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miércoles, 10 de marzo de 2021

Sería bochornoso que no fuéramos capaces de vivir con alegría, con entusiasmo, con valentía, con orgullo nuestra fe y así manifestémoslo ante cuantos nos rodean

 


Sería bochornoso que no fuéramos capaces de vivir con alegría, con entusiasmo, con valentía, con orgullo nuestra fe y así manifestémoslo ante cuantos nos rodean

Deuteronomio 4, 1. 5-9; Sal 147;  Mateo 5, 17-19

Quiero reflexionar hoy, y voy directamente al grano, sobre algo que considero bochornoso que nos suceda a nosotros los cristianos. Y os lo digo así, claramente, damos la impresión que no nos sentimos orgullosos de nuestra fe, de ser cristianos, de tener unos mandamientos que cumplir, de querer seguir la ley del Señor.

Puede parecer fuerte lo que estoy diciendo pero es la realidad, damos la impresión que nos avergonzamos de ser cristianos. A veces me pregunto que si nos vinieran tiempos de persecución cruenta, como ha sucedido en tantos momentos de la historia y en España no lo tenemos tan lejano, ¿cómo reaccionaríamos? ¿Seríamos capaces de llegar a dar la cara, incluso la vida, por nuestra fe? Y mira que son cosas que nos pueden pasar, no estamos tan lejanos, y no quiero andar con pesimismos, porque quienes siguen mis reflexiones saben bien que quiero ser optimista y es lo que intento transmitir con mis palabras y mis reflexiones.

En la sociedad en la que vivimos nos están comiendo el terreno; todo son dificultades y trabas para que podamos vivir nuestra fe públicamente, para que podamos participar en nuestras celebraciones con total libertad y sin complejos, en los medios de comunicación lo que más se insiste en publicar es todo lo que pueda dañar a la Iglesia y la fe de los cristianos, se hace burla sin miramiento alguno de nuestras expresiones religiosas, se quiere dar la impresión que somos un obstáculo para que la gente viva de forma moderna y si pudieran nos quitaban de en medio. ¿Y cuáles son nuestras respuestas? ¿Cómo reaccionamos ante todo eso? Tenemos que reconocer que nos falta valentía.

Es hora que nos despertemos, que vivamos con orgullo y alegría nuestra fe y de ninguna manera nos escondamos; que hagamos frente a todo esa reacción que tiene la sociedad ante el hecho religioso y cristiano, pues manifestando con total libertad y claridad la fe que vivimos y seamos capaces de sacar a flote para que sean conocidos también tantos testimonios hermosos de los que nos podemos sentir orgullosos de tantos cristianos que en nombre de su fe viven su compromiso en todos los aspectos de la vida. Nadie tiene por qué quitarnos la palabra, esa palabra clara y valiente que tenemos que ser capaces de decir y que tantas veces callamos. Hacen falta también hombres públicos  con influencia en la sociedad que se manifiesten creyentes y den testimonio público de su fe.

Nos han hablado tanto de humildades y de silencios que nos parece incompatible que podamos decir que nos sintamos orgullosos de nuestra fe. Sí, nos sentimos orgullosos de ser cristianos, de creer en Dios, de sentir la presencia de Dios en nuestra vida y de cómo contamos con El en lo que vamos haciendo, en el compromiso que vivimos también por los demás, en los compromisos con nuestra sociedad también; nos sentimos orgullosos de querer cumplir los mandamientos del Señor aunque nos cueste, porque sabemos que ahí tenemos nuestra sabiduría, el mejor sentido de nuestra vida y está la fuerza para todo lo bueno que queremos realizar. Jesús nos ha dicho hoy en el evangelio que no viene a borrar la ley sino a darle plenitud y que quien cumpla cualquiera de esos mandatos mínimos será grande en el Reino de los cielos.

Es hermoso lo que le decía también Moisés al pueblo para que aprendieran a apreciar la sabiduría de la ley del Señor. Tenían que sentirse orgullosos de su Dios que con ellos estaba, que con ellos caminaba en aquel largo peregrinar del desierto. Que ningún pueblo podía decir como ellos que tenían un Dios tan cercano y tan justo, tan lleno de amor.

‘Mirad: yo os enseño los mandatos y decretos, como me mandó el Señor, mi Dios, para que los cumpláis en la tierra donde vais a entrar para tomar posesión de ella. Observadlos y cumplidlos, pues esa es vuestra sabiduría y vuestra inteligencia a los ojos de los pueblos… Y ¿dónde hay otra nación tan grande que tenga unos mandatos y decretos tan justos como toda esta ley que yo os propongo hoy?’

¿No es lo que nosotros tenemos que sentir cuando se manifiesta el amor tan grande que Dios nos tiene que nos entrega a su Hijo Jesús para nuestra salvación? Vivamos con alegría, con entusiasmo, con valentía, con orgullo nuestra fe y así manifestémoslo ante cuantos nos rodean. Sería, sí, bochornoso que no fuéramos capaces de hacerlo. Valoremos y destaquemos a tantos que a nuestro lado así lo hacen con valentía y alegría.

martes, 9 de marzo de 2021

La sabiduría de la humildad que llena de misericordia el corazón y el sabor de la misericordia experimenta que nos hace abrir los ojos con mirada nueva

 


La sabiduría de la humildad que llena de misericordia el corazón y el sabor de la misericordia experimenta que nos hace abrir los ojos con mirada nueva

Daniel 3, 25. 34-43; Sal 24; Mateo 18, 21-35

Qué difícil es aprender la lección. Se suele decir que aprendamos en cabeza ajena o que cuando veamos las barbas de nuestro vecino pelar, pongamos las nuestras a remojar, pero ni aun en cabeza propia muchas veces terminamos de aprender.

Nuestra propia debilidad tendría que hacernos ver la realidad de las cosas y cuando constatamos nuestros propios errores tendríamos que saber tener la sabiduría de la humildad para reconociendo nuestros propios errores y caídas ser capaces de ser comprensivos con los demás. La humildad a la que tendría que llevarnos nuestro propio pecado tendría que darnos la grandeza de la comprensión y del perdón. Pero ya vemos cómo sucede, nos endurecemos más.

Es la pregunta que le surge a Pedro, pero que no es solo la pregunta de Pedro, que es la actitud que nosotros tenemos ante los errores o los fallos de los demás. ¿Cuántas veces tengo que perdonar si mi hermano me ofende? Repito, que no es solo Pedro el que se hace esa pregunta, que nos la hemos hecho mil veces. ¿Pero es que soy yo el que tengo que seguir aguantándolo una y otra vez? Ya está bien de hacer el tonto, nos decimos, ya verá la próxima vez lo que yo voy a hacer.

Y claro, nos creemos con todos los derechos del mundo. Es lo que nos cuenta la parábola que propone Jesús y con lo que nos viene a dar respuesta. El hombre poderoso cuando al arreglar cuentas se encontró aquel siervo con todas aquellas deudas, quiso meterlo en la cárcel hasta que pagara, hacerle pagar a él o a su esposa o sus hijos toda la deuda contraída, pero al final se conmovió su corazón y perdonó todas las deudas.

 Ahora este siervo que ha sido perdonado que se encuentra con un compañero de trabajo que le debe unas pocas pesetas, pretende hacer lo mismo que su amo había intentado con él, aunque luego arrepentido le perdonara. Pero este ahora va a saber, yo no perdono, tú tienes que pagarme hasta el último real y metió en la cárcel a su compañero. ¿Pero no has aprendido con tu amo a ser generoso y ser capaz de perdonar que vienes ahora a exigir a tu compañero de esa manera?

