Vistas de página en total

sábado, 24 de julio de 2021

No temamos los vientos en contra o la mala semilla sembrada también en nuestro entorno, hagamos que se avive el fuego del Espíritu para mantenernos íntegros en fidelidad

 


No temamos los vientos en contra o la mala semilla sembrada también en nuestro entorno, hagamos que se avive el fuego del Espíritu para mantenernos íntegros en fidelidad

Éxodo 24,3-8; Sal 49; Mateo 13, 24-30

Cuántas veces no habremos sentido brotar la ira dentro de nosotros ante una injusticia que contemplamos que están haciendo con alguien y en nuestro furor si estuviera de nuestra mano quitaríamos de en medio a esas personas con esos comportamientos. Algunas veces sentimos la tentación de querer erradicar el mal que contemplamos en nuestro entorno, de arreglar lo que vemos mal que sucede en nuestro mundo desde esa violencia que nos brota en nosotros y que hasta en el fondo sentimos que es justa y con lo que aniquilaríamos ese mal de nuestro mundo, pensando que así lo arreglamos. En nuestra ira ciega algunas veces queremos incluso involucrar la justicia divina pidiendo castigos para esos malvados.

Creo que nos damos cuenta que entrando en esa espiral violenta no vamos a dar solución a los problemas, que otros tendrían que ser nuestros métodos, y que el mal que queremos erradicar con violencia engendra más violencia conviviéndose al final en una espiral que no tiene fin. Otros son los caminos de Dios, nos viene a decir el evangelio, y algunas veces por muchas actitudes que mantenemos en ese sentido parece que no llegamos a entenderlo. Hay un fuego que se enciende dentro de nosotros que es difícil de contener y de apagar, pero ojalá ese brío interior fuera para lo bueno y para seguir unos caminos de paz en la vida.

Creo que en este sentido nos habla hoy la parábola que nos propone Jesús. El hombre que siembra buena simiente en su campo, pero que pronto verá cómo surge en medio la mala cizaña que un enemigo suyo también dispersó en su campo. Allá van los obreros que trabajaban para aquel hombre con buena voluntad ofreciéndose para ir arrancando planta a planta aquella mala semilla que ha brotado en su campo. Pero la sabiduría, el buen saber hacer de aquel hombre no lo permite; dejen que crezcan juntas que a la hora de la siega haremos la separación de frutos, les dice. Parece algo impensable, ¿cómo dejar crecer a unos y otros juntos? Qué mala influencia pueden recibir los unos de los otros, pensamos quizá también nosotros.

Siempre recuerdo el comentario de un agricultor en una zona donde a partir de la primavera y principios de verano solían azotar fuertes vientos. Cultivaban maíz en aquellos terrenos y me parecía a mi, ignorante de las cosas como allí sucedían, que eran muy dañino para la cosecha aquellos vientos; pero en aquella sabiduría popular me respondían que el maíz que crecía con viento se hacía fuerte en el tallo desde su nacimiento y mientras crecía; que si un año parecía bueno porque no había aparecido el viento, al final cuando apareciese sería mucho más dañino porque se encontraría una planta débil que sería fácilmente arrasada.

Me hizo recordar el mensaje de esta parábola, de la realidad de nuestro mundo donde crecemos juntos los malos y los buenos; precisamente en esa adversidad de encontrarnos quizás rodeados del mal nos hace que en nuestra búsqueda de fidelidad, en nuestros deseos del bien actuar y con justicia nos fortalecemos frente a ese mal que nos rodea y al final puede resplandecer mejor nuestra fidelidad y nuestra integridad.

Nos costará, pero la adversidad nos hace fuertes; han sido los momentos de la Iglesia en que se ha visto más azotada por un mundo adverso o por persecuciones cuando más fuerte ha aparecido la vitalidad de la Iglesia; siempre hemos escuchado aquello de que la sangre de los mártires es semilla de cristianos.

Pero cuando nos hemos acostumbrado a una cristiandad cómoda que se nos han facilitado mucho las cosas quizás desde los mismos poderes de este mundo, hemos podido caer más fácilmente en la manipulación, pero también decae la vitalidad y la energía de los cristianos. Los tiempos de tibieza son las mejores pendientes para ir resbalando hacia la mediocridad que terminará en un fuerte enfriamiento espiritual. Cuando nos acomodamos caemos en la rutina y podemos hasta perder el verdadero sentido de nuestro ser.

No temamos a la dificultad, a los vientos en contra, a la mala semilla que podamos ver sembrada también en nuestro entorno; que eso nos despierte y avive en nosotros el fuego del Espíritu para mantenernos íntegros y fieles hasta el final. Así resplandecerá el nombre cristiano y así construiremos mejor el Reino de Dios.

viernes, 23 de julio de 2021

Ojalá el Espíritu del Señor nos despierte para que cultivemos el campo de nuestra viña con todo esmero, y nunca olvidemos la necesaria unión de los sarmientos con la vid

 


Ojalá el Espíritu del Señor nos despierte para que cultivemos el campo de nuestra viña con todo esmero, y nunca olvidemos la necesaria unión de los sarmientos con la vid

Gálatas 2, 19-20; Sal 33; Juan 15, 1-8

Confieso que para mí es un placer pasear en esta época por los campos que rodean la zona en la que vivo. Una zona agrícola predominantemente dedicada al cultivo de la viña que en esta época está en plena actividad. Podía decir que de alguna manera he seguido todo el ciclo de su cultivo desde la poda, el surgir llenos de vitalidad sus brotes y su crecimiento mientras se han ido formando los racimos prometedores ya de rica cosecha. Pero ahí he visto el cuidado de su cultivo, en este caso en régimen muy familiar y no de grandes producciones, con ese cuidado lleno de delicadeza y de constancia de los que la trabajan y siempre con la esperanza de poder obtener un día excelentes caldos que alegren el corazón del hombre. No en vano en la Escritura ha quedado escrito aquello de que el vino alegra el corazón del hombre.

Por eso cuando escucho un pasaje del evangelio como el que hoy se nos ofrece, para mí es un gozo el saborear esa Palabra del Señor tan rica en imágenes que plásticamente tengo ante mis ojos, pero que son de rica enseñanza para el camino de nuestra vida cristiana. Nos habla Jesús del sarmiento necesariamente unido a la cepa, a la vid, para que pueda dar fruto; nos habla de su Padre, el viñador que cuida de esa viña y que la poda en su momento para obtener las mejores plantas que nos puedan dar los mejores frutos.


Y necesariamente podemos recordar el recorrido de nuestra vida a la que también se nos pide unos frutos pero donde se nos exige que en verdad estemos unidos a la vid, estemos unidos a la vida porque hemos de estar bien enraizados en Cristo. Pero también en ese recorrido de la vida recordamos momentos duros por lo que hayamos podido pasar donde hemos tenido que arrancarnos de muchos sarmientos inútiles y dañinos que nos han crecido en la vida cuando no hemos sabido podar a tiempo, cuando no hemos sabido corregirnos en su momento para poder realizar ese crecimiento espiritual que en nuestra vida cristiana se nos exige.

Algunas veces esos momentos duros por los que hayamos pasado como que no queremos recordarlos, pero creo que bien presentes hemos de tenerlos porque son lecciones que hemos ido aprendiendo en la vida y que siempre hemos de tener en cuenta. Esa poda espiritual, esa purificación interior será algo que siempre tiene que estar presente en nuestra vida porque será la forma en que de verdad crezcamos como personas y como cristianos.

