Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta magdalena. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta magdalena. Mostrar todas las entradas

viernes, 19 de septiembre de 2025

Anónimos y desconocidos tenemos que aprender a valorar a tantos que en silencio a nuestro lado por su fidelidad y su amor están haciendo anuncio del evangelio

 


Anónimos y desconocidos tenemos que aprender a valorar a tantos que en silencio a nuestro lado por su fidelidad y su amor están haciendo anuncio del evangelio

1Timoteo 6,3-12; Salmo 48; Lucas 8,1-3

Darle plenitud y valor a la vida no significa que siempre tengamos que estar haciendo cosas extraordinarias; tenemos que aprender a valorar las cosas pequeñas y sencillas de cada día, que nos pueden parecer una rutina repetida porque nos parece que siempre estamos haciendo lo mismo. No tenemos que afanarnos por hacer cosas extraordinarias, sino que nuestra preocupación ha de estar más bien en hacer extraordinariamente bien esas pequeñas cosas de cada día. Ahí está la vida, lo que en cada momento vivimos, que es donde tenemos que dejar nuestra mejor huella. Será la que en verdad cautivará los corazones, será esa semilla plantada en silencio en lo que nos parece un campo cualquiera, pero que si la cuidamos bien nos dará una hermosa planta y generosos frutos.

Esto creo que tenemos que pensarlo en lo que es nuestra vida ordinaria, que serán nuestros trabajos o nuestra vida familiar, ese salir cada mañana al encuentro de los demás y esos gestos sencillos con que nos saludamos o nos preocupamos mutuamente los unos por los otros. Pero ha de ser también la pauta para lo que significa nuestro compromiso dentro de la comunidad o en el seno de la Iglesia. No son milagros que tengamos que ir haciendo a cada paso, sino en esa sencillez de nuestra vida y en esas cosas que hacemos cada día vamos dejando la impronta de nuestra fe, el perfume del evangelio.

Quizás algunas veces, sobre todo cuando ya vamos teniendo nuestros años, nos ponemos a mirar hacia atrás en el camino que hemos hecho en la vida y puede que podamos sentir el desaliento de que no hemos hecho grandes cosas. Seguro que una mirada atenta a esas cosas ordinarias que íbamos haciendo cada día nos hará descubrir muchas buenas huellas que hayamos dejado, aunque no hayamos hecho nada extraordinario, pero esa fidelidad de cada día, esas cosas que quizás repetimos una y otra vez con las que queríamos mostrar nuestro compromiso, nuestra fidelidad, o simplemente hacer sentir nuestra presencia pueden ser señales de esas obras maravillosas, que no nosotros, pero que Dios ha obrado a través de nosotros. Porque esto es importante, saber descubrir y sentir ese actuar de Dios que solo podremos apreciar desde la fe. No tiene que haber desaliento en nosotros ni por otra parte hacer resaltar nuestros orgullos y vanidades, sino humildad para saber dar gracias a Dios.

Hoy nos encontramos con una página del evangelio que parece que no nos dice nada, pero es una página de un día ordinario de la vida de Jesús. En este caminar de una lado para otro en aquellos caminos de Galilea visitando los diferentes lugares hoy no nos muestra nada extraordinario; solo habla de que iba de un lugar para otro haciendo el anuncio del Evangelio, menciona quienes le acompañaban, aparte de aquel pequeño grupo de discípulos a los que constituiría un día apóstoles con una llamada especial, simplemente nos dice que le acompañaba un grupo de mujeres, se mencionan algunas, pero quiere expresar ese grupo más grande de las que quieren ser fieles y estar siempre con Jesús, fidelidad que les llevará a compartir incluso sus bienes en ese actuar de Jesús.

¿Nos sentiremos nosotros quizás anónimos en ese grupo de los que siguen a Jesús? Pasaremos incluso por desconocidos y nuestro nombre no saldrá en ningún noticiario, pero ahí estamos con nuestra fidelidad, con nuestros deseos de estar con Jesús y seguirle, ofreciendo lo que somos y también compartiendo nuestra vida. No será nada extraordinario pero será sobre todo anuncio ante el mundo que nos rodea de la buena nueva de Jesús que vamos plasmando en la sencillez y humildad de nuestra vida.

