Vistas de página en total

viernes, 4 de febrero de 2022

Hay pendientes por las que nos deslizamos, espirales que nos creamos que parecen no pueden romperse, pero no seamos pesimistas, la rectitud y el bien tienen finalmente que brillar

 

Hay pendientes por las que nos deslizamos, espirales que nos creamos que parecen no pueden romperse, pero no seamos pesimistas, la rectitud y el bien tienen finalmente que brillar

Eclesiástico 47, 2-13; Sal 17; Marcos 6, 14-29

Queremos quedar bien; nos molesta que duden de nosotros, y nos queremos presentar como los más honrados del mundo; mantenemos las apariencias, y queremos decir que somos personas de palabra, que no nos vamos atrás de la palabra dicha, aunque para lograrlo tengamos que arrasar lo que sea.

¿Vanidad? ¿Orgullo? ¿Amor propio? ¿La soberbia de la vida que nos coloca en pedestales o nosotros por nuestra cuenta nos subimos a ellos sin ver si en verdad lo merecemos? Bueno, nos creemos merecedores de todo, aunque nuestra vida sea un desastre. Muchas cosas que se pueden ir luego sucediendo en el correr de la vida, porque todo se convierte en una pendiente donde parece que no podemos parar. Es esa espiral que nace de nuestros orgullos o de nuestro amor propio y va creciendo y aumentando de desastre en desastre. Cuantas maldades se van sucediendo una tras otra.

¿Cómo contrarrestar esa espiral sin fin? ¿Seremos capaces de volver sobre nosotros mismos para edificar nuestra vida no sobre apariencias sino sobre nuestra propia realidad aunque nos cueste reconocer errores o debilidades? Enfrente como contrastando todo eso aparece el camino de la rectitud y del bien. Será un camino duro y difícil, porque parece que el mal tiene la última palabra.

Pero no podemos ser pesimistas ni sentirnos derrotados; estamos convencidos de la fuerza del bien, del obrar en rectitud. Y de eso tenemos que ser testigos, testimoniarlo con nuestra propia vida aunque nos cueste sangre. El creyente sabe que aunque tenga que pasar por la pascua de la muerte, siempre hay vida, siempre está el triunfo de la vida y del amor. Sabemos que la sangre del testigo es semilla de nueva vida. Lo contemplamos en Jesús, como lo podemos contemplar en el testimonio que se nos ofrece hoy en el evangelio.

¿Será la lucha que contemplamos  hoy en el evangelio? Herodes se pregunta quién es Jesús de quien está ahora oyendo tanto hablar; en el fondo a Herodes le está gritando su conciencia aunque no quiera hacerle caso; él sabe que ha martirizado a Juan el Bautista. Mira por donde, se dice que le tenía aprecio y que le gustaba escucharle. Pero las tornas se viraron porque su vida era disoluta y el Bautista denunciaba que lo que estaba haciendo no era lo correcto; las fuerzas del mal, representadas en Herodías, la mujer con la que convivía ilícitamente Herodes, logran meterlo en la cárcel; al final le llevará a la muerte.

Ya hemos escuchado el relato, un cumpleaños, una fiesta, muchos invitados, la hija de Herodías que se conquista el corazón de Herodes con su baile y éste que le ofrece hasta la mitad de su reino si se lo pidiera; pero al acecho está Herodías que le hace pedir a su hija la cabeza del Bautista. Los respetos humanos, las apariencias, el que dirán, el querer quedar bien y, aunque le dolió lo que le pedía la muchacha, Herodes accedió a que le llevaran en una bandeja la cabeza del Bautista.

Fue la pendiente, la espiral, la vanidad, el orgullo que lo fue desencadenando todo. Juan Bautista será el testigo del bien y de la verdad con su sangre derramada; será la semilla que se estaba plantando; aunque aparentemente apareció la maldad y la muerte, el testimonio ha quedado de manera permanente. La rectitud del Bautista hasta el final, hasta la muerte, contrarresta la maldad de Herodes y será el testimonio que queda como lección para nuestra vida.

¿Tendríamos que preguntarnos algo quizá sobre nuestras vanidades y nuestros orgullos? ¿Tendremos que plantearnos eso de quedar bien o preguntarnos cuál es el camino de rectitud que hemos de seguir en nuestra vida? ¿Seremos capaces de romper esas pendientes por las que tantas veces nos deslizamos en la vida?

jueves, 3 de febrero de 2022

Los enviados de Jesús solo necesitaron un bastón y unas sandalias para ponerse a caminar y anunciar lo que ellos habían vivido con Jesús, el amor de Dios en sus vidas

 


Los enviados de Jesús solo necesitaron un bastón y unas sandalias para ponerse a caminar y anunciar lo que ellos habían vivido con Jesús, el amor de Dios en sus vidas

1Reyes 2, 1-4. 10-12; Sal.: 1Crón 29, 10-12; Marcos 6, 7-13

Cuando en nuestras tareas y responsabilidades queremos hacer algo, enseguida nos hacemos nuestros proyectos donde detallaremos todo lo que vamos a hacer y por qué lo vamos a hacer, hacemos lo que hoy llamamos estudios de mercado para ver si realmente es algo que interesa, nos planificamos muy bien con nuestros objetivos y con las acciones concretas que vayamos a realizar y por supuesto no nos pueden faltar los presupuestos, que se convierten en algo fundamental para poder llevarlo a cabo. No está mal, en la vida tenemos que ser organizados y las cosas no se pueden hacer a lo loco.

Pero esto que estoy relatando – cosas que uno va aprendiendo en la vida y que te obligan a realizar para cualquier cosa – sin embargo contrasta mucho con lo que hoy nos dice el evangelio. Jesús ha escogido de entre todos sus discípulos a doce, a los que llamará sus enviados, sus apóstoles, les confía una misión y los envía; pero aquí está el detalle, los envía simplemente con un bastón en la mano; no necesitarán nada más; incluso les dice que no lleven una túnica de repuesto. ¿Una mala planificación? Desde nuestros parámetros de hoy quizá nos echamos las manos a la cabeza, porque incluso en nuestras actividades pastorales nos exigen toda aquella planificación que antes mencionábamos.

No quiero que nos sintamos desconcertados por esto que estoy comentando, como si yo quisiera enmendar la plana incluso a lo que nos dice el evangelio; ni mucho menos. ¿Qué está pidiendo Jesús a sus enviados? Yo diría una disponibilidad grande para dejar conducirse por el Espíritu de Jesús. Van a realizar su misma misión, el anuncio del Reino de Dios que llega, van a dar señales de esa llegada del reino de Dios con los signos que pueden realizar, pero eso no lo realizan por sí mismos, es la obra de Dios. no necesitaran ni sus saberes humanos ni de poderes o influencias que se reciban de aquí o de allá, ni lo que puedan tener desde sus propias simpatías; han de ponerse a caminar, solo necesitan unas sandalias y un bastón, porque su apoyo está en el Señor; y lo importante es la disponibilidad de su corazón.

Jesús los había llamado para que estuvieran con El, vivieran con El, de El se impregnaran y a El es al único que tienen que transmitir. Van a comunicar a los demás lo que ellos ya han vivido en su contacto con Jesús; no serán sus palabras o lo que ellos por si mismos sepan hacer – un día habían abandonado sus redes y sus barcas que era lo que ellos sabían hacer -, si antes eran pescadores en aquel lago ahora iban a emprender una nueva pesca, porque serían pescadores de hombres. Y la única red que han de echar es transmitir la palabra de Jesús, realizar los signos de Jesús para manifestar así que en verdad estaba llegando el Reino de Dios.

Demasiado vamos por la vida con nuestros saberes, confiándonos más en los recursos humanos que estén a nuestra mano, que en esa disponibilidad generosa para dejarnos conducir por el Espíritu del Señor. ¿Qué es lo que enseñamos muchas veces? Nos entretenemos con nuestros recursos y nuestras técnicas, echamos manos de doctrinas que hasta obligamos a aprender de memoria e imponemos protocolos de comportamiento y mandamientos, y al final nos quedamos sin anunciar a Jesús como nuestro único Salvador. Nos refugiamos en lo que nos parece más fácil que es poner en las manos un libro de catecismo o de teología, y no hacemos lo que realmente tendría que ser fácil que es anunciar al Jesús en quien nosotros creemos y que es nuestra vida.

