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viernes, 17 de junio de 2022

Busquemos esos valores que en verdad nos hacen grandes y nos llenan de dignidad, que nos harán merecer todo respeto, verdadero tesoro con valor de eternidad

 


Busquemos esos valores que en verdad nos hacen grandes y nos llenan de dignidad, que nos harán merecer todo respeto, verdadero tesoro con valor de eternidad

2Reyes 11, 1-4.9-18. 20; Sal 131; Mateo 6, 19-23

Hoy hablamos muchos de valores cuando estamos tratando de aquello que verdaderamente es importante para la persona, cuando pensamos en nosotros mismos y en la riqueza de la persona, o cuando quienes tienen una misión educadora dentro de la sociedad hablan de esos valores que hemos de cultivar que realmente hacen grande a la persona. Pero hemos de reconocer que la palabra puede resultar confusa; cuando les hablan de valores algunos no piensan sino en la bolsa, en lo bursátil, en esas ganancias que se pueden tener según los negocios que emprendamos, las empresas a las que nos dediquemos; no todos piensan en esos valores bursátiles, porque la verdad que es una cosa bien compleja aunque muchos se dediquen a ello, sino que otros piensan en la bolsa de su bolsillo o los dineros que tengamos acumulados en el banco.

Sé que me vas a decir que esas cosas se diferencian, y que cuando  hablamos de valores, sabemos bien de lo que estamos hablando; pero no quiero pensar en teorías, sino que nos fijemos a qué realmente nos dedicamos con todo ahínco en la vida; pensemos si es verdad o no que lo de las cuentas bancarias sí que lo tenemos bien en cuenta, que todas las cosas las valoramos en la realidad por lo económico que nos puedan costar, y como tenemos la tentación de acumular cosas, riquezas, dineros, joyas o lo que queramos decir pensando en esa riqueza material que podamos acumular, pensemos en las cuentas que nos estamos haciendo siempre o en las ganancias o beneficios que pretendemos sacarle a todo. Seamos en verdad sinceros y veamos que es lo que nos está rondando siempre por la cabeza.

Hoy Jesús quiere hacernos pensar en lo realmente tiene que ser importante en nuestra vida. Y ya nos previene para que no andemos agobiados por el dinero o por estas riquezas materiales. Hay algo más importante que tenemos que buscar, que no está en esas cosas externas y materiales que nos llevan a la vanidad y al vacío, donde todo un día de una forma o de otra se nos consumirá y nos quedaremos con las manos vacías. Como decíamos, otros tienen que ser los valores por los que nos esforcemos, que busquemos, que le den verdadero brillo y valor a nuestra vida.

Tajantemente nos dice: ‘No atesoréis para vosotros tesoros en la tierra, donde la polilla y la carcoma los roen y donde los ladrones abren boquetes y los roban. Haceos tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni carcoma que los roen, ni ladrones que abren boquetes y roban. Porque donde está tu tesoro, allí estará tu corazón’.

Busquemos lo que en verdad sea permanente, llenemos nuestra vida de eso que va a merecer en verdad la confianza de los demás y que será lo que hará brillar en verdad nuestra vida. Es cierto que tenemos que manejarnos en este mundo con cosas materiales en las manos, pero que no falte la rectitud y la responsabilidad también en esos asuntos. Como nos dirá en otro momento ‘quien no es de fiar en el vil dinero, tampoco en las cosas importantes será de fiar’. Es el justo valor que tenemos que darle a las cosas, es la responsabilidad con que desarrollemos lo que tengamos en nuestras manos; recordemos que nos pide que no enterremos el talento, sino que lo pongamos a generar riqueza. Pero que eso no sea la riqueza de nuestro corazón. Que más importante es esa responsabilidad, esa rectitud con la que actuamos; que más importante es el buen corazón que tengamos hacia los demás que se refleje en nuestro trato, en nuestro respeto, en la valoración que hacemos de la persona, en el bien que buscamos para todos actuando siempre en la verdad y en la justicia.

Ahí están esos valores que en verdad nos hacen grandes y nos llenan de dignidad, que nos harán merecer todo respeto, pero con lo que en verdad estamos atesorando ese tesoro en el cielo, como nos dice hoy el evangelio. Que haya verdadera luz en nuestros ojos, que haya verdadera vida en lo que hacemos, que resplandezcamos por esa rectitud y por esa responsabilidad que nos tomamos la vida, pensando no solo en nosotros mismos, sino en el bien que siempre podemos y tenemos que hacer a cuantos nos rodean.

jueves, 16 de junio de 2022

Cuando hay amor de verdad en nosotros porque nos sentimos enamorados buscamos ansiosos la manera de estar con quien amamos, disfrutemos así de la oración

 


Cuando hay amor de verdad en nosotros porque nos sentimos enamorados buscamos ansiosos la manera de estar con quien amamos, disfrutemos así de la oración

Eclesiástico 48, 1-14; Sal 96; Mateo 6, 7-15

Nos enseña Jesús a orar. Lo necesitamos. Quizás alguna vez nos hayamos preguntado si oramos bien, si están bien nuestros rezos; quizás nos sentimos fríos y parece que la oración no nos dice nada, quizás nos damos cuenta que muchas veces nuestra oración está vacía, quizás nos preguntamos si Dios nos escucha, quizás en ocasiones nos sentimos desganados y tenemos la tentación de dejarlo, o lo hacemos a la carrera, deprisa y corriendo, como un cumplimiento. En el fondo algunas veces quisiéramos que nos enseñaran a rezar, que nos enseñaran a orar. ¿A quién mejor pedírselo?

Muchas veces nos hablará Jesús de la oración, alabará la oración de la gente humilde y sencilla o nos irá planteando cómo hemos de darle profundidad a nuestra oración; nos responde a esas preguntas sobre el valor de la oración y si merece la pena hacerla, o nos hablará de la insistencia y constancia con que hemos de hacerla; o nos dirá, como nos enseña hoy mismo, que es muy sencillo, que solo se trata de dejarse inundar de la presencia de Dios. Que no será necesario llevar muchas cosas preparadas ni cuestión de hacer una lista interminable de peticiones porque decimos que tenemos muchas necesidades, sino solamente saborear a Dios, su presencia, su amor.


Ya nos ha hablado de meternos en el cuarto escondido, para que sepamos hacer silencio, para que nos aislemos de tantas cosas y ruidos que nos perturban, de convertirlo en un tú a tú de amor para dejarnos sorprender por esa presencia, por ese amor, por esa vida de Dios que nos llena y nos trasciende, que nos hace echar raíces hondas pero que nos eleva a una órbita sobrenatural.

Las palabras que pone hoy Jesús en nuestros labios para enseñarnos a orar eso es lo que pretenden, que saboreemos la presencia y el amor de Dios; que tengamos el gusto de llamarle Padre y sentirnos amados porque somos en verdad sus hijos; que nos gocemos con Dios y con todo lo que Dios ama queriendo envolver, más aún, empapar nuestra vida de ese sabor de Dios.

Nos está diciendo quién es Dios y lo que es el amor de Dios; nos está diciendo cómo nos sentimos engrandecidos con su amor de manera que después de hacer esta oración todo tiene que ser distinto en nosotros porque ya no queremos otra cosa sino amar con su mismo amor. Esa es la gloria de Dios que hemos de buscar, eso es lo que nos hace sentir lo que es la grandeza del nombre de Dios de manera que ya en su nombre salgamos a los caminos de la vida proclamando con nuestra manera de hacer y de decir qué grande es el nombre de Dios, porque ya en su nombre seremos capaces de hacer todo lo bueno necesario para que el mundo sea mejor.

