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sábado, 17 de abril de 2010

El ministerio de la diaconía riqueza de la Iglesia

Hechos, 6, 1-7;
Sal. 32;
Jn. 6, 16-21

‘La Palabra de Dios iba cundiendo , y en Jerusalén crecía el número de los discípulos…’ Se va manifestando el crecimiento de la comunidad con la predicación de los Apóstoles y bajo la guía del Espíritu Santo que sostenía la vida de la comunidad y daba fuerzas para el testimonio valiente de la fe.
Eso no quita para que surjan algunos problemas en medio de la comunidad pero que con la fuerza y luz del Espíritu se irán resolviendo y manifestarán incluso la riqueza de la propia comunidad.
Hay el peligro de una cierta división a causa del origen diverso de aquellos que aceptaban la fe; unos, judíos originarios, podíamos decir, del lugar, pero otros judíos provenientes de la diáspora que con motivo de las diferentes fiestas judías se concentraban en Jerusalén y allí habían escuchado el mensaje del evangelio y se habían adherido a la fe. Recordemos el listado de pueblos diferentes de donde procedían los que habían escuchado la predicación de Pedro en Pentecostés y de alguna manera habían sido testigos de los hechos maravillosos de aquel día.
Unas quejas a causa de la atención que recibían unos u otros motiva que los apóstoles los convoquen y hagan la propuesta de elegir ‘a hombres de buena fama, llenos de espíritu de sabiduría’ para dedicarlos al servicio de la caridad, de la atención de los más necesitados mientras los apóstoles se dedicarán ‘a la oración y al servicio de la Palabra’. Eligieron a siete – nos da la relación el texto donde destacan algunos que veremos en diferentes momentos de los Hechos de los Apóstoles – ‘los presentaron a los apóstoles y les impusieron las manos…’
Surge así la diaconía, el ministerio del servicio de la comunidad en la Iglesia. Se manifiesta así la riqueza de la comunidad, la riqueza de la Iglesia, guiada por el Espíritu Santo, para hacer surgir este ministerio del servicio en la Iglesia. En ellos podemos ver a los diáconos con ese ministerio ordenado peculiar dentro de la comunidad. Y daremos gracias a Dios porque en medio de la Iglesia haya quienes ejerzan este ministerio en el orden sagrado recibido y no sólo como un paso hacia el Sacerdocio, al tiempo que tenemos que rogar al Señor para que haya muchos que reciban esa llamada y esa misión del Señor. Bien sabemos que el Orden del Diaconado como un servicio permanente a la comunidad se ha recuperado en la Iglesia. Todos conocemos los que llamamos diáconos casados aunque necesariamente no tienen por qué ser casados.
Pero en esta diaconía que surge en aquella primera comunidad y de la que nos habla hoy el libro de los Hechos de los Apóstoles podemos ver también a tantos que sin ser ministros ordenados viven su compromiso de servicio a la comunidad en tantas y tantas obras de la Iglesia. Podemos pensar en todos los voluntarios de Cáritas que desde su fe asumen este compromiso del amor, pero también en tantos otros que en la atención a enfermos, a discapacitados, a niños, jóvenes o mayores, prestan un servicio en nuestras parroquias y en nuestra comunidad.
Creo que también esto tiene que ser motivo para nuestra oración y para nuestra acción de gracias al Señor por ese compromiso en el amor que desde su fe viven tantas personas. Y orar por ellas para que en el Señor sientan su fuerza, pero para que también cunda cada día el número de los que sienten en su corazón esa llamada del Señor y lleguen también a ese compromiso.
Todo ello es expresión de la riqueza de nuestra Iglesia, de nuestras comunidades. Que así con ese testimonio de amor y de servicio crezca nuestra Iglesia y sean muchos los que se sienten llamados a la fe.

viernes, 16 de abril de 2010

Estaba cerca la fiesta de la Pascua y Jesús multiplica los panes

Hechos, 5, 34-42;
Sal. 26;
Jn. 6, 1-15

‘¿Con qué compraremos panes para que coman éstos?... lo seguía mucha gente porque habían visto los signos que hacía con los enfermos… estaba cerca la fiesta de la Pascua… Jesús levantó los ojos y al ver que acudía mucha gente…’ fue cuando le hizo la pregunta a Felipe ‘para tantearlo, pues bien sabía lo que iba a hacer’.
Muchos siguen a Jesús. Jesús quiere darles de comer. ¿Qué alimento les quiere dar Jesús? Les alimenta con su Palabra. Siempre vemos a Jesús enseñando, anunciando el Reino de Dios. En Jesús se despiertan esperanzas. Cuando ven que cura a los enfermos, se van tras El. Seguro que no sólo las curaciones de unos miembros impedidos o llenos de dolores lo que están buscando en Jesús aunque aparentemente eso sea lo primero que parece. Cuando le escuchan se quedan entusiasmados porque nadie ha hablado así. Se maravillan de las cosas que hace. ‘Nunca hemos visto una cosa igual’, dicen en muchas ocasiones. Ahora se han ido lejos tras Jesús y no quiere Jesús que se marchen así.
Va a realizar un signo que querrá significar mucho. ‘Jesús bien sabía lo que iba a hacer’. Precisamente estamos comenzando a leer el capítulo 6 de san Juan que comienza con la multiplicación de los panes pero que concluirá con el discurso del pan de vida en la sinagoga de Cafarnaún. Lo seguiremos leyendo a través de toda la próxima semana.
Por allí hay ‘un muchacho que tiene cinco panes de cebada y un par de peces; pero ¿qué es eso para tantos?’ Le vienen a contar los discípulos ante la dificultad de no tener donde comprar por lo menos doscientos denarios de pan para que coman todos. Jesús no necesita más. Es el pan de los pobres, el pan de cebada. Poca cosa para tanta gente, pero quizá haya generosidad y disponibilidad en aquel muchacho que lo pone a los pies de Jesús. ¿No es algo bonito lo que se está suscitando en el corazón de aquel muchacho ante la presencia de Jesús? ¿No decíamos antes que ante Jesús se despertaban muchas cosas bonitas en el corazón de las gentes porque se despertaba la esperanza?
Todo lo que va a realizar Jesús es un signo de amor. Por amor Jesús se ha preocupado de dar de comer a todas aquellas gentes. Por amor generoso aquel muchacho pone a disposición lo que tiene. Por amor milagrosamente Jesús lo multiplicará para que todos coman hasta que sobre. Amor y comunión les pide Jesús a las gentes que se sentarán en el suelo unos junto a otros, formando grupos, como nos dirá otro evangelista. Pero es que este signo de la multiplicación de los panes es un anticipo de la gran señal del amor que es la entrega de Jesús, y que será su donación inmensa, eterna en la Eucaristía donde querrá que le comamos a El. Ya lo iremos reflexionando en días sucesivos.
Nosotros ahora nos sentimos invitados por Jesús para que vengamos hasta El y le comamos en la Eucaristía. Antes destaqué lo que decía el evangelista cuando sucedió todo esto que nos narra que ‘estaba cerca la Pascua, la fiesta de los judíos’. Nosotros estamos en Pascua porque seguimos celebrando con gozo la fiesta grande de la resurrección del Señor y nos sentimos invitados por Cristo que se da, se parte y se reparte por nosotros para que de El nos alimentemos. Pero es que además cada vez que celebramos la Eucaristía celebramos la pascua, porque estamos anunciando, proclamando la muerte y la resurrección del Señor. ‘Cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz anunciamos la muerte del Señor hasta que vuelva’, que nos dice san Pablo.

jueves, 15 de abril de 2010

Que Dios nos haga testigos de su amor

Hechos, 5, 27-35;
Sal. 33;
Jn. 3, 31-36

‘El que cree en el Hijo posee la vida eterna… porque el Padre ama al Hijo y todo lo ha puesto en sus manos… y el que Dios envió habla las Palabras de Dios, porque no da el Espíritu con medida…’
Creemos en Jesús. Queremos poner toda nuestra fe en El. Y El nos da su vida, nos llena, nos inunda de vida eterna, porque nos da su Espíritu. Y ¡de qué manera! Nos inunda de su Espíritu para hacernos partícipes de su vida divina. Creo que a esta afirmación de fe nos lleva todo lo que venimos celebrando en estos días de Pascua. ¿Queremos pruebas más fuertes y contundentes de que en verdad quiere llenarnos de su vida que todo el misterio de Cristo que hemos contemplado y celebrado en los días pasados?
Nadie puede hacer tanto como ha hecho Jesús por nosotros si no es por amor. Grande es el amor de Dios que nos da a su Hijo, lo entrega por nosotros; grande es el amor que Jesús nos tiene cuando de tal manera se ha entregado por nosotros en su pasión y su muerte en Cruz. Es más, la consideración de tanta entrega y tanto amor tendría que mover nuestro corazón de una forma radical, mover nuestra vida a cambiar para amar más, para responder con mayor amor, en una palabra, para ser más santos.
Aunque nos parezca que nos repetimos – y es cierto que nos estamos repitiendo – creo que es tan grande lo que Jesús ha hecho por nosotros que no nos tendríamos que cansar de meditarlo, rumiarlo una y otra vez en nuestro interior para dar gracias, para alabar y bendecir al Señor, para dejarnos inundar de su Espíritu que es el que nos ayudará a que lo comprendamos todo, a que tengamos fuerza para realizarlo en nuestra vida.
¿Qué es lo que le dio valentía y coraje a Pedro y a los Apóstoles cuando tenían que enfrentarse a los tribunales y responder a los requerimientos del Sumo Sacerdote y del Sanedrín para que no hablasen del nombre de Jesús? El Espíritu Santo que habían recibido y moraba en sus corazones. Espíritu Santo que les había hecho comprender todas las cosas del misterio de Cristo en toda su plenitud y podían ahora ver claro y reconocer el amor y la gracia del Señor en su vida.
El tiempo de Pascua que venimos celebrando y que concluirá en Pentecostés nos lleva a vivir esa presencia de Cristo resucitado en nuestra vida, pero de alguna manera ya nos está haciendo presente la fuerza del Espíritu Santo que luego de manera especial recibiremos en Pentecostés. Aunque de manera un tanto más intensa nos aparecerá en la liturgia y en la Palabra de Dios en la última semana, eso no quita para que ya vayamos sintiendo su presencia y dejándonos inundar por su fuerza para hacer nuestra profesión de fe en Cristo resucitado.
Retomando de nuevo lo que decíamos de la valentía de los apóstoles para anunciar el nombre de Jesús como única salvación, hoy hemos visto que de nuevo ‘son conducidos a la presencia del Consejo del Sanedrín’ y les interrogan por qué no han obedecido las órdenes que les habían dado y en su lugar ‘habían llenado Jerusalén con las enseñanzas del evangelio de Jesús’. Ya conocemos su respuesta. ‘Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres’.
Quienes habían experimentado en sus vidas el amor de Dios que en ellos se había derramado, ahora no podían callar. Eran unos testigos a los que no se les podrá poner una mordaza en su boca, porque ‘testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo que Dios da a los que le obedecen’.
Creemos en Jesús y obedecemos a Dios. Escuchamos su mensaje de amor y nos convertimos en testigos de todo aquello que hemos experimentado en lo más hondo de nosotros mismos. Que el Señor nos dé fuerzas para ser testigos de su amor.