No terminamos de saborear el regalo de la misericordia y el perdón; no terminamos de tener la sabiduría de la humildad para reconocer que así como tú recibiste el perdón de tu deuda tendrías que ser comprensivo con tu compañero para poner misericordia también en tu corazón. Sí, la sabiduría de la humildad que llena de misericordia el corazón; o si queremos decirlo de otra manera, saboreemos la misericordia que nosotros recibimos y aprenderemos a tener un mirada de comprensión y misericordia con los demás. Es la actitud que pongamos en el corazón.

No seamos mezquinos frente a todo el amor que el Señor nos ofrece. En nuestra mezquindad nos cegamos y endurecemos el corazón y perdemos el sabor maravilloso de la misericordia cuando nos sentimos perdonados, cuando nos sentimos amados. Porque todo es cuestión de sentirse amado.

Que hermosa es la oración de Daniel. Cuando le parece sentirse abandonado de todo y de todos, porque nada tienen en tiempos de destierro y ni pueden ofrecerle un culto digno al Señor en un templo digno, simplemente le ofrecen un corazón contrito y un espíritu humilde al Señor con la confianza de que serán escuchados y el Señor nunca los abandonará.

‘Por eso, acepta nuestro corazón contrito y nuestro espíritu humilde… Que éste sea hoy nuestro sacrificio, y que sea agradable en tu presencia: porque los que en ti confían no quedan defraudados. Ahora te seguimos de todo corazón, te respetamos, y buscamos tu rostro…’

¿Nos presentaremos así ante el Señor con corazón contrito y espíritu humilde?

lunes, 8 de marzo de 2021

No es solamente que el sonido de las palabras llegue a nuestros oídos sino ir de verdad confrontando nuestra vida con lo que cada día el Señor nos va pidiendo

 


No es solamente que el sonido de las palabras llegue a nuestros oídos sino ir de verdad confrontando nuestra vida con lo que cada día el Señor nos va pidiendo

2Reyes 5, 1-15ª; Sal 41; Lucas 4, 24-30

El orgullo de los pueblos que se creen merecedores de todo y que se creen los mejores. Y siempre que aparece el orgullo aparecen los desprecios, la poca valoración de los que creemos inferiores, y las exigencias de todo tipo, porque, como decíamos, nos creemos merecedores de todo. Quizá no puedan ofrecer otra cosa que uno de su pueblo alcanzó cotas altas, y porque de nuestro pueblo salió, vamos a decirlo así, una lumbrera, alguien que en algún campo de la vida destacó por algo, ahora yo todos nos creemos mecedores y hasta nos volvemos exigentes.

¿Qué pasaba en Nazaret? La fama de Jesús, el profeta que había surgido de aquel pueblo que antes apenas había tenido nombre, llegaba a todas partes y comenzaron a aparecer los orgullos. Pero bien sabemos que los orgullos van acompañados también de desconfianzas, porque ¿de dónde ha sacado El toda esa sabiduría y esos poderes? Y en esas desconfianzas comienzan las valoraciones que no siempre van a ser favorables para los cercanos al personaje. Si aquí están sus hermanos, sus parientes, su familia que en nada han destacado, porque su padre era simplemente el carpintero.

Es lo que podemos describir de Nazaret, que al principio cuando había salido Jesús a hacer la lectura en la sinagoga, todo eran alabanzas y orgullos patrios, pero pronto se volvieron en contra en desconfianzas y en desprecios de alguna manera. Por eso Jesús les dirá claramente que un profeta no es bien mirado en su pueblo, solo en su pueblo será despreciado. Y ahora le están pidiendo que haga allí lo que saben que ha hecho en otros lugares, aunque su fe en El no sea tan clara. Y ya sabemos que la exigencia primera para los milagros de Jesús es la fe los que piden la ayuda, los que piden el milagro, y en eso no están destacando precisamente en su pueblo de Nazaret.

Y Jesús les recuerda dos hechos o acontecimientos de los antiguos profetas, en este caso de Elías y Eliseo. En tiempos de Elías muchas viudas había en Israel pasando necesidad en aquellos tiempos de sequías y de hambres, y sin embargo fue enviado a una viuda de Sarepta de Sidón, un pueblo ya ajeno a Israel; pero grande había sido la generosidad de aquella mujer que nada tenía sino un puñado de harina y un poquito de aceite para hacer el último panecillo y esperar la muerte, pero sin embargo se había desprendido generosamente de ello para compartirlo con el profeta.

Muchos leprosos, les recuerda Jesús, había en Israel – era una enfermedad muy común en la antigüedad – y sin embargo el profeta Eliseo a quien curó fue a Naamán, el sirio. Había venido a Israel buscando la salud porque la fe de una esclava lo había recomendado.  Y la gente de Nazaret entendió el mensaje que Jesús les estaba dando, que había de despertar su fe, pero ellos seguían encerrados en sus orgullos, por eso se revuelcan y se vuelven contra Jesús, al que arrojan fuera del pueblo que incluso quieren despeñarlo por un barranco.

¿Por dónde anda el proceso de nuestra fe?, tendríamos quizá que preguntarnos en este momento. A eso tiene que llevarnos este evangelio que hoy estamos escuchando y precisamente en este camino de cuaresma que estamos haciendo. Bueno, nos hemos acostumbrado ya a que en este tiempo viene la Cuaresma, porque pronto se acerca la Semana Santa, pero quizá vamos pasando los días y no vemos ningún  progreso en nuestra vida. Escuchamos la Palabra que cada día se nos ofrece, bueno, no sé si realmente la escuchamos, porque para escuchar de verdad tenemos que abrir los oídos del corazón.

No es solamente que el sonido de las palabras llegue a nuestros oídos. Es ir de verdad confrontando nuestra vida con lo que cada día el Señor nos va pidiendo, ir saliendo de nuestras rutinas en que simplemente repetimos las cosas que siempre hacemos pero no siempre con el deseo de superación, de crecimiento espiritual. La gente de Nazaret oyó aquel día las palabras de Jesús y la lectura del profeta, pero no supo escuchar en su corazón. Es lo que nosotros necesitamos saber hacer.

 

domingo, 7 de marzo de 2021

Necesitamos gestos proféticos que nos despierten de nuestra atonía o que lo que realicemos con nuestra vida se convierta en un signo para los demás

 


Necesitamos gestos proféticos que nos despierten de nuestra atonía o que lo que realicemos con nuestra vida se convierta en un signo para los demás

Éxodo 20, 1-17; Sal 18; 1Corintios 1, 22-25; Juan 2, 13-25

Algunas veces necesitamos como que nos den un golpe fuerte, que nos despabile, porque parece que andamos medios adormilados, entontecidos con la rutina de las cosas que termina llevándonos a una modorra donde parece que nada nuevo nos puede llamar la atención. Y todos entendemos que no se trata de un golpe a la físico, como cuando mi perrito me ve medio adormilado y viene y me da un ladrido fuerte junto al oído – no le gusta verme adormilado -, pero ya digo no es algo físico lo que necesitamos, pero si algo que nos dé la sorpresa, nos llame la atención por lo distinto y atrevido, nos saque de esa modorra espiritual en la que caemos tan fácilmente. Como decíamos algo que nos sorprenda, algo que sea como una pregunta interior que no nos deje tranquilos, algo como aquellos gestos proféticos que nos encontramos tantas veces en la Biblia; los profetas hablaban más por gestos que por palabras.

Y es lo que significó aquel gesto profético de Jesús en el templo de Jerusalén de lo que nos habla hoy el evangelio. Todo el culto a Dios se había quedado en un ritual, y allí estaban aquellos sacrificios de todo tipo que se ofrecían continuamente en el templo de Jerusalén, aquellos rituales de los que habían llenado la vida que si bien en algún momento tuvieron su sentido como una ofrenda de gratitud a Dios y de reconocimiento de que todo viene de su mano, se había quedado en algo frío y ostentoso que mantenía lejos del Señor el corazón de los fieles.

