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miércoles, 27 de abril de 2016

Un crecimiento interior, un camino de purificación, una riqueza manifestada en santidad, una construcción de un mundo mejor

Un crecimiento interior, un camino de purificación, una riqueza manifestada en santidad, una construcción de un mundo mejor

Hechos 15, 1-6; Sal 121; Juan 15, 1-8

Hoy las imágenes con las que nos habla Jesús son eminentemente agrícolas. Nos habla de vid y de sarmientos, nos habla de poda y de los abonos necesarios para obtener unos buenos frutos. Imágenes todas ellas muy expresivas y tienen perfecta aplicación en todo lo que es nuestra vida.
Queremos que nuestra vida fructifique; nada hay peor que una vida insulsa y sin sentido, una vida sin metas ni objetivos, que no manifieste en aquello que hacemos y vivimos lo más hondo que llevamos dentro. Cada uno se prolonga, podemos decir, en aquellas obras que realiza y así manifiesta la riqueza interior que lleva dentro y que de alguna manera enriquece también a los que nos rodean y enriquecen a la sociedad en la que estamos. Vamos dejando nuestra impronta, nuestra huella, nuestros frutos en lo que hacemos no solo de forma personal para nuestro enriquecimiento personal sino también en bien de la sociedad en la que vivimos.
Eso significará un esfuerzo personal por ese crecimiento interior y por ese crecer y madurar como personas. Una persona sensata y sabia sabe analizar su vida para corregir errores, para mejorar su forma de actuar, para tratar de fijarse metas, para encontrar motivaciones para esa lucha de cada día que le haga mejorar como persona. Y esto en todas las facetas de su vida humana. Así manifestamos la madurez de nuestra vida.
Lo mismo y con mayor motivación, si queremos, en todo lo que atañe a nuestra vida cristiana, de seguimiento de Jesús. Es de lo que en concreto nos habla hoy el evangelio. Y además de esa poda necesaria para corregir errores, para purificar lo malo que pudiera ir apareciendo en nuestra vida, nos habla de algo muy importante que es la necesaria unión del sarmiento con la cepa, con la vid.
El Señor a través de su Palabra, allá en lo más secreto de nuestro corazón, en la intimidad de la oración o en aquellos que como instrumentos de Dios están a nuestro lado para ayudarnos, nos va señalando todo eso que tendríamos que podar en nuestra vida para que nuestros frutos tengan el verdadero sabor. Ya sabemos muy bien que un frutal que no se poda debidamente no nos dará unos buenos y sabrosos frutos de calidad. Es lo que necesitamos ir haciendo en nuestra vida cristiana, porque nuestra vida se puede ir maleando con la influencia negativa de tantas cosas con que nos vamos encontrando y nos pueden ir dañando.
Y todo eso lo podremos ir logrando en verdad con la fuerza del Espíritu divino. Es la necesaria unión con Dios que todo cristiano ha de vivir desde la oración y desde la vivencia de los sacramentos. Bien tenemos la experiencia – o mala experiencia, podríamos más bien decir – de que cuando aflojamos nuestra vida espiritual nos debilitamos, nos enfriamos, entramos en esa etapa de la vida espiritual que no somos ni fríos ni calientes, y la tibieza espiritual es el camino más terrible que nos hará resbalar por la pendiente de la tentación y del pecado.
Leamos y escuchemos allá en lo más hondo de nosotros mismos este hermoso texto del  evangelio de hoy. ‘Permaneced en mí, y yo en vosotros… el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada… Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos…’ Será un fruto que va a revertir en bien de nuestra sociedad y en bien de la Iglesia. Estaremos así construyendo un mundo mejor y realizando el Reino de Dios

martes, 26 de abril de 2016

Es necesario no perder nunca nuestro equilibrio interior llenándonos de la paz que Jesús nos da con la fuerza de su Espíritu

Es necesario no perder nunca nuestro equilibrio interior llenándonos de la paz que Jesús nos da con la fuerza de su Espíritu

Hechos, 14, 18-27; Sal. 144; Juan, 14, 27-31
‘Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde’, nos dice Jesús. Hay momentos en que perdemos la paz; los problemas, los contratiempos que nos van apareciendo, algo que no nos gusta, un daño que hayamos recibido de alguien en un desaire cualquiera que hayamos soportado, las enfermedades y sufrimientos nos llenan de dolor y limitan nuestras posibilidades… muchas cosas que nos afectan interiormente y con las que podemos perder la paz.
Es necesario que aprendamos a no perder nuestro equilibrio interior, nuestra paz interior a pesar de las dificultades que nos pueda ofrecer la vida, no perder nunca la paz. Es difícil en muchas ocasiones porque esos contratiempos nos oscurecen la vida y nos parece que no tenemos salidas y nos angustiamos y podemos perder la esperanza. De ahí ese necesario crecimiento interior, ese madurar nuestra personalidad, esa necesidad de tener un espíritu fuerte para enfrentarnos a todo eso. Es así como manifestaremos nuestra madurez como personas y nuestra madurez cristiana.
Hemos de buscar la paz, pero la paz verdadera. Hoy nos dice Jesús que nos regala su paz, pero que su paz no es como la que da el mundo. ‘La paz os dejo, mi paz os doy: no la doy como la da el mundo’. Y es que tenemos el peligro de buscar la paz en sucedáneos, en cosas que realmente no son importantes, quedarnos en la superficialidad. El ambiente que nos rodea nos empuja muchas veces a esa manera de actuar.
Una fe madura nos va a ayudar mucho en este sentido. No una fe como refugio para una huida; no nos vamos a esconder de los problemas o de las dificultades. Vamos a enfrentarnos sintiendo esa fortaleza interior; hay una luz que de verdad ilumina nuestra vida y esa luz es Jesús. En el encontramos esa verdadera paz; su Palabra nos ilumina y nos señala caminos.
En el texto que hubiéramos escuchado ayer Jesús nos anunciaba que nos dejaría la fuerza de su espíritu. Nos decía: ‘Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado; pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os irá recordando todo lo que os he dicho’. Acercándonos al final de la Pascua y a Pentecostés vamos a escuchar repetidamente ese anuncio de Jesús.
Hoy nos anuncia que llega la hora del príncipe de este mundo; se acerca la hora de su pasión; pero quiere indicarnos también cómo vivimos en un mundo rodeado de dificultades, un mundo donde impera demasiado el mal, el odio, el egoísmo, la ambición, la mentira y la falsedad. Es la realidad que vivimos a nuestro alrededor que muchas veces nos hace mucho daño; pero  no hemos de temer, porque no nos faltará la fuerza del Espíritu del Señor que nos ilumina para lo que tenemos que hacer y nos da su fuerza. Por eso, como reflexionábamos, no hemos de perder la paz, esa paz que el Señor nos regala y que llena nuestro corazón cuando en verdad sabemos llenarnos de Dios.

lunes, 25 de abril de 2016

Nuestra vida, si en verdad nos decimos seguidores de Jesús, tiene que ser evangelio de esperanza para los que nos rodean

Nuestra vida, si en verdad nos decimos seguidores de Jesús, tiene que ser evangelio de esperanza para los que nos rodean

