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sábado, 20 de marzo de 2021

Este evangelio de hoy ha de ayudarnos a que nos hagamos preguntas para ver dónde realmente estamos, cuál es el pensamiento o la idea que tenemos de Jesús

 


Este evangelio de hoy ha de ayudarnos a que nos hagamos preguntas para ver dónde realmente estamos, cuál es el pensamiento o la idea que tenemos de Jesús

Jeremías 11, 18-20; Sal 7; Juan 7, 40-53

‘Signo de contradicción’, lo había anunciado el anciano profeta Simeón. Ante Jesús hay que decantarse, decidirse claramente por un lado o por otro. Es alguien ante el que no nos podemos quedar indiferentes. Sus palabras y sus gestos nos inquietan, nos interrogan, nos hacen sentirnos incómodos.

Claro que en la vida cuando nos sentimos incómodos porque aquello nos interroga por dentro, porque nos hace descubrir que hay otros planteamientos, pero que esos planteamientos comprometen tenemos el recurso de la huida, no querer ver ni escuchar, no darnos por enterados. Lo hacemos tantas veces y ante tantas situaciones distintas. Porque llega un amigo o un vecino que nos cuestiona lo que estamos haciendo porque él cree que se podría hacer de otra manera y nos sentimos incordiados, decimos que cuanto sacrificio estamos haciendo con lo que ya hacemos y podemos terminar por darle la espalda. Otras veces llegamos al desprestigio y quitarle autoridad a quien nos cuestiona, ¿qué sabe él de esto? ¿Por qué no se mete en sus cosas y resuelve sus problemas en lugar de venir a incordiar? Ya sabemos cómo somos cuando nos dicen cosas que nos dejan intranquilos; al final quizá tomamos las de Villadiego, como se suele decir.

Pero serán los que no tienen malicia en el corazón los que aceptaran esos cuestionamientos, serán los que se planteen que las cosas pueden ser distintas, que tiene razón quien viene ahora haciéndose preguntas. Pero ya encontraremos la manera de hacernos oídos sordos a esas palabras sensatas que podemos escuchar. Así vamos en la vida dando bandazos, de un lado para otro, sin comprometernos en nada, dejando pasar la verdadera oportunidad que nos llevaría por caminos de mayor plenitud.

De todo eso y mucho más pasaba con Jesús. Era, sí, un signo de contradicción, porque era un interrogante para las gentes de su tiempo como sigue siéndolo hoy si con sinceridad lo escuchamos, si no ponemos filtros en nuestro pensamiento o en la manara de responder al llamamiento que nos va haciendo Jesús para que aceptemos el Reino de Dios, pero con ese sentido nuevo y vital que El quiere que le demos.

Es lo que nos relato  hoy el evangelista, que parece como que nos hace un resumen de la opinión diversa y hasta contradictoria de mucha gente. Han mandado prenderle, porque ya están pensando que hay que quitarlo de en medio no sea que las cosas vayan a más y vaya a haber un disgusto con las autoridades romanas. Pero hay gente que dice que nadie ha hablado como El, nadie lo ha hecho con tal autoridad, nadie se ha mostrado como el gran profeta que se está manifestando Jesús. Pero por otra parte están los que quieren desautorizar sus palabras porque es un galileo y, como dicen ellos, la salvación viene de los judíos, viene de Jerusalén.

No llegan a entender los caminos de Jesús, no quieren terminar descubrir todo el misterio de su vida. Por allá saldrá Nicodemo, el que había ido de noche a hablar con Jesús, intentando defenderlo, diciéndoles que no se puede condenar a nadie sin escucharle. Los que fueron a prenderle no pudieron hacer nada porque ellos se sintieron también cautivados por las palabras de Jesús y además temían a la gente que lo tenía como un profeta.

Pero no nos quedemos ahí. Preguntémonos a nosotros mismos qué significa Jesús para nosotros; preguntémonos si de verdad le escuchamos con corazón bien abierto y desde la sinceridad de nuestra vida o también vamos poniendo nuestros filtros, nuestros prejuicios y no terminar de aceptar plenamente a Jesús.

Este evangelio de hoy ha de ayudarnos a que nos hagamos preguntas para ver donde realmente estamos, cuál es el pensamiento o la idea que tenemos de Jesús. Busquemos a Jesús, queramos conocer a Jesús, queramos en verdad empaparnos de su vida para vivir su vida en plenitud. ¿Por dónde andamos con nuestra fe?

viernes, 19 de marzo de 2021

Dios nos va sorprendiendo a cada paso y como san José sabremos leer los caminos de Dios dejándonos conducir por la obediencia de la fe

 


Dios nos va sorprendiendo a cada paso y como san José sabremos leer los caminos de Dios dejándonos conducir por la obediencia de la fe

2Samuel 7, 4-5a. 12-14a. 16; Sal 88; Romanos 4, 13. 16-18. 22;  Mateo 1, 16. 18-21. 24a

‘Era el hijo de José, el carpintero’, darían como referencia para Jesús cuando fue a su pueblo y se levantó en la sinagoga para hacer la lectura. Y hoy la Iglesia y la liturgia nos hace volver la vista hacia san José, el esposo de María, de la cual nació Cristo, como se nos dirá en otro momento del evangelio. Y este año el Papa Francisco con una breve carta apostólica sobre san José nos invita a celebrar el año de san José; inmersos en ello estamos desde el pasado 8 de diciembre, día de la Inmaculada Virgen María.

Justo, pues, que esta fiesta de san José que a causa de la pandemia estamos pasando por debajo de la mesa como decimos cuando no podemos celebrar un acontecimiento familiar, un cumpleaños de alguno de sus miembros. Nos pasa que no podemos darle mucha solemnidad externa, pero eso no nos quita para que reflexionemos sobre su figura y desde las pocas líneas que el evangelio le dedica entresaquemos hermoso mensaje y testimonio que nos ayude en el camino de nuestra vida cristiana, como queremos hacer siempre con la fiesta de cualquier santo.

Hombre de fe y hombre humilde como el que más, hombre abierto al misterio de Dios y obediente a sus designios no siempre de fácil comprensión y asimilación. Es el hombre creyente que sabe rumiar todo el misterio de Dios que envuelve su vida. No era hombre de decisiones apresuradas pero sí siempre pronto a confrontar su vida y lo que le sucedía con el misterio de Dios que todo lo envolvía. Es el hombre bueno que querrá hacer sufrir a nadie por la toma de sus decisiones, sino que siempre se abre al designio de Dios que se le revela, pero que él sabe leer esa revelación en aquello que le va sucediendo.

No es poco lo que hasta aquí estamos diciendo. Noches oscuras turbaban su vida cuando siendo bueno y siendo recto su vida se ve envuelta en hecho que pudieran mancillar su reputación y la de las personas que él más quería. El misterio que sucede en María y que él no termina de entender estaba poniendo en juego su rectitud y su madurez humana como hombre. La afecta profundamente a su vida pero ni quiere escandalizar, ni quiere dañar a nadie, por eso decide actuar en el silencio. Qué lección más bonita que tenemos que aprender, guardar silencio ante lo que sucede y no comprendemos; guardar silencio pero abrir su corazón a quien se le puede revelar en ese silencio o a quien en el silencio le habla y le señala caminos. Es le hermosa lección que de José aprendemos.

Y en el silencio de la noche, en el silencio de las horas pasadas en profunda reflexión dando vueltas y más vueltas a cuanto le sucede, en el silencio que se hace oración y apertura a Dios, José escucha en su corazón, José escucha la voz de Dios que le habla por el ángel del Señor y José llegará a comprender y aceptar todo el misterio de Dios tantas veces incomprensible. Cuánto bien nos hace rumiar una y otra vez en nuestro interior esos misterios de Dios que se nos revelan y nos tienen que llevar también a la toma de decisiones sobre lo fundamental de nuestra vida.

