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domingo, 23 de agosto de 2015

La fe nos abre caminos de vida eterna y nos fiamos de Jesús porque sus palabras son siempre para nosotros palabras de vida eterna

La fe nos abre caminos de vida eterna y nos fiamos de Jesús porque sus palabras son siempre para nosotros palabras de vida eterna

Jos. 24, 1-2.15-18; Sal. 33; Ef. 5, 21-32; Jn. 6, 61-70
Hay ocasiones en la vida en que nos vemos en la tesitura de tener que tomar una decisión importante que incluso puede ser trascendental para nuestra vida. Bien sea por los problemas que se nos presentan que tenemos que afrontar con decisión y valentía, o bien sea por un futuro que se abre ante nosotros que quizá se nos puede presentar incierto y nos llena de dudas o también pudiera ser un campo nuevo que se abre ante nosotros prometedor de muchas esperanzas.
Estarán en juego muchas cosas; nos sentiremos como zarandeados en medio de un mar de dudas, podemos tener miedo ante ese nuevo planteamiento de la vida, se hace crisis en cierto modo en nuestro interior. Ahí tiene que manifestarse la serenidad con que afrontamos la vida y la madurez que vamos alcanzando.
Como decíamos son los problemas que tenemos que afrontar, o pudiera ser el planteamiento de una vocación o de un sentido de la vida. Son decisiones que hemos de saber tomar, es la confianza que podamos tener en nosotros mismos y en nuestra prudencia humana será también lo que nos confiemos a la orientación o consejo que podamos recibir de quienes nos rodean y en quienes nos confiamos. Todo esto en múltiples aspectos de la vida, como podemos comprender fácilmente.
Me estoy haciendo esta reflexión al hilo de los hechos que contemplamos hoy en la Palabra proclamada. Será por una parte Josué a la entrada de la tierra prometida el que le plantee al pueblo su adhesión a la fe del Dios de la Alianza que les ha liberado de Egipto y les ha conducido por el desierto atravesando primero el mar Rojo y luego el Jordán hasta la tierra que le había prometido. ‘Escoged a quién servir: a los dioses a quienes sirvieron vuestros antepasados al este del Eufrates o a los dioses de los amorreos, en cuyo país habitáis. Yo y mi casa serviremos al Señor’, les dice.
Por su parte en el evangelio contemplamos la crisis que se ha suscitado en los discípulos y todos aquellos que primero le habían seguido en el desierto cuando la multiplicación de los panes y ahora han venido hasta la sinagoga de Cafarnaún ante las palabras de Jesús que anuncian el Pan de Vida. ‘Muchos discípulos de Jesús, al oírlo, dijeron: Este modo de hablar es inaceptable, ¿quién puede hacerle caso?’, y lo criticaban. ‘Desde entonces muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él’. Incluso entre los más cercanos, los doce, parecía también que aparecían sus vacilaciones y dudas, de manera que Jesús les preguntará: ‘¿También vosotros queréis marcharos?’
Allá en Siquén fue clara la respuesta y la confesión de fe del pueblo: ‘¡Lejos de nosotros abandonar al Señor para servir a dioses extranjeros! El Señor es nuestro Dios; él nos sacó a nosotros y a nuestros padres de Egipto, de la esclavitud; él hizo a nuestra vista grandes signos, nos protegió en el camino que recorrimos y entre los pueblos por donde cruzamos. Nosotros serviremos al Señor, porque él es nuestro Dios’.
Ahora en la sinagoga de Cafarnaún será Pedro el que tomará la palabra para responder en nombre de los doce: ‘Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios’. No había dudas aunque volvieran los momentos oscuros todavía muchas veces a la vida. Pero allí estaba la decisión firme y valiente, arriesgándolo todo por el Señor. ‘¿A quien vamos a acudir?’ Ponían toda su confianza en la Palabra de Jesús. Eran palabras de vida eterna. Como les había dicho Jesús: Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida’. Y allí estaba Pedro reconociéndolo.
Y nosotros, ¿qué hacemos? ¿Podemos repetir esas mismas palabras de Pedro? ¿Podremos hacer una profesión de fe que implique toda nuestra vida reconociendo la acción de Dios en nuestra historia, como lo hacia el pueblo judío allá en Siquén ante la pregunta de Josué?
Tenemos que saber escuchar allá en lo más hondo de nosotros mismos esa Palabra de vida de Jesús y plantarla de verdad en nuestra vida. Nos entran dudas en muchas ocasiones, pasamos por crisis de todo tipo, nos preguntamos quizá si merece la pena, nos suenan los cantos de sirena de otras cosas que nos quieren atraer por otros caminos, nos vemos envueltos en múltiples incertidumbres. Otras veces los problemas nos agobian y nos hacen verlo todo oscuro; nos vemos obligados en ocasiones a tomar decisiones que van a afectar toda nuestra vida y no sabemos o no tenemos claro lo que va a venir después.
Pero hemos de aprender a fiarnos del Señor. Sus palabras son espíritu y vida. Esa experiencia de nuestra vida donde tantas veces hemos sentido tan cercana su presencia tenemos que revivirla en nosotros, hacerla formar parte de la profesión vital de nuestra fe. ¿A quien vamos a acudir? ¿Dónde vamos a encontrar esas palabras de vida eterna? ¿Dónde podremos sentir esa paz en nuestro corazón que solo sentimos cuando estamos con Dios?
Caminemos guiados por la fe y por la esperanza. Hemos venido escuchando cómo Cristo se hace Pan de vida porque quiere que tengamos vida para siempre. Pongamos toda nuestra fe en El y comámosle que sabemos que tenemos asegurada la resurrección y la vida eterna.

sábado, 22 de agosto de 2015

Reina y madre de misericordiosa nos hace volver nuestros ojos misericordiosos hacia los hambrientos para un compartir generoso

Reina y madre de misericordiosa nos hace volver nuestros ojos misericordiosos hacia los hambrientos para un compartir generoso

Rut 2,1-3.8-11; 4,13-17; Sal 127; Mateo 23,1-12

‘Dios te salve, Reina y Madre de misericordia…’ así comienza una antigua oración de la Iglesia recogida en su liturgia pero también muy enraizada en la devoción popular.
Reina y madre de misericordia… así la invocamos a ella que es nuestra esperanza, nuestra vida; la invocamos como abogada nuestra, como siempre lo es una madre, pero que hoy la contemplamos en la gloria del Señor intercediendo por todos sus hijos; a ella acudimos porque con su presencia de madre endulza nuestras amarguras y nuestras tristezas en este valle de lágrimas, como una madre siempre sabe hacerlo. ‘Vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos…’ le decimos.
El 22 de agosto es algo así como una octava de la fiesta de la glorificación de María que fue la celebración de su Asunción al cielo de hace una semana. ‘De pie a tu derecha está la reina enjoyada con oro de Ofir’ ya proclamábamos en la fiesta de su Asunción. Es lo que hoy la liturgia quiere resaltar. Es la madre de Jesús que participa ya de la gloria del Señor en el cielo. Es la madre del Rey, Cristo Jesús, y por eso a ella la podemos llamar Reina Madre.
La que había cantado en el Magnificat que Dios derriba del trono a los poderosos pero enaltece a los humildes, ahora a ella, la humilde esclava del Señor como a si misma se llamaba, la vemos exaltada y enaltecida. Porque como nos decía Jesús en el evangelio ‘El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido’. Es nuestra madre, porque si quiso Jesús dárnosla desde la cruz, y ¿qué hijo no considera a su madre como la reina de su vida cuando de una madre tanto recibimos?
En nuestra devoción a María, porque así la proclamamos Reina y Madre, quizá la hemos revestido excesivamente de joyas y de coronas; ha sido el amor entusiasmado de los hijos que tanto aman a su madre que le hacen mil regalos, aunque algunas veces podamos tener el peligro de confundir su sentido. Quizá tendríamos que despojar más a las imágenes de María de esas joyas de riquezas materiales, para enjoyar con nuestro amor y con nuestro compartir a sus hijos nuestros hermanos. Aquello que María cantaba en el Magnificat de que a los hambrientos colmó de bienes mientras a los ricos despidió vacíos podría ser un anuncio y una denuncia profética en labios de María de cual habría de ser el sentido de los regalos que le hacemos y de la manera cómo tendríamos que proclamarla en verdad nuestra reina y nuestra madre.
Esta fiesta de María Reina quizá nos está señalando un camino, como siempre María quiere hacer con sus hijos; es el camino del amor y del compartir generoso con nuestros hermanos que caminan a nuestro lado y que nada tienen. Es adornando con nuestro amor generoso, alimentando con nuestro compartir a los hermanos hambrientos cómo estaríamos ofreciéndole la más hermosa corona a María para invocarla como nuestra madre y nuestra reina.
Que con nuestro amor se cumplan sus proféticas palabras de que a los hambrientos colmó de bienes. Es la mejor ofrenda de amor, la mejor corona y las mejores joyas que podamos regalar a María. Y si a ella le pedimos que vuelva sus ojos misericordiosos sobre nosotros que caminamos en este valle de lágrimas, con ojos misericordiosos también nos hemos de volver nosotros hacia nuestros hermanos que sufren a nuestro lado en el camino de la vida.

