miércoles, 5 de noviembre de 2008

Dejar actuar a Dios en nuestra vida para nuestra propia santificación

Filp. 2, 12-18
Sal. 26
Lc. 14, 25-33


Podíamos decir que estas palabras que hemos escuchado de Pablo en su carta a los Filipenses es una urgente exhortación del apóstol a colaborar generosamente con Dios en la propia santificación. Aceptar el designio de Dios en nuestra vida, pero con generosidad de espíritu, con alegría, con entusiasmo, nunca de mala gana.
‘Seguid actuando vuestra propia salvación escrupulosamente, porque es Dios quien activa en vosotros el querer y la actividad para realizar su designio de amor...’ Dejar, pues, actuar a Dios en nuestra vida. Porque es Dios quien nos salva y quien nos santifica cuando nos da el Espíritu Santo para que actúe en nuestro corazón. No somos nosotros los que nos salvamos ni los que nos santificamos. Es obra de Dios, porque es el Señor el que nos salva. Es el Espíritu Santo el que nos santifica. El nos regala sus dones. El es quien mueve nuestro corazón y nuestro querer.
Es obra de Dios, que requiere, sin embargo, nuestro concurso. Por eso, ese designio de Dios nos está pidiendo nuestra respuesta. Y la respuesta es vivir en el camino de esa vida santa que El nos señala. Hay una exigencia para nosotros. Requiere en nuestra respuesta un esfuerzo por nuestra parte. Pero, ¡oh maravilla! esfuerzo que realizamos con su gracia, con la fuerza del Espíritu del Señor.
Nos habla el apóstol de ser ‘irreprochables y límpidos, hijos de Dios sin tacha, en medio de gente torcida y depravada, entre la cual brilláis como lumbreras del mundo, mostrando una razón para vivir’. Nos habla, pues, de resplandecer por nuestra santidad, ‘irreprochables y límpidos... sin tacha’. Nada debe manchar nuestra vida. La salvación de Dios nos llena de luz, porque nos llena de Dios. ‘El Señor es mi luz y mi salvación’, decíamos en el salmo. La salvación es luz, nos llena de luz, nos hace resplandecer. Nada de oscuridad puede haber en nosotros. Es que tiene que brillar la obra de Dios en nosotros. Con ello daremos gloria al Señor.
No nos importe que esa luz moleste a los demás. Es que los que realizan las obras del mal prefieren a las tinieblas. Pero nuestra luz puede arrastrar a muchos a querer alcanzar esa salvación, querer también dar respuesta positiva a la invitación a la salvación y santificación que Dios hace a todos los hombres. Nuestra luz, la santidad de nuestra vida tiene que ser polo de atracción para muchos, para que ellos lleguen también a conocer a Jesús, a querer vivir su camino.
No es una tarea pasiva, aunque digamos que tenemos que dejar actuar a Dios. Sabemos el camino que emprendemos. Conocemos los presupuestos de exigencias que tiene para nuestra vida el emprender ese camino. Como nos enseña hoy Jesús en el Evangelio. ‘¿Quien de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos para ver si tiene para terminarla?’ Conocemos los presupuestos necesarios para emprender ese camino de santidad. Además de una escucha de Dios para descubrir su designio de amor para nuestra vida, luego sabemos bien que la senda es estrecha, como escuchamos hace unos días, que tenemos que aprender a negarnos a nosotros mismos, que hemos de tomar la determinación de tomar su cruz para seguirle, de que hemos de poner por nuestra parte todo lo necesario para arrancarnos del mal y para practicar la virtud, para vivir en el amor.
Pero lo hacemos seducidos por el amor que el Señor nos tiene. ¡Es tan gozoso vivir en su amor! ¡Es tanta la dicha que alcanzamos en lo hondo de nuestro corazón cuando emprendemos el camino de la santidad! ¡Es tan grande la recompensa que nos espera en el cielo, de poder vivir junto a Dios, de llenarnos de Dios en plenitud, de contemplarle cara a cara! Con gozo, con alegría, con determinación emprendemos el camino de la salvación y la santidad.
‘Yo estoy alegre y me asocio a vuestra alegría, por vuestra parte estad alegres y asociaos a la mía’, terminaba diciendo el apóstol.

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