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viernes, 7 de mayo de 2021

Amar, nuestra verdadera grandeza, lo más hermoso que podemos hacer, lo que nos hace felices, con lo que haremos más felices a cuantos nos rodean para un mundo mejor

 


Amar, nuestra verdadera grandeza, lo más hermoso que podemos hacer, lo que nos hace felices, con lo que haremos más felices a cuantos nos rodean para un mundo mejor

Hechos de los apóstoles 15, 22-31; Sal 56; Juan 15, 12-17

Cuando buscamos la importancia de una persona en la vida podemos tener la tentación de buscar grandezas humanas bajo el epígrafe del poder, del prestigio, de la riqueza, de los títulos que hayamos conseguido y cuando no somos capaces de alcanzarlo por ahí porque otros se nos han adelantado podríamos sentirnos frustrados, amargados o como seres inútiles. Ya sabemos como colocamos en nuestros despachos o en aquellos lugares de honor de nuestras casas los títulos que hayamos conseguido para recordarnos a nosotros mismos quizás, pero para restregárselo por las narices a quienes los vean, lo importante que nosotros somos.

En el ámbito en que probablemente se lea esta reflexión quizá me podéis llamar exagerado, o incluso decirme que esos no son nuestros estilos habitualmente. Pero me vais a permitir que mantenga esta consideración inicial, porque en el fondo hemos de reconocer que son tentaciones por las que pasamos y que es muy fácil dejarnos arrastrar por la corriente.

¿Dónde está verdaderamente esa grandeza del ser humano? Directamente tenemos que decir en nuestra capacidad de darnos hasta ser capaces incluso de olvidarnos de nosotros mismos. El que se da y es capaz de darse sin medida – lo que no siempre es fácil – ha comprendido la verdadera grandeza de su vida, está mostrándonos la madurez a la que ha llegado y ha descubierto lo que da verdadero sentido a su vida.

Es cierto que trabajamos y nos afanamos en la vida porque también queremos tener unos rendimientos que mejoren nuestra propia vida y la de aquellos que están bajo nuestra responsabilidad; así desarrollamos de la mejor manera todas nuestras posibilidades y capacidades, sacamos a relucir los mejores valores y cualidades, pero lo hacemos no encerrándonos en nosotros mismos y solo en unos intereses particulares sino que además estamos viendo todo lo que podemos contribuir con esa riqueza de nuestra vida al bien de los demás, a la mejora de nuestra sociedad.

La grandeza mayor de nuestra vida es amar. Y cuando amamos aunque alcanzamos un grado de felicidad insuperable no estamos pensando solo en nosotros mismos sino que estamos queriendo enriquecer y hacer felices a aquellos a los que amamos. Por eso Jesús nos dirá hoy que lo mayor que podemos hacer es amar hasta ser capaz de dar la vida por aquellos a los que amamos.

La verdad que es sublime lo que Jesús nos propone. Y es que ese será el verdadero sentido de nuestra vida; como nos dice hoy, su único mandamiento. Pero cuando Jesús nos está hablando aquí de mandamiento no nos está hablando de una imposición, de algo que tenemos que hacer simplemente porque está mandado, sino que nos está hablado de un sentido de nuestro existir. Amar no se puede por obligación.

Tendríamos que escuchar de nuevo con detenimiento las propias palabras de Jesús. Rumiarlas en nuestro corazón porque será la manera de hacerlas vida nuestra. ‘Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando’.

¿Y de donde arranca todo esto?, podríamos preguntarnos. Como escuchábamos ayer, de que somos amados de Dios, de que Dios nos ama. Y como nos dice Jesús El nos ha elegido. ‘No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca. De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo dé. Esto os mando: que os améis unos a otros’. Si nos ha elegido es porque nos ha amado; elegimos a los que amamos. Por eso nos llama amigos. Por eso nos dice que así nos ha revelado todo lo que es el corazón de Dios. Nos eligió para regalarnos su amor, pero nos eligió para que viviéramos en ese amor, para que así amáramos también a los demás.

Es nuestra verdadera grandeza. Es lo más hermoso que podemos hacer. Es lo que nos hace felices y con lo que haremos más felices a cuantos nos rodean haciendo un mundo mejor.

jueves, 6 de mayo de 2021

Disfrutemos del amor de Dios, sintamos gozo en nuestro corazón, saboreémoslo de verdad, haciendo partícipes a los demás de ese amor de Dios


 

Disfrutemos del amor de Dios, sintamos gozo en nuestro corazón, saboreémoslo de verdad, haciendo partícipes a los demás de ese amor de Dios

Hechos de los apóstoles 15, 7-21; Sal 95; Juan 15, 9-11

‘Bueno, ya está hecho, yo hay cumplí por hoy’, habremos escuchado decir a una buena persona, por ejemplo, cuando salió de la Iglesia el domingo después de gozar Misa – en expresión muy canaria -. Ya está todo cumplido (¿?). De ahí viene que por lo contrario oigamos decir, bueno yo soy bueno, yo en el fondo también soy muy religioso, pero es cierto que no cumplo con la Iglesia, en expresión que viene a significar que no suele ir por la Iglesia a Misa.

Si vamos por ahí haciendo una encuesta de, por ejemplo, que es lo más importante que tienes que cumplir para ser buen cristiano, te irán diciendo lo de cumplir con la Iglesia, en el sentido de ir a Misa, lo de tener buen corazón y ayudar cuando se pueda, lo de respetar el ayuno cuando lo manda la santa iglesia, lo de tener buen corazón para con los demás, cumplir con tus obligaciones, o lo de cumplir tus promesas e ir a ver a la Virgen en el Santuario de nuestra devoción o el de nuestra patrona, y lo de rezar sobre todo a los muertos.

No queremos entrar a juzgar ni valorar con dureza estas respuestas porque quizá es lo que se ha ido transmitiendo para tratar de mantener la llama de la fe encendida, quizá no siempre se le haya ofrecido algo más al conjunto del pueblo cristiano sino más bien nos hemos contentado muchas veces en el conservadurismo de mantener unas tradiciones, de manera que la mayoría de la gente te dirá que eso es lo que ha recibido de sus padres, de sus mayores.

Quizás en la Iglesia dábamos por sentado que la gente era cristiana ya porque bautizaba sus hijos, se casaba por la Iglesia y venían cuando podían a Misa y nos dormimos en los laureles de algunas manifestaciones religiosas multitudinarias en algunos lugares o en determinados momentos sin tratar de infundir más el espíritu del Evangelio. Ahora nos cuesta levantar cabeza, las cosas se van deteriorando más con el paso del tiempo y es bien costoso cambiar un ambiente para impregnarlo de verdad del evangelio.

El texto que se nos ofrece hoy es muy sencillo, pero no sé si todos los cristianos lo han llegado a saborear debidamente. Jesús terminará diciéndonos que tiene que producirnos mucha alegría en el corazón. ¿Cómo no nos va a producir alegría y alegría grande si nos está diciendo que Dios nos ama y que eso es lo verdaderamente importante? Sentirnos amados de Dios. Esa es la gran maravilla y el eje y fundamento de todo.

