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sábado, 1 de abril de 2017

Con humildad desde nuestras limitaciones, desde nuestras dudas y confusiones tenemos que acudir a Jesús queriendo llenarnos de su vida y dejarnos inundar por su Espíritu

Con humildad desde nuestras limitaciones, desde nuestras dudas y confusiones tenemos que acudir a Jesús queriendo llenarnos de su vida y dejarnos inundar por su Espíritu

Jeremías 11, 18-20; Sal 7; Juan 7, 40-53
Jesús no deja indiferente a nadie. Ante Jesús, su figura, su vida, sus obras todos nos decantamos de alguna manera. Ya lo había anunciado el anciano Simeón allá en el templo con la presentación del Niño. Será bandera discutida, será signo de contradicción, ‘este niño va a ser motivo de que muchos caigan o se levanten en Israel’.
Hoy lo escuchamos en el evangelio. Gente que dice que nadie ha hablado como El, otros que decía que si no seria el Mesías o un profeta, mientras los fariseos y los sumos sacerdotes están maquinando contra El; quieren apoyarse incluso en las Escrituras y cada uno hace sus interpretaciones; habrá entre ellos alguien que pide serenidad, reflexión, no tomarse las cosas a la ligera ni dejarse llevar por impulsos, porque las acusaciones hay que probarlas, pero todos de alguna manera se decantan a favor o en contra. Un mundo de confusión en torno a Jesús; los sencillos no entienden de esos conflictos, pero esas cosas afectan a todos. 
Pero ¿no sucederá que sigue pasando igual? ¿No nos puede pasar a nosotros mismos en nuestro interior? También en nuestro entorno hay mucha gente confundida. Nos sentimos confundidos nosotros mismos porque muchas veces casi sin saber por qué nos entran dudas en nuestro interior, nos preguntamos muchas cosas y no siempre sabemos dar respuestas.
Mucha gente sabemos bien que se aleja de la fe, de la religión, de la Iglesia cuando le surgen esas dudas que no saben resolver. No es malo que nos surjan dudas, porque eso tendría que aquilatar nuestra fe, purificarla, hacerla profundizar, pero tenemos que saber bien a donde tenemos que acudir, tenemos que saber también dejarnos conducir que el Señor irá poniendo nuestro lado muchas señales que tenemos que saber discernir.
Confusión también se produce cuando vemos tantas opiniones distintas, cuando vemos tantas divisiones incluso en los que tenemos una misma fe, o creemos tener una misma fe, en Jesús. Gentes que llegan a nuestra puerta y nos ofrecen sus ideas y sus interpretaciones, que unas veces quizá cerramos la puerta, pero otras veces nos producen una cierta inquietud en nuestro interior. Corrientes de opinión en torno a la Iglesia, la religión, la fe que circulan en el entorno en que vivimos, gente que habla en contra siempre tratando de desprestigiar, de anular, de destruir. Somos conscientes de ello y cuanto daño se hace a los sencillos.
Es necesario fortalecer nuestra fe, darle hondura, formarnos debidamente, crecer en espiritualidad. Con humildad desde nuestras limitaciones, desde nuestras dudas y confusiones tenemos que acudir a Jesús queriendo conocerle más y más, llenarnos de su vida, dejarnos inundar por su Espíritu. Es el Espíritu del Señor que nos conduce a la verdad plena, es el Espíritu que nos revelará allá en el interior de nuestro corazón todo el misterio de Cristo, es el Espíritu que nos fortalecerá interiormente frente a tantas cosas que nos puedan confundir o nos puedan arrastrar fuera de los caminos de la Verdad.
Tengamos un corazón humilde y sencillo porque será la mejor manera de escuchar a Dios, de sentir a Dios en nuestra vida, de expresarle toda nuestra fe. Pero esa humildad y sencillez no nos quita que nos esforcemos por conocer mejor nuestra fe para que podamos dar verdadera razón de nuestra fe y de nuestra esperanza. Un compromiso que tendría que surgir en nosotros en este camino cuaresmal que estamos viviendo sería el que leyéramos más la Biblia, la estudiáramos más, nos preocupásemos de acudir a aquellos medios que nos ofrece al Iglesia para crecer en nuestra fe. 

viernes, 31 de marzo de 2017

Abramos nuestro corazón al Espíritu Santo y llegaremos a conocer, y conocer es vivir, todo el misterio de Jesús

Abramos nuestro corazón al Espíritu Santo y llegaremos a conocer, y conocer es vivir, todo el misterio de Jesús

Sabiduría 2,1ª.12-22; Sal 33; Juan 7,1-2.10, 25-30
Si yo lo conozco, de toda la vida, que me vas a decir tu a mi; así habremos escuchado mas de una vez a alguien hablarnos de otra persona que dice que conoce y que conoce bien de siempre, o nos habrá pasado a nosotros lo mismo, pero que realmente ese conocimiento la más de las veces es superficial y no conocemos tanto a esa persona como nosotros decimos.
Conocer a alguien no es quedarnos en la apariencia, en la superficialidad de lo externo o en algunas circunstancias quizás de su vida. Somos de alguna manera un misterio profundo cada ser humano, y no nos podemos quedar en la epidermis. Es conocer las razones profundas de la persona, es vislumbrar su interior, es conocer a fondo sus sentimientos, es el saber el quién y el qué de esa persona. Algunas veces ni nos terminamos de conocer bien a nosotros mismos.
Pero todo esto que estamos diciendo apliquémoslo al ámbito de nuestra fe, al conocimiento que de Cristo y del evangelio habríamos de tener. Sabemos cosas, pero no son solamente cosas las que tenemos que conocer; podemos hacer hasta un relato hermoso del actuar de Cristo, de sus milagros, de lo que enseñaba a la gente y si iba y venia de acá para allá por aquellos caminos de Palestina, desde Galilea o más allá de Galilea, hasta Jerusalén o todo el valle del Jordán. Pero eso no nos basta para poder decir que conocemos todo el misterio de Cristo.
Muchos también han escrito muchas cosas de Jesús pero no siempre han sabido captar el misterio de su vida; muchos nos hacen sus juicios y apreciaciones y nos encontramos las más dispares opiniones acerca de Jesús y de lo que fue su obra. Pero, quizá nos venga bien preguntarnos si nosotros mismos llegamos de verdad a conocer a Jesús.
Porque nos puede pasar como nos sucede también tantas veces en la relativo al conocimiento que tenemos de las personas; muchas veces nos puede marcar el sentido de la amistad que tengamos con alguien lo que pueden ser los intereses más íntimos y profundos que nosotros tengamos dentro de nosotros mismos. Aquello del color del cristal con que se mira; así puede ser nuestra  mirada de los demás y así puede ser nuestra mirada a Cristo que se puede ver enturbiada por nuestro personal color.
Hoy nos lo esta diciendo Jesús en el evangelio. ‘Entonces Jesús, mientras enseñaba en el templo, gritó: A mí me conocéis, y conocéis de dónde vengo. Sin embargo, yo no vengo por mi cuenta, sino enviado por el que es veraz; a ése vosotros no lo conocéis; yo lo conozco, porque procedo de él, y él me ha enviado’. Les está diciendo Jesús que muchos creen conocerle pero realmente no le conocen. Podrán decir que es de Galilea o que nació en Belén, podrán decir que su padre era carpintero o que sus parientes están allá en Nazaret de Galilea, pero ¿conocen en toda su profundidad a Jesús? ¿Reconocen que El es el enviado del Padre, el Ungido del Espíritu, que viene a traernos el año de gracia del Señor, porque en verdad viene a traernos la salvación?
‘El Espíritu del Señor esta sobre mí…’ había dicho aplicándose las palabras del profeta allá al inicio de su tarea apostólica. Lleno del Espíritu de Dios había caminado en medio de ellos y había realizado la obra de Dios. Pero bien sabemos como algunos le atribuyen incluso los signos y milagros que realiza al padre del príncipe de los demonios. Era necesario dejarse conducir por el Espíritu de Dios que es el que nos revela todo allá en lo más hondo del corazón.
Es por donde tenemos que empezar nosotros para llegar a ese conocimiento vivo de Jesús, dejarnos conducir por su Espíritu.  Nos descubrirá la verdad de Jesús y que El es nuestra única verdad; nos llenará de la vida de Jesús porque El es nuestra única vida y nuestra única salvación; nos hará seguir las huellas que nos va dejando en el camino, porque El es el único camino que nos lleva hasta el Padre. Abramos nuestro corazón al Espíritu Santo y llegaremos a conocer, y conocer es vivir, todo el misterio de Jesús.

