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lunes, 13 de marzo de 2017

Carguemos nuestra vida y nuestras relaciones de humanidad y qué felices seríamos en ese mundo nuevo que estaríamos construyendo

Carguemos nuestra vida y nuestras relaciones de humanidad y qué felices seríamos en ese mundo nuevo que estaríamos construyendo

Daniel 9,4b-10; Sal 78; Lucas 6,36-38
Siempre esperamos a que el otro empiece; no tenemos iniciativa sino que esperamos a lo que el otro haga en mi favor, para ver si merece algún tipo de respuesta por mi parte. Si es el que el otro no ha hecho nunca nada por mí, pensamos en nuestro interior, y nos justificamos así para nuestra pasividad y nuestra falta de iniciativa a la hora de hacer el bien a los demás. Pareciera que el otro no merece una obra buena por nuestra parte, algún tipo de ayuda o colaboración si antes ‘no lo ha comprado’ con lo que haya sido capaz de hacer por mí. Damos si nos dan, parece que todo se reduce a un mercantilismo y ya no hay sentido de la gratuidad.
Cuando nos encontramos almas generosas, altruistas que ayudan, colaboran, se implican en acciones de la vida comunitaria, así por generosidad, sin esperar nada a cambio, nos parecen un mirlo blanco; como si eso estuviera fuera del grado de nuestra humanidad olvidando que precisamente ese ser humano autentico se destaca por ese ser solidario, generoso, altruista, que es capaz de olvidarse de sus propios beneficios simplemente para hacer el bien a los demás. Algunas veces en nuestra malicia hasta somos capaces de andar con sospechas de intenciones torpes y ocultas en esas buenas personas cargadas de una inmensa humanidad.
Es lo que nos viene a enseñar Jesús, que nos carguemos de humanidad, que llenemos nuestra vida de amor y de comprensión, que seamos capaces de aceptarnos y de perdonarnos, que aprendamos a ser altruistas, generosos con los demás, solidarios con los que nada tienen o con los que sufren, que tengamos un corazón abierto a los demás y no andemos con medidas ni límites en lo bueno que hacemos por los otros, que no hagamos distinciones en éste porque es mi amigo, el otro porque un día me ayudó, o aquel a quien no conozco y que quizá no haya hecho nunca nada por mí.
Qué distinta sería nuestra vida si la cargáramos así de humanidad; qué distintas serían nuestras mutuas relaciones, y qué felices seríamos nosotros, pero principalmente qué felices haríamos a los demás. Es ese mundo más humano que tenemos que crear, es así como llegaríamos a un verdadero estado del bienestar, es como construiríamos esa civilización del amor, es así como construiríamos ese mundo nuevo que nosotros los creyentes en Jesús llamamos Reino de Dios.
Y es que además nosotros los creyentes tenemos fuertes motivaciones para hacerlo. Es el amor de Dios que se ha derramado en nuestros corazones y que tantas veces hemos saboreado en la vida. Por eso nos dice Jesús que miremos al amor y la compasión que Dios nos tiene porque es lo que tenemos que imitar, lo que tenemos que transplantar a nuestro corazón.
Bueno es que escuchemos con atención este pequeño pasaje del evangelio de hoy, que lo releamos saboreándolo con gusto. ‘Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante. La medida que uséis, la usarán con vosotros’. Creo que no es necesario hacer más comentarios. Tenemos todas las motivaciones para el amor, para la comprensión y para el perdón, para eliminar de nosotros prejuicios y prevenciones, para que nunca surjan juicios ni condenas para nadie.

domingo, 12 de marzo de 2017

Desde la contemplación de la Transfiguración del Señor aprendemos a ponernos en camino para ir al encuentro con el mundo al que tenemos que anunciar la luz del Evangelio

Desde la contemplación de la Transfiguración del Señor aprendemos a ponernos en camino para ir al encuentro con el mundo al que tenemos que anunciar la luz del Evangelio

Génesis 12,1-4ª; Sal 32; 2Timoteo 1,8b-10; Mateo 17,1-9
Unos verbos que nos marcan un itinerario y una invitación que nos hace mirar hacia cosas sublimes. En la vida hemos de saber estar siempre en camino, un camino que nos haga salir de nosotros mismos, de nuestras comodidades y rutinas y que haciéndonos descubrir cosas nuevas nos esté llevando a crecer en la vida, a descubrir lo nuevo que nos pueda conducir a vivir la vida con mayor plenitud.
No hay cosa peor que quedarse estancado; las aguas estancadas se vuelven putrefactas y se pueden infectar de gérmenes malignos que dañen todo a su alrededor. Así nos puede pasar en la vida cuando nos acostumbramos a las cosas y todo se puede convertir en rutina.
Algunos prefieren, es cierto, la inmovilidad, lo que no les obligue a hacer nuevos y extraordinarios esfuerzos, viven como cansados en la vida y se tiene el peligro de perder la ilusión y en consecuencia la vitalidad. Cuando hay esa ilusión por vivir, por caminar, por buscar algo nuevo se promueve y renueva la creatividad y pueden surgir iniciativas de cosas maravillosas.
Así tenemos que ser también en nuestra vida cristiana, en la vida del seguimiento de Jesús. Siempre tenemos que ser hombres nuevos, lo que implica una renovación continua de nuestra vida para no quedarnos anquilosados y volver a ser hombre viejo. De ahí lo que sugería al principio de la reflexión, esos verbos que aparecen hoy en la Palabra de Dios y que, como decíamos, nos marcan un itinerario.
Ponerse en camino, el primero que se nos sugiere. Dios llamó a Abrán y le dijo que saliera de su tierra, que se pusiera en camino. No le dice, incluso, a donde ha de ir, sino que se ponga en camino a una tierra nueva que el Señor le va a dar. Salir de Ur de Caldea – hoy los territorios del Golfo Pérsico – y llegar a la tierra de Canaán no era un camino fácil, porque habría que atravesar muchos territorios y también desiertos. Pero Abrahán se puso en camino. Se desprendió de muchas cosas, dejó atrás su tierra y su familia, era el creyente verdadero que se fiaba de Dios.
‘Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta’. Subir a la montaña. Jesús se llevo consigo a aquellos tres discípulos. Una ascensión, con dificultad, con esfuerzo para ir hacia arriba. Los llevaba a la oración. Los llevaba a que descubrieran algo nuevo conociéndole a El. Es necesario subir, no quedarnos para siempre de tejas abajo, en la llanura donde no se necesitan tantos esfuerzos, pero merece la pena.
‘Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él’. Y tanto mereció la pena que ya Pedro estaba pensando en quedarse allí para siempre. Harían tres tiendas, para Jesús, para Elías, para Moisés; aunque en su deseo en parte egoísta de quedarse allí para siempre sin embargo ya no estaba pensando en si mismo.
Pero ahí no terminaba todo porque ‘todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía: Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo’. Se llenaron de temor, se cayeron de bruces, una nube luminosa los había envuelto, era la gloria de Dios que se manifestaba y creían incluso que iban a morir según el concepto que tenían de que quien viera a Dios moriría. Pero ante ellos se estaban abriendo nuevos caminos. Contemplaban la gloria del Señor y ahora tendrían que iniciar un nuevo camino. Como Moisés cuando contempló la gloria de Dios en la zarza ardiendo y sintió que Dios le llamaba para ser el liberador de su pueblo.
Será necesario bajar de nuevo de la montaña porque hay que ir allí donde está la vida de cada día; aquella experiencia había de quedar guardada en sus corazones hasta que Jesús resucitara de entre los muertos. Pero habían vivido una experiencia de Dios que señalaba muchas cosas nuevas para su vida.
El itinerario estaba trazado y es el itinerario que nosotros también hemos de aprender. Tenemos que aprender a despojarnos de muchas cosas porque de lo contrario no podremos hacer el camino. Cargar con muchas cosas en la mochila de nuestra vida nos resta libertad; son tantos apegos de los que hemos de desprendernos.
Empezando por nuestro yo que tantas veces nos encierra porque nos creemos el ombligo del mundo y creemos que todo tiene que girar en nuestro derredor y nuestros intereses o ambiciones egoístas. No podemos pensar por otra parte que ya tenemos todo el camino recorrido o que ya nos lo sabemos; Dios nos va llamando y aunque muchas veces no comprendamos del por qué nos suceden tantas cosas son caminos que el Señor va abriendo delante de nosotros.
Problemas que nos han surgido en un momento determinado, un rumbo nuevo que le hemos tenido que dar a nuestra vida, una palabra nueva que nos ha llegado al corazón, hechos y circunstancias que suceden en nuestro mundo que es tan cambiante, ahí hemos de saber descubrir esos caminos del Señor y aunque nos cueste ponernos a caminar, ponernos a hacer ascensión en nuestra vida, dejarnos envolver por esa nube que nos puede parecer oscura pero que si la miramos con ojos de fe puede ser muy luminosa para nuestra vida.
Hemos de aprender a dejarnos conducir por el Espíritu del Señor, hemos de aprender a escuchar para conocer a Jesús, para descubrir a Jesús tal como El hoy quiere manifestársenos. Ya no podemos quedarnos estancados ni estáticos porque una vida nueva sentimos que llena nuestro corazón. San Pablo nos decía hoy que ‘tomaramos parte en los duros trabajos del evangelio según la fuerza de Dios’. La Iglesia hoy nos está invitando a ponernos en salida porque hemos de ser discípulos y misioneros en medio de nuestro mundo. Un amplio camino se abre ante nosotros.