Algunas veces nos ponemos a pensar qué es lo que voy a decir o qué es lo que voy a enseñar a través de cualquier medio que tengamos en nuestras manos, y nos olvidamos que es una buena nueva lo que tenemos que anunciar, una buena noticia para todos porque Jesús es nuestro salvador. ¿Será acaso que quizás nosotros no terminamos de vivirlo así y por eso somos incapaces de anunciarlo? ¿Es en verdad lo que vivimos con Jesús lo que nosotros estamos anunciando de Jesús?

miércoles, 2 de febrero de 2022

Los pobres y los humildes de corazón como Simeón y Ana serán los que podrán conocer las maravillas del Señor y como lo hizo María que así es una candela de luz para nosotros

 


Los pobres y los humildes de corazón como Simeón y Ana serán los que podrán conocer las maravillas del Señor y como lo hizo María que así es una candela de luz para nosotros

Malaquías 3,1-4; Sal 23; Hebreos 2,14-18; Lucas 2,22-40

Hace cuarenta días celebramos el Nacimiento de Jesús, la Natividad del Hijo de Dios hecho hombre y nacido del seno de María. Hoy la liturgia de la Iglesia, siguiendo el ritmo de los acontecimientos de la infancia de Jesús y en observancia de lo que estaba prescrito en la ley de Moisés, tanto para el nacimiento del primogénito varón como los ritos de purificación de toda madre después del parto, nos ofrece esta celebración de la Presentación de Jesús en el templo, según lo prescrito por la ley, y la purificación de María. Es a lo que hace referencia el texto del Evangelio, aunque en aquel momento vemos que se siguieron realizando las obras maravillosas del Señor.

El cumplimiento del rito según lo prescrito se desarrollaría con toda normalidad; para los sacerdotes del templo eran un niño primogénito más que era presentado al Señor con la ofrenda, en este caso de los pobres, de un par de tórtolas o dos pichones. Pero la cosa no podía quedarse ahí. Allí estaban quienes inspirados por el Espíritu del Señor reconocerían quién era aquel niño y lo que iba a significar para la historia no solo de Israel sino para toda la humanidad.

Son dos ancianos piadosos que merodean todos los días por el templo confundiéndose entre los creyentes que allí todos los días acudían para la oración y para la escucha de la ley y los profetas. Pero no son dos ancianos cualesquiera. En ellos se había hecho presente el Señor y ahora serían portavoces de las maravillas del Señor para todos los creyentes y para todos los que los quisieran escuchar.

Por eso aquel anciano se acerca a aquella pareja humilde que como una más ha hecho su ofrenda y ha cumplido con todos los ritos. Y es cuando se desborda el corazón de aquel anciano para proclamar cuanto allí está sucediendo. El había sentido en su corazón, por la fuerza del Espíritu del Señor, que sus ojos no se cerrarían sin haber contemplado al que iba a ser luz de las naciones y gloria del pueblo de Israel. Y allí lo tenemos proclamándolo y cantando las glorias del Señor.

De la misma manera aquella pobre anciana viuda – ya aparecerán otras ancianas y viudas en el evangelio ¿por qué será? – comenzará también a todo aquellos que esperaban la futura liberación de Israel con la llegada del Mesías, que la hora de Dios había llegado y hablaba a todos de aquel niño.

¿Por qué será que Jesús nos proponga como modelo de oración perseverante la de aquella pobre viuda que insistía permanentemente ante el juez pidiendo justicia? ¿Será un eco esta pobre anciana y viuda que se había pasado todos los años de su vida sirviendo a Dios en el templo?

¿Por qué será que Jesús se fijará – y nos lo ofrece como ejemplo - allí a las puerta del templo donde está el arca de las ofrendas en los dos cuartos humildes que una anciana pobre entrega al Señor ofreciendo cuanto tenía? Había ofrecido lo que necesitaba incluso para su sustento, y Dios se había fijado en ella. ¿Nos estará hablando de que son los pobres y los humildes de corazón, los que se entregan con corazón desinteresado los que mejor podrán conocer a Dios y la revelación de todos sus misterios?

¿No dará gracias un día al Padre porque ha revelado todos sus misterios a los pequeños y a los humildes mientras lo ha ocultado a los que son soberbios de corazón? El evangelio no es una página o un solo momento determinado que se nos narre, sino que el evangelio, la buena nueva la tenemos que ver en todo el conjunto y como unos y otros hechos se explican y se complementan mutuamente. Son evangelio para nosotros, nos está enseñando como tenemos que ser esos hombres y mujeres sencillos y humildes de corazón para que podamos conocer a Dios, para que podamos en verdad sentir a Dios en nuestros corazones.

Allí a un lado y pareciendo que pasa desapercibida está la madre, la que un día dijera que era la humilde esclava del Señor y ofrecía la disponibilidad de su corazón para que en ella se cumpliera la Palabra del Señor anunciada por el ángel de Nazaret. Una disponibilidad que le iba a hacer seguir el mismo camino de su Hijo.

No es extraño que el anciano profeta le anuncie que una espada la traspasará el alma, porque aquel niño iba a ser signo de contradicción para que se pongan de manifiesto los pensamientos de muchos corazones. Es la Madre, la que le dio a luz en la pobreza de Belén, la que le contemplará creciendo en sabiduría y gracia delante de Dios y de los hombres en el hogar de Nazaret como unas madres saben contemplar y comprender el crecimiento de los hijos; pero será la madre que dará a luz unos nuevos hijos que le van a ser confiados desde lo alto de la cruz del calvario. Lleva en su alma el dolor de su hijo, porque a El se asociará en la obra de nuestra redención, pero lleva en el alma el dolor y el sufrimiento de todos esos hijos que Jesús le confiará desde lo alto de la cruz.

La llamaremos madre dolorosa y madre de las angustias porque vemos cómo ella carga con los dolores y las angustias y de todos los hombres, como una madre llevará siempre en su corazón el sufrimiento de sus hijos, pero la llamaremos madre de esperanza y madre de la luz porque en ella vemos cómo se levanta nuestra esperanza pero ella nos está ofreciendo también la luz de su hijo.


Por eso hoy los canarios la llamamos María de Candelaria, la que lleva la luz, la portadora de la luz, la que nos trajo la luz porque fue la primera misionera de estas tierras en su imagen bendita aparecida en la playa de Chimisay. Por eso para nosotros los canarios hoy es fiesta especial, es la fiesta de la Virgen de Candelaria y con devoción acudimos a sus pies en su santuario hoy o en cualquier día del año, porque sabemos que allí está la Madre, allí está nuestra madre, las que nos hablará de corazón sencillo y humilde, la que siempre está en disponibilidad total para Dios y para sus hermanos los hombres, la que nos está enseñando a plantar la Palabra de Dios en nuestro corazón.

martes, 1 de febrero de 2022

Dejémonos llevar por Jesús, no temamos entrar con El a ese santuario interior al que muchas veces nos da miedo entrar, ahí está esperándonos y tendiéndonos la mano

 


Dejémonos llevar por Jesús, no temamos entrar con El a ese santuario interior al que muchas veces nos da miedo entrar, ahí está esperándonos y tendiéndonos la mano

2Samuel 18, 9-10. 14b. 24-25a. 31 – 19, 3; Sal 85; Marcos 5, 21-43

El refrán dice que nos acordamos de santa Bárbara cuando truena. Y bien que es cierto porque sólo cuando nos vemos con el agua hasta el cuello es cuando pedimos socorro. Normalmente nos queremos valer por nosotros mismos; es cierto que si yo puedo hacer una cosa, es junto que me afane por tenerla o conseguirla. Pero eso nos vuelve muchas veces autosuficientes en muchos sentidos y aspectos en nuestra relación con los demás, donde como decimos no queremos deber nada a nadie, pero nos afecta también al sentido religioso que podamos tener en la vida. En Dios buscamos nuestros refugios, y parece muchas veces que solo contamos con El cuando nos vemos en la más extrema necesidad, o en el mayor peligro. Es el supermercado donde vamos cuando necesitamos algo, o la farmacia a la que sólo acudimos cuando necesitamos una medicina.