Y Jesús expulsa del templo a los vendedores de todo tipo de animales para los sacrificios que habían convertido el templo en un mercado y en un negocio; por allá andaban los cambistas porque sólo en la moneda del templo de podían hacer las ofrendas, pero que lo había convertido todo en un negocio usurero con los préstamos que allí sea realizaban con fuertes cargas para quienes se vieran en la necesidad de acudir a aquellos usureros. Jesús busca el corazón de los hombres y que no hagamos las cosas solo por la apariencia y llenos de vanidad. Recordamos como un día había valorado el corazón de aquella anciana viuda que dio todo lo que tenia porque su vida era en verdad toda una ofrenda al Señor. Y ahora viene Jesús con este gesto profético.

¿No necesitaremos nosotros cosas así que nos despierten de nuestra atonía? Pero pudiera ser que estuviéramos en tal atonía que ya ni lo más discorde nos llama la atención. Entramos ya en un segundo año de dificultades, de pandemia con todo lo que eso habrá significado en nuestra vida, ¿terminaremos acostumbrándonos? ¿Cómo es que no terminamos de reaccionar? ¿No habremos terminado aún de buscar lo que verdaderamente es importante o todavía seguimos con nuestras vanidades y superficialidades y con nuestras ambiciones queriendo más lo externo que aquello que profundamente cambie nuestra vida?

De dos cosas más nos habla hoy la Palabra del Señor que tendrían que hacernos buscar lo que de verdad es importante en la vida. Y tendríamos que comenzar por aprender a valorar y a respetar a la persona, a toda persona y en eso fundamentáramos todas nuestras relaciones humanas. Cuando solo nos valoramos a nosotros mismos y a nuestras apetencias pronto olvidamos el valor de todo ser humano, pronto faltará el respeto a la dignidad de toda persona porque nos hemos querido convertir en dioses de nosotros mismos y pensamos que todos los demás están como para rendirnos pleitesía; de ahí la tentación a la manipulación de las personas porque en cuanto me sirvan para mis intereses me valen, cuando ya no puedo conseguir ese endiosarme en mis orgullos destruyo cuando encuentro a mi paso y no me importa destruir a los demás.

En la primera lectura hemos escuchado la ley del Señor que a través de Moisés Dios le dio a su pueblo, los mandamientos. Muchas veces lo hemos visto demasiado a lo negativo como si todo fueran prohibiciones y no hemos aprendido a descubrir que lo que buscan los mandamientos es el bien del hombre, el bien de la persona. Comenzamos reconociendo que no hay sino un solo a Dios y al único que tenemos que adorar; no podemos convertirnos nosotros en dioses de nosotros mismos ni en dioses de los demás. Pero tras eso lo que nos viene a decir que tenemos que respetar y valorar a toda persona, que no puede haber manipulación de ningún tipo por nuestra parte porque nadie es esclavo de nadie, ni en consecuencia puedo hacerles daño alguno. Y es que en Jesús encontramos la plenitud de ese mandamiento del Señor, que nos manda amar al prójimo, porque todo hombre es nuestro hermano, porque todo ser es también hijo de Dios.

Y el otro aspecto que hoy nos propone la Palabra de Dios es de lo que nos habla san Pablo en la segunda lectura, la teología de la cruz que es nuestra verdadera sabiduría y nuestro verdadero poder. Nosotros predicamos, dice Pablo, confesamos a Cristo crucificado, lo que puede parecer una locura y una tontería para judíos y para gentiles pero que para nosotros es la verdadera sabiduría. Porque en la cruz de Jesús descubrimos toda la grandeza del amor.

Es el signo de la entrega y del amor y para nosotros es el signo de la victoria, porque de la cruz de Jesús nos viene la salvación. Quien mira así a la cruz de Cristo, ¿cómo puede crucificar al hermano? ¿Cómo podemos permitir el sufrimiento? ¿Cómo no viviremos nosotros en una entrega semejante para ayudar a liberar a toda persona de todo mal? ¿Cómo podemos convertirla en un adorno y no sea en verdad el signo de nuestra entrega y amor?

 

sábado, 6 de marzo de 2021

Aprendamos a saborear lo que es la misericordia, porque no nos creamos tan justos que pensemos que no la necesitamos y es la llave que abre nuestro corazón a los demás

 


Aprendamos a saborear lo que es la misericordia, porque no nos creamos tan justos que pensemos que no la necesitamos y es la llave que abre nuestro corazón a los demás

Miqueas 7, 14-15. 18-20; Sal 102; Lucas 15, 1-3. 11-32

‘Se acercaron a Jesús todos los publicanos y pecadores a escucharlo… y los fariseos y los escribas lo criticaban: Ese acoge a los pecadores y come con ellos’. Esto da pie para que Jesús nos proponga la hermosa parábola de la misericordia.

¿Quién necesitaba aprender a saborear lo que era la misericordia? ¿Lo habremos saboreado nosotros también o acaso nos tenemos por tan justos que nos decimos que no lo necesitamos?

Cumplidores no significa siempre lo mismo que justos; podemos convertir lo de cumplidores en una pantalla que oculte muchas cosas que llevamos en el corazón pero no querríamos que aparecieran en público, que lo supieran los demás. Porque con lo de cumplidor ocultamos con apariencias otras actitudes profundas que hay dentro de nosotros y que no queremos dejar relucir, pero ahí están.

Porque están nuestros juicios y consideraciones, por no decir condenaciones, que nos hacemos de los demás. Sí, como los fariseos que estaban juzgando a Jesús queriendo meterlo todo en el mismo saco como hacemos tantas veces cuanto queremos desprestigiar a los demás. Cómo tan fácilmente marcamos con un ‘sambenito’ a quien un día cometió un error y ya lo tenemos marcado de por vida, no somos capaces de admitir que esa persona pudo tener un momento de debilidad pero puede levantarse de su debilidad y ahora no volver a tropezar en la misma piedra. Sabemos que  el ‘sambenito’ era algo así como un sombrero o un cartel que habían de llevar de por vida quienes fueran condenados por ciertos delitos, porque para ellos parece que no hubiera perdón.

Seguimos marcando, en lugar de tender la mano para levantar, para ayudar a corregir, tender la mano para animar a la persona a que busque ayudas o recursos para rehacer su vida, lo que hacemos con nuestro desprecio hundir más en la miseria. Y esto es algo que sigue sucediendo y hasta en ámbitos que llamaríamos cristianos pero donde se tienen unas actitudes y posturas tan distintas a las del evangelio. Aislamos, separamos, alejamos de nosotros, no queremos mezclarnos, como hizo el hijo mayor de la parábola que no quiso mezclarse con su hermano, ni siquiera lo llamaba hermano,  no fue capaz de acercarse para darle un abrazo lleno de alegría por su vuelta a la casa paterna.

La primera parte de la parábola, es cierto, nos habla de la miseria del hijo menor, que reclamó al padre la parte de su herencia, no quiso vivir en la casa del padre y se marchó a lugares lejanos donde vivió de una manera disoluta envuelto en las miserias del pecado. Pero fue capaz de entrar en sí mismo, recapacitar y ser capaz de volver a la casa del padre, aunque aún le quedaban muchos miedos en su interior. ‘trátame como a uno de tus jornaleros’, intentaba decirle al padre porque no se consideraba digno de ser aceptado y acogido.