1Pedro 5,5b-14; Sal 88; Marcos 16,15-20

En este día 25 de abril celebramos la fiesta del evangelista san Marcos dentro de este camino pascual que venimos recorriendo desde que celebramos la Resurrección del Señor. La liturgia nos ofrece los párrafos finales de su evangelio con el envío por parte de Jesús de sus discípulos al mundo entero a proclamar la buena nueva del Evangelio.
Evangelio, buena nueva, buena noticia, buena noticia de salvación que hemos de anunciar. Es para detenerse a considerar eso mismo que estamos diciendo. Las buenas noticias nos llenan de alegría; las buenas noticias nos anuncian esperanza, y en este caso, esperanza de vida y salvación. Y Jesús quiere que esa buena noticia llegue a todos. Tenemos que trasmitirla, tenemos que testimoniarla. ¿Será eso en verdad lo que hacemos los cristianos? ¿No nos habremos acostumbrado a eso de ser cristianos, de que en nuestro ambiente, todos se dicen cristianos, y habremos perdido esa alegría de nuestra fe?
Si en verdad sintiéramos en nuestro corazón ese ardor de esa buena noticia que al llega a nuestra vida nos ha transformado porque ha puesto una nueva esperanza en nuestra vida, tendríamos que estar gritando por todas partes que el Señor nos ama y nos regala su salvación para que todos acudamos a ella. Pero mira como somos los cristianos, tan fríos, tan insulsos, tan desganados, con tan poco entusiasmo. Creo que tendría que hacernos pensar.
Pero además hoy se nos dice que a aquellos que creen, aquellos que anuncian y repiten una y otra vez esa buena noticia a todos, les acompañarán unas señales. Y habla de curar enfermos, de echar demonios, de no permitir que pase nada malo que pueda dañar a los demás, de un hablar un lenguaje nuevo que todos puedan entender. Y es que esas señales vienen a confirmar esa buena noticia que anunciamos; con esas señales daremos motivo a quienes nos escuchen a creer en esa palabra que anunciamos y que sí es posible ese mundo nuevo de salvación.
¿Cuáles serían esas señales que hoy tendrían que acompañar nuestra palabra, nuestro anuncio de salvación?  San Pedro en la primera lectura que hoy hemos escuchado nos hacía mirar a nuestro alrededor para ver cuantos son los sufrimientos de los hombres que nos rodean. ‘Resistidle firmes en la fe, nos decía, sabiendo que vuestros hermanos en el mundo entero pasan por los mismos sufrimientos’.
¿Cuáles son los sufrimientos de nuestros hermanos, los hombres de nuestro tiempo hoy? Podemos pensar en esas catástrofes naturales que ahí cercanas tenemos en el tiempo o podemos pensar en cuantos están sufriendo hoy las consecuencias del odio y de las guerras; podemos pensar en esos refugiados que huyen de esos horrores de la guerra y del hambre en tantos lugares del mundo, que se desplazan de un lado a otro de nuestro planeta y van encontrando tanto rechazo y tanta discriminación, o podemos pensar en personas quizá más cercanas a nosotros que sufren las consecuencias de las crisis que vive nuestro mundo; podemos pensar en ese mundo de sufrimiento de los enfermos, de los ancianos solos, o de tantas personas discriminadas por mil cosas y que viven su dolor en la soledad; podemos pensar en tantos atormentados en su espíritu por crisis interiores, por problemas familiares, por desencuentros con aquellos que están a su lado y así podríamos seguir haciendo una lista muy grande de sufrimiento y de dolor.
¿Y el evangelio que anunciamos tiene para ellos una palabra de esperanza? Nosotros, con nuestros gestos, con nuestras actitudes y comportamientos, con nuestra solidaridad y nuestra generosidad, con la apertura de nuestro corazón y con nuestra cercanía, ¿seremos en verdad una palabra de evangelio, de buena nueva de salvación para esas personas que les infunda una nueva esperanza?
No olvidemos nunca que nuestra vida, si en verdad nos decimos seguidores de Jesús, tiene que ser evangelio para los que nos rodean. Mucho tendríamos que hacer y que quizá adormilados como estamos no somos capaces de hacer.

domingo, 24 de abril de 2016

Con Jesús ha nacido un mundo nuevo donde reina, donde tiene que reinar para siempre el amor


Con Jesús ha nacido un mundo nuevo donde reina, donde tiene que reinar para siempre el amor

Hechos 14, 20b-26; Sal 144; Apocalipsis 21, 1-5ª; Juan 13, 31-33a. 34-35
‘Hijos míos, me queda poco de estar con vosotros’, les dice Jesús. Suena a despedida. Son las palabras de Jesús en la cena pascual. ‘Me queda poco de estar con vosotros…’ y os voy a hacer una recomendación, quiero dejaros un mandato…
A la manera de cuando nos despedimos de un ser amado, bien porque vayamos a emprender un viaje y vamos a estar largo tiempo separados de aquellos seres a los que amamos, y comenzamos a hacerles recomendaciones, ‘tú cuídate… en sus manos dejo mis asuntos… traten de hacer las cosas bien, de llevarse bien…’; esas recomendaciones que solemos hacer, como para dejar un recuerdo, algo que permanezca en la memoria y sea como una señal de que si vamos a estar lejos queremos que las cosas marchen bien como si nosotros siguiéramos estando presentes; o serían las recomendaciones de unos padres a sus hijos porque ven que les llega su ultima hora, lo que solemos decir las ultimas voluntades, que va más allá del reparto de unas posesiones o unas riquezas, sino que lo que un padre desea es que sus hijos se sigan comportando como tales, que la familia no se descomponga, que permanezcan unidos y se sigan queriendo. 
Es lo que les está diciendo Jesús. Han convivido ya mucho tiempo y El los había ido instruyendo sobre el Reino de Dios que se constituía y que ellos ahora habían de continuar realizando; había ido creando una especial comunión entre ellos, para que nadie se sintiera con privilegios ni nadie se impusiera el uno al otro, porque habían de quererse como hermanos, habían de ser en verdad una nueva comunidad, y de ahí la comunión que entre ellos se había creado.
‘Me queda poco de estar con vosotros… y este es mi mandamiento, os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado’. La insistencia de Jesús a lo largo de todo su anuncio del Reino de Dios era constituir ese mundo nuevo del amor; de una forma y de otra había ido insistiendo como habíamos de amarnos todos, los unos a los otros, al menos como nos amamos a nosotros mismos y como en ese amor tendría que haber ninguna distinción ni nadie había de ser excluido de ese amor. Por eso hablaba del amor a los enemigos, el amor a los que nos habían hecho daño incluso rezando por ellos; hablaba de la nueva relación que nos tendría que llevar al perdón, a la comprensión, a la aceptación del otro, fuera quien fuera. Ni se podía excluir del amor al pecador, ni con nadie habríamos de hacer discriminación.
Ahora, por así decirlo, redondea ese estilo del amor. Ya nos había dicho que habíamos de ser compasivos y misericordiosos como lo era el Padre del cielo, proponiéndonos como modelo de perfección en el amor, el amor infinito de Dios que tanto nos había amado que nos había entregado a su Hijo único. Ahora nos está diciendo que nuestro amor ha de ser como su amor. ‘Amaos los unos a los otros como yo os he amado’, viene a decirnos.
Y es que además cuando amemos a los demás, sea quien sea, es como si le estuviéramos amando a El. Como diría en otro momento ‘todo lo que hicisteis a uno de estos humildes hermanos – y hablaba del hambriento, del que nada tenia y estaba desnudo, del enfermo o del inmigrante, del que estaba condenado en la cárcel, o de aquel que nadie quería – a mí me lo hicisteis’.
Y tal de de ser la intensidad de este amor nuevo que nos está dejando Jesús como su testamento que por eso nos van a distinguir. Ya se admirarían los paganos del amor de los discípulos de Jesús diciendo ‘mira como se aman’. Por eso ahora nos dirá: ‘La señal por la que conocerán que sois discípulos míos, será que os amáis unos a otros’. Nuestro distintivo de seguidores de Jesús. No se nos va a distinguir porque recemos mucho o porque vayamos muchas veces a la Iglesia, porque formemos un grupo aparte y cerrado en si mismo ni por los milagros que podamos hacer; se nos va a distinguir por nuestro amor, y no un amor cualquiera, sino un amor como el que nos tiene Jesús.
Va a nacer una nueva comunidad, una nueva comunión, la de los que creemos en Jesús y nos amamos como El nos amó. ‘Ya me queda poco de estar con vosotros…’, pero esta es mi recomendación, está será la señal de que yo sigo para siempre con vosotros, en el amor que os tenéis. Por algo Juan en el Apocalipsis nos hace esa descripción de esa ciudad nueva, de esa nueva Jerusalén que parece bajada del cielo, es la comunidad en la que brilla de manera especial el amor, que resplandece - ‘como una novia que se adorna para su esposo’ – por su amor. Y ahí ya no tiene que haber llanto, dolor, luto, tristeza, ninguna pena, porque donde reina el amor todo eso se ve mitigado, todo eso se ve transformado porque viviremos para siempre en la alegría y la esperanza del amor. ‘Hago el universo nuevo’, que decía el Espíritu en el Apocalipsis, ha nacido un nuevo universo donde reina, donde tiene que reinar para siempre el amor.
Seguramente más de uno mientras nos vamos haciendo esta reflexión se va haciendo muchas preguntas – yo también me las hago – sobre si todo esto que estamos diciendo es una realidad en nosotros hoy, en los que nos llamamos cristianos. Constataremos quizá que la realidad deja mucho que desear, porque no terminamos de amar así, de crear esa comunión de amor entre nosotros. Es cierto. Somos una comunidad de pecadores, pero que queremos ser una comunidad de santos.
La realidad son nuestras debilidades pero también tendríamos que decir – ese tendría que ser al menos nuestro empeño – que reconocemos que somos pecadores, pero que queremos crecer en un amor así. Nos cuesta en nuestra debilidad, pero sabemos que el amor del Señor no nos falta y no nos falta su gracia para superarnos, para crecer cada día más, para obtener también el perdón y la misericordia del cielo ante tantas debilidades nuestras y ante la frialdad de nuestro amor.
Por eso venimos a la Eucaristía, aun sabiendo que no somos lo santos que tendríamos que ser, pero queremos alimentar nuestro amor, queremos crecer en nuestro amor, queremos amar con un amor como el que Jesús nos tiene. Esa es nuestra súplica llena de esperanza.



