, quiere cortarla porque no da fruto, pero el viñador le ruega: ‘Déjala todavía... yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto’. Es la paciencia de Dios que siempre está esperando nuestro fruto y nos acompaña con su gracia. Es la respuesta de conversión que nosotros hemos de dar. ‘Os digo que si no os convertís, todos pereceréis lo mismo’, que dice Jesús en referencia a aquellos sucesos acaecidos en Jerusalén a los que hace referencia el Evangelio de hoy.
Nos ayuda a ello, y es una gracia del Señor, el sentirnos unidos en comunión los unos con los otros. La santidad de cada uno ayuda a la santidad de los demás. El apóstol nos hace la comparación con el cuerpo que tiene muchos miembros, pero que cada uno tiene su función. Cristo es la Cabeza y nosotros somos los miembros y como nos dice: ‘el cuerpo bien ajustado y unido a través de todo el complejo de junturas que lo nutren, actuando a la medida de cada parte, se procura el crecimiento de todo el cuerpo, para la construcción de sí mismo en el amor’.
Así mutuamente nos ayudamos. Porque como nos dice ‘a unos a constituido, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y doctores, para el perfeccionamiento de los santos, en función de su ministerio, y para la edificación del cuerpo de Cristo’.
Cada uno tenemos nuestro lugar, nuestra función, nuestro ministerio y nuestro servicio. Y no son sólo los que tienen una vocación a un servicio especial, sino que cada uno en ese lugar que ocupa en la vida, que es también llamada y vocación si lo miramos con fe; será los padres en la familia en su función de cada al hogar y los hijos, o será el que desempeña un trabajo, sea cual sea; sea el que desempeña una función pública de servicio a la comunidad, o sea cualquiera que aunque por sus años ya no desempeñe un trabajo especial, sin embargo todos con nuestra vida estamos contribuyendo a ese crecimiento del cuerpo, que es la Iglesia.
Pensemos cómo con nuestra santidad personal estamos haciendo crecer la santidad de la Iglesia. Y para ello no nos faltará nunca la gracia del Señor. para que así en todas las cosas siempre podamos dar gloria al Señor.
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viernes, 24 de octubre de 2008
Andad como pide la vocación a la que habéis sido convocados
Ef. 3, 14-21
Sal. 32
Lc. 12, 54-59
Ayer pedía san Pablo un crecimiento en la fe y en la vida cristiana. Hoy nos dice más cosas concretas, porque esa fe y esa vida cristiana tiene que traducirse en unas actitudes nuevas, en un estilo de vida distinto, una nueva manera de vivir.
Nos dice el apóstol que andemos como pide la vocación a la que hemos sido convocados. Y nos lo repite dos veces. ‘Os ruego que andéis como pide la vocación a la que habéis sido convocados... como una sola es la meta de la esperanza en la vocación a la que habéis sido convocados’, repite.
¿Cuál es esa vocación y cuál es esa meta? Convocados, tenemos que decir, a ser Asamblea santa. ¿Sabéis lo que significa la palabra Iglesia? Los que han sido convocados a la asamblea, la asamblea convocada. Y nosotros somos Iglesia. Nos ha convocado, nos ha llamado el Señor a una vida nueva y a una salvación que El nos ofrece.
Esa es nuestra meta. Esa es nuestra esperanza. Esa es nuestra vocación. Esa es, entonces, nuestra nueva manera de vivir. Por eso decimos que los cristianos tenemos que vivir en comunión los unos con los otros, vivir en comunidad.
Por eso nos habla de humildad, de amabilidad, de comprensión, de amor y aceptación mutua, de unidad, de paz. ‘Sed siempre humildes y amables, sed comprensivos, sobrellevaos mutuamente con amor, esforzaos en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz’. Todo un programa, un proyecto de vida. Es ese nuevo estilo de nuestro vivir.
Ojalá fuéramos capaces de hacerlo vida en nosotros. El vínculo de la paz. Para saber tratarnos y relacionarnos. Para saber aceptarnos y entendernos – sobrellevarnos no es simplemente aguantarnos, sino aceptanos y respetarnos desde el amor -. Para amarnos de verdad como miembros de una misma comunidad, de una misma familia.
El Evangelio de hoy nos ha hablado precisamente de esa paz que tenemos que saber buscar siempre entre nosotros evitando pleitos y enfrentamientos. Y es que el enfrentamiento siempre producirá una ruptura que luego costará mucho reconstruir. ‘Con el que te pone pleito, haz lo posible por llegar a un acuerdo con él...’ nos ha dicho Jesús en el Evangelio.
Una razón para ello es la vocación a la que hemos sido llamados, como ya hemos mencionado. Otra razón grande e importante es la unidad de la fe en el misma Señor y Padre, el Bautismo recibido, el Espíritu Santo que nos une. ‘Un solo cuerpo y un solo Espíritu... Un Señor, una fe, un bautismo. Un Dios, Padre de todo, que lo trasciende todo, y lo penetra todo, y lo invade todo’. Creemos en el mismo Dios que es nuestro Padre. Nos une la fuerza el Espíritu que es el que crea en nosotros unidad. Y para eso hemos recibido un Bautismo, el mismo Bautismo que nos une a todos para formar todos esa misma y única familia.
Sigamos pidiendo al Señor que nos conceda su Espíritu de amor. Que se derrame sobre nosotros, que invada nuestro corazón.
Sal. 32
Lc. 12, 54-59
Ayer pedía san Pablo un crecimiento en la fe y en la vida cristiana. Hoy nos dice más cosas concretas, porque esa fe y esa vida cristiana tiene que traducirse en unas actitudes nuevas, en un estilo de vida distinto, una nueva manera de vivir.
Nos dice el apóstol que andemos como pide la vocación a la que hemos sido convocados. Y nos lo repite dos veces. ‘Os ruego que andéis como pide la vocación a la que habéis sido convocados... como una sola es la meta de la esperanza en la vocación a la que habéis sido convocados’, repite.
¿Cuál es esa vocación y cuál es esa meta? Convocados, tenemos que decir, a ser Asamblea santa. ¿Sabéis lo que significa la palabra Iglesia? Los que han sido convocados a la asamblea, la asamblea convocada. Y nosotros somos Iglesia. Nos ha convocado, nos ha llamado el Señor a una vida nueva y a una salvación que El nos ofrece.
Esa es nuestra meta. Esa es nuestra esperanza. Esa es nuestra vocación. Esa es, entonces, nuestra nueva manera de vivir. Por eso decimos que los cristianos tenemos que vivir en comunión los unos con los otros, vivir en comunidad.