Nos sentimos amados de Dios y nunca nos sentiremos abandonados; nos sentimos amados de Dios y en El ponemos toda nuestra confianza para que no nos falte el pan de cada día; nos sentimos amados de Dios y queremos ir repartiendo ese amor y esa paz que El nos da a todos ofreciendo generosamente el perdón, porque también nos sentimos perdonados en nuestras debilidades y tropiezos; nos sentimos amados de Dios y su presencia se hace fuerza en nosotros para luchar contra lo malo, para no dejarnos arrastrar por el mal y el pecado. Siempre tendremos presente ante nosotros la gloria del Señor que hemos de buscar y manifestar.

Disfrutemos de la oración, porque disfrutamos de la presencia y del amor de Dios que nos envuelve con su Espíritu. Cuando hay amor de verdad en nuestro corazón porque nos sentimos enamorados buscamos ansiosos la manera de estar con quien amamos. Sea ese el deseo de Dios, sea esa la prontitud con que nos disponemos para el encuentro con el Señor en la oración.

miércoles, 15 de junio de 2022

Necesitamos cultivarnos por dentro para no quedarnos en vanidades porque será lo que nos hará fuertes, lo que va a dar auténtico sentido y valor a cuanto hacemos

 


Necesitamos cultivarnos por dentro para no quedarnos en vanidades porque será lo que nos hará fuertes, lo que va a dar auténtico sentido y valor a cuanto hacemos

2Reyes 2, 1. 6-14; Sal 30; Mateo 6, 1-6. 16-18

A quién le amarga un dulce, solemos decir cuando queremos camuflar el orgullo que sentimos dentro de nosotros ante una alabanza por algo que hayamos hecho, un reconocimiento ya sea en forma de plaquita o de los oropeles de las medallas que quieren colgar sobre nuestros cuellos. Es cierto que en la vida tenemos que aprender a reconocer lo bueno que hacen los demás, y que todos sentimos dentro de nosotros el prurito satisfactorio de una alabanza o de un reconocimiento.

De cosas sencillas y pequeñas, muy elementales nacidas de la gratitud que hemos de tener hacia aquellos que hacen el bien, nacen luego las vanidades que se transforman en vanagloria y hasta desearíamos que nuestro nombre se perpetuara hasta la eternidad, porque así complacemos nuestra vanidad, alimentamos el orgullo y el amor propio y terminamos no solo queriendo elevarnos por encima de los demás sino que hasta seremos exigentes con aquellos que no nos muestran esos reconocimientos.

No vamos a seguir tirando del hilo de las vanidades porque esa hoguera de las vanidades consume muchos corazones o nos llena de muchas ambiciones que pueden terminar convirtiéndose en auténticas batallas que pueden destruir lo más hermoso que podemos llevar en nuestro corazón. Nadie es ajeno a esta tentación de la vanidad, a todos nos puede aflorar en el momento en que menos lo pensemos ese brillo en nuestros ojos emocionados por los reconocimientos. Demasiados oropeles de vanidad envuelven nuestra vida.

De esto nos quiere prevenir hoy Jesús en el evangelio. En el llamado sermón del monte Jesús nos va desgranando diversas situaciones de la vida donde hemos de saber mantener una vigilancia para que se mantenga la pureza de intención en aquello bueno que hacemos y no lleguemos a empañarla con esos brillos de oropeles. Nos señala Jesús diversos momentos o situaciones de nuestra vida, y sobre todo en relación a todo lo que fuera nuestra vida religiosa para que alejemos de ella toda vanidad.

Nos habla Jesús de la limosna, de la oración, del ayuno y de la penitencia que podamos hacer en distintos momentos de la vida. Ya de entrada Jesús nos deja la sentencia, el principio: ‘Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos’. Practicar la justicia, hacer el bien con humildad y con la sinceridad de nuestra vida. No por el aplauso y reconocimiento, sino por aquello que con sinceridad queremos hacer desde lo más hondo de nosotros mismos.

Claro que Jesús aquí nos está queriendo contraponer actitudes y posturas de mucha gente de su tiempo, que no pueden ser la pauta de los que nos llamamos sus seguidores, sus discípulos vayamos a hacer en nuestra vida. Son las actitudes de los fariseos que veremos en otros momentos del evangelio denunciar con vehemencia y fuerza por parte de Jesús; es de lo que ahora nos quiere prevenir para que haya esa sinceridad y rectitud en nuestra vida, porque lo que en verdad busquemos siempre sea la gloria de Dios.

‘Tú, en cambio, cuando hagas limosna, nos dice Jesús, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará’. No son las recompensas humanas, no son los reconocimientos de los hombres lo que tiene que movernos. Y nos habla de la limosna, pero nos hablará de la oración que haremos en lo escondido de nuestra habitación, porque es allí en nuestro interior más profundo donde vamos a sentir a Dios, donde vamos a encontrarnos con Dios, dónde y cómo vamos a presentarle nuestras peticiones. ‘Ora a tu Padre, que está en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo recompensará’. Y en el mismo sentido nos va a hablar del ayuno. ‘Cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note tu Padre, que está en lo escondido; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará’.

Nos habla Jesús de estas tres situaciones concretas, porque eran hechos que estaban bien palpables en tantos en aquel momento. ¿Hoy qué nos diría el Señor? ¿Qué situaciones concretas de nuestra vida nos estaría señalando? ¿Esa vanidad no irá pareja en la vida con la superficialidad con que vivimos las cosas? Vanidad, superficialidad que nos lleva muchas veces de la rutina y a la vaciedad con que vivimos y hacemos las cosas; y nos fijamos en las apariencias que queremos mantener para que nos tengan en consideración o para que no baje nuestra autoestima; costumbrismo vacío, porque siempre las cosas se han hecho así, y no intentamos ni profundizar ni mejorar y acaso nos contentamos de realizar formalmente, ritualmente las cosas sin darles mayor sentido.

Nos falta muchas veces a los cristianos una auténtica espiritualidad que nos dé profundidad a lo que vivimos; damos la impresión tantas veces de que estamos tan vacíos; sería lo que nos haría creíbles ante el mundo que nos rodea, aunque también hay el peligro o la tentación de que nos rechacen porque les molesta la profundidad que le queremos dar a las cosas que hacemos. Necesitamos cultivarnos por dentro porque será lo que nos hará fuertes, lo que va a dar auténtico sentido y valor a cuanto hacemos.

martes, 14 de junio de 2022

Dame tu fuerza, Señor, para que pueda amar al prójimo con tu amor, dame tu luz para mirarlo con tu mirada, préstame tu corazón para ser capaz de ponerlo en el mío como un hermano

 


Dame tu fuerza, Señor, para que pueda amar al prójimo con tu amor, dame tu luz para mirarlo con tu mirada, préstame tu corazón para ser capaz de ponerlo en el mío como un hermano

1Reyes 21, 17-29; Sal 50; Mateo 5, 43-48

Aunque habitualmente cuando escuchaban hablar a Jesús la gente sentía como les ardía de nuevo el corazón porque se despertaban muchas esperanzas en el mundo nuevo que les anunciaba Jesús, también es cierto que en ocasiones salían perplejos y confundidos porque de alguna manera les parecía muy sublime lo que Jesús les anunciaba y les podía parecer una utopía irrealizable su mensaje. En más de una ocasión salían diciendo que era dura aquella doctrina, algunos incluso no querían escucharle más.

Siempre recuerdo las palabras proféticas del anciano Simeón que hablaba de un signo de contradicción y que aquel niño iba a significar que se decantasen clara y valientemente ante su figura y su mensaje. Esa perplejidad se les producía cuando Jesús les hablaba de aquel estilo nuevo de amar que habían de tener lo que le siguieran y quisieran llamarse sus discípulos. Porque bueno, eso de amar está bien, y ya amamos a los que están cercanos a nosotros, ya amamos a la familia, a los que son nuestros amigos o a aquellos que han hecho algo en algún momento por nosotros. Pero ¿amar también a los enemigos? Si ya nos cuesta amar a los amigos, porque siempre estamos tentados a mirar primero las sombras que lo que podría ser objeto de amor en ellos, ¿Cómo vamos a amar a los que nos hayan hecho mal, nos hayan hecho daño?