sábado, 23 de abril de 2016

En Jesús contemplamos el rostro misericordioso de Dios que llena de paz nuestro corazón

En Jesús contemplamos el rostro misericordioso de Dios que llena de paz nuestro corazón

Hechos 13, 44-52; Sal 97; Juan 14, 7-14

‘Hace tanto tiempo que estoy con vosotros, ¿y aún no me conoces…?’ Fue la queja de Jesús a Felipe y en consecuencia al resto de los apóstoles ante las preguntas que le hacían porque no terminaban de comprender lo que les estaba diciendo.
Nos cuesta conocer a las personas, aunque pensemos que ya las conocemos; nos cuesta introducirnos de verdad en el misterio de la persona y no quedarnos en detalles, en superficialidades, en cosas externas por las que fácilmente juzgamos y hasta tantas veces condenamos. Por supuesto me atrevería a decir que cada persona es un misterio, porque encierra en si misma muchas cosas que no siempre somos capaces de percibir. Conocer el pensamiento o el interior de la persona no podemos llegar a él si la persona no se nos comunica, abre su interior. Pero una mirada atenta a la persona, fijándonos bien en su trayectoria, siguiendo atentamente sus palabras y lo que va manifestando de si misma nos ayudará a comprender, a ir penetrando en ese misterio, como decíamos, de la persona, para no quedarnos en superficialidades, que nos lleven a ese juicio temerario, a la murmuración o a la critica a lo que nos sentimos tantas veces tentados.
¿Será acaso una queja que Jesús también nos haga a nosotros? ¿Le conocemos de verdad? Hemos venido reflexionando mucho sobre esto. Porque hay ocasiones en que por nuestras actitudes y comportamientos, o incluso por la manera de mantener nuestra relación con Dios, da la apariencia de que aun no terminamos de conocer plenamente a Jesús. Y es que conocer a Jesús nos llevará a conocer a Dios; en Jesús se nos revela todo el misterio de Dios. Por eso decimos en nuestro lenguaje teológico que es el Verbo, la Palabra del Padre que se nos revela.
Necesitamos de verdad escuchar a Jesús, su Palabra, su revelación de Dios. Y es algo que muchas veces nos cuesta porque nos distraen tantos ruidos de nuestro mundo. Hoy nos dice: ‘Si me conocéis a mi, conoceréis también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto’. Es de donde surge la petición de Felipe: ‘Señor, muéstranos al Padre y nos basta’. A lo que Jesús le terminará respondiendo, tras su queja, ‘quien me ha visto a mí ha visto al Padre’.
Jesús nos manifiesta con su persona, con su vida, con sus palabras y gestos el rostro misericordioso y lleno de amor de Dios. Ahí tenemos sus parábolas, como aquella parábola tan hermosa y que tantas veces hemos meditado que nos manifiesta al padre compasivo y misericordioso siempre dispuesto a acoger al hijo pródigo que se ha marchado de la casa. Es el rostro de Dios.
Ahí tenemos también sus gestos, su cercanía con los pobres, con los niños, con los que sufren, con los pecadores. El no viene a condenar porque nos está manifestando al Padre misericordioso siempre dispuesto a perdonar. Y acoge a los pecadores y come con ellos, y siempre tendrá la palabra oportuna para salvar a la persona como cuando llega ante El la mujer pecadora, y estará dispuesto incluso a disculpar para ofrecer el perdón – ‘Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen’ – o para abrir las puertas de la salvación eterna al pecador arrepentido que le reconoce como el Señor y el Salvador – ‘hoy estarás conmigo en el paraíso’ –.
Qué gozo y que paz podemos sentir en nuestro corazón; somos pecadores pero tenemos la certeza de los brazos amorosos del padre que nos acoge y nos perdona y nos llena de vida. Es la maravillosa revelación de amor que nos hace Jesús.

viernes, 22 de abril de 2016

El camino de la vida se nos puede llenar de dudas y de preguntas pero será siempre un camino de pascua, un camino desde la fe hecho al paso de Dios


El camino de la vida se nos puede llenar de dudas y de preguntas pero será siempre un camino de pascua, un camino desde la fe hecho al paso de Dios

Hechos 13, 26-33; Sal 2; Juan 14, 1-6

‘Que no tiemble vuestro corazón; creed en Dios y creed también en mí’. Andaban inquietos los discípulos en la noche de la cena. Muchos signos extraordinarios se habían sucedido a lo largo de aquella cena que tenía que estar llena de alegría como eran siempre para los judíos la celebración de la pascua. Pero las palabras de Jesús hacían barruntar algo que ellos, a pesar de tantos anuncios que Jesús había realizado, seguían sin comprender. Las palabras de Jesús tratan de infundir calma en sus corazones invitándoles a poner toda su confianza en El, a poner toda su fe en Dios, porque era la pascua, el paso definitivo de Dios en sus vidas y en la historia.
Andamos inquietos también muchas veces ante cosas que nos desconciertan. Y cuando nos sentimos así parece que el mundo tiembla bajo nuestros pies. Contratiempos en los problemas que cada día nos van apareciendo, situaciones difíciles de las que no sabemos cómo salir, enfermedades que nos hacen sufrir ya sea porque nos afecten a nuestra propia salud o porque veamos enfermar a los que queremos y están a nuestro lado quizás con enfermedades incurables que les aboquen a la muerte, acontecimientos extraordinarios que se suceden en la sociedad que no llegamos a entender, catástrofes naturales que siegan la vida de tantos y que llenan de dolor a poblaciones enteras…
Parece que nos llenamos de dudas ante las cosas que nos suceden o lo que contemplamos en nuestro entorno y nos surgen muchas preguntas desde lo hondo del corazón. Miremos simplemente lo que cada día sucede en nuestro entorno, o las calamidades que se suceden unas tras otras en el hoy de nuestra historia. Podríamos recordar muchas cosas y hacer una lectura de nuestra historia.
 Pero escuchemos la palabra de Jesús: ‘Que no tiemble vuestro corazón; creed en Dios y creed también en mí’. Jesús nos invita a hacer otra mirada distinta sobre la vida y sobre todo eso que nos sucede. Jesús nos invita a levantar la mirada hacia lo alto con otras metas distintas y más sublimes. Jesús nos invita a una trascendencia de nuestra vida que no se termina en el hoy que ahora vivimos y que puede concluir en la muerte.
Nos habla Jesús de su vuelta al Padre pero de que quiere que estemos con El para siempre. Jesús nos habla de otras estancias en las que podremos encontrar una vida superior y donde ya no habrá muerte ni luto ni dolor.
Los discípulos no entienden, quieren buscar caminos y no saben por donde encontrarlos. Pero Jesús les dice que El es el Camino, que El es la Verdad plena y absoluta, que El es la Vida que dura para siempre. Jesús les está enseñando que no han de hacer otra cosa que seguirle a El, poner toda su fe en El y hacer su mismo camino.
Será un camino de pascua, pero que es un camino que conduce a la vida. Es un camino que haremos al paso de Dios. Y el paso de Dios está también ahí en nuestros sufrimientos, en nuestras dudas e incertidumbres, en nuestros miedos y desánimos,  en esos problemas que nos aparecen cada día o en esos sufrimientos, los propios o los de los que están en nuestro entorno. Y si lo hacemos al paso de Dios todo eso nos llevará a la vida. Se nos puede hacer duro y nos costará muchas veces entender haciendo que surjan preguntas dolorosas en nuestro interior. Pero pongamos nuestra fe en el Señor y todo se llenará de luz y de vida. 