Recordar también, ¿por qué no? esos momentos de vacío espiritual por los que hemos pasado, en nuestra vida siempre hay debilidades, muchas veces no hemos sabido estar verdaderamente enraizados en Cristo y aunque queríamos ser buenos, queríamos trabajar quizá también mucho por los demás, confiamos demasiado en nosotros mismos, nos llenamos de autosuficiencia, abandonamos nuestra vida espiritual y como consecuencia nos habrán podido venir momentos de decaimiento espiritual o momentos en que realmente nos hemos enfriado. Cuando abandonamos el cultivo de la viña se nos van al garete nuestras cosechas y no podremos obtener los frutos que desearíamos de nuestros trabajos; así en nuestra vida espiritual.

Nos habrán podido suceder cosas que han sido como un toque de atención en la vida para que caigamos en la cuenta de donde estábamos pero también de donde tendríamos que estar, y pueden ser punto de arranque de una renovación de nuestra vida espiritual. Son los tiempos de la poda por los que todos en algún momento hemos tenido que pasar, esperando que ahora podamos de verdad llegar a dar buenos frutos.

Ojalá el Espíritu del Señor nos despierte para que cultivemos el campo de nuestra viña, de nuestra vida con todo esmero, y no olvidemos nunca la necesaria unión de los sarmientos con la vid, de nuestra vida en la vida de Cristo Jesús.

jueves, 22 de julio de 2021

Todo el que ama y ama de verdad siente el ardor y el deseo en el corazón de estar con la persona amada y de la que se siente amada

 


Todo el que ama y ama de verdad siente el ardor y el deseo en el corazón de estar con la persona amada y de la que se siente amada

Cantar de los Cantares 3, 1-4b; Sal 62; Juan 20, 1-2. 11-18

Todo el que ama y ama de verdad siente el ardor y el deseo en el corazón de estar con la persona amada y de la que se siente amada. No queremos perder a aquel a quien amamos, lo buscamos, deseamos gozarnos de su presencia, sentir el calor de la cercanía del amor.

Y hablamos del amor en todas sus manifestaciones, serán los enamorados que se buscan, los amigos que quieren estar juntos y expresarse en confianza, el amor de los padres o de los hijos que damos lo que sea  por estar con los seres queridos y bien que notamos su ausencia, o es el amor que todos hemos de tenernos donde buscamos la buena convivencia y la armonía para sentirnos felices en medio de nuestro mundo aunque muchas puedan ser las dificultades que por otro lado siempre nos pueden aparecer.

Hoy celebramos a una enamorada, María Magdalena; enamorada con el amor más puro por Jesús cuando quizás antes en su vida pecadora no había sabido comprender lo que era el amor verdadero. Como dice el evangelista Marcos de ella el Señor había expulsado muchos demonios. Justo es que la veamos siempre en la cercanía Jesús con aquellas buenas mujeres que lo acompañaban junto con los discípulos por todos los caminos de Palestina. Valiente la veremos llegar hasta el pie de la cruz, pues allí el evangelista señala su presencia. No había pasión ni muerte que pudiera separarla de Jesús.

Por eso la veremos en aquella mañana del primer día de la semana, cuando pasado el sábado ya podían caminar libremente por la ciudad de Jerusalén que junto con otras mujeres acude al sepulcro para embalsamar debidamente el cuerpo de Jesús. Pero allí no está el cuerpo muerto de Cristo y mientras las otras mujeres marchan a avisar a los discípulos, ella permanece allí llorosa al pie de la tumba queriendo averiguar qué es lo que ha pasado, donde está el cuerpo de Jesús.

No le convencen las palabras de los ángeles dentro del sepulcro y cuando aparece alguien que ella cree que es el encargado del huerto pronto surge el diálogo y la pregunta. ‘¿Por qué lloras?... Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto... Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré…’ El ardiente amor de su corazón y sus copiosas lágrimas le nublan la visión para reconocer a aquel con quien está hablado; cree ella que es el hortelano.

Pero surge la palabra que le llegará al alma y despertará todos sus sentidos para reconocer la voz, para reconocer al Maestro. ‘¡María!’ Fue suficiente para que se tirara a sus pies en el deseo de abrazarle y de no dejar que se pudiera marchar. ‘¡Raboni! ¡Maestro!’, es el grito de amor de María Magdalena. Ya luego correrá a decir a los apóstoles que ha visto al Señor.

Es la fuerza del amor. La fuerza del amor que también nos hará buscar Jesús porque queremos estar con El. Es el amor de nuestra vida. Es el que da sentido a todo nuestro ser y a toda nuestra vida. Es lo que hemos de desear, estar para siempre con Jesús después de que nos hayamos encontrado con El. Es la manera en que tenemos que caldear nuestro corazón. Es la búsqueda continua de nuestra vida y nuestro deseo más profundo. Estar con Jesús para dejarnos inundar de su amor.

miércoles, 21 de julio de 2021

Jesús nos quiere hacer pensar para que a pesar de lo compleja que es la vida sepamos labrar bien el campo de la vida para que la buena semilla llegue a dar fruto

 


Jesús nos quiere hacer pensar para que a pesar de lo compleja que es la vida sepamos labrar bien el campo de la vida para que la buena semilla llegue a dar fruto

Éxodo 16, 1-5. 9-15: Sal 77; Mateo 13, 1-9

Reconocemos que la vida es bien compleja. No todo es un camino o un jardín de rosas, y es que, aunque lo fuera, las rosas también tienen espinas. Es mucho lo que encierra el vivir, porque por una parte vivimos en convivencia con los demás, lo que ya de por sí significará una diversidad grande, porque no todos somos iguales, no todos pensamos ni queremos lo mismo; son muchas las cosas que nos van afectando continuamente en el camino de la vida, nos van influyendo, pueden ir marcando nuestros pasos, pueden incluso ser obstáculo para que alcancemos aquellas metas que nos hemos propuesto no solo a nivel individual sino también en lo que vivimos en comunión con los demás. Y ahí está saber descubrir la verdadera sabiduría de la vida, aquello que nos da sentido a lo que hacemos y vivimos y por lo que luchamos.

Jesús cuando nos habla del Reino de Dios nos habla en parábolas, comparaciones que va tomando de la vida misma, de lo que son las costumbres o de lo que contempla alrededor en el día a día. Hoy nos habla de una semilla y de un campo que es bien diverso; como la vida misma. Salió el sembrador a sembrar y no es que se haya vuelto loco para irse a lanzar la semilla por lugares inverosímiles, sino que ha caminado en medio del campo que tiene delante. Un campo con su diversidad, sus yerbas y abrojos, sus lugares que han sido más pisoteados por los que antes han cruzado por el mismo, las orillas siempre más escarpadas y propensas a matorrales, o lugares que en anteriores cosechas quizás fueron más cuidados. Y la semilla se va repartiendo por todo aquel campo. Así será diverso luego el fruto.

Jesús cuando propone las parábolas quiere hacer pensar a la gente; es la forma de tratar de leer el mensaje para no quedarnos solo en lo superficial; es la forma de que lleguemos a unas conclusiones para la propia vida de cada uno. Porque nos damos cuenta de que nuestra vida es compleja así, como se describe a aquel campo.

No siempre es un buen campo de cultivo, porque muchas veces lo hemos convertido en un campo de batalla; no todo es fácil para realizar porque tenemos nuestras pasiones interiores y tenemos también las múltiples influencias que recibimos de los demás, o de la sociedad en la que vivimos que es tan compleja por otra parte. Muchas cosas se nos vuelven cuesta arriba, porque aunque lo veamos claro, sin embargo las dificultades que se nos presentan muchas veces son grandes.

