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sábado, 11 de diciembre de 2021
corre corre vamos siempre deprisa por todas partes
Dejémonos
arrebatar por el fuego divino que ardía en el corazón de Elías y Juan Bautista
para encendernos con el fuego del Espíritu que transforme nuestro mundo
Eclesiástico 48, 1-4.9-11b; Sal 79; Mateo
17, 10-13
Vuelve a
aparecernos hoy la comparación entre el profeta Elías y Juan Bautista. Hay, por así decirlo, una profunda relación
entre uno y otro. Y es que sus figuras tienen un cierto paralelismo hasta en la
austeridad de sus vidas con que se presentaron.
Elías será el
gran profeta del Antiguo Testamento y que se convierte en cierto modo en
referencia en medio de todos los profetas. Podíamos decir que toda la
espiritualidad del Antiguo Testamento está fundamentada en la Ley y en los
Profetas, e imagen permanente de ellos serán Moisés y Elías. Así nos aparecerá
en el evangelio en la teofanía del Tabor que Jesús transfigurado está rodeado
de Moisés y Elías, como signo de toda la espiritualidad del Antiguo Testamento.
Elías es el
gran profeta de defensa del nombre Santo de Yahvé, y luchará contra quienes
quieren introducir en la vida del pueblo de Israel otros dioses a quien adorar
como eran los baales. Allá lo veremos recluido también en el Monte Carmelo,
cual otro desierto en que se recluyera Juan para hacer el anuncio del Mesías
que había de llegar. Es una vida también de austeridad, pide a una pobre mujer
que le haga un panecillo porque también andaba desfallecido por el camino, y
será el profeta perseguido por su fidelidad al único Dios a quien todos habían
de adorar.
Juan también
se nos presenta en una figura de austeridad, en el desierto entre penitencias,
con ayunos y alimentándose de saltamontes y miel silvestre, como dice el
evangelio, y será una voz fuerte la que grite en el desierto porque hay que
preparar los caminos del Señor. Será también una invitación a la penitencia y a
la conversión porque ya el hacha está junto a la raíz de los árboles que no dan
fruto y que habría que cortar.
Preparar el
camino del Señor significa reconocer su presencia, como dirá él, ‘con
vosotros está, en medio de vosotros está y no lo conocéis’. Pero él dará
testimonio porque el Espíritu le había dicho que aquel sobre quien viera
bajar al Espíritu en forma de paloma ese es el Mesías. Y así se lo
presentará a sus discípulos, no importándole que se vayan con El porque lo que
importa es que ‘El crezca aunque yo mengüe’. Así es la humildad del
Bautista. No querrá reconocer ni que es un profeta, aunque Jesús dirá de él que
profeta y más que profeta porque no ha nacido de mujer nadie mayor que él.
Cuando los discípulos
al bajar del monte del Tabor le preguntan a Jesús si Juan es Elías, como tantos
enseñaban, Jesús les dirá que no han querido reconocerlo, pero Elías ha
venido ya. Y dice el evangelista que se refería a Juan. Es lo que le había
anunciado el ángel al anciano Zacarías allá en el templo, que vendría con el espíritu
y el poder de Elías, y así se había presentado Juan.
Es el profeta
que continuamente vamos contemplando y escuchando mientras nosotros hacemos el
camino del Adviento. Recogemos su Palabra porque nosotros también queremos
preparar el camino al Señor y en esa tarea vamos avanzando en medio de este
camino. Mucho tenemos que escuchar y que aprender. Primero dejarnos arrebatar
por ese fuego divino que tenemos que hacer arder en nuestro corazón. Es el celo
por el Señor, es el celo por nuestra fe, es el fuego de la fidelidad a toda
costa, es el fuego con que nos dejamos transformar, es el fuego que hace nacer
ese ardor en el corazón para incendiar nuestro mundo de un nuevo amor.
Nos falta ese
celo, nos falta ese fuego, vivimos una fe demasiado amorfa y acomodaticia, vivimos
una fe muchas veces temerosa y cobarde, vivimos demasiado encerrados en
nosotros, en nuestras obras piadosas y necesitamos salir al desierto, a ese
mundo inhóspito, a ese mundo rebelde, a ese mundo que se ha llenado de tantos
dioses e ídolos que le atan y le esclavizan y que se ha olvidado del Dios
verdadero que le da la verdadera libertad. Y ahí tenemos que manifestarnos con
ese fuego, con ese ardor, con esa valentía para dar nuestro testimonio.
¿Se
despertará ese caballo de fuego como a Elías y a Juan Bautista en nuestro
corazón? ¿Volverá a arder de verdad ese fuego del Espíritu en el seno de la
Iglesia que muchas veces parece que anda adormecida?
viernes, 10 de diciembre de 2021
Es hora de que bajemos a la arena de la vida para dar un testimonio valiente en el seno de la Iglesia de lo que es en verdad seguir a Jesús
Es
hora de que bajemos a la arena de la vida para dar un testimonio valiente en el
seno de la Iglesia de lo que es en verdad seguir a Jesús
Isaías 48, 17-19; Sal 1; Mateo 11,
16-19
Ni juegan ni
dejan jugar, actitud y postura del niño caprichoso. Ni hacemos ni dejamos
hacer, y ya no son actitudes y posturas de niños, sino que muchas veces los
mayores así andamos. Los que desconfían de todo, los que a todo le ponen pegas,
los que van siempre a contracorriente, los que no ponen un dedo positivo en
cualquier obra que se emprenda, pero siempre tendrán algo que decir, una falta
que poner, una forma distinta de hacer las cosas, los que de todo opinan pero
no tienen un criterio claro de nada. Y ya no son niños pequeños, pero si que
viven con una actitud infantil. Nos encontramos muchos en la vida con características
así, pero, cuidado, no seamos nosotros también como el perro del hortelano que
ni come él ni deja comer al amo.
¿Qué voy a
hacer con esta generación? Se pregunta Jesús y ya nos dice que son como los
chiquillos de la plaza, nunca se ponen de acuerdo para nada, la cuestión es
estar siempre en contra del otro. Ni creyeron a Juan a quien veían muy austero
y les daba miedo pero ahora critican a Jesús y poco menos que lo llaman bebedor
y borracho porque come con los publicanos y pecadores.
Todos tenían
en mente la llegada del Mesías, pues era la esperanza de Israel desde todos los
siglos, pero con los profetas se había ido incrementando esa esperanza. Se
preguntaban si Juan sería el Mesías, aunque no le terminaban de creer; solo
gente sencilla se había ido con Juan al desierto a escucharle porque sus
palabras despertaban esperanza, pero desde la Jerusalén oficial no quieren
reconocer la misión de Juan y no terminan por aceptarle.
Pero ahora
hacen lo mismo con Jesús. También serán los sencillos los que vayan a
escucharle, si acaso alguien más importante quiere escucharle irá de noche a
ver a Jesús, y los principales tratan de ganárselo invitándolo a comidas como
para contrarrestar el que Jesús comiera con publicanos y pecadores; pero se ven
sorprendidos y descubiertos por Jesús en sus intenciones y terminarán también
por poner todos en contra hasta llevarle a la muerte.
Les costaba
aceptar la simplicidad del evangelio que anunciaba Jesús porque quizás estaban
añorando un mundo de normas y de reglas donde de alguna manera vieran como
consagrados sus privilegios; por eso cuando Jesús habla de amor y de
misericordia, de una autenticidad en las vidas despojándose de tantas caretas
con que trataban de ocultar corazones llenos de vicio y de maldad, no pueden
aceptar a Jesús. No entienden un mundo de misericordia, de perdón, de armonía
entre todos para todos sentirse hermanos. También rechazarán a Jesús.
¿Nos pasará a
nosotros igual de alguna manera? seamos conscientes de las pegas que nosotros
también ponemos, de las rebajas que nos queremos hacer en tantas ocasiones, en
cómo también nos ponemos como a la distancia ante lo que se hace en la Iglesia
para opinar, para criticar, de derruir muchas veces lo que otros hacen porque
no lo hicimos nosotros o porque nos creemos que nosotros los haríamos mejor. Es
la postura del que se pone como a la distancia para juzgarlo todo, pero no es
capaz de acercarse para echar una mano. Lo hacemos en la Iglesia en tantas
ocasiones, como también se convierte en costumbre de lo que hacemos en los
caminos de nuestra sociedad; no nos comprometemos con nada, pero de todo
queremos opinar creyéndonos que tenemos la llave de la sabiduría.