jueves, 21 de abril de 2016

En cuántas cosas concretas de la vida hemos de traducir ese amor que arde nuestro corazón, encendido en el fuego del amor divino

En cuántas cosas concretas de la vida hemos de traducir ese amor que arde nuestro corazón, encendido en el fuego del amor divino

Hechos 13,13-25; Sal 88;  Juan 13,16-20

Con toda seguridad todos tenemos la experiencia de aquellos tiempos de nuestros estudios, ya fuera en la escuela elemental, en los estudios secundarios o acaso en los superiores si llegamos a ellos, de un maestro – y empleo esta palabra ‘maestro’, no profesor con toda razón – que dejó huella en nosotros; no solo se preocupaba profesionalmente de enseñarnos cosas, de enseñarnos la materia correspondiente, sino que realmente nos enseñaba para la vida; de ahí sus sabios consejos, sus reflexiones que nos hacían pensar, aquellos pensamientos que dejaban huellas en nosotros y sentaban principios en nuestra vida.
Ya no era solamente lo que nos hacia reflexionar, sino que por la rectitud de su vida actuando según sus principios se convertía para nosotros en ejemplo que de alguna manera deseábamos imitar; por eso decía, no solo profesor, sino maestro del que queríamos ser sus discípulos, porque realmente nos sentíamos impulsados a seguir sus pasos, a imitarle. Dichosos si tuvimos un maestro así al que estaremos eternamente agradecidos y de alguna manera vaya como homenaje.
A Jesús en el evangelio lo llamaban el Maestro; así lo escuchamos en labios de los discípulos más cercanos, como veremos también que es la sensación que tienen aquellas multitudes que acudían de todas partes para escucharle. Es el Maestro que nos enseña, a quien tenemos que escuchar y a quien tenemos que seguir. Por eso a aquellos que acudían a él para escucharle y que estaban con El los llamamos discípulos. El discípulo es el que sigue los pasos de su maestro, no solo lo escucha, sino que lo imita. Somos discípulos de Jesús porque escuchamos a Jesús pero porque seguimos a Jesús.
En la cena, cuando Jesús se despojó de su manto y se puso a lavarles los pies los discípulos escandalizados pensaban que eso no era la tarea de su maestro; por eso cuando Jesús termina les dice ‘me llamáis el Maestro y el Señor, y en verdad lo soy; pero esto que he hecho con vosotros tenéis que hacerlo los unos a los otros…’ Es el Maestro que enseña con sus gestos, con su vida, con su acción. Muchas veces había día que había que hacerse el ultimo y el servidor de todos, ahí, en la cena lo contemplamos haciéndose el último, haciendo el servidor de todos.  ‘Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica’. Es lo que nos está pidiendo Jesús. 
Es en lo que hoy Jesús quiere insistir. No nos podemos creer mayores ni mejores que nuestro Maestro y Señor, sino que como El hemos de sabernos hacer los últimos, los servidores de todos. No nos tiene que dar vergüenza el servir; es nuestro orgullo el ser servidor de todos, el prestar siempre con total disponibilidad servicio a los demás. Así haremos creíble el mensaje cristiano porque no enseñamos doctrinas, sino que trasmitimos vida a través de nuestros gestos, de nuestras actitudes, de nuestras acciones, de nuestro espíritu de servicio.
Seremos en verdad discípulos, seguidores de Jesús porque haremos lo mismo que hizo Jesús. En cuantas cosas concretas de la vida hemos de traducir ese amor que arde nuestro corazón, encendido en el fuego del amor divino.

miércoles, 20 de abril de 2016

No rechacemos la luz, no nos apartemos del camino de la fe, busquemos de verdad a Jesús queriendo conocerle más y más iluminándonos con su luz para tener vida

No rechacemos la luz, no nos apartemos del camino de la fe, busquemos de verdad a Jesús queriendo conocerle más y más iluminándonos con su luz para tener vida

Hechos 12, 24-13, 5; Sal 66; Juan 12, 44-50

Tener a nuestro alcance la luz, y preferir hacer el camino a oscuras no nos parece lo más sensato. No tiene sentido el que pudiendo llevar una luz en nuestra mano nos introduzcamos en un lugar oscuro, ya sea un camino, ya sea un lugar cerrado, y vayamos tropezando con todo lo que nos encontremos, con el peligro incluso de hacernos daño, por no querer tomar esa luz.
Quizá en la materialidad de esos hechos no lo hagamos y ya procuraremos alumbrarnos debidamente para introducirnos en un lugar oscuro y que no conocemos, pero hay muchas facetas en la vida en la que sí ponemos en riesgo de peligro nuestro ser más profundo por rechazar la luz que se nos pueda ofrecer. Es el que rechaza un sabio consejo de un amigo previniéndonos contra algunos peligros que nos podamos encontrar en la vida; es el que rechaza la posibilidad de unos mejores conocimientos, no aprovechando quizá unos estudios, que nos darían una mayor estabilidad en la vida o unas mejores posibilidades de crecimiento como persona. Pero es también el que se cierra a la luz de la fe que nos podría llevar por caminos de una mayor plenitud.
Es el que se niega a creer en el orgullo de su autosuficiencia que cree que por si mismo encontrará el pleno sentido de su vida, o el que se reduce a una fe pobre y descafeinada que se contenta con lo de siempre esto ha sido así, pero no es capaz de avanzar, profundizar en ese conocimiento de Dios quizá por un temor a que le pueda llevar a unos nuevos compromisos en su vida.
La fe tiene que ser algo vital en nosotros, algo vivo que realmente nos haga crecer espiritualmente y como personas, por eso el verdadero creyente está siempre en deseos de querer conocer más y más a Jesús y a su evangelio para tratar de impregnarse profundamente del sentido que Cristo quiere dar a nuestra vida. La fe no se puede quedar en un barniz exterior que un día se puede diluir y perder todo su color; la fe no puede ser como un vestido o un disfraz que nos ponemos en ocasiones, pero que en el resto de la vida actuamos como si la fe no nos afectara en absoluto; la fe tiene que ser algo profundo en nosotros porque en fin de cuentas será un llenarnos de Dios que es el que verdaderamente dará plenitud de sentido a nuestra existencia.
‘Yo he venido al mundo como luz, y así, el que cree en mí no quedará en tinieblas’, nos ha dicho hoy Jesús en el evangelio. Todo es una invitación a escuchar a Jesús porque es escuchar a Dios, conocer a Dios, vivir a Dios. ‘El que cree en mí, no cree en mí, sino en el que me ha enviado. Y el que me ve a mí ve al que me ha enviado…  Por tanto, lo que yo hablo lo hablo como me ha encargado el Padre’. Es lo que escuchábamos desde la voz del cielo en el Tabor: ‘Este es mi Hijo amado, mi predilecto. Escuchadle’.
No rechacemos la luz, no nos apartemos del camino de la fe, busquemos de verdad a Jesús queriendo conocerle más y más. Dejémonos iluminar por su luz porque así tendremos vida, una vida que nos conducirá a la plenitud del sentido de nuestra existencia.