viernes, 21 de agosto de 2015

El amor a Dios sobre todas las cosas tiene que traducirse de manera práctica y concreta en el amor al prójimo como a nosotros mismos

El amor a Dios sobre todas las cosas tiene que traducirse de manera práctica y concreta en el amor al prójimo como a nosotros mismos

Rut 1,1.3-6 14b-16.22; Sal 145; Mateo 22,34-40

Amar a Dios, amar al prójimo, un mandamiento principal. ¿Lo sabemos? Nos pudiera parecer superflua la pregunta, porque es algo que hemos aprendido desde chicos y continuamente lo estamos oyendo repetir. Pero, ¿es algo que sabemos solo de cabeza o es algo que está bien gravado en nuestra vida, haciéndolo parte integral de nuestra vida?
Decimos que amamos a Dios, de manera que ni siquiera nos detenemos mucho en ese primer mandamiento cuando hacemos examen de conciencia. Amamos a Dios y quizá nos contentamos con decir que tenemos fe. Amamos a Dios y quizá hasta seamos unas personas muy religiosas, que no faltamos a nuestras oraciones de cada día, a nuestras prácticas religiosas.
Amamos a Dios, pero tenemos el peligro de que eso no lo traduzcamos en el día a día de nuestra vida con actitudes verdaderamente creyentes en aquello que hacemos, en las opciones que tomamos. Va quizá por un lado el amor a Dios y hasta nuestras prácticas religiosas, pero luego en nuestra manera de actuar caminamos como si no tuviéramos esa fe en Dios. Nos pueden suceder incongruencias así.
Amamos al prójimo, amamos a los demás. Bueno, pensamos, yo soy bueno con los demás, le hago el bien a los que se portan bien conmigo, soy amigo de mis amigos, yo soy bueno. Y nos quedamos ahí, nos contentamos con eso. O decimos que nosotros somos buenos y hacemos el bien a todo el mundo, hasta quizá vivimos muy comprometidos por los demás, pero que no necesitamos más, que no necesitamos expresar una fe especial o un amor especial a Dios. Mi religión es hacer lo bueno, pero sin darle otra trascendencia a mi vida, sin necesidad de entrar en un ámbito o una relación religiosa. Yo soy cristiano, decimos, porque hacemos cosas buenas sin más.
¿Será suficiente? ¿esa sería la forma de actuar de un cristiano? Creo que algo le está faltando a esa fe y a ese amor, a esa manera de entender la fe y de entender el amor cristiano. Y es que no podemos hacer espacios  estancos en esos aspectos de mi vida, sin que tengan relación el uno con el otro.  No puedo decir que vivo mi fe y mi amor a Dios y prescindo tranquilamente de los demás, como no puedo decir que yo ya hago el bien a los otros y no necesito de Dios.
Cuando le hacen la pregunta a Jesús que escuchamos hoy en el evangelio,  Jesús responde textualmente con la Escritura en la mano, con algo que estaba ya bien marcado en la Biblia, como revelación de Dios. Nos habla de ese amor a Dios sobre todas las cosas, pero nos está diciendo que el segundo es semejante, que tiene tanta importancia, que no lo podemos separar, el amor al prójimo.
‘Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser." Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. Y es que además tendríamos también que recordar lo que se nos dice en la Escritura en otro lugar: ‘Quien no puede amar a su hermano a quien ve no puede amar a Dios a quien no ve’.
Como vemos esto tendría muchas consecuencias para nuestra vida, para nuestra manera de entender y de vivir nuestra fe y nuestro amor cristiano. Porque no es un amor cualquiera. Ese amor a Dios sobre todas las cosas hemos de reflejarlo en ese amor al prójimo a quien amamos como a nosotros mismos. Eso se tiene que traducir en muchas cosas prácticas y concretas de nuestra vida. Hagamos un examen serio de nuestra fe y de nuestro amor.

jueves, 20 de agosto de 2015

Con Jesús han llegado los tiempos nuevos en que todos han de sentirse invitados al banquete de la vida

Con Jesús han llegado los tiempos nuevos en que todos han de sentirse invitados al banquete de la vida

Jueces 11.29-39ª; Sal 39; Mateo 22,1-14

Id ahora a los cruces de los caminos, y a todos los que encontréis, convidadlos a la boda. Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos’. A todos los que encontréis… salid… invitadlos a la boda. Una invitación universal que quizá se contrapone al principio de la parábola, donde solo algunos estaban invitados.
Pero es que con Jesús han llegado tiempos nuevos. La invitación a la vida no es solo para algunos escogidos. Es cierto que la historia de la salvación, la historia del amor de Dios a la humanidad se había ido revelando en un pueblo concreto, aunque todos los hombres de buena voluntad, fueran de la nación que fueran, podían descubrir esas señales de Dios. Pero han llegado tiempos nuevos y Jesús va a enviar a los que creen en El que vayan por todo el mundo, a toda la creación, para anunciar la Buena Nueva.
Reunión a todos los que encontraron, malos y buenos. A nosotros nos toca la convocatoria, la invitación; no nos toca juzgar quien es bueno o quien es malo, porque la gracia de Dios llega para todos. Cada uno ha de acoger esa gracia, responder a esa invitación del Señor.  En ese reino nuevo cabemos todos, con nuestros valores y cualidades, y también con nuestras limitaciones y con la carga de lo que hayan podido ser los errores de la vida. Solo es necesario ponerse ahora en disposición, que es ese traje nuevo de fiesta que hemos de vestir.
Ahora todos hemos de estar en esa disponibilidad y apertura a esos valores nuevos, es el traje de fiesta. Si entramos en el banquete, si queremos participar en ese Reino nuevo que Jesús nos ha instaurado nuestros valores han de ser distintos, porque han de ser los valores del Reino; no nos valen ya pasividades; no nos valen negatividades ni negruras; no nos podemos dejar ganar por la pasividad ni el desaliento; no podemos guardarnos para nosotros los dones que Dios nos ha dado; no nos podemos hacer insensibles antes los problemas de nuestro mundo ni las necesidades de los demás; no podemos cruzarnos de brazos esperando que sean otros los que inicien la tarea. Si nos dejáramos arrastrar por esas cosas claro que no valemos para el banquete del Reino de Dios.
Aunque con limitaciones, porque somos muy humanos y muy débiles, pero confiando siempre en la fuerza del Espíritu de Dios tenemos que empeñarnos en construir ese mundo nuevo, hacer que la vida sea ese banquete de amor en el que todos disfrutemos. Es nuestra tarea; es el compromiso de nuestra fe; es la respuesta que damos a esa invitación generosa que nos hace el Señor.
Y eso además nos lleva a que salgamos a los caminos a hacer ese anuncio y esa invitación a todos los que encontremos. El banquete no es para nosotros solos ni para los que nos consideremos que estamos más cerca. Todos han de escuchar esa invitación y de nosotros depende. 