sábado, 11 de marzo de 2017

Los hijos del Reino de Dios nos diferenciamos por un amor generoso y universal para todos

Los hijos del Reino de Dios nos diferenciamos por un amor generoso y universal para todos

Deuteronomio 26,16-19; Sal 118; Mateo 5,43-48
Parece normal que en nuestras relaciones con los demás en la vida estemos más cercanos a aquellos que son más afines a nosotros, con quienes nos podemos entender mejor, con los que han sido nuestros amigos de siempre, con las personas cercanas y ya no solo por parentesco sino que en la vecindad se ha ido creando con ellas unos lazos de amistad.
Otros serán simplemente conocidos, y a otros los veremos más lejanos a nuestra vida porque quizá nunca hemos establecido relación con ellos, o nos hemos ido creando unas distancias que pueden ser fruto de muchas causas, enemistades que se han creado, momentos tensos de enfrentamiento de opiniones quizá en el planteamiento de muchas cuestiones, o porque quizá sus lugares de origen o su raza o religión nos hacen desconfiar y algo así como que los queremos tener lejos de nuestra vida. Son cosas que nos suceden habitualmente en nuestras relaciones con los demás.
El evangelio nos pide dar un paso más. El evangelio nos está enseñando un nuevo sentido de fraternidad porque nunca hemos de poner barreras en nuestras mutuas relaciones sino más bien buscar todo aquello que nos una y crear unos nuevos lazos de amor y hermandad. Nada tendría que distanciarnos, ningún condicionamiento tendría que crear barreras, todos vivimos en una casa común y como una misma familia sentirnos siempre unidos.
Por eso Jesús nos dice hoy ‘Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Yo, en cambio, os digo: Amad a vuestros enemigos, y rezad por los que os persiguen. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo…’ A nadie podemos considerar enemigo. Es cierto que podemos tener diferencias de pensamiento, podremos proceder de lugares distintos o el color de la piel nos haga exteriormente diferentes pero eso nunca tendría que llevarnos al enfrentamiento.
Es cierto también que en ocasiones en la vida quizá no nos tratamos con la delicadeza y la justicia con que deberíamos hacerlo porque en verdad somos débiles y se nos pueden atravesar orgullos o  envidias en la vida, pero todo eso tendríamos que aprender a superarlo llenando siempre nuestro corazón de misericordia y de comprensión.
Igual que el otro me habrá molestado a mí en alguna ocasión también mis gestos, mis actos o mis actitudes en un momento determinado no le caen bien a los otros; por eso hemos de saber ser comprensivos mirándonos primero que nada a nosotros mismos y reconociendo nuestras debilidades.
Por eso nos dirá Jesús ‘rezad por los que os persiguen’. Cuando llegamos a ser capaces de darle un lugar en nuestro corazón, en nuestra oración a aquel que quizá en un momento me hizo daño, estaré comenzando a amarlo y no nos faltará la ayuda y la gracia del Señor para  aprender a superar esos malos momentos que puedan aparecer en mi vida o en mi relación con los demás.
Dios es el Padre bueno de todos que ‘hace salir el sol sobre malos y buenos y hacer caer la lluvia sobre justos e injustos’, nos dice Jesús.  Además nos dice Jesús que quienes le seguimos y optamos por el  Reino de Dios en algo tenemos que diferenciarnos de los demás; nuestra diferencia está en el amor, un amor universal y generoso para todos.

viernes, 10 de marzo de 2017

Desde la autenticidad y coherencia de nuestra vida creyente hemos de saber buscar siempre los caminos del reencuentro y la reconciliación sanándonos por dentro con la verdadera paz

Desde la autenticidad y coherencia de nuestra vida creyente hemos de saber buscar siempre los caminos del reencuentro y la reconciliación sanándonos por dentro con la verdadera paz

Ezequiel 18,21-28; Sal 129; Mateo 5,20-26
Autenticidad y coherencia, dos valores que manifiestan nuestra madurez humana. No tememos manifestarnos como somos, porque no tenemos nada que ocultar, porque con nuestra manera de actuar estamos manifestando limpiamente lo que somos, porque no tenemos intenciones ocultas ni inconfesables dentro de nosotros cuando hacemos las cosas, porque siempre deseamos construir lo bueno y buscamos la paz, porque aunque cometamos errores en la vida – que todos cometemos porque somos débiles – estamos siempre con el deseo de corregirnos y mejorar nuestra vida.
Esto nos lleva a la coherencia en nuestro ser y en nuestro manifestarnos; tenemos unos principios por los que queremos regir nuestra vida y somos fieles hasta sus ultimas consecuencias aunque nos cueste y hasta nos duela en ocasiones. No queremos ser de palabras fáciles y charlatanas que siempre vamos diciendo cosas bonitas pero luego en el día a día de nuestra vida parece que fuéramos por otros caminos.
Es cierto que en nuestra debilidad hay ocasiones en las que fallamos, pero ahí esta nuestra capacidad de reconocer aquello en lo que fallamos y levantarnos para emprender un camino corregido. Y seremos capaces de pedir perdón y buscar siempre la reconciliación porque queremos tener paz en nuestro interior, pero es que queremos tener paz siempre con los que nos rodean.
Realmente reconocemos que muchas veces no es fácil. Herimos o nos podemos sentir heridos y no sabemos como actuar, como resolver los conflictos, nos sentimos confundidos, nos aparece el orgullo y el amor propio, pero hemos de saber tener la valentía de busca solución, de salir de esa situación, de buscar la manera de encontrarnos de nuevo con esa persona herida o que nos ha herido para restablecer el dialogo y la paz.
Como decía, sabemos que muchas veces no es fácil, y tiene que desarrollarse todo un proceso interior que busque la manera de sanarnos por dentro y no buscar una falsa paz. Buscaremos quien nos ayude, nos anime, nos diga la palabra acertada que nos levante el animo, que nos haga sentirnos con fuerza para ir dando esos pasos. Hoy Jesús nos señala en el evangelio algunas de esas situaciones en las que podemos decir mal de los demás, ofender con palabras hirientes, romper la comunicación y la comunión. El nos señala los caminos de la reconciliación.
Como creyentes sabemos donde podemos encontrar esa fuerza y esa gracia. Con nosotros va el Señor ayudándonos en esa cruz que nos hace sufrir ya sea por lo que hayamos recibido o ya sea por nuestra propia debilidad que hayamos hecho sufrir a los demás.
‘Desde lo hondo a ti grito, Señor; Señor, escucha mi voz; estén tus oídos atentos a la voz de mi súplica…’ rezábamos en el salmo que hoy nos ofrece la liturgia, porque sabemos que ‘del Señor viene la misericordia, la redención copiosa; y él nos redimirá de todos nuestros delitos’. Confiamos en el Señor, confiamos en su Palabra, sentimos su presencia alentadora siempre junto a nosotros. El camina a nuestro lado y nos ayuda a caminar por esas sendas de rectitud, caminos de autenticidad y de coherencia.