Somos importantes para Dios, nos ama. Porque quien se siente amado, se siente considerado, se siente que es tenido en cuenta. Dios no nos olvida, Dios está siempre regalándonos su amor. Tenemos que saber descubrirlo, experimentarlo en nuestra vida. Por eso, recordemos lo que ha sido nuestra vida, nuestras luchas, nuestros fracasos, nuestros momentos oscuros, las dificultades por las que hemos ido pasando, y aquí estamos. Y estamos aquí por un milagro del amor de Dios. El es quien ha sido esa fuerza en la lucha y en la dificultad, El es quien ha sido esa luz en medio de la noche tenebrosa de nuestra vida que nos ha abierto una ventana de esperanza, El es quien ha estado con nosotros cuando más hundidos estábamos y fue su mano la que nos levantó, nos hizo creer en nosotros mismos y nos dio ánimos para seguir adelante. Tenemos que pensar y reconocer de cuantas maneras Dios ha derramado, ha derrochado su amor en nosotros.

Hoy nos dice Jesús: ‘Como el Padre me ha amado, así os he amado yo, permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor’. ¿Nos sentimos amados? Disfrutemos de ese amor de Dios, sintamos gozo en nuestro corazón, saboreémoslo de verdad. Hagamos partícipes a los demás de ese amor de Dios amándolos nosotros también. Así llenaremos de alegría el mundo. Cuánta falta le hace.

miércoles, 5 de mayo de 2021

Glorifiquemos al Señor con alegría porque si permanecemos unidos a El podremos ofrecer frutos de santidad siempre para la gloria del Señor

 



Glorifiquemos al Señor con alegría porque si permanecemos unidos a El podremos ofrecer frutos de santidad siempre para la gloria del Señor

 Hechos de los apóstoles 15, 1-6; Sal 121; Juan 15, 1-8

Con el buen tiempo climatológicamente hablando que hemos tenido es un encanto pasear estos días por nuestros campos. Vivo en una zona fundamentalmente dedicada al cuidado de la vid pero al mismo tiempo son múltiples los cultivos de frutos menores que llenan de verdor y bella floración nuestros campos. Es un encanto ver la frondosidad con que van creciendo los sarmientos de nuestras vides, dándonos ya muestras de lo que serán los futuros frutos en los pequeños racimos que comienzan a cernir y florear; lo mismo podemos decir de los otros cultivos que se entremezclan con el cultivo de la vid. deseamos ansiosos que no se malogren esas futuras cosechas, aunque aun nos queda tiempo y un verano por medio para poder recoger los frutos; seguimos deseando que caigan las suaves lluvias que mantengan la necesaria humedad de la tierra para hacer que esos frutos crezcan y maduren a su tiempo.

¿Será así el campo de nuestra vida? ¿Estaremos aprovechando en verdad todo ese regadío de Dios, vamos a llamarlo así, que siembra en nosotros tantas buenas semillas para que también nosotros un día demos fruto?

Hoy el evangelio vuelve a hablarnos de la vid y de los sarmientos, de la necesaria poda para poder obtener los mejores frutos, pero también de la importancia de mantenernos bien unidos a la vid porque de lo contrario no podremos obtener fruto. Es el mismo evangelio que se nos proclamó el pasado domingo, pero que ahora en medio de semana en una lectura continuada nos ha vuelto a aparecer. Pero como siempre hemos dicho no lo escuchemos como algo que se repite, sino sintamos la novedad que ahora en estos momentos es el evangelio para nosotros como tiene que serlo siempre.

Cuando hablábamos antes de nuestros campos deseábamos esas suaves lluvias que mantuvieran la necesaria humedad en la tierra para que no se malogren esos frutos que esperamos. Así tiene que ser también en la tierra de nuestra vida desde esa unión que hemos de mantener con el Señor en la escucha de la Palabra y con nuestra súplica y oración. ‘Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí’, nos decía hoy Jesús en el evangelio.

Pero además añadía: ‘Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis, y se realizará’. Con qué confianza podemos acercarnos al Señor. ‘Pediréis lo que deseáis, y se realizará’, nos dice. Es que tenemos que decir que nuestra oración no es solo ese momento en que vamos a presentarle, por así decirlo, la lista de nuestras peticiones al Señor.

Nuestra oración está desde ese momento en que queremos permanecer unidos al Señor. Es algo más, la oración es estar en el Señor; no es simplemente que hagamos un acto de fe para decir estoy en la presencia de Dios, sino que es algo más, es estar en el Señor. ‘Permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros’, nos dice. Nos estamos metiendo en Dios, sumergiéndonos en Dios, empapándonos de la presencia y de la vida de Dios. Por eso cuando hacemos verdadera oración nos estamos sintiendo transformados desde lo más hondo de nosotros mismos.

Por eso terminará diciéndonos, ‘con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos’. No damos gloria a Dios solamente porque digamos ‘Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo’ – hay que hacerlo y decirlo siempre con todo sentido -, sino cuando en verdad sintiéndonos inundados de Dios damos frutos de vida nueva en la santidad de nuestra vida. Igual que el agricultor cuando recoge la cosecha de los frutos de sus campos se siente feliz y dichoso por aquel fruto de su trabajo, así es la alegría que sentimos en Dios cuando vivimos los frutos de esa santidad y con ello en verdad estamos glorificando al Señor.

 

martes, 4 de mayo de 2021

Aprendamos a recorrer el camino de la paz de Jesús, que es camino de paz interior nacida en la ternura del corazón, la misericordia, la compasión y el perdón

 


Aprendamos a recorrer el camino de la paz de Jesús, que es camino de paz interior nacida en la ternura del corazón, la misericordia, la compasión y el perdón

Hechos de los apóstoles 14, 19-28; Sal 144; Juan 14, 27-31a

Hay gente que no lo entiende. Hablas de paz a la gente, tienes buenos deseos de armonía y de querer hacer que nuestro mundo sea mejor y enseguida te dicen que están bien los buenos deseos, pero que miremos el mundo como anda con tantas violencias, con tantas miserias e injusticia, con tantas desigualdades y tanta maldad, y me dicen que cómo se puede hablar de paz en un mundo así, que cómo podemos hablar de un mundo mejor con tantos males que nos afectan por todos lados. Gente desesperanzada que parece que viene ya de vuelta de las luchas de la vida, pero vienen derrotados.

Hace tiempo que cada día a mis amigos de redes sociales trato de enviarles un saludo lleno de optimismo que despierte ilusión y esperanza. Mis semillitas, las llamo yo. En lugar de un ‘frío’ buenos días o un hola trato de poner palabras que despierten el corazón, que pongan ilusión en la vida, que estén llenas de algo positivo. Hay personas que me lo agradecen y las están esperando cada día, pero también en alguna ocasión alguien me responde con negatividad en sus palabras y en su corazón viendo como algo imposible el buen deseo que les ofrezco. Si vamos en la vida con negatividad solo veremos lo negativo, si encendemos la luz de la esperanza siempre podemos descubrir algo positivo y enriquecedor. 

Son las palabras que nos deja hoy Jesús en el evangelio. Nos habla de paz, la paz que nos deja y que ya nos dice que no es la paz que nos da el mundo. En ese sentido negativo alguien se preguntaría cómo Jesús habla de paz, momentos antes de comenzar su pasión, que El bien sabía que iba a suceder así. Lo iban a meter en un mundo de violencia y de muerte y El nos habla de la paz que nos deja. Es precisamente la maravilla que nos deja Jesús.

‘La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no turbe vuestro corazón ni se acobarde’. Y nos dice que no nos agobiemos ni nos llenemos de miedo. No va a ser fácil. Es cierto que queremos esa paz donde haya tranquilidad y armonía, donde no haya violencia ni nos tratemos mal los unos a los otros; es cierto que es la paz que deseamos para vivir en armonía, pero es la armonía interior la que es más importante, porque si no tenemos ese sosiego interior de nada nos vale todo lo que externamente podamos tener.