¿Seremos capaces de valorar también a tantos que de forma anónima quizás o sin aparentar, desde su sencillez y su humildad están siendo también anuncio de esa buena nueva de Jesús a nuestro mundo? Tenemos que aprender a valorar a tantos que quizás nos pasan desapercibidos pero que están haciendo una gran labor en la Iglesia desde su silencio, pero desde su amor y su entrega.

 

domingo, 31 de marzo de 2024

Tenemos que ponernos en camino a la Galilea de nuestra vida para seguirle viendo y seguir proclamando la Buena Noticia de la Pascua, que Cristo ha resucitado

 


Tenemos que ponernos en camino a la Galilea de nuestra vida para seguirle viendo y seguir proclamando la Buena Noticia de la Pascua, que Cristo ha resucitado

Romanos 6, 3-11; Marcos 16, 1-7

No podemos menos que repetir el mismo anuncio. Es la Buena Nueva de hoy y de siempre. Es el evangelio que nos manda proclamar Jesús. Es la Buena Noticia que estábamos esperando y para lo cual Jesús nos había pedido desde el principio que teníamos que creer, que teníamos que convertirnos para hacerla vida nuestra. Es la gran noticia del Reino de Dios que se realiza hoy y aquí entre nosotros cuando podemos proclamar, como hoy lo hacemos, a todo pulmón que Cristo ha resucitado.

Lo escuchamos en la noche de la Pascua y lo volvemos a repetir hoy. ‘¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? ¿Estáis buscando a Jesús, el Nazareno, el crucificado? No está aquí. ¡Ha resucitado! Mirad el sitio donde lo pusieron’. Efectivamente la tumba está vacía y eso hará correr a aquellas buenas mujeres que con la mejor buena voluntad del mundo aquel primer día de la semana habían ido para completar los ritos funerarios y embalsamar el cuerpo de Jesús que no habían podido hacer en la tarde del viernes, porque a la caída del sol comenzaba la pascua. Corrían a comunicarlo al resto de los discípulos que estaban aun encerrados en el cenáculo por miedo a los judíos, a que a ellos les pasara igual. ‘Ahora id a decir a sus discípulos y a Pedro: Él va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis, como os dijo’.


Lo de menos ahora era que la tumba estaba vacía. Magdalena lloraría a la puerta de la tumba buscando al responsable de quien había quitado de allí el cuerpo de Jesús; vendrían a corroborarlo algunos de los discípulos, Pedro y Juan en loca carrera también por las calles de Jerusalén. Estaba la palabra del ángel. Un ángel le había anunciado a María su nacimiento, ¿habría también un ángel que a ella le anunciara también que había resucitado?

Lo importante es que Jesús les va saliendo al encuentro. A las mujeres en el camino de vuelta, a María Magdalena a la entrada del sepulcro, a los discípulos encerrados en el Cenáculo. Todos van a ir teniendo la experiencia del encuentro con Cristo vivo, con Cristo resucitado. Y nacería la fe en sus corazones. Y correría el anuncio a lo largo y ancho del mundo. Y lo sentimos vivo también nosotros que también nos sale al encuentro y lo podemos vivir. Lo hemos vivido en nuestra celebración pascual y lo sentimos palpitar en nuestros corazones. Y tiene que crecer nuestra fe y convertirse también en anuncio.

Es la Pascua. Es la Pascua hoy y ahora. No es la celebración de un recuerdo. Es la celebración de algo que vivimos. Es el hoy del encuentro con Jesús resucitado. Hemos venido haciendo un camino durante la cuaresma, hemos querido subir con El hasta esta Pascua pasando por el desierto o el monte de la cuarentena, con nuestras dudas y con nuestras reticencias que se habían hecho tentaciones en nuestra vida; quisimos subir con El al Tabor, porque allí también nos había invitado para que aprendiéramos a descubrir la luz; bajamos a la llanura de la vida y fuimos escuchando sus anuncios que algunas veces parecía que se nos hacían duros a los oídos y más aun al corazón, por aquello de lo que teníamos que desprendernos, aquello de lo que teníamos que purificarnos; nos dimos cuenta que la semilla hay que enterrarla para que dé fruto y eso nos costaba; pero quisimos atravesar el pórtico del monte de los olivos para con El entrar en la ciudad santa y con cierto temor nos acercamos un poquito al Calvario.

