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sábado, 14 de abril de 2018

Aunque la vida se nos vuelva turbia y oscura en nuestras soledades y luchas con nosotros siempre está el Señor para caminar hacia delante y hacia arriba


Aunque la vida se nos vuelva turbia y oscura en nuestras soledades y luchas con nosotros siempre está el Señor para caminar hacia delante y hacia arriba

Hechos de los apóstoles 6, 1-7; Sal 32; Juan 6, 16-21

En la vida nos parece que remamos muchas veces con el viento en contra. Parece como si las dificultades nos fueran saliendo de debajo de los pies. Las cosas en un momento determinado da la impresión que van bien pero pronto se tuerce todo y aparecen los contratiempos, la dificultades, los problemas y nos parece que todo lo tenemos en contra. Nos puede surgir el cansancio porque no vemos que conseguimos objetivos, porque  no avanzamos en lo que queremos conseguir, porque no tenemos beneficios, y no es ya solo en lo material, de aquello por lo que luchamos.
Nos puede pasar en nuestros trabajos, en la vida familia, en la relación con la que gente con la que convivimos, o nos puede suceder allá en nuestro interior en esos valores por los que queremos luchar, en esas metas de superación que queremos alcanzar, en esos defectos que queremos corregir y así en muchas cosas.
Nos sucede en nuestra vida espiritual o  nos sucede en la lucha que mantenemos por nuestros compromisos cristianos o por aquello que queremos hacer por los demás. No es que siempre tengamos la vida llena de dificultades, pero hay momentos que se nos vuelven oscuros y no sabemos cómo salir adelante.
Ahí tiene que aparecer nuestra fortaleza interior, la madurez con que vamos afrontando la vida, la conciencia de la realidad de nuestra propia debilidad, pero al mismo tiempo sabemos que podemos conseguirlo y no queremos tirar la toalla aunque remar con el viento en contra en la vida nos esté resultando costoso. Como creyentes y como cristianos sabemos siempre que la fuerza de la gracia no nos falta y con nosotros, aunque nuestra mente y nuestro corazón se vuelvan turbios muchas veces y no veamos con claridad, la presencia del Señor no nos falta. No podemos acobardarnos
El texto del evangelio de hoy creo que nos da pautas, nos ayuda a descubrir esa presencia del Señor aunque a veces nos parezca que estamos siendo engañados. Los discípulos remaban rumba a Cafarnaún después que en la tarde anterior Jesús realizara aquella multiplicación milagrosa de los panes para que todos comieran. La gente estaba entusiasmada y poco menos que querían hacer rey a Jesús, pero éste embarcó a sus discípulos rumbo a la otra orilla aunque Jesús se quedó en tierra.
Ahora allá iban solos en la barca y el viento lo tenían en contra y les costaba avanzar. El esfuerzo que estaban realizando era grande. No habían podido saborear a su gusto los que les parecía que eran un triunfo de Cristo cuando era aclamado por las gentes, y ellos se encontraban con dificultades en medio del lago. Y Jesús no estaba con ellos. En otra ocasión en que se había desatado una fuerte tormenta en el lago Jesús estaba, aunque fuera dormido en un rincón de la barca. Al menos entonces podían acudir a Jesús, pero ahora no estaba.
¿Nos pasará a nosotros en algunas ocasiones? Querríamos sentir la presencia y la fuerza del Señor con nosotros en medio de aquellos problemas que nos surgieron en la vida, pero nos sentimos solos y parece que hasta la fe se decaía. Cuántas veces todo se nos vuelve turbio y oscuro en nuestras soledades y en nuestras luchas.
Pero Jesús vino al encuentro de los discípulos que remaban con esfuerzo en medio del lago sin poder avanzar. A ellos les pareció un fantasma, porque alguien venia caminando sobre el agua. Y se llenaron de temor. ‘No temáis, soy yo’, fue la voz del maestro la que escucharon. Pero aun seguían con sus dudas y sus temores. Pedro quería tener la certeza plena de que era Jesús, como nos contará otro evangelista al narrarnos este mismo episodio. Ahora con Jesús cerca de ellos llegan pronto a la orilla.
‘Soy yo, no temáis’, nos dice tantas veces Jesús aunque quizá con los vientos de las tormentas que estamos pasando no lo oigamos y sigamos sintiendo confusión en nuestro corazón.  Pero hemos de tener la certeza, la seguridad de que el Señor no nos deja solos, está a nuestro lado, con El junto a nosotros podremos avanzar por muchas que sean las dificultades. Que se despierte nuestra fe. Que no nos dejemos envolver por las oscuridades de la vida. La luz de la fe tiene que iluminarnos el camino y hacernos descubrir esa presencia maravillosa del Señor.



viernes, 13 de abril de 2018

Comamos el pan del amor que Jesús nos ofrece, pero comámoslo con la alegría de saberlo compartir también con los demás



Comamos el pan del amor que Jesús nos ofrece, pero comámoslo con la alegría de saberlo compartir también con los demás

Hechos de los apóstoles 5, 34-42; Sal 26; Juan 6, 1-15

Con poco se puede hacer mucho pero en muchas ocasiones aunque tengamos mucho haremos bien poco. Ya sabemos que muchas veces comparte más el que tiene poco que el que tiene mucho. Hace falta la buena voluntad, el buen deseo, el desprendimiento y la generosidad que las aprecia más el que poco tiene. Ahí está la tentación de que nos parece que nos vamos a quedar sin nada, cuando precisamente tenemos mucho; el egoísmo nos hace encerrarnos en nosotros mismos y ser acaparadores porque nos parece que no vamos a tener para nuestras satisfacciones personales.
Qué bonita y hermosa es la generosidad del corazón que es capaz de desprenderse de lo poco que se tiene para compartirlo con los demás. Aquello que le decía el profeta Elías a la viuda de Sarepta como escuchamos en el Antiguo Testamento: ‘la orza de harina no se vaciara, la alcuza de aceite no se agotara, hasta el día en que el Señor envíe la lluvia sobre la tierra’.
Es mucho lo que nos puede decir el evangelio de este día, pero este ha sido el primer pensamiento que me surge al escuchar las palabras de Jesús. Mucha gente lo seguía, dice el evangelista, porque habían visto sus signos. Ahora estaban allá en el descampado alimentándose de su Palabra. Y es Jesús el que les sugiere a los discípulos que hay que buscar pan para alimentar aquella gente que lleva muchos días con él y ya les escasean sus provisiones. ‘¿Con qué compraremos panes para que coman éstos?... Doscientos denarios de pan no bastan para que a cada uno le toque un pedazo…’ Pero están en descampado, lejos de donde puedan conseguirse provisiones.
Y surge la generosidad de un muchacho que tiene unos pocos panes. ‘Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y un par de peces; pero, ¿qué es eso para tantos?’ Pero con poco se puede conseguir mucho. Y la generosidad de uno hace que se multiplique aquello que necesitamos.
Es la pequeña semilla de la que ya en otra ocasión nos ha hablado Jesús. Dará fruto al ciento por uno cuando hay una buena tierra, cuando hay unos buenos corazones, se convertirá en arbusto capaz de acoger a cuantos a su sombra se refugien. Muchas veces hemos escuchado el relato y conocemos el milagro de Jesús. Muchas consideraciones nos podemos hacer.
Es cierto que este pasaje del evangelio viene a ser prefacio de los anuncios que luego Jesús hará en Cafarnaún. No es solo el pan que alimenta nuestros cuerpos el que nos quiere dar Jesús. Claro que necesitamos también el alimento de nuestro cuerpo. Pero Jesús nos quiere dar un pan de vida que es El mismo. Pero si queremos comer ese pan de vida es para vivir esa misma vida, para vivir en ese mismo amor, para que se despierte en nosotros esa generosidad de corazón, para que entonces nos sintamos comprometidos por un mundo mejor.
No podemos escuchar a Jesús, no podemos comer a Jesús y dejar que las cosas sigan de la misma manera. Estar con Jesús tiene que despertar en nosotros nuevos deseos, nuevas ansias, nuevos compromisos, nuevas inquietudes. Estar con Jesús significara siempre que tenemos que ponernos en camino, que no nos podemos quedar con los brazos cruzados, que nos podemos adormilar en lo que ya somos o tenemos. Estar con Jesús abre nuestros corazones, amplia nuestros horizontes, nos impulsa a ir de una forma nueva a los demás, nos hace tener una mirada distinta hacia los otros y hacia el mundo en el que vivimos.
Y no podemos decir que somos poquita cosa, que no valemos, o lo que tenemos es bien poco. No podemos enterrar nuestro talento, no podemos quedarnos para nosotros solos eso que tenemos, no nos podemos encerrar en el círculo de nuestro egoísmo. Comamos el pan del amor que Jesús nos ofrece, pero comámoslo con la alegría de saberlo compartir también con los demás.