Por eso nos habla de humildad, de amabilidad, de comprensión, de amor y aceptación mutua, de unidad, de paz. ‘Sed siempre humildes y amables, sed comprensivos, sobrellevaos mutuamente con amor, esforzaos en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz’. Todo un programa, un proyecto de vida. Es ese nuevo estilo de nuestro vivir.
Ojalá fuéramos capaces de hacerlo vida en nosotros. El vínculo de la paz. Para saber tratarnos y relacionarnos. Para saber aceptarnos y entendernos – sobrellevarnos no es simplemente aguantarnos, sino aceptanos y respetarnos desde el amor -. Para amarnos de verdad como miembros de una misma comunidad, de una misma familia.
El Evangelio de hoy nos ha hablado precisamente de esa paz que tenemos que saber buscar siempre entre nosotros evitando pleitos y enfrentamientos. Y es que el enfrentamiento siempre producirá una ruptura que luego costará mucho reconstruir. ‘Con el que te pone pleito, haz lo posible por llegar a un acuerdo con él...’ nos ha dicho Jesús en el Evangelio.
Una razón para ello es la vocación a la que hemos sido llamados, como ya hemos mencionado. Otra razón grande e importante es la unidad de la fe en el misma Señor y Padre, el Bautismo recibido, el Espíritu Santo que nos une. ‘Un solo cuerpo y un solo Espíritu... Un Señor, una fe, un bautismo. Un Dios, Padre de todo, que lo trasciende todo, y lo penetra todo, y lo invade todo’. Creemos en el mismo Dios que es nuestro Padre. Nos une la fuerza el Espíritu que es el que crea en nosotros unidad. Y para eso hemos recibido un Bautismo, el mismo Bautismo que nos une a todos para formar todos esa misma y única familia.
Sigamos pidiendo al Señor que nos conceda su Espíritu de amor. Que se derrame sobre nosotros, que invada nuestro corazón.
jueves, 23 de octubre de 2008
Así llegaréis a vuestra plenitud según la plenitud total de Dios
Ef. 3, 14-21
Sal. 32
Lc. 12, 49-53
Cuando esta mañana era proclamada esta lectura de la carta a los Efesios (3, 14-21), antes de que el lector pudiera decir palabra de Dios para la proclamación final, ya la asamblea de los que estaban participando dijeron todos a una ‘¡Amén!’ ¿Qué había pasado? ¿Se habían equivocado rutinariamente porque pensaban que aquello era la oración litúrgica? En cierto modo, sí, y en cierto modo, no. Me explico, no era la oración litúrgica, pero lo que realmente se había leído era una oración que además tenía una conclusión semejante a la de la oración litúrgica. De ahí esa espontaneidad de la aclamación con el Amén de toda la asamblea.
Efectivamente este texto hoy proclamado es la oración que Pablo hace por la comunidad de Éfeso. ¿Qué es lo que pide? Un crecimiento en la fe y en la vida cristiana. Quizá acostumbrados en nuestras oraciones personales a pedir por cosas concretas, problemas, personas que conocemos, enfermos, difuntos, etc. nos podría parecer extraño que no sea eso lo que se pida, sino ese crecimiento en la fe, como decimos. Y es que es algo que tenemos que saber pedir en nuestra oración.
La fe no es como una marca externa, un pins que nos pongamos como una señal en nuestro exterior. Ya sabemos que la fe es algo que tiene que envolver y marcar hondamente toda nuestra vida. Pero no es algo que se realice de un momento para otro. Por eso, es un camino, un proceso en crecimiento que tiene que haber en nuestra vida. Una respuesta, es cierto, que damos a todo el amor que el Señor nos tiene, pero como todo lo humano esa respuesta será una transformación que paso a paso iremos dando en nuestra vida.
Una respuesta que damos con seguridad y fortaleza. Que hemos de dar con toda seguridad y que hemos de hacerlo con alegría. La alegría de creer, de sentirnos seguros en Aquel de quien nos fiamos, a quien nos confiamos, a quien queremos seguir, por quien queremos hacerlo todo. Una fe proclamada así con toda ese certeza y seguridad frente a las tentaciones y peligros que podamos que ir encontrando.
Una fe que nos hace irnos llenando de Dios día a día. Lo hemos reflexionado muchas veces, como Dios quiere habitar en nosotros y nosotros en Dios. Porque no es ponerlo simplemente a nuestro lado, es meterlo en nuestra vida y nosotros meternos en El, empaparnos de Dios. Porque Dios está con nosotros, en nosotros, y no nos falla nunca.
Una fe que nos irá transformando para que demos frutos. Es lo que nos pide el Señor. Que demos frutos en abundancia. Y esos frutos se ven en el amor. El amor que será entonces nuestra razón de ser, nuestra manera de actuar, lo que vaya haciendo resplandecer nuestra vida.
Así, al unirnos a Cristo, llenanos de su vida, dejarnos inundar por su amor, iremos configurando nuestra personalidad cristiana. Porque ya entonces seremos distintos. Algo nos diferencia en esa fe y en ese amor. Nos hemos configurado con Cristo y nuestro vivir es el vivir a Cristo, es Cristo que vive en mí.
Nos sentiremos felices. Nos sentiremos llevados a la plenitud de nuestro ser. Porque la fe nunca nos anula, sino todo lo contrario, nos eleva, nos hace más grandes, nos da mayor plenitud, nos inunda de felicidad porque nos veremos realizados totalmente en una vida nueva. Como dice el Apóstol ‘así llegaréis a vuestra plenitud, según la plenitud total de Dios’.
Es la oración que Pablo ha hecho por la comunidad de Éfeso. Recordémosla y entendámoslo ahora tras esta explicación. ‘Os conceda por medio de su Espíritu: robusteceros en lo profundo de vuestro ser; que Cristo habite por la fe en vuestros corazones; que el amor sea vuestra raíz y vuestro cimiento... comprendiendo lo que trasciende toda filosofía: el amor cristiano. Así llegaréis a vuestra plenitud, según la plenitud total de Dios’.
Que esta sea también nuestra oración para ese crecimiento de nuestra fe y de nuestra vida cristiana. Para que así nos sintamos transformados. Para que así lleguemos a esa plenitud de nuestro ser en Dios. Para que así también podamos glorificar al Señor. ‘A El la gloria de la Iglesia y de Cristo Jesús por todas las generaciones, de edad en edad. Amén’.