miércoles, 19 de agosto de 2015

Tenemos que ser por el testimonio de nuestro amor signos para los demás que les llamen a contribuir a la construcción del Reino

Tenemos que ser por el testimonio de nuestro amor signos para los demás que les llamen a contribuir a la construcción del Reino

 Jueces 9,6-15; Sal 20; Mateo 20,1-16
La parábola que nos propone hoy Jesús en el evangelio suele llamarse la de los obreros llamados o enviados la viña, pero ¿por qué no llamarla la parábola del dueño generoso? Creo que por ahí va el gran mensaje de esta parábola, su mensaje principal. Es la gratuidad del amor con que Dios nos ama. Y la salvación y la vida eterna que nos ofrece es un regalo de su amor. No nos salvan nuestras buenas obras, sino el amor gratuito y generoso de Dios. Un amor es cierto al que hemos de responder con nuestro amor.
Tenemos la tentación de ponernos a llevar una contabilidad de las cosas buenas que hacemos y poco menos que queremos llevar un libro de cuentas de nuestros méritos; es que somos muy humanos y demasiado en nuestras relaciones humanas andamos midiendo lo que hacemos y no siempre nuestras mutuas relaciones se basan en la gratuidad y la generosidad. El Señor nos va llamando en las distintas épocas de nuestra vida y hemos de ir dando respuestas de amor a esas llamadas del amor de Dios. Malo es, por otra parte, que nos pongamos a hacer comparaciones con nuestros hermanos de si hacemos más o hacen menos en esas tareas del amor.
La parábola habla de los jornaleros llamados a trabajar en la viña en las distintas horas del día. Agradecidos a Dios tendríamos que estar si somos de los llamados a primera hora y hemos sido capaces de mantenernos en fidelidad en todo momento a pesar del bochorno y de los agobios de la vida. Hemos de aprender a valorar con generosidad de corazón la respuesta que los demás puedan ir dando a esa llamada del Señor en la hora en que, por así decirlo, les haya tocado esa llamada. Contentos hemos de sentirnos amados por ese amor que Dios nos tiene y porque quiere contar con nosotros a pesar de que muchas veces tardamos en darle respuesta.
Hemos de pensar cada uno en ese lugar que el designio de Dios ocupamos en el campo del Reino de Dios; cada uno con sus valores y cualidades, sintiendo el regalo de gracia del Señor hemos de ir sabiendo trabajar en su viña. No todos ocupamos el mismo lugar ni tenemos las mismas responsabilidades, pero sí todos hemos de dar gloria al Señor con nuestro trabajo, hemos de contribuir al crecimiento del Reino de Dios en medio de nuestro mundo.
De alguna manera también hemos de convertirnos en signos para los demás que puedan hacerles descubrir esa llamada amorosa de Dios. El testimonio de nuestra vida, de nuestra entrega, de nuestro compromiso de amor ha de ser signo de ese amor de Dios, puede ser llamada del Señor para los demás. De ninguna manera podemos sentirnos recelosos del trabajo que el Señor a otros pueda confiar, sino que más bien hemos de ser estimulo, aliciente para los otros. Quizá podemos contribuir a que otros descubran esos valores, se abran a esos designios de Dios, lleguen a desarrollar todas esas cualidades que adornan su vida y siempre y en todo buscando la gloria del Señor.
Demos gracias a Dios que quiere contar con nosotros en los trabajos de su viña, en los trabajos de la construcción del Reino de Dios en nuestro mundo.

martes, 18 de agosto de 2015

Jesús quiere ayudarnos a emprender un camino en que nos veamos liberados de las ataduras que nos esclavizan

Jesús quiere ayudarnos a emprender un camino en que nos veamos liberados de las ataduras que nos esclavizan

Jueces 6,11-24ª; Sal 84; Mateo 19, 23-30
Cuánto nos cuesta arrancarnos de los apegos del corazón. Queremos tener cosas, parece que no seríamos nada si no nos llenamos la vida de cosas, pero al final terminamos esclavizados de ellas. Tenemos el peligro de que le demos más importancia a las cosas que a las personas, más importancia al tener que al ser, valorándonos por lo que tenemos no por lo que somos.
De ahí lo que le hemos escuchado hoy a Jesús en el evangelio. Fue la respuesta a la reacción de aquel joven que vino con buenas intenciones hasta Jesús porque quería alcanzar la vida eterna, pero cuando Jesús le pidió que se desprendiera de todo, que lo vendiera todo dando el dinero a los pobres para tener un verdadero tesoro en el cielo, ‘se marchó pesaroso porque era muy rico’, como dice el evangelista.
‘Os aseguro que difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos. Lo repito: Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el reino de Dios’. Los discípulos cercanos a Jesús se quedan perplejos ante las palabras de Jesús, no terminando de entender su sentido. Consideran que entonces la salvación es un imposible y así se lo manifiestan a Jesús. Al oírlo, los discípulos dijeron espantados: Entonces, ¿quién puede salvarse?’.
Jesús viene a recordar que la salvación es un don de Dios. Para los hombres es imposible; pero Dios lo puede todo’, les dice. La salvación no nos la ganamos nosotros. Si fuera así no habría hecho falta que viniera el Hijo de Dios a salvarnos. Es un don de Dios al que hemos de responder. Jesús nos traza el camino de la verdadera felicidad. Ahora nos está ayudando a comprender ese verdadero camino en el que hemos de liberarnos de todo tipo de ataduras. Y eso lo podremos realizar no por nosotros mismos, sino con la ayuda de la gracia de Dios. ‘Dios lo puede todo’, con Dios lo podremos alcanzar, todo lo podremos conseguir con la ayuda y la fuerza de la gracia de Dios.
Cuando estamos ahora oyendo hablar de ese desprendimiento de las riquezas quizá podríamos pensar que eso no nos toca a nosotros porque somos pobres. Pero eso sí nos toca a nosotros, porque no solo se trata de grandes cosas, de grandes riquezas, sino quizá de esas pequeñas cosas de la vida a las que nos podamos sentir atados.
Será la televisión y sus programas que nos atan y nos esclavizan, será quizá el teléfono móvil sin el que no nos podemos pasar, serán esas redes sociales que se convierten en una obsesión de nuestra vida, serán esas pequeñas cosas que poseemos y de las que no somos capaces de desprendernos, tantas cosas que se convierten en apegos de nuestro corazón. Cosas que nos valen para relacionarnos hoy, es cierto, pero a las que les damos quizá más importancia que a esa persona que tenemos a nuestro lado, por ejemplo.
Podríamos tener ese espíritu de ricos, aunque fueran pobres nuestras pertenencias, cuando las convertimos en ídolos de nuestra vida. Es sobre lo que tenemos que reflexionar y revisar muchas cosas de nuestra vida, pero que nuestro corazón esté siempre liberado y busquemos la felicidad donde verdaderamente la podemos encontrar.
Que el Señor nos ayude a liberar el corazón de tantas ataduras que nos esclavizan.

lunes, 17 de agosto de 2015

Vaciándonos de nosotros crecemos para alcanzar los verdaderos tesoros de vida eterna

Vaciándonos de nosotros crecemos para alcanzar los verdaderos tesoros de vida eterna

