martes, 28 de febrero de 2017

Descubramos el sentido de trascendencia que hemos de darle a nuestra vida elevando nuestro espíritu por encima de la materialidad de lo que nos rodea y buscando los verdaderos valores

Descubramos el sentido de trascendencia que hemos de darle a nuestra vida elevando nuestro espíritu por encima de la materialidad de lo que nos rodea y buscando los verdaderos valores

Eclesiástico, 35, 1-15; Sal. 49; Marcos, 10,28-31
¿Y yo que voy a ganar? ¿De que me vale eso a mí? ¿Qué provecho tengo? Preguntas así nos hacemos en ocasiones cuando quizás tenemos que hacer algo de forma altruista donde posiblemente no veamos ningún beneficio material para nosotros. Vivimos en un mundo donde todo se paga, lo gratuito algunas veces parece extraño, nos cuenta en momentos entender a gente que sea capaz de olvidarse de si misma para simplemente buscar el bien de los demás.
Hasta en aquellos lugares de función publica donde quienes optan a un cargo se supone que lo hacen porque quieren hacer algo por la sociedad, bien sabemos como muchas veces anda por debajo – o descaradamente quizás – la corrupción, el obtener beneficios, el tener ganancias que engorden nuestros bolsillos.
Doy para que me des, parece ser el lema, o que me das si yo hago esto por ti. En todos no es así, lo sabemos, pero somos conscientes de que ese estilo impera demasiado en nuestra sociedad y hasta tenemos el peligro de verlo tan normal que nosotros podamos caer en esas redes.
No nos extrañe, pues, la pregunta que Pedro le hace a Jesús. Ha venido diciendo Jesús anteriormente que tengamos cuidado para que no nos esclavicemos del dinero o de las riquezas sino que otro tiene que ser el sentido, pero son cosas que son difíciles de entender.
Por allí había aparecido aquel joven con buena voluntad y que buscaba como hacer algo mas por su vida, pero cuando Jesús le habla de desprendimiento y de generosidad para buscar tesoros que no los roa la polilla o los ladrones se los roben, dar marcha atrás porque era rico y lo que Jesús le pedía parecía que podía superar sus propias fuerzas. No había llegado a entender tampoco quien es el que da fuerza y motiva una entrega como la que le pedía Jesús.
Ahora Pedro le recuerda a Jesús que un día habían dejado redes y barca por seguirle, ¿Qué les tocaba a ellos? Mas trabajos quizás, otras entregas y otras gentes a las que servir, el sentirse miembros de una nueva comunidad donde se mulplicarian los familiares porque ahora todos se tenían que sentir como hermanos… cien veces mas les dice Jesús. Pero no es eso lo importante que ellos van a obtener; ‘y en la edad futura, la vida eterna’, les dice Jesús.
Su vida ha de llenarse de trascendencia. No será lo importante lo que ahora aquí obtengamos. Nuestras obras, nuestra vida se trasciende más allá de esta vida terrena y de lo que aquí podamos obtener. Y Jesús habla de vida eterna, que es hablarnos de plenitud, de felicidad total, de realización plena de nuestra vida que se va a ver llena de Dios.
Nos puede resultar costosa muchas veces esa entrega porque nos obligara a olvidarnos de nosotros mismos, pero la satisfacción que podamos sentir en el corazón por ese bien que hacemos, por esa sonrisa que vemos aflorar en los labios de quien tiene su vida llena de sufrimiento o marcada por el dolor cuando infundimos esperanza con nuestra presencia, con nuestra ayuda, con nuestro amor, es algo que no tiene medida. Es irnos adelantando el cielo en la tierra aunque estemos rodeados del infierno de muchos sufrimientos, porque en el bien que hacemos nos sentiremos mas llenos de Dios.
Tenemos que descubrir muy bien ese sentido de trascendencia que hemos de darle a nuestra vida, a nuestros actos. Tenemos que elevar nuestro espíritu por encima de esa materialidad de las cosas que nos rodean, tenemos que descubrir esos verdaderos valores que nos van a llenar de mayor plenitud, por los que merece la pena luchar, que nos van a dar las mejores alegrías, que haciendo felices a los demás nos harán a nosotros mas felices.

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