martes, 19 de abril de 2016

Recordar la historia de amor de Dios en mi vida es hacer una profesión de fe y una protesta de amor para escucharle y seguirle siempre

Recordar la historia de amor de Dios en mi vida es hacer una profesión de fe y una protesta de amor para escucharle y seguirle siempre

Hechos  11,19-26; Sal 86; Juan 10, 22-30
‘¿Hasta cuando nos vas a tener en suspenso? Si tú eres el Mesías, dínoslo francamente’. Es, por así decirlo, la eterna pregunta. ‘¿Quién eres tú?’ Lo conocían, sabían de sus obras, escuchaban sus enseñanzas, se entusiasmaban con los signos y milagros que realizaba, pero seguían con la inquietud de la duda en su interior. ¿Sería o no sería el Mesías prometido? No cuadraba en muchas cosas con lo que ellos habían imaginado que sería el Mesías, por las deducciones que hacían de lo anunciado por los profetas. En las palabras proféticas no terminaban de descifrar en su sentido las señales con las que se anunciaba su venido; por eso seguían ahora en su confusión y seguían preguntando. ‘Dínoslo francamente’, le decían.
Como nos sucede a nosotros en tantas cosas, en tantas circunstancias. Ya sea en nuestra relación con los demás, a los que creemos que conocemos pero nos sorprenden en muchas ocasiones; como nos sucede de cara a nosotros mismos que muchas veces quizá parece que no sabemos lo que queremos; como nos sucede con los principios que son como soporte de nuestra vida, en lo que nos entran dudas en algunos momentos cuando vemos el actuar de otras personas, cuando nos presentan otras maneras de ver las cosas y nos ponemos de alguna manera críticos ante todo.
Nos sucede en nuestra vida cristiana, en nuestro seguimiento de Jesús donde también nos hacemos preguntas, nos cuestionamos si en verdad lo que vivimos es el evangelio y nos hacemos muchas revisiones, que también nos son necesarias.
El evangelio insiste en el mensaje que hemos venido escuchando estos últimos días. Con Jesús nos sentimos seguros porque El es en verdad el Buen Pastor de nuestras vidas. ‘Somos suyos y el rebaño que El guía’, como hemos meditado estos días con los salmos. Somos del Señor, somos su rebaño, le conocemos y El nos conoce. Queremos escucharle y seguirle. Ha de ser nuestro propósito. ‘Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano’.
No nos podemos sentir confundidos. Y no nos sentimos confundidos cuando nos sentimos amados. Es la experiencia más hermosa, reconocer el amor y la misericordia del Señor en nuestra vida. Cuando uno se siente amado se siente en verdad seguro y nada le confundirá. Tenemos que revivir continuamente en nosotros esos momentos en que de manera especial hemos experimentado el amor del Señor.
La historia de la salvación no es otra cosa que un ir recordando esa historia de amor de Dios para con su pueblo. Cada uno de nosotros tenemos nuestra propia historia de la salvación, esa historia del amor de Dios en nuestra vida cuando tantas veces nos hemos sentido perdonados, cuando tantas veces hemos sentido su protección y hemos experimentado con su evangelio ha sido luz en nuestra vida en las circunstancias concretas que hayamos vivido. Recordar esa propia historia de salvación es como hacer una profesión de fe y una profesión de amor que nos hará sentirnos fuertes y seguros en el Señor.



lunes, 18 de abril de 2016

No están reñidas nuestra autonomía personal y nuestra fe porque siguiendo a Jesús, nuestro Buen Pastor, encontraremos la mayor grandeza y dignidad

No están reñidas nuestra autonomía personal y nuestra fe porque siguiendo a Jesús, nuestro Buen Pastor, encontraremos la mayor grandeza y dignidad

Hechos 11,1-18; Sal 41; Juan 10,1-10

Toda persona aspira a tener su autonomía personal y el irlo logrando forma parte de ese crecimiento y maduración de la personalidad de cada uno; es tener nuestro pensamiento, el saber caminar por la vida tomando sus decisiones personales con total libertad, sentirse libre y nunca coaccionado por nada ni por nadie, tener sus propias metas e ideales, tener voluntad para hacer su propio camino.
Pero esa autonomía y libertad con que vivamos nuestra vida no significa que en el fondo queramos tener unas seguridades, tener alguien que camine a nuestro lado y sea como un estimulo que nos fortalezca interiormente, y también al mismo tiempo querer aprender de quien en verdad puede ser algo más que acompañante porque sea guía y luz de nuestra vida. Todo eso desde una decisión personal por nuestra parte y desde ese deseo de encontrar ese camino recto para nuestra vida. Aún con nuestra autonomía sabemos que necesitamos esa luz, esa guía, esa fortaleza interior, ese estimulo para nuestro caminar, ese alguien que nos señale claramente esas metas altas a las que hemos de aspirar y por las que luchar.
Alguien quizá cuando le hablan de la fe y de seguir un camino desde lo que Jesús en el evangelio nos señala piensa que eso puede coartar su libertad y su autonomía en una confusión quizá de lo que es el sentido de una verdadera fe. Es cierto que es un don sobrenatural, y por eso nos sobrepasa por así decirlo, pero la fe nunca va a restar nuestra libertad pero nuestra respuesta, - y la fe es también una respuesta por nuestra parte -, la realizamos con total libertad. No está reñida nuestra autonomía personal con nuestra fe, porque la ve nos ayudará precisamente a descubrir la verdadera grandeza y dignidad del hombre. Además recordemos que Jesús nos dirá que el que le sigue encuentra la verdadera libertad, porque precisamente nos va a liberar de tantas ataduras interiores y exteriores que son las que verdaderamente nos esclavizan. ‘La verdad os hará libres’, nos dice y El es esa Verdad plena y total para nuestra vida.
Decir que Jesús es el Buen Pastor y nosotros somos su rebaño, no significa que seamos unos borregos que ciegamente sigamos a Jesús. La imagen del pastor nos habla de mansedumbre y de amor, de preocupación por sus ovejas y del cuidado que de ellas tiene el pastor buscando para ellas los mejores pastos; decir que somos el rebaño que sigue a Jesús significan que en El hemos encontrado ese amor que nos motiva a seguirle porque en El encontramos ese verdadero sentido de nuestra vida y siempre su voz nos va a conducir a lo mejor, a la mayor plenitud de nuestra vida. Para el verdadero creyente es un gozo, el mayor de su vida, el seguir al Buen Pastor, seguir el camino de Jesús.
Hoy en el evangelio Jesús nos habla de cómo en El vamos a encontrar esa plenitud, que es lo que El quiere para nosotros. Le seguimos y escuchamos su voz y lo hacemos con total libertad desde lo hondo del corazón porque en El encontramos lo que en verdad da el mayor sentido y valor a nuestra vida. Por eso nos dice: Yo soy la puerta: quien entra por mí, se salvará, y podrá entrar y salir, y encontrará pastos…  Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante’.
Busquemos a Jesús, queramos en verdad escucharle, hagámonos verdaderos discípulos siguiendo sus pasos y caminos y alcanzaremos la mayor plenitud de nuestro ser.