Cuesta muchas veces entender y cuesta lograr esa paz interior, porque muchas veces no sabemos dónde buscarla y la tenemos bien cerca de nosotros mismos. Empezando por sentirnos amados; cuando nos sentimos amados nos sentimos tenidos en cuenta y valorados, porque cuando sabemos llenar nuestro corazón de amor, de ternura, de compasión y misericordia nos sentimos en paz y con esa paz comenzaremos a contagiar a los demás y será cómo poco a poco iremos desterrando de la vida violencias y malos tratos, nos acercaremos a los demás de manera nueva y habrá comprensión en el corazón para ser capaces también de perdonar a los demás; son unos pasos maravillosos para ir haciendo ese mundo de paz.

El Jesús que hoy nos dice que nos da la paz, su paz, es el que veremos perdonando a los demás, incluso disculpando a aquellos que lo están crucificando; lo van a meter en ese mundo de violencia que va a sufrir en su carne pero será capaz de poner su espíritu en las manos del Padre, y aunque en un momento se sienta solo y abandonado, sabe que está en las manos de Dios y a El se confía.

¿Aprenderemos nosotros a recorrer ese camino? ¿Aprenderemos a sentir esa paz del corazón sin dejar que nada nos perturbe ni angustie por muchos que sean los males que tengamos que sufrir? ¿No tendremos en verdad que ir sembrando esas semillas de paz y de armonía en nuestro mundo para ir creando esa ilusión y esperanza por un mundo nuevo y mejor?

lunes, 3 de mayo de 2021

Quizás resaltando las cruces que nos quedan en los caminos o plazas de nuestros pueblos podemos dejar señal de la cruz que en estos momentos sufre la humanidad

 




Quizás resaltando las cruces que nos quedan en los caminos o plazas de nuestros pueblos podemos dejar señal de la cruz que en estos momentos sufre la humanidad

 

Nuestra tierra está sembrada de cruces. No es solo a una referencia a un ‘camposanto’ o cementerio donde enterramos a nuestros difuntos y sobre cada tumba tenemos la hermosa y cristiana costumbre de colocar una cruz; están, por ejemplo, los calvarios que en todos los pueblos se levantan, incluso con sus cruces intermedias del recorrido del Vía crucis, ya sea en medio de la población o en su cercanía, pero es que además nos encontramos junto a los caminos o veredas, en nuestros campos o en lo alto de las montañas o allí donde haya sucedido algo extraordinario o especial cruces a las que les damos el nombre del lugar o el lugar toma nombre de aquella cruz allí colocada, o que son una referencia a algún personaje o a algún hecho acaecido tiempos atrás, como un accidente o la muerte de alguna persona. Yo podría hacer una lista muy extensa de las cruces de mi pueblo.

Cruces algunas que han quedado en su simplicidad y sencillez, pero otras colocadas sobre pedestales son como hitos en el cruce de nuestros caminos o como adorno monumental de nuestras plazas o se han convertido en pequeñas capillas cargadas de historias y de tradiciones.

En la locura de nuestra vida moderna muchas veces pasan desapercibas y en ocasiones nos encontramos con gente interesada en hacerlas desaparecer, pero que ahí han quedado como señales de una simplicísima religiosidad y como testigos de la fe de nuestros antepasados que sabían leer los acontecimientos desde una mirada religiosa, y ahí nos dejaron unos signos de su fe.

Ya sabemos que en nuestra variada sociedad nos encontraremos con quienes son como alérgicos a estos signos de fe y religiosidad queriendo borrar con su desaparición parte de nuestra historia que siempre estuvo impregnada por la fe, aunque fuera en una religiosidad muy simple. Si borramos nuestra historia estaremos queriendo hacer desaparecer lo que ha sido fundamento de la vida de nuestros pueblos haciéndoles perder su identidad; un pueblo que pierde su identidad está perdiendo algo inherente a su propio ser y existir.

En el día de hoy, 3 de mayo, en que se recuerda el momento en que fue encontrada la cruz de Jesús en el Gólgota por santa Elena, nuestras cruces aparecen todas ornamentadas con flores, con vistosos adornos que son en algunos lugares verdaderas obras de arte, e incluso con joyas que manifiestan el amor a la cruz que aun perdura en nuestro pueblo. En nuestra tierra que además somos tan dados a la pirotecnia no es raro escuchar desde la víspera los cohetes que nos recuerdan allí donde se ha enramado una cruz. En su entorno se congregan los vecinos con aires de fiesta y alegría o los familiares de aquel que había sufrido accidente en aquel lugar.

Es una bonita tradición que creo que deberíamos todos alentar y mantener. Como decíamos nos recuerdan hitos de nuestra historia en los que quizá sería necesaria profundizar más, para tener un conocimiento de por qué está esa cruz en ese lugar. Pero son signos también de nuestra religiosidad y de nuestra fe que tenemos que hacer resplandecer también en el mundo de hoy que tan carente está de esos signos religiosos.

Es cierto que la cruz en sí misma, como tormento de suplicio y de muerte que era, nos recuerda el sufrimiento y el dolor, y en ello si miramos la historia está la razón de muchas de esas cruces que encontramos en campos, caminos y hasta en ciudades por los accidentes o muertes violentas a las que están adheridas, pero también para nosotros los cristianos que tenemos una forma especial de mirar la cruz veremos un signo del amor.

Para nosotros los cristianos la cruz siempre hace referencia a Jesús y a su pasión y muerte; cargó con la cruz hasta el Gólgota y en la cruz fue crucificado hasta morir; pero nosotros en la cruz de Jesús vemos el amor, el amor más supremo de quien fue capaz de dar la vida por los que amaba, por nosotros. Ya nos lo enseña El que no hay amor más sublime. Para Jesús aunque pudiera parecer lo contrario no fue una muerte impuesta, sino que El entregó su vida libremente. Nadie me arrebata la vida sino que yo la doy libremente, nos había dicho a lo largo del evangelio.

Por eso en este día, los que creemos en Jesús miramos la cruz como signo del dolor y del sufrimiento de la humanidad – Jesús lo había tomado sobre sí – pero también hemos de saber poner la mirada del amor. Amor que tiene que hacer que nos sintamos en verdad solidarios con todos los que sufren. Y tenemos una razón muy grande en lo que en estos momentos esta padeciendo la humanidad entera. En este mundo nuestro que se ha oscurecido con el dolor y sufrimiento de la pandemia que aún seguimos sufriendo es necesario hacer brillar de nuevo una luz que llene de esperanza.

Es la luz que tenemos que saber encender desde el amor que encontramos en esa cruz que nos tiene que hacer más solidarios los unos con los otros, que tiene que hacer que no sea un sufrimiento sin sentido, que tiene que hacer brillar ese mundo nuevo y mejor que hemos de hacer surgir.

Hoy quizás en la modernidad de nuestro mundo no dejaremos como señales para el futuro unas cruces que recuerden este momento de dolor que está viviendo la humanidad como lo dejaron nuestros antepasados en esas cruces signos de su historia que es también nuestra historia, pero alguna señal sí hemos de dar de ese mundo nuevo que queremos hacer surgir. Quizás resaltando esas cruces que nos quedan en nuestros caminos o en las plazas de nuestros pueblos podemos dejar señal de esa cruz que en estos momentos vive la humanidad. No las dejemos desaparecer.

