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domingo, 1 de octubre de 2017

Necesitamos autenticidad en la vida para llegar a tener en nosotros los sentimientos propios de quien sigue en verdad el evangelio de Jesús

Necesitamos autenticidad en la vida para llegar a tener en nosotros los sentimientos propios de quien sigue en verdad el evangelio de Jesús

Ezequiel 18, 25-28; Sal 24; Filipenses 2, 1-11; Mateo 21, 28-32

Incongruencias de la vida; estamos demasiado llenos de incongruencias, de falta de autenticidad y sinceridad no solo en las palabras sino en la vida misma. Decimos prometemos, tenemos bonitas palabras que luego no se corresponden con lo que hacemos.
Nos sentimos defraudados tantas veces de lo que vemos en los demás, de esa falta de autenticidad. Demasiada vanidad, demasiado buscar bonitas apariencias pero luego en nuestro interior no somos como aparentamos, en el actuar de la vida no hacemos aquello que decimos. Nos sentimos defraudados de los demás porque quizá tampoco somos tan sinceros con nosotros mismos, y preferimos ver la paja del ojo ajeno que la viga que llevamos en el nuestro, porque somos nosotros los incongruentes. Y la vanidad y la apariencia está en nosotros sin tener que fijarnos en los demás, pero nos cuesta mirarnos con sinceridad.
De alguna forma nos está denunciando eso el evangelio que escuchamos en este domingo. Por allí está el niño bueno, el hijo que no quiere quedar mal con su padre y cuando este le pide que haga algo responderá de palabra positivamente, pero que luego pronto lo olvidará y no hará lo que le pide su padre; mientras el otro, que parece un rebelde porque siempre está diciendo que no a todo, de esa forma le responde a su padre, aunque luego se dé cuenta de su error y lo corrige yendo a hacer lo que le pide su padre.
Jesús les está hablando muy claramente a sus oyentes judíos. ¿Qué había sido realmente la historia del pueblo judío? En momentos de fervor, o cuando habían salido de malos trances allí estaban prometiendo ser fieles a la Alianza del Sinaí, pero qué pronto caían en la idolatría, qué pronto se olvidaban de sus buenos propósitos, qué pronto se olvidaban de los caminos del Señor a pesar de tantos profetas que iban apareciendo como jalones en la historia de su pueblo.
Pero Jesús no solo quiere recordarles su pasado que ya lo hará también con otras parábolas sino que les está hablando del momento presente. Por allá andaban los buenos, los cumplidores, los que se fijaban en la hierbabuena y en el comino para pagar los impuestos, los que no dejaban de lavarse las manos cuando volvían de la plaza por si acaso hubieran tocado algo que les llevase a la impureza legal, pero que sus corazones, sus actitudes internas están llenas de maldad, de desprecios hacia los otros, de discriminaciones y de juicios siempre condenatorios en su corazón contra los demás.
Pero Jesús les dice que en el Reino de los cielos se les van a adelantar los publicanos y las prostitutas. Estas palabras tuvieron que resultarles muy desconcertantes a los que le escuchaban. Allí estaban, como bien nos señala el evangelista, los ancianos del Sanedrín y los sumos sacerdotes. Venía a trastocarles todas sus ideas, a hacerles reconocer la incongruencia que había en sus vidas, la falsedad y la hipocresía en las que estaban envueltos. Aquellos publicanos y prostitutas es cierto que eran pecadores, pero estaban más dispuestos a la conversión que todos ellos. Y ejemplos tenemos en el evangelio.
¿Pero no nos sucederá actualmente a nosotros de la misma manera? Los que venimos a Misa, los que decimos que nos sentimos más cerca de la Iglesia, los que nos consideramos muy religiosos y no dejamos de faltar a cualquier acto religioso que se organice en nuestros templos, cuando salimos de todo eso ¿cómo vamos por la vida? ¿No nos pudiera suceder que ni siquiera nos detenemos a mirar a aquellos que nos están tendiendo la mano a la puerta de la Iglesia? ¿seremos de aquellos que pasamos de largo por la plaza o por las esquinas de nuestras calles donde vemos grupos que ya en nuestro interior consideramos indeseables, con malas costumbres y hasta pasamos con cierto miedo como a la huída por ellos?
En muchas cosas concretas podríamos pensar, en muchas actitudes y posturas que tomamos ante el que consideramos diferente o desconocido, o ante tantos de los que vamos desconfiando en la vida.
Qué bueno sería recordar lo que san Pablo les decía a los Filipenses en ese hermoso texto que hoy nos ofrece la liturgia. ‘Si queréis darme el consuelo de Cristo y aliviarme con vuestro amor, si nos une el mismo Espíritu y tenéis entrañas compasivas, dadme esta gran alegría: manteneos unánimes y concordes con un mismo amor y un mismo sentir. No obréis por rivalidad ni por ostentación, dejaos guiar por la humildad y considerad siempre superiores a los demás. No os encerréis en vuestros intereses, sino buscad todos el interés de los demás. Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús’.
No creo que sea necesario mucho comentario. No es necesario decir mucho más. Mirémonos como en un espejo en esas palabras de la Escritura, pero con sinceridad, sin disimulos, no tratando de maquillar nuestras actitudes y posturas. Seamos capaces de ver la incongruencia de nuestras vidas, la diferencia entre esto tan hermoso que nos propone la Palabra de Dios y las actitudes no tan rectos ni justas, las posturas en que  nos situamos en nuestros pedestales, las insolidaridades, orgullos y vanidades con que vamos tantas veces por la vida.

sábado, 30 de septiembre de 2017

Pidamos al Espíritu del Señor que nos abra el corazón para que no tengamos miedo a las actitudes nuevas que Jesús nos puede pedir que pasan por una nueva apertura a los demás

Pidamos al Espíritu del Señor que nos abra el corazón para que no tengamos miedo a las actitudes nuevas que Jesús nos puede pedir que pasan por una nueva apertura a los demás

Zacarías 2,5-9.14-15ª; Sal.: Jr 31,10.11-12ab.13; Lucas 9,43b-45

Hay ocasiones en que por muy claras que nos digan las cosas no logramos entender; también nos sucede que en ocasiones es porque no queremos entender. Lo mismo que cuando una persona nos dice que no la entendemos porque nos está explicando sus problemas y sus puntos de vista, pero nosotros quizá le aconsejamos lo contrario o cosa distinta a la solución que aquella persona busca para su problema; quizá lo que aquella persona quiere es que nosotros le demos la razón donde nosotros vemos que no la tiene o que la solución no es lo que ella propone, y entonces nos dice que no la entendemos.
De una forma o de otra, en situaciones parecidas de cerrazón de la mente por nuestra parte que no queremos escuchar o de cerrazón de la mente de la otra persona que no acepta que nosotros opinemos distinto nos encontramos muchas veces. Tenemos que aprender a abrir nuestra mente, escuchar y aceptar aquello que incluso no nos gusta o pudiera ir en contra de los sueños o ilusiones que nos habíamos trazado. Con una apertura de la mente así muchas frustraciones nos ahorraríamos y aceptando la realidad, escuchando lo que nos dicen podremos hacer que la vida para todos sea mejor.
Hoy nos dice el evangelio cómo a los discípulos en ocasiones les costaba entender las palabras de Jesús. Sobre todo cuando lo que Jesús les proponía o anunciaba no estaba en línea con falsas e ilusorias expectativas que se habían creado en su mente. Entusiasmados estaban por Jesús, por aquel nuevo estilo de vida que Jesús les proponía, por las esperanzas que se abrían en sus corazones, por ese mundo nuevo y distinto que vislumbraban, tanto era que comenzaban a verlo como el cumplimiento de todas las promesas de los profetas y ya estaban comenzando a creer que era el Mesías anunciado y prometido.
Pero ellos se habían forjado por otra parte, por un mal entendimiento de las palabras de los profetas, unas expectativas del Mesías que lo convertían más en un guerrero y en un libertador político que lo que realmente era la misión del Mesías y que Jesús quería trasmitirles. Por eso no entraba en sus cabezas que el Hijo del Hombre hubiera de padecer. Por eso les costaba entender las palabras de Jesús.
Si nos hacemos esta reflexión no es solo para conocer o juzgar lo que le sucedía a los discípulos en torno a la figura de Jesús, sino para ver como esas cosas reflejan también lo que nos puede suceder a nosotros. No siempre sabemos entender el evangelio de Jesús, no siempre llegamos a escuchar con toda sinceridad sus palabras en nuestro corazón. Nos hacemos una idea de religión, nos planteamos desde nuestros intereses o ilusiones lo que es la vida cristiana, vamos poniendo pegas a lo que Jesús nos dice para aceptar aquellas cosas que nos convengan pero no dejamos siempre que se transforme nuestra vida por el espíritu del evangelio.
Pidamos al Espíritu del Señor que nos abra el corazón, nuestra mente, nuestro entendimiento, los oídos del alma para escucharle y para aceptarle de verdad. No tengamos miedo ni de plantearle nuestras dudas o nuestras quejas allá en la interioridad y la intimidad de nuestra oración, pero no tengamos miedo a las actitudes nuevas que Jesús nos puede pedir. Dejémonos conducir por el Espíritu del Señor. Que esa apertura a las palabras de Jesús nos conduzca a una apertura también de nuestra vida y de nuestro corazón a cuantos nos rodean para saber hacer un camino juntos en la vida.