La perplejidad no fue solo de los que entonces le escuchaban en aquel sermón del monte, porque esa perplejidad la seguimos teniendo hoy los que vivimos en el siglo XXI. Pero ahí está precisamente la sublimidad de lo que es el amor verdadero, el amor en el sentido de Cristo. Porque no son puros sentimientos de afecto lo que se nos pide, que pueda surgir fácil de nosotros cuando de alguna manera queremos corresponder a algo bueno que nos han hecho. No son simples palabras que nos sirvan de base para una bonita poesía o para ponerle música en una hermosa canción. No son emociones momentáneas que pueden aparecer en un momento determinado pero que luego pronto se borran como se secan las lágrimas de nuestros ojos.

Y es que lo sublime que Jesús nos está proponiendo es un amor como el suyo, un amor como el que Dios nos tiene. Nos dirá que amemos al prójimo, que nos amemos los unos a los otros como El nos ha amado. Es que tenemos que comenzar por poner a ese que tiene que ser objeto de nuestro amor como prójimo nuestro. No lo miramos en la lejanía, a la distancia, lo ponemos a nuestro lado, lo hacemos nuestro prójimo, y al final nos terminará diciendo que lo miremos como un hermano.

No es cualquier cosa. Es una nueva mirada. Es un nuevo lugar que ha de ocupar en nuestra vida, porque tenemos que ponerlo cerca de nuestro corazón para que sea nuestro prójimo. Entonces ha de surgir una nueva comunión de amor; entonces sabremos hacer como lo hizo El desde la cruz amar disculpando, perdonar porque está amando a quien disculpa incluso de aquello que haya hecho mal.

Claro que esto no se puede hacer de cualquier manera, ni lo puede hacer cualquiera; lo podemos hacer quienes sabemos llenarnos de Dios, quienes sabemos dejarnos conducir por su Espíritu, quienes ponemos a Dios en el iris de nuestros ojos para tener una mirada nueva, una mirada luminosa, una mirada de amor. Hoy nos dirá que recemos por aquellos que nos han hecho mal. ¿Qué significa rezar así? No es recitar una fórmula, no es una buena voluntad de decir mira Señor a aquel que me hizo mal para que cambien sus actitudes o sus posturas, es decirle al Señor dame tu fuerza para que pueda amarlo con tu amor, dame tu luz para que pueda mirarlo con tu mirada, préstame tu corazón para que yo sea capaz de ponerlo en el mío.

Es un amor nuevo, es un amor más sublime, es un amor divino con el que comenzaremos a amar desde lo más hondo del corazón.


lunes, 13 de junio de 2022

Sepamos encontrar generosidad en nuestro corazón que nos haga comprensivos, nos lleve a disculpar y a perdonar, a tener abiertas las puertas sobre todo nuestro corazón

 


Sepamos encontrar generosidad en nuestro corazón que nos haga comprensivos, nos lleve a disculpar y a perdonar, a tener abiertas las puertas sobre todo nuestro corazón

1Reyes 21, 1-16; Sal 5; Mateo 5, 38-42

Una espiral podríamos decir que su sentido es que sea algo que no tiene fin; no son vueltas cerradas sobre si mismas, sino vueltas abiertas que cada vez se van abriendo más, con lo que la espiral se hace cada vez más grande e interminable.

Es difícil romper el ritmo de una espiral pero creo que todos nos damos cuenta que en la vida hay cosas que algunas veces dejamos crecer como una espiral y de que de alguna manera tenemos que romper su crecimiento. Son, por ejemplo, las espirales de violencia que nos vamos creando y haciendo crecer más y más, porque siempre tendremos una nueva forma de responder a la violencia que antes nos hayan hecho con lo que la espiral se hará interminable y totalmente destructiva para nuestras relaciones y para nuestra convivencia; bien lo contemplamos en la vida diaria en que esas espirales de rencores y resentimientos han dividido familias, han roto relaciones entre vecinos que antes quizás hasta eran amigos, y se convierte como en una herencia familiar, donde actualmente no sabemos por qué estamos familias o estos vecinos se llevan mal, pero desde siempre ha sido así y nunca nadie se ha atrevido a poner solución rompiendo esa espiral.

Es a lo que nos está respondiendo hoy Jesús en el evangelio. Cuando nos ha puesto como norma de nuestra vida el amor ese amor tiene que ser la piedra de toque que sirva para romper esas espirales violentas y de odios que tantas veces nos creamos en la vida. Muchas veces surgidas de la manera más inesperada y cuando no se pensaba con ninguna malicia, pero hubo algo o alguien que la despertó y entonces el cristal de nuestra visión se hizo añicos y todo lo que miraremos a través de ese cristal roto y manchado por la malicia lo veremos lleno de esa maldad que generará más maldad en nuestro corazón.

‘No hagáis frente al que os agravia’, nos dice Jesús y ojalá supiéramos escucharlo. Es la manera de romper el inicio de esa espiral que cada vez se agrandaría más. En la vida tenemos roces, nuestras aristas muchas veces están demasiado afiladas, tenemos la sensibilidad a flor de piel y por cualquier cosa enseguida saltamos con tres piedras en la mano, como se suele decir.

Muchas veces aquello que nosotros recibimos como ofensa quizá ni tuvo esa intención en la persona de la que nos sentimos ofendidos, una mala interpretación, un descuido o un dejarnos llevar por un mal momento que a todos nos puede suceder, pero de la misma manera que para nosotros pediríamos siempre comprensión, así deberíamos de tenerla con los demás, y saber encontrar una disculpa en nuestro juicio tantas veces tan severo, o en la aceptación de la disculpa que el otro nos pueda presentar. Una detenernos en ese primer momento para tener la comprensión que pediríamos para nosotros salvaría muchas disputas y muchas veces que entablamos tantas veces en la vida. Romper, como hemos venido diciendo, esa espiral que tan fácilmente generamos.

Por eso nos hablará Jesús de cosas tan elementales como una bofetada recibida, de una discusión tonta por la posesión o no de alguna cosa, del favor que nos están pidiendo que siempre nos parece mucho, o de ese préstamo generoso que tendríamos que saber hacernos de las cosas que poseemos. ¿Cuál es nuestra respuesta a esas cosas que así de forma tan elemental nos van surgiendo en la vida en nuestra relación con los que están cerca de nosotros, incluso la misma familia?

No es cuestión de hacer el tonto, como algunos piensan, sino de saber encontrar generosidad en nuestro corazón que nos haga comprensivos, que nos lleve a disculpar y a perdonar, que nos lleve a tener abiertas las puertas de nuestra vida, pero sobre todo nuestro corazón. No podemos estar cobrando con la misma moneda lo que nos puedan hacer los demás, es ahí donde aparece la generosidad y la sublimidad del amor verdadero.

domingo, 12 de junio de 2022

Queremos dar gloria a Dios, queremos cantar la gloria del Señor, queremos alabar y bendecir al Señor en su gloria buscando siempre el bien del hombre

 


Queremos dar gloria a Dios, queremos cantar la gloria del Señor, queremos alabar y bendecir al Señor en su gloria buscando siempre el bien del hombre

Proverbios 8, 22-31; Sal 8; Romanos 5, 1-5; Juan 16, 12-15

¿Qué es buscar la gloria? En nuestros parámetros humanos alcanzamos la gloria cuando hemos conseguido la fama, ya sea un cantante que se ha hecho una fama poco menos que universal dados los medios sociales que hoy están a nuestro alcance, ya sea un deportista que ha alcanzado la gloria a través de sus triunfos que le han llenado de fama y ¿por qué no decirlo?, también de poder; es la búsqueda de la gloria queriendo alcanzar el dominio y el poder, el estar por encima de todo y tener en sus manos poco menos que las riendas del mundo; quizás en nuestras medidas más cercanas pensamos en el prestigio, en el buen nombre, en la consideración que le tienen los demás. Momentos de gloria que se pueden volver efímeros como le ha pasado a tantos que se creían dioses de este mundo, porque la fama se acaba, la gloria del triunfo tiene los días contados, y el poder puede ser que un día nos lo quiten de nuestras manos.