 

domingo, 2 de mayo de 2021

Tenemos que despertar, buscar con intensidad lo que haga que nuestra fe y vida cristiana esté enraizada en Jesús y en el evangelio, tener la creatividad del Espíritu del Amor

 


Tenemos que despertar, buscar con intensidad lo que haga que nuestra fe y vida cristiana esté enraizada en Jesús y en el evangelio, tener la creatividad del Espíritu del Amor

Hechos de los Apóstoles 9, 26-31; Sal. 21; 1Juan 3, 18-24; Juan 15, 1-8

Tengo un amigo que trabaja en la agricultura, en concreto, en la recolección de la fruta, pero hay ocasiones en que me dice que al día siguiente lo envían a otra cosa, lo envían a la poda o lo envían a quitar chupones; para que se pueda tener buena fruta es necesario cuidar debidamente la planta, el árbol o lo que sea de lo que recogemos la fruta, por eso cada año se necesita la poda, como también cada cierto tiempo se cortan o arrancan los chupones que son esos ramajes que muchas veces surgen pero que no dan ningún fruto y lo que hacen es chuparle la vida al árbol.

Aparte de yo ser también hijo de agricultores y vivir en un lugar donde se cultiva intensamente la vid, me vino también la imagen del trabajo de este amigo que he mencionado al escuchar hoy el evangelio. De eso nos habla Jesús como una imagen de gran riqueza para nuestra vida cristiana.

Hemos de reconocer que en muchas ocasiones nuestra vida cristiana es mediocre, no se ven los frutos que tendrían que resplandecer. Un poco nos contentamos, como solemos decir, en lo de siempre – siempre se ha hecho así, decimos para contentarnos – y la vida que contemplamos muchas veces en nuestras comunidades es lánguida, pobre, amorfa, donde falta valentía para hacer un anuncio claro del evangelio, para lanzarnos a algo más y desear poder llegar a los más lejanos, o nos cargamos de rutinas y tibiezas en las que no brilla lo suficiente el compromiso por un auténtico amor.

De muchos sarmientos inútiles que como chupones estamos rodeados o tenemos en nuestra propia vida; nos vamos consumiendo en hacer lo de siempre pero nos faltan iniciativas, riesgo para lanzarnos en la búsqueda de algo nuevo para vivir con intensidad el evangelio y para poder mejor hacerlo llegar a todos; nuestros templos se nos vacían, nos faltan elementos jóvenes y con ardor en nuestras comunidades que manifiesten la energía de nuestra fe y la energía que tendría que brillar en nuestra comunidad; algo nos está fallando que no trasmitimos el evangelio a los demás, no contagiamos de nuestra fe a los que nos rodean.

Es esa tibieza espiritual en la que vivimos porque nos falta poner en práctica esto que hoy nos señala Jesús en el evangelio. Tener fe en Jesús no es solo cuestión de tener unas ideas que mantenemos como tradiciones en nuestra vida sino que es necesario que en verdad estemos bien enraizados en Jesús. El hoy nos está repitiendo que sin El nada somos ni nada podemos hacer. Como el sarmiento que no está unido, enraizado en la cepa para que tenga la misma savia, la misma vida.

Pero también Jesús nos habla de la poda que es necesario realizar para quitar aquellos sarmientos que no dan fruto, pero Jesús aun más nos dice que a los que dan fruto el viñador los poda para que den mejores frutos. Y es donde tenemos que mirar con sinceridad nuestra vida. Muchas cosas hemos dejado apegar a nuestro corazón y que se convierten en rémoras en nuestro caminar, porque son un peso muerto, porque no nos dejan avanzar, porque nos van arrastrando y casi empujándonos hacia atrás. Como esos chupones, como esos sarmientos inservibles.

Y aquí tendríamos que revisar actitudes pasivas y negativas que hemos ido dejando introducir en nuestra vida que se convierten en rutinas, que nos llevan a esas posturas de tibieza, que nos llenan de miedos y cobardías, que nos van quitando esa capacidad de iniciativa y esa creatividad que tendría que haber en un corazón lleno de amor.

Son las cojeras de la vida cristiana con que andamos en nuestras comunidades que se han dedicado más a conservar que a abrirse a la iniciativa y creatividad para llegar a nuestros campos, para realizar cosas nuevas, para intensificar todo lo que significa el compromiso de nuestro amor. Nos encontramos así comunidades empobrecidas y envejecidas que no es cuestión solo de años o de la edad que tengamos, comunidades demasiado ritualistas quizás y por otra parte muy rutinarias en sus costumbres y tradiciones, comunidades a las que les falta vida.

Tenemos que despertar, tenemos que volver a la fuente, tenemos que buscar con intensidad lo que haga que nuestra fe y en consecuencia nuestra vida cristiana esté verdaderamente enraizada en Jesús y en el evangelio, tenemos que despertar de nuevo la esperanza y la ilusión en el trabajo pastoral, tenemos que abrirnos a esa creatividad que nos da el Espíritu del Amor. Para eso tenemos que estar muy unidos a Jesús porque sin El nada somos ni nada podremos hacer.

sábado, 1 de mayo de 2021

Cultivemos nuestra espiritualidad, buscando desde nuestra oración y la escucha de la Palabra, alimento y Viático de nuestra vida, en esa identificación con Jesús

 


Cultivemos nuestra espiritualidad, buscando desde nuestra oración y la escucha de la Palabra, alimento y Viático de nuestra vida, en esa identificación con Jesús

Hechos de los apóstoles 13, 44-52; Sal 97; Juan 14, 7-14

‘Es igualito que se padre’, habremos dicho o habremos escuchado esa expresión alguna vez; o en referencia a la madre ‘se parece en todo a su madre’, haciendo que esa madre se sienta orgullosa y con esas palabras vea premiados sus desvelos, el amor de madre que puso en la educación de aquel hijo. Y no es que en esos parecidos nos estemos refiriendo a parecidos físicos sino que es algo mucho más hondo en lo que descubrimos esa identificación, como todos comprendemos.

Ante la petición que le hace uno de los apóstoles en la ultima cena ‘Muéstranos al Padre y eso no basta’, Jesús le responde ‘Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre’, para añadir a continuación ‘yo estoy en el Padre y el Padre en mí’. Y es que no podía ser de otra manera. Jesús viene a mostrarnos el rostro de Dios y en el actuar de Jesús, en las obras de Jesús, en toda su vida estaremos siempre viendo las obras de Dios, a Dios mismos. ‘Yo y el Padre somos uno’, nos dirá en otro momento. Por eso había comenzado diciéndonos; ‘Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto’.

‘Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’ nos dice la carta a los Hebreos que fue la voluntad y fueron las palabras de Jesús en su entrada en el mundo. ‘Mi alimento es hacer la voluntad del Padre’, nos dirá en otro momento. Y continuamente se nos estará manifestando con el enviado del Padre que realiza las obras que el Padre quiere. Nos habla de esa unidad en una misma naturaleza divina que hay entre las tres divinas personas, el Misterio de la Trinidad de Dios. Pero vemos a lo largo del evangelio cómo Jesús busca esa unidad con el Padre, se retira a solas a orar lo vemos repetidamente y si nos enseña cómo hemos de orar nosotros llamando a Dios Padre es porque quiere que nosotros vivamos también esa unidad con Dios.  

En ese diálogo de Jesús con los apóstoles hay una queja por parte de Jesús. No han terminado de conocer a Jesús. ‘Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe?’. Grande ha sido la intimidad con que Jesús se ha manifestado con sus discípulos. Era una convivencia diaria por donde quiera que fueran. Cuando convivimos con tal intensidad justo es que lleguemos a conocernos; vamos conociendo el secreto de cada ser y de alguna manera en nuestro amor vamos cada vez más identificándonos con aquella persona amada.