¿No será hora
de que bajemos a la arena de la vida y pongamos mano por obra para poner
nuestra parte en eso que queremos que sea mejor en nuestro mundo? ¿No será hora
de que nos pongamos a caminar con nuestra Iglesia viviendo un compromiso serio
y un testimonio valiente ante del mundo de lo que es en verdad seguir a Jesús?
¿No tendría que ir por ahí nuestro compromiso y nuestro camino de Adviento?
jueves, 9 de diciembre de 2021
Tenemos que cuidar la imagen que nosotros demos con el testimonio de nuestra vida de Jesús, de la Iglesia, de los valores del evangelio
Tenemos
que cuidar la imagen que nosotros demos con el testimonio de nuestra vida de
Jesús, de la Iglesia, de los valores del evangelio
Isaías 41, 13-20; Sal 144; Mateo 11,
11-15
Las
apariencias pueden engañarnos; y las apariencias nos las creamos nosotros en
nuestra imaginación; nos hacemos la idea de cómo tiene que ser una cosa y no
somos capaces de ver la realidad; estamos buscando algo en el revoltijo de
nuestras cosas y pasamos una y otra vez por nuestra mano lo que andamos
buscando y no somos capaces de reconocerlo.
Pero lo de
menos son las cosas, lo importante son las personas, y la imagen que nos
creamos no sabiendo captar en profundidad el valor de una persona; muchas veces
las personas buenas de verdad nos pasan desapercibidas, pero nos encandilamos
con quien habla mucho de si mismo o trata de manifestarse de una forma
atractiva para llamarnos la atención. Cuántas veces de una misma persona nos
encontramos dos opiniones enfrentadas en los que dicen que la conocen quizá por
la imagen que de ella nos hemos hecho desde nuestros prejuicios o de las
oscuridades que llevamos no solo en nuestros ojos sino en el corazón.
¿Qué idea se
tenían del Mesías que había de venir los contemporáneos tanto del Bautista como
del mismo Jesús? ¿Cuál es la idea que se formaron de Juan Bautista? Mientras
muchos acudían entusiasmados a la orilla del Jordán pensando quizá que ya había
llegado la hora del Mesías, había quienes desconfiaban de él e incluso enviaban
embajadas que de alguna manera iban a examinar con lupa lo que Juan decía y
hacía Lo mismo harían posteriormente con Jesús.
¿Es el
Mesías? ¿Es un profeta? ¿Es un antiguo profeta que ha vuelto a aparecer? ¿Será
acaso Elías el que fue arrebatado al cielo en un carro de fuego que ha vuelto
de nuevo como anunciaron algunos profetas? ¿Por qué bautiza y qué es lo que
realmente anuncia? Y la figura de Juan pasó cuando primero fue encarcelado
luego fue decapitado por Herodes a pesar de los revuelos que había levantado su
presencia en el desierto juno al Jordán. Cuando más tarde Jesús les preguntara
que sentido tenía el bautismo de Juan, si era cosa de Dios o cosa de los
hombres, incluso no querrán responder. Herodes se quedaría con sus dudas y
tormentos de conciencia cuando aparece la figura de Jesús.
Ahora será
Jesús el que hable de Juan situándolo de verdad en su misión. Un día diría que
no era una caña cascada en el desierto que el viento lleva de allá para acá,
para señalar la verdad y la fortaleza de la palabra que había anunciado el
Bautista preparando los caminos del Señor. Ahora nos recordará que ha sido el
que ha venido con el espíritu y el poder de profecía de Elías como se lo había
anunciado el ángel al Zacarías en el templo, aunque muchos no han querido
reconocerlo.
Son las
imágenes prefijadas de antemano las que nos confunden, como se confundieron con
la figura de Juan Bautista porque sus miradas eran turbias. Son las imágenes
también prefijadas de antemano que muchos pueden tener de Jesús, de la Iglesia
o de la religión quizás también porque el corazón anda turbio y cuesta entonces
ver y reconocer con claridad.
Claro que
muchas veces somos nosotros culpables de esa neblina turbia que creamos en
torno a Jesús, o en torno a la Iglesia, porque no hemos dado un testimonio
claro de nuestra fe. Los propios cristianos podemos crear esa neblina turbia
cuando nuestra vida se convierte en antitestimonio, porque no hay la rectitud
debida en nuestras vidas.
Es lo que
tenemos que cuidar, la imagen que demos del cristianismo, de la Iglesia, de la
fe por nuestra vida; no estamos reflejando en nosotros siempre con toda
claridad los valores del evangelio, no resplandecen las virtudes cristianas, no
somos siempre auténticos ejemplos de solidaridad y de amor; nos decimos
cristianos y nuestras vidas dejan mucho que desear. La apariencia que damos no
es la de unos creyentes en Jesús totalmente convencidos y comprometidos.
Podríamos habernos convertido en una pantalla opaca que no deja traslucir la luz de Jesús y del
evangelio.
miércoles, 8 de diciembre de 2021
Como María también nosotros caemos en gracia ante Dios porque en su benevolencia nos sentimos regalados por Dios que con María nos entrega a Jesús como Salvador
Como
María también nosotros caemos en gracia ante Dios porque en su benevolencia nos
sentimos regalados por Dios que con María nos entrega a Jesús como Salvador
Génesis 3, 9-15. 20; Sal 97; Efesios 1, 3-6.
11-12; Lucas 1, 26-38
Más vale caer
en gracia… decimos más de una vez cuando hemos sido beneficiados por algo, pero
no en sentido de algo que la suerte nos haya traído, sino en el sentido de que
alguien en su benevolencia ha pensado en nosotros y ha querido regalarnos algo
que nos llena de satisfacción.
En un mundo
tan lleno de acritud, en mundo en que nos envuelven las sombras de la duda y de
la desconfianza, en un mundo que vamos haciendo violento con nuestras envidias
y rencillas, con nuestros resentimientos y orgullos mal curados, con un amor
propio que sale tan fácil a flote y que nos lleva a enfrentamientos y luchas,
el sentir que alguien gratuitamente nos regala algo, nos descoloca, parece que
no estamos acostumbrados, nos sorprende y algunas veces no sabemos ni cómo
reaccionar. Claro que a esa gratuidad de lo que tan generosamente se nos ofrece
tendría que corresponder por nuestra parte una gratitud que no se quede solo en
palabras.
‘Has
hallado gracia ante Dios’, le dice el ángel a María después de sus saludos. La llena de gracia,
la saludó el ángel, porque Dios estaba con ella. María le cayó en gracia a
Dios. Estamos viendo es cierto ese actuar de Dios con María a la que eligió por
sí mismo depositando en ella todo su amor, pero tenemos que reconocer que la
gracia que María estaba recibiendo no era solo para ella, sino que era gracia
para toda la humanidad. El regalo de la gracia de Dios para María era un regalo
para la humanidad, porque a través de María nos iba a hacer llegar a quien iba
a ser en verdad la salvación para toda la humanidad.
María es la
elegida de Dios para ser su Madre, María era la elegida de Dios para ser la
madre del salvador del mundo. Aquel Hijo que por obra del Espíritu Santo habría
de nacer de sus purísimas entrañas, el Hijo del Altísimo, será llamado Hijo de
Dios iba, sin embargo, a llevar un nombre que venía a significar ese regalo de
Dios para la humanidad. ‘Y le pondrás por nombre Jesús porque el salvará al
pueblo de sus pecados’. Ya nos dirá en otro momento el evangelio que tanto
amó Dios al mundo que no paró hasta entregarnos a su Hijo único. Es el regalo
de Dios, es la benevolencia de Dios.
