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viernes, 17 de noviembre de 2023

La esperanza es una virtud fundamental que tenemos que saber avivar y cultivar con fuerza en nuestro corazón para mantenernos firmes en el camino

 


La esperanza es una virtud fundamental que tenemos que saber avivar y cultivar con fuerza en nuestro corazón para mantenernos firmes en el camino

Sabiduría 13,1-9; Sal 18; Lucas 17,26-37

Algunas veces nos acostumbramos a las cosas, que si bien en un principio nos producen una gran impresión, parece que con la repetición de noticias semejantes vamos perdiendo la sensibilidad y ya aunque las oigamos repetidamente ya no las escuchamos, no le prestamos atención.

¿Nos habremos acostumbrado a oír noticias de guerra? Parece que a eso no nos acostumbraríamos, pero ¿quien le da ahora la misma importancia a la guerra de Ucrania cuando llevamos tantos meses oyendo hablar de lo mismo?  Los sufrimientos humanos ahí están, continúa la destrucción de una nación, y parece que ya no le damos tanta importancia. Están los acontecimientos de la franja de Gaza, y parece que unas noticias solapan las otras noticias y ya no sabemos a qué darle más importancia, y al final casi terminamos olvidándolo.

Y podemos pensar en terremotos que con su destrucción se llevan tantas vidas por delante, en volcanes que destruyen lugares y ponen en peligro la vida de personas, en huracanes o ciclones que todo lo arrasan dejando tras de sí muerte y desolación. Pero todos los años oímos hablar de esos huracanes, y ahora hasta nos hacen gracia los nombres que le ponen. ¿Habremos perdido la sensibilidad? ¿Nos estamos acostumbrando a todas esas noticias?

Y todos esos acontecimientos vienen de la noche a la mañana, como se suele decir, en el momento que menos lo esperamos, y aunque haya señales que nos puedan delatar lo que puede suceder, parece que eso no va a pasar y no les prestamos atención. ¿La desolación está en todas esas cosas que suceden y de la manera cómo suceden, o la desolación estará en nuestros corazones? Habría que pararse a pensar. ¿Y todas esas cosas que suceden así de manera imprevista no pudieran ser llamadas para alguna respuesta que tuviéramos que dar nosotros? ¿Habrá algún mensaje que pudiéramos leer en todo eso?

Jesús nos habla en alguna ocasión en el evangelio que hemos de saber leer los signos de los tiempos. Y de esto nos está hablando hoy en el evangelio cuando nos da unas señales de algo que puede suceder y de lo que hacemos en principio una lectura en cierto modo escatológica, pensando en los tiempos finales. Unos tiempos finales que sabemos que vendrán, no sabemos cómo ni cuando, pero que hemos de saber discernir bien para nuestra vida.

En el momento presente también tenemos momentos inesperados, y no pensamos ya solamente en esas catástrofes de la naturales, como hemos venido describiendo, no pensamos solamente en ese accidente inesperado quizás en la carretera o algo semejante y que también nos puede dejar tras de si muerte y desolación, pero podemos pensar en las cosas de cada día en que nos vamos encontrando también con cosas inesperadas, porque cada uno tiene su manera de actuar y no sabemos como va a reaccionar el otro, por ejemplo, o porque la vida nos va ofreciendo sorpresas en las que tenemos que saber reaccionar, o en el camino de la historia que entre todos vamos construyendo las cosas no se suceden como a nosotros nos gustaría y tenemos que afrontar nuevas situaciones y problemas que también nos pueden llenar de intranquilidad y turbación, como sucede con la vida político, por ejemplo.

¿Y cual tiene que ser nuestra forma de reaccionar? ¿Dejarnos arrastrar por la angustia y la desesperación porque lo vemos todo perdido? ¿No habrá ningún rayo de esperanza, ningún resquicio de luz que nos dé fuerzas y ánimos para mantener nuestra lucha por algo mejor? Jesús en el evangelio nos está diciendo que tenemos que estar atentos, que tenemos que estar preparados, que no podemos perder la paz en el corazón, que tenemos que aprovechar cualquier detalle que ponga esperanza, para mantenernos firmes, para seguir con nuestra responsabilidad, para afrontar los problema con valentía, para seguir sembrando nuestra semilla de vida poniendo todo nuestro amor. Ni nos podemos acostumbrar ni podemos cruzarnos de brazos.

La esperanza es una virtud fundamental para el cristiano. Tenemos que saberla avivar y cultivar en nuestro corazón. Es la fuerza también que nos hace trascender nuestra vida. Es lo que nos mantiene firmes en el camino por muy fuertes que sean los temporales. Y bien lo necesitamos en estos tiempos.

jueves, 16 de noviembre de 2023

Hagamos patente con nuestra vida el ideal del Reino de Dios envolviéndonos del amor y de la paz para sentir que está en medio de nosotros

 




Hagamos patente con nuestra vida el ideal del Reino de Dios envolviéndonos del amor y de la paz para sentir que está en medio de nosotros

Sabiduría 7, 22 – 8,1; Sal 118; Lucas 17, 20-25

Algunas veces las palabras nos confunden; sobre todo según lo que tengamos en la cabeza, la manera de enfocar las cosas, las interpretaciones que nos hagamos, los conceptos que podamos tener o las ideas preconcebidas. Hay palabras ambiguas, que pueden tener distintos significados según donde las empleemos o con quienes las usemos; la literalidad de una palabra en su interpretación nos puede confundir cuando según la empleemos en un ámbito o en otro.

Esto nos vale también para la interpretación de lo que escuchamos en el evangelio, como les sucedía a los propios judíos al escuchar los anuncios de los profetas, o lo que Jesús ahora les decía. Pensemos, por ejemplo, en la expresión el Reino de Dios. La palabra reino en el concepto normal de la gente habla de una monarquía, de un territorio sometido a esa monarquía o de una forma de gobernar. El pueblo judío en largos periodos de su historia así estaban configurados, habían tenido sus reyes. Ahora Vivian sometidos al imperio romano, y aunque quedaba la figura del rey Herodes, quien en verdad tenían el dominio sobre el territorio eran los romanos.

Escuchar ahora hablar del Reino de Dios, un concepto que los profetas de alguna manera habían unido a la misión del Mesías, para los judíos significaba la restauración de aquel antiguo reino de Israel con la liberación del dominio de los romanos. Pero ¿era eso de lo que Jesús les estaba hablando cuando les anunciaba el Reino de Dios? Ahí estaba por medio la idea preconcebida de lo que era la misión del Mesías y ahora está esta pregunta que le hacen a Jesús. ‘¿Cuándo va a llegar el Reino de Dios?’

La respuesta de Jesús es contundente, aunque no terminan de entenderlo. No penséis, viene a decirle, que el reino de Dios va a venir de una forma aparatosa, algo así como una conquista o una victoria tras una guerra. No van a haber esas guerras ni esas batallas, viene a decirles Jesús. Es otra la forma de vivir el Reino de Dios. Y les dice, ‘mirad, el Reino de Dios no está aquí o está allí, está en medio de vosotros’.

El reino de Dios no es algo exterior, aunque también muchas veces incluso nosotros los cristianos nos hemos envuelto en ostentaciones de poder a la manera de los reinos de este mundo. También nosotros nos hemos confundido muchas veces y hemos querido hacer ver muchas veces la presencia de la Iglesia en medio del mundo como una ostentación de poder. De cuantas cosas tenemos que despojarnos para darle sentido en nuestras vidas al reino de Dios que decimos que queremos vivir. No confundamos las palabras y los conceptos.