Pero si manifiesta la miseria del pecado – y siempre nos hemos detenido mucho en ello a la hora de comentar esta parábola – manifiesta también lo que es la misericordia de Dios expresada en la actitud del padre que le acoge, le trata como a un hijo que siempre fue a pesar de sus infidelidades, y preparó un banquete para la vuelta del hijo pródigo.

Pero el hijo mayor no entendía de estas cosas, no sabía saborear en su corazón lo que es el amor y la misericordia, porque estaba lleno de resentimientos, de cosas guardadas de mala manera en su corazón que ahora incluso le echa en cara al padre. Cumplidor, sí, pero con el corazón endurecido; cumplidor, sí, pero ignorante de lo que es la misericordia y la compasión; cumplidor, sí, pero incapaz de tener amor en sus entrañas.

Siempre decimos nos parecemos al hijo menor, por tantas veces que nos hemos marchado de la casa del padre, pero aun permaneciendo en la casa del padre, aunque solo fuera de una forma aparente, quizás qué lejos hemos estado de ese amor del padre, de esa misericordia divina, de ese sentirnos en verdad hermanos de todos aunque también tengan tantas debilidades como las que nosotros tenemos, si acaso nosotros no tenemos más.


Aprendamos a saborear lo que es la misericordia, porque no nos creamos tan justos que pensemos que no la necesitamos. Saborear la misericordia abre nuestro corazón a Dios, pero es la llave que abre también nuestro corazón a los demás para sentirnos en verdad todos hermanos.

viernes, 5 de marzo de 2021

La historia, maestra de la vida, con ojos de fe se hace para nosotros historia de salvación donde siempre descubriremos el actuar de Dios por el bien del hombre

 


La historia, maestra de la vida, con ojos de fe se hace para nosotros historia de salvación donde siempre descubriremos el actuar de Dios por el bien del hombre

Génesis 37, 3-4. 12-13a. 17b-28; Sal 104; Mateo 21, 33-43, 45-46

La historia es maestra de la vida. Esos acontecimientos vividos, ya sea en nuestra historia personal, ya sea aprendiendo de lo que ha sucedido en otros tiempos y a otras personas puede ayudarnos a leer esos acontecimientos, encontrar el sentido de lo que hacemos y también, ¿por qué no? de los errores del pasado aprender para no repetirnos en los mismos tropiezos, aunque no siempre lo logramos por ser malos aprendices.

Cuando hacemos una lectura atenta de lo que ha ido sucediendo a través de la historia, aprendemos; es una sabiduría acumulada en el pensamiento de tantos antes que nosotros que supieron buscar un sentido a la vida, que aprendieron desde lo acontecido a sacar pautas para nuestro actuar y hasta en muchas ocasiones aquellos acontecimientos sucedidos en otro tiempo pueden ser como calcos de lo que ahora nos sucede y es donde tenemos que aprender. Es lo que llaman la filosofía de la historia que es también la historia de la filosofía o lo que es lo mismo del pensamiento del ser humano que reflexiona sobre lo que le sucede y deduce principios de vida y pautas para nuestro caminar.

Pero el creyente añade algo más a todo eso que en lo humano podemos descubrir y nos puede ayudar. Para el creyente vista la historia igual que mira la vida con ojos de fe para descubrir la presencia de Dios termina reconociendo que la historia es para nosotros una historia de salvación. Llamamos habitualmente historia de salvación todo lo que la Biblia nos refleja de la historia de aquel pueblo, porque en ese pueblo de manera especial vemos el actuar de Dios que aun dejando al hombre en la entera libertad para su actuar, como don que le ha regalado el Señor, sin embargo Dios se va haciendo presente en esa historia y nos va guiando en ese camino aunque muchas nos lo queremos construir solamente a nuestra manera.

Por eso para nosotros la Biblia se ha convertido en libro sagrado que nos trasmite lo que es la voluntad y el deseo de Dios, la Palabra de Dios. Un camino que ha recorrido la humanidad que muchas veces se ha convertido en camino de contradicciones, pero que es también y así se nos refleja un camino de fidelidad pero también de infidelidades. Pero siempre detrás de todo ese actuar del hombre veremos la presencia y el actuar de Dios, presencia que es siempre presencia de amor, llamada de amor de Dios al hombre para que sepamos descubrir el camino de felicidad que Dios traza para el hombre.

Lo que hoy nos han trasmitido los dos textos sagrados que se nos ofrecen en la liturgia de este día es una imagen de todo esto que venimos reflexionando. La historia de José y sus hermanos, los hijos de Jacob, es un fiel reflejo de nuestra historia tan llena de ambiciones, envidias, rivalidades y traiciones. Lo vemos en esos pocos versículos que hoy hemos escuchado y es fiel reflejo de nuestra vida. Pero además hay algo más y es como Dios a través incluso de esos hechos de maldad y de inhumanidad va guiando los hilos de la historia y eso se va a convertir en momento muy importante en todo lo que seria la historia de la salvación. Todo el camino del éxodo arranca de este momento es que José es vendido y llevado como esclavo a Egipto, camino que será historia en la que Dios se manifestará para ofrecer su salvación a aquel que iba a ser su pueblo.

Pero es que además Jesús con la parábola que nos propone hoy en el evangelio le hace también una lectura de la historia llena de infidelidades y traiciones de aquel que había sido su pueblo y que había cuidado como el agricultor que había plantado su viña y había preparado debidamente su finca. Una viña, una historia, una vida que había confiado Jesús a su pueblo, pero el pueblo no había sabido rendirle sus frutos. Bien entendieron los fariseos y los jefes del pueblo la parábola que les proponía Jesús, porque luego fueron más fuertes sus deseos de quitarlo de en medio.

Pero no miramos solo para detrás para quedarnos en otras historias o cosas sucedidas en otros tiempos; miramos lo que es nuestra propia historia, nuestra propia vida bien reflejada tanto en la parábola como en la historia de José. Es la lección que tenemos que aprender, son los ojos nuevos con que tenemos que mirar, porque vamos a mirar la historia de nuestra vida con la mirada de Dios, con los ojos de Dios. A través de ese filtro si veremos todos los matices de nuestra historia pero sobre todo tenemos que descubrir todo lo que es el amor que Dios nos tiene que a pesar de nuestras infidelidades nos sigue llamando y sigue queriendo contar con nosotros.

Leyendo la historia para tener la lección bien aprendida pone una nueva página en blanco en nuestras manos para que escribamos el ahora de nuestra historia, el ahora de nuestra vida siempre con la esperanza de un día llegar a la meta con una hermosa nueva historia de salvación, para alcanzar la salvación definitiva y final que Dios nos ofrece.

jueves, 4 de marzo de 2021

La Buena Noticia de la Palabra, verdadero vademécum en el camino de la vida, báculo de nuestra esperanza,


 

La Buena Noticia de la Palabra, verdadero vademécum en el camino de la vida, báculo de nuestra esperanza, viático que nos acompaña y nos alimenta, luz y fuerza para nuestro vivir

Jeremías 17, 5-10; Sal 1; Lucas 16, 19-31

Nadie ha venido de allá que nos cuente cómo son las cosas por allá arriba, o qué es lo que hay después que nos muramos. No creemos, no queremos querer, queremos que venga alguien que nos cuente, no nos creemos que pueda venir alguien, en el fondo estamos deseosos de apariciones y cosas fantasmagóricas y extraordinarias… pero ¿creemos o no creemos? Recuerdo desde siempre, desde chico escuchar argumentos así, que al final ni son argumentos ni son nada cuando la gente decía que no había otra vida nada en lo que creer del más allá o los que simplemente decían que en algo había que creer aunque ellos quizás no entendieran nada.