jueves, 9 de marzo de 2017

Acudimos a Dios con la confianza de que siempre nos escucha, la humildad de reconocer nuestra incapacidad y debilidad, y la perseverancia que da el amor

Acudimos a Dios con la confianza de que siempre nos escucha, la humildad de reconocer nuestra incapacidad y debilidad, y la perseverancia que da el amor

Esther, 14, 1-14; Sal. 137; Mateo, 7. 7-12
Perseverancia, humildad, confianza cualidades importantes en lo que hacemos en la vida. Sin perseverancia en luchar por aquello que deseamos no lo conquistaremos, aunque muchas veces nos sintamos tentados a tirar la toalla, nos cansemos; no siempre es fácil, encontramos resistencia, necesitamos  esfuerzo y sacrificio, la constancia es importante.
Pero igualmente hemos de ser humildes por una parte para reconocer nuestras limitaciones, pero humildad también para no volvernos exigentes; hoy en todo nos creemos con derechos y por eso exigimos, pero quizás eso que por derecho nos pertenece lo conseguimos mejor por un camino de humildad; humildad no es postración ni sumisión, sino que se ha de manifestar por nuestros buenos gestos, por nuestras palabras sencillas y nunca exigentes, en ese reconocimiento agradecido también por lo que recibimos. Un corazón humilde alcanza las cosas mejores y las más altas cotas.
Y al mismo tiempo confianza porque sabemos creer en los demás, porque no nos falta nunca la esperanza de alcanzar esos ideales por los que luchamos, porque confiamos también con humildad en nosotros mismos que somos capaces de muchas cosas, porque admiramos y valoramos la bondad de los demás o de aquel con quien caminamos en la vida.
Valores estos que estamos comentando importantes en nuestra vida, importantes para nuestro crecimiento interior, para nuestra maduración como persona, para nuestras relaciones con los demás. Valores que hemos de cultivar también en nuestra relación con Dios, en nuestra oración.
De eso nos esta hablando la Palabra de Dios en este jueves de la primera semana de cuaresma cuando nos habla de la oración y Jesús nos esta enseñando como ha de ser nuestra oración. ‘Pedid y se os dará, buscad y encontrareis, llamad y se os abrirá, porque quien pide recibe, quien busca encuentra, y al que llama se le abre…’ Y nos habla del padre que atiende a su hijo y siempre le dará lo que le pide o lo mejor.
Un modelo lo tenemos también en la hermosa oración de la reina Esther de la que nos ha hablado la primera lectura. Conocemos las circunstancias en la que su pueblo se veía perseguido y ella intenta interceder ante el Rey. Pero no lo hace por si misma; además de pedir al pueblo que ayune y haga oración a Dios por ella y lo que ha de hacer, la vemos también orando al Señor con humildad, con confianza, con una insistencia grande para que el Señor ponga palabras en su boca, fortaleza en su espíritu para poder presentarse ante el Rey y lograr el bien de su pueblo.
En muchas ocasiones en la vida cuando nos encontramos con problemas, cuando le pedimos ayuda al Señor para salir airosos de nuestras dificultades casi podríamos pedir prestadas estas palabras de Esther para que sean también nuestra oración. No pedimos milagros, pedimos la asistencia del Espíritu del Señor que nos ayude a hacer lo mejor, a encontrar el mejor camino, a descubrir el modo de superar la dificultad.
No nos presentamos al Señor exigencias sino con la confianza  de saber que el Señor siempre nos escucha, con la humildad de reconocer nuestra pequeñez, nuestra ignorancia o nuestra debilidad, con la perseverancia que da el amor.

miércoles, 8 de marzo de 2017

Buscamos pruebas que nos garanticen la verdad de nuestra fe y no sabemos descubrir tantos signos del amor de Dios en nuestra vida con los que también tenemos que signos para los demás

Buscamos pruebas que nos garanticen la verdad de nuestra fe y no sabemos descubrir tantos signos del amor de Dios en nuestra vida con los que también tenemos que signos para los demás

Jonás 3,1-10; Sal 50; Lucas 11,29-32
En el camino de la vida hay momentos en que nos aparece la duda, el desencanto quizás, si acaso aquel camino que estamos realizando es el correcto, se nos enturbian los pensamientos haciendo una mezcolanza muy peligrosa dentro de nosotros por lo que nos podemos sentir tentados a tirar la toalla porque acaso nos pueda parecer que no tiene sentido aquello que estamos haciendo, aquellas cosas por las que estamos luchando.
Se nos produce un desasosiego interno que nos hace hacernos preguntas, buscar quizás pruebas que nos garanticen que vamos por el camino correcto. Es bueno preguntarnos, revisarnos, buscar como mejorar lo que hacemos o  lo que vivimos pero la petición de pruebas quizás pueda ser peligrosa porque si no vemos palpablemente lo que buscamos podemos perder el norte.
Nos pasa en los trabajos, nos pasa en las opciones fundamentales que hemos hecho en la vida, nos pueden aparecer esos planteamientos sobre la convivencia con quienes vivimos ya sea la pareja matrimonial, ya sea nuestra relación de amigos, como nos puede pasar allá en lo mas hondo de nosotros mismos en nuestros sentimientos religiosos o en el compromiso de nuestra fe. También buscamos muchas veces pruebas sobre nuestra fe, sobre aquello en lo que creemos, quizás en el Dios en quien hemos de confiarnos.
¿Qué hacer? Ahí tiene que expresarse claramente lo que es nuestra madurez humana y cristiana. Si un día hemos hecho opción por Jesús y su evangelio, por los valores del Reino de Dios, ahí tendríamos que mantenernos firmes y seguros porque a eso debería conducirnos siempre nuestra fe. Tiene que manifestarse nuestra madurez humana pero también la sencillez y la humildad de nuestro espíritu para sabernos dejar conducir por el Espíritu del Señor que nunca nos engañara. Ahí tenemos que abrir bien nuestro corazón a la Palabra de Dios pidiendo la inspiración y la fuerza del Espíritu para saber leerla, para saber plantarla en nuestro corazón.
‘Esta generación es una generación perversa. Pide un signo, pero no se le dará más signo que el signo de Jonás’. Se queja Jesús de la incredulidad de muchos de los que le rodean. No quieren ver los signos que Jesús realiza. Siempre están pidiendo algo más, pero no siempre es con la sinceridad del que busca humildemente, sino del que orgulloso de si nunca querrá reconocer las pruebas. Y Jesús les habla de Jonás y de los ninivitas que se convirtieron con la palabra de Jonás. O les habla de la reina del sur que hizo grandes viajes por conocer la sabiduría de Salomón.
Allí esta Jesús en medio de ellos y no quieren ver ni reconocer las señales. Su incredulidad y su ceguera los condenan. Pero Jesús sigue ofreciendo siempre su salvación, su palabra de vida. Nosotros dudamos también y nos hacemos preguntas, pero no nos encerremos en nosotros mismos, no seamos incrédulos, abramos los ojos del corazón para descubrir lo que parece invisible. Pero Dios esta ahí a nuestro lado con tantas señales de su amor; Jesús continua invitándonos a seguir su camino, a convertir de verdad nuestro corazón.
Y finalmente pensemos también en una cosa; somos creyentes a pesar de nuestras dudas, queremos seguir los caminos del Señor a pesar de nuestras debilidades y flaquezas; pensemos si acaso nosotros también no tendríamos que convertirnos en signos para los demás; pensemos que señales estamos dando con nuestra vida de nuestra fe y de que vivimos los valores nuevos del Evangelio. A través de esas señales también muchos podrán acercarse  a Jesús y creer en El.

martes, 7 de marzo de 2017

Transformados tendríamos que sentirnos después de rezar con sentido el padrenuestro, la oración que Jesús nos enseño

Transformados tendríamos que sentirnos después de rezar con sentido el padrenuestro, la oración que Jesús nos enseño