Sal. 32
Lc. 12, 49-53
Cuando esta mañana era proclamada esta lectura de la carta a los Efesios (3, 14-21), antes de que el lector pudiera decir palabra de Dios para la proclamación final, ya la asamblea de los que estaban participando dijeron todos a una ‘¡Amén!’ ¿Qué había pasado? ¿Se habían equivocado rutinariamente porque pensaban que aquello era la oración litúrgica? En cierto modo, sí, y en cierto modo, no. Me explico, no era la oración litúrgica, pero lo que realmente se había leído era una oración que además tenía una conclusión semejante a la de la oración litúrgica. De ahí esa espontaneidad de la aclamación con el Amén de toda la asamblea.
Efectivamente este texto hoy proclamado es la oración que Pablo hace por la comunidad de Éfeso. ¿Qué es lo que pide? Un crecimiento en la fe y en la vida cristiana. Quizá acostumbrados en nuestras oraciones personales a pedir por cosas concretas, problemas, personas que conocemos, enfermos, difuntos, etc. nos podría parecer extraño que no sea eso lo que se pida, sino ese crecimiento en la fe, como decimos. Y es que es algo que tenemos que saber pedir en nuestra oración.
La fe no es como una marca externa, un pins que nos pongamos como una señal en nuestro exterior. Ya sabemos que la fe es algo que tiene que envolver y marcar hondamente toda nuestra vida. Pero no es algo que se realice de un momento para otro. Por eso, es un camino, un proceso en crecimiento que tiene que haber en nuestra vida. Una respuesta, es cierto, que damos a todo el amor que el Señor nos tiene, pero como todo lo humano esa respuesta será una transformación que paso a paso iremos dando en nuestra vida.
Una respuesta que damos con seguridad y fortaleza. Que hemos de dar con toda seguridad y que hemos de hacerlo con alegría. La alegría de creer, de sentirnos seguros en Aquel de quien nos fiamos, a quien nos confiamos, a quien queremos seguir, por quien queremos hacerlo todo. Una fe proclamada así con toda ese certeza y seguridad frente a las tentaciones y peligros que podamos que ir encontrando.
Una fe que nos hace irnos llenando de Dios día a día. Lo hemos reflexionado muchas veces, como Dios quiere habitar en nosotros y nosotros en Dios. Porque no es ponerlo simplemente a nuestro lado, es meterlo en nuestra vida y nosotros meternos en El, empaparnos de Dios. Porque Dios está con nosotros, en nosotros, y no nos falla nunca.
Una fe que nos irá transformando para que demos frutos. Es lo que nos pide el Señor. Que demos frutos en abundancia. Y esos frutos se ven en el amor. El amor que será entonces nuestra razón de ser, nuestra manera de actuar, lo que vaya haciendo resplandecer nuestra vida.
Así, al unirnos a Cristo, llenanos de su vida, dejarnos inundar por su amor, iremos configurando nuestra personalidad cristiana. Porque ya entonces seremos distintos. Algo nos diferencia en esa fe y en ese amor. Nos hemos configurado con Cristo y nuestro vivir es el vivir a Cristo, es Cristo que vive en mí.
Nos sentiremos felices. Nos sentiremos llevados a la plenitud de nuestro ser. Porque la fe nunca nos anula, sino todo lo contrario, nos eleva, nos hace más grandes, nos da mayor plenitud, nos inunda de felicidad porque nos veremos realizados totalmente en una vida nueva. Como dice el Apóstol ‘así llegaréis a vuestra plenitud, según la plenitud total de Dios’.
Es la oración que Pablo ha hecho por la comunidad de Éfeso. Recordémosla y entendámoslo ahora tras esta explicación. ‘Os conceda por medio de su Espíritu: robusteceros en lo profundo de vuestro ser; que Cristo habite por la fe en vuestros corazones; que el amor sea vuestra raíz y vuestro cimiento... comprendiendo lo que trasciende toda filosofía: el amor cristiano. Así llegaréis a vuestra plenitud, según la plenitud total de Dios’.
Que esta sea también nuestra oración para ese crecimiento de nuestra fe y de nuestra vida cristiana. Para que así nos sintamos transformados. Para que así lleguemos a esa plenitud de nuestro ser en Dios. Para que así también podamos glorificar al Señor. ‘A El la gloria de la Iglesia y de Cristo Jesús por todas las generaciones, de edad en edad. Amén’.
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miércoles, 22 de octubre de 2008
Vigilancia, responsabilidad, atención, servicio
Vigilancia, responsabilidad, atención, servicio
Ef. 3, 2-12
Salmo: Is 12, 2-6
Lc. 12. 39-48
‘Sacaréis agua con gozo de las fuentes de la salvación’, hemos dicho con el salmo responsorial. ¿Dónde encontramos esa fuente de Salvación? Tenemos que decir que en Cristo. El es la fuente de la Sabiduría, la fuente de la vida, la fuente de la salvación. ‘Anunciar a los gentiles la riqueza insondable que es Cristo’, decía san Pablo en la carta a los Efesios.
‘Misterio de Cristo... que ha sido revelado ahora por el Espíritu a sus santos apóstoles y profetas’. Misterio de Cristo que no sólo nos revela el misterio de Dios, sino que nos revela también el misterio del hombre, el sentido del hombre, lo que tiene que ser la vida del hombre.
Ante la escucha del Evangelio que hoy nos ha sido proclamado quizá tendríamos que preguntarnos. ¿En qué sentido nos tomamos la vida? De diferentes maneras en el Evangelio y en distintos momentos Jesús nos habla de la responsabilidad y de la seriedad con que hemos de tomarnos la vida. Nos propone por ejemplo la parábola de los talentos que tantas veces hemos escuchado y reflexionado del que se fue de viaje y dejó diferentes talentos a sus empleados para que los negociaran y sacaran rendimiento; o la parábola que hemos escuchado hace pocos domingos del viñador que tras preparar su viña la confió a unos labradores para que la trabajaran.
En el evangelio escuchado ayer y hoy nos habla del servidor que espera la vuelta de su amo a casa: ‘Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas; vosotros estad como los que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle, apenas venga y llame’. O nos habla del dueño de casa vigilante para que el ladrón no le entre a robar: ‘Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora viene el ladrón, no le dejaría abrir un boquete’. O del administrador fiel y solícito que ha de cuidar de los bienes de su amo y del cuidado de sus cosas: ‘¿Quién es el administrador fiel y solícito a quien el amo ha puesto al frente de su servidumbre para que les reparta la ración a sus horas?’ Y nos advierte: ‘Lo mismo vosotros, estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del Hombre’.
