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sábado, 18 de octubre de 2014

Una buena noticia para los pobres vivida desde la comunión en que nos sentimos unidos en un mismo corazón y un mismo espíritu

Una buena noticia para los pobres vivida desde la comunión en que nos sentimos unidos en un mismo corazón y un mismo espíritu

2Tim. 4, 9-17; Sal. 144; Lc. 10, 1-9
‘¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la Buena Nueva, que pregona la victoria!’ Es la antífona de entrada de la liturgia de este día. Celebramos, sí, al mensajero, el evangelista, el que nos trae la noticia de la paz anunciada para todos los pueblos, el que nos anuncia la Buena Nueva de la Salvación, el que nos va a ayudar a proclamar a Jesús como el Señor cuando le contemplemos resucitado en su evangelio.
San Lucas, evangelista, al que hoy celebramos, discípulo que había sido de san Pablo y lo habían acompañado en sus viajes y en momentos incluso en que el apóstol se había quedado solo. ‘Solo Lucas está conmigo’, le dice en la carta a Timoteo. San Lucas, el primer historiador de la Iglesia, porque nos deja reflejado en el libro de los Hechos de los Apóstoles lo que fueron los comienzos de la Iglesia y gran parte de los recorridos de Pablo en sus viajes.
Lucas no había formado parte del grupo de los discípulos de Jesús ni en consecuencia del grupo de los Doce apóstoles; llegó al conocimiento de Jesús más tarde, probablemente en alguno de los viajes de Pablo, pero supo recoger el espíritu de la Buena Nueva de Jesús y nos trasmitió su evangelio, entrando incluso en detalles de la infancia de Jesús en que no entraron los otros evangelistas.
‘Muchos se han propuesto componer un relato de los acontecimientos que se han cumplido entre nosotros’, nos dice precisamente en el comienzo de su Evangelio; ‘me ha parecido también a mí, después de haber investigado cuidadosamente todo lo sucedido desde el principio, escribir una exposición ordenada…’ continúa diciendo en la dedicatoria que hace al ilustre Teófilo, ‘para que llegues a comprender la autenticidad de las enseñanzas que has recibido’.  Y así nos ha quedado su Evangelio, su relato de la Buena Noticia de Jesús.
En la oración litúrgica de esta fiesta se nos da la clave de lo que es el Evangelio y los Hechos de los Apóstoles que nos ha trasmitido san Lucas y que para nosotros es Palabra de Dios. Casi podríamos decir que es como una definición o una descripción de su obra. ‘Elegiste a San Lucas para que nos revelara con su predicación y sus escritos tu amor a los pobres’, nos dice en primer lugar.
‘Dichosos los pobres…’ así escuetamente nos dirá en la primera de las bienaventuranzas en el relato de Lucas. Pero allá en la sinagoga de Nazaret en el texto de Isaías que allí proclama Jesús dirá que el Espíritu está sobre El y lo ha ungido y lo ha enviado a anunciar el evangelio a los pobres. A lo largo de todo el evangelio veremos cómo Lucas nos va mostrando esa cercanía de Jesús para con los pobres, los enfermos, los que sufren.
‘Concede, a cuantos se glorían en Cristo, vivir con un mismo corazón y con un mismo espíritu’ es el segundo aspecto a destacar. Estas palabras de la oración copian, por así decirlo, la descripción que nos hace Lucas de lo que era la primera comunidad cristiana en Jerusalén. Es, por así decirlo, la traducción que nos hace del mandamiento del amor que ya nos vendrá reflejado a lo largo del evangelio y que Juan nos lo propondrá con mayor rotundidad. San Lucas nos lo traduce en hechos, en lo que vivía la primera comunidad cristiana espejo y reflejo de lo que ha de ser nuestra vida, la vida de nuestra comunidad cristiana, la Iglesia, hoy.
 ‘Concede… atraer a todos los hombres a la salvación’, decimos finalmente en la oración litúrgica. ‘Estaba escrito que el Mesías tenía que morir y resucitar de entre los muertos al tercer día, y que en su nombre se anunciará a todas las naciones, comenzando por Jerusalén, la conversión y el perdón de los pecados’, pone en labios de Jesús al final de su evangelio después de la resurrección. Y cuando comienza el relato de los Hechos de los Apóstoles san Lucas nos narrará que mientras van de camino al lugar de la Ascensión Jesús les dirá: ‘Vosotros recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los confines de la tierra’. Lo que continuará relatándonos en los Hechos de los Apóstoles responderá a este anuncio de la salvación a todos los hombres.
Tres aspectos que tendrían que revertir en compromiso en nosotros cuando estamos celebrando la fiesta del evangelista san Lucas. Pobres nos hacemos para abrir nuestro corazón a Dios, pero evangelio que hemos de llevar también nosotros a los pobres. El anuncio del nombre de Jesús y su salvación ha de ser la alegría que llevemos a tantos corazones atormentados. Recordemos cómo se llenaban de alegría los pastores de Belén, los primeros pobres a los que se llevó la Buena Noticia, cuando el ángel le anunciaba la Buena Nueva del nacimiento del Salvador.
Nueva comunión de amor que hemos de aprender a vivir entre nosotros ‘para vivir con un mismo corazón y un mismo espíritu’ que sea la traducción en nuestra vida del mandamiento nuevo del amor. Inquietud y espíritu misionero en nuestro corazón para llevar la alegría del evangelio a todos los hombres, más aún como estamos en vísperas de la celebración del Domund.

viernes, 17 de octubre de 2014

El discípulo de Jesús tiene un estilo propio de hacer las cosas y vivir que aprendemos del Evangelio

El discípulo de Jesús tiene un estilo propio de hacer las cosas y vivir que aprendemos del Evangelio

Ef. 1,11-14; Sal. 32; Lc. 12, 1-7
Mucha gente está alrededor de Jesús queriendo escucharle. Se agolpan en torno a Jesús como para no perderse ni una palabra de manera que dice el evangelista que ‘hasta se pisaban los unos a los otros’. Jesús parece como se que se siente muy a gusto rodeado de toda aquella gente que parece que va abriendo su corazón dejando ver lo que sentía en su interior y va desgranando recomendaciones y advertencias. Y es que sus discípulos han de tener otro sentido, otra manera de hacer las cosas.
No puede ser simplemente por lo que se palpa en el ambiente o por lo que hagan los otros. Muchas veces nos vemos influidos casi sin darnos cuenta. Y esto hemos de tenerlo muy presente hoy en el mundo que vivimos con las sutilezas de la publicidad, con las técnicas de comunicación que se emplean por todas partes tratando de influir, tratando de mentalizar cada uno desde sus intereses o su manera de ver las cosas y casi sin darnos cuenta se nos van empapando otros sentidos, otros estilos y terminamos hacemos una mezcolanza grande donde todo nos parece bueno, o simplemente aceptamos esto o aquello porque lo dijeron en tal sitio, en tal medio de comunicación, o lo vimos en no sé qué película o leímos en un libro. Nos quieren meter las cosas por los ojos, o tratan sutilmente de influir en nuestra manera de pensar y si no estamos bien atentos y bien preparados caemos en sus redes.
Jesús les dice a los discípulos reunidos en torno a El: ‘Cuidado con la levadura de los fariseos’. La levadura casi no se ve y se mezcla con la masa y sin darnos cuenta vemos cómo todo aquello comienza a fermentar. Ya nos dirá Jesús en otro momento del evangelio que el reino de los cielos es como el puñado de levadura que la mujer mezcla con la masa para hacerla fermentar. Pero hay levaduras y levaduras. Ahora les dice Jesús que tengan cuidado con la levadura de los fariseos.
¿Qué quiere decir Jesús? He hemos reflexionado recientemente que tenemos que hacer las cosas de corazón, que tenemos que ser auténticos y verdaderos, que no podemos andar con dobles caras. Pues es por ahí por donde van las palabra de Jesús hoy con una denuncia clara y fuerte. ‘Cuidado con la levadura de los fariseos, o sea, con su hipocresía’. El discípulo de Jesús no puede andar con esos dobles juegos ni con esas dobles caras; en el discípulo de Jesús no caben las mentiras ni los engaños. En una ocasión hasta sus mismos enemigos alaban a Jesús porque es veraz. Así tenemos que ser. No cabe en nosotros la hipocresía, como la de los fariseos, y tenemos el peligro de contagiarnos; y de eso quiere prevenirnos Jesús. El sentido de nuestro vivir es distinto; son otras las cosas de las que tenemos que dejar impregnar nuestro corazón, llenándolo del amor de Dios, de la gracia del Señor.
Son palabras fuertes y exigentes; palabras que pueden levantar ronchas, como se suele decir. A los fariseos que se creían tan justos y tan buenos no les caerían bien. Pero Jesús nos dice que no tengamos miedo. Ya Jesús les está anunciando que por proclamar la verdad del evangelio hasta la vida puede peligrar. ‘No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero  no pueden hacer más’. Y nos dice a los que hemos de temer, a los que pueden cambiar nuestro corazón para engañarnos y llenarnos de maldades. Esos son los peligrosos. Bien lo hemos comprobado a través de la historia de la Iglesia; bien lo habremos quizá podido comprobar y sentir en nuestras propias carnes con las incomprensiones de tantos y en la resistencia que encontramos cuando queremos hablar del Evangelio y queremos ser fieles a sus valores.
Pero Jesús nos dice que nos sentimos protegidos y fortalecidos en el Señor. El Señor es nuestra fortaleza y nuestra vida. Habla de los gorriones o de los pelos de la cabeza y nos viene a decir que nosotros valemos mucho más que todo eso. Por eso cuando tenemos que dar nuestro testimonio, cuando tenemos que proclamar la verdad del evangelio nos tenemos que sentir fuertes en el Señor, porque El no nos deja y nos abandona a nuestra suerte.
No nos podemos dejar cautivar por cantos de sirena; no nos podemos dejar engañar con otras sabidurías, porque nuestra sabiduría es la del amor, nuestra sabiduría la tenemos bien retratada en la cruz de Jesús. Porque es a Cristo, y éste crucificado a quien anunciamos no solo con nuestras palabras sino con la verdad de nuestra vida. Que la luz de su gracia nos ilumine.