Así se nos muestra san José como ejemplo de lo que ha de ser la obediencia de la fe. Esa obediencia de la fe, cuando desde la luz de la fe y aunque los razonamientos humanos parezca que van en otro sentido, nosotros sabremos decir Sí, como lo hizo san José. Tras las palabras del ángel cuando en principio él pensaba huir lejos de cuanto le estaba sucediendo sin embargo se lleva a María, su mujer a casa; pero es el sí que siempre lo está poniendo en camino, primero Belén, más tarde Egipto, finalmente de nuevo Nazaret. No eran sus caminos pero eran los caminos que había que recorrer porque eran los caminos de Dios, aunque él nunca hubiera pensado tener que recorrer esos caminos.

Es lo sorprendente de san José, como muchas veces son sorpresas los caminos que se van abriendo delante de nosotros cuando sabemos hacer silencio para dejarnos conducir por el ángel del Señor. No siempre hemos hecho lo que pensábamos o hicimos lo que nunca habíamos pensado que tendríamos que hacer; es la vida que nos va sorprendiendo, pero que el verdadero creyente que nosotros hemos de ser a la manera de san José, descubrimos que no es la vida la que nos da las sorpresas sino que es Dios quien nos va sorprendiendo minuto a minuto cuando son sinceridad y con humildad nos ponemos a recorrer sus caminos.

Abramos los ojos para no perdernos la sorpresa de Dios, para sentirnos siempre inundados por su presencia y por su amor.

jueves, 18 de marzo de 2021

Vayamos al encuentro con Jesús porque en El y solo en El podremos obtener vida y una vida que es para siempre, eterna

 


Vayamos al encuentro con Jesús porque en El y solo en El podremos obtener vida y una vida que es para siempre, eterna

Éxodo 32, 7-14; Sal 105; Juan 5, 31-47

Podríamos ver en este texto del evangelio que hoy se nos propone toda una clase de teología, Sí, la teología es toda la reflexión que nos hacemos sobre el misterio de Dios y donde valiéndonos también de recursos humanos con su metodología propia nos hacemos una reflexión ordenada de todas las pruebas que tenemos para afirmar con toda certeza esa parte del misterio de Dios que estamos reflexionando.

Es cierto que toda esa reflexión teológica nos ayuda a meternos más hondamente en ese misterio de Dios, ha sido el camino también por el que a través de los tiempos y desde la inteligencia y el saber de los teólogos hemos podido también avanzar en la comprensión y en la vivencia del misterio de Cristo.

Estas reflexiones que aquí nos hacemos son también parte de esa teología, aunque quien las esté expresando y explicando no tenga la sabiduría suficiente para hacer esa interpretación del misterio de Dios. Pero como hemos venido expresando todo esto tiene que llevarnos a una vivencia, que surge de lo más hondo del corazón, en la que por supuesto nos valemos de todos esos conocimientos y capacidades intelectuales pero que se va a traducir en las obras de la fe que se traducen y se expresan en la vida.

Sí, es cierto, y tenemos que llegar a la mejor, a la más profunda comprensión, pero ha de ir siempre acompañada por un acto de fe; un acto de fe para decir Sí, para ponernos en sus manos, para dejarnos conducir y guiar, para que se exprese en todo lo que es nuestra vida. Decimos que es la vida de un creyente, la vida de quien cree, de quien dice Sí a Dios y a su misterio de vida y salvación, de quien se pone en sus manos y camina iluminado por esa luz de la fe.

Muchas veces nos cuesta, sentimos la tentación de volvernos atrás sobre todo cuando vemos a todo lo que nos compromete en la vida; es como si no quisiéramos vernos atados, cuando simplemente dándole el sí de nuestra fe a Jesús viviremos en la libertad verdadera porque nos encontramos sumergidos en la vida de Dios. No siempre es fácil, sin embargo, y hablaremos de nuestra autonomía o de nuestra libertad pero nos sentiremos así porque aún no nos hemos encontrado con Jesús.

Porque no se trata de raciocinios, sino que se trata de corazón. El que llega a conocer a Jesús y a poner toda su fe en El se siente como cogido por Dios y ya no podrá vivir ninguna otra cosa porque en nada sin Jesús podrá alcanzar esa plenitud de vida a la que todo aspiramos.

Pero necesitamos confiarnos para dejarnos seducir, para dejarnos cautivar, para dejarnos llenar por la vida de Jesús. Luego nos sentiremos los más grandes y los más felices, porque solo alcanzaremos la plenitud para nuestra vida. Es Jesús nuestra plenitud, es Jesús quien lo es todo para nosotros, es Jesús por el que merece dejarlo todo, porque lo demás será vacío y sin sentido si no tenemos a Jesús en el centro de nuestro corazón.

Jesús les decía a los judíos que le escuchaban: ‘Estudiáis las Escrituras pensando encontrar en ellas vida eterna; pues ellas están dando testimonio de mí, ¡y no queréis venir a mí para tener vida!’ ¿Nos podrá pasar eso que tampoco nosotros queramos tener vida? vayamos al encuentro con Jesús.

miércoles, 17 de marzo de 2021

Sigamos dando esos pasos del camino de cuaresma para que culminemos de verdad en la Pascua del Señor, que será también nuestra Pascua pasando de la muerte a la vida

 


Sigamos dando esos pasos del camino de cuaresma para que culminemos de verdad en la Pascua del Señor, que será también nuestra Pascua pasando de la muerte a la vida

Isaías 49,8-15; Sal. 103; Juan 5, 17-30

El camino de cuaresma que vamos recorriendo se va acercando a su meta; aun nos quedan días, un par de semanas para llegar al triduo pascual, pero la Palabra de Dios que ha venido iluminando nuestro camino se va intensificando precisamente con los relatos en que aparece ya cómo los dirigentes judíos quieren quitarse de en medio a Jesús.

Lo consideran algo así como un hereje o un blasfemo porque la afirmación que va haciendo Jesús de sí mismo y tal como nos va apareciendo en el evangelio es algo que no pueden soportar, que no pueden admitir. Que Jesús llame a Dios Padre, aunque lo de menos serían las palabras a las que se podría dar muchas interpretaciones, sino la actitud con que se manifiesta Jesús como verdadero Hijo de Dios que se manifiesta en total fidelidad a lo que el Padre le ha pedido. Esto colma el vaso, podríamos decir, supera todo lo que puedan aceptar, tienen que quitarlo de en medio.

Son textos que nos ayudan a definirnos en referencia a Jesús, son textos que nos van manifestando toda esa intriga contra Jesús por parte de las autoridades judías y los que se consideran principales dirigentes del pueblo judío; toda esa inquina con la que irán preparando su muerte. Pero como nos dirá Jesús en otro momento, nadie le quita la vida, sino que El la entrega libremente, porque con una misión ha venido y ha llegado la hora del anuncio del Reino de Dios y su realización cuya culminación estará con su entrega en la cruz por nosotros y por nuestra salvación.

¿Qué nos queda a nosotros? Poner toda nuestra fe en El. Así obtendremos vida eterna. Como nos dice hoy; ‘En verdad, en verdad os digo: quien escucha mi palabra y cree al que me envió posee la vida eterna y no incurre en juicio, sino que ha pasado ya de la muerte a la vida’. Podremos poseer la vida para siempre, la vida eterna, pasamos de la muerte a la vida. En nosotros se ha de realizar la pascua. Porque no es solo un recuerdo lo que nosotros vamos a hacer; vamos a vivir, a vivir la Pascua de Jesús, hacerla realidad en nosotros. Por eso hemos de pasar de la muerte a la vida. Con Cristo hemos de morir, el pecado ha de quedar sepultado para siempre en nosotros; lo hemos de arrancar y arrojar de nuestra vida.

Muchas señales de esa renovación hemos venido viendo a través del evangelio que hemos venido escuchando; pero esa renovación tiene que realizarse en nosotros. Siguen siendo momentos de reflexión, de examen de nuestra vida, de ver cual es la realidad que hay en nosotros, de analizar con todo detalle de todo aquello de lo que tenemos que arrancarnos y aunque nos cuesta dar los pasos necesarios de renovación, de encuentro con la gracia, de llenarnos de la vida nueva que nos ofrece Jesús.

Por eso es tiempo de mucha oración. No es algo que vamos a ir realizando por nosotros mismos. Es una gracia del Señor, pero tenemos que orar para abrir de verdad nuestro corazón a esa gracia, hemos de orar para sentir la fuerza de Dios en nosotros, la fuerza del Espíritu Santo que nos transforma, hemos de orar porque no será algo que hagamos solo por nosotros mismos sino que será con la fuerza del Señor.