Jueces 2,11-19; Sal 105; Mateo 19,16-22
 ‘¿Qué tengo que hacer de bueno para obtener la vida eterna?’ No es una pregunta cualquiera la que le hace aquel joven a Jesús. Sí, es una pregunta que nos hacemos, o que nos tenemos que hacer. Repetidamente. Para no quedarnos en rutinas, para no quedarnos en lo de siempre, para no quedarnos en aquello que tantas veces decimos ‘yo ya soy bueno’.
Es la pregunta que nos hace crecer; es la pregunta que está manifestando que queremos crecer. Y eso de crecer continuamente es algo propio de lo que tiene vida, del que tiene vida y quiere vivir. El organismo está en continuo crecimiento, porque continuamente se está renovando en sus células; cuando ya no se regeneran comienza la muerte; si no crecemos en la vida comienza la muerte a comernos, por así decirlo. Por eso son necesarios esos deseos, esos deseos de crecimiento, esa búsqueda, ese preguntarnos qué más de bueno podemos hacer.
Nos ha valido para comenzar nuestra reflexión aquella pregunta del joven a  Jesús. Y ya escuchamos la respuesta. ‘Si quieres entrar en la vida, cumple los mandamientos’, le dice Jesús. Entrar en la vida, buscando lo que quiere Dios, queriendo realizar los designios de Dios. Es importante descubrir esos designios de Dios, cumplir los mandamientos. Aquel joven dice que lo ha cumplido desde siempre.
Es bueno. Pero Jesús quiere abrir delante de su vida caminos de mayor altura. El ha venido a preguntar que hacer de bueno y Jesús le propone. Es necesario desprenderse de sí mismo, no contentarme con creerme bueno, vaciarse de si mismo y de los posibles orgullos que se nos metan en la vida para sentir y descubrir que hay aun cosas mas hondas, mas profundas, mas grandes que podemos hacer.
Lo grande y lo profundo de la vida no es lo que tengamos, ya sean riquezas, poderes o influencias. Lo más grande que podemos tener en la vida es el amor, un amor que nos haga olvidarnos de nosotros mismos para abrirnos a los demás, para pensar en los otros, para actuar con una generosidad desprendida. Es seguir a Jesús, seguir el camino de Jesús aunque nos cueste.
‘Si quieres llegar hasta el final, vende lo que tienes, da el dinero a los pobres –así tendrás un tesoro en el cielo– y luego vente conmigo’. Alcanzar la vida, llegar hasta el final, porque seguimos a Jesús. Pero a la manera de Jesús, el hijo del hombre que no tenía donde reclinar la cabeza. No buscar tesoros en la tierra que nos aprisionen el corazón, sino liberarnos de verdad de todo lo que nos pueda atar; cuánto nos pueden atar las riquezas, las posesiones; las cosas pueden tomar posesión de nuestro corazón y ya no seríamos de verdad libres para crecer. Si las cosas se posesionan de nosotros nos atan, nos encierran, nos llevan por caminos de muerte. Por eso, hemos de saber vivir desprendidos, con corazón generoso. Cuánto de bueno podemos hacer.
Seguir a Jesús nos hace crecer de verdad, nos llena de vida. Cuando caminamos el camino de Jesús somos las personas más libres del mundo.

domingo, 16 de agosto de 2015

Hacemos Eucaristía sentándonos para compartir pero para llenarnos de su vida aprendiendo a comulgar también a los demás

Hacemos Eucaristía sentándonos para compartir pero para llenarnos de su vida aprendiendo a comulgar también a los demás

Proverbios 9, 1-6; Sal. 33; Efesios 5, 15-20; Juan 6, 51-58
Sentarnos alrededor de una mesa para compartir una comida entraña mucho más que el hecho material de compartir unos alimentos que necesitemos para nutrirnos. Se sienta la familia alrededor de la mesa para compartir lo que son, una familia con sus alegrías y sus problemas, con sus luchas y también con sus fracasos, con lo que se va logrando en la vida y con lo que significa ver crecer y madurar a los hijos que comparten, que se alegran juntos, que se esfuerzan por hacer un camino.
Decimos que vamos a celebrar algún acontecimiento de la vida y nos reunimos a comer juntos compartiendo los hechos buenos o malos de aquel acontecimiento; comidas de agasajo, comidas de despedidas, comidas de recibimiento y acogida, comidas, en una palabra, que nos van haciendo compartir la vida. Necesitamos, tendríamos que decir, reunirnos en torno a una mesa porque es una manera de ir compartiendo la vida en todas sus circunstancias.
Parto de esta experiencia humana del sentarnos junto a una mesa para compartir y creo que todos entendemos que quiero hablar de Eucaristía. Esto es eucaristía, pero al mismo tiempo tenemos que decir que Eucaristía es aún mucho más. No nos quedamos en ese compartir humano con todo lo bello y hermoso que es.
Cristo quiso hacer Eucaristía y se reunión con los doce en torno a una mesa; en aquella ocasión era la cena pascual con todo su significado que se vería trascendido por la cena pascual de Jesús; como tantas veces le vemos a lo largo del evangelio sentarse a la mesa ya fuera con los publicanos y pecadores aunque esto no gustara a muchos, como cuando lo invitaban también los fariseos o como después de la resurrección de Lázaro lo veremos también sentado a la mesa en Betania.
Hacemos Eucaristía y nos sentamos alrededor de la mesa eucarística los que creemos y seguimos a Jesús y compartimos nuestro camino, nuestros dolores y nuestras luchas, nuestras alegrías y nuestras esperanzas, y sabemos que cuando así estamos reunidos y lo hacemos en el nombre de Jesús El está en medio de nosotros como nos había prometido.
Pero cuando hacemos Eucaristía es porque queremos comulgar con Cristo, porque queremos comulgar con su evangelio, comulgar con el Reino de Dios con el que nos sentimos comprometidos a construir; queremos comulgar con el sentido de Cristo, con su verdad, con su vida y ya lo que queremos es hacer que nuestra vida no sea nuestra vida, sino que a quien queremos vivir es a Cristo, hacerlo vida en nosotros.
Por eso cuando hacemos Eucaristía no vamos a comer un pan cualquiera, sino que a quien queremos comer es a Cristo. ‘Yo soy el pan vivo bajado del cielo, nos ha dicho, y el que coma de este pan vivirá eternamente’. Ese pan de la Eucaristía, repito, ya no es pan cualquiera, sino que es Cristo mismo que así quiere hacerse pan, quiere hacerse alimento de nuestra vida, para que comiéndole tengamos vida para siempre.
Y es que la Eucaristía es banquete pero también es Sacrificio. Cuando hacemos Eucaristía estamos comulgando con la entrega de Cristo; El se da, se entregó en sacrificio para que pudiéramos tener vida. ‘El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo’, nos dice. Podemos tener vida porque El se ha entregado en sacrificio por nosotros. Por eso, también, cuando hacemos Eucaristía estamos comulgando con el sacrificio de Cristo, con la vida de Cristo en nosotros también nosotros queremos entregarnos, darnos porque queremos amar con un amor como el de El.
Qué hermoso es hacer Eucaristía, porque estamos poniéndonos en el camino de Cristo para vivir su vida; y podemos hacerlo porque El se nos da, porque El se hace alimento y vida nuestra, porque es tal la unión que llegamos a tener con El que habita en nosotros y nosotros en El. ‘El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo el que me come vivirá por mi’.
Pero esto entraña aún algo más, porque cuando comulgamos a Cristo estamos queriendo comulgar también con los hermanos, comulgar con los demás; en nombre de ese Cristo con quien comulgamos significa que tenemos que comulgar con los demás de manera que su vida sea nuestra vida, sus preocupaciones sean nuestras preocupaciones, sus luchas, sus dolores, sus ilusiones y esperanzas las hacemos nuestras; ya lo demás porque vivimos unidos a Cristo no serán nunca ajenos a nuestra vida, ya tendrán que formar parte de nuestra vida y no nos podemos desentender de ellos. Y el amor y la vida de Cristo nos tendrán que llevar a amar, a vivir intensamente nuestro compromiso por los demás, a darnos por ellos como Cristo se nos da.
Hagamos de verdad Eucaristía porque queremos compartir y queremos caminar juntos; hagamos de verdad Eucaristía sintiendo que Cristo es nuestra fuerza y nuestro alimento; hagamos de verdad Eucaristía poniendo toda nuestra fe en su presencia sacramental, pero que nos ha de llevar también al sacramento de los hermanos a los que tenemos que acoger y amar.
‘Gustad y ved qué bueno es el Señor’, que así nos llena de su vida que nos hace vivir su misma vida y su mismo amor.