jueves, 12 de abril de 2018

Creer en Jesús es alcanzar la vida y creer en Jesús escuchando su Palabra es ponernos en camino de vida eterna


Creer en Jesús es alcanzar la vida y creer en Jesús escuchando su Palabra es ponernos en camino de vida eterna

Hechos de los apóstoles 5,27-33; Sal 33; Juan 3, 31-36

Cada uno habla de lo que sabe, de lo que ha sido la experiencia de su vida, lo que ha recibido de la comunicación de los otros, o de lo que va aprendiendo en la vida. Es una osadía hablar de lo que uno no tiene conocimiento, fácilmente así cometemos errores y hasta podemos crear confusión o desinformación cuando hablamos a inexpertos que confían en que nosotros sí sabemos o tenemos conocimiento.
Muchas veces en la vida hablamos por hablar sin razonamientos ni conocimientos; no significa que no tengamos que indagar, buscar la verdad aunque no la conozcamos o porque no la conocemos, nos atrevamos a ir elaborando nuestro pensamiento, queriendo encontrar razonamientos y respuestas para preguntas o interrogantes que nos hagamos en nuestro interior. Nos llevará a un contrastar ideas o pensamientos, a un dialogo que puede hacerse no solo interesante sino verdaderamente fructuoso.
¿De qué nos habla Jesús? El nos trasmite palabras de Dios. Es el único que conoce al Padre y El quiere dárnoslo a conocer. El es el Hijo de Dios y vendrá a revelarnos el misterio de Dios. Por eso con san Juan decimos que es la Palabra que estaba en Dios y junto a Dios desde toda la eternidad. Pero cuando nos revela el misterio de Dios nos está revelando el misterio del hombre. Por la Palabra se hizo todo cuanto se ha hecho  nos dice san Juan en el principio del Evangelio. ¿Quién mejor que aquel que nos ha creado puede revelarnos el sentido de la criatura?
No nos habla Jesús de cosas angelicales decimos empleando un poco el lenguaje con que quizás muchos quieran desprestigiarnos. No habla de la vida, del camino de vida que tenemos que ir haciendo pisando sobre esta dura tierra; nos habla de lo que es el hombre, de lo que es toda persona, porque para nosotros siempre quiere lo mejor, la plenitud, la felicidad.
No nos habla Jesús de cosas que sean ajenas a nuestra vida o que podamos contemplar como ideales inalcanzables. No nos traza metas imposibles porque las veamos en la altura como sobre las nubes sino que nos está diciendo lo que ha de ser nuestra vida de cada día, en ese caminar sobre nuestra tierra con nuestros problemas y con nuestras luchas, con nuestras alegrías y con nuestros momentos de infelicidad y de sufrimiento, en nuestro encuentro con los demás para la convivencia pero también en lo que sentimos y queremos allá desde lo más hondo de nosotros mismos.
Por eso  nos dirá que es el Camino, y que es la Verdad, y que es la Vida. En su camino, con su verdad, viviendo su vida alcanzaremos la plenitud de dicha y de felicidad, la realización más plena de nosotros mismos. No tenemos que hacer otra cosa que mirar su vivir, escuchar sus palabras, disfrutar del amor que nos tiene y se nos manifiesta de tantas maneras e intentar vivir nosotros también en un amor semejante.
‘El que Dios envió habla las palabras de Dios, porque no da el Espíritu con medida. El Padre ama al Hijo y todo lo ha puesto en su mano. El que cree en el Hijo posee la vida eterna; el que no crea al Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios pesa sobre él’. Así nos decía hoy el evangelio. Habla palabras de Dios, nos da el Espíritu sin medida. Creer en Jesús es alcanzar la vida. Creer en Jesús escuchando su Palabra es ponernos en camino de vida. Con Jesús nunca tendremos confusión porque El es la verdad eterna de Dios.

miércoles, 11 de abril de 2018

Caminos de fe, caminos de amor, caminos de vida en plenitud, caminos de luz radiante cuando experimentamos en nosotros el amor de Dios


Caminos de fe, caminos de amor, caminos de vida en plenitud, caminos de luz radiante cuando experimentamos en nosotros el amor de Dios

Hechos de los apóstoles 5, 17-26; Sal 33; Juan 3, 16-21

¿Queremos un camino de luz o un camino de sombras? Preguntado así la puede parecer innecesaria la pregunta, porque ¿quien no prefiere caminar donde haya luz? Decimos que no nos gustan las sombras, nos parecen peligrosas, el camino se hace incierto porque además podemos tropezar en cualquier impedimento que haya en el camino. En la vida moderna en que vivimos todo queremos tenerlo iluminado y ya se preocupan las administraciones de tener nuestras vías y caminos suficientemente iluminadas.
Pero esto es una imagen que nos puede decir mucho mas que quedarnos en la materialidad de unas lámparas con las que iluminamos nuestras vías y caminos o tenemos suficientemente iluminado nuestro hogar o nuestro lugar de trabajo. Pero ¿no andaremos a oscuras por otros caminos? ¿No preferimos en ocasiones oscuridades para permitirnos muchas cosas que no haríamos a la luz del día?
Hay sombras en la vida, hay oscuridades en nosotros; algunas veces hasta puede darse el caso que rehuimos la luz. No queremos encontrarnos con la verdad aunque digamos que siempre andamos buscándola; preferimos dejarnos llevar por pasiones y no sé cuantas cosas que nos llenan de sombras antes de buscar la verdadera luz que de sentido a nuestras vidas y nos haga superar tantos obstáculos con los que nos podamos encontrar ya sea por nuestras propias pasiones, ya sean por múltiples influencias que terminan esclavizándonos, o dejando que sea nuestro capricho egoísta el que predomine en nuestra vida.
¿Y qué lugar le damos a la luz de la fe en nuestra vida? hay quienes la rehuyen, como hay quienes la ponen en un lugar secundario no queriéndole dar importancia; hay quienes la reducen a una tradición que nos pueda valer para algunas cosas y hay quienes no quieren abrirse a la trascendencia que da a nuestra vida la luz de la fe; hay quien sin entender lo que es una verdadera fe la rechazan o hay quienes no quieren comprometerse a dejarse guiar en la vida por esa luz. Estamos prefiriendo tinieblas antes que encontrar la verdadera luz.
Y ¿en qué lugar estamos nosotros? ¿Habremos descubierto ese tesoro y nos sentimos felices con nuestra fe? Hay quien pudiera pensar que la fe viene a limitar nuestra vida con prohibiciones y reglamentos, y no nos damos cuenta que es lo que nos hace entrar en la mayor plenitud. Es cierto que nos puede incomodar porque nos obliga a revisar actitudes y posturas, maneras de actuar y comportamientos. Pero cuando nos dejamos conducir por ese camino de fe no sentiremos las personas más felices del mundo, porque nos liberamos de muchas ataduras y porque encontrar el mejor camino para encontrar la plenitud y el sentido de nuestro ser.
Y es que la fe nace del amor de Dios y nos llevar a vivir en ese sentido de amor. Muchas veces lo habremos oído pero no lo habremos meditado lo suficiente. Tanto amó Dios al mundo, tanto amó Dios al hombre, tanto amó Dios a su criatura preferida, a la persona, que nos entregó a su Hijo único para que tuviéramos vida y tuviéramos vida en plenitud. Así nos lo ha recordado hoy el evangelio. Descubrir ese amor de Dios nos llevar a querer encontrarnos con El, vivir en El, gozarnos en su amor y llenar nuestra vida de amor.
Es el Sí de nuestra fe, es el Sí con el que ponemos nuestro corazón y nuestra vida en las manos de Dios. Es el Sí que va a marcar nuestra existencia dándole un sentido, dándole razones para vivir y vivir en plenitud porque es vivir en el amor Dios. Es vivir para siempre en camino de luz.