El reino de Dios tenemos que sentirlo dentro de nosotros, tenemos que construirlo dentro de nosotros, cuando en verdad lleguemos a reconocer que Dios es el único Señor de nuestra vida, lo único que nos da sentido y valor y quien en verdad nos va a poner en nuevos caminos, en nuevas actitudes, en nueva manera de hacer las cosas.

Es eso que decimos tantas veces que son los valores del Reino; los valores no son signos ni señales de poder ni de ostentación; es ese nuevo sentido que le damos a la vida cuando todo lo envolvemos en el amor, y entonces seremos justos los unos con los otros, entonces no nos dejaremos envolver por la violencia, entonces habrá rectitud en nuestras vida y autenticidad y sinceridad, entonces siempre nos dejaremos guiar por las buenas intenciones y deseos, entonces ya nadie hará daño a nadie porque nos queremos como hermanos y nos queremos, y nos ayudamos, y somos capaces de caminar juntos y de construir juntos poniendo cada uno lo mejor de si mismo sin desconfianzas ni recelos.

Y eso lo tenemos que vivir desde lo más hondo de nosotros mismos; y entonces el Reino no será nunca dominio de unos sobre los otros; y entonces sentiremos la más hermosa paz en nuestros corazones que se manifestará en la armonía y fraternidad que vivamos con los demás. Puede parecer idílico, pero es en verdad el ideal que hemos de poner en nuestras vidas, es la manera como estamos haciendo presente el Reino de Dios.

miércoles, 15 de noviembre de 2023

Despertemos nuestra fe y seamos capaces de admirarnos de las maravillas que Dios sigue obrando en nosotros

 


Despertemos nuestra fe y seamos capaces de admirarnos de las maravillas que Dios sigue obrando en nosotros

Sabiduría 6, 1-11; Sal 81;  Lucas 17,11-19

A veces nos suceden cosas que pudieran ser significativas para nosotros, que puede que las hayamos deseado o pedido, y sin embargo cuando nos suceden las vemos como una cosa más que nos suceden sin llegar a descubrir lo bello, lo extraordinario que puede ser para nosotros, y las dejamos pasar.  No siempre sentimos admiración por lo que nos sucede, incluso aunque nos sucedan cosas extraordinarias, llegamos a acostumbrarnos, no sabemos ser agradecidos, no las valoramos. Creo que necesitamos más abrir los ojos del alma para dejarnos sorprender, para sentir admiración, para valorar lo sobrenatural que en la vida podemos encontrar.

Cada mañana y cada tarde el sol sale o se pone por el horizonte, se hace de día y se hace de noche, se suceden las horas y los acontecimientos, van cambiando las estaciones del año con sus fríos y con sus calores, se suceden las tormentas o cae con fuerza la lluvia como también nos pueden venir tiempos de sequía que se pueden convertir en nubarrones de peores tiempos para la vida, y seguimos impertérritos, no somos capaces de admirarnos ante tantas maravillas de la naturaleza que va desfilando ante nuestros ojos, pero al final nos aburrimos, nos parece que un día totalmente igual al otro, porque no hemos sabido descubrir novedades, porque tampoco hemos sabido descubrir los caminos de Dios en esos acontecimientos.

En todo eso nos puede estar hablando Dios, es más, podemos afirmar rotundamente, nos está hablando Dios. Pero no lo escuchamos. Lo malo es acostumbrarse, porque caemos en rutina y nos aburrimos. ¿Cómo despertar? ¿Seremos capaces de dar gloria a Dios por cuanto nos sucede?

Nos narra el evangelio un hecho muy significativo. Jesús camina entre Galilea y Samaría. ¿Se dirigiría a Jerusalén? El hecho es que en medio de aquellos campos y aquellos caminos hay un grupo de leprosos que de lejos le piden compasión. Era el gemido habitual a escuchar en aquellos campos de desolación, donde era fácil que en cualquier cueva o en cualquier barranquera estuvieran refugiados unos leprosos obligados por su enfermedad a vivir lejos de sus casas y familias y abandonados a su suerte. No podían acercase a nadie y es más tenían la obligación de avisar que eran impuros si alguien estuviera en sus cercanías. Pedían compasión, quizás un poco de agua, quizás alimentos, algo que calmara sus tormentos…

¿Saben quizá que en medio de aquel grupo que va por el camino hay alguien que puede ser su salvación? Porque estuvieran aislados no significa que no tuvieran noticias de lo que en Galilea estaba sucediendo con el nuevo profeta que había aparecido. Por eso su petición de compasión quizás se hiciera más intensa. Y allí estaba quien los escuchaba y no pasaba de largo. Les envía a que vayan a cumplir con lo establecido con le ley para que puedan volver a sus casas. Mientras marchaban se vieron curados y la mayoría continuó su camino porque había que hacer lo que había que hacer; tenían que presentarse al sacerdote para que les diera la comprobación de que estaban curados y pudieran volver a sus casas. Estaban curados, y eso era lo que importaba.

Pero uno, que además era samaritano como nos recalca el evangelista, no vio las cosas con tanta naturalidad. Algo había sucedido y la mano de Dios estaba en ello. Había que dar gloria a Dios. Volvió sus pasos hasta Jesús, porque era en El en quien había encontrado la salvación, y él era capaz de reconocerlo y reconocer la gloria del Señor que allí se había manifestado. Se postró ante Jesús. Conocemos los comentarios. La fe le había salvado. Ahora sí podía volver con los suyos a su casa.

¿Y nosotros nos detendremos en nuestros caminos para admirarnos por cuanto se nos ofrece y dar gloria a Dios? Seguimos quizás muy entretenidos en nuestras cosas y ya hemos perdido la capacidad de la admiración. Vemos todo tan natural y a todo somos capaces de darle nuestras explicaciones que parece que ya nada nos llama la atención. Nos sentimos tan autosuficientes que nos parece que todo nos lo conseguimos con nuestro poder o con lo que sabemos que ya en todo nos valemos por nosotros mismos y son nuestros meritos los que se tienen en cuenta.

Nos hemos olvidado del poder y de la sabiduría de Dios. Como tantas cosas que vamos arrinconando en el cuarto de los trastos porque para nuestros tiempos no nos valen porque nos parece que tenemos cosas mejores – para esos están nuestras técnicas y nuestra ciencia – a Dios también lo hemos arrinconado y ya ni contamos con El. ¿Se despertará de nuevo nuestra fe?

 

martes, 14 de noviembre de 2023

No busquemos reconocimientos ahora por lo que hacemos, somos servidores que hacemos lo que tenemos que hacer, es el gozo y la sabiduría de vivir el Reino de Dios

 


No busquemos reconocimientos ahora por lo que hacemos, somos servidores que hacemos lo que tenemos que hacer, es el gozo y la sabiduría de vivir el Reino de Dios

Sabiduría 2,23-3,9; Sal 33; Lucas 17,7-10

Nos creemos merecedores de todo; por la más mínima cosa buena que realicemos pronto estamos esperando reconocimientos. ¡Qué ingrata es la gente!, nos decimos, porque no nos echan incienso, porque no nos dan las gracias, porque no pregonan a bombo y platillo las cosas tan buenas que nosotros hacemos. ¡Qué autosuficientes somos en muchas ocasiones! Hasta nos creemos que si nosotros no lo hacemos, no habrá nadie que lo haga, y nos creemos insustituibles.