jueves, 30 de marzo de 2017

Es necesario que sepamos detenernos para reflexionar, para descubrir las obras de Dios en nosotros, tantos signos y señales que El nos va dejando de su presencia

Es necesario que sepamos detenernos para reflexionar, para descubrir las obras de Dios en nosotros, tantos signos y señales que El nos va dejando de su presencia

Éxodo 32, 7-14; Sal 105; Juan 5, 31-47
Podemos tener delante las cosas más hermosas, pero si cerramos los ojos no las podemos ver. Podemos tener a nuestra consideración los razonamientos más convincentes, pero si nos cerramos a considerarlos, a pensar en ellos o a aceptar sus razonamientos nos quedaremos en la ignorancia y en nuestro error.
Cuantas veces en la vida vamos cerrando los ojos, y ya no son solo los ojos de nuestra cara, sino nuestra mente, nuestro yo a lo que se nos pueda ofrecer y seguimos encerrados en nosotros mismos, en nuestras ideas de siempre, en nuestro conservadurismo y no llegamos a avanzar en la vida. Puede ser en razón de las ideas, pero también porque no queramos aceptar al otro, a quien nos puede ofrecer esa apertura para la vida; ponemos muchas pegas no solo a las ideas sino también a las personas. Hay mucha gente que vive así con la mente cerrada; es una tentación que nosotros también podemos vivir en tantos aspectos de la vida.
Nos cuesta también hacer un camino ascendente en nuestra fe. Nos anquilosamos, nos quedamos en actitudes y posturas infantiles, no maduramos. Nos quedamos en nuestras devociones de siempre, que no digo que sean malas, pero no tratamos de profundizar en lo que creemos, abrir de verdad nuestro corazón al Espíritu del Señor que nos guía. Convertimos, o tenemos el peligro de hacerlo, nuestras practicas religiosas en una mera obligación que cumplir, pero quizá no las hacemos vivencias profundas de nuestra fe en el interior de nosotros mismos y que luego se reflejen en las actitudes y comportamientos de nuestra vida.
Más de una vez quizás nos ha sucedido que hemos asistido a la celebración de la Eucaristía, pero estando físicamente allí espiritualmente estábamos muy lejos; el final de la celebración quizá nos hemos preguntando que hemos encontrado en esa celebración, qué es lo que hemos vivido y no tenemos nada que decir porque no hubo esa vivencia profunda.
Es necesario detenernos muchas veces en eso que estamos haciendo y haciendo de siempre para caer en la cuenta de lo que estamos expresando, lo que estamos celebrando, el sentido y significado en ese momento de aquellas oraciones que estamos diciendo, en lo que esa Palabra que estamos escuchando o la reflexión que se nos ofrece, qué es lo que nos está diciendo en concreto a la vida que vivimos. No podemos pasar de largo por nuestras celebraciones sin que dejen una huella en nosotros.  Y tristemente muchas veces nos sucede así, no quedan huellas como no dejamos huellas desde lo que vivimos para los demás.
En el evangelio que hoy escuchamos (nos convendría releerlo quizá una vez mas) Jesús quiere hacer pensar a sus discípulos y cuantos le escuchan. Muchos no han descubierto de verdad quien es Jesús; piden tantas veces señales, pero no son capaces de ver las señales y las huellas de Dios que Jesús va dejando en sus vidas. Ahí están sus obras, las obras del Padre que Jesús realiza y que tendrían que ser en verdad signo y testimonio para ellos que les haga creer. Pero no quieren ver esas obras de Dios en lo que Jesús realiza. Escuchan la Escritura pero no son capaces de ver aquello anunciado en las Escrituras en la obra de Jesús.
Como decíamos antes es necesario que sepamos detenernos para reflexionar, para descubrir las obras de Dios en nosotros, tantos signos y señales que El nos va dejando de su presencia y que tendrían que transformar nuestra vida, para que crezcamos en nuestra fe, para que en verdad construyamos el Reino de Dios, para que seamos también testimonio para que los demás también se abran a la fe.

miércoles, 29 de marzo de 2017

Creer en Jesús es pasar de la muerte a la vida porque El nos arranca de nuestro sepulcro de muerte que es nuestro desamor, maldad, injusticia en lo que hemos vivido y nos lleva a la vida

Creer en Jesús es pasar de la muerte a la vida porque El nos arranca de nuestro sepulcro de muerte que es nuestro desamor, maldad, injusticia en lo que hemos vivido y nos lleva a la vida

Isaías 49,8-15; Sal. 144;  Juan 5, 17-30
Creer en Jesús es pasar de la muerte a la vida. Toda nuestra vida esta imbuida por el misterio pascual de Cristo. Por la fe nos sentimos envueltos por el misterio de Cristo de manera que ya no vivimos, y permítanme que lo exprese así, para la muerte sino para la vida, ya no vivimos envueltos por la muerte sino por la vida.
Creer en Jesús significa sentir en nosotros su pascua, su paso salvador; un paso de Cristo en nosotros que nos transforma, un paso de Cristo en nosotros que nos arranca de la muerte; un paso de Cristo en nosotros que nos hace vivir una vida nueva, su vida. Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia, nos dirá en otro momento en el evangelio.
La presencia de Cristo en nosotros no es un juicio de condena sino un juicio de vida, porque siempre nos esta ofreciendo vida, nos esta ofreciendo su salvación. Claro que cuando nos sentimos en la presencia de Cristo somos nosotros los primeros que nos juzgamos porque nos damos cuenta que lejos estamos, nos damos cuenta cuanto de muerte seguimos permitiendo que haya en nosotros, nos damos cuenta de nuestras sombras, de nuestro pecado; pero no para la angustia sino para la esperanza porque al mismo tiempo estamos contemplando ese rostro misericordioso de Dios que Cristo nos manifiesta y nos sentimos envueltos por su amor.
Indignos, porque somos pecadores, somos levantados por la gracia para lavarnos de ese pecado, para transformar nuestra vida, para sentirnos otros, para comenzar a amar con su mismo amor. La presencia de Cristo con su gracia que es lo mismo que decir con su amor nos transforma, nos hace vivir la pascua, nos llena de vida. Claro a eso tenemos que dar respuesta en nosotros, en ese camino nuevo que emprendemos, en esa vida de gracia que vivimos, en esas actitudes nuevas que van a comenzar a resplandecer en nosotros, en ese nuevo actuar y nuevo vivir llenos siempre de su amor.
De eso nos esta hablando Jesús hoy en el evangelio. No entienden los judíos que llame Padre a Dios y se escandalizan y por eso hasta quieren condenarlo. Pero es el rostro de Dios que Cristo nos esta manifestando, hoy con sus palabras, pero a lo largo del evangelio con todo su actuar, con su presencia de amor. Estas palabras de hoy siguen a lo que ayer escuchábamos, como Jesús se acerca a aquel paralítico de la piscina que allá esta con sus limitaciones y con sus soledades para llevarle vida, para ponerle a caminar en nuevo encuentro con Dios y con los demás. No lo entienden los judíos, no entienden lo que Jesús realiza, y Cristo con sus palabras quiere hacérnoslo comprender.
‘Quien escucha mi palabra y cree al que me envió posee la vida eterna y no se le llamará a juicio,-,- porque ha pasado ya de la muerte a la vida. Os aseguro que llega la hora, y ya está aquí, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que hayan oído vivirán…’ Escuchemos a Jesús y tendremos vida; escuchemos a Jesús y pongamos toda nuestra fe en El; escuchemos a Jesús y pongámonos en camino con El y nos llevara a la vida.
‘No os sorprenda, porque viene la hora en que los que están en el sepulcro oirán su voz: los que hayan hecho el bien saldrán a una resurrección de vida…’ Es el sepulcro de nuestro pecado, del mal que hemos dejado meter en nosotros, de nuestro desamor, de la injusticia y la maldad en que tantas veces hemos vivido. Todo eso es muerte, pero Cristo viene a sacarnos del sepulcro, Cristo viene a llevarnos a la vida, Cristo viene a traernos su salvación. Como decíamos al principio creer en Jesús es pasar de la muerte a la vida.

martes, 28 de marzo de 2017

También Jesús te esta diciendo levántate, sal de tu soledad, camina al encuentro con los demás, pon la camilla de tu vida al servicio de los otros

También Jesús te esta diciendo levántate, sal de tu soledad, camina al encuentro con los demás, pon la camilla de tu vida al servicio de los otros