martes, 10 de abril de 2018

Necesitamos las raíces profundas de una verdadera espiritualidad que nos dará fortaleza y entereza, nos trazará metas y señalará nuevos caminos hacia una plenitud y grandeza en la vida


Necesitamos las raíces profundas de una verdadera espiritualidad que nos dará fortaleza y entereza, nos trazará metas y señalará nuevos caminos hacia una plenitud y grandeza en la vida

Hechos de los apóstoles 4, 32-37; Sal 92; Juan 3, 5a. 7b-15

Nos creemos maestros y no queremos reconocer que no todo lo sabemos ni lo entendemos. En la vida vamos muchas veces de sobrados, nos creemos sabérnoslo todo y quizá luego las cosas mas sencillas las ignoramos o no somos capaces de darle importancia a lo pequeño. Nos hacemos nuestros razonamientos porque tenemos nuestros criterios y nuestra manera de entender las cosas pero quizá no nos abrimos a cosas que son más trascendentes y que nos cuesta aceptar porque solo pensamos en lo inmediato.
Es cierto que es bueno que tengamos nuestros criterios porque son como unos principios que marcan la pauta de nuestra vida y una persona con criterios da muestras de madurez porque quizás se ha pensado bien las cosas; pero es necesario una apertura de mente, para descubrir cosas nuevas, o cosas que nos trasciendan, que nos hagan mirar más allá de lo que ya normalmente pensamos, para abrirnos a enriquecimiento de la persona.
Siempre hay algo nuevo que podemos descubrir; siempre podemos encontrar algo que nos haga elevar nuestra mirada que es también como elevar nuestra vida; no nos podemos quedar en lo material de cada día, eso que cada día palpamos con nuestras manos pues hay algo que puede ser invisible a los ojos de la carne, pero que si sensibilizamos nuestro espíritu hace trascender a algo más grande nuestra vida.
Hay gente que se cierra a lo espiritual y a lo trascendente con lo que están limitando mucho su vida. Hay algo hondo dentro de nosotros que tenemos que saber descubrir y que nos hará mirar a unos valores nuevos y espirituales que nos lleven a una plenitud de nuestra vida. Ojalá sepamos descubrirlos. Ojalá demos esa altura a nuestra vida. Ojalá nos levantemos por encima de todas esas cosas de la tierra que nos entretienen y hasta pueden cegarnos. Ojalá encontremos esa verdadera espiritualidad que nos haga grandes. Para ello es necesario un cambio, un dejarnos transformar.
Hoy Jesús en el evangelio nos habla de nacer de nuevo. Y nacer desde el espíritu que nos llene de una nueva vida. Encontrarnos con Jesús y creer en El a eso nos lleva. Jesús nos hace tener una mirada más amplia en la vida, nos hace encontrarnos con los verdaderos valores que nos conduzcan a una plenitud de vida.
Hoy nos dice que El será levantado en lo alto y hacia El tenemos que mirar y en El tenemos que creer. Miramos a Jesús en lo alto de la cruz y veremos más allá del sufrimiento y de la muerte la verdadera vida. Miramos a lo alto de la cruz y estaremos descubriendo el verdadero sentido del amor mas hondo que da su vida para llevarnos a la plenitud.
Es cierto que cuando miramos a Jesús en lo alto de la cruz estamos contemplando pasión y su muerte, y eso nos puede hacer pensar también en nuestros sufrimientos; pero mirando a Jesús encontramos un sentido y un valor, el sentido y el valor que le da el amor verdadero a nuestra vida; el valor y el sentido que el amor le da también a nuestros dolores y sufrimientos. Cuesta muchas veces descubrir ese sentido, será necesaria quizá una sensibilidad especial, es un don de Dios que El quiere regalarnos.
Por eso, como decíamos antes, tenemos que estar abiertos a una nueva visión, a una nueva manera de encarar las cosas, a unos nuevos valores que podemos descubrir. Hemos de dejarnos conducir por el espíritu del Señor para que así tengamos una espiritualidad profunda.
Serán las raíces que den fortaleza a nuestra vida. Un árbol sin raíces pronto es arrancado y llevado por el viento. Necesitamos esas raíces profundas de una verdadera espiritualidad que nos dará fortaleza, entereza frente a las dificultades, nos trazará metas y señalará nuevos caminos, que nos conducirán a una plenitud y grandeza en la vida.

lunes, 9 de abril de 2018

No terminamos de meditar lo suficiente el misterio del amor de Dios que se encarna y se hace hombre en el seno de María para hacernos hijos de Dios



No terminamos de meditar lo suficiente el misterio del amor de Dios que se encarna y se hace hombre en el seno de María para hacernos hijos de Dios

Isaías 7, 10-14; 8, 10; Sal 39; Hebreos 10, 4-10; Lc. 1, 26-38

Hoy es una fiesta que aparentemente está fuera de su lugar en el tiempo por razones de la importancia de la liturgia. Hoy estamos celebrando lo que teníamos que haber celebrado el 25 de Marzo pero que al ser Domingo de Ramos este año la liturgia no lo permitió. Pero al ser esta una fiesta o solemnidad de especial importancia no podía dejar de celebrarse y se ha trasladado a este primer día libre después de la octava de Pascua. Nos está indicando la importancia que la celebración de la Pascua tiene en la vida de la Iglesia, ha de tener en la vida del cristiano, pero también lo importante que es esta fiesta.
Hoy estamos celebrando el misterio de la Encarnación de Dios en el seno de María. Dios se hizo hombre, se encarnó en el seno de María. Si importante es el día de su nacimiento y con gran alegría lo celebramos en la Navidad, nueve meses antes – la duración de un embarazo – la liturgia de la Iglesia nos está invitando a ese primer instante en el que el Hijo de Dios se encarna en el seno de María para hacer hecho hombre por nuestra salvación.
‘El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra’, le dice el ángel a María. Y con el Si de María – ‘Aquí está la esclava del Señor, que me suceda según tú dices’ – se realiza el milagro de la Encarnación. Maravillas de Dios que se realizan en María. Es la manifestación de la gloria del Señor. El Emmanuel comienza a estar entre nosotros. Es la Virgen que concebirá y dará a luz un hijo que será el Emmanuel, Dios con nosotros, como anunciaba el profeta.
Siempre recordaré – y lo repetiré muchas veces en mi vida – el gozo que pude experimentar un día al estar en aquel lugar de Nazaret donde se realizó este misterio de la Encarnación. Allí estaba enfrente de la casita de María en el templo de la Anunciación de Nazaret y recordaré siempre la emoción de aquel momento por tener la dicha de estar en el lugar donde el ángel vino a María, donde María respondió con su Si a la voluntad de Dios, y donde se realizó el misterio de la Encarnación. Aquí se realizó la Encarnación de Dios para hacerse hombre, recuerdo que repetía una y otra vez. Un silencio grande y lleno de emoción se hizo en todo el grupo que estábamos allí escuchando el relato evangélico que allí mismo se había realizado. De una forma misteriosa y maravillosa a la vez nos sentíamos inundados de la presencia del Señor.
Creo que no terminamos de meditar lo suficiente este misterio del amor de Dios. Hemos leído quizá tantas veces este relato evangélico que casi nos lo pasamos por algo porque nos parece que es algo que ya sabemos. Creo que tendríamos que detenernos con espíritu de verdadera adoración para vislumbrar en la medida en que seamos capaces y Dios nos lo conceda toda esa maravilla de Dios, toda la grandeza de su amor, toda la humildad de quien se anonadó tomando nuestra condición humana y hacerse hombre como nosotros pero para darnos vida, para que nos llenáramos de Dios.
El toma nuestra naturaleza humana y al mismo tiempo nos está elevando a nosotros porque quiere hacernos participes de su vida divina, cuando nosotros nos quiere también hijos de Dios. No terminamos de dar gracias lo suficiente a Dios por tanto amor.