El mundo se
iba a llenar de luz porque las sombras iban a desaparecer. Nos tenemos que
sentir sorprendidos por esa luz que comienza a brillar para nosotros y que de
alguna manera nos viene de mano de María, pero que es el regalo de la
benevolencia de Dios para con todos nosotros. No quiere el Señor otra cosa para
nosotros que la salvación, como nos repetirá en otras ocasiones el evangelio,
la buena nueva que nos trae Jesús. Si antes decíamos que en ese mundo tan
convulso en el que vivimos, tan lleno de egoísmos y de insolidaridades nos
descoloca cuando nos encontramos con alguien que generosamente nos regala algo,
así tenemos que sentirnos ante el misterio de Dios que hoy se nos revela en
María.
Hoy es un día
cuando celebramos su Inmaculada Concepción y escuchamos este evangelio que
estamos comentando en el que no paramos de cantar alabanzas a María porque así
se dejó llenar de Dios en esa disponibilidad y en esa apertura de su corazón a
lo que era la voluntad de Dios pero tenemos que fijarnos en la generosidad de
su respuesta.
Es la
correspondencia de María a la gratuidad del don de Dios para ella y para la
humanidad. Está ella reconociendo ese don de Dios. ‘El Poderoso se fijó en
la pequeñez de su esclava’, cantaría María en la visita a su prima Isabel
en la montaña, reconociendo que el Señor había hecho obras grandes en ella y
por eso la iban a felicitar todas las generaciones. Pero ella con su respuesta
estaba manifestando como la misericordia del Señor se iba a seguir derramando
por todas las generaciones. ‘Su misericordia llega a sus fieles de generación
en generación…’
Claro que el
Señor derramó su gracia sobre ella y la hizo grande; claro que en María veremos
resplandecer todas las virtudes y toda la santidad; claro que hoy la
contemplamos Inmaculada en ese don que Dios le concedió al preservarla de todo
pecado en virtud de los méritos de su Hijo Jesús.
Nos gozamos
con ella, nos felicitamos con ella como los hijos se felicitan con la madre.
Pero nuestra fiesta de María tiene que ser ese reconocimiento de la gratuidad
de la benevolencia de Dios sobre nosotros que se tiene que convertir en la
generosa gratitud que con toda nuestra vida imitando a María nosotros tenemos
que ofrecer. María es también ese regalo de Dios para la humanidad, para todos nosotros. Cantemos agradecidos la gloria
del Señor. ‘Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha
bendecido en Cristo con toda clase de bendiciones espirituales en los cielos’.
Bendito sea Dios que nos ha regalado a María.
martes, 7 de diciembre de 2021
Veremos finalmente un camino de luz encontrando sentido a las palabras de consuelo del profeta porque a pesar de todo lo que pasamos podremos celebrar navidad
Veremos
finalmente un camino de luz encontrando sentido a las palabras de consuelo del
profeta porque a pesar de todo lo que pasamos podremos celebrar navidad
Isaías 40, 1-11; Sal 95; Mateo 18, 12-14
Vamos
avanzando en nuestro camino de Adviento. Un camino que vivimos entre nuestras
zozobras y nuestras preocupaciones, nuestras carreras y nuestros agobios,
nuestro suspirar por tiempos mejores pero también afrontando la realidad del
día a día que muchas veces hace aflorar la incertidumbre y el desconsuelo. Ahí
están nuestras preocupaciones de cómo llegar a final de mes o como nos vamos a
hacer frente a la ola de regalos y comidas que se nos echa encima con esto de
la navidad. Ahí están las lágrimas de los que lo han perdido todo – como ha
sucedido en nuestra tierra con el volcán de la tierra palmera – y también las
lágrimas de los seres queridos que nos han dejado y cuyo hueco sentiremos
fuerte en nuestras festivas celebraciones. Así podríamos seguir pensando en
muchas cosas, pero también en muchas personas que junto a nosotros van haciendo
su camino en la vida y que para ellos muchas veces está muy lleno de sombras.
Y ahí,
estamos haciendo nuestro camino de Adviento. ¿Qué significará para muchos?
¿Cuáles son las verdaderas esperanzas que laten en sus corazones? ¿Qué es lo
que les puede decir el Adviento? Ya sabemos que para muchos de nuestro entorno
– y cuidado nos pueda pasar a nosotros también – no les dice nada, en eso es en
lo menos que piensan, otras son sus preocupaciones. Es la realidad. Pero ahí
los que nos decimos creyentes, los que en verdad con sentido queremos hacer
este camino porque queremos celebrar una verdadera navidad sí tenemos que
sentir muy viva esa Palabra que se nos proclama y que vamos escuchando en el día
a día de nuestro camino.
Hoy el profeta
tiene una palabra de consuelo. ¿No la necesitaremos en verdad? Si algunas de
las cosas que mencionábamos antes nos afectan o nos tocan de alguna manera, esa
palabra profética puede ser, tiene que ser una hermosa palabra que hemos de escuchar. ‘Consolad, consolad a mi pueblo —dice
vuestro Dios—; hablad al corazón de Jerusalén, gritadle, que se ha cumplido su
servicio, y está pagado su crimen, pues de la mano del Señor ha recibido doble
paga por sus pecados’. Viene el Señor con su salvación y nos habla a
nuestro corazón. ¿Por qué hemos de seguir en nuestras angustias y en nuestras
penas? ¿Por qué tenemos que seguir atormentándonos? ¿Por qué vamos a pensar que
vamos a seguir siempre en ese camino oscuro en que no encontremos una luz?
‘Aquí está vuestro Dios. Mirad, el Señor Dios llega con poder y con su brazo manda. Mirad, viene con él su salario y su recompensa lo precede. Como un pastor que apacienta el rebaño, reúne con su brazo los corderos y los lleva sobre el pecho; cuida él mismo a las ovejas que crían…’
Pero en medio nos ha dicho una cosa muy
importante, y es que hemos de preparar los caminos del Señor. ¿Cómo nos lo
dice? ‘En el desierto preparadle un camino al Señor; allanad en la estepa
una calzada para nuestro Dios…’ En el desierto. ¿Cuál es ese desierto hoy?
No tenemos que irnos a los desiertos de Judea donde predicaba el Bautista; no
tenemos que trasladarnos al inhóspito Sahara para hacer allí unos caminos o
unas calzadas.
Ese desierto está en ti, en tus
preocupaciones y agobios, en tus carreras y en tus locuras, en esas
incertidumbres que llenan tu vida ante el futuro o en esos problemas que se te
presentan cada día y que quizá en un momento determinado parece que se crecen…
es ahí donde tenemos que abrir caminos nuevos, es ahí donde tenemos que
preparar esa calzada para nuestro Dios que viene a nosotros, es ahí donde
tenemos que sentir el paso del Señor con su consuelo pero también con su
fortaleza para no decaer en nuestras luchas, para seguir abriéndonos paso por
la vida y ahí dejando nuestro testimonio, el grito de nuestra vida, como nos decía
el profeta.
Y una hermosa palabra de esperanza nos
deja el evangelio. Tras la parábola que nos propone que nos habla del pastor
que va a buscar a la oveja perdida, mientras el resto se queda en el aprisco, Jesús
nos dice ‘igualmente, no es voluntad de vuestro Padre que está en el cielo
que se pierda ni uno de estos pequeños’. Podremos sentirnos pequeños, poca
cosa, que nada valemos pero que además los problemas se acumulan sobre
nosotros, nunca podré sentirnos abandonados. Dios no quiere que se pierda ‘ni
uno de estos pequeños’.
¿Veremos finalmente un camino de luz?
¿Encontraremos sentidos a las palabras de consuelo que nos ofrece el profeta?
¿Podremos, a pesar de todo lo que pasamos, celebrar con sentido la navidad?
Para todos es una palabra de luz esta palabra del profeta.
lunes, 6 de diciembre de 2021
Caminos de Dios que nosotros también hemos de recorrer y que en nosotros han de ser signos para los demás para que todos puedan ver las maravillas de Dios
Caminos
de Dios que nosotros también hemos de recorrer y que en nosotros han de ser
signos para los demás para que todos puedan ver las maravillas de Dios
Isaías 35, 1-10; Sal 84; Lucas 5, 17-26
Dios se mete
en medio de nosotros aunque a veces no sepamos descubrir su presencia o lo que
quiere decirnos a través de lo que nos sucede. Sí, Dios está caminando en medio
de nosotros y tendríamos que tener una buena sintonía de Dios, una mirada
verdaderamente creyente para cuanto nos sucede. No para que estemos viendo
siempre castigos, porque cuando suceden desgracias tenemos esa tentación fácil.