Ezequiel 47, 1-9. 12; Sal 45; Juan 5, 1-3. 5-16
Que triste es sentirse solo y no tener nadie que le acompañe y le ayude. Vivimos rodeados de gente por todas partes, familia, vecinos, compañeros de trabajo, amigos… y por otra parte hoy tenemos la facilidad de las redes sociales que nos hacen entrar en comunicación con personas de todos lados; nos llamamos con facilidad amigos, es una palabra muy socorrida, y desde que entramos en un mínimo de conocimiento enseguida nos llamamos amigos.
Sin embargo vivimos en un mundo donde hay demasiadas soledades. La comunicación con las personas de nuestro entorno no siempre es lo profunda que desearíamos, bien porque son unas relaciones muy superficiales o porque se ponen fácilmente barreras y distancias, o bien nosotros mismos nos encerramos en nuestras cosas, en nuestro mundo, en nuestras rutinas y no abrimos la puerta de nuestro yo a esa comunicación con el que quizás hasta nos estamos tratando cada día.
No es así el mundo de felicidad que todos desearíamos; en la soledad nos guardamos nuestras amarguras, nos sentimos paralizados ante cualquier problema, entramos en etapas de aislamiento y de inacción e inutilidad, vamos centrándonos solo en nosotros mismos y ya seremos incapaces de apreciar los problemas que los otros tienen a nuestro lado.
No es el camino que Jesús quiere para nosotros porque es un camino que merma más y más nuestra vida, y Jesús quiere que tengamos vida y vida en plenitud. Y la vida en plenitud comienza por valorarnos a nosotros mismos y ser capaces de desarrollar todas las posibilidades, todas las capacidades que hay en nuestra vida, todos esos valores que nos harán crecer, ser nosotros mismos, pero también ser para los demás.
Hoy el evangelio nos habla de un milagro especial que Jesús realiza, un signo muy especial y que puede enseñarnos mucho. Había en Jerusalén una piscina muy cercana al templo, junto a la puerta por donde entran introducidas las ovejas o los animales para los sacrificios en el templo y por eso se llamaba Betesda, o la piscina de las ovejas.
Allí se agolpaba una multitud grande de impedidos, de discapacitados y enfermos de todas clases porque tenían la creencia que cuando el agua entraba en movimiento quien se sumergiera el primero en la piscina era curado. No todos los lograban. El evangelio nos habla de un hombre que llevaba 38 años en los pórticos de aquella piscina esperando un día ser el primero que se sumergiera en el agua. No lo había logrado por su discapacidad, otros se le adelantaban. Por si mismo parecía que él no podía hacerlo.
Es Jesús el que se acerca a aquel hombre. ‘¿Quieres curarte?’ Y el hombre le cuenta sus penas, le habla de su soledad, no tenia quien le ayudase, cada día se sentía mas imposibilitado. ‘Levantate, toma tu camilla y echa a andar’, son las palabras de Jesús. Que se levante por si mismo, que camine, que vaya de nuevo al encuentro con los suyos, que vaya a su casa, que cargue con su camilla. No tiene que quedarse allí postrado. El puede. El tiene que levantarse. El tiene que salir de allí. El tiene que ir de nuevo al encuentro con los demás.
No le vale quedarse encerrado en aquella soledad, no puede sentirse inútil. Su vida vale, con su vida es posible seguir haciendo muchas cosas y tiene que hacerlo; que cargue con su camilla, no la va a dejar allí para que otros la lleven. Es lo que Jesús hace con aquel hombre, es la vida nueva que va a tener a partir de su encuentro con Jesús. No se puede quedar ya encerrado en su soledad y en su aislamiento.
¿No será eso lo que nosotros también tenemos que hacer? No sigamos dando vueltas sobre nosotros mismos; salgamos de ese círculo en el que nos hemos metido y que nos aísla. Vayamos al encuentro con los demás que podemos hacerlo, desarrollemos nuestras capacidades, nuestros valores, comencemos a creer en las posibilidades que en nosotros mismo tenemos.
Es lo que Jesús quiere para nuestra vida. Levántate, toma tu camilla, echa a andar. Muchas cosas puedes hacer incluso con esa camilla de tu vida, porque ahí quizás hemos encerrado muchas cosas, les hemos cortado las alas a nuestras posibilidades. Jesús nos tiene la mano para que vivamos esa vida nueva. Es el milagro que quiere realizar en nuestra vida. 

lunes, 27 de marzo de 2017

Aunque no veamos cosas maravillosas y extraordinarias sepamos apreciar en nosotros la maravilla del amor del Señor presente siempre en nuestra vida

Aunque no veamos cosas maravillosas y extraordinarias sepamos apreciar en nosotros la maravilla del amor del Señor presente siempre en nuestra vida

Isaías 65,17-21; Salmo 29; Juan 4,43-54
La palabra dada siempre se ha considerado algo como sagrado que hay que respetar y que en toda persona honrada siempre hemos de creer. Entre nuestros mayores no hacían falta papeles escritos ni firmas de ningún tipo porque se creía en la palabra que se nos diera.
Creíamos en la persona, creíamos en su palabra; era algo de obligado cumplimiento. Tratando entre personas maduras y honradas siempre tendría que ser así, pero bien sabemos que ya no somos tan crédulos y nos entra fácilmente la desconfianza, quizás desde experiencias negativas que hayamos podido tener o contemplar en la vida. Ahora parece que siempre tenemos que exigir pruebas que nos confirmen aquello que se nos dice y nosotros dar pruebas que confirmen nuestra fiabilidad, nuestra honorabilidad. Tenemos que hacernos creíbles y hacer que siempre se puedan fiar de nosotros, pero hemos de aprender de nuevo quizás a confiar en los demás, a confiar en la palabra dada.
Son aspectos humanos en los que me gusta fijarme, cosas que pudieran parecer insignificantes pero que pueden mostrar de alguna manera también nuestra madurez humana, y que siempre queremos iluminar con la luz del evangelio. Jesús quiere que aprendamos a confiar los unos en los otros; el plan de vida que nos ofrece en que en verdad nos sintamos en fraternidad y en comunión crearía esas bases necesarias para esa confianza que mutuamente hemos de tenernos en la vida, y más cuando vamos caminando en el mismo barco, podríamos decir, vamos compartiendo la misma vida y este mundo en el que vivimos y que entre todos hemos de construirlo mas justo y mas humano.
En el evangelio vemos llegar a Jesús a Galilea. Recuerda el evangelista lo que Jesús ya había dicho que un profeta no es bien recibido en su tierra, pero sin embargo nos dice que los galileos lo reciben bien porque han oído lo que Jesús había realizado en Jerusalén en la fiesta de Pascua porque ellos también habían ido. Pero el evangelio quiere centrarse en algo más. Un funcionario de Cafarnaún se entera de que Jesús ha llegado y sube hasta Cana donde se encuentra Jesús para pedirle que baje a curar a su hijo que se estaba muriendo. Jesús accede pero le dice que vaya porque su hijo ya estaba curado. Y aquel hombre cree en la Palabra de Jesús y se puso en camino.
‘Como no veáis signos y prodigios, no creéis’, había comenzado diciendo Jesús. Pero ante la insistencia de aquel hombre, ante la fe que esta poniendo en Jesús, accede no ya a ir, sino a decirle que estaba ya curado su hijo. Pedía aquel hombre, es cierto el prodigio de que Jesús lo curara, quería que fuera a su casa, pero aquel hombre cree en Jesús, cree en su palabra. Cuando le salen al encuentro sus criados para decirle que su hijo ya esta curado nos dice el evangelista que creyó el y toda su familia.
¿Por qué creemos en Jesús? ¿Solo esperamos ver signos y prodigios para poner nuestra fe en El? ¿Nos fiamos de su Palabra? ¿Con que atención e interés la escuchamos? Aunque no veamos cosas maravillosas y extraordinarias sepamos apreciar, sentir en nosotros la maravilla del amor del Señor presente siempre en nuestra vida. Su amor que nos llena de vida, que nos sana y que nos salva, que nos hace abrirnos a Dios, pero que nos hace abrir también nuestro corazón a los demás. De tantas maneras se manifiesta el amor de Dios en nosotros, descubrámoslo también en la confianza que los demás tienen en nosotros y en el amor y confianza que nosotros pongamos también en los demás. 

domingo, 26 de marzo de 2017

Tenemos que dejarnos iluminar por la luz de la fe en el encuentro con Jesús para ser luz también que transforme las oscuridades del mundo que nos rodea


Tenemos que dejarnos iluminar por la luz de la fe en el encuentro con Jesús para ser luz también que transforme las oscuridades del mundo que nos rodea