Mal se estaban viendo los dos personajes de los que nos habla el evangelio. Parece como muy sencilla a simple vista que aquel jefe de la sinagoga acudiera a Jesús porque tenía enferma a su hija. El tenía su prestigio, en cierto modo era de la clase dominante y de los que de alguna manera ejercían algún poder. Pero ahora se ve en la necesidad de acudir a Jesús. Su hija está en las últimas. Ya no hay solución por otros caminos, y ha oído hablar de los milagros que hace Jesús, pues ahora viene a pedirle que vaya a poner su mano sobre ella para que se cure. En el fondo, no juzguemos del todo, porque era también un hombre de fe, aunque ahora no sabía ni a quien acudir.

Mal se estaba viendo también aquella mujer que había gastado toda su fortuna buscando la salud y sus hemorragias no cesaban. Fue un atrevimiento grande meterse en medio de la gente sabiendo que tenía que sentirse una mujer impura, a causa de sus hemorragias y no tendría que meterse en medio de la gente. Pero entre toda la gente que se apretujaba junto a Jesús está aquella mujer que no se atreve ni a hablar ni a pedir ayuda pero que tiene la fe de que solo tocando el manto de Jesús puede curar. Y es lo que hace. Y es lo que siente, que ‘las fuentes de sus hemorragias cesaron de inmediato y su cuerpo estaba curado’.

Esto hace que aquella comitiva, vamos a llamarla así, de los que se dirigían a la casa de Jairo encabezados por Jesús, se detenga. ‘¿Quién me ha tocado?’ por allá está el espabilado de Pedro diciendo ‘¿cómo se te ocurre preguntar eso, si ves toda la gente que se apretuja junto a ti?’ Pero Jesús no hace caso de las indicaciones de Pedro y está esperando la salida valiente de quien se ha atrevido a tocar su manto. La mujer temerosa se acerca y lo explica todo. ‘No te preocupes, viene a decirle Jesús, tu fe te ha curado… vete en paz porque tu fe ha curado’.

Mientras, llegan los sirvientes de Jairo para decirle que ya no hay nada que hacer, porque la niña ha muerto. Pronto estarán allí las plañideras para iniciar el duelo. No merece la pena molestar más al maestro. Parece que todo se pone en contra. Y ahora ha sido a causa de aquella mujer por lo que se ha detenido Jesús y no ha podido llegar a tiempo. Parece que todo se derrumba. Pero allí está la Palabra de Jesús. ‘No temas; basta que tengas fe’.

Cómo necesitaríamos tantas veces nosotros escuchar esa palabra de Jesús. Dudamos, nos derrumbamos, nos parece que nadie nos escucha, todo parece muchas veces que se nos pone en contra, los problemas se agravan y no encontramos soluciones, el camino para encontrar la luz se nos hace largo, se tambalea nuestra fe. En nuestros agobios y desesperanzas todo nos parece una montaña que se nos viene encima, las oscuridades parecen mayores. Pero mantengámonos anclados en esa fe que tenemos, aunque nos parezca débil y muchas veces imperfecta. ‘No temas, basta que tengas fe’, nos está diciendo Jesús.

Y El nos toma de la mano, y nos dice que las cosas no son tan grandes como nosotros las imaginamos, ‘la niña no está muerta, sino que está dormida’, y nos invita a confiar, y nos invita a entrar con El al santuario interior donde nos vamos a encontrar con El de verdad, donde vamos a recobrar la luz y la vida.

Dejémonos llevar por El, no temamos entrar con El a ese santuario interior al que muchas veces nos da miedo meternos, nos vamos a encontrar con nosotros mismos, vamos a ver quizá nuestra debilidad y nuestras oscuridades, pero ahí vamos a encontrar la luz, porque ahí está El esperándonos y tendiéndonos la mano. Toquemos la orla de su manto, agarrémonos fuerte a esa mano que se nos tiende, sintamos fuertemente su presencia. Esa fe también nos va a curar.

¿Nos invitará también a que le comamos para que tengamos vida y vida para siempre?

lunes, 31 de enero de 2022

Ir a anunciar el evangelio no es irse a otros sitios sino allí donde estamos, aunque no nos resulte fácil, también hemos de anunciar las misericordias del Señor

 


Ir a anunciar el evangelio no es irse a otros sitios sino allí donde estamos, aunque no nos resulte fácil, también hemos de anunciar las misericordias del Señor

Samuel 15, 13-14. 30; 16, 5-13ª; Sal 3; Marcos 5, 1-20

Cuando en Cafarnaún buscaban en la mañana a Jesús les dice que han de ir a anunciar el Reino por otros lugares. Por eso en el relato del evangelio veremos a Jesús itinerante de un lugar para otro enseñando y manifestando las señales del Reino de Dios que llegaba. Pero no todo va a ser fácil. Casi como una señal mientras iban en barca hacia la otra orilla le levantó en el lago una tormenta muy fuerte que parecía que la barca se hundía, mientras los discípulos remaban y remaban tratando de sacar la barca de aquella tormenta. Aunque ellos temen lo peor y al final acudirán asustados a Jesús que comía en un rincón de la barca en medio de aquella tormenta, al final logran llegar a la otra orilla.

Pero decíamos que era como un signo que anticipaba lo que iba a suceder. Era la región de los gerasenos, casi fuera de las fronteras de Israel y que no mostraban mucha sintonía con los judíos; allá hacían su vida en aquel lugar apartado. Alguien poseído de un demonio les atormenta sin que nada puedan hacer, pero parece que casi se han acostumbrado a aquel tormento. Este hombre poseído por el espíritu del mal es el primero que sale al encuentro de Jesús y sus discípulos que llegan a aquellas orillas. Ya sus palabras son de rechazo. ‘¿Qué tienes que ver conmigo, Jesús, Hijo de Dios altísimo? Por Dios te lo pido, no me atormentes’.

Ya hemos escuchado el relato en el evangelio, es una legión de espíritus malignos el que ha poseído a aquel hombre, que cuando Jesús lo expulsa se meterán en la piara de cerdos – era a lo que se dedicaban aquellas gentes, ajenas a las costumbres y leyes de Israel que considera a un cerdo como un animal impuro que ni se podía tocar ni comer su carne – que se arrojó ladera abajo ahogándose en las aguas del lago.

Llegan las gentes del lugar, se enteran de lo sucedido, allá contemplan al hombre que había sido poseído por el demonio ya curado, pero que le piden a Jesús que se marche de aquel lugar. Una actitud que nos podría parecer incomprensible, porque agradecidos tendrían que estar por verse liberados de aquel tormento que padecían. Pero puede convertirse también para nosotros en un signo que algo nos quiere significar.

¿No preferimos en tantas ocasiones seguir sometidos a nuestras rutinas, aun reconociendo su inutilidad o lo malo que pueden significar para nuestra vida, antes que dar los pasos necesarios para cambiar? Preferimos la comodidad de lo que siempre hemos hecho aunque no tenga sentido ni valor al esfuerzo que tendríamos que hacer para realizar cambios en nuestra vida. Ahí está por otra parte cuando nos cuesta arrancarnos de lo que sabemos que es un mal en nuestra vida. Nos apegamos a cosas, nos apegamos a costumbres, nos apegamos a nuestros defectos y parecería que no tenemos fuerza suficiente para arrancarnos de ello y comenzar a poner otras cosas buenas en nuestra vida.

