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sábado, 22 de febrero de 2020

La fiesta de la Cátedra de san Pedro que hoy celebramos nos invita a vivir en comunión con Papa y con toda la Iglesia universal escuchando la Palabra que nos guía




La fiesta de la Cátedra de san Pedro que hoy celebramos nos invita a vivir en comunión con Papa y con toda la Iglesia universal escuchando la Palabra que nos guía

1Pedro 5, 1-4; Sal 22; Mateo 16, 13-19
Hoy es una fiesta litúrgica muy especial para toda la Iglesia aunque con especial relevancia en la Iglesia de Roma. Es por eso por lo que hemos vuelto a escuchar el evangelio que recientemente se nos ha ofrecido en la liturgia de cada día del tiempo ordinario. Hoy es la fiesta llamada así de la ‘Cátedra de san Pedro’.
¿Qué significado tiene? La cátedra es la sede desde la que enseña el maestro, el catedrático. Algo así como la silla donde se sienta para impartir con autoridad su enseñanza. Para que un poco nos entendamos recordemos que los profesores titulares, podríamos llamarlos así, de una universidad son los catedráticos, tienen cátedra, tienen la autoridad de la enseñanza porque así se le reconoce siendo así algo más que un titulo, porque es la autoridad de su saber, de su enseñanza.
Hablar de la Cátedra de Pedro es pensar en la autoridad que le dio Jesús sobre toda la Iglesia. ‘Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré la Iglesia… Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos’. Así lo hemos escuchado hoy en el evangelio, como podríamos recordar que le dice que se mantenga firme para que confirme en la fe a los hermanos. Y ya sabemos como después de la resurrección allá en la orilla del lago de Galilea le confirma esa misión tras aquella triple declaración de amor, ‘apacienta mis ovejas, apacienta mis corderos…
Antes de la reforma del calendario litúrgico tras el concilio Vaticano II había dos fiestas de la Cátedra de Pedro, una celebrada en este día 22 de Febrero que era la llamada Cátedra de Antioquia, y el 18 de enero se celebraba la Cátedra de Roma. Se unificaron en una sola celebración en este día sin mención especial al lugar sino al hecho de la Cátedra.
Así como tenemos en Roma con todo esplendor el signo de esa Cátedra y recordamos como en la Basílica de san Pedro el Ábside de la Basílica está totalmente dedicado a la Cátedra de Pedro, sin embargo en Antioquia de Siria – hoy territorio turco – que tanta importancia tuvo en la iglesia primitiva porque allí fue donde primeramente se llamaron cristianos los seguidores del camino de Jesús no quedan restos ni señales como no hay vestigios del cristianismo primitivo. Recordemos todo lo que se dice de la comunidad de Antioquia en los Hechos de los Apóstoles. En las afueras de la ciudad nos encontramos unas ruinas muy mal conservadas de lo que pudo haber sido un templo que nos recuerdan esa Iglesia primitiva y esa cátedra de Pedro en aquel lugar. He podido tener la suerte de estar en ese lugar.
Pero centrémonos en lo que ha de significar esta fiesta y celebración en nuestra vida cristiana. Una invitación a la comunión, porque nos sentimos una Iglesia de Cristo que en comunión con el Papa y todos los Obispos, sucesores de Pedro y de todos los apóstoles conformamos la Iglesia de Cristo sobre la tierra. Una invitación a dejarnos conducir y a dejarnos guiar, manteniendo íntegra nuestra fe, alimentando ese amor de comunión en la celebración de la Eucaristía y de todos los sacramentos, dejándonos iluminar por la Palabra de Dios que con toda fidelidad nos transmite la Iglesia. Sabemos que la Iglesia está asistida por la fuerza del Espíritu del Señor que nos prometió que estaría siempre con nosotros hasta el final de los tiempos.
Esa Iglesia que conformamos todos los que creemos en Cristo como nuestro Salvador, aunque en medio de debilidades y también muchas veces oscuridades queremos mantener íntegra nuestra fe y nuestro amor. Porque confiamos en la asistencia y fuerza del Espíritu nos sentimos seguros en nuestro caminar y nos sentimos fortalecidos para el amor y para la comunión. Es una invitación a que nos sintamos Iglesia, a que amemos a la Iglesia como cosa nuestra que es, a que con orgullo nos manifestemos también como miembros de esa Iglesia y la defendamos también cuando es necesario.
Es ese espíritu de comunión el que nos hace escuchar con toda atención y amor la enseñanza de la Iglesia que nos llega por el ministerio del Papa y de los Obispos. Prestemos atención a su palabra, a su enseñanza.

viernes, 21 de febrero de 2020

Ganamos o perdemos la vida en la medida en que hacemos que haya más humanidad porque el mundo sea mejor y crezca en armonía y en justicia



Ganamos o perdemos la vida en la medida en que hacemos que haya más humanidad porque el mundo sea mejor y crezca en armonía y en justicia

Santiago 2, 14-24. 26; Sal 111; Marcos 8, 34 – 9, 1
¿Qué significará ganar o perder en la vida? Parece que la gente lo tiene claro. Hay triunfadores y hay perdedores. Ganar va unido fácilmente al prestigio y al poder, a la riqueza y al dominio sobre los demás, al hacer carrera pero que de esa carrera se vean unos frutos en unos buenos puestos y en unas ganancias, en la ostentación que pueda hacer de mi poder, de mis riquezas, de mis influencias, del dominio sobre el mundo.
¿Perdedores? Los que son todo lo contrario, que no tienen triunfos en la vida, que no avanzan, que se quedan siempre en lo mismo, que estarán pendientes o quizá subyugados al dominio de los otros; los que no son capaces, no son emprendedores, parece que van como con miedo por la vida porque pueden ser atropellados por los que se consideran triunfadores; los que llevan una vida callada sin sobresalir, sin destacar, parece que van como arrastrándose por la vida. Y sus vidas se llenan de amarguras, porque la ambición quizá está pero no han sabido cómo ganar porque quizá han tenido miedo.
¿En esto dividimos la categoría de las personas? Pudiera ser una manera muy simplista de ver las cosas, porque quizá no todos entran ni en una ni en otra categoría, pero en el fondo hay quizá esa apetencia y ambición de ser ganador así. Lo vemos en tantos que quizá con sus palabras parece que quieren cambiar el mundo para una mayor justicia, pero pronto entran también en esa carrera y parece que se comieron aquellas antiguas palabras. ¿No es lo que vemos en esa carrera desaforada por el poder ya sea político, social o económico donde al final parece que todos terminan como tiranos de los demás? Ejemplos muy claros y palpables tenemos en nuestra sociedad actual.
Claro que con estos presupuestos de ideas resulta muy difícil entender lo que nos dice Jesús hoy en el evangelio. No nos extraña lo que ayer contemplábamos en Pedro como rechaza las palabras de Jesús porque aquello que anunciaba no podía pasar. Así desconcertados se quedarían cuando escucharon lo que seguía y hemos escuchado hoy.
Son fuertes y desconcertantes las palabras de Jesús y creo que no las hemos meditado y reflexionado lo suficiente. Porque realmente nos ofrece algo revolucionario. ‘Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga. Porque, quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará. Pues ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero y perder su alma? ¿O qué podrá dar uno para recobrarla?
A las preguntas que Jesús les había hecho allá por Cesarea de Filipo, los discípulos le habían respondido que El era el Mesías de Dios. Y a continuación les había explicado hasta donde llegaría su entrega, que les había costado aceptar. Pero ahora Jesús les dice que quien quiera seguirle, quien quiera en verdad reconocerle como el Mesías de Dios tendrá que negarse a si mismo, porque para salvar la vida habría que perderla. Palabras desconcertantes cuando habían pensado en un Mesías caudillo triunfador, palabras desconcertantes también para nosotros cuando nos queremos comer el mundo y tenemos la ambición de los triunfadores.
¿Significarán estas palabras de Jesús que tenemos que anularnos para no ser nada en la vida? Ni mucho menos cuando El nos dirá que los talentos tenemos que negociarlos. Lo que nos está queriendo decir cual es el estilo y sentido de vida que nosotros hemos de vivir. Empezando porque siempre tenemos que estar abiertos a los demás, que el valor de nuestra vida está en el servicio.
Es el estilo del amor donde no nos importa darnos aunque parezca que perdamos porque lo importante es el bien que hacemos aunque nos cueste sacrificio. No son esas ambiciones de ganarnos el mundo, sino de hacer que el mundo gane, porque el mundo sea mejor, porque haya una nueva armonía y paz en la convivencia de todos, porque luchemos por la justicia buscando siempre el bien y la dignidad de toda persona. No es que el mundo gane en ese sentido de los poderosos de este mundo, sino que el mundo gane en humanidad, y entonces sí que nos llenaremos de vida, sí que nos sentiremos en plenitud. Por eso cuanto valemos siempre estará al servicio del bien, al servicio del otro, al servicio de hacer el mundo mejor. No nos anulamos, a la larga estaremos creciendo de verdad, porque estamos haciendo mejor nuestro mundo.