jueves, 16 de octubre de 2014

Bendecimos a Dios y nos sentimos bendecidos por Dios, que nuestras buenas obras lleven a los demás a bendecir a Dios

Bendecimos a Dios y nos sentimos bendecidos por Dios, que nuestras buenas obras lleven a los demás a bendecir a Dios

Ef. 1,1-10; Sal. 97; Lc. 11, 7-54
Qué contraste entre la luminosidad que se nos refleja en el principio de la carta de san Pablo a los Efesios y las negruras que se nos describen en el texto del evangelio refiriéndose a la respuesta que daba el pueblo de Israel, y en especial está haciendo referencia a los fariseos, a lo que había sido la historia de amor de Dios para con su pueblo, la historia de la salvación.
En ese inicio de la carta a los Efesios que hoy comenzamos a escuchar de forma continuada todo son bendiciones por una parte primero para Dios que así nos ha amado y nos ha entregado a su Hijo para nuestra redención, para el perdón de los pecados; y luego por otra parte es el reconocimiento de las bendiciones de Dios para con nosotros en Cristo Jesús. ‘Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, nos dice, que nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bendiciones espirituales y celestiales’.
Bendecimos a Dios y nos sentimos bendecidos por Dios. Ha vuelto su mirada sobre nosotros y nos ha elegido en Cristo Jesús. Todo se convierte en bendición y en alabanza. Nos regala con su gracia que nos hace hijos, pero nos enriquece con toda clase de bendiciones para que seamos santos e irreprochables. Es un derroche de amor de Dios sobre nosotros que nos inunda con su gracia.
Todo esto nos tiene que hacer considerar muchas cosas para que en verdad con toda nuestra vida alabemos siempre al Señor, y todo sea siempre para la gloria de Dios. Eso nos tiene que impulsar a ser santos, aprovechando ese río de gracia que se desborda sobre nosotros. Esto ha de significar como toda nuestra vida siempre ha de estar centrada en Cristo. En El nos llega toda la bendición de Dios; por su sangre hemos sido redimidos; la fuerza de su Espíritu nos llena de la vida divina por lo que ya para siempre podemos llamarnos y sentirnos de verdad hijos de Dios.
Ojalá fuera así siempre nuestra vida. Ojalá siempre y en todo momento todo lo que hagamos sea para la gloria de Dios. Ojalá sepamos hacer las cosas, vivir nuestra vida de fe de manera que en todo ayudemos a los demás a descubrir ese regalo del amor de Dios que es su gracia y como todos nos sentidos bendecidos por el Señor para que todos aprendan a dar esa gloria del Señor en todo momento.
En las palabras que le hemos escuchado a Jesús en el evangelio denunciando la manera torpe de obrar de aquellos que le rechazaban en sus orgullos y en su pecado, señala también que en lugar de ayudar al pueblo desde el lugar que ocupaban en la vida social y religiosa del pueblo de Israel, ya porque fuesen sacerdotes o escribas, ya porque fuesen los dirigentes del pueblo de alguna manera, eran sin embargo un estorbo que entorpecían el camino de los sencillos en su querer acercase a Dios y ser fieles. ‘Ay de vosotros que os habéis quedado con la llave del saber: vosotros que no habéis entrado y habéis cerrado el paso a los que intentaban entrar’. Palabras de Jesús que le valieron el odio de aquellos ‘letrados y fariseos que empezaron a acosarlo y tirarle de la lengua, con preguntas capciosas, para cogerlo con sus propias palabras’.
Creo que esto tendría que hacernos pensar para que nunca nosotros seamos obstáculo para que los demás se encuentren con Jesús. No siempre los cristianos damos buenos ejemplos a los que nos rodean y con nuestra frialdad o nuestra desgana podemos estar incitando a los demás a que vivan también de una forma fría su vida cristiana. Quizá no le damos importancia en este sentido a lo que hacemos y escudándonos en que somos débiles y pecadores nos vamos dejando llevar. Eso puede arrastrar también a los que están a nuestro lado. Es una cosa que tenemos que cuidar.
Cuando decimos que somos testigos de nuestra fe ante los que nos rodean, esto es algo que tenemos que cuidar. Testigos de nuestra fe, serán las obras buenas las que tienen que resplandecer. Que no seamos obstáculo para que los demás también amen y sigan a Jesús.


miércoles, 15 de octubre de 2014

El testimonio de vida de santa Teresa sigue siendo un grito a la Iglesia de hoy para seguir buscando la fidelidad al evangelio

El testimonio de vida de santa Teresa sigue siendo un grito a la Iglesia de hoy para seguir buscando la fidelidad al evangelio