Cuando Jesús se marchaba el que había sido curado le pidió irse con El, pero Jesús le dice que vaya a los suyos y les anuncie lo que el Señor ha hecho con él. Muy significativo también. Queremos seguir a Jesús, queremos irnos con El; parece como que nos sentimos seguros; una muestra de agradecimiento, podríamos decir, y de correspondencia a la gracia que Dios ha tenido con él, se siente invitado en su corazón por seguir los pasos de Jesús. Pero es Jesús el que le confía una misión, no tendrá que ir a ninguna parte sino que allí entre los suyos tendrá que realizar ese anuncio. ‘Vete a casa con los tuyos y anúnciales lo que el Señor ha hecho contigo y que ha tenido misericordia de ti’

No será tarea fácil, viendo los antecedentes de que le pidieron a Jesús que se marchara de aquel lugar; pero en aquel lugar, aunque sea difícil, ha de hacer su anuncio; parece en ocasiones que buscamos lugares que nos parecen más fáciles, pero el camino no lo hemos de escoger nosotros sino aquel que nos ha enviado. ‘En otros lugares, como recordábamos al principio, he de ir a anunciar también el evangelio’, como decía Jesús. Pero muchas veces ese lugar no es irse a otro sitio sino ahí donde estamos, allí entre los nuestros, allí donde no entienden quizás que nosotros estemos llamados a esa labor y a esa misión, allí donde podría encontrar quizás rechazo, donde nos puede resultar más difícil es donde tenemos que hacer ese anuncio.

¿Estará significando algo este evangelio para esa labor que como cristiano y como Iglesia estoy llamado a realizar?

domingo, 30 de enero de 2022

La Iglesia no puede olvidar su misión profética para proclamar la palabra de vida y de salvación aunque no sea lo políticamente correcto para parte de la sociedad

 


La Iglesia no puede olvidar su misión profética para proclamar la palabra de vida y de salvación aunque no sea lo políticamente correcto para parte de la sociedad

Jeremías 1, 4-5. 17-19; Sal 70; 1Corintios 12, 31 - 13, 13; Lucas 4, 21-30

Los cambios de humor, vamos a llamarlo así, son frecuentes en las reacciones de las personas y de los grupos. En un momento sentimos simpatía y antipatía; en un momentos parece que estamos de acuerdo y que nos gusta lo que nos dicen, y al momento siguiente cambiamos de opinión y aquella persona ya no nos parece tan buena; basta que sintamos un desaire, que se diga una palabra que no cae bien o que se malinterpreta, que no se haga lo que quiere todo el mundo sino que se quiera actuar desde unos principios de rectitud y ética, que nos lleven la contraria a lo que son nuestros intereses y que parecía que aquella persona iba a responder a esos planteamientos nuestros pero vemos que hay otra cosa en su planteamiento u otras exigencias, para que cambiemos, para que el amor y simpatía que sentíamos al principio lo cambiemos por odio y hasta por afanes de destrucción. 

Cuántas veces lo habremos podido sufrir, o cuántas veces hemos visto esas reacciones en nuestro entorno; cuántos que antes parecían muy amigos, de la noche a la mañana en uno todo se transformó en odio.

Es lo que pasó aquella mañana en la sinagoga de Nazaret, pero sigue pasando en la Iglesia cuando se quiere ser fiel de verdad a los valores del evangelio, es lo que sigue pasando en nuestra sociedad por ejemplo contra la Iglesia porque sigue predicando y enseñando según sus principios y según el evangelio.

Pero recordemos primero lo que hoy nos ha narrado el evangelio que es continuación exacta del proclamado el pasado domingo. Jesús estaba en su pueblo Nazaret, había ido el sábado a la sinagoga y había hecho la lectura del profeta. Su comentario había sido – con él hemos comenzado hoy la proclamación del evangelio de este domingo – ‘Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír’. Y nos dice el evangelista que manifestaban su aprobación y admiración ante las palabras de Jesús. Estaba allí su orgullo de pueblo, porque era uno de los suyos, allí había vivido, era el hijo del carpintero, y por allí quedaban algunos parientes.

Pero quizá por ahí, por esos orgullos y en el fondo los deseos que podían tener de sacar provecho, es por donde anda todo. Pronto verán que Jesús no está por su labor. Porque sea su pueblo allí no va a haber preferencias. Ya había manifestado con la lectura del profeta que las preferencias estaban en los pobres que serían evangelizados y los oprimidos que serían liberados. Pero no era una liberación como ellos pensaban. Jesús había hablado del ‘año de gracia del Señor’, para significar como comenzaba algo nuevo y distinto.

En los anuncios de Jesús no había nada de aquellas revanchas y venganzas que podían estar anidándose en su corazón para verse liberados de la opresión de los romanos. Es más Jesús está anunciando una preferencia porque esa gracia del Señor llegue a todos y por eso recuerda los episodios de Elías y Eliseo donde dos extranjeros serán los que se ven agraciados, la viuda de Sarepta y Naamán el sirio.

Y es entonces la reacción de las gentes de la sinagoga de Nazaret. Jesús les recuerda que un profeta nunca es bien mirado en su tierra. La admiración del principio se transforma como tantas veces sucede. Querrán despeñarlo desde la colina por un barranco, aunque Jesús pasa en medio de ellos sin que pudieran hacer nada.

Recordamos lo que escuchábamos al profeta Jeremías sobre su propia vocación. ‘Te consagré: te constituí profeta de las naciones. Tú cíñete los lomos: prepárate para decirles todo lo que yo te mande. No les tengas miedo…. Desde ahora te convierto en plaza fuerte, en columna de hierro y muralla de bronce, frente a todo el país…’

Es la misión y es la tarea de todo profeta. Es la misión y es la tarea profética que la Iglesia tiene que realizar en medio del mundo. No siempre es fácil. Hay el peligro de comenzar a medir las palabras para decir lo políticamente correcto, como se dice ahora. Estamos cuidando demasiado lo que la Iglesia tiene que hacer o tiene que decir para no disgustar a ciertos sectores de la sociedad que luego dirán y manipularán, que luego querrán arrimar el ascua a su sardina, pero si la Iglesia no se deja manejar, van a caer sobre ella. Y esto está pasando.

No son los criterios del mundo, aunque ahora se hable tanto de mayorías, los que tienen que guiar la actuación de la Iglesia. Porque la mayoría de la gente dice, porque la mayoría de la gente opina, escuchamos decir, pero no es ese el criterio de fidelidad a la Palabra de Dios y al mensaje del evangelio por lo que la Iglesia tiene que conducirse. Y en medio de todo eso estamos con el testimonio valiente que hay que dar, aunque no les guste a algunos. Es duro y es difícil, pero la misión profética que tenemos como cristianos y como Iglesia no la podemos ignorar ni dejar a un lado.

‘Tú cíñete los lomos… no les tengas miedo… Lucharán contra ti, pero no te podrán, porque yo estoy contigo para librarte’ que nos dice el profeta.  ‘Pero Jesús se abrió paso entre ellos y seguía su camino’.

sábado, 29 de enero de 2022

Tenemos que seguir haciendo la travesía de la vida en la que Jesús nos lanza siempre hacia otras orillas con la certeza de que El va en la misma barca que nosotros

 


Tenemos que seguir haciendo la travesía de la vida en la que Jesús nos lanza siempre hacia otras orillas con la certeza de que El va en la misma barca que nosotros

2 Samuel 12, 1-7a. 10-17; Sal 50; Marcos 4, 35-41

No hace mucho escuchaba la noticia de que un capitán de un barco había sido condenado porque en una catástrofe marítima él había abandonado el barco antes de que todos los viajeros y tripulantes hubieran estado a salvo. Todos conocemos más o menos a qué se hacia referencia con esta noticia. Es ley, pero todos siempre sabemos y decimos que, casi como una razón que se cae por su propia naturaleza, el capitán del barco es el último que lo abandona. Es su misión y es su responsabilidad, llevar a puerto seguro la nave y a salvo a todos los viajen en ella. No puede, pues, abandonar.

Me viene a la mente esta consideración escuchando el relato del evangelio que hoy se nos ofrece. Al atardecer Jesús invita a los discípulos a ir a la otra orilla del lago. Sería la barca de Pedro – lo cual vendría a ser bien significativo – o la de cualquiera de los otros pescadores del grupo con la que se disponen a atravesar el lago. Pero en la travesía se levanta una fuerte tempestad, de manera que todos pensaban que aquello se hundía. Pero Jesús, al parecer ajeno a todo, duerme por algún rincón y allá vienen a despertarlo diciéndole ‘¿no te importa que nos hundamos?’ Claro que Jesús no era el patrón de aquella barca, pero si el que los había metido en aquella travesía. ¿Parecería que se estaba desentendiendo?