jueves, 20 de febrero de 2020

No podemos quedarnos en lo superficial ni en generalidades cuando hablamos de nuestra fe, hemos de ahondar mucho en el conocimiento de Jesús


No podemos quedarnos en lo superficial ni en generalidades cuando hablamos de nuestra fe, hemos de ahondar mucho en el conocimiento de Jesús

Santiago 2, 1-9; Sal 33; Marcos 8, 27-33
Si uno se pone un poco a pensar podría definir la vida como un camino continuo  que vamos haciendo a través de lo que es toda nuestra existencia y es algo que está también en continuo crecimiento, porque no crecer significa de alguna manera morir.
Y no es solo en un sentido vegetativo o somático porque crece nuestro cuerpo, se modifica y se transforma de alguna manera, las células se van renovando continuamente sino que en algo más profundo de nuestro ser nos damos cuenta también de ese cambio, de esa transformación, de ese crecimiento.
Miramos hacia atrás y no solo veremos nuestro cuerpo distinto en esas diferentes etapas de la vida, sino que nos vemos a nosotros mismos también distintos; han crecido nuestros conocimientos, pero es que podríamos decir en el paso de los años nos hemos abierto a otras muchas cosas que nos hacen tener una mirada distinta, un pensamiento distinto, unas convicciones más maduras; claro que hay gente que se queda anquilosada siempre en el mismo pensamiento, en la misma visión y de alguna manera ha dejado de crecer, se ha estancado, como decimos, en tantas cosas.
Miremos si no todo lo que ha sido el recorrido de nuestra vida en lo que hemos hecho pero también en la manera que se ha ido transformando nuestro pensamiento y suponemos que haya ido en verdad madurando. Y eso también en las convicciones más profundas, en el sentido que le damos a la vida, y en lo que es nuestra fe.  Malo seria que en este aspecto de nuestra fe no hubiéramos crecido y nos hubiéramos quedado en una fe infantil, como demasiadas veces sucede en muchas personas.
Ahondando en este aspecto nos damos cuenta que la misma vivencia de la fe, cuando lo hacemos de una forma auténtica y cuando hay apertura también en nuestro corazón, nos ha hecho crecer y madurar en muchas cosas, en muchos aspectos de todo lo que es nuestra fe y su vivencia religiosa, porque desde lo mismo que vamos experimentando, de lo que vamos conociendo o incluso hasta de las dudas que nos van surgiendo, en nuestro interior vamos rumiando todo eso en lo que creemos.
Habrá habido momento en que nos hemos quedado con una fe simple que no nos ha llevado a demasiados compromisos de vida, pero ha habido momentos en que la vida misma nos ha hecho pensar, ahondar en algunos aspectos, darle una mayor comprensión a muchas cosas y a comenzar a vivir con una mayor madurez. No nos han faltado por medio dudas, problemas, soledades, oscuridades, hasta ganas en ocasiones de echarnos a correr pero en huida, mas si con sinceridad hemos querido buscar hemos ido encontrando esa salida y esa luz.
Me ha llevado a esta reflexión el evangelio que hoy se nos ofrece que podríamos decir que viene a ser todo un proceso que aun en los apóstoles está en camino. Jesús que se ha retirado con los discípulos casi a las afueras de lo que es el territorio palestino le pregunta a los discípulos por lo que dice la gente de El; pero tras esas respuestas que expresan lo que era el sentir común de las gentes que lo ven como un gran profeta, Jesús quiere algo más personal de aquellos que están cerca de El. ¿Habrán pasado de esa imagen común de las gentes a descubrir algo más en Jesús? Pedro da la respuesta, ‘Tú eres el Mesías’.
No significaba esa respuesta que ya hubieran descubierto todo el secreto de Jesús. El Mesías tenía para los judíos una connotación en cierto modo política y guerrera; era quien había de liberarlos de la opresión de pueblos extranjeros para que Israel fuera en verdad lo que ellos consideraban que se merecía su pueblo. Por eso Jesús trata de explicarles que ser el Mesías, el Hijo del hombre, connotaba algo más. No venia por caminos de poder y de victorias guerreras. Es que el Hijo del hombre habría de padecer, iba a ser entregado incluso en manos de los gentiles, iba a ser reprobado por las autoridades del pueblo, y al final terminaría ejecutado; claro que les dice también que al tercer día resucitará.
Pero eso ellos no lo entienden. No ha terminado aun su proceso de conocimiento de Jesús y va a ser duro para ellos. Por eso Pedro trata de quitarle de la cabeza esas ideas a Jesús porque eso no le puede pasar. Es cuando Jesús lo aparta a un lado y le dice que aun sigue pensando como todos, que aun no ha llegado al pensamiento de Dios, que aun no ha llegado a descubrirle de verdad.
Y ¿nosotros? ¿Qué idea tenemos de Jesús? ¿Por donde va el camino de nuestra fe? ¿Nos quedaremos también en superficialidades y generalidades? ¿Hasta donde llega nuestro compromiso? Necesitamos seguir ahondando en el misterio de Cristo, seguir profundizando en nuestra fe para que se haga vida en nosotros. Dejémonos conducir. Que nuestra fe sea lo que da hondo sentido a nuestra vida.

miércoles, 19 de febrero de 2020

Nos dejamos conducir hasta Jesús y El pondrá una mirada nueva en nuestros ojos que ilumina con una nueva luz también nuestro mundo


Nos dejamos conducir hasta Jesús y El pondrá una mirada nueva en nuestros ojos que ilumina con una nueva luz también nuestro mundo