domingo, 8 de abril de 2018

Se acabaron los miedos, se abren de nuevo las puertas, podremos reencontrarnos caminando juntos, nos sentiremos de verdad hermanos porque Jesús resucitado está con nosotros


Se acabaron los miedos, se abren de nuevo las puertas, podremos reencontrarnos caminando juntos, nos sentiremos de verdad hermanos porque Jesús resucitado está con nosotros

Hechos de los Apóstoles 4, 32-35; Sal. 117;  1Juan 5, 1-6; Juan 20, 19-31

Puertas cerradas y miedos. Seguimos con puertas cerradas, seguimos con miedos. Ya es raro que cuando vayamos por una calle veamos las puertas de las casas abiertos, incluso las ventanas; ponemos rejas, no queremos que entren. Miedos y desconfianzas, por todas partes vemos peligros, toda personas desconocida nos hace sentir en desconfianza. Es cierto que la seguridad parece que no es tanta. Oímos hablar de gente que se mete en las casas ajenas, estamos presenciando por todos los medios excesivas violencias y nos llenamos también en nuestros miedos de violencias. ¿Autodefensa quizás?
Pero puede ser sintomático de algo más. De otras puertas que cerramos en la vida, de otras rejas que interponemos entre unos y otros, de otras desconfianzas que van más allá de la seguridad, de otras violencias que nos creamos en nuestro interior. ¿Será quizá falta de sinceridad en la comunicación entre unos y otros? ¿Será quizá que nos parece que vamos a ser más felices si nadie nos molesta, si andamos cada uno por nuestro lado, si no nos complicamos demasiado la vida con la problemática de nuestro mundo o la problemática que veamos en la gente de nuestro entorno? Y nos encerramos en nuestras casas o en nuestras cosas. Y echamos balones fuera, a otros les toca resolver esas cosas y nos encerramos en nuestro cascarón.
Y es en nuestra vida social, en nuestras relaciones con los demás, nos puede suceder hasta en las relaciones en el mundo de la vida de la familia, pero será también en el ámbito de nuestra vida interior, de lo que pueda ser nuestra espiritualidad, de lo que ataña a nuestra vida religiosa, a lo que es o sea la fe que queremos vivir o no. Eso es cosa mía, no decimos. Eso es de lo privado nos dicen quizás para que no hagamos manifestaciones publicas de nuestra fe y nuestra religiosidad. Ponemos vallas o intentan ponernos vallas que no queremos o no podemos traspasar. ¿Y nos quedamos tan contentos con situaciones así que nos buscamos o que quizá otros quieran imponernos? Puertas cerradas y miedos…
Hoy nos habla el evangelio que en ‘el anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa con las puertas cerradas, por miedo a los judíos’; y nos dirá luego también que uno de los discípulos tampoco estaba allí, estaba fuera, se había ido a sus cosas.
Y es entonces cuando están viviendo esa situación cuando llega Jesús y se pone en medio de ellos. Y les saluda con la paz. Y ellos se llenan de alegría, y luego al que no estaba le comunicarán la buena noticia, aunque él no quiere creérselo sin las pruebas que él exige.
Una primera consideración que podríamos hacernos iría por esas puertas cerradas o ese irnos por nuestro lado además con nuestras particulares exigencias para las pruebas. Algunas veces nos sucede, sí, en el ámbito de nuestra fe. Tenemos miedo y no queremos quizá llegar más allá de lo que a nosotros nos pueda parecer razonable. Y así como en la vida cuando ponemos barreras ante los demás no podrá haber una buena comunicación, también con esas barreras que ponemos en nuestra fe y en nuestra relación con el Señor no llegamos a una verdadera comunión, no llegamos a terminar de experimentar la presencia de Dios en nuestra vida. Y por eso seguimos con nuestros miedos y con nuestras dudas.
Cuando más tarde, a la semana siguiente, vuelva Jesús y ya Tomás esté con ellos Jesús querrá responder a esas peticiones de pruebas que había hecho el apóstol, pero ya no necesitará nada, porque allí está Jesús y le será suficiente para confesar su fe. ‘¡Señor mío y Dios mío!’, exclamará.
¿No será eso lo que nosotros necesitamos? Quizá también nos hubiera gustado estar allí y poder tocar las cicatrices de sus llagas, poner la mano en su costado allí donde la lanza lo atravesó. ¿Y por qué no pensamos que eso lo podemos hacer? Sí, mira a tu lado y contempla tantas llagas que llevan en su alma y también en su cuerpo muchos hermanos con los que nos vamos cruzando en los caminos de la vida.
Atrévete y acércate y toca sus llagas. Acércate y toca la llaga de su sufrimiento, de su soledad, de sus lagrimas; acércate e interésate por esa persona que sufre, acompáñala, camina a su lado, entiende el drama que quizá vive en su familia con unos hijos a los que no puede alimentar bien; entiende el drama de sus conflictos en el matrimonio, o en la relación con sus vecinos y mira donde está su sufrimiento; interésate por esa persona que es maltratada, por quien se siente incomprendido y nadie escucha; pon tus oídos, pon tus ojos, pon tu mano, sé capaz de ofrecer una palabra, una compañía, una sonrisa, un silencio para estar a su lado.
Son las llagas de Jesús. Ahí estarás tocando a Jesús, contemplándole vivo y resucitado; así estarás llevando tú también a Jesús a los demás y proclamando que es el Señor que vive y que quiere la vida para todos. Será un encuentro vivo con Jesús el que tú estás teniendo y vas a comenzar a sentir como los discípulos de Emaús cómo arde tu corazón, y te llenarás de una nueva alegría como sintieron los discípulos del cenáculo. Y sentirás entonces cómo te llenas del Espíritu de Jesús y podrás ir a poner paz donde hay tanta violencia, a ofrecer perdón y reconciliación en donde hay tanto desamor y tanto odio, y serás capaz de ir haciendo un mundo nuevo donde todos podamos encontrarnos y sentirnos hermanos.
Se acabaron entonces los miedos, se abren de nuevo las puertas, podremos reencontrarnos para ser felices caminando juntos, nos sentiremos de verdad hermanos porque nos amamos de verdad. Jesús resucitado está entonces con nosotros.



sábado, 7 de abril de 2018

Entremos en la órbita de la fe y de la confianza creyendo el testimonio que la Iglesia no ofrece y haciendo una clara proclamación de la Buena Nueva de nuestra fe


Entremos en la órbita de la fe y de la confianza creyendo el testimonio que la Iglesia no ofrece y haciendo una clara proclamación de la Buena Nueva de nuestra fe