miércoles, 14 de abril de 2010

Jesús la expresión suprema del amor del Padre y nosotros sus mensajeros

Hechos, 5, 17-26;
Sal. 33;
Jn. 3, 16-21

Creemos en Jesús. Celebramos nuestra fe en Jesús. Queremos vivir con toda intensidad nuestra fe en Jesús. Por eso estamos aquí, queremos vivir este estilo y sentido de vida. Pero cuando decimos que creemos en Jesús estamos reconociendo y proclamando el amor grande que Dios Padre nos tiene.
Jesús es la expresión suprema del amor del Padre a los hombres. Y Jesús es nuestro único salvador, que en ese amor de Dios y ese amor que El nos tiene por nosotros se ha entregado para que nosotros tengamos vida.
Es lo que nos viene a decir hoy el evangelio en esta conversación que venimos escuchando y comentando estos días entre Jesús y Nicodemo. ‘Tanto amó Dios al mundo, que entregó su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en El, sino que tengan vida eterna’.
Dios Padre desde el cielo nos lo señala como su Hijo amado y predilecto. Así lo escuchamos en la teofanía del Bautismo y en lo alto del Tabor cuando la transfiguración de Jesús. El Hijo amado de Dios, elegido y predilecto. A quien tenemos que escuchar y seguir. Pero a quien El nos ha entregado para que tengamos vida.
A pesar de que nosotros hayamos preferido la muerte cuando elegimos el camino del pecado, Dios no quiere nuestra condenación sino la vida y la salvación. ‘Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por El’.
Como nos explica Juan en el comienzo del Evangelio Jesús es la luz que vino a este mundo para iluminarnos, pero preferimos las tinieblas a la luz. Cuantas veces hemos preferido las obras del mal a las obras buenas, porque así nos hemos dejado engatusar por la tentación y el pecado.
La fe en Jesús supone aceptarle, pues, como nuestro único salvador. Es el amor de Dios que nos salva. Y cuando lo aceptamos como nuestro único salvador vivir ya para siempre en su luz. Vivir en la luz es vivir en la práctica de las buenas obras, unas obras según Dios. Unas obrar que tienen que ser entonces unas obras de amor.
Cuando nos detenemos un poquito a reflexionar sobre todo esto tiene que avivarse nuestro deseo de vivir a tope nuestra fe, nuestro deseo de vivir nuestra vida santamente realizando las obras del amor. Sentimos nuestra debilidad. Sentimos cómo la tentación del mal nos acosa. Y por eso mismo pedimos con insistencia al Señor que nos conceda la fuerza y la gracia de su Espíritu para que lleguemos a comprenderlo, a convencernos hondamente de todo esto, a vivirlo con toda radicalidad.
Pero todo esto además es algo que hemos de saber trasmitir también a los demás. Tenemos que ser mensajeros de evangelio, mensajeros del amor de Dios. Hemos escuchado hoy que cuando el Ángel del Señor liberó de la cárcel a los apóstoles les dijo: ‘Id al templo y explicadle al pueblo este modo de vida’. Hemos de ir al templo, hemos de ir a los hermanos para hablarles una y otra vez todo lo que es el amor que Dios nos tiene que nos ha enviado, entregado a su propio Hijo.

martes, 13 de abril de 2010

La fe en Jesús desemboca siempre en comunión

Hechos, 4, 32-37;
Sal. 92;
Jn. 3, 11-15

La fe en Jesús resucitado siempre desemboca en la comunión. En nuestra fe cristiana están íntimamente unidos. Mal se puede entender una auténtica fe en Jesús que pretendamos vivirla por nuestra cuenta o a nuestro aire. Es una exigencia fundamental de nuestra fe en Jesús el amor y la comunión.
Bien lo entendieron las primeras comunidades cristianas, porque la fe que profesaban en Jesús les hacía vivir unidos. Hemos venido escuchando que desde la predicación de los apóstoles, desde el testimonio que daban con valentía de la resurrección del Señor eran más y más lo que se adherían a la fe y se unían a la comunidad de hermanos. Y es que esa comunión era luego la mejor expresión de la fe que tenían en Jesús.
Cristo había sido levantado a lo alto para que todo el que creyera en El alcanzara la vida. Hoy nos decía el evangelio continuando con la conversación de Jesús y Nicodemo que ‘así como Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del Hombre, para que todo el que cree en El tenga vida eterna’. Lo hemos comentado muchas veces. Es una clara referencia a la crucifixión de Jesús y a su glorificación. Porque se humilló hasta hacerse el último y el esclavo de todos, sometiéndose a la muerte de cruz pero Dios lo levantó y su nombre está sobre todo nombre y no hay ningún otro nombre en el que podamos salvarnos.
Creemos en Jesús, nos unimos a El para alcanzar la vida eterna. Y ¿en qué se manifiesta que tenemos vida? En que nos amamos. Es hermoso el testimonio que nos ofrece hoy el libro de los Hechos de los Apóstoles. ‘En el grupo de los creyentes todos pensaban y sentían lo mismo; lo poseían todo en común y nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía…’ Y nos habla a continuación cómo vendían sus posesiones para ponerlo a los pies de los apóstoles y nadie pasara necesidad.
¡Cuánto tenemos que aprender! Qué hermoso testimonio se nos ofrece en el libro de los Hechos en aquellas primeras comunidades cristianas. Tengamos también ojos de fe y de amor para ver ese mismo testimonio en muchas situaciones a nuestro alrededor y en muchas personas que viven una consagración al Señor así. Es el ideal de todo cristiano, pero es el ideal que viven los consagrados al Señor de manera especial en la vida religiosa.
Era una comunión que llega al extremo de compartir todos los bienes materiales, pero era una comunión nacida del amor que les hacía quererse de verdad, sentirse auténticamente en comunión desde lo hondo del corazón los unos con los otros. Y nos ofrece también el testimonio de Bernabé, a quien luego seguiremos viendo en su entrega apostólica a lo largo de los Hechos de los Apóstoles.
Pedíamos en la oración que el Señor nos hiciera capaces de anunciar la victoria de Cristo resucitado. Que lo hagamos con nuestras palabras y nuestra vida, que lo hagamos con nuestro amor y nuestra comunión, que lo hagamos con nuestro desprendimiento y nuestra generosidad. ‘Los apóstoles daban testimonio con mucho valor de la resurrección del Señor’, nos decía el libro de los Hechos. Que ese sea también nuestro testimonio valiente. Un testimonio que se manifieste por nuestra comunión de hermanos.

lunes, 12 de abril de 2010

La muerte ya no tiene dominio sobre él

Hechos, 4, 23-31;
Sal. 2;
Jn. 3, 1-8

‘Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él’. Con esta antífona, tomada de la carta a los Romanos, se abre la liturgia de este día.
Seguimos viviendo el tiempo de Pascua y seguimos sintiendo en nuestro corazón el gozo del triunfo de Cristo con su resurrección, pero seguimos sintiéndonos con Cristo también vencedores de la muerte y del pecado. Participamos del triunfo de Cristo. La muerte y el pecado ya no han de tener dominio sobre nosotros.
A El nos hemos unido en nuestro Bautismo, que es un participar en el misterio pascual de Cristo, un hacernos partícipes de su muerte y resurrección. Con Cristo, pues, desde nuestro Bautismo somos hombres nuevos. Por eso hemos escuchado hoy en el evangelio que hemos de nacer de nuevo por el agua y el Espíritu, que es una clara referencia al Bautismo.
Ya lo hemos escuchado. ‘Nicodemo, magistrado judío, fue a ver a Jesús de noche’. Un hombre con inquietud en el corazón y para quien no caían en balde las palabras y los gestos de Jesús. Quiere conocer más hondamente a Jesús. Busca quizá el silencio de la noche como el momento más oportuno para ese encuentro con Jesús. ‘Rabí, sabemos que has venido de parte de Dios, como maestro; porque nadie puede hacer los signos que tú haces si Dios no está con él’. Es un reconocimiento a Jesús, lo llama rabí, maestro, ve en él el actuar de Dios.
Pero Jesús va al grano, por así decirlo. Hay que nacer de nuevo para ver el Reino de Dios. Los otros evangelistas cuando nos hablan del inicio de la predicación de Jesús hablan de la invitación a la conversión, al cambio total y radical. En el evangelio de Juan se nos habla de nacer de nuevo. Como Nicodemo no llega entender eso de nacer de nuevo, sobre todo si uno es ya viejo, responderá Jesús: ‘Te lo aseguro, el que no nace del agua y del Espíritu, no puede entrar en el Reino de Dios…’ Clara referencia al Bautismo, como ya dijimos. Clara referencia a ese hombre nuevo que tenemos que ser. Y lo podemos ser por la acción del Espíritu que es el que en verdad transformará nuestro corazón y nuestra vida.
Un bautismo, como decíamos antes, que nos hace partícipes de la victoria de Cristo; un bautismo que nos llena de la vida de Dios para hacernos hijos. Por eso podíamos decir en la oración ‘nos permites que te llamemos Padre, acrecienta en nosotros el espíritu filial, a fin de que un día lleguemos a poseer la herencia que nos tienes prometida’.
Con esa esperanza y con la fuerza del Espíritu vamos haciendo el camino de nuestra vida cristiana, sintiéndonos fuertes en nuestra lucha contra el mal. Pero es algo que tenemos que pedir con insistencia, con confianza, con esperanza. Esa lucha contra el mal es la lucha contra la tentación y el pecado, contra la muerte del pecado de la que ya tendríamos que sentirnos vencedores como partícipes que somos de la victoria de Cristo. ‘La muerte ya no tiene dominio sobre él’. Ya no tendría que tener dominio sobre nosotros. Pero sabemos que el maligno nos acecha.
Un ejemplo hermoso lo tenemos en el texto de los Hechos que hoy hemos escuchado. ‘Pedro y Pablo, puestos en libertad, volvieron al grupo de los suyos y les contaron lo que les habían dicho los sumos sacerdotes y los ancianos’. Recordamos lo escuchado el pasado sábado con la prohibición de hablar de Jesús. Pero ahora vemos como la comunidad se pone a orar con fervor. Utilizan los textos de los salmos para inspirar su propia oración y para encontrar luz para esa situación por la que están atravesando donde comienzan las persecuciones. ‘Ahora, Señor, mira como nos amenazan, y da a tus siervos valentía para anunciar tu palabra, mientras tu brazo realiza curaciones, signos y prodigios, por el nombre de tu siervo Jesús’.
Igual nosotros hemos de saber leer esas situaciones y dificultades por las que podamos estar pasando. Que el Señor nos dé fuerza y valentía; que no nos falte nunca la gracia del Señor. Que su Espíritu esté siempre en nosotros y podamos ser esos hombres nuevos de la gracia. Que nunca la muerte ni el pecado vuelva a tener dominio sobre nosotros. Así hemos de orar para sentirnos fuertes siempre en el Señor.