¿No es el grito de angustia y desesperanza que en la vida lanzamos contra Dios viendo el mal que nos rodea en el mundo? ¿Y qué hace Dios? nos preguntamos nosotros o hay tantos a nuestro lado que también se lo preguntan y nos lo preguntan a nosotros que nos presentamos como creyentes y como cristianos. ¿Tendría razón y sentido esa queja y esa pregunta?

Antes dijimos así como de pasada que Jesús no era el patrón de aquella barca que atravesaba Tiberíades. Pero claro que de la vida sobre todo el creyente no puede pensar que Dios no sea el patrón de la vida y del mundo, porque si algo nos caracteriza a los creyentes es ese creer en esa presencia de Dios en nuestra vida y en nuestro mundo. Pero como creyentes también recordamos cómo Dios ha puesto este mundo en nuestras manos. Y ahí ante toda esa problemática de la vida estamos nosotros con nuestras responsabilidades, nosotros con nuestra creatividad y con nuestra iniciativa, nosotros con nuestras capacidades y con nuestros valores para ir haciendo que esa vida nuestra o que ese mundo en el que vivimos sea mejor, lo vayamos construyendo mejor. ¿Quiénes somos los que hemos conducido a este mundo por estos derroteros de los que ahora nos quejamos?

Pero quizá cuando nos sentimos débiles e indefensos para enfrentarnos a todo eso, para saber hacer que nuestro mundo sea mejor, siga quemándonos en nuestros labios o en nuestro corazón esa misma queja y esa misma pregunta. ‘¿No te importa que nos hundamos?’ Y tenemos que darnos cuenta de una cosa y es que Dios no se desentiende de nuestra travesía cuando El ha querido venir a hacer esa misma travesía con nosotros. En aquella barca que parecía que se iba a hundir estaba Jesús ¿quería hundirse El con la barca y todos sus acompañantes?

Dios está embarcado con nosotros en esa travesía de la vida; Dios está embarcado con nosotros en esa tarea de ir conduciendo nuestro mundo, y será El quien nos dé esa sabiduría que necesitamos, quien nos dé esa fuerza para seguir remando frente a la tormenta, quien nos levanta sobre la olas de la vida o nos ayuda a descubrir el faro que al final nos señala el puerto seguro.

Tenemos que seguir haciendo la travesía de la vida porque además Jesús nos lanza siempre hacia otras orillas, hacia otros horizontes, hacia otros campos a los que también tenemos que llegar. La travesía no es fácil, encontrarnos con eso nuevo que está más allá y que Jesús nos ofrece en ocasiones nos puede llenar de dudas y de incertidumbres, de miedos y hasta de cobardías, pero tenemos que seguir remando hacia delante, tenemos que seguir llevando ese mensaje de vida que resucite muertos, esa palabra de salvación que sane nuestras heridas, esa luz que ilumine nuestros caminos.

No temamos, porque Jesús está con nosotros en esa misma barca, aunque nos parezca dormido, pero está haciendo la travesía con nosotros y su presencia nos da fortaleza y seguridad, su presencia nos hace confiar, su presencia se convierte en gracia de vida para nosotros. Si confiamos en El no vamos a perecer, si confiamos en El llegaremos a la otra orilla, si confiamos en El podremos hacer ciertamente que nuestro mundo sea mejor. El no abandona el barco, y nosotros tampoco podemos desentendernos de lo que son nuestras responsabilidades.

viernes, 28 de enero de 2022

Un camino de paciencia, un camino de respeto, un camino, en fin de cuentas, de amor, porque el amor siempre es paciente cuando es verdadero amor

 


Un camino de paciencia, un camino de respeto, un camino, en fin de cuentas, de amor, porque el amor siempre es paciente cuando es verdadero amor

2Samuel 11, 1-4a. 4c-10a. 13-17; Sal 50; Marcos 4, 26-34

Lo que falta ya es que queramos recoger la cosecha antes de sembrar la semilla. Así andamos, con nuestras prisas y nuestras precipitaciones; todo lo queremos al momento; como estamos tan automatizados con la informática, creemos que todo podemos hacerlo así. Pero las cosas tienen su ritmo, aun las que vemos más automatizadas; es cierto que en ese tema informático por decirlo de una manera fácil tenemos unos aceleradores que nunca nos habíamos podido imagina, más allá de los sueños de un novelista o un poeta, sin embargo la vida tiene su ritmo, la naturaleza tiene su ritmo, la semilla que plantamos en la tierra tiene su ritmo, las personas con sus reacciones o con sus respuestas tienen también su ritmo.

Creo que algunas veces tendríamos que detenernos de esas velocidades de vértigo a las que queremos ir siempre por las autopistas de la vida. Hay un misterio en nosotros, en nuestro ser, que es algo bien distinto de esa automatización de todo a la que nos estamos acostumbrando. Porque tenemos que pensar en las personas, que además no todos somos iguales; cada uno tiene también su propio ritmo. Y esa maduración interna que tenemos que ir haciendo de las cosas que nos suceden o de las cosas incluso que se nos plantean tenemos que respetarla, no vayamos a caer en una inhumanidad  por insensibles.

Hoy Jesús en el evangelio ha vuelto a proponernos parábolas que hablan de semillas, de plantas que nacen y que crecen y que de una forma u otra pueden o tienen que llegar a dar sus frutos, los propios de cada planta. Si en la parábola del sembrador quizás teníamos que fijarnos mucho en el terreno donde se sembrara esa semilla y de su preparación, hoy la parábola parece fijarse en la semilla en si misma. Se planta, germina a su tiempo bajo tierra, brotará la planta que crecerá a su ritmo hasta que un día veamos florecer una espiga prometedora de ricos frutos. Y como dice la parábola el agricultor no ve lo que está sucediendo en aquella semilla, ni bajo tierra, podrá ver finalmente la planta que crece y sus frutos tan ansiados.

¿No sucede algo así en el interior de la persona? ¿Quién es capaz de decirnos con certeza lo que pasa en el interior de cada persona? ¿Quién conoce mi pensamiento si yo no lo manifiesto? ¿Quién sabe de las reacciones interiores que se provocan en mí ante lo que me sucede o lo que pueda entrar por mis oídos? ¿Quién sabe las cosas que tengo que superar, las dificultades que tengo que vencer, los cambios profundos que tenga que realizar para poder hacer lo que se me pide? Y no queremos hablar aquí de las respuestas que a todo esto nos puedan dar los sicólogos o los sociólogos – y no quiero por supuesto minusvalorar su función y su saber porque es cierto que pueden ser ayudas en mi vida -, porque por encima o detrás de todo eso está el misterio de mi ser, de mi vida, también de mi voluntad. La decisión última será la que yo haga con mi entera libertad después de haber hecho lo que ha sido mi propio recorrido, mi propio camino.

Nos está hablando Jesús con las parábolas que nos propone del Reino de Dios y cómo el Reino de Dios se va realizando en nosotros. pero cuando nos está hablando del Reino de Dios no nos está hablando de algo abstracto que se quede solamente en ideas, sino que está hablando de la realidad de nuestra vida y cómo en esa vida nuestra se ira realizando el Reino de Dios, como se irá transformando nuestra vida.

A veces los predicadores o los que tienen una función pastoral dentro de la Iglesia se cansan y se desaniman por lo que cuesta ver los frutos del trabajo que realizan. Tendríamos que leer y escuchar con mucha más atención estas parábolas que nos está ofreciendo hoy el Señor para que aprendamos a respetar los ritmos de las personas y en consecuencia también los ritmos de nuestras comunidades. Eso misterioso que sucede en el interior del hombre y que es un misterio de gracia, misterio de gracia en lo que Dios quiere realizar dentro de nosotros, pero misterio del hombre, misterio de la persona que ha de ir dando una respuesta, haciendo un recorrido, encontrando una disponibilidad, sintiendo una fuerza, la fuerza que le viene de lo alto, que será el que al final moverá su corazón.