Hechos de los apóstoles 4, 13-21; Sal 117;  Marcos 16, 9-15

Algunas veces nos cuesta aceptar la palabra o el testimonio que otros nos puedan ofrecer. De alguna manera ponemos nuestros filtros, aparecen nuestros prejuicios, miramos con lupa no solo lo que nos dicen sino también lo que ha sido su vida anterior o lo que nosotros consideramos congruencia o incongruencia entre lo que se nos dice y lo que nosotros podamos ver por nuestros ojos o por nuestras particulares apreciaciones.
Tenemos demasiadas experiencias negativas quizá de engaños o queremos sabérnoslo todo por nosotros mismos y por eso no aceptamos lo que nos puedan decir los demás. Hemos creado un mundo de desconfianzas aunque luego aceptemos veinte mil comentarios insulsos o insultantes muchas veces con los que se hace daño a tanta gente.
Las redes sociales de las que hoy nos valemos y con las que nos comunicamos con todo el mundo, la facilidad de comunicación que hoy se tiene y que muchas veces no se aprovecha debidamente contribuyen por un lado al daño que se pueda hacer a los demás porque fácilmente se pone en juego la fama y la dignidad de las personas, o por otro lado nos puede hacer desconfiados. Es un poco o un mucho el mundo en el que hoy vivimos del que tendríamos que sacar provecho para una mayor armonía entre todos, para hacer un mundo mejor, o para lograr una comunicación y comunión que quizá por otros caminos no cultivamos o nos cuesta cultivar.
Es complejo todo esto y me ha venido esta reflexión al hilo de lo que hoy el evangelio de Marcos nos da como resumen de lo que fueron las apariciones de Cristo resucitado. Es el evangelista más conciso y breve en el tema de la resurrección del Señor.
Primero nos dice que Jesús resucitado se apareció a María Magdalena que fue a comunicárselo a los discípulos, pero estos no la creyeron. ¿Prejuicios de la época? Era mujer; los discípulos de Emaús hablaban de unas visiones de mujeres a las que no creyeron; ahora este evangelista subraya, aunque fuera en positivo, que era de la que Jesús había expulsado siete demonios. ¿Pero no seria algo que pondría en duda su credibilidad?
Luego nos habla de los discípulos que habían marchado a Emaús que les cuentan lo que a ellos les ha sucedido. Pero tampoco los creen. ¿Mermaría su credibilidad el que ellos se habían marchado, habían abandonado y se había ido a sus casas mientras los demás seguían con miedo en Jerusalén? Hago estos subrayados porque estamos viendo como el testimonio de aquellos primeros testigos no era aceptado ni siquiera por el grupo de los discípulos, en consonancia de lo que antes decíamos que nos sigue sucediendo a nosotros hoy.
Será Jesús el que se les presente allí en el cenáculo mientras ellos andan discutiendo estas cosas y ahora la sorpresa fue mayúscula. Allí estaba el Señor. En la brevedad con que este evangelista nos habla nos comenta como Jesús les recriminó que no habían creído el testimonio de los que ya antes se habían encontrado con El. Pero a pesar de la dureza de nuestro corazón Jesús sigue viniendo a nuestro encuentro y quiere seguir contando con nosotros. Termina el evangelio con el mandato de Jesús de ir por todo el mundo anunciando esta Buena Nueva.  ‘ld al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación’.
Es el mandato de Jesús. Es el testimonio que tenemos que dar. Es la Buena Nueva que tenemos que anunciar. Es el evangelio de nuestra salvación. Manifestémonos creíbles y de confianza porque es nuestra vida junto con nuestra palabra la que tiene que dar testimonio. Somos sus testigos. Entremos en una órbita de fe y de confianza.

viernes, 6 de abril de 2018

Jesús nos mira el corazón, aprendamos a mirar el corazón y entre los resquicios de las ruinas que pudiera haber descubramos resplandores de amor que hacen brotar fuegos de una nueva vida


Jesús nos mira el corazón, aprendamos a mirar el corazón y entre los resquicios de las ruinas que pudiera haber descubramos resplandores de amor que hacen brotar fuegos de una nueva vida

Hechos de los apóstoles 4, 1-12; Sal 117; Juan 21, 1-14

Estaban de nuevo en Galilea siguiendo las propias instrucciones de Jesús. Muchas cosas habían sucedido desde que había subido a Jerusalén antes de la Pascua. Muchos habían sido los anuncios que Jesús les había hecho mientras subían y ahora evocaban también en la ausencia de Jesús todos aquellos momentos pasados con El en aquellos casi tres años que habían convivido recorriendo los pueblos y aldeas de toda Galilea.
¿Era una vuelta quizá a los viejos tiempos y costumbres? Deseos y no sabían de qué tenían en su corazón. Como algunas veces cuando nos encontramos desconcertados y desorientados y no sabemos bien ni lo que nos sucede ni lo que queremos. Tenemos deseos dentro de nosotros y no sabemos de qué. Casi no nos atrevemos a hacer algo de provecho porque parece que todo no nos va a salir bien. Añoramos otras cosas, otros tiempos pero parece que estamos esperando que algo nuevo suceda como señal.
A pesar de los anuncios todo lo que había sucedido en Jerusalén en los días pasados los había dejado desconcertados porque no terminaban de entenderlo. Ahora estaban allí de nuevo y casi no sabían que hacer. Por allá estaban las barcas y las redes que un día habían dejado varadas en la playa para seguir a Jesús y sintieron el deseo de volver otra vez al lago a pescar. ‘Me voy a pescar’ había dicho Simón y algunos le habían acompañado. Pero aquella noche sucedió otra vez, no habían cogido nada.
Parecía que las cosas no les salían derechas. Jesús les había dicho que se encontrarían en Galilea y aun no lo habían visto; ahora se habían ido de pesca que era lo que sabían hacer y el trabajo había sido infructuoso. Así había llegado el amanecer y era la hora de volver a tierra. Encima, desde la orilla alguien pregunta si han pescado algo.
Pero las indicaciones que se les hacen desde la orilla les indican que echen la red por el otro lado de la barca. ¿Será que desde la orilla hay una mejor perspectiva del cardumen de peces que rodea la barca por el otro lado? Sin embargo aquellas indicaciones les suenan a algo que también un día se les dijo. ‘Echad las redes para pescar’, les había dicho Jesús y aunque se habían pasado la noche sin coger nada y ellos sabían bien que no había forma de pescar algo de provecho habían echado las redes. Ahora obedientes a la voz que escuchan desde la orilla hacen lo mismo. Y lo mismo sucede ahora. Cogieron una redada de peces tan grande que reventaba la red.
Pero algo runrunea en el corazón de los discípulos. Será Juan el que por lo bajo le indique a Simón que el que está en la orilla es el Señor. Y allá va Pedro que se lanza al agua con deseos de llegar primero dejando a los compañeros de la barca remar para acercarse también a la orilla. Y allí está Pedro chorreando agua postrado a los pies de Jesús.
Chorreaba agua, pero chorreaba la gracia del Señor sobre su vida. Allí estaba el Señor. A quien había querido convencer de que no subiera a Jerusalén porque no podía pasarle nada de todo lo que anunciaba; a quien en su cobardía había negado allá en los patios del sumo sacerdote; pero quien ahora no recibía ningún reproche sino que solo iba a ser preguntado por su amor.
¿A que le damos más importancia nosotros en la vida, a los errores, o al amor que impulsa nuestro corazón aunque por eso  nos metamos en la boca del lobo? Muchas lecciones podemos aprender hoy. Pero una bien hermosa y es aprender a ver el corazón, a mirar muy dentro para ver donde está el amor aunque algunas veces se nos debilite o se nos enfríe y cometemos disparates. Jesús nos mira el corazón, aprendamos a mirar el corazón y entre los resquicios de tantas ruinas que pudiera haber en nosotros o en los demás, descubramos resplandores de amor que quieren brotar y que quieren hacernos arder por dentro en la fuerza de una nueva vida.



jueves, 5 de abril de 2018

Jesús nos recuerda que nosotros somos testigos de su resurrección y no nos podemos enfriar porque eso hemos de reflejarlo en nuestra vida


Jesús nos recuerda que nosotros somos testigos de su resurrección y no nos podemos enfriar porque eso hemos de reflejarlo en nuestra vida