Bueno argumentos así seguimos encontrando; superficialidades para tratar estos asuntos son demasiadas las que vemos, pero dudas en nuestro interior siguen existiendo y sobre todo nos sentimos convulsos cuando vemos la incongruencia de tantos que dice creer pero luego en sus vida no tienen nada de trascendencia, o nos sentimos con tantos interrogantes en nuestro interior que no sabemos cómo contestar.

Claro que lo de la fe no es simplemente que nos hayan razonado muchas cosas y nos hayan dado respuesta a todos nuestros interrogantes interiores; porque en eso de la fe tenemos que confiar, porque de lo contrario no sería fe, y es confiar en la palabra de alguien, es confiar en testimonios que contemplamos que nos revolucionan por dentro, es querer caminar en la búsqueda de esa luz que tanto necesitamos. Si no hay confianza verdadera en una Palabra, una Palabra que es Palabra de vida, podríamos decir que aún no hemos llegado a la fe.

A mí me están surgiendo todos estos planteamientos y muchos más desde este evangelio que hoy se nos proclama y que seguramente hemos escuchado y meditado muchas veces. Porque ya esa primera imagen que se nos ofrece del rico, al que llamamos rico epulón por sus actitudes pero que no tiene nombre, y el pobre, que sí tiene un nombre, Lázaro, y es el que lo pasa mal, es una imagen que nos provoca y nos hace preguntarnos qué resto de humanidad queda cuando hay gentes así. Humanidad, decimos, ¿y qué es de tamaña injusticia?

No es necesario que entremos en todos los detalles, aunque nos darían para analizar muchas cosas. Nos habla de la muerte de ambos y de su situación más allá de la muerte, mientras Lázaro está en el seno de Abrahán, el rico epulón está sepultado en lo hondo de los abismos. Un cambio de tornas, el que sufría ahora disfruta de la paz del seno de Abrahán, mientras que el que lo pasó bien y de qué manera ahora se ve condenado al abismo de los infiernos.

Y comienzan los diálogos y las súplicas, comienza la desesperanza pero también los buenos deseos que se conviertan en buenos propósitos para los que quedan en este mundo. Ni encuentra una gota de agua que suavice la sequedad de su lengua y de su garganta en el lugar del suplicio y de la muerte, ni va a encontrar quien vaya a avisar a sus hermanos para que cambien su vida y no vengan a este lugar de tormento. ‘¡Manda a Lázaro a casa de mis hermanos…!’


‘Ni aunque resucite un muerto, van a creer… tienen a Moisés y los profetas’,
es la respuesta de Abrahán a su petición. La Ley y los Profetas que era la imagen con que se expresaba en el Antiguo Testamento la Palabra de Dios, que tendrá su culminación en Jesús, verdadera Palabra de vida y de salvación, verdadera Palabra de Dios que plantó su tienda entre nosotros.

¿No nos ha venido nadie que nos hable de la vida eterna? ¿Y para qué queremos la Palabra de Jesús, para qué queremos a Jesús mismo verdadera Palabra de Dios que puso su tienda entre nosotros? Es la Buena Noticia que tenemos que escuchar, que tenemos que acoger en nuestro corazón, que abre nuestra vida a la trascendencia y nos viene a dar el verdadero sentido de toda nuestra existencia. Es el verdadero vademécum que acompaña nuestra vida, es el báculo de nuestra esperanza en nuestro peregrinar, es el viático que nos acompaña y nos alimenta, luz y fuerza para nuestro caminar.

 

miércoles, 3 de marzo de 2021

Nos cuesta entender el camino del Reino que ha de pasar siempre por el camino del servicio, de la humildad, del amor, del perdón como Jesús en la cruz

 


Nos cuesta entender el camino del Reino que ha de pasar siempre por el camino del servicio, de la humildad, del amor, del perdón como Jesús en la cruz

Jeremías 18, 18-20; Sal 30; Mateo 20, 17-28

Con lo que yo había hecho por esas personas… es el pensamiento, la queja llena de dolor y que al mismo tiempo se hace oración cuando sentimos la ingratitud de las personas, cuando nos vemos maltratados, criticados, vilipendiados si todas nuestras intenciones eran buenas, lo que queríamos era hacer el bien, incluso a esas personas que ahora nos critican y maltratan tanto bien quisimos hacerle. Pero son las tornas que tantas veces se vuelven en contra en la vida, que nos produce mucho dolor, que hasta sentimos una rabia interior casi con ganas de tirarlo todo por la borda y no volver actuar así, porque hasta nos sentimos como tontos y el hazmerreír de las gentes. Experiencias duras y llenas de amarguras a las que a veces tenemos que enfrentarnos.

Es lo que nos expresa hoy el profeta Jeremías cuando se ve rodeado de aquellas gentes a las que había querido servir desde la Palabra del Señor anunciada y además en los momentos tan difíciles por los que pasaba el pueblo. ‘¿Se paga el bien con el mal?, ¡pues me han cavado una fosa! Recuerda que estuve ante ti, pidiendo clemencia por ellos, para apartar tu cólera’.

Este texto del profeta y que refleja situaciones semejantes por las que habremos pasado en alguna ocasión nos sirve además de paralelo al texto del evangelio que hoy se nos propone. Van subiendo a Jerusalén y Jesús les anuncia todo lo que allí va a suceder. Es un anuncio repetido con pocos versículos por medio en aquel camino. Allí va a ser entregado Jesús en manos de los gentiles y le darán muerte. Por medio ha estado también el episodio de la transfiguración en el monte para fortalecer la fe de los discípulos. Pero a los discípulos les cuesta entender.

En otro momento sería Pedro el que trataría de quitarle esas ideas de la cabeza de Jesús. ‘Eso no te puede pasar’, le dirá de manera que Jesús lo aparta de su lado porque le dice que lo está tentando como el diablo. Pero ahora serán otros dos de los discípulos los que vendrán con sus sueños porque no han terminado de entender las palabras de Jesús. En este caso se valen de la madre, que intercede por ellos. ‘Que estos dos hijos míos estén uno a tu derecha y otro a tu izquierda en tu Reino’. La ambición por los primeros puestos que tantas veces ha aflorado.

‘¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber?’ es el interrogatorio de Jesús, y que bien podrían comprender porque Jesús les ha hablado hace unos instantes de su pasión y de su muerte. Muy lanzados dirán que sí, creo que sin pensarlo demasiado de manera que Jesús les dice que beberán el cáliz, pero los primeros puestos los tiene reservado el Padre del cielo.

Tampoco lo entenderán por lo que Jesús insistirá que entre ellos no puede suceder como entre los poderosos de este mundo, que andarán dándose de codazos por colocarse en los primeros puestos. Jesús les dirá que los primeros puestos son para los que se hacen los últimos – es para quienes los tiene reservado el Padre del cielo como tantas veces Jesús ha repetido en el evangelio -  y que hay que hacerse el último y el servidor de todos. Aunque eso no sea comprendido, aunque eso parezca un bajarse de nivel, aunque eso tenga la resonancia de aquello que le paso a Jeremías que se dio por los demás e incluso intercedió por ellos y ahora por esos mismos se ve vilipendiado y perseguido.

Aquello que decíamos al principio que nos costaba tanto aceptar y nos dolía con rabia por dentro, pero es que en el camino de Jesús estamos para servir y para hacer el bien, aunque no seamos correspondidos, aunque se nos pongan en contra, aunque tengamos que sufrir mucho dentro de nosotros.

Es el camino del amor que será el que nos dará la verdadera felicidad, el que en verdad nos hará grandes, por donde tenemos que caminar para ser los primeros, pero no en excelencias sino en las posturas del servicio, de la humildad, de la entrega generosa, del olvidarnos de nosotros mismos. En silencio, sin grandes alardes, amando siempre sin medida, abriendo el corazón al amor, siendo capaces de interceder también por aquellos que nos injurian, que Jesús en la cruz dijo ‘Padre, perdónales porque no saben lo que hacen’.