1Samuel 16,1b.6-7.10-13ª; Sal 22; Efesios 5,8-14; Juan 9,1.6-9.13-17.34-38
Si caminamos a oscuras, con los ojos vendados, por un lugar totalmente desconocido para nosotros pero teniendo quizás a nuestro lado alguien que pueda percibir el lugar, las cosas con las que nos encontramos y queriendo orientarnos nos va explicando la dimensión de los objetos, el paisaje por el que pasamos, las cosas que van sucediendo en nuestro entorno, podríamos decir que nos vamos haciendo una idea aproximada de donde estamos o el lugar por el que atravesamos, pero realmente no tendríamos una seguridad absoluta de lo que hay o de lo que sucede en nuestro entorno; podríamos decir que vemos, no por nuestros ojos, sino por la apreciación del que nos explica las cosas lo que no nos daría certezas absolutas, aunque sin embargo nos pueden servir de mucha ayuda en esa búsqueda y deseo de la luz. Si en algún momento pudiéramos abrir los ojos para ver por nosotros mismos entonces si nos podríamos hacer una idea clara de lo que hay a nuestro alrededor y necesitamos, es verdad, quien nos ayude a abrir los ojos y comprender toda la riqueza y la belleza de la luz.
¿Iremos así caminando por la vida? Pudiera sucedernos de que a pesar de que llevemos bien abiertos los ojos de nuestros sentidos corporales, haya otra oscuridad que nos nuble en el sentido mas profundo de la vida y en muchas cosas iríamos dando palos de ciego. No son solo los sentidos corporales los que hemos de llevar debidamente abiertos sino que ha de ser nuestro espíritu el que ha de dejarse iluminar para poder descubrir claramente el sentido mas profundo de nuestra vida.
No es fácil en ocasiones por la ceguera espiritual nos puede aturdir de tal manera que ni siquiera desearíamos salir de ella para encontrar esa verdadera luz de nuestra vida. Alguna vez pudiera sucedernos que nosotros mismos no querríamos salir de esa oscuridad y nos negamos a aquello que pueda elevar nuestro espíritu, nos negamos a dejarnos iluminar por la luz de la fe. Sin embargo hemos de decir también que allá en lo mas hondo de nosotros mismos esta latente ese ansia de la luz que nos ilumine y nos eleve, de ese querer creer en quien pueda ayudarnos a encontrar la verdad de nuestra vida.
Hoy el evangelio nos habla de un ciego de nacimiento que allá en las calles de Jerusalén pedía limosna a los que pasaban. No sabe quienes son los pasan ante el; algunos compadecidos le dejaran sus limosnas, pero no entiende lo que hablan los que ahora están al paso de la calle ni lo que le han puesto en los ojos. Solo ha entendido que vaya a la piscina de Siloé a lavarse de aquel barro que han puesto en sus ojos. Ciego esta sin entender lo que le sucede, como ciegos están los que ahora no entienden y se preguntan del por que de su ceguera. ¿Será su pecado o el pecado de sus padres?, escucha que se preguntan y atina a escuchar que cuanto le sucede es para que se manifieste la gloria de Dios.
De Siloé vuelve el que ha sido ciego porque ha recobrado la visión de sus ojos, aunque todavía quedan algunas oscuridades en su interior que aparentemente se van a agrandar en la oposición y el rechazo que algunos van a manifestar  de cuanto le ha sucedido. Una y otra vez ira explicando a los fariseos y a los sumos sacerdotes que alguien ha llegado junto a el, ha hecho barro con su saliva, se la puesto en sus ojos y lo ha mandado a la piscina de Siloé a lavarse; de allí ha vuelto con la visión de sus ojos recobrada.
Será un costoso proceso el que se va desarrollando en su espíritu, porque va a reconocer que quien le ha hecho esto – aun no sabe que fue Jesús – será o no un pecador por Dios esta con El porque si no fuera así no se podría haber realizado aquel milagro. Para él tiene que ser un profeta o un hombre de Dios. Su confesión en la que su espíritu se va abriendo a la luz le va a producir dificultades, porque incluso será expulsado de la sinagoga por esa confesión que ya va haciendo de la fe que va naciendo en su alma. Será finalmente Jesús el que se acercara hasta el para dársele a conocer plenamente.
‘¿Crees tú en el Hijo del hombre? Él contestó: ¿Y quién es, Señor, para que crea en él? Jesús le dijo: Lo estás viendo: el que te está hablando, ése es. Él dijo: Creo, Señor. Y se postró ante él’.
Finalmente se le abrieron en plenitud sus ojos. Pudo hacer una confesión de fe en Jesús. Se dejó conducir y encontró la luz. Ahora todo adquiría un nuevo sentido y un nuevo valor. Sin embargo algunos creían ver y estaban ciegos, porque su espíritu no se abría a la luz de la fe para reconocer a Jesús.
Que no permanezcamos nosotros en esa oscuridad; que lavemos y limpiemos de verdad nuestros ojos no ya en la piscina de Siloé, sino en el que es en verdad el enviado y nuestro salvador. Es el proceso que también queremos ir haciendo ahora de manera mas intensa en este camino cuaresmal que estamos recorriendo. Dejémonos iluminar; que la Palabra de Dios vaya calando hondo en nosotros haciéndonos descubrir nuestra vida y también nuestras oscuridades, esas oscuridades de las que tenemos que salir para vivir con todo sentido la pascua. Muchas serán las cosas de las que tenemos que purificarnos. El Señor nos espera.
Pero no olvidemos que dejándonos iluminar por esa luz de la fe, por esa luz de Jesús nosotros tenemos que convertirnos también en portadores de luz para los que nos rodean. Muchas son las oscuridades de nuestro mundo y de muchas personas en nuestro entorno. Tenemos un compromiso con la luz, ser portadores de esa luz para cuantos nos rodean.

sábado, 25 de marzo de 2017

Veamos las señales y no nos confundamos sino seamos capaces de descubrir lo que nos lleva de verdad a encontrar el misterio de Dios en su Encarnación

Veamos las señales y no nos confundamos sino seamos capaces de descubrir lo que nos lleva de verdad a encontrar el misterio de Dios en su Encarnación

Isaías 7, 10-14; 8, 10; Sal 39; Hebreos 10, 4-10; Lucas 1, 26-38
Vamos por una carretera o por una autopista buscando un camino, buscando una dirección; tratamos de encontrar la señal que nos indique el camino, pero hay muchas señales en la orilla del camino, muchos carteles grandes y luminosos que nos hacen sus anuncios porque nos quieren llevar a algún sitio o que realicemos alguna compra como suele suceder con la publicidad; pero lo llamativo de esos carteles nos distraen, nos impiden quizás que nos fijemos en las verdaderas señales que nos indiquen el camino que realmente buscamos, y atraídos por esos signos publicitarios nos pasamos de largo, no nos fijamos en la señal que para nosotros seria importante porque parece que nos llama menos la atención y no encontramos realmente el camino que buscamos. Nos perdemos.
Así nos puede suceder en las señales que Dios va poniendo en nuestro camino de la vida; buscamos quizás cosas muy llamativas y no somos capaces de encontrar las señales de Dios que se nos manifestaran con mayor sencillez. Lo vemos tantas veces en el evangelio que la gente le pide a Jesús una y otra vez señales, signos, cosas extraordinarias, milagros que les llamen la atención y les hagan creer en El. Es así como se nos manifiesta el misterio de Dios y es lo que hoy estamos celebrando aunque nos pase un tanto desapercibido.
‘Cuando se cumplió el tiempo, nos dice la carta del apóstol, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley…’ Pudo Dios escoger otros caminos, otras cosas asombrosas, otros lugares quizás mas significativos, pero fue allá en aquella aldea pequeña y perdida de Galilea – ‘¿De Nazaret puede salir algo bueno?’ se preguntaría uno que era del pueblo contrincante Cana de Galilea - que poco podría significar frente a otros lugares mas importantes en la misma Galilea como podría ser Cafarnaún, o como podría ser Jerusalén donde estaba el templo, pero Dios envió a su mensajero ‘a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José… y el nombre de la doncella era María’.
Así, en un pequeño lugar, en una humilde casa probablemente adosada a una roca, a una doncella que estaba desposada, prometida en matrimonio, con un humilde artesano, se realizo el misterio grande de Dios, su Encarnación. Allí Dios comenzaría a ser ya para siempre Emmanuel, Dios con nosotros, en aquel hijo que se engendraba en las entrañas de María, que seria el Hijo del Altísimo, verdadero Dios y verdadero hombre, el Ungido de Dios (Mesías) anunciado y prometido desde la aurora de los tiempos, el que venia para ser el Salvador, la Salvación para todos y por eso llevaría el nombre de Jesús.
Nos sobrecoge la sencillez y la humildad, ahora tampoco repican las campanas del cielo ni los ángeles harán coro para cantar la gloria de Dios. En silencio, humildemente el Todopoderoso se hace pequeño, el Dios de los cielos se fija en la pequeñez y en la humildad de la que quiere no solo llamarse sino sentirse la esclava del Señor, y se realizan cosas grandes, cosas maravillosas porque Dios llega a nosotros con su salvación; Dios ha hecho pequeño, se ha encarnado en el seno de María y como hombre pero pobre entre los pobres quiere nacer, quiere hacerse presente entre nosotros, viene a caminar a nuestro lado, a compartir nuestra vida y a compartir su vida con nosotros.
Veamos las señales y no nos confundamos. Descubramos lo que nos lleva de verdad a encontrarnos con el misterio de Dios en su Encarnación. Es el misterio de Dios que hoy celebramos y todo ese misterio nos sobrecoge, nos hace sentirnos pequeños y a la vez grandes porque así nos sentimos amados de Dios. Como María nosotros no tenemos otra cosa que hacer que cantar las maravillas del Señor, darle gracias, abrir nuestro corazón para sentir a Dios con nosotros, para empaparnos de su amor, para llenarnos de su gracia que ya para siempre no vivamos otra cosa sino su misma vida.
Para muchos pasará desapercibido este día porque se fijaran en otras señales, pero hoy es un día grande y fijémonos en las señales sencillas que nos llevan a Dios; hoy es un día en que con todas nuestras fuerzas, con toda nuestra vida queremos cantar la gloria de Dios.