Santiago 1, 19-27; Sal 14; Marcos 8, 22-26
Hay ocasiones en que nos cuesta entender la vida; suceden tantas cosas a nuestro alrededor y a veces de forma vertiginosa que no llegamos a captar su sentido, nos sentimos confusos. Son complejas las interpretaciones que escuchamos por acá o por allá, nuestra mente da vueltas y vueltas queriendo encontrar un sentido, un por qué, un valor, un significado a cuanto sucede y además nos podemos ver influenciados por interpretaciones que se hacen acá y allá y nos llenan de mayor confusión.
Como en ocasiones parece que se resaltan más las cosas negativas y no dejamos de ver tantas ambiciones que llevan a una lucha sin cuartel entre unos y otros llenando el mundo de violencias pero también de corrupción, nos hace sentirnos más confusos y sin saber qué interpretación podemos dar. Ese torbellino de violencias, de catástrofes o de muerte que vemos que sucede en nuestro entorno lleva a muchos a hacer interpretaciones catastrofistas donde todo les parece perdido y que ya es el comienzo del final.
Necesitamos una luz que nos dé esperanza; necesitamos quien pueda sembrar claridad sobre tanta confusión y podamos llegar a descubrir que a pesar de todo se pueden abrir horizontes de esperanza delante de nosotros que nos impulsarán a buscar caminos nuevos. Necesitamos un colirio para nuestros ojos que nos hace mirar con una mirada distinta, de la que quitemos sombras para poder ver con esa nueva claridad.
Y es que algunos podrán venir, incluso queriendo apoyarse en la misma Palabra de Dios, para sembrar más confusión con sus visiones catastrofistas y con no correctas interpretaciones de esas Palabra de Dios. Muchos quizá sin hacer una lectura bien hecho del mismo texto sagrado se dejarán influir por conceptos preconcebidos que nos pueden crear mas confusión.
Es lo que sucede por ejemplo con el Apocalipsis que sirve para muchos como cauce de interpretación de todas esas violencias de que está lleno nuestro mundo y le hacen decir cosas que realmente no es el sentido del Apocalipsis. Ya que lo hemos mencionado decir que es un libro de esperanza, porque en medio de toda esa confusión que podemos contemplar con esas descripciones violentas del mundo quiere sin embargo alumbrar la visión de un mundo nuevo, de un cielo nuevo donde podemos contemplar la victoria del Cordero.
Hoy nos encontramos en el evangelio cómo Jesús fue luz para aquel ciego de Betsaida. En pocas palabras el evangelio nos presenta todo un proceso. Le llevaron aquel ciego a Jesús para que lo curara y Jesús lo apartó a un sitio aparte, como queriéndolo arrancar de allí donde estaba siempre, y le impone las manos untándole los ojos con saliva. Aquel hombre comienza a ver, en principio confundido porque los hombres le parecían árboles pero que andaban; Jesús vuelve a imponerle las manos y aquel hombre comienza a ver con toda claridad.
Nuestras confusiones allí donde estamos y donde no vemos con claridad, pero necesitamos apartarnos de eso, dejarnos conducir por la mano de Jesús hacia algo nuevo y distinto; el proceso de crecimiento de nuestra fe algunas veces es costoso, no lo vemos todo claro, pero si nos dejamos hacer por Jesús vendrá la luz a los ojos, vendrá la luz a nuestro corazón.
Recientemente charlaba con un joven de todo ese mundo de confusión y catastrófico del que hablamos al principio de esta reflexión, pero nuestra reflexión podríamos decir que fue dando pasos y al final aquel joven me decía que para él mejorar y ver las cosas distintas necesitaba de las lentes de Jesús que sería quien iluminaría su camino. Creo que no es necesario decir nada más. Dejemos que Jesús abra nuestros ojos, ponga una mirada nueva en nuestra vida y veremos distinto, seremos distintos. Es lo que estamos contemplando en el evangelio.
¿Habrá quien nos lleve hasta Jesús? ¿Seremos nosotros capaces de llevar a otros hasta que Jesús para que miren con esos lentes nuevos que pone Jesús en nuestros ojos?

martes, 18 de febrero de 2020

Evitemos las levaduras del mundo y no olvidemos cuales son nuestras metas, los valores que tienen que envolver nuestra existencia y da un sentido hondo a la vida


Evitemos las levaduras del mundo y no olvidemos cuales son nuestras metas, los valores que tienen que envolver nuestra existencia y da un sentido hondo a la vida

Santiago 1, 12-18; Sal 93; Marcos 8, 14-21
‘A los discípulos se les olvidó tomar pan, y no tenían más que un pan en la barca’. Vaya despiste. Lo normal era que cuando se ponían en camino echaran un poco de pan en la alforja. El bocadillo para el camino que diríamos hoy. Lo normal era que en sus propias casas se hicieran el pan; tenemos que situarnos en la época y en sus costumbres, pero contando también con su pobreza. ¿Por qué llevaba aquel muchacho aquellos cinco panes y dos peces de los que se nos habla en otro lugar? Eran las previsiones para el camino.
Así andaban los discípulos, quizá preocupados, quizá imaginando lo que Jesús les pudiera decir y como resolver el asunto cuando Jesús como cambiando de tercio pero dentro aun del mismo campo les dice que tengan cuidado con la levadura de los fariseos y la levadura de Herodes. ¿Era una forma de reprensión? ¿Se sentían aludidos en sus despistes o qué quería decir Jesús? No terminan de entender, andan como embotados y Jesús se los echará en cara, por hablar de pan por pan les recuerda lo que había hecho en varias ocasiones en que la multitud había comida hasta saciarse y aun había sobrado. Luego Jesús quería decir algo más.
Los panaderos lo saben y quienes hacen sus amasijos en casa para lo que fuera saben muy bien que no todas las levaduras son iguales. Que algunas fermentan mejor o nos dan mejor sabor de pan y otras quizá hasta lo pueden estropear. Y Jesús ahora no está hablando de cantidades de pan sino de distintas levaduras, pero para la vida. Podíamos decir que la levadura hace que el pan sea pan y sea buen pan, y esa levadura de la que ahora nos habla Jesús es la que nos da sentido o valor a la vida y tendríamos que ver cual es ese sentido y ese valor.
En la vida recibimos una educación de nuestros padres que nos inculcan unos valores  que nos enseñan a vivir. Y el padre se siente satisfecho y orgulloso cuando ve crecer a su hijo y lo ve madurar en responsabilidades y en buenos valores. Pero sabemos también que se puede torcer, porque hay otras influencias que recibimos de nuestro entorno, que recibimos de los amigos, que recibimos del conjunto de la sociedad, que nos bombardea con sus publicidades engañosas y pretende muchas veces hacernos cambiar en nuestros principios y en nuestros valores.
Y el mundo se nos presenta sensual y materialista y nos quiere hacer ver que esas son las cosas importantes que nos pueden hacer felices; y nos encontramos con corruptelas de todo tipo en los negocios, en la vida social, en la política y ya tenemos el peligro de verlo tan normal y natural que casi nos sentimos impulsados a actuar de esa manera. Y nos parece que si no damos el pelotazo para sacar unos provechos y unas ganancias en aquello que hacemos olvidando los mínimos principios éticos, seriamos los más tontos del mundo que no sabemos aprovecharnos como lo hace todo el mundo.
Muchos ejemplos, muchas situaciones podríamos seguir contando pero creo que todos entendemos. Es esa levadura corrompida que nos corrompe, es esa levadura de maldad que se nos mete en los entresijos de la vida y nos lleva a actuar de esa forma injusta y dañina produciendo también tanto dolor en el mundo. Cuando llegamos a acostumbramos a esos sabores todo nos parece normal y perdemos la sensibilidad ética y moral de nuestra conciencia.
Jesús les dice a los discípulos que cuidado con la levadura de los fariseos que trataban de influir en la gente convirtiendo en manipuladores de sus conciencias y que estaban dispuestos a destruir todo lo que no fuera a su manera y según el concepto que ellos tenían de la vida y de la religión. Y lo mismo de la levadura corrupta y sensual de Herodes que en todo buscaba los placeres a su conveniencia y también dispuesto a quitar de en medio a quien pudiera oponerse a su manera de entender la vida como hizo con el Bautista.
Evitemos esas levaduras del mundo, nos viene a decir Jesús, y no olvidemos cuales son nuestras metas, cuales son los valores que tienen que envolver nuestra existencia, cuales son las verdaderas cosas que dan un sentido hondo a nuestras vidas. Busquemos la levadura de Jesús.

lunes, 17 de febrero de 2020

Cuidado no nos dejemos seducir solo por cosas atractivas o según sea la simpatía de quien nos ofrece el mensaje



Cuidado no nos dejemos seducir solo por cosas atractivas o según sea la simpatía de quien nos ofrece el mensaje