Vigilancia, responsabilidad, atención, servicio. Es un don que Dios ha puesto en nuestras manos a nuestro cuidado. Con responsabilidad hemos de aceptar ese don que Dios nos ha dado, que es nuestra vida con todos los talentos y cualidades que le acompañan. Vigilancia para no perder ese don, para no dañarlo. Atentos y responsables para el desarrollo de todos esos talentos, de todas esas cualidades de las que Dios me dotó. Atentos porque además no es un don sólo para nosotros mismos, sino que tiene que redundar también en beneficio de los demás, de ese mundo y de esa sociedad en la que vivimos, porque nunca podemos vivir encerrados en nosotros mismos.
Ese don de la vida que no sólo es nuestra vida humana, sino que también es esa vida divina de la gracia que nos regaló desde nuestro Bautismo gracias a la muerte de Jesucristo. Y ¡cómo hemos de cuidar esa vida de gracia! ¡Cómo hemos de protegerla, porque como nos dice san Pedro en sus cartas, el maligno, como león rugiente, está rondando para hacernos perecer!
Hoy termina diciéndonos Jesús en el Evangelio: ‘Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá; al que mucho se le confió, más se le exigirá’. Vigilancia, pues, responsabilidad, atención, servicio. Y siempre dando gracias a Dios por cuánto nos ha dado.
Ef. 3, 2-12
Salmo: Is 12, 2-6
Lc. 12. 39-48
‘Sacaréis agua con gozo de las fuentes de la salvación’, hemos dicho con el salmo responsorial. ¿Dónde encontramos esa fuente de Salvación? Tenemos que decir que en Cristo. El es la fuente de la Sabiduría, la fuente de la vida, la fuente de la salvación. ‘Anunciar a los gentiles la riqueza insondable que es Cristo’, decía san Pablo en la carta a los Efesios.
‘Misterio de Cristo... que ha sido revelado ahora por el Espíritu a sus santos apóstoles y profetas’. Misterio de Cristo que no sólo nos revela el misterio de Dios, sino que nos revela también el misterio del hombre, el sentido del hombre, lo que tiene que ser la vida del hombre.
Ante la escucha del Evangelio que hoy nos ha sido proclamado quizá tendríamos que preguntarnos. ¿En qué sentido nos tomamos la vida? De diferentes maneras en el Evangelio y en distintos momentos Jesús nos habla de la responsabilidad y de la seriedad con que hemos de tomarnos la vida. Nos propone por ejemplo la parábola de los talentos que tantas veces hemos escuchado y reflexionado del que se fue de viaje y dejó diferentes talentos a sus empleados para que los negociaran y sacaran rendimiento; o la parábola que hemos escuchado hace pocos domingos del viñador que tras preparar su viña la confió a unos labradores para que la trabajaran.
En el evangelio escuchado ayer y hoy nos habla del servidor que espera la vuelta de su amo a casa: ‘Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas; vosotros estad como los que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle, apenas venga y llame’. O nos habla del dueño de casa vigilante para que el ladrón no le entre a robar: ‘Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora viene el ladrón, no le dejaría abrir un boquete’. O del administrador fiel y solícito que ha de cuidar de los bienes de su amo y del cuidado de sus cosas: ‘¿Quién es el administrador fiel y solícito a quien el amo ha puesto al frente de su servidumbre para que les reparta la ración a sus horas?’ Y nos advierte: ‘Lo mismo vosotros, estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del Hombre’.
Vigilancia, responsabilidad, atención, servicio. Es un don que Dios ha puesto en nuestras manos a nuestro cuidado. Con responsabilidad hemos de aceptar ese don que Dios nos ha dado, que es nuestra vida con todos los talentos y cualidades que le acompañan. Vigilancia para no perder ese don, para no dañarlo. Atentos y responsables para el desarrollo de todos esos talentos, de todas esas cualidades de las que Dios me dotó. Atentos porque además no es un don sólo para nosotros mismos, sino que tiene que redundar también en beneficio de los demás, de ese mundo y de esa sociedad en la que vivimos, porque nunca podemos vivir encerrados en nosotros mismos.
Ese don de la vida que no sólo es nuestra vida humana, sino que también es esa vida divina de la gracia que nos regaló desde nuestro Bautismo gracias a la muerte de Jesucristo. Y ¡cómo hemos de cuidar esa vida de gracia! ¡Cómo hemos de protegerla, porque como nos dice san Pedro en sus cartas, el maligno, como león rugiente, está rondando para hacernos perecer!
Hoy termina diciéndonos Jesús en el Evangelio: ‘Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá; al que mucho se le confió, más se le exigirá’. Vigilancia, pues, responsabilidad, atención, servicio. Y siempre dando gracias a Dios por cuánto nos ha dado.
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martes, 21 de octubre de 2008
Ciudadanos del nuevo pueblo de Dios y templo consagrado al Señor
Ef. 2, 12-22
Sal. 84
Lc. 12, 35-38
La carta que san Pablo dirige a los cristianos de Efeso que estamos ahora leyendo de forma continuada es una carta en la que habla a unos cristianos provenientes en su mayoría de la gentilidad aunque también los hay procedentes del judaísmo. Lo comprobemos perfectamente en lo que hoy escuchamos. ‘Erais extranjeros a la ciudadanía de Israel y ajenos a las instituciones portadoras de la promesa’.
Y ahí está ahora el mensaje central que nos quiere trasmitir el apóstol. Por la fe en Jesús ahora todos formamos un solo pueblo. La sangre de Cristo nos ha unido ‘derribando con su cuerpo el muro que los separaba’. ¿Qué es lo que los ha unido para formar un solo pueblo, un solo cuerpo? La cruz de Cristo, su sangre derramada.
Ahora nos viene a decir todos los que creen en Jesús son un hombre nuevo. ‘Cristo es nuestra paz’. Cristo nos ha venido a reconciliar, ‘para crear en él un solo hombre nuevo. Reconcilió con Dios a los dos pueblos uniéndolos en un solo cuerpo mediante la cruz, dando muerte en él, al odio’.
Por supuesto que todo esto que estamos reflexionando con el texto de la Carta a los Efesios nos vale para todos, nos vale para esa vida nueva que todos los que creemos en Jesús tenemos que vivir. Por una parte es un nuevo estilo de vivir el que nosotros hemos de tener. Cristo vino para desterrar el odio de nuestra vida, para llenarnos del amor. No podemos retroceder de nuevo al hombre viejo del odio y del pecado cuando Cristo nos ha redimido y nos ha reconciliado.
Tenemos que ser ya el hombre nuevo del amor. ¿Por qué entonces seguir permitiendo que tantas veces nuestro corazón siga lleno de rencores y de envidias, de orgullos y de violencias? Esto tiene que ya estar desterrado para siempre de nuestra vida. Cristo ‘vino y trajo la noticia de la paz’, la paz para todos.