Ha sido el camino que nos ha conducido a la Pascua, porque nos hemos dado cuenta del paso del Señor por nuestra vida que nos ha ido renovando, purificando, fortaleciendo, transformando. Hoy sentimos la alegría de la Pascua, de contemplarlo resucitado, pero de sentir cómo nos ha llevado a nosotros también a la resurrección, porque ha sido Pascua en nosotros. No es un recuerdo, es la realidad que ahora estamos viviendo, es el gozo grande que ahora se desborda de nuestro corazón, porque nos sentimos con vida nueva, con la vida del resucitado.

A nosotros también nos manda a ir al encuentro con los hermanos, a nosotros nos manda también que vayamos a la Galilea de nuestra vida, para seguirle viendo, para seguir encontrándonos con El. Galilea fue aquel lugar donde principalmente hizo su vida y el anuncio del Reino de Dios. Galilea es el día a día de nuestra vida, de nuestras familias, de nuestros vecinos y nuestros amigos, de nuestros trabajos y lo que son las responsabilidades diarias de nuestra vida. Ahí tenemos que ir con el gozo de la Pascua, ahí tenemos que ir con el anuncio de la Pascua, ahí tenemos que seguir proclamando la Buena Nueva del Evangelio, ahí en esas personas con las que convivimos o con las que nos cruzamos cada día tenemos que seguir encontrándonos con El, ahí a esas personas nosotros vamos a contagiar con la alegría de nuestra pascua.

‘Que vayan a Galilea y allí me verán’, les anunciaban los ángeles en nombre de Jesús a las mujeres que fueron al sepulcro y lo encontraron vacío. Es lo que se nos está diciendo a nosotros. No es al pie del sepulcro, ni en lo alto del calvario donde tenemos que quedarnos. Es ponernos en camino a la Galilea de nuestra vida para seguirle viendo y para seguir proclamando al mundo esa Buena Noticia.

sábado, 7 de abril de 2018

Entremos en la órbita de la fe y de la confianza creyendo el testimonio que la Iglesia no ofrece y haciendo una clara proclamación de la Buena Nueva de nuestra fe


Entremos en la órbita de la fe y de la confianza creyendo el testimonio que la Iglesia no ofrece y haciendo una clara proclamación de la Buena Nueva de nuestra fe

Hechos de los apóstoles 4, 13-21; Sal 117;  Marcos 16, 9-15

Algunas veces nos cuesta aceptar la palabra o el testimonio que otros nos puedan ofrecer. De alguna manera ponemos nuestros filtros, aparecen nuestros prejuicios, miramos con lupa no solo lo que nos dicen sino también lo que ha sido su vida anterior o lo que nosotros consideramos congruencia o incongruencia entre lo que se nos dice y lo que nosotros podamos ver por nuestros ojos o por nuestras particulares apreciaciones.
Tenemos demasiadas experiencias negativas quizá de engaños o queremos sabérnoslo todo por nosotros mismos y por eso no aceptamos lo que nos puedan decir los demás. Hemos creado un mundo de desconfianzas aunque luego aceptemos veinte mil comentarios insulsos o insultantes muchas veces con los que se hace daño a tanta gente.
Las redes sociales de las que hoy nos valemos y con las que nos comunicamos con todo el mundo, la facilidad de comunicación que hoy se tiene y que muchas veces no se aprovecha debidamente contribuyen por un lado al daño que se pueda hacer a los demás porque fácilmente se pone en juego la fama y la dignidad de las personas, o por otro lado nos puede hacer desconfiados. Es un poco o un mucho el mundo en el que hoy vivimos del que tendríamos que sacar provecho para una mayor armonía entre todos, para hacer un mundo mejor, o para lograr una comunicación y comunión que quizá por otros caminos no cultivamos o nos cuesta cultivar.
Es complejo todo esto y me ha venido esta reflexión al hilo de lo que hoy el evangelio de Marcos nos da como resumen de lo que fueron las apariciones de Cristo resucitado. Es el evangelista más conciso y breve en el tema de la resurrección del Señor.
Primero nos dice que Jesús resucitado se apareció a María Magdalena que fue a comunicárselo a los discípulos, pero estos no la creyeron. ¿Prejuicios de la época? Era mujer; los discípulos de Emaús hablaban de unas visiones de mujeres a las que no creyeron; ahora este evangelista subraya, aunque fuera en positivo, que era de la que Jesús había expulsado siete demonios. ¿Pero no seria algo que pondría en duda su credibilidad?
Luego nos habla de los discípulos que habían marchado a Emaús que les cuentan lo que a ellos les ha sucedido. Pero tampoco los creen. ¿Mermaría su credibilidad el que ellos se habían marchado, habían abandonado y se había ido a sus casas mientras los demás seguían con miedo en Jerusalén? Hago estos subrayados porque estamos viendo como el testimonio de aquellos primeros testigos no era aceptado ni siquiera por el grupo de los discípulos, en consonancia de lo que antes decíamos que nos sigue sucediendo a nosotros hoy.
Será Jesús el que se les presente allí en el cenáculo mientras ellos andan discutiendo estas cosas y ahora la sorpresa fue mayúscula. Allí estaba el Señor. En la brevedad con que este evangelista nos habla nos comenta como Jesús les recriminó que no habían creído el testimonio de los que ya antes se habían encontrado con El. Pero a pesar de la dureza de nuestro corazón Jesús sigue viniendo a nuestro encuentro y quiere seguir contando con nosotros. Termina el evangelio con el mandato de Jesús de ir por todo el mundo anunciando esta Buena Nueva.  ‘ld al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación’.
Es el mandato de Jesús. Es el testimonio que tenemos que dar. Es la Buena Nueva que tenemos que anunciar. Es el evangelio de nuestra salvación. Manifestémonos creíbles y de confianza porque es nuestra vida junto con nuestra palabra la que tiene que dar testimonio. Somos sus testigos. Entremos en una órbita de fe y de confianza.