Esto nos llevaría también a preguntarnos por qué nos volvemos tan exigentes con las otras personas cuando les pedimos algo, cuando esperamos algo de los otros. Un camino de paciencia, un camino de respeto, un camino, en fin de cuentas, de amor, porque el amor siempre es paciente cuando es verdadero amor. Es la paciencia de Dios con nosotros porque en Dios siempre hay amor.

jueves, 27 de enero de 2022

Pongamos la luz de nuestra fe en lo alto, no la escondamos sino que a todos nos ilumine y que ilumine con la luz de la más hermosa sabiduría a nuestro mundo

 


Pongamos la luz de nuestra fe en lo alto, no la escondamos sino que a todos nos ilumine y que ilumine con la luz de la más hermosa sabiduría a nuestro mundo

2Samuel 7, 18-19. 24-29; Sal 131; Marcos 4, 21-25

Hace pocos días en el lugar en que vivo, quizás como consecuencia de unos temporales de viento que nos azotaba, se nos interrumpió la energía eléctrica, nos quedamos a oscuras. Qué oscura y tenebrosa estaba la casa; aunque pronto buscamos solución en linternas o velas que nos devolvieran un poco de luz, no encontrábamos el sitio apropiado para colocarle esas luces auxiliares y nos iluminaran debidamente. Allá andábamos buscando el lugar apropiado, de alguna manera en alto, para que aquellos débiles rayos de luz alcanzasen mayor espacio.

Nos puede dar qué pensar. Con qué facilidad nos podemos quedar sin luz. Y como comprenderéis ya no me estoy refiriendo solo a esa energía que nos ilumine en la oscuridad o que haga funcionar tantos aparatos dependientes de esa energía. En los caminos de la vida nos aparecen oscuridades; los problemas de todo tipo que nos cercan continuamente, la incertidumbre que se nos pueda meter dentro de nosotros mismos sobre el mañana, sobre el futuro tantas veces incierto, el consumismo y el materialismo que nos está invadiendo a todo ritmo, la falta de unos valores estables que nos den consistencia en la vida para plantearnos sin temores todo esos retos a los que tenemos que enfrentarnos cada día, las mismas aristas que en la relación con los demás tantas veces encontramos, algo hondo en nuestra vida que nos dé profundidad y estabilidad a lo que hacemos o por lo que luchamos.

Algunas veces nos parece que nos encontramos sin luz para descubrir salidas y caminos, sin energía y sin fuerza para mantener nuestra lucha y nuestros esfuerzos por alcanzas una metas y unos ideales, nos encontramos como dando tumbos. Necesitamos encontrar esa luz, pero no una luz efímera y que nos pueda fallar, o nos haga candilejas; una luz que nos dé seguridad, que nos abra a horizontes amplios, que nos haga ver con claridad, que le dé verdadera trascendencia a nuestra vida, en la que podamos confiar en todo momento.

Es la fe que nosotros ponemos en Jesús porque El en verdad es nuestra luz y nuestra salvación; nada hemos de temer porque El nunca nos fallará. Somos nosotros los que hemos de saber tener muy presente en nuestra vida esa luz de la fe que nos da sentido y que nos da valor, que eleva nuestra vida y nos hace caminar con paso firme a pesar de los temporales de la vida, que nos llena de valores y nos lanza al mismo tiempo a ser luz para ese mundo que nos rodea.

No podemos dejar apagar la fe ni que se debilite. Es llama divina en nosotros que viene alimentada de lo alto, pero que nosotros hemos de cuidar. Es lámpara que ilumina y que tenemos que saber poner en el centro de nuestra vida para que en todos y cada uno de sus rincones, en todas y cada una de las facetas de nuestra vida llegue esa luz que nos haga tener una mirada nueva. Que nada la oscurezca para que brille con todo resplandor el testimonio de nuestra vida y que ilumine también a los que caminan a nuestro lado.

Una luz que nos hace tener una mirada distinta a nuestra vida, a lo que hacemos, al mundo que nos rodea y a las personas que caminan a nuestro lado. Una luz que da un valor nuevo a cuanto hacemos, pero una luz que al mismo tiempo nos hace admirar el valor nuevo que los demás también tienen para nosotros. 

Comprenderemos la dignidad y la grandeza de toda persona, aprenderemos a valorar cuanto hace haciendo resaltar siempre lo positivo, ya para siempre sabremos evitar lo que pueda ser juicio o condenación del otro porque nos sentimos tan humanos y tan débiles como él, entraremos en un camino que hacemos juntos sin sentirnos competidores o contrincantes y donde con generosidad nos tenderemos la mano para alcanzar juntos las mejores metas.

Pongamos esa luz en lo alto, no la escondamos. Que nos ilumine y que ilumine con la mejor luz a nuestro mundo.

miércoles, 26 de enero de 2022

Como sembradores no podemos desistir de seguir intentado lograr un día unos mejores frutos de nuestra sociedad aunque endurecido encontremos el terreno

 


Como sembradores no podemos desistir de seguir intentado lograr un día mejores frutos de nuestra sociedad aunque endurecido encontremos el terreno

2Timoteo 1, 1-8; Sal 95; Marcos 4, 1-20

Hay terrenos y terrenos, hay cultivos y cultivos, hay agricultores o sembradores en el campo, podríamos decir, para todos los gustos, hay semillas que nos dan más fruto y hay algunas que se vuelven inservibles. Puede parecer un trabalenguas, pero no lo es, porque todos, aunque no trabajemos en el campo, sabemos que no toda la tierra produce lo mismo, que no siempre cuando cultivamos obtenemos el fruto deseado, o que las semillas tenemos que escogerlas muy bien.

Soy hijo de agricultor y recuerdo a mi padre escogiendo muy bien las papas que iba a sembrar – no todas valen para semilla, recuerdo que nos decía – y también la preparación de las tierras previamente a echar la semilla en la tierra además de los trabajos posteriores de cultivo. Quizás hoy nos hemos vueltos en civilizaciones más urbanas y algunos de nuestros niños solo sabrán de semillas, de siembras y de cultivos por lo leído en los libros, por lo contemplado en Internet o por lo que hayan oído hablar de quienes sí viven inmersos en esa cultura agrícola.

Pero igual sabemos que en el conjunto de la vida sucede algo así como nos habla hoy la parábola. Gente a la que le rinde su preparación y sus estudios sabiendo salir luego adelante en la vida, como quienes se quedan en la cuneta de la vida o porque no saben sacar partido a lo que ha sido su preparación en la vida, o porque quizá prefieran una vida cómoda y sin esfuerzos con lo que no se encontraron preparados cuando en verdad tuvieron que enfrentarse a los problemas de la vida. Es amplio el abanico de referencias con el que podemos encontrarnos en esas diversas situaciones de la vida, pero también en esa distinta respuesta de maduración como personas para saber aprovechar las oportunidades de la vida.

Una parábola que nos ofrece hoy Jesús en el evangelio con la que podemos hacer referencia a muchas situaciones, a muchas respuestas, a muchos campos de la vida. No todos sabemos siempre dar la talla en la vida, no manifestamos la misma madurez, como no llegamos al mismo compromiso. Ante todos está ese campo de la vida, en manos de todos está esa sociedad en la que vivimos pero que no es solo lo que nos ha sido dado o nos han transmitido nuestros mayores, sino que es también lo que nosotros tenemos que seguir realizando, ese crecimiento personal pero también ese desarrollo para mejorar nuestra propia sociedad.

Y en cualquiera que sea los aspectos nos encontraremos corazones endurecidos, quizá por las experiencias que hayan vivido, quizás por lo negativo que se le haya transmitido de lo anterior de esa sociedad; cuantos viven con el corazón avinagrado porque alguien echó a perder esa buena tierra con los zarzales de las envidias, de los odios, de los orgullos mal curados, y ahora solo respiran violencias y resentimientos; cuantos viven en la superficialidad y la vanidad, en lo cómodo o pensando que solo tenemos que realizar lo fácil y rehuir lo que signifique esfuerzo, y difícilmente en esos corazones podrán enraizar buenos sentimientos o profundos valores para poder alcanzar altas metas.