¿Qué será, pues, buscar y alcanzar la gloria? ¿Cuándo hablamos de la gloria de Dios lo hacemos también en este sentido? Desgraciadamente tenemos que reconocer que alguna vez quienes tratan de la gloria de Dios, y en consecuencia están muy relacionados con la religión, con la relación con Dios, podemos habernos confundido muchas veces envolviendo en esos tintes de glorias humanas lo que tendría que ser en verdad la gloria de Dios.

Cuando llegamos a descubrir con mayor o menor profundidad lo que es la gloria de Dios nos daremos cuenta que la gloria de Dios es el bien del hombre. ¿Qué quiere Dios del hombre que ha creado? ¿Qué busca Dios para ese ser humano salido de sus manos creadoras? Si queremos, podemos quedarnos con la primera imagen que nos pone la Biblia, al crear Dios al hombre y a la mujer los pone en un paraíso y quiere el bien y la felicidad del hombre y de la mujer, pues todo lo pone en sus manos para que sienta el gozo de sentirse creador con Dios continuando el desarrollo de la obra creada por Dios con su inteligencia y con su voluntad, y los pone para el amor, porque crea a Adán y Eva, al hombre y la mujer, para que vivan en esa comunicación de amor.

Es lo que hoy de manera maravillosa se nos revela y celebramos cuando en este domingo estamos celebrando el Misterio de la Santísima Trinidad de Dios. Es el misterio de amor de Dios. Dios es amor, nos dirá san Juan en sus cartas, pero bien que nos lo había ido revelando en plenitud Jesús. Una buena lectura de toda la historia de la salvación también tenemos que hacerlo desde esta óptica de amor.  Dios ama, por amor nos crea, por amor nos envía a su Hijo para nuestra salvación, por amor nos llena de su Espíritu de amor cumpliendo la promesa de Jesús. El amor que nos hace presente a Dios, el amor que nos hará ver a Dios, el amor que descubriremos en los actos de amor, vida y salvación que continuamente ofrece a toda la humanidad.

Porque Dios es amor, porque Dios ama no puede sino buscar el bien; su gloria, como decíamos, será siempre el bien del hombre. El amor no oprime ni esclaviza, el amor no es tirano ni exigente, el amor es siempre una ofrenda de sí mismo capaz de gastarse por ese amor en beneficio de aquellos a los que ama. Cómo se nos manifiesta en Jesús, que es la entrega que nos hace Dios a los hombres porque nos ama, que es la entrega que de sí mismo hace Jesús para nuestra salvación capaz de dar su vida para que tengamos vida, es la inundación de amor que se produce en nuestra vida cuando nos llenamos del Espíritu de Dios.

Así, entonces, nuestro amor para que sea verdadero tiene que ser reflejo de ese amor de Dios; así con un amor verdadero nosotros daremos a conocer a Dios a los demás. Así en ese amor verdadero que nos hace llenarnos de Dios tenemos que entrar necesariamente en una comunión de amor con todos los que son amados de Dios y a quienes nosotros también queremos amar. Por eso decimos que nuestra vida de amor es reflejo de esa comunión de amor de la Trinidad de Dios. Así en esa unidad con los demás tendríamos que sentirnos siempre.

¿Nos extraña entonces que el único mandamiento que Jesús nos haya dejado es el amor los unos a los otros? Pero ya sabemos que no es amarnos de una forma cualquiera sino amarnos como Dios nos ama, amarnos con un amor como el de Dios.

Hoy nos sentimos invitados a cantar la gloria del Señor. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo, decimos en una de esas aclamaciones que se repiten en la liturgia y en nuestra oración personal. Queremos dar gloria a Dios, queremos cantar la gloria del Señor, queremos alabar y bendecir al Señor en su gloria, pero no olvidemos lo que hemos venido reflexionando, la gloria del Señor es el bien hombre, porque la gloria del Señor es el amor de Dios; que así busquemos nosotros siempre el bien del hombre que es construir el Reino de la gloria del Señor en nuestro mundo.

sábado, 11 de junio de 2022

Aprendamos a discernir para descubrir y valorar a tantos a nuestro lado capaces de manifestar también con sus obras las maravillas de Dios

 


Aprendamos a discernir para descubrir y valorar a tantos a nuestro lado capaces de manifestar también con sus obras las maravillas de Dios

Hechos de los apóstoles 11, 21b-26; 13, 1-3; Sal 97; Mateo 5, 33-37

Algunas veces tenemos la tendencia de hacer las cosas solos y no sabemos confiar en nadie; nos parece quizás que nosotros sabemos hacer bien las cosas y que las hacemos mejor y lo tremendo es que no sabemos descubrir los valores de los demás y darles la oportunidad de que ellos desarrollen cuanto valen. Es una buena sabiduría y un signo también de nuestra madurez humana el ser capaces de fijarnos en los otros para saber descubrir cuánto bueno tienen en sí mismos y cuánto podrían desarrollar desde una responsabilidad que le confiemos y no pensar que solo por nosotros mismos seremos capaces de hacerlo todo.

Es la tarea educadora de unos padres que saben descubrir los distintos valores que tienen los hijos y que no son solo lo que nosotros queremos que sean, sino lo que ellos por sí mismo tienen y pueden desarrollar; es la tarea de todo educador y de todo aquel que se considere de alguna manera dirigente de la sociedad; saber discernir, saber descubrir, saber valorar, saber dejar hacer confiando en el otro, saber dejar que cada uno aporte su granito de arena en esa sociedad en la que vivimos.

Alguien al hilo de esta reflexión se podría estar preguntando a qué viene todo esto. Me vais a permitir que lo diga ya así claramente de entrada, es lo que vemos que supo hacer san Bernabé a quien estamos celebrando en este día. Pudiera parecer que hacemos un aparte en la continuidad del texto evangélico que se nos va proclamando en estos días, pero no nos alejamos del espíritu del evangelio cuando contemplamos la obra de san  Bernabé.

El texto escogido en la liturgia de este día nos lo presenta enviado por la comunidad de Jerusalén cuando tienen conocimiento de cómo va creciendo la nueva comunidad de Antioquia. Los Apóstoles atentos a la proclamación del evangelio que les ha confiado Jesús, quieren tener un conocimiento directo de las noticias tan esperanzadoras que llegan de Antioquía y envían a alguien de confianza, Bernabé. El ‘consolado’, lo ha venido a definir previamente el texto de los Hechos, y ya se nos habló de su generosidad para desprenderse de sus bienes a la hora de la conversión y poner todo a los pies de los apóstoles para que se cubrieran las necesidades de aquella Iglesia naciente. Ya vamos viendo una cualidad valiosa de este que sin ser del grupo de los doce, sin embargo es considerado también como un apóstol.

Es en Antioquía desde donde va a resplandecer aun más su figura. Es ‘un hombre lleno del espíritu Santo y de fe’ y sabrá discernir cuánto sucede en aquella comunidad animándolos a todos en su fe. Allí es necesario alguien más y marcha a Tarso a buscar a Saulo para incorporarlo a la predicación y enseñanza en aquella comunidad, dando incluso la cara por Pablo, cuando aún algunos tenían cierta desconfianza en él.