martes, 29 de marzo de 2016

Que no nos cieguen nuestras lágrimas, soledades, amarguras, silencios para que sepamos descubrir a Jesús y encontrarnos con su vida

Que no nos cieguen nuestras lágrimas, soledades, amarguras, silencios para que sepamos descubrir a Jesús y encontrarnos con su vida

 Hechos  2,36-41; Sal 32; Juan 20,11-18

‘Mujer, ¿por qué lloras? ¿a quién buscas?’ las lágrimas no nos dejan ver con claridad. El sufrimiento nos entumece el corazón y nos ciega. Se nos convierte la vida en un túnel oscuro y nos parece sin salida. Cuántas veces nos pasa en la vida. Los problemas, las soledades, las ausencias que sentimos allá en el fondo del alma. Rupturas, desgarros del alma, dolor incontrolable que nos ciega. Los problemas se nos amontonan y parecen montañas infranqueables. La vida se nos desorganiza y no sabemos qué hacer ni qué camino tomar.
Es el dolor de los que se ven postrados en una cama con una enfermedad que parece no remitir nunca; es la soledad del anciano al que se le van perdiendo en el camino aquellos amores familiares que le habían sostenido en la vida, y que ahora se siente aislado y sin saber con quien contar; es la incertidumbre del que tiene que abandonar lo que había sido su hogar o su solar patrio y ha de buscar nuevos caminos, nuestras lugares donde asentar su vida; es el que busca aquello que lo dignifique en un trabajo donde no solo ganar su sustento y el de los suyos, sino realizarse plenamente en su ser más hondo desarrollando sus valores y posibilidades en la vida.
Tantos dolores, soledades, ausencias, silencios por lo que quizá hemos tenido la suerte de no haber pasado, pero que tenemos que abrir los ojos para ver cuántos lo están sufriendo a nuestro lado y tan insensibles somos que no caemos en la cuenta. Es la mirada distinta con que hemos de mirar en nuestro entorno, pero es la mirada que nos tiene que hacer trascender hasta encontrar respuesta, encontrar luz, encontrar un camino. Una mirada que terminara si lo hacemos de forma autentica hasta un compromiso. Son tantas las búsquedas que hay dentro de nosotros y las respuestas que buscamos.
María Magdalena es una mujer en búsqueda en medio de su dolor. Ya un día se había encontrado con Jesús y su vida había cambiado radicalmente. Pero ahora eran momentos duros de prueba en la muerte de su Señor y en la tumba vacía que ahora se encontraba. En esa búsqueda también sus ojos se obnubilan y le cuesta ver y terminar de creer. Por eso  no reconocerá en principio a su Señor y lo confundirá. En su búsqueda realmente no sabía bien casi lo que buscaba porque todo el dolor que padecía su corazón le hacia quedarse aun en la muerte.
Por eso buscaba en una tumba, pero Jesús estaba fuera de la tumba, Jesús viene a su encuentro como viene siempre a nosotros en medio de nuestros dolores y fracasos. El nunca nos dejará solos sino que siempre se está adelantando para ver a nosotros y hacer que encontremos respuestas, luz, camino, esa vida nueva que El siempre quiere ofrecernos. No busquemos a Jesús entre los muertos porque El vive y siempre viene ofreciéndonos vida.
Tengamos cuidado para no confundirnos, para no buscar lo que no importa, para saber centrarnos en Jesús a pesar de nuestras soledad, nuestros interrogantes, nuestros miedos y cobardías. Jesús quiere salirnos al encuentro para llenarnos de plenitud. Que sintamos y vivamos con toda intensidad la alegría con Cristo resucitado.