domingo, 11 de abril de 2010

Vivamos con las puertas abiertas porque tenemos a Jesús resucitado


Hechos, 5, 12-16;
Sal. 117;
Apoc. 1, 9-13.17-19;
Jn. 20, 19-31

A los ocho días estamos reunidos de nuevo. Seguimos sintiendo viva en nosotros la presencia del Señor resucitado. También nosotros nos llenamos de alegría al ver al Señor, al encontrarnos con el Señor, al sentir viva en nosotros la presencia del Cristo resucitado. No se ha acabado para nosotros la intensidad con que celebramos la fiesta de la Pascua del Señor. Así queremos vivir y estamos viviendo, lo hemos vivido a través de toda esta semana, la octava de la Pascua.
La Palabra de Dios proclamada en este segundo domingo de Pascua a esto nos ayuda. En el evangelio las apariciones de Jesús a los discípulos reunidos en el Cenáculo el mismo primer día de la semana y ocho días después cuando ya está Tomás con ellos. Lo mismo nos ayuda el testimonio de la vivencia y del crecimiento de aquella primera comunidad de Jerusalén como nos relatan los Hechos de los Apóstoles. Igualmente la figura que se nos presenta en el Apocalipsis, imagen de Cristo resucitado: ‘me volví a ver quien me hablaba y al volverme, vi siete lámparas de oro, y en medio una firma humana, vestida de larga túnica con un cinturón de oro a la altura del pecho…Yo soy el que vive. Estaba muerto, y ya ves, vivo por los siglos de los siglos…’
Muchas cosas podemos concluir de los textos de la Palabra proclama que nos ayuden en la propia celebración y para el crecimiento y maduración de nuestra fe personal y de la vivencia de todos como comunidad cristiana. Destaquemos algunas cosas e interroguémonos también por dentro.
La primera, la paz. ‘Paz a vosotros’, es el saludo del Señor resucitado. Por tres veces aparece dicho saludo en el texto del evangelio de hoy. Frente al temor y a las dudas, la paz; frente a aquello que nos tiene rotos por dentro, nuestro pecado y nuestro desamor, la paz. La paz de la seguridad y la confianza que nacen de la presencia del Señor resucitado. La paz de quien se siente amado y perdonado. La paz del que en Cristo encuentra esa armonía interior, pero que será creadora también de comunión y nueva fraternidad con los demás. La paz de quien se siente seguro en el Señor y convencido de ello quiere comunicarlo y compartirlo con los demás.
‘Hemos visto al Señor’, le comunican inmediatamente los que se habían encontrado con el Señor al ausente Tomás. Pero en Tomás siguen las dudas, se seguía sintiendo turbado e inseguro por dentro porque aún no se había encontrado con el Señor. Pide pruebas que no son otra cosa que buscar apoyos donde afianzarse en sus inseguridades. Cuando se encuentre con el Señor, a los ocho días, ya no necesitará las pruebas, recobrará la fe y la paz. ‘¡Señor mío y Dios mío!’ es su exclamación y profesión de fe.
Es importante esta experiencia de encuentro vivo con el Señor. Algunas veces nos puede faltar a nosotros y vienen también nuestras dudas, inseguridades, turbaciones frente a cualquier problema o cosa extraña que nos pueda suceder. Por eso tenemos que cuidar mucho la forma cómo vivimos nuestras celebraciones alejando rutinas y frialdades, no dejándonos llevar por la tibieza. Importante que nuestros momentos de oración no se reduzcan a un recitar o repetir fórmulas de oración. Necesario siempre ese primer acto de fe para sentirnos en la presencia del Señor. ¡Qué distinto sería todo!
Cuando uno escucha los relatos de los Hechos de los Apóstoles ve la intensidad con que vivían aquellos primeros creyentes en Jesús y cómo crecía más y más el número de los que se adherían a la fe, no puede menos que tener también una mirada a nuestra situación actual, el hoy de nuestra iglesia y nuestras comunidades. Y surge la pregunta: ¿Qué signos y señales tenemos que dar los cristianos hoy para que aumente también, como en aquellas primera comunidades, el número de los creyentes?
‘Los apóstoles hacían muchos signos y prodigios en medio del pueblo’, dice el texto de los Hechos de los Apóstoles. ‘Los fieles se reunían de común acuerdo…, traían a los enfermos y a cuantos sufrían a los pies de los apóstoles, acudiendo de todas partes… y crecía el número de los creyentes, hombres y mujeres, que se adherían al Señor’.
Signos y prodigios, valentía para anunciar el nombre de Jesús a todos y en toda ocasión y se reunían de común acuerdo, y vivían una especial comunión entre todos los que creían en Jesús, como se nos manifiesta en otros textos también de los Hechos de los Apóstoles. Ya se habían abierto aquellas puertas en principio cerradas por miedo a los judíos. Se habían acabado las dudas y los temores. Tenían la certeza y la seguridad de la presencia del Señor resucitado.
¿Es así cómo nosotros lo vivimos? ¿o permaneceremos aún acobardados, con muchas puertas cerradas o encerrados en nosotros mismos porque muchas veces nos encontramos un mundo adverso? Ya sabemos que los momentos en que vivimos no son fáciles ni demasiado brillante quizá y que el mundo y las fuerzas del mal se valdrán de los que sea para oscurecer la labor de la Iglesia y acallar el mensaje de vida que en nombre del evangelio queremos proclamar. Cuántas cosas adversas.
Tenemos que sentirnos seguros de nuestra fe en Cristo resucitado. No nos faltará nunca su presencia ni la fuerza de su Espíritu que es el que en verdad guía la vida de la Iglesia. A través de la historia no han faltado momentos oscuros y difíciles pero no ha faltado tampoco la asistencia del Espíritu Santo que a pesar de todo ha mantenido incólume a la Iglesia. ‘El poder del abismo no la hará perecer’, le prometió Jesús a Pedro cuando lo hizo piedra sobre la que edificar la Iglesia.
Demos signos y señales con nuestra fe y con nuestro amor. La Iglesia, hemos de reconocer, sigue haciendo prodigios de amor a través de tantas personas fieles y santas y a través de tantas obras de amor que se siguen realizando. Tengamos confianza. Tenemos que ser luz con nuestra fe y con nuestras obras de amor. Y Jesús nos enseña en el evangelio que la luz hay que ponerla en alto para que ilumine. ‘Vean los hombres vuestras buenas obras para que den gloria al Padre del cielo’.
Vivamos ya con las puertas abiertas porque tenemos con nosotros a Jesús resucitado. Puertas abiertas de nuestro corazón para acoger a todos; puertas abiertas que nos pongan en camino para ir a llevar ese anuncio de Jesús a los demás, para anunciar el perdón y la paz, para ir a hacer un hombre nuevo y un mundo nuevo. ‘Hemos visto al Señor’, como le decían a Tomás. Es el anuncio que tenemos que hacer.
El evangelio que hemos escuchado termina diciéndonos que todo esto ‘se ha escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre’. Pedíamos en la oración que se reanimara la fe de la Iglesia con estas fiestas pascuales. Que crezca así nuestra fe y nos llenemos de vida y de paz; que sepamos también trasmitir esa fe para que el mundo crea que Jesús es el Hijo de Dios y, creyendo, tengan también vida en su nombre.

sábado, 10 de abril de 2010

Una Buena Noticia que hemos de llevar a toda la creación

Hechos, 4, 13-21;
Salmo, 117;
Mc. 16, 9-15

El evangelio de san Marcos es el más breve en los relatos de la resurrección del Señor. Prácticamente es el resumen que hoy hemos escuchado precedido del momento en que ‘María Magdalena, María la de Santiago y Salomé fueron el primer día de la semana, muy de madrugada, a la salida del sol al sepulcro con los aromas que habían comprado…’
Nos resume ahora el que no habían creído a María Magdalena cuando ella fue a anunciarles que estaba vivo y lo había visto; lo mismo los dos discípulos que habían ido caminando a una finca, a Emaús, a quienes también se les había y no lo creyeron. Finalmente es Jesús el que se les manifiesta ‘y les echó en cara su incredulidad y dureza de corazón porque no habían creído a los que lo habían visto resucitado’.
Pero ahora Jesús que se les ha manifestado les confía una misión: ‘Id por todo el mundo y proclamad la Buena Noticia a toda la creación’. Ahora que lo habían visto resucitado y habían terminado por creer, esa Buena Noticia han de llevarla por todo el mundo. Es el envío que prácticamente en todos los evangelio escuchamos de labios de Jesús para que el Evangelio sea anunciado a todos los hombres, que creyendo que Jesús es el Hijo de Dios y nuestro Mesías Salvador han de alcanzar la vida eterna.
Es lo que los creyentes, verdaderos testigos de Cristo resucitado han hecho, han querido hacer a través de todas las generaciones. Es la misión que a nosotros también se nos confía. Así lo hicieron los apóstoles desde el primer momento y es lo que la Iglesia sigue haciendo a través de los tiempos. Es lo que nosotros hemos de hacer también.
El cumplimiento del mandato de Cristo no siempre fue fácil para los creyentes. No todos querrán escuchar esa Buena Noticia. Aunque la tengan delante de los ojos, no todos querrán aceptarla. Lo vemos hoy en el texto de los Hechos de los Apóstoles, que viene como a concluir todo el episodio de la curación del paralítico de la puerta Hermosa del templo.
Terminarán los sumos sacerdotes, los ancianos y los escribas por reconocer que el milagro es patente. ‘Es evidente que han hecho un milagro; lo sabe todo Jerusalén y no podemos negarlo…’ pero han de evitar que se siga difundiendo; han de evitar que se siga hablando del nombre de Jesús. Admirados y ‘sorprendidos por el aplomo de Pedro y Juan, sabiendo que eran hombres sin letras ni instrucción’, pretenden amedrentarlos prohibiéndoles mencionar el nombre de Jesús como Salvador.
Pero ya conocemos la valiente respuesta de los Apóstoles. Respuesta que sólo podemos entender porque están llenos del Espíritu que Jesús les había prometido y que habían recibido en Pentecostés; ellos que estaban escondidos y con las puertas cerradas en el Cenáculo. Pero ahora responderán con coraje y valor: ‘¿Puede aprobar Dios que os obedezcamos a vosotros en lugar de a El? Juzgadlo vosotros. Nosotros no podemos menos que contar lo que hemos visto y oído’. Han de obedecer a Dios antes que a los hombres.
Que el Señor nos dé ese coraje y valentía. Que sintamos el ardor del Espíritu en nuestro corazón. Que seamos en verdad sus testigos con nuestras palabras y nuestras obras, con nuestra vida toda. Es una exigencia de nuestra fe. Es la consecuencia lógica de quienes se sienten amados del Señor.

viernes, 9 de abril de 2010

Cristo resucitado, nuestra piedra angular y el fundamento de la Iglesia

Hechos, 4, 1-12;
Sal. 117;
Jn. 21, 1-14

Una primera impresión del hecho de que Pedro y algunos de los Apóstoles se volvieran de nuevo en Galilea a pescar pudiera parecernos como que Pedro y los discípulos se vuelven a la tarea de siempre retornando a la barca y a las redes que un día habían dejado para seguir a Jesús cuando los había llamado para ser pescadores de hombres.
Con ser totalmente legítima esta explicación, sin embargo en esta escena que concluye con la manifestación de Cristo resucitado podemos encontrar un hermoso mensaje con sentido eclesial.
Me explico. La barca, las redes, la pesca son imágenes que muchas veces hemos interpretado en referencia a la Iglesia. En esa barca en su travesía por el lago, o, si queremos, atravesando profundos mares podemos ver a la Iglesia, de la comunidad de los discípulos de Jesús en medio del mar de este mundo no siempre tan calmo y muchas veces azaroso y lleno de peligros.
Pedro se va a pescar y con él algunos de los discípulos que están en Galilea. ‘Me voy a pescar… vamos también nosotros contigo’. Y nos detalle el evangelista a ‘Tomás, apodado el Mellizo, Natanael el de Caná de Galilea, los Zebedeos y otros dos discípulos suyos’.
La faena fue infructuosa hasta que desde la orilla del lago alguien les señala por donde han de lanzar las redes. Allí estaba Cristo resucitado, aunque por la distancia o la tenue luz del amanecer no lo reconozcan. Sin Jesús la tarea era infructuosa. Con Jesús todo cambia hasta el punto ‘que no tenían fuerzas para sacar la red, por la multitud de peces’.
Ahí va la primera lección para nosotros, para la Iglesia, que no seríamos nada, ni nada podríamos hacer de provecho si nos falta Jesús. la Iglesia sin Jesús no sería Iglesia; podría ser cualquier cosa, una reunión de amigos o una sociedad con unos fines determinados. Con Jesús es otra cosa, otra es su tarea y su misión, como otros serían también los frutos que se obtuvieran.
Será el discípulo amado – otra vez el amor por medio – el que reconozca a Jesús. El mejor camino para reconocer a Jesús que nos sale al encuentro de tantas maneras, en tantas ocasiones y en tantas personas. Pongamos las lentes del amor en nuestros ojos, pongamos el filtro del amor en nuestro corazón. Veremos a Jesús, conoceremos y reconoceremos al Señor que viene a nuestro encuentro.
‘Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua’, porque le impacientaba el ir remando o tirando de las redes. Quería llegar pronto hasta Jesús. quería estar a su lado. Cómo tenemos que correr hasta Jesús para estar con El. Sin El nada somos; en su palabra, con su fuerza, con su gracia cuánto podemos hacer.
Es nuestra piedra angular, aunque sea desechada por los arquitectos, aunque sea desechada por tantos que se creen sabios y entendidos. Sólo los sencillos pueden conocer las cosas de Dios, porque es a ellos a quienes Dios se revela de manera especial. El es el verdadero fundamento de nuestra vida. El que lo es todo para nosotros.
Sigamos sintiendo el gozo de la Pascua, de la presencia de Cristo resucitado. Que siga saliéndonos a nuestro encuentro cuando nos vayamos a la pesca, cuando estemos en nuestras responsabilidades o cuando queramos hacer algo por los demás. El sigue saliendo al encuentro de su Iglesia, en medio de ella está y ahí tenemos que saber reconocerle.