viernes, 24 de marzo de 2017

No nos vale decir ‘eso ya lo se’ sino traducirlo en las obras de amor de nuestra vida para vivir la congruencia de nuestra fe

No nos vale decir ‘eso ya lo se’ sino traducirlo en las obras de amor de nuestra vida para vivir la congruencia de nuestra fe

Oseas 14,2-10; Sal 80; Marcos 12, 28b-34
‘Eso ya lo se’, habremos dicho o habremos escuchado muchas veces. Quizás nos recuerdan algo que hemos aprendido desde chiquitos, nos lo están recordando ante una actitud o una postura que habremos tomado que no será la mas correcta, ‘eso ya lo se’ respondemos, pero nuestra actitud no cambia, seguimos haciendo lo mismo. Son incongruencias que aparecen una y otra vez en la vida y quizás no sabemos como remediarlo porque puede mas en nosotros la costumbre, la rutina, lo que siempre hemos hecho aunque no este en consonancia con aquellos principios y valores que todos conocemos y decimos que aceptamos; nuestra aceptación se queda en meras palabras, no se traduce en la vida.
Creo que esto nos daría para pensar mucho sobre nuestros valores y nuestros principios cristianos. Decimos que somos creyente como el que mas y en eso  no nos gana nadie, pero seguimos con nuestros apegos y ataduras, no siempre resplandece el amor, la generosidad, la solidaridad como tendría que brillar, guardamos en nuestro interior tantos sentimientos hacia los que no aceptamos o los que nos hayan podido molestar u ofender en algo en un momento determinado, nos aparecen muchas incongruencias en nuestra vida.
En el evangelio hoy hemos escuchado que un escriba se acerca a Jesús a preguntarle por el mandamiento principal. Si el era un escriba, un maestro de la ley eso era algo que tenia que tener muy claro. ¿Estaría intentando tentar a Jesús a ver como lo cogia en alguna cosa con la que desacreditarle o acusarle, como tantas  veces sucediera en personajes semejantes? En este caso el evangelista no hace referencia alguna.
¿Qué podía responder Jesús? Con lo que todo judío sabía muy bien porque así lo había aprendido desde pequeño y era como un credo que todo judío piadoso recitaba varias veces al día. Lo que estaba escrito allá en el libro del Deuteronomio. ‘Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser’. Y Jesús añade algo más, que también estaba en la Escritura Sagrada: ‘El segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay mandamiento mayor que éstos’.
El escriba se da por satisfecho con la respuesta de Jesús porque todo eso vale más que todos los holocaustos y sacrificios. Y será Jesús el que apostille entonces: ‘No estas lejos del Reino de Dios… haz esto y vivirás’. ¿Buscaba aquel hombre que era lo más importante? ¿Estaría quizás preguntándose en que se traducía aquel Reino de Dios que Jesús anunciaba?
Ahí lo tenia, Dios es nuestro único Señor y a El hemos de adorar, a El hemos de amar con todo nuestro corazón, con toda nuestra vida; pero esa adoración a Dios, ese amor a Dios sobre todas las cosas tenia que traducirse necesariamente en el amor al prójimo. No cabía uno sin el otro. No cabe el amor a Dios si no amamos de corazón a nuestro hermano; no podemos amar de corazón a nuestro hermano con toda la hondura que nos pide Jesús si no nos fundamentamos en el amor que le tenemos a Dios de quien recibimos gracia, de quien recibimos la fuerza del Espíritu para poder amar con un amor así.
Pero, como decíamos al principio, no nos vale decir ‘eso ya lo se’. Lo sabemos pero tenemos que hacerlo. Lo sabemos pero tenemos que traducirlo en las obras de amor de nuestra vida. Así romperíamos esa espiral de incongruencias en las que nos vemos metidos tantas veces en la vida.

jueves, 23 de marzo de 2017

Tengamos una mirada limpia porque hay en nosotros un corazón muy lleno de amor y seremos capaces de ver la bondad que resplandece en tantos a nuestro alrededor

Tengamos una mirada limpia porque hay en nosotros un corazón muy lleno de amor y seremos capaces de ver la bondad que resplandece en tantos a nuestro alrededor

Jeremías 7,23-28; Sal 94; Lucas 11,14-23
Parece que siempre tiene que haber alguien detrás que ande con sospechas, con segundas intenciones, desconfiando de todo, hasta de lo mas bueno que podamos hacer. En ocasiones somos especialistas para las sospechas, no creemos en nada ni en nadie porque siempre estamos viendo intenciones turbias; será quizás por anda turbio nuestro corazón y eso se convierte en un velo o un cristal con muchas manchas oscuras a través del cual miramos.
Desconfiamos de todo, de los vecinos, de los que desarrollan alguna responsabilidad y quizás los vemos actuar con éxito, de los políticos, de los que nos enseñan, o simplemente de los compañeros de camino en la vida, donde siempre estamos viendo unos intereses o unos deseos de ganancias. Pudiera ser cierto que en ocasiones pudiera haber personas que actúan mal y que no es oro todo lo que reluce, porque escondido en sus vidas pueda haber mucha maldad y hasta corrupción, pero eso no nos tiene por que llevar a desconfiar de todo el mundo. Es necesario que demos más votos de confianza en la vida, creyendo en las personas y descubriendo la bondad que hay en sus corazones.
De Jesús también desconfiaban; ya sabemos como andan sembrando cizaña los letrados y los fariseos queriendo crear desconfianza en torno a Jesús, a sus palabras y a las obras que realiza. Es lo que hoy vemos en el evangelio. Jesús había curado a un mudo, liberándolo de sus ataduras para que pudiera hablar. Ya sabemos como consideraban cualquier enfermedad o cualquier limitación como una posesión del maligno; por eso nos dice el evangelio que Jesús echo al demonio de aquel mudo para que pudiera hablar.
Pero allá andan los que siembran las semillas de la discordia y de la desconfianza, los que están viendo siempre dobles intenciones en lo que haga Jesús y no quiere ni reconocer su autoridad y su poder, ni ser capaces de ver la gracia de Dios que se manifiesta en Jesús. Lo que hace, piensan y dicen, es por obra del poder de los demonios. Vemos claro el contrasentido, un reino dividido no puede subsistir y si es por el poder del demonio por el que es arrojado de aquellos poseídos, mal le va a ir.
Una cosa que tenemos que ver clara aquí es la maldad del corazón de aquellas personas. Todas las cosas se ven según el color del cristal con que se mira. Como aquella mujer de la anécdota que criticaba siempre a su vecina porque decía que tendía la ropa a secar dejándole todas las manchas, hasta que un día el marido le dijo que lavara los cristales de la cocina desde donde veía el patio de la vecina, porque estaban muy llenos de suciedad y era la suciedad a través de la cual veía manchada la ropa de su vecina.
La maldad de nuestro corazón no hace mirar con desconfianza, nos impide creer en las personas, porque cree el ladrón que todos son de su condición, como dice el refrán. Limpiemos la suciedad de nuestro espíritu, miremos con mirada clara y limpia porque en nosotros no haya esa malicia y esa mala intención y seremos capaces de ver entonces la bondad de las personas, todo lo bueno que los otros realizan también.
Jesús curo a aquel mudo del evangelio liberándole de su mal; que el Señor nos sane, purifique nuestro corazón y seamos capaces de llenarlo de muchas  virtudes, de muchos valores, de muchas cosas buenas, de mucho amor y veremos entonces el amor de los demás, las cosas buenas que hacen tantos a nuestro alrededor.