viernes, 29 de septiembre de 2017

Los Ángeles y los arcángeles nos ayudan a sentir la permanente presencia del amor de Dios en nuestra vida y con ellos queremos cantar eternamente la gloria del Señor

Los Ángeles y los arcángeles nos ayudan a sentir la permanente presencia del amor de Dios en nuestra vida y con ellos queremos cantar eternamente la gloria del Señor

Daniel 7, 9-10.13-14; Sal 137, 1-5; Juan 1, 47-51
Tradicionalmente decimos que este día del 29 de septiembre es el día de san Miguel Arcángel, pero tras la reforma del calendario litúrgico después del concilio Vaticano II en este día se unificaron las fiestas de los tres Arcángeles, por lo que en este día celebramos también a san Gabriel y san Rafael.
La tradición bíblica y también tradicionalmente en la Iglesia cuando hablamos de los ángeles hablamos de los mensajeros de Dios. Como tales aparecen repetidamente en la Escritura Sagrada pero también como un signo de la presencia y del poder del Señor. Como decimos en la teología y en el catecismo son espíritus puros que están en la presencia de Dios alabando y cantando siempre la gloria del Señor. Pero al mismo tiempo están junto a nosotros, como lo celebraremos también en los próximos días, como mensajeros divinos que están a nuestro lado con su protección y para hacernos sentir las inspiraciones del Señor en nuestro corazón.
Pero tal como aparece en la Biblia diferenciamos entre los ángeles y los arcángeles, por cuanto estos aparecen con una misión especial para hacer presente la presencia y la gracia del Señor y para trasmitirnos su voluntad o su fortaleza que nos llena de vida y nos sana o nos preserva de toda tentación y peligro. La presencia de Dios junto a aquellos grandes patriarcas del Antiguo Testamento normalmente son señalados como el Ángel de Dios, el Ángel del Señor que se les manifiesta. Signos, pues, junto a nosotros de la presencia de Dios y de su amor que siempre nos protege.
Así nos aparecerá Gabriel como especial mensajero divino, junto al sacerdote Zacarías para anunciarle el nacimiento de su hijo y su misión, pero luego también junto a María para manifestarle como estaba llena de Dios y de su gracia – había encontrado gracia a los ojos de Dios como le dice como si fuera su nombre – y cómo  había sido la elegida de Dios para que se engendrase en sus entrañas el Hijo de Dios que se hacia Hijo del Hombre, Emmanuel, Dios con nosotros. Mensaje sublime y trascendental para la salvación del Señor y para la renovación del mundo que también nosotros hemos de escuchar.
Será Rafael, Medicina de Dios como lo llama san Gregorio Magno, para acompañar a Tobías su camino, inspirarle lo mejor para su vida y traerle la salud para los ojos ciegos de su padre. Significativa ese presencia del Ángel del Señor caminante a nuestro lado en los caminos de la vida acompañando nuestros pasos, inspirándonos los mejores deseos y acciones y trayéndonos la gracia de Dios que nos sana y que nos salva.
Finalmente nos fijaremos en san Miguel, el arcángel que aparece en la lucha de Dios contra el mal para vencer y para dominar al enemigo malo. Así aparecerá en el libro de los profetas, pero volverá aparecer en el Apocalipsis y en quien hemos de sentir esa especial protección y fortaleza de Dios en nuestra lucha contra el mal y el pecado. ‘¿Quién como Dios?’ es el significado de su nombre y con la presencia del espíritu divina a nuestro lado nada podrá apartarnos del amor de Dios, como diría el apóstol san Pablo.
Es lo que hoy estamos celebrando en esta fiesta de los santos Arcángeles Miguel Gabriel y Rafael.  Que esto nos ayude a sentir esa protección divina, nos haga escuchar en nuestro interior esa inspiración a lo bueno que ellos siempre nos trasmiten y nos sintamos fortalecidos en nuestra lucha contra el mal. Que nos ayuden a descubrir esa presencia de Dios permanente junto a nosotros de la misma manera que ellos están siempre contemplando el rostro de Dios en el cielo. Que con los ángeles y los arcángeles, y con todos los coros celestiales, como proclamamos en la liturgia, nosotros nos unamos a ese cántico celestial para que con toda nuestra vida siempre estemos buscando la gloria de Dios y cantando sus alabanzas para su gloria.

jueves, 28 de septiembre de 2017

Es necesaria la apertura del corazón, es necesario abrir los resquicios del alma para que penetre la fe porque será la luz que nos haga conocerle y conociéndole vivirle

Es necesaria la apertura del corazón, es necesario abrir los resquicios del alma para que penetre la fe porque será la luz que nos haga conocerle y conociéndole vivirle

Ageo 1, 1-8; Sal 149; Lucas 9, 7-9

‘¿Quién es éste de quien oigo semejantes cosas?’ se pregunta Herodes; y el evangelista añade a continuación: ‘Y tenía ganas de ver a Jesús’. Había oído hablar de Jesús, de su predicación por toda Galilea, de los signos que realizaba, de lo que la gente comentaba de Jesús, del entusiasmo del pueblo a quien veían como un profeta y acaso el anunciado Mesías; eran sus esperanzas.
Por eso Herodes quiere conocer a Jesús. Además en su conciencia pesa y lo recuerda que había encarcelado a Juan y lo había mandado decapitar en la cárcel. Le había resultado incomodo por lo que le decía y la mujer con la que convivía conspiraba contra él. Ahora oye hablar de un nuevo profeta, y en el fondo el sigue siendo un judío, y siente deseos de conocerle.
¿Por qué quería conocerle? Es la pregunta importante, aunque cuando se encuentre entre jolgorios y fiestas olvide los buenos deseos que haya en su corazón y cuando llegue el momento de encontrarse con Jesús se lo tome a broma y al final lo tome como un loco.
Todo esto me hace reflexionar en los deseos o aspiraciones que yo tenga en el corazón también en relación con Jesús. Algunas veces también siente uno inquietud en su corazón - ¿solo algunas veces? – y también andamos en caminos de búsquedas. Nos sucede como sucede a tantos en nuestro entorno.
Algunas veces se suscitan en el corazón de los hombres esos buenos deseos. Y abr muchos que también quieran conocer a Jesús. Y tratan de leer todo lo que caiga en sus manos, provenga de donde provenga, se dejan deslumbrar por cuestiones llamativas que puedan aparecer en la literatura acerca de Jesús haciendo múltiples mezcolanzas. Los medios de comunicación ofrecen en ocasiones noticias sobre descubrimientos de cosas arqueológicas que puedan tener relación con Jesús y quizás mostremos interés por esas cosas. O quizá en su buen deseo no se dejen arrastrar por esas cuestiones llamativas y se tomen más en serio el conocimiento que puedan adquirir quizá hasta emprendiendo unos estudios serios.
¿Solo ese será el camino para conocer a Jesús? Algunos nos dirán que no podemos cerrarnos a todas las posibilidades y hasta nos dirán que en el camino que hasta ahora hemos empleado la Iglesia ha tratado de ocultar muchas cosas que no interesarían poniendo o buscando no sé que razonamientos o intenciones ocultas y torcidas que haya detrás de todo eso. Cuantas veces habremos visto en noticias o en redes sociales hablarnos del descubrimiento sobre Jesús que haría temblar los cimientos de la Iglesia. Y la gente fácilmente se cree esas cosas que realmente han estado ahí desde siempre como pudiera ser lo que los evangelios apócrifos que no nos dicen nada nuevo porque siempre se han conocido sus fantasías.
Muchas cosas podríamos comentar en este sentido, pero en razón de la brevedad de la página de un blogs no tienen cabida en este momento. Pero sí hemos de decir que a Jesús no solo podemos ir a buscarlo como quien va en búsqueda de conocer a un personaje histórico. Es cierto que forma parte de la historia de la humanidad, pero es una historia distinta, porque a Jesús solo si vamos con la apertura de unos ojos que no temen el misterio de la fe es como podremos conocerlo.
Jesús no es solo unas historias que tenemos que leer, sino que tratar de conocer a Jesús es meternos en una vida que se va a hacer vida también en nosotros. Solo cuando le abramos las puertas de nuestra vida y de nuestro corazón es como podremos conocerle y conocerle seré encontrarnos con El como quien se encuentra con la vida verdadera. Es necesaria esa apertura de nuestro corazón, es necesario abrir los resquicios de nuestra alma para que penetre la fe en nosotros porque será la que nos dará la verdadera luz que nos haga conocerle y, como decíamos, conociéndole vivirle.