Podemos pensar que estoy exagerando un poco, quizás haya que poner las cosas así de una forma espectacular, pero para que recapacitemos y nos demos cuenta que algo de eso hay en nuestro interior. Bueno, gente humilde y generosa la hay y mucha, que no busca aplausos, que hace las cosas calladamente, que es fiel aquello que nos dirá Jesús en el evangelio que no sepa tu mano izquierda lo que haces con la derecha; pero, sí tenemos que reconocer que en el fondo buscamos esos reconocimientos y nos sentimos un tanto rato cuando no nos mencionan entre aquellos que hace tantas cosas buenas.

Lo que tendría que llevarnos a pensar, por qué hacemos nosotros las cosas, cuál pudiera ser el motivo oculto que nos guardamos incluso cuando protestamos de nuestra humildad y decimos que no queremos que nadie sepa lo que hacemos; porque decirlo es fácil, pero fáciles pueden ser también esas dobles intenciones que nos guardamos dentro de nosotros mismos.

Y nos pasa en múltiples aspectos de la vida; nos pasa en el trabajo que decimos que nadie nos lo reconoce, nos puede suceder incluso en la familia cuando los llamamos ingratos, nos pasa en el ámbito de la vida social de los convecinos o de los miembros de la comunidad en la que andamos que no reconoce nuestros méritos y nos tienen por un cualquiera, nos puede suceder hasta en el ámbito de la Iglesia donde nos sentimos quizás arrimados a un lado y nuestro orgullo herido.

Hoy Jesús nos da un toque de atención. Nos dice que somos unos servidores y eso es lo que tenemos que hacer. Que nuestra actitud de servicio nos hace estar siempre alerta para ver donde nos necesitan, qué es lo que tenemos que hacer, el mejor servicio que siempre podamos prestar. Nos habla de los sirvientes que trabajan en una casa y cuya misión es tenerlo todo preparado; que el sirviente no se puede sentar a la mesa para que le sirvan, sino que su función es la de prestar esos servicios, que además se convierten en una responsabilidad por la que incluso tenemos que dar cuentas.

No es que andemos en servilismos trasnochados, como tampoco es cuestión de que nos tengamos como insustituibles, pero sí hay algo que tengo que hacer y que nadie hará por mí, y que el bien que yo haga o deje de hacer es responsabilidad que tenemos. Por eso nunca tenemos que buscar las grandezas de tener a los otros a nuestro servicio, sino que nos dirá que nuestra grandeza está en hacernos los últimos y los servidores de todos.

Si el amo, como hoy mismo nos dice, cuando llega de su trabajo, no nos va a decir que nos sentimos a la mesa nosotros que él nos sirve, sin embargo sí tenemos una certeza de algo que nos ha dicho Jesús en otro lugar. Cuando llegue el momento final sí que nos va a decir que vayamos a participar del banquete del Reino que para nosotros tiene preparado desde la creación del mundo, porque allí donde vimos un hambriento lo vimos a El, allí donde dimos de beber un vaso de agua a un sediento a El se lo hicimos, allí donde estaba un enfermo al que fuimos a visitar, a acompañar y a consolar a El se lo estábamos haciendo.

Y nos llamará ‘benditos de su padre’; es la gran bienaventuranza porque con el amor y la misericordia con que caminamos por el mundo vamos a ser recibidos nosotros también en el Reino de los cielos, y aunque muchas veces hayamos sido débiles y hayamos tropezado, para nosotros habrá misericordia y podremos contemplar el rostro de Dios.


lunes, 13 de noviembre de 2023

Nos tendríamos que preguntar qué lagunas tenemos en nuestra fe cuando no somos generosos en el perdón y nos hacemos tan rigoristas con los débiles

 


Nos tendríamos que preguntar qué lagunas tenemos en nuestra fe cuando no somos generosos en el perdón y nos hacemos tan rigoristas con los débiles

Sabiduría 1,1-7; Sal 138; Lucas 17,1-6

Poner piedras en el camino, para hacerte tropezar, para que encuentres obstáculos y al final te canses y desistas de hacer el camino, para hacer que te desvíes del camino que lleva la meta, a lo que quieres conseguir y al final te pierdas, para hacerte daño porque te quieren mal, porque sienten la maldad en su corazón y parece que disfrutan entorpeciendo a los demás, porque afloran resentimientos y envidias, porque el orgullo nos corroe por dentro y hacemos lo posible y lo imposible porque el otro no consiga lo que desee… Hemos comenzado hablando materialmente de piedras en el camino para entorpecernos el recorrido que tengamos que hacer, pero al final hemos terminado resaltando la malicia que aflora en muchos corazones para hacer daño a los demás; y la maldad aparecerá en cosas materiales, como puedan ser las piedras del camino, o serán otras muchas intenciones torcidas que nos aparecen por dentro.

Es de lo que comienza hablándonos Jesús. Y son los más débiles los que habitualmente sufren las consecuencias de esos tropiezos porque en su debilidad es más fácil la caída. Y es esa malicia con que nos estamos acostumbrando a actuar en la vida, porque todo son desconfianzas, todo son recelos y envidias, amor propio herido y soberbias del corazón, porque en nuestras vanidades no soportamos que otros puedan estar mejor que nosotros e incluso hagan el bien cuando nos creemos que somos nosotros los únicos que hacemos el bien y no terminamos de ver y reconocer el bien que hacen tantos a nuestro lado. Y vienen los daños que nos hacemos los unos a los otros de mil maneras; y viene el mal ejemplo que arrastra cuando nosotros no hacemos las cosas bien y llevamos a los demás por mal camino. Y Jesús nos habla muy fuerte y muy duro por ese daño que hacemos en los demás.

Y los discípulos más cercanos de Jesús se ven sorprendidos por la dureza de Jesús en sus palabras para los que hacen el mal y las nuevas actitudes que Jesús pide a los que quieren ser sus seguidores. Porque a pesar de todo ese mal que nos hacemos, Jesús nos está pidiendo que seamos capaces de tener comprensión en el corazón y cuando alguien reconoce el mal generosamente le ofrezcamos el perdón. Y Jesús nos plantea que el perdón hay que ofrecerlo siempre, no podemos poner medidas ni límites; todos somos igualmente débiles y tropezamos muchas veces en la misma piedra, caemos una y otra vez en las mismas debilidades. Y de la misma manera que queremos que sean comprensivos con nosotros, así hemos de serlo también con los demás siempre.

Es lo que a los discípulos se les hace difícil. Entonces y ahora. Porque sigue siendo una piedra de tropezar hoy en nosotros y hasta en la Iglesia lo de la generosidad del perdón a los que hayan tropezado muchas veces. Nos cuesta perdonar. Se nos hace difícil. Mantenemos muchas reservas. Se mantienen incluso en los protocolos de actuación también muchas reservas y parece que no se tiene en cuenta mucho lo que Jesús nos dice. Nos acogemos a unas palabras, a lo que nos interesa, pero olvidamos o descartamos otras.