Santiago 1, 1-11; Sal 118; Marcos 8, 11-13
No hay peor ciego que el que no quiere ver. Siempre se ha dicho eso y es cierto. Cuántas veces contemplamos una diatriba o una discusión y hasta nos parece que están diciendo las mismas cosas una y otra parte. No se escuchan, no quiere ninguna parte entrar en razones, nadie quiere entender lo que el otro dice, sino que nos ofuscamos en nuestra idea y no sabemos ver las razones de la otra parte.
Pero no solo es en una discusión o como mejor tendríamos que decir en un diálogo, pero que no termina de ser diálogo, sino que es en la comprensión que vamos teniendo en la vida de los hechos que suceden, de lo que vemos en el actuar de los demás, de los planteamientos que se nos pueden hacer en que no somos capaces de ver lo que se nos dice, lo que sucede o de lo que se nos trata de plantear. Y pedimos más razones, y pedimos más pruebas, cuando las cosas están claras o ya se nos han ofrecido suficientes pruebas. Pero nos encerramos en nosotros mismos, en nuestros prejuicios, en la manera en que nosotros vemos las cosas que no somos capaces de abrirnos a un nuevo planteamiento, a una nueva idea, a una nueva razón para vivir.
Jesús en el evangelio hay ocasiones en que les echa en cara a los fariseos, a los maestros de la ley, o a aquellos que no querían entender el mensaje nuevo del evangelio que son ciegos que no quieren ver, y que además son ciegos que pretenden conducir a otros ciegos, y al final los dos caerán en el hoyo.
Es lo que vemos que sucede hoy en el pasaje que nos ofrece el evangelio, una vez más vienen a pedirle a Jesús pruebas, signos, cosas extraordinarias para ellos poder aceptarle y creer. No les bastan los signos que Jesús cada día realiza cuando cura a los enfermos, cuando resucita a los muertos, cuando les ha dado de comer milagrosamente allá en el desierto. Podríamos decir que aun les parecen pocas pruebas. Y en este pasaje que nos narra san Marcos, Jesús termina pasando de ellos, empleando nosotros un lenguaje de los que se usan hoy día.
En otra ocasión les dirá que se les ofrecerá el signo de Jonás, al que incluso le costaba anunciar la Palabra de Dios, pero sin embargo el pueblo creyó, o Jonás el que fue engullido por el cetáceo y vuelto con vida a los tres días al ser vomitado por aquel cetáceo, signo de la muerte y de la resurrección de Jesús. Hoy Jesús no les responde nada para que simplemente piensen en lo que están viendo cada día y los signos que Jesús continuamente realiza con sus milagros.
Pero tenemos que preguntarnos, ¿Nosotros vemos o no vemos? ¿Nos cerraremos los ojos y la mente también para no descubrir las obras maravillosas de Dios? ¿Andaremos también pidiendo o buscando pruebas, signos milagrosos para nosotros también creer? Ya bien sabemos cómo somos muy dados a las cosas espectaculares y allá donde nos dicen que ha sucedido algo extraordinario vamos corriendo para querer apuntalar nuestra fe.
Nos dejamos seducir muchas veces por cosas atractivas y parece que nos cuesta menos creer según sea la simpatía, por ejemplo, del sacerdote que conozcamos o de las cosas extrañas que pudiera hacer. ¿Buscamos la simpatía que nos atraiga o buscamos la verdad de la Palabra de Dios? algunas veces también los tienen la misión de guiar al pueblo de Dios se dejan arrastrar por esas cosas y pretenden presentarse como muy simpáticos para así, dicen, agradar a la gente y hacer más atractiva la Palabra de Dios.
Seguramente en las redes sociales les habrá llegado más de un video de si un cura en la boda de unos amigos cantó no sé qué canción que le gustaba mucho a la novia, o si en la misa se daba sus pasos de baile con vestiduras litúrgicas incluidas mientras se cantaban los cantos de la celebración, o si contaba no sé qué cosas llamativas cuando trataba de explicar la palabra de Dios. Me pregunta si es necesario que lleguemos a eso y por ese camino a quien estamos anunciando, ¿a Jesús y el mensaje del evangelio o al propio sacerdote que quiere ganarse unos enteros de simpatía con su gente?
Le pedían un signo a Jesús y Jesús no quiso darles ningún signo de lo que ellos le pedían.

domingo, 16 de febrero de 2020

Vivamos un camino de ascensión y de superación que nos dé una verdadera hondura espiritual y humana y cristianamente nos conduzca a una mayor plenitud



Vivamos un camino de ascensión y de superación que nos dé una verdadera hondura espiritual y humana y cristianamente nos conduzca a una mayor plenitud

Eclesiástico 15, 16-21; Sal 118; 1Corintios 2, 6-10; Mateo 5, 17-37
El camino de la vida en cierto modo es una ascensión; un camino ascendente que siempre nos ha de llevar a más. Vamos teniendo por decirlo así unas metas parciales, pero conseguidas estas buscamos otras más altas; no nos podemos quedar en esa primera meta parcial que hayamos conseguido porque sería como si nuestros esfuerzos se convirtieran en inútiles e inservibles.
Queremos más, y no es solo en el aspecto de ganancias materiales – que también es justo que en ello vayamos subiendo – sino en todo lo que son buenas aspiraciones de la vida en el nivel humano, en el nivel profesional, en el nivel de la familia, o de lo que queramos incluso conseguir para la humanidad. La imagen la tenemos en el deportista que cada día supera sus retos, en el atleta que pone cada día el listón más alto y no se contenta con lo ya conseguido.
En ese aspecto humano de la vida vamos logrando superar unos retos cada día que nos hagan mejores, más humanos, que nos lleven a cultivar los mejores valores; es el espíritu de superación y de crecimiento que ha de haber en todo ser humano en que nunca lo damos todo por hecho, sino que siempre queremos dar un paso más en nuestra madurez humana y en la asunción de responsabilidades. Igual decimos en el plano profesional como en lo que luchamos por hacer también que nuestra sociedad sea mejor y más humana cada día.
Y así ha de ser en el cultivo de nuestra propia espiritualidad y de nuestro ser cristiano. A esto nos invita Jesús en el evangelio. Hoy nos habla de alcanzar plenitud. Y será así como se va purificando y ahondando más y más nuestro amor que nos va haciendo extremadamente delicados en sus expresiones y en su vivencia. No nos contentamos con decir que no matamos a nadie, sino que vamos analizando posturas, gestos y palabras que tengamos con los demás para que ya no solo evitemos cualquier ofensa que podamos hacerle sino que además le expresemos con mayor intensidad nuestro amor.
Por eso Jesús nos dice hoy que no ha venido a abolir la ley y los profetas – que eran los pilares de toda la espiritualidad del pueblo de Israel – sino que hemos de hacer que hasta los más pequeños detalles nos tienen que conducir a darle la mayor y mejor plenitud. Nos dice que podrán pasar el cielo y la tierra, pero ha de cumplirse hasta la última jota o tilde de la ley. No es buscar legalismo por legalismo – eso nunca lo querrá Jesús – sino encontrar el sentido  hondo de la cosas poniendo verdadero amor en lo que hacemos y en lo que vivimos que será lo que dará verdadera plenitud a nuestro ser.
Así nos hablará luego del respeto y valoración que siempre hemos de hacer de las personas poniendo todo nuestro amor para que el matrimonio, por ejemplo, adquiera todo su sentido y valor. Es la autenticidad y la veracidad de la que hemos de hacer gala en la vida porque si obramos siempre en rectitud nuestra palabra estará siempre llena de sentido y la verdad brillará por si misma sin necesidad del juramento.
Pero todo esto significa los pasos que hemos de ir dando en nuestra vida cada día, unos pasos que nos lleven a más, unos pasos que nos lleven a crecer y a madurar, unos pasos que nos ayudan a ir superando en cada momento buscando siempre lo mejor. Hemos de reconocer que no es fácil porque pueden aparecer los cansancios y las rutinas, la tentación continuamente nos está acechando y el conformismo puede hacer aparición en nuestra vida que sería nuestro gran enemigo.
Siempre ha de ser camino de ascensión como decíamos al principio. Y ya sabemos que cuando subimos la montaña nos aparecen los cansancios, el conformismo de decir bueno ya es suficiente que desde aquí se ve bien bonito, y tenemos el peligro de no llegar hasta la cima donde alcanzaríamos la plenitud de la montaña y la belleza de cuanto desde allí podemos contemplar.
De ahí la mediocridad peligrosa en que podemos vivir nuestra vida cristiana cuando nos falta este espíritu de ascensión. Cuando nos entra esa tibieza espiritual en lugar de crecer lo que hacemos es que nos vamos destruyendo. Nos sucede a tantos con nuestro conservadurismo espiritual; nos contentamos con poco y así es la flojera que vemos en nuestras comunidades cristianas a las que les falta vitalidad, empuje, espíritu apostólico, ser verdaderos misioneros en medio del mundo.
La pendiente de la tibieza espiritual es muy peligrosa porque cada día en lugar de ascender lo que hacemos es que bajamos más, nos hundimos más. El espíritu mundano, materialista y sensual que nos rodea nos va comiendo, nos va haciendo perder nuestro sentido, nuestra verdadera espiritualidad que tiene que ser siempre ascendente y de empuje fuerte. Tenemos que saber ser exigentes con nosotros mismos.
Escuchemos con corazón bien abierto la Palabra del Señor y dejémonos interpelar por ella y demos respuestas de vida porque verdaderamente despertemos de ese letargo en que tantas veces caemos en nuestra vida espiritual y cristiana.