Pero sabrán dejarse conducir por el Espíritu Santo que estando la comunidad en oración sienten como son escogidos para ser enviados a una misión evangelizadora que sería principio de grandes viajes apostólicos. Bernabé se lleva consigo a Saulo - a partir de Chipre ya comenzará a llamársele Pablo -, y también a Juan Tomás, aunque posteriormente él les abandone en su camino para volverse a la comunidad de origen. Será un primer viaje recorriendo gran parte del Asia Menor, donde irá dejando la iniciativa a Pablo, sabiendo hacer ese discernimiento para encontrar al gran apóstol de los gentiles como se le llamará.

A su regreso serán otros los viajes y las tareas que se le encomendarán y subirán a Jerusalén para en aquel primer concilio de los Apóstoles tener también su palabra  desde la experiencia vivida para que el evangelio se abra también a los gentiles sin necesidad de imponerles la ley y las costumbres judías. Será la apertura a nuevos rumbos y a nuevos horizontes de la predicación del evangelio y en lo que tuvo buena parte este apóstol lleno también del Espíritu para discernir lo que era la obra de Dios.

Un estímulo hermoso para nuestra vida, y para la vida de nuestras comunidades cristianas. Ojalá sepamos tener ese espíritu de discernimiento para descubrir la obra de Dios en lo que hacemos, pero también en lo que hacen tantos a nuestro lado que quizá no siempre tenemos en consideración. Desgraciadamente muchas veces andamos con nuestros celos llenos de desconfianzas y desaprovechamos la obra de Dios que se está manifestando en el buen hacer de quien está a nuestro lado y que quizá no le prestamos atención.

Nos quejamos en ocasiones de que nuestras comunidades cristianas están muertas, que no surgen nuevas personas inquietas y con deseos de trabajar, pero quizás los que ya estamos en esas tareas no hemos sabido discernir, estamos llenos de desconfianzas hacia los otros, y no descubrimos cuántos apóstoles pueden estar escondidos a nuestro lado, como verdaderos diamantes en bruto, en personas a las que solamente tendríamos que hacerles una invitación, tener un gesto de cercanía y confianza y ya serían capaces de hacer también las maravillas de Dios en nuestro mundo que tanto lo necesita.

viernes, 10 de junio de 2022

Los que llevan unas lentes luminosas y brillantes en sus ojos y en su corazón sin ningún tipo de maldad, pondrán luz en la vida, aprenderán a mirar al hermano y podrán ver a Dios

 


Los que llevan unas lentes luminosas y brillantes en sus ojos y en su corazón sin ningún tipo de maldad, pondrán luz en la vida, aprenderán a mirar al hermano y podrán ver a Dios

1Reyes 19, 9a. 11-16; Sal 26; Mateo 5, 27-32

Un cristal turbio nos impide ver con claridad; es más, un cristal turbio nos hará ver cosas turbias allí donde no las hay; la suciedad no está en la cosa que vemos sino en aquello que nos ha servido de filtro a través del cual veíamos las cosas; lo podemos ver todo verde, sin ponemos el filtro de ese color, lo podemos ver luminoso si el cristal está límpido y brillante sin ninguna mancha. Los cristales manchados del vehículo que conducimos nos van a entorpecer la marcha del vehículo poniendo en peligro su conducción porque nos impiden ver con claridad. Ya podríamos adelantar, que la legañas de maldad que llevemos en nuestros ojos nos harán mirar de mala manera a aquellos con los que nos cruzamos en el camino de la vida.

Ya nos dirá en otro momento del evangelio Jesús que quitemos la viga que llevamos en nuestro ojo antes de querer quitar la mota que pudiera haber en el ojo del hermano. Y pueden ser unas vigas tremendas las que llevemos en nuestros ojos llenos de malicia, de maldad, en nuestro corazón lleno de malas intenciones. Es lo importante que nos quiere hacer ver Jesús.

Las palabras que hoy escuchamos forman parte del sermón del monte donde tras proclamar las bienaventuranzas Jesús ha ido desgranando una multitud de situaciones de nuestra vida que tendrían que entrar en revisión. No ha venido a abolir la ley y los profetas le escuchamos decir, sino a darle plenitud; por eso irá revisando cada una de esas situaciones en las que incluso le hayamos podido hacer decir más a las normas que nos hemos ido imponiendo que lo que el Señor quiso darnos con su ley. Por eso nos irá repitiendo ‘habéis oído que se os dijo, pero yo os digo…’ para darnos el verdadero sentido que han de tener las cosas.

Hoy de forma concreta nos habla del adulterio, pero Jesús nos viene a hacer comprender que incluso nos puede suceder que sin llegar al adulterio en la materialidad de los actos, sin embargo desde nuestro corazón podemos tener actitudes adulteras desde la malicia con que miremos a la otra persona. Por eso las palabras de Jesús hoy quieren ir incluso más allá de lo que en principio se nos plantea, para hacernos caer en la cuenta de cual es lo importante que hemos de tener en cuenta en la vida y en lo hacemos. Es la bondad o la maldad que llevemos en el corazón. Ese cristal sucio a través del cual miramos a la mujer de nuestro prójimo, a la otra persona podríamos o tendríamos que decir, por la malicia que podemos llevar dentro.

Vale de cara al tema del adulterio por lo que en concreto se nos dice en este pasaje, pero nos damos cuenta que nos vale para todas las intenciones que podemos tener o con que podemos mirar a los demás. No olvidemos que una de las bienaventuranzas que Jesús nos propone es ‘dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios’.

Dichosos los limpios de corazón, sí, porque tendrán una mirada clara y distinta y nada la enturbiará. Dichosos los limpios de corazón, podríamos también decir, porque ellos serán los que verán en el otro un hermano; dichosos los limpios de corazón porque serán los que sabrán amar; dichosos los limpios de corazón porque tendrán generosidad en el corazón; dichosos los limpios de corazón porque teniendo un corazón puro nunca harán discriminación y todos se sentirán como hermanos; dichosos los limpios de corazón porque serán los que tenderán su mano sin importarles ni el color de su piel, ni la condición exterior que pueda presentar su persona, porque sabrán caminar juntos, y sabrán hacer un mundo justo; dichosos los limpios de corazón porque siempre llevarán limpias y luminosas las lentes de sus ojos y de su corazón y sabrán hacer un mundo de luz y de vida, porque siempre irán repartiendo amor.

jueves, 9 de junio de 2022

Jesús, Buen Pastor que conoce a sus ovejas y sus ovejas le conocen y escuchan es sumo y eterno Sacerdote que por nosotros se ofrece en el Sacrificio de la nueva alianza

 


Jesús, Buen Pastor que conoce a sus ovejas y sus ovejas le conocen y escuchan es sumo y eterno Sacerdote que por nosotros se ofrece en el Sacrificio de la nueva alianza

Isaías 6, 1-4.8; Sal 22; Juan 17, 1-2.9. 14-26

Muchas veces habremos rezado el salmo 22, ‘el Señor es mi pastor, nada me falta’. Hemos disfrutado de la belleza, sencillez y al mismo tiempo profundidad de ese salmo; nos hemos regocijado sintiéndonos servidos por ese pastor que nos lleva a los mejores pastos, nos ofrece las mejores fuentes, cuida de nosotros para reponer nuestras fuerzas o curar nuestras heridas; ese pastor que nos prepara una mesa en la que él mismo sirve ungiéndonos con el óleo de la alegría, ese pastor que nos hace gozar y disfrutar de la misericordia del Señor.