jueves, 8 de abril de 2010

Les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras

Hechos, 3, 11-26;
Sal. 8;
Lc. 24, 35-48

‘Esto es lo que os decía mientras estaba con vosotros: que todo lo escrito en la ley de Moisés y en los profetas y salmos acerca de mí tenía que cumplirse. Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras’.
Volvemos a contemplar hoy una manifestación de Cristo resucitado a los discípulos. Allá están comentado ‘lo que les había pasado por el camino a los que se habían ido a Emaús, y cómo lo habían reconocido al partir el pan’. Jesús se manifiesta en medio de ellos pero vuelve a decirnos el evangelista que ‘llenos de miedo por la sorpresa creían ver un fantasma’. Seguían las dudas en su interior. Jesús tendrá que convencerles que no es un fantasma dejando que palpen sus manos y sus pies y comiendo en su presencia. Y el mismo les explicará todo lo sucedido.
A nosotros con nuestra perspectiva nos puede parecer incomprensible aquella cerrazón de los discípulos y apóstoles para comprender el hecho de la resurrección. Jesús lo había anunciado repetidamente, pero era algo nuevo lo que estaba sucediendo y el trauma por lo sucedido en el calvario era fuerte y marcaba su corazón. Vamos a escuchar repetidas veces que andaban con miedo y con las puertas cerradas. Y ¿si los judíos arremetían contra ellos pues eran sus discípulos? Comprendamos que aún no habían recibido el don del Espíritu prometido.
‘Les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras’, dice el evangelista, como ya hemos citado. Que nos abra el entendimiento a nosotros también; y que nos abra el corazón. Que nos dé el don de su Espíritu, porque como había anunciado antes de su muerte nos lo enseñará todo. Porque a nosotros también nos cuesta a pesar del testimonio de los apóstoles que la Iglesia nos ha trasmitido, y a pesar del don del Espíritu que hemos recibido. Pero también nos llenamos de dudas. Que se nos acaben las dudas y los temores. Que en verdad nos sintamos seguros en nuestra fe a pesar de nuestra debilidad.
‘Vosotros sois testigos de esto’, terminaba diciéndoles Jesús. Nos lo dice a nosotros también. Ejemplo tenemos en la valentía de Pedro como hemos escuchado en los Hechos de los Apóstoles. Tras la curación del paralítico – lo escuchábamos ayer – la gente se arremolina curiosa alrededor de Pedro y Juan y es la ocasión para hacer el anuncio de Jesús.
Un anuncio fuerte en las palabras de Pedro pero que al mismo tiempo se convierte en una invitación a la conversión y a creer en Jesús. No es por su propio poder por lo que ellos han realizado aquel hecho maravilloso. Ha sido en nombre de Jesús. ‘El Dios de nuestros padres ha glorificado a su siervo Jesús, al que vosotros entregasteis y rechazasteis ante Pilato… Dios lo resucitó de entre los muertos y nosotros somos testigos. Como éste que veis aquí y que conocéis, ha creído en su nombre, su nombre le ha dado vigor, su fe le ha restituido completamente la salud a vista de todos vosotros’.
Terminará el apóstol invitándolos a la conversión. ‘Por tanto, arrepentíos y convertíos, para que se borren vuestros pecados’. En cierto modo los disculpa por la ignorancia, y por grande que fuera su pecado, en el Señor pueden encontrar el perdón. ‘Dios resucitó a su siervo y os lo envía en primer lugar a vosotros, para que os traiga la bendición si os apartáis de vuestros pecados’.
Palabras consoladoras para nosotros. Creemos en Jesús y queremos seguirle. Ahora vivimos con entusiasmo este tiempo pascual y estamos proclamando con intensidad nuestra fe en Cristo resucitado. Pero ya conocemos nuestra debilidad. Tantas veces volvemos nuestros pasos hacia atrás, para caer de nuevo en el pecado. Es nuestra debilidad, pero está también la gracia del Señor que está dispuesto a regalarnos su bendición, su salvación, el perdón de nuestros pecados si nos volvemos a El con arrepentimiento y deseos de conversión.

miércoles, 7 de abril de 2010

Dejémonos enseñar por el Espíritu y llegaremos a reconocer a Jesús

Hechos, 3, 1-10;
Sal. 104;
Lc. 24, 13-35

‘Dos discípulos de Jesús iban andando aquel mismo día a una aldea llamada Emaús… y Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo…’
Ya sabemos cómo se entabló la conversación; la pregunta de Jesús por qué andaban preocupados, la respuesta de ellos si acaso era el único forastero que no se había enterado lo que había pasado y las sucintas explicaciones que denotaban sus esperanzas y desesperanzas, la confianza que habían puesto en Jesús y cómo todo se había venido abajo.
No creyeron el mensaje que habían traído las mujeres que habían ido temprano al sepulcro, pero no eran ellos solos los que estaban con los ojos incapaces para reconocerlo. Le había sucedido a María Magdalena que lo había confundido con el encargado del huerto. Creerían ver un fantasma más tarde los discípulos cuando estén todos juntos y Jesús se les manifieste. Tomás querrá palpar con sus manos, meter lo dedos en las heridas, su mano en la llaga del costado. Incluso más tarde en el lago no serán capaces de verlo y reconocerlo mientras están en su faena de pesca.
‘¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas!’ Era necesario creer en lo anunciado por las Escrituras. Juan y Pedro comenzarían a creer cuando fueron al sepulcro y lo vieron vacío. Pero a nosotros también nos puede costar creer con tantas cosas que oímos a nuestro alrededor o con tantas cosas que puedan suceder en nuestro mundo o en nuestra misma Iglesia que nos pueda hacernos sentir defraudados de alguna manera por alguna cosa.
Dejemos que el Señor venga a nosotros en nuestros caminos tantas veces llenos de oscuridades y sombras; venga a nosotros también nos explique las Escrituras. ‘Comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a El en toda la Escritura’. ¡Qué mejor Maestro y guía! Su Espíritu sigue iluminándonos para que comprendamos las Escrituras, para que conozcamos cada vez más hondamente a Jesús, para que seamos capaces de reconocerlo tal como se nos manifiesta, para que nuestra fe sea siempre firme en su resurrección. Es algo importante. Y su Espíritu nos habla a través del magisterio de la Iglesia; y va llegando a lo hondo de nuestro corazón dándonos ese fuego de la sabiduría divina, aunque no siempre sepamos captarlo.
Más tarde dirán aquellos discípulos cómo sentían arder su corazón mientras El les hablaba por el camino. Ojalá sepamos nosotros discernir ese ardor del corazón que tantas veces también nosotros podamos sentir. No lo echemos en saco roto. El Espíritu iba moviendo el corazón de aquellos hombres, que finalmente se abrieron a la generosidad para no dejar marchar al caminante solo por aquellos caminos que podían ser peligrosos. ‘Quédate con nosotros que se hace tarde…’
Que así abramos nuestro corazón, que así sintamos nosotros también deseos de estar con Jesús, que Jesús se quede con nosotros. Que abramos nuestro corazón a la generosidad, a la disponibilidad, al amor para compartir y para hacer un hueco al hermano en el hogar de nuestro corazón. Algunas veces estamos tan llenos de cosas que no le damos cabida al hermano, o lo que es lo mismo, no le damos cabida al Señor en nuestra vida.
Al final le reconocieron al partir el pan, como no podía ser menos; como tenemos que saber reconocerlo nosotros siempre en la celebración de la Eucaristía. Pero aquel reconocimiento no fue para quedarse ellos sentados y tranquilitos en sus cosas o en sus casas. Corrieron de nuevo a Jerusalén porque todo aquello había que compartirlo con los hermanos. ‘Era verdad, ha resucitado el Señor…’ Llevaban la noticia y se encontraron también con esa Buena Nueva.
Cuando estamos convencidos de que Cristo resucitó y es el verdadero y único Señor de nuestra vida aprenderemos también una cosa. Que en su nombre podemos hacer muchas cosas, en su nombre podemos hacer maravillas. Es lo que vemos hacer a Pedro y a Juan con el paralítico de la puerta Hermosa del que nos habla el libro de los Hechos de los Apóstoles hoy.

martes, 6 de abril de 2010

He visto al Señor y ahora todo es distinta con la gracia incomparable del bautismo recibido

Hechos, 2, 36-41;
Sal. 32;
Jn. 20, 11-18

‘Mujer, ¿por qué lloras? ¿a quién buscas?
’ son las preguntas primero de ‘los ángeles, vestidos de blanco, sentados uno a la cabecera y otro a los pies donde había estado el cuerpo de Jesús’, y del mismo Jesús que aparece allí junto a ella, aunque no lo reconoce, ‘tomándolo por el encargado del huerto’.
‘Se han llevado a mi Señor y no sé donde lo han puesto… si tú te lo has llevado, dime donde lo has puesto, y yo lo recogeré’. Al escuchar que la llaman por su nombre, ‘¡María!’, lo reconocerá, ‘¡Rabóni!’, y se echará a sus pies. ‘He visto al Señor y me ha dicho esto’, correrá a contarle a los discípulos.
Entrañable escena la que nos ofrece el evangelio hoy. Seguimos contemplando las manifestaciones de Cristo resucitado. Hemos de cuidar que no se nos cieguen a nosotros también los ojos y no seamos capaces de reconocer al Señor. El viene a nosotros, se nos manifiesta y se nos manifiesta de muchas maneras. A María Magdalena le parecía que era el hortelano. A nosotros no es que nos parezca que es éste o el otro, sino que sabemos que en cualquiera que pase a nuestro lado hemos de saber reconocer al Señor. Y de manera especial en el pobre o en el que sufre.
¡Cuántas oportunidades tenemos de encontrarnos con el Señor y expresar nuestra fe y nuestro amor! Hemos de saber estar atentos. Porque confesaremos nuestra fe en El en la medida en que lo expresemos con nuestro amor. Ya sabemos lo que nos ha dicho El a lo largo del Evangelio, dónde y cómo tenemos que reconocerlo, a quien hemos de manifestar nuestro amor para expresar hondamente el amor que a El le tenemos.
Fijémonos también en lo que se nos dice en los Hechos de los Apóstoles. Pedro ha anunciado valientemente el nombre de Jesús. 'Todo Israel esté cierto de que el mismo Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios lo ha constituido Señor y Mesías’. A la gente se le ha movido el corazón y quieren comenzar a creer en Jesús. ¿Qué han de hacer? ‘Preguntaron a Pedro y a los demás apóstoles: ¿qué tenemos que hacer hermanos?’ Conversión y bautismo. Dar la vuelta al corazón y la vida para comenzar a creer de verdad que Jesús es nuestro Salvador, creer que es el Hijo de Dios que nos está manifestando todo el amor que Dios nuestro Padre nos tiene, y recibir el Bautismo.
Nosotros escuchamos también el anuncio, lo seguimos escuchando y queriendo hacerlo vida de nuestra vida en esta Pascua que estamos viviendo. Hemos querido dar pasos de conversión en este camino cuaresmal que hemos hecho y nos ha conducido a la Pascua. La conversión es una actitud y una tarea que ya la tomamos como normal en nuestra vida. Es una actitud permanente en nosotros. Y no podemos ahora bajar la guardia sino querer seguir vivir con toda intensidad esa vuelta al Señor, buscando siempre mejorar la santidad de nuestra vida.
Nosotros estamos bautizados, y nos podría parecer que ya a nosotros poco nos dicen entonces esas indicaciones que hacen los apóstoles a la petición de la gente que han sentido como se les ha movido el corazón. Pero en nosotros también tienen que estar presentes esas cosas. Ahora mismo en la pascua, en la noche de la vigilia pascual recordamos nuestro Bautismo e hicimos una renovación de nuestras promesas bautismales. Hemos de seguir recordando, pues, nuestra condición de bautizados. Para vivirlo.
En la oración de después de la comunión vamos a pedir al Señor, quizá recordando a los que han recibido el bautismo en esta Pascua, pero que nos puede valer perfectamente a todos los bautizados. ‘Concede a estos hijos tuyos que han recibido la gracia incomparable del Bautismo, poder gozar un día de la felicidad eterna’.
Fijaos cómo nos habla de la gracia incomparable del Bautismo. Qué grande es su valor, que no lo podemos comparar con nada. Qué grandeza nos ha conferido, pues que un día podamos alcanzar esa felicidad eterna. Día a día vivimos nuestra condición de bautizados, y deseamos y esperamos alcanzar la plenitud del Reino de Dios.