sábado, 15 de febrero de 2020

Aprendamos a contar con los siete panes de los demás y veremos que con los ingredientes de la sensibilidad, la disponibilidad y el amor podemos hacer nuestro mundo mejor


Aprendamos a contar con los siete panes de los demás y veremos que con los ingredientes de la sensibilidad, la disponibilidad y el amor podemos hacer nuestro mundo mejor

1Reyes 12, 26-32; 13, 33-34; Sal 105; Marcos 8, 1-10
Lo tenemos delante de los ojos y no lo vemos. Cuántas veces nos pasa. Pero peor es que tampoco seamos capaces de verlo con los ojos del corazón. Perdemos la sensibilidad. Nos absorben tanto nuestras cosas, nuestras preocupaciones particulares que no somos capaces de ver lo que tenemos delante de las narices, como decimos vulgarmente. Y perdemos la sensibilidad de la vida, que nos haría sufrir empáticamente con los que sufren, sentir como algo nuestro lo que les sucede a los demás. Por esa falta de sensibilidad incluso cuando llevamos ver aunque sea a la fuerza no tenemos iniciativa para algo más, no somos capaces de buscar salidas, nos cruzamos de brazos pasivamente. Es necesario un despertar, un abrir de nuevo los ojos, un sensibilizar el corazón.
Creo que cuando leemos con sinceridad el evangelio, cuando lo escuchamos con el corazón Jesús nos enseña mucho de estas cosas, nos ayuda a despertar. Es lo que hoy nos enseña el evangelio, a sensibilizarnos y a comprometernos; a sensibilizarnos y ser capaces de mover también el corazón de los demás para entre todos encontrar soluciones. No es una tarea que hagamos solos; quizá tengamos que tomar la iniciativa, pero hemos de saber mover también a los demás para llegar a un compromiso común. Qué distinto seria nuestro mundo si lográramos actuar así siempre. Pero nos pesan muchas rémoras, muchos miedos, muchas pasividades.
Cuando Jesús llega a aquel lugar se encuentra una multitud que lo esperaba. Y sintió lástima de ellos. Como se nos dice en otros lugares paralelos, sentía que andaban como ovejas sin pastor, y por eso se puso a enseñarles, y a curar sus enfermos. Pero hay algo más, aquella gente también está hambrienta de pan porque llevan muchos días buscando y siguiendo a Jesús. Y había que hacer algo, había que buscar comida para toda aquella gente.
Cuando no se ha despertado del todo la sensibilidad del amor decimos, pues que cada uno se las busque como pueda; aquí no podemos hacer nada porque supera nuestras capacidades, pues que se las arreglen. Lo decimos tantas veces cuando vemos la problemática que hay alrededor, cuando vemos necesidades materiales, o cuando vemos otros problemas que tiene la gente, porque no se entiende, porque les falta la paz, porque se sienten oprimidos por los problemas o las situaciones duras que viven en la vida. Con qué facilidad tratamos de desentendernos, que otros sean los que busquen y encuentren la solución. ‘¿De donde se puede sacar pan aquí en despoblado para tanta gente?’ que decían los discípulos ante el descubrimiento que estaban haciendo.
Pero Jesús no se queda ahí. ‘¿Cuántos panes tenéis?’ Había solo siete panes, pero Jesús pide que la multitud se siente en el suelo. El evangelio nos habla de un milagro y no lo ponemos duda porque no queremos desmitificar el evangelio. Allí está la mano de Dios, allí está la palabra de Jesús. Y habrá pan para que coma toda aquella multitud y al final incluso llegue a sobrar después de estar todos saciados.
Pero nosotros en la vida también tenemos que aprender a contar con los panes que tiene la gente, porque cuando se comienza a ser generoso esos panes se multiplican. Detrás de esos panes, detrás de esa pobreza que tengamos en nuestras manos, si nos sensibilizamos de verdad veremos que van a aparecer muchas cosas, muchas aportaciones y vamos a encontrar salida. Tenemos que aprender a contar con los demás, a contar con los siete panes o lo que sea que tengan los demás y veremos cómo el amor hará multiplicar las cosas, y las ideas, y las soluciones, y la salida a los problemas en los que estemos envueltos. Hace falta confianza, sensibilidad, disponibilidad, generosidad y con esos ingredientes seguro que haremos que nuestro mundo sea mejor.

viernes, 14 de febrero de 2020

Una nueva evangelización porque la luz del evangelio no ha terminado de ser en verdad luz y sal de nuestra sociedad



Una nueva evangelización porque la luz del evangelio no ha terminado de ser en verdad luz y sal de nuestra sociedad