Eclesiástico, 15, 1-6; Sal. 88; Mt. 11, 25-30
‘Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío; mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo’. Es la antífona que nos propone la liturgia para comenzar hoy la celebración de esta fiesta de santa Teresa de Jesús. Sedienta de Dios buscó a Dios, lo encontró y se llenó de Dios, se transverberó en Dios en las más profundas cotas de contemplación mística.
Hace quinientos años nació en Ávila y allí a los veinte años se consagró al Señor entrando en el Monasterio de la Encarnación. Por eso estamos iniciando este año jubilar que celebra toda la orden de los Carmelitas y también toda la Iglesia de España con motivo de este quinientos aniversario de su nacimiento. Esperamos, incluso, que a lo largo del año el Papa Francisco, como lo ha prometido, se haga presente en Ávila y en Alba de Tormes, quizá en un viaje relámpago, en esta hermosa conmemoración que estamos haciendo este año.
Su vida fue una búsqueda de Dios, búsqueda afanosa y dura en momentos con sequedades en el espíritu, con momentos de crisis en que más buscaba la comodidad dentro del convento que el sacrificio hasta que se encontró con la sabiduría de Dios que le conduciría por altos caminos de santidad. Después de muchos años en el convento entre dudas y tormentos por fin convirtió totalmente su corazón a Dios y sintió que Dios la impulsaba por caminos de reforma y renovación no solo de su vida, sino también de los conventos del Carmelo. Había recorrido un largo camino de ascesis y de purificación subiendo poco a pocos las moradas de su Castillo interior hasta llegar al éxtasis supremo de su vida mística donde ya no vivía sino para Dios y para vivir plenamente unida a El.
Después de fundar el convento reformado de san José en la propia Ávila inició el camino de la reforma como mujer andariega por los caminos de Castilla y de España entera para ir multiplicando las fundaciones de los nuevos conventos nacidos de la reforma del Carmelo; tarea en la que se vio ayudada por otro gran santo reformador y místico también de la Orden del Carmelo, San Juan de la Cruz. Moriría en Alba de Tormes tal día como hoy en medio de sus grandes recorridos por los caminos de Castilla mientras se dirigía a Salamanca en esa tarea reformadora de la Orden del Carmelo.
 Bien podemos aplicar a santa Teresa lo que nos ha descrito el libro del Eclesiástico que escuchábamos en la primera lectura: ‘El que teme al Señor obrará así, observando la ley, alcanzará la sabiduría’. Buscaba a Dios y se encontró con la sabiduría de Dios; el Dios que se revela y manifiesta a los que son pequeños y humildes, como escuchábamos en el evangelio, llenó el corazón de Teresa cuando purificándose y liberándose de todos sus apegos tras un duro camino de ascesis, supo vaciarse de si misma  y Dios llenó e inundó su corazón.
‘La alimentó con el pan de la sensatez y le dio a beber el agua de la prudencia… la llenó de sabiduría e inteligencia…, para que abriera su boca en la Asamblea…’ podemos parafrasear el texto de la primera lectura viendo la misión que tuvo santa Teresa en medio de la Iglesia. Asumió ella su misión y ella la humilde monja del convento se convirtió en maestra de la sabiduría de Dios en medio de la Iglesia con sus escritos y con el testimonio de su vida y quiso ser fiel a Dios y a la Iglesia hasta su muerte. La Iglesia lo ha reconocido no solo proclamándola como santa a quien podemos y tenemos que imitar y que se convierte en intercesora nuestra en el cielo, sino también declarándola doctora de la Iglesia porque de ella podemos aprender esos caminos de la mística que nos conducen a la perfección más alta y a la unión más profunda con Dios.
El testimonio y la vida de santa Teresa sigue siendo un grito que resuena hoy en medio de la Iglesia también en nuestros tiempos. No eran fáciles los momentos que vivió la santa en su tiempo pero tuvo la energía y la fortaleza de Dios para emprender la reforma de aquella parcela de la Iglesia,  que era la vida religiosa en aquellas comunidades del Carmelo para que mantuvieran su fidelidad al evangelio y a lo que era el espíritu de la Orden Carmelita desde el principio, pero que había comenzado por la propia reforma de su corazón para que fuera totalmente para Dios.
Su testimonio y ejemplo nos ayuda en nuestros tiempos que también decimos en muchas ocasiones que son difíciles, pero que también son el tiempo de Dios hoy para nosotros y para nuestro mundo; ese tiempo de Dios en que también hemos de saber buscar y encontrar esas raíces del Evangelio, ese espíritu del Evangelio que debe impregnar todo el sentir de la iglesia y todo el sentido de nuestra propia vida que hemos de reconducir por caminos de mayor fidelidad y santidad.

Testimonio y ejemplo para la Iglesia hoy; testimonio y ejemplo que personalmente para cada uno se ha de convertir en llamada del Señor a esa renovación de nuestra vida por caminos de mayor fidelidad y santidad. 

martes, 14 de octubre de 2014

Centremos nuestra atención allí donde ponemos nuestro amor y seamos auténticos y sinceros en lo que hacemos en la vida

Centremos nuestra atención allí donde ponemos nuestro amor y seamos auténticos y sinceros en lo que hacemos en la vida

Gál. 5, 1-6; Sal. 118; Lc. 11, 37-41
¡Qué importante hacer las cosas de corazón! No nos podemos quedar en cumplir; no nos podemos quedar en las apariencias. Claro de corazón teniendo buen corazón, alejando de nosotros toda maldad. Nos hace ser más auténticos, más verdaderos. Nos ayuda a sentirnos más satisfechos de nosotros mismos. Si con un corazón bueno miramos a través de ese prisma a los otros estaremos contribuyendo a una mayor sinceridad en nuestra vida, en nuestras relaciones con los demás, los veremos con buenos ojos y estaremos contribuyendo a hacer un mundo más feliz.
Si actuamos desde la apariencia no siendo sinceros, esa misma insinceridad que estamos poniendo en nuestra vida nos hará desconfiar de los demás, porque estamos mirando bajo el prisma o a través del prisma de la malicia y de la falta de sinceridad y creemos que los otros también actúan así. Se tensan las relaciones, vivimos en un solapado enfrentamiento y en cualquier momento hasta puede saltar la violencia.
Vamos con demasiada acritud por la vida, somos excesivamente agrios, y esa acidez de nuestro espíritu amarga las relaciones entre unos y otros. Eso lo estamos viendo en el día a día de nuestra convivencia y de nuestra relación con los demás. Siempre andamos con sospechas, viendo malas intenciones en los demás, prejuzgando, saltando a la defensiva con violencia por cualquier cosa.
Fijémonos en el fariseo que invitó a Jesús hoy en el relato del evangelio que hemos escuchado. ¿Era una actitud de sinceridad la que mantenía aquel hombre con Jesús cuando sin decir nada, ni quizá haber ofrecido el agua de la hospitalidad a su llegada, estaba juzgando en su interior a Jesús porque no se lavaba las manos? Era la malicia que mantenía en su corazón aunque exteriormente quisiera quedar bien invitando a Jesús a comer a su casa.
Jesús se da cuenta. El conoce bien el corazón del hombre, pero además ante Jesús nada podemos ocultar porque El ve bien lo que tenemos por dentro. ‘Limpiáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro rebosáis de robos y maldades’, le dice Jesús. Es la denuncia que continuamente Jesús les hace y es por lo que los llama hipócritas; hipócrita es que tiene doble cara; eran las máscaras que se ponían los actores en el teatro clásico para hacer las representaciones.
¿Qué diría Jesús de nosotros? Seamos sinceros con nosotros mismos para escuchar sin tapujos lo que el Señor tiene que decirnos. El nos pide autenticidad; no podemos andar con representaciones; la vida no es un teatro, aunque muchas veces parece que eso es lo que hemos hecho, por nuestra falta de sinceridad. Seamos auténticos de verdad.
Y quiero añadir algo. Cuidemos nuestras prácticas religiosas y las oraciones que hacemos. No se trata de cumplir ritualmente con las cosas sino que tenemos que mirar la sinceridad de corazón con la que las hacemos. Aunque también tenemos otro peligro del que hemos de estar prevenidos. Lo decimos así, que lo que decimos o rezamos con los labios lo vayamos diciendo y sintiendo también en el corazón. Es un peligro y una tentación, porque la mente nos juega muchísimas veces montones de pasadas. Mientras con los labios estamos diciendo unas oraciones, repitiendo quizá una y otra vez, nuestra mente puede estar lejos pensando en otras cosas.
Oremos con paz en el corazón centrándonos de verdad en aquello que estamos haciendo. Que no nos quedemos en repetir mecánicamente unas oraciones, sino que hemos de poner todo nuestro espíritu, toda nuestra atención para estar de verdad en aquello que estamos haciendo. Repito es un peligro que tenemos todos mientras rezamos nuestras oraciones, mientras participamos en las celebraciones.
Centremos nuestra atención allí donde ponemos nuestro amor. Y cuando estamos rezando suponemos que todo nuestro amor está puesto en el Señor.

lunes, 13 de octubre de 2014

Piden signos y milagros, pero ¿los creyentes somos en verdad signos de Jesús ante el mundo que nos rodea?

Piden signos y milagros, pero ¿los creyentes somos en verdad signos de Jesús ante el mundo que nos rodea?