lunes, 5 de abril de 2010

Continúa la pascua: Dios lo resucitó y nosotros somos testigos

Hechos, 2, 14.22-32;
Sal. 15;
Mt. 28, 8-15

Estamos entrando en la octava de Pascua. Eso significa que seguimos viviendo el mismo gozo y alegría por la resurrección del Señor que se van a prolongar por estos ocho días con una intensidad semejante.
Realmente ayer tanto en la palabra proclamada en la noche de la vigilia pascual como en la Misa de Pascua lo que escuchamos en el evangelio era el anuncio de los ángeles de que Cristo había resucitado y el testimonio de la tumba vacía. Tanto María Magdalena que llora porque se han llevado el cuerpo de Jesús y no saben donde lo han puesto, como el testimonio de Pedro y Juan que simplemente encuentran la tumba vacía y las vendas por el suelo y el sudario enrollado aparte. Sin embargo Juan vio y creyó y comenzaron a entender lo anunciado por la Escritura, que Jesús había de resucitar de entre los muertos.
Ahora durante la semana en la Eucaristía de cada día en el evangelio proclamado iremos ya contemplando las diversas manifestaciones de Cristo resucitado que irán haciéndonos ahondar en nuestra fe en Jesús, resucitado de entre los muertos. No es hora de hacer excesivos comentarios sino yo diría de ir rumiando lo que nuestra fe nos dice y lo que vamos contemplando en el evangelio, esas diferentes manifestaciones de Cristo resucitado. No es momento de entrar en demasiados razonamientos sino en este caso dejarnos impregnar por la presencia de Cristo resucitado en medio de nosotros, tal como lo vamos contemplando en el evangelio.
Iremos escuchando los relatos de los diferentes evangelistas que de alguna manera se complementan unos a otros. Según lo que nos dice hoy Mateo, después del anuncio del ángel que les manifiesta que si buscan a Jesús, el crucificado allí no lo van a encontrar porque ha resucitado y les señala que anuncien a los discípulos este mensaje para que vayan a Galilea donde le verán, ‘se marcharon a toda prisa del sepulcro, impresionados y llenas de alegría, y corrieron a anunciárselo a los discípulos’.
Pero ahora es Jesús el que les sale al encuentro. ‘Alegráos… No tengáis miedo…’ es el saludo de Jesús. Con Jesús se alejan todos los temores; con Jesús nos llenaremos siempre de alegría y de paz. Pero también el mismo encargo. ‘Id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea: allí me verán’. Son mensajeras que han de llevar este anuncio a los apóstoles. Luego serán ellos los testigos de Cristo resucitado que lo anunciarán al mundo.
Es lo que hemos escuchado en la primera lectura y seguiremos escuchando durante esta semana y todo el tiempo pascual que iremos leyendo como primera lectura el libro de los Hechos de los Apóstoles. ‘Os hablo de Jesús nazareno… a quien Dios resucitó rompiendo las ataduras de la muerte… Dios resucitó a este Jesús y nosotros somos testigos’. Es el primer anuncio que Pedro hace en Pentecostés después de recibir al Espíritu Santo.
Ahí nos quedamos nosotros contemplando y convirtiéndonos también en testigos. Somos testigos de Cristo resucitado porque bien hondo lo hemos sentido dentro de nosotros en estos días. Y ese ha de ser también nuestro anuncio constante. Empapémonos de Cristo resucitado para que lo llevemos a los demás con el testimonio de nuestra vida.

domingo, 4 de abril de 2010

Cristo ha resucitado, que florezcan las flores de la nueva primavera


Hechos, 10, 34.37-43;
Sal. 117;
1Cor. 5, 6-8;
Jn. 20, 1-9

‘En verdad ha resucitado el Señor, aleluya. A El la gloria y el poder por toda la eternidad’. Es la noticia, la gran noticia que hoy corre, tiene que correr de boca en boca o a todo pulmón allí donde hay un cristiano. Es la Pascua. Es nuestro gozo y nuestra alegría honda. Es nuestra fiesta. Es nuestra vida y el sentido de todo. Ha resucitado el Señor.
Es la noticia del Evangelio. Es ‘el primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro’. Comienzan las carreras. ¿Las carreras para ver quien tenía la fe más grande, el amor más fuerte? Su amor – porque había amado mucho se le había perdonado mucho - la había llevado muy temprano al sepulcro, pero ‘se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos donde lo han puesto’. El evangelista nos da un detalle, ‘aún estaba oscuro’ que podría bien significar que aunque su amor por Jesús era grande algo podía fallar en su fe para hacerla dudar de lo que tanto Jesús había anunciado, su resurrección.
Lleva la noticia a los apóstoles y correrá Pedro, el que tenía un amor muy ardiente por el Señor y correrá Juan, el discípulo amado camino también del sepulcro. Se quedará éste a la entrada del sepulcro aunque fuera el más veloz, y entrará Pedro. Allí ‘vio la vendas por el suelo y el sudario enrollado aparte’. Entrará Juan ‘y vio y creyó. Hasta entonces no habían entendido la Escritura que El había de resucitar de entre los muertos’. Se despertó en sus corazones la fe en la resurrección de Jesús. era verdad, había resucitado el Señor. Más tarde vendrían los encuentros con Jesús, las primeras apariciones de Cristo resucitado.
Nosotros venimos cantando nuestra alegría desde anoche, desde la vigilia pascual. Los ‘aleluyas’ se repiten y no nos cansamos de aclamar al Señor. ‘En verdad ha resucitado el Señor. A El la gloria y el poder por toda la eternidad’. Y es que con Cristo nosotros también nos sentimos resucitados. En Cristo resucitado sentimos la vida nueva que El nos da. Somos los hombres nuevos de la Pascua. A El nos unimos en nuestro bautismo ‘para ser sepultados con El, para que así como Cristo resucitó de entre los muertos, así nosotros andemos en una vida nueva’, como escuchábamos anoche.
Estamos hoy rebosantes de gozo pascual. Contemplamos a Cristo, vencedor de la muerte y que a nosotros nos hace también resucitar. Nos sentimos renovados por su Espíritu para resucitar en el reino de la luz y de la vida, como hemos pedido en la oración litúrgica. Ya para siempre en nosotros la vida nueva de la gracia y lejos de nosotros el pecado.
Anoche proclamábamos que ‘quienes confiesan su fe en Cristo son arrancados de los vicios del mundo y de la oscuridad del pecado, son restituidos a la gracia y agregados a los santos’. Así nos sentimos nosotros en esta mañana de Pascua después del camino de renovación que emprendimos a través de toda la cuaresma, tras la vivencia intensa de toda la pasión y de la muerte del Señor en estos días pasados, sintiendo ahora el gozo profundo de la resurrección del Señor, y de la vida nueva en nuestros corazones.
Están rotas ya las cadenas de la muerte. Cristo asciende victorioso del abismo y nos lleva con El a una vida nueva. Por eso dejamos atrás la vieja levadura – la de la corrupción y el pecado - porque tenemos que ser masa nueva, como nos ha dicho hoy san Pablo. ‘Ha sido inmolada nuestra víctima pascual: Cristo’. La verdad, la sinceridad, la fe, el amor serán hermosos sabores de ese pan nuevo de la pascua.
Pero esta noticia como esta vida nueva de Cristo resucitado no nos la podemos quedar para nosotros. Somos testigos y los testigos tienen que dar testimonio. Somos resucitados con Cristo y hemos de llenar el mundo de resurrección. Hoy es Pascua, pero la Pascua no se puede quedar reducida a este día ni será ya sólo para nosotros. Litúrgicamente seguiremos celebrándola con gran intensidad durante cincuenta días hasta Pentecostés. Pero es que para un cristiano que ha vivido intensamente la pascua, ya la pascua no se tiene que terminar. Como hombre de pascua todo cristiano tiene que manifestarse al mundo para llevar el perfume de Cristo que inunde y empape cuando nos rodea.
Cuando nos veníamos preparando para la Pascua en nuestro camino cuaresmal en un momento reflexionamos y decíamos que en la primavera de la pascua nuevas flores tenían que florecer. Estamos ya en la primavera de la pascua, adornamos hoy nuestros altares con muchas flores para significar la alegría de la pascua que estamos viviendo. Pero ya sabemos; hemos de hacer surgir esas nuevas flores de la pascua en nuestro mundo. Que su perfume en verdad nos inunde y nos contagie.
Decíamos entonces que el Señor quiere hacer que los desiertos de nuestra vida ya no sean desiertos porque florezcan flores de vida en nosotros prometedores de hermosos frutos. Son esas nuevas actitudes de vida que tienen que ir floreciendo en nosotros. Para siempre ya la generosidad, el perdón, el amor, la concordia, la paz, la dicha para todos. Seamos, pues, sembradores de esperanza y defensores de la vida. Construyamos un mundo de más amor y fraternidad. Es decir, seamos testigos de Cristo resucitado, seamos a la vez sembradores y semillas de resurrección. Trasmitamos a todos nuestro hondo convencimiento, aunque al mundo le cueste creer.
‘Ofrezcan los cristianos ofrendas de alabanza a gloria de la Víctima propicia de la Pascua’, hemos proclamado en la hermosa secuencia de este día. Es lo que hacemos ahora en esta celebración solemne de la Eucaristía en esta mañana de Pascua. Celebrémosla y vivámosla con hondura, poniendo toda la intensidad de nuestra fe y de nuestro amor. Aclamemos y pidámosle al Señor ‘Rey vencedor, apiádate de la miseria humana y da a tus fieles parte en tu victoria santa’.

