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sábado, 6 de marzo de 2021

Aprendamos a saborear lo que es la misericordia, porque no nos creamos tan justos que pensemos que no la necesitamos y es la llave que abre nuestro corazón a los demás

 


Aprendamos a saborear lo que es la misericordia, porque no nos creamos tan justos que pensemos que no la necesitamos y es la llave que abre nuestro corazón a los demás

Miqueas 7, 14-15. 18-20; Sal 102; Lucas 15, 1-3. 11-32

‘Se acercaron a Jesús todos los publicanos y pecadores a escucharlo… y los fariseos y los escribas lo criticaban: Ese acoge a los pecadores y come con ellos’. Esto da pie para que Jesús nos proponga la hermosa parábola de la misericordia.

¿Quién necesitaba aprender a saborear lo que era la misericordia? ¿Lo habremos saboreado nosotros también o acaso nos tenemos por tan justos que nos decimos que no lo necesitamos?

Cumplidores no significa siempre lo mismo que justos; podemos convertir lo de cumplidores en una pantalla que oculte muchas cosas que llevamos en el corazón pero no querríamos que aparecieran en público, que lo supieran los demás. Porque con lo de cumplidor ocultamos con apariencias otras actitudes profundas que hay dentro de nosotros y que no queremos dejar relucir, pero ahí están.

Porque están nuestros juicios y consideraciones, por no decir condenaciones, que nos hacemos de los demás. Sí, como los fariseos que estaban juzgando a Jesús queriendo meterlo todo en el mismo saco como hacemos tantas veces cuanto queremos desprestigiar a los demás. Cómo tan fácilmente marcamos con un ‘sambenito’ a quien un día cometió un error y ya lo tenemos marcado de por vida, no somos capaces de admitir que esa persona pudo tener un momento de debilidad pero puede levantarse de su debilidad y ahora no volver a tropezar en la misma piedra. Sabemos que  el ‘sambenito’ era algo así como un sombrero o un cartel que habían de llevar de por vida quienes fueran condenados por ciertos delitos, porque para ellos parece que no hubiera perdón.

Seguimos marcando, en lugar de tender la mano para levantar, para ayudar a corregir, tender la mano para animar a la persona a que busque ayudas o recursos para rehacer su vida, lo que hacemos con nuestro desprecio hundir más en la miseria. Y esto es algo que sigue sucediendo y hasta en ámbitos que llamaríamos cristianos pero donde se tienen unas actitudes y posturas tan distintas a las del evangelio. Aislamos, separamos, alejamos de nosotros, no queremos mezclarnos, como hizo el hijo mayor de la parábola que no quiso mezclarse con su hermano, ni siquiera lo llamaba hermano,  no fue capaz de acercarse para darle un abrazo lleno de alegría por su vuelta a la casa paterna.

La primera parte de la parábola, es cierto, nos habla de la miseria del hijo menor, que reclamó al padre la parte de su herencia, no quiso vivir en la casa del padre y se marchó a lugares lejanos donde vivió de una manera disoluta envuelto en las miserias del pecado. Pero fue capaz de entrar en sí mismo, recapacitar y ser capaz de volver a la casa del padre, aunque aún le quedaban muchos miedos en su interior. ‘trátame como a uno de tus jornaleros’, intentaba decirle al padre porque no se consideraba digno de ser aceptado y acogido.

Pero si manifiesta la miseria del pecado – y siempre nos hemos detenido mucho en ello a la hora de comentar esta parábola – manifiesta también lo que es la misericordia de Dios expresada en la actitud del padre que le acoge, le trata como a un hijo que siempre fue a pesar de sus infidelidades, y preparó un banquete para la vuelta del hijo pródigo.

Pero el hijo mayor no entendía de estas cosas, no sabía saborear en su corazón lo que es el amor y la misericordia, porque estaba lleno de resentimientos, de cosas guardadas de mala manera en su corazón que ahora incluso le echa en cara al padre. Cumplidor, sí, pero con el corazón endurecido; cumplidor, sí, pero ignorante de lo que es la misericordia y la compasión; cumplidor, sí, pero incapaz de tener amor en sus entrañas.