domingo, 17 de abril de 2016

Que aprendamos en verdad a escuchar la voz del Señor para seguirle porque somos su pueblo, el rebaño que El apacienta

Que aprendamos en verdad a escuchar la voz del Señor para seguirle porque somos su pueblo, el rebaño que El apacienta

Hechos 13, 14. 43–52; Sal 99; Apocalipsis 7, 9. 14b-17; Juan 10, 27-30
El salmo que hoy nos ofrece la liturgia es toda una invitación a la alegría, al júbilo, a aclamar al Señor con todo nuestro corazón y nuestra vida. ‘¡Aclamad al Señor, habitantes de toda la tierra, servid al Señor con alegría, entrad ante El con cánticos de júbilo!’, nos invita. Y no es para menos. Seguimos viviendo la alegría de la Pascua, seguimos proclamando a Cristo resucitado. No lo podemos olvidar.
Es una alegría expansiva, no se puede quedar en nosotros, se extiende y se contagia a todos. Así tendría que ser siempre la alegría que vivimos los cristianos, aunque algunas veces no lo sabemos expresar. No siempre somos capaces de dar los síntomas de esa alegría que tenemos que llevar dentro y envolver toda nuestra vida. Y no es para menos cuando nos sentimos amados del Señor.
Como sigue diciendo el salmo ‘sabed que el Señor es Dios, que El nos hizo y suyos somos, su pueblo y ovejas de su rebaño que él apacienta’. Cuando hemos contemplado en la celebración de la Pascua, en el triduo pascual, la entrega de Jesús hasta la muerte por nosotros para darnos vida, para resucitarnos con El, esto lo tenemos que ver bien claro. ‘Porque el Señor es bueno y su amor es eterno, su fidelidad permanece de generación en generación’, continuamos diciendo con el salmista. Cuánto tenemos que considera esa bondad del Señor y su fidelidad. ‘Permanece de generación en generación’, nos dice, porque nos ama aunque nosotros no le hayamos amado.
‘Su pueblo y ovejas de su rebaño, ovejas que Él apacienta’. Este cuarto domingo de pascua es llamado el domingo del Buen Pastor, por el tema que se nos ofrece en el evangelio. El texto que se nos ofrece en este ciclo es breve, pero conectamos perfectamente con los textos paralelos que se nos ofrecen en los otros ciclos y todo lo que Jesús nos dice en este sentido en el evangelio.
‘Mis ovejas escucharán mi voz y yo las conozco y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna y no perecerán para siempre…’ nos dice Jesús en el evangelio. Qué relación más hermosa podemos establecer con el Señor, Pastor de nuestras vidas. Escuchamos su voz, le seguimos, y el Señor nos conoce – y podríamos decir por nuestro nombre – y nos ama hasta el punto de inundarnos de su vida. Expresa el amor del Señor por nosotros, pero quiere expresar cómo nosotros hemos de responder. Escucharle y seguirle.
Escucharle es prestar atención. Podemos oír muchas voces, como oímos muchos ruidos, pero no queremos distraernos y escuchamos con atención. Es entrar en nosotros mismos en un silencio interior para poder escuchar la voz del Señor. Es prestar atención solo a su voz que es la que nos guía, la que en verdad va a iluminar nuestra vida. Es la actitud permanente de escucha y contemplación que siempre ha de tener un cristiano. No podemos en verdad llamarnos cristianos porque seamos verdaderamente discípulos para seguirle si no escuchamos, si no contemplamos de verdad desde lo más hondo de nosotros mismos esa voz, esa Palabra del Señor.
El cristiano tiene que verdaderamente un hombre de oración, de contemplación, de escucha. Cuánto nos cuesta porque como decíamos hay muchas voces, muchos ruidos que nos distraen, muchos cantos de sirena que quieren atraernos por otros derroteros y por otros caminos. Es esa oración que cada día, y si queremos en cada momento, hemos de saber hacer, no como un acto rutinario, sino como un verdadero encuentro para escuchar. Es esa oración que no se reduce a decir cosas, a pedir cosas, aunque mucho sea lo que tenemos que pedir, sino que hace silencio para escuchar.
Es la postura de oración, la actitud de escucha y contemplación que hemos de tener ante la Palabra de Dios. Esa palabra que sí podemos escuchar individualmente en cualquier momento, pero que tiene una relevancia especial cuando es proclamada en la celebración. Es la actitud que en uno y en otro momento hemos de tener. Es una lástima que  muchas veces en nuestras celebraciones no le demos la importancia debida a ese momento de la proclamación de la Palabra que tendría que ir acompañada por nuestra parte por ese silencio para la verdadera acogida, para poder escucharla de verdad y rumiarla gozándonos en ella en nuestro interior, de la misma manera que ha de ser el ambiente que en la celebración se ha de crear para que esto sea así.
A muchas más consideraciones nos tendría que llevar esta escucha de la Palabra. Como María hemos de saber plantarla en nuestro corazón para que dé fruto. Escuchan su voz y le siguen. Ser verdaderos discípulos que seguimos el camino de Cristo. Es el Pastor que nos guía, que va delante de nosotros, que nos ofrece pastos de vida eterna, y que nos busca cuando andamos perdidos.
No quiero terminar esta reflexión sin una ultima palabra que haga referencia a cómo en este día hemos de orar por nuestros pastores, que en nombre del Señor pastorean el pueblo de Dios, y orar por las vocaciones a la vida sacerdotal y a la vida religiosa. Hoy es la jornada mundial de oración por las vocaciones. Pidamos al Señor que envíe abundantes y santos pastores para el pueblo de Dios.

sábado, 16 de abril de 2016

La Palabra de Cristo es nuestra vida y El se hace Eucaristía, alimento y viático de nuestro caminar para que nada nos haga vacilar

La Palabra de Cristo es nuestra vida y El se hace Eucaristía, alimento y viático de nuestro caminar para que nada nos haga vacilar

Hechos 9, 31-42; Sal 115; Juan 6, 60-69

‘¿Esto os hace vacilar?’, les pregunta Jesús viendo que muchos discípulos lo criticaban por lo que les acababa de decir y muchos ya desde entonces lo abandonaron y no quisieron ir más con él; por eso les pregunta también al grupo de los Doce ‘y vosotros, ¿también queréis marcharos?’
Dudan, no terminan de entender sus palabras que les parecen duras, les entra el desaliento porque no era quizá lo que esperaban. Tras momentos de euforia y entusiasmo – allá en el descampado hasta habían querido hacerlo rey – vienen los momentos de la desilusión, del enfriamiento del entusiasmo, de comenzar a ver que las cosas no son como las imaginamos, se vislumbran las dificultades y que la lucha puede ser ardua.
Nos pasa a todos. Tenemos nuestros altibajos, como se suele decir. Y cualquier cosa quizá que nos pueda contrariar nos enfría los entusiasmos y tenemos la tentación del abandono, de la huida porque quizá nos parece lo más fácil. Es en muchos aspectos; en el campo de nuestras responsabilidades; cuando adquirimos unos compromisos concretos con los que estábamos entusiasmados; cuando nos sentimos fracasados quizá en nuestros propósitos o en nuestros ideales; cuando se nos hace difícil y pesada la tarea, por ejemplo, en los padres de la educación de los hijos con tantas cosas enfrente con que nos encontramos que influyen en ellos; cuando los derroteros de la sociedad no van por lo que a nosotros nos hubiera gustado y hay muchas ideologías o muchas formas de pensar; en el compromiso de nuestra vida cristiana de cada día. Cada uno vemos nuestros desalientos, nuestras tentaciones al abandono.
Los discípulos se quedan dudando ante las preguntas de Jesús. ‘¿Esto os hace vacilar? ¿También vosotros queréis marcharos?’ Pero allí está Pedro con sus impulsos de amor. Quizá él tampoco termine de comprender las palabras de Jesús, pero un día se había decidido a seguirle dejándolo todo, cuando sintió además su pequeñez y su pobreza, su debilidad y lo que él consideraba su indignidad, y ahora estaba dispuesto también a estar con Jesús, fuera como fuera. Además la Palabra de Jesús le llegaba dentro. Ahora mismo el Maestro había dicho ‘mis palabras son espíritu y vida’, ¿cómo había de responder él? ‘Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios’.
Es el impulso de fe y de amor que no nos puede faltar. Dudamos, tenemos miedos, nos acobardamos, nos cuesta seguir adelante en la vida, se nos hace difícil la lucha, pero sabemos de quien nos fiamos, sabemos en quien confiamos. Tiene que crecer continuamente nuestra fe y nuestra confianza. Podemos porque el Señor está con nosotros. Mantenemos firmes nuestra fe porque en su Palabra encontramos vida. Seguimos adelante en la lucha de nuestra vida cristiana porque sabemos muy bien que El es nuestro alimento y nuestra fuerza. Para eso se ha hecho Eucaristía, Pan de vida eterna, alimento y fuerza de nuestra vida. 