Tiempo de oración y tiempo de acercarnos a la gracia sacramental. Es en el Sacramento donde se realiza ese momento de gracia, ese momento de renovación verdadera de nuestra vida; es el sacramento donde nos gozaremos en el perdón del Señor para tantas debilidades de nuestra vida, y es en el sacramento donde podremos llegar a sentirnos hombres nuevos de gracia porque comenzaremos a vivir a Jesús. ‘Quien escucha mi palabra y cree al que me envió posee la vida eterna… sino que ha pasado ya de la muerte a la vida’, escuchábamos y repetíamos hace un momento.

Es lo que se va a realizar en nosotros. Sigamos dando esos pasos del camino de cuaresma para que culminemos de verdad en la Pascua del Señor, que será también nuestra Pascua.

martes, 16 de marzo de 2021

Jesús va delante abriendo caminos, rompiendo barreras, haciendo visibles otros horizontes, dándole sensibilidad a la vida para encontrar un sentido nuevo de existir

 


Jesús va delante abriendo caminos, rompiendo barreras, haciendo visibles otros horizontes, dándole sensibilidad a la vida para encontrar un sentido nuevo de existir

Ezequiel 47, 1-9. 12; Sal 45; Juan 5, 1-16

El agua siempre decimos es fuente de vida, pues sin agua no podemos vivir y es la esperanza de todos los pueblos sedientos - ¿no andamos buscando indicios de agua en el planeta Marte para saber si allí hubo vida o allí un día podríamos vivir – pero también la podemos ver como causa de destrucción y de muerte como podemos contemplar en graves y grandes cataclismos de la humanidad, en torrentes que se desbordan, en lluvias torrenciales que todo lo inundan, o en aguas desbocadas que van produciendo destrucción a su paso por donde sea.

Igualmente podemos decir el agua puede ser círculo que nos encierre e incomunique, o al mismo tiempo camino que se abre en el mar que nos lleva otros horizontes, a otros lugares, o al encuentro con otros pueblos y personas.

Recuerdo hace muchísimos años asistiendo a un curso en Madrid, alguien que procedía no recuerdo bien de qué región española, al saber que yo vivía en las islas me decía que él no podría vivir en una isla porque se sentía encerrado en ella rodeado de mar por todas partes; yo le decía lo contrario, que no me sentía cerrado sino abierto a otros horizontes, que contemplar el horizonte en el mar que nos rodea me llevaba aunque fuera en la imaginación y en el deseo hacia otros mundos y hacia otros países, que el mar era para mi camino que me llevaba a otros lugares y me abría al contacto con otros pueblos.

No sé si a todos los que vivimos en islas les sucede así, pero mi experiencia desde niño al ver partir a mis hermanos primero y luego a mi padre en un barco que se hacía a la mar y que los llevaba a otros mundos buscando una vida mejor, era imagen que se había quedado grabada en mí y me abría a nuevos horizontes a pesar de lo traumático de aquellas despedidas.

Mucho significado y mucha riqueza podemos encontrar en la imagen del agua, signo de vida como puede ser signo también de purificación y de un renacer y de un revivir. Así nos la presenta la Biblia en muchísimas ocasiones, tal como hoy también escuchamos. El profeta nos habla del agua que manaba del templo del Señor y que llegaba al mar de aguas pútridas para purificarlo y llenarlo de vida; cómo a su paso van apareciendo las plantas y la vida, sus orillas se llenan de árboles frutales, como un signo de la vida y de la salvación que manan de las plantas de Dios.

Ha servido de texto de referencia para lo que luego escuchamos en el evangelio. Se nos habla de una piscina que con el movimiento milagroso de sus aguas también llenan de vida y salvación a los enfermos postrados en sus pórticos si a tiempo se pueden introducir en esa agua. Pero allí hay un enfermo que lleva muchos años, treinta y ocho nos apunta el evangelista, sin poderse introducir a tiempo en el agua porque no tenía quien le echara una mano. Nos habla de una discapacidad en su parálisis, pero nos habla en una soledad en la insolidaridad de los que le rodean. No puede llegar al agua de la vida y que podría traerle la salvación. Un pequeño salto desde el pórtico donde estaba postrado que se convertía en una barrera infranqueable que le impedía alcanzar la vida.

Creo que casi debemos detenernos ahí en este momento. Cuántas barreras que encontramos en la vida, que nos pueden encerrar, que nos pueden impedir incluso soñar con ir más allá, que son obstáculo para que nos abramos otros caminos en la vida. la barrera principal no era la discapacidad; la barrera y la discapacidad está en quienes podemos ayudar y no ayudamos, en quienes tendríamos que pensar en los que nos rodean pero solo pensamos en nosotros mismos, en quienes vamos poniendo obstáculos porque pensamos más en unos protocolos, normas o preceptos que en el dolor que puede haber en otros corazones, en quienes tendríamos que tener los brazos abiertos pero solo nos palpamos a nosotros mismos y a nuestros intereses, a quienes tendríamos que ser sensibles ante las limitaciones en que se podrían encontrar muchos de los que nos rodean, pero preferimos mirar a otro lado o hacernos los ciegos en nuestra insensibilidad.

Menos mal que Jesús va delante de nosotros abriendo caminos; no se deja notar porque ni siquiera aquel hombre curado sabrá quien es el que lo ha curado, pero ahí queda su obra, su salvación, su vida que va repartiendo por doquier. No se pone medallas por lo que ha hecho sino solo le pide la fe y la confianza a aquel hombre para que ahora comience a portarse de manera nueva no vaya a caer en las mismas insensibilidades de los que le rodeaban y le tenían sumido en la más terrible soledad.

Y nosotros ¿qué vamos a hacer? ¿Nos sentiremos igualmente encerrados o nos abriremos a los nuevos horizontes que Jesús pone delante de nosotros?

lunes, 15 de marzo de 2021

Confianza o desconfianza, quedarnos estáticos o ponernos en camino, mirar con nuestra mirada o descubrir la hora de Dios, es la apertura a la fe que va a envolver toda nuestra vida

 


Confianza o desconfianza, quedarnos estáticos o ponernos en camino, mirar con nuestra mirada o descubrir la hora de Dios, es la apertura a la fe que va a envolver toda nuestra vida

Isaías 65, 17-21; Sal 29; Juan 4, 43-54

Si no lo veo,  no lo creo. ¿Desconfiados? No siempre nos lo queremos tragar todo. Unos más confiados, pero otros desconfiados de siempre. Es que oímos tantas cosas, que no todo nos lo podemos creer. Y no se trata solamente en el orden de la fe como don sobrenatural, sino que es esa credibilidad que tenemos los unos en los otros; pero tenemos tantos motivos de desconfianza, que en muchas cosas queremos asegurarnos bien. Se trata de nuestras relaciones personales entre unos y otros y la credibilidad que nos damos, o se trata de cosas que nos cuentan, noticias que nos traen, cosas asombrosas que nos dicen que suceden aquí o allá, y andamos como gatos escarmentados de agua fría; todo queremos pasarlo por el tamiz muy particular que tenemos de valorar la credibilidad de quien nos cuenta cosas.

Pero se trata también en el orden religioso, sobrenatural, de nuestra relación con Dios, de lo que escuchamos y se nos dice Palabra de Dios, de lo que pudiera animar o no la fe que nosotros tengamos. También aparecen nuestras dudas y nuestras desconfianzas; también cuando pedimos, aunque decimos que lo hacemos con fe, sin embargo tenemos nuestras convicciones previas o ponemos nuestras condiciones. Algunas veces, yo también me lleno de dudas y temo juzgar de mala manera a los demás, pero me pregunto si todo lo que le decimos como Palabra de Dios la gente se lo cree; si, incluso, los milagros que escuchamos en el evangelio que Jesús realiza nosotros nos lo creemos o también tenemos nuestras reservas y nuestras explicaciones propias.