Gálatas 4,22-24.26-27.31–5,1;  Sal 112; Lucas 11,29-32
Piden signos, piden milagros; pedimos milagros, necesitamos signos; ¿qué es lo que necesitará nuestro mundo para creer? ¿Cómo será que tengamos que hacer el anuncio de Jesús para que el mundo crea? Preguntas, interrogantes que se hace la gente para creer, cuando llegan a hacérselas;  quizá podemos haber caído en una situación en que a muchos ya ni les interese el hecho religioso, no se pregunten por Dios, porque vivan muy cómodamente sin Dios.
Permítanme todo esto que voy diciendo porque son interrogantes que se me plantean por dentro, porque de todo eso podemos encontrar en nuestro entorno; ¿qué es lo que hacemos los cristianos para despertar la fe en los que nos rodean? ¿seremos signos con nuestra vida que atraigamos a los demás a la fe en Jesús? Muchas cosas que me van surgiendo en el interior.
En el evangelio hemos escuchado que Jesús se queja porque la gente de su tiempo no hacía sino pedir signos y milagros. No eran capaces de ver todas las acciones de Jesús. No llegaban a descubrir quien era realmente Jesús. Podían quizá sentir admiración; había cosas que decía y anunciaba Jesús que podían llamarles la atención. Quizá buscaban el milagro fácil que les resolviera las cosas sin poner de su parte demasiado esfuerzo. O quizá la petición de milagros era como una disculpa para no llegar a creer, para no comprometerse con una fe en Jesús.
Jesús les recuerda momentos de su historia, lo que ha sido parte de la historia de la salvación. Lo sucedido con Jonás que había sido enviado a Nínive a predicar la conversión de aquel pueblo para que no mereciera el castigo, tuvo miedo, quiso embarcarse en sentido contrario y se fueron sucediendo una serie de hechos, que tras haber sido devorado por un cetáceo se había decidido a cumplir su misión. Y la Palabra que anunciaba en Nínive, aquella gran ciudad, convirtió los corazones de los ninivitas. Lo que le había sucedido a Jonás se convirtió en un signo para aquellas gentes y se convirtieron. Ahora les dice Jesús que el signo de Jonás es también para ellos, pero no quieren aceptarlo. El haber sido devorado por aquel cetáceo y su vuelta vivo a la playa a los tres días se convertirá en un signo de la Pascua de Jesús. Pero no todos lo aceptarán.
Les habla también de la sabiduría de Salomón por quien la reina del sur había hecho largo viaje para escucharlo.  Ante ellos estaba la sabiduría divina porque Jesús es la Palabra viva de Dios y no lo creen. Se levantarán los ninivitas contra aquella generación; se levantará también la reina del sur contra ellos porque no supieron descubrir la Sabiduría de Dios que se manifestaba en Jesús.
Pero tenemos que hacer referencia a lo que ahora nos sucede en este mismo sentido. Es cierto que mucha gente sigue buscando milagros y parece que si no los tienen no llegarán a creer. Es el correr de las gentes adonde se enteran que sucedes cosas extraordinarias, o el acudir muchas veces a los santuarios de su devoción buscando aquel lugar donde se realicen más milagros. Pero aun así, ¿terminarán por creer de verdad?
¿Serán realmente milagros lo que necesite la gente o necesitará testigos? Creo que por ahí es por donde tendrían que ir las cosas, pero para que nosotros los creyentes nos interroguemos si en verdad somos testigos de nuestra fe ante los que nos rodean. Venimos a la Iglesia, participamos en muchas celebraciones, nos decimos que somos personas muy religiosas, pero realmente nuestra manera de actuar, nuestra manera de vivir nuestra fe y nuestros actos religiosos y hasta la participación en las celebraciones, ¿nos convierte en testigos de esa fe ante el mundo que nos rodea, ese mundo que decimos que está pidiendo milagros?
Creo que ese tendría que ser nuestro verdadero interrogante para los que estamos más cerca de la Iglesia o más comprometidos. Tenemos que ser testigos, nuestras vidas, nuestra manera de actuar, nuestro compromiso tiene que ser signo de salvación para los que nos rodean. Es importante que nos hagamos ese planteamiento y esa sea la respuesta que nos está pidiendo la Palabra del Señor que estamos escuchando. La rectitud de nuestra vida, el amor con que vivimos,  el compromiso por los demás y por hacer que nuestro mundo sea mejor, el complicarnos la vida en cosas buenas y justas, tienen que ser esos signos  de nuestra fe, para que los demás se interroguen por su vida, por su fe, y vayan en verdad en búsqueda de Jesús.

Que el Espíritu del Señor nos ilumine y fortalezca. 

domingo, 12 de octubre de 2014

Todos estamos invitados a participar en el banquete de bodas del Reino de Dios llevando el traje de fiesta de las actitudes nuevas del evangelio

Todos estamos invitados a participar en el banquete de bodas del Reino de Dios llevando el traje de fiesta de las actitudes nuevas del evangelio

Is. 25, 6-10; Sal. 22; Filp. 4, 12-14.19-20; Mt. 22, 1-14
Las imágenes con que nos describe la profecía de Isaías los tiempos mesiánicos son bellas y de una gran riqueza en su significado. Los comentaristas hablan de un sentido apocalíptico y escatológico de estos capítulos de Isaías. Cuando se emplea esta expresión apocalíptica no es en el sentido que comúnmente se tiene del Apocalipsis como de catástrofes terroríficas de los últimos tiempos, sino del sentido de revelación - eso significa la palabra Apocalipsis -y de esperanza para esos momentos de la plenitud de los tiempos con la llegada del Mesías y el establecimiento del Reino nuevo.
La imagen del banquete, como nos dice de manjares suculentos y enjundiosos y vinos de solera y generosos, expresa esa dicha nueva que se vivirá cuando aceptemos y vivamos el sentido del Reino nuevo anunciado y proclamado por el Mesías. Serán momentos donde ha de desaparecer todo dolor y todo sufrimiento y serán momentos de dicha y felicidad. ‘Arrancará el velo que cubre todo los pueblos - el velo del luto y del dolor - y aniquilará la muerte para siempre’, nos dice el profeta.
Por eso termina con una invitación a la celebración y a la fiesta por esa salvación que llega; ‘Aquí está nuestro Dios de quien esperábamos que nos salvara’. Tendríamos que escuchar con los oídos del corazón bien abiertos ese anuncio del profeta que sigue teniendo valor para nosotros hoy y que hoy llega a nosotros como Palabra del Señor.
Son palabras esperanza y anuncio de un sentido nuevo de la vida y de todo. ¿No es el evangelio Buena Nueva, noticia buena que nos anuncia el Reino nuevo de Dios? ¿No nos anuncia Jesús en las bienaventuranzas que seremos felices y dichosos? Es a lo que nos invita el Evangelio. Es el camino que hemos de emprender cuando decimos que creemos en Jesús y queremos seguirle. Es ese mundo nuevo que queremos construir y que si en verdad nos dejáramos conducir por el espíritu del evangelio estaríamos haciendo un mundo nuevo en el que podríamos ser más felices.
Pero, ¿aceptamos nosotros esa invitación y esa llamada que Jesús nos hace en el Evangelio? La parábola que hoy nos propone Jesús en el evangelio está haciéndonos una descripción de la respuesta que damos o que tendríamos que dar. Jesús utiliza en varias ocasiones esta imagen también del banquete para hablarnos del Reino de Dios. Nos habla hoy del rey que prepara la boda de su hijo y cuando lo tiene todo preparado manda a avisar a los convidados que el banquete está preparado para que vengan a la boda. Pero nos dice ‘los convidados no quisieron ir’.
Comienzan las disculpas e insiste el buen rey para que vengan los convidados. ‘Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses y todo está a punto. Venid a la boda’. Pero los convidados no solo no hicieron caso marchándose a sus cosas, sino que maltrataron a los mensajeros. Y ya hemos escuchado la reacción del rey ante tales desacatos.
‘La boda está preparada pero los invitados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos y a todos los que encontréis convidadlos a la boda’. Así lo hicieron y ‘la sala del banquete se llenó de comensales’, pues reunieron a todos los que encontraron.
Dos cosas a considerar en este momento de la reflexión para tratar de comprender todo su sentido y el mensaje que nos llega a nosotros a través de esta Palabra que el Señor nos dirige hoy. Por una parte, lo que ya hemos dicho en otra ocasión, esta parábola la dijo Jesús en aquel momento dirigiéndose en especial ‘a los sumos sacerdotes y a los senadores del pueblo’. Una primera lectura es esa denuncia que Jesús hace de lo que ha sucedido en la historia de la salvación y la respuesta que en aquellos momentos incluso estaban dando al mensaje de Jesús.
Aquellos anuncios del profeta se estaban cumpliendo con la presencia de Jesús, pues había llegado esa plenitud de los tiempos y el anuncio mesiánico en Jesús se estaba cumpliendo. El banquete del Reino de Dios lo tenían delante en Jesús pero al que no aceptaban y rechazaban. A otros había de anunciarse el Reino de Dios; para otros había de ser ese banquete del Reino de Dios. Ahora todos iban a estar invitados a participar en ese banquete, a todos se llamaba a invitaba a vivir la alegría y la fiesta de la salvación en el Reino de Dios que era, que es para todos.
Es la Palabra que llega a nosotros hoy; esa invitación a vivir el Reino de Dios, a realizar de nuestra vida y de nuestro mundo el cumplimiento y la realización de ese banquete mesiánico anunciado por el profeta que nosotros hemos de vivir. También nosotros somos llamados, estamos invitados. También a nosotros se nos dice: ‘Aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara: celebremos y gocemos con su salvación’. La mano del Señor está también sobre nosotros.
Claro que a nosotros también nos puede suceder como aquellos primeros invitados al banquete de boda de la parábola. Que tampoco aceptemos la invitación. Y hemos de reconocerlo; que no lo terminamos de aceptar, no terminamos de aceptar ese sentido del Reino de Dios al que Jesús nos invita en el evangelio y todavía en nosotros no se realiza en plenitud todas las características del Reino de Dios, de ese banquete mesiánico del que nos hablaba el profeta.
No hemos terminado de construir ese mundo nuevo de dicha y de felicidad para todos; aunque el Señor ha querido arrancar de nosotros esos velos de duelo y de muerte sin embargo seguimos con nuestros duelos, seguimos con nuestros apegos a tantas cosas que nos impiden ser felices de verdad en la felicidad del Reino de Dios; no terminamos de comprender y vivir todo el sentido de las bienaventuranzas. Aunque sabemos que aquí siempre lo viviremos de forma imperfecta y limitada como consecuencia de nuestra condición pecadora y solo en la vida eterna podremos vivirlo en plenitud, pero eso no nos quita para que vivamos comprometidos por ir haciendo de nuestro mundo ese reino de Dios.
Hay un detalle que llama la atención en la parábola y es que al rey pasear entre los comensales se encontró con uno que no estaba vestido con el traje de fiesta y fue arrojado fuera. Llama la atención porque hacemos quizá una interpretación literal como si fuera un vestido especial el que tenía que vestir precisamente quien había sido llamado entre los pobres que andaban mendigando por los cruces de los caminos.
No es un vestido físico o material del que aquí se habla. Podemos hablar de las actitudes interiores de nuestro corazón que hemos de tener cuando queremos aceptar el Reino de Dios. Primero que nada de conversión, de renovación de nuestra vida, de purificación. No olvidemos que lo que Jesús nos pide cuando anuncia el Reino es la fe y la conversión. Creer en la Buena Nueva y convertirnos a ese Reino de Dios realizando una verdadera transformación de nuestra vida. No son solamente bonitas palabras o buenos deseos, sino una actitud profunda de cambio para dejarnos transformar totalmente por el amor.
No siempre estamos con traje de fiesta en este sentido cuando venimos, por ejemplo, a nuestra celebración. No es solamente que para poder comer del banquete de la Eucaristía tenemos que hacerlo en gracia de Dios después de haber confesado nuestros pecados, sino que las actitudes y las posturas que tengamos en nuestra relación con los demás han de ser buenas, han de ser las del amor.
¿Cómo queremos participar del Reino de Dios cuando sigue habiendo  en nuestro corazón discriminación o desprecio hacia otros, cuando seguimos manteniendo resentimientos y rencores en el corazón, cuando no somos capaces de ser comprensivos los unos con los otros y perdonarnos y amarnos de verdad, cuando mantenemos actitudes egoístas y no compartimos generosamente? Es el traje de fiesta que nos falta. Y cuando nos falta ese traje de fiesta no estaremos participando de verdad de ese banquete del Reino de Dios, pues con actitudes así ni nosotros somos felices de verdad, ni hacemos felices a los demás.