miércoles, 27 de septiembre de 2017

Tenemos que ponernos en camino porque es grande la tarea que tenemos que realizar con las obras de nuestro amor, nuestra presencia y cercanía a todos los que sufren


Tenemos que ponernos en camino porque es grande la tarea que tenemos que realizar con las obras de nuestro amor,  nuestra presencia y cercanía a todos los que sufren

Esdras 9, 5-9; Sal.: Tb. 13,2.3-4.6 Lucas 9,1-6
‘Ellos se pusieron en camino y fueron de aldea en aldea, anunciando el Evangelio y curando en todas partes’. Un día se habían sentido atraídos por la palabra y la persona de Jesús, le habían escuchado, les daba gusto estar con él, las esperanzas renacían en sus corazones, sentían que en verdad siguiendo a Jesús era posible un mundo nuevo y mejor.
Jesús les anunciaba el Reino de Dios y les iba dando las señales en que había de manifestarse ese Reinado de Dios, los hombres se amarían de verdad y se sentirían hermanos, el sufrimiento era mitigado con el amor de todos, el mal tendría que desaparecer de ese mundo si sus corazones eran transformados por el amor, algo nuevo tendría que comenzar a vivirse entre todos porque todos centraban sus vidas en Dios.
Eso habrían de comenzar a vivirlo ellos mismos, lo estaban intentando hacer cuando se sentían unidos en torno a Jesús, pero esa buena noticia había de llevarse a los demás, había de anunciarse a todos para que en todos renacieran las esperanzas y todos comenzaran a vivir en ese estilo y sentido nuevo. Ahora Jesús los envía. Han de anunciar el Reino, han de anunciar ese mundo nuevo, han de hacer posible que allí por donde estén se vaya realizando ese mundo nuevo, ese nuevo sentido de vivir.
El amor habría de comenzar a florecer de nuevo en medio de los hombres porque tendrían que hacer desaparecer todo mal, arrancar el odio y la malquerencia de los corazones, desterrar los orgullos y las envidias, que nunca mas apareciesen los brotes de cizaña de las discordias o de los egoísmos. Era lo que Jesús les mandaba realizar.
Las expresiones que emplea el evangelio son muy propias de algunos de los signos externos que habían de realizar pero eran muy significativas de lo que habían de ser las señales de ese reino nuevo que se habría de vivir. El anuncio no ha de ser solo de palabra sino con obras, y habla de curar enfermos y de expulsar demonios.
Curar enfermos no es solo levantarlos de la cama si en ella están postrados; la cercanía y la presencia nuestra junto a un enfermo ha de ser siempre una presencia de vida y de amor y quien se siente amado se está comenzando a llenar de vida, se está comenzando a sanar. Las cegueras de las que nos habla el evangelio, la invalidez de algunos miembros corporales, la sordera que nos impide comunicarnos o la lepra que aísla a los que la padecen son bien significativas de ese mal que hay dentro de nosotros tantas veces y del que tenemos que liberarnos, o del que tenemos que ayudar a liberarse a quienes lo padecen.
Por eso nuestra presencia tiene que ser signo de liberación porque aquel que sufre y al que nos acercamos se siente amado cuando nos interesamos por él. Y no hay mejor cosa que nos ayude a superarnos a nosotros mismos que el sentirnos valorados por alguien. Cuanto podemos hacer en este sentido, cuanto tenemos que hacer. A cuantos tenemos que ayudar a levantarse de su postración porque se sientan valorados y amados de verdad.
Qué hermosa tarea tenemos en nuestras manos, en nuestra presencia, en nuestra cercanía a los demás. Tenemos que ponernos en camino porque es grande la tarea que tenemos que realizar. Jesús a nosotros también nos envía con esa misión. Realizando esos gestos que quizá nos puedan parecer sencillos estamos anunciando el Reino, estamos proclamando la buena nueva de Jesús.


martes, 26 de septiembre de 2017

No nos basta decir que sabemos muchas cosas de Dios si luego no lo manifestamos en las obras de fe y de amor de toda nuestra vida

No nos basta decir que sabemos muchas cosas de Dios si luego no lo manifestamos en las obras de fe y de amor de toda nuestra vida

Esdras 6, 7-8.12b.14-20; Sal 121; Lucas 8, 19-21

Eso yo ya lo sé, decimos o escuchamos decir tantas veces. Alguien que nos hace una recomendación, algo que tratamos de enseñar a alguien y que puede afectar a su comportamiento, nos lo sabemos, nos creemos que no necesitamos que nadie nos diga algo. Pero de saber a hacer va un trecho, como se suele decir. Una cosa es que nos sepamos las cosas y otra cosa es que las pongamos en práctica, esa sea nuestra manera de hacer y de actuar. Con todo lo que sabemos el mundo tendría que ir sobre ruedas, pero bien vemos cómo va, o mejor, bien vemos como es nuestra manera de actuar en el diario de nuestra vida.
Conscientes o inconscientes, sabiendo lo que hacemos, o simplemente olvidándonos de lo que deberíamos hacer, influenciados por nuestras propias pasiones o simplemente dejándonos llevar por lo que todos hacen, lo cierto es que muchas veces hay un trecho bien grande entre lo que decimos que sabemos y lo que realmente luego hacemos. Será nuestra inconstancia, o será nuestra debilidad, el  miedo a ir contracorriente de lo que todo el mundo hace o nuestras propias apetencias interiores, pero así vamos caminando por la vida.
Hay mucha gente alrededor de Jesús que quiere escucharle. Tanto que llega su madre y sus parientes y no pueden acceder a Jesús. Alguien se acercará para decirle que por allí están su madre y sus hermanos – en aquella terminología semita en que se llamaba hermano a todo pariente cercano – y Jesús no es que no quiera atender a los suyos que llegan hasta El; quiere hacernos comprender que si importantes son los lazos de la sangre y que siempre hemos de valorar, hay otros lazos que se crean entre nosotros para producir una verdadera comunión que es la fe en la Palabra de Dios que se hace vida en nosotros.
Nos dice el evangelista que Jesús mirando en su derredor y contemplando a cuantos quieren escuchar su Palabra les responde. ‘Mi madre y mis hermanos son éstos: los que escuchan la palabra de Dios y la ponen por obra’.
Quienes creemos en Jesús formamos una nueva comunidad; la fe en Jesús crea entre nosotros una nueva comunión; escuchamos su Palabra y dejamos que fecunde nuestra vida; escuchamos su Palabra y nos dejamos transformar por ella. Pero bien sabemos que escuchar no es solo oír unos sonidos que llegan a nuestros oídos; escuchar es dejar que esa Palabra que se nos trasmite llegue a lo más hondo de nosotros para hacerse vida en nosotros; como la comida con que nos alimentamos que se transforma en esa energía que nos hace mantener la vida de nuestro cuerpo, la Palabra es ese alimento que se hace vida en nosotros y se manifiesta por las obras nuevas que realizamos.
No es solo saberla, oírla, sino que escucharla es hacerla vida en nosotros.  No nos basta decir que la sabemos porque la hemos oído y la hemos quizá hasta grabado en nuestra memoria; no la grabamos en la memoria sino en la vida, haciéndola vida nuestra. Ella será también nuestra fortaleza porque nos llena del Espíritu de Dios para hacer frente a las debilidades, las tentaciones, los cansancios, las desesperanzas y desilusiones, la rutina y todo cuando pueda querer quitarle vida.
Aprendamos de María ‘la que guardaba todas las cosas en su corazón’; aprendamos de María que merecería un día la alabanza de que había creído y todo aquello en lo que había creído se cumplía; aprendamos de María de la que Jesús también decía que era dichosa porque guardaba en su corazón la Palabra de Dios y la ponía en práctica.

