sábado, 16 de abril de 2016

La Palabra de Cristo es nuestra vida y El se hace Eucaristía, alimento y viático de nuestro caminar para que nada nos haga vacilar

La Palabra de Cristo es nuestra vida y El se hace Eucaristía, alimento y viático de nuestro caminar para que nada nos haga vacilar

Hechos 9, 31-42; Sal 115; Juan 6, 60-69

‘¿Esto os hace vacilar?’, les pregunta Jesús viendo que muchos discípulos lo criticaban por lo que les acababa de decir y muchos ya desde entonces lo abandonaron y no quisieron ir más con él; por eso les pregunta también al grupo de los Doce ‘y vosotros, ¿también queréis marcharos?’
Dudan, no terminan de entender sus palabras que les parecen duras, les entra el desaliento porque no era quizá lo que esperaban. Tras momentos de euforia y entusiasmo – allá en el descampado hasta habían querido hacerlo rey – vienen los momentos de la desilusión, del enfriamiento del entusiasmo, de comenzar a ver que las cosas no son como las imaginamos, se vislumbran las dificultades y que la lucha puede ser ardua.
Nos pasa a todos. Tenemos nuestros altibajos, como se suele decir. Y cualquier cosa quizá que nos pueda contrariar nos enfría los entusiasmos y tenemos la tentación del abandono, de la huida porque quizá nos parece lo más fácil. Es en muchos aspectos; en el campo de nuestras responsabilidades; cuando adquirimos unos compromisos concretos con los que estábamos entusiasmados; cuando nos sentimos fracasados quizá en nuestros propósitos o en nuestros ideales; cuando se nos hace difícil y pesada la tarea, por ejemplo, en los padres de la educación de los hijos con tantas cosas enfrente con que nos encontramos que influyen en ellos; cuando los derroteros de la sociedad no van por lo que a nosotros nos hubiera gustado y hay muchas ideologías o muchas formas de pensar; en el compromiso de nuestra vida cristiana de cada día. Cada uno vemos nuestros desalientos, nuestras tentaciones al abandono.
Los discípulos se quedan dudando ante las preguntas de Jesús. ‘¿Esto os hace vacilar? ¿También vosotros queréis marcharos?’ Pero allí está Pedro con sus impulsos de amor. Quizá él tampoco termine de comprender las palabras de Jesús, pero un día se había decidido a seguirle dejándolo todo, cuando sintió además su pequeñez y su pobreza, su debilidad y lo que él consideraba su indignidad, y ahora estaba dispuesto también a estar con Jesús, fuera como fuera. Además la Palabra de Jesús le llegaba dentro. Ahora mismo el Maestro había dicho ‘mis palabras son espíritu y vida’, ¿cómo había de responder él? ‘Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios’.
Es el impulso de fe y de amor que no nos puede faltar. Dudamos, tenemos miedos, nos acobardamos, nos cuesta seguir adelante en la vida, se nos hace difícil la lucha, pero sabemos de quien nos fiamos, sabemos en quien confiamos. Tiene que crecer continuamente nuestra fe y nuestra confianza. Podemos porque el Señor está con nosotros. Mantenemos firmes nuestra fe porque en su Palabra encontramos vida. Seguimos adelante en la lucha de nuestra vida cristiana porque sabemos muy bien que El es nuestro alimento y nuestra fuerza. Para eso se ha hecho Eucaristía, Pan de vida eterna, alimento y fuerza de nuestra vida. 

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