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miércoles, 6 de septiembre de 2023

Cuántas oportunidades tenemos de ser esa mano de Jesús que llega a la raíz del dolor de muchos a nuestro lado sabiendo poner nuestra mano sobre su hombro en el momento oportuno



 Cuántas oportunidades tenemos de ser esa mano de Jesús que llega a la raíz del dolor de muchos a nuestro lado sabiendo poner nuestra mano sobre su hombro en el momento oportuno

Colosenses 1,1-8; Sal 51; Lucas 4, 38-44

    ¡Cuánto conforta una mano amiga sobre el hombro! Es la mano que acompaña nuestra soledad y aunque sea en silencio nos dice muchas cosas; es la mano que reconforta y nos levanta el ánimo; es la mano que hace fluir sobre nuestro espíritu una alegría, aunque no haya estruendosas carcajadas, que nos hace sentir y ver las cosas distintas; es la mano que nos sana por dentro destruyendo angustias y desesperanzas; es la mano que nos dice que alguien está ahí a nuestro lado y nos impulsa a seguir caminando y luchando por la vida.

    Seguro que todos lo habremos experimentado en más de una ocasión; todos alguna vez hemos pasado por momentos oscuros, por soledades, por sufrimientos y angustias del alma, porque son cosas que se van sucediendo en la vida. Habremos tendido la mano quizás más de una vez y hemos visto aflorar una sonrisa entre las lágrimas para darle un nuevo brillo a los ojos; habremos experimentado ese retorno del calor del amor y del agradecimiento a través de esa mano que hemos tendido en quien se ha sentido confortado; habremos experimentado esa satisfacción del corazon cuando hemos visto que alguien acoge esa mano nuestra que quiere levantarlo y es capaz de comenzar a caminar de nuevo. Experiencias que se llenan de reciprocidad haciendo que se entable una nueva comunión, una nueva comunicación de los corazones.

    También habremos estado esperando esa mano amiga que no termina de llegar, o en nuestra ceguera no hemos sabido descubrir; también nuestro corazón ha gritado silenciosamente con angustia pero con deseos de tener esperanza de que esa mano termine de llegar. Quizás en ese hondo silencio que se ha producido en nuestro interior habremos sabido levantar nuestra mirada más allá, más arriba y hemos querido estar como aquellos enfermos de los que nos habla el evangelio de hoy cercanos a Jesus, o habremos encontrado también quien nos ha llevado hasta Jesus para tambien imponga su mano sobre nosotros. 

    Es el mensaje tan hermoso que hoy nos ofrece el evangelio. 'Al ponerse el sol, todos cuantos tenían enfermos con diversas dolencias se los llevaban, y él, imponiendo las manos sobre cada uno, los iba curando'. Jesús había comenzado su actividad por Galilea, le hemos contemplado los sábados en la sinagoga haciendo el anuncio del Reino de Dios a la gente que le escuchaba admirada por lo que decía pero también por los signos que realizaba. Una manifestación de esa llegada del Reino de Dios que nos ponían en camino de liberación, como había anunciado en la sinagoga de Nazaret. A los pobres, a los sencillos, a los que sufrían se les anunciaba una buena noticia de que comenzaba algo nuevo. comenzaban a sentir la cercanía de Dios. Por eso quieren estar con Jesús.

    Con sus penas, con sus sufrimientos, con su pobreza, con tantas limitaciones que la vida les imponía, con sus corazones atormentado y oprimidos, querían llegar hasta Jesús. Simplemente querían que Jesus les tocara, que Jesús les impusiera sus manos. Era una bendición. Como el padre anciano que imponía sus manos sobre las cabezas de sus hijos para hacerles llegar su bendición, haciendo que sus corazones se llenaran de alegría y de paz, siguieran sintiendo esa presencia y ese amor paternal a lo largo de sus vidas, aunque ya el padre no estuviera entre ellos, ahora querían recibir esa imposición de manos de Jesús. 

    Y se sentían curados, porque sentían nueva vida en sus corazones; se sentían curados porque a pesar de sus pobrezas y de tantas limitaciones que sufrían en la vida ahora se sentían con esperanza; y se sentían curados porque una nueva fuerza comenzaba a brotar en su interior para emprender nuevos caminos, para levantarse de sus caídas y frustraciones, para sentirse como hombres nuevos; y se sentían curados porque también sus dolores sanaban, recuperaban el movimiento de sus piernas o la luz de sus ojos; se sentían sanados y comenzaban a bendecir a Dios que así se hacía presente, así caminaba entre ellos dándoles nueva luz. Una luz nueva, como una estrella brillante en el cielo, comenzaba a brillar en los campos de Galilea, comenzaba a resplandecer en el corazón de todos aquellos que se acercaban a Jesús.