Siempre decimos nos parecemos al hijo menor, por tantas veces que nos hemos marchado de la casa del padre, pero aun permaneciendo en la casa del padre, aunque solo fuera de una forma aparente, quizás qué lejos hemos estado de ese amor del padre, de esa misericordia divina, de ese sentirnos en verdad hermanos de todos aunque también tengan tantas debilidades como las que nosotros tenemos, si acaso nosotros no tenemos más.


Aprendamos a saborear lo que es la misericordia, porque no nos creamos tan justos que pensemos que no la necesitamos. Saborear la misericordia abre nuestro corazón a Dios, pero es la llave que abre también nuestro corazón a los demás para sentirnos en verdad todos hermanos.

jueves, 15 de enero de 2009

Humildad, confianza en nuestra suplica para no endurecer el corazón

Hebreos, 3, 7-14

Sal. 94

Mc. 40-42

‘Se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: Si quieres, puedes limpiarme’. Y ¡vaya si quería Jesús! Hermosa suplica. Humildad y confianza podemos ver en el leproso.

Confianza plena porque estaba seguro que Jesús podía curarlo. El lo sabe. Por eso acude a Jesús. Por eso, su atrevimiento. Un leproso no podía estar en medio de la gente. Tenía que vivir alejado de todos. Si alguien se acercaba a él desde lejos tenía que gritarle ¡impuro, impuro! para dar a conocer su condición de leproso. Pero se atreve a llegar hasta Jesús a pesar de todos estos condicionantes.

‘Si quieres, puedes limpiarme’. Es la humildad. Suplica pero no exige, no reclama. Suplica humildemente. ‘Si quieres…’ sé que puedes hacerlo pero de ti depende. Aquí estoy a tus pies. Hermosa la humildad de leproso, pero una humildad llena de confianza.

Tenemos que aprender a acudir con estas actitudes ante el Señor desde nuestra condición pecadora. No vamos a exigir, vamos a pedir con confianza y con humildad. Tenemos que aprender a reconocernos pecadores. Tenemos que aprender de esa confianza. Quizá podríamos pensar que por qué cada vez que comenzamos la celebración de la Eucaristía tenemos que reconocernos pecadores. No sería necesario, piensan algunos, porque ya tantas veces nos hemos arrepentido y hasta quizá en este momento venimos de haber recibido el sacramento de la Penitencia. Pero es nuestra condición pecadores, tenemos que reconocernos así. Es la humildad con que hemos de ponernos ante Dios.

Nos cuesta muchas veces reconocerlo. Quizá nos veamos tan pecadores que nos pueda faltar la confianza en el perdón de Dios. ¡Qué equivocados estamos! ‘El Señor es compasivo y misericordia, lento a la ira y pronto al perdón…’ lo hemos rezado tantas veces con el salmo. Pero algunas veces se nos endurece el corazón. Es un peligro. Lo escuchábamos en la carta a los Hebreos y en el salmo recitado a continuación, que se ve reflejado en la misma carta.

‘Que ninguno de vosotros tenga un corazón malo y rebelde, que lo lleve a desertar de Dios’. Contemplamos las acciones de Dios y a pesar de eso endurecemos el corazón. La carta está haciendo referencia a aquel momento en el desierto en el que el pueblo que tanto había recibido de Dios desde que lo sacó de Egipto sin embargo desconfía del Señor. ‘No endurezcáis vuestros corazones como cuando el desafío y la provocación del desierto de vuestros padres que me pusieron a prueba a pesar de haber visto mis obras…’

Por eso el autor sagrado nos dice que nos tenemos que apoyar y animar mutuamente los unos a los otros. ‘Animáos, por el contrario, los unos a los otros, día tras día para que ninguno de vosotros se endurezca, engañado por el pecado’. Hermoso. Cómo tenemos que ayudarnos los unos a los otros a encontrarnos con el Señor y reconocer sus obras.

Humildad, confianza, valentía para arrancarnos del mal y del pecado y acudir a Dios. Humildad y confianza en nuestra súplica, en nuestra oración.’Si quieres, puedes limpiarme’. Claro que el Señor quiere limpiarnos, purificarnos, hacernos santos.