lunes, 25 de septiembre de 2017

La luz crece en la medida en que la compartimos por eso tenemos que con entusiasmo contagiar a nuestro mundo de la verdad y de la luz del Evangelio

La luz crece en la medida en que la compartimos por eso tenemos que con entusiasmo contagiar a nuestro mundo de la verdad y de la luz del Evangelio

Esdras 1,1-6; Sal 125; Lucas 8,16-18

La luz crece en la medida en que la compartimos. Si nos la guardamos para nosotros y no dejamos que otros puedan iluminarse con esa luz lo que hacemos es oscurecerlo todo. Imaginemos que estamos en medio de una densa oscuridad, pero nosotros tenemos una lámpara encendida si con nuestra luz ayudamos a que otros puedan encender sus lámparas veremos cómo la luz va creciendo y todo puede llegar a llenarse de intensa claridad. Por eso no nos la podemos guardar, no la podemos ocultar para solo iluminarnos nosotros aunque tengamos que correr el riesgo de que al compartirla pudiera verse amenazada su llama por los vientos que corren, pero al compartirla se hace más fuerte y puede llegar a dar mejor resplandor.
Es lo que somos y lo que tenemos en la vida. no nos podemos encerrar en nosotros mismos, no podemos actuar nunca de forma egoísta e insolidaria queriendo eso bueno solo para nosotros; nuestra dicha estará en ver que ese bien llega a los demás y hará surgir nuevas plantas de bien, de bondad, de responsabilidad en la vida haciéndola cada día más preciosa. Todo lo bueno que tengamos y seamos capaces de compartir veremos como fructificará y muchas plantas bonitas de bondad que Irán surgiendo en nuestro entorno. Tenemos que ser optimistas, tenemos que creer en que la bondad se puede multiplicar, que lo bueno que hay en nosotros puede contagiar a los demás. Dichosos contagios.
Es lo que hemos de hacer con nuestra fe. Nos hemos acostumbrado quizá a escuchar las palabras de Jesús enviando a sus discípulos por el mundo a anunciar la Buena Nueva que ya lo oímos como si eso no nos afectara a nosotros. Siempre tenemos que escuchar la Palabra de Jesús como una noticia nueva y buena para nuestra vida; hemos de saber descubrir en cada momento lo que es la novedad del evangelio y no acostumbrarnos a sus palabras que entonces ya no serán evangelio para nosotros ni para el mundo que nos rodea. Esas palabras de Jesús nos afectan, tienen que comprometernos en cada momento.
Con la imagen de la luz que hoy nos ofrece y que nos habla de que la luz no la podemos ocultar debajo de la cama ni debajo de un cajón, sino que tenemos que ponerla muy alta para que ilumine a todos, nos está diciendo lo que tenemos que hacer en todo momento con esa luz de la fe que ilumina nuestra vida. Tenemos que iluminar a los demás, tenemos que trasmitir esa buena noticia del evangelio, nuestra vida resplandeciente por las obras del amor tiene que ser signo de salvación para cuando nos rodean, tenemos que ser evangelio para los demás por esa fe que encarnamos en nuestra vida.
Hemos descuidado demasiado esa responsabilidad de la trasmisión de la luz del evangelio a los demás; nuestro mundo parece que se llena de sombras porque pareciera que prevalece un mundo de violencia y de mentira, un mundo insolidario y de hipocresía, un mundo de desconfianzas y de odios, un mundo roto dividido y tan lleno de materialismo que ha perdido el sentido de lo espiritual. No cargamos las tintas, pero es una realidad que nos rodea y que nos puede contagiar, aunque es cierto también que a veces nos encontramos luces buenas que tintinean por aquí y por allá. Tendríamos que aprovechar mejor esos leves destellos de cosas buenas y justas que siempre aparecen para resaltarlo y sirva de estimulo para buscar la luz verdadera que encontramos en Jesús.
¿Qué hemos hecho del evangelio en el que creemos y que decimos que es el sentido de nuestra vida? ¿Cómo es que no hemos contagiado más a ese mundo de los valores del evangelio? 

domingo, 24 de septiembre de 2017

El amor y la generosidad nos desconciertan pero no olvidemos que nuestras obras de amor tienen que signos provocadores de una nueva humanidad

El amor y la generosidad nos desconciertan pero no olvidemos que nuestras obras de amor tienen que signos provocadores de una nueva humanidad