Hechos de los apóstoles 13, 46-49; Sal 116; Lucas 10, 1-9
A la hora de comenzar a escribir la semilla de este día me encuentro, os lo digo sinceramente, con el dilema de no saber por donde orientar mi reflexión. Hoy, sobre todo en nuestro mundo occidental, vivimos inmersos en una campaña mediática muy intensa con el tema del amor y de la amistad. Este tema se ha convertido en un intenso reclamo que nos bombardea por todas partes y no podemos ocultar lo que tiene de campaña publicitaria pues grandes son las ganancias comerciales que circulan en el mercado con motivo de este día.
No es malo que pensemos y hasta celebremos el amor y la amistad, aunque, como siempre se suele decir, no es cosa de un solo día que se podría quedar en una falsedad si no es algo que se viva intensamente cada día. Es bonito el amor, es preciosa la amistad, forma parte de nuestra vida, alegra el corazón y llena de ansias de vivir porque es triste vivir solo sin tener a quien amar y sin sentirse uno amado de los demás. Pero, repito, no lo podemos convertir en flor de un día, porque se marchita pronto como se marchita una flor cortada.
Es una semilla que tenemos que sembrar muy hondo en el corazón, pero es necesario que seamos buena tierra para que crezca esa hermosa planta y nos pueda brindar una hermosa flor. Cómo tenemos que cuidar esa planta de la amistad, cómo tenemos que cuidar la tierra de nuestro corazón. Sintámonos felices con nuestros amigos y hagámoselo saber; vivamos con intensidad el amor y no dejemos que nada le pueda quitar su bello brillo ni enturbiar su resplandor.
Cuidemos el amor, que significa cuidar a la persona amada; pero cuidemos el amor que significa cuidar mucho nuestro corazón para que no se sienta turbado por otras influencias que nos llenen de dudas. No es una joya ofrecida ni una flor presentada como un obsequio lo que va a hacer crecer, madurar y mantener ese amor, sino que pensemos que esa joya es el amor mismo, esa flor es realmente nuestro amor que es el que tenemos que hacer bello.
Y dicho esto en lo que quizá me he extendido más de lo que pensaba – yo no ando recordando a mis amigos qué día es hoy sino que cada día lo hago el día de la amistad – centrémonos también en el mensaje que nos ofrece la celebración de este día. Hoy celebramos a dos santos que son considerados también patronos de Europa por la tarea evangelizadora que realizaron en extensos territorios de nuestra Europa en su tiempo. Hoy es día de san Cirilo y san Metodio, patronos de Europa.
Una invitación que surge, pues, de la Palabra de Dios que hoy se nos proclama para comprometernos aun más en esa tarea de la evangelización. Jesús ha escogido de entre los discípulos a los doce apóstoles y los envía, como envía a sus discípulos todos de dos en dos, a hacer un primer anuncio de la Buena Noticia de Jesús. Pero Jesús no les oculta la dificultad que entraña su tarea porque les dice que les envía como ovejas en medio de lobos.Mirad que os mando como corderos en medio de lobos’, y les dice también que ‘la mies es abundante pero los obreros son pocos’.
Mucha la mies, pocos los obreros, corderos en medio de lobos, significa lo complejo de la tarea. Entonces y ahora. Los que venimos habitualmente a la iglesia o vivimos en países que llamamos cristianos o de vieja cristiandad algunas veces parece que nos cegamos y nos creemos que ya la tarea está realizada porque todos somos cristianos, todos bautizamos a nuestros hijos o venimos a algunas celebraciones religiosas. Pero comparemos el numero de los que habitualmente vemos en nuestras celebraciones – y si queremos incluso cojamos como referencia los días de mayor afluencia que no son tantos – y lo que es el conjunto de la población que nos rodea en el lugar y nos daremos cuenta que andamos en minoría; no somos tantos, seamos realistas. ¿No nos tendría solo eso ya que comenzar a hacernos preguntas?
No nos extrañe que se nos repita una y otra vez que es necesaria una nueva evangelización. Hemos de reconocer que la luz del evangelio – aunque nos llamemos cristianos y hagamos nuestras fiestas a los Santos, a la Virgen o al Cristo de nuestra devoción – no ha terminado de calar en nuestros corazones, en la vida de los que rodean, no ha terminado de ser en verdad sal y luz de nuestra sociedad. Es mucho lo que nos queda por hacer.

jueves, 13 de febrero de 2020

No es una convivencia meramente formal que se pueda quedar en apariencias sino es la acogida generosa de un corazón grande donde todos hemos de tener un lugar


No es una convivencia meramente formal que se pueda quedar en apariencias sino es la acogida generosa de un corazón grande donde todos hemos de tener un lugar

1 Reyes 11, 4-13; Sal 105; Marcos 7, 24-30
En nuestras relaciones entre vecinos, aunque todos queramos llevarnos bien y tener una buena convivencia es muy humano que nos hagamos algunas distinciones y seamos más amigos de unos que de otros y hasta mantengamos ciertas reticencias unas veces por ser de la familia que son, o bien en ocasiones por su lugar de procedencia. Se marcan esas diferencias de manera notable cuando somos de pueblos vecinos entre los que siempre existe cierta rivalidad por progresos que podamos ver en el pueblo vecino o bien porque recordemos datos de historias pasadas; aquí en Canarias bien sabemos las diferencias que nos marcamos entre islas que van en ocasiones más allá de una rivalidad festiva que nos pueda hacer echar en cara cosas de un lugar o de otro.
Los judíos marcaban fuertemente esas diferencias, viviendo en un territorio en el que habitaban otras etnias o también incluso desde razones de religión porque al considerarse el pueblo elegido por Dios se sentían en otro nivel de los otros pueblos a los que consideraban como gentiles; eran marcadas las diferencias entre los de Judea y los de Galilea, mucho más las diferencias que tenían con los samaritanos con los que había también un cisma religioso y mucho más con los pueblos más allá de sus fronteras a los que consideraban paganos y para quienes tenían fuertes gestos de desprecio y discriminación.
Hoy Jesús anda por tierras de paganos; se había salido de los límites de Israel y andaba por la región fenicia, lo que hoy serian territorios del Líbano. Trata de pasar desapercibido, nos dice el evangelista, pero hasta allí había llegado su fama y pronto tras de El corre una mujer gritando que tenga piedad de su hija que está enferma. Ya decíamos que trata Jesús de pasar desapercibido y se hace oídos sordos a aquella petición aunque la mujer fenicia sigue con insistencia tras Jesús hasta introducirse en la casa y postrarse a los pies de Jesús.
Surge un diálogo que a nosotros nos puede parecer duro pero que era la forma como se trataban unos y otros. De ahí la imagen del perro al que no se le echa la comida de los hijos, pero en la fe y confianza de aquella mujer el perrito come las migajas que caen de la mesa de sus amos. Se sorprende Jesús de la fe y la confianza de aquella mujer y le dice que por esa fe ya su hija está curada. Se rompen las barreras porque la salvación que nos viene a traer Jesús no se va a quedar reducida solo a un pueblo determinado porque es una salvación con carácter universal.
Se rompen las barreras, porque todos somos hijos; se rompen las barreras porque lo que tiene que prevalecer es el amor; se rompen las barreras porque el sentido y el estilo que nos quiere ofrecer Jesús es bien nuevo, no caben las discriminaciones, no cabe que tengamos marcado con un sambenito a alguien para siempre porque en un determinado momento haya podido hacer algo o sea de tal o cual condición; se rompen las barreras porque Jesús nos ofrece un mundo nuevo, donde todos nos escuchemos, nunca seamos capaces de darle la espalda a alguien, ni vayamos con disimulos por la vida para no encontrarnos con este o con aquel que nos pueda caer mejor o peor.
Creo que el evangelio es una invitación a que vivamos el sentido de ese mundo nuevo donde todos hemos de caber y del que hemos de desterrar todo tipo de discriminación. Es un mundo nuevo de puertas abiertas, de corazones grandes y generosos para la acogida donde todos hemos de caber. Es el sentido del Reino de Dios que Jesús nos proclama.

miércoles, 12 de febrero de 2020

Externamente por vanidad queremos mostrar una imagen contradictoria con la maldad que llevamos oculta en el corazón que nos daña y con la que dañamos a los demás

Externamente por vanidad queremos mostrar una imagen contradictoria con la maldad que llevamos oculta en el corazón que nos daña y con la que dañamos a los demás