Aquello que inocentemente decíamos de niños, ‘Dios castiga sin piedra ni
palo’, cuando nos sucedía algo que no entendíamos después de quizás haber
metido la mata en alguna cosa. Yo hoy no lo diría así, sino que el amor de Dios
se hace presente no para castigarnos, sino para llamarnos y no son piedras ni
palos sino muchos gestos bonitos que podemos ver en los demás y que son señales
de ese amor de Dios.
Hoy
contemplamos en el evangelio un pasaje que en su mismo desarrollo fue
desconcertante para algunos, sin embargo al final nos dirá el evangelista que
la gente daba gloria a Dios porque había visto maravillas. Unos hombres – bien
anónimos porque poco se dice de quienes eran pero que son muy importantes en
este relato – vienen trayendo en una camilla a un paralítico que quieren hacer
llegar hasta los pies de Jesús. Ante las dificultades por la afluencia de gente
a la entrada de la puerta se las ingenias para descubrir el tejado y por allí
bajar al hombre en su camilla hasta los pies de Jesús.
¿Sorpresa por la osadía de aquellos
hombres? El dueño de la casa ya estaría pensando quien iba a arreglar todo
aquel destrozo. Pero la sorpresa fue mayor en la reacción de Jesús. ‘Viendo
la fe que tenían le dice: Hombre, tus pecados están perdonados’. ¿No venían
para que Jesús curase a aquel hombre? pero esa quizá fue la reacción menor,
porque por allí andaban unos fariseos y maestros de la ley que comienzan a
hablar de blasfemia. Y eso era muy grave, pues aplicando al pie de la letra la
ley de Moisés al blasfema habría que apedrearle. A tanto quizá no llegan, pero
su reacción es notable de manera que encontrará respuesta en Jesús.
‘¿Qué estáis pensando en vuestros
corazones? ¿Qué es más fácil, decir: Tus pecados te son perdonados, o decir:
Levántate y echa a andar? Pues, para que veáis que el Hijo del hombre tiene
poder en la tierra para perdonar pecados —dijo al paralítico—: A ti te lo digo,
ponte en pie, toma tu camilla y vete a tu casa’. Y aquel
hombre quedo curado, tomó su camilla y fue a su casa.
Dios estaba allí presente y lo que se
estaba manifestando era la misericordia infinita de Dios. Aquellos fariseos y
maestros de la ley no la supieron ver; la gente sencilla – es a los pequeños y
a los sencillos a los que se manifiesta mejor el rostro de Dios – supieron
reconocerlo y daban gloria a Dios. ‘Hoy hemos visto maravillas’,
exclaman todos.
Es en cada uno de los pequeños detalles
donde se está manifestando la gloria de Dios. Nos han pasado desapercibidos
aunque somos conscientes de su fe y su valentía para llegar a descolgar por el
techo al paralítico. ¿Pero no tendríamos que ver ahí también los caminos de
Dios?
Eran unos voluntarios, como ahora los
llamaríamos, pero estaban haciendo la obra de Dios. Eran unos voluntarios que
estaban caminando, quizá sin saberlo o ser conscientes del todo, los caminos de
Dios. Los caminos de Dios que también se están abriendo para nosotros. Grande
es el campo donde podemos recorrerlo, porque muchas cosas semejantes podemos ir
haciendo en la vida. Ayudaron al paralítico a llegar hasta Jesús, ayudar…
Cuántas manos podemos tender, cuántos
brazos podemos ofrecer para que sirvan de apoyo, cuantos hombros podemos poner
junto al abatido para que descanse allí su pena y su dolor, cuántos oídos
tenemos que abrir para escuchar aunque nos lo repitan cansinamente una y otra
vez las penas y las angustias de tantos que sufren, cuánto tenemos que abrir
nuestros ojos para ver, para darnos cuenta, para captar la necesidad o ver esa
mirada suplicante… cuántas camillas podemos nosotros portar de tantos a los que
les cuesta caminar por la vida.
Los caminos de Dios que nosotros
también hemos de recorrer; los caminos de Dios que en nosotros han de ser
signos para los demás. Que todos puedan ver las maravillas de Dios.
domingo, 5 de diciembre de 2021
El creyente cristiano con el testimonio de su vida y de sus obras ha de ser profecía de salvación para nuestro mundo de hoy que ha perdido la esperanza
El
creyente cristiano con el testimonio de su vida y de sus obras ha de ser
profecía de salvación para nuestro mundo de hoy que ha perdido la esperanza
Baruc 5, 1-9; Sal 125; Filipenses 1, 4-6.
8-11; Lucas 3, 1-6
Se nos da un
marco histórico muy concreto con datos además totalmente fiables. Es el momento
histórico que está viviendo el pueblo judío sometidos al imperio romano,
señalándosenos en concreto el nombre del gobernador romano, pero las
circunstancias concretas de la administración de toda la región de Palestina y
el poder religioso que aun permanecía en Jerusalén.
Tiene su
significado. No es una cosa baladí en la que se ha entretenido el evangelista
con su erudición histórica, sino que está situándonos el momento concreto en
que nos llega la salvación. Fue aquel momento, como nosotros hemos de situarnos
en nuestro momento concreto, con las circunstancias concretas, con los hechos
de nuestra historia que en el momento presente vivimos cuando nosotros hemos de
escuchar esa Palabra de Dios hoy. Si Jesús más tarde en la sinagoga de Nazaret
utiliza la Palabra ‘hoy’ para hablarnos del cumplimiento de aquella
profecía que acaba de proclamar, es en este hoy del presente donde hemos de ver
cumplida también esa Palabra de Dios en nuestra vida.
Momentos de incertidumbre y de interrogantes como siempre hay en nuestro corazón, momentos que nos alertan y nos despiertan ante la Palabra de Dios que llega a nuestra vida, pero siempre para el creyente momentos de esperanza y de una alegría que en cierto modo vamos pregustando en aquel anuncio que se nos hace.
Es lo que
nos anuncia el profeta en la primera
lectura: ‘Jerusalén, despójate de tu vestido de luto y aflicción que llevas,
y vístete las galas perpetuas de la gloria que Dios te concede. Envuélvete en
el manto de la justicia de Dios, y ponte en la cabeza la diadema de la gloria
del Eterno, porque Dios mostrará tu esplendor a cuantos habitan bajo el cielo…’
Son las vestiduras que solo podrá vestir el que tiene mucha esperanza en su
corazón. Es lo que tenemos que despertar en nosotros. Quiere despertar en
nosotros la Palabra que se nos anuncia, para que podamos vestir ‘las galas
perpetuas de la gloria que Dios nos concede’.
Y es que nosotros estamos viviendo este
tiempo de Adviento en este hoy concreto de nuestra vida son sus desolaciones,
con sus angustias y sufrimientos, con nuestras preocupaciones del día a día,
con las catástrofes naturales que nos asolan y llenan de angustia a tantas
personas, con unas pandemias que no terminamos de vencer, con una crisis en la
sociedad que no solo es lo económico que no sabemos cómo levantar sino también
sobre todo de valores morales, con un mundo que va cayendo en la pendiente de
la indiferencia en lo religioso, con multitud de problemas en nuestra Iglesia
que nos llenan de estupor y pueden hacer caer en un sin sentido a tantos.
Ahí se levanta delante de
nosotros la profecía que nos anuncia una palabra de esperanza, pero que nos
pide una renovación profunda en nuestra vida. Surgió allá en el desierto de
Judea junto al Jordán la voz de Juan al que pronto llamarían el Bautista.