¿Quién es ese pastor? El evangelio nos habla del pastor que busca a la oveja perdida y la carga sobre sus hombros; el pastor cuya voz conocen sus ovejas, pero conoce a todas sus ovejas y las llama por su nombre; el pastor que es capaz de dar su vida por sus ovejas porque cuando ve venir al lobo no huye sino que le hace frente, poniéndose por medio para salvar a sus ovejas. Y Jesús nos dice que El es el Buen Pastor que conoce a sus ovejas y sus ovejas conocen y escuchan su voz.

Este salmo que hemos comenzado comentando y haciendo como una paráfrasis es precisamente el que nos ofrece hoy la liturgia en esta fiesta de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote que celebramos en este jueves posterior al domingo de Pentecostés. Si la liturgia nos lo ofrece a nuestra consideración y para nuestra oración mientras celebramos esta fiesta es porque viene bien a definirnos el sentido del Sacerdocio de Cristo.

Es el nuevo sacerdocio que en Cristo se establece. Hermosas son las consideraciones que nos hace la carta de los Hebreos sobre este nuevo Sacerdocio del Nuevo Testamento. No es en función de una herencia familiar como lo era en el Antiguo Testamento. Aarón fue consagrado por Moisés a la hora de constituir el pueblo de la Alianza a partir del Sinaí y serían los descendientes de Aarón, de la familia y tribu de Leví, los que constituirían ese sacerdocio.

Función del sacerdote era la de ser mediador y puente – por ese se le dice pontífice – entre Dios y el pueblo encargado de ofrecer en nombre del pueblo los sacrificios a Dios y de trasmitir de parte de Dios su palabra para el pueblo. Pero con Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, ¿quién podría expresar mejor lo que significaría ese nuevo sacerdocio para el nuevo pueblo de Dios? Es Jesús el verdadero mediador, en cuanto Dios y hombre verdadero, y quien no ofrece un sacrificio cualquiera sino que se ofrece a sí mismo dando su vida, derramando su sangre para nuestra salvación. Se constituye así Jesucristo en Sacerdote, víctima y altar, Sumo y Eterno Sacerdote como hoy lo proclamamos y celebramos.

Ese sacerdocio de Cristo del que todos participamos en virtud de la consagración de nuestro Bautismo, pues con Cristo hemos sido ungidos para ser con El sacerdotes, profetas y reyes. Somos nosotros los que nos unimos a esa ofrenda de Cristo ofreciendo con nuestra vida sacrificios agradables al Padre. Somos un pueblo sacerdotal unido al sacerdocio de Cristo.

Pero esta fiesta del Sacerdocio de Cristo es también la fiesta de aquellos que participan ministerialmente del sacerdocio de Cristo, ejerciendo esa especial función dentro del pueblo de Dios, los presbíteros, participes de ese sacerdocio de Cristo de manera especial por el Orden Sacerdotal. Se configuran de manera especial con Cristo para con la fuerza del Espíritu ejercer ese ministerio sacerdotal en el pueblo de Dios. En nombre de Cristo se convierten en nuestros pastores, para que a imagen de Cristo, Buen Pastor, también nos conduzcan hacia fuentes tranquilas que reparen nuestras fuerzas en virtud de su ministerio.

Han de ser la imagen de Cristo, a pesar de sus debilidades, para traernos a Cristo y para atraernos hacia Cristo. Divina la función que tienen que ejercer y que solo podrán realizar con la fuerza del Espíritu del que tienen que sentirse revestidos con una fuerza especial. Cuidan del pueblo de Dios como pastores, pero han de sentirse cuidados por ese pueblo de Dios que escucha su voz, como escuchan a Cristo.

De ahí cómo tiene que arropar el pueblo de Dios a sus sacerdotes y no en una oración esporádica que hagan en un día como hoy que se recuerde el sacerdocio de Cristo, sino que ha de ser la oración constante del pueblo de Dios la que los sostenga para que el ángel del Señor los libere de todo mal, como liberó a Pedro de la cárcel por la oración de la comunidad cristiana que apoyaba a su pastor, como nos cuenta el libro de los Hechos de los Apóstoles.

Recemos, pues, por los sacerdotes para que con la gracia del Señor se mantengan fieles a su ministerio y servicio al pueblo de Dios en las diversas funciones que han de realizar en la comunidad cristiana mientras se les permita realizar su función.

miércoles, 8 de junio de 2022

Levantemos el vuelo sin miedo y busquemos esa plenitud que solo en Jesús podremos encontrar que en verdad nos haga grandes en la vida

 


Levantemos el vuelo sin miedo y busquemos esa plenitud que solo en Jesús podremos encontrar que en verdad nos haga grandes en la vida

1Reyes 18, 20-39; Sal 15; Mateo 5, 17-19

Nos encontramos muchas veces inmersos en una sociedad en la que damos la impresión que no sabemos ni lo que queremos; entre aquellos que aman tanto la libertad que no quieren aceptar ninguna norma ni ninguna ley que rija esa sociedad porque dicen que se les coarta su libertad cuando se trata de imponer normas, leyes o reglas que rijan esa sociedad y por otra parte lo que quieren tenerlo todo tan medido y tan calculado que nos atiborran a normas, reglamentos, protocolos como ahora se dicen y no se cuantas cosas más. Algunas veces no terminamos de entender lo que sucede en nuestra sociedad, que es lo que realmente se quiere.

Algunos quieren una revolución en la que se supriman todas las leyes y normas mientras otros tratan de imponerse desde su poder; claro que necesitamos unas leyes, mandatos o como queramos llamarlos que sean como el cauce por donde discurra la vida de todos y a todos se les garantice su libertad pero el poder también vivir con toda dignidad desde el respeto que nos tengamos unos a otros.

Muchos radicalismos en esos sentidos que hemos mencionado nos encontramos hoy, o muchas revoluciones que pretenden acabar con todo orden instituido, porque todo tendría que ajustarse a sus particulares intereses, porque ya muchas veces no son ideas sobre el sentido de una sociedad, sino intereses muy individualistas. ¿Dónde vamos a encontrar un sentido para todo esto? ¿Dónde vamos a encontrar aquello que pueda elevar de la mejor manera la dignidad de toda persona y ayudarla así también a que consiga su felicidad?

Estas cosas que nos suceden hoy, son cosas que de una forma o de otra se repiten a lo largo de la historia. Siempre había quien no buscaba sino revoluciones, siempre había quien lo rechazaba todo, siempre estaban los disconformes pero que sus caminos muchas veces eran los de la destrucción, en lugar de construir.

No eran tiempos fáciles los de la época de Jesús; por una parte estaban disconformes con el estar bajo el yugo de los romanos que los dominaban e imponían sus leyes y sus costumbres, pero en medio del pueblo sencillo había también que no soportaba la ley de Moisés, razón de ser de aquel pueblo, pero sobre todo de cómo se le habían ido agregando normas y normas que hacen interminables las listas de preceptos a los que habían someterse. Por allí andaban los fariseos con la aplicación de la ley a su manera y como maestros de la ley en medio del pueblo los llenaban de normas y preceptos.

Por eso lo que escuchamos hoy a Jesús en el evangelio, que forma parte del sermón programático, que podríamos llamar, del monte, viene a ser como una respuesta a lo que muchos pedía. ‘No he venido a abolir la ley y los profetas’, les dice claramente. Cuando surge Jesús como profeta de Nazaret en medio del pueblo, con su nueva forma de presentarnos las cosas, de hablar del Reino de Dios, se había despertado una esperanza en medio de aquel resto de Israel.

No se presentaba Jesús como un maestro de la ley a la manera que estaban acostumbrados, no se ponía del lado ni de los fariseos ni de los saduceos que eran los dos grupos más dominantes, como tampoco formaba parte del grupo de los Zelotas tan revolucionarios contra los romanos, aunque algunos hubiera entre sus discípulos. Era una esperanza nueva y bonita la que se estaba despertando, pero que también podría hacer surgir la inquietud de renovarlo todo pero revocando y aboliendo todo lo anterior.