Hoy nos sorprende el evangelio. Nos hace un relato previo de la venida de Jesús desde Judea atravesando Samaría, y ha llegado a Galilea, en concreto a Caná de Galilea. Este pueblo es mencionado en varias ocasiones, por ahí andan las bodas de Caná con el agua convertida en vino, por ahí anda una viuda que cuando iban a enterrar a su hijo Jesús le sale al paso y se lo devuelve con vida, por ahí anda que es la patria chica de algunos de los apóstoles, Natanael, por ejemplo. Y cuando Jesús está ahora en Caná viene un hombre desde Cafarnaún porque tiene un hijo gravemente enfermo y al escuchar los milagros que Jesús realiza sube al encuentro de Jesús.

‘Si no veis milagros, signos y prodigios, no creéis’, le dice Jesús de entrada cuando aquel hombre se presenta rogándole por la salud de su hijo. El hombre, que era un funcionario real, insiste ‘Baja antes de que mi hijo muera’. Y la respuesta de Jesús es corta y es clara. ‘Tu hijo vive, anda ponte en camino’. Y el hombre creyó. Podía haber pedido pruebas, podría seguir insistiendo, podría haberse presentado con todas las humildades del mundo pero esperando una señal de Jesús. Pero bastaron esas palabras ‘anda, tu hijo vive’ para que aquel hombre se pusiera en camino.

Allí estaba su fe, pero no sabemos si sus dudas interiores persistían. Cuando en su camino de regreso se encuentra a sus criados que le traen la buena nueva de que su hijo está vivo, aun pregunta la hora en que lo abandonó la fiebre. Era la misma hora de la Palabra de Jesús. Y el hombre creyó totalmente, él y su familia.

Es necesario ponerse en camino; la fe no nos paraliza ni nos deja quietos. Aunque la fe sea débil es necesario salir, porque en el camino vamos a encontrar todas las certezas que necesitamos para nuestra fe. No nos podemos quedar estáticos a que vengan a traernos todas las pruebas. Tenemos que confiar en la Palabra, que es la hora de Jesús, que es la hora de Dios que tenemos que saber escuchar. Esa campana que nos hace sonar la hora de Dios algunas veces no terminamos de escucharla, porque estamos esperando otros sonidos, otros signos, otras campanas que suenen a nuestra manera. Y no es a nuestra manera sino a la manera de Dios.

Por eso tenemos que creer en su palabra, porque tenemos que darnos cuenta del momento en que hemos de ponernos en camino. La prueba y la señal no estarán en palpar a nuestra manera, o en ver solo con nuestros ojos que muchas veces siguen turbios. Que el colirio de la fe ilumine nuestros ojos, nos llene de claridad, despierte nuestra fe dormida, nos haga ponernos en camino, nos haga abrirnos a la hora de Dios.

domingo, 14 de marzo de 2021

Dos momentos, vividos espiritualmente en la Pascua de Jesús, la liberación y la fidelidad de Dios, que siguen estando presentes en nuestra historia de salvación

 


Dos momentos, vividos espiritualmente en la Pascua de Jesús, la liberación y la fidelidad de Dios, que siguen estando presentes en nuestra historia de salvación

2Crónicas 36, 14-16. 19-23; Sal 136; Efesios 2, 4-10; Juan 3, 14-21

La historia de las personas y de los pueblos suele estar marcada por experiencias vividas con gran intensidad y que de alguna manera le dan como un sello de identidad, ya sea la persona, ya sea la comunidad. Todos hemos tenido momentos importantes en la vida que nos han marcado, que no podemos olvidar, que nos señalan de alguna manera un antes y un después; y como lo decimos de los individuos lo decimos de la sociedad, lo decimos de nuestros pueblos. Acontecimientos de la historia que han marcado del devenir de nuestros pueblos que no son los mismos antes o depuse de tales acontecimientos.

Durante siglos España estuvo marcada por el acontecimiento del viaje de Colon y el descubrimiento de un nuevo mundo América, de manera ha sido momento de división o de encuentro de diversas etapas de la historia, pasar de la edad media a la edad del renacimiento o edad moderna fue algo que marcó no solo la historia de España sino del mismo mundo.

Igualmente acontecimientos más recientes en el devenir de nuestra historia por su gravedad, por todas las circunstancias que concurrieron a su alrededor han marcado la historia de España en el último siglo. Individualmente todos recordaremos también hitos importantes de nuestra historia personal que han dejado huella en nuestra vida.

En la historia de la salvación, siguiendo la historia del pueblo de Dios, el pueblo de Israel también hubo momentos que determinaron su historia y su vida. Un primer momento fue la liberación de Egipto con el paso del mar Rojo; por eso cada año celebraban la Pascua, el paso del Señor, el paso de liberación y salvación. Pero otro fue el momento en el destierro y cautividad de Babilonia; ese sería el momento de la fidelidad de Dios para con su pueblo; a pesar de las infidelidades del pueblo que les había llevado a desastre y a la pérdida, en cierto modo, de su identidad como pueblo, Dios se mantuvo fiel a la Alianza que había hecho con su pueblo y así obtendrían un día de nuevo la liberación. De ello nos ha hablado la primera lectura de hoy.

Pero son dos momentos, vividos espiritualmente en la Pascua de Jesús, la liberación y la fidelidad de Dios, los que siguen estando presentes en nuestra historia de salvación. Son los que mantienen viva nuestra fe, como respuesta a esa fidelidad de Dios. Es lo que nos hace celebrar nosotros cada año la Pascua de Jesús como signo de esa liberación que nosotros hemos de vivir también, pero como camino de fidelidad en nosotros a imagen de la fidelidad de Dios para con su pueblo.

San Pablo nos ha hablado hoy maravillosamente de ello en la lectura de la carta a los Efesios. Nos habla de la misericordia de Dios que permanece inalterable a pesar de nuestras infidelidades y pecados; una misericordia que nos llena de esperanza porque no nos sentiremos castigados para siempre sino que en la entrega de Jesús sabemos que tenemos el perdón y la gracia, el regalo de la vida de Dios que nos ofrece. 'Por gracia estáis salvados, mediante la fe’, nos dice. ‘Y esto no viene de nosotros, sino que es un don de Dios’. No podemos cansarnos de dar gracias, una y otra vez nos ponemos en camino del encuentro con la misericordia.

Y el evangelio que hoy escuchamos es el culmen de todo ese maravilloso mensaje. Nos encontramos ante una de las páginas más bellas y más profundas de todo el evangelio. Casi no es necesario hacer mucho comentario. ‘Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él’.

Son las palabras de Jesús a Nicodemo, aquel hombre principal entre los judíos que fue de noche a ver a Jesús. En la oscuridad de la noche encontró la luz. Qué hermoso el juego de imágenes que Juan nos ofrece en el evangelio. Son las palabras que a nosotros nos iluminan también y nos llenan de esperanza. No nos sentiremos condenados para siempre porque Jesús no viene a condenar sino a salvar. Cómo se regocija nuestro espíritu, cómo nos sentimos impulsados a vivir en la fidelidad, cómo queremos renovar la alianza una y otra vez en nosotros.

Tenemos que rumiar estas palabras una y otra vez en nuestro corazón en este camino que estamos haciendo de preparación para la celebración de la Pascua. Cómo sentimos el gozo de la fidelidad de Dios que mantiene su alianza a pesar de que tantas veces nosotros la hemos roto con nuestro pecado. Cómo tenemos que intensificar los pasos que vamos dando en este camino cuaresmal para que se realice en nosotros esa renovación pascual.