sábado, 11 de octubre de 2014

Aprendamos a ser de los pequeños y de los humildes que ante la Palabra de Jesús la plantan en su vida y mereceremos la bienaventuranza de Jesús

Aprendamos a ser de los pequeños y de los humildes que ante la Palabra de Jesús la plantan en su vida y mereceremos la bienaventuranza de Jesús

Gál. 3, 22-29; Sal. 104; Lc. 11, 27-28
Repetidamente lo vamos viendo a lo largo del evangelio. Serán los pequeños y los sencillos, los humildes de corazón y los pobres los que sentirán mayor admiración por Jesús. De sus bocas saldrán siempre las mejores alabanzas, porque son los que tienen un corazón más abierto a Dios.
Los que se sienten hartos y satisfechos en si mismos, por las cosas que poseen o creen poseer o porque se ahogan en sus sabidurías no sentirán cómo se despierta la esperanza en su corazón porque ya les parece tenerlo todo, aunque realmente sean los que más vacíos están de las cosas que verdaderamente son importantes. Pero no nos ha de extrañar porque la Buena Noticia del Evangelio se anuncia precisamente a los que son pobres y verdaderamente tienen ansias en su corazón de cosas grandes. Serán los que son capaces de admirarse ante el misterio de Dios.
Como decíamos lo vemos prácticamente en cada página del Evangelio. Serán los que exclamarán ante las obras de Jesús que Dios ha visitado a su pueblo; los que ante su enseñanza y su manera de enseñar dirán que éste si habla con autoridad y nadie ha hablado como El; serán los que saltarán de júbilo aclamándolo tras las maravillas que Jesús va realizando, y será por lo que estaba anunciado que de los niños de pecho saldría la mejor alabanza.
Por algo, como hemos escuchado en otra ocasión, Jesús dará gracias al Padre ‘porque has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos y los has revelado a la gente sencilla’. Pero escucharemos también cómo en las bienaventuranzas Jesús llamará dichosos a los pobres y a los sufridos, a los que tienen hambre y sed y tienen ansias de paz y de misericordia, a los que tienen un corazón puro porque se han vaciado de todos los apegos y a los que quizá con más incomprendidos.
Así, fijándonos en estos detalles, podríamos recorrer muchas páginas del evangelio, como la que hoy se nos ha proclamado. Es una mujer sencilla en medio del pueblo pobre la que levantará su grito para la alabanza, aunque como saben expresarlo los sencillos alabando al que hace las cosas bien siempre surgirá la referencia a la madre que lo trajo al mundo. Es, repito, lo que hoy escuchamos. ‘Mientras Jesús hablaba a las turbas, una mujer de entre el gentío levantó su voz diciendo: ¡Dichoso el vientre que te crió y los pechos que te criaron!’
La alabanza que a través de Jesús iba dirigida a María, o la alabanza a la madre que quería ser dirigida al hijo de sus entrañas Jesús quiere redirigirla en una bienaventuranza que puede ser para todos. Por eso a las palabras entusiastas de esta mujer anónima, que si han surgido en su corazón fue porque su corazón estaba abierto a Dios y a la Palabra que ahora estaba escuchando y que llenaba y enriquecía su espíritu Jesús replica proclamando una nueva bienaventuranza y diciendo que ‘dichosos más bien los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen’.
Dichosa era aquella mujer anónima porque con tanto entusiasmo estaba escuchando la Palabra de Jesús que le enardecía el corazón y le estaba impulsando a plantarla en su vida.  Pero Jesús al replicar a aquella mujer a la que realmente está también alabando, redirige esa alabanza a María y a todos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen plantándola en su corazón. Es lo que había hecho María, la que está llena de Dios, porque se ha vaciado de si misma, de manera que ya no querrá ser otra cosa que la esclava, la sierva del Señor; María la que dice ‘sí’, la que acepta esa Palabra de Dios deseando que se cumpla en ella y el Espíritu Santo la envolverá con su sombra de manera que quien nazca de ella será la Palabra de Dios encarnada.
Es lo que tenemos que aprender a hacer nosotros. Como todos aquellos que vemos en el Evangelio que supieron abrirse a Dios y reconocer las maravillas del Señor. Vaciarnos de nosotros mismos, para poder llenarnos de Dios; presentarnos pequeños y humildes delante de Dios para acoger su palabra y así mereceremos ser ensalzados, porque el que se humilla será enaltecido. Y seremos enaltecidos nosotros, seremos dichosos cuando nos llenemos de Dios porque así, como María, acojamos esa Palabra que se encarne en nuestra vida. ¿No decimos que somos otros Cristos porque para eso fuimos ungidos en el Bautismo? Dejemos que el Espíritu de Dios envuelva también nuestra vida y así acojamos la palabra de Dios en nosotros haciéndola vida de nuestra vida.