    Es lo que podemos sentir nosotros también cuando con fe nos acercamos a Jesús; cuando desde la fe y el amor comenzamos a ver esa presencia de Jesús a través de tantas personas que nos están tendiendo la mano en la vida; es lo que podemos vivir nosotros también desde ese amor nuevo que nace en nuestros corazones cuando somos capaces de ir con la mano tendida a los hermanos que sufren a nuestro lado, cuando sabemos poner nuestra mano sobre su hombro para hacerles sentir con nuestro amor algo nuevo en sus vidas. Cuántas oportunidades tenemos de ser esa mano de Jesús que llega a la raíz del dolor de muchos a nuestro lado.


domingo, 14 de febrero de 2021

Mirar de frente al leproso que se acerca a Jesús y contemplar los gestos de humanidad y misericordia de Jesús me hace abrir caminos nuevos de cercanía a los demás

 


Mirar de frente al leproso que se acerca a Jesús y contemplar los gestos de humanidad y misericordia de Jesús me hace abrir caminos nuevos de cercanía a los demás

Levítico 13, 1-2. 44-46; Sal 31; 1Corintios 10, 31 - 11, 1; Marcos 1, 40-45

No termina de ser algo que lleguemos a comprender o que asumamos de tal manera como si fuera algo propio. Y me refiero a lo que podían sentir los leprosos que de tal forma eran excluidos de la sociedad, de la familia, arrancados de su pueblo y de sus raíces para ir a malvivir o a mal morir en los lugares en que los obligaban a recluirse.

Por mucho que ahora nosotros digamos que comprendemos lo que estar recluidos en casa, como nos hemos visto obligados por la pandemia que aun seguimos sufriendo, porque nosotros podíamos comunicarnos de alguna forma con los demás y había o hay un cierto grado de movimientos. No nos sentimos unos condenados, unos ‘impuros’ como se les llamaba a los leprosos solamente por el hecho de tener una enfermedad. El miedo al contagio había sacralizado las medidas que en aquella época se podían tomar que se convertían en algo muy duro para quien estuviera sufriendo dicha enfermedad.

De ello nos habla hoy la Palabra de Dios cuando por una parte se nos proponen las normas y protocolos (como diríamos ahora) que se establecían para el trato con los leprosos, pero que nos sirve para comprender mejor lo que sucede en el evangelio. El gesto de Jesús al acoger a aquel leproso que, saltándose todas las normas, ha sido capaz de llegar a los pies de Jesús, es toda una manifestación de humanidad y de lo que es la misericordia del Señor.

Aquel hombre llega a los pies de Jesús con el deseo de que Jesús le imponga su mano para curarse; y Jesús no rehúsa el gesto sino que extiende la mano y toca al leproso arriesgándose incluso a ser Él mismo considerado como un impuro y que de alguna manera se viera obligado a un confinamiento semejante.

Jesús extiende su mano y podríamos decir allí se está extendiendo y de una forma muy honda todo lo que es la misericordia de Dios. Misericordia, en este caso, para este considerado como paria de la sociedad, pero que viene a significar toda la hondura de la liberación que Jesús viene a ofrecernos. Por eso, la cercanía de Jesús, el contacto incluso físico de la mano de Jesús sobre aquel cuerpo dolorido y enfermo. Es la mano de Jesús que viene a abrirnos caminos nuevos, unos caminos que con nuestros miedos pero también con la cerrazón de nuestro corazón habíamos ido cerrando.

Caminos que aún mantenemos cerrados en nuestra vida, tenemos que reconocerlo, cuando aún no ha terminado de prevalecer la solidaridad y el amor sobre esos miedos y complejos en los que vivimos, sobre esos aislamientos que creamos, sobre esas discriminaciones que hacemos.

Seguimos en un mundo cerrado, en el que solo nos miramos a nosotros mismos, en que queremos centrarlo todo en nuestro yo egoísta, en que con nuestros orgullos y vanidades vamos haciendo distinción entre los que son de los nuestros y los que no nos caen bien, en que aún seguimos con un corazón endurecido en la injusticia y manipulamos según sean nuestros intereses, ocultamos la verdad, favorecemos a los de nuestra onda y tan fácilmente olvidamos el sufrimiento de los demás cerrando los ojos para no ver el mundo de dolor que existe a nuestro lado; cuántas veces ni nos queremos enterar ni nos interesamos por el que está sufriendo al lado de la pared de nuestra casa.