Isaías 55,10-11; Sal 33; Mateo 6,7-15
En una ocasión se acerco a un prudente y santo sacerdote una pareja que tenia graves problemas en su matrimonio; habían surgido conflictos entre ellos a lo que se había sucedido algo que a uno y otro le costaba perdonar en su pareja; ya sabemos bien que si no hay una buena predisposición para comprendernos nuestros errores y fallos y se capaces de querer perdonarnos será bien difícil la convivencia; querían ellos resolver sus problemas, reencontrarse, pero no sabían como dar ese paso que les llevase a esa comprensión y a ese perdón.
Este sacerdote prudente sacerdote solo les pidió una cosa, que en aquel momento parasen en sus discusiones y enfrentamientos y rezaran juntos en alta voz el padrenuestro; les pidió que lo hicieran despacio, dándole hondo sentido a cada una de las palabras, frases y peticiones de la oración; después de un momento de duda porque no comprendían bien lo que les pedía el sacerdote comenzaron a rezarlo con mucho detenimiento. Cuando llegaron a aquellas palabras de ‘perdonanos nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden’ se detuvieron en principio incapaces de decirlas con todo sentido, tras unos momentos de silencio tímidamente continuaron balbuciendo aquellas palabras, mientras asomaban a sus ojos las lagrimas y el amen final fue darse un abrazo de reconciliación y de mutuo perdón.
¿Somos en verdad conscientes de lo que decimos, de lo que pedimos, de aquello a lo que nos comprometemos cuando rezamos el padrenuestro? Creo que tendríamos que quedarnos quizás ahora en esta pregunta que nos hagamos. Muchos padrenuestros rezamos en la vida, cada día en nuestras oraciones personales, cada vez que participamos en una celebración litúrgica, cuando nos acercamos al templo y visitamos el sagrario, pero quizás demasiado deprisa decimos sus palabras. ¿Por qué no salimos transformados después de rezar el padrenuestro?
En el evangelio de este martes de la primera semana de cuaresma Jesús nos enseña a orar y nos propone la formula del padrenuestro. Pero ya nos dice Jesús que cuando vamos a orar no necesitamos de muchas palabras, porque, como nos dice, ya nuestro Padre celestial bien sabe lo que necesitamos. Y nos enseña, si, a pedir y que pensemos lo que en verdad es importante que le pidamos. No son solo nuestras necesidades materiales que también pedimos por ello  cuando decimos que no nos falte el pan de cada día.
Pero nuestra oración es algo más, tiene que ser algo más. Saboreemos esas primeras palabras con las que nos dirigimos a Dios que es nuestro Padre que nos ama; busquemos en verdad su gloria, santo es el nombre del Señor y con toda la creación bendecimos a Dios; descubramos su voluntad, queramos vivir y gozarnos viviendo en su Reino, apartemos de nosotros todo mal, sabiendo que en verdad no nos faltara nunca la gracia del Señor para poder lograrlo y vencer la tentación.
Pero para saborear todo esto no podemos ir ni con prisas ni con carreras. No es necesario repetirlo muchas veces, sino que cada palabra que vamos diciendo la vayamos sintiendo en lo mas hondo de nosotros mismos. Que surja ese gozo del Espíritu allá desde dentro de nosotros como María que quería siempre proclamar la gloria del Señor. ‘Se goza mi espíritu en Dios mi Salvador’, que decía María. Que sintamos nosotros ese gozo porque también nos sintamos llenos de Dios, porque seamos capaces de descubrir como Dios esta obrando maravillas también en nosotros. Disfrutemos del padrenuestro, disfrutemos de nuestra oración, verdadero encuentro con el Señor.

lunes, 6 de marzo de 2017

Los caminos de santidad por los que hemos de hacer discurrir nuestra vida son los caminos del amor que ayudan a restablecer la dignidad de todo ser humano

Los caminos de santidad por los que hemos de hacer discurrir nuestra vida son los caminos del amor que ayudan a restablecer la dignidad de todo ser humano

Levítico 19,1-2.11-18; Sal 18; Mateo 25,31-46
‘Habla a la asamblea de los hijos de Israel y diles: Seréis santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo’. Es bueno escuchar esta invitación y este mandato de manera especial en este inicio del camino de Cuaresma. Claro que entendemos bien que no solo hemos de ser santos en estos días o en estos días de manera especial pensar en ello sino que esto ha de ser el ideal y la meta de cada día de nuestra vida.
Pero ¿Qué implica eso de ser santos? Es lo que tenemos que reflexionar muy bien. Ser santos no significa encerrarnos en una religiosidad muy personal y muy individual, encerrarnos en nuestros rezos y devociones, encerrarnos quizás en la Iglesia y sus ritos y novenas por decirlo de alguna manera y nos entendemos, y así encerrados en esa como caparazón no tener ya el peligro de contaminarnos de otras maldades o de otras impurezas. Reconozcamos que demasiado hemos encerrado nuestra religiosidad y nuestra manera de entender el cristianismo en promesas y novenas, en ritos y en rezos repetidos machaconamente sin darle otro sentido a nuestra vida.
No me invento nada. Simplemente me quiero dejar conducir, aun con mis limitaciones y las limitaciones que pueda imponer en mi torpeza a su interpretación, a la Palabra de Dios que hoy la Iglesia nos ofrece en este lunes de la primera semana de cuaresma.
¿Qué nos dice hoy la Palabra? ¿Qué nos ha dicho en concreto el libro del Levítico? Tras esa invitación y mandato a ser santos, y el motivo y el modelo lo tenemos en la santidad de Dios, nos va desgranando una serie de cosas en las que hemos de cuidarnos para no ser injustos con los demás. No robar ni defraudar, no engañar de ninguna manera, no explotar a nadie en el trabajo ni retener su salario, no maldecir ni ser injusto en los juicios o sentencias, no ser chismoso para andar con cuentos de acá para allá, nunca odiar a nadie ni guardar rencores ni mantener envidias…
Nos va detallando una serie de cosas de las que hemos de prevenirnos para que actuemos siempre humanamente con los demás, para que seamos justos, para que no hagamos daño a nadie. Y todo esto teniendo como referencia lo que es el amor compasivo y la misericordia de Dios. Porque nos fijamos en su amor con un amor semejante hemos de tratar a los demás. ¿Qué mejor resumen de los derechos humanos que ahora tanto proclamamos podemos encontrar que lo que nos señala el mandamiento del Señor?
Pero esto lo completamos con la visión que Jesús nos da en el evangelio. ‘Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo’. Nos invita a heredar el Reino, a gozar de la santidad de Dios, a vivir en la presencia de Dios para siempre. Es la santidad de Dios que ya vamos a vivir en plenitud. ¿Quiénes van a ser participes de esa visión de Dios? ‘Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios’, nos había dicho Jesús en las Bienaventuranzas. Los limpios de corazón, los que purificaron su corazón de toda injusticia y de toda maldad, los que arrancaron de su corazón todas las negruras del odio y del desamor, los que fueron capaces de llenarlo de verdad de amor.
No es solo ya que evitemos el mal, evitemos todo lo que sea injusto, todo lo que pueda dañar la dignidad de la persona en cualquiera de nuestros hermanos, sino lo que fueron capaces de levantar al hermano para darle una nueva dignidad; los que fueron capaces de compartir de tal manera que en nadie perdurara el sufrimiento, la pobreza, la soledad. Nos dice Jesús no solo lo que no tenemos que hacer, sino más se entretiene en describirnos las obras del amor que debemos hacer.
Dar de comer y beber al hambriento y al sediento, acoger al peregrino o acompañar al enfermo, cubrir la desnudez del hermano; en tantas cosas que se pueden traducir estas palabras de Jesús; tantas cosas con las que hemos de saber ir al encuentro con el hermano con nuestra presencia, con nuestro amor, con nuestro compartir, con nuestro saber estar a su lado, con esa sonrisa que hacemos florecer en sus labios y en su corazón, con esa esperanza que despertamos, con esa dignidad nueva y plena en la que les hemos de hacer sentir.
Son los caminos de la santidad por los que hemos hacer discurrir nuestra vida. Mereceremos que un día se nos diga ‘Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo’. Y podamos así gozar de la heredad de Dios, de la visión de Dios, de la plenitud de Dios en su santidad verdadera.