viernes, 10 de octubre de 2014

Limpiemos de malicia nuestro corazón y mantengamos la intensidad de nuestra vida espiritual para no volver a caer en la tentació

Limpiemos de malicia nuestro corazón y mantengamos la intensidad de nuestra vida espiritual para no volver a caer en la tentación

Gál. 3, 7-14; Sal. 110; Lc. 11, 15-26
Todos hemos escuchado más de una vez que vemos las cosas según el color del cristal con que se mira, pero también podemos añadir lo que le sucedía a cierta persona que detrás de la ventana de su casa miraba el patio donde su vecina tendía a secar las sábanas recién lavadas, pero la criticaba porque decía que su vecina lavaba mal las sábanas y las tendía llenas de suciedades y manchas; un día su marido abrió la ventana a través de la cual ella miraba y juzgaba a su vecina, pero se dio cuenta que las sábanas no estaban manchadas, sino que eran los cristales de su ventana los que estaban manchados y esas eran las manchas que ella pretendía ver en la ropa tendida de su vecina.
Así nos pasa muchas veces cuando miramos a los demás, pero los ojos de nuestra alma están manchados, porque es nuestro corazón el que está lleno de maldad y de muchas cosas malas y no seremos capaces de ver lo bueno y hermoso que puede haber en los demás, sino que todo lo pasamos por el cristal o el filtro de nuestra malicia.
Hoy vemos en el evangelio que Jesús realiza el milagro de la expulsión de un demonio de una persona; pero, ¿cuál es la reacción en muchos de las personas que ven realizar aquel milagro de Jesús? ‘Si echa los demonios, decían, es por arte de Belcebú, el príncipe de los demonios' La malicia que había en su corazón les impedía descubrir lo bueno que hacía Jesús. Y aún después de los milagros que Jesús realizaba, le pedían una y otra vez un signo.
Tenemos que descubrir cual es de verdad la acción de Jesús y ser nosotros, los primeros que nos dejemos liberar por Jesús de todo ese mal que dejamos meter en nuestro corazon y que de tal manera nos esclaviza. La presencia de Jesús en el mundo es el principio de ese mundo  nuevo, que llamamos Reino de Dios, para que en verdad Dios sea el único Señor de nuestra vida.
Cristo viene a liberarnos del mal, pero  nos sentimos tan esclavizados por ese mal que nos resistimos a dejarnos liberar por Jesús. Buscamos disculpas, pedimos plazos, lo queremos dejar para otro momento y así nos vamos resistiendo. Resistencia que se puede convertir en oposición. Es lo que sucedía con aquellos que vemos en el evangelio que no solo no reconocen la obra de Jesús, sino que atribuyéndosela al maligno quieren como desprestigiar a Jesús. Cuántas veces nos suceden cosas así en nuestra vida. Nos cuesta arrancarnos del mal aunque sintamos la llamada clara de Jesús en nuestro corazón. 
Cuidemos mucho la respuesta que le damos a la llamada que el Señor nos va haciendo allá en lo profundo de nuestro corazón. Tenemos la experiencia también, y de ello quiere hablarnos Jesús con las recomendaciones que nos hace en el evangelio, que quizá en un momento determinado ayudados por la gracia del Señor decidimos cambiar y mejorar nuestra vida, reconociendo nuestros errores, tratando de corregir lo que hacemos mal, queriendo vivir la gracia del Señor y así íbamos avanzando poco a poco en nuestra vida espiritual. Pero en un momento determinado parece que todo se vino abajo, una tentación fuerte, un mal momento de nuestra vida, y volvimos a la situación anterior.
¿Qué nos había pasado si tan seguros nos sentíamos en nuestra vida que queríamos mejorar? Algo quizá habíamos abandonado en nuestra vida espiritual, quizá dejándonos llevar porque las cosas nos iban bien, abandonamos las precauciones y pronto volvieron las tentaciones y el peligro y porque quizá había comenzado a aparecer la tibieza espiritual en nuestra alma, pronto caímos y quizá de forma peor en las mismas cosas que queríamos corregir.
Es de lo que nos habla hoy Jesús en el evangelio cuando nos habla de ese espíritu maligno que vuelve con más fuerza a nuestra vida y arrasa con todo en nuestra vida espiritual. Es la vigilancia que hemos de mantener para no caer en la tentación; es la intensidad con que tenemos que seguir viviendo nuestra vida espiritual; es la perseverancia y constancia en nuestra oración para sentir fuerte en nosotros esa gracia del Señor. 

jueves, 9 de octubre de 2014

Una oración hecha con fe, con la confianza de los hijos y la perseverancia de los que se sienten amados siempre es escuchada

Una oración hecha con fe, con la confianza de los hijos y la perseverancia de los que se sienten amados siempre es escuchada

Gál. 3, 1-5; Sal.:Lc.1, 69-75; Lc. 11, 5-13
Le habían pedido a Jesús que los enseñara a orar, ‘como Juan enseñaba a sus discípulos’, y Jesús les había enseñado a saborear el que llamaran y reconocieran a Dios como Padre. Normalmente decimos les enseñó el padrenuestro, bien sabemos que lo que Jesús quería enseñarles era algo más que una fórmula de oración para repetir; para eso ya tenían los salmos inspirados por Dios mismo contenidos en la Escritura. Era un sentido de Dios y un nuevo sentido de encuentro con Dios lo que Jesús quería trasmitirles. De la misma manera que El se sentía unido en el amor del Padre, así quería que fuera en quienes creyéramos en El. Y nos dejó ese sentido de oración.
 Pero continuó Jesús hablándoles de la oración. Ahora quiere enseñarnos Jesús cuáles son las actitudes interiores para la oración. La primera actitud es la constancia y la perseverancia en la oración, que Jesús nos la muestra con la parábola del amigo inoportuno en la que se revela la necesidad de orar con insistencia y perseverancia sin desfallecer. Es importante esa constancia y esa perseverancia. A veces parece que nuestra oración no es escuchada, pero no debemos desanimarnos porque a fuerza de insistir el amigo inoportuno consigue los panes que necesita. Por eso Cristo nos dice: ‘pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá’.
Algunas veces aunque decimos que venimos con fe a nuestra oración sin embargo nos flaquea nuestra fe. Lo primero que tenemos que hacer y sentir es nuestra fe; creer que nuestra oración es un encuentro vivo con Dios que es nuestro Padre; nos es necesario comenzar por ese acto de fe; interiorizar bien que estamos en la presencia de Dios, de un Dios que nos ama porque es nuestro Padre y, como decíamos, saboreamos su presencia y su amor. Y desde ahí  surge la perseverancia de nuestra oración. Aunque haya momentos en que quizá estemos como más fríos o más distraídos, tratemos de interiorizar bien esa presencia del Señor y esa riqueza de su amor.
Y en aquello que le pedimos lo hacemos con la fe y la confianza de los hijos que se sienten amados y en consecuencia escuchados en aquello que pedimos. Si de entrada vamos ya desconfiando, pensando que no vamos a alcanzar aquello que le pedimos al Señor, es que nos está faltando esa fe. Por eso, esa necesaria perseverancia en nuestra oración, una y otra vez como aquel que fue a pedirle el pan al amigo para la visita que le había llegado, según la pequeña parábola que nos propone Jesús.
Esa confianza en que Dios nos escucha y nos dará lo que mejor necesitamos. La confianza de los hijos que saben que el padre les va a dar incluso más de lo que le pidan. Mantengamos la paz en el corazón sabiendo que Dios nos concederá siempre lo que más nos conviene, que es sobre todo, su Espíritu Santo, el cual nos ayudará a afrontar y aceptar los acontecimientos de nuestra vida: ‘Si vosotros que sois malos sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre del Cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?’
Escuché en una ocasión esta pequeña anécdota. En una ocasión, un niño muy pequeño hacía grandes esfuerzos por levantar un objeto muy pesado. Su papá, al ver la lucha tan desigual que sostenía su hijo, le preguntó: “¿Estás usando todas tus fuerzas?”“¡Claro que sí!”, contestó malhumorado el pequeño. “No es cierto - le respondió el padre - no me has pedido que te ayude”.
¿Nos sucederá así a nosotros alguna vez? Con confianza y con fe sepamos acudir a Dios nuestro Padre que siempre nos atiende. Decimos muchas veces en nuestro camino de superación que no podemos, que los problemas son superiores a nuestras fuerzas, que quizá la enfermedad o las limitaciones que nos van apareciendo en la vida con los años nos llenan de amarguras y desesperanzas, que nos cuesta mucho arrancarnos quizá de una mala costumbre, que se nos hace difícil el trato y la convivencia con determinadas personas que quizá se nos atraviesan y nos caen mal.
¿Hemos contado con el Señor? ¿Pensamos realizar el camino de nuestra vida por nuestra cuenta y solo con nuestras fuerzas? ¿Nos olvidamos que Dios es el Padre bueno que está ahí a nuestro lado y nos dará siempre su fuerza y su gracia?