Pero sigue diciéndonos cosas hermosas el apóstol. Hay una nueva ciudadanía en nosotros, una nueva dignidad, una nueva forma de mirarnos los unos a los otros, una nueva forma de acercarnos al Señor. ‘Unos y otros podemos acercanos al Padre con un mismo Espíritu’, nos dice. ‘Sois ciudadanos del pueblo de Dios y miembros de la familia de Dios’. Un nuevo pueblo ha nacido con Cristo y somos ciudadanos de ese pueblo. Ya no somos ni extranjeros ni forasteros. No somos unos extraños los unos para los otros porque formamos parte del mismo pueblo, de la misma comunidad.
Una nueva familia se ha formado a partir de la sangre derramada de Cristo a la que entramos a formar parte desde nuestro bautismo. Somos miembros de la familia de Dios. Recordamos ‘¿quiénes son mi madre y mis hermanos y mi familia?... los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica’. Somos nosotros ya esa familia desde el Bautismo. Escuchemos esa Palabra y llevémosla a la vida.
Pero algo más nos dice. Somos edificio de Dios. Edificio fundamentado ‘en el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular’. Cristo es ya el centro de nuestra vida. Unidos a El formamos todos ese edificio que es templo y que es morada de Dios. ‘Por El todo el edificio queda ensamblado y se va levantando hasta formar un templo consagrado al Señor. Por El también vosotros os vais integrando en la construcción, para ser morada de Dios por el Espíritu’.
Recordemos nuestro bautismo. Recordemos la unción bautismal que nos ha consagrado para ser esa morada de Dios, para ser ese templo del Espíritu. Con nuestros cuerpos, con toda nuestra vida hemos, pues, de ofrecer un sacrificio agradable al Señor. Toda nuestra vida se hace ofrenda, se hace sacrificio unido al de Cristo, se hace acción de gracias, se hace alabanza para la gloria del Señor.
Es hermoso el mensaje. ¿Somos conscientes de ello? ¿Lo vivimos?
Sal. 84
Lc. 12, 35-38
La carta que san Pablo dirige a los cristianos de Efeso que estamos ahora leyendo de forma continuada es una carta en la que habla a unos cristianos provenientes en su mayoría de la gentilidad aunque también los hay procedentes del judaísmo. Lo comprobemos perfectamente en lo que hoy escuchamos. ‘Erais extranjeros a la ciudadanía de Israel y ajenos a las instituciones portadoras de la promesa’.
Y ahí está ahora el mensaje central que nos quiere trasmitir el apóstol. Por la fe en Jesús ahora todos formamos un solo pueblo. La sangre de Cristo nos ha unido ‘derribando con su cuerpo el muro que los separaba’. ¿Qué es lo que los ha unido para formar un solo pueblo, un solo cuerpo? La cruz de Cristo, su sangre derramada.
Ahora nos viene a decir todos los que creen en Jesús son un hombre nuevo. ‘Cristo es nuestra paz’. Cristo nos ha venido a reconciliar, ‘para crear en él un solo hombre nuevo. Reconcilió con Dios a los dos pueblos uniéndolos en un solo cuerpo mediante la cruz, dando muerte en él, al odio’.
Por supuesto que todo esto que estamos reflexionando con el texto de la Carta a los Efesios nos vale para todos, nos vale para esa vida nueva que todos los que creemos en Jesús tenemos que vivir. Por una parte es un nuevo estilo de vivir el que nosotros hemos de tener. Cristo vino para desterrar el odio de nuestra vida, para llenarnos del amor. No podemos retroceder de nuevo al hombre viejo del odio y del pecado cuando Cristo nos ha redimido y nos ha reconciliado.
Tenemos que ser ya el hombre nuevo del amor. ¿Por qué entonces seguir permitiendo que tantas veces nuestro corazón siga lleno de rencores y de envidias, de orgullos y de violencias? Esto tiene que ya estar desterrado para siempre de nuestra vida. Cristo ‘vino y trajo la noticia de la paz’, la paz para todos.
Pero sigue diciéndonos cosas hermosas el apóstol. Hay una nueva ciudadanía en nosotros, una nueva dignidad, una nueva forma de mirarnos los unos a los otros, una nueva forma de acercarnos al Señor. ‘Unos y otros podemos acercanos al Padre con un mismo Espíritu’, nos dice. ‘Sois ciudadanos del pueblo de Dios y miembros de la familia de Dios’. Un nuevo pueblo ha nacido con Cristo y somos ciudadanos de ese pueblo. Ya no somos ni extranjeros ni forasteros. No somos unos extraños los unos para los otros porque formamos parte del mismo pueblo, de la misma comunidad.
Una nueva familia se ha formado a partir de la sangre derramada de Cristo a la que entramos a formar parte desde nuestro bautismo. Somos miembros de la familia de Dios. Recordamos ‘¿quiénes son mi madre y mis hermanos y mi familia?... los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica’. Somos nosotros ya esa familia desde el Bautismo. Escuchemos esa Palabra y llevémosla a la vida.
Pero algo más nos dice. Somos edificio de Dios. Edificio fundamentado ‘en el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular’. Cristo es ya el centro de nuestra vida. Unidos a El formamos todos ese edificio que es templo y que es morada de Dios. ‘Por El todo el edificio queda ensamblado y se va levantando hasta formar un templo consagrado al Señor. Por El también vosotros os vais integrando en la construcción, para ser morada de Dios por el Espíritu’.
Recordemos nuestro bautismo. Recordemos la unción bautismal que nos ha consagrado para ser esa morada de Dios, para ser ese templo del Espíritu. Con nuestros cuerpos, con toda nuestra vida hemos, pues, de ofrecer un sacrificio agradable al Señor. Toda nuestra vida se hace ofrenda, se hace sacrificio unido al de Cristo, se hace acción de gracias, se hace alabanza para la gloria del Señor.
Es hermoso el mensaje. ¿Somos conscientes de ello? ¿Lo vivimos?
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lunes, 20 de octubre de 2008
La verdadera riqueza de nuestra vida
Ef. 2, 1-16
Sal. 99
Lc. 12, 13-21
‘Así es el que amasa riquezas para sí y no es rico para Dios’. Es la conclusión de la parábola que Jesús propuso. Y ante ello quizá hemos de preguntarnos ¿cuál es la riqueza verdadera que yo busco y por la que yo me afano?