No andamos buscando culpabilidades, estamos tratando de reflexionar pero ver lo que somos o lo que tendríamos que ser, el camino que estamos haciendo o los caminos que tendríamos que tomar. No es fácil, como decíamos, porque son muchas las cosas que están incidiendo en nuestra vida y aunque quisiéramos y nos diéramos cuenta del valor de la semilla que se nos planta, muchas veces no sabemos cómo hacer. Por eso tenemos que detenernos a pensar con cuidado, a hacer una honda reflexión, a hacer una análisis de nuestra vida, pero también a buscar donde en verdad podemos encontrar ayuda para labrar bien ese campo de nuestra vida.

Por eso termina diciéndonos hoy Jesús ‘el que tenga oídos que oiga’. ¿Tendremos oídos para escuchar o nos habrán entrado sorderas? No hay peor sordo que el que no quiere escuchar.

martes, 20 de julio de 2021

Seremos en verdad la familia de Jesús cuando hacemos como María plantando la palabra de Dios en nuestro corazón

 


Seremos en verdad la familia de Jesús cuando hacemos como María plantando la palabra de Dios en nuestro corazón

Éxodo 14, 21 — 15, 1; Sal.: Ex 15,8-9.10.12.17; Mateo 12,46-50

‘Aquí está la esclava del Señor’, había dicho un día María allá en Nazaret. ‘Hágase en mí según tu palabra’. Y había plantado la Palabra del Señor en su corazón. No había otra razón de ser para su vida. Ese era todo el sentido de su existencia. Obediencia de la fe, obediente siempre a la Palabra del Señor.

Lo que acabamos de oír hoy en el evangelio no es una minusvaloración de María hecha por su propio hijo Jesús. Todo lo contrario. El también obediente al Padre su alimento era hacer la voluntad del Padre del cielo. ‘Aquí estoy para hacer su voluntad’ había proclamado Cristo a su entrada en el mundo.

Un día María lo había visto partir de Nazaret. Se ponía en camino. En los datos casi cronológicos de algunos evangelistas parecía que su marcha de Nazaret había sido para ir también a escuchar al Bautista en las orillas del Jordán. Pero allí había de ser señalado desde el cielo como el Hijo amado y predilecto del Padre a quien habíamos de escuchar. Era la Palabra que se había encarnado y plantado su tienda en medio de nosotros; era la Palabra que había de resonar bien fuerte por los caminos y aldeas de Galilea y por toda Palestina. Era el camino que había emprendido desde su salida de Nazaret.

Aunque había vuelto por Nazaret donde no habían querido escucharle y poner su fe en El, ahora es María con sus hermanos la que viene hasta Jesús. Le avisan. ‘Ahí están tu madre y tus hermanos’, pero El quería resaltar muy bien quien era su madre y quienes serían para siempre sus hermanos. Los que escuchan la Palabra de Dios y la plantan en su corazón. Como había hecho María como ya lo proclamara ella en Nazaret.

Esos son mi madre y mis hermanos. Esa es mi madre, la que escucha la Palabra y la planta en su corazón. Es lo que nos está queriendo decir Jesús. Es el camino que está abriendo también delante de nosotros. Cómo tenemos que acoger la Palabra de Dios. Y nos hablará de la semilla sembrado en toda tierra, y nos hablará de la semilla de la que se espera que dé fruto al ciento por uno, y nos hablará de la semilla que se enraíza en nuestro corazón y comienza a germinar en nueva vida, sin que sepamos cómo, y nos hablará de ese misterio de Dios que es su Palabra produciendo fruto en nuestro corazón.

María está siendo para nosotros un modelo de esa acogida de la Palabra de Dios. Palabra de Dios que la abre al misterio de Dios. Cuántas maravillas se realizan en su corazón desde su acogida de la Palabra de Dios. El Espíritu del Señor, que la fecundó con su sombra está realizando obras maravillosas en ella, que se siente la pequeña, la esclava del Señor. Cómo lo canta María en el Magnificat. ‘El Señor hizo en mí obras grandes’. ‘El Señor que derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes’, a María la ha levantado, la ha exaltado porque ella es la Madre del Señor. ‘¿De donde a mí que venga a visitarme la madre de mi Señor?’ proclamará también Isabel reconociendo las maravillas de Dios.

Es la Palabra de Dios que la pone siempre en camino. Irá presurosa a la montaña para servir a su prima Isabel de la que ha tenido conocimiento de que va a ser madre y necesitará alguna ayuda. Pero es la María que estará siempre con los ojos abiertos para detectar una necesidad pero también para provocar el milagro que transformará el agua en vino cuando somos capaces de hacer lo que El nos diga.

Pero es también la María que estará en el corazón de la Iglesia, como estuvo allí en cenáculo acompañando a aquella comunidad que estaba naciendo, ayudando a que aquellos discípulos abrieran también su corazón a Dios y se dejaran transformar por el Espíritu. ¿Queremos ser en verdad la comunidad de Jesús, la familia de Jesús? Hagamos como María, dejémonos fecundar por la Palabra de Dios y nuestros corazones se transformarán, y nos llenaremos de amor, y seremos capaces de estar siempre en camino como María para llevar a Dios a los demás.

lunes, 19 de julio de 2021

Tiene que haber en nuestro corazón una apertura al misterio, ser capaces de entrar en otra sintonía espiritual y abrirnos a algo distinto que nos trasciende de nuestra vida

 


Tiene que haber en nuestro corazón una apertura al misterio, ser capaces de entrar en otra sintonía espiritual y abrirnos a algo distinto que nos trasciende de nuestra vida

Éxodo 14,5-18; Sal: Ex 15,1-2.3-4.5-6; Mateo 12,38-42

Cuando nos obstinamos en nuestras ideas, por muchas pruebas o razonamientos que nos hagan, si no queremos verlo, nunca lo llegaremos a ver; y decimos que somos razonables, que lo que queremos son pruebas, todo lo queremos pasar por el tamiz de nuestros razonamientos, pero hay algo que se nos pone delante de los ojos como una sombra y no hay manera de que veamos claro. Queremos pruebas, todo lo queremos pasar por lo que decimos nuestras lógicas humanas.

Pero hay cosas que nos trascienden, que van más allá de esas lógicas y de esos razonamientos, porque son cosas que tenemos que ser capaces de sentir en nosotros. Cuando andamos en esos caminos de la fe andamos muchas veces como en una lucha entre nuestros razonamientos, nuestras visiones, y algo que es mucho más hondo y que de alguna manera se convierte en inexplicable, pero que podemos llegar a vivir.

Tiene que haber en nuestro corazón una apertura al misterio, tenemos que ser capaces de entrar en otra sintonía espiritual, tenemos que abrirnos a algo distinto y que nos trasciende de nuestra vida, tenemos que ser capaces de palpar algo que no lo podemos hacer con las manos, pero que si lo podemos hacer cuando le damos posibilidades a la fe. Por eso decimos que entramos en una sintonía espiritual, por eso hablamos de un don sobrenatural que nos viene concedido de lo alto, por eso llegamos a apreciar otros sabores y otras sabidurías que le llegan a dar a nuestro espíritu un toque distinto. Algo que muchas veces no tenemos palabras para expresar ni para explicar, pero algo que nos eleva por dentro y nos hace aspirar a cosas más altas y más elevadas por decirlo de alguna manera.