1Reyes 10, 1-10; Sal 36; Marcos 7, 14-23
El evangelio que hoy se nos ofrece tiene una perfecta continuidad con el que ayer se proclamaba. Si entonces veíamos como los que habían bajado de Jerusalén vienen a echarle en cara a Jesús que sus discípulos no se lavan las manos antes de comer, con el peligro de que sean manos impuras por algo impuro que hubieran tocada y que entonces les producía una impureza en sus vidas, ahora vuelve a insistirnos Jesús en la necesaria pureza interior, porque la maldad no nos viene de fuera sino que la tenemos en el corazón del hombre.
Podemos, es cierto, recibir influencias desde el exterior, pero bien sabemos que la tentación no es pecado sino en el consentimiento de esa tentación. Podemos, como digo, recibir influencias desde el exterior porque pueden ser muchos los malos ejemplos y maldades que contemplemos que se pueden convertir como en una invitación para que nosotros obremos de la misma manera. Pero ahí está, tiene que estar, nuestra voluntad, el sí que nosotros podamos darle a esa incitación al mal, pero es nuestro corazón el que está diciendo sí al mal dejándonos embaucar por incitaciones engañosas.
El pecado, es cierto, nos acecha como una tentación, pero es nuestro yo el que da una respuesta. Y será esa inclinación al mal que sintamos en nuestro interior el que nos moverá en un sentido o en otro. Seremos nosotros los que demos esa respuesta y será entonces de nuestro corazón desde donde salen esos malos deseos que nos lleven a esas actitudes negativas en contra de los demás, aparecerán nuestros orgullos o nuestro amor propio, serán las ambiciones de todo tipo que sentimos en nuestro interior y ese afán de poseer o bienes materiales o poder nos llevarán a toda malquerencia y destrucción, será la violencia surgida de nuestras frustraciones la que nos impulse en contra de los demás tratando de destruir todo o a todos los que me puedan hacer sombra y me impidan alcanzar esos sueños de grandeza o de poder que anidan en nuestro corazón.
Esas cosas sí que son las que nos dan muerte, merman la verdadera vida de la que tendríamos que disfrutar entre la armonía y la paz con todos y nos llevan también a dañar la vida de los demás. Externamente no siempre lo manifestamos porque en nuestra vanidad queremos conservar una imagen que se convierte en engañosa para los demás, pero dentro de nuestro corazón ronronean esas malicias y esos malos deseos de destrucción y de muerte.
Es eso lo que humildemente tendríamos que saber presentar a Jesús para que nos sane y para que nos llene de nueva vida. Ya hemos contemplado en estos días cómo acudían de todas partes con sus dolencias y con sus males para que Jesús les curara, así nosotros hemos de presentarnos a Jesús, es la salvación más honda que El nos ofrece. Y no andemos preocupándonos por apariencias externas que pueden estar manifestando la tremenda hipocresía que llevamos en nuestras vidas. Queremos dar apariencia de buenos mientras el corazón lo llevamos lleno de maldades. Nos preocupamos de gestos externos con lo que dar una imagen, pero no todo es santo en nuestra vida.
Escuchemos, sí, y con mucha atención lo que hoy nos dice Jesús: Escuchad y entended todos: nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre… Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los malos perversos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, malicias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro’.

martes, 11 de febrero de 2020

Démosle autenticidad, veracidad a lo que hacemos, que no sean nunca pura rutina o costumbre, sino que en verdad sea vida en nosotros

Démosle autenticidad, veracidad a lo que hacemos, que no sean nunca pura rutina o costumbre, sino que en verdad sea vida en nosotros

1Reyes 8, 22-23. 27-30; Sal 83;  Marcos 7, 1-13
La autenticidad con que nos manifestamos, la veracidad de la vida donde no nos quedamos en la apariencia y la vanidad exterior son valores muy importantes que nos manifiestan la madurez humana de la persona. Esa incongruencia que aparece en la vida cuando nuestras palabras van por un lado, pero lo que llevamos en el interior se queda lejos es algo que produce rechazo y desconfianza. ¿Cómo nos vamos a fiar de quien solo tiene gestos de cara a la galería pero de quien sabemos de la superficialidad que lleva dentro de si aunque nos parezca contradictoria la frase?
Son por otra parte en los que se quedan en las costumbres que convierten en reglas de su vida, pero que no saben ni que sentido darle a lo que están haciendo. Es que eso siempre se ha hecho así, nos dicen, y si les preguntas qué sentido tiene no saben darnos una respuesta. Está bien tener buenas costumbres porque son las que pueden hacer madurar nuestras virtudes, pero es necesario hacer las cosas con sentido dándole su auténtico valor. Hacer las cosas simplemente porque repetimos lo que siempre hemos hecho no siempre da la autenticidad de la persona y de lo que hacemos.
Costumbres que nacieron en unas circunstancias concretas y que entonces sirvieron para orientar el sentido de lo que hacíamos, no significa que por si mismas tengamos que seguir repitiendo lo mismo. Muchas veces se pueden convertir en reglas implacables a las que podemos darle mayor importancia incluso que a la humanidad con que hemos de tratar a los demás. Todo ha de servirnos para hacer crecer nuestras humanidad, hacer que nuestras relaciones sean humanas y entonces sepamos tratar con ese respeto pero también con esa bondad a los que están a nuestro lado.
Hoy en el evangelio vemos que le echan en cara a Jesús porque sus discípulos al regresar de la plaza comen sin lavarse las manos. Está bien las normas y reglas de higiene, pero llegar a convertir su cumplimiento o no en causa de una impureza del espíritu, es algo que llega a pasarse de la raya, podíamos decir. Fue necesario quizá en un tiempo educar al pueblo en esa higiene, viviendo además como vivían una vida errante de un lado para otro y donde no era fácil además tener lo suficiente para la higiene personal.
Por eso en la respuesta de Jesús les insiste en la necesaria pureza interior, que va mucho más allá de lavarse o no las manos, porque hayamos tocado algo que se considera impuro y nos puede volver impuros. Nos preocupamos de lo externo, pero no le prestamos la misma atención por lo menos al interior del hombre, nos preocupamos de esas impurezas legales, pero nos importa poco que nuestro corazón esté lleno de maldad y queramos más a los demás o los tratemos injustamente. ¿Qué será lo verdaderamente importante?
Les recuerda Jesús lo anunciado por el profeta. Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos. Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres’.
Es la autenticidad con que hemos de mostrarnos en la vida, en todas las facetas de la vida, también en este aspecto religioso o cristiano. Tenemos que darle autenticidad, veracidad a aquello que hacemos, que no solo sean con nuestros labios, con gestos externos que hagamos como mera costumbre, pero que interiormente no nos significan nada.
Y en esto quiero resaltar algo que parece lo más normal, nuestras prácticas religiosas, ya desde nuestras oraciones personales, como nuestra participación en las celebraciones litúrgicas. Muchas veces se nos quedan en una rutina; es cierto que no nos podemos pasar sin hacer nuestras oraciones, y como dicen algunos no me puedo dormir sin rezar mis oraciones, pero cuidado que sea solo como una cantinela que nos adormece; no tengo sueño y me pongo a rezar para que me dé sueño. Y eso nos pasa, y eso es la manera como hacemos muchas veces las cosas.
Y lo mismo tendríamos que decir de nuestra participación en las celebraciones litúrgicas, como la misa por ejemplo. Yo fui a Misa, yo estaba en Misa, decimos, tu cuerpo, pero tu mente, ¿dónde estaba? ¿Aquellas oraciones en verdad eran tu oración porque tú lo estabas sintiendo por dentro, viviendo por dentro? Mucho tenemos que revisar en la vida en este sentido, no me quiero ahora alargar en este comentario y reflexión.


Démosle autenticidad, veracidad a lo que hacemos, que no sean nunca pura rutina, sino que en verdad sea vida en nosotros.

lunes, 10 de febrero de 2020

Jesús sigue queriendo llegar hoy y estar en medio de nosotros para ofrecernos también vida y salud para nuestros cuerpos pero sobre todo para nuestro espíritu

Jesús sigue queriendo llegar hoy y estar en medio de nosotros para ofrecernos también vida y salud para nuestros cuerpos pero sobre todo para nuestro espíritu