sábado, 3 de abril de 2010

Esta es la noche santa en que Cristo asciendo victorioso del abismo


Esta es la noche santa en que Cristo asciendo victorioso del abismo

‘Exulten por fin los coros de los ángeles y las jerarquías del cielo… goce también la tierra inundada de tanta claridad… alégrese también nuestra madre la iglesia revestida de luz tan brillante…’ ha resucitado el Señor; ‘que las trompetas anuncien la salvación… resuene este templo con las aclamaciones del pueblo’ porque ha resucitado el Señor.
Así lo proclamábamos ardientemente en el pregón pascual que nos anunciaba la resurrección del Señor cuando comenzábamos esta vigilia. Así lo hemos ido repitiendo, cantando una y otra vez en toda la celebración gozosa de esta noche. ¡Es verdad! ¡Ha resucitado el Señor!
Noche grande y maravillosa, así fuimos recordando todas las maravillas del Señor en la historia de la salvación en el mismo pregón y en toda la liturgia de la Palabra en la que hemos hecho un recorrido hasta llegar al momento culminante de la resurrección del Señor. Noche en que se disipan las oscuridades y desaparecen las esclavitudes. ‘Esta es la noche santa en que rotas las cadenas de la muerte, Cristo asciende victorioso del abismo… noche clara como el día… noche que nos llena de alegría… noche de gracia y salvación’.
Aquí en medio de nosotros brilla la luz de Cristo resucitado. Hemos tomado de su luz. Queremos seguir iluminándonos siempre de luz. No queremos que nunca más se apague esa luz de Cristo en nuestro corazón. Que no nos falte el aceite que nos mantenga siempre encendida esa lámpara, esa luz en nuestro corazón. Que con su luz iluminemos el mundo, transformemos nuestro mundo, le llevemos esperanza y renazca la fe en todos los corazones.
No podemos seguir rebuscando entre las sombras y las tinieblas. No tenemos que volver a los sepulcros de la corrupción y de la maldad porque Cristo nos ha liberado ya de todo eso. Con su muerte bajó a las profundidades del abismo pero para arrancarnos ya para siempre de esa muerte y hacer que tengamos vida para siempre.
‘¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí. Ha resucitado’. Fue el anuncio de los ángeles a las mujeres que todavía desesperanzas y llenas de dolor volvieron al sepulcro la mañana de aquel primer día. Llevaban perfumes para embalsamar debidamente el cuerpo muerto de Jesús, pero de la tumba salía el perfume más intenso de la vida. Cristo había resucitado y no quiere ya que volvamos a la muerte. Ha resucitado para levantarnos a nosotros a la vida. Impregnémonos nosotros de ese olor de vida, de ese olor de Cristo y con él perfumemos nuestro mundo, que tanto lo necesita.
Llevemos ese perfume, ese anuncio a los hermanos, y no temamos que haya muchos que no nos quieran creer y nos digan que eso de la resurrección es cosa de ilusos. Les sucedió también a aquellas buenas mujeres que habían ido al sepulcro. ‘María Magdalena, Juana y María, la de Santiago, sus compañeras contaban esto a los apóstoles. Ellos lo tomaron por un delirio y no lo creyeron’. Pedro querrá comprobarlo por sí mismo e irá también al sepulcro para encontrar lo mismo que habían visto las mujeres. ‘Y se volvió admirándose de lo sucedido’. Más tarde vendrán las apariciones, los encuentros con Jesús resucitado. Se afianzará firmemente la fe en Jesús y ya será un anuncio que no dejarán de hacer.
San Pablo nos decía: ‘Así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva’. Es el fruto de la resurrección de Jesús en nuestra vida. Quienes creemos en Jesús, quienes proclamamos a Jesús resucitado de entre los muertos como hoy con tanto ardor y alegría queremos proclamarlo, ya nuestra vida no puede ser igual. Tenemos que sentirnos transformados por la resurrección del Señor. ‘Nuestra vieja condición de pecadores ha quedado crucificada con Cristo, quedando destruida nuestra personalidad de pecadores, y nosotros libres de la esclavitud del pecado… hemos muerto con Cristo, creemos que viviremos con El… tenemos que considerarnos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús’.
Es nuestra alegría, nuestra esperanza; es la motivación grande de nuestra vida. Es lo que nos hace sentirnos alegres de manera especial en esta noche de Pascua, en esta noche de la resurrección del Señor. Para eso nos hemos venido preparando con intensidad a través de toda la Cuaresma y hemos vivido con un fervor especial esta Semana de la pasión y muerte del Señor. Nos sentimos resucitados con Cristo, ‘muertos al pecado, vivos para Dios’. Y todo eso porque Cristo murió por nosotros y resucitó. Y hoy estamos viviendo este momento victorioso de Cristo. Por eso decíamos al principio con el pregón pascual que las trompetas anuncien la salvación, que la Iglesia toda se regocije y resuenen fuerte las aclamaciones y los cantos de todos.
Y ¿cómo hemos podido llegar a esto? Somos esos hombres nuevos gracias al Bautismo. El Bautismo nos unió a Cristo, nos incorporó a la vida de Cristo. ‘Los que por el Bautismo nos incorporamos a Cristo, nos decía san Pablo, fuimos incorporados a su muerte. Por el Bautismo fuimos sepultado con El en la muerte…’ para que por la resurrección de Cristo, resucitemos nosotros, renazcamos nosotros a una nueva vida, ‘andemos en una vida nueva’.
Por eso hoy vamos a tener muy presente nuestro bautismo en la celebración. En nuestras parroquias se consagra el agua bautismal y en muchos lugares tiene lugar el bautismo de los niños que sus padres quieren hacer hijos de Dios uniéndolos a Cristo por el Bautismo, pero también el bautismo de muchos adultos que no estando bautizados se han encontrado con Cristo y han hecho opción en su vida por El. Nosotros bendeciremos también el agua para recordar nuestro bautismo y haremos la renovación de las promesas bautismales como una expresión de nuestra fe y nuestra voluntad de querer vivir la vida de Cristo, de querer vivir esa libertad que Cristo nos ha ganado cuando nos ha arrancado de la esclavitud del pecado y de la muerte con su muerte y resurrección.
‘Que este cirio arda sin apagarse para destruir la oscuridad de la noche…’ Que no se apague nunca esa luz de Cristo resucitado en nosotros. Que se disipen para siempre en nuestra vida las tinieblas del pecado. Que con esa luz de Cristo resucitado iluminemos nuestro mundo. No temamos decir a todo el que nos encontremos.¡Cristo ha resucitado! ¡El Señor vive y te ama para que tengas vida!
¡¡FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN!!

viernes, 2 de abril de 2010

Buscamos a Jesús nazareno para llevar flores a su cruz



Buscamos a Jesús nazareno para llevar flores a su cruz


Hay momentos en la vida en que uno se queda sin palabras. Algo impresionante que sucede ante nosotros, que nos deja casi sin respiración; acercarnos a una persona atenazada fuertemente por el dolor y el sufrimiento, ante el cual nada podemos hacer; contemplar a un moribundo que exhala su último aliento, o contemplar la muerte injusta de un inocente, son cosas que nos dejan sin palabras.
Algo así nos sucede en esta tarde del viernes santo a los pies de la cruz de Jesús. Un silencio lo envuelve todo y nos inunda por dentro. Fuerte e inaudita ha sido la descripción que nos hacía el profeta del siervo doliente de Yahvé, y ante lo que no podemos hacer otra cosa que repetir como un eco las palabras de Jesús mientras el salmista nos completaba la descripción. Pero con un silencio hondo el alma escuchamos luego el relato de la pasión y muerte de Jesús según san Juan.
Casi no tendríamos que turbar ese silencio con nuestras palabras para que no se rompa el ritmo de la contemplación. Por eso la liturgia en este día de Viernes Santo es bien austera: contemplación, oración, adoración y comunión.
Quizá en el silencio de nuestra contemplación siga resonando la pregunta de Jesús en Getsemaní a los que iban a prenderle. ‘¿A quién buscáis?’ ¿A quién buscamos? ¿A quien vamos a encontrar? ¿Qué es lo que podemos descubrir? Como aquel que se ha quedado mudo ante el dolor y el sufrimiento y se pregunta ¿por qué, Señor, por qué? O quizá algunos nos puedan preguntar, tú ¿qué haces aquí? ¿eres también de sus discípulos?
Buscamos a ‘Jesús Nazareno’, pero no buscamos solamente a un hombre que pueda ser profeta o que pueda ser rey de Israel; buscamos, sí, a ‘Jesús Nazareno’, que no sólo es nuestro Maestro sino también nuestro Dios y Salvador; buscamos, sí, a ‘Jesús Nazareno’, y en El encontraremos el amor, la paz, la vida y la salvación; buscamos, sí, a ‘Jesús Nazareno’, y queremos seguirle y ser sus discípulos, y con El no tememos también cargar con la cruz, con El hemos aprendido a negarnos a nosotros mismos para seguirle, en El y en su amor, el amor que se ha manifestado en la cruz, encontramos todo el sentido y el valor de nuestra vida, aunque nos parezca que poca cosa somos, aunque nos pudiera parecer nuestra vida inútil porque con nuestras limitaciones sintamos que poco valemos.
Y es que nuestro dolor, nuestros sufrimientos, nuestras discapacidades, nuestra aparente inutilidad tiene un sentido y un valor grande, el sentido y el valor que le da el amor. Es el sentido de la cruz. Es el sentido que descubrimos en las pasión y la muerte de Jesús. Por eso tenemos la esperanza de la vida plena, la esperanza de la resurrección. Damos un paso más allá para no quedarnos en la negrura de la muerte, sino llenarnos de la luz de la vida.
De ahí surgirá nuestra oración confiada y llena de esperanza. Una oración que hoy la Iglesia, al pie de la cruz de Jesús, hace universal para pedir por todos los hombres, por toda la humanidad; para que un día todos nos encontremos con nuestro Creador y nuestro Salvador. Oración en la que queremos poner la ofrenda de nuestra vida, nuestras lágrimas y nuestro dolor, nuestras esperanzas y también nuestras alegrías, en una palabra, todo lo que somos.
Otro momento en nuestra celebración de hoy es la Adoración, la veneración de la Cruz de Cristo. ‘Mirad el árbol de la cruz, donde estuvo clavada la salvación del mundo’. Fue levantado en alto para que todos creamos en El, para que todos nos sintamos atraídos hacia El. Por eso su cruz adoramos, su cruz veneramos porque de ahí de lo alto de la cruz fluye para nosotros la gracia salvadora. Esa cruz que nos redime, pero que es imagen también de nuestras cruces, esa cruz que nosotros hemos de tomar para seguirle, pero esa cruz que vemos también una humanidad doliente a nuestro alrededor, y donde hemos de ser cirineos que ayudemos a llevar esa cruz. Con nuestra adoración y veneración nosotros vamos hoy a cubrir de flores la cruz. Me explico.
Os trascribo un hermoso testimonio que me encontré. ‘Decía una joven, que de manera inesperada cargó con la cruz del cáncer, que no se hablase tanto de cruz; que esa cruz no le pesaba, porque estaba cubierta de flores. Y explicaba: cada palabra amistosa que me dicen, cada beso que recibo, cada oración que me ofrecen, cada prueba de cercanía e interés, es una flor que yo coloco en mi cruz. ¡Y son tantas!’
Vamos, pues, a colocar flores junto a la cruz de Cristo. Vamos a ir luego todos acercándonos a venerar la cruz con un beso y vamos a llevar una flor. Pero, ¿dónde están esas flores que no vemos preparadas?, me vais a decir. Alguien que tenía que hacerlo se olvidó de prepararlas. ¿Habrá que ir corriendo a comprarlas? No, esa flor la tienes tú, está en tu mano llevarla.
Cuando vayas a besar la cruz, en ese momento hermoso y emocionante de adorar y venerar la cruz de Jesús, piensa de una forma concreta en una persona a la que hoy de manera especial te vas a acercar. Ya sea para tener un gesto de amistad o una palabra de cercanía, un consuelo en su sufrimiento o una lágrima que enjugar; una ayuda que esa persona pueda necesitar; un gesto de paz y reconciliación con alguien con quizá haya algo pendiente de arreglar y sin resolver; una sonrisa que despierte una ilusión o un gesto de cariño a quien se pueda sentir solo; una llamada a esa persona con la que hace tiempo que no hablas; un gesto de comprensión ante una situación concreta y que pueda ser difícil…
Cada uno piense en una cosa concreta y en una persona concreta. No es quedarnos en generalidades de decir que voy a ser más amable con los demás. Hagamos el esfuerzo de lo concreto. Al besar la cruz ese beso sea el compromiso de realizarlo a lo largo del día. Y si alguien se acerca a ti, no lo rechaces, que eso es también una flor. Sí, esas son las flores con que vamos a cubrir la Cruz de Jesús. Y esas flores sí que está en nuestras manos tenerlas y ponerlas. Seguro que si así lo hacemos las cruces de muchas personas van a estar adornadas de flores y en nuestro ambiente va a comenzar a oler el florecer de la primavera que brillará con un nuevo resplandor el domingo cuando celebremos la resurrección del Señor.
Estaremos así comulgando a Cristo, inundándonos de su sangre redentora y empapándonos de su gracia. Es el momento con el que concluimos hoy nuestra celebración. Comulgamos el Cuerpo de Cristo, ese cuerpo entregado e inmolado pero que se nos da como alimento para que tengamos vida y vida en abundancia.