Queremos sembrar las buenas semillas en esos campos y difícilmente podrán prosperar las plantas que hayan germinado en esos semilleros de la vida; buena será la semilla, buenos deseos podemos tener todos de querer hacer cada día nuestro mundo y nuestra sociedad mejor, pero duros y difíciles se nos convertirán esos campos de trabajo donde difícilmente podremos un día alcanzar una cosecha de buenos frutos.

Ya sabemos que solamente en la tierra buena y bien preparada podremos obtener los mejores frutos y en eso tendremos que afanarnos con ahínco y sin cansancio. Mucha tierra dura tendremos que roturar, muchos campos tendremos que limpiar de pedruscos o de malas hierbas, pero como sembradores no nos podemos desanimar y bajar la guardia en nuestra tarea. No podemos desistir de seguir intentando lograr un día mejores frutos de nuestra sociedad.

Como creyentes y cristianos que escuchamos también esta parábola que nos propone Jesús tenemos que encontrar esa buena semilla que tenemos que seguir sembrando; no temamos las dificultades o las cosas adversas con que nos podemos encontrar; pensemos que la semilla que vamos a sembrar tiene en sí misma una fuerza de vida, porque lo hacemos desde esa Palabra de Dios que escuchamos y queremos hacer llegar a los demás, porque sabemos que es el camino para hacer un mundo mejor.

No lo olvidemos en nuestra mano está la semilla, somos sembradores, y tenemos la esperanza de ver reverdecer un día un mundo mejor y brotar las flores que serán promesas de hermosos frutos.

martes, 25 de enero de 2022

Es cuestión de gracia y también de respuesta, es posible si nos dejamos conducir poniendo confianza y disponibilidad en el corazón para la nueva misión que se nos confía

 


Es cuestión de gracia y también de respuesta, es posible si nos dejamos conducir poniendo confianza y disponibilidad en el corazón para la nueva misión que se nos confía

Hechos de los apóstoles 22, 3-16; Sal 116; Marcos 16, 15-18

Hay momentos en la vida que nos pueden sorprender de tal manera que nos hagan dar un cambio radical en la vida; algo inesperado y por eso mismo sorprendente, algo que nos sucede quizás como una consecuencia de una cadena de hechos anteriores; un accidente en esos caminos que vamos recorriendo en la vida; algo extraordinario que nos puede suceder en lo sorprendente incluso de la misma naturaleza; una palabra, un encuentro, un sueño quizás como una pesadilla que nos deja inquietos… muchas cosas nos pueden suceder y quizás alguna experiencia podamos tener.

Cosas que nos hacen pensar, que nos hacen interiorizar, que nos hacen preguntas por dentro, que nos abren caminos inesperados y sorprendentes. ¿Lo llamamos milagro? ¿Es una aparición sobrenatural – nos sobrepasa - en nuestra vida? ¿Algo misterioso o que como dicen algunos el destino nos depara aunque nosotros no lo queramos? ¿Una llamada del cielo?

Saulo tenía sus convicciones y sus planes. No podía permitir que se siguieran propagando aquellas ideas y todo cuanto estaba sucediendo en el mismo seno de la comunidad judía. Lo que parecía una camino nuevo él no lo podía tolerar. Por eso había emprendido algunas cosas para erradicar aquello que parecía que se iba extendiendo porque en poco tiempo ya iba transcendiendo las propias fronteras de Israel. Ahora marcha convencido, con cartas incluso de los sumos sacerdotes de Jerusalén que lo autorizan, a Damasco porque quiere quitar de en medio a algunos que por allá difundían aquellas doctrinas. Iba muy convencido y seguro de si mismo.

Pero algo sucede en el camino, a las puertas casi ya de la ciudad de Damasco. Algo que lo tumba por tierra incluso en el sentido físico, porque una luz lo ha deslumbrado todo, lo ha deslumbrado como para quedarse ciego. Solamente él ha visto lo que había detrás de aquella luz, porque allí le salía al encuentro el mismo Jesús al que él perseguía en sus seguidores. ‘Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?... Yo soy Jesús, el Nazareno, a quien tú persigues’

Será el propio Saulo el que nos lo cuente. Los que le acompañaban solo sintieron que algo le pasó a Saulo que estaba caído por tierra, y lo que harán será ayudarlo a levantarse para llevarlo a la ciudad. Allí se desarrollará el resto del episodio. Saulo ya no es el mismo. Se ha encontrado con Jesús, a quien él perseguía. Será un vaso de elección, como le señalará luego Ananías enviado por el Señor. ‘El Dios de nuestros padres te ha elegido para que conozcas su voluntad, veas al Justo y escuches la voz de sus labios, porque vas a ser su testigo ante todos los hombres de lo que has visto y oído. Ahora, ¿qué te detiene? Levántate, recibe el bautismo y lava tus pecados invocando su nombre’.

Y se convertirá en testigo ante todos los pueblos. Como Jesús había enviado a sus discípulos según escuchamos hoy también en el evangelio. ‘Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación’. Apóstol de los gentiles lo llamaremos haciendo alusión a sus largos viajes y acontecimientos anunciando el nombre de aquel a quien había perseguido. Hoy celebramos la conversión de san Pablo y el comienzo de un nuevo camino, su apertura a unos nuevos horizontes, su encuentro con una nueva luz que iba a propagar para que todos tuvieran esa luz. Y todo a partir de un encuentro. Inesperado, sorprendente, sobrenatural… fue un camino de gracia.

Algunos dicen que no pueden cambiar. Apegos, ataduras, viejas costumbres, rutinas de la vida… pero las cadenas se pueden romper, las ataduras por fuertes que sean se pueden desatar. Es cuestión de gracia; es cuestión también de respuesta; es posible si nos dejamos sorprender; lo podremos realizar no por nosotros mismos sino por la gracia del Señor.

la gracia del Señor no nos faltará; su llamada la podremos escuchar muchas veces en lo hondo de nosotros mismos, pero hemos de ser capaces de sintonizar, levantar las antenas o abrir nuestros oídos para poder escuchar, abrir los ojos en la posibilidad de descubrir campos nuevos, dejarnos conducir quizá en los primeros pasos que tambaleantes demos en la nueva dirección como se dejó hacer Saulo para llegar finalmente a Damasco, poner confianza y disponibilidad en el corazón ante la nueva misión que se nos confía. Seremos capaces, porque todo lo puedo en Aquel que me conforta, como diría más tarde san Pablo.

lunes, 24 de enero de 2022

Quien quiere anular la existencia de Dios está cerrando a sí mismo las puertas que le puedan llevar al encuentro de misericordia con Dios, no podrá saborear lo que es el perdón

 



Quien quiere anular la existencia de Dios está cerrando a sí mismo las puertas que le puedan llevar al encuentro de misericordia con Dios, no podrá saborear lo que es el perdón

2Samuel 5, 1-7. 10; Sal 88; Marcos 3, 22-30

Qué terrible es sembrar dudas en el corazón de los otros. Dudas, por supuesto, podemos tener y de hecho tenemos; las dudas nos hacen interrogarnos a nosotros mismos y ponernos en camino de búsqueda; la duda no puede ser destrucción sino un interrogante abierto a nuevos horizontes, a nuevos planteamientos, a una mayor profundización en la vida.

Pero cuando hablaba de esas dudas que se siembran en el corazón de los otros normalmente suelen ir llenas de malicia, y el afán es muchas veces destructivo; dudas que siembran sobre aspectos de la fe o de la religiosidad de las personas, pero con el afán de destruir los verdaderos cimientos de esa fe; como dudas que sembramos acerca de los demás, insinuando pero no atreviéndose quizás a acusar, desconfiando y manifestando esa desconfianza que tengamos de los otros sin ningún fundamento, sino solo, como decíamos, con el afán de destruir. Ayuda a abrir caminos pero no destruyas lo ya caminado, o el sentido con el que los otros quieren caminar. Las dudas tendrían que ser, no para desconfiar, sino para hacernos crecer, para descubrirnos caminos positivos y para hacer que haya un verdadero progreso en la vida.