Recordemos esos hitos de nuestra historia personal en que en diversos momentos de la vida hemos vivido con especial intensidad en nuestra vida la misericordia del Señor. Todos hemos tenido alguna vez noches oscuras, momentos oscuros de nuestra vida, momentos en que nos hemos sentido rotos por dentro pero que un día apareció de nuevo la luz en nuestra vida para recomenzar a vivir de forma distinta. Esas experiencias de Dios que hemos tenido no las podemos olvidar de ninguna manera porque han marcado nuestra vida y porque siguen siendo motores que nos ayuda a vivir en la fidelidad y en el amor.

sábado, 13 de marzo de 2021

Seamos sinceros ante Dios siendo sinceros ante nosotros mismos y humildes para reconocer la obra del Señor seremos capaces de mostrarnos con sinceridad delante de los demás

 


Seamos sinceros ante Dios siendo sinceros ante nosotros mismos y humildes para reconocer la obra del Señor seremos capaces de mostrarnos con sinceridad delante de los demás

 Oseas 6, 1-6; Sal 50; Lucas 18, 9-14

Qué difícil se nos hace ser sinceros, pero quiero decirlo de una forma más concreta, ser sinceros con nosotros mismos. Siempre encontraremos una bonita cosa para nuestra justificación; siempre tenemos una explicación de aquello que hacemos para sacarle la mejor partida pero a favor nuestro; siempre encontraremos una razón o un por qué para quedarnos bien, para acallar la conciencia, para aparecer como buenos, porque encima, decimos, hacemos tantas cosas buenas.

Pero cuidado que esa lista de cosas buenas que hacemos son una tapadera; lo de menos que buscamos es la gloria del Señor, lo que estamos buscando es tener en mano una lista de todas esas cosas buenas que hacemos que las ponemos como rédito para buscar unos merecimientos, unos méritos que nos justifiquen o que, como decíamos, nos sirvan de tapadera.

Solo por un camino de sinceridad emprenderemos la senda que nos lleva a la autenticidad de nuestra vida y nos conducirá a la humildad del reconocimiento de lo que somos y de lo que son nuestras debilidades. Solo en ese camino de humildad terminaremos reconociendo de verdad la grandeza y la maravilla de lo que es el amor del Señor.

Pero como decíamos nos cuesta ser sinceros incluso con nosotros mismos. Y es que es por ahí por donde tenemos que empezar, reconocer la verdad de nuestra vida, que no es tan santa, que no es tan generosa y altruista como queremos aparentar, que tiene mucho de vanidad para buscar nuestra propia gloria, que en el fondo nos hará sentir un vacío de nosotros mismos que no sabremos cómo llenar, por la superficialidad en que siempre hemos vivido.

Y es que nos vamos creando una imagen de la que no queremos desprendernos; una imagen de nosotros mismos de bondad, de generosidad, de altruismo, cuando todo lo hacíamos superficialmente, cuando no estamos buscando sino nuestras glorias y reconocimientos; ahora nos cuesta bajarnos de esos pedestales, desprendernos de esos ropajes falsos con que nos hemos vestido, y no nos gusta que nos vean débiles, pecadores, porque eso sería un desprestigio para nosotros.

Vayamos mirando con sinceridad lo que hemos hecho de nuestra vida; esos oropeles de los que nos hemos rodeado pero que todo son falsedad, vanidad, mentira; seamos capaces de ir dando esos necesarios pasos de humildad que serán los que nos llevarán a la verdadera grandeza, porque de lo contrario siempre estaremos viviendo en esa falsedad. ¿Cómo se nos han pegado a la piel del alma esos afeites de vanidad y de mentira, que cuando los queremos arrancar se nos desgaja el alma?

Habremos visto en la realidad de la vida quizá a una persona que siempre iba muy bien maquillada y adornada con miles de afeites, pero que un día la sorprendimos al saltar de la cama cuado se habían borrado de su cara todos esos maquillajes, lo vieja que nos pareció esa persona, lo estropeada que estaba en su piel. Pues así estamos nosotros, pero nos ocultamos para que no nos vean y nos seguimos poniendo caretas una sobre otra para mantener esas apariencias.

Seamos sinceros ante Dios porque seamos sinceros ante nosotros mismos; seamos humildes para reconocer la obra del Señor en nuestra vida y ya no sentiremos miedo de mostrarnos con la sinceridad de nuestra vida delante de los demás. Como nos dice el final de la parábola de los que fueron al templo a orar, el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido.

viernes, 12 de marzo de 2021

Ante las inquietudes e inseguridades que nos surgen en nuestro interior nos seguimos preguntando dónde está la principal que da sentido a nuestra vida

 


Ante las inquietudes e inseguridades que nos surgen en nuestro interior nos seguimos preguntando dónde está la principal que da sentido a nuestra vida

Oseas 14, 2-10; Sal 80; Marcos 12, 28b-34

Nos creemos que nos las sabemos todas y hasta pretendemos juzgar a los demás por las preguntas que hacen. Cuántas veces en esa nuestra autosuficiencia – que luego no se nota en la práctica que nos sabemos las cosas porque no las hacemos –digo que en nuestra autosuficiencia nos hemos atrevido a jugar a aquel  ‘escriba se acercó a Jesús y le preguntó: Maestro ¿cuál mandamiento es el primero de todos?’


Nos decimos que si lo hizo para poner a prueba a Jesús, que si iba de autosuficiente queriendo juzgar y condenar a Jesús según la respuesta que diera, que si era algo que todo buen judío tenia que saber de memoria, porque incluso había de repetirlo muchas veces al día… pero pienso que en aquella pregunta pudiera haber también reflejada una sed del corazón.

Quizá no siempre nos sentimos tan seguros como queremos aparentar; no nos sentimos satisfechos y pensamos si acaso no nos estaremos equivocando, que tendrían que ser otros los caminos, que quizás aún no hemos hallado la respuesta a lo fundamental, que podríamos estarnos quedando en cosas superficiales a las que les falta profundidad. Seguimos buscando la respuesta que nos ayude a encontrar lo que de verdadero sentido a nuestra vida. Por eso nos preguntamos y preguntamos, nos sentimos inquietos y si tenemos a alguien al alcance de nuestra mano que nos pudiera responder tampoco lo dejaríamos tranquilos. Claro que todo esto hay que hacerlo con sinceridad, con humildad, con apertura de espíritu, de nuestro espíritu, pero apertura al Espíritu, al Espíritu Santo que es el que en verdad nos puede guiar.

Pienso madres y padres en vuestra tarea educadora en la que tenéis que estar siempre dando respuestas, con vuestras palabras, con vuestro testimonio, con vuestra acogida, con vuestro saber poneros a la altura del hijo que hace preguntas para poder discernir bien su inquietud. Y pienso, por supuesto, en todos los que tienen esa misión y esa tarea de ser educadores, con paciencia, con humildad, con empatía, con comprensión, para saber caminar al lado pero para saber esperar a que el que pregunta vaya encontrando la respuesta, que no van a ser solo las palabras que nosotros le digamos.

Y ahí está la tarea de nuestros sacerdotes y de todos los que se sienten implicados en la tarea pastoral de la Iglesia; pienso en la labor maravillosa que pueden realizar y de hecho realizan muchas veces con pocos medios y con pocas ayudas para su preparación y propia formación los catequistas de niños y jóvenes de nuestras parroquias.

Jesús con aquel hombre que a nosotros tantas veces nos ha parecido impertinente con sus preguntas sin embargo mantuvo un diálogo muy hermoso, para que aquel hombre encontrara su respuesta, la repuesta que necesitaba a su inquietud y a su interrogante. Al final Jesús le dirá incluso que no estaba lejos del Reino de Dios.

Busquemos, preguntemos, interroguémonos por dentro, analicemos bien lo que vamos haciendo, tengamos, como decíamos antes, ese espíritu abierto, dejemos que se abran delante de nuestros ojos nuevos horizontes. Ayudemos igualmente a los que caminan a nuestro lado también con esos interrogantes; nuestro testimonio, nuestra palabra puede y tiene que ser luz para ellos también, pero sepamos acompasarnos al paso de los otros como lo hizo Jesús, como nosotros lo necesitamos en la vida, como tiene necesidad ese mundo que nos rodea envuelto muchas veces en tantas tinieblas pero que nosotros tendríamos que conducirles a la luz.

Una tarea hermosa tenemos por delante. Es la nueva evangelización, el nuevo anuncio del Evangelio que necesitamos y que necesita nuestra sociedad.