Anunciaba un bautismo de conversión porque los caminos de Dios había que
enderezarlos. Recordaba lo que había anunciado el profeta Isaías: ‘Voz del
que grita en el desierto: Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos;
los valles serán rellenados, los montes y colinas serán rebajados; lo torcido
será enderezado, lo escabroso será camino llano. Y toda carne verá la salvación
de Dios’.
¿Qué nos estará anunciando esa
voz profética? ¿Qué nos estará pidiendo? ¿Cuál será ese camino de conversión
que hemos de recorrer? No perdamos de vista las palabras finales del profeta. ‘Y
toda carne verá la salvación de Dios’.
Para aquellas angustias e
interrogantes, para esos caminos que vamos haciendo en los que hemos perdido el
sentido, para ese mundo que hemos ido destrozando en la medida en que hemos
permitido que se vaya alejando más y más de Dios, hay salvación, porque será
posible la transformación, porque será posible comenzar algo nuevo, porque
podremos liberarnos de tantas cosas que nos han ido enredando en una maraña
incomprensible de pensamientos y de cosas, porque podemos purificarnos de todo
eso que nos ha envuelto y llenado nuestra vida de maldad y de pecado, porque
podremos comenzar a ver de nuevo la luz y las tinieblas no nos vencerán, porque
podemos hacer un hombre nuevo, una iglesia nueva, un mundo nuevo y mejor.
El verdadero creyente en Jesús no
pierde nunca la esperanza; tenemos que mostrarnos maduros en nuestra fe, sintiéndonos
fortalecidos por el Espíritu del Señor que está con nosotros; no nos podemos
dejar apabullar por tantas voces de aquí y de allá que nos quieren atraer unos
con sus cantos de sirena y otros viéndolo todo tan catastrófico que solo ven la
ruina como destino final. Es también el anuncio que tenemos que hacer a nuestro
mundo. Con el testimonio de nuestras obras convirtámonos en profetas de
salvación para nuestro mundo.
‘Y esta es mi oración, nos decía san Pablo, que vuestro amor siga
creciendo más y más en penetración y en sensibilidad para apreciar los valores.
Así llegaréis al Día de Cristo limpios e irreprochables, cargados de frutos de
justicia, por medio de Cristo Jesús, para gloria y alabanza de Dios’. Hagámosla
nuestra dejándonos así transformar por el amor de Dios y con nuestro testimonio
poniendo esperanza en nuestro mundo.
sábado, 4 de diciembre de 2021
Pensemos dónde estamos los cristianos cuando contemplamos ese mundo a nuestro lado que no conoce el evangelio
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Pensemos
dónde estamos los cristianos cuando contemplamos ese mundo a nuestro lado que
no conoce el evangelio
Isaías 30, 19-21. 23-26; Sal 146; Mateo 9,
35-10, 1. 5a. 6-8
Son muchos
los que dicen que están, pero a la hora de la verdad pocos vemos que estén
dando el callo con su compromiso y con su acción. En momentos de entusiasmo
estamos todos, cuando llega lo que podríamos llamar la rutina de la vida, o
sea, el día a día de la vida donde tenemos que ir afrontando esas cosas
pequeñas que nos pudieran parecer rutina son pocos los que permanecen
constantes.
En un momento
llamativo de algo extraordinario que sucede y que pudiera causar daño y
perjuicios a muchos, surgen prontas las voces de solidaridad, que luego se irán
enfriando, vamos olvidando, o incluso nos moleste que nos lo estén recordando
continuamente. Vamos a ver hasta dónde llega esa solidaridad tan general que ha
surgido con el volcán de Cumbre Vieja y donde ahora parece que todos quieren
arrimar el hombro para ayudar; cuando pase algún tiempo ¿qué quedará de toda
esa solidaridad? y no queremos ser pesimistas.
Lo vemos en
muchos aspectos de nuestra sociedad, en actividades culturales que reclamamos,
que comienzan muy bien pero que pronto nos encontraremos con los vacíos; ven en
todas las actividades de la vida social, y tenemos que preguntarnos quizás si
no nos sucederá algo así a los cristianos. Fervorosos en grandes cosas, grandes
peregrinaciones o romerías y pronto nuestros templos vacíos y poca gente que
quiera en verdad comprometerse.
He comenzado fijándonos
en estos aspectos un tanto variados, pero es algo que llevo en mi mente y en mi
corazón que me hace plantearme algunos interrogantes a mí mismo y a mi vida. Cuando
camino por las calles o caminos de mi pueblo voy contemplando cuanta es la población
que hay en nuestro entorno y decimos que estamos en un pueblo o una ciudad en
la que todos prácticamente nos llamamos cristianos, recibimos el bautismo y los
sacramentos y quizás todavía a la hora de la defunción de nuestros seres
queridos los llevamos a la Iglesia para el funeral, bueno y celebramos las
fiestas del Cristo. ¿En qué se queda la
vida cristiana para la mayoría de esa gente? O quizá habría que preguntar ¿qué
conocimiento tienen de lo que significa ser cristiano? O más aún, ¿qué conocimiento
y vivencia tienen del evangelio de Jesús?
Ahora llega
la navidad, vemos un ambiente que llamamos navideño ya en nuestras calles, en
los escaparates de las tiendas y comercios, en los adornos y luces que vamos
colocando y ya comenzaremos pronto a decirnos unos a otros ‘feliz navidad’.
Pero aparte de estas fiestas – incluso ya algunos quieren que digamos
simplemente felices fiestas y no feliz navidad -, de esas celebraciones
familiares o comidas de amigos o de empresa, ¿qué repercusión tiene en nuestras
vidas como creyentes y cristianos todo eso que decimos que celebramos? ¿En
verdad estará presente el evangelio de Jesús en todo eso que decimos navidad?
Son cosas para pensar.
Hoy el
evangelio nos ha hablado de que Jesús recorría los caminos, las aldeas y los
pueblos de Galilea anunciando el reino de Dios y eran muchos los que acudían
hasta Jesús; el evangelista nos subraya que le traían a todos sus enfermos de
diversos males para que Jesús les curara, y que se reunían multitudes para
escuchar a Jesús.
Pero es aquí
donde Jesús hace como un parón, nos dice el evangelista que Jesús sentía
compasión de toda aquella gente ‘porque
estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor’. Y es
cuando les dice a los discípulos más cercanos que la mies es mucha y que los
obreros son pocos, y llama a los discípulos les da autoridad sobre los espíritus
inmundos y los envía a predicar por todas partes, pero de manera especial a
las ovejas descarriadas de Israel. No los envía a campos nuevos – al mundo
entero como hará al final del evangelio – sino a los que están cercanos, a los
que son ovejas de Israel, pero quizá viven sin esperanza y sin fe.
¿No será algo así lo que nos está
pidiendo Jesús cuando escuchamos este evangelio? Un mundo que nos rodea, que
tendría muchos motivos para vivir una fe con intensidad porque en algún momento
han escuchado el evangelio o habrán tenido algún tipo de experiencia religiosa,
pero que ahora son como aquellas ovejas abandonadas y extraviadas, como ovejas
que no tienen pastor. Es ese mundo cercano a nosotros, esas personas que nos
rodean y que hasta podemos tener en nuestra propia casa al que tenemos que
anunciar de nuevo el evangelio de Jesús.
No se nos quede toda nuestra
religiosidad y nuestro ser cristiano en unas peregrinaciones, en unos momentos
de esplendor y de fervor, sino que en el día a día vayamos anunciando el
evangelio comenzando por esos que están a nuestro lado. Somos tantos cristianos
y ¿qué hacemos? ¿Hasta dónde llega nuestro compromiso con el evangelio? ¿No
será aquello que decíamos al principio son muchos los que dicen que están, pero
a la hora de la verdad, a la hora de la evangelización, no se les ve por
ninguna parte?
viernes, 3 de diciembre de 2021
Queremos caminar con seguridad, no queremos quedarnos atolondrados o conformistas, sino con paso valiente y decidido porque en Jesús ponemos totalmente nuestra fe
Queremos
caminar con seguridad, no queremos quedarnos atolondrados o conformistas, sino
con paso valiente y decidido porque en Jesús ponemos totalmente nuestra fe
Isaías 29, 17-24; Sal 26; Mateo 9, 27-31
Algunas veces
nos hemos ido creando unas comodidades en la vida que al final las convertimos
en exigencias, donde nos creemos merecedores de todo o que todo se nos de
gratuitamente sin ningún esfuerzo por nuestra parte. No niego, por supuesto,
los derechos que como seres humanos todos tenemos y a los que ha de atender la
sociedad y todos hemos de estar al tanto, pero cuando nos vemos carentes de
algo también tenemos que hacer de nuestra parte por lograrlo, por conseguirlo.