‘Aumentamos la fe’, le piden los discípulos a Jesús, porque todo aquello que les está diciendo Jesús les parece como imposible realizarlo. Y Jesús nos dice que si tuviéramos fe, aunque fuera tan pequeña como un grano de mostaza, seríamos capaces de hacer grandes maravillas, hacer que la morera se arranque de raíz y se plante en el mar. ¿Hasta dónde llegará entonces nuestra fe cuando no somos capaces de hacer esa maravilla de ofrecer generosamente el perdón a los que débiles han caído una y otra vez? ¿No habrá por ahí, en muchos que no lo imaginamos incluso, muchas lagunas en la fe?  ¿Por qué seremos tan rigoristas? ¿Qué imagen damos de la misericordia y de la compasión? Nos da mucho que pensar.

domingo, 12 de noviembre de 2023

La esperanza de los cristianos no nos deja en una actitud pasiva, nuestra tarea es construir caminos, un mundo nuevo y mejor con los valores del evangelio

 


La esperanza de los cristianos no nos deja en una actitud pasiva, nuestra tarea es construir caminos, un mundo nuevo y mejor con los valores del evangelio

Sabiduría 6, 12-16; Sal 62; 1 Tesalonicenses 4, 13-18;  Mateo 25, 1-13

Cuando vamos haciendo camino nuestras miradas se dirigen con frecuencia al horizonte esperando ver la meta que queremos alcanzar, pero somos conscientes también de que tenemos que estar atentos al camino que vamos haciendo, para no perder sentido ni orientación, para ser conscientes quizás de las dificultades que en el paso a paso podemos encontrar y que tenemos que estar atentos a cómo superarlas, para ir recogiendo también lo que en el mismo camino podemos encontrar, no que nos distraiga, sino que sea ayuda, motivación y estímulo para alcanzar esa meta que deseamos. No podemos olvidar el momento presente, que queremos mirar desde ese horizonte al que aspiramos, pero en el que tenemos que estar preparados y bien dispuestos para cada paso que demos.

Esto lo podemos ver casi como una alegoría de lo que es también el camino de nuestra vida, en lo humano que vamos realizando y donde nos vamos desarrollando y creciendo, en lo espiritual que nos eleva hacia metas más altas, y en todo lo que significa el camino de nuestra vida cristiana. Así se trasciende nuestra vida, así elevamos nuestro espíritu, así le damos sentido, valor y profundidad a todos los actos que vamos realizando, así creceremos como personas  creceremos espiritualmente, así nos disponemos a alcanzar esa meta que es Cristo y que al mismo tiempo es el camino, como nos dirá en el evangelio.

No es fácil, porque el camino muchas veces se nos hace duro en todas las cosas que tenemos que ir superando; crecer no es fácil, porque en esos deseos de carrera y de llegar pronto podemos cometer errores, o podemos sentirnos atraídos por otras cosas que nos pudiera parecer que se nos ofrecen como más fáciles y más placenteras; son muchas las tentaciones las que nos podemos ver sometidos; recordemos cuántos errores hemos cometido en la vida en ese querer crecer como personas. También nos puede aparecer el cansancio y el desaliento y tener la tentación del abandono, o simplemente del dejarnos llevar. Nos hace falta brío y empuje, pero también la serenidad de poner los pies en la tierra e ir viendo bien las posibilidades que tenemos o que se nos ofrecen.

Hoy Jesús nos ofrece en el evangelio una hermosa parábola que muchas veces habremos meditado. Las doncellas que tenían que salir al camino con sus lámparas encendidas para recibir al novio que llegaba para la boda. Pero la espera se hizo larga, como largo parece que se nos hace también tantas veces el camino. No todas fueron igualmente previsoras para tener el aceite suficiente para que no se apagaran las lámparas. En su entusiasmo por la fiesta de la boda y la llegada del novio salieron muy alegres al camino sin el aceite de repuesto. Algunas se permitieron dormirse incluso en la espera. Cuántas veces nos dormimos porque pensamos que hay tiempo para todo.

Y cuando oyó la voz que anunciaba la presencia del novio, no todas las lámparas se pudieron encender de la misma manera, porque se les había acabado el aceite. Era tarde para buscarlo y estar a punto en el momento que se abriera y cerrara la puerta para entrar a la boda. Mientras fueron a comprarlo a última hora se cerró la puerta y ya no fueron reconocidas.

Creo que lo entendemos muy bien en la aplicación de nuestra vida. Aquellas metas, aquellos caminos, aquella atención a los pasos de cada día, aquel no permitir que nada nos distrajera y apartara del camino que nos haría llegar a nuestras metas ofreciéndonos otras cosas más fáciles. El aceite suficiente que siempre hemos de tener para que nuestra lámpara esté encendida. La atención juiciosa que hemos de ir haciendo en cada momento de los pasos que vamos dando. La mirada siempre puesta en lo alto para no perder de vista la meta a la que aspiramos, pero que nos hace estar atentos siempre a los pasos que vamos dando. Ese crecimiento humano y espiritual que vamos haciendo en nuestra vida aprovechando cuando en el camino nos vamos encontrando o se nos va ofreciendo para que logremos esa profundidad de nuestro espíritu.

Los cristianos lo hemos de tener muy claro siempre. Porque vamos haciendo el camino que nos lleva a la meta, pero vamos abriendo y construyendo camino para que otros también puedan alcanzarla. Porque si bien las muchachas de la parábola no pudieron darle el aceite que necesitaban las que ya no tenían porque eso era una tarea que cada una tenía que cuidar por su cuenta, si podemos nosotros ir mejorando nuestro mundo en esa construcción que decimos del Reino de Dios para así facilitar, para así atraer a cuantos nos rodean para que vayan también en búsqueda de ese Reino de Dios.

Los cristianos con nuestra esperanza no podemos estar en una actitud pasiva esperando que todo se nos dé hecho, sino que nuestra tarea es construir caminos, construir un mundo nuevo, un mundo mejor en el que resplandezcan los valores del evangelio. Es la manera de mantener encendida nuestra lámpara, es la forma de que no nos falte ese aceite que mantenga esa luz en nuestra vida pero esa luz que ilumine también nuestro mundo.

Es nuestro compromiso y nuestra tarea. No dejemos que nunca se nos apague esa luz que un día recibimos en nuestro bautismo y que hemos de mantener encendida para ir al encuentro con el Señor.

 


sábado, 11 de noviembre de 2023

Saber ser fieles y leales, buenos administradores de la vida, para saber encontrar lo que verdaderamente nos da sentido y nos engrandece dándole a cada cosa su valor

 


Saber ser fieles y leales, buenos administradores de la vida, para saber encontrar lo que verdaderamente nos da sentido y nos engrandece dándole a cada cosa su valor

Romanos 16,3-9.16.22-27; Sal 144; Lucas 16,9-15

En el mundo de locas carreras en que vivimos y también tan competitivo, que confieso me parece una exageración el que vivamos siempre en pura competencia, y que no es realmente destacar lo que es mejor sino mas bien muchas veces con qué mayor fuerza nos presentamos que nos hace entrar en espirales violentos que a nada llevan, sabemos también cómo en muchas ocasiones se pone a prueba al aspirante a una responsabilidad poniéndolo en situaciones embarazosas a ver si saber salir del atolladero. No sé si será muy leal el poner a las personas en situaciones embarazosas, pero creo que tenemos que estar entrenados, por así decirlo, para afrontar cualquier situación, no perder los estribos, ni perder lo que es el sentido que le hemos querido dar a la vida.

La vida es complicada tenemos que reconocer. En la vida nos veremos envueltos en diversidad de situaciones donde tenemos que responder desde ese sentido que querido darle a la vida. Hoy Jesús nos está hablando de alguna de esas situaciones, por así decirlo, que nos puedan dar la imagen de contradicción en nuestra vida. Jesús ha venido hablándonos en el evangelio de unos valores por los que merece la pena luchar y que son los que nos dan altura y grandeza en nuestra vida. Nos previene Jesús, con las parábolas que hemos venido escuchando, para que no nos dejemos esclavizar por lo material y no lleguemos a convertir el dinero o las riquezas lo más importante para nuestra vida, de manera que incluso vivamos a él esclavizados.