 

martes, 2 de marzo de 2021

Seamos capaces de presentar a Cristo con el testimonio de nuestra vida y descubrir al Cristo roto en los hermanos que sufren

 


Seamos capaces de presentar a Cristo con el testimonio de nuestra vida y descubrir al Cristo roto en los hermanos que sufren

Isaías 1, 10. 16-20; Sal 49; Mateo 23, 1-12

El mejor predicador es el ejemplo. No tenemos dudas de ello. Por eso quien nos convence de verdad es Jesús. Pero es la alerta que hoy Jesús nos sigue haciendo. No se trata solo de lo que Jesús echa en cara a los maestros de la ley de su tiempo, sino de la Palabra de Jesús que llega a nosotros  hoy. No nos podemos quedar en apariencias ni vanidades.

En el evangelio se nos dice que en ocasiones querían poner a prueba a Jesús y por allá iban en ocasiones maestros de la ley, en otros momentos eran directamente los fariseos o los fariseos los que se enfrentaban a Jesús con preguntas capciosas, o se valían de los partidarios de Herodes o de cualquiera que se atreviera a enfrentarse a Jesús para poner en duda su autoridad. Mira por donde en algunas ocasiones parecen preguntas de examen, a ver si Jesús decía algo contrario a lo que enseñaba la ley como aquello de preguntar cuál es el primer mandamiento de la ley. De Jesús no se sabía que hubiera estudiado en alguna escuela rabínica de las que había en Jerusalén, y esa era la pregunta que se hacían sus convecinos de Nazaret preguntándose de donde sacaba toda aquella doctrina que enseñaba si lo vieron siempre allí en su pueblo de Nazaret.

Jesús por otra parte no se mostraba como los maestros de la ley de entonces o los principales dirigentes en sus distintas opciones de fariseos, saduceos, herodianos y otros grupos. No buscaba primeros puestos, no buscaba asientos de honor en las sinagogas, no hacía las cosas a bombo y platillo para que todos se enteraran y reconociesen su influencia y su poder. Cuántas veces le vemos en el evangelio tras realizar alguno de los milagros que hacía recomendarles que aquello no lo dijeran a nadie, aunque su fama se extendía y todos los reconocían viniendo de todas partes para buscar algún tipo de salvación o salud.

Pero decíamos antes que cuando hoy nosotros escuchamos el evangelio es para descubrir cómo es luz para nuestra vida hoy. Si en aquella época buscaban lugares de honor o de influencia en la sociedad, cuidado hoy no andemos nosotros también buscando alguna de esas cosas. Y ya tenemos que recordar una y otra vez que Jesús no quiere vanidades en nuestra vida ni son esos reconocimientos los que tenemos que buscar. Nuestra influencia en la sociedad como cristianos es tratar de llevar esos valores que aprendemos del evangelio y de ello contagiar a nuestro mundo para que se abra al reino de Dios. Pero acaso algunas veces ¿no estaremos más pendientes de títulos, de lugares de importancia o de influencia que del testimonio que tendríamos que dar de la Palabra hecha vida en nosotros?


Os cuento algo; hace unos días llegó a mis manos un video con un mensaje muy hermoso en el que un sacerdote se había encontrado con una imagen de un Cristo roto y era lo que él quería presentar en esta cuaresma, en estas circunstancias en que vivimos en que en nuestro entorno podemos encontrarnos muchos cristos rotos en las personas rotas por tantos sufrimientos. Presentaba con mucha sencillez ese mensaje y yo quise compartirlo con mucha gente a través de las redes sociales, pues me parecía que era un mensaje que nos ayudaba a pensar.

Muchos me lo agradecieron y alabaron el mensaje, pero hubo un comentario que me llamó la atención; una persona que enseguida me dijo que conocía al sacerdote del mensaje, que era un hombre muy preparado con no sé cuantos títulos en teología y me dio la impresión que el mensaje para esa persona se quedó diluido en los grados universitarios y en la importancia de ser una persona conocida para él. Me pregunto ¿si no tuviera esos títulos su mensaje no tendría valor ni sería una enseñanza para nuestra vida?

No quiero entrar en juicio de nadie ni contra nadie, pero me ha parecido bien compartirlo desde lo que venimos reflexionando porque ¿qué era más importante? ¿el mensaje en sí que nos hacía descubrir a esos cristos rotos con que nos podemos ir tropezando en los caminos de la vida o la importancia del que nos trasmitía el mensaje por toda la instrucción teológica que llevase en su vida? ¿En qué de verdad tenemos que apoyarnos para alimentar nuestra fe, para buscar esos caminos que nos lleven a dar frutos, a la transmisión del mensaje de Jesús que tiene que ser una tarea nuestra de cada día?

lunes, 1 de marzo de 2021

Cuando somos misericordiosos como Dios, nuestro Padre, experimentado en nuestra propia vida, comenzaremos a mirar con mirada nueva y distinta a los demás

 


Cuando somos misericordiosos como Dios, nuestro Padre, experimentado en nuestra propia vida, comenzaremos a mirar con mirada nueva y distinta a los demás

Daniel 9, 4b-10; Sal 78; Lucas 6, 36-38

Hay quien vive una vida dura, reseca y amarga como raíces secas que no han sabido encontrar la humedad que les hubiera llenado de vida, una vida sin amor y sin haber sabido sentir el amor en sí y entonces su vida se vuelve áspera para los demás. ¿Puede haber alguien que haya vivido una vida así, sin amor, sin haber experimentado el amor en su vida? Desgraciadamente podemos insensibilizarnos para el amor y aunque estuviera, por así decirlo, al alcance de la mano nunca supo experimentar en sus vidas esa experiencia de amor y de misericordia. Por manera de ser, por el trato que habitualmente han recibido en su vida se endurecieron con las costras en su alma del orgullo, la insensibilidad y de la dureza del corazón que ahora tampoco sabrán expresar ningún tipo de ternura con los demás. Dura tiene que ser una vida así.

Tenemos que saber romper esas costras en las que envolvemos nuestra alma, abrirnos a la ternura que nos haría más humanos y dejarnos querer.  A pesar de la maldad con que tanta veces envolvemos nuestro corazón hemos de saber atisbar allí donde se manifiesta la ternura y la compasión, allí donde podemos alcanzar misericordia para dejarnos envolver por ese amor compasivo.

Cuando nos dejamos querer y experimentamos la misericordia en nosotros aprenderemos a querer a los demás y seremos capaces de obrar también con compasión y misericordia con los demás. La misericordia que recibimos en nuestro corazón se convierte en colirio para nuestros ojos para mirar con una mirada distinta y es que quien ha experimentado la misericordia de Dios en su vida estamos aprendiendo a mirar con los ojos misericordiosos de Dios a los demás.

Claro que todo esto significa un proceso muy grande que hay que realizar en nosotros partiendo de nuestra conciencia de pecadores; no podemos parapetarnos nunca tras el muro de nuestro orgullo de creernos siempre los justos y los santos; lo que le pasaba a aquellos fariseos del evangelio que podríamos decir que fueron los más que oyeron hablar a Jesús del amor y de la misericordia, pero se mostraban siempre implacables con los demás porque se habían parapetado en sus pedestales en los que se creían para siempre justos y santos. No se consideraban pecadores, no saboreaban en su vida lo que era la experiencia de la misericordia del Señor, y su mirada estaría siempre enturbiada por ese amor propio que no les dejaba mirar con la mirada compasiva de Dios.