1Reyes 8, 1-7. 9-13; Sal 131; Marcos 6, 53-56
Nos sentimos mal cuando el cuerpo está enfermo, cuando alguno de sus órganos no funcionan debidamente, cuando nuestros miembros se ven atrofiados o limitados de alguna manera, cuando aparece el dolor que lacera nuestro cuerpo, cuando nuestras posibilidades de vida plena se ven limitadas y mermadas y así podíamos seguir haciendo referencia a todo lo que conlleva que la enfermedad aparezca en nuestro cuerpo.
Y por supuesto todo esto es causa de sufrimiento que ya no es solo el dolor físico de aquel miembro u órgano enfermo sino que eso nos afecta también a nuestro yo, a nuestro ser persona, a lo que es la vida que queremos vivir de la forma más plena posible. Cuando llegamos a este punto nos damos cuenta que hay dolor y que hay enfermedad mucho más allá de esas limitaciones corporales que podamos sufrir.
Nos sentimos mal con muchas mas cosas que nos hacen sufrir cuando nos sentimos insatisfechos en la vida, cuando nos duele el dolor de los demás sin que nosotros físicamente lo estemos padeciendo, cuando hemos perdido la paz interior, cuando nos sentimos heridos en nuestras relaciones con los demás, cuando sentimos frustración en aquello que no hemos conseguido, cuando quizá nos falten ideales altos y nobles y nos demos cuenta que lo que hacemos es ir arrastrándonos por superficialidades o por tantas cosas que nos crean dependencia y esclavitud, y así muchas cosas. Enfermedades del alma, enfermedades del espíritu, enfermedades y sufrimientos que nos afectan en lo más profundo de nuestro yo y nos producen desequilibrios y frustraciones, como ya antes decíamos.
Hoy nos habla el evangelio de aquellas multitudes de enfermos que salían al encuentro de Jesús en su caminar por los pueblos y aldeas de Galilea. Normalmente al hablarnos de ello, bien porque en ocasiones se nos hagan listas en este sentido o porque nos parece más cómodo y fácil pensarlo así, recordamos a ciegos y sordomudos, a leprosos y a paralíticos, pero también en ocasiones se nos habla de endemoniados y de poseídos por espíritus inmundos.
Creo, sin embargo, que en esas multitudes de enfermos que acudían a Jesús podemos englobar no solo los que padecían esas limitaciones somáticas sino también los que se veían envueltos en esa otra multitud de limitaciones y sufrimientos a los que someramente antes hacíamos referencia. El sufrimiento de aquella gente estaba en su pobreza pero también en su falta de esperanza, en las frustraciones que sufrían en su vida cuando se veían manipulados y tratados injustamente, cuando sentían que quizá no pudieran ofrecerle a sus hijos un futuro mejor pero que es ahora quizá muchas veces ni una alimentación suficiente, en los que se sentían vejados y maltratados por la vida pero sobre todo por aquellos que de una forma o de otra los esclavizaban o les imponían excesivas cargas para la vida.
Qué lista más inmensa podríamos hacer recogiendo todos esos sufrimientos que vivían entonces aquellos que se acercaban a Jesús, pero que tendríamos que pensar también en los sufrimientos diversos que sufren hoy los hombres y mujeres de nuestro tiempo y acaso nosotros mismos también. Ahí podemos englobar los sufrimientos y las tristezas de todos los hombres, sus desesperanzas y su falta de ilusión, las angustias de tantos corazones y la lagrimas muchas veces reprimidas de tantos rostros.
Y en medio de todos ellos caminaba Jesús cuando recorría las aldeas y pueblos de Galilea y de todo Israel curando a los enfermos, como sigue queriendo llegar hoy en medio de nosotros para ofrecernos también vida y salud para nuestros cuerpos pero sobre todo para nuestro espíritu.
Sintamos esa presencia salvadora de Jesús. El sana nuestra vida. Pongamos en su presencia nuestros sufrimientos, de nuestro cuerpo y de nuestro espíritu, nuestras preocupaciones y nuestras angustias, nuestras esperanzas tantas veces frustradas y esos deseos de vida que llevamos en lo más hondo. En Jesús nos sentiremos con nueva vida.

domingo, 9 de febrero de 2020

Necesitamos nuevas posturas y actitudes que poner en la vida para poder brillar en las tiniebla como una luz


Necesitamos nuevas posturas y actitudes que poner en la vida para poder brillar en las tiniebla como una luz

Isaías 58, 7-10; Sal 111; 1Corintios 2, 1-5; Mateo 5, 13-16
¿Para qué queremos la sal si ya no nos vale ni para dar sabor a la comida ni para conservar aquello que se puede estropear? ¿Para qué queremos una luz que no ilumine por lo escondida que está en el lugar que la hemos colocado? Ha de tener su sitio adecuado para que con su luz podamos ver; hemos de poner la sal necesaria para que resalte debidamente el sabor de la comida.
Son las imágenes y comparaciones que hoy nos pone Jesús en el evangelio. Y no hay que darle más vueltas ni hacerle decir lo que no nos quiere decir. Pero es que Jesús nos está diciendo que nosotros tenemos que ser sal, que nosotros tenemos que ser luz. ‘Vosotros sois la sal de la tierra… vosotros sois la luz del mundo… no se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte…’ Porque además no se trata de ser candeleros bien adornados y que llamen la atención; lo importante es la luz, pero la luz no es nuestra, la luz con la que nosotros tenemos que alumbrar es con la luz de Jesús. No se tienen que fijar en nosotros, sino que el mundo tiene que dejarse iluminar por la luz.
Tantas veces nos quejamos de las oscuridades de nuestro mundo; tanto decimos del sin sentido, como a la loco, que viven tantos en nuestro entorno. Nos parecen desorientados, nos parece que nuestro mundo camina sin rumbo, nos parece que hay un sin sentido en tanta superficialidad y tanta insolidaridad, en tanta corrupción y en tanta violencia, en tantas manipulaciones de los que se sienten poderosos de alguna manera y de tanto borreguismo en los que vemos que caminan sin sentido dejándose influir y dejándose arrastrar por banalidades o sueños que otros les meten en la cabeza.
Contemplamos todo eso, hacemos análisis de la realidad, manifestamos quizá nuestra insatisfacción pero de ahí o pasamos cuando nosotros tenemos en nuestras manos esa sal y esa luz que de sentido y sabor y que ilumine con un nuevo sentido el devenir de la humanidad y de la historia. ¿No estaremos siendo nosotros esa luz que se oculta o esa sal que se corrompe y ya no da sabor ni libera de la corrupción? Nos quedamos en palabras y no llegamos al ser. Podemos decir cosas hermosas y tener maravillosas ideas en la cabeza pero quizá nuestro corazón está frío y en total oscuridad.
Los cristianos que llevamos veinte siglos con el evangelio en nuestras manos no hemos terminado de meterlo en la vida y en el corazón para convertirlo a través de nuestras vidas en esa sal de nuestro mundo, en esa luz que ilumina la vida de los hombres. Y es que cada vez que hemos encerrado nuestro corazón en la insolidaridad o en la insensibilidad ante los problemas de los que nos rodean y pasamos indiferentes ante los sufrimientos de los otro, hemos ocultado la luz. Cada vez que nos hemos dejado envolver por la violencia y gritan nuestras palabras llenas de ira, gritan nuestros gestos envueltos en maldad, gritan  nuestros actos y nuestras actitudes injustas haciendo daño a los demás, estamos ocultando la luz y echando a perder la sal.
Por eso nos decía el profeta hoy ‘parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, cubre a quien ves desnudo y no te desentiendas de los tuyos. Entonces surgirá tu luz como la aurora…’ y continuaba luego insistiendo una vez más ‘cuando alejes de ti la opresión, el dedo acusador y la calumnia, cuando ofrezcas al hambriento de lo tuyo y sacies al alma afligida, brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad como el mediodía’.
Ahí tenemos la forma concreta de cómo tenemos que ser luz, de cómo tenemos que llevar esa sal que libere de la corrupción nuestro mundo. Y cuidado no seamos nosotros culpables porque nos creíamos muy seguros de nosotros mismos pero nada concreto hicimos quedándonos solo en buenas palabras. Porque tantas veces vamos muy deprisa por la vida, quizás por llevar temprano al templo, pero pasamos de largo por aquel que estaba caído en la vera del camino.
Nos hemos preocupado mucho de embellecer y adornar nuestros templos, porque decimos que son para el culto al Señor, pero pasamos de largo por ese templo vivo de Dios que vemos a nuestro lado en el camino de la vida, desnudo o en solitario, con el sufrimiento de su corazón reflejado en sus rostros o con la mano tendida esperando no solo la limosna de una ayuda material sino la mano tendida de la atención y de la escucha, la mirada que tantas veces bajamos al suelo para no enfrentarnos con las lágrimas de su angustia o de su soledad.
Unas nuevas actitudes y posturas de vida tenemos que saber poner en nuestra vida para que podamos brillar en las tinieblas como una luz. ¿Qué haremos este domingo con los que nos crucemos en la puerta de la Iglesia?