Pero la realidad es que esos medios materiales necesitamos usarlos, porque serán los medios para adquirir aquello que necesitamos, será el pago material de nuestros trabajos y desempeño de responsabilidades, y ahí por medio estará siempre el brillo del oro o el brillo de las monedas que tanto nos atrae y nos puede tentar a la avaricia y a la codicia. Ya nos previene Jesús en distintos momentos del evangelio. Y ya hemos reflexionado también cómo en ese trabajo incluso material que realicemos siempre tendremos la oportunidad de darle un sentido y convertirlo en un bien no solo para nosotros mismos sino para los demás.

Por eso Jesús nos está enseñando cómo tenemos que saber ser fieles también  en esos viles metales que nos pueden tentar a la codicia y la avaricia, como decíamos. ‘Si no fuisteis de fiar en el vil dinero, nos dice Jesús, ¿Quién nos confiará cosas más importantes?' Hemos hablado muchas veces de la fidelidad en las cosas pequeñas, y es cierto, que quien no sabe ser fiel en lo poco, no lo será luego en lo mucho. Pero esa fidelidad nos tendrá que llevar a la sabia administración de lo que tenemos en nuestras manos, también en esos bienes materiales, en esas riquezas que podamos obtener como fruto de nuestros trabajos y de las que podamos también disfrutar.

Quien transita por un camino de tierra, sabe bien que sus pies se pueden llenar del polvo del camino; tendrá que saber sacudirse los pies en el momento oportuno para despojarse de ese polvo y de esa suciedad que se pueda acumular en su cuerpo. Andamos con nuestras manos metidas en ese material de la vida, porque es por el mundo por el que tenemos que transitar; peligro tenemos de que se embarren nuestros pies, de que se embarre nuestra vida, pero tenemos que saber sacudirnos para que nuestra vida no se enturbie, para que no se nos apegue el corazón, para que no nos dejemos confundir por esos brillos que al final serán solamente como oropeles.

Tenemos que saber ser fieles y leales. Tenemos que saber ser buenos administradores de la vida. Tenemos que saber encontrar lo que verdaderamente nos da sentido y nos engrandece. Tenemos que aprender a darle a cada cosa su valor. Tenemos que saber liberarnos para no caer en esas redes tan sutiles en sus apariencias de necesidad, pero que al final terminan esclavizándonos.

Algunos no lo entenderán, harán chance de nuestro sentido de vida, y de las cosas que nosotros en verdad valoramos; pero ahí tiene que manifestarse nuestra fidelidad y nuestra lealtad. Dice el evangelio que los fariseos que eran amantes del dinero estaban al acecho y se reían de las cosas que decía Jesús. Pero Jesús les hace que se miren el corazón, para encontrar lo que verdaderamente es afecto a Dios, es querido por Dios.

viernes, 10 de noviembre de 2023

Cuando trabajamos y realizamos nuestras responsabilidades tenemos que pensar en algo más que engrosar nuestra bolsa, pensemos en el bien que podemos hacer a los demás

 


Cuando trabajamos y realizamos nuestras responsabilidades tenemos que pensar en algo más que engrosar nuestra bolsa, pensemos en el bien que podemos hacer a los demás

Romanos 15,14-21; Sal 97; Lucas 16,1-8

Dicen que dinero ajeno no nos duele, pero que cuando toca nuestros bolsillos, sobre todo si nos vemos en peligro de tener que poner de nuestra parte, ya procuramos una buena administración, porque no queremos salir perjudicados. Posturas así traen fácilmente en torno muchas corruptelas, porque siempre queremos arrimar el ascua a nuestra sardina, como dice el dicho popular.

Y por otra parte cuanto empeño ponemos cuando están en juego nuestras ganancias, nuestros intereses económicos, o todo aquello que nos pueda dar brillo o prestigio. Muy interesados somos en lo material, porque decimos que sin ello nada podemos ser o hacer en la vida, olvidando quizás lo que le puede dar verdadera grandeza al hombre. Con astucia andamos en lo material, pero no tenemos quizás la misma inquietud en lo que nos eleva como persona. En la historia de la vida tenemos cuantos se matan por trabajar para tener de todo, y como dicen que no les falte nada a sus hijos, pero quizás se olvidan de otros valores que seria lo mejor que pudiéramos transmitir.

¿Qué es lo que yo en verdad busco en la vida? Podemos vernos envueltos en ese sentido materialista de la vida y nos dejamos arrastrar por esa pendiente de lo que todos hacen sin plantearnos seriamente un sentido más elevado de nuestra existencia. No significa que olvidemos nuestras responsabilidades, que hagamos dejación de esas tareas que van ocupando muchos espacios de nuestra vida. También ese mundo en el que vivimos es responsabilidad nuestra, porque Dios lo ha puesto en nuestras manos y con nuestra tarea y con nuestro trabajo, sea cual fuere, estamos contribuyendo al desarrollo de nuestro mundo, a ser continuadores de la obra de la creación que Dios inició y que, repito, ha puesto en nuestras manos.

Hoy Jesús nos ha propuesto en el evangelio una parábola que a muchos puede en cierto modo desconcertar. Habla de un mal administrador que al final trata de arreglar las cosas, pero para no verse él en peligro de quedarse en la calle. Si antes había sido usurero en el trato con aquellos con los que hacía negocios, ahora dándose cuenta de su error trata de enmendarlo. Quiere además poner humanidad en el trato con los demás, cosa que quizás en su usura no había tenido, porque se iba a sentir que la humanidad iba a ser dura con él. 

Algunas veces no terminamos de entender esos arreglos que hace en los recibos de los deudores de su amo, pero hemos de entender la manera habitual de actuar de quienes eran administradores. Los recibos de entrada iban cargados de fuertes intereses, que en nada beneficiaban al amo, sino que era la parte que ellos pretendían ganar con sus negocios. Lo que ahora está rebajando por el camino de esos intereses que eran sus ganancias, a las que de alguna manera renuncia, esperando que un día con él tengan compasión. Es la astucia que alaba el amo al que tenía que rendir cuentas.

Muchas cosas tendríamos que plantearnos para nosotros mismos en el sentido en que ha ido nuestra reflexión, pero aquí podríamos recordar lo que en otros momentos Jesús nos ha dicho, que no guardemos tesoros donde la polilla los corroe o los ladrones nos podrían arrebatar, sino guardemos tesoros en el cielo donde tendrán premio sin fin. Como nos dice Jesús en otro momento despójate de lo que tienes y véndelo para compartirlo con los pobres.

Aquello que tenemos, aquello que hacemos o que ganamos, ¿habremos pensado seriamente alguna vez cuanto puede beneficiar a los necesitamos que nos rodean? Quizás muchas veces solo pensamos en engrosar nuestra bolsa y aparece nuestro egoísmo e insolidaridad. ¿Le damos valor a lo que hacemos siendo conscientes que con nuestro trabajo estamos contribuyendo también al bien de los demás?

jueves, 9 de noviembre de 2023

Un auténtico sentido de iglesia y de comunidad, para ser ese verdadero templo de Dios, digna imagen del cuerpo de Cristo para que muchos se encuentren con el Salvador

 


Un auténtico sentido de iglesia y de comunidad, para ser ese verdadero templo de Dios, digna imagen del cuerpo de Cristo para que muchos se encuentren con el Salvador

Ezequiel 47, 1-2. 8-9. 12; Sal 45; 1Corintios 3, 9c-11. 16-17; Juan 2, 13-22

Confieso que cada vez que he ido a Roma he manifestado especial interés y motivación en la Basílica de san Juan de Letrán o del Salvador, puesto que es la sede del Obispo de Roma, la sede del Papa entonces, con ese especial significado que tiene de ser la Catedral de Roma, la madre de todas las Iglesia, como se la ha llamado. Hoy estamos celebrando su Dedicación en esta fiesta litúrgica. Normalmente centramos mucho la visita en la Basílica de San Pedro del Vaticano por ser el lugar donde reside el Papa, y ser el lugar de las principales celebraciones y concentraciones en torno al Papa.