Hechos de los apóstoles 3, 11-26; Sal 8; Lucas 24, 35-48

‘No se lo acababan de creer por la alegría’. Lo esperaban, lo deseaban, pero grande fue la sorpresa y la alegría. Los que habían llegado de Emaús estaban contando su experiencia y no se lo terminaban de creer. Y ahora está allí en medio de ellos. Se apodera de ellos el temor; siempre aparecen los miedos y los temores; ¿será verdad o será un sueño? Hay alegría porque Jesús está allí en medio y todavía siguen las dudas en su interior. Cuesta comprender.
¿Nos pasará algo así a nosotros? En la vida es cierto hay situaciones llenas de sorpresas que nos dejan anonadados y no terminamos de creérnoslo. Nos parecen sueños. Pero quizá terminamos convenciéndonos.
¿Nos sucederá así en el camino de la fe, de nuestras experiencias religiosas? O también nos podemos quedar en lo superficial y no llegar a ahondar en esa experiencia, en eso que hemos vivido y que tendría que marcarnos nuestra vida. Parece que siempre vamos con prisas, porque hay otra cosa que hacer, porque tenemos otras experiencias quizá que experimentar, porque quizá si ahondamos en esa experiencia religiosa nos vamos a ver más comprometidos y ya eso nos cuesta, porque preferimos vivir en nuestras superficialidades.
Creo que es momento de recapitular un poco lo que hemos vivido en estos días de la Pascua. No puede quedar como algo pasado. Tenemos que ahondar en esos buenos momentos que vivimos con intensidad en nuestras celebraciones, en nuestra oración, en nuestro encuentro con el Señor, en lo que fuimos experimentando mientras contemplábamos la pasión de Jesús, en lo que fue la celebración de la resurrección. Hay que recordar, que revivir, que intensificar en nuestro interior; no lo podemos olvidar, no podemos dejar que quede en el recuerdo de algo pasado en otro tiempo. Tenemos que seguir haciéndolo vida cada día.
Es fácil que pronto nos enfriemos. En la vida estamos ajetreados con tantas cosas. Algunas veces no le damos la suficiente importancia a nuestras experiencias espirituales. Las cosas que atañen a nuestra fe parece que las ponemos en un segundo plano. Y nos enfriamos, y pronto aquellos entusiasmos que vivimos decaen y volvemos a la rutina de siempre. Por eso es bueno recordar, volver a rumiar lo que hemos vivido para que vaya dejando huella en nosotros, en la vida, en lo que hacemos, en nuestros comportamientos, en los compromisos por los demás.
Esta semana de la octava de Pascua que estamos viviendo quiere en verdad ayudarnos recordándonos cada día alguno de los momentos de los encuentros de Cristo resucitado con los discípulos. Así no olvidamos la pascua, no olvidamos la resurrección, no olvidamos que nosotros somos resucitados con Cristo y esa nueva vida tiene que plasmarse en lo que hacemos, tienen que reconocerlo también quienes nos rodean. Como nos dice Jesús hoy ‘vosotros sois testigos de eso’, y entonces no lo podemos callar ni ocultar.

miércoles, 4 de abril de 2018

Dejemos que Jesús se interese por nosotros como hizo con los discípulos de Emaús, desahoguemos en El todo cuando llevamos en nuestro interior para que curemos nuestras heridas de verdad


Dejemos que Jesús se interese por nosotros como hizo con los discípulos de Emaús, desahoguemos en El todo cuando llevamos en nuestro interior para que curemos nuestras heridas de verdad

Hechos de los apóstoles 3,1-10; Sal 104; Lucas 24,13-35

Conocían a Jesús y no lo conocían. Parece contradictorio. Eran capaces de razón de muchas cosas de Jesús, de lo que había hecho, de sus milagros, de sus palabras y mensajes, de su cercanía, de las promesas que había hecho y de las esperanzas que había infundido en sus corazones, pero ahora dudaban.
Como a todos la muerte de Jesús en la cruz había sido un mazazo muy grande en sus vidas. Parecía que todo se les había venido abajo como si fuera un castillo de naipes. No terminaban de creer en todas sus palabras y sus promesas. Si algo de fe quedaba en ellos, el hecho de que ya fuera el tercer día y ellos no lo hubieran visto seguía defraudándolos y de ahí su huida. Se marchan de nuevo a sus fincas de Emaús. Lo que en la mañana las mujeres habían dicho les parecieron más unas ensoñaciones de mujeres que una autentica realidad.
Pero iban apesadumbrados, no se lo podían quitar de la cabeza. Y como tantas veces sucede ni se dieron cuenta de quien iba caminando a su lado y comenzó a hablar con ellos. ¿Era el único forastero de Jerusalén que no se había enterado de cuanto había sucedido? Pero cual experto pedagogo el caminante les hace hablar, les hace que saquen fuera toda la pena que llevan en su corazón, que comiencen a descargar toda aquella tensión que llevan en su interior. Y ellos hablan y cuentan.
Y Jesús les habla, les recrimina su falta de fe, les hace entender las Escrituras, va ganándose de nuevo la confianza de sus corazones, comienza a abrirse de nuevo su espíritu, ya no están encerrados en si mismos, se va recorriendo el camino – que no es solo el trayecto de Jerusalén hasta Emaús sino que es todo un signo – y cuando llegan a la aldea ya no se quieren separar de aquel caminante que aun desconocen, algo nuevo les está sucediendo en su interior aunque todavía no lo entienden y les abren las puertas de su casa que es todo un síntoma de la transformación que se ha ido realizando en ellos. ‘Se hace tarde… quédate con nosotros’, le dicen.
Y allí, sentados a la mesa, compartiendo el pan le reconocen. Es Jesús. Por eso les ardía el corazón mientras les hablaba por el camino. Ahora se han encontrado profundamente con El en un tú a tú, y se descorren los velos de sus mentes para siempre. Ha renacido la fe en ellos  y ahora ya lo conocen y creen de verdad en Jesús.
Les costó abrirse, como nos cuesta a nosotros también sobre todo cuando estamos pasando por momentos malos. Pero poco a poco fueron dejando que Jesús se adueñara de su corazón y todo cambió en sus vidas. Es lo que nosotros necesitamos tan llenos de dudas como estamos tantas veces que parece que nos dan ganas de tirar la toalla y huir. Huimos encerrándonos en nosotros mismos, o huimos buscando otros entrenamientos que nos hagan olvidar todo lo que  nos pasa por dentro. Cada uno tenemos nuestra peculiar forma de huir, de echar balones fuera, de querer olvidarnos de las cosas fundamentales, de querer hacer nuestros propios caminos.
Pero Jesús sigue queriendo encontrarse con nosotros, nos sale al encuentro, nos busca en esas carreras o caminos particulares que nosotros queremos hacer. Dejemos que El se interese por nosotros, desahoguemos en El todo cuando llevamos en nuestro interior para que curemos nuestras heridas de verdad. En Jesús encontraremos la verdadera paz. Así podremos nosotros también salir al encuentro con los otros para anunciarles, como  hicieron aquellos discípulos, cuanto nos sucede en el camino y como nos encontramos con Jesús. Es el anuncio vivo que tenemos que hacer.



martes, 3 de abril de 2018

Despertemos de nuestras ensoñaciones y escuchemos la voz del resucitado que nos está llamando por nuestro nombre


Despertemos de nuestras ensoñaciones y escuchemos la voz del resucitado que nos está llamando por nuestro nombre