miércoles, 22 de marzo de 2017

El mandamiento del Señor el mejor camino en el amor que nos conduce a la vida en plenitud y a la felicidad

El mandamiento del Señor el mejor camino en el amor que nos conduce a la vida en plenitud y a la felicidad

Deuteronomio 4,1.5-9; Sal 147; Mateo 5,17-19
Queremos vivir. ¿Quién me va a decir que no quiere vivir? Ya sé que algunos se pueden sentir aburridos de la vida y desesperanzados y pareciera que pierden las ganas de vivir; los problemas, las dificultades de la vida, las enfermedades, la carencia de medios de subsistencia, la perdido de un norte o de un sentido para la vida, muchas cosas que pudieran hacer que perdiéramos las ganas de vivir.
Pero todos queremos vivir, aunque luego cifremos ese vivir en diferentes cosas. Hay quien dice que quiere vivir en libertad y que nada le ate, nada le condicione, que pueda hacer lo que quiere o lo que le apetezca en cada momento. Fuera normas, fuera reglas, fuera leyes, todo aquello que yo creo que me condiciona mi libertad. Pero ¿no llegaríamos a un caos total si cada uno hace lo que le da la gana y no tiene en cuenta lo que es también la libertad de los demás?
Me voy a una isla desierta, para vivir solo sin que nadie me moleste o interrumpa mis deseos, piensan algunos y quizás están haciendo islas en su entorno y quieren vivir aislados de los demás, no quieren contar con nadie ni que nadie interfiera en sus vidas, pero ¿podrán vivir sin tener una relación con alguien, sin tener con quien compartir su felicidad? Algo caduco en lo que podemos caer, un sin sentido que a la larga me está haciendo perder algo que es esencial en el ser humano, que es la relación con los demás.
Pero seguimos diciendo que todos queremos vivir y para otros será distinto el sentido de ese vivir. Buscarán algo más hondo que les haga encontrar lo que les lleve a una plenitud en ese vivir. Andamos en búsqueda. Y nos daremos cuenta quizás que en ese aislamiento no vamos a encontrar esa felicidad para su vida, y nos daremos cuenta que no es solo hacer lo que me apetezca porque al final así nunca quedaré satisfecho, que ese caos no me llevará a ninguna parte.
Y es que no vivimos solos en el mundo ni estamos hechos para esa soledad que nos aísle permanentemente de los demás, de lo que nos rodea. Que la plenitud de mi ser no está en romper con todo lo que me relacione con los demás, sino en encontrar un sentido a esa relación y encontrar el camino para que en esa relación pueda ser feliz, pueda realizarme en plenitud, encuentre un sentido a mi vida por lo que luchar, por lo que caminar, por lo que vivir.
Es cierto que la vida la vamos llenando de tantas normas que nos pudieran parecer un corsé demasiado ajustado que nos moleste a caminar con soltura. Quizá nos reglamentamos demasiado en la vida y necesitaríamos ir a lo que verdaderamente es fundamental e importante. A causa de nuestras sinrazones y del caos que creamos con nuestros caprichos y orgullos haya sido necesario ponernos normas que de alguna manera nos obliguen a ir por un camino. Pero si llegamos a encontrar ese equilibrio en nuestra vida personal podremos lograr también un equilibrio en nuestras relaciones y no necesitaríamos tantas normas y preceptos.
Ha sido así en todos los tiempos y en todos los tiempos los hombres han sentido también esa rebeldía interior. Cuando apareció Jesús de Nazaret enseñando un nuevo sentido de vida, un nuevo estilo de mundo que El llamaba el Reino de Dios, también estaban esas voces de los que querían liberarse de normas y preceptos, mas cuando las clases dominantes en aquel momento daban tanta importancia a minucias que no la tenían y se habían cargado de esos preceptos y leyes.
Jesús viene a decir que El no ha venido a abolir la ley, sino lo que quiere es darle plenitud. Y es que Jesús venia a ayudarnos a descubrir el verdadero sentido del hombre, de la persona. De alguna manera estaba conectando con lo que les había dicho Moisés de parte de Dios, como  hoy hemos escuchado en el Deuteronomio. ‘Ahora, Israel, escucha los mandatos y decretos que yo os mando cumplir. Así viviréis y entraréis a tomar posesión de la tierra que el Señor, Dios de vuestros padres, os va a dar… Ponedlos por obra, que ellos son vuestra sabiduría y vuestra inteligencia a los ojos de los pueblos’.
Así viviréis… son vuestra sabiduría y vuestra inteligencia. ¿No decíamos al principio de esta reflexión que queríamos vivir? La ley del Señor es vida para el creyente. No es una carga ni una imposición. Es el camino que nos conduce a plenitud, a felicidad.
Fijémonos cómo si seguimos las pautas que nos va señalando el Señor en verdad seremos felices porque nunca haríamos nada que fuera en contra de los demás, que hiciera daño a los otros. Nuestra convivencia sería de lo más hermoso, y ¿en qué podemos encontrar mayor plenitud, mayor felicidad?  Nuestra verdadera sabiduría, nuestra mayor inteligencia, el mejor camino de la felicidad en el amor.

martes, 21 de marzo de 2017

El necesario perdón como camino de reencuentro, reconciliación y convivencia en paz para hacer un mundo mejor

El necesario perdón como  camino de reencuentro, reconciliación y convivencia en paz para hacer un mundo mejor

Daniel 3,25.34-43; Sal 24; Mateo 18,21-35
Hay ocasiones en que en nuestro orgullo herido cuando alguien ha podido hacernos daño o molestarnos en alguna cosa nos encerramos en nuestro resentimiento y rencor negando el perdón a quien nos haya ofendido, pensando quizá que con eso nos resarcimos de lo que nos hayan herido y con un sentimiento de venganza pensamos que es al otro a quien estamos dañando con nuestra negativa al perdón. Pero seamos sinceros, ¿a la larga cuál es el mayor daño que el que nos hacemos a nosotros mismos que en el fondo no llegamos a tener paz en nuestro propio corazón?
Efectivamente, seguimos haciéndonos en ese amor propio herido que mantenemos en nuestro corazón la misma pregunta que se hacia Pedro. ¿Cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano? Y nos escudamos quizá en la reincidencia del que una y otra vez quizá nos ha ofendido. En el fondo es no haber entendido el sentido de humanidad con que hemos de vivir y tratarnos los unos a los otros que tendría que llevarnos siempre a la comprensión y al perdón.
Somos y humanos y capaces del error porque no somos perfectos ni infalibles en todo lo que hacemos. Todos en la vida cometemos errores, tenemos la posibilidad de tener ese mal momento con el que podemos molestar, ofender, hacer daño a aquel con quien convivimos. Pero hemos de saber buscar siempre caminos de entendimiento, de reencuentro, de reconciliación.
Desgraciadamente vivimos en un mundo muy crispado en el que salta fácilmente la chispa cuando menos lo pensamos. La violencia está a flor de piel. Los resentimientos se mantienen demasiado en la memoria y con mucha facilidad sacamos cuentas antiguas. Parece que no hay manera de que nos reconciliemos para saber caminar juntos y entre todos ir construyendo un mundo de paz.
Esto lo palpamos en el día a día de nuestra sociedad a todos los niveles. Nos cuesta entendernos y cuando alguien piensa distinto a nosotros en lugar de tratar de entender lo que esa persona quiere expresar y con argumentos  expresar nuestra manera de ver las cosas, enseguida saltamos con el insulto, las palabras fuertes, las descalificaciones, la atribución al contrincante de no sé cuantos males o no sé de cuantas herencias que haya recibido de lo que se haya podido vivir en otras épocas. Es la crispación, repito, que palpamos en la vida social, en la política, en la convivencia incluso en el seno de las familias. Nunca aceptamos al que pueda pensar distinto y pueda ofrecernos otra visión de las cosas. Son esos orgullos latentes en nosotros que hacen aparición de tantas formas violentas en la vida.
Mucho nos da que pensar este evangelio que hoy se nos propone en este camino cuaresmal y que hemos de saber traducir al día a día de nuestra vida. Ese tema del perdón tiene unas repercusiones muy amplias en todo lo que es nuestra vida social y en la convivencia que hemos de vivir con los más cercanos a nosotros, pero también con todos los que formamos una misma sociedad y conjuntamos un mismo mundo.
Porque hablar del perdón nos está haciendo pensar en todos esos valores que hemos de cultivar para lograr convivir en paz y armonía con los que nos rodean; y eso significa comprensión y encuentro, diálogo y sinceridad, humildad en el trato y sencillez en nuestras relaciones, aceptación mutua y comprender que tenemos que hacer el camino juntos y entre todos cada uno aportando desde sí hacer que nuestro mundo sea mejor.