Isaías 55,6-9; Sal 141; Filipenses 1, 20c-24. 27; Mateo 20, 1-16
En un mundo en que parece que cada uno va a lo suyo y nos encontramos con tantos que no se preocupan de los demás sino solo de sus intereses, y a lo sumo de las personas que caen bajo sus responsabilidad, nos desconcierta el encontrarnos con personas generosas que hasta se olvidan de si mismos en su deseo de ayudar y de compartir lo que tienen y lo que son con los demás.
No es solo ya el preocuparse de actuar de manera justa haciendo que cada uno tenga lo que en justicia se le debe, sino que van más allá en su generosidad. Personas desprendidas, que no miran por sus ganancias, que hacen suyo el sufrimiento de los demás, que no puede permitir desde la sinceridad de su conciencia que alguien pueda estar pasando necesidad si está de su parte ayudarle. Algunos lo llaman altruismo, o lo llamamos también solidaridad, pero todo es fruto del amor.
Y aunque algunas veces no lo veamos o no lo queramos ver hay muchas personas así en el mundo y que son los que realmente lo están haciendo mejor. Pero encontrarnos con personas así nos desconcierta cuando quizá sentimos en nuestro interior muchos ramalazos de egoísmo y cuando nos dicen que la caridad empieza por uno mismo. Es cierto que tenemos que amarnos porque de lo contrario no seriamos capaces de amar a los demás, pero la generosidad del que se olvida de sí mismo pensando siempre en los demás muchas veces nos deja descolocados.
Yo creo que, entre otros muchos mensajes que podríamos aprender de la parábola que nos propone hoy Jesús en el evangelio, el sentido de la misma va por ese camino. Es la generosidad de aquel hombre que no solo se preocupó de que tuvieran trabajo – lo que es un acto también de justicia – aquellos obreros desocupados a cualquier hora del día que los encontrara en la plaza, sino el hecho de darle igualmente el salario digno para aquellas personas fuera la hora en que hubieran comenzado a trabajar. ‘¿Es que vas a tener envidia porque yo soy bueno?’, le responde a aquellos que le dicen que no es justo que les dé a todos igual, cuando les está dando lo que en justicia había contratado con ellos.
Son los caminos de Dios que muchas veces nos cuesta comprender. Ya nos decía en el texto de Isaías que nuestros caminos no son sus caminos y nuestros planes no son sus planes. Los planes y los caminos de Dios nos superan, y nos superan precisamente desde el amor. Es el Señor compasivo y misericordioso que tantas veces hemos escuchado en la Biblia y repetido con nuestros salmos.
Es el camino de la misericordia que tanto nos cuesta comprender y vivir. Es muy fácil emplear la palabra misericordia, pero ser misericordioso de verdad desde el corazón ya no lo es tanto. Pensamos en la justicia, pensamos en que lo pague el que lo hizo, y ponemos nuestros ‘peros’ y nuestras trabas para ser verdaderamente compasivos con los demás de manera que obremos con auténtica misericordia porque pongamos amor de verdad en el corazón y con ese amor seamos capaces de mirar al que ha errado o al pecador que ha hecho mal.
Cuantas veces habremos contrapuesto el amor, la caridad y la justicia preguntándonos cuál es más principal o más importante. No están reñidos el amor y la justicia ni mucho menos, pero el amor va mucho más allá cuando se nos ofrece la misericordia del perdón, la generosidad del que da más de lo que incluso en justicia merecemos, porque nos hace entrar en la plenitud de Dios que es Amor.
Si Dios es misericordioso y nos perdona, por qué nosotros los hombres tenemos que poner penitencias y reparaciones que lo que hacen es marcar con nuevos pesos en su conciencia al que ha hecho mal y se ha arrepentido. Ya nos enseña Jesús que seamos compasivos y misericordiosos como nuestro Padre es compasivo. Y ese es el camino de la perfección que nos propone.
Es el camino que hemos de aprender a vivir. Ya sé que esas cosas nos desconciertan como decíamos al principio porque quizá nuestra mirada turbia muchas veces nos hace sentirnos incapaces de actuar con esa generosidad; pero entrar en esa órbita del amor y de la generosidad, no nos hace olvidar la justicia, por supuesto, pero es que nos está regalando algo más de lo que ya en justicia merece toda la dignidad del hombre porque el amor nos está elevando a un estadio superior.
¿Seremos capaces de actuar siempre de esa generosidad? Probemos a poner mucho amor en el corazón, ese amor que nos hace respetar y valorar a toda persona, a reconocer su dignidad, a procurar siempre el bien, a buscar que toda persona pueda ser feliz porque se sienta amado y se sienta regalado con nuestro amor. Eso lo podremos hacer siempre con la fuerza del Espíritu del Señor que anima nuestra vida.
No olvidemos que siempre hemos de dar testimonio del amor pero es que nuestras obras de generosidad han de ser signos provocadores que nos recuerden que podemos hacer entre todos una nueva humanidad.

sábado, 23 de septiembre de 2017

Sembremos cada día en nosotros y en el mundo en que vivimos la semilla de la Palabra desde un testimonio valiente porque la luz no se puede ocultar y la semilla se ha de sembrar

Sembremos cada día en nosotros y en el mundo en que vivimos la semilla de la Palabra desde un testimonio valiente porque la luz no se puede ocultar y la semilla se ha de sembrar

1Timoteo 6,13-16; Sal 99; Lucas 8, 4-15

‘Se le juntaba a Jesús mucha gente y, al pasar por los pueblos, otros se iban añadiendo…’ y esta es la ocasión en que nos dice el evangelista Lucas que Jesús les propone una parábola.
Mucha gente se le juntaba a Jesús, crecía el número de los que le seguían para escucharle, pero ¿cómo lo escuchaban? ¿Cómo acogían en su corazón aquella semilla que Jesús iba sembrando? Como el sembrador que tira a voleo la semilla mientras va caminando Jesús va dejando su palabra en aquellos corazones. ¿Fructificará de la misma manera en todos ellos?
Algunos seguían a Jesús esporádicamente; pasaba Jesús por su pueblo, les hablaba en la sinagoga, en los cruces de los caminos o en las plazas, y a todos les gustaban las palabras de Jesús. Sentían deseos de seguir escuchándole, se iban detrás de él, pero pronto volverían a sus faenas, regresarían a sus casas, se iban a encontrar con los problemas de cada día, ¿seguirían recordando las palabras de Jesús?
Algunos con curiosidad se acercaban a Jesús porque habían oído hablar muchas cosas de él. Le escuchaban con interés o inquisidores para ver lo que decía y si acaso aquello les convencía, pero pronto quizá el interés se desvanecía, no les llegaba a convencer, tenían dudas de quien realmente fuera Jesús, quizá pronto lo olvidaran o acaso fueran de aquellos que formarían parte de otro nuevo grupo como de oposición que se iba formando. ¿No terminaba de convencerles aquel nuevo profeta? ¿No veían que se cumplieran en él las expectativas que tenían sobre el futuro Mesías de Israel? El estilo pacifico de Jesús quizá no era lo que buscaban para luchar contra los opresores del pueblo.
Así unos le escuchaban y pronto se quedaban atrás, otros le seguían durante un tiempo con cierto entusiasmo que pronto se podría enfriar, solo algunas permanecían fieles, sembraban en su corazón aquellas esperanzas que la Palabra de Jesús les suscitaba.
Pero es que eso tenemos que verlo en nosotros. Cuántos son los que cada semana escuchan la proclamación del evangelio, pero cuántos son también los que cuando atraviesan de nuevo la puerta de la iglesia que les lleva a la calle ya lo olvidaron todo.
Cuántos son los que con cierto fervor escuchamos la palabra, pero las tareas de la vida cotidiana, la familia, el trabajo, los problemas que se viven en la sociedad nos absorben de tal manera que olvidamos pronto, o no sabemos encontrar luz en esa palabra que se nos ha proclamado para esos problemas de la vida de cada día.
Cuántos quizá los que queremos ser sinceros y queremos vivir todo eso, pero estamos envueltos en tantos problemas personales que no sabemos como salir de ellos o como en esa palabra encontrar esa fuerza que necesitamos para caminar y para luchar, para superarnos y para lograr ser mejores cada día.
Claro que tendríamos que ser de los de la buena tierra, porque acojamos esa semilla, esa Palabra y como María la guardemos en el corazón para rumiarla, para sacarle de verdad fruto porque en ella encontremos esa luz y esa fuerza para ese nuestro camino diario. No es fácil la tarea, porque ya sabemos cuantas cosas los llaman la atención por todas partes, nos atraen y nos distraen, pero hemos de centrarnos de verdad en esa Palabra que es vida para nosotros. Es lo que nos dice Jesús de dar fruto, diverso quizá según la capacidad de cada uno, pero fruto en fin de cuentas porque queremos en verdad llenarnos de la gracia del Señor.
Sembremos cada día en nosotros esa semilla de la Palabra; sembremos cada día en los que nos rodean, en el mundo que vivimos esa buena semilla desde ese testimonio claro y valiente que nosotros demos, pero también desde esa palabra que tenemos que atrevernos a decir porque la luz no se puede ocultar, porque la semilla se ha de sembrar.

viernes, 22 de septiembre de 2017

Seguimos a Jesús caminando en comunión con El y con los hermanos siendo nuestra comunión el mejor signo para que el mundo crea

Seguimos a Jesús caminando en comunión con El y con los hermanos siendo nuestra comunión el mejor signo para que el mundo crea