Aquellos mismos que habían visto cómo Jesús liberaba al hombre poseído por el espíritu del mal y que comienzan a atribuírselo a Jesús a otras fuerzas malignas, ahora le piden signos para creer. Han tenido el signo ante los ojos y los han cerrado para no querer creer en el signo, pero que es lo que ahora piden. Y Jesús les dice que no se les dará signos a la manera que ellos piden.

Y les habla de Jonás aquel profeta que un día desoyó la voz de Dios que le llamaba a una misión y más quiso irse en dirección contraria. Sería engullido por el cetáceo del mar pero había sido devuelto vivo y sano para que cumpliera su misión; y aquellos a los que invitó a la conversión, cambiaron sus vidas para escuchar la voz del profeta. Y les dice Jesús que los ninivitas que creyeron la palabra de Jonás un día se levantarán con aquella generación que ni quisieron creer a quien era mucho más que un simple profeta.

Y les habla de la Reina del Sur que vino de tierras lejanas para disfrutar de la sabiduría de Salomón, pero ahora hay alguien que tiene una sabiduría mayor que la de Salomón y la generación contemporánea no lo escucha.

¿No serán signos para nosotros para que en verdad descubramos la obra salvadora de Jesús y la sabiduría de sus palabras? Cerramos nuestros ojos a las obras de Dios, cerramos nuestros oídos y nuestro corazón a la sabiduría del Evangelio de Jesús. ¿Hay algo mayor o mejor que el evangelio que nos lleve a una mayor plenitud de vida y por caminos de mayor felicidad?

Algunas veces tenemos a nuestro alcance las mejores comidas con los mejores sabores, pero nos hemos acostumbrado de tal manera que ya no sabemos apreciar eso tan rico y sabroso que se nos ofrece. Nos puede pasar con el evangelio de Jesús que de tal forma nos acostumbremos que hayamos perdido el sabor de su sabiduría.

domingo, 18 de julio de 2021

Sepamos descubrir en las travesías de la vida que el Señor va con nosotros y sentémonos junto a El para escucharle, para que las olas de su ternura bañen nuestros pies

 


Sepamos descubrir en las travesías de la vida que el Señor va con nosotros y sentémonos junto a El para escucharle, para que las olas de su ternura bañen nuestros pies

Jeremías 23, 1-6; Sal. 22; Efesios 2, 13-18; Marcos 6, 30-34

Los apóstoles se fueron de crucero con Jesús. Así lo diríamos hoy. Una travesía en barca por las tranquilas aguas del mar de Galilea ciertamente es algo placentero y son buenos momentos de relax y de descanso. Y era lo que realmente buscaba Jesús con los discípulos. Habían regresado de la misión que les había encomendado, contaban sus experiencias, pero era tanta la gente que acudía para estar con Jesús que, como dice el evangelista, no tenían tiempo ni para comer. Y Jesús quiere llevárselo a un lugar apartado para descansar un poco. Ya la misma travesía se convertía en momentos de descanso. Iban ellos solos con Jesús y oportunidad tenían para contar sus experiencias, momento era propicio para descansar estando con el Señor.

He tenido la suerte de hacer esa travesía del lago de Tiberíades y confieso que es algo maravilloso y hasta puede ser una experiencia espiritual que cala hondo en el alma. Ya sea atravesando el lago en barca o simplemente estando sentado a su orilla escuchando el suave murmullo de las olas es una rica experiencia si uno en verdad quiere sentir y escuchar las palabras de Jesús pronunciadas en ese mismo lago, o gozarnos espiritualmente de la presencia del Señor que allí puede uno sentir.

Vemos, sin embargo, que cuando llegan al lugar escogido para ‘acampar’, digámoslo así, la gente de las aldeas y pueblos vecinos se les habían adelantado y allí estaba una muchedumbre ansiosa también de estar con Jesús y escucharle. Sintió lástima de ellos, dice el evangelista, porque estaban como ovejas sin pastor. Y se puso a enseñarles con calma. Casi podemos escuchar sus palabras aunque ahora el evangelista no nos detalle lo que les estaba enseñando.

Con lo que hemos venido diciendo hasta ahora en torno a este episodio que nos ofrece  hoy el evangelio creo que podemos sentir una llamada en nuestro corazón, una invitación de Jesús para irnos a estar con El. Lo necesitamos. Vivimos demasiado ajetreados en la vida con nuestras locas carreras; decimos que tenemos tanto que hacer que no sabemos detenernos para encontrarnos al menos con nosotros mismos; ni nos encontramos con nosotros mismos, ni sabemos encontrarnos con los demás, y cuanto menos algunas veces nos sucede no sabemos encontrarnos con Dios.

Necesitamos ese lugar apartado, esa travesía del lago, ese momento de silencio dejando quizá que las olas de la playa mojen nuestros pies. Necesitamos saber detenernos y apagar nuestras músicas, silenciar nuestros oídos a tantos gritos y locuras que nos envuelven. Si no hacemos silencio ni a nosotros mismos nos escucharemos. Y tenemos que saber sacar a flote tantas cosas que llevamos revueltas en el corazón, necesitamos escucharnos esos interrogantes que nos surgen tantas veces dentro de nosotros mismos pero que o los acallamos o decimos que lo dejamos para luego, pero no nos enfrentamos a la verdad de nuestra vida.

Necesitamos ese silencio en nosotros para escuchar ese susurro de Dios en la suave brisa que nos envuelve, como le sucedió al profeta allá en lo alto de la montaña cuando huía de sus problemas y de sus angustias, pero vino a encontrarse con Dios para luego ponerse en camino de nuevo para su misión. No podemos ir a la misión, a eso que Dios nos tiene encomendado para el camino de nuestra vida y nuestro encuentro con los demás, si antes no hemos escuchado bien en lo hondo de nosotros mismos ese susurro de Dios que pondrá en orden tantas cosas dentro de nuestro corazón.

Sepamos encontrar ese momento. Quizás nos preocupamos mucho de nuestro descanso físico para recuperar las fuerzas de nuestro cuerpo y andamos ansiosos por encontrar unos fines de semana o unos tiempos de vacaciones para dejar a un lado nuestros trabajos, pero quizá no nos preocupamos tanto de ese descanso y de esa renovación de nuestro espíritu.

Hemos de saber encontrar la verdadera alegría de nuestra vida en esa paz para nuestro espíritu. Son las baterías del alma las que tenemos que saber también recargar y eso tenemos que hacerlo en el Señor. Pongamos espiritualidad profunda en nuestra vida, vayamos a estar con el Señor, sepamos descubrir en esas travesías de nuestra vida que el Señor va con nosotros y sentémonos a sus pies para escucharle, para empaparnos de sus palabras y de su vida, dejemos que las olas de su ternura bañen nuestros pies y nos hagan sentir paz en el alma.

Vayámonos de crucero con Jesús.

sábado, 17 de julio de 2021

No convirtamos en campos de batalla los terrenos que entre todos tendríamos que cultivar y sepamos ofrecer siempre la mutua colaboración

 


No convirtamos en campos de batalla los terrenos que entre todos tendríamos que cultivar y sepamos ofrecer siempre la mutua colaboración

Éxodo 12, 37-42; Sal 135; Mateo 12, 14-21

Vamos a decirlo así, pero en las rutinas de la vida está el que por cualquier motivo nos hagamos la guerra los unos a los otros. Bueno, es lo que vemos con facilidad en nuestro entorno y acaso nosotros podamos caer en esas espirales de violencia que nos creamos algunas veces por verdaderas minucias.