domingo, 5 de marzo de 2017

Cuaresma, cuarenta días para irnos al desierto, para hacer desierto, para en el silencio del corazón abrirnos a Dios y a su Palabra y caminar hacia la Pascua

Cuaresma, cuarenta días para irnos al desierto, para hacer desierto, para en el silencio del corazón abrirnos a Dios y a su Palabra y caminar hacia la Pascua

Génesis 2,7-9; 3, 1-7; Sal 50; Romanos 5,12-19; Mateo 4,1-11
Cuaresma, cuarenta días que nos faltan para la pascua. Cuarenta días que nos dan para mucha reflexión, cuarenta días que pueden ser un buen ejercicio espiritual con sus silencios, con sus escuchas, con ese tiempo pausado en medio de tantas carreras, con la mirada puesta en lo alto para elevarnos a algo mas espiritual que esas materialidades que son los pasos que cada día vamos dando. Cuarenta días para irnos al desierto, para hacer desierto, silencio para escuchar a Dios, para descifrar sus caminos, para dejarnos envolver por Dios, para que nos conduzca el Espíritu.
Cuarenta días, como aquellos cuarenta días con sus noches que paso Jesús en el monte de la Cuarentena, en el silencio y en la austeridad, en la apertura a Dios pero también siendo tentado por el diablo.
Cuarenta días como aquellos cuarenta años de desierto, de purificación del pueblo de la Alianza que hacia camino de liberación hacia la libertad, que caminaba a una vida nueva, que no solo era salir de las esclavitudes de Egipto sino de sus propias esclavitudes en la cerrazón de sus vidas, en sus egoísmos y en sus sueños y ambiciones, en que aprendieron a caminar juntos, a hacerse pueblo, en los que fueron desmontando los ídolos a los que adoraban a sus vidas que eran algo mas que el becerro de  oro que se hicieron al pie del Sinaí.
Como los cuarenta días de Moisés en lo alto del Sinaí para escuchar a Dios y recibir su ley, o los cuarentas días de Elías vagando también por el desierto hasta el Monte de Dios.
Nos dice hoy el evangelio que ‘Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al fin sintió hambre’. Es el comienzo del relato de las tentaciones y nos habla de la tentación de convertir las piedras en panes, el aplauso fácil del que caía de lo alto del pináculo del templo sin que nada le pasara, o la de la adoración de Satanás con tal de obtener el dominio sobre todos los reinos del mundo.
Tres tentaciones que Jesús siente en lo mas hondo de si mismo cuando va a comenzar a cumplir su misión. ¿Seria con el milagro fácil con el que Jesús iba a lograr la atención de todos para que escucharan su mensaje? ¿Cómo podría realizar su misión para el anuncio del Reino? Ya lo veremos a lo largo del evangelio como las gentes muchas veces pueden sentirse mas cautivadas por Jesús por los milagros que realiza y muchos quizás serán los que vienen hasta El solo buscando el milagro. Pero el anuncio de Jesús es el Reino de Dios, es la proclamación de la Palabra viva y salvadora de Dios la que en verdad nos va a traer la salvación y con fe hemos de escucharla.
Es lo que Jesús ira repitiendo continuamente; es por la fe por lo que podemos obtener la salvación de Dios. No querrá en muchas ocasiones que los milagros se divulguen porque ese no es el camino para acoger y aceptar el Reino de Dios. Solo desde la conversión del corazón y desde la fe mas honda y mas autentica es como acogeremos en verdad esa Buena Nueva de Jesús.
Las tentaciones de Jesús reflejan muy bien lo que fueron las tentaciones del pueblo de Israel en el desierto camino de la tierra prometida, como reflejan también las tentaciones que sufrimos los hombres de todos los tiempos. Los judíos en el desierto añoraban los ajos y cebollas que comían en Egipto aunque fuera en la esclavitud, como nosotros añoramos también tantas cosas en las que como en falsos ídolos ponemos la salvación aunque luego vivamos esclavizados a ellas.
Son nuestras ambiciones y nuestros afanes por una manera de vivir en la que predominan en nosotros el materialismo y la sensualidad de la vida. Cuantas veces hablamos de un estado del bienestar que fundamentamos solamente en la posesión de cosas materiales, y en el simplemente pasarlo bien queriendo muchas veces cerrar los ojos u olvidar el sufrimiento que puedan tener muchos seres a nuestro lado.
Es por otro lado esa pérdida de ese lado espiritual de la vida y de ese sentido de trascendencia limitándonos a vivir el momento presente sin poner otras metas y otros ideales más altos en nuestra vida que nos ayuden a crecer realmente como personas. Así brota fácilmente la insolidaridad y el egoísmo, aparecen los rebrotes del orgullo y del amor propio, surgen nuestros sueños de grandeza, de poder y de dominio haciendo lo que sea para yo sentirme siempre por encima del otro y poderlo manipular todo a mi antojo.
Hoy Jesús en el evangelio da tres respuestas al tentador que nos siguen siendo validas totalmente para nuestras propias situaciones y tentaciones. ‘No solo de pan vive el hombre sino de toda Palabra que sale de la boca de Dios… No tentaras al Señor, tu Dios… al Señor tu Dios adoraras y al El solo darás culto…’
Pongamos a Dios en verdad en el centro de nuestra vida porque solo en El vamos a encontrar nuestra mayor grandeza y dignidad. Dios había creado al ser humano a imagen y semejanza de Dios, nos dice la Biblia, pero fijémonos en lo que consistió la tentación de la serpiente. ‘Sereis como dioses’, les dice. No es ser a imagen y semejanza de Dios sino convertirnos en dios. Es la gran tentación del orgullo del hombre, de la autosuficiencia para creerse grande y creerse dios. ¿Por qué ha de escuchar a Dios? ¿Por qué ha de dejarse conducir por la ley del Señor? Es la eterna pregunta de la rebelión, de cuando queremos sustituir a Dios por nuestro yo, es nuestro pecado porque queremos hacernos dioses. Y ya hemos escuchado la respuesta de Jesús.
Son solo unas breves pinceladas para la reflexión de este primer domingo de la cuaresma. Muchas más cosas nos puede sugerir el Espíritu del Señor en nuestro corazón. Dejémonos conducir por El y emprendamos este camino en aquel sentido que decíamos al principio, un camino que nos llevará a encontrar a Dios y vivir su salvación.


sábado, 4 de marzo de 2017

Dejemos que la luz de Jesús ilumine nuestras oscuridades nos ayude a descubrir las miserias acumuladas en nuestros rincones y alcancemos la purificación de la salvación

Dejemos que la luz de Jesús ilumine nuestras oscuridades nos ayude a descubrir las miserias acumuladas en nuestros rincones y alcancemos la purificación de la salvación

