martes, 19 de abril de 2016

Recordar la historia de amor de Dios en mi vida es hacer una profesión de fe y una protesta de amor para escucharle y seguirle siempre

Recordar la historia de amor de Dios en mi vida es hacer una profesión de fe y una protesta de amor para escucharle y seguirle siempre

Hechos  11,19-26; Sal 86; Juan 10, 22-30
‘¿Hasta cuando nos vas a tener en suspenso? Si tú eres el Mesías, dínoslo francamente’. Es, por así decirlo, la eterna pregunta. ‘¿Quién eres tú?’ Lo conocían, sabían de sus obras, escuchaban sus enseñanzas, se entusiasmaban con los signos y milagros que realizaba, pero seguían con la inquietud de la duda en su interior. ¿Sería o no sería el Mesías prometido? No cuadraba en muchas cosas con lo que ellos habían imaginado que sería el Mesías, por las deducciones que hacían de lo anunciado por los profetas. En las palabras proféticas no terminaban de descifrar en su sentido las señales con las que se anunciaba su venido; por eso seguían ahora en su confusión y seguían preguntando. ‘Dínoslo francamente’, le decían.
Como nos sucede a nosotros en tantas cosas, en tantas circunstancias. Ya sea en nuestra relación con los demás, a los que creemos que conocemos pero nos sorprenden en muchas ocasiones; como nos sucede de cara a nosotros mismos que muchas veces quizá parece que no sabemos lo que queremos; como nos sucede con los principios que son como soporte de nuestra vida, en lo que nos entran dudas en algunos momentos cuando vemos el actuar de otras personas, cuando nos presentan otras maneras de ver las cosas y nos ponemos de alguna manera críticos ante todo.
Nos sucede en nuestra vida cristiana, en nuestro seguimiento de Jesús donde también nos hacemos preguntas, nos cuestionamos si en verdad lo que vivimos es el evangelio y nos hacemos muchas revisiones, que también nos son necesarias.
El evangelio insiste en el mensaje que hemos venido escuchando estos últimos días. Con Jesús nos sentimos seguros porque El es en verdad el Buen Pastor de nuestras vidas. ‘Somos suyos y el rebaño que El guía’, como hemos meditado estos días con los salmos. Somos del Señor, somos su rebaño, le conocemos y El nos conoce. Queremos escucharle y seguirle. Ha de ser nuestro propósito. ‘Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano’.
No nos podemos sentir confundidos. Y no nos sentimos confundidos cuando nos sentimos amados. Es la experiencia más hermosa, reconocer el amor y la misericordia del Señor en nuestra vida. Cuando uno se siente amado se siente en verdad seguro y nada le confundirá. Tenemos que revivir continuamente en nosotros esos momentos en que de manera especial hemos experimentado el amor del Señor.
La historia de la salvación no es otra cosa que un ir recordando esa historia de amor de Dios para con su pueblo. Cada uno de nosotros tenemos nuestra propia historia de la salvación, esa historia del amor de Dios en nuestra vida cuando tantas veces nos hemos sentido perdonados, cuando tantas veces hemos sentido su protección y hemos experimentado con su evangelio ha sido luz en nuestra vida en las circunstancias concretas que hayamos vivido. Recordar esa propia historia de salvación es como hacer una profesión de fe y una profesión de amor que nos hará sentirnos fuertes y seguros en el Señor.



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