Una palabra dicha en un mal momento es suficiente para que el otro se lo tome a mal como una gran ofensa y ya comencemos con nuestras rencillas, resentimientos que poco a poco van en crecida y de lo que hacemos luego un mundo de guerras y batallas. Cuántos vecinos andan a la greña los unos con los otros por un mal entendido en un momento determinado que no se supo perdonar, sino que eso motivó que luego el ya ahora contrincante le haga algo peor.

Cuántas veces en reuniones vecinales que tendrían que llevar a la concordia y a querer trabajar juntos en una misma dirección para resolver problemas de la comunidad, como el otro opina distinto a lo que yo opino, porque se tomó en un momento determinado una dirección que no era lo que yo desde mis ideas o mis intereses quería, terminan por hacerse la guerra los unos a los otros terminando por convertir lo que tenía que ser un intercambio de ideas en un campo de batalla.

Claro que también hay gente pacífica, que busca el entendimiento, que quiere dialogar y confrontar ideas pero con el deseo de llegar a un acuerdo, gente que sabe perder en un  momento determinado para que no se pierda la paz, gente que da un paso a un lado para dejar que las ideas de los otros caminen y son capaces de poner todos sus deseos de colaboración. Es cierto. No todo es negativo. No siempre son campos de batalla.

Es el mensaje que hoy se nos quiere transmitir en el evangelio. El anuncio del Reino de Dios por parte de Jesús había creado malestar en ciertos sectores de los judíos que estaban a la contra. Hoy vemos en el evangelio que ya hay grupos que estaban buscando la manera de quitar de en medio a Jesús. Pero Jesús en estos momentos no entra al trapo, como se suele decir. Da un paso a un lado y se va por otros lugares para seguir haciendo el anuncio del evangelio. Es cierto que aquellos que lo quieren quitar de en medio lo lograrán un día llevándole a la muerte de cruz, aunque bien sabemos, porque es parte de nuestra fe, que la victoria está de parte de Jesús a quien contemplaremos resucitado de entre los muertos.


Ahora el evangelista al hacernos el relato recuerdo textos de los profetas que hablaban del siervo de Yahvé. ‘Así se cumplió lo dicho por medio del profeta Isaías: Mirad a mi siervo, mi elegido, mi amado, en quien me complazco. Sobre él pondré mi espíritu para que anuncie el derecho a las naciones. No porfiará, no gritará, nadie escuchará su voz por las calles. La caña cascada no la quebrará, la mecha vacilante no lo apagará, hasta llevar el derecho a la victoria; en su nombre esperarán las naciones’.

Es Jesús, es cierto, el elegido de Dios, el amado en quien el Padre se complace, como escucharemos en el relato de la transfiguración. Como el mismo Jesús había recordado en la sinagoga de Nazaret es aquel sobre quien está el Espíritu del Señor que le ha consagrado y enviado para anunciar la liberación y el año de gracia del Señor. Pero será el que fue anunciado en su nacimiento como el Príncipe de la paz; su misión no es gritar desde la violencia, su camino es el del servicio siendo capaz de hacerse el último y el servidor de todos. Será el que viene a avivar los rescoldos de esperanza y buena voluntad que quedan en los corazones y el que sabe contar con todos aún con aquellos que son los más despreciados de los hombres.

¿Qué es lo que le vemos realizar en el evangelio? Comerá incluso con los publicanos y los pecadores, porque por encima de su posible pecado El será capaz de apreciar el más mínimo rescoldo de amor. Se le perdonan sus muchos pecados porque amó mucho, dirá cuando la mujer pecadora llore a sus pies y derrame perfumes que llenen con su fragancia toda la casa. Cuenta con todos porque aquellas mujeres pecadoras serán las que lo acompañen incluso hasta el pie de la cruz – allí estaba Magdalena – y un publicano o alguno procedente del grupo de los zelotes formarán parte del grupo de los apóstoles por El especialmente llamados.

¿Aprenderemos nosotros a no convertir en campo de batalla el campo que entre todos hemos de saber cultivar? Creo que el mensaje de Jesús está claro. Si nos dejáramos empapar por este espíritu del evangelio qué distintas serían nuestras relaciones, cuánta colaboración seríamos capaces de poner entre todos.

viernes, 16 de julio de 2021

Revestidos de María con su escapulario y dejándonos sumergir en el molde de María plasmemos en nosotros todas sus virtudes para vivir su camino de fidelidad y santidad

 


Revestidos de María con su escapulario y dejándonos sumergir en el molde de María plasmemos en nosotros todas sus virtudes para vivir su camino de fidelidad y  santidad

 

‘Flor del Carmelo, viña florida, esplendor del cielo, Virgen fecunda y singular. ¡Oh madre tierna! Estrella del mar’. Así invocamos en bella referencia también al Monte Carmelo de donde se toma el título de esta advocación mariana en esta festividad a María, la madre del Señor y nuestra madre, en la festividad del Carmen que hoy celebramos. Famosas y conocidas de todos son también las expresiones de San Bernardo: ‘En los peligros, en las angustias..., llama a María, invoca a María. María es la Estrella del mar’.

Sobreponiéndose a las extensas llanuras y valles de Galilea la cadena montañosa del Carmelo la atraviesa para asomarse al mar Mediterráneo en Haifa. Unas montañas que tuvieron un intenso significado en la historia del pueblo de Israel porque se convirtieron en refugio del profeta Elías en medio del ardor de su celo por defender el nombre santo de Dios, frente a los baales o falsos dioses que los poderosos querían imponer al pueblo de Dios. Un lugar propicio para la contemplación y para la admiración de las obras de Dios porque como viña y jardín florido (significado del nombre del Carmelo) ayudaba a la interiorización y a sentir de manera especial la presencia de Dios.

Fue allí cuando en tiempos de las cruzadas por liberar la tierra santa de las manos de los otomanos y musulmanes, donde terminaron refugiándose aquellos cruzados que no se querían arrancar de la tierra de Jesús. En aquellos eremitas desperdigados por aquellas montañas tuvo su origen la Orden del Carmelo que en medio de aquel monte entronizaron una imagen de María para que fuese su luz y su estrella en su camino por la vida cual una procerosa navegación por el mar. Flor del Carmelo y Estrella del Mar aquella bendita imagen de María en el monte Carmelo.

Como una señal aquellos monjes constituidos ya en orden religiosa la tradición habla de cómo María les entregó su vestido para que de ella se vistieran significado en aquel escapulario. En su origen el escapulario es como un vestido que se sobrepone sobre las vestiduras ordinarias sobre todo cuando hay que realizar los duros trabajos del campo. Pero ese escapulario se vino a convertir en el vestido de María que aquellos que querían mantenerse en fidelidad querían apoyarse en María para hacer la travesía de su vida.

¿De quien mejor podemos vestirnos cuando queremos seguir los caminos de Jesús y vivir los valores del Evangelio? María, dejando que Dios se encarnase en sus entrañas, en su cuerpo dio cuerpo al Hijo de Dios que se hacía hombre. Podíamos decir que el cuerpo de María, la vida de María, es como el mejor molde en el que hemos de introducirnos para configurar nuestra vida a la manera de la vida de Jesús. Llevar, pues, el escapulario de María es vestirnos de María, es reflejar en nosotros las virtudes y los valores de María, es vestirnos de su propia santidad para que así mejor nos podamos parecer a Jesús, configurar plenamente con Jesús.

‘El escapulario del Carmen, según decía el papa Pío XII el 11 de febrero de 1950, es símbolo y signo de las virtudes de María: humildad, castidad, mortificación, oración, y, sobre todo, signo y recuerdo de nuestra consagración a Jesucristo y a ella, un signo eficaz de santidad y una prenda de eterna salvación’.