1Timoteo 6,3-12; Sal 48; Lucas 8,1-3
‘Jesús iba caminando de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo, predicando el Evangelio del reino de Dios; lo acompañaban los Doce y algunas mujeres que él había curado de malos espíritus y enfermedades…’
Jesús caminando de pueblo en pueblo anunciando el Reino; con él los discípulos y en especial aquellos doce que había constituido en apóstoles con él, pero también la gente le seguía; ahora menciona el evangelista algunas mujeres que Jesús había curado. Es el grupo de los que siguen a Jesús más de cerca, siempre con El, escuchando sus enseñanzas pero también las explicaciones especiales que a ellos les hacia. Así se va constituyendo la primera comunidad, en torno a Jesús, escuchando su Palabra, sintiendo el regalo de su amor.
Seguimos a Jesús, nos llamamos sus discípulos y nos decimos cristianos; su Palabra tiene que ser también el alimento diario de nuestra vida; queremos escucharle de manera especial allá en lo hondo de nuestro corazón, queremos sentir el calor de su presencia, la fuerza de su amor.
Seguir a Jesús así, unidos, formando comunidad en torno a El tiene que ser nuestro gozo. Así nos amasamos en su amor, así vamos creando cada día más intensamente comunión con El, así formamos comunidad con los demás, nos sentimos en comunión con los que nos rodean, vamos creando la comunidad cristiana.
Pero no es un camino que hacemos en solitario, por nuestra cuenta, a nuestra manera; eso no sería la comunidad de Jesús, la comunidad de los que creemos en El; primero que nada es un camino que hacemos con El, a El tenemos que sentirnos unidos siempre abiertos a su amor, siempre con los oídos del corazón bien atentos para escucharle, siempre en sintonía de amor con El.
Ahí tiene que estar nuestra oración, ese dialogo continuo de amor. Los amigos que no se comunican, que no hablan, que no comparten, que no abren su corazón el uno al otro tienen el peligro de que su amistad se enfrié, se malee, se pierda; sucede tantas veces. Que no nos suceda con Jesús; por eso hemos de cultivar nuestra amistad con El, nuestra unión con El en la oración y en los sacramentos donde sentimos de manera especial la gracia de su presencia.
Pero nuestra unión con Cristo no nos separa de los demás, sino todo lo contrario. Nos tiene que llevar necesariamente a que cada día nos sintamos más en comunión con los otros. Una comunión de hermanos, somos una familia. En sintonía de amor con los demás que vamos haciendo los caminos juntos; y mutuamente nos apoyamos, nos ayudamos, nos estimulamos. El camino que el hermano hace a mi lado en medio de sus luchas y con todos sus esfuerzos es para mi un estimulo que me impulsa a yo también mantener esa lucha, a no dejarme vencer por el cansancio o la desilusión, a tener siempre esperanza de que podemos avanzar, de que podemos llegar a la meta.
Ahí en esa comunión con los hermanos escuchamos también la Palabra de Jesús, esa Palabra que nos llena de vida, que nos explica, que nos anima, que nos ayuda a descubrir el camino, que nos amplia horizontes, que nos hace ir con mayor ilusión cada día al encuentro con los demás. Ahí en esa comunión y por esa comunión nos convertimos en anunciadores de evangelio, porque nuestro amor y nuestra comunión se convierte en testimonio de lo que es el Reino, es anuncio de Buena Nueva de Salvación para nuestro mundo. Ya Jesús nos pedía que nos mantuviéramos unidos para que el mundo crea. Nuestra comunión es el mejor anuncio para que el mundo llegue a la fe en Jesús.

jueves, 21 de septiembre de 2017

Aprendamos a mirar con una mirada nueva y limpia a los demás igual que Jesús supo contar con el publicano Mateo para hacerlo su apóstol y evangelista

Aprendamos a mirar con una mirada nueva y limpia a los demás igual que Jesús supo contar con el publicano Mateo para hacerlo su apóstol y evangelista

Efesios 4, 1-7. 11-13; Sal 18; Mateo 9, 9-13
¿Cómo se te ha ocurrido contar con esa persona? Con la historia que tiene detrás… sabrás bien lo que ha sido su vida… Así habremos escuchado quizá en alguna ocasión en referencia a alguien cercano o quizás nosotros mismos que había o habíamos tomado la decisión de contar con alguien que eran mal vistos por los demás. Somos muchas veces fáciles para estar contando o teniendo en cuenta la historia de los demás, y hay personas con las que no quisiéramos contar o que nos parece que por lo que ha sido su vida deberían desempeñar algunos oficios o responsabilidades. Y sucede en muchos ámbitos de la sociedad, y hasta entre nosotros en la comunidad eclesial. Pareciera que lo de la misericordia que tanto predicamos tenga sus límites pero quizá no todos merezcan una misericordia plena.
Es un pensamiento que me surge escuchando este evangelio y la reacción de los puritanos de los fariseos porque Jesús había llamado a Mateo para formar parte de sus amigos más cercanos y porque comían con publicanos y pecadores. Fue una reacción semejante a cuando Jesús se auto invitó a casa de Zaqueo allá en Jericó y se sentó a su mesa con los amigos de Zaqueo también.
Mateo o Leví, como queramos llamarlo, era un recaudador de impuestos. Ya por el solo hecho de tener esa profesión era mal considerado por los judíos, y aquellos que se consideraban mas puritanos los llamaban pecadores, publicanos. Es cierto que era una profesión fácil para los deslices en la cuestión de cuentas, de ganancias ilícitas o de manipulación de los impuestos para obtener beneficios particulares. Ya recordamos cómo Zaqueo se consideraba un ladrón y pecador y tuvo el valor del arrepentimiento y la conversión en el encuentro con Jesús. De Mateo no hay ningún indicio de que fuera de esta condición, pero ya la profesión lo marcaba, y para los judíos era un publicano, un pecador. Y Jesús lo había llamado y se había sentado a su mesa.
Jesús quiere contar con todos como quiere contar con nosotros también. Y tenemos que reconocer que nosotros también somos pecadores, pero Jesús nos ama y nos llama para contar con nosotros también. Y es que Jesús mira el corazón y cree que el corazón del hombre también puede cambiar y con eso todas las actitudes y todos los comportamientos de la persona para ser un hombre nuevo.
La historia de la Iglesia resplandece con la vida y el testimonio de los santos, pero hemos de saber ver también como muchos de ellos habían sido grandes pecadores, pero un día sintieron la llamada del Señor y su vida cambio. San Agustín, san Ignacio de Loyola, san Juan de Dios, la misma santa Teresa de Jesús que había pasado por muchos momentos de dudas, de negruras en su vida, y tantos y tantos más que podríamos mencionar en larga lista, un día cambiaron, un día se dieron totalmente al Señor. Dios quiso contar con ellos fuera cual fuera su pasado. Como lo hace con nosotros que reconocemos tantas flaquezas en nuestra vida, tantas idas y venidas, tantas veces que prometemos tantas cosas y luego volvemos a las andadas, pero Dios sigue confiando en nosotros, sigue amándonos y contando con todo lo que le podamos ofrecer en nuestra entrega.
Creo que la celebración de la fiesta de este apóstol, san Mateo, a quien hoy celebramos entre otras muchas cosas que de El aprendemos y recibimos – contamos con su evangelio – nos tendría que hacer pensar en muchas cosas para aprender a tener una mirada distinta hacia los demás. Para que de una vez por todas dejemos atrás nuestros prejuicios y nuestros juicios maliciosos, nuestras desconfianzas y discriminaciones y aprendemos a mirar con una mirada nueva y limpia a los demás.

miércoles, 20 de septiembre de 2017

Necesitamos autenticidad para vivir el momento presente con los caminos que Dios ahora nos ofrece y para tener unas buenas relaciones de convivencia con los demás


Necesitamos autenticidad para vivir el momento presente con los caminos que Dios ahora nos ofrece y para tener unas buenas relaciones de convivencia con los demás