Isaías 58,9b-14; Sal 85; Lucas 5,27-32
¡Que difícil les es a los que están encerrados en las tinieblas de la oscuridad saber y saborear lo que es la luz! Quien se encerró en la noche en una habitación a oscuras con todas las puertas, ventanas y cortinas bien cerradas aunque fuera resplandezcan con ardor los rayos del sol en la mañana no sabrá lo que es la luz del sol de un nuevo día. Le diríamos, corre las cortinas, abre las ventanas, deja que entre la luz y podrás saborear el calor del sol.
Hay quienes se encierran en su oscuridad y no quieren saber lo que es la luz verdadera. Se obcecan intransigentes en sus posturas ateas o de pecado y no quieren dejar que entre la luz de Cristo a sus vidas. Quizás puedan darse cuenta de cuantas están felices a su alrededor porque se han encontrado con esa Luz que da sentido a sus vidas y envidiosos quizás sin querer reconocerlo critican, minusvaloran, quieren apagar esos rayos de luz en los otros queriéndoles quizás arrancarles su fe y la alegría de sus vidas. No pueden saborear lo que es el gozo de la fe porque se han encerrado tanto en si mismos que parece que son incapaces de caminar en búsqueda de la luz.
Sin embargo Cristo siempre viene a nuestro encuentro, nos ofrece su luz, quiere que caminemos con El, llena de alegría nuestras vidas, nos pone en nuevos caminos para que a pesar de las dificultades no cejemos en nuestro empeño de llevar la luz a los demás, también a los que no la quieren aceptar.
Allí junto a su paso hay un hombre detrás de su mostrador de cobrador de impuestos con toda la carga de su mala fama y quizás hasta de su pecado. Pero Jesús quiere contar con El, le invita a seguirle, a formar parte de su grupo más cercano de los discípulos. Y Leví fue capaz de abrir la ventana de su vida para que entrara la luz, descorrió las cortinas para que toda tiniebla fuera disipada, su vida se lleno de una nueva alegría.
Leví se levanto al punto e incluso ofreció un banquete a Jesús y sus discípulos – aquellos de cuyo grupo el ya iba a comenzar a formar parte – pero también con el estaban los que hasta entonces habían sido sus amigos y compañeros. En medio esta  Jesús con su luz para todos, también para los enfermos y los que hasta entonces andaban en oscuridades.
Pero enfrente hay otros que no quieren saber nada de la luz, guerrean contra ella. ‘¿Cómo es que coméis y bebéis con publicanos y pecadores?’ Siempre poniendo dificultades a la luz, queriendo taparla con las cortinas de sus ritualidades farisaicas. Pero Jesús es el medico que viene a sanarnos. Para todos ofrece su salud, su salvación y aquellos que la quieran aceptar la encontraran. Los enfermos que acudan al medico podrán encontrar la salud. Y Cristo nos esta siempre esperando.
Es la invitación que nos esta haciendo en este camino de cuaresma que estamos haciendo. ¿Queremos permanecer en la oscuridad de las tinieblas o abriremos las puertas y ventanas de nuestra vida para que entre la luz? Con la luz quizás nos demos cuenta de muchas miserias que hay acumuladas en rincones de nuestra vida. Dejémonos iluminar para que podamos limpiar, para que podamos llenar nuestra vida de los más hermosos tesoros del amor.

viernes, 3 de marzo de 2017

Cuando damos pan al hambriento, hospedamos a los pobres sin techo – ¿emigrantes y refugiados? – vestimos al que vemos desnudo… entonces nacerá una luz como la aurora

Cuando damos pan al hambriento, hospedamos a los  pobres sin techo – ¿emigrantes y refugiados? – vestimos al que vemos desnudo… entonces nacerá una luz como la aurora

Is. 58, 1-9; Sal. 50; Mt. 9, 14-15
Una de las practicas cuaresmales que nos ofrece y propone la Iglesia en este camino de renovación que nos prepara a la pascua es la penitencia incluyendo en ella el ayuno y la abstinencia. Aunque realmente están muy minimizados los tiempos de abstinencia que se reducen a los viernes de cuaresma y al ayuno en el miércoles de ceniza y el viernes santo, sin embargo son practicas que la mayoría de cristianos olvidan y que además parece como que han perdido su sentido.
¿Qué significa la abstinencia y el ayuno? ¿Simplemente abstenerse de un determinado tipo de alimentos como pueda ser la carne o reducir la ingesta parcial de alimentos en unos días determinados? Si nos quedáramos en eso pobre seria su sentido, porque sustituir unos alimentos por otros no significa mayor sacrificio, o reducir la cantidad de alimentos ya lo hacemos cuando queremos perder peso corporal. Algo mas y con un sentido mas profundo tendría que ser ese ayuno y abstinencia para que en verdad lo podamos ofrecer como un acto penitencial.
Ya la Palabra que nos ofrece la liturgia en este viernes de la semana de ceniza nos ayuda y da sentido y seria bueno que la leyéramos con atención. Siempre al comienzo de la semilla de cada día os ofrezco las citas bíblicas correspondientes porque es ahí en la Palabra más que en mi pobre reflexión donde encontramos esa Semilla que hemos de sembrar cada día en nuestra vida.
Yo quisiera ir con la liturgia en un texto precioso que se nos ofrece en uno de los prefacios de cuaresma. Damos gracias a Dios ‘porque con nuestras privaciones voluntarias nos enseñas a reconocer y agradecer tus dones, a dominar nuestro afán de suficiencia y a repartir nuestros bienes con los necesitados imitando así tu generosidad’.
Tres grandes lecciones que aprendemos en esa austeridad penitencial de la cuaresma. Primero es un reconocimiento del don de Dios en nuestra vida; cuanto tenemos y somos viene de la mano de Dios. Ya es un espíritu de humildad que se convierte en cántico de acción de gracias. Como María, que se siente la pequeña, la humilde esclava del Señor pero da gracias a Dios que ha puesto sus ojos en su pequeñez para hacerla grande. No somos merecedores de tanto amor que el Señor nos tiene; hemos de saber reconocerlo y dar gracias.
Un segundo aspecto es aprender a dominar nuestra suficiencia. Tenemos que bajarnos de nuestros pedestales, a los que fácilmente nos subimos. Tenemos es cierto nuestros valores que reconocemos como un don de Dios en nuestra vida, pero eso no nos ha de llegar de orgullo, creernos autosuficientes, hacernos dioses de nuestra vida y querer ser dioses de los demás. Y ese autodominio que hacemos cuando voluntariamente nos privamos de algo que nos gusta y entonces nos cuesta, nos enseña a cómo tenemos que ir por la vida. Son tantas las cosas en las que tenemos que utilizar ese autodominio, para que no nos esclavicen las pasiones, para que las cosas no nos dominen y se conviertan en dioses de nuestra vida. Si aprendemos a tener ese control en esas cosas pequeñas luego sabremos hacerlo también en las cosas grandes; un hermoso entrenamiento.
Y finalmente, el tercer aspecto que nos hace abrirnos a los demás. Interesados seríamos si viéramos esas privaciones como si se tratara de un medio para un ahorro personal que aumentara nuestra bolsa. Y ya tendríamos que decir además que no solo nos tendríamos que sentir obligados a compartir con el necesitado eso que hemos ahorrado en nuestra austeridad, sino que nos está enseñando como aquello que tenemos y que consideramos nuestro, porque es el fruto de nuestro trabajo, no lo podemos considerar solo como un beneficio personal sino que nuestro amor nos impulsa al compartir con quien pasa necesidad.
Bueno sería, por otra parte, que repasáramos de nuevo el texto del profeta que nos está señalando el ayuno que de verdad quiere al Señor cuando somos capaces de abrir nuestro corazón a los demás para tener unas actitudes nuevas de amor y de generosidad con quienes nos rodean. Cuando compartimos, cuando damos pan al hambriento, hospedamos a los  pobres sin techo – pensemos en tantos emigrantes y refugiados de todo tipo que nos llegan a nuestras puertas – vestimos al que vemos desnudo… entonces nacerá una luz como la aurora… proclamarás en verdad la gloria del Señor.


jueves, 2 de marzo de 2017

Cuaresma es un camino de ascensión que nos hace crecer en nuestra entrega, madurar en el amor y profundizar en la espiritualidad de la cruz

Cuaresma es un camino de ascensión que nos hace crecer en nuestra entrega, madurar en el amor y profundizar en la espiritualidad de la cruz