Hechos de los Apóstoles 2,36-41; Sal 32; Juan 20,11-18

A todos nos suele pasa alguna vez, estamos mirando y no vemos. Tenemos algo tan clavado en la mente que nos hablan y no sabemos ni qué contestar porque nos parece estar en otro mundo; serán los problemas, el estrés con que vivimos la vida, las ansias de algo que parece que no llegamos a alcanzar nunca, algo que  nos ha sucedido y nos ha dejado tremendamente impresionados, parece que andamos en otra órbita.
La muerte de Jesús había sido de gran impacto para el alma de María Magdalena. Ella había sido de las pocas que habían llegado hasta los pies de la cruz y luego había estado muy atenta donde habían depositado el cuerpo de Jesús. Las prisas del sábado que comenzaba según se ponía el sol en la tarde del viernes – era la manera de marcar el ritmo de los días – no había permitido embalsamar debidamente el cuerpo de Jesús, por eso en la mañana del primer día de la semana una vez pasado el sábado se habían apresurado a venir hasta el sepulcro para cumplir con todos los ritos funerarios. Pero el cuerpo de Jesús no estaba ya allí.
El impacto en su espíritu se había ahondado y eso hacia que oyera sin escuchar y mirara sin ver realmente lo que tenia ante sus ojos. Dos veces escucha la misma pregunta y ella no sabe sino responder la misma cosa. ‘Mujer ¿por qué lloras?... Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto’.
Ve a alguien distinto detrás de ella y pensando que era quien se cuidada de aquel huerto suplica pensando que él sí podía responder a sus expectativas. ‘Si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré’. Valiente y fuerte se siente como para poder ella cargar por si sola el cuerpo muerto de Jesús y darle la debida sepultura.  Es la fuerza que sentimos dentro de nosotros cuando hay ansias de algo que queremos y deseamos mucho. No siempre sabemos emplear debidamente esa fuerza espiritual que sentimos dentro y nos confundimos fácilmente de camino.
Pero será una voz y una palabra la que le saque de sus ensoñaciones. ‘María’, y correrá a postrarse a sus pies. ‘¡Rabonni, Maestro!’ exclama ella también porque ahora lo ve todo claro. Allí está el Señor que una vez más ha venido a su encuentro. Lo buscaba ella, pero lo buscaba entre los muertos. Viene El a su encuentro pero es el Señor que vive.
Buscamos nosotros, pero ¿seguiremos buscando entre las sombras de la muerte? Buscamos nosotros pero aún permaneceremos en la oscuridad porque no buscamos donde tenemos que buscar de verdad. Necesitamos, es cierto, la sombra de la cruz, pero siempre la hemos de mirar como puerta que nos abre a la vida, por eso tendremos que ir más allá de la piedra corrida de un sepulcro, porque a quien vamos a buscar es el que vive y nos quiere llenar a nosotros también de vida.
Pronuncia nuestro  nombre Jesús estando a nuestro lado, pero algunas veces ni vemos ni escuchamos. Seguimos en nuestras cosas, o seguiremos encerrados en nuestros dolores, o buscamos sustitutivos en la vida que en verdad nunca darán la salvación verdadera, seguimos con nuestras lagrimas que crearan un velo delante de los ojos y no seremos capaces de ver la luz, seguimos entretenidos en nuestras cosas, en nuestras mundanas aspiraciones y no somos capaces de mirar a lo alto porque hay otras metas más superiores.
Despertemos de nuestras ensoñaciones y escuchemos la voz del resucitado que nos está llamando por nuestro nombre; sintamos así el calor de su presencia y como nos está llenando de su Espíritu para que nosotros ya de una vez por todas comencemos a vivir en una nueva vida.



lunes, 2 de abril de 2018

Cuidado no andemos demasiado entretenidos en nuestros cantos de pascua que no hayamos llegado a saborear el encuentro con el Señor Jesús resucitado


Cuidado no andemos demasiado entretenidos en nuestros cantos de pascua que no hayamos llegado a saborear el encuentro con el Señor Jesús resucitado

Hechos 2,14.22-33; Salmo 15; Mateo 28,8-15

Siempre tenemos prisa por comunicar las buenas noticias; pareciera que le pones alas al corazón para correr con la buena noticia y hacer partícipe a los demás de la sorpresa que hemos recibido, de la alegría que sentimos dentro de nosotros queriendo que todos se alegren con nuestra buena nueva. Es cierto que en ocasiones damos la impresión de que disfrutamos con negruras y somos excesivamente rápidos para comentar cosas que le pasan a los demás y estamos muy prontos para la murmuración, la crítica mordaz y hasta el juicio.
¿Qué noticia llevaban aquellas mujeres que se les veía correr desde aquel huerto de las afueras de la ciudad hasta el centro de la misma? ¿La sorpresa que podría llenarles de incertidumbres el corazón de que se habían encontrado la piedra del sepulcro corrida y allí no estaba el cuerpo difunto de Jesús? ¿Qué había habido alguien que les dijera que no tenían que buscar allí al crucificado porque había resucitado y que debían llevar la noticia al resto de sus amigos? ¿Y si era verdad que había resucitado como El les había dicho? Esperanzas renacían en su corazón y en cierto modo saboreaban la alegría de que estuviera resucitado y eso iban a comunicar al resto de los discípulos.
Pero ahí aquí que Jesús resucitado les sale al encuentro. Se llenan de temor, como siempre; piensan quizá en un sueño o en fantasma; cuando se está bajo presión cualquier cosa puede impresionar y nos hace ver cosas que no son realidad. Pero ahora no es así, no son sueños, no es el espíritu impresionable de unas mujeres como mas tarde dirían los discípulos que se marcharon a Emaús. Es Jesús mismo que está allí. ‘No temáis’.
Jesús que siempre nos sale al encuentro cuando más lo necesitamos. Algunas veces, es cierto, no queremos verlo y pensamos en ensoñaciones. Pero Jesús viene a nuestro encuentro y quiere siempre llenarnos de paz, y ser nuestra fuerza y nuestro aliento. Y ahí está Jesús en medio del camino que les lleva a Jerusalén.
Jesús quiere, sí, que vayan a Jerusalén porque tienen que hacer el anuncio y no puede tardar. Han de saber todos que Jesús ha resucitado. Y es necesario que se pongan en camino, que vuelvan a Galilea, allí donde fueron los primeros encuentros, donde trascurrieron aquellos hermosos años que tantas esperanzas sembraron en su corazón, allí donde había esta siempre su vida, y allí se volverían a encontrar con Jesús.
Estamos en el segundo día de la pascua y quienes ahora estamos reflexionando sobre todo esto quizá tendríamos que preguntarnos si ya hemos descubierto a Jesús que nos sale al encuentro, si ya también nos hemos puesto en camino para ir a la Galilea de nuestra vida a llevar ese anuncio de que Jesús ha resucitado.
Pudiera sucedernos que incluso muy entretenidos en cantar aleluya y hosannas sin embargo no hayamos sentido hondamente que Jesús, el Señor que vive, ha querido encontrarse con nosotros. Pero hemos estado tan entretenidos incluso quizá en la misma fiesta de la pascua que no le hemos visto ni sentido. Son cosas que nos pueden suceder. Nos podemos quedar en lo superficial y no vivamos lo que verdaderamente es importante, el encuentro vivo con el Señor resucitado.
Tengamos un poco de serenidad, tratemos de interiorizar hondamente todo esto que son nuestras celebraciones. Vivamos intensamente el encuentro con el Señor Jesús para que luego con verdadero convencimiento vayamos a comunicar esa buena noticia a los demás.



domingo, 1 de abril de 2018

No podemos callar la Buena Noticia de que Cristo ha resucitado y en su Espíritu se está recreando un mundo nuevo ¡Feliz Pascua de Resurrección!


No podemos callar la Buena Noticia de que Cristo ha resucitado y en su Espíritu se está recreando un mundo nuevo ¡Feliz Pascua de Resurrección!