Desde la primera vez que la visité, hace ya bastantes años, uno se siente allí sobrecogido no solo por la grandiosidad del edificio y su belleza, sino porque queremos ir a lo más hondo del significado de la Iglesia. Fruto de su época y de los esplendores artísticos de otros tiempos es lo que con los ojos podemos contemplar, pero tienen que ser los ojos del espíritu, los ojos del corazón los que contemplen su más hondo significado. Si allí artísticamente se quiso recoger lo más hermoso  de aquellos tiempos en que se levantaron aquellos edificios, en ellos tenemos que saber descubrir cual es lo más hermoso de la Iglesia.

‘¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?’, nos decía el apóstol san Pablo. Esas piedras allí colocadas para levantar ese hermoso edificio nos están hablando de lo que nosotros somos y del edificio que construimos con nuestras vidas. Si hoy tenemos esos templos, testimonio del amor a la Iglesia de nuestros antepasados que pusieron todo lo mejor que supieron hacer para levantar esos magníficos templos, pensemos en el templo de Dios que cada día nosotros tenemos que ir construyendo con nuestras vidas y cómo también hemos de poner lo mejor de nosotros mismos en su construcción.

Tiene que ser amplio también ese templo de Dios que hoy construimos, porque en él tienen que caber todos los hombres. Todos estamos invitamos a participar en él del banquete del Reino, en el que nadie puede ser excluido. Por eso, como tantas veces hemos reflexionado, lo que hacemos y lo que construimos con nuestra vida y desde nuestra fe, tiene que tener esas puertas abiertas para que allí todos quepamos y nadie quede excluido. Es la salvación que Jesús quiere para todos los hombres. Es la tarea en que tenemos que empeñarnos; es el compromiso de nuestra vida de esa construcción de la comunidad cristiana.

No nos preocupamos ya tanto de la belleza de unos templos materiales, sino que hemos de cuidar mucho la belleza de vida que nosotros podemos ofrecer en nombre de Jesús. Es nuestra tarea y es la tarea de todos, en la que todos nos tenemos que sentir implicados. Como tenemos que sentirnos comprometidos por mantener la belleza de ese templo, la belleza de esa iglesia que somos nosotros y sabernos dejar purificar. Hoy el evangelio nos presentaba la imagen de Jesús expulsando a los vendedores del templo que en lugar de una casa de oración la habían convertido poco menos que en una cueva de ladrones.

No era solo el templo de Jerusalén el que había que purificar, somos nosotros los que tenemos que purificarnos de muchas actitudes que permanecen latentes en nosotros y que le quitan belleza a ese templo de Dios que hemos de ser. Permanecen  en nosotros muchas veces solapadas con otras apariencias muchas vanidades y muchas apariencias llenas de superficialidad, muchas actitudes discriminatorias y muchas barreras que seguimos manteniendo que nos distancian o que impiden que muchos puedan acercarse también a los caminos de la salvación, muchas posturas orgullosas e insolidarias que nos impiden que todos nos sintamos bienvenidos porque nos sentimos hermanos, muchas cosas interesadas que le quitan el brillo a la autenticidad y a la congruencia.

Que esta celebración de hoy nos ayude a encontrar ese verdadero sentido de iglesia y de comunidad, a ser ese verdadero templo de Dios, a que seamos ante el mundo esa imagen del verdadero cuerpo de Cristo que todos constituimos y así seamos en verdad polo de atracción para que muchos se encuentren con el Salvador.

miércoles, 8 de noviembre de 2023

El seguimiento de Jesús no lo podemos realizar desde la superficialidad, necesitamos de lleno meternos en el evangelio para descubrir su camino

 


El seguimiento de Jesús no lo podemos realizar desde la superficialidad, necesitamos de lleno meternos en el evangelio para descubrir su camino

Romanos 13, 8-10; Sal 111;  Lucas 14, 25-33

Si no nos queremos tomar la vida a broma, las cosas tiene uno que pensárselas muy bien. No nos valen superficialidades, aunque desgraciadamente veamos mucho de eso en nuestro entorno en el mundo en que vivimos; todo lo queremos fácil, con el menor esfuerzo, que lo logremos de inmediato, y así nos va. La vida es un proyecto muy hermoso y que necesita mucha dedicación.

Normalmente si estamos proyectando algo, en lo que quizás nos jugamos nuestro futuro, algo que quizás como profesional quiere ser algo importante y en lo que de alguna manera queremos vernos reflejados nosotros y lo que somos, nuestros conocimientos y nuestras posibilidades, tendremos que dedicarle mucho tiempo para prepararlo, para estudiarlo, para poder diseñarlo bien, para tener en cuenta todas las posibilidades pero también las dificultades con las que nos vamos a encontrar, y cuando tengamos todos los estudios necesarios hechos podremos proyectarlo, podemos presentar sus planos, sus objetivos, el como lo vamos a realizar, los medios con los que vamos a contar, las previsiones de futuro.

Muy complicado me dirán algunos, pero sean unas cosas o sean otras, cuando nos lo tomamos en serio, en serio tenemos que planificarlo, programarlo para poderlo realizar. ¿Quieres hacer una casa? No son cuatro rayas más o menos bien o mal trazadas con lo que vamos a contar. Será necesario contar con muchas cosas, será necesario contar también con los técnicos que pueda proyectar esos planos y luego realizar la edificación.

No estoy complicando las cosas, no lo pienses así. Es lo que nos está diciendo hoy Jesús en el evangelio de lo que significa ser su discípulo, seguirle. Le seguía mucha gente, nos dice el evangelista. Allí cerca estaban los que ya eran sus discípulos, aquellos que le seguían más cerca, aquellos a los que había escogido y llamado de manera especial, pero también estaba la muchedumbre que se entusiasmaba con Jesús, con sus milagros, con las palabras que escuchaba, con lo que iba despertando en su corazón. Muchos le seguían de una forma muy permanente, caminando tras Jesús por todos aquellos lugares, otros le seguían ocasionalmente porque pronto tendrían que volver a sus casas y familias y a sus ocupaciones más habituales.

Y es a esos, a todos aquellos que de una forma u otra querían ir tras El, a los que ahora les plantea la seriedad de lo que ha de ser su seguimiento. No es cuestión de ratos, no es cuestión de entusiasmo un día que vemos algo extraordinario, no es cuestión de ahora sí pero ahora que se ponen las cosas más difíciles me echo a un lado. Si nos planteamos una opción por Jesús tiene que ser algo muy decisivo, muy en serio, tenemos que tener claro que es lo que significa seguirle y ser su discípulo. Como terminará explicando, es como el que va a levantar una torre y tiene que ver en qué va a consistir esa torre y los medios que va a necesitar para terminarla y no se quede a medias. ¿Nos estaremos quedando a medias muchas veces nosotros en el seguimiento de Jesús?