1Timoteo 3, 14-16; Sal 110; Lucas 7,31-35

A veces parece que quisiéramos que la gente sea como uno se la imagina, o como uno quiere que sea; nos cuesta aceptar como son las personas, que cada uno tiene su propia personalidad, sus características propias, su manera de pensar y su visión de la vida. Aunque quizá coincidamos en metas e ideales, en un sentido básico de la vida, hemos de respetar la forma de vivir y de expresarse de cada uno. Pero cuando los demás no son como nosotros quisiéramos que fueran, vienen las críticas, los recelos, los intentos de manipulación quizá y cuando no lo conseguimos fácilmente nos distanciamos y comenzamos a poner barreras entre unos y otros.
Cuesta el aceptarnos como somos. Cuesta el llegar a darnos cuenta que desde esa diversidad cada uno hemos de poner de nuestra parte lo que somos y lo que son nuestros valores para lograr esa buena convivencia, para lograr entre todos hacer que nuestro mundo sea mejor. Así crearemos verdadera comunidad porque cada uno aportamos desde lo que somos al bien común, a esa comunión que entre todos, incluso en la diversidad, debe haber.
Las ideas preconcebidas que tengamos los unos de los otros nos impiden ver la realidad y valorar lo bueno que siempre hay en los demás. Esos matices que se dan en la vida nos enriquecen, dan colorido podríamos decir al cuadro de la vida y lograran una belleza mejor en una felicidad para todos.
Hoy Jesús en el evangelio nos hace constatar lo que sucedía entonces también en referencia a El y en referencia a la opinión que tenían de Juan Bautista. Parece que nunca estamos de acuerdo con la realidad del momento y lo que en cada momento quizá necesitamos.
No aceptaban a Juan porque les parecía demasiado austero y demasiado exigente. Era austero en la presentación de su propia vida viviendo en el desierto, alimentándose de lo que buenamente podía conseguir en aquellos terrenos desérticos,  era austero incluso en su vestido con su piel de oveja; exigente consigo mismo les planteaba a los judíos que para recibir al Mesías en su inminente venida también habían de realizar una vida de sacrificio y de conversión; les pedía autenticidad en sus vidas y responsabilidad en sus obligaciones llevada hasta el extremo, les señalaba ese camino de austeridad y sacrificio que había de transformarse en solidaridad con los que nada tenían. Esas exigencias nunca nos gustan porque preferimos seguir nuestros caminos donde no siempre resplandecen esos valores.
Pero tampoco ahora aceptaban a Jesús. Querían verlo como el Mesías esperado, así de alguna manera lo había señalado Juan el Bautista, pero querían que fueran otros los planteamientos de Jesús. Su cercanía, su amor, su misericordia los desconcertaba, queriendo de alguna manera alguna vez volver a la manera de ser del bautista que no habían aceptado antes. Así somos de volubles en la vida. No aceptamos lo que en el momento presente hemos de vivir y para justificarnos de unos nuevos planteamientos que se nos hacen de renovación en nuestra vida, comenzamos con añoranzas de otros tiempos.
¿No nos seguirá sucediendo igual ahora, por ejemplo, en el seno de la Iglesia? Nos ilusionamos en un momento determinado con los nuevos signos de vida nueva que van apareciendo en su seno, pero pronto queremos volver a las andadas soñando con una iglesia de cristiandad, propia quizá de otros tiempos. ¿No nos sucederá incluso en la propia liturgia de la Iglesia donde  nos encontramos a algunos que siguen añorando aquella liturgia de otra época de antes de la reforma conciliar? Hay quienes sueñan con los latines, con las antiguas vestiduras con demasiados oropeles, con muchos signos quizá de poder que distancian al pueblo de Dios de lo que verdaderamente ha de ser nuestra celebración.
Puede parecer un mosaico de ideas diversas y entremezcladas esta reflexión, pero creo que todo debe llevarnos a una interiorización en lo que vivimos, en nuestras relaciones también con los demás, para que haya autenticidad en nuestra vida que alguna vez nos falta.

martes, 19 de septiembre de 2017

Jesús que llega también a nuestra vida tan llena de sombras y tan llena de muerte quiere iluminarnos con su luz y hacernos resucitar con su vida

Jesús que llega también a nuestra vida tan llena de sombras y tan llena de muerte quiere iluminarnos con su luz y hacernos resucitar con su vida

1Timoteo 3,1-13; Sal 100; Lucas 7,11-17
‘Al entrar en la ciudad se encontró con que sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de una viuda, a la que acompañaba una gran muchedumbre…’
Sacaban a enterrar a un muerto. Cuántas cosas se enterraban… la ilusión y la esperanza de una vida, las alegrías de cuantos con él habían convivido, el futuro de una mujer viuda que se quedaba sin el sustento de un hijo, los proyectos que toda vida encierra y que se ven truncados con la muerte, la alegría que desaparecía de los corazones abrumados por el dolor y la pena. Era mucho el dolor de aquella comitiva que se hacia solidaria con el dolor de una madre en su aterradora soledad. Era mucha la oscuridad y las sombras de muerte que a todos envolvía.
¿No caminaremos algunas o muchas veces en la vida envueltos también en sombras de muerte? Muchas veces tenemos la tentación de perder la ilusión y parece que se nos acaban las fuerzas porque flaquean también nuestras esperanzas; los agobios y problemas de la vida en muchas ocasiones nos ciegan y nos hacen perder la paz del corazón; afloran en nosotros pasiones que nos dominan y nos hacen perder el control de nosotros mismos; el orgullo y las envidias enturbian nuestro corazón y nuestros ojos para no ver con mirada limpia a cuantos nos rodean; el egoísmo nos hace insolidarios porque no pensamos sino en nosotros mismos y no somos capaces de compartir lo bueno que hay en nosotros y nos incapacita para hacer nuestras las necesidades o los sufrimientos de los demás.
Sombras, oscuridades, muerte que va envolviendo nuestra vida y que sí tendríamos que saber enterrar para hacer brotar nuevas flores de vida y color en nosotros. Tenemos que reconocerlo; nos acostumbramos a las sombras y no somos capaces que hemos perdido la capacidad de ver la autentica claridad de la vida, como aquel que va perdiendo poco a poco la visión y aunque ve borroso le parece natural. ¿Quién nos puede hacer encontrarnos de nuevo con la luz? ¿Quién puede darnos vida de verdad?
Cuando la comitiva sacaba a aquel muerto para enterrarlo, llegaba Jesús a la ciudad. Fue un encuentro para la vida. Mucho nos puede decir este episodio del evangelio. Nos hace pensar enseguida en la compasión del corazón de Jesús hacia aquella mujer que había perdido a su hijo y se había quedado sola. No podía dejar Jesús que pasara de largo aquella comitiva de muerte si El era la vida. Ya conocemos los detalles del acontecimiento y cómo Jesús devuelvió vivo aquel muchacho a su madre. Todos se admiraban de las maravillas de Dios y lo reconocían, ‘un gran profeta ha aparecido en medio de nosotros’.
Pero es Jesús que llega también a nuestra vida tan llena de sombras y quiere iluminarnos con su luz, tan llena de muerte y que quiere resucitar con su vida. Jesús nos hace resucitar con su vida, porque ya no es para que sigamos viviendo la misma vida, sino que el viene a transformar todas esas sombras en luz. Viene a nuestro encuentro con su luz y con su vida. ¿Aprenderemos nosotros también a ir al encuentro con los demás para llevarles luz, para ayudarles a salir de las sombras de muerte que les envuelven?

lunes, 18 de septiembre de 2017

Jesús quiere ir siempre al encuentro del que sufre, pero es necesario que nosotros con nuestra fe y nuestra humildad nos dejemos encontrar por Jesús

Jesús quiere ir siempre al encuentro del que sufre, pero es necesario que nosotros con nuestra fe y nuestra humildad nos dejemos encontrar por Jesús