Es todo el proceso que hoy descubrimos en la Palabra de Dios. En la lectura del profeta escuchamos una oración humilde de quien se sabe pecador, y aunque se considera indigno por su pecado – ‘nos abruma la vergüenza’, dice el profeta – sabe confesar sin embargo lo que es la ternura y la misericordia de Dios. ‘Pero, mi Señor, nuestro Dios, es compasivo y perdona, aunque nos hemos rebelado contra él’. Ahí está la experiencia del Dios que es compasivo y perdona que nos lleve a obrar nosotros también de la misma manera, a tener la misma mirada de compasión y misericordia para con los demás.

Es lo que nos señalan las palabras de Jesús en el evangelio. ‘Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, pues con la medida con que midiereis se os medirá a vosotros’.

Merece la pena recordar textualmente en su integridad las palabras de Jesús. Cuando somos misericordiosos como Dios, nuestro Padre que es compasivo, porque lo hemos experimentado en nuestra propia vida, comenzaremos a mirar con mirada nueva y distinta a los demás, ni juzgaremos, ni condenaremos, sino siempre dispuestos al perdón, a darnos con toda generosidad.

domingo, 28 de febrero de 2021

La experiencia de subir a la montaña del Tabor en la transfiguración nos ayudará a la subida pascual al calvario y a la cruz con Jesús para su Pascua

 


La experiencia de subir a la montaña del Tabor en la transfiguración nos ayudará a la subida pascual al calvario y a la cruz con Jesús para su Pascua

Génesis 22, 1-2. 9-13. 15-18; Sal 115; Romanos 8, 31b-34; Marcos 9, 2-10

Todos necesitamos alguna vez en la vida tener la experiencia de subir a una montaña. Alguien podría decirme que en nuestra tierra lo tenemos fácil, pero también te podría decir que sin embargo no todos tenemos la experiencia de lo que es en verdad una subida a una montaña. Sé que en nuestra isla somos muy fáciles para subir al Teide, bueno, o al menos a Las Cañadas y es algo que la mayoría quizá con bastante frecuencia habrá hecho, pero os digo que eso no siempre significa lo que quiero expresar con subir a una montaña.

Es el esfuerzo de la subida que por supuesto no tenemos cómodamente sentados en un coche, pero es el disfrutar de la contemplación que nos ofrece la misma subida del entorno por el caminamos o de lo que dejamos allá abajo en la llanura, a la que sabemos que vamos a volver; pero es la contemplación que en la misma altura podemos experimentar si somos capaces de observar bien nuestro entorno, pero también de aquellos que nos acompañan; es la conversación que surge que no es tan intrascendente como pueda parecer si vamos con una mirada atenta; será lo que desde la altura descubrimos, porque habrá una nueva mirada, una nueva perspectiva que nos podrá ayudar a colocar cada cosa en su sitio; igual que contemplamos desde la altura el paisaje que ha quedado abajo y sabremos situar cada lugar, cada sendero que hayamos recorrido, cada distancia que nos separa unos sitios de otros, así comenzaremos a mirar la vida de una forma distinta y comenzaremos también a colocar cada cosa en su lugar.

Es como una reconversión interior para tener una nueva mirada, una nueva contemplación pero también una perspectiva distinta que nos hará actuar luego de manera diferente. No siempre logramos todo esto en una subida a una montaña porque nos podemos quedar en lo superficial, por eso decía que no todos los que hayan ido a una montaña han subido a la montaña.

A alguien pudiera parecerle innecesaria toda esta descripción en la que me he entretenido, pero creo que nos puede ayudar a entender las subidas a la montaña de las que nos habla hoy la palabra de Dios. Fue la subida al Horeb de Abraham con su hijo Isaac para el sacrificio, y fue luego la subida al monte que llamamos del Tabor de Jesús con aquellos tres discípulos, como será la subida que vamos haciendo hasta el calvario en este camino de Cuaresma.

Podemos hablar del esfuerzo y del sacrificio - ¿qué es lo que iba sucediendo en el corazón de Abrahán mientras subía al monte Moria sabiendo cual era la meta de aquella subida? –, como quienes conocen el Monte Tabor saben de la dificultad para su subida por las fuertes pendientes para llegar a la altura de la montaña que sobresale luego con una visión distinta de las llanuras de Galilea. No digamos el camino de subida al calvario, aunque lo dejamos para otro momento. Toda esa transformación y cambio de perspectiva se iba haciendo en aquellas subidas, que llevarán por una parte a Abraham al verdadero sentido de la fe y del sacrificio, y a los tres discípulos que acompañaban a Jesús de una nueva visión de Jesús al que contemplaron allí transfigurado con la gloria del Señor.

Aunque a los discípulos les costó un camino largo aprender la lección porque siguieron sus dudas en su corazón, porque había cosas que no terminaban de entender, porque incluso hubieran preferido quedarse solo en la contemplación de la montaña y ya estaban maquinando la manera de construir unas tiendas para vivir, la bajada de la montaña fue ya con una visión distinta que les fortalecería para seguir el camino de Jesús aunque aún seguiría siendo ambiguo para ellos.

Si no contemplaron el cielo estrellado como del que nosotros en la alta montaña habremos disfrutado en alguna ocasión, sí se encontraron con resplandores de luz al contemplar la gloria de Dios que se manifestaba en Jesús. Pero la luz les llegaba sobre todo de lo alto en las palabras del Padre que señalaba a Jesús como el Hijo amado de Dios a quien habían de escuchar y en consecuencia seguir. Era la perspectiva nueva que habían de tener de la obra y de las palabras de Jesús, era el sentido nuevo que la vida de Jesús tendría para ellos que les ayudaría a pasar luego por el camino de la pascua.

Nosotros hoy en este segundo domingo de Cuaresma nos sentimos invitados también a subir a lo alto de la montaña. La contemplación de todo este misterio de la gloria de Dios que se nos manifiesta hoy en la transfiguración nos está animando a emprender el camino de la pascua con decisión siguiendo los pasos de este camino de Cuaresma.

Esa ascensión la iremos haciendo semana tras semana, domingo tras domingo hasta que lleguemos a la celebración del triduo pascual, donde también tendremos que subir con Jesús a la montaña del calvario. Es subida que también tenemos que hacer cada uno llevando nuestra cruz pero sintiendo todos que nuestro Cireneo es Jesús cuando se nos haga pesada esa cruz, cuando tengamos que ceñirnos esa cruz para que podamos vivir la pascua.

Cada momento, casa paso que vayamos dando tendrá su experiencia y su significado. Pero delante de nosotros está el resplandor de la transfiguración que hoy contemplamos y eso será el impulso para seguir adelante, para abrir los ojos, para templar nuestro corazón, para aprender a tener esa mirada nueva que de la vida tengamos cuando con Jesús la veamos desde lo alto del calvario, desde lo alto de la cruz. Es que tiene que ser algo nuevo lo que nazca en nosotros, lo podremos cantar con brío y alegría cuando culminemos el paso de la Pascua en la alegría de la resurrección.

 

sábado, 27 de febrero de 2021

El amor cristiano no es para los mediocres, pero tampoco hace falta hacernos los héroes, simplemente sintámonos hijos amados de Dios y correspondamos con un amor igual

 


El amor cristiano no es para los mediocres, pero tampoco hace falta hacernos los héroes, simplemente sintámonos hijos amados de Dios y correspondamos con un amor igual

Deuteronomio 26, 16-19; Sal 118;  Mateo 5, 43-48

Bueno,  no nos pongamos así, exigentes, que la cosa no es para tanto, yo hago lo que puedo; bueno, yo no soy tan mala persona, soy amigo de mis amigos. Y así nos ponemos a jugar a las rebajas porque, decimos, una cosa son los ideales, y otra es la realidad con que nos tropezamos cada día, porque hay cada uno.