Marcos 16, 1-7

‘¿Buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado? No está aquí. Ha resucitado’. Tenemos que repetirlo. Es el evangelio que hoy escuchamos. Es la Buena Noticia que hoy escuchamos y que tenemos que repetir una y otra vez. Y no solo porque sea el texto sagrado que hoy se proclama, sino porque esas palabras constituyen la gran noticia que tenemos que creer y que tenemos que comunicar, la gran noticia que nos llena de alegría y que responde a todas las ansias más profundas del hombre.
Jesús desde el principio nos había dicho que teníamos que creer en la Buena Noticia y que eso tendría que llevarnos a la conversión del corazón. Y la Buena Noticia es Jesús; y la Buena Noticia es que Jesús ha resucitado. No buscamos a un crucificado muerto; no nos podemos quedar encerrados en un sepulcro. Tenemos que ir de verdad al encuentro del que vive y vive para siempre. El que ha vencido a la muerte, el que nos ha traído la vida; el que ha vencido al pecado y de él nos ha rescatado.
Lo había anunciado y los discípulos no se lo habían creído; por eso seguían encerrados en el cenáculo; tampoco terminarán de creer la Buena Noticia que les traen las mujeres; querrán venir al sepulcro a comprobar que allí no está el cuerpo de Jesús; tendrán que dejarse sorprender cuando lo sientan en medio de ellos y aun así se llenarán de temor; tendrán que creer aunque se marchen derrotados unos a Emaús, otros a Galilea para volver a las tareas de la pesca. Jesús les irá saliendo al encuentro y partirá de nuevo con ellos el pan, y les hará hacer obras maravillosas repitiendo la pesca milagrosa, y dejará que toquen las cicatrices de sus llagas y coma con ellos sentado una vez más a la mesa.
Es la Buena Noticia, el Evangelio que una vez más escuchamos en este día de Pascua y nosotros también tendremos que aprender a creer en esa Buena Noticia. No es que ahora cantemos de nuevo Aleluya porque toca; no es que sintamos el fervor de un momento, es que tenemos que aprender a sentir su presencia en medio de nosotros. Y esa Buena Noticia de la Pascua, esa Buena Noticia de la Resurrección del Señor tenemos que dejar que se  nos meta muy dentro en el corazón para sentir cómo en nosotros nace una nueva alegría, renace de nuevo la vida y nos sentiremos distintos y transformados.
No podemos dudar ya ni llenarnos de nuevo de miedo para acobardados encerrarnos porque a nuestro lado nos vamos a encontrar en muchos que no creen en esa Buena Noticia. Tendremos que sentirnos llenos del Espíritu de Jesús, tal como El  nos ha prometido y con valor abrir nuestras puertas y salir a la calle, salir al mundo a llevar esa Buena Noticia. Fue el encargo que les dieron a aquellas mujeres que se atrevieron a llegar hasta el sepulcro y aunque encontraran la desconfianza incluso de los propios discípulos ellas fueron a comunicarle tal como les habían dicho.
Nosotros igualmente tenemos que ser una Iglesia en salida, una iglesia que quiere llegar a los últimos lugares para seguir haciendo ese anuncio. Y cuando hoy decimos los últimos lugares no tiene que significar necesariamente que vamos al tercer mundo, sino que tenemos que ir a ese mundo que nos rodea y que vive en la indiferencia, que todo lo pone en duda, para quienes el hecho religioso no significa nada, o a quienes les pueda sonar cantos de Ángeles el anuncio que nosotros les llevemos.
Ese el mundo al que tenemos que salir y llevar el anuncio con una vida convencida y comprometida. No vamos simplemente a repetir palabras sino a manifestar los signos de que en verdad nosotros creemos en Cristo resucitado; serán los signos del amor, será nuestro compromiso por la justicia y por la paz, será nuestro compartir generoso y desinteresado, será ese darnos y darnos por los últimos, los que nadie quiere, los que parecen la escoria de la sociedad pero que también son hijos de Dios.
Tenemos que manifestar la alegría de nuestra fe, pero una alegría sincera, una alegría que nace del corazón transformado, la alegría de quien se sabe amado y perdonado porque ha sentido en su vida que Jesús se ha entregado por El. Quien ha experimentado ese amor y esa misericordia de Dios en su vida de tan convencido que está del amor de Dios nadie lo podrá hacer callar.
Sí, estamos convencidos de que Cristo ha resucitado. Convencidos de que con Cristo resucitado sí podemos hacer un mundo nuevo, porque nosotros vamos siendo hombres nuevos y a todos aquellos a los que trasmitamos el mensaje iremos haciendo que también sean hombres nuevos. Tenemos que ser una humanidad renovada que va creciendo poco a poco y se va extendiendo para contagiar a todos de esa fe que tenemos en Jesús y de esa posibilidad de que en el Espíritu de Cristo resucitado podremos hacer un mundo nuevo.
Si lo creemos así, felicitemos unos a otros, trasmitamos esa alegría y felicidad a cuantos nos rodean. ¡Feliz Pascua de Resurrección!

sábado, 31 de marzo de 2018

Hoy es día de silencio junto al sepulcro en la espera de la resurrección que queremos vivir con María, la Madre, a nuestro lado y con su misma fe y esperanza



Hoy es día de silencio junto al sepulcro en la espera de la resurrección que queremos vivir con María, la Madre, a nuestro lado y con su misma fe y esperanza


Hoy es día de silencio. Tras el grito de Jesús en la cruz en la tarde del viernes entregando su espíritu al Padre, tras rasgarse el velo del templo y al temblar la tierra resquebrajarse las piedras, la tierra quedó en silencio. La Iglesia quedó en silencio. Nosotros quedamos también en silencio, en contemplación, en oración.
Es el tiempo del silencio y de la espera. Es el tiempo, sí, del dolor y del duelo, pero no lo es el de la amargura sin esperanza porque creemos en la Palabra de Jesús. en los momentos de duelo no queremos que nadie nos hable, preferimos el silencio; en silencio queremos rumiar muchas cosas, muchos recuerdos, las palabras que escuchamos, el amor que vivimos, la vida que compartimos, las luchas y sufrimientos que pasamos junto al ser querido, pero también revivimos los momentos de paz, de amor, de alegría, de convivencia. No hagamos ruido, no convirtamos este día de duelo en lo que muchas veces convertimos los duelos de nuestros tanatorios llenos de demasiado bullicio, demasiadas palabras y demasiados ruidos.
Lo queremos hacer en este día de duelo que hoy vive la Iglesia, pero con la esperanza puesta en las palabras de Jesús. Recordamos lo más inmediato como la pasión y muerte que vivimos en la tarde de ayer, pero seguimos ahondando en la vida y serán muchos los recuerdos, las experiencias profundas, los gozos del alma que nos ha dado nuestra fe en Jesús y que hemos revivido y compartido en tantas celebraciones, las más inmediatas en el tiempo o las que han sido en los años o tiempos pasados. Hay tantas experiencias que revivir, cada uno ha de tener su recuerdo, hacer memoria.
Y junto a nosotros hoy tenemos a María. Ya estaba en silencio al pie de la cruz, solo escuchamos las palabras que le dirigió Jesús confiándole nuevos hijos. En silencio caminaría hasta el sepulcro y volvería con los discípulos al cenáculo o donde ella habitaría en esos días. En silencio la sentimos nosotros en este día de soledad, pero que no, repito, de amargura, aunque tantas veces la hayamos mencionado a ella con ese calificativo.
En María no faltó nunca ni el amor ni la esperanza. Ella había plantado la Palabra en su corazón y sabía hacer para hacerla fructificar. Aunque el evangelio no nos diga nada, allí estaría con los discípulos cuando además Jesús se la había confiado a Juan. Así está María hoy con la Iglesia en este día de silencio, pero en este día de espera. Con nosotros quiere llegar a la mañana gloriosa de la resurrección; ella nos enseñará a recorrer ese camino.
No decimos mas, no queremos ahora sino pensar y reflexionar y cada uno tiene que hacerlo en su propio interior. En silencio, con fe, con confianza, con esperanza ya nos preparamos el momento de gozo de la resurrección. La Iglesia espera en silencio, pero no dejamos que el dolor nos abrume. Tenemos la certeza de que Cristo resucitará. Así lo cantaremos esta noche. Así lo proclamaremos mañana en esa alborada gozosa del día de la Resurrección. Va tener culminación la Pascua.