jueves, 1 de abril de 2010

Un paso de amor de Jesús que nos enseña a amar con su amor


Ex. 12, 1-8.11-14;
Sal. 115;
1Cor. 11, 23-26;
Jn. 13, 1-15


‘Este día será para vosotros memorable, en él celebraréis la fiesta del Señor… porque es la Pascua, el paso del Señor…’ Así hemos escuchado a Moisés en el libro del Exodo en la primera lectura. Recordarán y celebrarán por todas las generaciones el paso del Señor que les liberó de Egipto.
Nosotros también celebramos el paso del Señor, no ya en la liberación de Egipto sino en Jesús que es nuestra salvación. También decimos es la Pascua, estamos comenzando a celebrar en esta tarde el Triduo Pascual, es el paso salvador del Señor. Y lo estamos celebrando en la entrega más grande, en la más grande manifestación de amor, que es la pasión, muerte y resurrección del Señor.
Hoy todo nos habla de amor; nos sentimos inundados de amor hasta rebosar en un amor infinito como es el del Señor; sentimos el perfume penetrante del amor que quiere empapar totalmente nuestra vida. Gestos, palabras, mandatos, señales claras y bien significativas de amor, presencia de amor que se va a hacer permanente por la voluntad del Señor.
‘Habiendo amado a los suyos los amó hasta el extremo’, nos dice el evangelista. Hasta el extremo, pero ese extremo no tiene limites porque no se puede poner límites al amor eterno e infinito de Dios. Y comienzan a sucederse los gestos y los signos. Gestos y signos que realizará Jesús mismo, el primero. El dueño de casa cuando llegaba un huésped ofrecía siempre agua a través de sus sirvientes o esclavos. Recordemos la queja de Jesús en casa de Simón, el fariseo, porque no le había ofrecido agua.
Ahora será Jesús mismo el que se pondrá a los pies de los discípulos no sólo ofreciendo agua sino lavándoselos El mismo. ¿Quizá habían tenido que ser ellos los que lavaran los pies a Jesús? ¿Haría falta una María Magdalena que lo hiciera al no hacerlo los discípulos? ¿Lo hubiéramos hecho nosotros si hubiésemos estado allí? Pero es Jesús el que se quita el manto, se ciñe la toalla, echa agua en la jofaina y se pone a lavar los pies de cada uno de los apóstoles. Ahora ellos se quedan quizá extrañados o alguno protestará para no dejarse lavar, como Pedro. ‘Si no te lavo no tendrás parte conmigo…’ le replica Jesús.
‘Me llamáis el Maestro y el Señor, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies los unos a los otros…’ ¿No había dicho que el que quisiera ser primero y principal se hiciera el esclavo y el último de todos? Tantas veces que habían estado discutiendo de excelencias y preeminencias ahora tenían que haberse quedado callados seguramente al contemplar tales gestos en Jesús. Era una hermosa lección.
Gestos de amor de Jesús que tendríamos que decir que no vienen a ser una novedad en estos momentos, aunque ahora nos llamen la atención de manera especial, sino que son una consecuencia de su camino de amor y de entrega a través de toda su vida como palpamos bien en las páginas del evangelio. Son ahora una subida o escalada en ese camino de amor que ahora iba a llegar a su mayor altura, a su plenitud. Es lo que vamos a contemplar y celebrar en estos días.
‘Sed esclavos los unos de los otros por el amor’, nos explicará más tarde san Pablo en sus cartas. ‘A nadie le debáis nada más que amor…’ Será nuestro distintivo, su mandamiento, pero que en realidad es exigencia de respuesta a tanto amor cómo el Señor nos tiene. ‘Este es mi mandamiento que os améis los unos a los otros como yo os he amado’, nos dirá Jesús. Porque además no puede ser un amor con una medida cualquiera. El nos amó hasta el extremo, como hoy hemos escuchado, y esa tendrá que ser la medida de nuestro amor. Mucho tendríamos que hablar en este sentido.
Pero todo no termina ahí. No se agotan ni los gestos ni los signos de amor. Si un día nos había dicho que por el amor le íbamos a encontrar en los demás, porque todo lo que le hiciéramos a los otros a El se lo hacíamos, ahora en su amor y por amor nos va a dejar el gran signo de su presencia en el Sacramento de la Eucaristía que ahora va a instituir como memorial de su presencia, de su amor y de su entrega hasta la muerte por nosotros.
San Pablo nos ha recordado la tradición recibida del Señor, como El dice, que nos expresa lo que sucedió en aquella cena pascual y lo que ya desde el principio la comunidad hacia y ha seguido haciendo hasta la consumación de los tiempos. ‘El Señor Jesús en la noche en que iban a entregarlo, tomó pan y pronunciando la acción de gracias, lo partió y lo dio: Esto es mi Cuerpo que se entrega por vosotros… lo mismo hizo con el cáliz… este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre. Haced esto en memoria mía…’ Y terminará diciéndonos el apóstol: ‘Por eso cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva’.
Jesús que se rompe de amor por nosotros. De tal manera se rompe de amor por nosotros que se hace pan partido y repartido para que le comamos, para que le vivamos, para que le hagamos vida en nuestra vida igual que un alimento se asimila y se hace vida de nuestro organismo, para que comiéndole a El estemos comiendo su amor, estemos haciendo su amor vida de nuestra vida. Es la mejor manera de llenarnos, inundarnos de su amor para que lleguemos a vivir un amor semejante a su amor, como fue su mandato.
La Eucaristía será para nosotros fuente de amor pero también compromiso de amor. En la misma cena pascual en la que Jesús se dio por nosotros hasta hacerse pan y hacerse Eucaristía para que le comamos, se puso a lavar los pies a sus discípulos. Todo ha sido una cena donde ha brillado y resplandecido el amor. Que es lo que nosotros tenemos que hacer. No se entenderá ya en adelante un cristiano que comulgue a Cristo y no sea capaz también de comulgar al hermano..
Por eso nos ha dicho tras darnos a comer el pan de su Cuerpo entregado y beber del Cáliz de su Sangre derramada que eso mismo hiciéramos nosotros en adelante en memoria suya. ‘Haced esto en memoria mía…’ Así pues, ahí está como una primera consecuencia ese necesario amor que nosotros hemos de vivir a imitación de su entrega de manera que comeremos a Cristo y necesariamente tenemos que comenzar a la lavar los pies del hermano y no se entenderá entonces que quien coma del Pan de la Eucaristía no ame de corazón a su hermano.
Pero algo más nos quiere decir con estas palabras ‘haced esto en memoria mía’. Instituye el Sacerdocio de la Nueva Alianza que haga posible ese milagro de amor que es la Eucaristía. A los apóstoles estaba confiándoles el realizar ese signo por el cual el pan y el vino iban a ser verdaderamente su Cuerpo y su Sangre. ‘Al instituir el sacrificio de la eterna Alianza… nos mandó perpetuar esta ofrenda en conmemoración suya’, como decimos en el prefacio. Ellos habían de repetir los gestos y las palabras de Jesús para realizar ese sacramento y milagro de amor en el que haríamos presente el sacrificio de su entrega y de su amor, como luego a lo largo de los siglos ha seguido realizándose en el ministerio de la Iglesia y sus sacerdotes.
Otro gesto y locura de amor de Jesús que así quiere seguir haciéndose presente en medio nuestro en el ministerio de la Iglesia a través de sus ministros los sacerdotes. Harán presente a Cristo en la Eucaristía y en la gracia sacramental de cada uno de los sacramentos; hacen presente a Cristo en la Palabra de Dios proclamada y a través de todo el ministerio pastoral para ayudar al pueblo de Dios a vivir esa presencia y ese amor de Jesús.
No podemos extendernos excesivamente en estos momentos sobre el tema del sacerdocio de Cristo, pero sobre todo teniendo en cuenta el Año Sacerdotal que estamos viviendo os invito a que en esta hermosa celebración demos gracias a Dios por ese ministerio de amor en sus sacerdotes así como elevemos nuestra oración al Señor pidiendo por los sacerdotes que es una forma también de valorar este regalo de amor que significa el sacerdocio para la comunidad cristiana.
Día para nosotros memorable… fiesta del Señor… es la Pascua, el paso de Dios con todo su amor, lo que estamos viviendo hoy. El Sacerdote repetirá el gesto de Jesús de lavar los pies, expresión del servicio a la comunidad y del servicio de amor de la comunidad, pero repetirá luego también las palabras y los gestos de Jesús para que por la fuerza del Espíritu el pan y vino que presentamos sean el Cuerpo y la Sangre de Jesús. Cuando comamos de este pan de la Eucaristía no olvidemos que estamos anunciando y proclamando la muerte del Señor que de manera tan intensa en estos días estamos celebrando.

miércoles, 31 de marzo de 2010

Deseo celebrar la pascua en tu casa

Is. 50, 4-9;
Sal. 68;
Mt. 26, 14-25

‘El Maestro dice: mi momento está cerca; deseo celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos’. Cuando se siente a la mesa para iniciar la comida pascual el evangelista Juan dirá ‘habiendo llegado la hora de pasar de este mundo al Padre…’ pero ahora Jesús sólo nos dirá que su momento está cerca, porque está buscando dónde celebrar la Pascua.
Jesús está en Jerusalén, lejos de Galilea donde podríamos decir que tenía la casa de Pedro porque ese lugar era como su centro de operaciones. En Jerusalén no tiene casa. En otra ocasión dirá que ‘el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar su cabeza’, cuando alguno se ofrece a seguirle para que comprenda sus condiciones y su manera de ser y hacer. Jesús quiere necesitar de una casa para celebrar la Pascua.
Cuando el grupo de los discípulos le pregunta dónde quiere que le preparen la cena pascual, Jesús les dará los detalles concretos de ir a la ciudad y cómo encontrar la casa de su amigo. Y ése es el mensaje que envía. Jesús está buscando un Cenáculo. Aquella habitación del piso de arriba que iba a tener una repercusión que duraría por los siglos por lo allí acaecido y que generación tras generación todos recordarán.
Pero más que entrar ahora en esos detalles, cuando estamos ya en las vísperas del triduo pascual vamos a escuchar en nosotros y como hecha a nosotros esa petición. ‘Deseo celebrar la pascua en tu casa con mis discípulos’. Has escuchado bien, ‘en tu casa’, como yo he escuchado ‘en mi casa’. Quiere Jesús nuestra casa, nuestro corazón, nuestra vida para cenáculo, para celebrar la pascua, para comer el Cordero Pascual, para que sucedan en nosotros todos esos acontecimientos memorables que, como mañana veremos, allí sucederán.
Un día Jesús había dicho a Zaqueo que quiere hospedarse en su casa. Ya sabemos cómo Zaqueo lo recibió, lo preparó todo y lo que allí aconteció; cómo Jesús dirá que aquel día la salvación había llegado a aquella casa.
Así ahora. Vamos a ofrecerle nuestra casa para celebrar la Pascua. ¿Qué preparativos tendremos que hacer? En este caso no hemos de preocuparnos por la comida del banquete porque Cristo será el Cordero inmolado que se nos dará a sí mismo como comida. Si acaso, se me ocurre pensar que tendremos que preparar los hachones para las luces que iluminen la estancia, aunque luego nos daremos cuenta que Jesús es la luz del mundo.
Sin embargo dos hachones de luz se me ocurre que debemos preparar: el de la fe y el del amor. Son imprescindibles. Sin esas luces no veremos a Cristo. Es imprescindible la luz de la fe. Cuidemos que no nos falte el aceite que los alimente, no nos suceda como aquellas doncellas de la parábola que cuando llegó el esposo no tenían luz porque se había acabado el aceite.
Pero es imprescindible también el del amor. Sin amor no podremos celebrar la pascua. Por muchos motivos. Fijémonos que Jesús viene con sus discípulos a celebrar la pascua en nuestra casa. El amor será el que agrande nuestro corazón para que todos puedan caber. Si hacemos discriminaciones de unos sí y otros no, la pascua no se podría celebrar. Y además nunca podremos celebrar la pascua ni solos ni aislados de los demás. Por eso ha sido tan necesaria la reconciliación en estos días previos al triduo pascual.
Dispongámoslo todo para poder celebrar la Pascua. Mañana ya comenzaremos.