lunes, 20 de marzo de 2017

Con su silencio y fidelidad san José nos testimonia cómo hemos de vivir nuestra fe hoy aunque sean tiempos difíciles

Con su silencio y fidelidad san José nos testimonia cómo hemos de vivir nuestra fe hoy aunque sean tiempos difíciles

2Samuel 7, 4-5a. 12-14a. 16; Sal 88; Rm. 4, 13. 16-18. 22; Mt. 1, 16. 18-21. 24a
Cuando en la vida nos encontramos con caminos oscuros tenemos diferentes formas de reaccionar; ni todos reaccionamos de la misma manera, ni siempre reaccionamos en las mismas circunstancias. Habrá miedos que nos acobarden, valentías que nos hagan arriesgarnos, pasividad y resignación ante lo que nos sucede y que decimos que nada podemos hacer, o ignorancia que no nos haga darnos cuenta de la situación que nos haga insensibles, arriesgados innecesariamente, o nos encierre en nosotros mismos, y no pretendemos ser exhaustivos en posturas o reacciones. Son circunstancias de nuestra vida quizás, que nos lleven a encontrarnos en esa situación o que provoquen esas distintas formas de reaccionar.
Entendemos que no hablamos de un camino en lo físico o geográfico, sino que estamos pensando en los problemas que nos surgen, las dudas que nos pueden atormentar, las oscuridades de una vida a la que no hayamos encontrado sentido, el no tener metas claras en la vida por las que luchar, o las dificultades que encontramos para ser nosotros mismos y llegar a la plenitud de ser al que todos de una forma u otra aspiramos.
Hoy estamos celebrando – por la coincidencia del día 19 con el tercer domingo de cuaresma litúrgicamente celebramos a san José hoy día 20 – estamos celebrando, digo, a un hombre de una fe grande, podíamos decir extraordinaria que supo enfrentarse a esos caminos oscuros que le fueron apareciendo en su vida. Creo que en eso tendríamos que destacar de manera especial hoy a san José, el esposo de María, y el padre putativo de Jesús.
De san José decimos siempre que es el hombre del silencio, porque el evangelio no recoge en sus labios ninguna palabra; pero es el hombre del silencio que con su fe grande sí nos está hablando y mucho a los hombres de nuestro tiempo, como a los hombres de todos los tiempos. Decimos muchas veces que vivimos momentos difíciles como creyentes hoy en los derroteros por donde camina nuestra sociedad.
No es fácil muchas veces manifestarnos como creyentes o en otras ocasiones no sabemos bien cómo hacerlo. Y más en esta sociedad en que se quiere ridiculizar todo lo religioso o que suene a sentido cristiano de la vida, donde se quiere ir ignorando o incluso desterrando a Dios del ámbito de nuestra sociedad cuando también se quieren hacer desaparecer todos los signos religiosos que han ido marcando nuestra historia y la historia de nuestra sociedad.
Podemos sentirnos acobardados y encerrarnos en nosotros mismos o en nuestra piedad personal y no tener la valentía de manifestarla también exteriormente. Podemos ponernos a gritar y hacer gestos muchas veces estentóreos que realmente no tienen ninguna efectividad.
Pero tenemos que aprender a fortalecer nuestra fe para vivirla de manera valiente y sean nuestras actitudes y comportamientos los que la testimonien ante todo el que quiera tener los ojos abiertos. Nunca, por supuesto, podemos amargarnos, llenarnos de tristezas y de nostalgias pensando en otros tiempo que fueron mejores, sino que tenemos que se consecuentes con nuestra fe y vivirla valientemente en este mundo y en este momento que es el hoy de nuestra vida.
Hoy, en su fiesta, miramos a san José. No fueron momentos fáciles los que le tocó vivir; todo eran pruebas que se le iban sucediendo una tras otra a las que tenía que responder en cada momento y circunstancia. Dudas de María, su mujer, pero en donde en todo momento quiso ser un hombre bueno y justo que se confiaba en Dios, hasta que Dios se le manifiesta y se le descorre el velo del misterio que hasta entonces le tenia podríamos decir agobiado, porque creo que no podemos decir realmente angustiado.
Los problemas se suceden porque tiene que ponerse en camino para obedecer unos mandatos caprichosos de un gobernante, cuando no eran momentos propicios para aquel matrimonio con una mujer a punto de dar a luz. Problemas en las puertas cerradas y en la pobreza de su vida que le lleva a que su hijo tenga que nacer en un establo y por cuna darle las pajas de un pesebre. Problemas en la persecución que se desata a causa del nacimiento de aquel niño que le hará caminar como un exiliado hasta Egipto. Pero en todo momento la fe de José no vaciló. Dudaba, es cierto, en su interior, pero en su interior se quería confiar a los caminos del Señor que se le iban manifestando y que él seguía con fidelidad.
 Con su silencio nos está hablando José y grande es el testimonio que nos ofrece de su vida de fe, de su confianza en el Señor en las circunstancias propias de su vida en aquel momento, en la fidelidad con que sigue los caminos que el Señor va abriendo ante sus ojos.
Es la lección que tenemos que aprender. Aquí, hoy, en las circunstancias que vivimos también se nos abren caminos que el Señor nos señala y que hemos de vivir con toda fidelidad. Aquí, hoy, y en estas circunstancias tenemos que dar el testimonio de nuestra fe y hacer anuncio del Evangelio. Busquemos esos caminos, descubramos los planes de Dios, dejémonos iluminar y conducir por el Espíritu y encontraremos la mejor forma para dar ese testimonio con nuestras obras, con nuestros gestos, con nuestras actitudes, con nuestras palabras cuando sea necesario y también con nuestro silencio cuando el Señor así nos lo pida.
Que el ejemplo y el testimonio de san José nos ayude, y su intercesión nos alcance la gracia del Señor que nos dé fortaleza y valentía.

domingo, 19 de marzo de 2017

Para la mujer samaritana fue ya pascua porque fue un paso salvador de Dios por su vida junto al pozo de Jacob, pero hemos que hacer que hoy sea pascua también para nosotros

Para la mujer samaritana fue ya pascua porque fue un paso salvador de Dios por su vida junto al pozo de Jacob, pero hemos que hacer que hoy sea pascua también para nosotros