Jesús viene a enseñarnos a salir de nosotros mismos, a abrir los ojos de nuestro corazón para poder palpar y sentir el sufrimiento de los demás, a enseñarnos a bajarnos de esos pedestales de vanidad en que nos hemos subido para caminar de forma sencilla al lado de los pobres y de los que sufren, a ser ejemplo para nosotros de esos gestos de cercanía, de amistad, de amor y fraternidad que hemos de ir poniendo como hitos en nuestro camino de encuentro con los otros.

Mirar de frente a este leproso que se ha acercado a Jesús y contemplar los gestos de humanidad y misericordia que Jesús tiene con El me ha enseñado hoy a abrir bien los ojos pero para ver con toda sinceridad mis propios gestos y mis posturas; quizás si no llego a tener ese gesto sencillo de cercanía al otro es por la postura que estoy manteniendo en  mi corazón; una oportunidad para un buen examen de mi vida, para que aquellos gestos que tenga o haya de tener con los demás sean de total sinceridad y autenticidad. No nos podemos quedar ni en apariencias ni en fotogénicas imágenes sino que tenemos que ir a lo que llevamos en lo hondo del corazón.

Por eso quiero terminar con una referencia a este día del amor y de la amistad que se celebra hoy en nuestra sociedad, cuidado nos quedemos en apariencias, en palabras bonitas que como una bonita nube pronto se la lleva el viento, en gestos que pronto olvidamos sino que haya autenticidad en nuestra amistad y en el amor que ofrecemos.

miércoles, 19 de febrero de 2020

Nos dejamos conducir hasta Jesús y El pondrá una mirada nueva en nuestros ojos que ilumina con una nueva luz también nuestro mundo


Nos dejamos conducir hasta Jesús y El pondrá una mirada nueva en nuestros ojos que ilumina con una nueva luz también nuestro mundo

Santiago 1, 19-27; Sal 14; Marcos 8, 22-26
Hay ocasiones en que nos cuesta entender la vida; suceden tantas cosas a nuestro alrededor y a veces de forma vertiginosa que no llegamos a captar su sentido, nos sentimos confusos. Son complejas las interpretaciones que escuchamos por acá o por allá, nuestra mente da vueltas y vueltas queriendo encontrar un sentido, un por qué, un valor, un significado a cuanto sucede y además nos podemos ver influenciados por interpretaciones que se hacen acá y allá y nos llenan de mayor confusión.
Como en ocasiones parece que se resaltan más las cosas negativas y no dejamos de ver tantas ambiciones que llevan a una lucha sin cuartel entre unos y otros llenando el mundo de violencias pero también de corrupción, nos hace sentirnos más confusos y sin saber qué interpretación podemos dar. Ese torbellino de violencias, de catástrofes o de muerte que vemos que sucede en nuestro entorno lleva a muchos a hacer interpretaciones catastrofistas donde todo les parece perdido y que ya es el comienzo del final.
Necesitamos una luz que nos dé esperanza; necesitamos quien pueda sembrar claridad sobre tanta confusión y podamos llegar a descubrir que a pesar de todo se pueden abrir horizontes de esperanza delante de nosotros que nos impulsarán a buscar caminos nuevos. Necesitamos un colirio para nuestros ojos que nos hace mirar con una mirada distinta, de la que quitemos sombras para poder ver con esa nueva claridad.
Y es que algunos podrán venir, incluso queriendo apoyarse en la misma Palabra de Dios, para sembrar más confusión con sus visiones catastrofistas y con no correctas interpretaciones de esas Palabra de Dios. Muchos quizá sin hacer una lectura bien hecho del mismo texto sagrado se dejarán influir por conceptos preconcebidos que nos pueden crear mas confusión.
Es lo que sucede por ejemplo con el Apocalipsis que sirve para muchos como cauce de interpretación de todas esas violencias de que está lleno nuestro mundo y le hacen decir cosas que realmente no es el sentido del Apocalipsis. Ya que lo hemos mencionado decir que es un libro de esperanza, porque en medio de toda esa confusión que podemos contemplar con esas descripciones violentas del mundo quiere sin embargo alumbrar la visión de un mundo nuevo, de un cielo nuevo donde podemos contemplar la victoria del Cordero.
Hoy nos encontramos en el evangelio cómo Jesús fue luz para aquel ciego de Betsaida. En pocas palabras el evangelio nos presenta todo un proceso. Le llevaron aquel ciego a Jesús para que lo curara y Jesús lo apartó a un sitio aparte, como queriéndolo arrancar de allí donde estaba siempre, y le impone las manos untándole los ojos con saliva. Aquel hombre comienza a ver, en principio confundido porque los hombres le parecían árboles pero que andaban; Jesús vuelve a imponerle las manos y aquel hombre comienza a ver con toda claridad.
Nuestras confusiones allí donde estamos y donde no vemos con claridad, pero necesitamos apartarnos de eso, dejarnos conducir por la mano de Jesús hacia algo nuevo y distinto; el proceso de crecimiento de nuestra fe algunas veces es costoso, no lo vemos todo claro, pero si nos dejamos hacer por Jesús vendrá la luz a los ojos, vendrá la luz a nuestro corazón.
Recientemente charlaba con un joven de todo ese mundo de confusión y catastrófico del que hablamos al principio de esta reflexión, pero nuestra reflexión podríamos decir que fue dando pasos y al final aquel joven me decía que para él mejorar y ver las cosas distintas necesitaba de las lentes de Jesús que sería quien iluminaría su camino. Creo que no es necesario decir nada más. Dejemos que Jesús abra nuestros ojos, ponga una mirada nueva en nuestra vida y veremos distinto, seremos distintos. Es lo que estamos contemplando en el evangelio.
¿Habrá quien nos lleve hasta Jesús? ¿Seremos nosotros capaces de llevar a otros hasta que Jesús para que miren con esos lentes nuevos que pone Jesús en nuestros ojos?