martes, 30 de marzo de 2010

Era de noche…

Is. 49, 1-6;
Sal. 70;
Jn. 13, 21-33.36-38

El texto del evangelio de hoy parece estar lleno de sombras y hasta de un cierto dramatismo – anuncio de negación, traición – pero que en cierto modo se ve compensado por unos destellos de luz en propósitos de buenos deseos, de manifestación de un amor preferencial del Señor, pero en que además todo conduce a la glorificación del Hijo de Dios.
‘Ahora es glorificado el Hijo del Hombre y Dios es glorificado en El. Si Dios es glorificado en El, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará’. ¿Qué nos está anunciando Jesús? ¿Su propia muerte? ¿Su resurrección y Ascensión?
Pero estas palabras las pronuncia Jesús después de la salida de Judas, que ya nosotros entendemos a donde va, aunque el resto de los apóstoles en aquel momento no sabían lo que Jesús quiso decirle. ‘Lo que has de hacer, hazlo enseguida’.
‘Era de noche’ apunta el evangelista como un signo o una señal. Las sombras se habían apoderado de todo, y como diría Jesús más tarde en Getsemaní ‘llega la hora del poder de las tinieblas’. Ahora Jesús, profundamente conmovido, había dicho: ‘Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar’. A unas palabras como éstas era normal que les entrara la desazón a todos en la incertidumbre de quién podía ser. Tanto querían a Jesús que no pueden entender este anuncio.
Cerca de Jesús estaba Juan, el discípulo que tanto amaba – un destello de luz – y ‘Simón Pedro le hizo señas para que averiguase por quién lo decía’. Ya vemos la confianza de Juan con Jesús para sonsacarlo. ‘Aquél a quien yo le dé este trozo de pan untado…’
Es cuando tras los gestos y palabras de Jesús, Judas se marcha. Y como dice el evangelista ‘era de noche’. Había entrado la negrura de la noche, de las tinieblas en el corazón de Judas.
Se suceden los rayos de luz y las oscuridades. Pedro porfiará de que seguirá para siempre a Jesús. ‘Daré mi vida por ti… ¿por qué no puedo acompañarte ahora?’ le dice cuando Jesús habla de su marcha. Pero está la réplica de Jesús que anuncia sombras también en el corazón de Pedro. ‘¿Conque darás tu vida por mí? Te aseguro que no cantará el gallo antes que me hayas negado tres veces’. Y ya sabemos lo que realmente sucedió en el patio de la casa del Sumo Pontífice.
¿Es de noche o es de día en nosotros? No estamos mirando la luz del sol o de la luna tan llena en estas fiestas de pascua, es la luna del Nisán, de la primavera. Es por otra luz por la que tenemos que preguntarnos. Pasos hemos querido ir dando a través de toda la cuaresma para encontrarnos con esa luz brillante de Cristo resucitado. Probablemente ya a estas alturas no habremos acercado al Sacramento de la Penitencia para arrancar esas sombras y para llenarnos de la luz de la gracia. Si acaso no, aún estamos a tiempo de hacerlo.
Pero sabemos bien que la tentación y el peligro nos acechan aunque estemos cerca de Jesús, por mucho que porfiemos que le amamos y digamos que estamos dispuestos a darlo todo por él. Cerca de Jesús estaba Judas y cerca de Jesús estaba Pedro. Pero escuchemos lo que Jesús va a decir en el huerto de los Olivos: ‘Velad y orad, para no caer en la tentación, el espíritu está pronto pero la carne es débil’. Que no dejemos meterse las sombras de la noche en nuestro corazón.

lunes, 29 de marzo de 2010

Y la casa se llenó de la fragancia del perfume

Is.42,1-7
Sal. 26
Jn. 12, 1-11


‘Y la casa se llenó de la fragancia del perfume’. Es un perfume fuerte y penetrante. Todo esto estaba sucediendo después de la resurrección de Lázaro. Habían ofrecido una comida Jesús. ‘Marta servía y Lázaro estaba a la mesa’. Nos recuerda otros momentos de las visitas de Jesús a Betania. La misma situación Marta que está afanosa preocupándose por el servicio, para que todo estuviera preparado. En aquella ocasión María estaba a los pies de Jesús escuchándole, lo que motivó las quejas de Marta. Ahora María lo que hace es ungir los pies de Jesús con tan costoso perfume. Y como comenta el evangelista ‘la casa se llenó de la fragancia del perfume’. Y ya sabemos las quejas de uno de los discípulos.
Pero ¿cuál es la fragancia que realmente está llenando aquella casa? En la ocasión la palabra de Jesús tenía cautivada a María que estaba embelesada escuchando, bebiéndose las palabras de Jesús. ¿Quería ahora María compensar con la ofrenda que estaba haciendo lo que entonces había recibido de Jesús? ¿Sería una consecuencia de la alegría que sentían por la resurrección de su hermano, porque en esta ocasión no es Marta la que protesta? Pero creo que el perfume que de verdad llenaba aquella casa y a aquella familia era la presencia de Jesús.
Porque seguimos a Jesús queremos llenarnos de esa fragancia de su presencia; porque amamos a Jesús queremos dejarnos inundar por ese perfume de su amor. Pero porque somos sus discípulos y queremos llevar el nombre de cristianos somos nosotros los que tenemos que dar esa fragancia de Jesús a los demás. Dar el buen olor de Cristo.
No olvidemos que nosotros hemos sido ungidos - en el Bautismo y en la Confirmación todos los cristianos, y también los que hemos recibido el Orden Sacerdotal – con el Crisma Santo, que significa esa marca de Cristo que nos señala y nos identifica como cristianos. Pero la unción con Crisma Santo viene a significar también ese buen olor de Cristo que como cristianos hemos de dar en el testimonio de nuestra vida, en el ejemplo de nuestras buenas obras, en la fragancia de nuestra santidad. No en vano el Crisma es esa mezcla de aceite y perfume, como mañana mismo en la Misa Crismal vamos a ver y celebrar en la consagración y bendición del crisma y de los óleos por parte del Obispo.
Recogiendo, pues, el sentido de lo que estamos comentando a partir del Evangelio tendríamos que decir que allí donde hay un cristiano o un grupo de cristianos, allí donde hay una comunidad cristiana la sala, todo ha de llenarse de esa fragancia del perfume de Cristo. Esa fragancia que tendría que brotar de nuestras vidas, de nuestra santidad, de nuestras buenas obras. No es ya el perfume de nardo como el que María derramó sobre los pies de Jesús. Es otro perfume en nuestro amor, en nuestro servicio, en nuestra fe, en tantas obras buenas que tenemos que realizar con los demás, el que tiene resplandecer fulgurante en nuestras vidas.
Todo esto que estamos viviendo y celebrando en estos días, esta meditación y contemplación de la pasión y muerte del Señor que estos días vamos a hacer a esto tendría que ayudarnos. Que todo nos valga para ese crecimiento de nuestra fe, para esa maduración de nuestra vida cristiana, para ese resplandor de santidad con el que tenemos que brillar.

domingo, 28 de marzo de 2010

Un marco que señala y anticipa toda la celebración del triduo pascual

Lc. 19, 28-40;
Is. 50, 4-7;
Sal. 21;
Lc. 22.14-23, 56

Se dice que el marco de un cuadro o de una pintura nos ayuda a resaltar el valor o la belleza en él reflejado, o que la portada de entrada de un lugar nos puede estar hablando de la grandiosidad que allí podemos encontrar. Se me ocurre pensar que el Domingo de Ramos en la Pasión del Señor que hoy celebramos para introducirnos en esta Semana Mayor es ese marco o pórtico que nos está haciendo ver y vivir como en adelanto lo que son las celebraciones de estos días que tienen su culminación en el Triduo Pascual con la celebración de la pasión, muerte y resurrección del Señor.
Tiene ya sus aires de gloria en la entrada mesiánica de Jesús en Jerusalén, que nos hace pregustar lo que será el triunfo pleno y definitivo en la resurrección del Señor. Pero al mismo tiempo ya nos deja entrever lo que va a ser la pasión y la cruz donde Cristo ha de subir en su entrega de amor para morir por nuestra salvación. Por eso hoy hemos comenzado leyendo a Isaías en uno de los Cánticos del Siervo de Yahvé y la pasión del Señor, este año según san Lucas.
Vamos subiendo a Jerusalén donde el Hijo del Hombre va a ser entregado, habíamos escuchado anunciar a Jesús. Subir a Jerusalén, una subida porque es una entrega que va como in crescendo (utilizando un lenguaje musical) para llegar a la apoteosis de su entrega en la Cruz y en la resurrección.
Como un anticipo de esa gloria, y parece como si resonaran en nuestros oídos todavía los cánticos de los ángeles en Belén a la gloria de Dios, hemos visto al pueblo sencillo y a los niños aclamando al que viene en el nombre del Señor. Decimos muchas veces entrada triunfal en Jerusalén, pero no son los ejércitos vencedores lo que acompañan al Mesías que entra en la ciudad santa sino que serán los sencillos, los pobres y los niños los que le aclaman; y su montura no será un brioso corcel sino un humilde borrico para que así se cumpliera lo anunciado por el profeta.
Esa es la claridad del marco o la portada porque pronto entramos en el claroscuro de la pasión, de la cruz, de la entrega hasta la muerte, de la culminación de la subida hasta llegar a lo alto del Calvario y de la cruz.
Allí le vamos a reconocer de verdad. Vamos a reconocer a Aquel que tiene el amor extremo de dar su vida por los que ama. ‘¿Quién eres tú?’ hemos escuchado en estos pasados días que los judíos preguntaban a Jesús. Esa pregunta se va a repetir de una forma u otra varias veces a lo largo de la pasión. Será el Sumo Sacerdote y el Sanedrín, será Poncio Pilatos en el Pretorio, o serán algunos en torno a la cruz aunque con diversas intenciones unos y otros.
‘Si tú eres el Mesías, dínoslo… entonces, ¿tú eres el Hijo de Dios?’, son las preguntas ante el Sanedrín. ‘¿Eres tú el rey de los judíos?’ preguntará Pilatos porque quizás le interesa más el aspecto político. ‘Si tú eres el Rey de los judíos… si tú eres el Mesías… sálvate a ti mismo… sálvanos a nosotros…’ dirán los soldados o los malhechores crucificados con El.
Pero también hay respuestas. Ya hemos meditado en otra ocasión que es en la Cruz donde en verdad íbamos a reconocer a Jesús como Hijo de Dios, como nuestro Mesías Salvador y como el mayor amor que pudiéramos encontrar. ‘Acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino’, le suplica el malhechor arrepentido que contemplando a Jesús en el mismo suplicio que él sintió la llamada a la conversión. Comprendió todo el Reino de Dios que Jesús había anunciado y ahora, podemos decir, estaba constituyendo. ‘Realmente este hombre era justo’, reconocía por su parte el centurión.
Aunque nos pudiera parecer un cuadro demasiado lleno de sombras por la pasión y muerte que en él estamos contemplando, sin embargo están brillando ya los destellos del Reino de Dios. Van apareciendo esas ráfagas de luz en gente compasiva y llena de misericordia en torno al camino de la cruz sin dejar de ver el fogonazo de luz que es el amor de Jesús que le llevó a tal entrega. Y digo destellos de luz porque por allá aparece como un destello el Cireneo que ayuda a llevar la cruz de Jesús hasta el Calvario. ¿Qué podría sentir aquel hombre en su interior, en principio cogido al azar en las calles de Jerusalén, al tomar sobre sus hombros lo que era la cruz de Cristo con todo su valor de amor y de redención?
Aparecen también las buenas mujeres de Jerusalén que lloran compasivas al paso de Jesús bajo el peso de la Cruz; algunas veces las hemos minusvalorado diciendo que eran las plañideras que lloran siempre por oficio, pero ¿por qué no podemos pensar que lloraban compadecidas de un justo condenado injustamente y llevado al lugar del suplicio? ‘No lloréis por mi, llorad por vosotras y vuestros hijos…’
Allí estuvo, por qué no pensarlo, algún soldado compasivo que le quería hacer beber un poco de vinagre como calmante de su sufrimiento y agonía. Y ya lo hemos mencionado, estaba el malhechor arrepentido, al que se le había movido el corazón a la conversión y pedía estar para siempre en el Reino con Jesús.
Estaban además aquellos ‘conocidos que se mantenían a distancia… y las mujeres que le habían seguido desde Galilea, que miraban atentamente donde lo ponían’ para preparar ungüentos y aromas para venir pasado el sábado a embalsamar debidamente el cuerpo de Jesús, aunque luego ya ser lo encontrarían resucitado.
Y estaba finalmente José de Aritmatea, hombre bueno y justo, que pidió el cadáver de Jesús a Pilatos y facilitó la sábana y el lugar para la sepultura, ‘un sepulcro excavado en la roca, donde nadie había sido colocado todavía’.
A través de este hermoso marco o portada que es el Domingo de Ramos en la Pasión del Señor hemos echado una primera mirada a lo que vamos a encontrar y celebrar. Pero ahora tenemos que entrar, y entrar hasta el fondo, y meternos de lleno en la pasión de Jesús, mirando dónde está nuestro lugar, mirando también cómo vamos a hacer para que caiga sobre nosotros esa sangre redondora de Cristo.
Vamos ir impregnándonos de esos valores del Reino que tanto necesitamos meter en nuestra vida. Lecciones tenemos de donde aprender. Lo importante es que nos pongamos en camino en esta recta final que nos lleva hasta la Pascua. Y no querer ser espectadores que ven pasar un cortejo o contemplar un espectáculo. Es algo que tenemos que vivir intensamente para que al final brille la luz del triunfo de Cristo, la luz de su resurrección en nosotros.