Por eso habla Jesús de que será necesario renunciar a cosas, será muy importante el lugar en que nos pongamos a nosotros mismos porque la opción por Jesús significa que Jesús va a ser el primero en mi vida. No voy a construir mi vida solo en torno a mi mismo, sino que voy a construir mi vida en torno a Jesús. Y Jesús tendrá que ser el centro de todo. Y han de ser los valores de Jesús por los que voy a optar, los que voy a ir copiando en mi vida para hacerme uno con ellos. Tendré que estar dispuesto a copiar la vida de Jesús en mi vida, de manera que ya no sea yo sino Cristo el que vive en mí.

Es un camino nuevo de entrega y de amor hasta el final; es un camino donde tenemos que aprender a hacernos los últimos porque el amor que se hace servicio me hará primero que nada ver a los demás, en lugar de estarme mirando a mi mismo; por eso nos habla de negación de nosotros mismos y nos habla de cargar la cruz. Es lo que hizo Jesús; es lo que nos enseñó que nos hará verdaderamente grandes. Es la disponibilidad de vaciarme de mi mismo, para llenarme solo del amor de Dios.

Y esto no son cosas que nos podemos tomar a la ligera; esto no son cosas en que solamente nos dejemos llevar por las emociones momentáneas o los entusiasmos pasajeros que pronto se va a llevar el viento; esto no es cuestión de decisiones que tomamos según sea el viento que nos toque a la manera de una veleta; esto son opciones serias que tenemos que tomar en la vida.

¿Queremos en verdad ser sus discípulos? Lejos de nosotros la superficialidad y ahondemos en el camino del evangelio.

martes, 7 de noviembre de 2023

Ojalá tuviéramos verdaderos deseos de sentarnos a la mesa del Reino Dios porque lleguemos a entender ese nuevo sentido de vida del Reino

 


Ojalá tuviéramos verdaderos deseos de sentarnos a la mesa del Reino Dios porque lleguemos a entender ese nuevo sentido de vida del Reino

Romanos 12, 5-16ª; Sal 130;  Lucas 14, 15-24

Tengo ganas de que un día comamos juntos, que un día me invites a comer a tu casa, a ver cuándo quedamos. Es algo habitual entre amigos y algunas veces parece que tenemos preferencias especiales, y casi nos auto invitamos. Pero también suele pasar muchas veces que lo vamos dejando de un día para otro y no terminamos de quedar; un día por una cosa, otro día por otras cosas, lo vamos posponiendo y no llegamos a realizar ese deseo contenido en nosotros. Tendríamos que aprender a aprovechar la oportunidad, darnos cuenta de que un encuentro entre amigos siempre es bueno y la amistad sale fortalecida después de esos encuentros. Cuidado que las dilaciones no enfríen nuestras amistades. Creo que este aspecto humano es muy importante también a tener en cuenta.

Me viene a la mente esta consideración que, por supuesto, puede tener muchas lecturas, desde lo que hoy escuchamos en el evangelio. También había por allí alguien muy entusiasmado con Jesús, con el Reino de Dios que anunciaba y surge de forma espontánea ese deseo y ese como desconsuelo. Será algo hermoso sentarse a la mesa en el Reino de Dios, piensa en algo aquel hombre. ‘Bienaventurado el que como en el Reino de Dios’.

¿Pensaba en ese momento final de la vivencia en plenitud del Reino de Dios en el cielo? ¿Pensaba en ese mundo nuevo que Jesús anunciaba y que recordaba también lo anunciado por los profetas que hablan de aquel festín de manjares suculentos en el monte de Dios? ¿Pensaba en lo felices que podríamos ser si en verdad todos viviéramos esos valores del Reino de Dios y nos sintiéramos como los que estamos invitados a sentarnos a una misma mesa? Muchas cosas nos puede indicar esa expresión que emplea aquel hombre.

Pero Jesús nos quiere hacer pensar. ¿Es que en verdad todos deseamos comer en ese banquete del Reino? ¿Estaríamos dispuestos a emprender ese nuevo camino que nos llevara en la vida a sentarnos así a la misma mesa?

Y nos propone una parábola, repetida por así decirlo en diversas partes del evangelio. Habla del banquete que un hombre preparó y al que llama a todos los invitados a participar en él. ‘Venid que ya está todo preparado’. Pero los invitados no vinieron. Comenzaron a poner excusas. Que si el trabajo, que si los asuntos familiares, que si las cosas que tenía que atender… todos fueron dando largas.

Pero el banquete estaba preparado, no se hicieron dignos aquellos invitados a participar en él, otros iban a ser los invitados. ¿No había dicho Jesús en una ocasión que cuando hicieras una comida no invitaras a tus amigos de siempre que a su vez ellos también te invitarían, sino que llamaras a los pobres, a los cojos, a los enfermos, a los que no podrán corresponder invitándote? Es lo que ahora está haciendo. Manda a sus criados a las calles y a las plazas, luego a todos los cruces de caminos para que inviten a todos los que encuentren. Y la sala del banquete se llenó de comensales.

Creo que nos tiene que hacer pensar. ¿También estaremos nosotros dando excusas? También andamos entretenidos en nuestras cosas tantas veces. También en muchas ocasiones nos hacemos oídos sordos. También tenemos tantas cosas que hacer. Hay tantas otras cosas a las que damos mucha importancia. Nos falta una escala de valores. ¿Tendremos de verdad deseos de sentarnos a la mesa del Reino de Dios? ¿O lo dejamos para más tarde? Ya tendré tiempo cuando sea mayor, nos decimos algunas veces. ¿Sabes si en verdad vas a llegar ‘a mayor’ como estás diciendo?

lunes, 6 de noviembre de 2023

Una nueva perspectiva y una nueva dimensión del amor que lo engrandece, nos adelantamos a amar con generosidad a la manera como Dios nos ama

 


Una nueva perspectiva y una nueva dimensión del amor que lo engrandece, nos adelantamos a amar con generosidad a la manera como Dios nos ama

Romanos 11,29-36; Sal 68; Lucas 14,12-14

Hoy por ti, mañana por mí, solemos decir muchas veces cuando nos echamos una mano para ayudarnos en algo. Está bien que tengamos esa disponibilidad y que nos ayudemos los unos a los otros; lo vemos en muchas situaciones de la vida, en nuestras tareas domésticas, en nuestros trabajos, entre vecinos o familiares. ¿Será como un pago que nos hacemos por la ayuda recibida ofreciendo también nuestra ayuda? Hay ese peligro de tomárnoslo como una compraventa de favores, donde no empleamos el dinero pero en nuestros intereses está muy presente lo que los otros nos hayan hecho positiva o negativamente. Casi como anécdota he escuchado a alguien que ha asistido a un entierro de un vecino, que está adelantando un día de trabajo para el día de mañana, como queriendo decir que ahora está asistiendo a ese funeral para que cuando le llegue su hora sean también muchos los que asistan.

Por eso, también habremos escuchado aquello de que a aquella persona nadie le ayuda, porque él realmente tampoco le ayuda a nadie; vive como un huraño, metido en sus cosas y se las resuelve por si mismo, ni pide ayuda, ni es capaz de ofrecer ayuda a alguien, se aísla.