Y es a lo que viene a dar respuesta Jesús. El lo que quiere es una plenitud para el hombre y la mujer que caminan sobre la tierra, una plenitud que engrandezca a la persona, una plenitud que dé un sentido hondo a la vida y cuanto hacemos, una plenitud que abra el espíritu a la trascendencia y lo eleve, una plenitud que le haga encontrarse consigo mismo, pero lo más importante, que lo haga encontrarse de verdad con Dios.

Lo irá desgranando a lo largo de todo el sermón de la montaña, pero a lo largo de todo lo que será esa buena noticia del Evangelio que nos está anunciando el nuevo sentido de plenitud del Reino de Dios.

¿Qué ansiamos nosotros? ¿Buscamos también un camino de plenitud para nuestra vida? ¿Cuáles son los valores que tenemos que buscar para encontrar lo que en verdad nos haga grandes? ¿Seguiremos quizás con nuestros raquitismos o estaremos dispuestos a levantar el vuelo para llevar a vivir todo eso grande que Jesús nos ofrece? Levantemos el vuelo sin miedo y busquemos esa plenitud que solo en Jesús podremos encontrar.

martes, 7 de junio de 2022

No seamos cristianos para el arrastre, nuestro testimonio haga que la sal de nuestros valores vaya impregnando cuanto nos rodea para que encuentre su verdadero sabor

 


No seamos cristianos para el arrastre, nuestro testimonio haga que la sal de nuestros valores vaya impregnando cuanto nos rodea para que encuentre su verdadero sabor

1Reyes 17, 7-16; Sal 4; Mateo 5, 13-16

La sal para dar sabor o para evitar la corrupción, y la luz para colocarla en el sitio más oportuno para que ilumine. Como se suele decir, cuando una cosa está muy clara, no es que hayan descubierto el mediterráneo. Pero sí, una cosa tan elemental y tan sencilla parece, sin embargo, que es algo que falta mucho. ¿Habremos encontrado el verdadero sabor? ¿Nos habremos librado de corrupción y de muerte? ¿Todos nos iluminamos con la misma luz?

Jesús hoy nos hace algunas consideraciones, así como de pasada, como se dice, sin mala intención. ¿Y si la sal pierde el sabor? ¿Y si la luz no la hemos colocado en el lugar más adecuado, sino que más bien se nos ha ocurrido ocultarla debajo del cajón? ¿A quien se le ocurre? Podríamos comentar, pero miremos si algo así no nos está pasando.

Porque Jesús nos está diciendo a los que creemos en El y queremos seguirle que es eso lo que nosotros tenemos que ser, sal y luz, sal que dé sabor y preserve de la muerte y luz que ilumine y nos haga encontrar el sentido de verdad. Primero tenemos que aplicárnoslo a nosotros mismos, descubrir si hemos encontrado ese sabor, si en verdad estamos iluminados por su luz.

A veces los cristianos no terminamos de darnos cuenta en qué tenemos que diferenciarnos de los demás; todo nos puede parecer bueno, nos conformamos con lo que otros hacen desde sus propios planteamientos y parece que nosotros no tenemos nada que decir, no hay algo nuevo que tenemos que matizar, nos da igual lo que otros digan y no somos capaces de ver las diferencias.

No hemos encontrado la sal, no hemos encontrado el sabor que desde nuestra fe tiene que tener nuestra vida; y vamos mezclándolo todo, y andamos en unas tremendas confusiones, y no somos capaces de mantener unos principios, o a la hora de una elección decantarnos por lo que hayamos descubierto desde el evangelio que tiene que ser nuestra vida. Hemos ido dejando por otra parte que la corrupción se vaya adueñando de nuestro mundo. Y donde hay corrupción sabemos que fácilmente nos podemos contagiar; una manzana podrida lleva la corrupción a todo el cesto de manzanas. No hemos encontrado esa luz que nos ilumina y con la que nosotros tenemos que iluminar a los demás.

Es triste pero parece que somos cristianos del arrastre, nos vamos arrastrando detrás de cualquier cosa sin hacer notar lo que en verdad son los valores que aprendemos desde Jesús y su evangelio. Parece que no tenemos una palabra que decir; parece que no tenemos una luz con la que iluminar; parece que poco nos importa el camino que nos ha trazado Jesús y que hemos de seguir. ¡Qué poca influencia estamos teniendo los cristianos en el mundo a pesar de que decimos que somos tantos! No hacemos oír nuestra voz.

Qué necesario es que nos impregnemos de verdad cada vez más del evangelio. como la sal que se impregna en el alimento de tal manera que al final no sabemos donde está la sal, pero si sabremos que aquel alimento tiene un nuevo sabor, así necesitamos impregnarnos bien, empaparnos bien del evangelio. Es impregnarnos de Dios, es sumergirnos en su Espíritu, es sentirnos iluminados por su luz de manera que resplandezcamos, que nuestra vida se presente así como se faro de luz que todo lo inunda, que nos hace encontrar la verdad de nuestra vida, que nos permite dejarnos conducir por el Señor.


Es el testimonio que tenemos que dar. Porque aunque muchas veces digamos que en el mundo hay un rechazo a lo que tenga el sabor cristiano, sin embargo hoy está nuestro mundo, están nuestras gentes en un camino de búsqueda, aunque muchas veces no sepan a donde dirigir sus pasos, de alguna manera están buscando una luz, un sentido, algo que les dé valor a sus vidas. 

Es el testimonio que tenemos que dar, si de verdad hemos plasmado en nuestras vidas el sentido del evangelio; nuestros valores resplandecerán, nuestra sal impregnará a ese mundo que nos rodea para que pueda encontrar el verdadero sabor para sus vidas.

lunes, 6 de junio de 2022

María, Madre de la Iglesia, el mejor molde en el que podríamos verternos nosotros para mejor parecernos a Jesús

 


María, Madre de la Iglesia, el mejor molde en el que podríamos verternos nosotros para mejor parecernos a Jesús

Génesis 3, 9-15. 20; Sal 86; Juan 19, 25-34

Ayer veníamos a concluir el tiempo pascual cuando celebrábamos la fiesta de Pentecostés. Precisamente el libro de los Hechos nos habla de cómo los apóstoles se habían reunido en el Cenáculo en la espera del cumplimiento de la promesa de Jesús. Les había dicho que no salieran de Jerusalén hasta que no recibieran el don del Espíritu Santo y allí habían permanecido el grupo de los Once que pronto se completó agregando a Matías para formar el grupo apostólico, pero estaban reunidos con María, la madre de Jesús y algunas mujeres.

Es importante que aparezca ya en la Iglesia naciente la figura de María. Durante la vida pública de Jesús esporádicamente aparece la figura de María en una ocasión que le dicen a Jesús que allí están su madre y sus hermanos, y ya sabemos la respuesta de Jesús, o cuando se menciona como hijo de María y de José el carpintero en la Sinagoga de Nazaret.

Volverá a aparecer María junto a la cruz de su Hijo en el Calvario; aunque la devoción nos ha situado a Maria en la calle de la Amargura, en el camino del Calvario, el momento cierto es lo que nos narra el evangelio de san Juan y hemos escuchado hoy en el evangelio. Allí Jesús nos la da como madre, en la persona del discípulo amado que también está al pie de la cruz junto con algunas mujeres. ‘Mujer, ahí tienes a tu hijo… ahí tienes a tu madre’, que les dice primero a María y luego al discípulo amado. En él, podríamos decir, estábamos prefigurados todos, estaba prefigurada la Iglesia, a la que da como madre a María.