Es lo que pueden decir los que se aman, los que son amigos o los que se sienten cercanos, o los que llegan a una intimidad más profunda por el amor. Aunque bien sabemos que muchas veces nos cegamos y no es ya que nos ciegue el amor sino que muchas veces son otras cosas, otros intereses que dejamos meter en medio de nuestra relación y terminamos desvirtuando ese conocimiento. Son tentaciones a las que todos estamos sometidos y que tendríamos que saber superar.

Es lo que nos pasa muchas veces en todo lo que hace referencia a nuestra vida cristiana y al conocimiento que tendríamos que tener de Jesús. Si en verdad viviéramos nuestra unión con Jesús como de un cristiano tendría que esperarse estaríamos totalmente identificados con Jesús de manera que quien nos viera a nosotros necesariamente tendría que dirigir su corazón a Dios. Pero nos falta mucho en esa identificación con Jesús, ese nosotros hacernos uno con El.

Serán, como decíamos antes, intereses que metemos por medio en nuestra relación con El, será falta de interés por nuestra parte para llegar a tener ese conocimiento de Jesús, será ese poco cultivo espiritual que hacemos de nuestra vida y donde en consecuencia no crecemos en esa espiritualidad cristiana que tendría que sostener nuestra vida, serán nuestras superficialidades o el materialismo de la vida que nos hace encerrarnos en una visión excesivamente terrena y material de la vida. Como decíamos, son muchas las tentaciones que nos acechan y que tenemos que aprender a superar.

Cultivemos nuestra espiritualidad, busquemos la manera de vivir desde nuestra oración en esa unión íntima y profunda con Jesús, crezcamos en el conocimiento de la Palabra de Dios que sea siempre el alimento de nuestra vida y el Viático que nos acompaña. ¿Podría alguien llegar a decir de nosotros ‘igualito a Jesús’?

viernes, 30 de abril de 2021

Siempre el evangelio es buena noticia para nosotros porque nos encontraremos con Jesús la verdadera sabiduría y el verdadero camino de una vida en plenitud

 


Siempre el evangelio es buena noticia para nosotros porque nos encontraremos con Jesús la verdadera sabiduría y el verdadero camino de una vida en plenitud

Hechos de los apóstoles 13, 26-33; Sal 2; Juan 14, 1-6

Un camino es como una puerta abierta que siempre nos lleva a algo, a alguna parte, a algún lugar. Siento curiosidad por los caminos; vivo en un isla con sus correspondientes limitaciones de espacio pero siempre en nuestras andanzas nos podemos encontrar con un nuevo camino, un camino que desconocíamos y sentimos la curiosidad por saber a donde nos lleva, por descubrir lo que se ve más allá; atrevido me he metido por muchos caminos en mi isla queriendo descubrir lugares, descubrir paisajes, ver nuevas conexiones con otros lugares. Es una curiosidad que llevamos dentro, pero que puede ser que no se quede solo en descubrir caminos topográficos sino que puede ser imagen de algo más.

También decimos que se abre un camino en nuestra vida cuando nos ofrecen un pensamiento que nos hace detenernos para descubrir otros horizontes, otros planteamientos; también se abre un camino en nuestra vida cuando en un determinado momento profundizamos en algo que quizá ya de alguna manera conocíamos pero que ahora lo vemos con una nueva perspectiva, con otra amplitud, o que nos hace meternos más en el misterio de Dios para descubrir lo que el Señor nos ofrece para la vida.

Creo que ésta tendría que ser la sed con que nosotros nos acercamos al evangelio, sedientos de algo más, sedientos de un sabor nuevo, sedientos de una hondura que muchas veces en nuestras carreras y en nuestra superficialidad no le damos. Cuidado pasemos por el evangelio, como se suele decir, como perro por viña vendimiada, donde piensa que ya no va a encontrar nada nuevo, nada que nos pueda dar un nuevo impulso a la vida.

Por esa imagen de la viña vendimiada que me ha venido a la mente, recuerdo que de chico rebuscábamos en las viñas ya vendimiadas y siempre encontrábamos un nuevo racimo, muchas veces más hermoso y que cuando lo comíamos parecía que hasta sabía mejor. Así en esa búsqueda tenemos que acercarnos siempre al evangelio, porque la riqueza de la palabra de Dios es muy grande y siempre habrá un sabor nuevo que podemos encontrar para darle a nuestra vida.

Nunca podemos decir ante una página del evangelio eso ya me lo sé, ya lo conozco. Siempre es evangelio para nosotros y no olvidemos que evangelio significa buena noticia, y las noticias son siempre cosas nuevas. Así con esa apertura del corazón tenemos que acercarnos a la Palabra de Dios.

Las palabras que hoy escuchamos forman parte del discurso de la última cena de Jesús donde en primer lugar quiere alentar su esperanza. ‘Hay muchas estancias, me voy a prepararos sitio, os llevaré conmigo para que donde yo esté, estéis también vosotros’. Y surge la pregunta en los discípulos de cómo ir al Padre, que es la meta que Jesús les propone, nos propone. ‘A donde yo voy ya sabéis el camino’, les dice Jesús. Y como los discípulos no acaban de entender termina afirmando ‘yo soy el Camino, y la Verdad, y la Vida, nadie va al Padre sino por mí’.

Jesús el camino que nos lleva al Padre. Hablábamos al principio de caminos en muchos sentidos. Ahora nos encontramos con el camino de verdad y que no es otro que Jesús mismo. Es el camino que de verdad tenemos que buscar, es el camino que tenemos que hacer, es el camino que se convierte en el sentido de nuestra vida, es el camino que nos lleva siempre a la plenitud. Por eso al mismo tiempo nos dice que es la Verdad y que es la Vida. No hay otra luz ni otra sabiduría.

No hay ninguna otra cosa que nos lleve la Vida en plenitud, cómo tenemos que preocuparnos de conocer a Jesús, de empaparnos de su evangelio, de dejarnos inundar por su vida. En nuestro camino pascual que vamos realizando es en eso en lo que tenemos que profundizar y hacer vida en nosotros.

jueves, 29 de abril de 2021

El seguimiento de Jesús es el camino que hemos emprendido desde una llamada de amor pero el camino que queremos hacer con mucho amor en nuestro corazón

 


El seguimiento de Jesús es el camino que hemos emprendido desde una llamada de amor pero el camino que queremos hacer con mucho amor en nuestro corazón

1Juan 1, 5 — 2, 2; Sal 102; Mateo 11, 25-30

Cuando tenemos que hacer un largo camino, quizás de entrada lo hacemos con entusiasmo, las metas que nos hemos propuesto alcanzar parece que nos hacen sentirnos con fuerza, pero en la medida en que el camino se va alargando, van apareciendo dificultades y tropiezos, nos aparece el cansancio y nuestra debilidad, podemos perder aquel entusiasmo inicial o también algunas veces nos vemos como derrotados por las adversidades con que nos encontramos; nos cuesta avanzar, nos sentimos débiles, serán un aliciente para nosotros los compañeros de camino y si nos encontramos señales que nos hablen de su cercanía parece que vemos renovadas nuestras fuerzas.

Entendemos que lo dicho hasta aquí nos puede hablar de un camino, una peregrinación, como también de los trabajos que emprendemos en la vida poniendo en nuestro camino metas que aspiramos alcanzar, en nuestra realización personal como en los logros incluso materiales que podemos lograr en aquellas empresas que emprendamos. Ya estamos haciendo referencia a esa realización personal como personas, como individuos y aquí podemos ver todo lo que atañe a nuestro crecimiento y desarrollo personal, a la vivencia de una vocación o a todo lo que hace referencia a lo que es la vivencia de nuestra vida cristiana, nuestro seguimiento de Jesús.