No me quedo
tampoco en lo material, en las necesidades materiales vitales para nuestra
vida, porque en lo humano y en lo espiritual algunas veces nos quedamos como
estancados sin esforzarnos por una superación de nosotros mismos, por un
crecimiento como persona, por un abrirnos a nuevas luces que nos den sentido y
nos den respuestas a las preguntas más profundas que todos llevamos en
nosotros.
Vamos como
ciegos en la vida dando tumbos, pero en nuestra comodidad para evitar esos
tropiezos nos quedamos al borde del camino sin tratar de buscar donde encontrar
esa luz. Y humana y espiritualmente no crecemos, más bien nos estancamos, y de
alguna manera parece como si nos fuéramos embruteciendo cada vez más. Necesitamos
querer salir, ponernos en camino aunque en principio parezca que vayamos a
tientas, pronto podremos encontrar recursos y medios para ir acercándonos a esa
luz que necesitamos en la vida.
Me ha hecho
pensar en todo esto y con conciencia de cuantas oscuridades nos ensombrecen la
vida, escuchando el evangelio y viendo a aquellos dos ciegos que al enterarse
de la llegada de Jesús se van en su búsqueda, quizás dando tumbos por los
caminos del pueblo, pero al final llegaron a la casa de Jesús porque sabían que
allí podían encontrar la luz que necesitaban. No se resignaron a su ceguera,
que significaba para ellos pobreza y miseria, y el estar siempre dependiendo de
lo que los demás pudieran compartir con ellos. Se pusieron en camino, llegaron
a la casa de Jesús, querían la luz.
¿Creían ellos
que en Jesús podían encontrar esa luz? Es la pregunta que Jesús les hace, es el
interrogante que quizá surgía a su alrededor en muchos cuando los veían correr
hasta la casa donde estaba Jesús. ¿Serían unos ilusos que terminarían
fracasando? Estaban seguros de que Jesús podía hacerlo. ‘Que os sucede
conforme a vuestra fe’. Y encontraron la luz para sus ojos.
Un buen
itinerario para nuestra vida. Búsqueda de la luz. En la noche de la navidad del
Señor con el profeta se nos va a anunciar que ‘el pueblo que caminaba en
tinieblas vio una gran luz’. Estaba en tinieblas pero caminaba, iba en
búsqueda de la luz y la luz viene a su encuentro.
Es el camino
que vamos haciendo a lo largo de este tiempo de Adviento, un camino hacia la
luz. Pero vamos con la certeza de aquellos dos ciegos de los que nos habla hoy
el evangelio. No somos unos ilusos, tenemos la seguridad de que en Jesús
encontramos esa luz y por eso es a El a quien buscamos. Quizás en nuestro
entorno podemos escuchar comentarios que quisieran llevarnos al desaliento.
Muchos se creen quizá muy sabios pero andan a oscuras y no quieren buscar la
luz.
Caminamos con
nuestras dudas y tropiezos, caminamos también con momentos de desaliento y
parece como si nos faltara estímulo, caminos en ocasiones muy absorbidos por
las cosas que nos rodean y no queremos pensar que hay algo superior hacia donde
hemos de levantarnos y caminar, nos sentimos contagiados por un ambiente que
hasta de los sentimientos religiosos ha hecho un negocio o lo quieren manipular
para sus intereses, pero queriendo alejar a Dios de nuestra vida.
Pero nosotros
queremos caminar con seguridad, no queremos quedarnos atolondrados o
conformistas con nuestras tinieblas o las tinieblas que el mundo nos ofrece;
queremos caminar con paso valiente y decidido porque en Jesús ponemos
totalmente nuestra fe.
jueves, 2 de diciembre de 2021
No nos contentemos con simplemente recitar, sino que oremos de todo corazón porque esté brotando como de forma espontánea todo lo que llevamos en el corazón
No
nos contentemos con simplemente recitar, sino que oremos de todo corazón porque
esté brotando como de forma espontánea todo lo que llevamos en el corazón
Isaías 26, 1-6; Sal 117; Mateo 7, 21. 24-27
Cuando
estamos con los amigos o con aquellas personas que queremos hablamos con
naturalidad y espontaneidad, expresando nuestras ideas o nuestro pensamiento,
manifestando espontáneamente nuestros sentimientos y no necesitamos buscar
palabras rebuscadas para expresarnos. Sería como algo encorsetado que para expresar
nuestros sentimientos a aquellas personas que queremos rebusquemos palabras que
quizás tomemos de otros coartando así nuestra espontaneidad. Aunque algunas
veces de forma romántica quizás nos expresemos con poesías o palabras de amor
escritas por otros más inspirados, sin embargo sabemos hacerlas nuestras, poniéndole
quizá nuestros propios matices para darles el aire de esa espontaneidad.
Es lo ideal.
Que así seamos nosotros mismos. Que nos manifestemos como somos. Que
comuniquemos lo que llevamos dentro. Que por hacer florituras de palabras
hermosas no llevemos a expresar realmente lo que llevamos dentro, sino quizás
las palabras o los sentimientos de los otros. Eso en todas las facetas de la
vida. Hay cosas quizás que tienen su tecnicismo, por así decirlo, y según qué
lugares pues tengamos que emplear ese lenguaje, pero no nos podemos poner a
hablar con la gente normal que está a nuestro lado desde ese manera.
Y ¿esto tiene
que ver algo con lo que es nuestra relacion con Dios? Es serio pensarlo, planteárnoslo,
porque muchas veces podemos caer también en que repetimos unas oraciones que
hemos convertido en fórmulas, pero con las que quizás nuestro corazón se siente
lejos. Aquí podemos entrar en varias facetas o campos. Pensemos primero en lo
que es nuestra oracion personal con el Señor. ¿Logramos en verdad sentirnos en
su presencia y que nuestra oración sea realmente la oración, el diálogo de amor
de un hijo con su padre?
Rezamos,
decimos, y decimos que rezamos mucho, porque repetimos muchas oraciones una y
otra vez. Pero es lo que seriamente tenemos que plantearnos. Que en ese momento
de oración en verdad nos sintamos en las manos de Dios nuestro Padre y que
nuestra oración sea ese encuentro personal con Dios, con el Dios que nos ama y
a quien nosotros también amamos.
Es cierto que
nos han enseñado unas oraciones que hemos aprendido desde niños y que seguimos
repitiendo; es cierto que una de esas oraciones decimos que es salida de labios
de Jesús cuando enseñó a orar a sus discípulos; cuando rezamos el padrenuestro
o cualquiera de esas otras oraciones que hemos aprendido de memoria desde
pequeños tenemos que hacer que en verdad en esas palabras, vamos a decirlo así,
salga nuestro corazón, que las hagamos tan nuestras que en ello estemos
poniendo todo lo que son nuestros sentimientos y nuestros deseos, todo lo que
tiene que ser nuestra alabanza y nuestra acción de gracias al Señor.
Pensemos
también en lo que es nuestra oración comunitaria que fundamentalmente hacemos
con la oración litúrgica. Cuando esa oración es la oración de una comunidad
reunida en el nombre del Señor es cierto que necesitamos aunar esa oración
expresada en las plegarias que la liturgia nos ofrece. Pero aquí creo que hemos
de tener un cuidado muy especial para que no sea un simplemente recitar unas
oraciones o unas plegarias, como de una forma encorseta como decíamos antes,
sino que sea lo que en verdad sale del corazón de aquella comunidad, del
corazón de todos y cada uno de los que en esa celebración estamos participando.