Pero cuando nosotros estamos hablando del amor cristiano, el amor según el sentido de Cristo, no nos podemos quedar aquí. Es a lo que está haciendo referencia hoy en el evangelio. Y es que nuestro amor cristiano es amar con el amor de Cristo, con un amor como el de Cristo. Y ya sabemos lo generoso que es su amor. Y es también el paso que nos cuesta dar. Somos generosos hasta cierto punto; en nuestra generosidad tenemos el peligro y la tentación de poner medidas y contramedidas, pesos y contrapesos. Y algo que nos estaría fallando en la medida de ese amor.

Es cierto que amamos a Dios porque nos sentimos amados, y de qué manera, por El; de ahí arranca todo nuestro amor; queremos, por así decirlo, parecernos a Dios; a imagen suya hemos sido creados. Y cuando nos sentimos inundados por su amor parece que ya no nos queda otra, sino amar con un amor como el que El nos tiene. Así de generoso tiene que ser nuestro amor; así tendrá que ser el amor que le tengamos a los demás, porque además amamos a los que Dios ama.

Por eso en un ejercicio, por así decirlo, de un amor verdadero nosotros nos adelantamos como lo hace Dios con nosotros. Así es como tiene que ser el amor que le tengamos a los demás; no porque ellos nos amen, no porque ellos sean buenos con nosotros, no como un pago o una correspondencia al amor que nos tienen, lo que ya en sí sería muy hermoso. Es que en nuestro amor, a la manera del amor que el Señor nos tiene, nosotros nos adelantamos a todo el amor que podamos recibir. Es la generosidad que tiene que resplandecer en nuestro amor.

Y de esto nos habla hoy Jesús en el evangelio. Como recordamos Jesús estaba asistiendo a una comida a la que le había invitado uno de los principales de la ciudad. Y allí estaba Jesús rodeado de todos aquellos amigos del que lo había invitado. Parece lo normal, invitamos a una comida a nuestros amigos. Y así vamos correspondiéndonos los unos con los otros. Nos sentimos obligados a invitar a quien nos ha invitado. Y es ahí donde Jesús nos hace que nos detengamos.

‘Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado. Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; y serás bienaventurado, porque no pueden pagarte; te pagarán en la resurrección de los justos’.

Todo un cambio de perspectiva. Una mirada nueva al sentido del amor. Una dimensión que nos va a engrandecer. Es mucho más de lo de hoy por ti y mañana por mí, que solemos hacer. ¿No decimos que amamos sin esperar nada a cambio? ¿Seríamos capaces nosotros de hacerlo?

 

 

domingo, 5 de noviembre de 2023

El mensaje que tenemos que trasmitir siempre ha de ser una buena noticia, evangelio, también para los corazones de los hombres y mujeres de nuestro tiempo

 




El mensaje que tenemos que trasmitir siempre ha de ser una buena noticia, evangelio, también para los corazones de los hombres y mujeres de nuestro tiempo

Malaquías 1, 14b-2, 2b. 8-10; Sal 130; 1 Tesalonicenses 2, 7b-9. 13;  Mateo 23, 1-12

¿Seremos en verdad los cristianos hoy congruentes con el mensaje del evangelio? ¿Dejaremos sentir que en verdad somos una comunidad de hermanos que se quieren y que queremos ser fieles a toda costa del mensaje de amor y de vida que nos ofrece el evangelio? ¿No estaremos donde más la impresión de ser una sociedad estructurada para alcanzar unas metas y que así quiere presentarse fuerte ante el mundo casi más como una estructura de poder que una comunidad de vida? ¿Será en verdad atractiva para los hombres de hoy la imagen que damos como Iglesia?

Perdónenme mis amigos que siguen esta semilla de cada día si pudieran parecer fuertes las palabras que estoy diciendo. Pero es necesario tener valentía para plantearse muchas cosas que en nuestra vida de cada día necesitan un enfoque más acorde con el evangelio. Nos podemos parecer mucho más a una sociedad como tantas que se organizan en el mundo, y algunas veces pudiera parecer que seguimos actuando con aquellos criterios, aquellas maneras de actuar, que Jesús critica en el evangelio con los grupos religiosos y de presión de aquellos tiempos. No queremos escandalizar ni producir perturbaciones en el espíritu de nadie, pero sí tenemos que dejarnos conducir por el Espíritu de Jesús que plantea inquietudes en los corazones.

Y el mensaje que tenemos que trasmitir siempre ha de ser una buena noticia para los corazones de los hombres y mujeres de nuestro tiempo también. Una buena noticia que siembre esperanza, una buena noticia de un mundo nuevo en que nos amemos más, una buena noticia que nos despierte para salir de una vida amorfa en la que tantas veces nos sumergimos, una buena noticia que sea de verdad alegría en la esperanza para muchos corazones inquietos y que buscan algo nuevo, una buena noticia que sea creíble por el testimonio de vida que ofrecemos para las gentes de nuestro tiempo, que parecen que ya vienen de vuelta de todo y nada se creen.

Por eso es tan importante el testimonio que demos los creyentes, la congruencia con que vivamos una vida cada vez más acorde con los valores que nos enseña el evangelio. Nuestras vidas tienen que ser interrogantes para los que están a nuestro lado no para cargarlos de culpabilidades porque les estemos echando en cara los posibles errores que vivan en sus vidas, sino para abrir sus corazones a ponerse en camino de aquello que les va a producir verdadera paz en sus corazones. El testimonio que ofrezcamos con nuestra vida tiene que ser siempre invitación a algo nuevo y a algo que nos va a dar la verdadera alegría.

Y eso tenemos que reflejarlo en nuestra vida, en la sencillez y en la humildad con que nos presentamos, en el amor que envuelve nuestras vidas para estar siempre disponibles para el servicio, para la ayuda, para poner esperanza y alegría en los corazones, por nuestra ternura y por nuestra cercanía para saber caminar haciendo el mismo camino con los que van renqueantes por la vida pero convirtiéndonos en estímulo para buscar algo nuevo. No siempre damos esa imagen de alegría, de paz, de serenidad, de fortaleza, que se convierta en un estímulo para los que nos rodean. Es la imagen que también tiene que dar la Iglesia.

Necesitamos hombres y mujeres que vivan con intensidad su fe, testigos capaces de transparentar en sus vidas el Evangelio de Jesús y que encuentren palabras y gestos que narren al Dios de Vida a las personas que viven sus experiencias de alegría, dolor y esperanza en el hoy y respondan con amor a sus preguntas y necesidades. Necesitamos ser con nuestras vidas acogida para todos los que necesitan amor, amistad, paz, aliento y esperanza para vivir una vida sana y plena compartiendo y construyendo juntos una comunidad cada vez más humana, fraterna y solidaria. Grande es nuestra tarea.

Es la forma de presentarnos, es la forma de estar al lado de los otros, es el abajarnos de los pedestales y de las vanidades, es el sentirnos hermanos que hacemos el camino juntos aprendiendo los unos de los otros; de muchas cosas tenemos que despojarnos porque también son muchas las tentaciones en ese sentido que podemos padecer; no nos podemos presentar con imágenes de poder ni de grandezas humanas, ni con la imagen de que nosotros somos los únicos maestros. Es necesaria más humildad y más sencillez. Nuestro único Maestro es Jesús con su evangelio, nuestro único Padre es Dios. Jesús es muy claro en el evangelio de hoy. Tenemos que escucharlo con corazón abierto.

Es hermosa nuestra tarea pero que nos exige autenticidad en nuestra vida. No solo tenemos que decirlo, sino que tenemos que vivirlo nosotros primero. Será así cómo seremos verdaderos testigos. Será así como seremos buena noticia para el mundo en el que vivimos.