miércoles, 8 de octubre de 2014

Cuando nos enseña a orar Jesús nos da algo más que una fórmula porque nos enseña a saborear que Dios es nuestro Padre

Cuando nos enseña a orar Jesús nos da algo más que una fórmula porque nos enseña a saborear que Dios es nuestro Padre

Gál. 2, 1-2.7-14; Sal. 116; Lc. 11, 1-4
El ejemplo es la mejor motivación que podemos tener para desear algo bueno. No basta quizá que nos digan que tenemos que hacer una cosa para que nos entren deseos de hacerla. Cuando contemplamos a aquel que nos está sirviendo de referencia para nuestra vida hacer eso bueno, surgirá en nosotros el deseo también de querer hacerlo.
Jesús había hablado y hablaría muchas veces a lo largo del evangelio de que tenemos que orar y que tenemos que orar con constancia y sin desanimarnos. Allá en el sermón del monte que tenemos como referencia de un resumen del mensaje de Jesús tenemos extensos párrafos en los que Jesús nos habla de cómo hemos de orar.  Pero será ahora cuando los discípulos lo ven orar cuando va a surgir ese deseo de aprender a orar como Jesús. ‘Una vez que Jesús estaba orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos’.
Era normal que el Maestro o guía espiritual enseñara a orar y le imprimiera su estilo a la  oración, aunque ahora cuando le piden que les enseñe a orar Jesús podía haberles dado como referencia lo que era la oración de los judíos y que estaba reflejada en la Escritura. Cada sábado precisamente se reunían en la sinagoga para escuchar la Palabra y para rezar los salmos que era, por así decirlo, la oración oficial de los judíos. Jesús también hacía esa oración cuando acudía los sábados a la Sinagoga, y lo veremos que en la cruz, aunque recordamos solo el principio en una de sus palabras, recitó también un salmo de confianza en la providencia de Dios, poniéndose en sus manos.
Le piden a Jesús que les enseñe a orar. Y Jesús quiere darle algo más que una fórmula para que aprendan a orar. No es un rezo repetitivo lo que Jesús quiere enseñarles a hacer, sino que en verdad sea una oración en que nos pongamos en manos de Dios, saboreando en verdad que Dios es nuestro Padre que nos ama. Las palabras que le escuchamos decir hoy a Jesús en este evangelio de san Lucas son más breves que las del texto paralelo de san Mateo que nos ha servido más para utilizar como fórmula de nuestra oración, aunque tienen el mismo sentido.
Jesús nos quiere enseñar a llamar y a reconocer a Dios como Padre. Será la palabra por la que hemos de comenzar a dirigirnos a Dios. Pero es una palabra que no podemos decir de cualquier manera porque encierra mucho. Reconocer a Dios como Padre es reconocer su amor y no un amor cualquiera; es reconocerle en verdad como el Señor de nuestra vida porque nos ha ganado con su amor. Reconocer a Dios con ese nombre de Padre entrañará ya como consecuencia nuestro amor para corresponder y ese amor va todo nuestro respeto, el honor y la gloria que hemos de tributarle, el querer vivir ya para siempre sintiéndole así como Padre y viviendo en consecuencia. ‘Santificado sea tu nombre, venga tu reino’, nos enseña a decir a continuación.
Cuando reconocemos a Dios como Padre porque así estamos experimentando su amor con confianza nos ponemos ante El con nuestras necesidades y deseos. ‘Danos cada día nuestro pan del mañana’, nos enseña a decir Jesús. Nos recuerda lo que sucedía cuando peregrinaban por el desierto y el Señor los alimentaba con el maná cada día; solo podían coger la ración del día para los que formaban una misma casa o una misma familia; esa era la medida, no se podía coger para que sobrara  sino solo lo que se necesita cada día.
Como tendríamos que aprender porque cuando pedimos para que lo que deseamos son sobreabundancias como si no tuviéramos en sobreabundancia no faltaría para comer. ‘El pan nuestro de cada día, danosle hoy’, decimos en la oración del padrenuestro. No mi pan, ni el pan de la sobreabundancia, sino el pan de cada día, como hemos reflexionado también últimamente, y el pan nuestro porque será el pan del compartir. Cuándo aprenderemos a tener esa generosidad y disponibilidad de corazón. 
Finalmente nos enseña algo importante para nuestra oración. En nuestro corazón han de caber todos, lo mismo que en nuestra oración. Por eso cuando le pedimos perdón al Padre, porque no siempre quizá hayamos vivido totalmente en su amor - qué pecadores somos tantas veces - ponemos por delante por así decirlo nuestro deseo y voluntad de perdonar siempre nosotros a quienes nos hayan ofendido.  ‘Perdónanos… también nosotros perdonamos a todo el que nos debe algo…’ también estamos siempre dispuestos a perdonar a quienes nos hayan podido ofender.
Y una cosa importante para concluir nuestra oración. A Dios, nuestro Padre, acudimos desde nuestras necesidades, pero no son solo las necesidades materiales - el pan de cada día - sino también acudimos en nuestras luchas y en nuestros esfuerzos por ser buenos, por vivir en ese amor, para querer vivir de verdad como hijos y como hermanos. Pero es algo que nos cuesta, porque somos así; por eso le pedimos que nos libre del mal, que no nos fortalezca frente a la tentación.
Cómo tiene uno que salir reconfortado después de una oración así, donde de tal manera nos sentimos queridos por nuestro Padre Dios y donde estamos queriendo vivir en su amor,  gozándonos de su presencia de Padre. Que sea así siempre nuestra oración.