viernes, 22 de julio de 2011

Un corazón perdonado, agradecido y enamorado


María Magdalena
2Cor. 5, 14-17;
Sal. 62;
Jn. 20, 1-2.11-18

Un corazón perdonado, un corazón agradecido, un corazón enamorado. Es el corazón de María de Magdala a quien hoy celebramos.

Cuando aquella mujer pecadora se acercó por detrás a lavar los pies de Jesús, recordamos lo que pensaba el fariseo que había lo invitado Jesús le propuso una pequeña parábola: los dos que fueron perdonados por su amo en la deuda que tenían con él; uno era una gran cantidad y otro menos; y Jesús preguntó ‘¿quién le amará más?’

María Magdalena – no sabemos bien si fue o no fue esta mujer pecadora – sin embargo sí sabemos que Jesús le había perdonado mucho porque de ella había echado siete demonios, como dice Marcos en el evangelio. Lo que sí sabemos bien de ella era el amor grande que le tenía a Jesús. ‘¿Quién le amará más?’, preguntaba Jesús y ahí está el amor grande de María Magdalena. ¿Cómo no iba a amarle si así le había liberado del mal y del pecado? Al pie de la cruz estaba con María y algunas otras mujeres, nos dicen los evangelistas y fue de las primeras que corrieron el primer día de la semana al amanecer al sepulcro porque querían embalsamar debidamente el cuerpo de Jesús.

Un corazón perdonado, decíamos al principio, y un corazón agradecido que se manifestaba en ese seguimiento fiel a Jesús hasta llegar incluso hasta el pie de la cruz. Un corazón enamorado, un corazón lleno de amor. ¡Cuánto amaba a Jesús! Dispuesta estaba a cargar con el cuerpo de Jesús si lo encontrara, porque, como ella pensaba, se lo habían robado del sepulcro y no sabía donde estaba. Por eso pregunta al que ella cree que es el hortelano sin saber que era Jesús quien estaba allí porque para ella sería la primera de las apariciones después de resucitado.

Al oir su nombre de labios de Jesús le reconoce – ‘¡Maestro!’ es su exclamación - y corre a abrazarle los pies. ¡Cómo sería su nombre pronunciado por los labios de Jesús! Es el regalo de Jesús a tanto amor, a un corazon agradecido y enamorado. Pero es también la primera misión que Jesús confía despues de resucitado al enviarla que vaya a comunicar a los hermanos que había resucitado. Como canta la litrugia bizantina en su honor ‘el apóstol de los apóstoles’, enviada (apóstol) fue a los apóstoles con ese anuncio tan trascendental.

Nos basta esto que estamos reflexionando para sacar un mensaje para nuestra vida. ¿No tendría que ser también nuestro corazón un corazón agradecido y enamorado cuánto tanto nos ha perdonado el Señor? ‘¿Quién le amará más?’ se preguntaba Jesús y cuánto tiene que que ser entonces nuestro amor agradecido y enamorado como el de Magdalena. A aquella mujer pecadora se le habían perdonado sus muchos pecados porque había amado mucho. Pongamos de la misma manera nosotros mucho amor que ya se manifiesta el amor grande que Dios nos tiene que tanto nos ha perdonado, que nos ha entregado a su Hijo para que nosotros obtengamos la salvación.