lunes, 9 de julio de 2018

La mano de Jesús que en sí misma es vida y es bendición llega a nosotros para levantarnos a nueva vida y ponernos en camino para que ser signos de vida para los demás



La mano de Jesús que en sí misma es vida y es bendición llega a nosotros para levantarnos a nueva vida y ponernos en camino para que ser signos de vida para los demás

Oseas 2,16.17b-18.21-22; Sal 144; Mateo 9,18-26

Una mano tendida puede significar muchas cosas; una mano que nos ponen sobre el hombro puede significar mucho animo en momentos de decaimiento; una mano que se nos ofrece y nos aprieta fuertemente puede ser ese empuje que necesitamos para decirnos que confían en nosotros y nos hace caminar con mayor seguridad; la mano de un padre o una madre sobre nuestra cabeza significa bendición para decirnos que están a nuestro lado pero que Dios tampoco nos abandona nunca.
Es ese calor humano que sentimos y que nos dice mucho más que mil palabras; es el afecto que se siente en el corazón y nos hace vivir con una nueva ilusión; es la confianza de la amistad que da cercanía, del cariño que nos hace sentir calor en el corazón, del aire fresco que llega a nuestro espíritu rompiendo barreras y parece que nos da nueva vida. Una mano sobre nosotros cuando nos sentimos hundidos porque nos creemos aislados es como resucitar un muerto. Así es la nueva vida que sentimos.
Muchas mas cosas podríamos seguir diciendo, aunque sabemos que también hay personas que rehuyen todos esos contactos; se sienten como mancilladas en si mismos si alguien los toca como si fuera una mano impura que llega hasta ellos. ¿Será que son secas en su corazón? ¿Será que están poniendo barreras que impiden la cercanía y la confianza de los amigos? ¿Expresará la malicia que quizás ellos llevan en el corazón? Hay personas que ponen distancias y rehuyen todo tipo de contacto como si quisieran mantenerse dentro de una urna que les aislé.
‘Mi hija acaba de morir. Pero ven tú, ponle la mano en la cabeza, y vivirá’. Es lo que le pide aquel personaje que ha llegado y se ha postrado ante Jesús. Por el relato paralelo de los otros evangelistas sabemos que es el encargado de la sinagoga. Viene con fe hasta Jesús. Solo pide una cosa, que ponga su mano sobre su niña muerta para que viva. Y Jesús se pone en camino a la casa de Jairo. Ya sabemos, la tomará de la mano y la levantará con vida. La mano de Jesús.
Pero mientras en medio del relato nos aparece otro personaje, una mujer humilde y enferma. Ella nada dice. Ella lleva la fe en su corazón. Ella sabe que con solo tocarle la orla de su manto podrá sanarse de su enfermedad que lleva padeciendo muchos años y en lo que lo ha gastado todo. Jesús siente que le han tocado. ¿Cómo va a sentir ese toque si son tantos los que se arrebujan en su entorno que todo el mundo lo toca, se siente estrujado por toda la gente?, como dirá el discípulo en el relato paralelo ante la pregunta de Jesús de quien le ha tocado. Ahora se dirige directamente a la mujer. ‘Tienes fe, te has curado’.
Es la mano de Jesús que en si misma es vida y es bendición. Les imponía las manos a los niños para bendecirlos, se nos dirá en otra ocasión. Es la mano de Jesús que también nosotros queremos sentir sobre nosotros que nos llene de bendición, que nos llene de gracia, que nos impulse a nueva vida. es la mano de Jesús que nos levanta porque nos ofrece su perdón y su salvación; es la mano de Jesús que nos pone en camino, para que dejamos atrás tantas camillas y tantas muletas que llevamos como un estorbo en la vida; es la mano de Jesús que nos llena de esperanza porque nos está diciendo que confía en nosotros aunque tantas veces hayamos fallado; es la mano de Jesús que nos hace llegar el amor y la ternura de Dios para inundarnos de vida, para hacernos amar de manera distinta.
Pero finalmente pienso en algo más. ¿No podremos ser nosotros esa mano de Jesús que quiere llegar a los demás a través nuestro? Nuestra cercanía, nuestra ternura, nuestro amor, nuestros gestos humildes y sencillos, nuestra sonrisa, nuestra mirada que quiere llegar al corazón del otro. Podemos tocar la orla del manto del hermano que sufre a nuestro lado cuando lo ayudamos a levantarse, a tener fe y a tener esperanza. Estamos llamados a llevar vida, a llevar luz, a llevar ilusión por algo nuevo a aquellos que nos rodean. Somos signos de esa mano de Jesús, de amor de Jesús que quiere llegar a todos, pero que quiere contar con nosotros.