Ya sabemos el evangelio. Alguien que se acerca a Jesús pidiendo que medio en un pleito familiar de herencias. La respuesta de Jesús. ‘Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes’. Y es entonces cuando les propone la parábola que escuchamos en el evangelio del hombre que ante una gran cosecha, agranda sus bodegas y graneros piense que ya tiene para vivir y disfrutar, pero esa misma noche muere. ‘Lo que has acumulado ¿de quién será?'
Por eso la pregunta que nos hacíamos al principio. Porque es la tentación fácil que todos podemos tener. Si yo fuera rico... si me sacara la lotería... si tuviera suerte... y nos prometemos tantas cosas que haríamos si tuviéramos ese dinero. Andamos agobiados en la vida. Es cierto que tenemos unas necesidades y merecemos todos una vida digna. Pudiera ser que tuviéramos graves problemas por obras que emprendamos o por necesidades en las que nos veamos envueltos. Pero, ¿merece la pena perder la paz? ¿No habrá algo más que pueda en verdad llenar mi vida? ¿No tendremos quizá un cierto apego en nuestro corazón a los bienes o riquezas materiales olvidándonos de algo más importante?
Por eso tendríamos que preocuparnos por procurar la verdadera riqueza de la persona. Que no está en las cosas, que está en lo que realmente somos. Vivimos demasiado envueltos en esa cultura del tener, pero que descubrir que lo verdaderamente importa es el ser. Hay otros valores más importantes. Lo que verdaderamente hará rica a nuestra persona y es lo que tenemos que cultivar. Unos valores de la persona, unos valores espirituales.
Amor, responsabilidad, generosidad, libertad, sensatez, respeto, comprensión y perdón, paz en el espíritu, amor a la justicia, sinceridad y verdad... podríamos hacer una hermosa lista. Es lo que verdaderamente tenemos que cultivar. Es lo que nos dará profundidad a nuestra vida. Cultivemos nuestro espíritu y tengamos una espiritualidad. Y no olvidemos la presencia de Dios en nuestra vida, la fe y nuestra relación con Dios. Valores del espíritu que nos trascienden, que nos hacen mirar más allá, más alto, con más profundidad.
San Pablo en la carta a los efesios que hemos escuchado en la primera lectura nos habla de ‘Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó... así muestra en todos los tiempos la inmensa riqueza de su gracia, su bondad para con nosotros en Cristo Jesús...’ La riqueza del amor de Dios, de sentirnos amados de Dios. Algo que nos eleva y que nos da un sentido nuevo. Algo que nos llena de la alegría y de la satisfacción más honda.
Y cuando vivimos todo eso nuestra vida se siente verdaderamente llena y henchida, porque nos sentimos llenos de Dios. Y es Dios el que nos da las satisfacciones más hondas, más permanentes. Es en Dios donde encontramos la fuerza, el motor para vivir todos esos valores. Será el que nos haga mirar entonces esos bienes materiales que necesitamos poseer para cubrir esas nuestras necesidades de un modo distinto. Ya no se nos apegará el corazón a lo material. Por eso es importante lo que decíamos de ese cultivo de una espiritualidad.
Recordemos que Jesús llama en el evangelio dichosos a los pobres en el espíritu, mientras previene a los ricos que amasan riquezas de que esos apegos del corazón lo que hacen es arrastrarnos cada vez más abajo en la vida. ‘A los hambrientos colmó de bienes y a los ricos despidió vacíos’, cantaba María en el Magnificat. Si llevamos los bolsillos de la vida llenos del peso de las cosas materiales no tendremos la agilidad suficiente para nuestro caminar con libertad, mientras si los llevamos repletos de valores del espíritu volaremos en las alas de la generosidad y del amor.
Sal. 99
Lc. 12, 13-21
‘Así es el que amasa riquezas para sí y no es rico para Dios’. Es la conclusión de la parábola que Jesús propuso. Y ante ello quizá hemos de preguntarnos ¿cuál es la riqueza verdadera que yo busco y por la que yo me afano?
Ya sabemos el evangelio. Alguien que se acerca a Jesús pidiendo que medio en un pleito familiar de herencias. La respuesta de Jesús. ‘Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes’. Y es entonces cuando les propone la parábola que escuchamos en el evangelio del hombre que ante una gran cosecha, agranda sus bodegas y graneros piense que ya tiene para vivir y disfrutar, pero esa misma noche muere. ‘Lo que has acumulado ¿de quién será?'
Por eso la pregunta que nos hacíamos al principio. Porque es la tentación fácil que todos podemos tener. Si yo fuera rico... si me sacara la lotería... si tuviera suerte... y nos prometemos tantas cosas que haríamos si tuviéramos ese dinero. Andamos agobiados en la vida. Es cierto que tenemos unas necesidades y merecemos todos una vida digna. Pudiera ser que tuviéramos graves problemas por obras que emprendamos o por necesidades en las que nos veamos envueltos. Pero, ¿merece la pena perder la paz? ¿No habrá algo más que pueda en verdad llenar mi vida? ¿No tendremos quizá un cierto apego en nuestro corazón a los bienes o riquezas materiales olvidándonos de algo más importante?
Por eso tendríamos que preocuparnos por procurar la verdadera riqueza de la persona. Que no está en las cosas, que está en lo que realmente somos. Vivimos demasiado envueltos en esa cultura del tener, pero que descubrir que lo verdaderamente importa es el ser. Hay otros valores más importantes. Lo que verdaderamente hará rica a nuestra persona y es lo que tenemos que cultivar. Unos valores de la persona, unos valores espirituales.
Amor, responsabilidad, generosidad, libertad, sensatez, respeto, comprensión y perdón, paz en el espíritu, amor a la justicia, sinceridad y verdad... podríamos hacer una hermosa lista. Es lo que verdaderamente tenemos que cultivar. Es lo que nos dará profundidad a nuestra vida. Cultivemos nuestro espíritu y tengamos una espiritualidad. Y no olvidemos la presencia de Dios en nuestra vida, la fe y nuestra relación con Dios. Valores del espíritu que nos trascienden, que nos hacen mirar más allá, más alto, con más profundidad.
San Pablo en la carta a los efesios que hemos escuchado en la primera lectura nos habla de ‘Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó... así muestra en todos los tiempos la inmensa riqueza de su gracia, su bondad para con nosotros en Cristo Jesús...’ La riqueza del amor de Dios, de sentirnos amados de Dios. Algo que nos eleva y que nos da un sentido nuevo. Algo que nos llena de la alegría y de la satisfacción más honda.