Es cuestión de amor. ‘Nos apremia el amor de Dios’, como nos decía san Pablo. Ya no podemos vivir para nosotros mismos, sino para el que murió y resucitó por nosotros. Es la respuesta de amor que nosotros hemos de dar. Es ese corazón agradecido que se ensancha más y más cuando siente el amor de Dios en él y con un amor así quiere amar también. En El tenemos que poner todo nuestro amor. Así tiene que ser nuestro corazón agradecido. Es de nobleza el ser agradecidos. Que no nos falte esa acción de gracias y que no nos falte ese amor. Con todo el corazón, con toda el alma, con todo nuestro ser, sobre todas las cosas, como se nos pide en el primero de los mandamientos de la ley del Señor.

¿Estaremos así enamorados de Jesús? ¿Estaremos así enamorados de Dios? ¿No tendríamos que ser nosotros apóstoles de ese amor que hemos recibido anunciándolo también a nuestro mundo?

martes, 26 de abril de 2011

Aprendamos a escuchar la voz del Señor para que se disipen nuestras oscuridades

Hechos, 2, 36-41;

Sal. 32;

Jn. 20, 11-18


El episodio que escuchamos hoy en el evangelio de Juan es continuación literal del escuchado el pasado domingo. María Magdalena se había encontrado el sepulcro vacío, había corrido a contarlo a los discípulos que habían venido a comprobarlo, pero como se nos decía entonces, al ver las vendas por el suelo y el sudario doblado en sitio aparte, habían creído. Como nos decía el evangelista ‘hasta entonces no habían entendido lo que decían las Escrituras que había de resucitar de entre los muertos’.
Pedro y Juan marchan, pero María Magdalena se queda llorosa a la entrada del sepulcro. Insiste, podiamos decir, en su angustia, de manera que no reconoce a Jesús que llega junto a ella. Las lágrimas enturbiaban sus ojos, pero no sólo sus ojos sino su espíritu. Nos pasa muchas veces que nos encerramos en nuestro dolor y no somos capaces de ver nada más. Nos encerramos en nuestro dolor y todo se nos vuelve oscuro.
De tantas maneras nos sucede eso en la vida. Los problemas, la enfermedad, las limitaciones, los contratiempos que nos van apareciendo todo se nos vuelve un mundo oscuro que cae sobre nosotros y hasta nos parece que nosotros somos los únicos que tenemos esos problemas y que nadie sufre tanto como nosotros. Y cuando estamos así nos hundimos y no encontramos un resquicio de luz, de claridad. Y hasta aquellas cosas buenas que en otro momento nos habían servido para alentarnos en nuestros trabajos o luchas o que incluso nos pudieron servir para nosotros ayudar a los demás, ahora parece que no nos valen para nosotros.
¿Cómo es que María Magdalena no reconoció a Jesús? Si, podíamos decir, que hasta por el olor podría reconocerlo. Ella que tanto lo amaba, que había llorado a sus pies sus pecados de los que el Señor le había liberado por su amor; ella que en su fidelidad lo había seguido incluso hasta el pie de la cruz. Pero la cruz le había vuelto la vida quizá oscura y por eso sus ojos ahora estaban nublados.
‘Mujer, ¿Por qué lloras? ¿a quién buscas?’, si el que estás buscando está aquí a tu lado y te viene a traer la luz. Abre los ojos. Pero ella seguía encerrada en su dolor y en su deseo de encontrar a Jesús de manera que ahora no era ni capaz de verlo. Lo toma por el hortelano. ‘Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré’.
Jesús la llama por su nombre. ‘¡María!’, le dice. Será entonces cuando sus ojos se abrirán y lo reconoce. Se tira a sus pies. Ha encontrado la luz. ¡Cómo sería la forma de llamarla Jesús! ¡Cómo sonaría en su corazón!
Escuchemos cómo el Señor nos llama también por nuestro nombre. Dejemos que su voz llegue a nuestro corazón también. Una voz llena de amor. Una voz que nos llena de paz. Una voz que será siempre una invitación a ver la luz porque nos encontramos con la misericordia del Señor. Si escuchamos su voz también se nos disiparán muchas oscuridades y tinieblas, aprenderemos a salirnos más de nosotros mismos para saber encontrarnos mejor con los demás.
Es que además, como hemos ido viendo continuamente en el evangelio y vemos también que es como el mandato de Cristo resucitado, desde Jesús siempre tenemos que ir a los demás. Vemos cómo Jesús le dice a Magdalena que vaya a llevarle ese anuncio a los hermanos, al resto de los discípulos. ‘Y María Magdalena fue y anunció a los discípulos: He visto al Señor y ha dicho esto’. Es el anuncio que hemos de hacer también. Hemos visto al Señor. Que esa sea la experiencia grande que vivamos en estos días de Pascua.