lunes, 6 de febrero de 2017

colocaban a los enfermos en la plaza y le rogaban que les dejase tocar al menos el borde de su manto; y los que lo tocaban se ponían sanos

También Jesús llega a nuestra vida y se deja tocar por nosotros para llenarnos de una nueva vida si sabemos acercarnos al hermano que sufre a nuestro lado

Génesis 1,1-19; Sal 103; Marcos 6,53-56
Como muestra de nuestro saludo lleno de paz y de buenos deseos ofrecemos la mano a aquel con quien nos encontramos y con quien vamos a compartir algo, aunque solo sean unos momentos de nuestro tiempo. Es señal de buena educación el ofrecer nuestra mano sin ningún tipo de guante, sino nuestra mano y limpia y desnuda pero también de esos deseos de paz; no llevamos en ella ningún arma ni ninguna cosa que pudiera dañar a nuestro contrincante o a aquel con quien nos encontramos pero que es signo también de nuestros buenos deseos que llevamos allá dentro de nosotros mismos.
En la corrección de la vida normalmente no tocamos a nadie, pero si en un momento nos sentimos tocados nos ponemos como en alerta pues sería señal de algo salvo que sea inadvertido o no querido; puede ser un toque de atención, una llamada de alguna manera, un deseo de cercanía, una muestra de confianza, una súplica de auxilio, de muchas maneras lo podemos interpretar.
Ese tender la mano, ese tocar a alguien, como estamos expresando, puede significar muchas cosas, en ese ofrecimiento quizá que hacemos de nosotros mismos, como dicen hoy de trasmitirle nuestra energía. Cuánto sentimos dentro de nosotros mismos cuando recibimos un abrazo alguien como muestra de cariño y amistad, como signo de confianza, como expresión de que cuentan con nosotros seamos como seamos. Por eso la imposición de manos puede significar el confiar una misión, el trasmitir algo de si mismo o un buen deseo o una bendición.
El evangelio nos habla hoy de la llegada de Jesús y los discípulos después de la travesía que habían hecho por el lago a Genezaret; allí fueron reconocidos por la gente y comenzó un recorrido de Jesús por aquellos lugares, por aquellas aldeas donde la gente salía a su encuentro trayéndole los enfermos para que los curase. Le pedían poder al menos tocarle para así curarse, como aquella mujer que en otro lugar del evangelio contemplamos tocando a hurtadillas el manto de Jesús por detrás. Todos los que lo tocaban se curaban, nos dice el evangelista.
Jesús no rehúsa ese contacto físico. Ya le veremos en ocasiones que será El  quien toque al leproso, toque los ojos del ciego, los oídos y lengua del sordomudo o tienda su mano para levantar al paralítico. Quiere que esos gestos tengan un profundo significado de fe. Es algo más que una curación física lo que Jesús está ofreciendo. Jesús quiere despertar la fe en aquellos que le escuchan y se acercan a El pero para que no solo sea la salud que recuperen sino que se manifieste en unas nuevas actitudes de vida. Es la salvación que Jesús nos ofrece que nos pone siempre en camino de algo nuevo, de la vivencia del Reino de Dios.
Quizá alguna vez en nuestra mente o en nuestro corazón haya aparecido también ese deseo de ese contacto personal y hasta físico con Jesús, si estuviera en nuestra mano. Sí podemos sentir esa presencia de Jesús en nosotros por nuestra fe. Sí podemos llegar a ese encuentro íntimo y profundo con el Señor en nuestra unión con El en la comunión Eucarística. Sí podemos sentir esa presencia viva del Señor junto a nosotros en el hermano, y sobre todo en el hermano que sufre. Yo estaré con vosotros todos los días, nos prometió y esa presencia llena de vida y que nos llena de vida no nos faltará.