Hay momentos en que nos aparecen los cansancios y los desalientos; nos pueden parecer muy altas e inalcanzables nuestras metas o nos damos cuenta de nuestra pobreza humana y de nuestra debilidad. Somos humanos y somos pecadores; somos seres de carne y hueso y estamos llenos de debilidades que nos aparecen en múltiples tentaciones; nos vemos rodeados de tantas cosas que se nos presentan como muy atractivas y puede aparecer la confusión en nuestro corazón; sentimos los cantos de sirena que nos invitan a una vida cómoda y fácil, donde no tengamos que realizar grandes esfuerzos y nos cegamos; vemos la aparente vida de triunfadores de tantos en la vida sin que realicen los esfuerzos que nosotros realizamos y pensamos si acaso habremos equivocado el camino. Son muchos los desalientos que nos pueden aparecer en nuestro entorno. ¿Se nos habrá enfriado el amor?

¿Lo que nosotros queremos realizar es el camino del seguimiento de Jesús? Pues escuchemos a Jesús y seamos capaces de ver su presencia junto a nosotros haciendo con nosotros el camino. La imagen de los discípulos de Emaús puede ser una buena imagen que nos sirva de aliento. Iban cansados de la vida, desalentados y perdidas las esperanzas, defraudados y frustrados porque ellos no habían visto el cumplimiento de las palabras de Jesús. Pero Jesús iba a su lado.

A pesar del desaliento fueron capaces de centrarse en la conversación para ponerse a escuchar al caminante que iba a su lado. Le dejaron hablar, porque tenemos el peligro de que cuando estamos muy encerrados en nuestras negruras todo sea una obsesión para nosotros y ni seamos capaces de escuchar a quien nos pueda ofrecer palabras de luz y de vida. Luego se darían cuenta como les ardía el corazón mientras les hablaba.

Pues escuchemos lo que hoy nos dice Jesús. ‘Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera’.


¿Estamos cansados, defraudados, nos sentimos débiles y sin fuerzas? Vayamos hasta Jesús que en El encontraremos descanso para nuestras almas. Nos puede parecer duro y exigente el camino y la meta que nos propone, pero es que lo estamos mirando ya de antemano casi como un camino imposible; cuando en nuestra imaginación agrandamos la montaña más difícil se nos hará subir a ella.

Por eso tenemos que darnos cuenta lo que significa el camino de Jesús. Es el camino que hemos emprendido desde una llamada de amor pero el camino que queremos hacer con mucho amor en nuestro corazón. Y cuando hacemos las cosas desde el amor y con amor se nos van a hacer más fáciles, más llevaderas. El amor es la fuerza de nuestra vida. Y cuando decimos que queremos ser cristianos no es cuestión de comenzar planteándonos si tenemos o no tenemos muchas cosas que hacer, sino que solamente hemos de mirar el amor en el que nos sentimos cogidos y esa respuesta de amor que nosotros vamos a dar.

No seguimos a Jesús, no podemos decir que nos llamamos cristianos porque cumplamos con unos reglamentos con mayor o menor fidelidad. No es un yugo ni una carga a los que nos vamos a sentir atados, sino un camino de amor. Seguimos a Jesús porque entramos en la órbita de su amor, nos sentimos amados de Dios y ponemos a juego todo nuestro amor.

miércoles, 28 de abril de 2021

El Espíritu del Señor es nuestra verdadera Sabiduría para saborear con sentido la vida y para darle nuevo sabor a nuestra relación con los demás y con el mundo

 


El Espíritu del Señor es nuestra verdadera Sabiduría para saborear con sentido la vida y para darle nuevo sabor a nuestra relación con los demás y con el mundo

Hechos de los apóstoles 12, 24 — 13, 5ª; Sal 66; Juan 12, 44-50

No nos gusta caminar a oscuras, rehuimos todo lo que sea tinieblas; gracias a Dios ya de manera habitual nuestras vías y caminos están lo suficientemente iluminados, claro que alguna ocasión nos encontramos con un fallo de energía y nuestro entorno se queda en tinieblas; qué incómodos nos sentimos, cómo buscamos remedios y soluciones para que no nos falte esa luz por donde hemos de caminar y ya hasta con algo tan elemental que casi todos llevamos al bolsillo nuestros teléfonos móviles o celulares se convierten en linternas que nos iluminen en la oscuridad.

Tenemos, es cierto, ese ansia de luz y sin ella no nos lo podemos pasar, pero quizás tengamos que preguntarnos si otra luz que necesitamos en la vida la buscamos con el mismo interés y dedicación. No queremos andar sin luz y algunas veces caminamos en tinieblas; nos falta un sentido, algo que dé valor a lo que hacemos y vivimos, algo que nos ilumine dándonos razones para vivir y para luchar, para confiar en si mismo, en los demás o en algo que desde lo profundo sea motor de nuestras vidas. Y muchas veces nos encandilamos y no buscamos la mejor luz sino la que más aparenta aunque sea fatua.

Yo creo que todo ser humano necesita esa luz en su vida, esa luz que a la larga es una sabiduría que nos hará saborear la vida de verdad, que, como decíamos, nos dé motivos y fuerzas para luchar y para darle intensidad a la vida. Es cierto que se nos puede ofrecer un abanico amplio de posibilidades pues tenemos diferentes maneras de pensar y de enfocar las cosas, y surgen las filosofías y las ideologías aunque no las podemos poner todas en el mismo rasero, recibiremos influencias de un lado y de otro porque cada uno querrá atraparnos para que sigamos su camino, en muchas ocasiones tenemos el peligro de caer en un sincretismo que todo lo mezcla y eso nos puede llevar también a la confusión y al despiste. Pero creo que es una búsqueda esencial para todo ser humano, la búsqueda de esa luz.

Nosotros los cristianos tenemos la suerte de tener a mano esa luz, porque tenemos a Cristo Jesús. Así se nos presenta en el evangelio y así nos invita a dejarnos iluminar por su luz. En sus palabras es un mensaje que se repite y diversas son las imágenes que como signos se presentan delante de nosotros a lo largo de todo el evangelio. Hoy nos lo vuelve a repetir.

‘El que cree en mí, no cree en mí, sino en el que me ha enviado. Y el que me ve a mí, ve al que me ha enviado. Yo he venido al mundo como luz, y así, el que cree en mí no quedará en tinieblas’.

Creer en Jesús es creer en el Padre que lo ha enviado, ver a Jesús es ver y conocer a Dios. Recordamos como le insistían los discípulos en el discurso de la última cena que le mostrara al Padre, que eso les bastaba. ‘Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre’, le replica Jesús. ‘Nadie va al Padre, sino por mí’. El camino para el encuentro con Dios, el camino único y certero de vivir la vida de Dios. ‘El que me ve a mí, ve al que me ha enviado’, que nos dice hoy.

‘Yo he venido al mundo como luz, y así, el que cree en mí no quedará en tinieblas’, nos ha seguido diciendo. Como nos dirá en otro momento ‘Yo soy la luz del mundo’. Es la luz que nos ilumina y nos hace salir de las tinieblas, ‘no quedará en tinieblas’.  Es la luz que se convierte en el sentido verdadero de la vida. Es la luz que nos conduce a la plenitud. Es la luz que es la sabiduría de nuestra vida. Es la luz que nos da profanidad y sentido a todo. Es la luz que nos conduce a Dios.