Es lo que desde unos años a esta parte, instituida esta fiesta por el Papa Francisco, estamos celebrando hoy, María, Madre de la Iglesia. Fue ya título y advocación que nos dejé como herencia el Concilio Vaticano II, con hermosos comentarios entonces del Beato Pablo VI, y ya algunas congregaciones religiosas con fuerte carisma mariano venían celebrando en este día, como las Hijas de María, Madre de la Iglesia.

Hermoso como la Iglesia se siente hija de María. Allí en la iglesia naciente, tanto al pie de la cruz como madre corredentora como así la llamamos también en nuestra devoción, como luego en el nacimiento de la comunidad eclesial en el Cenáculo con la venida del Espíritu Santo. María, madre intercesora como la ha sentido siempre la Iglesia y la sentimos todos los cristianos, por eso la figura y la imagen de María acompañará el caminar de la Iglesia a lo largo de los siglos.

Es hermoso el comentario que hizo el Papa Francisco en la celebración del primer año en la capilla de santa Marta después de haber sido instituida esta fiesta que no me resisto a transcribirlo. “La Iglesia es femenina, porque es ‘iglesia, ‘esposa’: es femenina. Y es madre, da a la luz. Esposa y madre. Y los Padres van más allá y dicen: ‘También tu alma es esposa de Cristo y madre’. Y en esta actitud que viene de María, que es Madre de la Iglesia; de esta actitud podemos comprender esta dimensión femenina de la Iglesia que cuando falta, hace que la Iglesia pierda su verdadera identidad y se convierta en una asociación de beneficencia o en un equipo de fútbol, o en cualquier cosa, pero no en la Iglesia”.

Al retomar litúrgicamente el tiempo ordinario, después de haber celebrado ayer Pentecostés, volvemos nuestra mirada a María, y la queremos contemplar como Madre de la Iglesia. Madre siempre a nuestro lado su figura femenina y maternal tanto nos ayuda al asumir nuestra identidad cristiana, porque ella es el mejor molde en el que nos podemos verter nosotros para parecernos más a Jesús, porque en ella fue engendrado por obra del Espíritu Santo el Hijo de Dios para hacerse hombre, y toda su humanidad fue origen, podríamos decirlo así, de la Humanidad del Hijo de Dios que por nosotros quiso encarnarse para ser nuestra salvación.

domingo, 5 de junio de 2022

Recibimos hoy el don del Espíritu que abre las puertas que nos encierran, nos hace sentir una nueva libertad y nos pone en camino de nuevos horizontes

 


Recibimos hoy el don del Espíritu que abre las puertas que nos encierran, nos hace sentir una nueva libertad y nos pone en camino de nuevos horizontes

Hechos 2, 1-11; Sal 103; 1Corintios 12, 3b-7. 12-13; Juan 20, 19-23

Hay una circunstancia repetida de alguna manera en los dos relatos que nos ofrece hoy san Lucas tanto del evangelio como en los Hechos de los Apóstoles, previa a la presencia del Espíritu y la nueva presencia de Jesús resucitado. Expresamente se dice en el evangelio que estaban en el cenáculo con las puertas cerradas, y encerrados allí estaban en la espera del cumplimiento de la promesa de Jesús de enviarles su Espíritu.

Puertas cerradas por fuera cuando nos quitan la libertad y nos dejan prisioneros en su interior, puertas cerradas por dentro cuando el miedo nos impide ejercer nuestra libertad. Seguimos viendo muchas puertas cerradas, y no solo es que caminemos por nuestras calles y raro es que nos encontremos una puerta abierta sino que puede ser expresión también de muchas cosas que nos encierran, de muchas distancias que ponemos, de muchas barreras que nos creamos y nos impiden la comunicación o la comunión. Puertas que muchas veces siguen cerradas en nosotros con nuestros miedos o con nuestras cobardías, con nuestros apegos o con nuestras esclavitudes.

Jesús había anunciado en la sinagoga de Nazaret que venía lleno del Espíritu del Señor para dar libertad a los oprimidos, y como un signo vemos en el evangelio con los milagros cómo Jesús nos va liberando de nuestros malos, que no solo son las carencias físicas que la enfermedad nos puede imponer, sino ese mal que desde dentro nos oprime y nos esclaviza.

Llega Jesús resucitado junto a los suyos y no necesitará que nadie les abra las puertas pero con el regalo del Espíritu da poder a los suyos para que vayan llevando esa nueva liberación a todos los que están esclavizados con el pecado, el poder del Espíritu para el perdón de los pecados. Se derrama el Espíritu a los congregados y encerrados en el cenáculo y las puertas se abrirán porque el Espíritu de la salvación ha de expandirse y ha de hacerse llegar a todos los hombres. Llenos del Espíritu saldrán a la calle ante todos aquellos que en su entorno se habían congregado al sentir los signos del cielo para anunciarles la Buena Nueva de la salvación.

Una salvación que significativamente será para todos los pueblos, porque yo no habrá trabas de lenguajes que impidan la comunicación, porque todos escucharán ese mensaje que les están trasmitiendo los apóstoles, cada uno en su propia lengua. No es solo un milagro de glosolalia, sino que es el signo claro de ese anuncio de salvación ha de ser para todos y todos podrán escucharlo, todos han de escucharlo. No hay ya puertas de lenguaje ni cierren la comunicación porque hasta los confines de la tierra han de ir a anunciar el mensaje de Jesús.

Celebramos hoy Pentecostés, la Pascua del Espíritu, el cumplimiento de la promesa de Jesús; el Espíritu que nos congrega en una misma comunión desde nuestra fe en Jesús y el Espíritu que nos va a hacer sentir de una manera nueva esa presencia de Jesús; el Espíritu de la Verdad que Jesús nos había prometido que nos lo revelaría todo, pero es el Espíritu que nos abre las puertas a nuevos horizontes y nos pone en camino porque con su fuerza hemos de ir haciendo el anuncio de la salvación a todos los hombres.

Es el Espíritu que ha construido la Iglesia cuando a todos nos ha congregado en unidad pero es el Espíritu que sigue conduciendo los caminos de la Iglesia y los caminos de todos los que creemos en Jesús para ser testigos en medio del mundo; es el Espíritu de sabiduría y de fortaleza para saber mantener encendida esa lámpara de nuestra fe en nuestros corazones y en medio del mundo; el Espíritu que un día condujo los pasos de María para que llegara hasta las montañas de Judea porque con su presencia todo se llenaba de Dios y es el mismo Espíritu que sigue conduciendo nuestros pasos para llenar también de la presencia de Dios nuestro mundo disipando toda sombra de tiniebla; es el Espíritu que nos libera de todas las ataduras como había anunciado Jesús en la sinagoga de Nazaret, pero que nos envía por el mundo con ese poder de liberación, con ese poder del perdón porque es el camino de la reconciliación para lograr un mundo nuevo.

Necesitamos la fuerza del Espíritu para convertirnos de verdad en testigos, testigos de la verdadera liberación, testigos que no queremos puertas cerradas sino que vamos a proclamar que con esa libertad podemos ir, vamos a ir con las puertas abiertas al encuentro de nuestros hermanos y de nuestro mundo. Es la acogida de nuestros corazones, pero son esos nuevos pasos que damos al encuentro de nuestro mundo con todas sus sombras y sufrimientos a los que queremos llevar una nueva luz.

Testigos de esa Iglesia de puertas abiertas porque llevamos un nuevo amor en nuestro corazón y vamos a ir mostrando con ese nuevo amor podemos alcanzar la verdadera liberación que nos ofrece Jesús; no podemos ser nunca una iglesia de puertas cerradas, no podemos encerrarnos los cristianos con ningún miedo que nos acobarde – desterremos para siempre todo miedo y toda cobardía -, tenemos con nosotros la fuerza del Espíritu que es la fuerza de la verdadera libertad.