1Timoteo 2,1-8; Sal 27; Lucas 7,1-10
Hay gente que se cree merecedora de todo; van poniendo por delante las cosas que hacen o que han hecho y con ello se creen con derecho a reclamar y exigir.
Por adelantando decir que siempre hemos de valorar lo bueno que hacen los demás, siempre hay que valorar a la persona, nos merece respeto y consideración sea quien sea, pero bueno es que valoremos lo que hace e incluso de alguna manera se lo manifestemos; no es cultivar orgullos ni vanidades, sino más bien que nuestra valoración sea un estimulo para que siga haciendo eso bueno que hace o eso que intenta aunque le cueste.
Cuantas veces nos encontramos en la vida gente buena que se hunde porque nunca han escuchado una palabra amable o una valoración de lo que hacen; según el carácter de la persona eso puede hacerle sentirse incluso inútil porque le puede parecer que lo que hace no le importa a nadie. Por eso hemos de saber tener esa delicadeza para con los demás porque una palabra amable por nuestra parte puede ser un buen estimulo para que quien quizá no se cree nada, se dé cuenta de sus valores y hasta donde pueda llegar.
Pero hemos dicho que aunque se nos valore lo que hacemos, eso no nos da derecho a convertirnos en unos vanidosos y orgullosos que vayamos exigiendo por aquello que hacemos, o echándoselo en cada a los que nos rodean. Otro ha de ser el espíritu de sencillez y de humildad con que hemos de saber ir por la vida. Ya Jesús nos enseña que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha. Que no vayamos buscando esos reconocimientos de los demás. Y quien quizá por el cargo o la situación social en que se encuentra situada todo eso lo puede convertir en una forma de poder sobre los demás que le lleve incluso a la manipulación y quizá muchas veces a formas de corrupción por sus exigencias que se quieren incluso convertir en ganancias económicas.
Toda esta reflexión me viene al pensamiento escuchando el texto del evangelio que hoy se nos ofrece. Un centurión, un hombre con su poder y prestigio desde el lugar que ocupa en el orden social, político o militar que se vive en el momento; un hombre que no se ha servido de su situación para sus ganancias personales, sino que incluso ha sido bueno con el pueblo al que ha de servir, ha ayuda a construir incluso la nueva sinagoga, aunque él no es de religión judía. Es bien considerado por los demás. Un criado o servidor que tiene enfermo de gravedad y al que tiene gran aprecio.
Serán los ancianos del pueblo los que acudan a Jesús como intercesores. Pero detrás está la fe de aquel hombre y su humildad. Ante el deseo de Jesús de llegar hasta la casa de aquel hombre vendrá su reacción. Primero fijémonos en la actitud de Jesús que escucha pero que quiere estar cerca de aquel que sufre, en este caso el criado del centurión pero también del mismo centurión que sufre por la enfermedad de su criado; cuanto tenemos que aprender de esta cercanía de Jesús. No ayudemos desde la distancia, porque muchas veces el consuelo o la solución no está en lo que materialmente hagamos, sino vayamos siempre al encuentro de la persona que suele ser mas difícil y será también lo que más necesitará esa persona.
Pero mencionábamos la reacción humilde y confiada por parte del centurión. ‘No soy digno…’ Cuánto nos dice esta frase que refleja toda una actitud en la vida. La Iglesia la recoge en su liturgia para que la repitamos con humildad antes de recibir la comunión. Quizás por tantas veces repetida le hemos mermado su valor y su sentido. Pensemos mucho esa frase antes de decirla, no me extiendo más porque seremos capaces de comprender todo su sentido.
Jesús alaba la fe y la humildad de aquel hombre. ‘Os digo que ni en Israel he encontrado tanta fe’. ¿Alabará así Jesús nuestra fe y nuestra humildad? Muchas cosas habremos podido haber aprendido de este episodio para crear unas nuevas actitudes y posturas en lo más hondo de nosotros mismos.

domingo, 17 de septiembre de 2017

Quienes quieren construir un nuevo mundo fundamentado en el amor no pueden andar con mezquindades en el corazón sino siempre abiertos a la generosidad del perdón


Quienes quieren construir un nuevo mundo fundamentado en el amor no pueden andar con mezquindades en el corazón sino siempre abiertos a la generosidad del perdón

Eclesiástico 27, 33-28, 9; Sal 102; Romanos 14, 7-9; Mateo 18, 21-35

No es fácil hablar del evangelio de hoy. Bueno, hablar sí es fácil, lo que no es tan fácil es que lo que nos dice el evangelio lo asumamos totalmente y no tengamos la tentación de ponernos a hacer rebajas.
Teóricamente lo podemos ver todo muy claro, pero cuando esas situaciones difíciles nos tocan directamente porque somos nosotros los que tenemos esos desencuentros con los demás, cuando hay algo que nos ha podido hacer daño en la vida, o cuando nos dejamos llevar por el ambiente de violencia que nos rodea no es tan fácil de salirnos de esa espiral y hacer como hace todo el mundo.
Nos es fácil comenzar a hacer rebajas, a poner limites, a hacer distinciones porque lo que me hicieron a mí no se le hace a nadie, porque es muy duro ver la muerte de tantos inocentes en atentados que llenan todo de terror, porque se va creando un ambiente de rechazo a ciertos sectores que ya de entrada discriminamos, separamos, los metemos a todos en el mismo saco y a esas gentes ya no queremos aceptarlas y las rechazamos. Se nos hace cuesta arriba romper esa espiral en la que todos se ven envueltos y nosotros también.
Tenemos que ver seriamente qué mundo es el que queremos construir, bajo qué parámetros, en qué vamos a fundamentar de verdad nuestras relaciones. Porque quizá no queremos hacer muchos cambios en nuestro mundo sino que todo siga igual y que a mi no me toquen mis cosas, mis ideas y planteamientos, aquellas cosas que yo he vivido a mi manera desde siempre. Todo lo que pudiera desestabilizarnos porque tendríamos que cambiar actitudes y posturas, salirnos de nuestras rutinas de siempre, ya lo vemos como un peligro, y aquellas personas a quienes juzgamos que nos vienen a quitar nuestra paz, pues ya de entrada las rechazaremos y pondremos nuestros 'peros'.
¿No nos damos cuenta de que a pesar de todas las cosas bonitas que decimos se está creando en el ambiente un nuevo racismo en que ponemos a un lado, en un aparte, a todos los que, emigrantes o refugiados, llaman a nuestras puertas viniendo de otras culturas y de otros lugares? Cuántas desconfianzas disimuladas o abiertas tenemos hacia esas gentes que cada vez más nos aparecen en nuestro entorno.
Y cuando sucede algún acto violento, como cada vez más está sucediendo, aunque vemos muchas cosas hermosas de solidaridad hacia las víctimas, sin embargo comienzan a rebrotar esas desconfianzas, que provocan rechazos, que van maleando nuestras conciencias y el ambiente que nos rodea, y gritamos muy fácilmente justicia, pero  nos olvidamos de la compasión y de la capacidad del perdón.
Es esa maldad, desconfianza, resentimientos y deseos de venganza que van apareciendo cada vez más en nuestra sociedad, pero que eso realmente no está muy lejos del día a día donde convivimos vecinos, familiares y amigos. Nos encontramos personas que van acumulando en su interior muchos resentimientos, muchos orgullos malheridos que no llegan a sanarse con el perdón, distanciamientos entre quienes antes eran amigos y ya no se consideran tanto ni al menos dignos de nuestra confianza, rupturas en las familias que crean unos distanciamientos que se ahondan cada vez más.
¿Estamos ciertamente queriendo construir la civilización del amor de la que tantas veces hablamos? Quienes se proponen la construcción de esa nueva sociedad fundamentada en el amor no pueden andar con esas mezquindades en el corazón. Cuando decimos que queremos construir ese mundo nuevo y mejor tenemos que poner por delante la carta de la comprensión, de la aceptación mutua, del respeto y valoración de todos porque realmente queremos estar unidos para aunar esfuerzos, pero si mantenemos aquellas posturas mal podremos construir ese mundo mejor.
Es lo que nos está planteando Jesús hoy en el evangelio, o las dudas que le aparecen a Pedro en su conciencia sobre cuántas veces tenemos que perdonar y que se convierten en preguntas a Jesús. En cierto modo no es solo el cuantas veces tenemos que perdonar, como si tuviéramos que llevar un registro de las veces que nos han ofendido y nosotros tan generosamente hemos perdonado, sino en el fondo está también aquello de a quien tengo que perdonar. Recordemos lo que en cierto modo era la tradición judía y la forma de relacionarse que tenían con otros pueblos a los que consideraban enemigos.
Jesús nos responde planteándonos esa actitud de amor que tiene que envolver siempre nuestra vida y con la que ya para siempre tenemos que ver con otros ojos a los demás quienquiera que sea o cual sea la cosa que nos haya podido hacer. Si es el amor, y un amor de verdad, lo que envuelve y empapa nuestra vida, surgirá casi como espontánea esa actitud de comprensión, esa misericordia con que la envolvemos también a los demás, que se transformará en un perdón para que nada ya nos hiera por dentro y nos separe de los demás. Porque bien sabemos que cuando guardamos un rencor en nuestro corazón somos nosotros los primeros heridos y que mientras no lo quitemos será difícil la auténtica curación que nos lleve a sentir paz.