Tenemos esa luz y aun seguimos en tinieblas porque no le hemos dado verdadera profundidad a nuestra fe; nos contentamos con una fe superficial, sin conocimiento y profundización de verdad del sentido de la fe; la ponemos como una etiqueta pero sin que de verdad el producto que es nuestra vida se haya deja transformar por esa fe. De una vez por todas tenemos que decidirnos a cultivar a fondo nuestra fe; necesitamos leer más y meditar el evangelio, no dándonoslo por sabido como tantas veces hacemos; necesitamos crecer en nuestra espiritualidad porque desde lo hondo de nosotros mismos con la fuerza y la influencia del Espíritu del Señor crezcamos en esa unión con Dios.

El Espíritu del Señor es nuestra verdadera Sabiduría para saborear con sentido la vida y para darle nuevo sabor a nuestra relación con los demás y a la tarea que tenemos que realizar en medio del mundo.

martes, 27 de abril de 2021

Escuchar a Jesús significa plantar en la vida sus palabras para que se transformen en actitudes nuevas, en nuevas posturas y compromisos, en una nueva forma de vivir y existir

 


Escuchar a Jesús significa plantar en la vida sus palabras para que se transformen en actitudes nuevas, en nuevas posturas y compromisos, en una nueva forma de vivir y existir

Hechos de los apóstoles 11, 19-26; Sal 86;  Juan 10, 22-30

Cuando hacemos preguntas se supone que estamos interesados en encontrar respuesta a lo que no sabemos; se supone sinceridad auténtica en quien hace la pregunta con curiosidad e interés por aprender, por conocer aquello que no conocemos. Pero seguramente habremos visto preguntas hechas con mucha astucia porque queremos obtener la respuesta que a nosotros nos interesa. No es interés por la verdad sino son deseos que tergiversan preguntas y respuestas para hacer decir a quien nos responde lo que nos interesa; preguntas capciones, preguntas interesadas y dirigidas, donde quizá lo que buscamos es un apoyo a lo que son nuestras ideas, pero no son deseos de verdad.

A través del evangelio nos encontramos muchas situaciones así en quienes hacen preguntas a Jesús, a fuer de presentarse con tentaciones de vanidades con alabanzas y adulación como cuando le dicen para reconocer de boquilla afuera que Jesús es sincero y veraz. Son las preguntas por los intereses de la vida eterna cuando no están dispuestos a hacer lo que les pide Jesús, son las preguntas por el mandamiento principal de la ley pero intentando ver si Jesús responde con lo que dice la Escritura, o son preguntas como la que hoy escuchamos donde le preguntan algo así como por la propia identidad de Jesús.

‘¿Hasta cuándo nos vas a tener en suspenso? Si tú eres el Mesías, dínoslo francamente’, le dicen hoy. Pero ellos tenían una idea de Mesías muy particular y era eso realmente lo que buscaban en Jesús. Entre ellos estaba el concepto del Mesías que se presentaría algo así como un guerrillero libertador que les iba a liberar del yugo de los romanos que eran los que ahora los dominaban. Muchos movimientos en ese sentido circulaban sobre todo por Galilea con esos deseos de liberación y que querían aprovecharse de cualquier movimiento del pueblo para alzarse en armas. Pero no era la idea de Mesías de Jesús.

Jesús les habla de un reino nuevo, el Reino de Dios que precisamente no va por esos caminos de violencia; han de saber reconocer las obras que Jesús hace y que nos manifiestan ese señorío de Dios en nuestras vidas; les habla de un camino nuevo donde han de escucharle como al Pastor que en verdad guía sus vidas y han de seguirle; pero han de conocer y escuchar su voz, o lo que es lo mismo, creer en El para seguirle y alcanzar la vida eterna.

‘Os lo he dicho, y no creéis; las obras que yo hago en nombre de mi Padre, esas dan testimonio de mí. Pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas. Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano…’

A pesar de los entusiasmos que en muchas ocasiones manifestaban sin embargo su fe en El no era totalmente sincera y en muchos momentos muy débil o incluso interesada. No es solo tras el entusiasmo del milagro, porque quizá nos sentimos beneficiarios de algunas cosas de nuestro interés, cuando se ha de manifestar y expresar esa fe. Es el querer escucharle en el día a día y también en los momentos oscuros, es el plantar en el corazón y en la vida esas palabras de Jesús para que se transformen en nosotros en actitudes nuevas, en nuestras posturas y compromisos, en una nueva forma de vivir y existir.

Muchas veces somos cristianos de fervorín, de los momentos brillantes, de las emociones vibrantes y fuertes que nos pueden provocar un fervor ocasional que pronto se enfría, de una piedad y religiosidad poco comprometida con la vida y que solo satisfacemos con ofrendas puntuales de cosas, pero donde no terminamos de ofrecer nuestro corazón, de tradiciones para cumplir en determinados momentos pero que se traducen poco en una religiosidad profunda, en una espiritualidad honda que motive cada momento de la vida.

Seguir a Jesús, creer en El exige mucho más, ha de implicar toda nuestra vida, ha de darle verdadera profundidad a nuestra existencia fundamentándola en los valores del evangelio. Se nos plantea la sinceridad y autenticidad de nuestra respuesta.

 

lunes, 26 de abril de 2021

Algo nos está faltando a los cristianos que no terminamos de ser la sal y la luz de nuestro mundo que Cristo nos pide

 


Algo nos está faltando a los cristianos que no terminamos de ser la sal y la luz de nuestro mundo que Cristo nos pide

1Corintios 2, 1-10; Sal 118; Mateo 5, 13-16

Están claras las imágenes que nos propone hoy Jesús en el evangelio. La sal tiene que dar sabor en su punto y la luz tiene que resplandecer e iluminar; ni escondemos la luz ocultándola ni mal utilizamos la sal porque en lugar de dar el sabor apropiado podemos estropear nuestra comida. En el uso diario que hacemos de ambas todos entendemos su significado.

Pero Jesús nos dice que nosotros tenemos que ser sal, que somos sal y que somos luz. ¿Qué significará eso en referencia a nuestra propia vida? Está hablándoles Jesús a los que creen en El, los que son sus discípulos y le siguen, a aquellos que en ese seguimiento de Jesús ya le han dado un sentido nuevo a sus vidas. Han entendido ya ese sabor que Cristo quiere dar a nuestra existencia y cuando se han encontrado con Jesús sus vidas se han iluminado con nueva luz. Es que por ahí va lo de creer en Jesús.

No creemos en Jesús simplemente porque nos maravillemos con las obras que realiza o disfrutemos con la belleza de sus palabras. Es algo más. Llegamos a creer en Jesús desde el encuentro con su persona, un encuentro, podríamos decir, que nos coge por dentro, que impacta nuestra vida para hacerla cambiar, para transformarla. Porque creer en Jesús es sentirnos tan identificados con El en lo que es su vida, en lo que hace o en lo que nos enseña que ya nuestro sentido de vivir no es otro que el de Jesús.

Recordamos lo que nos decía el evangelista que cuando Jesús comenzó a predicar en Galilea el pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande, una luz brillante los iluminó, con las palabras del profeta. Nos sentimos impactados por esa luz de manera que ya nosotros para siempre vamos a reflejar esa luz, no la podremos ocultar. Pero encontrarse con la luz significa que nuestras sombras se iluminan y comenzaremos a ver cosas que en las tinieblas no éramos capaces de distinguir. Es ese sentido nuevo que en Cristo encontramos que es luz para nuestra vida, que es sabiduría para nuestra existencia, luz y sabiduría que tenemos que llevar también a nuestro mundo.