sábado, 15 de agosto de 2015

La Asunción de María nos habla de esperanza de plenitud y de camino comprometido de fe haciendo nuestro mundo mejor

La Asunción de María nos habla de esperanza de plenitud y de camino comprometido de fe haciendo nuestro mundo mejor

Apoc. 11, 19a; 12, 1. 3-6a. 10ab; Sal 44; 1Cor. 15, 20-27ª; Lc. 1, 39-56
Por una parte podemos hablar del ansia de vida en plenitud que está en lo más hondo del corazón del hombre, de su sed de perfección, de vida sin fin y de trascendencia que está en sus deseos más hondos; no en vano la muerte se siente como un truncarse en si misma la vida si no se tuvieran esos sueños de trascendencia y de algo más allá y más grande de lo que en esta vida con los sentidos podamos experimentar.
Y podríamos decir que la fe cristiana viene a responder a esas ansias profundas del corazón del hombre, a esa sed de vida sin fin que llevamos dentro de nosotros llenándonos de esa esperanza de trascendencia cuando nos habla de resurrección y de vida eterna. Pero no son solo unos sueños de los que no nos queramos despertar sino que es algo que podemos vivir más profundamente cuando contemplamos la resurrección de Jesús que se convierte en el eje de nuestra fe. ¿Cómo será esa resurrección y cómo será esa vida eterna? Aunque contemplamos el misterio de la resurrección de Jesús sigue siendo un misterio y nos dejamos guiar por la fe desde la certeza de la resurrección de Jesús.
Pero es la esperanza también que se alienta y se fortalece cuando contemplamos el misterio de María. María, humana como nosotros, pero a quien hoy celebramos y contemplamos glorificada en los cielos, participando de ese misterio de Cristo en su glorificación desde la unión profunda que con El vivió desde su fe. No contemplamos nunca el misterio de María separado del misterio de Cristo; contemplar hoy su glorificación en su Asunción a lo cielos, como hoy proclamamos, es contemplarla participando en plenitud del misterio de Cristo, participando de la gloria de su resurrección.
Pero eso, como decíamos, viene a alentar y fortalecer nuestra fe y nuestra esperanza. Podemos alcanzar también ese misterio de vida en plenitud, podemos alcanzar también la gloria del Señor igual que vemos glorificada a María. Ella nos ayuda a descubrir mejor cómo siguiendo el camino de Cristo llenaremos de verdadera trascendencia nuestra vida y esperamos con toda seguridad esa glorificación también con el Señor en los cielos.
Las promesas de Dios se cumplen; Jesús nos ha hablado continuamente de que si vamos a El y creemos en El tendremos vida para siempre, que El nos resucitará en el último  día. Delante de nosotros, pues, contemplamos a María la mujer de la fe, la que se fió de Dios de manera que se sentía la esclava del Señor para que en ella se realizase siempre lo que era el designio divino. Por ese sí de la fe de María Dios se encarnó y camino en medio de nosotros los hombres. ‘Dichosa tú que has creído’, la alababa su prima Isabel; y de ella diría Jesús que era la que había plantado la palabra de Dios en su vida para cumplir siempre y en todo lo que era la voluntad de Dios.
Así María se llenó de Dios - la ‘llena de gracia’ la llama el ángel - y así se sintió inundada de la vida de Dios - ‘el Señor está contigo’ le dice también el ángel de la anunciación - ¿cómo no iba a tener María vida eterna, cómo María no había de ser glorificada en una primicia de resurrección que es lo que hoy estamos celebrando?
Es el camino que nosotros hemos de recorrer; un camino de fe, un camino de abrirnos a Dios, de llenarnos de Dios, un camino de plantar su palabra en lo más hondo de nuestro corazón para realizar siempre en nosotros los designios de Dios. Es el camino que nos llenará de vida eterna, es el camino que nos conduce también a la resurrección y a la glorificación en plenitud junto a Dios para siempre. Lo estamos contemplando en María, podemos verlo realizado también en nosotros.
La Asunción de María que hoy estamos celebrando es la proclamación solemne de que la Virgen María secundó fielmente en su vida los planes diseñados por la voluntad de Dios. Eso nos hace confiar y llenarnos de esperanza, pero no una esperanza pasiva esperando que todo se cumpla sin poner nada de nuestra parte. Es la obediencia a Dios como camino seguro para alcanzar la plenitud de la vida en lo que tiene que manifestarse en nuestra vida esa esperanza que ponemos en Dios, porque ‘Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad’, pero a eso hemos de dar respuesta queriendo por esa obediencia de fe realizar esos planes y designios de Dios en nuestra vida para alcanzar la salvación.
Por eso la liturgia proclama que María es figura y primicia de la Iglesia que un día será glorificada y que al mismo tiempo es consuelo y esperanza de los que aún peregrinamos en este mundo. Con María se hace más viva y más fuerte nuestra esperanza; con María nos sentimos más fuertemente alentados, consolados y fortalecidos en nuestras luchas en medio de este camino que muchas veces es un valle de lágrimas pero al que queremos dar un sentido profundo que nace de esa esperanza que hay en nuestro corazón.
Que crezca nuestra fe; que con la luz que significa María a nuestro lado vayamos encontrando esos caminos de vida, esos caminos de amor que hemos de recorrer. En nuestra tierra en este día de la Asunción y glorificación de María la contemplamos también como la Candelaria, patrona de nuestra tierra.
Y María de Candelaria lleva una luz en sus manos; como un signo esa vela, esa candela siempre encendida que le da nombre, pero que no es otra cosa que hablarnos de Jesús a quien María porta también en su regazo que es la verdadera luz de nuestra vida, la verdadera luz del mundo. Así nos está señalando María que miremos a Jesús, que escuchemos a Jesús, que en El descubramos los designios de salvación de Dios para nosotros y para nuestro mundo y que con El nos comprometamos a hacer mejor nuestro mundo, esa tierra nuestra concreta en la que vivimos, impregnándola de los valores del Reino, del espíritu del Evangelio.
Porque nuestra fe y nuestra esperanza de plenitud no nos desentienden de ese mundo en el que vivimos; esa fe y esa esperanza nos hacen caminar más comprometidos en hacer mejor los caminos de nuestro mundo sabiendo que un día lo podremos vivir en plenitud en el Reino eterno de Dios.
Con María hoy nosotros queremos también cantar la gloria del Señor que nos hace grandes y que realiza maravillas en nosotros.


viernes, 14 de agosto de 2015

Recordemos la historia de la salvación, del amor de Dios de una forma concreta en nuestra vida que conforma el credo de nuestra fe

Recordemos la historia de la salvación, del amor de Dios de una forma concreta en nuestra vida que conforma el credo de nuestra fe