martes, 7 de octubre de 2014

Oramos con María y aprendemos del misterio de Cristo empapándonos del evangelio

Oramos con María y aprendemos del misterio de Cristo empapándonos del evangelio

Hechos, 1, 12-14; Sal.:Lc. 1, 46-54; Lc. 1, 26-38
‘Todos ellos se dedicaban a la oración en común, junto con algunas mujeres, entre ellas María, la madre de Jesús, y con sus hermanos’. Es lo que hemos escuchado en el texto sagrado tomado de los Hechos de los Apóstoles cuando nos habla de quienes estaban reunidos en el Cenáculo en la espera del cumplimiento de la promesa de Jesús, el envío del Espíritu Santo.
Nos viene bien este texto en esta fiesta de María que hoy celebramos, la fiesta del Rosario, la fiesta de nuestra Señora del Rosario. Una fiesta que como sabemos fue instituida por el Papa san Pío V tras la batalla de Lepanto, donde la cristiandad europea se vio liberada del invasor turco con la intercesión de la Virgen María a quien toda Europa invocaba con el rezo del Rosario.
Una forma de oración que había mantenido la fe del pueblo cristiano desde muy antiguo y sobre todo en las nebulosidades de la edad Media. Cuando el pueblo no podía participar en la oración de la Iglesia por su ignorancia de la lengua con que se realizaba la liturgia pues habían ido apareciendo las nuevas lenguas en los distintos pueblos y ya el latín no era la lengua del pueblo, cuando era muy escasa la formación que se tenía el rezo del rosario sirvió con la meditación de los distintos misterios de la vida de Jesús para mantener viva la fe del pueblo al tiempo que era como una catequesis que se iba recibiendo mientras se rezaban los distintos misterios del Rosario.
No es solo la repetición de unas avemarías cual piropos a la Virgen que en nuestro amor le dedicamos una y otra vez, sino que se enunciado que se hace en cada uno de los misterios nos ha de servir para contemplar y meditar esos distintos momentos de la vida de Cristo y de María en su relación con el misterio de la salvación donde nos iremos impregnando poco a poco del espíritu y sentido del Evangelio.
Es hermoso, es cierto, repetir como piropos esas avemarías a la Virgen nuestra Madre en el amor que le tenemos, pero no nos podemos quedar ahí. Es muy importante ese enunciado que hacemos del Misterio de Cristo, porque se ha de quedar como gravado en nuestra mente para contemplarlo y meditarlo a la sombra de la presencia de María. No quiere la Virgen que nos quedemos en ella, sino que siempre María quiere conducirnos a Jesús. Es lo que tenemos que vivir con toda intensidad mientras rezamos el rosario, para que no se nos quede en una repetición monótona y rutinaria.
No puede ser el rezo del Rosario algo que hagamos como a la carrera porque tenemos que cumplir, sino que hemos de darle el tiempo que sea necesario para que de verdad nuestro corazón se vaya abriendo más y más al misterio de Cristo. Ojalá en lugar de esa formulación breve y condensada del enunciado del misterio tuviéramos la calma de leer un trozo del evangelio que a ese misterio hiciera referencia, o tener incluso unos momentos de silencio antes de comenzar a repetir las avemarías para interiorizar de verdad lo que decimos con los labios, pero que es necesario que lo sintamos y digamos desde el corazón. Así lograríamos que fuera un gran alimento espiritual para nuestra vida que nos hiciera sentir profundamente la gracia del Señor y nos fuera empapando más y más del evangelio verdadero alimento de nuestra vida cristiana.
Amemos a María desde lo más hondo de nuestra vida. Con la confianza de los hijos a ella acudimos desde nuestros problemas y necesidades porque sabemos que es la Madre que siempre nos escucha como saben hacerlo las madres, y por nosotros va a interceder ante el Señor para que alcancemos esa gracia que tanto necesitamos no solo como ayuda a nuestras necesidades materiales, sino como verdadera fuente de nuestra santificación. 
Como tienen que hacer siempre los hijos con las madres, las amamos y las imitamos, las amamos y las escuchamos, las amamos y las obedecemos. Imitemos a María,  escuchemos a María, obedezcamos a María que siempre nos está diciendo que miremos a Cristo, que vayamos a Cristo,  que escuchemos a Cristo, que hagamos lo que Cristo nos dice.

lunes, 6 de octubre de 2014

Seamos capaces de hacer que todas nuestras obras y toda nuestra vida sea siempre para la gloria del Señor

Seamos capaces de hacer que todas nuestras obras y toda nuestra vida sea siempre para la gloria del Señor

Deut. 8, 7-1; Sal. 1 Cro 29, 10; 2Cor. 5, 17-21; Mt. 7, 7-11
Sabias y hermosas exhortaciones las que hace Moisés al pueblo antes de su entrada en la tierra prometida. Duro había sido su caminar a través del desierto, como dura había sido la esclavitud que habían vivido en Egipto. Había llegado el tiempo de la libertad, aunque duro había sido su recorrido y se iban a establecer en la tierra que el Señor les había prometido, tierra de libertad y de prosperidad. No era lo mismo el pan de la esclavitud ni la austeridad de un desierto en medio de un duro sequedal que poder comer de los frutos de la tierra que poseyeran aunque fuera tras un afanoso trabajo, pero donde podían recoger los frutos. Pero podían convertirse en tiempos de tentaciones y de olvido de Dios. Muchas veces sabemos más acudir a Dios en los tiempos de austeridad y sacrificio que luego en los tiempos de bienestar y prosperidad.
Son las recomendaciones que Moisés les hace: ‘Cuando el Señor, tu Dios, te introduzca en la tierra buena… bendecirás al Señor, tu Dios, por la tierra buena que te ha dado’. Y les sigue diciendo: ‘Pero cuidado, no te olvides del Señor, tu Dios, siendo infiel a los preceptos, mandatos y decretos que yo te mando hoy’. Es la tentación del olvido de Dios y de sus mandamientos. Y les pide además: ‘Acuérdate del Señor, tu Dios: que es él quien te da la fuerza para crearte estas riquezas, y así mantiene la promesa que hizo a tus padres, como lo hace hoy’.
Es el peligro de creernos autosuficientes que nos valemos por nosotros mismos y solo por nuestra fuerza y nuestro poder conseguimos todo lo que somos y lo que poseemos. Ahí tenemos la raíz del ateismo que niega el poder del Señor y rechaza su existencia. Pero es la tentación en la que podemos caer que, aunque no nos proclamemos ateos, sin embargo actuamos como si en la práctica lo fuéramos porque no reconocemos que Dios es nuestro único Señor. De ahí que nos viene bien ese reconocimiento que hemos proclamado en el salmo: ‘Tú eres Señor del universo’. Así queremos reconocerlo y así queremos proclamar siempre la gloria del Señor.
Es hermoso este texto del Deuteronomio que como primera lectura hemos escuchado en esta feria especial que son las témporas que estamos celebrando. La liturgia ha situado en este principio de octubre, cuando retomamos todas nuestras actividades en el campo laboral y en el campo de la enseñanza sobre todo tras el descanso estival, estas celebraciones llamadas ‘témporas acción de gracias y de petición’. Es un hermoso recordatorio para que desde nuestra postura de creyentes sepamos darle también un hermoso y profundo sentido cristiano a nuestras actividades y a toda nuestra vida.
Surge nuestra acción de gracias al Señor cuando en nuestros campos también se va terminando con la recolección de nuestras cosechas y recomienza como un ciclo nuevo de actividad. Pero se nos invita a algo más.
La segunda lectura del apóstol san Pablo nos habla de reconciliación. ‘Lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado, nos decía el apóstol. Todo esto viene de Dios, que por medio de Cristo nos reconcilió consigo y nos encargó el ministerio de la reconciliación’ nos sigue diciendo. Es momento también de reconocer esa necesidad que tenemos de reconciliación, porque nos sentimos limitados y pecadores y es necesario purificar nuestros corazones. Podemos alcanzar esa purificación y perdón porque en Cristo hemos sido reconciliados. ‘Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin pedirle cuentas de sus pecados’. Así queremos humildemente presentarnos delante del Señor. En Cristo vemos y disfrutamos el perdón y la reconciliación que a manos llenas nos ofrece nuestro Padre.
Y finalmente escuchamos en el evangelio la invitación que Jesús nos hace a la oración y a la petición. Estamos necesitados de Dios y a El acudimos con confianza. Es lo que trata de trasmitirnos Jesús en el Evangelio. ‘Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre’. Es la confianza que tenemos los hijos sabedores que Dios es un Padre que nos ama.
A El acudimos con confianza desde lo que son nuestras necesidades. ‘El pan nuestro de cada día, dánosle hoy’, nos enseñó a pedir Jesús.  No queremos pedir abundancias ni derroches, sino el pan de cada día; el pan que cada día necesitamos en lo que es nuestro alimento y nuestra vida con sus necesidades, pero el pan de cada día que somos capaces también de compartir con el hermano, para que a través de nuestra generosidad sienta que Dios no lo abandona. Un aspecto importante, porque no pedimos el pan mío, sino el pan nuestro, el pan para los nuestros pero el pan también para los demás necesitados que junto a nosotros caminan en la vida.
Si somos generosos tendremos siempre para compartir porque el Señor no nos dejará sin sus bendiciones, pero si somos egoístas solo pensando en nosotros mismos tenemos el peligro al final de quedarnos sin nada. Pensemos que cuando pedimos ese pan nuestro de cada día no es solo el pan material o el remedio a nuestras necesidades materiales lo que estamos pidiendo, sino que ahí tenemos que abarcar muchas cosas más que es también todo lo que espiritualmente nos va a llenar y hacer que mejore nuestro corazón y mejore también lo que es nuestra convivencia con los demás en este mundo que cada día queremos hacer mejor.

No olvidemos las acciones del Señor. Seamos capaces de hacer que todas nuestras obras y toda nuestra vida sean siempre para la gloria del Señor. Cuanto tenemos que dar gracias a Dios no solo por todo lo que recibimos de su manos, que son bendiciones de Dios para nosotros, sino también porque en Cristo obtenemos la reconciliación y el perdón. Lo que nos pide que nosotros seamos también signos de esa reconciliación de Dios para los demás. Elevemos con confianza nuestra oración a Dios y hagamos que en nuestro corazón siempre quepan todos nuestros hermanos que es una forma de presentarlos a Dios en nuestra oración.