Éxodo 17,3-7; Sal 94; Romanos 5,1-2.5-8; Juan 4,5-42
Un encuentro aparentemente casual y una conversación que comienza por las necesidades perentorias de cualquier ser humano. Venia de camino desde Judea y hacían allí un alto para reponer fuerzas. Que mejor sitio que junto a un pozo de donde se pueda sacar agua y en la cercanía del pueblo en el que se podrían encontrar los necesarios alimentos. Pero no iba a ser un encuentro cualquiera y todo iría mucho mas allá de saciar una sed de agua o la recuperación de las fuerzas en un descanso.
Allí hay un encuentro de personas en que a pesar de las reticencias y desconfianzas de dos pueblos que no se entienden y se llevan mal, sin embargo la conversación va surgiendo en el interés de ese encuentro que se va a hacer comunicación profunda. Cuantas veces también tras un encuentro casual, tras unas elementales palabras de saludo y cortesía la conversación se va ahondando y se llega a encuentro personal, a un encuentro de corazones.
No siempre quizás lo sabemos hacer, porque vamos con nuestros intereses, quizás con nuestras desconfianzas, muchas veces también con reticencias y sacando a flote cosas innecesarias que puedan llevar a un enfrentamiento en lugar de un encuentro. Cuanto tendríamos que aprender, porque aprendiendo siempre hemos de estar en la vida.
Es que allí está Jesús que viene a nuestro encuentro, que viene a buscar a la persona sin prejuicios ni condenas previas porque El siempre quiere ofrecer vida y salvación. Tras la desconfianza de la mujer, en primer lugar hacia un hombre con el que no se hablaba en lugar descampado o apartado, pero también a causa de las rencillas o resentimientos entre judíos y samaritanos, comienza Jesús a ofrecer un agua que sacia plenamente. No será un agua como la de aquel pozo al que hay que venir todos los días a buscarla de nuevo, sino que será el agua que calmará la sed más profunda del hombre para siempre.
Le cuesta entender a aquella mujer, como nos cuesta entender a nosotros tantas veces que andamos con nuestras ideas y pensamientos y no terminamos de escuchar lo que se nos ofrece o se nos dice. Será cuando aquella mujer comienza a vaciarse por dentro de tantas cosas que le pesan en su corazón, de tantas dudas o de tantos tormentos como ha sido su vida, cuando comience a vislumbrar lo nuevo que le está ofreciendo Jesús, aunque ella sigue sin saber ni entender quien es el que le está hablando.
Nos cuesta vaciarnos de nuestro interior a veces tan recargado, porque quizá nos da vergüenza reconocer cuantas negruras podamos tener en el corazón; nos cuesta vaciarnos porque terminamos por acostumbrarnos a vivir así con esas corazas o con esos lastres dentro de nosotros sin darnos cuenta de la libertad que vamos a encontrar cuando en verdad nos liberemos de todas esas cosas.
No tendríamos que tener miedo a lavar el corazón. El agua que Jesús nos ofrece no solo calmará nuestra sed porque nos hará encontrar el sentido más hondo de lo que es nuestra vida, sino que también será un agua purificadora y un agua que nos llena de vida. Como aquella agua que manaba por debajo de la puerta del templo que decía el profeta y que allí por donde pasaba iba purificando de toda putrefacción, e iba haciendo surgir árboles rebosantes de hermosas y gustosas frutas.
Es lo que Jesús está haciendo con aquella mujer a la que le ayudará a encontrar el verdadero sentido de Dios a quien hemos de adorar en espíritu y en verdad sin necesidad de acomodarnos a un sitio o lugar determinado; es lo que va haciendo a aquella mujer que terminará reconociendo su vida desordenada y hará surgir el deseo en ella de una vida nueva; es lo que va haciendo en aquella mujer a la que llena de esperanza y la hará desear con todo sentido la venida del Mesías, que allí está ya para ella con su profundo sentido salvador.
¿Nos dejaremos hacer nosotros por Jesús? ¿Aceptaremos ese encuentro vivo y salvador con Jesús que viene a nosotros? Estamos escuchando y meditando este evangelio en medio del camino cuaresmal que vamos haciendo y que nos lleva a la pascua. El Señor está viniendo a nosotros para realizar su pascua salvadora en nuestra vida. Y ese paso de Dios con su salvación lo tenemos que ir viviendo ya, lo tenemos que ir viviendo en el hoy de nuestra vida.
Por eso cuando escuchamos este evangelio en este tercer domingo de cuaresma así hemos de dejarnos encontrar con el Señor. Viene a calmar nuestra sed, viene a purificarnos de ese hombre viejo que sigue estando en nosotros, viene a llenarnos de una nueva vida, a vivificar enteramente nuestro corazón para que en verdad demos frutos de santidad y de gracia.
Te invito a que como conclusión de esta reflexión que nos estamos haciendo vuelvas a coger el evangelio en este encuentro con Jesús y la samaritana y vuelvas a leerlo (Juan 4,5-42) pero poniéndote tú en el lugar de la samaritana; léelo y escúchalo en tu interior pausadamente dejando que afloren tus dudas, tus reticencias, tus desconfianzas también, tus rutinas, las suciedades del hombre viejo que llevamos ahí en nuestro corazón; dejémonos interrogar por el Señor al mismo tiempo que le vayamos haciendo nuestras preguntas, presentando nuestras dudas, confesando nuestras oscuridades; nos sentiremos llenos de una nueva luz, sentiremos el gozo del paso del Señor por nuestra vida, nos gozaremos en verdad con su salvación.

sábado, 18 de marzo de 2017

Aunque la vida se nos vaya de las manos y caigamos por la pendiente del mal pensemos siempre en quien nos espera porque confía en nosotros para ofrecernos el abrazo de su amor

Aunque la vida se nos vaya de las manos y caigamos por la pendiente del mal pensemos siempre en quien nos espera porque confía en nosotros para ofrecernos el abrazo de su amor

Miqueas 7,14-15.18-20; Sal 102; Lucas 15,1-3.11-32
Pareciera que la vida se nos va de las manos. Y no me refiero a la temporalidad y que un día se puede acabar todo porque nos llegue el final de los días cuando menos lo esperemos. La vida se nos va de las manos cuando no sabemos controlar, ni controlamos las cosas que nos vienen o que nos suceden, ni nos controlamos a nosotros mismos. Entramos en un mal camino y luego parece que todo es una pendiente donde no podemos detenernos y nos cuesta volver atrás, rehacer lo que hicimos mal, o más peligroso aun, casi no nos damos cuenta que estamos en esa pendiente que adquiere cada vez mayor velocidad.
Es cuando entramos en el camino del mal y nos cuesta reconocerlo, nos cuesta detenernos a pensar, a reflexionar, a revisar lo que estamos haciendo; nos cuesta reconocer nuestros tropiezos, nuestros errores, nuestras caídas. Muy mal tenemos que vernos  para que intentemos hacer una parada de reflexión. Quizás entonces comparamos como ahora estamos con lo que éramos antes, lo que seria nuestra vida si no hubiéramos caído por esa pendiente.
Pero ahora se nos hace cuesta arriba comenzar a recapitular, intentar comenzar de nuevo; parece que ni creemos en nosotros mismos ni creemos en que podamos ser aceptados por los demás; como también en nuestra cerrazón nos puede suceder que seamos nosotros los que no aceptemos a los demás y encima nos atrevamos a juzgar y a condenar. No queremos ver que al final pueda haber alguien esperándonos, alguien que siga creyendo en nosotros, alguien que, a pesar  de todo lo que hayamos hecho, pueda darnos un abrazo de confianza, que nos llene de paz, que nos haga en verdad comenzar una vida nueva.
Por eso no nos atrevemos a recomenzar el camino; le damos vueltas y vueltas, buscamos algún escape, alguna solución porque no confiamos en que puedan seguir confiando en nosotros; quisiéramos estar cerca de nuevo de aquellos que sabemos que nos amaban y desconfiamos si ahora nos siguen amando. Quizá hayamos tenido tantos fracasos con los que pensábamos que eran amigos y nos dejaron tirados, que ahora nos cueste comenzar a confiar de nuevo. Quizá al final nos atrevamos a dar algún paso y pensamos y repensamos qué es lo que vamos a decir, como nos vamos a disculpar, de qué manera y con qué cara nos atrevemos a pedir perdón.
Quizás al hilo de esta reflexión en voz alta nos estaremos dando cuenta de que es de lo que Jesús nos habla hoy en el evangelio con la parábola. Esa parábola en la que nos creemos que nosotros, o aquel en quien nos retratamos, es el protagonista. Pero el verdadero protagonista es aquel que está allá esperándonos, el que estaba esperando al hijo, porque para él seguía siendo su hijo aunque estuviera perdido, aunque pareciera que estaba muerto, y solo estaba esperando el primer gesto de querer volver para salir a su encuentro.
Somos protagonistas, es cierto, en parte, porque el verdadero protagonista es el Padre que nos está esperando; es el abrazo del amor misericordioso y compasivo de Dios que sigue confiando en nosotros, aunque nos hayamos marchado, aunque guardemos muchas amarguras en el corazón como le sucedía el hijo mayor. Porque hay dos retratos de hijos que en fin de cuentas son un mismo retrato de momentos distintos por los que pasamos en la vida. Pero el gran retrato que siempre hemos de tener en cuenta es el del Padre que nos espera, que nos ama, que nos da el abrazo de la reconciliación y de la paz, que se llena de alegría y nos hace entrar en una nueva orbita de felicidad porque nos ofrece un banquete nuevo de amor.
No dejemos que la vida se nos vaya de las manos y caigamos en esas pendientes; pensemos siempre en el amor de Dios que es siempre fiel en su amor y nos espera y confía en nosotros. Y aprendemos algo más, aprendamos a tener nuevas actitudes con el caído que podamos encontrarnos en el camino; seamos siempre capaces de tender una mano para ayudarlo a levantarse ofreciéndolo siempre la confianza del amor.