 

jueves, 11 de marzo de 2021

Decir que Dios es el Señor de nuestra vida significa que la construimos desde unos valores que nos trasmite el evangelio que llamamos el sentido cristiano de la vida

 


Decir que Dios es el Señor de nuestra vida significa que la construimos desde unos valores que nos trasmite el evangelio que llamamos el sentido cristiano de la vida

Jeremías 7,23-28, Sal 94, Lucas 11,14-23

En la vida social y política de un pueblo nos vamos encontrando con diversas manifestaciones u opiniones de cual es el concepto que nosotros tenemos de sociedad y conforme a ello cual sería el sentido que le quisiéramos dar a esa sociedad. Queremos crear una asociación, por ejemplo, y hemos de tener claro que es lo que pretendemos, cuales son sus fines y sus objetivos, que queremos aportar con esa asociación a la sociedad en la que vivimos y nos sentimos integrados; y quienes pertenecen a esa asociación tienen que estar bien imbuidos en esos principios con que la hemos constituido.

Decimos de una asociación, como decimos de la sociedad en su conjunto, y vienen las ideas, las proposiciones cada uno según aquello desde lo que cree que se debe constituir la sociedad; movimientos de opinión, partidos políticos que desde sus principios tienen una idea del estado, opiniones desde la vida cultural, o cada uno según sus propias ideas. Y es bueno que tengamos claras las ideas en este sentido, aunque nos parezca que estamos hablando de política, pero estamos hablando mejor de lo que consideramos lo mejor para nuestra sociedad.

Pero esta previa reflexión que quizá se necesitaría ahondar en muchas cosas muy concretas, sin embargo la expreso ahora casi como un ejemplo para que lleguemos a entender bien lo que ha de significar el evangelio para el cristiano. Hablamos mucho de evangelio, de valores evangélicos, del Reino de Dios y no sé si siempre los cristianos lo tenemos claro. Al hablar del Reino de Dios no sé cual es la idea que podamos tener en la cabeza, porque se nos puede quedar como en una institución o una idea que poco tiene que ver luego con lo que es la vida nuestra de cada día. Y de ello nos está hablando Jesús continuamente en el evangelio.

¿Qué significará decir Reino de Dios? ¿Qué significará nuestra pertenencia al Reino de Dios? ¿Algo así como a una asociación a la que nos apuntamos como podemos apuntarnos a otras cosas? En cuantas cosas nos apuntamos simplemente para figurar en una lista pero sin ninguna repercusión en la vida. Pues hablar del Reino de Dios no lo podemos mirar así, una lista a la que nos apuntamos y que acaso nos obligue a asistir en alguna ocasión a algún acto. De ninguna manera, podemos pensar así.

La palabra misma nos lo dice, Reino de Dios. ¿Qué significa? ¿Tendrá que ser un reconocimiento de que Dios es el único Señor de nuestra vida? aquí hay algo muy importante que tenemos que tener muy claro.

Hoy Jesús en el evangelio curó a un hombre que era mudo, y en la expresión muy propia del evangelio de aquellos tiempos, nos habla de la expulsión de un demonio de un hombre que era mudo. Era como decir que el maligno se había apoderado de aquel hombre y el mal se estaba manifestando en que no podía hablar, en la limitación de no poder hablar, de ser mudo. Y Jesús lo libera de aquel mal.

Ya decimos muchas veces que los milagros de Jesús son signos, signos de la liberación profunda que quiere realizar en nosotros y no es solo el mal de una limitación física o una enfermedad lo que Jesús quiere realizar en nosotros sino una transformación total de nuestra vida viéndonos liberados del mal más profundo que puede afectar a la persona.

Al escuchar el evangelio vemos que se originó una controversia con aquellos que no reconocían el poder de Jesús y que le achacan lo que hace al poder del príncipe de los demonios. No entramos demasiado en ello ahora en estos momentos. Pero Jesús termina aclarándonos que sin con dedo de Dios, el poder de Dios El está liberándonos del maligno, es señal de que el Reino de Dios ha llegado a nosotros.

Queremos vivir el Reino de Dios, queremos vernos liberados del mal, queremos que el mal nunca se enseñoree de nuestra vida; de cuantas cosas nos sentimos atados, cuantas cosas nos oprimen y nos quitan la libertad, cuantas cosas dejamos meter en nuestra vida enseñoreándose de nosotros y no dejando que sea Dios en verdad el único Señor de nuestra vida.

Pero cuando decimos que Dios es el Señor de nuestra vida significa que esa vida que vamos construyendo la hacemos desde un sentido, desde unos valores; es lo que decimos que nos trasmite el evangelio, es lo que llamamos el sentido cristiano de nuestra vida, porque es el sentido de Cristo, el sentido de Jesús. Significará entonces cómo tenemos que parecernos a Jesús, hacer las cosas según su sentido y su estilo, dejarnos impregnar de su amor.

Era lo que tanto les costaba a los discípulos cuando seguían obsesionados en los primeros puestos, cuando no habían entendido el sentido del servicio en la vida, cuando les era tan difícil aceptar aquella entrega de amor que Jesús les anunciaba que iba a realizar con su subida a Jerusalén. Si somos seguidores de Jesús no son otros los valores que tengamos que vivir, si nos decimos miembros del Reino de Dios es el sentido que hemos de darle a nuestra vida. Ojala escuchemos la voz del Señor.

miércoles, 10 de marzo de 2021

Sería bochornoso que no fuéramos capaces de vivir con alegría, con entusiasmo, con valentía, con orgullo nuestra fe y así manifestémoslo ante cuantos nos rodean

 


Sería bochornoso que no fuéramos capaces de vivir con alegría, con entusiasmo, con valentía, con orgullo nuestra fe y así manifestémoslo ante cuantos nos rodean

Deuteronomio 4, 1. 5-9; Sal 147;  Mateo 5, 17-19

Quiero reflexionar hoy, y voy directamente al grano, sobre algo que considero bochornoso que nos suceda a nosotros los cristianos. Y os lo digo así, claramente, damos la impresión que no nos sentimos orgullosos de nuestra fe, de ser cristianos, de tener unos mandamientos que cumplir, de querer seguir la ley del Señor.

Puede parecer fuerte lo que estoy diciendo pero es la realidad, damos la impresión que nos avergonzamos de ser cristianos. A veces me pregunto que si nos vinieran tiempos de persecución cruenta, como ha sucedido en tantos momentos de la historia y en España no lo tenemos tan lejano, ¿cómo reaccionaríamos? ¿Seríamos capaces de llegar a dar la cara, incluso la vida, por nuestra fe? Y mira que son cosas que nos pueden pasar, no estamos tan lejanos, y no quiero andar con pesimismos, porque quienes siguen mis reflexiones saben bien que quiero ser optimista y es lo que intento transmitir con mis palabras y mis reflexiones.

En la sociedad en la que vivimos nos están comiendo el terreno; todo son dificultades y trabas para que podamos vivir nuestra fe públicamente, para que podamos participar en nuestras celebraciones con total libertad y sin complejos, en los medios de comunicación lo que más se insiste en publicar es todo lo que pueda dañar a la Iglesia y la fe de los cristianos, se hace burla sin miramiento alguno de nuestras expresiones religiosas, se quiere dar la impresión que somos un obstáculo para que la gente viva de forma moderna y si pudieran nos quitaban de en medio. ¿Y cuáles son nuestras respuestas? ¿Cómo reaccionamos ante todo eso? Tenemos que reconocer que nos falta valentía.

Es hora que nos despertemos, que vivamos con orgullo y alegría nuestra fe y de ninguna manera nos escondamos; que hagamos frente a todo esa reacción que tiene la sociedad ante el hecho religioso y cristiano, pues manifestando con total libertad y claridad la fe que vivimos y seamos capaces de sacar a flote para que sean conocidos también tantos testimonios hermosos de los que nos podemos sentir orgullosos de tantos cristianos que en nombre de su fe viven su compromiso en todos los aspectos de la vida. Nadie tiene por qué quitarnos la palabra, esa palabra clara y valiente que tenemos que ser capaces de decir y que tantas veces callamos. Hacen falta también hombres públicos  con influencia en la sociedad que se manifiesten creyentes y den testimonio público de su fe.