Deuteronomio 30,15-20; Sal 1; Lucas 9,22-25
Cuando las cosas parece que nos marchan bien, todo nos va saliendo a pedir de boca, nos sentimos contentos y felices con lo que vamos consiguiendo y viene alguien y nos dice que nos preparemos porque pronto nos vendrán tiempos malos, de fracasos, de problemas, de contratiempos, poco menos que lo llamamos pájaro de mal agüero y nos sentiremos contrariados con esas anuncios que nos echan encima un jarro de agua fría. Son cosas que no nos pueden suceder, pensamos.
Algo así les pasaba a los discípulos con los anuncios que Jesús hacia de su pasión. No lo podían entender. La gente quería a Jesús, iban tras El para escucharle, le recibían por todas partes, curaba sus enfermos, sus palabras les llenaban de esperanza, escuchándole surgían tantas cosas buenas en sus corazones, a Jesús no le podía pasar nada. Nos lo dicen continuamente los evangelistas expresándonos la reacción de los discípulos cercanos ante las palabras de Jesús. Sabían, es cierto, que había algunos que le hacían la guerra, que siempre estaban a la contra, que venían con preguntas capciosas, pero pensaban que todo eso se quedaría ahí y no llegarían a nada más.
Es el anuncio que hoy escuchamos a Jesús en el Evangelio. ‘El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día’. Es el anuncio que escuchamos también nosotros cuando estamos iniciando este camino de la Cuaresma que sabemos muy bien que nos lleva a la Pascua. Si a los discípulos les costaba entender las palabras de Jesús, nosotros con la perspectiva de los años y con el conocimiento que tenemos ya de lo sucedido quizás podamos tener una reacción peor. No es ya que no nos lo creamos sino que lo escuchamos rutinariamente y ya no produce impacto en nosotros. Nos hemos acostumbrado quizás. Es un peligro y una tentación.
Por eso tenemos que escuchar lo que Jesús dice a continuación que también impactaría a los que le escuchaban entonces pero, repito, nosotros nos hayamos acostumbrado. Pero no lo podemos escuchar insensibles, tenemos que despertar, darnos cuenta de la exigencia que nos plantea. ‘El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo. Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará. ¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si se pierde o se perjudica a sí mismo?’
Decimos que tenemos fe en Jesús y somos sus discípulos, pues vamos a ver como en verdad vamos a seguirle. Nos está hablando de negación a nosotros mismos y nos esta hablando de cruz; nos está hablando de entrega hasta ser capaces de perder la vida y nos está diciendo que se está poniendo en juego nuestra propia salvación. Las palabras son serias. No nos las podemos tomar a la ligera. No podemos andar con superficialidades.
No podemos decir que somos seguidores de Jesús de cualquier manera. Comportará un estilo de vida distinto, un nuevo sentido de vida. No es simplemente dejando ir pasando los días siendo buenos más o menos. Se trata de vivir el mismo sentido de Jesús que es el sentido del amor que se hace entrega hasta el final. Y quien se entrega desinteresadamente va corriendo el riesgo de perderlo todo para si en esa entrega. Quien se entrega desde ese planteamiento del amor no se reserva nada para sí. Quien se entrega desde el más profundo amor no teme abrazar la cruz porque sabe que es el signo grande del amor.
¿Cómo se tiene que traducir eso en nuestra vida de cada día, en mi vida en concreto? Es la pregunta que tenemos que hacernos en la presencia del Señor. Es la primera pregunta que ya nos vamos haciendo cuando iniciamos este camino de cuaresma. Es la primero predisposición que tiene que haber en nuestro corazón para escuchar a Dios y aceptar lo que nos va pidiendo. Es el camino de ascensión que estamos emprendiendo en esta cuaresma que nos hará crecer espiritualmente, que nos hará crecer en el amor.

miércoles, 1 de marzo de 2017

Comienza la Cuaresma, tiempo favorable que nos ayuda y prepara para vivir la Pascua del Señor

Comienza la Cuaresma, tiempo favorable que nos ayuda y prepara para vivir la Pascua del Señor

Joel 2, 12-18 Sal 50 2Corintios 5, 20–6, 2 Mateo 6,1-6.16-18
‘Ahora, oráculo del Señor, convertíos a mí de todo corazón con ayuno, con llanto, con luto. Rasgad los corazones y no las vestiduras; convertíos al Señor, Dios vuestro, porque es compasivo y misericordioso, lento a la cólera, rico en piedad; y se arrepiente de las amenazas’.
Es el primer grito, la primera llamada de atención que hoy escuchamos con el profeta. Es el miércoles de ceniza y comienza la cuaresma. Es ‘tiempo favorable… tiempo de salvación’ que nos dice san Pablo invitándonos a ‘no echar en saco roto’ la gracia salvadora del Señor que llega a nosotros.
Como bien sabemos hoy con el rito penitencial de la ceniza – de ahí el nombre que le damos a este miércoles – y el espíritu de austeridad que envuelve todo nuestro día en el ayuno y la abstinencia iniciamos el camino que nos lleva hasta el tiempo pascual, que nos lleva a celebrar la Pascua.
Es cierto que la Pascua del Señor esta siempre presente en nuestra vida desde nuestro bautismo que fue la incorporación al misterio pascual de Cristo; pascua celebramos cada vez que lo hacemos en cada uno de los sacramentos; pascua tiene que ser ese espíritu de renovación, de conversión que hemos de vivir cada día de nuestra vida, porque tenemos que saber ir muriendo a nosotros para renacer en la vida en Cristo.
Pero en el ritmo de nuestra vida cristiana litúrgicamente vamos a celebrar con especial solemnidad – yo diría con especial intensidad – el misterio pascual de Cristo en aquellos días en que conmemoramos su pasión, muerte y resurrección, el llamado triduo pascual. Pero para que lleguemos a esa intensidad nos preparamos en este camino que se llama la cuaresma.
Un camino que no hacemos solo sino en Iglesia, con la iglesia, sintiéndonos hermanos que caminamos juntos con ese sentido eclesial, con lo que la Iglesia nos ofrece para lograr esa renovación, conversión de nuestra vida. por eso es un tiempo de especial riqueza en la Palabra que se  nos proclama que es como una gran catequesis que día a día vamos a ir recibiendo para que renovemos nuestro bautismo, para que lleguemos a vivir con toda intensidad nuestra condición de bautizados. Es escucha y es oración, es reflexión, meditación, revisión de vida, de actitudes, de comportamientos.
Al mismo tiempo se nos ofrecen otros medios como es la invitación al compartir y es la invitación a la austeridad, prescindiendo de cosas, de alimentos, que nos ayude a descubrir los que han de ser los verdaderos valores, las cosas importantes por las que hemos de esforzarnos para conseguirlas.
No es simplemente que dejemos de comer carne en unos días determinados o mermemos la cantidad de alimentos que comamos en alguna ocasión. Es algo más. Si nos quedáramos en eso podría ser un puro formalismo, y tendría que se algo mas profundo que implicara mas nuestra vida.
¿De que nos valen nuestros ayunos y penitencias si lo hacemos en medio de riñas y reyertas? Quizás nos cueste mas dominar nuestro carácter y aprender a ser más amable con todos que simplemente dejar de comer un bocadillo de jamón en un día determinado. En esa revisión de nuestra vida donde nos damos cuenta donde están esas piedras en las que tropezamos todos los días por nuestro orgullo o por nuestro amor propio, por nuestra insolidaridad o por nuestras rencillas o rencores, porque nos cuesta perdonar y aceptar a las personas, seria por ahí por donde tendríamos que conducir nuestro campo de batalla, nuestras verdaderas abstinencias y ayunos.
Ayuna de tu mal genio, ayuna de tus desconfianzas, ayuna de esos sentimientos que te envenenan por dentro con resentimientos y envidias, ayuna de esa palabra con la que haces un juicio de los demás, ayuna de la murmuración y la critica que tan fácilmente nos aparece en nuestras apreciaciones de los demás; ayuna de tu vanidad, de la pereza y la dejación que haces de tus responsabilidades; ayuna de pensar tanto en ti mismo y comienza a pensar mas en los demás para abrir los ojos y ver el sufrimientos de tantos a tu alrededor.
Será un autentico camino de renovación de tu vida, un camino donde aprenderás a vivir de verdad la pascua, porque estarás muriendo a muchas cosas, muriendo a ti mismo para renacer en una vida nueva. Que sea el camino que nos lleve a vivir intensamente la Pascua del Señor. 

martes, 28 de febrero de 2017

Descubramos el sentido de trascendencia que hemos de darle a nuestra vida elevando nuestro espíritu por encima de la materialidad de lo que nos rodea y buscando los verdaderos valores

Descubramos el sentido de trascendencia que hemos de darle a nuestra vida elevando nuestro espíritu por encima de la materialidad de lo que nos rodea y buscando los verdaderos valores