Recojamos todo el significado del monte Carmelo al que hemos venido haciendo referencia y coloquemos a María como Reina, Madre y Señora para que así se convierte verdaderamente en estrella del mar que nos haga caminar con seguridad en medio de las tormentas, peligros, angustias de la vida. Es un camino de fidelidad, un camino de fe, que al mismo tiempo se convierte para nosotros en escuela de oración y en senda que nos conduce a la santidad.

Revistámonos de verdad de María en esta fiesta de la Virgen del Monte Carmelo, no como un adorno o una prenda externa, sino porque desde lo más hondo de nosotros mismos queremos vivir su vida, plasmar en nuestra vida sus virtudes escuchando su invitación perenne para que hagamos siempre lo que El nos diga.

jueves, 15 de julio de 2021

Vayamos a estar con Jesús, para quedarnos en silencio, para gozarnos de su presencia que nos inunda con su inmensidad, para sentir de nuevo la paz

 


Vayamos a estar con Jesús, para quedarnos en silencio, para gozarnos de su presencia que nos inunda con su inmensidad, para sentir de nuevo la paz

Éxodo 3, 13- 20; Sal 104; Mateo 11,28-30

El que está cansado busca descanso; nos vemos agobiados por los muchos trabajos y responsabilidades y ya andamos buscando un tiempo para descansar; otras veces los agobios nos vienen como consecuencia de las responsabilidades que hemos tenido que asumir, por los problemas que nos presenta la vida cada día, por la tensión que se origina quizás en nuestra convivencia con los demás y nuestras mutuas relaciones y queremos tener un tiempo de serenidad y de paz, donde un poco recapitulemos y ordenemos en nuestro interior cuanto nos sucede y volvamos a tener un espíritu fresco para seguir afrontando el día a día de nuestra vida.

Todos necesitamos de ese tiempo de descanso, de relax, de volver a recuperar nuestras fuerzas físicas, pero sobre todo volver a sentirnos con verdadera paz interior. Tenemos que saber encontrar esos momentos, ese saber detenernos en esa loca carrera con que vivimos la vida y hacer que nuestro espíritu se serene. Es la fuerza interior que necesitamos, es la verdadera hondura que hemos de saber darle a la vida, es como el motor reparado que hace que todo funcione mejor en nosotros.

A eso nos está invitando hoy Jesús con sus palabras del Evangelio. ‘Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas’. Es lo que hace con sus discípulos más cercanos; en algún momento el evangelio nos dice que se los lleva a un lugar apartado para descansar, porque no tenían tiempo ni para comer. Pero en otros momentos lo veremos caminando casi por los limites de Galilea porque quiere estar a solas con los discípulos más cercanos para hablar más relajadamente de todo cuanto está sucediendo en el anuncio del Reino que están realizando.

‘Venid a mi…’ nos dice. ‘Encontraréis vuestro descanso…’ Cansados y agobiados y El será nuestro alivio. Y es que estando con Jesús aprendemos de El, estando con Jesús llenaremos nuestro espíritu de esa paz que mana de su presencia; estando a solas con Jesús le escucharemos mejor y El nos hablará al corazón; estando con Jesús nos iremos impregnando de su vida, de su mansedumbre, de su humildad y de su ternura.

No es solo el descanso físico que ya encontraremos formas para recuperar esas fuerzas de nuestro cuerpo; es la paz interior que necesitamos, es la serenidad de nuestro espíritu, es el irnos impregnando más y más de su amor. Tenemos que aprender a ir a Jesús para estar con El. Es cierto que queremos mantener viva nuestra fe, que hacemos nuestras oraciones de cada día, pero necesitamos algo más. Hacer nuestras oraciones algunas veces se reduce a recitar unas fórmulas de oración aprendidas o ritualmente prescritas muchas veces en la carrera de la vida y con la premura del tiempo que vivimos habitualmente. Y es otra cosa lo que necesitamos, como decíamos, estar con Jesús.

Y estar con Jesús no es medir el tiempo con los minutos de un reloj, estar con Jesús no es meramente cumplir para decir que hemos rezado, estar con Jesús no es contentarnos con hacerle una serie de peticiones con los mejores buenos deseos porque queremos pedir quizá por todos aquellos que queremos o nos han pedido una oración. Estar con Jesús, es eso, estar, quedarnos en silencio quizá, hacer silencio en nuestro interior y escuchar, gozarnos de una presencia que nos inunda con su inmensidad y que nos hará que al final podamos sentir esa nueva paz en nuestro espíritu.

miércoles, 14 de julio de 2021

No nos acostumbremos al evangelio porque perdemos la riqueza y la sabiduría de la novedad que tiene que ser siempre el mensaje de Jesús para nuestra vida

 


No nos acostumbremos al evangelio porque perdemos la riqueza y la sabiduría de la novedad que tiene que ser siempre el mensaje de Jesús para nuestra vida

Éxodo 3,1-6.9-12; Sal 102; Mateo 11,25-27

Todos nos hemos encontrado más de una vez en la vida con el ‘sabelotodo’, gente que va de sobrado en la vida, todo se lo saben, nada pueden aprender nunca de los demás y siempre se considerarán en un estadio superior. Habrán tenido ‘estudios’, como suele decirse, o quizás no, pero ellos se lo saben todo. Todo lo juzgan, todo lo critican, siempre están como en la distancia observando lo que hacen o lo que dicen los demás para poner sus ‘peros’, para sacar a relucir lo que ellos dicen sus sabiduría, su saber, nunca podrán reconocer que otro sabe más o puede hacer las cosas mejor.

Normalmente esas personas resultan incómodas, salvo que quieras entrar en su círculo de adulaciones y lisonjas y entonces sí que te aceptarán pero como el pobrecito que nada sabe y se fía totalmente de él, con lo que al final logran su manipulación que les lleva a querer subirse a pedestales. Y eso es cosa de todos los tiempos y lugares, en todos los aspectos de la vida. Siempre quieren ir de maestros.

En el evangelio nos encontramos aquellos maestros de la ley que nada perdonaban a los demás, aquellos grupos que querían ser dominantes en la sociedad de su tiempo y ya andaban a la greña entre unos y otros, pero también desde todos esos grupos siempre andaban al acecho de quien consideraran ellos que se podía desviar de la ley y los profetas, pero conforme a la interpretación que ellos se hacían.

Son los fariseos y saduceos que rodeaban a Jesús no porque quisieran recibir aquel mensaje, aquella buena nueva que Jesús anunciaba, sino para estar al acecho porque el prestigio de Jesús, sus enseñanzas y luego sus seguidores podían poner en peligro el lugar preponderante que ellos querían ocupar en la sociedad de su tiempo. Eran también los maestros de la ley que venían con preguntas interesadas a Jesús porque no aceptaban que no siendo Jesús de sus escuelas rabínicas se atreviera a enseñar al pueblo.

Unos y otros estaban poniendo una barrera en sus vidas, y por mucho que ellos fueran a escuchar a Jesús nada de aquel mensaje recibían para sus vidas. Ellos eran los sabios y Jesús era aquel pobre profeta venido de la Galilea de los gentiles que poco podría enseñarles. Su prepotencia, su autocomplacencia y autosuficiencia, su orgullo era esa barrera que no dejaba entrar la semilla de la Buena Nueva del Reino de los cielos que Jesús anunciaba.