Por eso, no
nos contentemos con simplemente recitar, sino que oremos de todo corazón. Que
por encima de esas palabras esté brotando como de forma espontánea todo lo que
llevamos en el corazón. No es simplemente un poema de amor lo que recitamos fríamente,
sino que es la oración que desde ese encuentro profundo con el Señor hacemos
llegar al Padre que sabemos que nos ama. No es con florituras de palabras
rebuscadas con lo que queremos hablar al Señor, aunque bellas son las
expresiones de la liturgia. Sepamos sacarle jugo, por así decirlo. Tenemos que
poner ahí todo lo que es la espontaneidad de nuestra vida y de nuestros
sentimientos, todo lo que es la riqueza del amor que también nosotros queremos
ofrecerle al Señor.
Hoy hemos escuchado a Jesús que nos
dice en el evangelio. ‘No todo el que me dice “Señor, Señor” entrará en el
reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los
cielos’. Que no sea, pues, solamente decir, ‘Señor, Señor’, sino que
seamos capaces de poner toda la intensidad de nuestra vida en nuestra oración.
Y poner la intensidad de nuestra vida significa cómo con nuestra vida en todo
momento siempre queremos hacer la voluntad del Señor. Porque oramos no solo
para expresar lo que nosotros sentimos o llevamos en el corazón, sino para
abrir nuestro corazón a Dios y escucharle para dejarnos transformar por la
fuerza del Espíritu haciendo siempre lo que es su voluntad.
miércoles, 1 de diciembre de 2021
Ante Jesús venimos con nuestros pobres siete panes sin saber qué hacer pero si con disponibilidad para el encuentro y la escucha y poniendo generosidad en el corazón
Ante
Jesús venimos con nuestros pobres siete panes sin saber qué hacer pero si con
disponibilidad para el encuentro y la escucha y poniendo generosidad en el
corazón
Isaías 25, 6-10ª; Sal 22; Mateo 15,
29-37
¿Qué es lo
que pasa ahí hay tanta gente? Quizás alguien pregunta cuando ve que mucha gente
acude a una casa determinada o quizás a un salón que se ha habilitado al
efecto. Es que vino un familiar que hacía años que emigró y a su venida los
familiares y amigos han querido darle una sorpresa y se han reunido todos para
una comida. Aquella comida era algo más que el tomar unos alimentos para
satisfacer unas necesidades primarias como es la alimentación de nuestros
cuerpos.
Algo más se
está alimentando en aquel encuentro, porque es la alegría de los parientes que
se reúnen, los amigos que se reencuentran, la sorpresa como señal de alegría y
afecto que se quiere dar al familiar o amigo con quien tantos años no hemos
podido convivir. Son muchas las cosas que se alimentan con un encuentro así. Es
algo que hacemos bastante habitualmente sin que sea necesario algo
extraordinario como lo que nos ha servido de base para el inicio de esta reflexión.
Algo que tiene un significado hondo en el camino de la vida que vamos haciendo.
Nos puede
valer esta imagen y comparación también para hablarnos del Reino de Dios que
Jesús nos anuncia; en muchas ocasiones en el evangelio lo vemos comparándolo
con un banquete, o aparecerá la imagen del banquete como culminación de lo que
va a ser esa vida nueva que en Cristo vamos a encontrar. Son por una parte las
parábolas que nos ofrece Jesús – banquete de bodas o banquete que prepara el
padre para el pródigo a la vuelta -, o serán los signos que va realizando como
el que hoy nos ofrece el evangelio, pero será el gran signo final de la
Eucaristía donde Cristo mismo se nos dará en su Cuerpo y en su Sangre para que
le comamos y nos alimentemos de El. Ya lo había anunciado el profeta tal como escuchamos hoy a Isaías en la primera
lectura. ‘Preparará el Señor del universo para todos los pueblos, en este
monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera…’
Hoy nos dice el evangelio que ‘Jesús,
se dirigió al mar de Galilea, subió al monte y se sentó en él…’ Pero ya a
continuación el evangelista nos dice que acudió mucha gente que quería
escucharle, pero que le traía también a sus enfermos para que El los curase.
Jesús siente compasión y los cura, pero Jesús ve algo más allá en aquella
multitud hambrienta de su Palabra y de la salvación que El pueda ofrecerles que
le sigue.
Por eso, como una imagen, como un signo
de lo nuevo que Jesús quiere ofrecernos siente compasión porque aquella gente
está sin comer desde hace días que le siguen. ‘No quiero despedirlos en
ayunas para que no desfallezcan por el camino’, les dice Jesús a sus discípulos
más cercanos que ya se andan preguntando ‘¿de dónde vamos a sacar en un
despoblado panes suficientes para saciar a tanta gente?’
Pero Jesús quiere contar con ellos, con
lo que son y con lo que tienen, con su nada y con su pobreza, con sus
interrogantes y con sus búsquedas aunque ahora parezca que son solo búsquedas
de lo material. ‘¿Cuántos panes tenéis?’ Vaya pregunta, si solo tienen
siete panes y algunos peces. Para Jesús es suficiente que pongan a disposición
aquello poco que son, aquello poco que tienen. El amor, se suele decir, hace
milagros. Y si allí había amor, y no podemos dudar que en Jesús lo había que
sentía compasión por aquella gente, el milagro se realizará.
¿Cuál sería el milagro más importante
de aquella tarde? Normalmente decimos la multiplicación de los panes y de los
peces, porque incluso llegó a sobrar. ¿Pero aquello no era signo de algo más?
¿Qué podía significar aquella comida que ahora si, casi de forma imprevista,
tuvo toda aquella multitud aquella tarde en el descampado? Es lo que tiene que
hacernos pensar. ¿Qué es lo que significa nuestro encuentro con Jesús y el
escuchar la buena nueva de su evangelio? Esa comida y ese banquete que Jesús
nos está ofreciendo ¿no será signo de algo más profundo que se tiene que
realizar en nosotros, pero también en nosotros en relación con los demás?
Ante Jesús venimos con nuestros pobres
siete panes sin saber que hacer porque quizá ni nosotros mismos tenemos claro
en nuestro corazón lo que deseamos o lo que podemos hacer. Pero si venimos con
esa disponibilidad para el encuentro y para la escucha, si venimos poniendo algo
de generosidad en nuestro corazón, si venimos incluso reconocimiento nuestras
limitaciones o esas enfermedades que están afectando a nuestro espíritu, en
Jesús vamos a encontrar un banquete nuevo, una nueva comida, un nuevo sentido
de vida, un nuevo camino que se va a abrir delante de nosotros. Dejemos actuar
a Jesús con esos pocos panes de nuestra vida y veremos las maravillas de Dios.
martes, 30 de noviembre de 2021
Saber ponernos a remar con confianza mar adentro en búsqueda constante de la señal de la vida y al tiempo saber escuchar la invitación para adentrarnos en otros mares
Saber
ponernos a remar con confianza mar adentro en búsqueda constante de la señal de
la vida y al tiempo saber escuchar la invitación para adentrarnos en otros
mares
Romanos 10, 9-18; Sal 18; Mateo 4, 18-22
Búsqueda y
llamada. Dos palabras en las que quiero centrar el mensaje que hoy se nos puede
ofrecer en esta fiesta de san Andrés.
¿Qué
buscamos? ¿Qué buscas? ¿Qué esperas encontrar? Nos preguntamos a nosotros
mismos cuando queremos algo en la vida. Nos hacen la pregunta cuando quizás nos
encuentran donde no nos esperaban encontrar, o nuestro interlocutor se da
cuenta de que hay poco común en nuestros intereses cuando nos encontramos en
ese lugar. Nos la hacemos nosotros aclarando expectativas, comparando lo que se
nos ofrece con lo que son nuestros deseos. Son muchas las pistas que se nos
abren en esos caminos de búsqueda o en esos caminos de la vida. Es la inquietud
que llevamos dentro ansiosos de algo mejor, de algo distinto, de algo que nos
haga encontrarnos de verdad.