 Josué 24,1-13; Sal 135; Mateo 19,3-12

Os voy a proponer algo. Redactar una profesión de fe, tuya personal, en la que se refleje la historia de Dios en tu vida, la experiencia de Dios que hayas vivido en los hechos concretos de tu vida.
Alguien me va a decir que ya el Credo está redactado, que no tenemos más credo que la fe de la Iglesia que todos profesamos. Es cierto. No hay más credo, porque ahí está contenida la historia de la salvación. Pero esa historia de la salvación se hace historia en mi vida. Desde esa fe que tengo y que confieso en el Credo con toda la Iglesia yo voy viviendo día a día mi ser cristiano, pero en ese día a día de nuestra vida ese Dios en quien creo se ha ido haciendo presente con su amor. La historia de mi vida está toda transida por esa historia de amor de Dios en mí que se ha hecho muy concreta.
Cuantas cosas podemos recordar en esa historia de nuestra fe; cuantos momentos en que quizá hemos pasado por momentos dolorosos de verdadera pascua en nosotros, pero que han sido pascua precisamente por esa presencia de Dios, por ese paso de Dios por mi vida en esos momentos concretos; cuantos momentos dichosos llenos de alegría o cuantos momentos en esa vida ordinaria que parece que no se distingue un día de otro, pero sí hemos sabido ver esa presencia de Dios en esas cosas sencillas que cada día nos suceden y que van entretejiendo la historia de mi vida.
Bueno nos es recordar toda esa pascua de Dios en mi vida, toda esa presencia de Dios que me ha llenado de su gracia, que me ha hecho mantenerme firme en los momentos difíciles, que me ha fortalecido cuando ha aparecido la tentación para vencer con su gracia, o que en los momentos oscuros de tinieblas, de pecado El me ha llamado, me ha tendido la mano y me ha sacado a flote como a Pedro cuando se hundía en las aguas de Tiberíades.
No olvidamos esos momentos trascendentales de la salvación en la pascua de nuestro Señor Jesucristo; no olvidamos al Dios creador de quien viene mi vida y que ha puesto este mundo hermoso en mis manos; no olvidamos la fuerza del Espíritu que se manifestó en Pentecostés a los Apóstoles y sigue guiando el camino de la Iglesia. Pero todo eso lo traducimos, lo hacemos presente y actual en el hoy de mi vida, en la historia de mi vida, dando gracias a Dios por todo ello.
Es lo que le vemos hacer a Josué cuando van a entrar en la tierra prometida; les hace una historia, que es la historia de la salvación de aquel pueblo y en esa historia han de ver la presencia de Dios que les ha escogido, les ha llamado y les ha acompañado en el peregrinar de la vida reflejado en aquel peregrinar por el desierto hasta llegar ahora a la tierra prometida. Y es en ese Dios en el que van a proclamar su fe; es ese Dios en el que quieren creer y al que quieren seguir manteniéndose fieles en la historia que ahora van a comenzar a vivir en aquella tierra que Dios les da.
Reavivemos, sí, la historia de nuestra fe, la historia de la salvación y del amor de Dios hecho muy concreto en nuestra vida. Y también queremos mantenernos fieles en esa fe; también queremos hacer participes a los demás de esa experiencia de Dios que a nosotros nos ha llenado de vida. Demos gracias a Dios porque es bueno y de tantas maneras nos ha manifestado su amor.

jueves, 13 de agosto de 2015

Cuando generosamente damos la paz del perdón a los que nos ofenden llenamos también de paz nuestro corazón

Cuando generosamente damos la paz del perdón a los que nos ofenden llenamos también de paz nuestro corazón

Josué, 3,7-10a. 11. 13-17; Sal 113; Mateo 18,21. -19,1
Qué dura y difícil se nos hace la vida cuando seguimos guardando en nuestro corazón resentimientos y no sabemos encontrar la paz del perdón. Y no solo es quien no se siente perdonado en aquello con lo que haya podido ofender, sino también - aunque en su orgullo y ofuscación muchos no lo quieran reconocer - los que no saben ser generosos en su corazón para perdonar a los demás.
Algunas se creen victoriosos porque dicen que aquella ofensa no la perdonarán nunca ni nunca la olvidarán, que con aquella persona jamás volverán a tener trato porque están muy heridos con lo que le hicieron, pero pienso que mas bien son unos derrotados pero les vence el resentimiento, el rencor, la incapacidad para encontrar verdaderamente la paz. El que no perdona porque así cree que dañará en venganza al que lo ha ofendido el mismo en su interior no podrá encontrar paz, recordando siempre, manteniendo vivo el rescoldo del odio y del rencor. Quienes así viven no podrán obtener nunca la paz y serán los más infelices.
El tema del perdón es un caballo de batalla continuo en nuestra vida. Hay que saber crecer interiormente y madurar como personas para saber entender lo que es la belleza del perdón y la paz interior que se puede encontrar. Todos, es cierto, necesitamos pedir perdón porque son muchos los errores que vamos cometiendo en la vida, necesitamos encontrar esa paz que al mismo tiempo nos aliente y dé fuerzas para renovar nuestra vida, para restaurar aquellos errores que hayamos cometido y para poder seguir con fuerza luchando por superarnos nosotros pero también por contribuir a que los demás sean felices.
Pero también nos es necesario tener esa generosidad de espíritu para ser valientes en el perdón que otorguemos a los demás. Primero, pudiéramos decir, dándonos cuenta de que también nosotros muchas veces en la vida erramos porque no somos perfectos y necesitamos de la comprensión de los demás, comprensión que nunca deberíamos negar a nadie. Pero tenemos motivos más hondos cuando pensamos en el amor que debe envolver nuestra vida, y en nombre de ese amor tenemos que ayudarnos mutuamente y una forma es también manteniendo la confianza en los demás a pesar de sus errores. Igual que nos anima el ver que se sigue teniendo confianza en nosotros a pesar de nuestras debilidades y fallos, de la misma manera hemos de mantener esa confianza siempre en los demás.
Y finalmente desde nuestra fe cuando sentimos la compasión y la misericordia que Dios tiene con nosotros, hemos de sentirnos impulsados de la misma manera a ser compasivos y misericordiosos con los demás. Es lo que nos viene a enseñar la parábola que Jesús nos propone cuando Pedro le pregunta si ha de perdonar hasta siete veces. Quien envuelve su vida en el manto del amor no ha de tener medidas para ese amor ni ha de poner limites al perdón misericordioso que ofrecemos a los demás. Todos conocemos la parábola de la mezquindad de aquel hombre al que le habían perdonado grandes sumas de dinero y sin embargo no había sido capaz de condonar la pequeña deuda que tenia su compañero de trabajo con él.
¿Hasta donde llega la generosidad de nuestro corazón para perdonar a los demás? ¿Perderemos la paz de nuestro corazón porque no queramos dar la paz a aquellos a los que hemos de perdonar?

miércoles, 12 de agosto de 2015

No caminamos en solitario sino sintiéndonos en comunión los unos con los otros ayudándonos en todo lo que nos haga crecer y ser más felices

No caminamos en solitario sino sintiéndonos en comunión los unos con los otros ayudándonos en todo lo que nos haga crecer y ser más felices