Nos han hablado tanto de humildades y de silencios que nos parece incompatible que podamos decir que nos sintamos orgullosos de nuestra fe. Sí, nos sentimos orgullosos de ser cristianos, de creer en Dios, de sentir la presencia de Dios en nuestra vida y de cómo contamos con El en lo que vamos haciendo, en el compromiso que vivimos también por los demás, en los compromisos con nuestra sociedad también; nos sentimos orgullosos de querer cumplir los mandamientos del Señor aunque nos cueste, porque sabemos que ahí tenemos nuestra sabiduría, el mejor sentido de nuestra vida y está la fuerza para todo lo bueno que queremos realizar. Jesús nos ha dicho hoy en el evangelio que no viene a borrar la ley sino a darle plenitud y que quien cumpla cualquiera de esos mandatos mínimos será grande en el Reino de los cielos.

Es hermoso lo que le decía también Moisés al pueblo para que aprendieran a apreciar la sabiduría de la ley del Señor. Tenían que sentirse orgullosos de su Dios que con ellos estaba, que con ellos caminaba en aquel largo peregrinar del desierto. Que ningún pueblo podía decir como ellos que tenían un Dios tan cercano y tan justo, tan lleno de amor.

‘Mirad: yo os enseño los mandatos y decretos, como me mandó el Señor, mi Dios, para que los cumpláis en la tierra donde vais a entrar para tomar posesión de ella. Observadlos y cumplidlos, pues esa es vuestra sabiduría y vuestra inteligencia a los ojos de los pueblos… Y ¿dónde hay otra nación tan grande que tenga unos mandatos y decretos tan justos como toda esta ley que yo os propongo hoy?’

¿No es lo que nosotros tenemos que sentir cuando se manifiesta el amor tan grande que Dios nos tiene que nos entrega a su Hijo Jesús para nuestra salvación? Vivamos con alegría, con entusiasmo, con valentía, con orgullo nuestra fe y así manifestémoslo ante cuantos nos rodean. Sería, sí, bochornoso que no fuéramos capaces de hacerlo. Valoremos y destaquemos a tantos que a nuestro lado así lo hacen con valentía y alegría.

martes, 9 de marzo de 2021

La sabiduría de la humildad que llena de misericordia el corazón y el sabor de la misericordia experimenta que nos hace abrir los ojos con mirada nueva

 


La sabiduría de la humildad que llena de misericordia el corazón y el sabor de la misericordia experimenta que nos hace abrir los ojos con mirada nueva

Daniel 3, 25. 34-43; Sal 24; Mateo 18, 21-35

Qué difícil es aprender la lección. Se suele decir que aprendamos en cabeza ajena o que cuando veamos las barbas de nuestro vecino pelar, pongamos las nuestras a remojar, pero ni aun en cabeza propia muchas veces terminamos de aprender.

Nuestra propia debilidad tendría que hacernos ver la realidad de las cosas y cuando constatamos nuestros propios errores tendríamos que saber tener la sabiduría de la humildad para reconociendo nuestros propios errores y caídas ser capaces de ser comprensivos con los demás. La humildad a la que tendría que llevarnos nuestro propio pecado tendría que darnos la grandeza de la comprensión y del perdón. Pero ya vemos cómo sucede, nos endurecemos más.

Es la pregunta que le surge a Pedro, pero que no es solo la pregunta de Pedro, que es la actitud que nosotros tenemos ante los errores o los fallos de los demás. ¿Cuántas veces tengo que perdonar si mi hermano me ofende? Repito, que no es solo Pedro el que se hace esa pregunta, que nos la hemos hecho mil veces. ¿Pero es que soy yo el que tengo que seguir aguantándolo una y otra vez? Ya está bien de hacer el tonto, nos decimos, ya verá la próxima vez lo que yo voy a hacer.

Y claro, nos creemos con todos los derechos del mundo. Es lo que nos cuenta la parábola que propone Jesús y con lo que nos viene a dar respuesta. El hombre poderoso cuando al arreglar cuentas se encontró aquel siervo con todas aquellas deudas, quiso meterlo en la cárcel hasta que pagara, hacerle pagar a él o a su esposa o sus hijos toda la deuda contraída, pero al final se conmovió su corazón y perdonó todas las deudas.

 Ahora este siervo que ha sido perdonado que se encuentra con un compañero de trabajo que le debe unas pocas pesetas, pretende hacer lo mismo que su amo había intentado con él, aunque luego arrepentido le perdonara. Pero este ahora va a saber, yo no perdono, tú tienes que pagarme hasta el último real y metió en la cárcel a su compañero. ¿Pero no has aprendido con tu amo a ser generoso y ser capaz de perdonar que vienes ahora a exigir a tu compañero de esa manera?

No terminamos de saborear el regalo de la misericordia y el perdón; no terminamos de tener la sabiduría de la humildad para reconocer que así como tú recibiste el perdón de tu deuda tendrías que ser comprensivo con tu compañero para poner misericordia también en tu corazón. Sí, la sabiduría de la humildad que llena de misericordia el corazón; o si queremos decirlo de otra manera, saboreemos la misericordia que nosotros recibimos y aprenderemos a tener un mirada de comprensión y misericordia con los demás. Es la actitud que pongamos en el corazón.

No seamos mezquinos frente a todo el amor que el Señor nos ofrece. En nuestra mezquindad nos cegamos y endurecemos el corazón y perdemos el sabor maravilloso de la misericordia cuando nos sentimos perdonados, cuando nos sentimos amados. Porque todo es cuestión de sentirse amado.

Que hermosa es la oración de Daniel. Cuando le parece sentirse abandonado de todo y de todos, porque nada tienen en tiempos de destierro y ni pueden ofrecerle un culto digno al Señor en un templo digno, simplemente le ofrecen un corazón contrito y un espíritu humilde al Señor con la confianza de que serán escuchados y el Señor nunca los abandonará.

‘Por eso, acepta nuestro corazón contrito y nuestro espíritu humilde… Que éste sea hoy nuestro sacrificio, y que sea agradable en tu presencia: porque los que en ti confían no quedan defraudados. Ahora te seguimos de todo corazón, te respetamos, y buscamos tu rostro…’

¿Nos presentaremos así ante el Señor con corazón contrito y espíritu humilde?

lunes, 8 de marzo de 2021

No es solamente que el sonido de las palabras llegue a nuestros oídos sino ir de verdad confrontando nuestra vida con lo que cada día el Señor nos va pidiendo

 


No es solamente que el sonido de las palabras llegue a nuestros oídos sino ir de verdad confrontando nuestra vida con lo que cada día el Señor nos va pidiendo

2Reyes 5, 1-15ª; Sal 41; Lucas 4, 24-30

El orgullo de los pueblos que se creen merecedores de todo y que se creen los mejores. Y siempre que aparece el orgullo aparecen los desprecios, la poca valoración de los que creemos inferiores, y las exigencias de todo tipo, porque, como decíamos, nos creemos merecedores de todo. Quizá no puedan ofrecer otra cosa que uno de su pueblo alcanzó cotas altas, y porque de nuestro pueblo salió, vamos a decirlo así, una lumbrera, alguien que en algún campo de la vida destacó por algo, ahora yo todos nos creemos mecedores y hasta nos volvemos exigentes.

¿Qué pasaba en Nazaret? La fama de Jesús, el profeta que había surgido de aquel pueblo que antes apenas había tenido nombre, llegaba a todas partes y comenzaron a aparecer los orgullos. Pero bien sabemos que los orgullos van acompañados también de desconfianzas, porque ¿de dónde ha sacado El toda esa sabiduría y esos poderes? Y en esas desconfianzas comienzan las valoraciones que no siempre van a ser favorables para los cercanos al personaje. Si aquí están sus hermanos, sus parientes, su familia que en nada han destacado, porque su padre era simplemente el carpintero.

Es lo que podemos describir de Nazaret, que al principio cuando había salido Jesús a hacer la lectura en la sinagoga, todo eran alabanzas y orgullos patrios, pero pronto se volvieron en contra en desconfianzas y en desprecios de alguna manera. Por eso Jesús les dirá claramente que un profeta no es bien mirado en su pueblo, solo en su pueblo será despreciado. Y ahora le están pidiendo que haga allí lo que saben que ha hecho en otros lugares, aunque su fe en El no sea tan clara. Y ya sabemos que la exigencia primera para los milagros de Jesús es la fe los que piden la ayuda, los que piden el milagro, y en eso no están destacando precisamente en su pueblo de Nazaret.