Y cuando vivimos todo eso nuestra vida se siente verdaderamente llena y henchida, porque nos sentimos llenos de Dios. Y es Dios el que nos da las satisfacciones más hondas, más permanentes. Es en Dios donde encontramos la fuerza, el motor para vivir todos esos valores. Será el que nos haga mirar entonces esos bienes materiales que necesitamos poseer para cubrir esas nuestras necesidades de un modo distinto. Ya no se nos apegará el corazón a lo material. Por eso es importante lo que decíamos de ese cultivo de una espiritualidad.
Recordemos que Jesús llama en el evangelio dichosos a los pobres en el espíritu, mientras previene a los ricos que amasan riquezas de que esos apegos del corazón lo que hacen es arrastrarnos cada vez más abajo en la vida. ‘A los hambrientos colmó de bienes y a los ricos despidió vacíos’, cantaba María en el Magnificat. Si llevamos los bolsillos de la vida llenos del peso de las cosas materiales no tendremos la agilidad suficiente para nuestro caminar con libertad, mientras si los llevamos repletos de valores del espíritu volaremos en las alas de la generosidad y del amor.
domingo, 19 de octubre de 2008
Constructores solidarios de un mundo mejor
Is. 45, 1.4-6; Sal. 95; 1Ts. 1, 1-5; Mt. 22, 15-21
Algunas veces parece que nos sentimos confundidos al ver los derroteros por los que camina nuestra sociedad y nuestro mundo. Hay quizá muchas cosas que no nos gustan o que desearíamos que fueran de otra manera, pero tenemos el peligro de que el árbol no nos deje ver el bosque. Porque quizá lo más llamativo que podamos tener delante no nos agrada, eso nos puede hacer pensar que todo lo que sucede en nuestra sociedad es de la misma característica. No somos capaces, o nos cegamos de tal manera, que no vemos tantas cosas buenas que, a pesar de todo, pueda haber en nuestra sociedad, o en las otras personas.
Creo que la Palabra de Dios de este domingo pueda darnos luz en estas situaciones y nos pueda llevar también a un compromiso muy concreto con la sociedad en la que vivimos arrancando precisamente desde nuestra fe. La primera lectura nos ha hablado de Ciro, rey de Persia. Un rey pagano que en nada se acercaba en su fe a Yavé, el Dios de Israel. Pero Dios se vale de él para que los judíos alcancen la liberación de la cautividad que tantos años les había tenido lejos de su tierra y puedan volver a su patria y reconstruir el templo y la ciudad de Jerusalén. Vemos incluso que el profeta le llama el ‘Ungido del Señor..., a quien lleva de la mano, le llama por su nombre y le da un título, auque no me conocías’, que le dice.
Se convierte en un instrumento de Dios para liberación de los judíos. Así se vale el Señor de todo lo bueno y lo justo que pueda haber en las personas de buena voluntad y que actúan con rectitud. En ellas, aunque no lo sepan, también se dan tantas veces semillas del Reino de Dios. Gentes generosas que podemos tener a nuestro lado y que son para nosotros y para los demás mediaciones del amor de Dios.
El evangelio también es luz que nos ilumina. Como hemos escuchado los fariseos y los herodianos se pusieron de acuerdo para comprometer a Jesús. Van con buenas palabras hasta Jesús, aunque Jesús les desenmascara. ‘Sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad; sin que te importe nadie, porque no miras lo que la gente sea...’ Son palabras, es cierto, que nos están definiendo la rectitud de Jesús en su actuar y en lo que nos dice. Actitudes que bien tenemos que aprender para nosotros.
El planteamiento que le hacen es sobre el impuesto que han de pagar al César. Ya conocemos la respuesta de Jesús. ‘¿De quién son esta cara y esta inscripción?... Del Cesar... Pues pagadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios’. Una respuesta llena de sabiduría. Pero ¿significará eso que hay contraposición entre la sociedad civil y el Reino de Dios que Jesús nos anuncia?
Vivimos en este mundo y en medio de esta sociedad. Y ahí precisamente tenemos que ser constructores también de la convivencia y de la armonía entre todos, de la justicia, del orden social y de la paz de nuestra sociedad y de nuestro mundo. Tenemos que decir que no está reñida esa contribución que hemos de hacer a nuestra sociedad en todo lo que sea bueno y justo con nuestra fe en Dios y nuestra condición de cristianos. Sino más bien tenemos que considerar todo lo contrario, es una exigencia del compromiso de nuestra fe.
Tenemos que aprender a valorar todo lo que es bueno y es justo, la contribución que toda persona hace a la paz y a la convivencia, al desarrollo y al bienestar de nuestra sociedad y de todas las personas por encima de que sus creencias coincidan o no con las nuestras. Hemos de reconocer que hoy las contrapuestas ideologías partidistas nos hacen pensar muchas veces que todo lo que hace el otro que no piensa como nosotros, siempre es malo. Y creo que es un fuerte error y me atrevo a decir muchas veces da la impresión de una falta de madurez en nuestros razonamientos y apreciaciones cuando pensamos así.
No es una mezcolanza ni sincretismo innecesario sino valoración de todo lo bueno que pueda haber en los demás. Nos creemos muchas veces redentores tan insustituibles que pensamos que sólo nosotros sabemos hacer las cosas bien. Y eso pasa en muchas situaciones de la vida, y nos sucede a veces también en los mismos grupos de Iglesia.
No dejaremos a un lado, ni tenemos por qué ocultarlos sino todo lo contrario, nuestra fe, nuestros principios morales, el sentido de nuestra vida, sino que precisamente manifestándonos como somos desde nuestra fe podemos y tenemos que hacer la mejor contribución. Y es que nuestra sociedad necesita cristianos comprometidos que sean verdaderamente testigos. Cristianos como aquellos que alababa san Pablo de la comunidad de Tesalónica: ‘Recordamos sin cesar la actividad de vuestra fe, el esfuerzo de vuestro amor y el aguante de vuestra esperanza en Jesucristo, nuestro Señor’. Nos lo está recordando continuamente el Papa en sus mensajes.
Cuando este domingo estamos celebrando el Domund, el domingo de las misiones, y recordamos y celebramos ese compromiso que tenemos de ser misioneros, de propagar nuestra fe, este puede ser un primer paso que demos en nuestro compromiso misionero.
Al hablar de las misiones, nuestro pensamiento se va a lo que podríamos llamar las avanzadillas de la Iglesia, los llamados países de misión donde por primera vez se ha de anunciar el Evangelio. Claro que tenemos que pensar en ello y poner toda nuestra contribución y compromiso para que el Evangelio sea anunciado en todas partes.