Deuteronomio 34,1-12; Sal 65; Mateo18,15-20
El cristiano nunca camina en solitario; un buen cristiano nunca puede ser individualista ni insolidario; el que sigue a Jesús sabe que su camino lo hace al par de los otros que hacen también el camino de Jesús. Ni se puede sentir solo, ni tiene ningún sentido aislarse de los demás. En el camino que hacemos no cabe de ninguna manera desentenderse de los otros. Sería un contrasentido con lo que nos enseñó Jesús a lo largo del evangelio.
Como señal de ello vemos el mismo camino que hizo Jesús. Buscaba a los demás, quería estar en medio de los hijos de los hombres, formó en torno a sí el grupo de los discípulos, quiso de ellos hacer comunidad. Era lo que plasmaban sus palabras, las actitudes nuevas que les iba enseñando, lo que una y otra vez les iba repitiendo aunque volvieran con las mismas preguntas y planteamientos.
Cuando caminamos juntos nos ayudamos, nos tendemos la mano, incluso sabemos esperarnos pacientemente los unos a los otros. Y es que tenemos que sentir preocupación por los demás, por el camino que van haciendo; no es entrometernos en su vida porque cada uno es libre, pero cuando hemos hecho opción por el camino de Jesús hemos elegido también el caminar junto a los otros y de la misma manera que les ofrezco mi compañía y mi ayuda, también estoy abierto a recibirla y a sentir el gozo de la compañía de los demás.
Y es que lo que nos guía es el amor; contemplamos ante nuestros ojos el amor de Jesús que se ha acercado a nosotros y camina a nuestro lado y que es imagen de lo que es el amor infinito del Padre; pero además Jesús nos lo ha dejado como nuestro distintivo. Y amándonos sentimos también el gozo del amor de los que están a nuestro lado; amándonos queremos formar como una piña, queremos sentirnos unidos, formamos una familia que se ama, una auténtica comunidad en la que todo lo compartimos.
Y esto se ha de traducir en muchas cosas, empezando por la alegría con que vivimos nuestra fe y nuestro amor. Y esto lo traducimos en la corrección fraterna de la que nos habla hoy Jesús en el evangelio. Si nos amamos y caminamos juntos nos ayudamos en ese camino; si vemos piedras en ese camino en las que podemos tropezar nosotros o puedan tropezar los que caminan a nuestro lado, seria inhumano y poca muestra de amor el no quitarlas o no ayudar a los otros a que no tropiecen en ellas. Por eso, tendríamos decir, es tan necesaria la corrección fraterna entre los hermanos, para aceptarnos mutuamente con todo respeto pero también con todo amor queriendo siempre lo mejor.
Muchas más consideraciones nos podríamos hacer al hilo de este mandato del Señor, pero me quiero quedar así en lo sencillo. Asumamos y tengamos muy claro que hemos de saber caminar juntos porque nos amamos y si nos amamos nos ayudamos; la ayuda no tiene que quedarse en lo material sino que la ayuda tenemos que prestarla en aquello que le pueda hacer mejor y en lo que nos haga de verdad crecer como personas y como seguidores de Jesús. Con esto hacemos más felices a los demás y estaremos haciendo mejor nuestro mundo.

martes, 11 de agosto de 2015

Soñemos en cosas grandes que pasan por lo pequeño y lo sencillo, por la humildad y por el espíritu de servicio

Soñemos en cosas grandes que pasan por lo pequeño y lo sencillo, por la humildad y por el espíritu de servicio

Deuteronomio 31,1-8; Sal.: Dt 32; Mateo 18, 1-5. 10. 12-14
Todos tenemos sueños. Es muy humano. Y también hemos de decir que es bueno tener sueños. Porque deseamos algo mejor, porque queremos que las cosas cambien, porque ansiamos también poner nuestro grano de arena aunque sea pequeño para hacer que los demás sean más felices, porque nos trazamos metas y ansiamos siempre algo mejor.
Pero nuestros sueños deberían ir por el camino de nuestro desarrollo personal y también por el camino del servicio. No vivimos solos sino que en la vida hemos de saber caminar juntos, construyendo entre todos. El mundo no es solo para mí sino que lo compartimos con todos los seres humanos y con toda la creación.
Por eso cuando nuestros sueños se desvían por la fuerza y la imposición, por el dominio de los demás o yo subirme en pedestales para mirar desde mis  alturas a los demás, ya tenemos que ir corrigiendo la dirección. Y es una tentación fácil que nos puede aparecer, los deseos de grandeza, el orgullo que se puede meter en el corazón.
Alguien le pregunta a Jesús hoy pensando en ese reino que está anunciando al que en nuestros pensamientos humanos habría que darle una organización. ‘¿Quién es el más importante en el reino de los cielos?’, le preguntan a Jesús. Siempre aparecían esas apetencias. Ya fuera de aquellos que escuchaban a Jesús y venían con sus preguntas, ya fuera de los propios discípulos que formando comunidad en torno a Jesús no estaban exentos de esos deseos de grandeza y de gloria.
En otras ocasiones Jesús nos hablará de hacernos los últimos y los servidores de todos. En esta ocasión nos pone el ejemplo del niño. Es necesario hacerse pequeño como un niño. Para comprender todo el hondo significado de este ejemplo de Jesús hemos de tener en cuenta lo que eran los parámetros de la sociedad de entonces, donde nada valían los pequeños, donde a los niños mientras no les llegara la mayoría de edad no se les tenía en cuenta para nada. Por es bien significativo que nos diga Jesús que hemos de hacernos como niños, que hemos de saber aceptar lo pequeño,  aceptar a los niños.
‘Os aseguro, nos dice, que, si no volvéis a ser como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Por tanto, el que se haga pequeño como este niño, ése es el más grande en el reino de los cielos. El que acoge a un niño como éste en mi nombre me acoge a mí’. Volver a ser niños en la simplicidad de sus corazones, en su sencillez y en su humildad, en su disponibilidad y en su estar siempre con los ojos abiertos para aprender, con el corazón disponible para aceptar y ofrecer amor. Pero también nos enseña a aceptar y acoger a un niño, a lo que nos pueda parecer pequeño e insignificante. Si un día nos dirá que dar un vaso de agua en su nombre, algo tan pequeño y sencillo, no se quedará sin recompensa, ahora nos dice que acoger a un niño, a quien es pequeño y nos pueda parecer insignificante es acogerle a El. Y cuidado con tratarlos mal, con hacerles daño, termina diciéndonos.
Caminos de sencillez y de humildad, caminos de servicio y de aceptación de los demás, caminos de disponibilidad y de generosidad son los caminos que nos hacen verdaderamente grandes. Esos son los importantes en el Reino de Dios.

lunes, 10 de agosto de 2015

Entregarnos, darnos desde el servicio, desde el compartir, desde la generosidad de corazón, en silencio, quemando la vida en el amor

Entregarnos, darnos desde el servicio, desde el compartir, desde la generosidad de corazón, en silencio, quemando la vida en el amor

2Corintios 9,6-10; Sal 111; Juan 12,24-26
Todavía quedamos tacaños en la vida. Sí, personas a las que le cuesta compartir, que piensan que si comparten de lo que tienen se van a quedar pasando hambre. Y lo he puesto en primera persona del plural, nosotros - ‘quedamos’ - porque también me incluyo yo. Aunque queramos decir lo contrario hemos de reconocer que eso de compartir cuesta. Pasamos tantas imágenes por nuestra mente y por nuestra imaginación. Pensamos tantas cosas acerca de aquellas personas que nada tienen. Ya se que quienes queremos seguir a Jesús y seguir su mandato, su estilo de vida, eso lo curamos desde nuestra fe y sintiendo el amor que el nos tiene; pero en el fondo algo queda de ese egoísmo insolidario que se nos mete fácilmente por dentro.
Hoy es día de san Lorenzo y cuando pensamos en este santo nos viene a la mente enseguida su imagen acompañada de la parrilla, recordando lo que fue su martirio. Pero su muerte entre los tormentos del fuego fue la culminación de una vida de amor. Era diácono de la Iglesia de Roma. Y recordamos ya desde los Hechos de los Apóstoles donde se instituyó este servicio y ministerio en la comunidad eclesial, los diáconos eran los encargados de administrar los bienes de la Iglesia fundamentalmente para atender - como se decía en el libro sagrado - a los huérfanos y a las viudas, para la atención a los pobres.
Cuando decimos administrar los bienes de la Iglesia para muchos viene enseguida lo de las riquezas de la Iglesia, una cosa tan socorrida cuando en nuestro entorno se habla de la Iglesia. O pensar en administrar los bienes de la Iglesia pensamos en la construcción de templos y demás edificios que decimos necesitamos para nuestro servicio pastoral. Está bien todo eso, porque es necesario también, pero no puede ser el objetivo o el fin principal de lo que en la iglesia compartimos. Mucho tendríamos que revisar en ese sentido en lo que son preocupaciones de la Iglesia y de las gentes de la Iglesia. Vaya como un paréntesis de un pensamiento que me surge al fijarme en la figura de san Lorenzo a quien hoy celebra la Iglesia.
San Lorenzo era diácono al servicio de la Iglesia de Roma pero para la atención a los pobres, a los necesitados, a los que nada tenían, fueran o no fueran miembros de la comunidad eclesial. Pensemos que hablamos de tiempos de persecuciones donde todos no eran cristianos precisamente. La historia de san Lorenzo nos habla de que había sido martirizado hacía muy poco el Papa Sixto, y ahora el emperador quiere apoderarse de los bienes de la Iglesia. Por eso llaman y prenden a Lorenzo para exigirle que entregue esos bienes de la Iglesia. Nada tenía la Iglesia de Roma porque todo lo había repartido entre los pobres.
Cuando el  emperador le pide a Lorenzo que le lleve todas las riquezas que la Iglesia tiene, recoge él a los pobres de las calles de Roma y se los presenta al emperador: ‘éstos son los bienes de la Iglesia, estas son las riquezas de la Iglesia’. Lo demás referente a su martirio bien lo conocemos todos. Pero él había sido testigo (mártir) ya mucho antes cuando se había convertido en servidor de los pobres.
Hoy nos ha hablado el evangelio de ser grano de trigo que se entierra y muere para dar fruto. Hermosa imagen de lo que tiene que ser nuestra vida. Entregarnos, darnos, pero no solo con bonitas palabras. Entregarnos, darnos desde nuestro servicio, desde nuestro compartir, desde esa generosidad de nuestro corazón. Eso que decíamos al principio que muchas veces nos cuesta. Pero así se manifiesta más el valor de lo que hacemos.
Aunque lo hagamos calladamente y nadie lo vea. Muchas veces nuestra vida tendrá que ser una vida escondida, que quizá nadie ve. Pero pongamos amor, amor de verdad, y nuestra vida callada será valiosa, dará en su momento, en los momentos en que Dios quiera, su fruto que a nosotros no nos toca recoger, porque todo lo hacemos por Dios, para la gloria del Señor. Así seremos también testigos quemando nuestra vida en el amor como lo hizo san Lorenzo.