Y esto no lo dice uno que vive alejado de todo sentimiento religioso, uno de tantos que nos podemos encontrar por ahí, sino que muchas veces esto lo oímos en el seno de la propia comunidad cristiana, entre los que vamos a misa el domingo, los que nos llamamos cristianos y hasta quizás nos hemos apuntando a alguna asociación religiosa o alguna cofradía. Así andamos los cristianos con nuestras mediocridades, así andamos sin metas ni ideales, así vamos poco menos que arrastrándonos haciendo, como solemos decir, lo que podemos pero no me exijan más.

Y hoy directamente nos pregunta Jesús ¿Qué estás haciendo de especial cuando dices que te llamas cristiano? Si amas solamente a los que te aman, ayudas a los que te ayudan y de ahí no pasas, eso lo hacen también los que no son cristianos, los gentiles, en una honradez y rectitud de quienes comparten un mismo mundo. En algo tendremos que diferenciarnos. ‘Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludáis solo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles?’

Con esa mediocridad andamos por la vida. En tantos aspectos, en todo lo que pueda significar superación o espíritu de sacrificio para alcanzar mejores objetivos, más altas metas. Es la mediocridad de nuestro amor con el que no convencemos a nadie. Porque no somos más cristianos porque llevemos una medalla al cuello, sino cuando con nuestra vida estamos reflejando el amor de Dios en el amor que nosotros tenemos a los demás.  ‘Para que seáis hijos de vuestro Padre celestial’, nos viene a decir.

La meta que nos propone Jesús es que lleguemos a amar a los enemigos, a los que nos hacen mal. Es la sublimidad del amor cristiano; bien distinto de aquello que tan fácilmente decimos de que somos amigos de mis amigos. Ser amigo del que ya es amigo mío no tiene nada de especial, es simplemente corresponder. Y es que en el camino del amor cristiano siempre tenemos que ir por delante, ser capaces de tomar la iniciativa, no estamos esperando a que nos amen para nosotros amar.

Por eso hoy nos dice claramente Jesús contraponiéndolo a lo que parece que seria lo normal o lo  habitual: ‘Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos’.

Amar que significa llegar a rezar por aquellos que nos hacen mal. No es fácil, pero si quieres comenzar a tener un amor en el estilo de Jesús comienza por ahí, aunque te repugne comienza por rezar por aquel que te haya injuriado, por aquel que te ha hecho mal, por aquel que dice mal de ti, por aquel a quien cualquiera consideraría un enemigo; para nosotros no es un enemigo, para nosotros es un hermano al que tengo que amar y comienzo por rezar por él; cuando seas capaz de hacerlo, estarás amándolo ya casi sin darte cuenta. Hacedlo que al final no es tan difícil, porque lo que por otra parte comenzarás a sentir en tu corazón bien merece la pena.

El amor cristiano, es cierto, no es para los mediocres, pero tampoco hace falta hacernos los héroes; simplemente sintámonos hijos amados de Dios y comencemos a mirar con los ojos de Dios, como en otro momento hemos reflexionado, y a amar con el amor de Dios.

viernes, 26 de febrero de 2021

Seamos capaces de tener la mirada de Dios hacia los demás y comenzaremos a tratarnos con dignidad y nuestra vida se llenará de amor y de paz

 


Seamos capaces de tener la mirada de Dios hacia los demás y comenzaremos a tratarnos con dignidad y nuestra vida se llenará de amor y de paz

Ezequiel 18, 21-28; Sal 129; Mateo 5, 20-26

La medida de la grandeza del hombre, de la grandeza de la persona es el amor. Podemos tener la tentación de que al pensar en grandezas busquemos riquezas o busquemos poder, busquemos reconocimientos o busquemos honores. Pero el amor nos hace grandes porque nos hace humildes, el amor nos hace grandes porque no nos buscamos a nosotros mismos sino que buscamos siempre el bien de los demás, el amor nos hace grandes porque nos hace tener la mirada que en verdad dignifica a la persona, nos dignifica a nosotros pero dignifica a los demás.

Hoy leía algo sobre un poeta que en sus bellas palabras nos venía a decir que el amor nos hace mirar al otro con la mirada de la divinidad. Es una mirada distinta cuando miramos con amor, como decíamos, no solo nos dignifica a nosotros sino que nos hace tratar con dignidad a los demás. Y esa es la maravilla del amor cristiano, en el que queremos copiar en nosotros lo que es el amor de Dios. Bueno, ya nos enseñará Jesús que tenemos que amar al prójimo como El nos ha amado.

Amar no es solo decirlo de palabras; el amor es algo que tenemos que construir día a día; el amor se va manifestando en pequeñas cosas, en pequeños detalles gestos que tenemos con los demás, en ese buen trato, en ese trato digno que con ellos tenemos. Por eso el amor verdadero evita todo tipo de violencia. Aunque el conjunto de los diez mandamientos nos expresa y manifiesta cómo ha de ser ese amor hecho también respeto por los otros, fijémonos que muchas veces cuando hablamos del amor un poco parece que lo redujéramos al quinto mandamiento, el ‘no matarás’, aunque luego nos lo tomemos demasiado literalmente y como no llegamos al hecho de quitar la vida a alguien ya nos quedamos tranquilos y satisfechos como si ya lo tuviéramos todo hecho.

Con una somera reflexión, aunque tenemos que intentar hacerla siempre lo más profunda que podamos, sin embargo nos damos cuenta como en ese no matar está englobado todo lo que pueda significar hacer daño al otro; y hacemos daño no solo porque le arranquemos la vida, sino que le podemos hacer daño con nuestras palabras, con nuestras actitudes, con nuestros gestos de desprecio o no valoración, con la poca sinceridad que nos mostremos en nuestras mutuas relaciones. Mira su dignidad y respétasela  y no le harás daño, es más te darás por él, buscarás el hacerle el bien, tratarás de hacer que la relación mutua sea agradable y amistosa, procurarás siempre su felicidad.

Es lo que nos enseña hoy Jesús en el evangelio; es lo que pide para nuestras mutuas relaciones; es la búsqueda del encuentro en todo momento para acogernos mutuamente; es el saber comprender que quizá en nuestra debilidad en un momento dijimos, hicimos o tuvimos algún mal gesto que nos pudiera distanciar y por eso hemos de saber buscar el reencuentro, tomando siempre nosotros la iniciativa de la reconciliación. Y en la búsqueda de la reconciliación hemos de saber tener la grandeza de la humildad para reconocer nuestro error y nuestra debilidad y saber pedir perdón, que bien sabemos cuanto nos cuesta.

Aunque muchas veces tratemos de disimularlo y en nuestro orgullo no somos capaces de agachar la cabeza cuando se ha producido un distanciamiento con el otro, sin embargo cuánto nos duele por dentro. Aunque la gente parece que se haya acostumbrado en ocasiones a vivir en esos distanciamientos. Qué lástima cuando entre hermanos o entre familiares andamos divididos y enfrentados hasta el punto de muchas veces negarse el saludo. Qué triste cuando vemos vecinos que por un mal momento que se tuvo en tiempos pretéritos, tan lejanos que ya ni saben ni recuerdan cuando comenzó esa situación, aún se mantienen las distancias, los resentimientos y rencores, el no hablarse aunque se viva pared con pared y todos los días nos los estemos encontrando casi a la puerta de la casa. Son situaciones dolorosas, pero de las que no se sabe salir.

Que seamos capaces de tener la mirada de Dios hacia los demás y comenzaremos a tratarnos con dignidad y nuestra vida se llenará de amor y de paz. ¡Cuánta falta nos hace!