Claro que por allá andaban los que en verdad tenían hambre de Dios y venían de verdad a escuchar a Jesús. Eran los sencillos, eran los pobres, eran los que no tenían seguridades humanas, eran los que no estaban satisfechos de si mismos y siempre andaban en la búsqueda de algo mejor, los que eran capaces de sentir admiración por las cosas maravillosas que sucedían, eran los que mejor olfato de Dios tenían, porque eran humildes y reconocían su pequeñez y su nada, eran los que sabían discernir donde estaba la verdadera esperanza para sus vidas y entonces se dejaban conducir por el Espíritu, eran los que de verdad podían conocer a Dios.

‘Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a los pequeños. Si, Padre, así te ha parecido bien’. Así exclama Jesús en esta oración de acción de gracias al Padre. La semilla podía encontrar tierra buena para germinar en el corazón de los pequeños y los sencillos. Allí se revelaba Dios.

La conclusión de toda esta reflexión que nos venimos haciendo es preguntar cual es la actitud con que nos ponemos ante el evangelio. No queremos decir que seamos como aquellos fariseos, saduceos o maestros de la ley del tiempo de Jesús pero acaso el hecho de que seamos ‘cristianos viejos’, nos decimos que venimos de una tradición cristiana porque cristianos han sido nuestros padres, nuestros abuelos, nuestros antepasados y nosotros también cristianos de toda la vida, de alguna manera pongamos también algunas de aquellas barreras de los que ya todo se lo saben, porque qué me van a enseñar a mí ahora que yo ya no sepa.

¿Tendremos la curiosidad de los inteligentes ante el mensaje del evangelio, ante el mensaje de Jesús? El que es verdaderamente inteligente sabe que siempre puede descubrir algo nuevo, de que siempre podemos sentir admiración por lo grandioso que sucede ante nosotros porque no nos acostumbramos a ello. No nos parapetemos detrás del acostumbrarnos a las cosas porque es una forma de hacernos los engreídos y orgullosos que todo lo saben. Qué malo es acostumbrarse a las cosas, perdemos la riqueza y sabiduría de la novedad, y la vida tiene que ser siempre novedad, cuánto más el evangelio.

martes, 13 de julio de 2021

Pensemos si no tendrá el Señor que recriminarnos a nosotros también como a aquellas ciudades de Galilea por la poca respuesta que damos

 


Pensemos si no tendrá el Señor que recriminarnos a nosotros también como a aquellas ciudades de Galilea por la poca respuesta que damos

 Éxodo 2,1-15ª; Sal 68; Mateo 11,20-24

Hay quienes no se dejan ayudar. Lo vemos con frecuencia en el devenir de la vida. Estamos queriendo ayudar a alguien que sabemos que lo está pasando mal, que está en una situación desastrosa en la vida, y allí queremos estar a su lado con buenas palabras y con buenos consejos, más de una vez quizás nos hemos sacrificado en nuestras cosas por tratar de ayudar a mejorar la situación de esa persona, ponemos mucho empeño desde muchos caminos, pero no hay manera; aquella persona sigue igual, no da pasos que signifiquen que quiere salir de aquella situación, pareciera que se aferra a esos problemas y no conseguimos nada. Nos sentimos desalentados, nos dan ganas de tirar la toalla, como quien dice, y que esa persona se las arregle por sí sola ya que no quiere dejarse ayudar, pero seguimos quizás con aquella inquietud en nuestro corazón pensando qué más podríamos hacer, qué más podríamos haber hecho y no hicimos.

¿Sería algo así cómo se sentiría Jesús después de aquellas correrías que había hecho por toda Galilea y lo más que cosechaba es que algunos en unos primeros momentos se sintieran entusiasmados con sus milagros o con sus mismas palabras, pero luego pronto lo olvidaban todo?

Algo así estaba sucediendo. Momentos de multitudes que se arremolinaban a su puerta con sus enfermos para que los curase, o que se las encontraba incluso allá en lugares apartados donde en alguna ocasión se había querido retirar; momentos en que las gentes se multiplicaban en alabanzas y entusiasmo, pero pronto parecía que no hacía mella aquella buena noticia que El les anunciaba. Parecía, en ocasiones, que solo buscaran al taumaturgo, o en otras ocasiones sus palabras podían despertar aquel sentimiento nacionalista al que vivían tan apegados algunos con sus deseos de revolución. Pero entender lo que era el nuevo Reino de Dios que El anunciaba, eso de ninguna manera.

Hoy le escuchamos recriminar a Corozaín y a Betsaida, pero también a la misma Cafarnaún donde tanto se había prodigado. Y compara cuál hubiera sido la respuesta en ciudades paganas como las cercanas Tiro y Sidón, o lo que le hubiera sucedido a Sodoma que no hubiera sido destruida. Pero en esos sitios no se había anunciado la Buena Noticia del Reino como se había hecho a lo largo y ancho de Galilea. ¿Merecerían el castigo divino? Bien nos ha dicho que El es como el Buen Pastor que va a buscar la oveja perdida, por barrancos o despeñaderos, donde pueda encontrarla. Por eso la Palabra de Jesús se sigue pronunciando esperando que la semilla abundantemente esparcida por todos los terrenos un día pueda dar fruto.

Pero bien sabemos que cuando a nosotros hoy se nos anuncia también esa Buena Noticia del Evangelio no es para que entremos en juicios y condenaciones de hechos o de gentes de otro momento. Esos hechos que nos narra el evangelio vienen a ser signos para nosotros que tratan de despertarnos de la modorra espiritual que también vivimos y no terminamos dar el fruto que el Señor nos pide. No maldice Jesús la higuera improductiva de nuestra vida, sino que como buen labrador seguirá abonando nuestra tierra y regándola con la gracia para que un día también dé fruto.

¿No tendrá el Señor que recriminarnos a nosotros también por la poca respuesta que damos? Pensemos a lo largo de nuestra vida cuántas veces hemos escuchado la Palabra de Dios; pensemos todo ese caudal de ese río de gracia que hemos recibido a lo largo de la vida en cuantas Eucaristías hemos participado, en cuantos sacramentos hemos recibido, en cuantos momentos de intensidad espiritual se nos han ofrecido. ¿Hemos dado respuesta en consonancia con todo eso que hemos recibido? Pero el Señor sigue esperando.

 

lunes, 12 de julio de 2021

Seguir a Jesús aunque nos haga entrar en caminos que parecen de contradicción no es una carga pesada sino el mayor gozo que podamos sentir en nuestra vida

 


Seguir a Jesús aunque nos haga entrar en caminos que parecen de contradicción no es una carga pesada sino el mayor gozo que podamos sentir en nuestra vida

Éxodo 1,8-14.22; Sal 123; Mateo 10, 34-11,1

Seguir a Jesús significa en muchos casos entrar en un camino de contradicción frente al mundo que nos rodea. Me gusta recordar muchas veces, sobre todo cuando nos encontramos con pasajes como éste de hoy en el evangelio, la profecía del anciano Simeón cuando fue presentado Jesús en el templo. Se alegraba el anciano porque sus ojos habían podido ver finalmente al que era la luz y la gloria de su pueblo, pero recordamos también las palabras que le dirigiría a María, la madre, hablándole de una espada que le atravesaría el alma y de que Jesús estaba puesto como signo de contradicción y frente a Jesús muchos caerán y otros se levantarán.

 Cuando nos sentimos cogidos desde nuestro corazón por la persona de Jesús todo en nuestra vida cambia, será otra la mirada con que miremos las cosas, la vida, el mundo así como la relacion con los demás y unos nuevos valores tendrán que comenzar a brillar en nuestra vida. Ya nuestra vida no es igual, nos sentimos cogidos de su amor y en ese amor lo vamos a dar todo. Por eso el seguimiento de Jesús, vivir su vida lo será todo para nosotros.