domingo, 9 de agosto de 2015

Comemos a Cristo, verdadero pan de vida, porque en El vamos encontrar la plenitud y el sentido de nuestro ser, la vida eterna y la resurrección

Comemos a Cristo, verdadero pan de vida, porque en El vamos encontrar la plenitud y el sentido de nuestro ser, la vida eterna y la resurrección

1Reyes, 19, 4-8; Sal. 33; Ef. 4, 30-5, 2; Jn. 6, 41-51
Creo que nos es fácil entender a todos que alimentarse es mucho más que el acto físico de ingerir unos alimentos materiales que den energía a nuestro organismo. Pudiera sucedernos que hayamos ingerido los alimentos necesarios para nuestro organismo y que las llamadas constantes vitales estén correctamente en sus medidas y sin embargo nos falte vida, andemos como muertos en la vida porque nos falte esa otra energía interior que nos impulsa a luchar y a amar, que nos da ilusión y esperanza y nos da fuerza para toda esa vida que nos lleve en verdad al encuentro con los demás y a luchar por nuestro mundo. Nos falta todo esto y aunque físicamente andemos bien, sin embargo andamos como muertos.
Creo que esta reflexión previa que nos hacemos nos puede ayudar a comprender mejor el sentido del mensaje evangélico que hoy escuchamos de labios de Jesús. Ha terminado diciéndonos hoy ‘y el pan que yo os daré es mi carne para la vida del mundo’. Previamente nos ha hablado del pan bajado del cielo que el que lo coma tendrá vida para siempre; que el que viene a El porque cree en El resucitará en el último día, tiene vida eterna; y nos ha dicho también que El es el pan de vida y ‘el que coma de este pan vivirá para siempre’.
No les era fácil a los judíos que escuchaban a Jesús porque cogiendo la literalidad de sus palabras podían argumentarle como lo hacían que a El lo conocían, y conocían su familia, que sabían que procedía de Nazaret, y ¿cómo dice ahora que ha bajado del cielo?  El jugar con las palabras de vivir para siempre y resurrección les era bien difícil entenderlo porque todos tenían la experiencia de la muerte y les era mucho más fácil quedarse en la literalidad de la vida de este mundo que un día habría de tener un fin.
Pero Jesús sí que les está hablando de ese pan del cielo que era El mismo y que creyendo en El podrían llegar a alcanzar una vida verdaderamente en plenitud, llamémosla resurrección o llamémosla vida eterna. En el sentido de lo que Jesús quiere revelarles hemos escuchado en la primera lectura la situación difícil que vivía el profeta Elías que deseaba morir, que marcha al desierto donde sabe que no va a encontrar ningún alimento, pero que milagrosamente como un hermoso signo va apareciendo el ángel del Señor que una y otra vez le ofrece una hogaza de pan y una jarra de agua. ‘¡Levántate, come que el camino es superior a tus fuerzas!’  El camino podía parecer superior porque muchas eran las oscuridades que lo envolvían, mucha era la muerte que aun quedaba en su alma.
La misión profética que estaba realizando Elías era bien difícil porque todo lo tenía en contra. El quiere ser fiel pero se encuentra sin fuerzas; está como muerto, sin vida porque ya no sabía que hacer. Pero aquel alimento que como un signo recibe le hará caminar ‘cuarenta días y cuarenta noches hasta el Horeb, el monte de Dios’. Allí en aquella experiencia de Dios que va a vivir encontrará la fuerza y el sentido de toda su vida; va a comenzar a vivir de nuevo porque comprende bien la misión que ha de realizar. En la experiencia de Dios encuentra la vida, encontrará la luz que ilumine de nuevo su vida, encuentra la plenitud y el sentido de todo lo que tiene que realizar en su misión profética.
Cristo es esa vida eterna para nosotros; Cristo Jesús es quien nos va a dar plenitud y sentido a todo nuestro ser, a todo nuestro vivir. Creyendo en Jesús, escuchando su Palabra nos vamos a llenar en verdad de su vida y será un resucitar para nosotros, será un sentirnos con una nueva vida, un nuevo sentido para nuestro caminar. Por eso ese comer del Pan de vida, ese comer a Cristo no es solo la materialidad de comer un trozo de pan sino que será algo mucho más profundo lo que hemos de realizar, porque es abrirnos a Dios, es abrirnos al sentido de Dios, es creer en Jesús y querer vivir en el sentido de su reino.
Comulgaremos a Cristo que es dejar transformar nuestra vida por la vida de Cristo de manera que nuestro pensar, nuestro vivir ya será para siempre Cristo. Por eso diremos comulgamos a Cristo que, repito, es mucho más que comer un poco de pan, porque es comulgar, comer con todo el sentido de Cristo.
Llenos de la vida de Cristo entramos en caminos de plenitud, de vida eterna. Llenos de la vida de Cristo resucitaremos con Cristo, porque ya todo lo que sea muerte tendrá que desaparecer de nosotros; no es solo la resurrección del último día que ahora al comer a Cristo recibimos como en prenda, sino es ese día a día ir resucitando con Cristo porque vamos quitando todo lo que sea muerte en nosotros, porque iremos arrojando de nosotros todo lo que sea muerte, porque ya las sombras y tinieblas de la duda y del error tienen que desaparecer de nosotros que tenemos a Cristo que es la verdad de nuestra vida; es ir resucitando con Cristo porque todo ese mal que nos acecha ya sea en la tentación, ya sea en las dificultades que en la misma vida vamos encontrando, o ya sea en las mismas persecuciones que a causa de su nombre podamos padecer no tendrán la última palabra, porque con Cristo la victoria estará siempre de nuestra parte, la victoria sobre la muerte y la vida estará siempre asegurada, su gracia no nos faltará en ningún momento.
El domingo pasado escuchábamos que los judíos le pedían comer siempre de ese pan que les aseguraba no tener hambre ni sed ni verse sometidos a la muerte, y ahora nosotros lo pedimos también con insistencia porque queremos comer a Cristo, porque queremos vivir de su vida, porque queremos alcanzar la resurrección y la vida eterna.