Esa sabiduría de Jesús y su evangelio que nos hace saborear la vida y las cosas de una forma distinta, es un nuevo sabor que es mucho más que un nuevo saber; saber podemos saber muchas cosas pero si no las convertimos en sabor de nuestra vida de nada nos valen esos saberes. Es lo que nos está diciendo Jesús con la imagen de la sal, que no puede desvirtuar su sabor.

Por eso un cristiano en medio del mundo tiene que ser un revulsivo. Allí donde esté un cristiano, un seguidor de Jesús tiene que notarse que las cosas son distintas, que hay un nuevo sabor. El cristiano nunca puede ir de brazos cruzados con pasividad y dejando hacer, sino que tiene que moverse para transformar desde lo más hondo aquellas situaciones en las que se encuentra. Un cristiano que se encuentra con un mundo de pasividad y de injusticia, de insolidaridad y de violencia, no puede cruzarse de brazos tiene que ser ese fermento nuevo que haga que todo aquello se transforme y cambie. Por eso nos hablará en otro momento de la levadura que fermenta la masa.

Pero ¿en verdad somos así los cristianos? ¿Habremos quizá llegado a una pasividad y a una atonía en que evitamos el comprometernos, y dejamos que las cosas sigan igual? Nos hace falta que encendamos de nuevo ese fuego del evangelio que incendie nuestro mundo para transformarlo, que seamos en verdad esa sal que dé buen sabor y esa luz que ilumine. Desgraciadamente vamos demasiado apagados los cristianos por la vida. Algo nos está faltando.

domingo, 25 de abril de 2021

La riqueza de la imagen del Buen Pastor nos hace ver a tantos que son signos de ese amor de Dios en nuestras vidas y a serlo nosotros también para los demás

 


La riqueza de la imagen del Buen Pastor nos hace ver a tantos que son signos de ese amor de Dios en nuestras vidas y a serlo nosotros también para los demás

Hechos de los Apóstoles 4, 8-12; Sal. 117; 1Juan 3, 1-2; Juan 10, 11-18

Pudiera sucedernos que en ciertos ambientes sobre todo urbanos cueste entender en todo su sentido las imágenes que nos ofrece hoy el evangelio; quizá en muchos ambientes urbanos, muy diferente a la vida en el campo, todo el contacto que tengamos con los animales sean las mascotas que tengamos en casa, pero pienso que esa experiencia también pudiera ayudarnos.

Hoy nos habla del pastor que conoce a sus ovejas y sus ovejas lo conocen a él, que incluso las conoce por su nombre, porque es costumbre entre nuestros ganaderos el que le pongan nombre a los animales que están a su cuidado; recuerdo de niño los variopintos nombres con que mi padre llamaba a las vacas sobre todo cuando estaba realizando labores con ellas en el campo. Desde esa experiencia urbana que tenemos con nuestras mascotas, también le ponemos nombre por el que nos responden cuando las llamamos y bien tenemos la experiencia de cómo nos conocen a nuestra llegada a casa y salen gozosos a nuestro encuentro y como nos buscan y se gozan con nuestra presencia. Como solemos decir cómo nos son fieles y leales y cómo nos quieren.

Es la riqueza de la imagen del pastor y de sus ovejas, de su rebaño, que aunque sean muchas él las conoce de la misma manera que ellas le conocen y escuchan su voz para seguirle. Pero es además la imagen del pastor que está con sus ovejas, que las cuida y no las abandona sea cual sea la circunstancia en que se encuentre. Es esa imagen muy bucólica, si os parece, pero donde vemos al pastor rodeado de su rebaño, que camina a su lado, que se deja conducir a la menor señal o silbido, que carga sobre sus hombros la oveja herida o que va a buscar a la perdida alejándola del peligro y ayudándole a caminar junto con todo el rebaño.

Pudiera parecer que nos extendemos mucho en estas descripciones pero que es muy importante tener en cuenta para comprender toda la dimensión que Jesús quiere darnos de su imagen de Buen Pastor. No nos olvida el Señor, no nos deja ni nos abandona aunque nosotros vayamos tantas veces errantes y errando por los caminos de la vida. Quiere hacernos sentir su presencia y la gracia que nos fortalece, nos ofrece el alimento de su Palabra, pero aun más se nos da El mismo como comida y alimento de nuestra vida. Tenemos que saber descubrir esa cercanía de Dios que se hace presente en nuestra vida a través de tantos signos y señales.

En este domingo del Buen Pastor para comprender toda la hondura de esta imagen tenemos que saber descubrir a esas personas que Dios va poniendo a nuestro lado en los caminos de la vida y que con su atención y su cercanía, con su escucha caminando a nuestro lado o con el sabio consejo o humilde palabra de orientación, con su servicio desinteresado… nos tienden la mano cuando lo necesitamos o incluso nos sirven de muleta de apoyo en la debilidad de nuestro caminar, y están siendo para nosotros signos de ese Buen Pastor.

Cada uno recuerda agradecido ese momento en que parecía que nos hundíamos en nuestros tropiezos, en las dificultades que encontrábamos en la vida, en la desorientación en que nos encontrábamos en momentos oscuros por los que siempre todos hemos pasado alguna vez, en la torpeza de nuestros errores o en el agobio de los problemas que parecía que no faltaban, y apareció una mano generosa que se tendió hacia nosotros, una voz que era palabra de ánimo, una luz que nos hizo ver con más claridad lo que nos parecía todo oscuro. Seguro que recordamos a esas personas que nos levantaron el ánimo, que nos dieron esperanzas en nuestras luchas, que pusieron de nuevo ilusión en nuestro corazón. Han sido y son señales y signos de Dios, Buen Pastor que nos cuida y que nos ama.

Claro que tenemos que pensar también en aquellos que como pastores del pueblo de Dios, en nombre de Cristo, nuestro Buen Pastor, están en la Iglesia con esa función y con ese ministerio desde una llamada y una consagración especial. Hoy es un día muy especial para pensar en nuestros sacerdotes y cuantos ejercen el ministerio en la Iglesia de Dios porque son esos pastores que Cristo ha puesto a nuestro lado, para que caminen a nuestro lado con nosotros, para que nos ofrezcan la riqueza de la Palabra de Dios, para que nos hagan llegar la gracia del Señor a través de los sacramentos. A ellos tenemos que mirar agradecidos por su ministerio y por ellos hemos de saber elevar nuestra oracion al Señor.

Hoy es un día especial para pedir al Señor que sean muchos los llamados que respondan a la voz del Señor para ejercer el ministerio en bien de la Iglesia y del mundo. Un día especial de oración por las vocaciones.

Pero no me quiero quedar aquí sino que pienso en la respuesta que cada uno de nosotros ha de dar a esta buena nueva del Evangelio. ¿No tendríamos que ser cada uno de nosotros signos del amor de Dios desde las actitudes de escucha, de acogida, de cercanía, de servicio, de luminosidad que tengamos hacia los demás? Una palabra, un gesto, un detalle, una mirada, una sonrisa, una mano sobre el hombro de alguien que se va tambaleando a nuestro lado puede ayudarlo a levantarse y a ver la vida con una nueva ilusión.

No neguemos nunca ese gesto bueno hacia el otro e iremos logrando que todos seamos un poco más felices. Podemos y tenemos que ser signos y señales del amor de Dios en medio de nuestro mundo.