Quien en la
vida se ha cansado de buscar y ha tirado la toalla de sus búsquedas entra en un
camino de desolación y un camino de vacío quizás. Forman parte de lo más
profundo de nuestro ser esas búsquedas que vamos haciendo en la vida y quizás
nunca se acaban. Quien se siente desolado y se detiene en sus búsquedas entra
en un camino de nada, un camino de
muerte de su ser existencial. Búsquedas que nos dejan insatisfechos porque
queremos más, porque queremos lo mejor, porque queremos llegar más lejos, porque
buscamos apuntar más alto. Cuántas cosas podemos decir del sentido de la
búsqueda.
Fue la
pregunta que les dirigió Jesús a aquellos dos discípulos de Juan que inquietos
por lo que el Bautista anunciaba, pero también por sus palabras en aquella
mañana, les habían puesto en camino. ‘¿Qué buscáis?’ Evidentemente
Andrés andaba buscando algo cuando se había venido desde su Betsaida natal
ahora a las profundidades del Jordán, allá cercano quizá a los desiertos de
Judea, porque había un profeta que anunciaba algo. Pero no se había quedado en
el Jordán, ante las palabras del Bautista se había puesto en camino de nuevo,
ahora en compañía del joven Zebedeo detrás de aquel a quien Juan había señalado
como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Ya solo por eso es
merecedor de que lo tengamos en cuenta y nos fijemos en su vida.
Habían ido,
habían estado con Jesús, y a la mañana siguiente ya se está convirtiendo en
portador de buenas nuevas anunciándole a su hermano que habían encontrado al
Mesías. Pero todo no se había quedado ahí. Aquella estancia con Jesús, aquellas
palabras que escuchaba al nuevo profeta de Galilea seguían rondando en su
corazón, pero él seguía en sus tareas, en sus obligaciones con su hermano y con
la barca para salir a pesar y ganarse el sustento. Fue necesario otro paso. Y
el paso fue el de Jesús a su lado, que se acercaba a ellos allá en la orilla
del lago. ‘Venid conmigo y os haré pescadores de hombres’, había
escuchado entonces y presto lo había dejado todo para seguirle.
O sería en
aquel otro momento en que Jesús se tomaría prestada la barca para enseñar a la
gente desde la orilla, pero luego les había invitado a remar mar adentro porque
había que echar de nuevo la red para pescar, aunque en la noche anterior nada habían
cogido. Pedro, su hermano, había sido el
más decidido en esta otra ocasión porque creyendo en la palabra de Jesús había
echado la red a pesar de todo lo que lo aconsejaba en contra. Y la redada de
peces fue tan grande que necesitaron pedir ayuda. Y ahora se había repetido la invitación
del Maestro ‘venid conmigo y os haré pescadores de hombres’. Y claro
que lo habían dejado todo. Había encontrado, pero sobre todo había sido
llamado.
Es importante
la búsqueda. Ha de ser una actitud fundamental en la vida. Está en ello nuestro
vivir, nuestro ser, el sentido y el valor de la vida. Pero cuando nuestra
búsqueda no se queda solo en el ras de tierra, sino que quiere elevarse en un
más allá lleno de trascendencia, tenemos que saber tener la humildad de
dejarnos encontrar, de ponernos a remar mar adentro con la confianza en el
corazón y de escuchar la llamada tan importante para que todas nuestras
cortinas se descorran y podamos encontrar la luz verdadera. Solo Dios va a
descorrer esa cortina, solo Dios es el que va hacer esa llamada a nuestro corazón,
solo Dios es el que abrirá ante nuestros pasos caminos de plenitud.
Busquemos, sí, pero escuchemos esa voz, esa llamada, esa invitación y traspasemos esa puerta sin miedo ni temor, que con quien nos vamos a encontrar es el que va a dar la mayor plenitud a nuestra vida. Hoy lo descubrimos en el camino y en la vida de Andrés, el pescador de Galilea, el hermano de Simón Pedro, el apóstol del Señor a quien estamos celebrando.
lunes, 29 de noviembre de 2021
Copiemos la fe, la confianza, la humildad del centurión dejando que Jesús llegue a nuestra vida desterrando los complejos de que el mundo nos vea como creyentes
Copiemos
la fe, la confianza, la humildad del centurión dejando que Jesús llegue a
nuestra vida desterrando los complejos de que el mundo nos vea como creyentes
Isaías 2, 1-5; Sal 121; Mateo 8, 5-11
Cuando
tenemos que hacer una petición, presentar una súplica o una instancia ante algún
organismo o alguna entidad determinada, solemos muchas veces decir, bueno vamos
a echarla a ver si tenemos suerte y lo conseguimos, que siempre con el no vamos
por delante. Será mucha quizás la necesidad de aquello por lo que estamos
suplicando, pero parece muchas veces que vamos con la derrota por delante,
somos demasiado conformistas en si lo conseguimos o no lo conseguimos, nos
falta confianza en nosotros mismos, pero también por supuesto desconfiamos del
poderoso o de aquel que tiene en sus manos la resolución de lo que pedimos.
Pero eso nos
sucede también en nuestra vida espiritual, en nuestra vida religiosa, y nos
cansamos y aburrimos en nuestras oraciones no tenemos la confianza de una fe
profunda en nuestro interior. Y claro, luego decimos, Dios no nos escucha. Pero
¿con qué confianza has presentado tu oracion? ¿Cuál es la seguridad interior
que tenemos cuando nos presentamos a Dios?
Es todo lo
contrario de lo que vemos hoy en el evangelio en el caso de aquel centurión que
viene a pedirle a Jesús por el criado que tiene en casa muy enfermo. Tiene la
seguridad de que Jesús le va a escuchar, que no será necesario ni siquiera el
que Jesús vaya a su casa para curarle.
Cuando el
centurión le cuenta a Jesús su problema, del criado que tiene enfermo de
muerte, y Jesús le dice que El va a curarlo – Jesús que se quiere acercar junto
al lecho del enfermo, como hizo con la hija de Jairo, como hizo con el
paralítico de la piscina, como le vemos tantas veces a lo largo del evangelio –
aquel centurión le replica. ‘Señor, no soy digno…’ tú puedes hacerlo con
tu palabra, igual que yo le doy órdenes a mis soldados o a mis criados para que
hagan las cosas. Pero es que yo no soy digno de que entres en mi casa.
¿Se sobresaltó
aquel hombre porque Jesús le dijo que iba a ir a su casa? Ya sabemos que lo que
predominaba en aquel corazón era la fe, una fe humilde, pero una fe grandiosa.
Algunas veces quizás nosotros nos sobresaltamos por nuestros miedos, por no
querer quizá comprometernos, porque la presencia de Jesús nos interroga por
dentro, porque el encuentro con la gracia cambiaría quizás muchas cosas en mi
vida.
Pedimos, pero
quizás nos quedamos en unas posturas lejanas y poco comprometidas, unas
posturas llenas de temores y de complejos, porque quizá no queremos que los
demás se enteren. Y no dejamos que el sacerdote llegue junto al lecho de un
familiar enfermo disculpándonos que el enfermo se va a morir del susto; y no
queremos que nos vean que nosotros somos muy religiosos; y no nos manifestamos
públicamente con nuestra fe, porque ahora no sé lo que van a pesar de mi; no
queremos llevar visible un signo religioso porque parece que eso chocaría con
la mentalidad de nuestro alrededor que decimos tan moderna; y disimulamos
nuestras posturas o nuestros principios porque para la gente de ahora no son
las cosas políticamente correctas… Cuántos disimulos, cuántas posiciones
ocultas, cuántas cobardías, cuántos miedos, cuántos complejos…
Pero aquel
centurión si no quería que Jesús fuera a su casa no era sino porque no se
consideraba digno; él confiaba plenamente en la palabra salvadora de Jesús y
era solamente eso lo que necesitaba; él no se quería poner con exigencias
aunque desde su posición de poder como centurión pareciera que fuera una
postura fácil, aunque con Jesús ya sabemos que eso no valía. Mereció la
alabanza de Jesús. ‘En todo Israel no he encontrado en nadie tanta fe’.
Y aquel centurión no era un israelita, era un romano, era un gentil.
¿Necesitamos
algo más? copiar la fe, la confianza absoluta y la humildad de aquel hombre.