domingo, 17 de mayo de 2015

Ascendamos con el Señor al cielo mirando a la tierra y realizando la ascensión en nosotros y en ese mundo al que somos enviados

Ascendamos con el Señor al cielo mirando a la tierra y realizando la ascensión en nosotros y en ese mundo al que somos enviados

Hechos, 1, 1-11; Sal. 46; Efesios 1, 17-23; Marcos 16, 15-20
‘Dicho esto, lo vieron levantarse hasta que una nube se lo quitó de la vista... miraban fijos al cielo, viéndole irse, y se les presentaron dos hombres vestidos de blanco…’ Así con toda sencillez, pero si observamos bien con palabras cargadas de sentido apocalíptico, nos narra Lucas el misterio de la Ascensión que hoy estamos celebrando.
‘Miraban con los ojos fijos al cielo viéndolo irse’ nos narra el autor sagrado; pero en el mismo momento ‘se les presentaron aquellos dos hombres vestidos de blanco’ que les hacen mirar hacia la tierra, poner los ojos bien en la tierra que pisan porque es el mundo que también hemos de hacer ascender, hacer participar del misterio de la Ascensión. ‘Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?’
Si lo unimos al relato que nos hace Marcos, al que hoy hemos escuchado en el final de su evangelio, nos daremos cuenta plenamente de su sentido. Mirar al suelo, si, mirar la tierra que pisamos, mirar el mundo en el que vivimos, mirar a los hombres nuestros hermanos que nos rodean porque a ellos tenemos que ir a hacer un anuncio también de Ascensión. ‘Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación’. A ese mundo, a esa tierra, a esa sociedad, a esos hombres tenemos que anunciarles la Buena Noticia, una Buena Noticia de Salvación,
La Ascensión del Señor que hoy estamos celebrando es la culminación de la Pascua. Es el Señor. Dios lo ha glorificado resucitándolo de entre los muertos. ‘Subió al cielo y está sentado a la derecha de Dios Padre todopoderoso’, confesamos en el Credo. Es algo fundamental de nuestra fe y algo que se ha de manifestar en lo que es nuestra vida cristiana. Una vida de Ascensión, para nosotros y para nuestro mundo.
Por eso en la Ascensión recibimos una misión. ‘Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación’. ¿Cómo hemos de hacer ese anuncio? ¿Cómo vamos a realizar nuestra propia Ascensión y la Ascensión de nuestro mundo? Porque recibir y anunciar esa Buena Noticia de Salvación es para que vivamos esa salvación, esa gracia del Señor.
Jesús nos da unos signos. Unas señales en las que nos quedamos muchas veces en la literalidad de las palabras buscando milagros que no son precisamente los que el Señor quiere realizar en nuestra vida. ‘A los que crean, les acompañaran estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos, y si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos y quedarán sanos’. Y a continuación nos dice el evangelista que ‘Ellos fueron y proclamaron el Evangelio por todas partes, y el Señor actuaba con ellos y confirmaba la Palabra con los signos que los acompañaban’. ¿Qué significarán esas palabras de Jesús? Reflexionemos.