Eclesiástico, 35, 1-15; Sal. 49; Marcos, 10,28-31
¿Y yo que voy a ganar? ¿De que me vale eso a mí? ¿Qué provecho tengo? Preguntas así nos hacemos en ocasiones cuando quizás tenemos que hacer algo de forma altruista donde posiblemente no veamos ningún beneficio material para nosotros. Vivimos en un mundo donde todo se paga, lo gratuito algunas veces parece extraño, nos cuenta en momentos entender a gente que sea capaz de olvidarse de si misma para simplemente buscar el bien de los demás.
Hasta en aquellos lugares de función publica donde quienes optan a un cargo se supone que lo hacen porque quieren hacer algo por la sociedad, bien sabemos como muchas veces anda por debajo – o descaradamente quizás – la corrupción, el obtener beneficios, el tener ganancias que engorden nuestros bolsillos.
Doy para que me des, parece ser el lema, o que me das si yo hago esto por ti. En todos no es así, lo sabemos, pero somos conscientes de que ese estilo impera demasiado en nuestra sociedad y hasta tenemos el peligro de verlo tan normal que nosotros podamos caer en esas redes.
No nos extrañe, pues, la pregunta que Pedro le hace a Jesús. Ha venido diciendo Jesús anteriormente que tengamos cuidado para que no nos esclavicemos del dinero o de las riquezas sino que otro tiene que ser el sentido, pero son cosas que son difíciles de entender.
Por allí había aparecido aquel joven con buena voluntad y que buscaba como hacer algo mas por su vida, pero cuando Jesús le habla de desprendimiento y de generosidad para buscar tesoros que no los roa la polilla o los ladrones se los roben, dar marcha atrás porque era rico y lo que Jesús le pedía parecía que podía superar sus propias fuerzas. No había llegado a entender tampoco quien es el que da fuerza y motiva una entrega como la que le pedía Jesús.
Ahora Pedro le recuerda a Jesús que un día habían dejado redes y barca por seguirle, ¿Qué les tocaba a ellos? Mas trabajos quizás, otras entregas y otras gentes a las que servir, el sentirse miembros de una nueva comunidad donde se mulplicarian los familiares porque ahora todos se tenían que sentir como hermanos… cien veces mas les dice Jesús. Pero no es eso lo importante que ellos van a obtener; ‘y en la edad futura, la vida eterna’, les dice Jesús.
Su vida ha de llenarse de trascendencia. No será lo importante lo que ahora aquí obtengamos. Nuestras obras, nuestra vida se trasciende más allá de esta vida terrena y de lo que aquí podamos obtener. Y Jesús habla de vida eterna, que es hablarnos de plenitud, de felicidad total, de realización plena de nuestra vida que se va a ver llena de Dios.
Nos puede resultar costosa muchas veces esa entrega porque nos obligara a olvidarnos de nosotros mismos, pero la satisfacción que podamos sentir en el corazón por ese bien que hacemos, por esa sonrisa que vemos aflorar en los labios de quien tiene su vida llena de sufrimiento o marcada por el dolor cuando infundimos esperanza con nuestra presencia, con nuestra ayuda, con nuestro amor, es algo que no tiene medida. Es irnos adelantando el cielo en la tierra aunque estemos rodeados del infierno de muchos sufrimientos, porque en el bien que hacemos nos sentiremos mas llenos de Dios.
Tenemos que descubrir muy bien ese sentido de trascendencia que hemos de darle a nuestra vida, a nuestros actos. Tenemos que elevar nuestro espíritu por encima de esa materialidad de las cosas que nos rodean, tenemos que descubrir esos verdaderos valores que nos van a llenar de mayor plenitud, por los que merece la pena luchar, que nos van a dar las mejores alegrías, que haciendo felices a los demás nos harán a nosotros mas felices.

lunes, 27 de febrero de 2017

Es necesario salirnos del círculo en que nos encerramos con nuestras “cosas” para ir de verdad al encuentro con los demás

Es necesario salirnos del círculo en que nos encerramos con nuestras “cosas” para ir de verdad al encuentro con los demás

Eclesiástico, 17, 20-28; Sal. 31; Mc. 10, 17-27
Yo soy bueno, decimos tantas veces; y hasta nos lo creemos. Bueno, ¿Qué mal hacemos?, nos preguntamos; yo no hago daño a nadie, no me gusta hablar mal de los demás, no molesto a nadie y a nadie quiero deber nada; bueno, si hacen algo malo, allá ellos, y pretendemos desentendernos. Somos buenos, cumplimos, no hago grandes cosas en la vida, pero no me meto con nadie.
¿Será eso suficiente? ¿Nos podemos quedar tranquilos así porque pensamos que ya hemos hecho todo lo que teníamos que hacer? Seguramente en el fondo nos damos cuenta de que quizás si tendríamos que hacer mas aunque no sepamos como ni que. Pudiera sucedernos incluso que nos sintamos vacíos, nos demos cuenta que somos meros cumplidores. Nos preguntamos y no sabemos responder, o no nos atrevemos a respondernos. Sabemos que tendríamos que dar un paso hacia delante pero no sabemos como ni atisbamos bien que dirección tomar.
El evangelio de hoy puede ayudarnos. Bueno, si con sinceridad y con un corazón abierto nos acercamos al evangelio siempre vamos a encontrar esa ayuda, esa luz que necesitamos y muchos caminos se pueden ir abriendo delante de nosotros. Lo difícil quizás será decidirnos a tomar ese camino.
Un hombre bueno se acerca a Jesús, un joven. Es bueno, cumple los mandamientos porque así se lo enseñaron desde niño. Quiere algo más. ‘Maestro, ¿Qué haré para heredar la vida eterna?’ Y Jesús le habla de los mandamientos, que el ha cumplido desde siempre. Y es cuando Jesús propone algo más. ‘Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, da el dinero a los pobres – así tendrás un tesoro en el cielo – y luego sígueme’.
Se abría un hermoso camino delante de sus ojos. Seguir a Jesús, ser su discípulo. Quizás hoy podríamos recordarlo como uno de aquellos del grupo de los Doce. Pero con tristeza quizás es como lo recordamos. Como fue la mirada de Jesús cuando el joven se dio la vuelta y se marcho pesaroso porque era muy rico. Aquel desprendimiento le caía grande para su posibilidad de generosidad sin limites; muchos apegos habría en su corazón. De gente así no es el Reino de Dios.
Una cosa nos falta nos esta diciendo Jesús también a nosotros que nos decimos que somos buenos. Cada uno ha de rebuscar allá en lo hondo de su corazón en que se traducen estas palabras de Jesús. Aquel joven era rico, nosotros no seremos ricos por la cantidad de riquezas que podamos poseer, pero seguramente hemos llenado nuestro corazón, nuestra vida de cosas. Esas cosas que consideramos imprescindibles y sin las cuales nos parece que no seriamos nadie pero que a la larga tampoco nos hacen tan felices.
Nos parece imposible desprendernos, vaciarnos de nosotros mismos, de nuestros orgullos o de nuestras apetencias; nos parece que ya no seriamos nada sin esos aparatitos que van llenando nuestra vida, y que son buenos no lo vamos a negar, pero que el uso que hacemos de ellos nos convierte en sus esclavos. ¿Qué somos hoy sin el teléfono de ultima generación, la tablet, o no se cuantas otras cosas de ese tipo? ¿Qué somos si no tenemos Internet y no estamos apuntados a no se cuantas redes sociales? ¿Qué somos si no vestimos la ropa de la última moda que salga? ¿Qué somos si no tenemos no se cuantas comodidades en casa?
quizás luego no sabemos detenernos a hablar con el vecino que vive al lado de nuestra casa, pasamos por la calle entretenidos en nuestras conversaciones con gente que esta al otro lado del mundo pero no vemos al amigo con el que nos cruzamos, no saludamos a la persona que conocemos y que esta quizás sentada sola en el banco de la plaza esperando poder hablar con alguien, no entablamos conversación con el familiar con el que estamos sentados a la misma mesa comiendo porque estamos entretenidos en nuestro WhatsApp.
¿No nos estará diciendo Jesús hoy que vendamos lo que tenemos, que apaguemos ese aparatito y vayamos a compartir con ese pobre que puede ser nuestra propia familia o nuestros amigos de siempre que tenemos al lado y no vemos, o con ese necesitado que nos tiende la mano y ni siquiera nos damos cuenta que esta a nuestro lado?