Hay gentes que parece que están especializadas en destruir, en crear desconfianza, en poner en duda todas las cosas para arrasar desde los fundamentos, desde las mejores raíces que tengamos en la vida y que nos sustentan. Qué dañinas son esas personas, cuántas confusiones crean, a cuánta gente dejan como desnudas sin verdaderos valores y sin nada en que apoyarse en la vida. Terrible pecado tendríamos que decir.

Esos sembradores de dudas y de cizaña cuanto daño van haciendo. Es una guerra de guerrillas que crea confusión y desconfianza; es algo que vemos en la vida mucho más de lo que quisiéramos; es algo que contemplamos en los diversos ámbitos de la vida; es algo de lo que se aprovechan muy astutamente quienes tienen a la religión como su enemigo al que hay que destruir y que aprovecharan cualquier circunstancia para sembrar esa duda, para desestabilizar el pensamiento y el fundamento muchas veces de los más débiles.

Hoy en el evangelio vemos cómo se meten con Jesús. Incluso nos hablará de escribas que han bajado de Jerusalén a Galilea para tratar de destruir la obra de Jesús. Se les iba de las manos en sus planteamientos y lo mejor era destruir, destruir creando esa desconfianza en la gente, esas dudas nunca constructivas en el interior de las personas. Jesús con su presencia va destruyendo por así decirlo las bases del mal; nos habla el evangelio de endemoniados a los que Jesús libera de sus ataduras, pero que ahora aquellos que han venido vendrán acusando a Jesús que si expulsa los demonios es por el poder del mismo Belcebú. Una incongruencia tan grande que Jesús se las desbarata porque estarían hablando de un reino dividido y que lucha contra sí mismo.

Es negar el poder de Dios que se manifiesta en Jesús. Quien quiere anular la existencia de Dios está cerrando puertas en su vida que le puedan llevar a ese encuentro de misericordia con Dios. Por eso les dice Jesús que no podrán encontrar el perdón. Si niegan el origen de la misericordia y el perdón que es Dios mismo en su amor, cierran las puertas de la misericordia para ellos, porque no creen en esa misericordia, en ese amor de Dios por todos nosotros.

Cuidado con las intenciones perversas que se nos pueden meter en el corazón. Cuidemos de no hacer daño a nadie creando esas dudas y desconfianzas que destruyen. Busquemos siempre camino de amor y de bondad que nos acercarán a Dios; llevemos la pureza de nuestro corazón al encuentro con los demás.

domingo, 23 de enero de 2022

Jesús nos llena de su Espíritu para que seamos nosotros los que hagamos con los signos nuestra vida ese anuncio y construyamos el año de gracia en el hoy de nuestro mundo

 


Jesús nos llena de su Espíritu para que seamos nosotros los que hagamos con los signos nuestra vida ese anuncio y construyamos el año de gracia en el hoy de nuestro mundo

Nehemías 8, 2-4a. 5-6. 8-10; Sal 18; 1Corintios 12, 12-30; Lucas 1, 1-4; 4, 14- 21

Los que tienen la tarea o la misión de hablar en público saben que muy importantes son las primeras palabras que pronuncie, los gestos que pueda realizar porque todo son los signos o señales por las que va a captar la atención de quienes le escuchan. Es también la seguridad con que ofrecemos nuestra disertación porque eso de alguna manera va dando autoridad a nuestras palabras y se prestará atención al mensaje que queremos ofrecer, pero será también la autenticidad de nuestra vida la que certifique nuestras palabras. No es tarea fácil.

Aquella mañana en la Sinagoga de Nazaret al menos se estaba despertando curiosidad porque quien hacía la proclamación del profeta era un hijo de aquel pueblo y por allá andaban sus parientes y sus amigos; ‘y su fama se extendió por toda la comarca. Enseñaba en las sinagogas, y todos lo alababan’; venía pues precedido de cierta fama porque ya en sinagogas de otros pueblos también había ofrecido su enseñanza y se decía que acompañaba de signos el mensaje que trasmitía del nuevo Reino de Dios que anunciaba. ‘Toda la sinagoga tenía los ojos clavados en él’.

Una profecía mesiánica es lo que se había proclamado con el texto de Isaías escogido; era el anuncio de una esperanza que hasta entonces no había tenido cumplimiento y una vez sus espíritus suspirarían porque pronto se cumplieran esas promesas. Era deseo de todos la llegada del Mesías tantas veces anunciado, y que ahora aquel profeta que había aparecido por las orillas del Jordán allá junto al desierto anunciaba como ya inminente. ‘En medio de vosotros está y no le conocéis’, les había repetido mientras había invitado a la gente a bautizarse para preparar los caminos del Señor tan inminentes. Pero era algo que volvían a escuchar una vez más.

Por eso ahora todos estaban atentos a sus palabras. Y las palabras de Jesús son breves. ‘Y él comenzó a decirles: Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír’. Todo lo anunciado por el profeta allí se estaba cumpliendo. Era una buena noticia, la noticia más esperada, pero por eso mismo no terminaban de creérsela. Era la buena noticia de la llegada del tiempo nuevo, el tiempo de la amnistía y del perdón, era el año de gracia del Señor.

Una buena noticia para todos aquellos que se sintieran esclavos y oprimidos; una buena noticia para los ciegos que recobraban la vista, o los sordomudos que podían oír y hablar; una buena noticia porque el tiempo de la liberación comenzaba, ellos que se sentían oprimidos y abandonados hasta de Dios, ahora estaban bajo la opresión de los romanos que los dominaban. El tiempo de la gracia comenzaba. Allí estaba el que venía lleno del Espíritu del Señor para anunciar esa buena nueva a los pobres y cuántos se sentían oprimidos. Era el ungido y el enviado del Señor.

Pero como tantas veces sucede las noticias más grandiosas manifestadas y expresadas así de manera sencilla parecen difíciles de creer, la asamblea de Nazaret se llenaba de asombro ante las palabras de Jesús y no terminaban de creérselo. Querían otros signos, querían otras señales, no terminaban de comprender que las señales estaban delante de sus ojos; cuántas veces nos cegamos ante lo más evidente.

Pero esta palabra que hoy estamos escuchando no fue solo palabra nueva, buena nueva para las gentes de Nazaret de aquellos tiempos, sino que sigue siendo buena nueva hoy, sigue siendo evangelio hoy. Así tenemos que escucharla. También hoy, ahora mismo, se nos dice: ‘Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír’. Es el hoy de la Palabra de Dios que tanto nos cuesta escuchar y aceptar. Nos es más fácil darles explicaciones de que fue entonces, de que fue para aquellas gentes y aquel lugar, que aceptar que es Palabra de Dios que se nos proclama en el hoy de nuestra vida.

Oprimidos y esclavos, ciegos o paralizados en las circunstancias que vivimos en el hoy y ahora de nuestra vida a nosotros se nos hace también el mismo anuncio. Así andamos, con preocupaciones y problemas, con situaciones de la vida que parece que cada día se complican más, con un mundo revuelto sobre el que siguen resonando muchos tambores de guerra y de violencia, con tanta gente a quienes vemos esclavizados en una variedad tan grande de apegos, de vicios, de maldad, de vanidad y de apariencias, de orgullos y resentimientos que conducen tantas veces a la violencia.

Ahí, en medio de todas esas cosas que también envuelven nuestro corazón, porque no son solo cosas que puedan sufrir otros sino que las llevamos clavadas en nosotros mismos, escuchamos hoy este anuncio del evangelio. Puede comenzar un tiempo nuevo, puede comenzar una nueva era para la humanidad, muchas cosas quizá tendrán que transformarse como los ciegos que comienzan a ver o los inválidos que comienzan a caminar, puede ser un año de gracia del Señor ese mundo nuevo que tenemos que empeñarnos en construir no dejándonos arrastrar por derrotismos, por insolidaridades que nos encierren en nosotros mismos.

Es Jesús que nos llena de su Espíritu para que seamos nosotros los que hagamos con nuestra vida ese anuncio nuevo, para que seamos nosotros los que construyamos ese año de gracia, para que seamos nosotros los que hagamos una nueva humanidad. Los signos y señales tienen que aparecer en nuestra vida; los cristianos no nos podemos ocultar; tenemos que mostrar esos signos nuevos del Reino de Dios.