¿Qué es realmente lo viene a realizar Jesús en nosotros y en nuestro mundo con su salvación? La salvación viene a arrancarnos del mal no dejando que nada ni nadie sea señor de nuestra vida. Con la salvación de Jesús se viene a vencer el mal y al espíritu del mal. Nos ofrece el Señor su perdón, pero eso significa cómo arranca de nosotros el mal, el pecado. ‘Echarán demonios en mi nombre’, en el nombre del Señor tenemos la victoria sobre el mal porque Jesús viene a traernos el perdón para nuestros pecados. Es lo que tenemos que hacer, en nosotros y en los demás. Es la Buena Noticia para nosotros y la Buena Noticia que tenemos que anunciar.
A un mundo roto y dividido nosotros anunciamos caminos de amor y de comunión. En la medida en que vamos logrando esa comunión entre todos porque nos amemos más, porque sepamos aceptarnos, porque desterremos los odios y las envidias, porque rompamos las cadenas de la insolidaridad creando la espiral del amor, estaremos levantando a nuestro mundo, estaremos poniéndolo en caminos de ascensión.
Nada ha de separarnos. La confusión de las lenguas en Babel fue la señal de esa ruptura de la comunión de la humanidad; el ser capaces de entendernos porque hablemos el lenguaje donde todos nos entendamos - hablarán lenguas nuevas - es el signo de la nueva comunión que ha de haber entre nosotros.
El espíritu del maligno, la tentación del mal estará acechándonos por todas partes.  Cuanta injusticia, cuanta mentira, cuanta corrupción nos rodea y nos tienta por todas partes. Pero si estamos vigilantes para no dejarnos emponzoñar por ese mal que envenena nuestros corazones estaremos dando señal de que con Cristo podemos vencer la tentación, superar ese mal, hacer un mundo más justo y mejor. Como nos dice Jesús ‘y si beben un veneno mortal, no les hará daño’. Con Jesús tenemos la mejor medicina que es su gracia para que el mal no corrompa nuestros corazones. Es un camino de ascensión para nosotros y para nuestro mundo.
Sí, tenemos que ir logrando esa ascensión para nuestro mundo, ese mundo que nos rodea lleno de dolor y de sufrimientos de todo tipo. Ahí tenemos que ser bálsamo que alivie, medicina que cure a tantos corazones doloridos, pero también a tantos cuerpos atormentados por el dolor. Misioneros de la compasión y de la misericordia tenemos que ser en medio de nuestro mundo lleno de dolor. Allí donde pongamos consuelo con nuestra palabra, nuestra presencia, nuestra sonrisa, nuestra mano tendida estaremos haciendo ascensión. Es la tarea que nos confía el Señor. ‘Impondrán las manos a los enfermos y quedarán sanos’, que nos decía el Señor.
Celebramos la Ascensión; ascendamos con el Señor al cielo, pero miremos a la tierra y vayamos realizando esa ascensión en nuestros hermanos, ese mundo al que somos enviados. Es la gran fiesta de la Ascensión que tenemos que celebrar. Es la gran fiesta de la Ascensión que tenemos que anunciar. ¡Cuánto tenemos que hacer! No nos quedamos plantados mirando al cielo. Miramos, sí, al cielo, pero caminamos con los pies en la tierra haciendo ascensión para nuestro mundo.

¿Notará el mundo que nos rodea ese anuncio del evangelio acompañado por esos signos que nos permite realizar el Señor? ¿Estaremos siendo en verdad signos de Ascensión?