Cuando hacemos esa opción nos vamos a encontrar que hay quien no nos entienda. ¿Por qué tenemos que cambiar? Nos sentimos tan bien con lo que tenemos a pesar de que quizá haya cosas que no nos gusten, pero, como solemos decir, qué vamos a hacer, es la vida y hay que seguir la corriente. Pues bien, quien opta por Jesús no se deja arrastrar por la corriente, será fiel a un nuevo vivir aunque no nos entiendan; y ese no entendernos puede venirnos desde los más cercanos a nosotros como puede ser la misma familia.

Por eso nos dirá Jesús que su presencia puede convertirse en división, que su presencia es como un fuego renovador, pero no todos querrán dejarse quemar por ese fuego que les purifica, y entonces nos vamos a encontrar enfrente incluso a aquellos que más queremos. Y nuestra opción es por Jesús.  Y quien no está dispuesto a poner de verdad a Jesús en el centro de su corazón, como nos dice El mismo hoy, no es digno de El. Es que quien no es capaz de esa opción es que no ha terminado de descubrir la alegría y plenitud que encuentra para su vida en el seguimiento de Jesús.

Jesús está dando instrucciones a sus discípulos cuando los ha enviado a anunciar el Reino de Dios, como hemos venido escuchando estos días, y nos habla entonces de esa radicalidad con que hemos de seguirle. Pero no es una carga pesada, es un gozo, porque en todo aquello que vamos realizando estaremos encontrándonos con El; en aquellas personas con que nos encontremos que nos acojan o a los que nosotros por nuestra parte también acojamos, se está haciendo presente El. Y si así es de grande nuestro amor por El, grande tiene que ser la alegría que vivamos toda esa experiencia de encuentro con El.

Eso significará también que hasta el mínimo detalle que nosotros podamos tener con los demás o los demás tengan con nosotros tiene un valor de gracia, como nos dice hoy Jesús no quedará sin recompensa. ‘El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, sólo porque es mi discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa’.

domingo, 11 de julio de 2021

Un bastón y unas sandalias para salir al camino y hacer camino, para ir al encuentro y para dejar unas huellas señalando que con el camino de Jesús es posible ese mundo mejor

 


Un bastón y unas sandalias para salir al camino y hacer camino, para ir al encuentro y para dejar unas huellas señalando que con el camino de Jesús es posible ese mundo mejor

Amós 7, 12-15; Sal. 84; Efesios 1, 3-14; Marcos 6, 7-13

Un bastón y unas sandalias, signos del caminante, del que sale a los caminos, del que se pone en camino, del que va a la aventura porque una aventura es ir a lo desconocido, una aventura es llevar la alforja vacía confiando solo en lo que va a encontrar, en lo que le van a ofrecer en la acogida, si la hay. Un camino hecho desde la confianza en nosotros mismos que vamos haciendo el camino, o en aquellos con los que nos encontramos que nos van a recibir y a los que le vamos a ofrecer no cosas, porque nada llevamos en la alforja, sino lo que nosotros mismos somos.

Un bastón y unas sandalias, signo de la vida misma que es camino, camino nuevo que no hemos recorrido, camino nuevo que hemos de hacer, de trazar incluso con nuestros pasos. Así es la vida, no la habíamos vivido sino que cada día nos iremos encontrando algo nuevo que es la vida misma que vivimos. Un camino del que al irlo recorriendo iremos recogiendo cosas, iremos aprendiendo a vivir, iremos dándole un sentido y un destino, pero un camino donde vamos dejando unas huellas, las huellas de nuestros pasos, las huellas de lo que hemos hecho, las huellas de nuestra vida misma.

Un bastón y unas sandalias que lo único que Jesús les permite llevar a aquellos que El envía. Las alforjas irán vacías de provisiones materiales, para que puedan ir cargadas del amor que será lo que acompañará al mensaje. No eran profetas ni hijos de profetas, como humilde y sabiamente reconocía Amós en lo que hemos escuchado en la primera lectura; él solo era un cultivador de higos que el Señor había sacado de su tierra y de su trabajo para ir a anunciar lo que el Señor le pidiere. Con las alforjas vacías, solo con las sandalias y el bastón, con la pobreza en sus manos pero con la misión que el Señor les encomendaba ellos ahora tenían que salir y ponerse en camino.

Han de salir a anunciar el Reino y lo único que llevarán será la experiencia que ellos mismos han tenido, lo que han vivido en sus vidas en el encuentro con el Señor. Para estar con Jesús se han tenido que descargar de muchas cosas, los pescadores un día habían abandonado sus barcas y sus redes y todos habían dejado atrás las ataduras humanas de sus casas y sus pertenencias o de sus familias; se habían tenido que liberar de muchas ataduras para poder estar con Jesús.

Por eso ahora irán con el poder de ayudar a liberar a los demás de sus ataduras. Les dio ‘autoridad sobre los espíritus inmundos’, dice el evangelista y luego comentará que ‘salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban’.

Es la tarea ilusionante de la evangelización en la que todos también hemos de estar embarcados. Porque es lo que a nosotros Jesús también nos confía. Así, simplemente con un bastón en nuestras manos porque sabemos bien de quien nos confiamos y unas sandalias en nuestros pies porque largo es el camino que tenemos que realizar también tenemos que ir al encuentro del mundo para hacer ese anuncio del evangelio. Es un camino nuevo cada día, como cada día es nueva la vida que vivimos; es quizá con la incertidumbre de lo que nos vamos a encontrar donde no siempre puede ser que no seamos tan bien acogidos, pero con la alegría que llevamos en nuestro corazón desprendido de muchas cosas, pero apoyado totalmente en el Señor.

Y en ese camino que hacemos tenemos que ir dejando nuestras huellas, las huellas de nuestro amor y de nuestra generosidad. También nos vamos a encontrar enfermos, es más, un mundo enfermo al que tenemos que curar. Podemos hacerlo, el Señor nos ha dado autoridad para ello porque ha depositado todo su amor en nuestro corazón. No sabemos algunas veces como hacerlo pero vayamos siempre con el corazón abierto a lo que nos encontremos y el amor de nuestro corazón nos irá dictando lo que en cada momento tenemos que hacer. Son tantas las heridas que tenemos que curar, tantos los dolores que tenemos que mitigar, tantas las angustias y tristezas que tenemos que llenar de esperanza.

Sepamos hacer como Jesús estando al lado del que sufre o caminando juntos con los que van desesperanzados y desorientados por la vida, tendiendo la mano para levantar a los caídos o dejando que toquen también la orla de nuestro manto porque sientan sobre sus vidas la sonrisa de nuestro amor, dejando marcadas las huellas de nuestro amor para que haya alguien que sepa encontrarlas y llegue a entender el sentido y el valor del camino que hacemos.

Seamos todo oídos para sintonizar y escuchar las llamadas y los lamentos de muchas soledades que buscan una escucha o una compañía, y tengamos los ojos atentos para encontrarnos con aquellos en los que nadie se fija y se sienten abandonados por todos en el olvidado rincón donde parece que nadie los va a encontrar.

Un bastón y unas sandalias, para salir al camino y hacer camino, para ir al encuentro de los otros llevando un mensaje y dejando unas huellas que señalen a todos que es posible otro camino, que es posible ese mundo mejor con el que todos soñamos y a donde nos va a llevar este camino que hacemos con Jesús.