viernes, 15 de abril de 2016

Comulgar, comer a Cristo es hacer que El viva en nosotros y nosotros vivamos en El y eso sea en verdad para siempre

Comulgar, comer a Cristo es hacer que El viva en nosotros y nosotros vivamos en El y eso sea en verdad para siempre

Hechos  9, 1-20; Sal 116; Juan 6, 52-59

‘¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?’,  se preguntaban los judíos. No entendían las palabras de Jesús. Como dirán luego esta doctrina es dura y difícil. Pero de alguna manera es la pregunta que se pueden hacer tantos en nuestro entorno. Seamos sinceros con nosotros mismos. ¿De verdad todos los que a nuestro alrededor se llaman incluso cristianos y católicos creen que comemos a Cristo cuando comulgamos, en la presencia real y verdadera de Cristo en la Eucaristía? Reconozcamos que para muchos es simplemente un rito pero no es nunca esa presencia real y verdadera del Cuerpo y de la Sangre de Cristo.
Pero vayamos a las palabras de Jesús y del evangelio. Jesús les había hablado de que El era el verdadero Pan bajado del cielo y que quien lo coma tendrá vida para siempre. Había terminado diciéndoles ‘y el pan que yo os daré es mi carne, para la vida del mundo’. Fue entonces la reacción de los que le escuchaban.
Es algo que tenemos que comprender muy bien. Hemos venido diciendo con las palabras de Jesús que El es nuestra verdadera vida, la verdad que da sentido a nuestro ser y nuestro vivir y cómo hemos de poner toda nuestra fe en El. Y poner nuestra fe en Jesús no es algo teórico o meramente intelectual, sino que tiene que hacerse verdaderamente vital en nosotros. Es asumir su vida, llenarnos de su verdad para que sea nuestra única verdad. Su camino es nuestro el único camino que nos conducirá a la plenitud. Por eso nos dice que así tendremos vida para siempre.
Cuando nos alimentamos ese alimento que comemos se transforma en nosotros en esa energía que nos da vida, que nos mantiene la vida; es el alimento el que se transforma para nuestro vivir. Pero cuando comemos a Cristo, nos alimentamos de Cristo, Pan de Vida, quienes se transforman somos nosotros. Comemos a Cristo y nos transformamos en Cristo para vivir su misma vida.
Por eso nos dirá Jesús hoy, ‘el que come mi carne y bebe mi sangre habita en mi y yo en él’. Vivimos en Cristo porque es su vida la que ya vivimos. ‘El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí… el que come de este pan vivirá para siempre’.
Son hermosas estas palabras de Jesús. No creemos en El y le mantenemos aparte de nuestra vida; cuando creemos en El y le comemos, El viene a habitar en nosotros, nosotros habitamos en El. ¿Queremos más hermosa comunión? Y quien vive en Dios, quien vive en Cristo ya no sabe lo que es morir, porque Cristo vive para siempre y nosotros estamos participando de su vida.
Unión maravillosa la que podemos vivir en Cristo. Así tenemos que pensar que sentido más hondo tenemos que darle a nuestras comuniones. Comulgar, comer a Cristo no es cualquier cosa, porque es vivir su vida, es hacer que El viva en nosotros y nosotros vivamos en El y eso sea en verdad para siempre. De ahí entonces la fuerza que recibimos, la gracia como decimos, que nos hará mantenernos fieles en nuestras luchas, que nos hará seguir fielmente su camino, que nos ayudará a superar el mal para vivir siempre en su gracia, en su amistad, en su vida.
Qué lástima que no vivamos siempre así nuestras comuniones, todo el misterio de la Eucaristía. Qué lástima que haya tantos que no hayan llegado a comprender plenamente, como reconocíamos al principio, todo el misterio de amor que es la Eucaristía.

jueves, 14 de abril de 2016

Comer a Jesús que es llenarnos de su vida… es encontrar todo lo que verdaderamente nos va a dar plenitud… vivir los valores nuevos del Reino… llenarnos de vida para siempre

Comer a Jesús que es llenarnos de su vida… es encontrar todo lo que verdaderamente nos va a dar plenitud… vivir los valores nuevos del Reino… llenarnos de vida para siempre

Hechos 8, 26-40; Sal 65; Juan 6,44-51

Todos queremos la vida; todos queremos vivir, y vivir de la mejor forma, y que no se nos acabe la vida. ¿No es cierto que de algún modo temamos la muerte? ¿No es cierto que todos deseamos una vida plena y feliz y que no se acabe? Aunque luego muchas veces no seamos capaces de buscar lo que da verdadera plenitud y felicidad; son las tentaciones que tenemos, y quizá nos apegamos a lo que no es tan importante, lo que realmente no nos da una felicidad plena. Pero deseamos en el fondo darle una verdadera trascendencia a nuestra vida, tenemos ansias de algo que en verdad nos llene para siempre, cuando andamos en medio de tantas cosas efímeras y caducas tras las que se nos va el corazón aunque al final nos demos cuenta que eso no merecía la pena.
La fe levanta nuestro espíritu; la fe nos hace vislumbrar eso que da verdadera plenitud al hombre; la fe le da alas al espíritu y nos hace soñar con cosas grandes; la fe nos ayuda a descubrir que esos sueños son posibles, porque pone metas altas en nuestra vida, nos hace encontrar los verdaderos valores que en verdad nos llenen por dentro. No podemos ver la fe como algo que coarte nuestra libertad, ponga límites a nuestra vida, sino todo lo contrario, porque la fe nos abre a cosas grandes. La fe no son limitaciones, sino apertura a la verdadera y más grandiosa libertad.
Es lo que nos ofrece Jesús. Pero tenemos que escucharle, saber escucharle con un corazón liberado, con un corazón que sea capaz de soñar y de abrirse a cosas grandes. Escucharle sin predisposiciones previas – valga la redundancia – con una apertura grande a esa novedad que quiere ofrecernos Jesús para nuestra vida. Muchas veces tenemos el peligro o la tentación de escuchar a Jesús con ideas preconcebidas. Tenemos que abrirnos a lo nuevo y descubriremos por qué caminos más hermosos nos hace transitar Jesús cuando en verdad ponemos fe en El y en su palabra.
Una necesaria apertura y sabernos dejar guiar. Hoy nos ha dicho ‘Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me ha enviado’. Es el Espíritu divino el que nos conducirá a Jesús y nos hará comprender bien las palabras de Jesús. Y nos promete que cuando ponemos nuestra fe en El nos dará vida para siempre. ‘Y yo lo resucitaré el último día’. 
Nos promete Jesús un alimento que nos haga tener esa vida para siempre. No es un alimento cualquiera. Siguiendo con la comparación de lo que antes los judíos le habían dicho que Moisés les había dado un pan del cielo allá en el desierto, ahora les explica Jesús cual es ese verdadero pan del cielo.  ‘Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron: éste es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre’.
El nos va a ofrecer ese pan de vida y de vida eterna. El nos va a ofrecer el verdadero pan bajado del cielo que es El mismo. ‘Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo para que el hombre coma de él y no muera…’ les dice.  ‘Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo’. Tenemos que comer a Jesús y tendremos vida para siempre. Comer a Jesús que es llenarnos de su vida; comer a Jesús que es encontrar todo eso que verdaderamente nos va a dar plenitud; comer a Jesús que es vivir esos valores que El nos enseña que constituyen el Reino de Dios; comer a Jesús que es vivir su evangelio, esa Buena Nueva de salvación que nos anuncia y nos regala; comer a Jesús nos llena de la vida que dura para siempre.
Cuando sacramentalmente comemos a Jesús, comulgamos, es todo esto lo que estamos comiendo, comulgando, para llenarnos de su vida, para vivir para siempre. Tendremos vida nosotros y estaremos así también dando vida al mundo.