lunes, 9 de febrero de 2015

Quiero, Señor, que me dejes tocar la orla de tu manto

Quiero, Señor, que me dejes tocar la orla de tu manto

Génesis 1,1-19; Sal 103; Marcos 6,53-56
‘En la aldea o caserio donde llegaba colocaban los enfermos en la plaza, y le rogaban que les dejase tocar al menos el borde de su manto’. Querían tocar a Jesús; recordamos a la mujer de las hemorragias que se atrevió a ir por detrás y tocar la orla del manto de Jesús; pensaba que así podía ser curada; ‘tu fe te ha curado’, le dijo Jesús.
Queremos tocar con nuestras manos; es una forma de expresarnos y de comunicarnos. Lo hacemos mediante signos y gestos; en fin de cuentas el hablar para comunicarnos de alguna manera es un signo verbal con que expresamos lo que llevamos en nuestro interior y con lo que nos comunicamos con los demás; no siempre serán necesarias las palabras; a través de gestos y diversos signos nos comunicamos. Vemos el rostro de alguien y aunque no nos diga nada por su expresión podemos saber lo que siente o lo que quiere decirnos, lo que quiere expresar en ese momento.
Esos signos y esos gestos los empleamos de muchas maneras en lo ordinario de nuestra vida, pero también en nuestra vida religiosa, en nuestra relación con Dios. Nos ponemos de rodillas porque queremos expresar nuestra adoración, nuestro reconocimiento del Señor; levantamos las manos en alto como expresión de que queremos ofrecer algo a Dios o también como expresión de  nuestra suplica; imponemos las manos - en muchos momentos se utiliza este gesto en la liturgia - como expresión de un don que se nos da o que damos o recibimos.
En la vida de Jesús a lo largo del evangelio vemos que utiliza muchos signos y gestos imponiendo las manos a los enfermos, tocando al leproso, dejandose tocar por aquellos que se acercaban a El, bendiciendo a los niños. Hoy vemos que la gente quiere tocarlo.
Nosotros también nos acercamos a Jesús, desde lo que es nuestra vida; queremos tocarlo, queremos que El nos toque, imponga su mano sobre nosotros; que le tengamos con nosotros, que sintamos el calor de su presencia, la fuerza de su Espíritu. Ven, Señor, impon tu mano sobre nosotros que te necesitamos. Quiero, Señor, tocar la orla de tu manto.

lunes, 26 de enero de 2015

Reavivar el don de Dios en nuestra vida para no olvidar nunca lo que es el sentido de nuestra vida

Reavivar el don de Dios en nuestra vida para no olvidar nunca lo que es el sentido de nuestra vida

2Timoteo 1, 1-8; Sal 109,1.2.3.4; Marcos 3,22-30
‘Te recuerdo que reavives el don de Dios, que recibiste cuando te impuse las manos; porque Dios no nos ha dado un espíritu cobarde, sino un espíritu de energía, amor y buen juicio…’ Es la recomendación que le hace Pablo a su discípulo Timoteo.
Aunque estas palabras de san Pablo hacen claramente alusión a la imposición de las manos por lo que le confirió a Timoteo a quien hoy estamos celebrando el ministerio de presbítero y pastor de aquella comunidad de Éfeso que le había confiado, sin embargo como cristianos podemos ver también para cada uno de nosotros una alusión a nuestra consagración bautismal. También se nos impusieron las manos en el sacramento de la Confirmación para concedernos el don del Espíritu que consagraba nuestra vida para ser testigos y apóstoles.
Es algo que no podemos olvidar fácilmente. Es más, hemos de saber reavivar ese don del Espíritu Santo en nuestra vida, que nos recuerde y nos impulse a ese testimonio cristiano que estamos llamados a dar. Hay una tentación fácil que podemos sufrir y es el enfriarnos. Ya el Espíritu del Señor nos invita en el Apocalipsis a reavivar aquel amor primero. Ese amor y ese entusiasmo que muchas veces con el paso del tiempo se nos puede enfriar; caemos en la rutina, nos vamos acostumbrando a las cosas, se nos enfría la intensidad de nuestra fe. No lo podemos permitir.
En ese ritmo trepidante de la vida que vivimos nos preocupamos más de lo inmediato, de eso que creemos que tenemos que hacer en este momento y entramos en ese ritmo frenético de la vida y nos llegan los agobios y, es cierto, motivados también por la responsabilidad de lo que tenemos que hacer vamos queriendo resolver las cosas que en cada momento se nos van presentando. Pero es necesario detenerse un poco, para reflexionar, para revisar, para ver cuales eran aquellas motivaciones primeras que teníamos en nuestra vida, y entonces buscar lo que es lo más importante.
Y esto nos sucede en la materialidad de todas las cosas que hacemos, pero nos sucede en nuestra vida espiritual que puede ir entrando en una rutina y puede enfriarse, y podemos olvidar lo que en el fondo tiene que ser el sentido ultimo de todo lo que hacemos. Por eso hemos de saber caldear nuestra fe; tenemos que saber encontrar esos momentos para la reflexión, para la oración, para ese encuentro tranquilo y en paz con el Señor en tú a tú de una oración intensa donde en verdad nos encontremos con Dios y nos llenemos de Dios.
Sí, es lo que tenemos que hacer: Reavivar el don de Dios en nuestra vida para no olvidar nunca lo que es el sentido de nuestra vida