martes, 14 de abril de 2009

Jesús nos llama por nuestro nombre

Hechos, 2, 36-41
Sal. 32
Jn. 20, 11-18

Necesitamos oír la Palabra de Jesús que nos llama por nuestro nombre. Como María Magdalena hoy en el evangelio.
La Palabra que escuchamos no puede quedarse en una palabra fría y ritual, ni en una palabra teórica, sino que tiene que ser siempre una palabra viva que llegue a nuestra vida. En sí misma eso es siempre la Palabra que el Señor nos dirige; por eso es tan importante la actitud con que nosotros la acogemos, los oídos, podríamos decir, con que la escuchemos. No vamos a ella como quien simplemente va a aprender cosas, ni podemos ponernos en la distancia con una cierta actitud de reserva ante lo que nos vayamos a encontrar, ni como quien ya se la sabe y la conoce y nada nuevo nos va a decir.
Tenemos que sentirla como una Palabra que el Señor nos dirige en nuestra vida concreta personal y comunitariamente recibida. Se dirige a cada uno personalmente en su vida pero también es la Palabra que Dios dice al pueblo creyente. Algunos, cuando se sienten interpelados por la Palabra, porque quizá el comentario o reflexión del sacerdote no toca de manera directa, piensan ‘eso lo está diciendo por mí’. Pero es que siempre tendríamos que decir eso mismo ‘el Señor lo dice por mí’.
Lo vemos hoy en María Magdalena en el texto proclamado en el Evangelio. Allí está llorosa, llena de dudas y desconsuelos, buscando dónde está el cuerpo de Jesús. Eso la ha confundido de manera que no llega en principio a reconocer la presencia de Jesús, confundiéndolo con el encargado del huerto. Pero, cuando escucha su nombre en labios de Jesús, lo reconoce. ‘María’, le dice Jesús. ‘Rabboni (Maestro)’ exclama ella tirándose a su pies.
La veremos ir luego gozosa a contar a los discípulos su encuentro con Jesús. ‘He visto al Señor y me ha dicho esto’, les cuenta. Si vida cambia al escuchar esa Palabra directa de Jesús que llega a su corazón. Lo que decíamos al principio: necesitamos oír la Palabra de Jesús que nos llama por nuestro nombre.
Lo mismo es lo que sucede en lo que hemos escuchado en los Hechos de los Apóstoles. El texto es continuación literal del escuchado ayer, porque vamos a seguir haciendo una lectura continuada a través de todo el tiempo pascual. Pedro les ha hablado de Jesús: ‘Escuchadme, israelitas: os hablo de Jesús Nazareno, el hombre que Dios acreditó ante vosotros…’ Y hoy le hemos escuchado concluir. ‘Todo Israel esté cierto de que el mismo Jesús, a quien vosotros crucificasteis, Dios lo ha constituido Señor y Mesías’.
Fue una palabra que llegó a lo hondo de aquellos que le escuchaban. ‘Estas palabras les traspasaron el corazón y preguntaron a Pedro y a los demás discípulos: ¿Qué tenemos que hacer hermanos?’ Y ya conocemos la respuesta de Pedro: ‘convertíos y bautizaos todos en nombre de Jesucristo, para que se os perdonen los pecados, y recibiréis el Espíritu Santo…’
Convertirse, creer en Jesús. Aceptar que Jesús es el Mesías de Dios, el Hijo de Dios que se ha entregado a la muerte para salvarnos, que es el Señor que vive y está en medio de nosotros.
Convertirnos, creer en El y unirnos a El. Por eso, recibir el Bautismo, que es esa participación en el misterio de Cristo que nos une a El, que es participar en su muerte y su resurrección.
Es la Palabra viva que llega a nuestro corazón y nos da vida. Nos da vida porque nos hace partícipes de la vida de Dios. Nos une a Jesús. Una Palabra que se dirige a cada uno y nos llama por nuestro nombre, porque para nosotros, para mi, es esa salvación que Jesús nos ha ganado. Escuchémosle.