miércoles, 13 de abril de 2016

Nos ofrece Jesús el Pan de vida eterna que nos saciará para siempre y dará plenitud de sentido a cuanto hacemos y vivimos

Nos ofrece Jesús el Pan de vida eterna que nos saciará para siempre y dará plenitud de sentido a cuanto hacemos y vivimos

Hechos 8, l-8; Sal 65; Juan 6, 35-40

Hay panes que por mucho que comamos no nos sentimos saciados nunca. Claro que podemos entender esto que estoy diciendo y no refiriéndonos simplemente al pan o la comida material. Hablar aquí y ahora de pan es referirnos a tantas propuestas que se nos ofrecen de un lado y de otro, tantos caminos que nos dicen que nos conducen a la felicidad, tantas ideas o pensamientos que se nos ofrecen como la ultima solución a todos los problemas. No todo nos satisface por muy adornado que se nos presente. Tantas cosas que son efímeras y caducas cuando en el fondo de nosotros mismos ansiamos algo que nos llene de plenitud. ¿Dónde podemos encontrarlo? ¿Quién nos puede ofrecer realmente algo que dé plenitud a nuestra vida?
Hoy Jesús en el evangelio nos dice que El sí puede darnos un pan que nos sacie plenamente. Los judíos que le escuchaban y que había comido en la tarde anterior aquel pan multiplicado milagrosamente allá en el descampado, como se habían visto sin panes, estaban pidiéndole que les diera siempre de ese pan. ¿Así no tendrían que trabajar porque ya tenían resuelto el tema de la comida para siempre? Pero no era eso precisamente lo que Jesús quería ofrecerles.
Aquello sucedido en el desierto era una señal, un signo de lo nuevo que Jesús quería ofrecernos para su vida. En verdad Jesús sí quiere llenar nuestra vida de plenitud. Para eso se nos ofrece El mismo, comerle a El era en verdad aceptarle y creer en El, comerle a El era en verdad llenarnos del sentido de su vida que nos introduciría por caminos nuevos de resurrección y de vida para siempre, comerle a El era llenarnos de su vida.
Solemos decir que comulgamos con alguien cuando estamos totalmente de acuerdo con él, con sus ideas y su pensamiento, con su manera de actuar y de hacer las cosas, con el sentido que él le da a su vida. Cristo nos invita a que le comamos porque para eso El se hace pan de vida, para que comiéndole no tengamos hambre nunca más, para que comiéndole y llenándonos de su vida tengamos vida para siempre, para que comiéndole ya para siempre nuestro vivir sea el de Cristo, nuestro pensamiento, nuestro actuar, nuestra manera de ser esté ya para siempre empapado del sentido de Cristo.
Escuchemos directamente las palabras de Jesús y rumiémoslas en nuestro corazón. ‘o soy el pan de la vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed…’ Nos pide Jesús que creamos en El, que pongamos toda nuestra fe El, nos confiemos de su Palabra y actuemos en consecuencia. ‘Esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día’, nos viene a decir.
Busquemos a Jesús porque en verdad queremos vivirle; busquemos a Jesús y que cada día lo conozcamos más, nos impregnemos de su palabra; busquemos a Jesús para caminar a su paso, para realizar sus mismas obras, para tener la certeza de que en El tendremos vida para siempre. En El nunca nos sentiremos defraudados. Comiendo de su pan nos sentiremos en verdad saciados para siempre porque nos llenamos de vida eterna. 

martes, 12 de abril de 2016

Tenemos muchas razones para creer en Jesús y querer alimentarnos de su Sabiduría divina que nos conduce a la verdad plena

Tenemos muchas razones para creer en Jesús y querer alimentarnos de su Sabiduría divina que nos conduce a la verdad plena

Hechos 7, 51-59; Sal 30; Juan 6, 30-35

¿Y por qué vamos a creer en ti? Algo así es lo que le responden a Jesús los judíos allá en Cafarnaún. Como nos sucede a nosotros en tantas ocasiones. Alguien quiere convencernos de algo de lo que nosotros no estamos muy seguros o no vemos claro, y de alguna manera así respondemos también. Queremos razones que nos convenzan sobre todo cuando se nos presentan ideas que parece que pueden cambiar nuestra manera de ver las cosas, o cuando estamos muy aferrados a lo que siempre hemos pensado o es nuestra propia tradición.
Jesús venía proponiéndoles muchas cosas en las que tendrían que cambiar sus maneras de pensar y de actuar. Desde la misma presentación de si mismo o desde lo que eran las expectativas de lo que les habían trasmitido que habría de ser el Mesías. Jesús había sido claro desde el principio porque les decía que para aceptar la Buena Noticia que El los ofrecía del Reino de Dios había que realizar un cambio profundo en sus vidas; les hablaba de conversión. Y dejar atrás nuestras maneras de pensar o la manera como hasta entonces hacíamos las cosas no era cosa fácil.
Ahora les dice que tienen que poner toda su fe en El. Les había dicho que lo que Dios quería era que creyeran en su enviado, que creyeran en El. Por eso reaccionan, ¿por qué hemos de creer en ti? Y ellos le recuerdan que si habían creído en Moisés es porque Moisés les había dado de comer en el desierto un pan bajado del cielo. Claro que eso era además reducir mucho las cosas, porque Moisés había sido líder del pueblo judío desde toda su lucha por liberarlos de Egipto y hacerlos atravesar el Mar Rojo, como el Señor le había confiado en aquella misión. Pero, diríamos que ahora van por lo fácil en su discusión con Jesús.
‘Os aseguro, les dice Jesús, que no fue Moisés quien os dio pan del cielo, sino que es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo’. Hemos de saber descubrir la acción de Dios. Igual que aquel pan multiplicado que en el día anterior habían comido en el descampado, no se podía quedar en el milagro de saciar momentáneamente el hambre que entonces podían comer. Habían de descubrir el signo, la señal que Dios les estaba dando. Aquel pan multiplicado milagrosamente era un signo de lo nuevo que en Jesús habían de encontrar.
En Jesús habían de saber descubrir ese sentido nuevo de la vida y de las cosas, ese sentido del nuevo Reino de Dios que Jesús anunciaba. Era, pues, necesario creer en Jesús. Jesús viene a revelarles la plenitud de la verdad, Jesús viene a ofrecerles la verdadera sabiduría que viene de Dios, Jesús nos quiere regalar su vida y para eso se hace pan. Es la gran revelación que Jesús les está haciendo. ‘Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed’. En Jesús vamos a encontrar esa verdad que nos va a saciar plenamente desde lo más hondo de nosotros mismos.
Aquellos judíos, no sé si muy conscientemente de lo que decían, le pedían a Jesús: ‘Señor, danos siempre de ese pan’. Quizá pensaban solo en el pan material que saciara sus estómagos, porque aun no habían terminado de comprender el signo. Nosotros sí podemos de una forma más consciente pedirle a Jesús que nos dé siempre de ese pan, porque así deseamos alcanzar esa sabiduría de Dios.