Y Jesús les recuerda dos hechos o acontecimientos de los antiguos profetas, en este caso de Elías y Eliseo. En tiempos de Elías muchas viudas había en Israel pasando necesidad en aquellos tiempos de sequías y de hambres, y sin embargo fue enviado a una viuda de Sarepta de Sidón, un pueblo ya ajeno a Israel; pero grande había sido la generosidad de aquella mujer que nada tenía sino un puñado de harina y un poquito de aceite para hacer el último panecillo y esperar la muerte, pero sin embargo se había desprendido generosamente de ello para compartirlo con el profeta.

Muchos leprosos, les recuerda Jesús, había en Israel – era una enfermedad muy común en la antigüedad – y sin embargo el profeta Eliseo a quien curó fue a Naamán, el sirio. Había venido a Israel buscando la salud porque la fe de una esclava lo había recomendado.  Y la gente de Nazaret entendió el mensaje que Jesús les estaba dando, que había de despertar su fe, pero ellos seguían encerrados en sus orgullos, por eso se revuelcan y se vuelven contra Jesús, al que arrojan fuera del pueblo que incluso quieren despeñarlo por un barranco.

¿Por dónde anda el proceso de nuestra fe?, tendríamos quizá que preguntarnos en este momento. A eso tiene que llevarnos este evangelio que hoy estamos escuchando y precisamente en este camino de cuaresma que estamos haciendo. Bueno, nos hemos acostumbrado ya a que en este tiempo viene la Cuaresma, porque pronto se acerca la Semana Santa, pero quizá vamos pasando los días y no vemos ningún  progreso en nuestra vida. Escuchamos la Palabra que cada día se nos ofrece, bueno, no sé si realmente la escuchamos, porque para escuchar de verdad tenemos que abrir los oídos del corazón.

No es solamente que el sonido de las palabras llegue a nuestros oídos. Es ir de verdad confrontando nuestra vida con lo que cada día el Señor nos va pidiendo, ir saliendo de nuestras rutinas en que simplemente repetimos las cosas que siempre hacemos pero no siempre con el deseo de superación, de crecimiento espiritual. La gente de Nazaret oyó aquel día las palabras de Jesús y la lectura del profeta, pero no supo escuchar en su corazón. Es lo que nosotros necesitamos saber hacer.

 

domingo, 7 de marzo de 2021

Necesitamos gestos proféticos que nos despierten de nuestra atonía o que lo que realicemos con nuestra vida se convierta en un signo para los demás

 


Necesitamos gestos proféticos que nos despierten de nuestra atonía o que lo que realicemos con nuestra vida se convierta en un signo para los demás

Éxodo 20, 1-17; Sal 18; 1Corintios 1, 22-25; Juan 2, 13-25

Algunas veces necesitamos como que nos den un golpe fuerte, que nos despabile, porque parece que andamos medios adormilados, entontecidos con la rutina de las cosas que termina llevándonos a una modorra donde parece que nada nuevo nos puede llamar la atención. Y todos entendemos que no se trata de un golpe a la físico, como cuando mi perrito me ve medio adormilado y viene y me da un ladrido fuerte junto al oído – no le gusta verme adormilado -, pero ya digo no es algo físico lo que necesitamos, pero si algo que nos dé la sorpresa, nos llame la atención por lo distinto y atrevido, nos saque de esa modorra espiritual en la que caemos tan fácilmente. Como decíamos algo que nos sorprenda, algo que sea como una pregunta interior que no nos deje tranquilos, algo como aquellos gestos proféticos que nos encontramos tantas veces en la Biblia; los profetas hablaban más por gestos que por palabras.

Y es lo que significó aquel gesto profético de Jesús en el templo de Jerusalén de lo que nos habla hoy el evangelio. Todo el culto a Dios se había quedado en un ritual, y allí estaban aquellos sacrificios de todo tipo que se ofrecían continuamente en el templo de Jerusalén, aquellos rituales de los que habían llenado la vida que si bien en algún momento tuvieron su sentido como una ofrenda de gratitud a Dios y de reconocimiento de que todo viene de su mano, se había quedado en algo frío y ostentoso que mantenía lejos del Señor el corazón de los fieles.

Y Jesús expulsa del templo a los vendedores de todo tipo de animales para los sacrificios que habían convertido el templo en un mercado y en un negocio; por allá andaban los cambistas porque sólo en la moneda del templo de podían hacer las ofrendas, pero que lo había convertido todo en un negocio usurero con los préstamos que allí sea realizaban con fuertes cargas para quienes se vieran en la necesidad de acudir a aquellos usureros. Jesús busca el corazón de los hombres y que no hagamos las cosas solo por la apariencia y llenos de vanidad. Recordamos como un día había valorado el corazón de aquella anciana viuda que dio todo lo que tenia porque su vida era en verdad toda una ofrenda al Señor. Y ahora viene Jesús con este gesto profético.

¿No necesitaremos nosotros cosas así que nos despierten de nuestra atonía? Pero pudiera ser que estuviéramos en tal atonía que ya ni lo más discorde nos llama la atención. Entramos ya en un segundo año de dificultades, de pandemia con todo lo que eso habrá significado en nuestra vida, ¿terminaremos acostumbrándonos? ¿Cómo es que no terminamos de reaccionar? ¿No habremos terminado aún de buscar lo que verdaderamente es importante o todavía seguimos con nuestras vanidades y superficialidades y con nuestras ambiciones queriendo más lo externo que aquello que profundamente cambie nuestra vida?

De dos cosas más nos habla hoy la Palabra del Señor que tendrían que hacernos buscar lo que de verdad es importante en la vida. Y tendríamos que comenzar por aprender a valorar y a respetar a la persona, a toda persona y en eso fundamentáramos todas nuestras relaciones humanas. Cuando solo nos valoramos a nosotros mismos y a nuestras apetencias pronto olvidamos el valor de todo ser humano, pronto faltará el respeto a la dignidad de toda persona porque nos hemos querido convertir en dioses de nosotros mismos y pensamos que todos los demás están como para rendirnos pleitesía; de ahí la tentación a la manipulación de las personas porque en cuanto me sirvan para mis intereses me valen, cuando ya no puedo conseguir ese endiosarme en mis orgullos destruyo cuando encuentro a mi paso y no me importa destruir a los demás.

En la primera lectura hemos escuchado la ley del Señor que a través de Moisés Dios le dio a su pueblo, los mandamientos. Muchas veces lo hemos visto demasiado a lo negativo como si todo fueran prohibiciones y no hemos aprendido a descubrir que lo que buscan los mandamientos es el bien del hombre, el bien de la persona. Comenzamos reconociendo que no hay sino un solo a Dios y al único que tenemos que adorar; no podemos convertirnos nosotros en dioses de nosotros mismos ni en dioses de los demás. Pero tras eso lo que nos viene a decir que tenemos que respetar y valorar a toda persona, que no puede haber manipulación de ningún tipo por nuestra parte porque nadie es esclavo de nadie, ni en consecuencia puedo hacerles daño alguno. Y es que en Jesús encontramos la plenitud de ese mandamiento del Señor, que nos manda amar al prójimo, porque todo hombre es nuestro hermano, porque todo ser es también hijo de Dios.

Y el otro aspecto que hoy nos propone la Palabra de Dios es de lo que nos habla san Pablo en la segunda lectura, la teología de la cruz que es nuestra verdadera sabiduría y nuestro verdadero poder. Nosotros predicamos, dice Pablo, confesamos a Cristo crucificado, lo que puede parecer una locura y una tontería para judíos y para gentiles pero que para nosotros es la verdadera sabiduría. Porque en la cruz de Jesús descubrimos toda la grandeza del amor.

Es el signo de la entrega y del amor y para nosotros es el signo de la victoria, porque de la cruz de Jesús nos viene la salvación. Quien mira así a la cruz de Cristo, ¿cómo puede crucificar al hermano? ¿Cómo podemos permitir el sufrimiento? ¿Cómo no viviremos nosotros en una entrega semejante para ayudar a liberar a toda persona de todo mal? ¿Cómo podemos convertirla en un adorno y no sea en verdad el signo de nuestra entrega y amor?