Pero es que no todos estamos llamados a ir a esos llamados países o lugares de misión, pero todos sí tenemos que ser misioneros, y tenemos que serlo en nuestros ambientes concretos, en esa sociedad concreta, que está ahí a nuestro lado, o en la que estamos viviendo, donde se necesita también ese testimonio de nuestra fe.
Y lo podemos hacer y lo tenemos que hacer, aprendiendo a valorar también todo lo bueno que hay en los demás y que hay en nuestra sociedad, además de poner nuestra contribución concreta para que nuestra sociedad sea cada vez más concorde con ese Reino de Dios que nos anuncia e instaura Jesús.
Algunas veces parece que nos sentimos confundidos al ver los derroteros por los que camina nuestra sociedad y nuestro mundo. Hay quizá muchas cosas que no nos gustan o que desearíamos que fueran de otra manera, pero tenemos el peligro de que el árbol no nos deje ver el bosque. Porque quizá lo más llamativo que podamos tener delante no nos agrada, eso nos puede hacer pensar que todo lo que sucede en nuestra sociedad es de la misma característica. No somos capaces, o nos cegamos de tal manera, que no vemos tantas cosas buenas que, a pesar de todo, pueda haber en nuestra sociedad, o en las otras personas.
Creo que la Palabra de Dios de este domingo pueda darnos luz en estas situaciones y nos pueda llevar también a un compromiso muy concreto con la sociedad en la que vivimos arrancando precisamente desde nuestra fe. La primera lectura nos ha hablado de Ciro, rey de Persia. Un rey pagano que en nada se acercaba en su fe a Yavé, el Dios de Israel. Pero Dios se vale de él para que los judíos alcancen la liberación de la cautividad que tantos años les había tenido lejos de su tierra y puedan volver a su patria y reconstruir el templo y la ciudad de Jerusalén. Vemos incluso que el profeta le llama el ‘Ungido del Señor..., a quien lleva de la mano, le llama por su nombre y le da un título, auque no me conocías’, que le dice.
Se convierte en un instrumento de Dios para liberación de los judíos. Así se vale el Señor de todo lo bueno y lo justo que pueda haber en las personas de buena voluntad y que actúan con rectitud. En ellas, aunque no lo sepan, también se dan tantas veces semillas del Reino de Dios. Gentes generosas que podemos tener a nuestro lado y que son para nosotros y para los demás mediaciones del amor de Dios.
El evangelio también es luz que nos ilumina. Como hemos escuchado los fariseos y los herodianos se pusieron de acuerdo para comprometer a Jesús. Van con buenas palabras hasta Jesús, aunque Jesús les desenmascara. ‘Sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad; sin que te importe nadie, porque no miras lo que la gente sea...’ Son palabras, es cierto, que nos están definiendo la rectitud de Jesús en su actuar y en lo que nos dice. Actitudes que bien tenemos que aprender para nosotros.
El planteamiento que le hacen es sobre el impuesto que han de pagar al César. Ya conocemos la respuesta de Jesús. ‘¿De quién son esta cara y esta inscripción?... Del Cesar... Pues pagadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios’. Una respuesta llena de sabiduría. Pero ¿significará eso que hay contraposición entre la sociedad civil y el Reino de Dios que Jesús nos anuncia?
Vivimos en este mundo y en medio de esta sociedad. Y ahí precisamente tenemos que ser constructores también de la convivencia y de la armonía entre todos, de la justicia, del orden social y de la paz de nuestra sociedad y de nuestro mundo. Tenemos que decir que no está reñida esa contribución que hemos de hacer a nuestra sociedad en todo lo que sea bueno y justo con nuestra fe en Dios y nuestra condición de cristianos. Sino más bien tenemos que considerar todo lo contrario, es una exigencia del compromiso de nuestra fe.
Tenemos que aprender a valorar todo lo que es bueno y es justo, la contribución que toda persona hace a la paz y a la convivencia, al desarrollo y al bienestar de nuestra sociedad y de todas las personas por encima de que sus creencias coincidan o no con las nuestras. Hemos de reconocer que hoy las contrapuestas ideologías partidistas nos hacen pensar muchas veces que todo lo que hace el otro que no piensa como nosotros, siempre es malo. Y creo que es un fuerte error y me atrevo a decir muchas veces da la impresión de una falta de madurez en nuestros razonamientos y apreciaciones cuando pensamos así.
No es una mezcolanza ni sincretismo innecesario sino valoración de todo lo bueno que pueda haber en los demás. Nos creemos muchas veces redentores tan insustituibles que pensamos que sólo nosotros sabemos hacer las cosas bien. Y eso pasa en muchas situaciones de la vida, y nos sucede a veces también en los mismos grupos de Iglesia.
No dejaremos a un lado, ni tenemos por qué ocultarlos sino todo lo contrario, nuestra fe, nuestros principios morales, el sentido de nuestra vida, sino que precisamente manifestándonos como somos desde nuestra fe podemos y tenemos que hacer la mejor contribución. Y es que nuestra sociedad necesita cristianos comprometidos que sean verdaderamente testigos. Cristianos como aquellos que alababa san Pablo de la comunidad de Tesalónica: ‘Recordamos sin cesar la actividad de vuestra fe, el esfuerzo de vuestro amor y el aguante de vuestra esperanza en Jesucristo, nuestro Señor’. Nos lo está recordando continuamente el Papa en sus mensajes.
Cuando este domingo estamos celebrando el Domund, el domingo de las misiones, y recordamos y celebramos ese compromiso que tenemos de ser misioneros, de propagar nuestra fe, este puede ser un primer paso que demos en nuestro compromiso misionero.
Al hablar de las misiones, nuestro pensamiento se va a lo que podríamos llamar las avanzadillas de la Iglesia, los llamados países de misión donde por primera vez se ha de anunciar el Evangelio. Claro que tenemos que pensar en ello y poner toda nuestra contribución y compromiso para que el Evangelio sea anunciado en todas partes.
Pero es que no todos estamos llamados a ir a esos llamados países o lugares de misión, pero todos sí tenemos que ser misioneros, y tenemos que serlo en nuestros ambientes concretos, en esa sociedad concreta, que está ahí a nuestro lado, o en la que estamos viviendo, donde se necesita también ese testimonio de nuestra fe.
Y lo podemos hacer y lo tenemos que hacer, aprendiendo a valorar también todo lo bueno que hay en los demás y que hay en nuestra sociedad, además de poner nuestra contribución concreta para que nuestra sociedad sea cada vez más concorde con ese Reino de Dios que nos anuncia e instaura Jesús.
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